Penélope, de Eva Vila

MIENTRAS LA MUJER ESPERA.

Una mujer casi centenaria entra en cuadro, la estancia está casi a oscuras, entre sombras, observamos a la mujer abrir una de las ventanas de par en par, la leve luz de un amanecer nublado iluminada casi a hurtadillas el comedor. La mujer se queda un instante mirando a través de la ventana. Fuera, la quietud y el silencio son aplastantes, como si el tiempo se hubiera detenido en ese lugar, con la firme intención de dejar de avanzar más. Con la premisa de la Odisea, de Homero, la película reconstruye el mito y lo reinterpreta trasladándolo al tiempo contemporáneo, ubicándolo en Santa Maria d’Oló (en la comarca del Moianès) un pequeño pueblo en el corazón de Cataluña, situado entre montañas, en el que el foco del relato ya no es el trayecto de Ulises regresando a esta Ítaca moderna, sino que la mirada de la historia se focaliza en Penélope, una modista casi en la centena que recibe el nombre de Carme Tarté Vilardell, que a diferencia del relato no solamente espera, sino que sigue con su vida mientras espera, situándose en el centro del relato.

La directora Eva Vila (Barcelona, 1975) enfocó sus dos primeros largos en la música, una de sus grandes pasiones, en Bside  (2010) recorrió Barcelona filmando a los músicos entre bambalinas, explorando sus procesos creativos cuando se apagaban las luces, en Bajarí (2014) se centró en los barrios gitanos de Barcelona y todos aquellos incipientes artistas flamencos que continuaban con el legado de la inmortal bailaora Carmen Amaya. En su tercer trabajo, Vila se ha trasladado a la tierra de su abuela, y ha construido un relato preciosista, extremadamente intimista y sensible sobre la generación de su abuela, mujeres resistentes, duras y demasiado acostumbradas al desaliento y la tristeza, pero no por eso, mujeres amilanas y cobardes, sino todo lo contrario, una estirpe de mujeres valientes, trabajadoras e independientes, que han hecho de la ausencia su mejor valor humano, un espacio en el que seguir hacia adelante a pesar de esas ausencias físicas y emocionales, a pesar de que el tiempo y sus circunstancias las trataron de manera adversa y hostil.

Vila ha cimentado una película híbrida a medio camino entre el documento y la ficción, entre la realidad y el sueño, entre el mito y la historia, a través de un guión escrito por el escritor Pep Puig y la propia Vila, a través de una luz velada e intimista obra de Julián Elizalde, y la construcción del sonido que absorbe y transmuta en todo el espacio, obra de dos de las mejores del ramo como Eva Valiño y Amanda Villavieja, con un montaje sereno y audaz obra de Diana Toucedo y la propia directora, con la especial y acogedora voz de Anna Subirana que nos va narrando momentos de la Odisea donde hacen mención a Penélope y su situación y circunstancias. Vila logra con pocos elementos una película sencilla y tremendamente conmovedora, filmando las prominentes y amenazadoras montañas de Montserrat, mirando esos paisajes desde lo más alto, como si fuesen las grietas del tiempo que se han instalado no sólo en esa Ítaca imaginaria, sino también en las diferentes pieles de esas ancianas que han vivido tanto, y sobre todo, han visto tanto.

La cámara se mueve entre esas huellas del tiempo, tanto físico como emocional, entre las sombras y las luces de un tiempo que se extingue, de un tiempo que deja paso a otro, de ese tiempo que devuelve a Ulises encarnado por Marc Clotet Sala, con esa barba blanca frondosa y esa mirada ajena y triste, un hombre que ya no se reconoce a sí mismo, ni a su pueblo, un hombre convertido en extranjero después de treinta años de ausencia, un hombre que no es reconocido por Penélope, ni por nadie, que llama y no recibe respuesta, que vaga como un fantasma perdido y sin cobijo (como le ocurría a Robert Mitchum en Hombres errantes, de Ray). Vila se mira en ese espejo en el que maestros como Erice, Saura o Patino, siguieron a personajes que volvían a sus orígenes, y que sólo se reconocían en el pasado, cuando eran niños, como un lugar donde imposiblemente pueden volver, un lugar mágico, un lugar para soñar, un lugar del que por muchos años que transcurran, siempre será igual y al que siempre querrán volver, porque ya no se reconocen en nadie ni en ningún otro lugar.

Vila ha salido airosa de tamaña empresa, de rehacer y reconstruir el espíritu del mito, reinterpretándolo de manera contemporánea, donde la mujer y su imagen se erigen las protagonistas absolutos del relato, sacando del pozo del olvido a tantas mujeres que siguieron en la lucha, en la batalla diaria, trabajando, tejiendo y descosiendo, tantas y tantas veces, esperando a ese alguien ausente que tardó en volver, o en algunos casos, jamás volvió, pero ellas siguieron levantándose cada día para seguir con su labor, faenando para que esa ausencia triste se convirtiese en un ausencia donde ellas tomaban el mando del hogar y hacían y deshacían según su conveniencia. La Penélope de Vila, ahora llamada Carme Tardé Vilardell, sigue en pie, con su Singer a toda marcha cosiendo y cosiendo, abriendo la ventana al amanecer y cerrando cuando se hace de noche, escuchando la radio mientras pedalea en su máquina de coser, jugando a las cartas con sus amistades, o manteniéndose calmada cuando necesita esa ayuda del exterior, sin perder su sentido del humor, alegre y combativo, porque mientras regresa o no Ulises, la vida continua en el pequeño pueblo, porque el tiempo nunca se detiene, siempre continua hacia adelante, sin prisas ni sin pausa, un tiempo que lo cambia todo, el paisaje, los rostros y la memoria de propios y extraños.

Testigo de otro mundo, de Alan Stivelman

UN ENCUENTRO CERCANO.

“Nunca estarás completamente sólo, si conectas con tus orígenes”

Juan tenía 12 años cuando una mañana muy temprano su vida cambió. Juan montando su caballo, en mitad del campo, haciendo unos quehaceres que le había enviado su padre, se topó con una luz muy brillante que resultó ser una nave de origen extraterrestre, el niño se introdujo en el interior del artefacto y todo aquello que presenció aquel amanecer de 1978, le ha condicionado toda su existencia, provocándole terribles pesadillas, las burlas de propios y extraños, y su aislamiento total recluido en el campo con sus animales. Casi 40 años después, el director bonaerense Alan Stivelman, que convenció a los más escépticos con su primer trabajo, Humano (2013) donde seguía la peripecia de un joven que se lanzaba a recorrer las montañas andinas en busca de respuestas. El cineasta argentino vuelve a un relato existencial, protagonizado por un hombre sencillo y tranquilo, alguien que disfrutaba de una apacible existencia junto a su familia y enriqueciéndose de la sabiduría de su abuelo sobre el campo y su alrededor. Aunque, Stivelman se centra en los grandes enigmas de la vida, esta vez, las consecuencias nacen en un caso diferente, en las consecuencias terribles de un tipo enorme peor bonachón, un ser incomprendido, un ser aislado, alguien que se encuentra sólo y triste.

Stivelman se convierte en narrador y guía de la película, mostrándonos a Juan, su casa, su vida y trabajo, y abordando aquello que lo angustia, y para ello, nos invita a un viaje hacia lo más profundo de Juan, a sus orígenes, a través de la sabiduría ancestral de los chamanes guaraníes de Paraguay, que nos descubrirán una manera completamente diferente de afrontar el suceso Ovni, estudiando sus entrañas desde lo trascendente, de aquello que no podemos ver, de aquello intangible, de todo ese mundo que sabemos que hay pero no podemos descifrar, en la ayuda a Juan, también participará el Dr. Jacques Vallée, un astrofísico experto en el fenómeno Ovni y gran defensor en la hipótesis extraterrestre e interdimensional (que conoció a Juan cuando éste vivió su encuentro). Stivelman construye una película-terapia donde el dispositivo cinematográfico se erige como medio para ayudar a Juan, abrir su mente, a través de hipnosis, y su cuerpo, para conocer sus traumas y miedos, y batallar contra ellos, de un modo frontal y con todas las herramientas científicas y espirituales que le van ofreciendo los implicados en esta historia.

El director argentino nos habla del fenómeno Ovni como estudio científico, y todo aquello que el cine, la literatura o la sabiduría popular ha creado a través del fenómeno, pero no se queda ahí, la película se sumerge en un viaje, el de Juan, y el nuestro propio, donde descubriremos otros mundos, otros estados, y sobre todo, otras percepciones de nuestro entorno y aquello que sentimos, en una especie de viaje metafísico que abarca todo nuestro ser, aquello que nos rodea, y lo más lejano, otros seres, otras vidas y otras ideas y maneras de pensar. La película no toma partido, muestra el viaje de Juan, sus encuentros mágicos, sus emociones, temores, y demás, siendo testigos de la sanación que va experimentando, a través de  lo trascendente, encontrando a seres que lo escuchan, lo entienden y sobre todo, le ayudan a encontrar las herramientas que le ayuden a superar su trauma, a dejar de sentirse solo y a aprovechar todo aquello que vivió con su encuentro con ese otro mundo desconocido.

El cineasta argentino ha construido una película sincera y magnífica, que deja la épica y la espectacularidad tan inherente al fenómeno Ovni, para adentrarse en otro terreno, un espacio donde el humanismo es el protagonista, donde la noticia fabulosa que un niño tuvo un encuentro con extraterrestre hace 40 años, que sorprendió a tantos, pasa a convertirse en que fue de aquel niño, ahora, convertido en un gaucho en la cincuentena que vive del campo y de sus animales completamente aislado, preguntándose las causas que le han llevado a ese estado, filmándolo en su entorno, mirando a su rostro, explicándonos todo lo que sucedió después, aquello que a la actualidad no le interesa, ¿Cómo creció después de su encuentro? ¿Cómo ha vivido todos estos años? ¿Qué siente ahora mismo? ¿Cómo le afectó anímicamente aquel encuentro?

Stivelman ha creado la película preguntándose por todo eso, y mucho más, llevando a Juan a otro mundo, aquel en el que alma consigue la paz, y descubre que hay otros mundos mucho más cercano de lo que imaginamos, contándolo desde la intimidad de Juan, desde el descubrimiento de esos mundos desconocidos, y acercándose a realidades diferentes, mágicas y extrañas. Un documento sobre lo invisible, en el que se pondrán a pruebas nuestras creencias sobre lo que nos rodea y aquello más allá, aquello que no sabemos contar, lo que se escapa de nuestro entendimiento, en un viaje para no solamente respondernos algunos enigmas, sino a abrazar lo que nos produce miedo a través de lo más ancestral de nuestros antepasados.

Las distancias, de Elena Trapé

TRES DÍAS CON LOS AMIGOS.

“Todos creíamos que a partir de cierta edad sentirías un clic y lo entenderías todo, pero este clic no llega nunca”

En las primeras líneas de la excelente novela Cuatro amigos, de David Trueba, leemos lo siguiente: “Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas. Los seres humanos elevamos ciertos tópicos a las alturas para esquivar la poca importancia de nuestras vidas”. Sin ánimo de hacer comparaciones, aunque las dos compartan hablarnos de la amistad de cuatro amigos, aunque sus miradas transitan por caminos complementarios, sí, pero también diferentes. Aunque, esas primeras líneas de la novela, podrían ser también las primeras líneas de la película. Se esperaba con entusiasmo el nuevo trabajo de Elena Trapé (Barcelona, 1976) después de las buenas sensaciones que dejó su debut con Blog (2010) la historia de un grupo de adolescente que pactan quedarse embarazadas como protesta. Entre medias, Trapé ha dirigido Palabras, mapas, secretos y otras cosas (2015) un documento que recorre el trabajo de la cineasta Isabel Coixet, a través del espíritu de sus películas.

Las distancias nos habla de amistad, de emociones (des) encontradas y desordenadas, de precariedad, de huidas, y sobre todo, de una generación muy preparada académicamente, pero con pocas expectativas de futuro laboral, económico y emocional. Sí en Blog, la amistad era ese espacio de compañerismo, absolutamente férreo, sin aristas, y todas a una. En Las distancias, es todo lo contrario, aquellas adolescentes han cumplido años y ahora se encuentran en los 35 años, que se convierte en el punto de partida de la película, ya que tres amigos viajan a Berlín a sorprender y celebrar el cumpleaños de Comas, con esa excusa ya que hace la tira que no se ven. Aunque lo que allí se encuentran o reencuentran no es lo que esperaban, y el fin de semana divertido y cálido, se convierte en un tono oscuro y gélido, en el que la atmósfera de ese Berlín frío y nublado se convierte en el marco ideal para hablarnos de las emociones que experimentan los jóvenes treintañeros. Trapé nos está hablando de ella y sus amigos, y del contexto precario en el que se mueven todos ellos, empezando por Olivia (Alexandra Jiménez) embarazada de siete meses, y con serias dudas con sus sentimientos y el padre de su futuro hijo, Eloi (Bruno Sevilla) con un trabajo a media jornada, abandonado por la novia, y volviendo a casa de sus padres a vivir por no poder pagar su piso, Guille (Isak Férriz) al que parecen ir bien las cosas laboralmente hablando, arrastra una relación de pareja no del todo satisfactoria con Anna (Maria Ribera) que lo acompaña en el viaje, y por último, Comas (Miki Esparbé) el anfitrión y cumpleañero, que vive instalado en Berlín, que se muestra apático y reservado, que será la figura ausente de la película.

La cineasta barcelonesa enmarca su relato en sólo tres días, con un prólogo, donde todos son encuentros, abrazos y sonrisas, para pasar a ese sábado casi siniestro, donde se cimenta el grueso de la historia, donde cada uno de los personajes acabará en solitario, deambulando por una ciudad extraña, irreconocible y triste, algo así como un espejo demoledor de sus emociones, donde cada uno de ellos se encerrará en sus ideas, pensamientos y reflexiones sobre sí mismo y sus amigos, en el que la directora opta por seguirlos con la cámara pegada a ellos, como esa sombra molesta de la que no pueden huir (es grandioso el trabajo de luz de Julián Elizalde, con esa luz lúgubre y velada que acompaña toda la película) en el que se irán perdiendo por las calles berlinesas, aceptando su realidad, una realidad de la que llevan demasiado tiempo intentando escapar. El preciso trabajo de montaje, obra de Liana Artigal (que ya firmó el de Blog) llevándonos de un personaje a otro, siendo testigos de sus preocupaciones, misterios y sobre todo, de sus miserias emocionales, de aquello que no cuentan a nadie, pero que no les deja en paz.

Un guión obra de la propia directora, junto a Josan Hatero y Miguel Ibáñez Monroy (autor entre otras de la serie Cites) que es parco en palabras, construido a través de silencios y gestos, y de las soledades interiores de cada uno de ellos, en esos momentos de conflictos, de reproches, de una amistad que fue, que ocurrió, que los acompañó durante largos años, pero a día de hoy, una amistad rota, donde más que amigos parecen extraños, una amistad que sigue manteniéndose gracias al pasado (como ese precioso y terrible momento en que Olivia recupera un cd del grupo Los Fresones Rebeldes y su canción “Al amanecer”, todo un himno allá a finales de los 90) donde parece devolvernos a esa juventud temprana, donde todos parecíamos más felices, y sobre todo, éramos más jóvenes, cargados de ilusiones, donde vislumbrábamos un futuro muy diferente a lo que es realmente, donde los sueños parecen maravillosos, y la amistad que teníamos parecía irrompible, eterna y feliz.

Trapé recoge el espíritu que acompañaba a películas como Reencuentro, de Kasdan o Los amigos de Peter, de Branagh, en el que amigos y amigas pasaban de la celebración a las verdades en la cara, sin concesiones ni rodeos, un mismo espíritu que tanto Trapé, al igual que sus compañeras de la Escac, como Mar Coll, Roser Aguilar, Nely Reguera o Liliana Torres, a la que podríamos incluir a Sergi Pérez, nos hablan de relaciones entre amigos, de emociones soterradas y deseos incumplidos, de una juventud que quería conquistar el mundo, pero la realidad la llevó por otros lares más incómodos y demasiado tristes. Trapé  ha hecho una película magnífica, honesta y cercana, huyendo del sentimentalismo y los aspavientos emocionales, rodeado de un grupo artístico y técnico de altura, contándonos un relato donde mucha gente, en los que se incluye un servidor, se verá muy reflejado, quizás demasiado, porque la película se convierte en ese espejo donde se reflejan todos nuestros miedos, inseguridades y nuestra incapacidad para los temas emocionales, nuestra torpeza y cobardía para afrontar lo que sentimos, y la nula incompetencia para afrontar nuestra precaria realidad y detener esa eterna huida de nosotros mismos, y de los demás, quizás los únicos amigos sinceros, o al menos alguna vez lo fueron, que nos quedan para tomar una cerveza y contarnos lo que nos ocurre, pero de verdad, sin mentiras ni falsedades.

Carmen y Lola, de Arantxa Echevarría

UN AMOR PROHIBIDO.

“Ser mujer sigue siendo una tarea difícil. Ser mujer y gitana, lleva acompañado toda una cultura de siglos de patriarcado y machismo. Ser mujer, gitana y lesbiana, es directamente no existen»

Arantxa Echevarría

Nos encontramos en el extrarradio de Madrid, aunque podría tratarse de cualquier ciudad del mundo, en uno de esos barrios de la periferia, en los que se acumulan los más desfavorecidos, donde conoceremos a Lola, una gitana adolescente diferente a las demás, Lola va al instituto, sueña con ir a la universidad, pinta grafitis de pájaros, y además, a Lola le gustan las chicas. Un día, en esos días de mercadillo, donde su familia vende frutas y verduras, se tropieza con Carmen, una gitana guapísima de su misma edad, el enamoramiento de Lola es instantáneo, como si un rayo la atravesara, esa primera mirada, esas hormigas revoloteando en el estómago, ese primer amor. Aunque, la cosa no va a ser nada fácil, porque Carmen está pedida y prepara su boda con un primo de Lola.

La directora Arantxa Echevarría (Bilbao, 1968) lleva más de un cuarto de siglo en esto del cine, trabajando en los equipos de producción y realización para otros directores, en el año 2010 se lanzó a dirigir cortos cosechando grandes éxitos, y ahora se ha decidido a debutar en el largometraje coproduciendo, escribiendo y dirigiendo una tierna y sensible love story protagonizada por dos gitanas en un contexto hostil y cerrado como la comunidad gitana, un entorno establecido en el que rigen unas tradiciones sociales y culturas ancestrales, donde las mujeres están destinadas a casarse y ser madres. Echevarría se adentra en el mundo gitano desde el respeto y sus contradicciones, sin juzgar a sus protagonistas ni a sus familias, dejando que el espectador tome partido, explicándonos su cuento urbano y febril de manera sencilla y honesta, sin caer en estereotipos ni prejuicios, contándonos el primer amor, esa primera vez que descubrimos el amor, con la circunstancia que se trata de dos chicas gitanas, y protagonizarán un amor prohibido, clandestino, lejos de miradas inquisitivas y reprobadoras.

La cineasta bilbaína nos cuenta su película a través de la mirada de Lola, la chica diferente, la que quiere otra vida para ella, la que se mete en chats de lesbianas y pinta grafitis de pájaros que vuelan libres, sin rumbo ni destino, y todo lo hace a escondidas, lejos de los suyos, que censuran su vida y su forma de ser, Lola ve en Carmen ese pájaro enjaulado como ella, y se siente fuertemente atraído por ella, aunque las circunstancias se encaminen hacia otro lugar, pero el caprichoso destino las irá empujando hacia lo inevitable y vivirán esa historia de amor pequeña y oculta. La luz luminosa y cercana de la película, obra de Pilar Sánchez Díaz (también coproductora de la cinta) con ese aroma brillante, que contrasta con la oscuridad emocional que sienten y viven las protagonistas, recuerda a los trabajos de Teo Escamilla para Saura o los de José Luis Alcaine para Almodóvar, una luz luminosa que baña cada rincón de ese barrio y sus espacios, donde a veces escuchamos música flamenca que acompaña en las celebraciones de los gitanos (en el culto religioso, en la fiesta de pedida o el cumpleaños del novio) motivo de alegría para la comunidad, contrarrestada por los momentos de silencio cuando las dos chicas se dejan llevar por sus sentimientos y sus miedos.

La película emana ese cine social que hizo grande al cine británico de finales de los 50 y comienzos de los 60, que han heredado cineastas como Saura o Armendaríz, a través de la urbanidad y la suciedad de los desplazados del centro de la urbe, como vimos en películas de la calidad de Deprisa, Deprisa o 27 horas, y más recientemente, el cine de los Dardenne, tan interesado en las penurias de los invisibles de las urbes, o los chavales aburridos sin nada que hacer de Barrio, de León de Aranoa, chicos y chicas que van de un lado a otro, en esa edad difícil donde están de paso, donde cada experiencia es un descubrimiento que marcará sus destinos, en ese estado de transición que todavía no se ha definido hacia ningún lugar o destino. El extraordinario reparto de la película, todos ante su primera experiencia cinematográfica, con el maravilloso dúo protagonista, Zaira Romero y Rosy Rodríguez, las Lola y Carmen, bellas, espontáneas y sinceras, bien secundadas por Carolina Yuste como Paqui, esa gitana que ha roto una lanza a favor de encaminar a los gitanos a otro futuro, y Moreno Borja y Rafaela León, padres de Lola, y un grupo de casi 150 gitanos que dan vida a los personajes de la película.

Echevarría ha construido una película sensible, íntima y deslumbrante, tanto por su contenido, complejo y difícil, como su forma, desde esa distancia en la que explica su historia de manera libre y sin complejos, acercándose a la comunidad gitana desde su diversidad, complejidad y singularidad, sin caer en la superficialidad, ni crear un cuento de buenos y malos, sino de seres diferentes y complejos, seres que aman, que sufren, que viven según su cultura, sus tradiciones, educación y experiencias, en una magnífica película con encanto y detallista, en la que todo ocurre desde una mirada libre y desacomplejada, una mirada convertida en los precios que tenemos que pagar por ser libres, y sobre todo, por amar en libertad, sin coacciones de ningún tipo, siendo las personas que queremos ser, trabajando para vivir y amar como sentimos.

El cine de aquí que me emocionó en el 2017

El año cinematográfico del 2017 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 13 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión por mi parte).

1.- MIMOSAS, de Oliver Laxe

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https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2017/01/15/entrevista-a-oliver-laxe/

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2.- PSICONAUTAS, LOS NIÑOS OLVIDADOS, de Alberto Vázquez y Pedro Rivero

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https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2017/02/27/entrevista-a-alberto-vazquez-y-pedro-rivero/

3.- INCERTA GLÒRIA, de Agustí Villaronga

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4.- DEMONIOS TUS OJOS, de Pedro Aguilera

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https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2017/05/21/entrevista-a-pedro-aguilera/

5.- JULIA IST, de Elena Martín

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6.- ESTIU 1993, de Carla Simón

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https://atomic-temporary-59521296.wpcomstaging.com/2017/07/11/entrevista-a-valerie-delpierre/

7.- VERÓNICA, de Paco Plaza

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8.- CONVERSO, de David Arratibel

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9.- HANDIA, de Aitor Arregi y Jon Garaño

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10.- MORIR, de Fernando Franco

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11.- TIERRA FIRME, de Carlos Marques-Marcet

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12.- LA LIBRERÍA, de Isabel Coixet

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13.- EL AUTOR, de Manuel Martín Cuenca

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14.- MUCHOS HIJOS, UN MONO Y UN CASTILLO, de Gustavo Salmerón

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Como nuestros padres, de Laís Bodanzky

REENCONTRÁNDOSE A SI MISMA.

En un momento de la película, Rosa, la protagonista, le confiesa a un amigo, que es padre de un compañero de su hijo en el colegio, que toda esa fuerza y decisión que parece tener es pura apariencia, que en el fondo es una mujer débil, insatisfecha, llena de miedo e inseguridades. Quizás esta confesión podría tratarse de algo puntual, de alguien que no ha alcanzado esas metas soñadas cuando de joven imaginaba una vida muy diferente a la que tiene ahora, aunque la película no se queda en una mera anécdota de una mujer que vive en Brasil, sino que retrata algo que sucede muy a menudo en mujeres de países desarrollados de unos cuarenta años, las cuales se han casado, han tenido hijos, y además, trabajan en empleos que no resultan de su agrado, porque por el camino se quedó aquel trabajo creativo que tanto les llenaba  ahora tienen aparcado o casi enterrado. Rosa además de trabajar diseñando baños, se hace cargo de su casa, sus dos hijas preadolescentes, ya que su querido esposo pasaba largas ausencias salvando la selva amazónica.

Y con esa situación emocional que vive Rosa, o podríamos decir, a la que Rosa se ha acostumbrado, aunque sea mera fachada, le va a venir algo que la desestabilizará del todo, porque en una comida familiar, la madre le confesará que es hija de una aventura, que su verdadero padre es un alto comisionado del gobierno. A partir de ese instante, la vida de Rosa empezará a sufrir cambios, su vida aparentemente feliz ira transmutando hacia otra, una vida diferente, más liberadora, más sociable, y sobre todo, dejándose llevar, metiéndose en la piel de Nora, la heroína de Ibsen, aquella mujer que dio un golpe en la mesa y abandonó la prisión de la Casa de muñecas, para empezar de nuevo, para abrirse al mundo y buscarse a sí misma. Rosa obligará a su marido a asumir responsabilidades, se lanzará a la aventura de conocer a su verdadero padre, y sobre todo, se sentirá fuertemente atraída por ese padre que se encuentra en el colegio, en el supermercado y demás.

El cuarto trabajo de Laís Bodanzky (Sao Paulo, Brasil, 1969) vuelve a contar con el guionista Luíz Bolognesi, como sus anteriores trabajos, más cercanos a la denuncia social. Ahora, retrata a Rosa, una mujer de unos cuarenta años, que arranca una aventura para encontrarse a sí misma, descubriendo facetas olvidadas de su ser, recuperando esa pasión por la dramaturgia y teniendo bien claro que la vida que lleva no puede continuar así, porque de esa manera, Rosa, se asfixia, se ahoga, y se muere. La película se ve bien, ahonda en temas actuales que afectan considerablemente a muchas mujeres que conviven con esa doble identidad de madre y esposa, y que acaban confundiéndolas y rompiéndose por dentro por querer abarcarlo todo, y además haciéndolo de manera perfecta, sin ningún temor, inseguridad y demás. Bodanzky tiene en María Ribeiro la figura esencial para retratar a esta mujer de ahora, las que nos cruzamos cada día en nuestra cotidianidad, llevándola por distintos estados emocionales, y sobre todo, mirándola al rostro de manera sencilla y de frente, extrayendo sus cualidades que son muchas, pero también, sus debilidades, que también las hay, describiéndolas de manera humanista, y moviéndolas dentro de ese laberinto físico y emocional que, en ocasiones, sienten miedo, otras se pierden, y se acaban encontrando, aunque les cuesta la vida, y en muchas otras, se detienen, se paran en seco, cansadas de ser ellas mismas, o ser aquello que se espera de ellas, dejándose llevar para llegar a ese espacio donde nadie las ve, donde se sienten como verdaderamente son, olvidándose de esa posición social de madre y esposa trabajadora que es un ejemplo para todos.

Quizás la película abre algunos frentes que no casan con el conjunto de la trama o se pierde en su estructura, pero la gran labor del elenco de la película ayuda a conseguir esas situaciones cotidianas de manera eficiente y emocionante, abriendo debates para reflexionar sobre el funcionamiento de nuestras vidas, su naturaleza y la incapacidad que tenemos para afrontar nuestros verdaderos problemas, siendo sinceros con nosotros mismos, y con los demás, porque la actitud de Nora de dar ese golpe a la mesa y salir de ese espacio de confort y enfrentarse a los avatares de la vida, no sea en absoluto sencilla, y sea una experiencia cargada de dolor, pero, hay momentos en tu vida que haces lo que nadie espera de ti, o acabaras lamentándote de vivir una vida ejemplarmente social aceptada, pero llena de vacío y tristeza.

 

Siempre juntos (Benzinho), de Gustavo Pizzi

NO HAY NADA COMO UNA MADRE.

«Siempre hay que seguir hacia delante, porque llega un momento que todo sale bien».

Irene es una madre de familia de cuarenta años que vive junto a sus cuatro hijos en Petrópolis (Río de Janeiro, Brasil). El mayor, es un portero talentoso de balonmano, el segundo, un artista de la tuba, que siempre la acarrea por todos los lugares, y los más pequeños, un par de gemelos, rubios y rebeldes. Klaus, el marido, intenta infructuosamente tirar hacia delante su precario puesto de libros, que cada día va de mal en peor. La cotidianidad se ve agitada cuando la casa que habitan, se le acumulan los desperfectos. Aunque, el verdadero cisma del relato se producirá cuando Fernando, el hijo mayor, recibe una propuesta de un equipo de Alemania porque quieren contar con sus servicios. La familia no volverá a ser la misma a partir de esa noticia, sobre todo, para Irene, que verá que ese mundo familiar y unido que tanto trabajo le ha costado edificar y mantener, empieza a resquebrajarse y a separarse.

El cineasta brasileño Gustavo Pizzi debutó con Riscado (Craft), en el año 2010, donde daba buena cuenta de las dificultades de una actriz talentosa en busca de una oportunidad. Ahora, vuelve a contar con Karine Teles (también en labores de guionista, ya que firman juntos el texto) que ya había dado vida a la actriz desafortunada, para convertirla en madre-matrona al estilo de aquellas matriarcas coraje italianas al modo de Anna Magnani de Bellísima o la Sophia Loren de Dos mujeres, madres de armas tomar que se llevan por delante a cualquiera que atente o haga daño a su prole, y además, les ayudarán en todo lo que sea menester, aún poniendo su vida en peligro. Irene es el pilar de esa casa, levanta a ese marido desanimado, que intenta negocios que siempre le salen mal (que parece un personaje salido de una película de Berlanga) y apoya hasta las últimas consecuencias a sus hijos, y a su hermana, Sònia, que ha dejado a su marido drogadicto y se ha presentado en su casa con su hijo pequeño. Irene es una madre con todas las de la ley que, además se dedica a la venta ambulante, y estudia para sacarse el segundo grado. Una madre inquieta, valiente y fuerte, que nunca desfallece, por muy mal que estén las cosas. Aunque, la idea de perder a su hijo mayor, la hará mantener una batalla íntima contra ella misma, porque por un lado está feliz por la aventura alemana de su hijo, pero, por otro, sabe que se va a ir lejos, y tendrá que vivir con ello, combatir esa ausencia que sabe que la afectará, porque es la primera vez que le sucede algo parecido.

Pizzi enmarca su película en una tragicomedia social e íntima, donde no paran de suceder situaciones, algunas dramáticas, otras divertidas, pero siempre con ese lado cómico, siempre desde la idea de vitalidad, de reconstruirse cada día, y afrontar con la mejor de las caras los avatares cotidianos que se producen en el seno familiar. Tiene el aroma de la comedia familiar, divertida y con momentos duros, en los que un conflicto, ya sea la despedida de un hijo que marcha al extranjero o la de un concurso de jóvenes estrellas que los lleva a cruzar medio país, como sucedía en la extraordinaria Pequeña Miss Sunshine. Obras íntimas, muy familiares, pero sin esa idea de lo establecido y las buenas maneras, sino todo lo contrario, mostrando la humanidad de cada uno de sus componentes, sus pequeños dramas íntimos, y cómo afecta a los demás, y los conflictos, mayores o menores, que se van originando en el hogar, un hogar siempre patas a arriba, a punto de estallar, pero con optimismo para afrontar los males. Una actitud encomiable ante la vida, donde por muchas hostias que te den, con voluntad y decisión, y sin dejar de trabajar por ello, algo en claro siempre se saca, y los problemas nunca son tan grandes si tenemos la paciencia de mirarlos con la perspectiva necesaria, y sobre todo, nos mantenemos unidos con los nuestros.

La fantástica y maravillosa interpretación de Karine Teles (que ya la habíamos visto como la madre altiva de Una segunda madre, y también, en la joven engañada de El lobo detrás de la puerta) es el pilar de este entramado familiar, la que sustenta los cimientos de todos y cada uno de ellos, la que sonríe y contagia a todos, y la que llora en silencio, manteniéndose firme ante los problemas, le acompañan Octávio Müller (que también estuvo en Riscado) haciendo ese padre bonachón y negado para los negocios, que encuentra consuelo en su mujer siempre que lo necesite, Adriana Esteves hace de la hermana, que se convertirá en ese apoyo femenino que con sola una mirada se entienden, van al alimón, y sobre todo, conoce ese combate interno que tiene Irene con la marcha de Fernando. Bien conjuntados con los niños, que los gemelos son los hijos reales del propio director e Irene.

Pizzi construye una película esperanza, sin caer en el sentimentalismo de culebrón, sino en una sinceridad que nos atrapa en sus 98 minutos  de metraje, donde nunca dejan de ocurrir cosas, algunas muy divertidas, surrealistas, extravagantes y dramáticas,  haciéndonos reír, también llorar, pero sin estridencias ni trucos de magia, sino mostrando sinceridad y verdad, conduciéndonos por esta familia a través de su madre, esa mujer fuerte, valiente y hecha palante, personas que a pesar de las dificultades por las que atraviesan, nunca contagian con su desfallecimiento o tristeza a los demás, se lo comen en silencio, para los demás siempre tienen una sonrisa, una palabra amable, y energía para mirar siempre para lo que tenga que venir, manteniendo unido a la familia, pase lo que pase, y pese a quién pese.

El vuelo de la paloma, de José Luis García Sánchez

TODOS AMAN A PALOMA.

«La especie humana produce ejemplares horribles y también maravillosos, lo que pasa es que estos otros casi nunca son noticia».

Rafael Azcona

La película se abre con unas imágenes aéreas de Madrid al amanecer, recorriendo las arterias principales de la ciudad, visitando los monumentos más significativos, mientras escuchamos diferentes emisoras de radio que van desgranando las noticias más significativas del día que acaba de arrancar. Cuando finalizan los títulos, nos situamos en una calle cualquiera del centro, y seguimos a uno de los personajes, un pescadero rechoncho y con bigotillo que porta un paquete, nos conduce hasta una plaza (que se convertirá en el núcleo central de la película) y un bloque de pisos, donde conoceremos a la protagonista de la función, Paloma, una maruja en toda regla, de esas mujeres que viven dos vidas, la realidad amarga cargada con cuatro hijas y un marido palillo y botarate, que no da ni golpe y vive de chanchullos junto a su hermano abogado imbécil, y la otra vida, aquella en la que sueña que alguien la rescate de esa vida y la lleve a otros lugares. También, conoceremos a otros vecinos, el fascista de turno, que es muy amigo de un idiota, metomentodo y además, enamorao de una de las hijas adolescentes de Paloma. Para redondear el marco pintoresco de la función, el suegro de Paloma, un chamarilero de los de toda la vida, comunista y amante de los pequeños placeres.

Todo este cuadro se verá interrumpido y agitado por el rodaje de una serie sobre la Guerra Civil, donde aparecerá el galán trasnochado de turno, aquel que iba para gran actor y se quedó en eso. Estamos en 1988, José Luis García Sánchez (Salamanca, 1941) acaba de hacer Pasodoble, en la que una familia quijotesca ocupan un museo propiedad del monarca, que en su juventud, según dice la abuela, tuvo un sonado idilio con ella. Una cinta que contenía todos los elementos que tanto le gustan a García Sánchez, como lo coral,  retratando a un grupo de personajes excéntricos, deudor del cine Berlanguiano, muchas de sus películas estaban escritas junto a Rafael Azcona (1926-2008) quizás el guionista más grande del cine español, en unas tramas rocambolescas y alocadas, donde cada uno hace la guerra por su cuenta, dentro de un tema central, en el que como cabrá esperar, estos personajes no saldrán bien parados,  y sus sueños e ilusiones no tardarán en dar al traste y vuelta a empezar.

García Sánchez y Azcona no sitúan en un único lugar, la plaza donde se desarrolla el rodaje, junto al piso de Paloma, que parece la casa de los líos, y la roulotte de Luis Doncel, el actor, espacios todos ellos donde las desventuras de este grupo de caraduras y mamarrachos, siempre con humor, deambularán de un sitio para otro, todos andan detrás de un objetivo que, en principio desconocen que sea común, todos aman a Paloma, todos y cada uno de ellos, a su manera, que nunca parece que sea la más adecuada para Paloma, una mujer resignada a una vida insignificante, vacía y rutinaria (como define su atuendo de arranque de la película, ese chándal rosa y el abrigo de leopardo de pega, y qué decir de su peinado, el último grito de la pelu de la esquina). La llegada del cine, en este caso una serie, donde el actor-galán de tres al cuarto (con sus postizos de todo tipo, el pelo en pecho, la dentadura, incluso sus sentimientos) es el que lleva la voz cantante, el que tampoco se resistirá a los encantos de la maruja de barrio que es Paloma.

Azcona en su peculiar forma de observar al perdedor, al tipo corriente que todo le sale mal, entre otras cosas, porque no da más de sí, y también, por culpa de esa sociedad injusta, superficial y malévola, construye una sátira para reírse de todos y de todo, atiza con fuerza y con mucha mala uva, pero con su finísimo humor, en ocasiones, negrísimo, a todo lo que se mueve, con una libertad que ha desparecido hoy en día, una libertad para hablar de todo, y con ese humor, desde el contexto político y laboral, metiendo esa huelga (haciendo referencia a la que tuvo el Psoe de González en el 88) y las constantes disputas con los horarios, la comida y demás que se producen durante esa única jornada de rodaje, la reconciliación de las dos Españas (desde el contenido de la serie que se rueda, con la entrada de los regulares en Madrid, y la disputa de los vecinos, el facha de toda la vida, y el viejo comunista) el machismo que practican casi todos los hombres, el racismo (con el caso de los trabajadores negros de la película) o la pederastia (en el personaje enchochado con la niña de Paloma) sin olvidarnos de las hostias que se dan al mundo del cine, y su farándula, y todas las criaturas que pululan por ese medio, temas que hoy en día, de estúpida corrección política para no dañar las sensibilidades falsas y aparente, que han sido vetados en el cine y en cualquier manifestación artística, donde el yugo de la censura y autocensura se ha convertido en el pan de cada día.

Y qué decir de su elenco, lleno de caras conocidas, algunas de ellas ya desaparecidas, como la alma amorosa de la película, una Ana Belén riquísima y espectacular, que anda escabulléndose de todos e intentando respirar en este enjambre de salidos y tontos de capirote, le acompañan, José Sacristán, como el marido aprovechao, pusilánime y tontín, y su escudero-hermano Miguel Rellán, como el rufián abogado defraudador y corrupto (la eterna picaresca y sanguijuela del español de toda la vida) Juan Echanove como el enamorado romanticón y advenedizo controlado por su madre (como el Gabino Diego de Belle Epoque con su madre carlista) Antonio Resines como el pederasta de turno, ese que las mata callando, con su chándal y su bigotón, baboso e impertinente, que siempre armando bronca, una especie de Sancho Panza al servicio del fascista maricón, y Juan Luis Galiardo como el actor lleno de carcoma de la función, galancito con arrugas y maquillaje sudoroso que anda tras Paloma como alma en pena (con ese grito de socorro aludiendo a Fernando Fernán Gómez) queriendo creerse que todavía alguien se acuerda de él, arrastrándose por las esquinas como un lobo en los huesos.

Finalmente, como suelen pasar en estas películas de la factoría Azcona hay una retahíla de actores de reparto que en unas pocas secuencias deslumbraban hasta el más distraído de los espectadores como Manuel Huete, que era asiduo de García Sánchez desde aquel inolvidable momento de Las truchas, con esos mágicos momentos con Luis Ciges, aquí de historiador enfadado, hablando de la cartilla militar de Hitler (que según e cuenta fue totalmente improvisado) Juan José Otegui como ese productor gentleman con pañuelo al cuello (una especie de López Vázquez en La escopeta nacional y sus secuelas) José María Cañete como el fascista de brazo en alto y de moralidad “dudosa”, y un instante podemos ver a Luis Cuenca, entre otros. Entre los productores encontramos a Víctor Manuel (que ya había producido Divinas palabras, de García Sánchez, y posteriormente hará lo mimso con Tirano Banderas) a Andrés Vicente Gómez con Lola Films (respnsable de títulos como Jamón, JamónBelle Epoque) a los grandes Fernando Arribas en la cinematografía (habitual de García Sánchez) y Pablo G. del Amo (el gran editor de la factoría Querejeta) a Manuel Gómez Pereira como ayudante de dirección, a Cesar Benítez y Andrés Santana como ayudantes de producción. Volver a ver o ver por primera vez en cine El vuelo de la paloma, no sólo nos hará pasar un grandísimo rato de comedia divertidísima, sino que nos devolverá una manera diferente de hacer cine, donde la amistad era una parte fundamental, donde el cine brotaba, donde se podía abordar cualquier tema desde el humor y la ironía, la transgresión y la libertad que proporcionaba un contexto diferente y cotidiano, donde reírse de uno mismo era esencial para soportar los sinsabores de la vida y la amargura humana.

Bienvenidas a Brasil, de Patrick Mille

UNA PARA TODAS.

Los primeros veinte minutos de la película pasan por delante de nosotros a velocidad de crucero. El ritmo es trepidante, brutal y sin descanso. La cámara al hombro se mueve de forma vertiginosa, siguiendo a sus criaturas allá donde estas vayan. Agathe, su hermana pequeña Lily, y Cloé, viven juntas y hace un año que no saben nada de Katia, que las dejó tiradas. Un día, reciben noticias suyas, informándoles que se casa en Brasil con un rico heredero, y además, está embarazada. Las tres viajan al país tropical y se van a una fiesta pija y alocada. Allí, después de varias copas, algunas rayas, y algún polvo fast en el lavabo, una de ellas, Lily, violenta y de carácter, mata accidentalmente a un tipo que pretende violarla. Después de este hecho, las tres mujeres quieren huir del país, aun más cuando se enteran que el muerto es el prometido de Katia. La segunda película de Patrick Mille (Lisboa, Portugal, 1970) es un cambio de rumbo con respecto a su opera prima, Mauvaise fille (2012) un drama donde una joven se quedaba embarazada casi al mismo tiempo que le informaban que su madre padecía una grave enfermedad.

Ahora, Mille (actor con una amplia carrera en Francia donde lleva más de un cuarto de siglo trabajando) nos sumerge en una aventura en toda regla, llevándonos por ese Brasil rural, alejadísimo de la postal, para adentrarnos en una comedia feminista, disparatada y muy gamberra,  mezclada con intriga policial, ya que las mujeres deberán huir del padre del muerto, Augusto, quizás el personaje más cómic de la película, es el gran empresario, en este caso de la carne, metido a político, lleno de corruptela y malísimas artes para conseguir capturar al asesino de su hijo. La caza ha empezado, el Sr. Augusto y sus secuaces harán todo lo imposible para cazar a las mujeres, que tendrán la ayuda de un agente consular excéntrico y muy oscuro. Mille quiere divertirnos, pasar un rato agradable y disfrutar con la película, mostrándonos a unas mujeres que pasarán por todos los estados de ánimo habidos y por haber, que deberán superar sus conflictos internos para ir todas a una para seguir con vida con la que tienen encima, en esta road movie que no da tregua, que pasa de la risa al llanto en cuestión de segundos, en un relato sobre la amistad, el compañerismo y sobre todo, el cooperativismo, como la mejor arma para hacer frente a las adversidades de la existencia.

Mille nos lleva en mil y un sitios diferentes, desde las discotecas chic a cinco minutos de la pobreza, las playas de Ipanema o Copacabana asestadas de turistas, mansiones lujosas con adornos horteras o naif, las laberínticas y peligrosas callejuelas de las favelas, arsenales clandestinos de armas, bares de pueblo donde se odian a los políticos, y demás lugares, tan sorprendentes como miserables, a través de la pesadilla que vivirán las cuatro amigas huyendo del malvado Augusto, una escapada en la que se toparán con individuos de naturaleza peculiar y extravagante, como policías corruptos, trabajadores ambiguos, amazonas armadas hasta los dientes, y sobre todo, mucha corrupción, en un país lleno de contrastes, desde la belleza de sus playas y lugares, mezclado con la miseria más absoluta, de ricos terratenientes a pobres diablos, que tienen la violencia como recurso para sobrevivir en una sociedad alocada, donde prima la fiesta a la vida.

Bienvenidas a Brasil recoge con fuerza y energía ese tipo de comedia disparatadísima, alocada y extravagante, que también tiene tiempo para darnos alguna hostia que otra, esa comedia al uso de Lío en Río, la última obra dirigida por Stanley Donen, en la que dos maduros se enrollaban con sus respectivas hijas, y el embrollo estaba servido, pero ninguna quería mencionarlo, donde las casualidades, las mentiras y los miedos salían a relucir para que todo continuara igual, por miedo a enemistarse con los amigos queridos, sí, pero engañados, en otro tono más bestia, tendríamos a Airbag, de Juanma Bajo Ulloa, en la que seguía a tres palurdos en busca del anillo de prometido que se había olvidado en el trasero de una prostituta, en un viaje lleno de puticlubs, mafiosos y amor, o Very Bad Things, de Peter Berg, que hacía una versión oscurísima de aquella otra Despedida de soltero, nos adentraba en unos colegas en las que una despedida les acababa saliendo demasiada cara y altamente peligrosa.

Mille que, se reserva el personaje excéntrico y clown del agente consular francés, compone un reparto interesante con sus cuatro actrices, jóvenes y muy talentosas, en una pesadilla que pasan del miedo a la valentía, tenemos a Alison Wheeler que es Agatha, la profesora recta y teledirigida que se desmelenará un poco bastante, y se relacionará de forma compleja con Lily, que interpreta Philippine Stindel,  esa hermana pequeña difícil y malcarada, en plena guerra consigo misma, la tercera en discordia, la enamoradiza Chloé, que da vida Margot Bancilhon, dejada por enésima vez, que acabará por demostrar que bajo esa capa de superficialidad, se esconde una mujer fuerte, y finalmente, Katia que interpreta Vanessa Guide, la embarazada que tendrá que hacer frente a como ese mundo de fantasía y falso que se había montado, se cae de bruces con la realidad más inmediata. Y Chico Díaz, actor brasileño de gran prestigio como el Sr. Augusto, el malo de la función. Mille nos divierte y apabulla con su retrato del Brasil lujoso y pobre, en el que seguiremos a cuatro mujeres jóvenes, que a a medida que avanza la película, nos van recordando ese tipo de hembras propias del cine de Tarantino, en las que sus vacaciones maravillosas de desfase en Brasil, se convertirán en otro tipo de aventura, mucho más adrenalínica y peligrosa, en ocasiones triste o violenta, o ambas cosas, pero también, en un viaje hacia sí mismas, a conocerse, y sobre todo, a cuidarse y ayudarse entre ellas, y reencontrarse en medio de la nada.


<p><a href=»https://vimeo.com/241166912″>Bienvenidas a Brasil – Tr&aacute;iler Oficial HQ (VOSE)</a> from <a href=»https://vimeo.com/segarrafilms»>Segarra Films</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Happy End, de Michael Haneke

DISECCIONANDO A LA FAMILIA BURGUESA.

“Son una llamada a un cine que aporte insistentes cuestiones en lugar de respuestas falsas (por lo excesivamente rápidas), que clarifique las distancias en lugar de violar la cercanía, que abogue por la provocación y el diálogo en lugar de la consunción y el consenso”.

Michael Haneke

Las primeras imágenes de la película nos introducen en el objetivo de un Smartphone, en el que vemos situaciones cotidianas de una mujer, y una voz en off de una niña nos va relatando esos actos de forma mecánica y fría. Este prólogo nos evidencia una característica común en el cine de Michael Haneke (Múnich, Alemania, 1942) el interés del cineasta por reformular las imágenes contemporáneas introduciendo en sus películas los diversos formatos domésticos que van apareciendo, y la interactuación de sus personajes en su vida cotidiana, y cómo esas imágenes captadas desde la inmediatez y la improvisación acaban redefiniendo nuestras relaciones con los demás, y sobre todo, explorando aquello más oscuro del alma humana.

Haneke se erige como uno de los observadores de la sociedad contemporánea más incisivos y críticos sobre los comportamientos de los individuos, siempre en entornos burgueses, aquellos que aparentemente tienen resueltos todos sus problemas económicos, aunque, más allá de proporcionarles estabilidad y paz, los convierte en unos seres egocéntricos, falsos e hipócritas, incapaces de relacionarse con los suyos, y sobre todo, torpes en revolver sus problemas emocionales, porque todos sus actos les hacen convertirse en seres resentidos, tristes y solitarios, atrapados en la maraña de sus espacios y aburridos de ellos mismos, apartados de los problemas sociales, y completamente perdidos en su descontrol y miseria. Aunque Haneke huye de todos los convencionalismos narrativos para contarnos la existencia de sus criaturas, sumergiéndonos en ambientes reconocibles, a los que introduce elementos distorsionadores y perturbadores que rompen esa aparentemente armonía planteada en un inicio.

En Happy End, nos sumerge en el ambiente doméstico de una familia burguesa francesa que vive en Calais (que no es para nada arbitrario el lugar elegido, ya que es una ciudad costera donde llegan inmigrantes ilegales) y allí conoceremos a los integrantes de esta familia: Georges (interpretado por Jean-Louis Trintignant, que repite con Haneke después de la excelente Amor) el patriarca familiar, viudo y sólo, con la idea fija de quitarse la vida, también nos encontraremos con Anne (Isabelle Huppert, una de las habituales de Haneke, con aquella grandísima composición de la masoquista perturbada de La pianista) es la responsable de una empresa con problemas, con mala relación con su hijo díscolo Pierre (que da vida el actor alemán Franz Rogowski) y enamorada de un abogada estadounidense (que interpreta Toby Jones), y el otro vástago, Thomas (con la sobriedad de Mathieu Kassovitz) cirujano reconocido, casada en segundas nupcias con Anaïs (Laura Verlinden) que recibe la visita de Eve (maravillosa la interpretación de Fantine Harduin, uno de los grandes logros de la película, con esa mirada inocente y a la vez, maligna) la hija adolescente de su primer matrimonio.

 

Haneke a través de su estilo frío y alejado, adoptando el papel de observador, algo así como un testigo que mira sin inmiscuirse, captando cada detalle, cada mirada, cada gesto, con esa capacidad para sumergirnos hasta lo más profundo, con lo más mínimo, consiguiendo esa aparente tranquilidad y paz, y diseccionando con maestría de cirujano experto los problemas emocionales de esta prole, a la que no veremos nunca reunida, salvo en muy pocas ocasiones, alguna que otra cena, y esa reunión y los diálogos que se producen, aún nos evidenciaran más su desencanto, incomunicación y desesperación como grupo, situándonos en el epicentro de sus males, de esa oscuridad inquietante que tan bien maneja Haneke, provocándonos a cada momento, obligándonos a mirar, a explorar la miserable vida de sus personajes, de sus mentes perversas y de sus indiferencias ante los problemas sociales, imbuidos en esa vida de oropel, de lujo y de mierda.

El cineasta alemán disecciona los males contemporáneos de la bienintencionada Europa, con su cinismo de ayuda y colaboración con el desprotegido, pero en el fondo, toda ausencia de empatía con el necesitado, enfrascado en sus vidas, en sus intereses y en sus existencias ociosas, apartadas de todos y todo, mirándose a sus espejos de falsedad, aburrimiento y maldad, incapaces de expresar sus sentimientos y alejados de aquellos que aman, o simplemente, creen amar, porque cómo nos evidenciará la película en uno de sus momentos memorables, sólo nos queremos a nosotros mismos, incapaces de aceptar nuestra terrible soledad, y la soportamos mintiendo a los demás, y sobre todo, autoengañarnos a nosotros mismos. Haneke nos habla de inmigración sin casi aparecer inmigrantes, ni tampoco ese tipo de discursos amables y falsos de tantas películas, con esa idea de buenísimo, aunque esos actos aparentemente de ayuda y amistad, carezcan, en el fondo, de solidez y amor.

Los universos que nos cuenta Haneke son inquietantes, sombríos y extremadamente turbios, en los que los ambientes malsanos recorren todos sus espacios, en los que, en cualquier instante, puede producirse un estadillo de violencia, de horror, que late en el interior esperando su oportunidad, como si fuese un asesino a la espera de reventar su sed de sangre, aunque el cineasta alemán opta por una forma cotidiana e íntima, alejándose de las formas convencionales narrativas, en su cine, el plano y su duración consiguen inquietarnos de manera brutal, de agobiarnos, de hacernos daño con sus imágenes, a través de planos generales, donde sus espacios, ya sean urbanos o domésticos, parecen aparentemente tranquilos y en paz, pero más lejos de eso, están hirviendo y apunto para estallar y sobrecogernos a todos, aunque, en ocasiones todo continua igual, capturando de manera magistral la atención del espectador, seduciéndolo con esas imágenes repetitivas donde parece que algo va a suceder, que todo cambiará, pero, en ocasiones, esto no sucede, y esa imaginación, nos inquieta aún más.

En este sentido, la mirada inquisidora y siniestra de Haneke hacia la burguesía se acerca al cine de Antonioni o Chabrol, donde esa manada burguesa, perdida, solitaria y vacía, se mueve casi por inercia, incapaz de sentirse bien, y abrumada por los problemas emocionales, en el que viven o simplemente, existen, en los que la incapacidad para comunicarse, para hablar de lo que sienten, de ayudarse y ayudar a los otros, en donde la maldad o la muerte, en muchas ocasiones, es la única salida que tienen para soportar esas existencias tan mundanas, egoístas y estúpidas, movidas por su ambigüedad y constradicciones, aunque, estas decisiones tan oscuras y a la par, que sinceras, los lleven a sumergirse en más oscuridad y terror, pero, en su existencia ensimismada en ellos mismos y sus cosas tan lujosas, y a la vez, tan vacías, sean tan miserables para aceptar sus problemas y encontrar soluciones a sus situaciones, enfrentándose a sí mismos, pero en cambio, optan por actos irracionales que les hacen más daño, y sobre todos, a los suyos, a esos que tienen a su alrededor, a ese escenario inventado y construido a su imagen, lleno de su egoísmo y vanidad.