Hasta el cielo, de Daniel Calparsoro

DEPRISA, DEPRISA.

“Si me das a elegir/ Entre tú y la riqueza/ Con esa grandeza/ Que lleva consigo, ay amor/ Me quedo contigo/ Si me das a elegir/ Entre tú y la gloria/ Pa que hable la historia de mí/ Por los siglos, ay amor/ Me quedo contigo”.

De la canción “Me quedo contigo”, de Los Chunguitos.

El cine quinqui tuvo su esplendor a finales de los setenta y principios de los ochenta, en pleno tardofranquismo, con películas como Perros callejeros (1977), de José Antonio de la Loma, que tuvo dos secuelas, incluso una versión femenina, Navajeros (1980), Colegas (1982), El pico (1983), y su secuela, todas ellas de Eloy de la Iglesia, y otras, como Los violadores del amanecer (1978), de Ignacio F. Iquino, Maravillas (1980), de Manuel Gutiérrez Aragón, y Deprisa, deprisa (1981), de Carlos Saura, que se alzó con el prestigioso Oso de Oro en la Berlinale. Un cine de fuerte crítica social, que mostraba una realidad deprimente y siniestra, donde jóvenes de barrios marginales se lanzaban a una vida de delincuencia y heroína, destapando una realidad social muy desoladora y amarga.

Hasta el cielo, que como indica su frase inicial, muestra una ficción basada en múltiples realidades, recoge todo aquel legado glorioso del cine quinqui y lo actualiza, a través de un guion firmado por todo un consagrado como Jorge Guerricaecheverría, que repite con Daniel Calparsoro (Barcelona, 1968), después de la experiencia de Cien años de perdón (2016), si en aquella, la cosa se movía por atracadores profesionales en un trama sobre la corrupción y las miserias del poder, en Hasta el cielo, sus protagonistas nacen en esos barrios del extrarradio, chavales ávidos de riqueza, mujeres y lujo, que la única forma que tienen de conseguirlo es robando, con el método del alunizaje. Pero, el relato no se queda en mostrar la vida y el modus operandi de estos jóvenes, si no que va mucho más allá, porque en la trama entran otros elementos. Por un lado, la policía que les pisa los talones, con un Fernando Cayo como sabueso al lado de la ley, también, una abogada no muy de fiar, en la piel de Patricia Vico, cómplice de Calparsoro, y el tipo poderoso que hace con sobriedad y elegancia Luis Tosar, que ordena y compra todo aquel, sea legal o no, para sus viles beneficios.

La acción gira en torno a Ángel, uno de tantos chavales, que parece que esto de robar a lo bestia se le da bien, sobre todo, cuando se presentan problemas. La película se va a los 121 minutos de metraje, llenos de acción vertiginosa, con grandes secuencias muy bien filmadas, como demuestra el oficio de Calparsoro, que desde su recordado y sorprendente debut con Salto al vacío (1995), se ha movido por los espacios oscuros del extrarradio y los barrios olvidados, para mostrar múltiples realidades, con jóvenes constantemente en el filo del abismo, sin más oficio ni beneficio que sus operaciones al margen de la ley. El relato, bien contado y ordenado, sigue la peripecia de Ángel, su ascenso en el mundo del robo, con hurtos cada vez más ambiciosos, y todos los actores que entran en liza, contándonos con un alarde de febril narración todos los intereses y choques que se van produciendo en la historia, como ejemplifica la brillante secuencia del hotel, o la del barco, con múltiples acciones paralelas y un ritmo infernal, y con todo eso, también, hay tiempo para el amor en la existencia de Ángel, un amor fou como no podía ser de otra manera, con un amor desenfrenado y pasional con Estrella, la chulita del barrio de la que todos están enamorados, y el otro, el de Sole, la hija de Rogelio, el mandamás, un amor de conveniencia para escalar socialmente.

La excelente cinematografía de Josu Incháustegui, que sigue en el universo Calparsoro, al que conoce muy bien, ya que ha estado en muchas de sus películas, el rítmico montaje de Antonio Frutos, otro viejo conocido del director, y la buena banda sonora que firma el músico Carlos Jean, en la que podemos escuchar algún temazo como “Antes de morirme”, de C. Tangana y Rosalía, que abre la película. Y qué decir del magnífica combinación de intérpretes consagrados ya citados, con los jóvenes que encabeza un extraordinario Miguel Herrán, descubierto en A cambio de nada, y en las exitosas Élite y La casa de papel, es el Ángel perfecto, nombre que tenía el famoso “Torete”, con esa mirada arrolladora y esa forma de caminar, bien acompañado por una excelente Carolina Yuste, desatada después de Carmen y Lola, camino de convertirse en una de las más valoradas, Asia Ortega, como el amor despechado, pero fiel, Richard Holmes como Poli, el rival en cuestión, y luego una retahíla de lo más granado del rap y trap españoles que debutan en el cine como Ayax, Jarfaiter, Carlytos Vela, Dollar Selmouni y Rukell, como compañeros de fatigas de Ángel.

Hasta el cielo nos devuelve el mejor cine de acción y de personajes de Calparsoro, a la altura de la formidable Cien años de perdón, un cine de entretenimiento, pero bien filmado y mejor contado, que va mucho más allá del mero producto hollywodiense, donde hay buenos y malos y una idea de la sociedad condescendiente. Aquí no hay nada de eso, porque la película no se queda en la superficie,  nos mira de cara, sin tapujos ni sentimentalismos, porque hay rabia y furia, contradicciones, y personajes de carne y hueso, que erran, aman sin control y viven sin freno,  contándonos un relato lleno de matices, laberíntico y muy oscuro, lleno de ritmo, intrépido y febril, donde encontramos de todo, una realidad social durísima, jóvenes sin miedo y dispuestos a todo, thriller de carne y hueso, de frente, sin concesiones, y sobre todo, una arrebatadora historia de amor fou, de esas que nos enloquecen y nos joden a partes iguales, pero jamás podremos olvidar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Host, de Rob Savage

HAY ALGUIEN CONMIGO

“Una de las peores cosas que puedes hacer es tener un presupuesto limitado y tratar de hacer una película grandiosa. Ahí es cuando terminas con un trabajo malísimo”

Roger Corman

El género de terror actual poco o nada tiene que ver con aquel otro género clásico, el que creó toda una legión de millones de seguidores alrededor del mundo. Un género que envolvía al espectador en un espacio en off, en todo aquello que no se veía, que simplemente se escuchaba, en mitad de la oscuridad, la imaginación del público era esencial para sorprenderlos no con sustos o subiendo el volumen del sonido, como se hace ahora, sino creando un espacio de misterio, de miedo y de auténtico terror, donde la máxima no era mostrar, sino todo lo contrario, no mostrar, sugiriendo todo aquello que el espectador inventaría, género de bajo presupuesto en que el estadounidense Roger Corman fue su máximo exponente. Host (que podemos traducir como “Anfitrión”), del joven director británico Rob Savage, es una de esas películas que siendo muy de ahora, se enclava completamente en los parámetros del terror clásico.

