Aída y vuelta, de Paco León

EL HUMOR ANTE EL ESPEJO. 

“La comedia es tragedia más tiempo”. 

Carol Burnett 

Primero fue la serie 7 vidas (1999-2006), donde nació el personaje de Aída, que más tarde se convierte en la serie Aída, producida por Globomedia y emitida por Telecinco, estuvo diez temporadas en antena, del 2005 hasta 2014, en el que se emitieron 237 capítulos y 8 especiales, cosechando un grandioso favor del público. Muchos de sus fervientes seguidores, entre los que no me incluyó, han demandado durante mucho tiempo un reencuentro de sus protagonistas. Muchos de estas vueltas suelen basarse en los restos del naufragio, es decir, en volver a las formas y texturas del pasado, cosa que, en muchos casos, se acaba convirtiendo en un pastiche que no agrada a los admiradores de entonces ni posibles de ahora. En contadas ocasiones, el reencuentro no se centra en volver a recordar los mejores éxitos, sino en darles la vuelta por completo y mirar la esencia de la serie a partir de los momentos actuales, no para sacar las vergüenzas de entonces, sino para mirarla de frente, con cabeza fría y abriendo las posibles costuras, y sobre todo, observar cómo han cambiado las cosas de entonces y cómo son ahora, como hace Aída y vuelta

El director Paco León (Sevilla, 1974), que se graduó con nota en el díptico que le dedicó a su madre Carmina Barrios en Carmina o revienta (2012) y su secuela Carmina y amén, dos años después. Deslumbró con la comedia sexual Kiki, el amor se hace (2016) y deslumbró con la serie Arde Madrid (2018), que contaba las andanzas en blanco y negro de Ava Gardner y su peculiar servicio. En Aída y vuelta nos vuelve a sorprender para muy bien, a partir de un guion que firman Fer Pérez, un guionista que estuvo en Aída y en Kiki y la serie, y él mismo, con una comedia que tiene de todo, porque acoge los personajes de la mencionada Aída, e inventa una ficción en un juego magnífico de meta cine y lenguaje, donde los intérpretes se interpretan a sí mismos, y tramas que han vivido o vivirán, y situándonos en un 2018 donde la mencionada serie continúa con un gran éxito, pero con el handicap que Carmen Machi ha comunicado que dejará la serie, en la semana que se filma el último episodio de la temporada. Siete días que arrancan con la lectura de guion, los dimes y diretes de unos y otros, y los consabidos conflictos que se van generando. La trama reflexiona sobre los límites del humor, la bacanal de odio que son las redes, la salud mental, y demás aspectos que se van desgranando en esa semana llena de agitación.   

El director sevillano se hace acompañar de técnicos muy conocidos como el gran cinematógrafo Kiko de la Rica, que ya lo acompañó en Kiki, el amor se hace, amén de haber trabajado con grandes nombres como Medem, Berger y Álex de la Iglesia, con el formato 35 mm para traspasar cada situación y personaje, impregnando la película de un tono muy cercano e íntimo, con una cámara en continuo movimiento que no para nunca, mostrando las diferentes realidades y ficciones por los que se mueve sin reparos la historia, en una película que se desarrolla en el set donde se graba la famosa serie. La música corre a cargo de Lucas Vidal, el compositor que trabajó con León en el cortometraje Vaca Paloma (2015), y películas de Balagueró, Coixet y series como Celeste y la reciente Yakarta, que ilustra la película, con la compañía de una selección de canciones estupendas, que transmiten el malestar y la pelea constante que se va agrandando a medida que van pasando los días. El montaje es de Ana Álvarez Ossorio, que trabajó con el cineasta sevillano en las dos Carminas y la citada Arde Madrid, además de Colomo, Paz Vega y Vicente Villanueva. Su edición funciona con un ritmo vertiginoso, como una especie de vodevil pesadillesco de una semana en sus rítmicos y agitados 98 minutos de metraje.

El reparto de la película, a excepción de alguna presencia ya confirmada, repiten todos los intérpretes que ya estaban en la serie, no con aquellos roles, sino con otros nuevos, haciendo de ellos en una película que es el rodaje de aquella serie. Tenemos a la gran Carmen Machi, eje de la película, haciendo un personaje que, en algún momento, recuerda a la Gena Rowlands de Opening Night. Paco Léon es el atizador en un instante, y luego los Eduardo Casanova, Miren Ibarguren, Mariano Peña, Melani Olivares, Pepe Viyuela, Secun de la Rosa, Pepa Rus, Canco Rodríguez, Marisol Ayuso, David Castillo, Emilio Gavira en un extraño rol y demás. La cosa era entrar y salir de forma inmediata en el personaje y en la vida real dentro de una ficción, un lenguaje de muñecas rusas y al revés y de lado que la película borda con total naturalidad y tranquilidad proponiendo un juego constante donde el humor está continuamente en entredicho, si si o si no, como el correr de los tiempos, totalmente enfrentado al humor que se hacía en la serie o qué se viene haciendo, muy alejado de los tiempos de ahora. El grupo de actores y actrices se meten de lleno en el juego de verdad y ficción y mentira y realidad por el que juega la trama de modo tan peculiar y divertido. 

No me cabe duda que muchos cientos de miles seguidores de la serie irán corriendo a los cines para ser testigos de primera fila en el reencuentro esperado, y seguramente, muchos de ellos volverán a reírse a pecho descubierto repitiendo los mismos chistes de entonces, como sucede en las interesantes secuencias cuando los susodichos se encuentran con admiradores y las curiosas reflexiones que se crean. Habrá otros, que no éramos seguidores de la serie, que se encontrarán con Aída y vuelta, una película muy interesante y reflexiva, que bajo sus múltiples capas tiene aquella que va sobre el humor, sobre qué significa ayer y hoy, de cómo han cambiado las cosas, para bien y para mal, y sobre todo, cómo las j*****s redes sociales han creado una infinidad de malhechores de la red que atizan sin escrúpulos a todo aquel que resbala sin pensar en el contexto y sin tener la información necesaria para emitir cualquier opinión y mucho menos tan desagradable. Estamos ante una nueva vuelta de tuerca en la filmografía como director de Paco León, que huyendo del reencuentro baboso que practican muchos, ha parido una película que gustará a los fans de la serie y a otros, como el que escribe este texto, ha salido convencido de la sala, porque además de construir una mirada muy crítica sobre el humor y las redes, encima es una comedia divertida, reflexiva y muy entretenida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hamnet, de Chloé Zhao

EN EL AMOR Y EN LA MUERTE. 

“¡Morir…, dormir! ¡Dormir!… ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo! ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida!”. 

Fragmento de la obra “La tragedia de Hamlet”, de William Shakespeare

Si recuerdan Shakespeare in Love (1998), de John Madden, nos situaban en el Londres de 1593, en la que retrataban al dramaturgo en horas bajas, intentando volver al éxito de sus obras, y se cruzaba una joven Lady Viola que hacía que su comedia sobre piratas se convertiría en “Romeo y Julieta”. En Hamnet nos hacen un recorrido exhaustivo sobre el joven William antes de ser Shakespeare, pero desde la mirada de su amada Agnes, donde la creación de La tragedia de Hamlet tiene especial relevancia. Somos testigos del amor de la pareja de jóvenes, de un amor en contra de todos y todo, entre una joven alimentada por el bosque y sus secretos y un joven diferente, rebelde y escritor. Después, vendrá la boda y sus tres hijos, Susanna, y los gemelos Hamnet y Judith. Más tarde, vendrá la muerte del pequeño Hamnet con tan sólo 11 años, que ocasionará el alejamiento de Agnes y William, y la vida se tornará muy oscura y dolorosa. 

La reconocida novela “Hamnet” de la norirlandesa Maggie O’Farrell. publicada en 2020, que tuvo una adaptación en las tablas, llega al cine con un brillante y conciso guion que firman O’Farrell junto a la directora Chloé Zhao (Pekín, China, 1982), en una magnífica producción que nos traslada a la segunda mitad del siglo XVI hasta principios del XVII. Miramos la historia a través de Agnes, una criatura del bosque, donde ha aprendido todos sus secretos y sabidurías, en una primera mitad de la trama donde la naturaleza y la libertad y el amor se imponen en unos personajes llenos de vida, valentía y humanos. En el segundo tramo, con la muerte del hijo, la cosa se tornará de un color muy oscuro y las tormentas internas se impondrán en las difíciles relaciones entre los personajes. La directora que nos deslumbró con títulos como The Rider (2017), y Nomadland (2020), entre otros, en las que retrata a unos seres que vivían al margen de las normas en consonancia con la naturaleza y sus animales, en unos sentidos y profundos westerns que rompían los cánones establecidos. Su Hamnet bebe de ese cine histórico británico donde todo está en su sitio y hay poco espacio para lo diferente, aunque la asiática sabe que dentro de cierto clasicismo, hay espacio para construir personajes diferentes que rompan lo establecido y se enfrenten a zonas oscuras que poco se dan en una película. 

La producción de la película no tiene ni un pero y está planteada a partir de un gran esfuerzo de producción y un equipo de altos vuelos empezando por la cinematografía excelsa que firma un grande como el polaco Lukasz Zal, responsable de la luz de las películas de Ida y Cold War, de Pawel Pawlikowski, y La zona de interés, de Jonathan Glazer, entre otros. Su imagen capta el espíritu revolucionario de Agnes y una época de la campiña británica en la que abundan los colores y tonos ocres, grisáceos y verdosos. La música ayuda a navegar por esos lados de alegría y amor, y esos otros, más tristes y oscuros que firma otro gigante como el británico Max Richter, que ha trabajado en más de 60 títulos con Ari Folman, André Téchiné, Schlöndorff, James Gray, entre otros. El montaje construido a dúo por la propia directora, como ya había hecho en Songs My Brothers Taught Me y en la citada Nomadland, y el editor brasileño Affonso Gonçalves, que tiene en su haber nombres tan importantes como Tod Williams, Todd Haynes, Ira Sachs y Jim Jarmusch, y otro de los grandes títulos de la temporada pasada Aún estoy aquí, de su compatriota Salles. Un montaje conciso, excelente y de verdad en sus 125 minutos de metraje por esta montaña rusa de emociones que traspasan la pantalla desde el corazón, alejado de la complacencia y el manierismo. 

Elegir a la actriz que encarnará a una mujer como Agnes no era tarea nada fácil, por eso una elección como la de Jessie Buckley es muy acertada, porque la intérprete irlandesa, con unos 30 títulos en su filmografía, se ha erigido en una actriz bestial en todos los sentidos. Su Agnes es puro corazón, alma, naturaleza, animalidad y todo amor, como mira a William, como cuida y habla a sus hijos. A Buckley ya le pueden ofrecer cualquier rol, que ella lo hace suyo y lo transmite de una forma humanista y nada convencional, expresando toda esa alma libre y oscura cuando llega la tragedia. A su lado, Paul Mescal, que sabe manejar la pasión y la oscuridad de su personaje, alguien que está muy ausente y que pasa su duelo de forma muy diferente a su mujer, cosa que alimenta los aspectos del alma humana. Como ocurren en este tipo de producciones, tenemos a un reparto estupendo, que no son intérpretes sino personajes que te crees sólo con su mirada y su forma de moverse como la maravillosa Emily Watson, madre del dramaturgo, el padre que hace David Wilmot, metido en muchas batallas pero siempre desde la verdad y la cercanía. sin olvidar al trío de hijos y demás intérpretes que componen unas almas de verdad y cercanas. 

Muchos espectadores que se aproximen a ver una película como Hamnet seguramente no les convencerá el academicismo que desprende la película y no conectarán con la intimidad de sus personajes. Estoy seguro que otros espectadores, más ávidos a un cine donde el personaje y el actor se convierten en el alma de la función, acompañarán la película y la verán con entusiasmo y llenos de emoción debido a los tristes y trágicos acontecimientos que suceden en su trama. Aplaudimos con vehemencia el carrerón de Chloé Zhao, porque ya sea desde la producción indie estadounidense o lo clásico británico, sabe sacar partido a sus historias y sobre todo, a sus personajes, que los hace muy de verdad, llenos de vida, acogiéndolos en esa zona donde vivir y morir pende de un hilo, en el que trata temas tan fuertes como el amor pasional, desbordante y sexual, las dificultades de la creación artística y lo creativo como herramienta para sacar la mierda y enfrentarse a nuestros monstruos y debilidades y traumas, y las formas de duelo, que ya había tocado en sus anteriores películas, en que los personajes se enfrentan al dolor, pérdida, ausencia y la tristeza de formas muy diferentes y enfrentadas, tan válidas como de verdad, en que la película hay hace una reflexión profunda, sincera y desde lo más intrínseco y sin juzgar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Yunan, de Ameer Fakher Eldin

EL PAISAJE INTERIOR. 

“Nadie llega sólo a ningún lado, mucho menos al exilio… Cargamos con nosotros la memoria de muchas tramas, el cuerpo mojado de nuestra historia, de nuestra cultura”. 

De “Pedagogía de la esperanza”, de Paulo Freire

La película se abre de una forma contundente y directa ya que vemos al protagonista sometiéndose a unas pruebas médicas. El diagnóstico es claro: no es físico, sus ahogos los provoca su estado emocional. Los primeros minutos nos sitúan en la tristeza de Munir, un escritor árabe exiliado en la fría y fea Hamburgo, que vive aislado, y no puede escribir, además, está preocupado por el bienestar de su familia y su país. Sólo le queda el suicidio y con esa intención viaja a una isla remota del Mar del Norte. En ese lugar de naturaleza salvaje y hostil y un mar a punto de devorarlo todo, conocerá a dos de sus pocos habitantes: Valeska, una octogenaria que es su casera, silenciosa, afable y cercana, y Karl, el hijo de ésta, más gruñón, malcarado y hostil con el forastero. Munir, sumido en su terrible desesperación, y extranjero de todo y todos, vivirá una existencia de mucha introspección y reflexión. 

Segunda película de la trilogía sobre el exilio y el sentido de hogar que se inauguró con The Stranger (2021), del director de origen sirio Ameer Fakher Eldin (Kiev, Ucrania, 1991), situada en los Altos del Golán ocupados y la relación que se establece de un médico rebelde y un soldado sirio herido. En esta ocasión, reflexiona sobre la soledad y la depresión de un escritor sólo en Alemania, y lo hace con una película que recuerda en tono y forma al cine de Angelopoulos y Nuri Bilge Ceylan, que retratan el desarraigo y la desesperación del huido, con un tempo entrelazado con la atmósfera y el paisaje como reflejo del alma triste y solitaria, atrapada en una rutina que se torna insoportable y sin salida. El paisaje de la isla, en mitad de la nada y alejado de todo, simboliza ese estado de expulsado que persigue a Munir, donde sus habitantes tan diferentes y con diferente estado de ánimo, ayudarán al escritor que no escribe a sentirse menos sólo y sobre todo, menos incapaz de sobrellevar su pesada y asfixiante existencia. El director impone un ritmo pausado, muy tranquilo y apacible, donde la trama es invisible, inexistente, porque todo gira en torno a lo que no vemos, a esas locuras internas que nos someten a una vida carente de vida, a una no vida muy oscura y pesada.

La cinematografía pesada y concisa que firma Ronald Plante, con más de 34 películas en su filmografía junto a directores como Winterbottom, Falardeau, y series reconocidas como Heridas abiertas, entre otras. Una luz tenue y apagada, con tonos sombríos, llena de colores apagados y en un estado de grisáceo recurrente ayudan a retratar un lugar y sobre todo, un estado de ánimo. El gran trabajo de sonido del dúo Markus Stemier y Song Kuen-Il recoge con intensidad todo el detallado espacio sonoro de la isla, donde los agentes atmosféricos tienen una relevancia cumbre en el devenir de la trama. La música de Suad Lakisic Bushnaq, con experiencia en el cine, nos sitúa y desgrana con sutileza y sin complacencia el estado emocional de Munir, y lo hace con unas composiciones llenas de agitación y magnífica. El preciso y complejo montaje que firma el propio director nos lleva a los 124 minutos de metraje que se ven sin grandes acontecimientos, quizás, aquellos tan invisibles que, en realidad, son los que nos hace humanos de verdad, esas cotidianidades tan necesarias como comer, beber, contarse o estar en silencio con la compañía adecuada, la que sabe escuchar, sentir y querer sin ataduras.

Un reparto de pocas palabras que se apoya en lo esencial, es decir, la mirada y el gesto, en el que destaca un trío excelente empezando por Georges Khabbaz en la piel de Munir, un actor libanés que conocimos como un profesor de música en Ghadi (2013), de Amin Dora. Después la maravillosa presencia de una gran del cine europeo como Hannah Schygulla, con más de 80 películas en casi 60 años de carrera al lado de Fassbinder, con el que hizo 20 títulos, amén de Godard, Wenders, Scola, Saura, Wajda, Ferreri, casi nada. Y el peculiar trío lo cierra el actor alemán Tom Wlaschiha, visto en series tan exitosas como Juego de tronos y Das Boot, y la pareja que forman el gran actor palestino israelí Ali Suliman, que tiene en su haber nombres tan importantes como Hany Abu-Assad, Eran Riklis, Elia Suleiman, Ziad Doueri y Ridley Scott, y la actriz turco alemana Sibel Kekilli, la inolvidable protagonista de Gegen Die Wand (2004), de Fatih Akin. La extraordinaria Yunan, de Ameer Fakher Eldin nos habla de exilio, de desarraigo, de viajes no deseados, de soledad, de locura, de depresión, y sobre todo, de la pérdida y la oscuridad, pero también, nos habla de la incertidumbre de la existencia que, a veces, puede ser muy mala, y en cambio, en otras, quizás sea nuestra última tabla para encontrar un resquicio de lo que sea, que se convierta en algo inesperado, accidental, como cuando la naturaleza impone su presencia salvaje, libre y bella. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El secreto del herrerillo, de Antoine Lanciaux

LA CURIOSIDAD DE LUCIE. 

“Recuerde que las cosas no son siempre como parecen ser… La curiosidad crea posibilidades y oportunidades”.

Roy T. Bennett

Ante el apabullamiento y el esteticismo exacerbado de ciertas producciones de animación, la cinematografía francesa se ha declarado en rebeldía y ha abdicado de las tendencias establecidas, para buscar nuevas herramientas, más tradicionales y artesanales, en las que va construyendo la película-acontecimiento porque ya no busca la artificialidad porque sí, sino, miradas menos contaminadas, optando por un modelo de animación con buenas historias, que miren a los niños de forma directa, sin tantos sobresaltos ni artificialidad, generando una historia sencilla, honesta y muy humana. En ese sentido, se mueve una película como El secreto del herrerillo (en el original, “Le secret des mésanges”), una magnífica y profunda historia sobre Lucie, una niña de 9 años que visita por primera vez la pequeña localidad de Bectoile, con ese precioso prólogo a bordo del tren, como la primera mirada del cine. Una visita durante un verano en el que le sucederán situaciones extraordinarias debido a su innata curiosidad. 

El director francés Antoine Lanciaux debuta en solitario con la película, después de una interesante andadura en la animación como guionista en La profecía de las ranas, Las cuatro estaciones de Léon y Vainilla, como artista de story board en Ma petite planète chérie y Mine de rien, como animador en Un gato en París y Mia y el Migou, y la codirección junto a Sophie Roze y Benoït Chieux del largometraje Nieve y los árboles mágicos, entre otros. En El secreto del herrerillo, la mallerenga en català, opta por la técnica de figuras de papel y recortables (cut out) de modo tradicional en el estudio Folimage de Valença, en el que se impone una maravillosa imaginación donde no hay límites, donde se crea un mundo cotidiano, rural y muy anclado en la realidad, eso sí, con espacio para los sueños e imaginaciones de la protagonista. Un decorado que respira autenticidad, cercanía y vida, en que cada personaje es único, en una trama que nos llevará al pasado, a rebuscar en la historia, y sobre todo, la memoria personal tan importante en el devenir de los hechos. La película está estructurada como un cuento con elementos como un castillo derruido durante la guerra en la que se lleva a cabo una excavación arqueológica, un molino que fue pasto de las llamas y un extraño personaje oculto en lo profundo del bosque. 

Un gran equipo de técnicos entre los que destaca Pierre Luc Granjon, coguionista junto al director, y animador experimentado en películas como Le Château des autres, La gran bestia, El invierno y la primavera en el reino de Escampeta y  L’enfant sans bouche, amén de codirigir Leonardo, el maestro. La citada Sophie Rozie, creadora gráfica y directora de artes plásticas, especialista en cut out, con la que ha trabajado con la mencionada técnica en diversas películas producidas por Folimage, y también es director y guionista de películas como Los caracoles de Joseph, y la codirección de Nieve junto a Lanciaux y demás. Samuel Ribeyron, reconocido ilustrador de cuentos infantiles con 17 libros publicados, amén de   creador gráfico y director artístico de las películas Las cuatro estaciones de León, Nieve y Wardi, y muchos otros trabajos. La excelente música de Didier Falk, otro profesional de la animación francesa, ayuda a mantener esa mezcla de cotidianidad, misterio y relaciones humanas que tiene la cinta. La magnífica cinematografía de Sara Sponga, llena de colores, texturas y sencillez que ayuda a acercarse y traspasar todo el universo creativo, que la conocemos por su gran trabajo en la estupenda No se admiten perros ni italianos (2022), de Alain Ughetto, otra delicia de la stop motion con muñecos. 

Los breves pero maravillosos 77 minutos de metraje de El secreto del herrerillo hacen, no sólo son una delicia para los más pequeños, sino que sus “acompañantes” adultos, si son capaces de dejar sus quehaceres, prisas y demás estupideces de esta sociedad psicótica, la disfrutarán de verdad, porque les devolverá a su infancia, a aquellos veranos calurosos en el pueblo, descubriendo una forma de vivir tan diferente a la ciudad, y sobre todo, volverán a sentirse niños una vez más, porque es la época más maravillosa e intensa de la existencia, cuando todo se vive y experimenta por primera vez, y las ganas de descubrir y curiosidad nunca se terminan. Nos quedamos con el nombre de su director, Antoine Lanciaux por su audacia, maravillosa imaginación y por trasladarnos al universo de la infancia, de la naturaleza, de los pueblos y de todo aquello que nos hace vivir intensamente, junto a una madre arqueóloga que busca un cripta en un castillo que cuenta mucho el pasado, un amigo Jan que es un manitas con los motores, y el inseparable perro Mandros, tan decidido, rebelde, inquieto y curioso como nuestra protagonista Lucie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Turno de guardia, de Petra Volpe

CUIDAR Y CUIDARSE. 

“El coraje no siempre ruge. A veces el coraje es la voz tranquila al final del día que dice: Lo intentaré de nuevo mañana”.

Mary Anne Radmacher 

Hay películas que se sostienen por su historia, que indaga y reflexiona de modo personal y profundo a partir de personajes completos metidos en conflictos de órdago, y también, por sus intérpretes, que componen personajes inolvidables por su carácter, su forma de ser y hacer, en los que el actor/actriz de turno pone mucho de sí mismo, capturando toda el alma de la película. En el caso de Turno de guardia (en el original, “Heldin”, traducido como “Heroína”, de Petra Volpe (Suhr, Suiza, 1970), tenemos a Leonie Benesch, quizás una de las mejores actrices europeas más importantes del momento, porque sus tres últimas interpretaciones son absolutamente demoledoras, de las que dejen huella. A saber, Sala de profesores (2023), de Ilker Çatak, una profesora idealista que se topará con la cruda realidad. en Septiembre 5 (2024), de Tim Fehlbaum, una periodista rodeada de colegas durante el atentado y secuestro en Munich 1972. Y Floria, la enfermera que nos ocupa. 

Volpe ha hilado muy fino en sus dos anteriores películas, construidas a partir de dos voces femeninas. En su debut en el largometraje Traumland (2013), seguía a una prostituta y su relación con otros personajes durante la Nochebuena. En El orden divino (2017), vista por estos lares, el turno era de Nora, una esposa, ama de casa y madre que, ante la prohibición de trabajar de su marido, crea un grupo de mujeres en lucha en un pequeño pueblo de la Suiza de 1971. Floria, su tercera heroína, como indica su título original, es una enfermera a la que sigue en su turno de tarde que, encima, debe hacer frente a la baja de una compañera que origina una gran carga de trabajo y no hacer bien su tarea. Un guion preciso, modélico y nada complaciente, que consigue sumergirnos en la cotidianidad de una enfermera vocacional, trabajadora y que se esfuerza por hacer bien su trabajo. La directora helvética retrata una realidad difícil y cruda que sufren diariamente cientos de miles cuidadoras enfrentadas a la escasez gubernamental de su especialidad, que provoca bajas indefinidas y falta de vocación, obligando a un trabajo estresante, lleno de recortes y con una gran carga emocional, como le sucede a Floria, que la veremos pasar por innumerables altibajos emocionales debidos a las circunstancias de lo mal gestionado que está su oficio por parte de las esferas. 

De la parte técnica sólo podemos elogiar el inmenso trabajo de la película empezando por la natural y transparente cinematografía de Judith Kaufmann, con más de 40 títulos, amén de codirigir junto a Georg Maas, Dos vidas y La grandeza de la vida. Su trabajo construido a través de la mirada, el gesto y el movimiento físico de la enfermera, nos lleva a partir de planos secuencias y una cámara en continua agitación que lo traspasa todo generando esa atmósfera de documento preciso, instante y muy real sin recurrir a los artificios tan vistos en series y películas de hospitales. La música que firma Emilie Levienaise-Farrouch, de la que vimos su excelente trabajo en Desconocidos (2023), de Andrew Haigh, ayuda a puntuar los instantes de aparente paz y concordia entre la enfermera y los enfermos y sus familiares, y otros momentos de tensión y nerviosismo donde asistimos a un cuento de terror de lo cotidiano donde se cruza el miedo y el dolor. El montaje de un grande en la cinematografía alemana como Hansjörg Weissbrich, con más de tres décadas de carrera en las que ha trabajado en más de 60 películas, al lado de grandes como Hans-Christian Schmid, Bille August, Sokurov, Maria Schrader, von Trotta y Serebrennikov, entre otros. Su edición se basa en la sobriedad y el detalle y el corte puro, sin embellecer ni simplón, sino con la idea de verdad que planea en la trama en sus 92 minutos de metraje. 

Ya hemos alabado la inmensa interpretación de Leonie Benesch, que arrancó su carrera como actriz en la impresionante La cinta blanca (2009), de Michael Haneke. Su Floria es una interpretación magnífica, de las que las aspirantes a actriz deberían aprender de memoria, porque expresa todo un bagaje emocional frenético desde la mirada, el gesto y un silencio atronador que la deja exhausta y sin fuerzas. Una composición sobre el hecho transformador de cuidar y sobre todo, cuidarse. Le acompañan Sonja Riesen, otra enfermera, Urs Bihler, un enfermo que no tiene noticias, Margherita Schoch, otra enferma perdida, y Jürg Plüss, un impaciente e impertinente paciente. Una película como Turno de guardia, de Petra Volpe, debería ser de visión obligatoria, por sus valores cinematográficos que son muchos y sobrados, por su arrojo de penetrar con la cámara a las oscuridades y pequeñas alegrías que se suceden en los hospitales, y sobre todo, por su gran capacidad para trasladar al cine los conflictos laborales y emocionales que padecen cada día las enfermeras, una profesión muy dura y asfixiante que pone a prueba a sus profesionales continuamente, una profesión capital que cuida a la que pocos o nadie cuida que la película sitúa el foco, pocas veces visto de esta forma tan realista y desde dentro. Por favor, no se la pierdan, seguro que les deja algo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Si pudiera, te daría una patada, de Mary Bronstein

UNA MADRE AL LÍMITE. 

“Y de nuevo volvió a sentirse sola ante la presencia de su eterna antagonista: la vida”. 

Virginia Woolf

En la magnífica “Una mujer bajo la influencia” (1974), de John Cassavetes nos tropezamos con Mabel, una mujer que se siente sola, perdida e inestable emocionalmente, vive atrapada por las impecables normas sociales, interpretada por una extraordinaria Gena Rowlands. Una película mítica y fundacional en el hecho de mostrar una realidad que sufrían muchas mujeres, una realidad invisible y oculta que retrataba una cotidianidad que se vivía en silencio y muy dolorosa. Linda, la protagonista de Si pudiera, te daría una patada (en el original, “If I Had Legs I’d Kick You”), es una descendiente directa de Mabel, porque, años después, la situación de muchas mujeres continúa igual. Linda es madre de una niña con una enfermedad rara, el marido trabaja fuera y por ende, se enfrenta sola a la incertidumbre e inquietud de no conocer qué le sucede a su hija pequeña. Además, un extraño agujero en su casa, la lleva a vivir en un motel en que su inestabilidad aún se recrudecerá aún mucho más. 

Segunda película de Mary Bronstein (New York, EE. UU., 1979), después de Yeast (2008), protagonizada por una tiránica y emocionalmente inestable que lucha por volver a ser amiga de sus amigos protagonizada por Greta Gerwig y la propia directora. A partir de un guion muy imaginativo en el que se mezclan varios géneros y texturas que van desde del drama íntimo y oscuro, en que lo social ayuda a retratar muchas realidades invisibles, y el fantástico como motor de algo psíquico muy del gusto de Polanski y Lynch, con algunas dosis de humor negro. La película tiene una atmósfera muy conseguida, en la que viajamos por esa otra América, más cotidiana y superficial, donde el traslado al citado motel, envuelve la trama en un cuento de hadas pesadillesco, donde la historia se torna llena de personajes de la noche, que vagan de aquí para allá, donde las adicciones de la protagonista salen a relucir con más fuerza, en ese continuo viaje psicótico por el que se mueve la película, a partir de fuertes contrastes, entre el día y la noche, con esa existencia que deambula, agitadísima y sin consuelo, donde la madre va cayendo a su particular infierno que parece no tener fin, tan sola e incomprendida por todos y por todo. 

La directora neoyorquina se ha rodeado de un excelente equipo empezando por la productora Sara Murphy, responsable de las dos últimas películas de Paul Thomas Anderson, y de otros grandes títulos indies como Nunca, casi nunca, a veces, siempre, y El blues de Dale Street, entre otros. El cinematógrafo Christopher Messina, que ha trabajado mucho en los documentales de Adam Bhala Lough, amén de Fourteen, de Dan Sallitt, impone una luz intensa y corporeal por el día, y atmosférica de noche, que traspasa la pantalla situándonos en el epicentro de la protagonista, que la sentimos hasta muy adentro. El sonido de Filipe Messenger, responsable de títulos como El faro, de Robert Eggers, y la más reciente Weapons, contribuye a dotar a la película de esa fuerza caótica y tremendamente física y asfixiante por la que se mueve. El montaje lo filma Lucian Johnston, que edita las películas del reconocido Ari Aster, y La tragedia de Macbeth, de Joel Coen. Un gran trabajo de edición que nos lleva en volandas por casi las dos horas de metraje, llevándonos a través de los altibajos de una mujer que va en modo zombie por su existencia, intentando mantenerse firme en un descenso a las catatumbas en caída libre que no parece acabarse. 

Si la elección de cualquier intérprete principal es crucial en el caso de Si pudiera, te daría una patada, resulta definitorio para el devenir de la película, porque la elección de Rose Byrne ha resultado ser un extraordinario acierto porque la composición de la actriz australiana es abrumadora, de una sobriedad absoluta en este viaje-diario a la oscuridad más profunda del alma en esta travesía con una Alicia adulta y madre en su particular experiencia por el país de las oscuridades. A la actriz, después de más de sesenta títulos, casi todos mainstream, le llega una oportunidad que ha sabido aprovechar en uno de los trabajos del año premiado en el prestigioso Festival de Berlín. Le acompañan Conan O’brien, uno de esos secundarios efectivos que hemos visto en muchas películas haciendo de un colega muy curioso, y el rapero ASAP Rocky, que sale en la nueva de Spike Lee, siendo un amigo accidental en su nueva vida en el exilio del motel. Nos quedamos con el nombre de Mary Bronstein, porque su película me ha gustado porque indaga en situaciones poco tratadas en el cine, y que ahora, las directoras están reflejando en películas tan interesantes como Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa, La hija oscura, de Maggie Gyllenhaal, y Salve Maria, de Mar Coll. Todas películas que usan el género para sumergirnos en la maternidad mala, aquella apegada a una realidad más cruda, difícil y oscura, muy alejada de lo idílico que nos han vendido siempre. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La isla de la Belladona, de Alanté Kavaïté

LOS ANCIANOS DE GAËLLE. 

“La vejez no es una enfermedad – es la fuerza y la supervivencia, el triunfo sobre toda clase de vicisitudes y decepciones, pruebas y enfermedades”.

Maggie Kuhn 

Si rastreamos las películas estrenadas cada año, resulta sorprendente el poco interés que hay en retratar la vejez de un modo directo y frontal, en la mayoría de ocasiones, la vejez es un acompañamiento sin más, un complemento que ensalza a los protagonistas, que suelen ser jóvenes. Por eso, una película como La isla de la Belladona (en el original, “Belladone”), es muy bienvenida, porque sitúa la vejez en el foco, ya que retrata una triste realidad, la de estos tiempos actuales en los que la vejez se aparta como un trasto viejo que ya no produce. El relato nos sitúa en un futuro indeterminado en que la ley obliga a los ancianos a vivir en residencias (una situación parecida proponía en su arranque la reciente película brasileña “El sendero azul”, de Gabriel Mascaró). Aunque como sucedía con Tereza, que se oponía a tal atropello, unos pocos ancianos resisten en una isla alejada de todos y todo bajo el cuidado de Gaëlle, una joven de 30 años que ha heredado la función humana de su madre. 

El conflicto arranca con la llegada de dos visitantes, la doctora Aline y su hermano marinero David, que trastoca para bien la aparente armonía en la que vivían los habitantes de la isla, eso sí, bajo el recelo de la propia Gaëlle, que se muestra incómoda con esta llegada, ya que los ancianos empiezan a morir. La directora es Alanté Kavaïte (Vilna, Lituania, antigua URSS, 1973), de la que conocíamos su brillante ópera prima El verano de Sangaile (2015), una preciosa y naturista love story de dos chicas. La cineasta lituana nos propone una película vista desde la mirada de Gaëlle, la seguimos y la conocemos tanto en su exterior como en su interior, y las diferentes relaciones que tiene con los ancianos y los visitantes. Estamos ante una película muy reposada y cadente, que huye del efectismo y de las piruetas artificiosas, para plantar la cámara y contar sin prisas y con mucha emoción esta pequeña comunidad que ha decidido resistir y vivir en paz los últimos días. La trama se basa en las diferentes actividades lúdicas y muy divertidas que hacen los habitantes, alejada de prejuicios, convencionalismos y demás torpezas sociales que nos limitan y nos autocensuran constantemente. En ese sentido, la película reivindica la vejez no como un espacio de enfermedad y medicaciones, sino que también espacio para la diversión, la alegría y las risas. 

La naturalista y tranquila luz, tal y como sucedía en la citada El verano de Sangaile, que firma el cinematógrafo chileno Manuel Alberto Claro, habitual de grandes cineastas como Lars von Trier, Amat Escalante, Bille August y Thomas Vinterberg, entre otros, consigue atraparnos a base de cercanía e intimidad que traspasa la pantalla. La música del dúo Nicolas Becker (que ha trabajado con Lucile Hadzihalilovic y Athina Rachel Tsangari), y de Quentin Sirjacq (del que hemos visto la comedia Les folies fermières (2022), de Jean-Pierre Améris), consiguen esa suavidad y paz que emana en todas las secuencias de la película, en que la vejez es una fiesta que compartida es mucha más humana y divertida, y menos oscura y pesimista. El montaje lo firma la veterana Joëlle Hache con más del medio centenar de títulos desde 1973 que le ha llevado a ser la compañera de fatigas de nombres tan importantes en la cinematografía francesa como Alain Cavalier y Patrice Leconte, amén de Nikita Mihalkov y Louis Garrel, entre muchos otros. Una edición que agrupa unos 95 minutos que se ven con mínimo sobresaltos, los justos para generar los conflictos necesarios sin ser efectista ni tramposo.

El reparto funciona estupendamente con intérpretes que miran con serenidad y que usan pocos diálogos, como la magnífica protagonista Nadia Tereszkiewicz, una actriz estupenda que ya nos deslumbró en Mi crimen, de Ozon. Le acompañan los visitantes: Daphne Patakia, que la vimos en Benedetta y Los cinco diablos, y Dali Benssalah, visto en La última reina y Las dos caras de la justicia. Mención aparte tienen el grupo de ancianos capitaneados por Patrick Chesnais, Miou-Miou, Féodor Atkine, Jean-Claude Drouot, Alexandra Stewart y Calibre Magnin, todo un grupo excelente que han trabajado en grandes películas al lado de nombres que han pasado a la historia. No dejen pasar una película como La isla de la Belladona, de Alanté Kavaïté, porque les levantará el ánimo y si pensaban que la vejez era muy oscura, aquí proponen otra mirada, menos dramática y sobre todo, muchísimo más vital, porque la vida no se termina en la vejez, y si la sociedad decide que ya no somos útiles, mejor, así tenemos todo el tiempo del mundo para descansar, mirar de nuevo, divertirnos, reírnos y sobre todo, ser nosotros mismos, eso sí, más lento, sin prisas, y con ganas de vivir a pesar de las enfermedades, porque vida sólo hay una y debemos disfrutarla hasta el final. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fuck the Polis, de Rita Azevedo Gomes

UM FILME LIDO. 

“Nosotros hemos exiliado la belleza; los griegos tomaron las armas por ella”.

Del ensayo “El exilio de Helena”, de Albert Camus

Un aspecto determinante en el cine de Rita Azevedo Gomes (Lisboa, Portugal, 1952), es el vaciado del artificio y la ornamentación del cuadro para así rebuscar en él todo su orígen, esencia y profundidad, con la idea que la transmisión hacia el espectador de lo que se pretende sea lo más clara, nítida y directa posible. Mi descubrimiento fue con La venganza de una mujer (2012), en la que los convencionalismos del cine llamada histórico dejaba paso a una magnífica pieza de cámara con el sello de Brecht, con la interpretación capital de Rita Durâo acompañada de los elementos técnicos, generaba una aura llena de plasticidad e intimidad sobrecogedora. Su cine, ya sea de ficción o documental, siempre ha estado rebuscando en su materia prima para desarrollar un cine que bebe de muchas fuentes, sobre todo, el literario, en el que cada película ha significado una vuelta de tuerca más para tropezarse con lo más puro del arte cinematográfico, creando una filmografía muy reconocida a nivel internacional que nos invita a viajar por la historia desde los pliegues de lo oculto y lo íntimo. 

En El trío en mi bemol (2022) con su inseparable Durâo seguía trabajando en lo mínimo a través de de una obra de Rohmer, en el que dos amantes filosofan sobre su relación en un espacio natural, alejado de todo y todos, donde la capacidad de lo inesperado alimenta cada gesto, cada mirada y cada diálogo. Con Fuck the Polis sigue la estela iniciada con la mencionada, porque la propia Rita emprende, acompañada de un grupo de jóvenes, un viaje por las Cícladas griegas siguiendo las huellas de un viaje pasado que hizo en 2007 cuando superó una grave enfermedad. De aquella experiencia-travesía surgió el cuento “A Portuguesa”, de Joâo Miguel Fernandes, que nos va narrando el viaje, y el personaje de Irma, que la directora lo acoge para trazar una suerte de viaje-diario fragmentario con un itinerario azaroso, repleto de (des) encuentros que reflexiona sobre la belleza en un mundo de horror, a partir de voces extranjeras sobre Grecia, como las que extrae de “El exilio de Helena”, de Camus, y poemas de John Keats, Lord Byron, y la voz de la cantante Maria Farantouri, entre otras voces. Estamos frente a una película libre, que se mueve por distintos formatos y texturas, en que hay imágenes de toda índole, como fragmentos de Broken Blossoms” (1919), de Griffith, tanto propias como extrañas que convergen y dan unidad a una mirada reflexiva y directa sobre la capacidad de volver a la belleza clásica griega frente a un horror incesante que no desaparece de nuestro tiempo.  

A partir de un guion que firman Regina Guimarâes, que conocemos por sus trabajos junto a Paulo Rocha, y la propia directora, donde la sorpresa, lo inesperado y el accidente del viaje y la experiencia de mirar sin prisas y con pausa, se acaba imponiendo como acto revolucionario en una sociedad cada vez más veloz, febril y ansiosa. Una película que huye de los diálogos para plantear diferentes lecturas de los propios personajes, como la de la propia directora que arranca leyendo un pasaje del ensayo que encabeza este texto, y demás lecturas que se van leyendo los unos a los otros. Los acompañantes de la directora, que son intérpretes-lectores y técnicos de la película son Bingham Bryant, Mauro Soares, João Sarantopoulos, Maria Novo, y Loukianos Moshonas. La música muy presente en la película es obra de Alexander Zeke, que ya trabajó con la directora lusa en Correspondencias (2016), amén de cineastas de la talla de Sârunas Bartas, Marcela Said y Pierre Léon, entre otros. El exquisito y revelador montaje que hacen Lura Gama Martins y la propia directora acogen en sus breves y cautivadores 75 minutos de metraje toda la fragmentación que comentábamos en un viaje físico y muy emocional sobre la memoria, el presente, el turismo masivo, la belleza, el horror, la reflexión sobre la importancia de los clásicos como refugio ante las maldades contemporáneas. 

Si Manoel de Oliveira, con el que trabajó la directora, hizo Um Film Falado (2003), en la que nos invitaba a una travesía por el mediterráneo y sus grandes obras a través de diferentes personajes en que cada uno se expresaba en su idioma, en la que había tiempo para hablar de las maldades humanas. Un mismo camino que hizo antes la eterna Viaggio en Italia (1954), de Rossellini  que, al igual que Fuck the Polis, de Rita Azevedo Gomes también nos plantea la capacidad humana de encontrar belleza tanto en imágenes, escritos y piezas desde el silencio, la quietud y la experiencia íntima y personal como refugio ante el ruido, la agitación, las prisas, las guerras y el ultraconsumismo en el que transitamos como pollos sin cabeza diariamente. Ante todo eso, que no nos lleva a ninguna parte, la cineasta portuguesa, con su sabiduría, detalle, concisión y sobriedad, nos transporta a un gazpacho de mundos presentes, pasados, sin tiempo, en el que su revolución es detenerse, mirar a nuestro alrededor y experimentar el paso del tiempo, lo que vemos, recuperar el acto de mirar, embriagarnos de poesía, porque, al fin y al cabo, quizás sea la poesía nuestro último refugio, el que tenemos ante tanta efervescencia que nos aísla y nos conduce al abismo más oscuro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Querida flor, de Paolo Cognetti

LA VOZ DE LA MONTAÑA. 

“Quien ha escuchado alguna vez la voz de las montañas, nunca la podrá olvidar”. 

Proverbio Tibetano 

A día de hoy permanecen en mi memoria la historia de Piero y Bruno, los dos protagonistas de la bellísima y emocionante Las ocho montañas (2022), de Felix Van Groeningen y Charlotte Vandermeersch. Un relato sobre la amistad de dos amigos desde la infancia en las que se habla del paso del tiempo, de los diversos caminos emprendidos, la fraternidad, el compañerismo y la libertad y el coraje de ser quién deseas ser. La película se basaba en la novela homónima de Paolo Cognetti (Milán, Italia, 1978), un novelista y cineasta enamorado de la vida y de las montañas de los Alpes, donde tiene una casa en la que se refugia en sus tiempos de soledad, paz y tranquilidad. De su amor a la montaña conocemos sus publicaciones como Il ragazzo selvático (2017) y Sin llegar nunca a la cumbre (2019), entre otras, amén de su participación como guionista y actor en el documental Sogni di Grande Nord (2021), de Dario Acocella, en que viaje de Italia hacia Alaska visitando paisajes que le inspiraron.

Con Fiore Mio (en el original, “Mi flor”), Cognetti se sitúa como guionista, director y protagonista a partir de la premisa de averiguar porque no baja apenas agua a su casa. Para ello, emprende una travesía montaña arriba con su inseparable perro Laki, en un viaje hacia las cotas más altas de Monte Rosa, en los Alpes, en el que realiza las pertinentes paradas: empezando por su vecino/amigo, siguiendo por los tres refugios que se encuentra por el camino, en el que hay tiempo para hablar de tiempos pasados y futuros, de ausentes y presentes, de caminos interiores, de muchas emociones, de interesantes excursiones para conocer el entorno, con unas imágenes espectaculares donde naturaleza y humano se mezclan en un espacio de quietud y silencio, donde lo salvaje de la naturaleza entra en escena. Cognetti plantea un relato donde interior y exterior se abrazan a través de los encuentros con los amigos, en el que cada uno de ellos exponen sus viajes personales, sus cuentas pendientes y por decidir y todo aquello que viven de la montaña y la montaña les da. Escuchamos reflexiones sobre la existencia, sobre nuestra relación con la naturaleza, las montañas y todo lo que nos encontramos. Estamos ante una película que nos invita a recogernos mientras contemplamos la montaña desde lo más arriba, reflexionando sobre nosotros y los otros. 

La película contiene imágenes que sobrecogen, donde la naturaleza y las montañas traspasan la pantalla en que la cámara recoge toda la aventura cotidiana e íntima de Paolo y sus encuentros. Tenemos al cinematógrafo belga Rubens Impens, habitual del citado Felix Van Groeningen, amén de Joël Vanhoebrouck y la directora francesa Julia Ducournau, entre otros. La música del italiano Vasco Brondi, que tiene una breve aparición en la película, con la inclusión de algunos temas musicales de diversos grupos, ayuda a contemplar unas imágenes que podían caer en una belleza superficial, pero que Cognetti no ensalza en ningún momento, sino que continuamente reflexiona y va situando esos momentos de silencio en que la música desaparece o simplemente, baja el volumen para que así la experiencia sea lo más compartida posible. El italiano Mario Marrone, que ya estuvo en la mencionada Sogni di Grande Nord, se encarga del montaje que, siendo una película de estas características, con esa conjunción entre lo humano en relación con la naturaleza, no resultaba una tarea nada fácil. La edición es brillante y nada convencional, apoyada en una narrativa que deja tiempo al espectador para escuchar las distintas voces y sobre todo, la montaña, ese rumor oculto que logramos escuchar durante muchos momentos de la película.

Si están interesados en las historias sobre la naturaleza y no les agradan los documentales al uso, que son meros descriptivos y poco más, y buscan un tipo de películas con el mejor aroma de Werner Herzog, donde exista una confrontación entre aquello filmado y el que filma, explorando los recovecos de la condición humana expuesta a su estado más primario y más emocional cuando se encuentra frente o expuesto a la fuerza y belleza de la montaña, su película es Fiore Mio, de Paolo Cognetti porque nos hace suya en un viaje hacía lo físico trepando y atravesando Monte Rosa, deteniéndose en cada escarpado, camino y ladera, y observando cada instante, con tiempo, con pausa y viendo como el tiempo se detiene y nos coge de la mano. Una película que abraza la amistad, el encuentro y el otro, mirándonos los unos a los otros, intercambiando experiencias, decisiones, alimentos, espiritualidad, y muchas emociones, porque en estos tiempos de febril agitación donde el personal anda corriendo de aquí para allá sin ningún sentido, quizás sería conveniente bajarse del mundo, como decía nuestra querida Mafalda, irse a una montaña y empezar a subirla, poco a poco, con la calma y la paciencia que tiene el que ya ha entendido que vivir es una experiencia efímera, donde cada paso es una aventura y un tiempo para mirar hacia afuera y hacia adentro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA