Entrevista a Saida Benzal y Armand Rovira

Entrevista a Saida Benzal y Armand Rovira, actriz y coguionista, y director de la película “Letters to Paul Morrisey”, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el viernes 3 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Saida Benzal y Armand Rovira, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de comunicación del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Apuntes para una película de atracos, de Léon Siminiani

EL CINEASTA Y EL ATRACADOR.

No se puede concebir ver y oír la realidad en su transcurrir más que desde un solo ángulo visual: y este ángulo visual siempre es el de un sujeto que ve y oye. Este sujeto es un sujeto de carne y hueso. Porque si nosotros en un film de acción también elegimos un punto de vista ideal y, por lo tanto, en cierto modo abstracto y no naturalista, desde el momento en que colocamos en ese punto de vista una cámara y un magnetófono, siempre resultará algo visto y oído por un sujeto de carne y hueso (es decir, con ojos y oídos).”

Pier Paolo Pasolini

La película nos da la bienvenida con la voz del propio autor explicándonos que siempre ha querido hacer una película de atracos, mientras vemos algunos de esos títulos clásicos que han creado su memoria cinematografía, como Rififí, de Jules Dassin, el clásico por excelencia del método del butrón (en el cual los atracadores utilizan el alcantarillado público para perpetrar sus delitos) también veremos secuencias de atracos de películas españolas como Apartados de correos 1001, de Julio Salvador, El ojo de cristal, de A. Santillán, Los atracadores, de Rovira Beleta o A tiro limpio, de Pérez-Dolz, entre otras, películas referentes para el autor que además, le sirven para introducirnos en su elemento esencial, el cine como reflejo de una sociedad y de su tiempo.

El autor es Léon Siminiani (Santander, 1971) que lleva dos décadas construyendo relatos de ficción, y también, de auto-ficción, enmarcados en el ensayo, en una simbiosis perfecta entre realidad y ficción, en la que nos introduce en su universo cinematográfico donde hay cabida para todo, para la ficción convencional, la autoreferencia, la vida propia, y sus acompañantes que van construyendo su propia realidad ficcionada a medida que avanza el metraje, en el que se interpretan a sí mismos y a otros, en un maravilloso y fascinante juego de espejos donde todo se cruza, y se retroalimenta, en que vida y cine acaban siendo uno sólo, y los dos elementos o medios se lanzan de la mano en pos de la historia que contar. Su serie de Conceptos clave de la vida moderna, con su grupo de cortometraje, evidenciaba esa forma tan natural y personal de abordar temas candentes de los tiempos de ahora, o en su trabajo en Límites 1ª Persona, en el que documentaba la última imagen del ser amado, en su cierre de aventuras junto, un viaje por el desierto. Todas estas reflexiones y pensamientos que ya anidaban en su cine, desembocaron en su primer largo, Mapa (2012) en el cual capturaba el final de una relación sentimental y el posterior desamor del protagonista, interpretado por sí mismo, que vivía su duelo a través de un viaje por la India.

Ahora, para su segundo largo, vuelve a transitar por sus lugares conocidos y nos sumerge en la historia de una amistad, entre el propio director y Flako, un atracador de bancos por el método del butrón, desde sus inicios, cuando supo de su existencia a través de los medios por su detención en el verano del 2013, pasando por sus correspondencias en forma de carta y visitas a la cárcel, hasta sus encuentros face to face cuando Flako empezó a disponer de permisos. Mediante un tono documental, entre la vida y el cine, Siminiani construye una película sobre la representación cinematográfica, cuando las imágenes ideadas no son posibles de materializarlas por no disponer de uno de los personajes en cuestión, también, sobre los límites del propio elemento cinematográfico, en que la visibilidad de ese mismo protagonista podría atentar contra sí mismo, en que la película a modo de diario-ensayo, como ya existe en buena parte del cine de Siminiani, va recogiendo todos los avances, obstáculos y pormenores de estos apuntes, que hace referencia a aquellas películas sesenteras de Pasolini amén de Localizaciones en Palestina para el evangelio según San Mateo (1965) donde recogía el viaje a Tierra Santa y las huellas de Cristo, en Apuntes para una película en la India (1968) viajaba hasta el país asiático para capturar su idiosincrasia, y finalmente, en Apuntes para una Orestíada africana (1970) explicaba los trabajos de preparación para la película frustrada que finalmente no pudo hacer.

Para Siminiani, el ensayo-prueba de la posible película se convierte en la película, donde convergen todo aquello que quería hacer, una película con atracos pasados, y atracadores presentes, y su modus operandi, tanto del atracador como del cineasta, donde la reconstrucción y reelaboración de la pre-película adquiere la dimensión de la película en sí misma, donde la reconstrucción de la biografía de Flako desde su infancia en Vallecas, la compleja relación con sus padres, y más con su progenitor, donde la figura paterna se erige como elemento distorsionador en la vida de Flako y su entorno, y su propio mito, acentúan más si cabe todo el entramado de Siminiani, en que director y personaje se acaban fusionando en uno mismo, en que se reflexiona sobre la paternidad y el legado a los hijos desde todos los ángulos posibles, de los padres ausentes, y los que vendrán, ya que Flako es padre y Siminiani lo va a ser.

Una película sencilla y personal, íntima y transparente, que registra el pre-encuentro y luego, la amistad construida, en el que hay fascinación y rechazo sobre alguien que atraca bancos con violencia y determinación, pero también, es un padre de familia y un esposo enamorado, y quiere llevar otra vida. La cinta rezuma verdad y ficción por los cuatro costados, en que también hay comedia y reflexión, tanto de los límites cinematográficos como de su representación, su reconstrucción y la propia ficción dentro del documento, donde todo se utiliza al servicio de la historia, en una película inquieta, llena de energía y magnética, en el que se narra el encuentro emocionante del cineasta que quiere contar su historia, la del otro y la suya propia, y la del otro, el atracador condenado que (que con esa máscara que utiliza para ocultar su identidad, aún los encuentros adquieres dimensiones más cinematográficas e íntimas) debe confiar y lanzarse al vacío para rememorar y reconstruir sus hazañas delictivas y reflexionar sobre sí mismo, y sobre su futuro.

Hotel Cambridge, de Eliane Caffé

LA BABEL DE LOS DESHEREDADOS.

“Brasileño, extranjero, todos somos refugiados.

Refugiados porque no tenemos derechos”.

La apertura de la película nos muestra diversas imágenes de edificios abandonados en la ciudad de Sao Paulo, en Brasil. En un instante, se centra en uno de ellos, uno que tiempo atrás albergo un hotel lujoso, y nos introducimos en su interior. El lugar muestra limpieza y orden, y en su entrada, tras un mostrador, unos que salen y entran se apuntan en un control, seguimos a los que acaban de entrar y empezamos a descubrir lo que se cuece en el edificio y conocemos a sus moradores. La directora Eliane Caffé (Sao Paulo, Brasil, 1961) psicóloga de oficio y cineasta de vocación, ha centrado su cine en explorar las zonas de conflicto sociales, tanto en el ámbito rural como en el urbano, construyendo una filmografía muy interesante sobre los conflictos que afectan a los ciudadanos de su país. En Hotel Cambridge vuelve a profundizar sobre los mismos temas enfrentándonos a la cotidianidad de un grupo de desplazados que ocupan un hotel en desuso, organizándose entre todos a nivel cooperativa, donde encontramos a brasileños sin techo, desahuciados, sin recursos, y demás gentes excluidos por un sistema fascista, sangrante y demoledor con los de abajo,  por el otro lado, encontramos refugiados, palestinos, sirios, libios, africanos, colombianos, y demás nacionalidades que han huido de la guerra de sus países de origen para labrarse una vida, y sobre todo, tener un futuro en sus vidas.

Vidas de seres sin hogar y sin vida, organizados a través de asambleas donde deciden la convivencia, que a veces se muestra difícil y conflictiva, debido al choque de culturas, religiones y diversas maneras de vivir y afrontar los problemas cotidianos. Entre todos ellos, emerge la figura de Carmen Silva, una cincuentona brasileña que se ha convertido en la líder de la comunidad, ordena la convivencia y los diversos quehaceres, siempre desde el diálogo y la armonía, que en ocasiones cuesta de mantener. También, encontramos a Hassam, un refugiado palestino poeta que ayuda a otros árabes haciéndolos pasar por familiares, y vive angustiado por la difícil situación que atraviesa su pueblo, Ngandu, que viene del Congo, vive entre los problemas familiares que ha dejado en su país, y los conflictos que se crean en su nueva existencia en el extranjero, con una incipiente historia de amor. Apolo, brasileño y actor en paro, se refugia en sus actividades de teatro y sus obras “vivientes”, con una actividad frenética y excitante. Gilda, una anciana retirada artista circense, participa con alegría a pesar de sus lagunas de memoria, Krak, es un africano “arregla todo” que se encarga del mantenimiento del edificio, por citar a aquellos que la cámara les ofrece más protagonismo.

Caffé cimenta su película contando un relato de ficción que arranca con la amenaza de desahucio, a través de secuencias extraídas de las propias vidas de sus personajes, unas personas que conviven con la fecha del desahucio en el horizonte, unos individuos que se organizan para rescatar muebles antiguos, encontrar nuevos inmuebles que ocupar y vidas que conviven entre los diversos conflictos, preocupaciones, y esperanzas, y con el amor y la amistad que se desarrollan entre ellos, una vida en la incertidumbre constante, entre internet y skype, con una mirada hacia su país que dejaron y el país de acogida que presenta las dificultades con las que tienen que lidiar. La cineasta brasileña se inspira en el Toni, de Renoir, en la captura de lo real a través de la ficción, utilizando todos los elementos naturales, y sin adornos técnicos, para de esa manera crear un relato que funciona como documento antropológico de una realidad durísima y demasiado cotidiano en este mundo globalizado y deshumanizado, y también, como una ficción con su estructura dramática, con el conflicto del desahucio como elemento principal. Características formales y de fondo que también encontramos en El árbol de los zuecos, de Ermanno Olmi, en el que contando con campesinos desarrollaba las duras condiciones de la vida rural de finales del XIX, y más reciente, en En construcción, donde José Luis Guerin, utilizaba la transformación arquitectónica del barrio chino para explorar como afecta a la vida cotidiana de sus vecinos.

Caffé ha logrado una película de imágenes vivas, poderosas, serias y apabullantes, donde logra una autenticidad brutal, dentro de un entramado sencillo y muy elaborado, a la vez, contándonos las diferentes e innumerables existencias que se mueven en ese edificio sin fin,  donde se respira realidad digna de admiración, alejada de lo establecido, creando focos de debate, donde otro mundo, aunque sea difícil, es posible (como lo demuestra el FLM, el movimiento de lucha social por la vivienda, creado en Brasil) donde sus imágenes se agarran en nuestro interior, mostrándonos todo aquello que los poderosos nos niegan, imágenes que penetran en nuestra conciencia, muy alejadas del tratamiento banal de los informativos occidentales, donde la criminalización que hacen de estos colectivos que ocupan edificios es una constante de la “información” promovida y financiada por los grandes capitales. Un relato que nos atrapa desde el primer instante, sin caer en ningún sentimentalismo facilón, porque en la película de Caffé hay espacio para el diálogo, el conflicto, la lucha y sobre todo, la fuerza de unos seres, desgraciadamente invisibles, que pelean por sus derechos y por ser reconocidos, a través de su movimiento social, en un mundo egoísta y carente de humanidad y solo preocupado en amasar dinero a costa de los más desfavorecidos.

La película de nuestra vida, de Enrique Baró Ubach

LA MEMORIA DE MIS VERANOS.

“Cada generación se pregunta extrañada: ¿quién soy? ¿Y qué fueron mis antepasados? Sería mejor que se preguntara: ¿Dónde estoy yo?; y que supusiera que sus antepasados no fueron de otro modo, sino que simplemente vivieron en otro tiempo”.

[Robert Musil, “El hombre sin atributos”]

La película arranca con unas imágenes domésticas filmadas en súper 8, unas imágenes que nos acompañarán durante todo su metraje, en estas, vemos una familia con niños pequeños que juegan a introducirse en una casa de plástico en medio de un patio, cuando todos se han introducido en su interior, cierran la puerta. Mientras escuchamos la voz de una mujer mayor que explica como ocupan la casa que vendieron cuando los propietarios actuales no están, y cuando estos vuelven, huyen para no sentir la vergüenza que les digan que esa casa ya no es la suya. De esta forma, sencilla, naturalista e íntima, se inicia la primera película de Enrique Baró Ubach (Barcelona, 1976) fotógrafo de escena de profesión, pero cineasta empedernido de vocación, en la que nos habla de su familia, de su infancia, de aquellos momentos biográficos ligados a un espacio, a esa casa de Begues, en un recorrido que abarca unos sesenta años, en la que pasaron momentos de su vida, de su tiempo, en una cinta que huye de cualquier tipo de nostalgia sentimental para adentrarse en el terreno de la memoria y sobre todo, en el de la imaginación, mezclada entre los recuerdos de unos años que quedaron atrás, y la conexión con aquellos objetos que nos acompañaron durante nuestra vida.

Ya desde su dispositivo cinematográfico, la empresa de Baró Ubach nos seduce desde su enorme peculiaridad situándonos en una jornada, solamente un día para contarnos todos los veranos que vivió en ese lugar, y lo hace de una forma cotidiana y muy especial, desde la elección de sus personajes, tres etapas de la vida de alguien, queremos suponer, un abuelo (interpretado por su el propio padre del director, Teodoro Baró Rey), un hombre (al que da vida Francesc Garrido Ballester), y finalmente, el joven, al que interpreta Nao Albert Roig. Tres momentos en la vida de alguien, tres instantes precisos que confluirán en ese día que Baró Ubach nos invita a vivir con ellos, dividida en cuatro episodios: “Los últimos días de Pompeya, Las horas del verano, El nadador y La canción de nuestra vida es una canción de Joe Crepúsculo”. Los tiempos se mezclan, aunque podemos intuir que estamos recorriendo finales de los setenta y principios de los ochenta (la infancia del realizador) la imaginación, también, la realidad y la ficción no se definen, todos estos estados y elementos confluyen en un espacio único, mítico, que forma parte de los sueños, de esos momentos irrepetibles y fascinantes en la vida de alguien.

Baró Ubach juega con el espacio, el interior de la casa, y el patio, sin olvidarnos de la piscina, y los relaciona con sus personajes, escenificando la memoria, en un tiempo sin tiempo, en un presente que no tiene fecha, pero en el que todo puede suceder en ese instante, vemos como recogen la mesa y friegan los platos, rescatan sus bicicletas, tienden la ropa de una lavadora rota, juegan al futbol y simulan ser jugadores ochenteros, se bañan en la piscina improvisando juegos, y toman el vermú y gazpacho, después se zampan la barbacoa, hacen la siesta, imitan a los héroes de sus películas del oeste, miran un álbum de recortes centenario de un antepasado, y reencuentran los álbumes de cromos, las revistas de cine, y demás objetos que los trasladan a lo que fueron, a lo que ya no serán, a lo que han dejado de ser, en que se  mezclan todas estas imágenes con otras que pertenecen al mundo de sus sueños, de su infancia, cuando fantaseaba con tres nadadoras que escenificaban cuadros y planos que le fascinaron, o un especialista que cae como hacían sus héroes en las películas que vivía, o aquellas grabaciones que hacía junto a su padre. Momentos de una vida, momentos ligados a la memoria de esa casa, de ese espacio, en el que todo parece inerte, como si el tiempo lo hubiera borrado, donde sólo la memoria personal e íntima le hiciera cobrar vida aunque sólo sea por unas horas, por un tiempo limitado, pero a la vez mítico y fascinante.

Baró Ubach ha cimentado una película con ecos a Un domingo en el campo, de Tavernier, o Las horas del verano, de Assayas, dos vehículos familiares donde las relaciones componen un lúcido análisis sobre la familia y su memoria, y son esos dos aspectos en los que la película edifica toda su fuerza expresiva y argumental. Una memoria, no sólo familiar, sino también de él mismo, algo como un álbum familiar audiovisual en el que se mezclan sus recuerdos, de forma desordenada, como retazos de un rompecabezas, que invita a componer por parte de los espectadores, y sobre todo, a reflexionar sobre el paso del tiempo, la utilidad y el funcionamiento de la memoria personal de cada uno de nosotros, como un pretexto y un viaje a volver a ese lugar mítico de nuestra vida, a aquella infancia que sólo las filmaciones mudas, los objetos que volvemos a recuperar y las personas de nuestro entorno, nos conducen a recordarla, no como fue, sino como nosotros la imaginamos.


<p><a href=”https://vimeo.com/211448081″>Trailer La pel&iacute;cula de nuestra vida</a> from <a href=”https://vimeo.com/margenescine”>M&aacute;rgenes</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Master class de Verónica Cortínez y Manfred Engelbert sobre cine chileno de fines de los sesenta

Master class y presentación del libro Evolución en libertad: El cine chileno de fines de los sesenta,  presentada por sus autores Verónica Cortínez y Manfred Engelbert, en el marco del ciclo “Una revisió del cinema xilè dels seixanta”.  El encuentro tuvo lugar el martes 4 de abril de 2017,  en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi agradecimiento a las personas que ha hecho posible este encuentro: a Verónica Cortínez y Manfred Engelbert, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Esteve Riambau y su equipo de la Filmoteca, por su organización, generosidad y paciencia.

Encuentro con Víctor Erice

Encuentro con el cineasta Víctor Erice con motivo de la presentación del ciclo “Més enllà del miralla: 10 anys sense Joaquim Jordà”. Presentación y moderador Esteve Riambau (Director de la Filmoteca de Catalunya). El evento tuvo lugar el jueves 12 de mayo 2016, en la sala Chomón de la Filmoteca de Catalunya en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Víctor Erice, por su tiempo, conocimiento, generosidad y cariño, y a Esteve Riambau y el equipo de la Filmoteca, por organizar el evento, su trabajo, amabilidad y cariño.

Mysterious Object at Noon, de Apichatpong Weerasethakul

mysterious_object_at_noon_52664LOS ORÍGENES DEL CINEASTA.

“Prefiero presentar las imágenes como una instalación, liberándolas unas de otras”

Apichatpong Weerasethakul.

Arranca la película de manera subjetiva, desde el interior de un automóvil, un vendedor de pescado ambulante recorre los caminos de un pueblo ofreciendo su mercancía, mientras una voz masculina en off nos cuenta una historia de desamor. El cineasta solicita nuestra mirada desde el primer instante. Un rato después, en la parte trasera del vehículo, el propio director filma a una mujer que le cuenta cómo sus padres la vendieron, cuando termina, el director le pregunta: ¿Tienes otra historia que contarnos? Puede ser real o imaginaria. A partir de esta premisa, el cineasta Apichatpong Weerasethakul (1970, Bangkok) ha construido su universo cinematográfico a lo largo de sus 7 largometrajes. Un mundo onírico y abstracto, que mezcla de forma audaz y tranquila, conceptos tan variados como el metacine, el documental, fantástico, ficción, entrelazado por diferentes dispositivos cinematográficos para sumergirnos en unas obras de gran poderío visual, de fascinante estructura, y personajes envolventes que nos cuentan historias sin tiempo, que viven y sienten en un estado emocional, en una forma espiritual que va más allá de lo tangible para instalarse en una especie de limbo en el que los sentidos se apoderan de la forma y la película vive intensamente en cada uno de los espectadores de formas diferentes y opuestas.

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Su primera película arrancó su rodaje en 1997, y luego se traslado un año más tarde (en Bangkok) para seguir con un año de montaje, para finalizar la película en el año 2000. Un aventura que nació con la idea de filmar en blanco y negro, las zonas rurales de Tailandia y sus habitantes, en la que se lanzó con un reducido equipo (sólo de 5 personas) a capturar sus rostros y sus vidas, un conjunto que desprende una proximidad y cercanías absolutas, dotándolo de una fuerza mágica y terrenal. Después de un breve prólogo, en el que somos testigos de la búsqueda del dispositivo que estructurará su película (como ocurre en los universos de Kiarostami o Guerín, entre otros), Weerasethakul edifica su narración a través de un cuento, (característica muy presente en su cine, en Tropical Malady, se explicaba “La historia del Tigre mágico”, que curiosamente, también escucharemos aquí), que nos habla de un niño paralítico con superpoderes y su maestra. Después de asistir a la representación del acontecimiento, el cineasta tailandés se lanza en un juego de cadáver exquisito ( muy en boga de los surrealistas) en el que filmará, a través de tomas largas, a las personas que se encuentra, mientras le van contando su versión del cuento, a través de diferentes lenguajes: entrevistas, la inclusión de intertítulos del cine mudo, representación de una obra cantada, lenguaje de sordomudos, etc… Diferentes maneras de contarnos un suceso, ya sea real o imaginario.

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El director prefiere no decantarse por ninguna de las posibilidades, y nos cede la palabra a los espectadores, para que sigamos su película, y nos detengamos y reflexionemos sobre la forma en que se presentan las distintas versiones del hecho en sí. Weerasethakul, como acostumbra en su cine, tiene espacio para indagar en otros aspectos como la difícil situación política (la crítica a la americanización del país o la corrupción militar) , documentar su particular visión sobre las zonas rurales del país, y el elemento de la memoria (exprimiendo las costumbres y tradiciones intrínsecas de su tierra), y sobre todo, investigar las formas de representación del cine y los mundos físicos y sobretodo, espirituales que nos rodean en nuestras existencias. Cine estructural (nacido de las vanguardias de los años 20), que ya aparecía en sus cortometrajes, que investigue sobre las formas, en la que el planteamiento narrativo sólo funciona como una mera excusa para indagar de forma seria y concisa sobre las posibilidades de los múltiples lenguajes cinematográficos. Una vuelta a los orígenes del cine, a través de las diferentes texturas y sus diversas e infinitas formas de representación, además de manifestarse en una reflexión profunda de la forma de construirlas y mirarlas.