Savage empezó precozmente en el cine, ya que dirigió a los 17 años el largometraje Strings, luego continuó dirigiendo cortometrajes de terror, incluso ha dirigido algunos episodios de la serie Britannia. El director norteamericano grabó un video que se convirtió en viral a principios de este fatídico 2020, y en plena pandemia provocada por el Covid-19, ideó una película de terror puro, basada en la exitosa idea, convocando a un grupo de amigas actrices encabezadas por una antigua conocida como Haley Bishop, a la que se unieron Radina Drandova, Jemma Moore, Caroline Ward y Emma Louise Webb, con el añadido de Edward Linard, todos ellos forman el grupo de amigos y amigas que se reúnen para hacer una video llamada conjunta a través de zoom, y consiguió producir una película, un relato sobre una sesión de espiritismo que se va a ir de las manos, y en que las participantes vivirán fenómenos poltergeist en sus hogares. Savage nos encierra en la pantalla de ordenador, en la que miramos a las cinco mujeres en sus respectivas casas, con ese primer arranque en que conocemos brevemente la situación de cada una de ellas, y alguna pincelada de su carácter.

La película entra en acción con la sesión de espiritismo, que empieza como una cosa animada y sin más, para después, adentrarse en otro ámbito, en un espacio donde la realidad ya no existe, donde cada una de las cinco mujeres experimentará el terror en carne propia, donde los objetos de su casa saldrán volando, y su integridad física y psíquica se pondrá gravemente en peligro. Savage juega a sugerir, a través de sonidos, y el movimiento de los objetos, con un espectacular montaje de Breanna Rangot, que va cambiando la perspectiva según la tensión, pasando de las pantallas de las cinco amigas, a una sola, y centrándose en aquella que está experimentando el fenómeno, mientras las otras, completamente aterrorizadas, siguen, desde sus casas, todo lo que le va ocurriendo a su amiga. La película, sencilla hasta la extenuación, consigue clavarnos en la butaca, haciéndonos participes de la experiencia aterradora de las chicas, provocando el mismo estado de nervios, ansiedad y miedo que tienen las mujeres. Host bebe completamente de películas que en su día aterrorizaron al personal, utilizando el mismo dispositivo del fuera de campo y el sonido, donde los espectadores éramos el giro de cámara, como The Blair Witch Project (1999), de Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, auténtico fenómeno de masas, que inauguró un sinfín de películas con la misma estructura, la cámara al hombro, el “fake” como bandera, y una innovadora campaña de marketing en internet, cuando las redes no eran lo que son ahora.

La película estadounidense es hija de las circunstancias de la crisis sanitaria de la Covid-19, donde lo virtual ha sustituido a la reunión social, donde internet se ha convertido en aliado para paliar la falta de encuentros, ya que la pandemia nos ha encerrado en casa, con las llamadas zoom como reunión virtual para sobrevivir al aislamiento y la soledad. Una película que, seguramente, generará la aparición de muchas otras imitando su dispositivo, pero Savage ha conseguido que, pese a las enormes dificultades que supone hacer una película desde la distancia, lograr su objetivo, y no solo terminarla, sino convertir la película en un auténtico fenómeno, por su increíble osadía, la valiosísima composición de sus intérpretes y sobre todo, por la asombrosa calidad de sus fx, hechos por las actrices bajo la supervisión de Savage, que las aleccionó para conseguirlo. Host, a través de sus impresionantes 56 minutos, nos habla del miedo, pero sobre todo, de nuestros miedos, de los de cada uno, y sobre todo, también nos habla que hay según que puertas que es mejor no entrar, ni siquiera a atreverse a mirar por la mirilla, porque seguro que nos arrepentiremos lo que podemos encontrar al otro lado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

A medida voz, de Heidi Hassan y Patricia Pérez Fernández

UNA IMAGEN QUE TE HABLE DE MI.

“No se puede competir con la vida, solo recrearla”.

Agnès Varda

Las primeras imágenes de una película son esenciales, ya que, para bien o mal, definirán el tono de la misma, porque serán vitales para entrar o no en aquello que se nos quiere contar. O quizás, simplemente, esas primeras imágenes provocan en nosotros alguna cosa, algo oculto, que ni nosotros sabemos que existe. Las primeras imágenes del sugerente título de A media voz, revelan una búsqueda, una búsqueda de las imágenes que explican lo que somos, las imágenes que nos definen, los encuadres en los que nos sentimos que hablan de nosotros, o dicen algo de lo que ocultamos, o quizás, algo de nuestro pasado, o de nuestro presente más inmediato. La película de Heidi Hassan y Patricia Pérez Fernández, ambas cubanas y de 1978, crecieron juntas, entablando una amistad que iba más de todo, con el cine como motor vital para crecer juntas, en un país que todavía creía en la utopía del comunismo, de otra vida diferente. Pero, entre estudios de cine, cortometrajes y profunda y sincera amistad, llegaron los noventa, y con la caída del bloque soviético, la esperanza se esfumó y Cuba entró en la deriva, donde la vida se sustituyó a la supervivencia.

Pérez Fernández fue la primera en marcharse, viendo que todo había terminado. Su primer destino fue Ámsterdam, luego vino España, primeo un pueblo navarro como Tafalla, luego Madrid, y más tarde, la costa de Finisterre. Hassan se fue más tarde, su destino Ginebra, con la compañía de su pareja. Con la película Otra isla (2014), sobre la protesta en Madrid de una familia cubana disidente abandonada a su suerte, el tándem Hassan-Pérez Fernández coescribieron el guion, y la primera dirigió e hizo la cinematografía y la segunda, la edición. Seis años más tarde de aquella aventura, y un buen puñado de otros trabajos cinematográficos, las cineastas cubanas vuelven a juntarse, y firman la el guion, la cinematografía y la dirección, y a modo de diario audiovisual, nos explican, mediante imágenes un documento-correspondencia, de su trayectoria vital, arrancando con imágenes de archivo, cuando son niñas y ya adultas, haciendo cine en Cuba, y luego, con imágenes filmadas para la ocasión, en esa búsqueda incesante de la “imagen que te hable de mi”, la despedida, y la vida como emigrante, con el desarraigo como mochila inagotable, los sueños, las (des) ilusiones de una nueva vida, un nuevo país, un nuevo sistema económico, las cuestiones sobre el empleo, y la constante incertidumbre de una vida de supervivencia, cada vez más llena de realidad deprimente y soledad, y más alejada del cine que tanto aman.

Hassan y Pérez Fernández forman mediante “esa media voz”, una voz entera, o quizás, el intento de crear una sola voz que sea megáfono de tantos inmigrantes cubanos y de cualquier país, asistiendo como espectadores privilegiados a todo un proceso vital, dificilísimo en la mayoría de momentos, con pocos momentos para la alegría o la ilusión, construyendo con una honestidad y transparencia que traspasa la pantalla, con un montaje que firman junto a Diana Toucedo, para crear ese universo paralelo y mezclado, casi un rompecabezas de imágenes de toda naturaleza, textura y narrativa, desde el documental a pie de calle, donde la vida va pasando, las imágenes de archivo ya citadas, el ensayo, la experimentación, con el vídeo y el digital presentes, documentando la vida, el cine, la amistad, la separación, las múltiples ausencias, no solo del país dejado, de la amiga ausente, esa que se busca en cada imagen que se filma, evocando el país dejado, con la ilusión perdida, o el nuevo país, con la situación de invisibilidad, los trabajos precarios, las enormes dificultades de empezar de nuevo, o la del macabro sentimiento de estar siempre empezando.

Una película magnífica sobre la vida y el cine, o sobre el cine y la vida, sobre la amistad profunda y sincera, aquella que no nos abandona, sobre los motivos y consecuencias de las decisiones que tomamos en la vida, de todo nuestro ser y todo aquello que nos rodea, las malditas circunstancias que nos arrojan a cambiar de camino y de personas, con sus múltiples imágenes que abarcan quince años de la vida de las dos cineastas cubanas, que nos hablan de feminidad, de maternidad, de vida, de amores, de sentimientos, y sobre todo, de emociones, creando universo fascinantes e hipnotizadores, devolviéndose la pureza de la imagen, aquella que habla de nosotros y de aquellos que las miran, y lo hacen con toda la transparencia y humildad del buen cineasta, de aquel que se abre en canal mediante las imágenes que filma, que sabe que tiene que seguir haciéndola, aunque a veces se cuestione su verdadera motivación, o simplemente, la desconozca, pero sigue capturando imágenes, en esa incesante búsqueda de la imagen que te habla de mi, para mirar y ser mirado, en un reflejo infinito en el que todo vuelve a empezar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

A Stormy Night, de David Moragas

DOCE HORAS JUNTOS.

“La mayoría de las personas son otras: sus pensamientos, las opiniones de otros; su vida, una imitación; sus pasiones, una cita”.

Oscar Wilde

Mencionaba el gran guionista Rafael Azcona que, las buenas películas eran aquellas que hablaban de los temas que conocía el director. A Stormy Night, opera prima de David Moragas (Almsoter, 1993), que estudió en la prestigiosa New York University y vivió en uno de esos barrios de Brooklyn, se erige como una película que encaja perfectamente en las palabras del excelso escritor cinematográfico, porque el joven talento catalán se centra en aquello que conoce, y sobre todo, le inquieta, siguiendo la forma y fondo que ya se vislumbraba en sus cortometrajes, centrándose en relatos íntimos y muy cercanos, con personajes de aquí y ahora, con inquietudes y desilusiones tan reales como las nuestras, envueltos en ese blanco y negro sobrio y transparente, centrados en espacios interiores y reducidos, tan próximos que resultan inquietantes, para hablarnos de personas como nosotros, con sus idas y venidas por la vida, con esa naturalidad y sencillez, como si los espectadores estuvieras junto a ellos, o mirando por una mirilla.

Para su debut en el largometraje, Moragas opta por su género favorito, el de la comedia romántica, pero con matices, con ese tono agridulce y de realidad punzante, escogiendo un relato de inmediatez, cargando toda la estructura en un instante preciso, las doce horas juntos que pasaran Marcos y Alan, ya que el primero, de viaje a San Francisco para presentar un documental que ha filmado con su ex pareja, debe detenerse y pasar noche en New York, porque los vuelos se han cancelado debido a una fuerte tormenta que se avecina. Los dos jóvenes, tan diferentes o iguales entre sí, la película nos irá desvelando todo aquello que les separa y les une, pasarán medio día juntos, o mejor dicho, media noche juntos, en la que hablarán mucho, pero también, se mirarán mucho, habrá algún que otro acercamiento inesperado, y sobre todo, muchas confidencias, porque todo lo que en un principio los separaba, con el paso de las horas, su breve encuentro se irá revelando como una especie de espejo en el que la verdad se reflejará sin atajos, tanto emocionales como físicos, frente a frente, y los dos jóvenes se mirarán uno al otro y se mostrarán de verdad, sacando a relucir todo aquello que tanto ocultan.

Los diálogos que mantienen los jóvenes versarán sobre su condición homosexual y la vida de tener una identidad no convencional en una sociedad heterodeterminada, las difíciles relaciones familiares y con su entorno más próximo, las dificultades de vivir en otro país, con otra lengua y cultura diferentes, los condicionamientos de desarrollar un empleo en una sociedad demasiado encajonada y convencional, y la naturaleza de las relaciones íntimas, el compromiso, el amor sincero, el poliamor y demás cuestiones acerca de la vida y las relaciones personales. Moragas sabe captar con naturalidad y cercanía toda esta montaña rusa emocional que experimentan los dos jóvenes, en que la luz íntima y velada, en algunos instantes, que firma el cinematógrafo Alfonso Herrera-Salcedo (que ya estaba en el cortometraje Only Fools Rush In), ayuda muchísimo para crear esa atmósfera de claroscuros, y no menos el grandísimo trabajo de edición de un grande como Bernat Aragonés (cómplice, entre otros, de nombres tan importantes como los de Agustí Villaronga o Isabel Coixet), en una película con pocos movimientos de cámara, llena de cuadros que aún evidencian más el inmenso trabajo de montaje.

A Stormy Night, auspiciada por un grande de nuestro cine como Antonio Chavarrías, hace guiños a Woody Allen con una ilustración sobre Annie Hall, al igual que a Agnès Varda con un dibujo sobre Cleo de 5 a 7, estaría rondando los mismos parámetros de las películas de Noah Baumbach dedicadas a New York y sus círculos y personajes ocultos, y estaría muy hermanada con títulos como Weekend (2011), de Andrew Haigh, historia sobre un affaire homosexual anclado en un fin de semana, y en Keep the Lights On (2012), de Ira Sachs, otra relación gay, más alargada en el tiempo, pero con similitudes con los protagonistas. Y si la historia funciona, con pausa e intimidad, ayuda sobremanera la pareja protagonista, con un cálido y sensible Jacob Perkins, que ya vimos en el cortometraje Boyfriend, de Moragas, dando vida al comprometido y enamorado Alan, y Marcos, el liberal y aventurero español, con su momento “tortilla”, que interpreta el propio director, consiguen emocionarnos con lo mínimo, convirtiendo A Stormy Night  en un relato lleno de inteligencia, sensibilidad y belleza, y vislumbra el debut de David Moragas como un grandísimo y estimulante ejercicio sobre la vida, las relaciones y nuestra identidad, convirtiéndola en un obra de culto de inmediato, que hablará mucho de quiénes somos y como nos relacionamos para futuras generaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

El Cid, de Luis Arranz y José Velasco

TRONO DE SANGRE.

“Mi nombre es Rodrigo Díaz. Nací en Vivar. En la frontera de los reinos de Castilla, León y Navarra. Tres hermanos ocupaban sus tronos y se disputaban en guerras fratricidas los tributos de los reinos de Taifas, debilitados tras la caída del califato de Córdoba. Mi padre murió luchando por Fernando I, Rey de León y Castilla. Por toda herencia me dejó una espada. Con esta espada hoy he conseguido la gloria. Pero cuando caiga en batalla, seguramente nadie se acordará de mi nombre, como ya nadie recuerda el de mi padre”.

¿Quién fue realmente “El Cid”? ¿Un héroe? ¿Un traidor? ¿Quizás una leyenda aumentada por el fervor popular? De su historia, conocemos el Cantar del Mío Cid, escrita alrededor de 1200, la primera obra extensa en lengua castellana, que explica de forma épica las hazañas del caballero. También, la película El Cid (1961), de Anthony Mann, protagonizada por Charlton Heston, superproducción filmada en España de la mano del afamado productor Samuel Bronston, que se alejaba de la fidelidad histórica para contarnos la valentía, el coraje y la audacia del citado “Campeador”, y un sinfín de series animadas sobre la infancia y la edad adulta. El Cid, ambientada en el convulso y sangriento siglo XI, viene a explicarnos, en sus cinco capítulos de sesenta minutos aproximadamente, no la verdad del mito, sino su condición humana, lo que no vemos de su leyenda, su verdadero rostro, su parte más cercana, corpórea y emocional.

La serie creada por Luis Arranz y José Velasco (conocidos de la serie Centro Médico, con muchos años a sus espaldas de profesión en el caso de Velasco), arranca con la muerte del padre de Ruy, el pequeño Cid, y su traslado a León, con la tutoría de Rodrigo, su abuelo. Allí, el joven Ruy será paje, y luego escudero, al servicio de Sancho, el primogénito de Fernando I, el Rey. Sin comerlo ni beberlo, Ruy deberá lidiar con la lealtad al Rey y a su sangre, para vengar la muerte de su padre, provocada por el Rey. Además, se verá inmerso en las continuas intrigas y conspiraciones que existen en palacio. Por un lado, el conde Flaín, el obispo y la reina quieren acabar con el reinado de Fernando I, y por otro, Ruy tratará de impedirlo, además, el reino de Aragón amenaza y desafía al de Castilla y León, con los moriscos en alerta. Muchos frentes son los que aborda la serie, y lo hace desde una perspectiva interesante y muy oscura, manejando con soltura todos los grupos intrigantes, todas las zonas sombrías, tanto de palacio como de la noche, huyendo de los personajes de una sola pieza, y retratando con inteligencia los motivos y contradicciones que amenazan a los diferentes individuos, mostrando toda su complejidad, sus miedos e inseguridades.

El espectacular diseño de producción de la serie, con sus abundantes localizaciones exteriores naturales rodadas en Soria, Zaragoza, Teruel y Burgos, que firman dos expertos como Alejandro y Benjamín Fernández (que han trabajado con autores de la talla de Ridley Scott, David Lynch, o producciones como Alatriste o Los otros, entre muchas otras), la excelente composición musical de un grande como Gustavo Santaolalla (en muchas películas de González Iñárritu), bien acompañado de Alfonso G. Aguilar, con muchas reminiscencias al western y la música medieval, un experimentado como Javier Salmones (con más de dos décadas de carrera a las órdenes de grandes como Colomo, Cuerda o Suárez), firma una cinematografía sobria, estética y brillante, y el maravilloso equipo de guionistas, en los que nos tropezamos con Curro royo, entre otros, conocido por la serie Cuéntame cómo pasó), y la terna de los directores encargados de dirigir los episodios que van desde Arantxa Echevarría (directora de Carmen y Lola), Adolfo Martínez Pérez (director de la bélica Zona hostil, y en departamentos de arte), Miguel Alcantud y Marco A. Castillo (ambos en series tan exitosas como Águila Roja, El ministerio del tiempo o el internado).

Su interesante y brillante reparto, que mezcla jóvenes talentos como Jaime Lorente que se mete en la piel de Ruy, la maravillosa Alicia Sanz como Urraca (un personaje shakesperiano, al estilo de Lady Macbeth, con toda su dulzura, belleza y maldad), Lucía Guerrero como Jimena, todo lo contrario que Urraca, dulce y humana, que anda en amores difíciles con Ruy, y la otra cara, algo así como la Mrs. Hyde, la mora Amina, que interpreta una sensual y resplandeciente Sarah Perles, y los hombres jóvenes de Ruy, con Francisco Ortíz, que da vida a Sancho, el primogénito del Rey y amo de Ruy, Jaime Olías como Alfonso, el segundo hijo del Rey, con relaciones ambiguas con su hermana Urraca, Pablo Álvarez como Orduño, hijo del conde y rival de Ruy. Y la otra parte del extenso reparto, los intérpretes maduros encabezados por un formidable José Luis García-Pérez como el atribulado Rey Fernando, Elia Galera, con sus dos caras como la Reina Sancha, Carlos Bardem como el conde, Juan Echanove como el obispo y Juan Fernandez como Rodrigo, los conspiradores, un estupendo David Albaladejo como mentor de los jóvenes, Ginés García Millán como el Rey de Aragón, Emilio Buale como un asesino morisco y finalmente, el actor israelí Zohar Liba como un sabio moro.

La serie cumple con las expectativas, hay emoción, intrigas, una batalla que, si exceptuamos algunos planos a cámara lenta (muy de moda actualmente, pero que no captan la esencia de la durísima lucha, embelleciéndola innecesariamente), están bien filmados y capturan la dureza y el caos de la batalla, que recuerdan a la que filmó Branagh para su Enrique V, también hay amores, (des) encuentros, cuerpo a cuerpo, y sobre todo, miradas que matan, gestos que hielan la sangre, y continuas conspiraciones entre unos y otros, retratando el tiempo y la historia, con esa sentencia del Rey: “Quién se sienta en el trono de Rey, debe estar preparado para todo, incluso para eliminar a los suyos”. El Cid tiene un grandísimo esfuerzo tanto de producción, ambientación y contexto histórico, quizás, los que vayan buscando espectacularidad sin más, o simplemente secuencias bien elaboradas sin solidez, la serie les defraudará, pero aquellos que quieran ver el rostro humano de El Cid, todo su peso, la tensión que le rodeada, cómo se fraguó la leyenda, y sobre todo, todos los personajes que pulularon por su existencia, disfrutará muchísimo con una serie que habla, no solo de la época de Ruy, sino de cualquier época en cualquier lugar, cuando entran en liza los deseos en dura batalla contra la realidad impuesta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Nieva en Benidorm, de Isabel Coixet

EXTRAÑOS EN EL PARAÍSO.

“Una extraña mezcolanza de pobreza, limpia y llena de colorido, y hoteles color pastel, todo aparentemente como si lo acabasen de construir… Novísimo, con los más modernos estilos amalgamados a la sencilla arquitectura del lugar”

Sylvia Plath sobre Benidorm en 1956

En el universo cinematográfico de Isabel Coixet (Sant Adrià de Besòs, 1960), transitan muchas almas solitarias, no por elección o necesidad, sino por la sociedad, una sociedad que antepone lo material, la apariencia, y la conveniencia como sus formas de relación, frente a unos personajes que, ante ese conservadurismo, eligen no pertenecer a él, eligen ser ellos mismos, y no rendirse jamás ante el acoso social impuesto. Unas almas de carácter, que no se arrugan ante nada, valientes y decididas, y sobre todo, humanas, en esos mundos donde todo se mercantiliza, donde los sentimientos y ser uno mismo, se persigue, se juzga y se encarcela. La directora barcelonesa lleva más de tres décadas haciendo cine, donde ha acumulado una impresionante filmografía en la que podemos encontrar ficción, documental y televisión, trabajos que no solo la han convertido en una cineasta de primer nivel, sino en una creadora que, al igual que sus personajes femeninos, no se detiene ante nada, sigue empecinada en ir tejiendo poco a poco, sin prisas, una carrera que la ha convertido en una cineasta internacional, que filma indistintamente en inglés o español, según el contexto que la historia requiere.

Desde la Librería (2017), una de sus películas más celebradas, Coixet ha dirigido una serie, Foodie Love, y el largometraje Elisa y Marcela, hasta llegar a Nieva en Benidorm, donde conocemos a Peter Riordan, uno de esos tipos tristes y solitarios, con esas existencias anodinas y con poco que hacer, que malgastan su vida en trabajos insulsos, en este caso, como empleado en un banco en la gris Manchester. Aunque no todos son males para Peter, porque un día lo prejubilan y decide ir a Benidorm, donde vive su hermano Daniel. Una vez allí, se instala en la vivienda de su hermano, el ático más alto de la ciudad, y emprende una búsqueda para encontrarlo, ya que ha desaparecido sin dejar rastro. Peter, como un alma a la deriva, extraño en una ciudad tan diferente y compleja como Benidorm, irá introduciéndose en el universo de Daniel, conociendo a su entorno, como Alex, una bailarina de mediana edad de su Club Burlesque, Marta, una extraña policía y admiradora de Sylvia Plath, que recuerda la estancia de la poeta en Benidorm allá por los años 50, Lucy, una mujer de la limpieza enigmática, y un carnicero con muy malas pulgas, socio de Daniel en un pelotazo inmobiliario.

Unos personajes, muy diferentes entre sí, como si hubiesen naufragado de un barco sin rumbo, que solo se pueden encontrar en una ciudad como Benidorm, donde coexisten múltiples contradicciones, que va de lo bello a lo monstruoso, como una especie de decorado artificial y natural a la vez, un espacio por el que pululan turistas desenfrenados, rascacielos apabullantes, muchos cochecitos eléctricos, residencias abandonadas por falta de liquidez, un coro cantando en la playa, una luz y una brisa dulces, y sobre todo, una sensación de un lugar que podría haber sido un espacio de felicidad pura y natural, y en realidad, se ha convertido en un estado de ánimo de felicidad artificial, en el que todo está en venta, incluso las relaciones. Tanto Peter como Alex son dos antihéroes, dos extraños, dos desconocidos, completamente fuera de lugar, en una ciudad irreconocible, extraña y demasiado perfecta en su tristeza y vacío (desde Sueñan los androides, de Ion de Sosa, no veíamos Benidorm como ese escaparate falso e íntimo a la vez), dos de esas almas que tanto le gusta a Coixet retratar, en sus idas y venidas, en sus conversaciones, en sus miradas y gestos, como ese momentazo cuando ella besa el cristal que los separa y Peter la observa detenidamente, escenificando todo aquello que los une y los separa. El elemento noir que utiliza la directora catalana para mover a sus personajes, recuerda a la forma y arquitectura emocional de David Lynch y a sus universos enfermizos y oscuros, o la más reciente, Lo que esconde Silver Lake, de David Robert Mitchell, donde la parte más invisible de Los Ángeles, se convertía en el escenario ideal donde abundaban las pesadillas, solo un mero pretexto para hablarnos de personajes solitarios, de vueltas de todo, o no, que ya no esperan nada de la vida, y menos de ellos mismos, anclados a una existencia demasiado cotidiana, sin nada que hacer, ni adónde ir, esperando la muerte.

Pero, Coixet, que sabe mucho de indagar en esas soledades, retratando sus texturas y sensibilidades emocionales, nos lleva de la mano, mostrándonos una relación sencilla y muy especial, entre sus personajes, en que la ciudad, se muestra con su brillo y mugre, como esos capítulos que nos van abriendo cada segmento de la trama, relativa a los fenómenos meteorológicos, afición de Peter. Coixet vuelve a acompañarse de cómplices muy estrechos, como la sensible y estupenda música de Alfonso de Vilallonga, la apacible y sobria edición de Jordi Azategui, y la brillante y oscura luz del cinematógrafo Jean-Claude Larrieu. El reparto de la película, heterogéneo y sorprendente, brilla con excelencia y aplomo, en el que sobresalen los impresionantes Timothy Spall, un intérprete que todo lo que se diga de su excelencia y elegancia es poco, con una partenaire maravillosa como Sarita Choudhury (que repite con Coixet después de Aprendiendo a conducir), una Carmen Machi, como una policía amante de la poesía de Plath, que no está muy lejos de la Frances McDormand de Fargo, versión Benidorm, Ana Torrent como una mujer de la limpieza, un rostro y una mirada con mucha historia detrás, y finalmente, Pedro Casablanc poniendo la nota inquietante con su cuchilla y su delantal ensangrentado.

Nieva en Benidorm tiene ese aire de western crepuscular, de personajes cansados y sin nada, moviéndose como almas en pena, desorientados, en un entorno que no es el suyo, que van conociéndose e intimando, en una historia de amor delicada y humanista, elegante y conmovedora, que no ñoña, huyendo de tanto sentimentalismo oportunista de otras producciones, como hacía tiempo que no se veía en la gran pantalla, con todos los matices y peculiaridades de la mirada de Coixet, que no solo nos va conmoviendo con sus sutilezas y calidez, sino que nos sumerge en un entorno limbo, donde la ciudad de Benidorm y sus personajes, adquieren esa aura de misterio, magnetismo y humanidad, en un mundo cada vez más pequeño, vulgar y vacío, que ya no solo ha oscurecido las relaciones humanas en pos al mercantilismo, sino que además, nos ha convertido en meros consumidores que todo lo compramos y lo fundimos, como si no hubiera un mañana, resultan relevantes las secuencia nocturnas con toda esa fiesta descontrolada de despedidas de solteras y gentes que lo venden todo, mientras Peter, con rostro acontecido y deambulando como alguien que le cuesta creerse esa idea de paraíso terrenal, pero que todo lo que ve, y esa idea de paraíso, le resulta triste y desoladora. Quizás, Peter y Alex, no solo tienen una oportunidad, sin esperarla, y mucho menos pedirla, sino que han encontrado a alguien, a alguien a quién mirarse sin acritud, un reflejo que no sabían que existía, y mucho menos en una ciudad como Benidorm. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Estándar, de Fernando González Gómez

UN FIAMBRE EN EL CONGELADOR.

“Resulta paradójico que en nuestra vida diaria llena de actos comunes y previsibles, la mayoría de nosotros, siendo personas normales y corrientes, siempre centremos la atención en lo que nos parece anormal, extraño y raro. Mostrando mayor interés y preocupación por todo aquello que en apariencia es diferente”.

Erase una vez un tipo llamado Tomás, alguien especial y muy peculiar, obsesionado por el orden y maniático, debido a que padece síndrome de Asperger. Tiene ese forma de vestir cuadriculada, sin ostentaciones, con ese bigotito, que parece un cruce de López Vázquez y Manolito Alexandre, recién salido de Atraco a las tres. Tomás trabaja en el supermercado de un pueblo sin más, uno de esos en los que nunca pasa nada, le encanta la música clásica, y desde que falleció su madre, vive solo. Con sus rutinas, sus manías y casi nulo contacto con sus compañeros de trabajo. Solo una cosa, se muere de amor por Laura, la hija de su jefe, pero tan diferente a él, más joven que él, alocada, y muy extrovertida. La vida de Tomás dará un giro de 180º cuando Laura aparece en el congelador. Ni corto ni perezoso, coge a la joven y se la lleva a su casa, y es en ese instante, cuando Tomás y Laura, empiezan a investigar en quien puede ser el responsable de semejante acto.

El director Fernando González Gómez (Madrid, 1984), y su socio, el intérprete Niko Verona, llevan más de una década haciendo cortometrajes, una treintena han logrado filmar. Con Estándar dan un paso más, y se lanzan al largometraje, con una comedia negra, que bebe de los ecos del cine de Berlanga-Azcona, el Monsieur Hulot del gran Jacques Tati, los universos y almas de Javier Fesser y sus estrambóticas historias y personajes, el imaginario de Jeunet y Caro, y esas comedias policiales de los Coen ochenteros, llena que personajes curiosos y muy oscuros, como los ya mencionados, o los otros empelados del supermercado, como Guillermo, el pescadero, aficionado al alcohol, y también, enamorado de Laura, Carmen, la cajera, chismosa y entrometida como la que más, Juan, el carnicero, más encantado con sus piezas que con venderlas, Fermín, el dueño del súper y padre de Laura, muy distanciado de su hija, o Francisco, el peculiar jefe de policía, más aficionado a la pesca que a sus quehaceres investigadores.

El director madrileño, que también firma el guion y la edición, construye un universo que tiene más de grotesco que de real, con una ambientación rica en colorido y plomiza, donde el orden y la estructura de las cosas y objetos se cuela por todos los espacios, con un tono completamente atemporal, en la que mezcla objetos modernos con otros como los teléfonos domésticos, con una luz fría y tenue, obra del cinematógrafo Eduardo Vaquerizo, que alimenta la incertidumbre y el misterio que se cierne sobre este grupo de personajes, y con una banda sonora esencial y rítmica que ayuda a contar todos los entresijos de la película, que firma Alejandro Román, sin olvidar las grandes composiciones favoritas de Tomás, los Beethoven, Mozart, Tchaikovsky y Albéniz, entre otros, logran conectarnos con un relato interesante, profundo y muy personal. La trama se centra en la investigación de una pareja muy atípica, porque tanto Tomás y Laura, no son ese tipo de personas que pudiesen coincidir en ningún lugar, quizás en un supermercado como el que muestra la película. Nada del relato chirría y mucho menos se sale del tono y la ligereza marcada, que es mucho de agradecer en una historia y con unos personajes tan especiales y comunes a la vez.

Un reparto bien conjuntado que brilla con precisión y humor muy negro, eso sí, con un Niko Verona que hace un buen protagonista, creando ese personaje que su diferencia lo convierte en el principal sospechoso, visibilizando el síndrome de Asperger, haciendo un retrato humanista y sincero, mostrando la diferencia como algo natural y sin aspavientos ni nada que se le parezca, con mucha honestidad y disparate del bueno. A su lado, Susana Abaitua haciendo de Laura, convirtiéndose en una actriz a tener muy en cuenta, con un personaje que irá a más, descubriéndose con alguien muy alejado de ella, y luego, como en todas y cada una de las buenas comedias, sean negras o blancas, un buen puñado de intérpretes de reparto que lucen con brillantez, con un Alejandro Tous como ese pescadero que oculta más de lo que dice, una María Gregorio como cajera que sabe lo que se cuece, aunque todavía no le hay puesto ojos y cara, Ramiro Blas se hace con el carnicero siniestro y dulce, un grande como Manuel de Blas, haciendo del padre de Laura, haciendo lo que mejor sabe hacer, dar credibilidad y planta a su personaje, y finalmente, Jesús Vidal, que después de Campeones, sigue haciendo personajes, ahora le toca un policía extraño y curioso, pero en este pueblo parece que el más diferente, es el menos diferente de todos. Fernando González Gómez debuta en el largometraje con brillantez y estilo, con ese tono tan característico de construir un universo raro y anormal, pero que en el fondo parece de lo más cotidiano y mundano, como la vida misma, vamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Wendy, de Benh Zeitlin

LA VALENTÍA DE WENDY.

“No dejes nunca de soñar. Solo quien sueña aprende a volar”.

Desde que el escritor escocés James Matthew Barrie escribiría Peter Pan en 1904 para el teatro, el niño que no quería crecer ha tenido innumerables adaptaciones al cine, teatro, televisión, literatura, etc… Quizás la adaptación más popular es la que realizó Disney en 1953, pero como cualquier obra que se convierte en un fenómeno popular ha tenido adaptaciones muy fieles y otras muy infieles, eso sí, sin dejar de mantener el espíritu de aventura, vitalidad, sueño que tienen los niños perdidos de la original. En Hook (1991), Spielberg, convirtió a los niños en adultos, pero con la misma fuerza y valentía para vivir su propia aventura y combatir con el temido Garfio. Ahora, nos llega una nueva adaptación de la mano de Benh Zeitlin (New York, EE.UU., 1982), del que ya vimos Bestias del sur salvaje (2012), en la que a través de una niña de seis años, nos hablaba del respeto a la naturaleza con simbolismo y humanidad. En Wendy, su segundo trabajo como coguionista y director, coloca el foco en el personaje de la niña que sigue a Peter Pan al país de nunca jamás, acompañada de sus hermanos gemelos.

Wendy es vital, alegre y soñadora, pero con los pies en el suelo, disfruta de ese mundo soñado, de vivir y ser libre, alejada de los adultos, pero no olvida su pasado, lo que ha dejado atrás, a su madre, disfruta de los placeres de su nueva vida y la experimenta como la que más, pero se resiste a dejar todo y olvidar, y más cuando el paraíso muestra su lado oscuro, o simplemente, a aquellos adultos que fueron niños que no querían crecer, y la rivalidad que existe. Es una niña libre, con carácter, que no se deja llevar con facilidad, que le discute a Peter Pan su forma de actuar, y que aboga por un mundo en paz entre niños y adultos. La simbología y el humanismo de su primera película, vuelve con fuerza a Wendy, porque Zeitlin coge el original y lo lleva a un terreno diferente, a un espacio donde vida y crecimiento van de la mano, donde ese mundo de sueños y fantástico, tiene una parte muy oscura, porque el pasado no era tan horrible, ni la nueva vida perfecta, con ese contenido emocional que hará de Wendy una persona diferente, alguien que se cuestiona esa realidad que también tiene el país de nunca jamás, que quiere ser ella sin necesidad de mirar para otro lado, siendo consciente de la realidad que existe.

La armonía y belleza que captura la película, a través de la cinematografía de Sturla Brandth Groulen (que tiene en su filmografía películas tan interesantes como Victoria, Rams, el valle de los carneros o Heartstone, entre otras), cuidando de forma magnífica toda la belleza y esplendor que emana ese universo soñado por los niños, con esa cámara en continuo movimiento, captando todas las acciones y aventuras de los personajes, filmando esa vida febril y apasionante que no tiene respiro alguno, que se mueve constantemente de un lugar a otro, en volandas, sin pausa, a toda prisa. Quizás, la película, más interesada en mostrar ese mundo de fantasía y sueño, se olvida un poco de la historia propiamente dicha, y en algunas partes, el film se reduce a mirar y apabullarnos con su grandísima planificación y preciosismo, pero la parte final, con el encuentro con esos adultos que crecieron a su pesar, todo encaja mejor, y vemos las verdaderas naturalezas de los personajes, cuestionando muchas cosas de la isla, de Peter Pan y esa negación a crecer y convertirse en adulto, los momentos más conmovedores y magníficos de la película, donde Wendy tomará una gran decisión, y sobre todo, entenderá que ese mundo no era tan bonito ni ideal como lo pintaba Peter Pan, y quizás, lo de fuera de ese “paraíso soñado”, se ve con ojos muy diferentes.

Un elemento primordial en Wendy es su excelente reparto, que combina intérpretes profesionales con maravillosos debutantes que dan vida a los niños, encabezados por una maravillosa Wendy, en la piel de la jovencísima actriz Devin France, con sus penetrantes ojos azules, su mirada inquieta, y su gesto valiente, se convierte en el foco de la función, bien acompañada por  Yashua Mack como Peter Pan, y los hermanos gemelos de Wendy, a los que dan vida los gemelos Gage y Gavin Naquin. Zeitlin no solo habla de la infancia como una especie de paraíso perdido, sino como un proceso de crecimiento interior, de darse cuenta de las alegrías y tristezas de la vida, y a pesar de lo malo, la necesidad de seguir descubriendo, de sentir las cosas, y sobre todo, entender que la vida hay que vivirla, con todo lo que eso conlleva, con su felicidad cuando la hay, su amargura cuando llega, y seguir avanzando y sentir que todo se convierte en una oportunidad, que la vida siempre nos quita y nos regala cosas, y en ese sentido el personaje de Wendy lo entiende mejor que nadie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

My Mexican Bretzel, de Nuria Giménez Lorang

LAS VIDAS DE VIVIAN BARRETT.

“La mentira es solo otra forma de contar la verdad. Debajo de todos los fragmentos subyace un mismo flujo. Lo esencial ni se dice ni se ve. Se busca, pero no se encuentra. ¿Qué es la realidad sino una reconstrucción continua e infinita? La voluntad de creer es la mano del hombre que cuelga del precipicio y que se agarra a la única piedra que parece que puede salvarle. Sin embargo, siempre acaba cayendo”

Paravadin Kanvar Kharjappali

Mucho del cine de ahora tiene mucha responsabilidad que el cine haya perdido su verdadera esencia, aquel misterio que impregnaban las imágenes y nos transportaba a otros mundos, otras formas de ver, de mirar, de sentir, de vivir, y sobre todo, durante hora y media, nos trasladaba a lo más profundo de nosotros mismos, imaginando y experimentando otras vidas, otras alegrías, otras tristezas, otras ilusiones, en fin, muchos universos dentro de este. Aunque, cada temporada nos tropezamos con películas que nos devuelven lo perdido, ese maravilloso legado que es mirar cine y verse reflejado.

My Mexican Bretzel, de Nuria Giménez Lorang (Barcelona, 1976), debutante en el largometraje, es una de esas películas especiales que de tanto salen de algún lugar oculto, revelándose en su misterio y su honestidad, envueltas en un aura de búsqueda, de un secreto que desvelar, ya desde su maravilloso cartel, con una mujer en el mar, esperando una ola, ataviada con un traje de baño muy de los años cincuenta, de lado, a la que no podemos ver su rostro. Un imagen que nos seduce e inquieta a la vez, y nos desborda a cuestiones que quizás, la película, nos logre responder o no. Giménez Lorang no fue a buscar una película, la película fue a buscarla a ella. Después de la muerte de sus abuelos, encontró ocultas medio centenar de bobinas de 8 y 16mm filmadas por su abuelo Frank A. Lorang (1913-2010), durante las décadas de los 40, 50 y 60. Imágenes domésticas de los viajes de un matrimonio acomodado.

Unas imágenes bellísimamente filmadas, acompañadas por el diario ficticio de un personaje inventado llamado Vivian Barrett, una esposa elegante y sofisticada, que junto a su marido León, va descubriendo el mundo en sus viajes, y a través de su diario, vamos descubriendo otra vida, u otras vidas, que tienen que ver más con sus deseos, ilusiones, frustraciones e inseguridades, en la que vamos encontrándonos con otra mujer a la de las imágenes, un diario al que le acompañan las reflexiones sobre la condición humana de Paravadin Kanvar Kharjappali. Un ejercicio parecido al de Ainhoa, yo no soy esa (2018), de Carolina Astudillo, donde las imágenes filmadas chocaban de pleno con el diario de la joven, que nos descubría muchas vidas en una. La película opta por la estructura de una película muda, devolviéndonos la artesanalidad del cine, donde vamos leyendo el diario de Barrett sobreimpresionado en las imágenes, con algunos sonidos escogidos, creando esa escala de lecturas y vidas que emanan tanto las imágenes, la escritura y la falta de sonido.

La película nos va llevando sin ruido y con delicadeza hacia un estado hipnótico, subyugante y brutal, donde los espectadores vamos fabulando sobre la vida de Vivian, su esposo, y el amante mexicano, imaginándonos no solo sus vidas, sino el off, lo que no muestran ni desvelan las imágenes, y si el diario, y viceversa, en una película que es muchas películas a la vez, porque va desde un preciso y evocador ejercicio de found footage, fiel heredero del imaginario de Marker, el melodrama romántico y desolador que tanto cosecharon Stahl, Wyler o Sirk, con sus relatos sobre la falsa felicidad de los años cincuenta y sesenta, con sus historias de amor reales o no, en un retrato íntimo sobre las apariencias y tristezas de las mujeres acomodadas, una fantasía sobria al mejor estilo de los cineastas mudos, con sus fantasmas evocados, y sus abundantes secretos y mentiras ocultos o por desvelar, o incluso, todo lo que desvelan y no las filmaciones domésticas de tantos seres anónimos que creyendo que capturan sus vidas, no sabían que estaban también evocando lo que se no se ve, lo ausente, quizás la verdad que se resiste a dejar ver su propia naturaleza.

Una película de montaje tan exhaustivo y sobrio necesitaba a alguien como Cristóbal Fernández, que firma la edición junto a la directora, para ordenar y descifrar todos los enigmas que ocultan sus imágenes, y sobre todo, revelar el misterio que esconden, pero aunque la película encierra muchos misterios y algunos se revelan, y son mostrados frente a nosotros, hay otros, quizás más productos de nuestra imaginación e inventiva, que siguen ocultos, aguardando a otros espectadores, como ocurría con la extraordinaria Tren de sombras (1997), de José Luis Guerín, sincero y rendido homenaje al cine como experiencia personal y universal, donde realidad, ficción y mentira se daban la mano creando un inquietante y fascinante juego de espejos, reflejos y espectros, que al igual que sucede con la película de Giménez Lorang, la experiencia cinematográfica como práctica evocadora a otras realidades y ficciones, en función de cada espectador y su forma de mirar, que desvela otro de los grandes aciertos de esta magnífica y fascinante obra de Giménez Lorang, que contando algo tan íntimo, personal y secreto, la película vuela por sí misma, y sus imágenes y relato se vuelven universales, y todos y cada uno de los espectadores que se acerquen a ella, no solo disfrutarán de sus infinitos misterios, sino que podrán intervenir en ella, fabulando e imaginando todo aquello que revelan sus imágenes, todo el fuera de campo que está ahí, y no vemos, y sobre todo, todos los fantasmas que se evocan, tanto los reales como los inventados, o los que se mantienen ocultos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La mujer ilegal, de Ramón Térmens

LAS MISERIAS DEL ESTADO.

“Pocas cosas desmoralizan más que la injusticia hecha en nombre de la autoridad y de la ley”

Concepción Arenal

Desde su revelador título, La mujer ilegal, la película es un durísimo retrato de las maldades del estado contra los inmigrantes, a través de Fernando Vila, uno de esos tipos antihéroes, que luchan sin descanso, que se dedica a representar a los inmigrantes, a enfrentarse contra ese estado, que por un lado, adopta una posición humanitaria, y actúa con contundencia contra los inmigrantes, encerrándolos en esos “Guantánamo españoles”, los llamados CIE (Centros de Internamiento de Emigrantes). La potentísima secuencia que abre la película, con todo un grupo de inmigrantes, que van pasando uno por uno, frente a Vila, explicándole su miserable situación. Ramon Térmens (Bellmunt de Segarra, Lleida, 1974), ha construido una filmografía en la que utiliza el thriller para contarnos las desigualdades y miserias de la sociedad, donde pululan tipos in escrúpulos que ostentan cargos de poder, junto a otros, la otra cara de la moneda, tipos que se enfrentan a ellos, y casi siempre, como ocurrían en los policíacos de los treinta y cuarenta, nunca salen victoriosos, pero, eso sí, esas derrotas no les suponen tirar la toalla y abandonar, sino que les dan más fuerza para seguir en la brecha. Los llamados antihéroes, como lo es Fernando Vila, que además de luchar contra el estado, tiene otra “guerra”, la de su mujer enferma de cáncer, subtrama que ayuda a entender el proceso vital del personaje.

Vila es un tipo que está ayudando a Zita Krasniqi, una joven kosovar que ejerce la prostitución y que ha sido encerrado en un CIE, pero la joven aparece muerta, y Vila empieza a investigar, se tropezará con Juliet Okoro, una joven inmigrante nigeriana, que conocía a la víctima, y con Oriol Cadenas, un jefe de policía con malas artes, y todo se complicará mucho. La película tiene esa mezcla de tono clásico de los grandes títulos de Lang, Hawks o Huston, y también, la potencia de títulos más recientes como Promesas del este, de Cronenberg o Perdida, de Fincher, con esa luz sombría y pálida de una ciudad como Lleida, con la excelente cinematografía de Pol Orpinell, en un eficaz y rítmico guion que firman el propio director y Daniel Faraldo, que llevan una década trabajando. La película es lineal en su compleja trama, pero con abundantes giros y diferentes puntos de vista, con el impecable trabajo de edición que firman Anna Térmens, Sergi Maixenchs y Ramon Palau, en la que nos van enredando en un relato de puro cine negro como los de antes, aquellos que servían para criticar con dureza las miserias e injusticias del estado, poniendo sobre la mesa a toda esta retahíla de corruptos que dirigían las vidas del resto.

La mujer ilegal nos habla de la situación humana de los recién llegados, sus vidas de huida constante, de miedo y explotados en empleos sucios, pero no los trata con condescendencia, ni la película construye una superficial disputa de buenos contra malos, Térmens huye de esa posición y se adentra en un terreno más difícil y complejo, porque todos los personajes se mueven por intereses, ya sean económicos o personales, en la que la historia captura todas sus contradicciones, miedos e inseguridades, unas más comprensibles que otras, pero sus razones al fin y al cabo. El director leridano ha conseguido una película muy sobria y elegante, repleta de personajes y personas, de aquí y ahora, con individuos que nos cruzamos diariamente, pero, quizás, por miedo o desconocimiento, miramos hacia otro lado, sin implicarnos, escondiéndonos en nuestras existencias, evitando el problema, sin saber cómo enfrentarnos, y sobre todo, con esa estúpida carga condescendiente.

El magnífico trabajo del reparto es otro de los elementos que más brillan en la película, encabezados por Daniel Faraldo, un actor que lleva más de cuatro décadas trabajando en Hollywood con nombres tan ilustres como Cukor o Ferrara, que además de firman el guion y coproducir con Térmens, pone la piel y sobre todo, el rostro, a un individuo, que parece haberse bajado del caballo de alguna película de Peckinpah, de esos tipos que la vida los ha zurrado tanto que están llenos de magulladuras y cicatrices que arrastran, tipos capaces de enfrentarse a quién sea con tal de enmendar cualquier injusticia, abogados humanistas y sencillos que no cesarán de seguir en la lucha resistiendo y combatiendo sin tregua las leyes inhumanas contra los más vulnerables, escenificando a todos los perdedores de todas las batallas, pero fieles a lo que creen y sobre todo, humanistas sin remedio. Bien acompañado por la sorprendente y maravillosa Yolanda Sey, debutante en el cine, que hace la inmigrante nigeriana atrapada en las mafias de unos tipejos sin escrúpulos, con el beneplácito de una policía corrupta, la presencia del excelente Isak Férriz, un intérprete dotado de una fuerza brutal, dando vida a ese Oriol Cadenas, un poli de armas tomar, alguien que se mueve entre las sombras, que usa y escupe, que no se amilana por nadie ni por nada, un ser de ley que usa la ley para su beneficio.

La terna protagonista brilla con la ayuda de todo un grupo de intérpretes de reparto, de vital importancia en películas de este tipo, que mezcla viejos conocidos del director, como Boris Ruiz, Àngels Bassas, y luego, otros como Montse Germán, que da vida a la esposa de Vila, Raquel Camón, activista marroquí contra los CIE, y Klaudia Dudová como la desdichada kosovar. Térmens ha construido un relato duro, sin concesiones, que denuncia las malas prácticas del estado contra los inmigrantes, aprovechándose de los necesitados, como recientemente denunciaba la excelente Sole, de Carlo Sironi, en una historia que enrabietará a los espectadores más críticos y emocionará a todos, por su personas humanos y cercanos, su elegancia visual, con esos planos cenitales, esos movimientos siguiendo a los personajes, como en las grandes del género, o la construcción que hace de los funcionamientos miserables e invisibles de nuestros estados, esos que deberían ayudar a hacer la sociedad más justa y sobre todo, más humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA