Cold November, de Ismet Sijarina

TIEMPOS EN DESCOMPOSICIÓN.

La guerra en la antigua Yugoslavia estalló en 1991 y se alargó hasta una década después, luchas internas entre las seis ex repúblicas yugoslavas que pertenecían a la federación. Una guerra cruenta y desoladora entre hermanos, que ocasionó unos 140000 muertos y más de 4 millones de desplazados. El cine se ha hecho eco a través de películas que nos hablan sobre el antes, durante y el después de la guerra en películas como Underground (1995) de Emir Kusturica, El polvorín (1998) y Optimistas (2006) ambas de Goran Paskaljevic, Before the rain (1998) de Milcho Manchevski, En tierra de nadie (2001) de Danis Tanovic, o una de las más recientes, Bajo el sol (2015) de Dalibor Matanic, que a través de la historia de amor de una mujer serbia y un hombre croata relataba los inicios, él durante y el después de la guerra. Ahora, nos llega una película sobre el conflicto desde una perspectiva diferente, instalada en aquellos primeros días de la Guerra, pero en Pristina, en Kosovo, en 1992, cuando la Guerra avanzaba por Croacia y amenazaba a Bosnia. El relato se detiene en Fadil y Hana, un matrimonio que vive junto a su hijo adolescente y su hija pequeña, y el cuidado de su padre incapacitado, en uno de esos apartamentos uniformes y llevando una vida más o menos cotidiana. Todo estallará, de un día para otro, cuando el gobierno serbio de Slovodan Milosevic anula la autonomía de Kosovo, disuelve el parlamento y cierra la televisión nacional, ocupando todos los organismos y edificios públicos y sobre todo, imponiendo sus normas y claudicando a toda la población. Muchos de los ciudadanos dejan sus trabajos y se manifiestan en contra de la ocupación, pero Fadil que trabajo como archivista se niega, y antepone el bienestar de su familia a todo lo demás. A partir de ese momento, la vida de Fadil y su familia, será presionada, señalada e insultada por la decisión tomada.

Después del documental Beyond the Rainbow (2008) donde abordaba el tabú de la homosexualidad en su país, el cineasta kosovar Ismet Sijarina aborda aquellos primeros días de guerra en que muchos albano kosovares tuvieron que elegir muy a su pesar, entre seguir manteniendo sus trabajos y convertirse para los suyos en enemigos y espías serbios, o en cambio, abandonar sus trabajos, recibir el apoyo de los suyos y apoyar la causa patriota, y dejar desamparada a sus familias, dos opciones injustas y muy difíciles. Sijarina opta por el formato cuadrado de 4:3, que evidencia aún más si cabe ese ambiente opresivo, de asfixia y laberíntico en el que deberá vivir Fadil y los suyos, además, de la inquietante y oscura atmósfera de ese noviembre frío y gélido, tanto físicamente como emocionalmente para los personajes, sensación que ya quedaba reflejada en su arranque, en el interior del automóvil, que circula en un ambiente hibernal, con nieve por todos los lados, y el espacio reducido del vehículo como único espacio casi de libertad ante tanta opresión del exterior, situación que se mantendrá durante todo su metraje, en que las cosas, tanto en el trabajo como en la calle, y en su entorno, irán cada vez mal dadas, en una especie de laberinto kafkiano de agobiante resolución.

Sijarina conduce una drama familiar sencillo y casi doméstico, tremendamente asfixiante, apenas hay exteriores, y la única música que escuchamos es desde esa guitarra que toca Fadil como terapia y vía de escape y porque no, de esa ansiada libertad que no tiene, como un grito para que las cosas volviesen a ser como antes. El cineasta kosovar nos sumerge en una película que tiene esa luz natural oscurecida y tenebrosa, casi parece una película de terror, donde el enemigo acecha desde el exterior, en que podemos tocar a los personajes y sentir como ellos, muy íntima y cercana, donde huye de ese sentimentalismo exacerbado o de cosas por el estilo, aquí hay contención y sobriedad, todo el drama que se produce es interno, observamos a Fadil, Hana y los demás ese virus maligno que se ha instalado en su casa y sobre todo, en sus vidas, en una sensación de amargura y soledad que desconocen donde les llevará, tomar o no la decisión de seguir en el trabajo o dejarlo, convertirse en la diana de todos, sentirse aislados y ver como los amigos de siempre los ven como enemigos y apestados, complejas situaciones y emociones difíciles de llevar y compartir.

Sijarina sabe contarnos con pausa y sin estridencias, manejando una narración honesta y muy íntima, con ese aroma de las películas familiares y sociales de cineastas como Mike Leigh y Ken Loach. Un gran elenco de intérpretes ayuda a imprimir verdad y sencillez a todo lo que se cuenta, con momentos de pura emoción, por ejemplo, cuando Fadil y su padre se sinceran y se desnudan emocionalmente, en un gran instante de la película, en la que vemos como la amargura y la rabia pro la decisión tomada y las terribles consecuencias que acarrea, en que, a diferencia de muchas películas de este tipo, el protagonista se refleja en ese espejo de contradicciones e inseguridad. Sijarina ha construido un relato  humanista, sincero y brutal sobre las consecuencias de las decisiones que tomamos y cómo afrontar los problemas ajenos, aquellos que no esperamos, aquellos que, queramos o no, debemos de asumir y batallar con ellos, resisitir como podamos, a pesar de todos y todo, por mucho que nos desespere, que no aguantemos o simplemente, sigamos en pie, tiempos de monstruos, de guerras, tiempos que nos ha tocado vivir.

Bobbi Jene, de Elvira Lind

EL DOLOR Y EL PLACER.

“Mi cuerpo es como un recipiente; una cápsula del tiempo donde  guardo todo mi amor, esperanzas, fatigas, tristeza, placer, miedos  y altibajos. Esta  película  es como un cuerpo que todo lo que  guarda se  transforma en un baile.”

Bobbi Jene es una renombrada bailarina americana que se ha pasado los últimos diez años de su vida bailando y creciendo como persona en la prestigiosa compañía Batsheva en Israel. A punto de cumplir los treinta, decide que su tiempo en Israel ha finalizado, y decide volver a su tierra natal y emprender nuevos proyectos, más personales e íntimos. Aunque, su decisión comportará que su novio Or, diez años más joven, y bailarín en la misma compañía, decide quedarse en Israel. La película tiene un primer tercio donde se explica la decisión y la despedida de Bobbi, en la siguiente hora de metraje, veremos a Bobbi empezar su trabajo de cero en Estados Unidos, las dificultades de llevar un amor en la distancia, y los procesos creativos que afronta donde explora su cuerpo, a través del dolor y el placer, creando una pieza en la que se desnuda física y emocionalmente, creando una batalla interior entre aquello que desea y aquello que le produce dolor, sumergiéndonos en los procesos del esfuerzo para alcanzar su propio destino.

La directora Elvia Lind (Copenhaguen, Dinamarca, 1981) después de años dedicada a la producción, debutó en el largometraje con Songs for Alexis (2014) en la que hacía un retrato de un chico músico transgénero y su historia de amor, en una sociedad que rechaza lo diferente. Ahora, vuelve a enfrentarse en otro retrato sobre un artista, Bobbi Jene es una bailarina que lo es todo en Israel, y decide cambiar de rumbo, dejando la zona de confort y los espacios conocidos, para emprender un nuevo viaje en su vida como artista, un nuevo camino que le empuja a abrirse a otros espacios y lugares, a nuevas gentes y nuevas formas de entender su trabajo, su cuerpo y las infinitas posibilidades de su arte. Lind construye un magnífico y honesto documento sobre el arte y sus consecuencias, sobre todo aquello que debemos dejar y renunciar para seguir adelante, y las luchas internas sobre nuestro deseo más íntimo y la búsqueda del propio camino.

La cineasta danesa lo hace desde la más absoluta intimidad, dejando que su mirada y su cámara exploren todos los instantes y momentos de una bailarina todo corazón y fuerza, como ese grandioso momento en el que Bobbie lcuha contra la pared, como si su interior se enfrentará a ese muro inquebrantable, pero con decisión y valentía. Bobbi, tanto con palabra como con su cuerpo se muestra a tumba abierta, desde lo más profundo de su intimidad, bien recogida y filmada por Lind, tanto de los ensayos y el background en Israel, así como esas conversaciones con Ohad, tan cercanas y sinceras, o los instantes domésticos con su novio Or, y esas conversaciones impagables sobre su futuro y las consecuencias que acarrará la inevitable separación, todo aquello que los une y también, lo que les separa. Así, como esos momentos familiares en EE.UU., con su sobrino bebé, las conversaciones íntimas con su madre sobre su anorexia, los nuevos proyectos y las emociones, con ese momento cuando caminan por la calle y a la pregunta de la madre, en la que se refiere al saco de arena que utiliza Bobbi en el espectáculo para darse placer, la bailarina contesta: A veces, tienes que encontrar el placer en aquello que te hunde.

Lind nos introduce en esa intimidad a flor de piel de forma asombrosa y delicada, manteniéndose cerca pero sin caer en el sentimentalismo y cosas por el estilo. Su mirada observa detenidamente la piel, la mirada, los movimientos, la desnudez y todos los procesos creativos de Bobbi, desde la idea primigenia pasando por ensayos extenuantes, conversaciones para mostrar su trabajo, y sobre todo, nos convertimos en testigos privilegiados en la vida de Bobbie, una mujer de carácter, honesta consigo misma, y audaz como pocas, que entiende su trabajo como una búsqueda constante para expresar con su cuerpo y sus movimientos todo aquello que le bulle en el interior, en que las emociones son fundamentales para sentirse libre y fuerte, para encarar todas sus expresiones artísticas y emocionar a su público. Lind plantea una película muy corporal y viva, donde el torrente inagotable de emociones que vive Bobbi nos acompaña desde el primer minuto de metraje, caminando junto a ella, sintiendo junto a ella y sufriendo junto a ella, en un grandísimo retrato sobre el interior del arte, el alma de la bailarina y el diálogo que se establece, complejo y difícil, entre aquello que somos, lo que deseamos, lo que fuimos y lo que seremos.

Cómo entrenar a tu dragón 3, de Dean DeBlois

HIPO Y FURIA NOCTURNA.

“Esto es Isla Mema. Está a 12 días al norte de desesperación y unos grados al sur de me muero de frío. Está situada de lleno en el meridiano de la desgracia. Mi aldea, en una palabra recia, lleva aquí 7 generaciones, pero todos los edificios son nuevos. Tenemos pesca, caza y unas preciosas puestas de sol, lo único malo son los bichos. Veréis, la mayoría de los sitios tienen ratones o mosquitos, nosotros tenemos dragones. La mayoría de la gente se iría, nosotros no, somos vikingos, somos un pelín cabezotas. Yo me llamo Hipo, menudo nombrecito verdad, pues los hay peores. Los padres creen que un nombre horrible ahuyenta a los gnomos y a los trolls, como si nuestro encantador carácter vikingo no fuera bastante”.

El año 2010 vio la luz la película Cómo entrenar a tu dragón, dirigida por Dean DeBlois (Brockville, Canadá, 1970) y Chris Sanders (Colorado Springs, EE.UU., 1962) dos consumados especialistas en el cine de animación de los últimos años con diversos trabajos en Walt Disney  y Dreamworks Animation,  que venían de dirigir Lilo & Stitch (2002) antecedente cercano en su argumento, que después tuvo continuaciones en forma de serie televisiva. En aquella, también contaban el encuentro entre un humano y un animal, y su relación, entre lo diferente y lo extraño, en ese caso, se trataba de una niña hawaiana solitaria y un alienígena nacido de un experimento secreto.

En Cómo entrenar a tu dragón, DeBlois y Sanders, y la compañía en la producción de Bradford Lewis y Bonnie Arnold (autores de grandes títulos como Ratatouille, Antz o Toy Story, entre otros) y basada en los libros de Cressida Cowell, nos contaban la cotidianidad de una isla remota al norte llamada Isla Mema, donde vikingos y dragones luchaban desde tiempos remotos, y nos presentaban a Hipo, un chaval de 15 años, diferente, solitario y con ideas propias al resto, una especie de “bicho raro” en la aldea, el cual, hijo de Stoico, el jefe de la aldea, soñaba con cazar dragones, pero su padre, por su condición, se lo prohibía y lo relegaba a la fragua para construir armas. Aunque, Hipo, de fuerte carácter y personalidad, desobedecía a su progenitor y se lanzaba al ataque, y casualidades del destino, capturaba un “Furia nocturna”, al que llama cariñosamente “desdentao”, el dragón más invencible y más fiero para los vikingos, además, con la peculiaridad que nadie, jamás, lo ha llegado a ver, convertido en una especie de leyenda. En esas, Hipo lo captura y nace entre los dos una increíble amistad, llegando a ser un gran equipo en el que tanto Hipo como Furia Nocturna muestran su alma, todo aquello que los acerca y sobre todo, se convierten en inseparables, consiguiendo Hipo cabalgar a lomos del dragón, cosa inaudita para los vikingos. Hipo conseguía, después de muchos avatares y disputas, convencer a su padre y al resto del carácter desconocido de los dragones y convertirlos no en el enemigo, sino en todo lo contrario.

En la segunda entrega, aparecida en el 2014, con DeBlois dirigiendo en solitario, y Sanders en tareas de producción, nos mostraban una realidad bien diferente a la primera entrega, porque  vikingos y dragones convivían en armonía, en la más absoluta cotidianidad, con sus más y sus menos, convertidos los dragones en una especie de mascotas domésticas, aunque también esa convivencia volvía a ser amenazada, y aparecía un nuevo enemigo,  los temibles tramperos, en la figura de un vikingo renegado, que se dedican a cazar dragones para su beneficio y poder y sujetarlos a su antojo. Hipo, con 20 años de edad, Furia Nocturna, Astrid, su amada, y el resto de la aldea, luchaban contra ellos para así mantener a los dragones libres. La película nos mostraba el encuentro de Hipo y su madre Walka, a la que había visto por última vez cuando era sólo un bebé. La madre, al igual de Hipo, cree en la conservación de la naturaleza y sobre todo, la preservación de los dragones, y luchan, con uñas y dientes con ese fin.

En esta tercera entrega y cierre de la trilogía, DeBlois vuelve a dirigir en solitario y nos muestra a un Hipo ya adulto y jefe de la aldea, enamorado de Astrid y con Isla Mema viviendo en consonancia entre vikingos y dragones, aunque los rescates continuos de dragones está llevando a la masificación en la isla. En sus vidas, volverá a aparecer una nueva amenaza, Crimmel, un experto trampero que ha creado un imperio del terror hacia los dragones, que tiene en su poder un ejemplar idéntico a Furia Nocturna, pero hembra y de color blanco, animal que hará las delicias de “desdentao”, y al que llamarán “Furia Diurna”. DeBlois y Sanders han construido un magnífico filme de aventuras, donde también hay comicidad, de factura impecable y gran realismo y lleno de detalles precisos, donde abundan las sombras y los reflejos de luces, que comenzó como un retrato sobre lo iniciático para derivar en un retrato sobre la transición en convertirse en adulto y todas las responsabilidades que eso conlleva, que nos habla de amistad, de compañerismo, de mirar al otro y empatizar con lo diferente, extraño y raro, de respetar, y sobre todo, de la pérdida, de todos esos adioses que hay que experimentar en la vida, ya sean la pierna que pierde Hipo en la primera entrega, el padre muerto en la segunda, o todo aquello que tendrá que decir adiós en la última entrega.

DeBlois cuentan una emocionantísima aventura humanista, donde asistimos a luces y sombras, donde pasamos del drama a la comedia, y donde los personajes se muestran transparentes, con sus dudas, defectos y aciertos. Un grandísimo retrato contado de forma brillante y emocionante, siguiendo la peripecia de Hipo, Furia Nocturna y todos los demás, con ese aire entre lo fantástico y lo real que ya tienen las películas del Studio Ghibli, o buena parte del cine de Pixar, historias de aventuras fantásticas, donde la acción y las secuencias espectaculares se mezclan con el alma de los personajes, de alguien como Hipo, que al igual que su madre, cree en un mundo diferente, un mundo donde no haya guerras, donde vivan en armonía todas las especies, y en el que la naturaleza rija las vidas de todos los seres que la habitan. Hipo se convierte en un resistente contra lo establecido, un agitador de la paz y la vida, un líder contra las injusticias y la maldad del mundo, alguien capaz de liderar a todos los demás, alguien que cree en sí mismo, y también, sabe aceptar sus debilidades y defectos, y sabe, que aunque duela, la vida y los dragones tienen su propio mundo, su propio destino como el de él y los suyos. DeBlois cierra con magnificencia su trilogía de Hipo, Furia Nocturna y el resto de personajes, con ese maravilloso epílogo, que además de emocionar, encuentra en gestos, miradas y detalles todo aquello que quiere explicar.

Van Gogh, a las puertas de la eternidad, de Julian Schnabel

EL ARTISTA INCOMPRENDIDO.

“Dibujar es luchar por atravesar un invisible muro de hierro que parece alzarse entre lo que sientes y lo que eres capaz de hacer”.

Vincent van Gogh (1853-1890)

En el cine habíamos visto a Vincent van Gogh (1853-1890) a través de la mirada de Kirk Douglas en El loco del pelo rojo (1956) de Vincent Minnelli, en la piel de Martin Scorsese en Sueños (1990) de Akira Kurosawa, en la pasión de Tim Roth en Vincent & Theo (1990) de Robert Altman, en la energía de Jacques Dutronc en Van Gogh (1991) de Maurice Pialat, y más recientemente, en la fantasía visual de Loving Vincent. Todas ellas aproximaciones, revisiones, ficciones y retratos sobre el hombre detrás del pintor, sumergiéndonos en una alma inquieta, llena de vida, de pasión, de energía, de inmensidad, de una grandísima y obsesiva capacidad de trabajo, en que la creación artística emanaba sin control, sin pausa, a ritmo acelerado, sin descanso, donde pintar, vivir, soñar, sufrir y sentir era todo uno, indisoluble al pintor, al hombre y a sus pinturas. Ahora, nos llega una nueva aproximación a la figura del insigne pintor postimpresionista, al hombre y al pintor, y sobre todo, a su trabajo, sus métodos de trabajo, de sentir, de mirar, de explorar la naturaleza, de evocar su alma en cada gesto, cada pincelada, cada figura de sus cuadros, cada objeto, y cada mirada tan cercana y tan alejada a la vez, donde todo está por explorar y todo está por descubrir.

El pintor Julian Schnabel (Nueva York, EE.UU., 1951) lleva desde los setenta trabajando y ha sido expuesto en los museos y galerías más importantes del mundo, dio el salto a la dirección de los largometrajes en 1996 con Basquiat, en la que rescataba la figura del pintor de graffiti y expresionismo abstracto apadrinado por Andy Warhol que falleció prematuramente con 27 años. Cuatro después volvería a dirigir con Antes que anochezca, en la que volvía a acercarse al retrato con la figura del poeta y escritor cubano Reinaldo Arenas, desde su infancia hasta su exilio estadounidense, que fue interpretado por un magistral Javier Bardem. Su tercera película La escafandra y la mariposa (2007), dejaba momentáneamente a los artistas, para centrarse en la persona de Jean Dominique Bauby, redactor jefe de la revista Elle, que tras sufrir un accidente quedaba postrado en una cama en la que sólo se comunica con el movimiento del párpado izquierdo.

Tres retratos, a la que ahora se añade el de Van Gogh. Cuatro figuras, cuatro almas perdidas, sin lugar, sin nombre, incomprendidos, apartados de una sociedad con sus leyes racionales y establecidas de siglos venideros. Cuatro inadaptados, cuatro seres geniales, pero sin sitio, abocados a la deriva de huir y escapar, marcharse a su mundo, a sus espacios, a escucharse el alma, a sentir su libertad, a volver a sentir. Schnabel dibuja una figura atormentada, que se ahoga en la ciudad, que no entiende el ritmo y el arte de sus colegas, que huye a los pueblos, al campo, a la naturaleza, donde se siente él mismo, donde esta con su ser, y da rienda suelta a todo su arte, a su forma de mirar, diferente a todos, alejada de las corrientes artísticas del momento, del academicismo, de lo establecido, un arte libre de ataduras, en consonancia con la naturaleza, con la mirada, con su alma, y movido por los sentidos más profundos de su ser.

El director, junto a sus guionistas Jean-Claude Carriére, eminencia en esto de los guiones, y Louise Kugelberg (que también edita la película) huyen del biopic convencional, para centrarse en los últimos cuatros años de la vida del pintor, desde 1886 hasta su trágica y misteriosa muertes de 1890, pero no lo hacen de manera lineal, sino de forma desestructurada, que es una seña de identidad en el cine de Schnabel, donde lo importante es sentir y seguir al personaje por sus espacios, caminaremos con él, acarreando sus bártulos de pintura, recorriendo caminos, campos de trigo, montañas, calles empedradas, habitaciones de mala muerte, cafés ruidosos, lúgubres estancias de asilos para dementes, y gentes amables y despiadadas, de pueblos de finales del XIX por el sur de Francia, como Arlés, el asilo de Saint-Remy o Auvers-Sur-Oise, espacios que vieron el trabajo febril y agotador del pintor, una especie de caballero errante como el que vimos en El séptimo sello.

Van Gogh es una alma solitaria, rota y completamente incomprendida, que pintaba y pintaba, que sólo vivía para pintar y dibujar su mundo, ese entorno natural lleno de vida, de sorpresas, de descubrimientos y accidentes múltiples y constantes, de infinidad de texturas, de luces y colores, en que la película se sumerge en el alma de Van Gogh, tejiendo una explosión de vitalidad, de amor a la pintura, a la arte, explorando los entresijos de procesos creativos, su íntima relación con el pintor Paul Gauguin, las visitas de su hermano Theo que lo mantenía y lo cuidaba, sus ingresos en los hospitales después del suceso con la oreja que se cortó, y sus reflexiones, preocupaciones y demás emociones de alguien que vio más allá, que se adelantó a su tiempo, que creyó en una forma de pintar diferente, libre y pasional, que a pesar de su corta trayectoria, apenas 17 años, dejó más de 800 pinturas y 1200 dibujos, todo un arsenal apabullante que deja constancia de su forma de pintar y sus métodos espontáneos, al momento y totalmente creativos.

Schnabel ha construido una película muy orgánica, que se respira y se siente a cada momento, a la que contribuye esa cámara íntima y movida, con esa luz brillante y cegadora de los exteriores, que contrasta con esa siniestra y oscura de los espacios cerrados, un gran trabajo de Benoît Delhomme (colaborador de Tran Anh Hung y Tsai Ming Liang, entre otros). Y qué decir de la maravillosa interpretación de Willem Dafoe, casi 30 años más que Van Gogh, pero que acaba siendo una mera anécdota, porque logra enfundarse en la piel del pintor, del hombre y el entorno, donde sentimos a través de detalles, gestos y miradas todo aquello que bullía sin cesar en el alma del inmenso pintor, bien acompañado por Oscar Isaac que da vida a Gauguin, Rupert Friend a su hermano Theo, Emmanuelle Seigner y Amira Casar dan vida a Madame Guinoux y su cuñada, rescpectivamente, y Mads Mikkelsen dando vida a un pastor que mantiene con Van Gogh una conversación sobre el espíritu y nuestro lugar y misión en el mundo, que el propio pintor se asemeja a Jesucristo en su lado más humano e incomprendido. Schabel ha construido un retrato sensorial, humanista e íntimo de Van Gogh, donde hace una invitación a descubrir su alma desde lo más profundo, dejándonos llevar por su creación y sus pinturas, nada más, viajando hasta lo más bello y aterrador de los procesos creativos.

 

 

Larga vida y prosperidad, de Ben Lewin

MR. SPOCK CAMINA JUNTO A MI.

Wendy es una joven inteligente e independiente que vive en San Francisco. Ella tiene autismo y vive en un centro asistencial, al cuidado de Scottie. Wendy trabaja en una pastelería y es fanática de la serie de Star Trek. Su vida es metódica, ordenada y rutinaria. Uno de sus sueños es vivir junto a su hermana Audrey y su sobrina recién nacida. Todo este orden cambiará cuando, debido a un concurso de la Paramount Pictures donde piden guiones sobre la serie de Star Trek, Wendy, sin contárselo a nadie, se lanza a la aventura de ir personalmente a los grandes estudios y entregar su guión de 500 páginas en mano. Para Wendy, salirse de su universo metódico y ordenado, conlleva una serie de riesgos mayores, ya que para ella el mundo exterior, el que no practica diariamente, se convierte en un universo desconocido y tremendamente confuso, un paralelismo en el que sustenta el guión sobre Star Trek que presentará para el concurso, donde el Capitán Kirk y Mr. Spock, los dos personajes principales, pierden la nave Enterprise, y caen en un planeta desconocido, donde el desierto los consume y las posibilidades de supervivencia son muy escasas. Ben Lewin (Polonia, 1946) dirigió varios capítulos de la serie Ally McBeal, y consiguió reconocimiento con Las sesiones (2012) una película que hablaba de la primera experiencia sexual de un tetrapléjico. Ahora, vuelve a centrarse en el tema de la discapacidad, en este caso emocional, centrándose en la vida de Wendy y su peripecia de llegar a L. A. en los estudios Paramount.

Nosotros nos vemos en Wendy, asistimos a su pérdida, a su confusión, a su inocencia, y la seguimos a su par. Wendy se muestra extraña en ese mundo tan nuevo para ella, un lugar en el que encontrará gentes amables y otras que no lo son tanto, donde dará muchos tumbos, más de los previstos, para llegar a su objetivo, y con Scottie y su hermana detrás de ella, intentando alcanzarla. Lewin acoge su relato en la estructura de El mago de Oz y en el viaje, más emocional que físico, de Dorothy, una niña huérfana, una niña que se siente desamparada y acaba en un mundo desconocido y extraño, un universo que se rige por otras normas y otras circunstancias, un lugar, donde se tropezará con otros compañeros de viaje que tienen como objetivo la magia de Oz, una magia que les ayudará a ser emocionalmente mejores. Wendy tiene mucho que ver con Dorothy y su extraño viaje, las dos comparten un objetivo, un destino que les ayudará a sentirse más fuertes y valientes, y les proporcionarán armas para enfrentarse a los desconocido, a esa parte del mundo que les parece confuso y difícil de descifrar, un viaje físico y emocional que les abrirá otros sentidos ocultos que jamás imaginaban que tendrían.

El guión de Michael Golamco nos lleva por distintos paisajes, desde lo urbano hasta las calles desiertas, entre delincuentes sin escrúpulos o abuelas negras bondadosas, dependientes  mentirosos, médicos confiados, vendedoras de billetes amables, policías que conocen el idioma klingon (idioma que hablan en Star Trek) en uno de los grandes momentos de la película, o oficinas jefe amargados y toda una serie de personajes que se encontrará Wendy en esta peculiar road movie simpática y bien construida, pero llena de verdad y sencillez, donde sobresale la excelente interpretación de Dakota Fanning, muy alejada de su rol en la saga vampírica adolescente Crepúsculo, que sabe llevar con honestidad, intimidad y valentía un personaje complejo y extremadamente controvertido, muy parecido al de Mr. Spock, que en su mitad vulcano mitad humano, lucha interiormente entre su racionalidad y su intuición, y ante los problemas se muestra demasiado calmo, como indica el título original, ese Please, Stand By, la frase que utiliza Scottie para tranquilizar a Wendy cuando sufre sus ataques de pánico.

Toni Collette como Scottie, la cuidadora y psicóloga que ayuda y sigue la evolución o no de Wendy, con ese rol de madre soltera que también ayuda a explicar más interiormente su carácter y su relación con su paciente, Alice Eve da vida a Audrey, la hermana mayor de Wendy, que todavía ve a Wendy de manera diferente y no preparada para llevársela a casa, una situación que la entristece y después del viaje, le hará despertarse y ver cosas en su hermana que creía inciertas. Larga vida y prosperidad, una de las frases que lanzaba Mr. Spock cuando se despedía, es una película intimista y sencilla, resuelta de manera convencional, sí, pero ese detalle no le resta ningún ápice de calidad y diversión, pero que huye del sentimentalismo y la autocompasión, con ese aire de tragicomedia, donde estaremos junto a Wendy, con sus pros y contras, con toda su sagacidad e inteligencia, pero también, con sus problemas para relacionarse y moverse por un mundo que en muchas ocasiones es un lugar muy difícil para aquellos que son diferentes, que tienen unas capacidades diferentes al resto, que sienten de otra manera, que miran y se relacionan con el mundo que les rodea de múltiples formas que algunas nunca llegaremos a entender, pero esa peculiaridad tan alejada no les hace ser entes extraños, sino personas diferentes, con otras inteligencias y relaciones,  como todas las demás.

Pájaros de verano, de Cristina Gallego y Ciro Guerra

ÉRASE UNA VEZ EN COLOMBIA.

En el universo creado por el cineasta Ciro Guerra (Río de Oro, Cesar, Colombia, 1981) se mueven personajes doloridos, seres en tránsito, almas a la deriva que buscan un objeto o un lugar, algo que les proporcione algo de ilusión a una vida errante, descorazonada y fallida. Recordamos a Mañe, el desempleado que ha perdido una pierna y entabla un viaje y una amistad con el sillero que lo transporta en La sombra del caminante (2004). Ignacio, el juglar que emprende un último viaje por el norte del país para devolver el acordeón a su mentor en Los viajes del viento (2009). El karamakate último superviviente de su estirpe que entabla amistad y comparte viaje con Evan, el etnobotánico alemán que busca una planta que ayuda a soñar por el Amazonas del primer tercio del siglo XX. En su cuarto trabajo, en la codirección con Cristina Gallego (Bogotá, Colombia, 1978) su productora en sus tres primeros filmes, que debuta como directora, emprenden un viaje por la Guajira, por los territorios y desiertos del extremo norte de Colombia, en un relato que se inicia en el año 1968 y abarca hasta el 1980, una narración que dividen en cinco cantos, cinco episodios en lo que nos cuentan la peripecia de Rapayet y su familia, que dejan de ser ganaderos para convertirse en narcotraficantes de marihuana, son los años hippies y los “gringos” jóvenes norteamericanos buscan nuevas sensaciones.

La película arranca de un modo antropológico, casi como una película de Rouch, narrando al joven Rapayet enamorado de la bella Zaida y la búsqueda de la dote para desposar a la joven, con ese poético y enérgico baile donde Zaida se presenta en sociedad a los suyos, los indígenas Wayuu. Después de ese intenso prólogo, Rapayet se asocia con su amigo Moisés y emprenden un viaje para negociar con Moisés, primo de Rapayet y dueño de un gran territorio de cultivo de marihuana. Así, con transacciones pequeñas que irán rápidamente en aumento, comenzará su negocio de narcotráfico. Amparado y guiado por su familia y su suegra, la impertérrita Úrsula, y su tío, el palabrero wayúu Peregrino, amasan una gran cantidad de dinero y van creando un imperio entre las dos familias, el productor de marihuana, y Rapayet y los suyos, los tratantes con los estadounidenses. Aunque, las cosas se tuercen y el tiempo irá recolocando a cada uno en su sitio, porque el negocio del narcotráfico no conoce amigos eternos ni tampoco confianzas profundas.

Gallego y Guerra han construido una película bella y dolorosa, una cinta sobre la familia, la amistad, la codicia y el vil metal, que llamaba Galdós al dinero, ese objeto que revienta la conciencia más pura y noble, que se convierte en la bestia que acaba llevándose a todos por delante sin remedio. Los cineastas colombianos filman el paisaje de manera brillante y poética, espacios de la Guajira en el que los personajes se mueven entre las costumbres y tradiciones de los ancestros, donde las palabras, los gestos y las formas definen sus orígenes y caracteres, y su nueva forma de ganarse la vida, la marihuana como centro de todos los bienes y males de sus vidas, en el que todos los miembros de la familia parece no moverse al mismo son, o podríamos decir en el mismo canto, cinco cantos que repasan la crónica de la ascensión y caída de una familia colombiana dedicada al narcotráfico, una narración clásica, como viene siendo costumbre en el cine de Ciro Guerra, en el que nos sumergen en los orígenes del narcotráfico en un país condicionado por esa circunstancia, un país abocado a una violencia sin sentido por culpa del narco, de la avaricia de tantos por conseguir ser otros, alcanzar la cima en una montaña de cadáveres.

La película no oculta sus referencias cinematográficas, sino que las acoge de manera sencilla y natural, huyendo de la simple copia para adentrarse en el espejo donde mirarse,  como una sombra que planea por sus espacios y emociones como El padrino, muy hermanada con la ella, en que el negocio negro es llevado por una gran familia, o Érase una vez en América, en el que unos jovenzuelos sin oficio ni beneficio logran convertirse en los gánsteres del alcohol durante la prohibición, y cómo ese poder y dinero los lleva hacia lugares muy oscuros, o Uno de los nuestros, en los que las terribles distensiones entre unos y otros provoca una serie de guerras internas y externas que llevan el negocio al traste, todas ellas mitos del cine gansteril. El formato de 35mm donde el cinematógrafo David Gallego, que repite después de El abrazo de la serpiente, logra capturar las dimensiones del paisaje, y la cercanía de todo lo malsano que recorre el alma de los personajes, y el estupendo montaje de Miguel Schverdfinguer (colaborador de Lucrecia Martel) que nos lleva por un ritmo in cerscendo, en que todo arranca con risas e irá torciéndose en lágrimas. Un buen reparto que mezcla actrices emergentes de la televisión colombiana como Natalia Reyes dando vida a Zaida, o nuevas figuras como José Acosta como Rapayet, la grandísima interpretación de Carmiña Martínez, gran dama del teatro colombiano, como la pérfida Úrsula, con actores naturales como José Vicente Cotes dando vida al tío palabrero.

Gallego y Guerra se manejan con naturalidad y aplomo en una película que nos habla de tradiciones y costumbres heredadas desde la noche de los tiempos, y cómo los negocios que parecen inofensivos en sus inicios acaban derivando en funestas derivas que nada ni nadie puede parar, como la violencia innata en cada uno de los personajes hará acto de presencia y provocará un gran estadillo de salvajismo y sangre. Los 125 minutos de la película vuelan con gran precisión y aplomo de la narración, donde los directores colombianos logran sumergirnos en un viaje emocional y muy físico por el paisaje de la Guajira sin embellecernos la mirada, ni tampoco sentimentalizar sus momentos, ni mucho menos una cinta arquetípica de buenos y malos, aquí no hay nada de eso, sino una película magnífica, brutal y humana sobre la familia, el capitalismo salvaje y la animalidad que anida en cada uno de nosotros, en la que algunos no tienen suficiente y les llena de rabia y maldad su codicia sin fin. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

María, reina de Escocia, de Josie Rourke

ENTRE DOS REINAS.

“Mira que a veces el demonio nos engaña con la verdad, y nos trae la perdición envuelta en dones que parecen inocentes”

De Macbeth, de William Shakespeare.

La película arranca de una forma austera y concisa, en la que vemos a María Estuardo, de espaldas, mientras es conducida al patíbulo para su ejecución. El ambiente es tenso, sepulcral y ceremonioso. Mientras, nos enlazan con imágenes de Isabel I, su rival y pariente lejana, medio hermana como se hacían llamar, dirigiéndose, también de espaldas, hacia su trono de Inglaterra. Dos secuencias que se irán alternando hasta ver los rostros de frente de las dos soberanas. Una, María, en su ocaso, y la otra, Isabel, en su esplendor. Dos caras de la misma moneda, dos formas de enfrentarse a su destino, y sobre todo, dos imágenes enfrentadas que nos acompañarán a lo largo del metraje. La cinta nos sitúa en el año 1561, cuando María Estuardo, legítima heredera al trono de Escocia, vuelve a su tierra después de enviudar de su esposo Francisco II Rey de Francia, con la intención de acceder a su trono y reclamar el de Inglaterra, que ahora posee Isabel I, hija de Enrique VIII y Ana Bolena. A las dos mujeres les une el parentesco que María es nieta de la hermana de Enrique VIII, y por lo tanto, también puede reclamar el ansiado trono de Inglaterra, también soberano del Reino de Escocia. La llegada a la playa de María y su sequito, nos recuerda a la llegada de Antonius Block, el caballero cruzado de El séptimo sello, de Bergman, arribando exhaustos a las playas de su tierra y besando la arena mojada, después de años de ausencia.

Los productores de la película Eric Fellner y Debra Hay Ward, que ya habían llevado a la gran pantalla la vida de Isabel I en dos sendas películas, Elizabeth (1998) y su secuela del 2007, ambas protagonizadas por Cate Blanchett, tenían la idea de llevar la vida de María Estuardo al cine, biografía que encontraron en el libro María Estudardo, la reina mártir, de John Guy, especialista en la materia, y en la figura de Josie Rourke (Salford, Reino Unido, 1976) con una grandísima carrera en el teatro británico, la directora que debuta para llevar la vida de María Estuardo, y su enfrentamiento con Isabel I, y no sólo ella, sino todos sus súbditos, nobles y caballeros que conspiraban contra ella, con el apoyo incondicional de Inglaterra, que deseaba eliminar la presencia de alguien que reclama lo suyo y ponía en peligro el imperio británico. La película posa su mirada en María y todos aquellos que la siguen, en mayor o menor armonía, nos habla de una mujer de carácter, fuerte y valiente, que no sólo tiene que gobernar un país invadido por un imperio, sino que ha de hacer frente a todas las rebeliones y traiciones a las que se verá envuelta.

La cinta tiene un espectacular diseño de producción, en el que sobresalen su ambientación de la época, tanto en el vestuario, las caracterizaciones y demás elementos que nos devuelven a esos espacios convulsos del siglo XVI, con una cinematografía obra de John Mathieson (colaborador entre otros de Ridley Scott) ejemplar en sus encuadres y el provecho que saca, tanto de los interiores, con esos planos al estilo de Campanadas de medianoche, donde los grandes espacios sombríos y llenos de sombras de Escocia, contrastan con los palacios luminosos y ampulosos de Inglaterra, así como la belleza de los paisajes de esa Escocia indómita y salvaje. El guión de Beau Willimon (autor de la aclamada serie House of Cards) nos lleva a esa Escocia católica, dividida entre los partidarios protestantes de Inglaterra y aquellos que siguen a María, distensiones que nos llevarán por esos lugares oscuros de la película, con esas dos batallas, en las que Rourke opta por lo natural, sin dejarse llevar por lo espectacular o esteticista, o la forma en que nos desvelan los entresijos de la corte, con esos juegos sexuales en los que la homosexualidad estaba a la orden del día, o las escenas de cama entre María y Lord Darnley, filmadas desde un erotismo brutal y creando una simbiosis íntima entre los cuerpos.

La película se cuenta de forma agradable y sencilla, incidiendo en todos los temas que rodeaba la vida desdichada de María Estuardo, con sus amores fallidos, su convulso reinado, esos nobles movidos por la codicia que no dudaban en conspirar contra ella, y encima, con la presencia de Isabel I desde Inglaterra, que ayudaba a los nobles protestantes escoceses a dar rienda a sus deseos de grandeza y altivez, con esos pelucones y maquillajes, más propios de la caricatura y el esperpento, que recuerda a las pinturas negras de Goya, con colores fastuosos y brillantes, con esos ángulos de cámara con contrapicados para mostrar todo lo que sentía y deseaba. Un reparto en el que sobresalen las figuras de Saorsie Ronan, en otra muestra de su aura interpretativa capaz de enfundarse en una reina del siglo XVI, y dotarla de fuerza y carácter, sin un ápice de doblez, otorgando a su personaje sensibilidad y sensualidad. En frente, una Margot Robbie, muy afeada y malévola, que muestra a una reina solitaria, con mucho sexo y nada de amor, obsesionado con su trono, su poder y grandeza, y adulada por todos esos nobles ingleses protestantes con esas ansias de fama y dinero. Y luego, un buen ramillete de intérpretes como Jack Lowden, Guy Pearce, Ian Hart, Joe Alwyn, etc… que consiguen esa crudeza y vileza que rodea a María.

Rourke debuta con una película de hechuras y llena de energía, con un ritmo trepidante y valiente, en la que sobresalen su sinceridad y honestidad, con una sobriedad y elegancia dignas de un cineasta de gran recorrido, un drama con tintes de thriller, con la estructura del western a la antigua usanza, con dos rivales irreconciliables, que lucharán con uñas y dientes, entre el que defiende lo suyo, lo que le pertenece ilegítimamente, y aquel que no desea compartir, movido por su codicia y temperamento, en la dificultad de mirar al otro,  que lucharán por lo suyo hasta el final, sin ningún tipo de titubeo y compasión, una más que otra, como demostrará la magnífica secuencia de su (des) encuentro, extraordinariamente filmada, con esas sábanas blancas que caen entre ellas, como una especie de laberinto, muestra inequívoca de sus diferencias antagónicas, casi como un face to face entre la bella y la bestia, entre la protestante inglesa y la católica escocesa, dos formas de ver el mundo, de enfrentarse a él, de sentir, y sobre todo, de mirar y construir.