Cómo entrenar a tu dragón 3, de Dean DeBlois

HIPO Y FURIA NOCTURNA.

“Esto es Isla Mema. Está a 12 días al norte de desesperación y unos grados al sur de me muero de frío. Está situada de lleno en el meridiano de la desgracia. Mi aldea, en una palabra recia, lleva aquí 7 generaciones, pero todos los edificios son nuevos. Tenemos pesca, caza y unas preciosas puestas de sol, lo único malo son los bichos. Veréis, la mayoría de los sitios tienen ratones o mosquitos, nosotros tenemos dragones. La mayoría de la gente se iría, nosotros no, somos vikingos, somos un pelín cabezotas. Yo me llamo Hipo, menudo nombrecito verdad, pues los hay peores. Los padres creen que un nombre horrible ahuyenta a los gnomos y a los trolls, como si nuestro encantador carácter vikingo no fuera bastante”.

El año 2010 vio la luz la película Cómo entrenar a tu dragón, dirigida por Dean DeBlois (Brockville, Canadá, 1970) y Chris Sanders (Colorado Springs, EE.UU., 1962) dos consumados especialistas en el cine de animación de los últimos años con diversos trabajos en Walt Disney  y Dreamworks Animation,  que venían de dirigir Lilo & Stitch (2002) antecedente cercano en su argumento, que después tuvo continuaciones en forma de serie televisiva. En aquella, también contaban el encuentro entre un humano y un animal, y su relación, entre lo diferente y lo extraño, en ese caso, se trataba de una niña hawaiana solitaria y un alienígena nacido de un experimento secreto.

En Cómo entrenar a tu dragón, DeBlois y Sanders, y la compañía en la producción de Bradford Lewis y Bonnie Arnold (autores de grandes títulos como Ratatouille, Antz o Toy Story, entre otros) y basada en los libros de Cressida Cowell, nos contaban la cotidianidad de una isla remota al norte llamada Isla Mema, donde vikingos y dragones luchaban desde tiempos remotos, y nos presentaban a Hipo, un chaval de 15 años, diferente, solitario y con ideas propias al resto, una especie de “bicho raro” en la aldea, el cual, hijo de Stoico, el jefe de la aldea, soñaba con cazar dragones, pero su padre, por su condición, se lo prohibía y lo relegaba a la fragua para construir armas. Aunque, Hipo, de fuerte carácter y personalidad, desobedecía a su progenitor y se lanzaba al ataque, y casualidades del destino, capturaba un “Furia nocturna”, al que llama cariñosamente “desdentao”, el dragón más invencible y más fiero para los vikingos, además, con la peculiaridad que nadie, jamás, lo ha llegado a ver, convertido en una especie de leyenda. En esas, Hipo lo captura y nace entre los dos una increíble amistad, llegando a ser un gran equipo en el que tanto Hipo como Furia Nocturna muestran su alma, todo aquello que los acerca y sobre todo, se convierten en inseparables, consiguiendo Hipo cabalgar a lomos del dragón, cosa inaudita para los vikingos. Hipo conseguía, después de muchos avatares y disputas, convencer a su padre y al resto del carácter desconocido de los dragones y convertirlos no en el enemigo, sino en todo lo contrario.

En la segunda entrega, aparecida en el 2014, con DeBlois dirigiendo en solitario, y Sanders en tareas de producción, nos mostraban una realidad bien diferente a la primera entrega, porque  vikingos y dragones convivían en armonía, en la más absoluta cotidianidad, con sus más y sus menos, convertidos los dragones en una especie de mascotas domésticas, aunque también esa convivencia volvía a ser amenazada, y aparecía un nuevo enemigo,  los temibles tramperos, en la figura de un vikingo renegado, que se dedican a cazar dragones para su beneficio y poder y sujetarlos a su antojo. Hipo, con 20 años de edad, Furia Nocturna, Astrid, su amada, y el resto de la aldea, luchaban contra ellos para así mantener a los dragones libres. La película nos mostraba el encuentro de Hipo y su madre Walka, a la que había visto por última vez cuando era sólo un bebé. La madre, al igual de Hipo, cree en la conservación de la naturaleza y sobre todo, la preservación de los dragones, y luchan, con uñas y dientes con ese fin.

En esta tercera entrega y cierre de la trilogía, DeBlois vuelve a dirigir en solitario y nos muestra a un Hipo ya adulto y jefe de la aldea, enamorado de Astrid y con Isla Mema viviendo en consonancia entre vikingos y dragones, aunque los rescates continuos de dragones está llevando a la masificación en la isla. En sus vidas, volverá a aparecer una nueva amenaza, Crimmel, un experto trampero que ha creado un imperio del terror hacia los dragones, que tiene en su poder un ejemplar idéntico a Furia Nocturna, pero hembra y de color blanco, animal que hará las delicias de “desdentao”, y al que llamarán “Furia Diurna”. DeBlois y Sanders han construido un magnífico filme de aventuras, donde también hay comicidad, de factura impecable y gran realismo y lleno de detalles precisos, donde abundan las sombras y los reflejos de luces, que comenzó como un retrato sobre lo iniciático para derivar en un retrato sobre la transición en convertirse en adulto y todas las responsabilidades que eso conlleva, que nos habla de amistad, de compañerismo, de mirar al otro y empatizar con lo diferente, extraño y raro, de respetar, y sobre todo, de la pérdida, de todos esos adioses que hay que experimentar en la vida, ya sean la pierna que pierde Hipo en la primera entrega, el padre muerto en la segunda, o todo aquello que tendrá que decir adiós en la última entrega.

DeBlois cuentan una emocionantísima aventura humanista, donde asistimos a luces y sombras, donde pasamos del drama a la comedia, y donde los personajes se muestran transparentes, con sus dudas, defectos y aciertos. Un grandísimo retrato contado de forma brillante y emocionante, siguiendo la peripecia de Hipo, Furia Nocturna y todos los demás, con ese aire entre lo fantástico y lo real que ya tienen las películas del Studio Ghibli, o buena parte del cine de Pixar, historias de aventuras fantásticas, donde la acción y las secuencias espectaculares se mezclan con el alma de los personajes, de alguien como Hipo, que al igual que su madre, cree en un mundo diferente, un mundo donde no haya guerras, donde vivan en armonía todas las especies, y en el que la naturaleza rija las vidas de todos los seres que la habitan. Hipo se convierte en un resistente contra lo establecido, un agitador de la paz y la vida, un líder contra las injusticias y la maldad del mundo, alguien capaz de liderar a todos los demás, alguien que cree en sí mismo, y también, sabe aceptar sus debilidades y defectos, y sabe, que aunque duela, la vida y los dragones tienen su propio mundo, su propio destino como el de él y los suyos. DeBlois cierra con magnificencia su trilogía de Hipo, Furia Nocturna y el resto de personajes, con ese maravilloso epílogo, que además de emocionar, encuentra en gestos, miradas y detalles todo aquello que quiere explicar.

Entrevista a Ana Schulz y Cristóbal Fernández

Entrevista a Ana Schulz y Cristóbal Fernández, directores de la película “Mudar la piel”. El encuentro tuvo lugar el martes 2 de octubre de 2018 en el domicilio de los directores en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Schulz y Cristóbal Fernández, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Calleja de Prismaideas y Pablo Caballero de Márgenes Distribución, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Mudar la piel, de Ana Schulz y Cristóbal Fernández

EL AMIGO QUE ME ESPIÓ.

“Detrás de toda cultura, hay inmensas violencias”

Walter Benjamin

La película arranca con una imagen icónica del cine de espías, y reveladora en la película que vamos a ver, observamos dos teleféricos suspendidos en el cielo, desde una distancia prudente desde el suelo, como si estuviésemos espiando a los dos artefactos y sobre todo, a lo que allí acontece (casi como el personaje de Gene Hackman en La conversación, de Coppola) y empezamos a escuchar una conversación entre los dos directores de la película Ana Schulz (Hamburgo, Alemania, 1979) y Cristóbal Fernández (Madrid, 1980) que gira en torno a las dificultades que tienen con la presencia de Roberto en la película y sus diversas exigencias y motivos de su participación en la película. Un teleférico que nos recuerda aquel otro que aparecía en la reciente La próxima piel (con las falsas identidades como nexo común) cuando madre e hijo sentían que sean quiénes fueran, podían amarse sin rencor. Roberto es el espía de los servicios secretos que el gobierno ordenó espiar a Juan Gutiérrez, mediador entre ETA y el estado español en los años 80.

La película se cierne sobre aquella amistad, una amistad férrea e indisoluble que continua después de tantos años, una amistad entre el espía y el hombre al que tenía que espiar, y sobre la reflexión de Ana, hija de Juan, de entender y descubrir la naturaleza de una amistad rodeada de mucha oscuridad, traiciones y mentiras. Ana (fotógrafa de vocación) y Cristóbal (montador de algunos de los autores más interesantes del panorama actual como Oliver Laxe, Juan Barrero, Manuel Muñoz Rivas, Héléna Klotz o Christophe Farnarier, entre otros) debutan en el largometraje con un trabajo en el que se funden elementos tan dispares pero que convergen con absoluta naturalidad y eficiencia, como la home movie (Jonas Mekas y Chantal Akerman) la novela y el cine de espías (con el aroma de las novelas de Frederick Forsyth o Graham Greene) el thriller político (con Costa-Gavras, Lumet, Pakula o Stone) y el cine documental que investiga sobre el hecho cinematográfico y su construcción (con Rouch o Van der Keuken como referentes) todo eso y más es la película.

Mudar la piel es un retrato sobre Juan Aguirre, un hombre de izquierdas, humanista y honesto, que desencadenó un papel crucial en el conflicto vasco, mediando entre los unos y los otros, y que alimentó una estrecha y sincera amistad con Roberto, la persona que enviaron para espiarle, y después de tantos años, continúa la amistad como si nada, sin rencores ni rabia por parte de Juan, como si nada hubiera ocurrido, y ese hecho que pueda sorprender y ser incomprensible, Juan lo toma como algo natural, un hombre que sigue creyendo en la amistad con Roberto y sin entrar en valoraciones morales ni juicios de valor. La película también es una interesante y profunda reflexión sobre la amistad en un entorno hostil, sobre las consecuencias e intereses de unos y otros, sobre dos personajes antagónicos, casi como dos cowboys del far west, distintos, extraños y con intereses en las antípodas, logran conocerse, comprenderse y queriéndose después de todo.

Un personaje como Juan, natural, cercano y sincero, alguien que nada tiene que ver con Roberto, que se encuentra en el otro extremo, con una identidad falsa, con unos intereses oscuros y una mentira urdida desde los mismísimos resortes de las partes más oscuras del estado, un hombre rodeado de misterio y esquivo, alguien borroso, casi invisible, de esos tipos que apenas se ven en algún documento, que parece que alguien conoce, pero que nadie podría decirnos quién es exactamente, como si fuese un fantasmas o producto de nuestra imaginación (como la magnífica y ejemplar fotografía que ilustra si paliativos la relación entre ellos, convertida en la imagen y cartel de la película, en el que Juan, en primer término, muestra con su gesto la transparencia y humanidad que desprende, mientras, Roberto, más alejado que él, apenas se ve, su imagen está difuminada, casi imperceptible, rodeada de ese misterio en el  que indaga la película) junto al collage de imágenes de archivo y testimonios del propio Juan, Roberto, su mujer Frauke Schulz-Utermöhl, y los propios realizadores, logran sumergirnos en ese mundo de apariencias, de no verdades y lugares esquivos.

Schulz y Fernández han construido un hermoso y extraordinario documento que investiga el cine desde sus herramientas más básicas, desde todo aquello que puede filmarse y verse, a todo aquello que resulta esquivo e imposible de filmar, de la fragilidad e incertidumbre que rodea el cine documental, de los curiosos personajes y los intereses que se mueven en las aguas fangosas y negras de la política, y sobre todo, la película es un bellísimo retrato sobre la amistad más puro, honesta y sencilla de dos hombres que las circunstancias hicieron que coincidieran y que ellos creían ir de la mano y en el mismo bando, y la vida y las diferentes situaciones escondían otro desenlace, aunque como explica Ana en la película, en ocasiones, el cine es una herramienta eficaz e interesante para escarbar y desenterrar hechos olvidados y oscuros, pero al fin y al cabo, hay cosas que no pueden llegar a entenderse por mucho que sigas buscando, hay cosas que sólo los principales protagonistas conocen, o no.

Las distancias, de Elena Trapé

TRES DÍAS CON LOS AMIGOS.

“Todos creíamos que a partir de cierta edad sentirías un clic y lo entenderías todo, pero este clic no llega nunca”

En las primeras líneas de la excelente novela Cuatro amigos, de David Trueba, leemos lo siguiente: “Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas. Los seres humanos elevamos ciertos tópicos a las alturas para esquivar la poca importancia de nuestras vidas”. Sin ánimo de hacer comparaciones, aunque las dos compartan hablarnos de la amistad de cuatro amigos, aunque sus miradas transitan por caminos complementarios, sí, pero también diferentes. Aunque, esas primeras líneas de la novela, podrían ser también las primeras líneas de la película. Se esperaba con entusiasmo el nuevo trabajo de Elena Trapé (Barcelona, 1976) después de las buenas sensaciones que dejó su debut con Blog (2010) la historia de un grupo de adolescente que pactan quedarse embarazadas como protesta. Entre medias, Trapé ha dirigido Palabras, mapas, secretos y otras cosas (2015) un documento que recorre el trabajo de la cineasta Isabel Coixet, a través del espíritu de sus películas.

Las distancias nos habla de amistad, de emociones (des) encontradas y desordenadas, de precariedad, de huidas, y sobre todo, de una generación muy preparada académicamente, pero con pocas expectativas de futuro laboral, económico y emocional. Sí en Blog, la amistad era ese espacio de compañerismo, absolutamente férreo, sin aristas, y todas a una. En Las distancias, es todo lo contrario, aquellas adolescentes han cumplido años y ahora se encuentran en los 35 años, que se convierte en el punto de partida de la película, ya que tres amigos viajan a Berlín a sorprender y celebrar el cumpleaños de Comas, con esa excusa ya que hace la tira que no se ven. Aunque lo que allí se encuentran o reencuentran no es lo que esperaban, y el fin de semana divertido y cálido, se convierte en un tono oscuro y gélido, en el que la atmósfera de ese Berlín frío y nublado se convierte en el marco ideal para hablarnos de las emociones que experimentan los jóvenes treintañeros. Trapé nos está hablando de ella y sus amigos, y del contexto precario en el que se mueven todos ellos, empezando por Olivia (Alexandra Jiménez) embarazada de siete meses, y con serias dudas con sus sentimientos y el padre de su futuro hijo, Eloi (Bruno Sevilla) con un trabajo a media jornada, abandonado por la novia, y volviendo a casa de sus padres a vivir por no poder pagar su piso, Guille (Isak Férriz) al que parecen ir bien las cosas laboralmente hablando, arrastra una relación de pareja no del todo satisfactoria con Anna (Maria Ribera) que lo acompaña en el viaje, y por último, Comas (Miki Esparbé) el anfitrión y cumpleañero, que vive instalado en Berlín, que se muestra apático y reservado, que será la figura ausente de la película.

La cineasta barcelonesa enmarca su relato en sólo tres días, con un prólogo, donde todos son encuentros, abrazos y sonrisas, para pasar a ese sábado casi siniestro, donde se cimenta el grueso de la historia, donde cada uno de los personajes acabará en solitario, deambulando por una ciudad extraña, irreconocible y triste, algo así como un espejo demoledor de sus emociones, donde cada uno de ellos se encerrará en sus ideas, pensamientos y reflexiones sobre sí mismo y sus amigos, en el que la directora opta por seguirlos con la cámara pegada a ellos, como esa sombra molesta de la que no pueden huir (es grandioso el trabajo de luz de Julián Elizalde, con esa luz lúgubre y velada que acompaña toda la película) en el que se irán perdiendo por las calles berlinesas, aceptando su realidad, una realidad de la que llevan demasiado tiempo intentando escapar. El preciso trabajo de montaje, obra de Liana Artigal (que ya firmó el de Blog) llevándonos de un personaje a otro, siendo testigos de sus preocupaciones, misterios y sobre todo, de sus miserias emocionales, de aquello que no cuentan a nadie, pero que no les deja en paz.

Un guión obra de la propia directora, junto a Josan Hatero y Miguel Ibáñez Monroy (autor entre otras de la serie Cites) que es parco en palabras, construido a través de silencios y gestos, y de las soledades interiores de cada uno de ellos, en esos momentos de conflictos, de reproches, de una amistad que fue, que ocurrió, que los acompañó durante largos años, pero a día de hoy, una amistad rota, donde más que amigos parecen extraños, una amistad que sigue manteniéndose gracias al pasado (como ese precioso y terrible momento en que Olivia recupera un cd del grupo Los Fresones Rebeldes y su canción “Al amanecer”, todo un himno allá a finales de los 90) donde parece devolvernos a esa juventud temprana, donde todos parecíamos más felices, y sobre todo, éramos más jóvenes, cargados de ilusiones, donde vislumbrábamos un futuro muy diferente a lo que es realmente, donde los sueños parecen maravillosos, y la amistad que teníamos parecía irrompible, eterna y feliz.

Trapé recoge el espíritu que acompañaba a películas como Reencuentro, de Kasdan o Los amigos de Peter, de Branagh, en el que amigos y amigas pasaban de la celebración a las verdades en la cara, sin concesiones ni rodeos, un mismo espíritu que tanto Trapé, al igual que sus compañeras de la Escac, como Mar Coll, Roser Aguilar, Nely Reguera o Liliana Torres, a la que podríamos incluir a Sergi Pérez, nos hablan de relaciones entre amigos, de emociones soterradas y deseos incumplidos, de una juventud que quería conquistar el mundo, pero la realidad la llevó por otros lares más incómodos y demasiado tristes. Trapé  ha hecho una película magnífica, honesta y cercana, huyendo del sentimentalismo y los aspavientos emocionales, rodeado de un grupo artístico y técnico de altura, contándonos un relato donde mucha gente, en los que se incluye un servidor, se verá muy reflejado, quizás demasiado, porque la película se convierte en ese espejo donde se reflejan todos nuestros miedos, inseguridades y nuestra incapacidad para los temas emocionales, nuestra torpeza y cobardía para afrontar lo que sentimos, y la nula incompetencia para afrontar nuestra precaria realidad y detener esa eterna huida de nosotros mismos, y de los demás, quizás los únicos amigos sinceros, o al menos alguna vez lo fueron, que nos quedan para tomar una cerveza y contarnos lo que nos ocurre, pero de verdad, sin mentiras ni falsedades.

Puta y amada, de Marc Ferrer

(DES) AMORES, AMIGOS Y CINE.

“Si no se puede ser hermoso hay que ser terrible, la misma pasión estética pero invertida”

Nos encontramos en un cine, unos amigos están viendo alguna película de Godard, Truffaut, Pialat o la última de Woody Allen, la siguen con atención, inmersos en un estado hipnótico por sus imágenes y sonidos, abducidos por las historias que se cuentan. Cuando acaba la película, toman algo en el bar más cercano y hablan sobre la película, que les lleva a hablar de ellos mismos, de sus (des) amores y existencia vital. Este instante, cotidiano y resistente, podría ser la secuencia habitual del cine de Marc Ferrer (Sabadell, Barcelona, 1984) que después de graduarse en Comunicación Audiovisual en la UPF, y de realizar cortos y videoclips, debutó en el largometraje con Nos parecía importante (2016) donde las vivencias autobiográficas,  la amistad y la cinefilia eran los pilares en los que se asentaba su película. Al año siguiente, vimos La maldita primavera, que, aunque continuaba hablándonos de amigos y cine, lo hacía a través de un tono diferente, en una comedia muy gamberra, muy divertida, en el que se mezclaba la Barcelona actual, mucha música pop de Papa Topo, devaneos sentimentales, extraterrestres y mucho trash.

En su tercera película, Puta y amada, Ferrer vuelve a la premisa de su opera prima, donde vuelve a hablarnos de sí mismo, de sus amigos, algunos interpretándose a sí mismo, donde se vuelve hablar de cine, de literatura, y sobre todo, de la fragilidad de los sentimientos, y la vulnerabilidad de las emociones, a través de relaciones frugales, insatisfechas, acomodadas, tristes, reconciliables o no, locuras y demás (des) amores, y lo hace desde la naturalidad y la cercanía, a partir de esa austeridad narrativa y formal que hace de la carencia de medios, una bandera para contarnos relatos frescos, divertidos y actuales, filmando esa Barcelona de día, pero sobre todo, de noche, la Barcelona canalla,  la del Cine Zumzeig, la de Freedonia, la del Raval, con su Mónica del Raval (que aquí tiene un cameo, volviendo al universo Ferrer, ya que en La maldita primavera tenía un personaje importante) aquí tenemos la presencia de Yurena marcándose la actuación de uno de sus temas disco, a la que veremos en otros momentos, también envuelta en amores inconclusos. Estaremos en otros tantos lugares, donde la ciudad, esa Puta y amada, para Ferrer y sus amigos, como epicentro y responsable inocente de sus logros o desaciertos vitales. También, hay mucha música, escuchamos canciones pop, que nos hablan del interior de los personajes, de sus sentimientos y estados de ánimo.

El director sabadellense construye sus películas de 60 minutos de metraje, un tiempo en el que no cesan de ocurrir cosas, donde el ritmo nos lleva de un sitio a otro  de forma frenética, a los (des) encuentros casuales o no, nos sitúan en situaciones cotidianas, realistas o no, donde los personajes siguen a sus amados, queriendo encontrar ese sentido a sus vidas o aprender a relajar su corazón y que no vuelva a salir perjudicado por tantos cambios. Ferrer elogia la imperfección, la fealdad, huye de lo bonito y perfecto, no juzga a sus personajes, los filma desde la naturalidad y la intimidad, en una especie de catarsis autobiográfica, en el que lo vivido en la realidad pasa a ser materia de ficción, en el que la vida y el cine se mezclan, fusionan y crean una especie de híbrido donde vida y película dialogan entre sí, creando una nueva dimensión donde la realidad y la ficción se traspasa continuamente, pero, siempre desde un sentido sencillo y honesto, sin crear ningún tipo de discurso o subrayado narrativo, la película se cuenta desde el deseo de hacer cine, de vivir el cine y de sentir el cine desde lo más mínimo, desde sus orígenes, filmando todo aquello que nos ocurre, que forma parte de nuestras vidas.

El cine de Ferrer reflexiona continuamente sobre el valor de las imágenes, sobre su construcción y su tiempo, donde la Nouvelle Vague sería el epicentro romántico cinematográfico, donde nacen sus imágenes, un lugar de referencia del que se originan estas películas, donde continuamente se  establecen diálogos entre el cine y la vida, donde no sabemos dónde acaba uno y empieza el otro, como el instante en el que Júlia entra en la cabina del proyeccionista del cine  y mira con amor ese proyector en 35 mm. Marc hace un cine libre, fresco, natural y divertido, alejado de todas esas moderneces, imperativos narrativos o formales, donde se recupera la cinefilia, el amor al cine, sus personajes van al cine, hablan de él tomando algo, como una mirada hacia lo que fue el cine, lo que ya no es, porque Ferrer elogia el cine diferente, hecho desde la emoción, en el que prevalece el contenido a la forma, aunque la forma, a pesar de resultar aparentemente sencilla e improvisada, casa perfectamente a aquello que se nos cuenta, sin entrar en ninguna virguería técnica o demás, que rompería esa naturalidad y espontaneidad que destilan las imágenes de la películas de Marc.

Marc que se reserva un personaje, el del cineasta en crisis creativa y sentimental, está acompañado en esta nueva aventura por una de sus cómplices habituales y compañeras, Júlia Betrian, con su desparpajo y cercanía, Zaida Carmona, que con su tono de voz y mirada, nos recuerda a Marta Fernández Muro, una de las actrices capital en aquella comedia madrileña de los 80 (que como hacía en La maldita primavera, donde se marcaba el temazo de “La llamada”, aquí Zaida, nos deleita con un tema de The Cranberries) Adrià Arbona y sus Papa Topo, y demás inquilinos en el universo gamberro y sensible de Ferrer, que recuerda a aquellos primeros filmes de Waters, Fassbinder, Colomo o Almodóvar, o más recientes como los films de Jonás Trueba, donde a través de amigos y la obligada austeridad de medios, nos hablaban de sus emociones, del cine que amaban y de esos amores que van y vienen, que a uno lo matan o resucitan, porque Ferrer quizás haya hecho su película más realista, más acogedora, y más tierna, donde explora tanto la felicidad como la infelicidad de él y sus amigos, de todo aquello que se siente enfrentado a la realidad dura y siniestra, donde la dificultad de interpretar nuestros sentimientos que choca con los hechos, nos confunde, nos irrita, y nos entristece, como ese maravilloso momento en el taxi con el propio Marc junto a Zaida, en el que cine y vida se transmutan creando, quizás, uno de los momentos más mágicos en el cine de Ferrer.

Entrevista a Ariane Ascaride

Entrevista a la actriz Ariane Ascaride, con motivo de la presentación de la película “Una casa junto al mar” en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona. El encuentro tuvo lugar el miércoles 14 de marzo de 2018 en la sala de invitados de la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ariane Ascaride, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a la maravillosa labor de la traductora, y a Lorea Elso, de Prensa Golem, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Tierra firme, de Carlos Marques-Marcet

LA VIDA EN UN BARCO.

La película se abre en un fondo negro, empieza a sonar una música acogedora y suave, lentamente, muy a lo lejos, en el fondo, vislumbramos una pequeña luz que, a medida que avanzamos, descubrimos que vamos a bordo de un barco en mitad de un túnel y la pequeña luz nos va descubriendo un río, un canal y la vida. Una apertura que nos viene a decir que por muy oscuro que sea el lugar que nos encontremos, si avanzamos con paso firme, podremos encontrar un leve resquicio de luz. Carlos Marques-Marcet (Barcelona, 1983) sorprendió a propios y extraños con su puesta de largo, 10.000 km (2014) en la que una pareja enamorada debían separarse por el trabajo de ella, y continuaban su relación vía skype, con todos los problemas que se generaban. En su segundo trabajo, Marques-Marcet vuelve a instalarse en el terreno de la pareja, en este caso, dos jóvenes enamoradas, Eva y Kat, dos polos opuestos, Eva, racional y ordenada, y profesora de salsa y su deseo de ser madre, en cambio, Kat, emocional y aventurera, y camarera, que no tiene tan claro lo de ser madre. El deseo individual de cada uno de nosotros y los objetivos como pareja, vuelven a tensionar este segundo trabajo como lo hacía su interesante debut.

Ahora, introduce el conflicto de la maternidad, no ya como obligación en el tiempo de nuestros padres, sino como una opción. El director catalán nos introduce en la intimidad y la cotidianidad de esta pareja y en su hogar, una pequeña embarcación en uno de esos canales de Londres. El conflicto estallará con la llegada de Roger, un tipo peculiar y bohemio de Barcelona, muy amigo de Kat, que será ese espejo transformador en que las dos mujeres reposarán sus dudas y conflictos. Lo que empieza como una broma se convertirá en un objetivo claro, y Roger donará sus pececillos para que Eva se quede embarazada y así ser madre con Kat. Este triángulo amoroso atípico en el que establecen una especie de negocio, parecerá bien avenido hasta que se enfrentan a los conflictos de la empresa que se acaban de embarcar. Marques-Marcet construye su película en la intimidad del barco, de ese espacio reducido y el olor a río, entre idas y venidas, cenas y copas, e introduce la figura de la madre de Eva (estupenda Geraldine Chaplin, su madre en la vida real) en un personaje medio hippie, médium y bohemia.

La fábula contemporánea que construye la cinta se  apoya en las relaciones que se establecen entre sus personajes, entre la distancia que separa los diferentes deseos dentro de la pareja, y la opción de ser madres, y lo hace de manera sencilla enmarcándola en una comedia ligera, con momentos divertidos, y también, en el drama y la tragedia, con otros instantes donde el amor, o los sentimientos se muestran confusos, contradictorios, y la inseguridad y los miedos se muestran de manera íntegra. Recuperando el aroma de aquellas comedias agridulces que Hollywood hacía también en los 30 y 40. Todo ocurre a bordo de ese barco, genial metáfora de esa vida outsider, de incertidumbre y continuo balanceo, donde parece el lugar menos apropiado para tener un hijo. El director barcelonés consigue una película muy de los tiempos que vivimos, sobre los jóvenes actuales, sus necesidades, tanto laborales, individuales y sentimentales, componiendo una sutil mezcla de alegrías y tristezas, penetrando en el alma de esos jóvenes de vidas inciertas, que hoy están aquí y mañana en el otro lado del mundo, en una sociedad cambiante, en continuo movimiento, en tiempos convulsos y extraños que, nos obligan a tomar decisiones que quizás no casan todo lo que nos gustaría con nuestras necesidades personales, que nos enfrentan a lo que sentimos y nos coloca en lugares confusos en el que el amor y nuestras relaciones en pareja se tambalean y peligran.

Una historia sencilla, que conmueve entre risas y lágrimas, donde la música vuelve a tener ese protagonismo especial describiendo los estados de ánima tan cambiantes que viven los personajes, en esos canales de barcos que van y vienen, como ese continuo fluir de la vida que no se detiene, y a veces, debe echar el ancla y en otras ocasiones, despedir a pasajeros con otras opciones de vida. El gran trabajo actoral con Oona Chaplin, Natalia Tena y David Verdaguer, éstos dos últimos repiten con Marques-Marcet, que dotan a sus personajes de vida, tristeza y humanidad,  convirtiendo la película en un viaje de comedia, drama y aventura. Carlos Marques-Marcet se erige como un gran observador de las inquietudes y problemas de los jóvenes de su edad, en cómo nos enfrentamos a las decisiones importantes de nuestra vida en cuestiones de trabajo, amor y paternidad, mirándonos de frente, sin malabarismos ni condescendencias, sino todo lo contrario, penetrando en nuestra alma y todo aquello que no se ve, aquello que nos ocultamos y ocultamos, nuestras inquietudes, inseguridades y miedos, en una fábula contemporánea que nos enfrenta a esas decisiones que debemos tomar en la vida, y que a veces, cuestan tanto, y nos convierten en aquello que no queremos, y nos obliga a enfrentarnos con nuestros miedos e inseguridades, en lo que somos, al fin y al cabo.