Sofia, de Meryem Benm’Barek

PERSEGUIDA POR LA LEY.

La película se abre de manera ejemplar y completamente esclarecedora para el devenir de los hechos que se contarán en ella. Vemos a una familia reunida en una mesa en mitad de una celebración, el ambiente es festivo, distendido acompañado de rostros exultantes, celebran la incorporación en una sociedad de los cuñados. El padre llama a su hija Sofia, que entra en el cuadro. Ese gesto cotidiano de la joven rebela mucho más que cualquier explicación detallada, en el que la hija embarazada se muestra ausente, muerta de miedo por la presión social en la que se verá sometida por incumplir las leyes tradicionales de tener un niño fuera del matrimonio. La cámara seguirá a Sofia cuando sale de cuadro con su vuelta a la cocina, y se quedará con ella, que se agarra la barriga ya que está sufriendo fuertes dolores que intenta disimular como puede. Sofia tiene 20 años y está embarazada, un embarazo que niega ya que en Marruecos hay penas de prisión para las madres solteras. Su prima Lena, de madre marroquí y padre francés, y de otro estrato social y económico, con esa mirada altiva hacia su prima, le ayuda y con la excusa del dolor se la lleva a un hospital que le permitirán de forma clandestina parir una hermosa niña. La familia se enterará de la noticia y todo cambiará.

La opera prima de Meryem Benm’Barek (Rabat, Marruecos, 1984) nos habla de la sociedad marroquí actual, y sus roles sociales y económicos, a través de la mirada de Sofia, una joven de 20 años que pare una niña fuera del matrimonio, cisma que convertirá su vida en un infierno, cuando las autoridades y su familia la obligan a casarse con Omar, el padre de la criatura, que vive en Derb Sultan, uno de los barrios más humildes de Casablanca. La directora marroquí va mucho más allá de la situación de Sofía, y nos habla de forma directa y valiente de las estructuras sociales de Marruecos, filmando tres espacios diferentes que entran en liza en la película, primero, el barrio de Sofia y su familia ubicado en el centro de clase media pero de fuerte arraigo tradicional, segundo, el barrio obrero y humilde Omar y su familia, donde los jóvenes se pierden en la desesperanza y la falta de oportunidades laborales, y por último, el barrio de Afna, donde viven Lena, Leila, madre y tía de Sofia, y Jean-Luc, francés, una zona de alto nivel social llena de grandes casas y mansiones junto al mar. Estos tres lugares definen de manera sencilla y contundente las estructuras sociales de un país fuertemente tradicionalista, en el que las leyes gubernamentales ayudan a seguir con lo antiguo y obligando a los jóvenes a casarse si tienen un hijo fuera del matrimonio, para de esta manera salvaguardar el honor de la familia y cumplir con las leyes establecidas.

Benm’Barek no juzga a sus personajes ni mucho menos sus decisiones, muestra sin juzgar, capturando esa sensación de opresión y miedo social que sienten Sofia y Omar, y su entorno, siendo víctimas inocentes de una sociedad tradicional y de unas leyes deshumanizadas, y lo consigue con lo mínimo, a través de una mise-en-scène naturalista y directa, donde la cámara se mueve entre los personajes, a través de esos marcos de puertas y ventanas que escenifican todos sus sentimientos agridulces que experimentan durante todo el metraje, en que los puntos de vista van cambiando a medida que van avanzando las circunstancias de los hechos, arrancando la película como un thriller social para ir hacia el estudio sociológico de la forma de vivir en el Marruecos actual. La directora marroquí imprime fuerza y energía a su relato con herramientas sencillas y muy efectivas, dando la palabra y el gesto a unos personajes complejos que a medida que avanza la película irán desatándose y expresando todo aquello que ocultan celosamente en su interior, que la narración va mostrando reposadamente, sin prisas, dosificando una información que ayuda a cambiar el curso de los acontecimientos, revelando más intrigas ocultas y secretas que guardan cada integrante de esta familia.

La película recupera ese tono neorrealista que también construyó esas miradas críticas ante una sociedad deshumanizada, o el “Free Cinema”, que ayudó a hablar con claridad de los conflictos sociales-económicos de aquella Inglaterra azotada por la terrible posguerra, o los recientes retratos sobre la Rumanía de Ceaucescu y su legado, en esas magníficas producciones que exploran con detalle la sensación de derrota, o el cine de Farhadi, donde un caso violento pone patas arriba lo más terrorífico de los ámbitos familiares. Destacan en el reparto los debutantes Maha Alemi que dota a Sofia de esa mirada fuerte y valiente que le ayudarán a enfrentarse a todo lo que se le viene encima, bien acompañada por Sarah Perles que hace una Lena, muy diferente a su prima, pero también inocente dentro de los parámetros sociales en los que viven, y Hamza Khafif es Omar, una víctima más, que su familia empujará a casarse para salir de su situación humilde, y la gran presencia de Lubna Azabal que interpreta de manera sobria y magnífica a Leila, la tía de Sofia, convertida en la marroquí casada con el francés para salir de su pobreza.

Benm’Barek ha tejido con sensibilidad y fuerza una película que en sus 85 minutos lanza una mirada crítica y contundente a la realidad social-económica de Marruecos, de las vidas depresivas y rotas de unos jóvenes que han de bajar la cabeza ante la persecución estatal y sus leyes opresivas, así como las de sus propias familias, que utilizan la boda para beneficiarse de sus situaciones sociales y escalar en su posición, como ocurre en la familia de Sofia, que ven en la boda de Sofía una salida tradicional y rápida para que este caso no enturbie y ponga en peligro el contrato con el cuñado francés que les sacará de su situación económica maltrecha y les dará una gran oportunidad de escalar económicamente en la sociedad, la misma sociedad que vive anclada en unas formas de vida arcaicas y tradicionales que no han avanzado ni resuelto los problemas actuales de los jóvenes, en una sociedad envuelta en sí misma, llena de apariencias, como la fastuosa boda que esconde una tristeza amarga en sus casados, una sociedad donde la mirada del otro se convierte en fundamental, más que la propia.

Burning, de Lee Chang-Dong

¿PUEDES VER LAS MANDARINAS?.

“Todos los animales y objetos en este universo son el HAMBRE GRANDE. Las estrellas en el cielo nocturno tiemblan porque están haciendo la Danza del HAMBRE GRANDE, conscientes de que se desvanecerán y su luz morirá. El rocío de la mañana es la lágrima derramada por las estrellas”.

(Cita de un Bosquimano del desierto de Kalahari)

El cine de LeeChang-Dong (Daegu, Corea del Sur, 1954) se centra en pocos personajes, sus historias suelen estar protagonizados por hombres o mujeres que se relacionan con alguna persona que otra, y en ambientes cotidianos y reducidos. Un cine basado en la psicología de sus personajes, sus miedos, inseguridades y demás aspectos humanos, a los que el cineasta surcoreano despeja de cualquier sentimentalismo, para someterlos en relatos donde alguna herida que otra los sacude emocionalmente, y los lleva a enfrentarse a su entorno, tanto emocional como físico, y sobre todo, a ellos mismos. Cuentos contemporáneos sobre la realidad política, social y cultural de Corea del Sur, protagonizados por personajes que, en muchos casos sobreviven instalados en una realidad anodina, vacía y sin futuro, una realidad que Cang-Dong describe con mimo, con reposo y haciendo gala de un uso extraordinario del tempo cinematográfico, donde convierte aquello cotidiano en un verdadero enigma para el espectador, en el que a través de una precisión absoluta de la forma, envuelve a los espectadores en aventuras urbanos o rurales donde los sentimientos dirigen las emociones oscuras y maltrechas de sus protagonistas.

En su quinto largometraje, basado en un cuento de 20 páginas de Haruki Murakami titulado Quemando graneros, que en la película se ha traducido con el nombre de quemando invernaderos (que adopta el título de una novela corta de Faulkner) con reminiscencias argumentales en la película. Chang-Dong convierte el exiguo relato de Murakami (un maestro en construir misterios a partir de pocos elementos anclados en la cotidianidad más absoluta) en una película  de 148 minutos, en la que nos sumerge pausadamente, sin prisas ni aspavientos misteriosos ni sentimentales, en un relato fuertemente psicológico protagonizado por Jongsu, un joven repartidos a tiempo parcial que, un día como otro cualquiera, se reencuentra con una antigua vecina de su misma edad llamada Haemi. Los dos empiezan a verse y se acuestan. Un día, Heami que tiene que viajar a África a conocer las tradiciones ancestrales de los bosquimanos, le pide a Jongsu que cuide de su gata “Caldera”. Mientras la joven está ausente, Jongsu acude a su piso y le deja comida al felino que nunca veremos, aunque si tendremos rastros de su existencia o no. Cuando vuelve Haemi, viene acompañada de un chico misterioso que responde al nombre de Ben, un tipo engreído y riquísimo que apenas explica nada de su vida, amén de enseñar su lujoso piso y automóvil. Entre medias, Jongsu ha vuelto a su pueblo, ya que su padre está en la cárcel por un altercado con un funcionario, y tiene que cuidar de un ternero que no consigue vender.

Este vértice singular y poco convencional irán encontrándose y dialogando entre ellos, en que el misterio se irá apoderando de su extraña relación, y sobre todo, del relato que nos cuenta Chang-Dong, y construyéndolo de un modo sencillo y absorbente, casi sin darnos cuenta, apreciándolo suavemente, con momentos magníficos como el par de bailes inolvidables sobre todo el segundo, en el patio de la casa de Jongsu que se marca una Haemi con los pechos al aire al atardecer, imitando la danza africana de “Los grandes hambrientos”. Aunque, esa aparente armonía del trío un día se zanjará de forma brusca y sorprendente cuando Haemi de forma inesperada desparece sin dejar rastro. En ese instante, la película cambia de forma, color y textura, lo que hasta ese momento había sido una reflexión concienzuda sobre los jóvenes surcoreanos y la juventud en general, sobre sus desesperanzas en una sociedad cada vez más individualista y sin futuro, con relaciones esporádicas y líquidas (como mencionaba Bauman), se convierte en una película donde el thriller se apoderará del relato, pero huyendo de los convencionalismos del género, en el que Jongsu empieza una búsqueda incesante de Haemi (que recuerda al aroma de las tramas psicológicas y misteriosas de Antonioni y esos personajes que deambulan y hablan, peor que no sabemos absolutamente nada de sus existencias) la que parece haberse esfumado por completo, en el que comenzará a seguir al enigmático Ben, que cada vez se vuelve más oscuro e impenetrable, si cabe, frecuentando sus amigos y otra novia.

Su vida envuelta en el misterio se irá desvelando a través de la mirada de Jongsu, porque la película juega admirablemente, no solamente con el enigma de la desaparición de Haemi, sino con el propio enigma cinematográfico, mostrándonos aquello que va descubriendo o imaginando Jongsu, en un laberíntico y brutal juego de espejos donde el misterio se adueñará de la trama y comenzará a sacudirnos de forma psicológica, a medida que Jongsu va aclarando el entuerto o no, porque Chang-Dong nos cuenta las pesquisas del joven de forma extraordinaria, con ese ritmo pausado, donde todo lo miramos con Jongsu, aunque dudaremos de sus investigaciones, sus argumentos y sobre todo, su enigma, porque la película no toma posición por nada ni nadie, dejará que nosotros los espectadores tomemos esa posición, imaginándonos que ha sucedido con el destino de Haemi, a través de todo aquello que se nos ha ido desvelando a lo largo de los 148 minutos de metraje.

El cineasta surcoreano consigue con escasos elementos extraídos de la más absoluta cotidianidad, introducirnos en un gran misterio, que nos atrapará inexorablemente, sin dejarnos respiro ni descanso, llevándonos por esas calles al estilo de Vértigo, de Hitchcok, donde Jongsu sigue el automóvil de Ben, o dejándonos caer por el piso ordenado de Haemi, que será todo lo contrario como lo había dejado en su anterior viaje, o encontrándonos con familiares o conocidos de Haemi que nos irán informando o no sobre Haemi y su entorno, tan misterioso como la existencia de Ben, y nos llenarán de dudas a cada paso que vamos dando, a la par que Jongsu, nuestro guía en la película, dándonos pistas fiables o no, como el relato enigmático de Ben cuando explica a Jongsu que su afición es quemar invernaderos, y Jongsu empieza una carrera casi a contrarreloj investigando los invernaderos abandonados de su vecindario.

Chang-Dong añade elementos como la pantomima, la gata, el reloj de pulsera rosa o la caída del pozo, todos misterios o no, presencias y ausencias, que formarán parte de ese imaginario real o no, de la verdad que describe o no la película, a través de cada uno de sus personajes, donde parece que lo importante no es saber si estás viendo o no las mandarinas, lo importante está en si piensas que realmente existen las mandarinas que no estás viendo) que parecen llevarnos a pensar en unas situaciones, pero no de forma clara y concisa, sino de una manera diferente, como si la desaparición de Haemi fuese imaginaria o real, nunca lo sabremos a ciencia cierta, o formase parte de la imaginación de Jongsu, escritor en ciernes, en busca de algo interesante que contar, todos los caminos son válidos o no, o simplemente la película es un retrato sobre las apariencias, las verdades de todo color o forma, y el enigma es simplemente una excusa, una especie de macguffin que nos hace movernos de un lugar a otro, y todo forma parte de nuestra mente, imbuidos en un estado de hipnosis en el que la película y lo que cuenta nos ha llevado sin remedio. Todos las ideas son válidas o no.

 

Madrid, above the Moon, de Miguel Santesmases

Cartel MADRID ABOVE THE MOON AFVIVIR OTRA VIDA.

Un joven treintañero hace fotos mientras pasea por la Plaza de Oriente de Madrid. Habla en inglés con turistas y acaba flirteando con ellas. Algunas acaban en su cama, otras no. Se hace llamar Miguel y que se dedica a hacer fotografías, incluso las lleva hasta su casa. Pero en realidad, no es así, él no es quién dice ser. Está suplantando la vida y el trabajo de su amigo, que le ha dejado unos días su casa. De esta manera tan envolvente y peculiar arranca la cuarta película de Miguel Santesmases (1961, Madrid), que tras un período prolífico en el que hizo tres films en 7 años, llevaba una década sin dirigir, la última fue Días azules en el 2006.

Dedicado durante ese período a la docencia, Santesmases tenía ganas de volver a dirigir, pero quería hacer una película modesta y sencilla, que nadie debía aprobar, que se haría en cooperativa con la ayuda desinteresada de muchos y su rodaje se llevaría a cabo en Madrid. Una película de alguien que fantasea con ser otro, Ernesto se ha pasado la vida queriendo ser otro, no ser quién es, quizás por falta de valentía a decidirse por algo o alguien, en una eterna huida que pretendiendo escapar de los demás, no se da cuenta que de quién está escapando es de sí mismo. Santesmases ha filmado una cinta sencilla, que sucede casi siempre de día, y casi en un único escenario, la Plaza de Oriente, el origen y lugar emblemático de la capital, un espacio donde se concentran turistas por doquier, el lugar idóneo donde Ernesto puede pasar desapercibido, siendo otro, en el que habla en inglés, en el que liga con turistas, mujeres de paso, personas que pasarán por su vida como una brizna de viento, nada que lo pueda devolver a la realidad, y mantenerlo en esa extraña ensoñación inmadura en la que se encuentra. La cámara del realizador madrileño observa con la debida distancia, no juzga a sus personajes, sigue a Ernesto, al que acompaña el sonido ambiente y la suave melodía de la guitarra española, lo mira desde afuera, como el que mira a alguien que acaba de llamar su atención, permite a los espectadores seguir lo que acontece sin inmiscuirse, sin molestar, con atención, eso sí, pero dejándose llevar por los acontecimientos que se van presentando.

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La primera mitad de la película está construida como una comedia romántica de chico conoce a chica, aunque con matices, parece que el chico sólo quiere ligar con chicas, sin llegar a conocerlas. En la segunda parte de la cinta, el género romántico se mantiene, pero la comedia deja paso a una cinta de misterio o thriller, en el que aparece una chica, que como le ocurre a Ernesto no dice quién realmente es, oculta cosas de su vida y se aparta de sí misma. Santesmases nos habla de un mundo de apariencias, de mentira, de un mirada crítica hacía las relaciones superficiales en las que nos movemos en el mundo contemporáneo, también hay lugar para el metacine, en el que la película se construye a medida que la estamos viendo, con aparición incluida del director (como sucedía en Los ilusos, de Jonás Trueba, película con la que comparte más de un paralelismo). Un cine de aquí, que reflexiona sobre la dificultad de hacer cine, y de las complejas y oscuras relaciones. Un cine que nace desde dentro, hecho artesanalmente, de calidad, con unas interpretaciones naturales y honestas entre las que destaca Víctor Vidal como el joven “fotógrafo” perdido, Rocío León, la enigmática y cálida Alma y Helena Sanchis como la desaparecida y atractiva Susan. Una historia ligera, que se ve con tranquilidad, sin prisas, (que recoge el espíritu de aquella comedia madrileña de finales de los 70 y primeros de los 80, en títulos como Tigres de papel, Opera prima o el primer Almodóvar) en el que conocemos personajes como nosotros, que quieres ser otros, o simplemente huir de ellos mismos, aunque esa perpetua huida acaba teniendo un final, un punto finito en el que tenemos que mirarnos a nuestro espejo interior y saber quiénes somos y sobretodo, quién queremos ser y hacer.

The propaganda game, de Alvaro Longoria

the_propaganda_gameLA GUERRA PSICOLÓGICA

“La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas.”

Joseph Goebbles

El líder político y espiritual hindú Ghandi argumentaba, “Que siempre existen tres enfoques en cada historia: mi verdad, tu verdad y la verdad”. La segunda película de Álvaro Longoria (Santander, 1968), después de Hijos de las Nubes. La última colonia (2012), donde abordaba las dificultades políticas de la zona del Sáhara que, fue premiado con el Goya al mejor documental, se embarca ahora en su segunda película en un difícil proyecto, adentrarse en Corea del Norte, el país más cerrado y aislado del mundo, de la mano del catalán Alejandro Cao de Benós, el único extranjero occidental que trabaja para el gobierno norcoreano, consiguió un permiso para filmar en primavera del 2014 durante 10 días, donde sería guiado por unos funcionarios, y debía de seguir instrucciones precisas de dónde podía filmar y dónde no. Con la compañía de dos cámaras, Rita Noriega y diego Dussuel, Longoria se adentró en tierra norcoreana para mostrarnos lo que no hemos visto, la realidad o no de lo que sucede, nos muestra cómo viven, cómo piensan y que sienten los ciudadanos. Quizás lo que escuchamos no es lo que verdaderamente piensan, y estén teledirigidos por el poder del estado, aunque esa cuestión como las otras que se explican en el documental, Longoria, muy acertadamente, nos las cede a los espectadores para que saquemos nuestras propias conclusiones. También, nos conduce por calles, monumentos en honor al comunismo, a su líder, que es tratado como un Dios, y sus antecesores, encumbrados a los altares de la divinidad, y escenificados por grandes estatuas repartidas por el país.

Longoria nos lleva a la zona más peligrosa del país, la frontera con la vecina Corea del Sur, aliada de los EE.UU., enemigo acérrimo del país, donde estos exhiben su fuerza militar a modo de provocación, según cuentan los soldados destinados a la zona, se centra en lo más cotidiano, en las escuelas, los puestos callejeros de comida, las casas, y cómo se divierten los norcoreanos, y no se olvida, de la otra cara, los contrarios, los disidentes que hablan de las terribles situaciones que han vivido, los diferentes periodistas extranjeros que trabajan en la zona, y las noticias e informaciones de las televisiones y periodistas estadounidenses, así como sus líderes políticos. Noticias e informaciones de todo tipo, inverosímiles, grotescas, y terroríficas que unos y otros cuentan como reales para aminalar al contrario y ganar este combate sucio y espeluznante de información que data desde la primera guerra mundial, se hizo crucial en la segunda y explotó durante la guerra fría.

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Longoria sacude toda la información que se va encontrando, habla con unos y otros, los que aman el país, y los que lo odian, de la situación que se respira en el último bastión del comunismo. Bucea en los entresijos del poder, intenta destapar lo que no se ve, lo que parece no existir. Hace una reflexión muy interesante sobre los medios de comunicación, el poder de la información, sus mecanismos, la veracidad de todo lo que nos llega, la verosimilitud de datos, imágenes y diferentes materias de comunicación, y cómo todo ese material es utilizado por los países y sus ciudadanos. Nos habla de las políticas exteriores del país, de sus relaciones o no con Rusia y China, de un hervidero político y económico que parece que en cualquier momento puede estallar. Nos presenta una guerra de poder no declarada oficialmente, pero que respira sangre y muerte, un intercambio de disparos y bombas a modo de información inventada o no, para desprestigiarse los unos a los otros. Longoria que, a través de Morena Films (creada en 1999 por él y un grupo de socios, que ya había financiado la trilogía sobre Fidel Castro: Looking for Fidel, Comandante y Persona non grata, todas dirigidas por Oliver Stone, y Últimos testigos, donde se documentaba a Fraga y Carrillo), vuelve al ruedo político y de denuncia, como ya hiciese en su opera prima, con un artefacto político de indudable calidad que se reafirma en la persistente y difícil cuestión de resolver y, que nos vuelve a remitir a Ghandi, la grandísima dificultad de averiguar que es verdad y que no, la veracidad de lo que nos cuentan tantos unos y otros, que partes son ciertas y cuáles son producto de la guerra propagandística a la que estamos sometidos diariamente por los medios.