Un efecto óptico, de Juan Cavestany

VIAJAR O NO, ESA ES LA CUESTIÓN.

“Uno puede fingir muchas cosas, incluso la inteligencia, lo que no se puede fingir es la felicidad”

Jorge Luis Borges

Personas en un lugar, personas que desconocen que están haciendo en ese lugar, personas que no recuerdan su pasado y cuando lo hacen está lleno de grandes lagunas, personas como tú y como yo, personas con vidas corrientes y llenas de gestos y actividades muy cotidianas, personas que, sin comerlo ni beberlo, acaban olvidándose de sí mismas y protagonizan relatos surrealistas, sin sentido, en mitad de fábulas modernas sin tiempo ni espacio. Personas de toda índole son las que protagonizan las historias de Juan Cavestany (Madrid, 1967), capturadas sin acritud, explorando su humanidad, retratando sus estados de ánimo, tanto en su faceta teatral como autor de grandes espectáculos como Urtain o Moby Dick, en el medio televisivo en títulos como Vota Juan o la exitosa Vergüenza, con tres temporadas realizadas, o sus películas como Gente de mala calidad, o las autoproducidas Dispongo de barcos, El señor, Gente en sitios, Esa sensación o Madrid interior.

De Vergüenza ha nacido la compañía “Cuidado con el perro”, en la que Alicia Yubero, Álvaro Fernández-Armero y el propio Cavestany se asocian y lanzan su primera producción Un efecto óptico, protagonizada por Alfredo y Teresa, un peculiar matrimonio de Burgos que se van de viaje a Nueva York, o al menos eso es lo que creen, porque una vez en la ciudad de los rascacielos, cada vez que miran por la ventana del hotel o salen a la calle, se encuentran una ciudad parecida a su Brugos. El director madrileño construye una comedia fantástica, un alegoría sobre como empleamos nuestro tiempo y la necesidad de evadirnos, de abandonar por un tiempo nuestra realidad y sumergirse en otras, o quizás, en intentarlo, porque no siempre es posible, no siempre estamos en el ánimo adecuado para aventurarnos en otro lugar, descubrir y sobre todo, descubrirnos, porque algo parecido les pasa a este matrimonio de Burgos, que sus emociones juegan con ellos, agarrándoles en un desánimo que les empuja a ver lo que sienten, a no disfrutar de Nueva York, o simplemente, a no disfrutar de ellos mismos y de compartir con la otra persona.

Cavestany captura toda esa desazón de forma admirable y magnífica, envolviéndonos en una mezcla de (des) aventura que tiene múltiples referentes, desde las historias psicológicas de Corman o Hitchcock, a las comedias surrealistas y esperpénticas desde las tiras de Mingote y Borges, la revista de “La codorniz”, Larra, Mihura, Gómez de la Serna y Berlanga-Azcona, y demás registradores de la comicidad y del absurdo de la cotidianidad y la existencia. Pepón Nieto y Carmen Machi son ese matrimonio atípico, extraño y cercano que abrazan la incredulidad de sus personajes y ejercen de maestros de ceremonias a las mil maravillas, creando esa sensación de extrañeza y de incertidumbre que les acompañará durante todo su viaje-metraje, porque la película de Cavestany no solo se queda ahí, en ese estado caleidoscópico de mundos paralelos o mundos diferentes que se mezclan, sino que también añade otro elemento distorsionador a este enjambre de sensaciones y estados de ánimo, un elemento físico, en la que sus protagonistas no están viviendo sus vidas, sino que están en el interior de una película, una película que en detalles vemos como se filma, así que el magnífico juego del relato, entre ficción-realidad, envuelta de misterio, con una trama a lo Misterioso asesinato en Manhattan (o Burgos), de Woody Allen, riza aún más si cabe la historia de este matrimonio como todos o ninguno.

Una película de factura impecable, con una excelente cinematografía de Javier Bermejo y la sutileza y elegancia de la edición de Raúl de Torres, y la música de Nick Powell, colaboradores y cómplices del universo de Cavestany, y la participación de Luis Bermejo, un actor de la “casa”, creando ese aroma de misterio y surrealismo cotidiano que, al igual que le ocurría a Phill, el periodista descreído de Atrapado en el tiempo, debía mirarse en el espejo y encontrar su reflejo para salir del entuerto en el que andaba metido. Cavestany vuelve a asombrarnos y atraparnos en su universo cotidiano, surrealista, absurdo e inquietante, filmado con inteligencia y transparencia, creando un mundo dentro de otros mundos, con la honestidad e intimidad que tenían sus anteriores trabajos, con ese maravilloso juego de metacine infinito o no, porque a veces, podemos estar en Burgos o Nueva York, o quizás, solo estemos en nuestro caos mental y sobre todo, en nuestro caos emocional, en el que deseamos hacer algo y a la vez, no, o no sabemos que sentir y qué hacer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nieva en Benidorm, de Isabel Coixet

EXTRAÑOS EN EL PARAÍSO.

“Una extraña mezcolanza de pobreza, limpia y llena de colorido, y hoteles color pastel, todo aparentemente como si lo acabasen de construir… Novísimo, con los más modernos estilos amalgamados a la sencilla arquitectura del lugar”

Sylvia Plath sobre Benidorm en 1956

En el universo cinematográfico de Isabel Coixet (Sant Adrià de Besòs, 1960), transitan muchas almas solitarias, no por elección o necesidad, sino por la sociedad, una sociedad que antepone lo material, la apariencia, y la conveniencia como sus formas de relación, frente a unos personajes que, ante ese conservadurismo, eligen no pertenecer a él, eligen ser ellos mismos, y no rendirse jamás ante el acoso social impuesto. Unas almas de carácter, que no se arrugan ante nada, valientes y decididas, y sobre todo, humanas, en esos mundos donde todo se mercantiliza, donde los sentimientos y ser uno mismo, se persigue, se juzga y se encarcela. La directora barcelonesa lleva más de tres décadas haciendo cine, donde ha acumulado una impresionante filmografía en la que podemos encontrar ficción, documental y televisión, trabajos que no solo la han convertido en una cineasta de primer nivel, sino en una creadora que, al igual que sus personajes femeninos, no se detiene ante nada, sigue empecinada en ir tejiendo poco a poco, sin prisas, una carrera que la ha convertido en una cineasta internacional, que filma indistintamente en inglés o español, según el contexto que la historia requiere.

Desde la Librería (2017), una de sus películas más celebradas, Coixet ha dirigido una serie, Foodie Love, y el largometraje Elisa y Marcela, hasta llegar a Nieva en Benidorm, donde conocemos a Peter Riordan, uno de esos tipos tristes y solitarios, con esas existencias anodinas y con poco que hacer, que malgastan su vida en trabajos insulsos, en este caso, como empleado en un banco en la gris Manchester. Aunque no todos son males para Peter, porque un día lo prejubilan y decide ir a Benidorm, donde vive su hermano Daniel. Una vez allí, se instala en la vivienda de su hermano, el ático más alto de la ciudad, y emprende una búsqueda para encontrarlo, ya que ha desaparecido sin dejar rastro. Peter, como un alma a la deriva, extraño en una ciudad tan diferente y compleja como Benidorm, irá introduciéndose en el universo de Daniel, conociendo a su entorno, como Alex, una bailarina de mediana edad de su Club Burlesque, Marta, una extraña policía y admiradora de Sylvia Plath, que recuerda la estancia de la poeta en Benidorm allá por los años 50, Lucy, una mujer de la limpieza enigmática, y un carnicero con muy malas pulgas, socio de Daniel en un pelotazo inmobiliario.

Unos personajes, muy diferentes entre sí, como si hubiesen naufragado de un barco sin rumbo, que solo se pueden encontrar en una ciudad como Benidorm, donde coexisten múltiples contradicciones, que va de lo bello a lo monstruoso, como una especie de decorado artificial y natural a la vez, un espacio por el que pululan turistas desenfrenados, rascacielos apabullantes, muchos cochecitos eléctricos, residencias abandonadas por falta de liquidez, un coro cantando en la playa, una luz y una brisa dulces, y sobre todo, una sensación de un lugar que podría haber sido un espacio de felicidad pura y natural, y en realidad, se ha convertido en un estado de ánimo de felicidad artificial, en el que todo está en venta, incluso las relaciones. Tanto Peter como Alex son dos antihéroes, dos extraños, dos desconocidos, completamente fuera de lugar, en una ciudad irreconocible, extraña y demasiado perfecta en su tristeza y vacío (desde Sueñan los androides, de Ion de Sosa, no veíamos Benidorm como ese escaparate falso e íntimo a la vez), dos de esas almas que tanto le gusta a Coixet retratar, en sus idas y venidas, en sus conversaciones, en sus miradas y gestos, como ese momentazo cuando ella besa el cristal que los separa y Peter la observa detenidamente, escenificando todo aquello que los une y los separa. El elemento noir que utiliza la directora catalana para mover a sus personajes, recuerda a la forma y arquitectura emocional de David Lynch y a sus universos enfermizos y oscuros, o la más reciente, Lo que esconde Silver Lake, de David Robert Mitchell, donde la parte más invisible de Los Ángeles, se convertía en el escenario ideal donde abundaban las pesadillas, solo un mero pretexto para hablarnos de personajes solitarios, de vueltas de todo, o no, que ya no esperan nada de la vida, y menos de ellos mismos, anclados a una existencia demasiado cotidiana, sin nada que hacer, ni adónde ir, esperando la muerte.

Pero, Coixet, que sabe mucho de indagar en esas soledades, retratando sus texturas y sensibilidades emocionales, nos lleva de la mano, mostrándonos una relación sencilla y muy especial, entre sus personajes, en que la ciudad, se muestra con su brillo y mugre, como esos capítulos que nos van abriendo cada segmento de la trama, relativa a los fenómenos meteorológicos, afición de Peter. Coixet vuelve a acompañarse de cómplices muy estrechos, como la sensible y estupenda música de Alfonso de Vilallonga, la apacible y sobria edición de Jordi Azategui, y la brillante y oscura luz del cinematógrafo Jean-Claude Larrieu. El reparto de la película, heterogéneo y sorprendente, brilla con excelencia y aplomo, en el que sobresalen los impresionantes Timothy Spall, un intérprete que todo lo que se diga de su excelencia y elegancia es poco, con una partenaire maravillosa como Sarita Choudhury (que repite con Coixet después de Aprendiendo a conducir), una Carmen Machi, como una policía amante de la poesía de Plath, que no está muy lejos de la Frances McDormand de Fargo, versión Benidorm, Ana Torrent como una mujer de la limpieza, un rostro y una mirada con mucha historia detrás, y finalmente, Pedro Casablanc poniendo la nota inquietante con su cuchilla y su delantal ensangrentado.

Nieva en Benidorm tiene ese aire de western crepuscular, de personajes cansados y sin nada, moviéndose como almas en pena, desorientados, en un entorno que no es el suyo, que van conociéndose e intimando, en una historia de amor delicada y humanista, elegante y conmovedora, que no ñoña, huyendo de tanto sentimentalismo oportunista de otras producciones, como hacía tiempo que no se veía en la gran pantalla, con todos los matices y peculiaridades de la mirada de Coixet, que no solo nos va conmoviendo con sus sutilezas y calidez, sino que nos sumerge en un entorno limbo, donde la ciudad de Benidorm y sus personajes, adquieren esa aura de misterio, magnetismo y humanidad, en un mundo cada vez más pequeño, vulgar y vacío, que ya no solo ha oscurecido las relaciones humanas en pos al mercantilismo, sino que además, nos ha convertido en meros consumidores que todo lo compramos y lo fundimos, como si no hubiera un mañana, resultan relevantes las secuencia nocturnas con toda esa fiesta descontrolada de despedidas de solteras y gentes que lo venden todo, mientras Peter, con rostro acontecido y deambulando como alguien que le cuesta creerse esa idea de paraíso terrenal, pero que todo lo que ve, y esa idea de paraíso, le resulta triste y desoladora. Quizás, Peter y Alex, no solo tienen una oportunidad, sin esperarla, y mucho menos pedirla, sino que han encontrado a alguien, a alguien a quién mirarse sin acritud, un reflejo que no sabían que existía, y mucho menos en una ciudad como Benidorm. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Celia Freijeiro y Aixa Villagrán

Entrevista a Celia Freijeiro y Aixa Villagrán, actrices de la serie “Vida perfecta”, de Leticia Dolera. El encuentro tuvo lugar el martes 15 de octubre de 2019 en el auditorio del Movistar Centre en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Celia Freijeiro y Aixa Villagrán, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Deborah Palomo y Nuria Terrón de Ellas comunicación, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Entrevista a Leticia Dolera

Entrevista a Leticia Dolera, actriz y directora de la serie “Vida perfecta”. El encuentro tuvo lugar el martes 15 de octubre de 2019 en el auditorio del Movistar Centre en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Leticia Dolera, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Deborah Palomo y Nuria Terrón de Ellas comunicación, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

El bar, de Alex de la Iglesia

SÁLVESE QUIÉN PUEDA.

Una mañana cualquiera en un bar céntrico de un barrio cualquiera. La parroquia que transita el lugar es muy variopinta: Amparo, la dueña, sesentona, lenguaraz y de mucho carácter, Satur, el segundo de abordo, obediente y callado, un ex policía desconfiado y en estado de alerta, un tipo extraño con pinta de ejecutivo que agarra su maletín como si fuera su única posesión, un hipster eganchao a internet y encerrado en su mundo, El “Israel”, un vagabundo alcohólico que grita proclamas de la biblia y nunca paga en el bar, La Trini, una alcohólica enganchá a la tragaperras, sola y amargada, y finalmente, la última clienta que irrumpe en el bar, Elena, una pija que tiene una cita y se ha quedado sin batería. Todo transcurre como cada mañana a esa misma hora, con alguna mirada, reproche o gesto de más o de menos, según se mire. De repente, uno de los clientes que sale del bar, es alcanzado por un disparo que lo deja seco, el barrendero que sale auxiliarlo, encuentra el mismo destino.

La película número 13 de Alex de la Iglesia (Bilbao, 1965) arranca de manera brutal y acojonante, mostrándonos una serie de personajes que nada tienen que ver entre sí, y acaban todos encerrados, sin poder salir,  de un bar grasiento con olor a rancio. El director vasco hace un recorrido por cada uno de ellos, sacando a relucir todas sus miserias y exponiéndolas ante los demás, sacando el jugo a cada uno de ellos, moviendo a todos ellos de forma ejemplar por un único decorado, en una ágil y enérgica puesta en escena que nos mantiene atentos a la pantalla, consiguiendo que recordemos al mejor Berlanga, en sus magistrales secuencias llenas de gente a las que les pasaba de todo. Después de este arranque más propio de una película de suspense, al mejor estilo de The Twilight zone, con ese aroma de todos son culpables del mejor Hitchcock, la película se adentra en terreno pantanoso, donde cada uno de los personajes desconfía del otro, y más cuando, a fuera, la policía retira los cadáveres y la plaza ha quedado completamente desierta. Todo el ambiente se vuelve cargado, irrespirable, tenso e irrespirable, De la Iglesia combina la comedia negra con el mejor terror, manteniendo un ritmo imparable, que se irá agudizando a medida que vayan pasando las horas y siga creciendo la tensión entre los distintos parroquianos, todo hace dudar y desconfiar, un objeto, una bolsa, todo.

De la Iglesia es un cineasta de mundos absurdos, hostiles y decadentes, sus personajes se mueven por la codicia y la avaricia, mienten y matan, llegados el caso, con el propósito de conseguir sus objetivos, que suelen ser económicos, y en otros casos, son motivados por el ascenso social, unos seres pobres de espíritu, y otros, pobres diablos, que pretenden conseguir aquello que se les niega o simplemente, se les arrebata injustamente, aunque montaran la de Dios, cueste lo que cueste, y se lleven por delante a quién sea, por llegar a sus objetivos, algunos justos, otros miserables, nada más que eso. Esta es una película coral, como lo eran La comunidad (aquellos vecinos que andaban como locos por atrapar el dinero del muerto que casualmente había cogido una que pasaba por allí), 800 balas (un viejo actor de los westerns fingiendo ser lo que no es y huyendo de un pasado familiar tortuoso) Las brujas de Zugarramurdi (donde dos quinquis llegaban al pueblo de las brujas y se metían en la boca del lobo) o Mi gran noche (en el que una eterna fiesta de fin de año acababa en un cruce de mentiras, venganza y algo de amor), y también como ocurre en los títulos de terror claustrofóbico habrán sorpresas inesperadas, y sus inquilinos se irán reduciendo notablemente, debido a las envidias, la tensión y sobre todo, el miedo, esa cosa amarga y poderosa que sale a relucir de forma devastadora en los momentos de crisis.

A medida que avanza la trama, el interés va sufriendo algún altibajo, y más, cuando se nos descubre el pastel, que les ha ocurrido a los que mataron, sobre todo, por algo que también se encuentra en otras películas del director, la acumulación de golpes de efecto en el último tercio que deslucen el ritmo endiablado impuesto), tiene algunos momentos memorable, cuando la película se mueve por ese mundo oscuro, siniestro y demoledor que tanto le gusta a De la Iglesia, como sucedía en sus mejores títulos como El día de la bestia (un cura algo pirado, un excéntrico presentador de televisión y un heavy tirao luchaban ferozmente contra el anticristo) Muertos de risa (dos humoristas que se odian a muerte desde la España franquista de los 70 hasta finales de los 90 con todo ese país en ebullición aparentemente) Crimen ferpecto (un enterao y don juan arribista que encuentra la horma de su zapato) o Balada triste de trompeta (dos payasos en la década de los 70 que rivalizan encarnizadamente por la fama y por una mujer, quizás la película que mejor define el espíritu que atraviesa las películas de De la Iglesia).

El bar contiene lo mejor de su director, ambientes malsanos y deprimentes, poblado de seres miserables, que se mueven en un mundo superficial, sucio y lleno de maldades, donde todo huele a podrido, y nada ni nadie podrá tener algún tipo de esperanza, en el que la violencia acaba siendo el único camino para sobrevivir de uno mismo y de los demás, en el que el buen plantel de intérpretes entre los que destacan algunos de sus habituales, Mario Casas, Terele Pávez, Secun de la Rosa o Jaime Ordoñez, con las grandísimas aportaciones de los siempre perfectos Joaquín Climent y Carmen Machi, y la buenísima aparición de Blanca Suárez. Todos, en mayor o menor media, destacan en sus roles, unos personajes que lentamente irán descendiendo a sus infiernos personales y adentrándose en las cloacas de un mundo que se cae en pedazos en medio de una crisis (es clara la lectura política que construye el cineasta vasco) en una cinta que juega con el thriller oscuro y de pesadilla, con el aroma del mejor esperpento y comedia negra (elementos característicos que estructuran todo el cine de De la Iglesia) de esa que te hace reír, claro está, pero también daña, por lo que cuenta, y sobre todo, por cómo te lo cuentan.


<p><a href=”https://vimeo.com/196462199″>EL BAR – Tr&aacute;iler</a> from <a href=”https://vimeo.com/dypcomunicacion”>DYP COMUNICACION</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Las furias, de Miguel del Arco

af_cartel_furias_rgb_online_3219COMO EN LAS MEJORES FAMILIAS.

“Para mí la familia es el principio de todo. El microcosmos en el que nos formamos y que más tarde reflejamos, consciente o inconscientemente, en el macrocosmos al que somos lanzados como personas adultas. El que nos arma o nos desarma para defendernos en el mundo exterior”

Miguel del Arco

La frase que acompaña el cartel de la película nos advierte que hay que tener mucho cuidado con lo que uno hace con los suyos, si no te perseguirán “Las furias”, seres con cabeza de perro, alas de murciélago y serpientes en lugar de cabello, con la misión de obligarte a expiar tu culpa o enloquecerte. A continuación, arranca la cinta con el breve prólogo situado en el camerino del padre actor, después de una función,  rodeado de los suyos, con la compañía de la niña, iremos conociendo a todos los integrantes de la familia Ponte Alegre. Seguidamente, la película viaja hasta diez años después, más o menos, cuando la niña, María (excelente la joven Macarena Sanz) se ha convertido en una adolescente con problemas mentales, su madre, Casandra, la hija, (los tres hermanos compartes nombre extraídos de “La Ilíada”, de Homero) actriz frustrada, se gana la vida como loctura de radio escuchando las penurias ajenas, el padre, Gus, al cuidado de la hija, se ha olvidado de sí mismo y de su mujer. El hermano mayor, Héctor, de mediana edad, triunfador en las finanzas y felizmente enamorado de María, y el hermano menor, Aquiles, actor del montón, ahora se ha refugiado en el caserón de la infancia para escribir las memorias familiares. El padre, Leo, de más de setenta, famoso y carismático actor, ahora padece alzhéimer y ha olvidado su vida y los que le rodean, aunque en ocasiones irrumpe con su voz poderosa recitando pasajes de Shakespeare y demás. La madre, Marga, de alrededor de los setenta, mantiene una relación lésbica con Julia, una psiquiatra atractiva, que mantiene en secreto.

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Miguel del Arco (Madrid, 1965) que arrancó su carrera como actor, se ha convertido en una de las voces más interesantes y comprometidas del teatro actual, en el que ha adaptado a autores de renombre como Shakespeare, Gorki, Gógol o Molière, entre otros, además de escribir, dirigir y llevar un teatro. Desde el año 2000, dirige tres cortometrajes con numerosos premios tanto nacionales como internacionales, Las furias es su puesta de largo, y para ello se ha rodeado de algunos de los actores con los que ha trabajado a lo largo de estos años, y ha construido una película en torno a la familia, a todos sus logros, y sobre todo, fracasos. A ese extraño núcleo o grupo al que pertenecemos sin haberlo pedido, a ese mundo complejo de relaciones y confidencias, de secretos ocultos que no se dicen o situaciones del pasado que no se quieren volver a vivir, del implacable paso del tiempo y todo aquello que arrastra en su demolición natural, de los efectos, ilusiones, tragedias que se mascan en el seno de una familia muy vinculado al teatro, como no podía ser viniendo de Del Arco. El conflicto arranca cuando la madre, incapaz de afrontar la verdad (una constante que padecen todos los personajes) y desvelar su relación lésbica se escapa anunciando que va a vender la casa familiar, la casa de la infancia, de los recuerdos, de ese tiempo de esperanza, de juegos, de risas.

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Del Arco acota su obra en un fin de semana, un par de días en el que todos los componentes se reunirán para despedirse de la casa, situada en el norte con el cantábrico como testigo, y el paisaje de bosque frondoso y secreto, un lugar que los ha acogido con tanto amor, y de paso, asistirán a la boda de Héctor y María. Aunque la cosa de entrada pinta bien, pronto aparecerán los conflictos, rencores y diferencias entre ellos, todos, absolutamente todos, arrastran cargas emocionales muy pesadas que explotarán sin control durante esas 48 horas. El padre, que parece ausente, compondrá la figura marchita que ha perdido todo su esplendor de gran actor para caer en un olvido injusto, pero que quizás no parece tan perdido, la madre, pretendiendo ocultar su relación, se topará de bruces con la realidad y tendrá que hacerla frente, Gus y Casandra, distanciados por la mentira de ella, no tendrán más remedio que mirarse y hablar, Héctor y María con su boda quieren tapar una noticia terrible que ha roto sus vidas, y pronto saldrá a la luz, Aquiles, tendrá que hacer frente a su vida y dejar de huir, dejando atrás tantos castillos de cartón. Y finalmente, María, consumida por su enfermedad en medio de una familia perdida, hilarante y confundida (como suele ocurrir con todas, en mayor o menor medida) tomará una decisión que quizás ayudará a que todos se sientan menos solos, y manifiesten el amor que han olvidado, aunque solo sea ese fin de semana.

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Del Arco se ha rodeado de un reparto coral extrarodinario (como las películas de Berlanga) un elenco extraordinario encabezados por dos figuras de la interpretación como son José Sacristán y Mercedes Sampietro, con Carmen Machi, Gonzalo de Castro y Alberto San Juan, como los hijos perdidos de la Troya sitiada, con Emma Suárez y Pere Arquillué, como las parejas que resisten estoicamente, la maravillosa Bárbara Lennie, como la amante que quiere dejar de ser la asistente, y para finalizar, Macarena Sanz, la pequeña del clan que huye de sus demonios. El cineasta madrileño ha compuesto una lúcida, amarga y estupenda disección sobre la familia, (que recuerda en muchos aspectos a la deliciosa y cruel Mamá cumple cien años, de Saura, o más reciente en la negrísima Como en las mejores familias, de Cédric Kaplisch) que a ratos encoge el alama y en otros, se mueve entre el humor más cínico. Una tragicomedia de cimientos sólidos, que nos cuenta la vida de una familia de teatro, o al menos una que lo fue, de una familia de difícil y extraña complejidad que se mueve entre las sombras del pasado que fue diferente, y la incertidumbre de un presente, y de un tiempo oscuro en el que todos, cada uno a su manera, van a intentar escapar por otros caminos, aunque lo que desconocen que ese camino siempre lleva al mismo lugar, a ese espejo, sin trampa ni cartón, en el que debemos mirarnos para conocernos, saber quiénes somos y seguir adelante, aunque nos duela, porque siempre va a doler.

El tiempo de los monstruos, de Félix Sabroso

cartel-grandeLAS MÁSCARAS DE LA FICCIÓN.

“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”

Antonio Gramsi

En la obra de Seis personajes en busca de autor, de Pirandello, el dramaturgo italiano reflexionaba con sentido y astucia en la intrincada construcción de la ficción de una representación y la naturaleza de sus personajes que, andaban a la búsqueda de un sentido a sus pequeños mundos y la razón de sus existencias. El último trabajo de Félix Sabroso (Las Palmas de Gran Canaria, 1968) navega por las mismas latitudes que la famosa obra de Pirandello, profundizando en las herramientas necesarias que forman parte de la construcción de una película, y el universo que encierran los personajes que serán representados por los actores.

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La película nº 7 de Sabroso abre un punto y aparte en su filmografía, es el primer trabajo que dirige en solitario, después de la desaparición de su codirectora hasta ahora, Dunia Ayaso (1961-2014) con la que había labrado una fructífera colaboración que se remonta a principios de los 90 en el teatro, pasaron al cine donde arrancaron con Fea (1994), luego vinieron Perdona, bonita, pero Lucas me quería a mi (1997), El grito en el cielo  (1998) y Descongélate (2003),  comedias desenfadadas, extremas y enloquecidas con resultados variopintos de crítica y público, después de un tiempo dedicados al medio televisivo, vuelven con Los años desnudos. Clasificada S. (2008) la que significaría un cambio de rumbo en su filmografía, hacía un cine intimista y más comprometido, a la que siguió, la última película del matrimonio artístico, La isla interior (2009), un durísimo retrato de una familia disfuncional y sus complejas relaciones personales.

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El tiempo de los monstruos es una película arriesgada, un artefacto incendiario fuera de toda convencionalidad, un cine a contracorriente, que escapa de cualquier moda y tendencia comercial, en la que expone de manera fiel y honesta los elementos y resquicios emocionales que convergen en la construcción de las ficciones, y los personajes que las componen. Sabroso nos sitúa en un mundo atemporal y ausente (escriben en máquina de escribir, por ejemplo) espacio cerrado, y en una sola jornada, en una imponente mansión por el que circularán los personajes de su ficción, un aquelarre de seres perdidos, depresivos, sin salida, que se encuentran en otro mundo, o al menos eso es lo que creen, encontramos a Víctor (imponente Javier Cámara en otro de sus lúcidos trabajos) que interpreta al director de la película, que nunca ha logrado estrenar, un ser moribundo que se arrastra como un zombie y que pretende realizar su obra póstuma, su mujer, Clara (Pilar Castro con su habitual oficio) es la dueña de la casa y riquísima que anda amargada y solitaria en medio de una relación muerta, también está Raúl, el guionista, al que nadie hace caso, que nunca ha logrado terminar un guión, y además resulta inútil su trabajo, ya que todos admiten que trabajan sin guión, y su pareja, Virginia, una dibujante incapaz de dibujar, también, llega Andrea (Candela Peña consiguiendo mantener a flote un personaje difícil), la actriz protagonista, alcohólica, caprichosa y con tendencia a la depresión, y su acompañante, Jorge, su dentista, que más parece su criado y eunuco, que su amante. El servicio lo integran Marta (Carmen Machi sobria y relajada) y Fabián que, más parecen unos enfermeros administradores de toda clase de pastillas que unos criados.

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Presentados los personajes, Sabroso los describe de manera sencilla, sacando a la luz sus máscaras (casi todos llevan pelucas o disfraces) frustraciones, anhelos y (des)ilusiones, y los relaciona entre sí, apareciendo los habituales conflictos y rencillas entre ellos, y sobre todo, entre sí mismos, unos seres que no logran, por mucho que se esfuercen, dar sentido amplio a sus vidas, por ínfimo que este sea, unas existencias que arrastran con más pena que gloria, sometidas a la incapacidad de saber quiénes son y cuál es su función en este mundo lleno de incertidumbre, caos y desesperante. El realizador grancanario ha construido una carta de amor al cine, y ha escarbado en su oficio, en la materia prima de sus películas, en la forma más intrínseca, profunda y artesanal, en las emociones que se generan entre los técnicos y la existencia de sus personajes, y esos monstruos/miedos que los acechan constantemente y a los que se muestran incapaces de conseguir reducirlos y hacerlos desaparecer. Sabroso enmarca su obra en la desesperación y en la soledad, cine dentro del cine, creando un hermosísimo homenaje a su compañera ausente con la que trabajó más de dos décadas (la pareja que forman los directores de la película) colocando el dedo en la llaga en los traumas y complejidades tanto de los autores como de los personajes que crean, ese diálogo imposible entre unos y otros, en los que se manifiestan esos miedos que habla la película. Sabroso ha levantado con muchísimo esfuerzo y trabajo una película valiente y necesaria, una dignísima aproximación a su oficio de cineasta, en una película que define un carácter peleón y sobre todo, nos certifica a un creador que no sólo sigue haciendo trabajos interesantes y reflexivos, sino que se investiga a sí mismo y a su forma de trabajar sin olvidarse de todos los monstruos/miedos que le acechan, y nos acechan.


<p><a href=”https://vimeo.com/180054768″>TEASER FINAL EL TIEMPO DE LOS MONSTRUOS</a> from <a href=”https://vimeo.com/dypcomunicacion”>DYP COMUNICACION</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Carmen Machi, Asier Etxeandía y Marina Seresesky

Entrevista a Carmen Machi, Asier Etxeandía y Marina Seresesky, intérpretes y directora de “La puerta abierta”. El encuentro tuvo lugar el lunes 29 de agosto de 2016, en una de las salas de los Cines Boliche de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carmen Machi, Asier Etxeandía y Marina Seresesky, por su tiempo, generosidad y simpatía, a Javier Giner de Prensa, por su paciencia, amabilidad, y cariño, y a un compañero de los pases, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que encabeza la publicación.

La puerta abierta, de Marina Seresesky

LPA poster 700x1000 ESP AFALGUIEN QUE NOS CUIDE.

El arranque de la película nos pone sobre la mesa sus intenciones y los caminos por donde transitará el relato, escuchamos la canción “Fantasía”, de Sara Montiel, tema que también despedirá la película, acercándonos a la mirada de Rosa, una prostituta que roza los cincuenta, una mirada que describe la amargura y el desaliento de una vida machacada y triste. Después de una dura jornada nocturna, Rosa vuelve a su diminuto piso que comparte con su madre Antonia, una ex prostituta senil, inválida y tierna, que ha creado su propia fantasía y se cree Sara Montiel. En el piso de al lado, tenemos a Lupita, un travesti de 180 cm, tiarrón y lleno de bondad, con el que se relacionan como uno más de la familia. Viven  en una corrala en la que el patio que comparten con los demás vecinos se ha convertido en el microcosmos de este mundo, en el que conviven otras prostitutas con las que se discuten, pelean y se gritan, bajo la atenta vigilancia de Juana, la portera metomentodo. El conflicto se desata cuando una de las vecinas, una joven rusa yonqui que ejerce la prostitución aparece muerta, su hija Lyuba se esconde en el piso de Rosa y la policía la busca.

Todas en sillón LA PUERTA ABIERTA

La directora Marina Seresesky (1969, Buenos Aires, Argentina) ya había demostrado sus dotes para la cámara en sus anteriores trabajos, en los que abordaba la vida de gente humilde y sus quehaceres diarios, en El cortejo (2010), se adentraba en la vida de un sepulturero que esperaba paciente la llegada de una mujer que venía a poner flores a una tumba, y en La boda (2012), donde describía la vida de una inmigrante cubana que trabaja de limpiadora, en el día de la boda de su hija, dos piezas con las que obtuvo el reconocimiento en numerosos festivales. En su puesta de largo, Seresesky aborda el relato desde el drama y la comedia negra, la película se mueve con facilidad transitando por los dos géneros, aunque a veces la risa contenga algo de amargura, sus personajes se mueven dentro de ese espacio doméstico en el que viven con poco, ganándose el pan cada día, sin más expectativas que las que da el momento. La directora huye de la sordidez que implica la prostitución, se basta de algunas pinceladas para mostrarnos la crudeza del oficio. Su película se adentra en otro terreno, el de la humanidad de sus criaturas, y la dignidad que manifiestan en las situaciones que van viviendo. Rosa, que se erige como el hilo conductor, arrastra una vida amargada y consumida por el dolor, no soporta a su madre, ni su trabajo y vive anclada en una existencia vacía y a un amor perdido, su viaje será de dentro hacía afuera, descubriendo una vida diferente en la que puede haber algo de luz, Antonia, vive en su mundo, aunque ficticio, pero ella es feliz, disfruta de sus recuerdos, y ha logrado sentirse bien en su unvierso, Lupita, es pura bondad, es toda una madraza y llena de optimismo y alegría la vida ajada de Rosa, y finalmente, Lyuba, la niña que descubre otro mundo, un lugar donde la quieren y la protegen, un espacio donde sentirse niña otra vez, alejada de la vida solitaria y oscura en la que vivía.

Rosa y Lyuba casa LA PUERTA ABIERTA

Una obra que destila el aroma de aquel cine alemán de primeros de los 70, el que hacían Wenders o Fassbinder (testigo que recogerá de este último Almodóvar en su primer cine), rodeado de personajes cotidianos que se movían en ciudades frías y vivían en entornos miserables y tristes, pero hacían lo posible para salir de esas vidas, aunque raras veces lo conseguían, pero dando todo lo que tenían, su humanidad y bondad. Un equipo técnico que ya había trabajado con seresesky en sus cortos, acompañado de un cast de altura, la inmensa Carmen Machi, que con un leve gesto o detalle, dota a su triste personaje de dignidad, solamente con su mirada, el pelo oxigenado y consumiendo un cigarrillo, Terele Pávez, con esa fuerza y ese vozarrón, llena la pantalla con los enfrentamientos con una hija a la que quiere, pero a su manera, Asier Etxeandía, en uno de sus trabajos más potentes hasta la fecha, es el travesti que se ha convertido en la madre protectora de todas, que hará lo imposible para mantenerlas todas juntas y en paz, y finalmente, Lucía Balas, la niña que con su madurez y esa tierna mirada conseguirá ser aceptada. Seresesky se ha puesto el traje de faena construyendo una película sobre la maternidad, el hecho de ser madre, y las segundas oprtunidad, las que ofrece una vida que a duras penas aguanta, sobre como nos comportamos con nuestros semejantes, sobre las relaciones y las familias que se crean a partir de vínculos emocionales que nada tienen que ver con los de sangre, grupos de personas que lo único que quieren es lo que queremos todos los seres humanos, que alguien esté ahí, cuidándonos y queriéndonos, aunque sea un poco, sólo eso, nada más.