Tres mujeres, de Leyla Bouzid

SEIS DÍAS CON LA FAMILIA. 

“No es la carne y la sangre, si no el corazón lo que nos hace padres e hijos”. 

Friedrich Von Schiller

Las dos primeras películas de Leyla Bouzid (Túnez, 1984), nos hablan de jóvenes rebeldes, jóvenes que se enfrentan a su familia y a sus deseos para conseguir aquello que les bulle, aquello que los hace vivir. Farah, la protagonista de As I Open My Eyes (2015), sueña con dedicarse a la música pese a la oposición de su padre en el convulso Túnez a escasos meses de la Revolución de 2010. Ahmed, el protagonista de Una historia de amor y deseo (2021) conoce a Farah y experimenta la pasión y el deseo que domina nuestras cabezas y cuerpos. La Lilia de Tres mujeres (en el original, À voix basse, traducido como “En voz baja”), también es una rebelde, con algunos años más que los citados, porque ella vive en Francia, lejos de la familia donde vive con su novia, y vuelve a su país natal por la muerte de su tío. Un lugar de otro tiempo, de un tiempo ya superado, dónde emergerán continuas tensiones, en el que deberá fingir su vida porque las cosas no han cambiado y siguen conservando el olor de antes, así como la mentalidad conservadora que es reacia a los cambios y las diferencias. 

La película se centra en Lilia, en un íntimo drama habitado en las cuatro paredes de la casa familiar, situada en la ciudad de Sousse, a 160 km al sur de la capital, donde todo gira en torno a la abuela, Mamie Néfissa, y sus dos hijas, Wahida y Hayet, la mamá y la tía de Lilia, respectivamente, y el fallecido, el tío Daly, homosexual que se escondió toda su vida y ha muerto en extrañas circunstancias. La trama tiene su epicentro en la familia, en sus secretos, en todo aquello que no se ha dicho y todo lo callado, en unos paredes que han dejado de mirar donde había que mirar, y sobre todo, han vivido a espaldas de una realidad que ahora les estalla con la desaparición de Daly. Hay una pequeña parte de la historia que se envuelve en el policíaco con las pocas pesquisas de la propia protagonista Lilia, que necesita investigar lo ocurrido como una especie de espejo donde la vida ausente de su tío es un mero reflejo donde pasado y presente se entrelazan con la homosexualidad como frente compartido. La película huye del discurso fácil y del mensajito entre unas partes y otras. No hay nada de eso, solamente unos personajes que actúan, piensan y sienten como les enseñaron, unos han roto con los valores del pasado como Lilia y otras, como las mujeres de Túnez, más sumisas y calladas, siguiendo la estela reaccionaria de un país y de su familia.

La cineasta Lilya Bouzid ha vuelto a acompañarse de sus dos grandes cómplices en sus tres películas. Tiene al cinematógrafo Sebastien Goepfert, que ha trabajado con Alice Douard y en la reciente María Montessori (2023), de Téa Todorov. Una imagen que se instala en el claroscuro, en la luz velada, en la que concierne a lo íntimo, a lo oscuro y a lo secreto otorgando a la cinta un cuadro lleno de misterio y enigmas, como ese momento cuando llega Lilia a la casa. El editor Lilian Corbeille, la tercera junto a la directora, habitual de Thomas Lilti y Alice Winocour, no tenía tarea sencilla en una historia que se va casi a las dos horas de metraje, y en la que suceden muchas cosas que alteran a los personajes, en una fábula donde se abren de par en par la caja de los truenos. La música del artista Yom, afamado artista en fusionar músicas de diferentes estilos, con su clarinete como eje central desde donde cimentar las distintas relaciones de los personajes, tan complejos y contradictorios, que se debaten entre la tradición seguida sin cuestionamientos contra las vidas tan diferentes del tío Daly y la aparición de formas de relacionarse como la que trae la pequeña Lilia, convertida en toda una mujer, que vive fuera en Francia y además, vive muy alejada de esa idea tradicional de su familia.

El fantástico grupo de mujeres que interpretan la película es otro de los elementos cruciales para la veracidad de lo que cuenta la historia. Encabezadas por la interesante Eya Bouteraa, en su segundo protagonista después de Les enfants rouges. Su Lilia transmite verdad, incomodidad y rebeldía. Le acompañan la gran Hiam Abbass, todo un referente en las cinematografías árabes, es la madre de Lilia, con sus matices, su dolor y su rabia, y amor. Marion Barbeau, a la que hemos visto en películas de Cédric Klapisch y Yann Gozlan, entre otras. Su Alice es un personaje que deberá enfrentar una situación nada agradable pero lo hará con entereza y arrojo. Feriel Chamari es la tía Hayet, y finalmente, la presencia de la veterana Salma Baccar, todo un referente en la cinematografía tunecina ya que fue la primera mujer en dirigir una película, además de ser una activa luchadora por los derechos de la mujer. Acérquense a ver una película como Tres mujeres, de Leyla Bouzid, que tuvo una excelente acogida en la Berlinale, porque cuenta el pasado y el presente de la sociedad tunecina, a través de una mujer como Lilia, una imagen moderna y rebelde que cuestiona las tradiciones y conservadurismos de un país que, en muchos aspectos, se ha quedado anclado en una forma de hacer y deshacer que va en contra con las libertades de los tiempos actuales, y además muestra todo esos elementos desde la verdad, la honestidad y la excelencia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Cowgirl, de Cristina Fernández Pintado y Miguel Llorens

LA VAQUERA Y SUS CIRCUNSTANCIAS.     

“Cada momento es un nuevo comienzo”.

T. S. Elliot

Es muy raro ver en el cine actual historias sencillas y cotidianas. Historias que nos hablen de personas maduras tan cercanas como las que podamos ser nosotros. Historias que se ambientan en espacios alejados del mundanal ruido, donde la vida tiene otro tiempo, quizás, un tiempo más de verdad y sincero. Como la película Cowgirl, el segundo trabajo del tándem valenciano Cristina Fernández Pintado y Miguel Llorens, protagonizada por Empar, un mujer de sesenta años que viven en un pueblo rodeado de montañas en la provincia de Castellón con su inseparable Tona, una vaca que quiere embarazar para seguir con su vida y su trabajo. La oportunidad, porque esta película va de eso, de aprovechar las circunstancias para seguir hacia adelante, la tiene Bernat, el vaquero más caudaloso del lugar. La cosa se complica con una idea mercantilista del alcalde ambicioso de turno, además, de la llegada de Riqui, un joven que oculta muchas cosas. Estamos ante una trama sobre personajes que son personas de carne y hueso, y a los que les suceden cosas sencillas pero altamente emocionales y dificultosas.

Después de Coses a fer abans de morir (2020), el dúo creativo Pintado y Llorens dejan la juventud y la despedida de un gran amigo, para adentrarse en el otoño crepuscular de unos personajes como Empar y Bernat que registra el magnífico guion de Rafa Albert coescrito junto a los directores, en esta curiosa mezcla de western y drama social y rural, en el que todo fluye sin necesidad de aspavientos ni grandes sucesos, todo gira en torno a tres personajes y la vaca. Una mujer madura en pleno duelo y necesitada de un nuevo ternero para su existencia, para seguir creyendo y no vencerse ante las hostias de la vida. Un maduro de larga estancia en las Américas que regresa al pueblo, a sus raíces y quizás, a tantas cosas que dejó para irse o huir. Y finalmente, el joven Riqui, un náufrago que desea echar alguna raíz y dejar tanta negrura que ha habido en su vida. Los directores no hacen gala de condescendencia ni nada que se le parezca, porque andan por otros lares, los de construir personajes que transmiten verdad, que se alegran y se entristecen, que patalean y que intentan vivir a pesar de los pesares, porque estamos ante una cinta que no se aleja de lo humano, sino que lo observa, se acerca de forma honesta y sobre todo, lo refleja de la forma más profunda y sensible.  

Un equipo técnico sobresaliente empezando por la excelente música de Clara Peya, que ya descubrimos su gran talento en documentales como EnFemme, y con cineastas como Laura Jou y Javier Ruiz Caldera, y más recientemente en Un altre home, de David Moragas. La música de Palafrugell construye una soundtrack llena de poesía, cercanía y ambiental, que se difumina con los quehaceres diarios y los diversos conflictos que van brotando en la trama. La transparente y precisa cinematografía que firma uno de los codirectores Miguel Llorens, con una amplia carrera como cinematógrafo al lado de grandes nombres como Marc Recha, con el que hizo sus dos de sus primeras películas El cielo sube y L’arbre de les cireres, amén de Pau Durà y Pedro Pérez-Rosado, entre otros. La luz se muestra natural y nada embellecedora, sino capturando los grises que desprende cada encuadre. El gran trabajo de montaje de Alfons Suárez, que trabajó en la miniserie Mítics 70 (2024), del mencionado Llorens, que consigue dotar de equilibrio y elegancia a una trama que se va a los 109 minutos de metraje, en el que nunca tenemos la sensación de cansancio y mucho menos de derivas innecesarias, sino de un ritmo latente dentro de un entramado de miradas, gestos y silencios.

Un gran reparto encabezado por la excelente Isabel Rocatti que, después de medio siglo dedicada a la interpretación le llega el primer protagonismo con Empar, una mujer a la que la gran actriz le da misterio, grandeza y resistencia. Le acompañan un estupendo Pep Munné, otro de los rostros más conocidos de nuestro panorama, ahora metido en la piel de Bernat, el Mitchum de The Lusty Men, el tipo que retorna a sus raíces, a su anterior vida, a sí mismo. El tercero en discordia es Carlos Cuevas, un joven actor que hace del fugitivo que se hace amigo de un personaje en concreto. Después tenemos una retahíla de buenos actores valencianos como el eficiente veterinario Joaquín Climent, el pelotazo alcalde Carles Sanjaime, el impertinente ovejero Àngel Fígols, que ya estaba en Coses a fer abans de morir, entre otros. La película Cowgirl, de Cristina Fernández Pintado y Miguel Llorens tiene esa autenticidad de una historia bien contada, con sencillez, alejada de moderneces del momento, y mostrando unos personajes de verdad, de esos que hablan y callan sus cosas, las de antes y las de ahora, y siguen como pueden en un lugar vaciado pero sigue resistiendo los embates del mal llamado progreso y la especulación emocional y física en la que existimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Yo no moriré de amor, de Marta Matute

CUIDAR Y CUIDARNOS.  

“Sólo hay cuatro tipos de personas en el mundo: los que han sido cuidadores, los que son cuidadores, los que serán cuidadores y los que necesitarán cuidadores”

Rosalynn Carter

Hay dos elementos que sobresalen en Yo no moriré de amor, la magnífica puesta de largo de Marta Matute (Madrid, 1988). Uno es la familia, el centro neurálgico para bien o mal de nuestras existencias. Un género en sí mismo, abordado desde muchas miradas, clases, condiciones y negruras. El otro elemento es la enfermedad mental, esté menos tratada en el cine, y más concretamente, el de la demencia frontotemporal, más residual. Así que, el primer largometraje de la madrileña no sólo aborda un caso apenas expuesto en una pantalla, sino que lo hace situando el foco en la familia, en ese núcleo que, debido a la enfermedad neurodegenerativa, deberá estar más cerca y ayudarse y sobre todo, cuidarse, porque de eso va la película, de mirar a los otros y echarse una mano, y comprenderse, y no luchar los unos con los otros. La historia se centra en una familia cualquiera, en una familia que podría ser la nuestra. 

La directora, licenciada en Comunicación Audiovisual y diplomada en Arte Dramático, construye una home movie, donde lo doméstico se torna esencial y tremendamente cotidiano, a partir de la mirada de la más benjamín de la familia, Claudia, una joven de 18 años, que se forma para actriz, trabaja de camarera y tiene los sueños y las ilusiones de alguien propio de su edad. Tenemos a Inés, la hermana mayor que vive con su pareja en Barcelona, y el padre, recién jubilado después de una carrera como militar. Una familia que muestra poco cariño, como la mayoría, en la que cada uno hace la suya, se trata lo justo y poco más. La enfermedad de la madre los acerca por el deber que tienen encima, el de cuidar a la enferma, llevándolos a conflictos y luchas entre ellos que van capeando como pueden y siguen a pesar de la soledad, el malestar y el peso de cuidar a una persona que cada día está peor y el conflicto emocional que va supurando en cada uno de ellos. La película muestra todas estas aristas desde la sutileza y contención, alejándose de la pornografía del dolor y temas del estilo. Todo se muestra desde las miradas, los gestos y los silencios que se van apoderando e instalando en ese piso. 

La cineasta de Valdemoro ha cuidado con mucho detalle y precisión la luz mortecina y velada que estructura este espacio y a cada uno de los personajes, en una excelente cinematografía de Sara Gallego, de la que conocemos sus grandes trabajos en El año del descubrimiento, de Luis López Carrasco, Las chicas están bien, de Itsaso Arana, Una ballena, de Pablo Hernando y La buena letra, de Celia Rico, entre otras. Una luz que traspasa cada estancia y cada emoción materializada desde lo más profundo. La música de Simón Franquest, aporta esos momentos, casi en silencio, como si no quisiera molestar, que puntualizan los momentos no dichos y si sentidos de la historia, que se mezclan con los otros temas de bandas que escucha Claudia que generan ese contrapunto en el que viven no sólo la joven sino cada miembro de la familia. El trabajo de edición que firma Carlos Cañas Carreira, preciso y sin alardes que, en sus 94 minutos de metraje, plantea una trama llena de momentos muy duros y secos, pero siempre tratados desde la sensibilidad y el afecto, apuntando esas contradicciones propias que viven en una situación que les sobrepasa y les lleva a lugares muy difíciles de gestionar tanto emocionalmente como los recursos en una sociedad que el cuidado no lo tiene como una de sus prioridades viviendo a espaldas a él, que se lleva desde lo oculto, la soledad y la oscuridad. 

Una película planteada desde la sutileza y aquello invisible, que huye de lo evidente, de lo estridente y de lo esperado, necesitaba un reparto que con muy poco sea convincente y transmita todo el desasosiego y la dificultad de lo que viven. Tenemos a Júlia Mascort, vista en el cortometraje Las chicas, debuta en el largometraje dando vida a una increíble Claudia que, a parte de llevar el peso de la trama, ejecuta con sencillez e inteligencia un personaje lleno de juventud y fuerza que se ve enfrentada a una tesitura dura y compleja. Le acompañan una convincente Laura Weissmahr como Inés, la hermana mayor, mostrando esas aristas que todos tenemos cuando la vida se pone muy difícil. Sonia Almarcha es Julia, la madre enferma, una actriz capaz de cualquier rol como demuestra en la película. Tomás del Estal, visto en una y mil películas como actor de reparto, asume el papel de padre, abrumado por la situación. Guillermo Benet, director de Los inocentes, entre otras, asume el papel de pareja de Inés. Una familia cinematográfica que vive, lucha, sufre, pelea entre ellos y trabaja a partir de una situación muy compleja en la que hacen lo que pueden con las herramientas, tanto físicas como emocionales, que tienen a su alcance.

La película Yo no moriré de amor cosechó grandes elogios por parte de la crítica y el jurado del último Festival de Málaga, en el que recibió los premios más importantes, valorando su destreza en contar la enfermedad mental y cómo la familia se relaciona con ella, en una historia que recuerda a la mirada y sensibilidad del cine de Mike Leigh, Stephen Frears y Ken Loach, ese cine británico de working class que sabe penetrar en lo más cotidiano y en los conflictos que se suceden, desde la contención y enfrentándose a unos personajes tan cercanos que son como espejos en los que nos miramos porque les suceden cosas muy parecidas a las de nosotros. Nos quedamos con el nombre de Marta Matute que, siguiendo la buena estela que sigue a muchas cineastas que están renovando el cine español y entrando en él por la puerta grande con historias llenas de verdad, sensibles, íntimas y que miran a la sociedad desde lo más profundo, excavando en lo que somos, cómo sentimos y sobre todo, cómo nos relacionamos, lo bien o mal que lo hacemos, lo que callamos, lo que nos molesta y lo que peleamos. En fin, la vida que nos va pasando y a veces, como ocurre en la película, se muestra tan dura y difícil que hay que resistir o morir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hangar rojo, de Juan Pablo Sallato

HUMANIDAD CONTRA BARBARIE. 

“Debemos tomar partido… La neutralidad ayuda al opresor, nunca a la víctima… El silencio ayuda a quien atormenta, nunca al atormentado”. 

Elie Wisel 

Ninguna otra disciplina artística tiene la capacidad como el cine de mirar el pasado y reconstruirlo haciendo memoria o, simplemente, acercarse a lo más íntimo e individual de ciertos personajes que las circunstancias los llevaron a ser uno de los centros en cuestión muy a su pesar. Esto es lo que cuenta la ópera prima Hangar rojo, de Juan Pablo Sallato (Chile, 1978), basándose en la historia real de uno de esos hombres anónimos. Esta es la historia del capitán Jorge Silva, oficial del ejército chileno. Un disciplinado y brillante aviador que salvó al presidente Allende de un ataque tiempo atrás. Ahora, se encuentra como jefe de la escuela aérea que forma a futuros aviadores. Pero, todo cambió el miércoles 11 de septiembre de 1973 cuando Pinochet con la ayuda de la CIA estadounidense atacó el Palacio de la Moneda y derrocó al presidente electo Salvador Allende. En ese instante, la escuela se convierte en un centro de detención y tortura que dirige el coronel Jahn, antiguo adversario de Silva. A partir de ese momento, el capitán deberá obedecer las terribles órdenes o desobedecerlas, a partir del dilema moral por el que navega la magnífica película.   

Basada en el libro “Disparen a la bandada. Crónica secreta de los crímenes en la FACH contra Bachelet y los otros”, de Fernando Villagrán, que recoge unos hechos reales, guionizado por Luis Emilio Gúzman, que conocemos por sus trabajos para el director Nicolás Acuña, el relato se posa y gira en torno al rostro, el cuerpo y la conciencia del citado Jorge Silva, un militar de convicción pero también un humanista de corazón. En apenas unos pocos días, la historia se plantea desde las miradas, el silencio y los gestos de unos pocos personas, en el que todo lo vemos y sentimos a través de Silva, un tipo que vive sumido en una contradicción poderosa que no le deja respirar, sometido a una dicotomía en el que andan en liza dos situaciones contrapuestas: su amor a la patria y su deber como militar contrapuesto ante el horror y la barbarie que ha emprendido el ejército para eliminar la libertad e instaurar un régimen de terror y violencia, que queda muy reflejado en las palabras que menciona el mencionado coronel: “Marxismo o democracia”. Ante ese panorama oscuro y terrible, la posición de Silva se verá alterada, primero en estado de shock por el golpe de estado, y luego, con la toma de conciencia personal e individual ante unos hechos que están sucediendo en directo y frente a él.  

Sallato para su salto al largometraje ha contado con el cinematógrafo Diego Pequeño, con el que ya trabajó en la serie documental La cultura del sexo, que codirigió junto a Juan Ignacio Sabatini. Una luz sobrecogedora y magnífica con un apabullante blanco y negro y el formato de 16mm, ayuda a capturar las grises y claroscuros de este potente ejercicio de cine político y de conciencia individual y barbarie que no sólo ejecuta con precisión quirúrgica los avatares emocionales de su protagonista sino que construye un imponente y brutal thriller con el mejor aroma de Lumet, Frankenheimer y demás cineastas en el New Wzve estadounidense. La música que firma el dúo Alberto Michelli y Matteo Marrella ayuda a generar esa tensión constante en la precisa atmósfera de cuento de terror por el que se mueve la historia. El montaje de la pareja Sebastián Brahm, que tiene en su haber El salvavidas (2011) y La once (2014), ambos documentales de la interesante Maite Alberdi, y de Valeria Hernández, un nombre reconocido con más de 30 títulos en la cinematografía chilena al lado de directores como Matías Bize y Jorge Riquelme Serrano, entre otros, que también estuvo en la citada La cultura del sexo. Su edición es precisa, intensa y sensible en sus breves 81 minutos de metraje.

Un reparto estelar encabezado por el pedazo de actor Nicolás Zárate, que hemos visto en Algunas bestias, del citado Riquelme Serrano, que compone a un Silva, con todos sus matices, su rectitud, su vulnerabilidad, su miedo y su deber peleado por su humanidad. Le acompañan Marcial Tagle en la piel de Jahn, un actor metido en mil batallas en películas de Pablo Larraín, Sebastián Leilo, Nicolás López, y más, transmite todo el terror y la maldad del citado coronel. Boris Quercia es el otro coronel, que tiene en su haber los directores Andrés Wood, y sus comedias populares como director. Sigan su instinto y no se pierdan una película como Hangar rojo, de Juan Pablo Sallato, del que después de ver su primer largometraje, estaremos muy atentos a sus próximos trabajos, porque demuestra una gran inteligencia para introducirnos en la piel, el rostro y el cuerpo de un hombre que, cuando todo parecía en su contra, impuso su humanidad. Una película que les  explicará una parte íntima y personal de un antihéroe como Silva que se vio envuelto en una situación donde el terror y la violencia se apoderó de la armonía y la paz que tenía, y en ese instante, fue cuando sacó su humanidad y se lanzó a lo que consideró justo y humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Todo lo que fuimos, de Cherien Dabis

LA HISTORIA DE MI FAMILIA PALESTINA. 

“Soñaré, no para fijar ningún significado externo. Más bien, para restaurar mi interior abandonado”. 

Mahmoud Darwish

Las dos películas anteriores de Cherien Dabis (Omaha, Nebraska, EE. UU.,  1976), son Amreeka (2009), con una madre palestina y su hijo intentando tener una vida en un pequeño pueblo de Illinois, y May in the Summer (2013), con una escritora de éxito que vuelve a su Jordania natal y se encuentra con una realidad muy diferente. Su tercera película como directora Todo lo que fuimos vuelve a Palestina para construir un fresco protagonizado por una familia a través de tres generaciones bajo la atenta mirada de un niño Salim, arrancando en 1948, con la creación del estado de Israel y la precipitada huida del citado niño y su familia. Después pasamos a 1978, con Salim adulto y padre y los problemas que tiene con su hijo, su mujer y su padre en un campo de refugiados en Cisjordania ocupada, y finalmente, llegamos a 1988, cuando el hijo de Salim sufre un disparo del ejército israelí. Tres momentos que definen la tragedia palestina bajo el foco de una familia como otra cualquiera que lleva casi ochenta años sufriendo la ocupación. 

La directora, también actriz, recientemente la vimos en Eagles of th Republic, de Tarik Saleh, construye una excelente historia, marcada por el humanismo y la intimidad que crea en cada situación que se plantea, en la que huye de los grandes nombres y momentos de la historia para centrarse en lo que no se ve, en lo invisible, en todos aquellos seres anónimos que son parte fundamental de la historia en mayúsculas, pero que nunca son mencionados. La película sirve también para eso, visibilizar lo más cercano y natural, a todas aquellas personas, las que nunca aparecen en los libros de historia ni se les dedica ninguna calle o plaza o cosas por el estilo. Personas que viven como pueden a pesar de todo, que se enamoran, que crean familias, que están y tienen nombres y apellidos. Una familia es la protagonista del relato. Una familia que define con profundidad la historia de Palestina durante la segunda mitad del siglo XX y todas las heridas y huellas que siguen heredando unos de otros en una historia que entra dentro de las casas, dentro de unas vidas con miedo, llenas de incertidumbre y también, de memoria, recuerdos y algo de esperanza. 

Dabis se ha rodeado de grandes nombres como el cinematógrafo Christopher Aoun que, a pesar de su corta filmografía, ya ha trabajado en películas tan extraordinarias como Cafarnáum, de Nadine Labaki y El hombre que vendió su piel, de Kaouther Ben Hania, entre otras. Su luz busca la cercanía y lo natural, huyendo de la artificialidad y explorando los rostros y los cuerpos de los diferentes personajes, en unos espacios reducidos, en una atmósfera de inquietud en el que se encuentran los mencionados protagonistas. La música está firmada por un grande como Amine Bouhafa, con más de 70 títulos en su extensa filmografía, que le ha llevado a trabajar para el citado Ben Hania, Philippe Faucon, Rachid Bouchareb y Abderrahmane Sissako, entre otros. Una música que recoge lo más íntimo, lo humano y lo cotidiano en una historia que abarca casi ocho décadas. El montaje lo firma Tina Baz, que tiene en su curriculum a nombres tan interesantes como Naomi Kawase con la que ha hecho 6 películas, y Abdellatif Kechiche. Una edición con fuerza y nada artificiosa, en un trabajo excelente ya que recorre con astucia y detalle los pormenores de una familia que pasa de padres a hijos y a nietos en sus 145 minutos de extraordinario metraje. 

Un elenco que transmite pureza, mucha fuerza y sensibilidad en sus personajes empezando por la propia directora que se reserva el papel de Hanan, el personaje que nos cuenta la película y esposa de Salim interpretado por Saleh Bakri, un actor que hemos visto en La banda nos visita, La sal de este mar, y las más recientes Costa Brava, Líbano y El caftán azul. El personaje de Sharif, padre de Salim, clave en la historia, es desdoblado en dos intérpretes. Adam Bakri, hermano de Saleh, lo hace cuando es joven que fue uno de los protagonistas de Omar, de Hnay-Abu Assad, y de Ali y Nino, junto a Maria Valverde. Mohammad Bakri lo hace de mayor, un excelente actor, padre de Saleh y Adam, con una carrera extraordinaria junto a Costa-Gavras, Amos Gitai, los hermanos Taviani, y el citado Saleh. Ver una película como Todo lo que fuimos, de Cherien Dabis, no es solamente una lección de historia para ignorantes, sino que es un acto de humanidad que celebra un país secuestrado e invadido como Palestina, y es un acto revolucionario en estos tiempos actuales donde el pueblo palestino ha vuelto a ser azotado ferozmente con un genocidio de violencia y asesinatos impunes. El cine no tiene la capacidad de parar guerras, pero si tiene la capacidad de mostrar a personas y sus historias, por muy oscuras y terribles que sean, así que celebramos una película como esta, porque el cine si sirve de algo es para dejar constancia de lo humano y sus circunstancias. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Enzo, de Robin Campillo

CUANDO TIENES 16 AÑOS. 

“¡Ah!. El egoísmo infinito de la adolescencia, el optimismo estudioso: ¡Qué lleno de flores estaba aquel verano del mundo!”

Arthur Rimbaud 

Esto es un cuento de verano. Un cuento que sucede al sur de Francia, en una casa lujosa con piscina en la que vive Enzo. Porque este cuento que ocurre en verano es también su historia. Un chaval de 16 años que, desmotivado por los estudios, decide trabajar como aprendiz de albañilería, ante la oposición de sus padres, ingenieros de profesión y acomodados. Situación que llevará a tantos unos y otros, sobre todo, el padre, más reacio a la postura del hijo, a situaciones muy tensas que los alejarán, como la descriptiva secuencia en unos vacaciones, cuando los padres observan a su primogénito y se muestran muy preocupados ante la deriva de su hijo, junto a otros padres amigos, mientras el susodicho nada despreocupado a lo lejos como si la cosa no fuera con él. También es la historia del descubrimiento y despertar a la vida del citado Enzo, enfrentado al amor, al deseo, al trabajo, y a lo que significa querer ser quién quieres ser a pesar de tu padre y tu entorno.

El quinto trabajo de Robin Campillo (Mohammedia, Marruecos, 1962), está coescrito por él mismo, y el desaparecido Laurent Cantet (1961-2024), que iba a dirigir la película, con el que Campillo coescribió 4 películas y editó 7, y con Guilles Marchand, que a parte de director ha sido guionista para directores como Dominik Moll, Cédric Khan y Valérie Donzelli, y los propios Cantet que hicieron Recursos Humanos (1999), y Campillo en La isla roja (2023). El tono es muy íntimo y naturalista, vamos del trabajo de albañil, y los desencuentros entre Enzo con su padre y su hermano mayor, un espejo completamente acorde a su padre. Mientras el adolescente se relaciona con sus compañeros de trabajo como Vlad, un inmigrante ucraniano, al que ve como refugio y escapatoria. La película se aleja de convencionalismos de otras producciones en las que se lanzan los discursos y la condescendencia, aquí no hay nada de eso, porque se observa y profundiza la complejidad de las situaciones que se van generando en que cada personaje expone sus argumentos y posición, sin caer nunca en la intencionalidad, sino en generar muchas respuestas ante la dificultad que se desarrolla ante un padre con miedo que su hijo decida un futuro muy alejado a su idea. 

El director de Les Revenants (2004), se ha juntado con una gran cinematógrafa como Jeanne Laporier, con más de 65 títulos en su filmografía, junto al lado de grandes cineastas como Téchiné, Ozon, Bruni Tedeschi, Corsini y Verhoeven, entre muchos otros, y una cómplice excepcional para Campillo porque han hecho las cinco películas del director. A partir de un tono cercano y natural, la trama sutil y de verdad, acogiendo esa luz veraniega, tanto de día como de noche, se mueve entre pocos escenarios, unos espacios que no sólo explican lo que sucede sino que genera una información vital de los roles y las diferentes perspectivas que tiene cada personaje, con esa piscina como eje central de discusión. El director de Chicos del Este (2013), sobre las dificultades y oscuridades de los jóvenes del Este recién llegados a Francia, también coge el mando del montaje, donde prevalece la transparencia y lo anticonvencional, es decir, aquí la historia se cuenta desde todas sus miradas y vertientes, alejándose de lo estridente y la virguería argumental, aquí todo emana verdad, tanto en el diálogo como en el silencio, y nada está por estar, porque un personaje como Enzo, tan diferente y tan difícil de encajar en su propio entorno, del que quiere huir sea como sea, en una historia que se ve con mucho interés en sus 102 minutos de metraje. Destacar la presencia en la producción de grandes cineastas como los hermanos Dardenne y Jacques Audiard. 

El cineasta que nos maravilló con su espectacular 120 pulsaciones por minuto (2017) ha sabido acompañarse de unos intérpretes fenomenales como ya hiciese en sus anteriores películas. En esta tenemos la presencia del debutante Eloy Pohu como Enzo, un actor que transmite esa inseguridad en poder dialogar con su padre, en relacionarse con su compañero Vlad y en ese jodido limbo de los 16 años, cuando todavía no eres adulto legalmente y te mueves bajo las sombras de lo que todavía no es pero quieres que sea ya. Están los padres, dos grandes intérpretes como Elodie Bouchez, una mirada y profundidad tan natural como interesante, en un rol más comprensiva y cercana a su hijo rebelde y el actor italiano Pierfrancesco Favino, que transmite también la inseguridad del progenitor que desea una vida diferente para su hijo. Otro debutante es Maksym Slivinskyi, que hace el personaje de Vlad, ese hermano-amigo mayor que es una huida del joven. Si ven una película como Enzo, de Robin Campillo, seguramente les recordará muchos momentos al adolescente que fueron, o quizás, les recuerda a sus padres, al cariño o no que les manifestaron. En cualquier caso, van a ver una historia sobre el deseo de ser uno mismo, aunque nos equivoquemos, porque la verdadera libertad, independientemente la edad que se tenga, es poder decidir tu presente, digan lo que digan los demás, porque es tu vida, tu error o acierto, es en el fondo, tu forma de ser, de experimentar, de descubrir, de relacionarte con el mundo y contigo mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Así llegó la noche, de Ángel Santos Touza

LAS ISLAS DEL PAISAJE. 

“La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar donde nació, ni la fecha en que vino al mundo. La identidad de una persona consiste, simplemente, en ser, y el ser no puede ser negado”. 

José Saramago 

El universo cinematográfico de Ángel Santos Touza (Pontevedra, 1976), se mueve por los no lugares. Paisajes olvidados que en un pasado fueron algo. Espacios sin vida que, en su día, significaron alguna cosa que, ahora en el presente, adquieren un nuevo significado, una nueva identidad, muy diferente. Rastros de una memoria que el tiempo y el olvido ha devorado lentamente. Sucedía en su segundo largometraje Las altas presiones (2014), y en Alicia fai cousas (2023), y en su último trabajo Así llegó la noche, que ya tuvo un precedente en el cortometraje Así vendrá la noche (2021), breve síntesis del reencuentro de los dos amantes. La película relata una historia de aislamiento querido, el de un escultor que trabaja en la península de O grove, al noroeste de Galicia. Lleva una vida en silencio, muy tranquila, en un almacén aislado donde trabaja en una exposición, mientras pasea por los lugares que un día fueron y ya no son. Vestigios de una época que la erosión y la desmemoria han abandonado. 

A partir de un guion coescrito por Pablo García Canga y el propio director, la trama se divide en dos partes. En la primera, seguimos a Pablo, en su trabajo y su existencia frugal, en un estado pausado, en una especie de limbo sin principio ni final. Apenas conocemos su pasado, y nada de su futuro, sólo su presente continuo, sin variaciones, en un estado de soledad, reflexión y vacío. En la segunda mitad, aparece el personaje de Andrea, antigua amante de Pablo. La colaboración de García Canga y Santos Touza ya dejó grandes impresiones en Las tierras del cielo (2023), en la que la palabra se imponía en una historia sobre cinco personajes. Aquí podríamos decir que el silencio y la palabra se adueña del relato en sus dos partes diferenciadas, en una historia que habla de los lugares cuando dejan de ser lo que fueron, de la búsqueda de la identidad, de donde quedaron tanta promesa y sueño, de lo que somos y lo que nos gustaría ser y sobre todo, de la materia anímica de nuestras existencias, nuestros objetivos y lo que arrastramos del pasado y lo que nos deparará ese no futuro que proyectamos. Es una historia de fantasmas, de sombras, de luces a lo lejos, de recogimiento, de pensamientos profundos, de mezcla de géneros, donde predomina el western y el noir, pero no el que está regido por un rompecabezas, aquí el misterio es continuo y proviene del alma. 

La cinematografía de Iván Castiñeiras, del que conocemos sus trabajos para Diana Toucedo y Sergi Cameron, que ya estuvo en el mencionado Así vendrá la noche, es muy asiática, donde tanto el día como la noche buscan la vacuidad de los lugares, como si fueran de otro tiempo, como ese bar de carretera, o ese no lugar como un camping sin campistas, o un almacén que ahora sirve para muchas cosas pero no para lo que fue concebido. Las pocas y alejadas luces, como esos destellos que provocan las motos en continuo movimiento, que choca con la quietud de la vida de Pablo, y esa historia que, aparentemente, no sucede nada, pero que está sucediendo un universo. La música que firma Alba Fernández, que ha destacado en sus composiciones para series como Hierro, Auga Seca, y Rapa, entre otra, que sólo escuchamos como apertura y cierre, adquiere un significado profundo en todo lo que se cuenta y en los silencios que deja para acercarse a todo lo que dicen y callan los personajes. El magnífico trabajo de montaje de Marcos Florez, que firmó el de la citada Alicia fai cousas, amén de haber trabajado con Miñarro, Apellaniz, y las recientes películas La marsellesa de los borrachos y San Simón, construye un relato potente, sin aristas, que nos sujeta desde el primer instante, buceando entre las grietas del alma, entre los entresueños de un territorio y una forma de habitarlo, en sus conseguidos 122 minutos de metraje. 

Un trío protagonista de altura, que acoge a unos personajes aislados, con muchos secretos, que hablan poco y piensan mucho, que se mueven de aquí para allá, casi como sonámbulos. Tenemos a Denis Gómez, que hemos visto en muchas series ambientadas en Galicia como Vivir sin permiso, Néboa, Rapa y Clanes, hace de Pablo, ese vaquero y aventurero cansado, reflexivo, silencioso, un tipo que no está muy lejos del que hacía Delon en Le samurai, de Melville. Andrea es Violeta Gil, que ya nos encandiló en la citada Las tierras del cielo, una mujer que llega para hablar con su amigo Pablo, quizás huyendo de algún lugar o simplemente, de sí misma que, deambula por el lugar, sin rumbo, sin saber porqué, intentando reconocerse. Y para cerrar este trío inolvidable nos encontramos con el gran Miquel Insúa, fallecido el año pasado, un actor con más de 35 títulos al lado de Juan Pinzás, Carlos Vermut y Julián Génisson, y la más reciente Rondallas, haciendo de uno de esos pistoleros marcados por la vida muy del estilo de Peckinpah, y con sus agudas reflexiones sobre la existencia y la condición humana siendo un vigilante de camping en invierno cuando está vacío. 

Si deciden ver una película como Así llegó la noche se encontrarán con una propuesta que les obliga a parar, a detenerse a mirar el paisaje, con su viento, sus sonidos y sus accidentes, tanto de día como de noche, adentrarse en un espacio alejado de todos y todo, y sobre todo, a mirarse hacia adentro, a dejar de preocuparse por estar ocupado, en constante movimiento, a desaparecer y a aparecer como ustedes sientan, porque la película propone en silencio y soledad, a descansar, a tener tiempo para caminar, para observar y dejarse llevar por la naturaleza y la quietud del entorno. La sensibilidad y profundidad de un cineasta como Ángel Santos Touza queda reflejada en una película muy revolucionaria en estos tiempos de consumismo exacerbado e hiperconectividad que nos está aislando muchísimos y estamos cada vez menos vivos y más muertos. La película es muy radical en ese sentido y se erige como respuesta a tanta estupidez y ocupación hiperbólica, y nos devuelve a ese cine de mirar, de sentir y de explorar, sin prisas y capturando cada mirada, detalle y gesto de unos personajes que están tan cerca de nosotros que podríamos ser uno de ellos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Aisha no puede volar, de Morad Mostafa

LAS BATALLAS DE AISHA. 

“El coraje es la voz silenciosa del final del día que dice “mañana lo intentaré de nuevo”. 

Mary Anne Radmacher 

El cine tiene la capacidad de mostrar realidades ocultas e invisibles que, debido al ajetreo, la superficialidad y la competitividad del periodismo actual, quedan relegadas a meras notas de prensa o peor aún, ningún medio se hace eco de realidades muy difíciles que viven diariamente cientos de miles habitantes a lo largo y ancho del planeta. La joven sudanesa Aisha es una de ellas. A sus 26 años ha abandonado su país, sumido en una cruenta guerra que ha dividido el país provocada por los países enriquecidos de turno. La cotidianidad es muy dura para Aisha, trabaja como cuidadora de personas mayores, soportando desprecios y muchas cosas más, y además, vive en uno de los suburbios de la ciudad, concretamente en el barrio Ain Shams, en El Cairo (Egipto). Un lugar dominado por el ganster Zuka, que trapichea con droga y armas, que domina a personas como Aisha, que usa para sonsacar información de las casas donde trabaja. Un panorama terrible al que la joven sobrevive con entereza y dignidad. 

El primer largometraje de Morad Mostafa (El Cairo, Egipto, 1988), y coescrito junto a Sawsan y Youssef y Mohamed Abdelader, se centra en la mirada y cotidianidad de Aisha, huyendo del sentimentalismo y el panfleto, para ahondar en una atmósfera donde la piel y el racismo están a la orden del día, y sobre todo, la opresión y sometimiento que ejercen el que tiene contra el que no tiene. Las luchas son constantes, entre unos y otros, como método de supervivencia entre los de aquí y los de allá. La vida, por decirlo de alguna manera, que tiene Aisha diariamente se desarrolla entre el ruido ensordecedor de la capital, y su continuo movimiento de aquí para allá, moviéndose sin parar, para finalizar cada día frente a un plato de pasta que le brinda su novio egipcio que es cocinero. La historia es muy local, pero universal a la vez, porque lo que cuenta y cómo lo hace podría trasladarse a cualquier ciudad grande donde se explotan unos a otros, en un sinfín donde la humanidad es una sombra esquiva, o simplemente, una utopía en este planeta cada vez más individualista, mercantilizado y psicótico. La historia está planteada desde la verdad, desde lo humano que si tiene una mujer como Aisha, que sigue hacia delante a pesar de las dificultades y la violencia de la que es víctima y a veces, verdugo, con esos toques oníricos donde se introduce la realidad más oscura. 

Una ópera prima que destaca por su asombrosa factura técnica en la que destacamos el gran trabajo de cinematografía de Mostafa El Kashef, que debuta en la gran pantalla, en su tercer trabajo con Mostafa, después de los cortometrajes What We Don’t Know About Maryam (2021) y I Promise You Paradise (2023). Una luz mortecina con una cámara pegada a la protagonista, en la que los exteriores reflejan el marcado contraste con los interiores, sobre todo, en lo que refiere a lo nocturno, un espacio que define las emociones de los personajes. El magnífico trabajo de sonido de Mostafa Shaban, con toda esa gama de ruidos y texturas que traspasan la pantalla. La música de un grande como Amine Borhafa, con más de 70 títulos en su extensa filmografía, entre los que brillan los nombres de Abderrahmame Sissako, Kaouther Ben Hania, Philippe Faucon y Rachid Bouchareb. Una composición suave y detallista que dice mucho de lo que vemos y sienten los protagonistas. El montaje de Mohamed Mamdouh, en una historia en la que se habla muy poco, y abundan las miradas, los gestos y silencios en sus 131 minutos de metraje que se siguen con atención y mucho interés. 

La grandiosa interpretación de Buliana Simon como Aisha, en su primer papel para el cine de la modelo sudanesa, también desplazada como su personaje. Una protagonista de verdad, tan natural como cercana, todo un gran acierto para transmitir la tensa y compleja realidad que muestra la película. A su lado, otro debutante, el actor Ziad Zaza, rapero de éxito que hace de Zuka, el maleante del barrio, un tipo duro y malo que usa a todo el mundo, incluida Aisha, con la que mantendrá una relación que irá cambiando. Completan el reparto Emad Ghoniem como Abdoun, el chico de Aisha, Mamdouh Saleh es Khalil, entre otros. Si les gusta el cine de verdad, el que habla de realidades duras, pero también llena de ilusiones y con sueños y llenas de esperanza en salir adelante como trabaja incansablemente Aisha, todo un ejemplo del significado de coraje y resistencia, porque a pesar de su crudeza, la joven hace lo imposible, incluso cosas criminales para seguir sin caerse. Nos quedamos con el nombre del cineasta Morad Mostafa qué pasó con su película por la prestigiosa sección “Un Certain Regard” del prestigioso Festival de Cannes que, a pesar de lo pompa y el artificio, también hay buen cine, aunque se ensombrece ante tanto famoseo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La risa y la navaja, de Pedro Pinho

LAS HERIDAS DE LA COLONIZACIÓN. 

“Entre colonizador y colonizado no hay más lugar para la concentración que el del trabajo forzado, la intimidación, la presión, la policía, el robo, la violación, los cultivos obligatorios, el desprecio, la desconfianza, la altanería, la suficiencia, la grosería, élites descerebradas, masas avasalladas”. 

Aimé Césaire

Con La fábrica de nada (2017), el director Pedro Pinho (Lisboa, Portugal, 1977), sorprendió a propios y extraños con una película radical en su forma y contenido, amén de tres horas de duración. Una obra compleja, magnífica y asombrosa que profundiza en las actividades sociales, humanas y políticas de unos trabajadores que quieren luchar por sus empleos cuando la dirección quiere cerrarla. Una película sobre la política más cercana, más mundana, la del día a día, la política que nos afecta a todos, la que se ejerce desde la palabra y los hechos, desde la dignidad que le queda al que quieren arrebatársela. En La risa y la navaja, el cineasta lisboeta mantiene muchas de las reflexiones y postulados que guiaban la citada película, porque vuelve a producirla a través de la cooperativa Terratreme Filmes, como indican los diez integrantes del guion de la cinta. La política más íntima vuelve a ser piedra angular de la trama, y sobre todo, se estructura a partir de la herencia colonialista y las contradicciones entre colonizador y colonizado. 

La acción arranca con la llegada de Sergio a una metrópolis ubicada en África Occidental, más concretamente en Guinea-Bissau, antigua colonia portuguesa, para trabajar como ingeniero medioambiental en una ONG en una gran construcción que conectará el desierto y la selva. Allí, se encontrará una sociedad cosmopolita, diversa y en constante tensión, en la que los conflictos postcolonialistas están muy presentes, y se encenderán las diversas posiciones entre los de fuera, que llegan con todas las buenas intenciones del mundo, casi siempre equivocadas, los de dentro, con sus problemas y sus diferencias, y las comunidades periféricas con sus posturas tan iguales y antagónicas. Un microcosmos en el que Sergio encontrará algo de refugio en la relación con Diara y Gui, donde explorará temas como la identidad y el género, a través de lo físico, con unos cuerpos en ebullición y unas ideas en constante cambio y enfrentadas. Las atmósferas asfixiantes y caóticas que alimentan las novelas de Conrad están muy presentes a partir de tipos que huyen y terminan más perdidos y deambulando por un microcosmos tan extraño como cotidiano, que no comprenden y se muestra caótico, y la mirada de Antonioni, en mostrar un paisaje tan desértico en lo físico como en lo emocional, y la devastación de los cuerpos y los lugares, tan deshumanizados que sus perdidos personajes acaban por no identificar, como le sucede al protagonista. 

La cinematografía del brasileño Ivo Lopes Araújo, que ha trabajado bajo las órdenes de grandes nombres como Gabriel Mascaro, Chico Teixeira, Sandra Kogut y Tiago Melo, entre otros, bajo la textura y el grosor del 35 mm, cimenta un ambiente íntimo, que traspasa la pantalla, con sus agitaciones y tensiones, con ese enmascarado thriller que ayuda a seguir el no (viaje) de Sergio, en su odisea diaria de (re) encuentro con el otro/a y quizás con sí mismo, o lo que creía de él. La estupenda música, tan variada y celebrada, como las imágenes que acompañan la historia, genera esa idea de atmósfera asfixiante y tensionada que parece que vaya a estallar en cualquier instante, donde el movimiento es constante creando ese microcosmos tan cercano como alejado. El magnífico trabajo de sonido de Jules Valeur con más de medio centenar de títulos, y las mezclas de Pablo Lamar, construyen los sonidos y ruidos de una ciudad que contrasta con la paz y el vacío de las comunidades. El excelente montaje que firman Rita M. Pestana, Karen Akerman, Cláudia Oliveira y el propio director, conjugan con gran inteligencia y detalle los 210 minutos de metraje que, resultan muy entretenidos, y aunque parezca lo contrario, muy cortos, por la cantidad, densidad y elementos que conforman una historia grande y sencilla a la vez. 

Al igual que ocurría con el grandísimo elenco de La fábrica de nada, con unos trabajadores que miraban y nos miraban de verdad, sin condescendencia ni magulladuras argumentales, sino ejerciendo una honestidad que así se transmitía a cada uno de los espectadores. Un reparto en el que confluyen intérpretes profesionales como Américo Silva, Carla Galvâo y Dinis Gomes, con otros que se ponían por primera vez delante de una cámara. en La risa y la navaja se trabaja a partir de la misma premisa, porque encontramos a actores como la sinceridad del protagonista que hace Sérgio Coragem, habitual del cineasta Pedro Cabeleira, la especial Cleo Diára, haciendo de Diara, uno de esos personajes camaleónicos y fascinantes que eleva la película cada vez que llena cada encuadre, y la gran sorpresa del debutante Jonathan Guilherme como Gui, un personaje apabullante por su colorido, su ternura y su sexualidad. Y el resto del reparto, tan natural como generoso, que engrandece una película que muestra las diferentes realidades, tan diversas como complejas de un país africano, azotado por cientos de conflictos, que todavía arrastra tantos errores del pasado, con un neocolonialismo que sigue ejerciendo un poder real y aplstante que deja poco espacio para la libertad de una gran mayoría. 

A pesar de la apabullante de cine estrenado cada semana que invaden las pantallas, cuesta encontrar cine que mire a la realidad que nos abruma diariamente, y sobre todo, un cine que arriesgue, que se cuestione a sí mismo, y también, no se regodee en su forma y contenido, sino que siga explorando nuevas formas de mise en scène y demás aspectos que hagan de lo contado una mirada personal, de verdad y humanista. Así que, una película como La risa y la navaja (“O riso e a faca”, en el original), es un gran ejemplo de un cine resistente, por lo que cuenta, por cómo lo hace y por su radical duración. Un cineasta como Pedro Pinho es una gran alivio para muchos amantes del cine, entre los que me incluyo, porque evidencia esa creencia tan denostada como magullada en estos tiempos que, el cine es un buen vehículo para hablar de lo que somos, de nuestras mierdas y demás oscuridades. Y por ende, un gran refugio para soportar una sociedad tan clasista, tan estúpida y tan miserable que va a velocidad de crucero pisoteando y atropellando a todo aquel que muestra contrariedad y disiente ante tamaño descalabro, que se detiene y reflexiona, mostrando una actitud revolucionaria como los empleados de La fábrica de nada o los Gio y Diara de La risa y la navaja, personas/personajes alegres y tristes, pero nunca rendidos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La mujer más rica del mundo, de Thierry Klifa

LA RICA TRISTE Y EL BUFÓN CODICIOSO. 

“Está bien tener dinero y las cosas que el dinero puede comprar, pero está bien comprobar de vez en cuando que no has perdido las cosas que el dinero no puede comprar”

George Lorimer

El affaire sobre Liliane Bettencourt (1922-2017), saltó en el verano de 2010, cuando su hija Françoise quisó incapacitar a su madre, la rica heredera del imperio L’Oreal, por su relación con el fotógrafo François-Marie Banier durante una década (2007-2017), provocada por las suntuosas donaciones que superaron los 1000 millones. El director francés Thierry Khalifa traduce la historia real y construye una ficción, como bien se indica en el texto que inicia la película, y convierte la realidad en un guion que firma junto a Cédric Anger, con el que ya había escrito Tout nous sépare (2017), y director de la próxima vez apuntaré al corazón (2014), entre otras, y con el gran Jacques Fieschi, que ha escrito para Pialat, Sautet, Assayas y Nicole García, entre otras. La rica se llama Marianne Farrère, el fotógrafo trepa y sin escrúpulos es Pierre-Alain Fantin, la hija Frédérique Spielman, y el mayordomo-testigo Jérôme Bonjean, y el marido Jean-Marc Spielman.

La película se mueve entre los edificios y lugares de lujo por el que se mueve la rica familia, sus relaciones frías y correctas, y una ambiente de respeto, de cordialidad y mucha corrección, que cansa y aburre hasta la extenuación a la rica heredera. La aparición como una exhalación del citado fotógrafo Banier, lo descontrola todo y ahora, la vida de la rica se desmorona, se llena de risas, de dispendio absoluto, y lo que antes era guardar las apariencias, ahora todo son alegrías, quizás demasiadas, derroche y a lo loco. Se juega con el drama contenido y la comedia alocada, convirtiendo la trama en un jugoso y divertido enfrentamiento entre unos: los familiares de la rica y los otros, en este caso ellos dos, con el fotógrafo impertinente, trepa y estirado que cada día se va apoderando de la vida y las riquezas de la rica. Una película de personajes, sobre todo, la composición de Laurent Lafitte, magnífico en el rol de fotógrafo trepa, vanidoso, artista y deslenguado y codicioso hasta la muerte y más allá. Un personaje que se convierte en la historia y en el auténtico agitador de la atmósfera lánguida y aburridísima de los Farrère, tan podridos de dinero que se les ha olvidado de respirar y sobre todo, de vivir.

Un gran equipo técnico encabezado por el cinematógrafo Hichame Alaouié, que tiene en su haber cintas junto a grandes nombres como los de Lafosse, Ayouch, Ozon, del que vimos recientemente La acusación. Su luz empieza tan fría como alejada, mostrando la realidad tan gélida en la que viven los millonarios, y suavemente, con la llegada del visitante de “Teorema”, la película se abre a nuevos colores, más vivos, más sugerentes y más abiertos a todo. La música de Alex Beaupain, un grande que ha trabajado en diez ocasiones con el director Christophe Honoré, e hizo con Klifa Les rois de la piste (2023), compone una suave y cálida composición que ayuda a ver la relación de luz/oscura entre la rica y el bufón. El montaje lo firma Chantal Hymans, otra cómplice de Honoré, con quince títulos juntos, amén de Claude Lanzmann y Alain Berliner, entre otros. Una edición tranquila, sin muchos sobresaltos, que se muestra academicista, pero algo divertida, porque capta muy bien el sentido y carácter y sobre todo, las verdaderas intenciones de los diferentes personajes, en una obra que entretiene, divierte y asfixia cuanto toca en sus agitados 121 minutos de metraje.

Klifa ya había trabajado con otras grandes damas de la cinematografía francesa como Nathalie Baye, recientemente fallecida, Catherine Deneuve y Fanny Ardant, entre otras. Debuta con la gran Isabelle Huppert como la rica heredera tan triste como alocada con la llegada del fotógrafo trepa que interpreta el mencionado Laurent Laffite, que ya coincidió con la Huppert en Elle, de Verhoeven hace una década. La siempre concisa Marina Foïs es la hija enfadada, Raphaël Personnaz es el mayordomo que todo lo ve, escucha y calla, que hemos visto a las órdenes de Ozon y Tavernier, y demás. El veterano André Marcon es el marido y padre, que tiene en su haber magníficos directores como Tanner, Godard, Rivette, etc… La película La mujer más rica del mundo, de Thierry Klifa nos habla de ricos, pero también de codiciosos, trepas, altivos, estúpidos, envidiosos, enfadados, románticos, divertidos, pero sobre todo, nos habla de la naturaleza humana, y de lo oscura que puede llegar a ser cuando el dinero se convierte en un fin, en un todo que hace que las personas saquen sus más bajos instintos y lo que ocultan y se conviertan en individuos sedientos de riqueza, poder y lo más grave de todo, es que no pueden parar, cuánto más mejor, y más, más, hasta creerse más grandes que ellos mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA