El inconveniente, de Bernabé Rico

LA EXTRAÑA PAREJA.

“La soledad es muy hermosa… cuando se tiene alguien a quien decírselo”.

Gustavo Adolfo Bécquer

Erase una vez… Una mujer llamada Sara, treintañera, profesional de éxito, seria y rigurosa, muy atractiva, y felizmente casada con Daniel. Un día, empujada por su ambición y su precio, adquiere una vivienda en una buena zona de Sevilla, un piso que solo tiene un inconveniente, será suyo cuando fallezca la propietaria, Lola, una septuagenaria muy suya, de vueltas de todo, que bebe, fuma y vive encerrada en su casa. Sara y Lola son dos mujeres sin nada en común, o quizás, si. La opera prima de Bernabé Rico (Sevilla, 1973), llega después de más de una década dedicado a la producción, tanto teatral como cinematográfica, y a la dirección de cortometrajes, con un relato íntimo y muy doméstico, lleno de honestidad, con la sensibilidad adecuada, sin caer en el sentimentalismo, ni nada que se le acerque, mostrándonos la relación de dos mujeres que de lo lejos que están una de la otra, se encuentren más cerca de que imaginan, parecen dos polos opuestos, pero su relación las acercará y las ayudará más de lo que creen, convirtiéndose en una especie de madre-hija o hermana mayor y pequeña.

El inconveniente  nace de la obra teatral 100m2, de Juan Carlos Rubio, un autor que lleva más de veinte años escribiendo para cine y teatro, además de dirigir para ambos medios. Una pieza teatral representado con éxito que vio la luz en el 2008, que Rico, con la ayuda del productor Olmo Figueredo, responsable de películas como Adiós o La trinchera infinita, entre otras, construyen una película de aquí y ahora, que tiene mucho que ver con la realidad social de muchas personas mayores, personas que viven solas en sus viviendas y encuentran en la venta del inmueble en vida, una forma de subsistencia. La película habla de aspectos sociales, pero desde una perspectiva Azcona-Berlanga, con ese característico humor negro, como evidencia el arranque, con ese tipo peculiar que interpreta magistralmente un grande como Carlos Areces, que podría ser un heredero de López Vázquez, una especie de mezcla entre el Quintanilla de Plácido, y el lameculos de Atraco a las tres, un personaje que irá entrando y saliendo de la película, poniendo esas notas de humor negro, esperpento y amargura que tanto casa con la historia.

El relato va mezclando con soltura y agilidad, la comedia negra que retrata una sociedad demasiado individualista, solitaria y amargada, con ese melodrama cercano en el que se va fundiendo una amistad entre dos mujeres que sin pretenderlo, van a ir encontrando un reflejo necesario que les ayudará muchísimo en sus vidas, llevándolas a enfrentarse con ellas mismas, y sobre todo, a mirarse en ese espejo de decisiones equivocadas o no, y saber recordarse, porque lo han olvidado, las cosas importantes de la vida, las que verdaderamente nos ayudan a crecer y vivir mejor. Una interesante y envolvente luz de Rita Noriega, que sabe transmitir toda esa penumbra del inicio para luego, ir entrando más luz, que explica con suavidad el proceso que están viviendo las dos protagonistas. El rítmico y exacto montaje que firma un experto como Nacho Ruiz Capillas (que ha trabajado con nombres tan ilustres de nuestro cine como Icíar Bollaín, Amenábar, Fernando León de Aranoa, entre muchos otros). Y si la historia funciona, llevándonos por muchos aspectos de la vida, con secuencias memorables como la que protagonizan el personaje de Mánver y José Sacristán, que explica tanto de la vida, de las decisiones que tomamos, y del pasado, que a veces, viene a reclamarnos aquello que no podemos olvidar.

Hay algo que no puede fallar en películas de esta naturaleza, basada en la relación de amistad y amor de dos mujeres demasiado solas, pero que se niegan a reconocerlo y sobre todo, reconocérselo, que es la elección y el trabajo interpretativo de su pareja protagonista. Una pareja que recuerda tanto a los Lemmon y Matthau de La extraña pareja, que también fue primero una obra teatral, con unas brillantes, conmovedoras, divertidas y sinceras protagonistas. Por un lado, Kiti Mánver, que después de medio siglo de carrera, no debería sorprender a nadie su inmensa capacidad para enfundarse en la piel de un personaje casi diez años mayor que ella, que lo envuelve de magia, ridiculez y extravagancia. Frente a ella, Juana Acosta, que se mantiene firme y defiende con elegancia y sobriedad una mujer que empieza a arriba, o al menos, eso se cree ella, y poco a poco, irá comprendiendo las cosas por las que vale la pena levantarse cada día, y sobre todo, a mirar a los demás sin altivez ni competitividad. Dos almas perdidas, lúcidas y patéticas, y quien no lo es, con demasiadas mochilas pesadas a sus espaldas, que sin comerlo ni beberlo, encontrarán al otro, a alguien con quien hablar, escuchar, reír, comprender, mirarse, celebrar, llorar, abrazarse, sentir y sobre todo, vivir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Enjambre, de Mireia Gabilondo

LA CAJA DE LOS TRUENOS.

“La amistad es más difícil y más rara que el amor. Por eso, hay que salvarla como sea.”

Alberto Moravia

En algún lugar del norte, cerca de la montaña, entre el 6 y 7 julio, un grupo de amigas de toda la vida se reúnen para celebrar la despedida de soltera de una de ellas. Las presentes son Leire, la homenajeada, enamoradísima de Juanma, Maialen, que ha superado un cáncer, Nerea, una casada y madre de tres hijos, Irati, que huyó a Argentina, y vuelve de tanto en tanto, Amaia, la “camella” y más pasota del grupo, y finalmente, Garazi, que se ha presentado con su bebé a la fiesta. Todas parecen listas para pasarlo bien y disfrutar de la compañía, bebiendo, riendo, drogándose, cantando las canciones de juventud, recordando las juergas y lo inocentes que eran, pero, sin querer o no, abren la caja de Pandora, y comienzan a salir a borbotones todos los secretos y mentiras de tantos años de amistad y confidencias. Primero fue una obra de teatro de éxito, El enjambre, escrita por Kepa Errasti, y dirigida por Mireia Gabilondo (Vergara, Guipúzcoa, 1965), que lleva más de tres décadas como actriz y directora, tanto en cine, teatro y televisión.

Ahora, y de la mano del mismo equipo, llega la adaptación cinematográfica que firman Errasti y la propia directora, que la vuelve a dirigir en el celuloide, contando con el mismo grupo de actrices, Aitziber Garmendia como Leire, Itziar Atienza es Maialen, Getari Etxegarai como Nerea, Leire Ruiz es Irati, Naiara Arnedo como amaia y Sara Cozar es Garazi. El relato es sencillo y directo, en la que estas seis mujeres y amigas, en un momento dado, no podrán salir de la casa, y sobre todo, del salón, ya que no aparece la llave, y justo en el instante que una de ellas, lanza la primera bomba, el primer reproche al que el seguirán otros, y será un no parar, donde las seis amigas se enfrentarán a sus propias verdades y mentiras, a todo aquello, que por miedo o necesidad, han ocultado a las otras, y el terremoto de reproches, acusaciones y golpes, se convertirán en el centro de la acción. Enjambre, que hace referencia a todas las abejas del mismo enjambre que siempre permanecen juntas, pase lo que pase, es una claro reflejo a este grupo que pondrán a prueba los límites y la amistad que se tienen unas a las otras, desnudándose emocionalmente, mostrándose ante el resto como son realmente, sin tapujos ni medias verdades, quitándose las máscaras y afrontando la verdad que esconden, y desenterrando todas aquellas disputas e intimidades que tanto tiempo han callado por no molestar a las otras y sobre todo, no poner en peligro la amistad que tenían.

Gabilondo construye una ejemplar y magnífica comedia ácida, negrísima, con un ritmo frenético y apabullante, donde no ah nunca descanso, simplemente reposo, para volver nuevamente al ataque, en el que el espacio acaba convirtiéndose en un pozo sin salida, cargado con un ambiente denso y claustrofóbico, donde antes o después, cada una de las amigas deberá enfrentarse a su verdad ante las demás, en un acto de verdadera amistad, sinceridad y honestidad a ella misma, y sobre todo, con las demás, donde la película reivindica la verdadera amistad, la relación sincera entre unas y otras, donde no debería haber secretos ni nada que se le parezca. Tiene el aroma de Reencuentro (1983), de Lawrence Kasdan, Marta y alrededores (1989), de Nacho Pérez de la Paz y Jesús Ruiz, Los amigos de Peter (1991), de Kenneth Branagh, la mala uva de Very Bad Things (1998), de Peter Berg, y Perfectos desconocidos (2017), de Álex de la Iglesia, relatos de amigos, o desconocidos, que el encuentro los hará destapar aquello que ocultan y la situación generada los pondrá frente al espejo, un reflejo que deberá rendir cuentas a sí mismos, y a los demás, donde la amistad no solo es una fachada para verse y disfrutar, sino una relación de sinceridad y sobre todo, de verse en el otro y ayudarse.

Enjambre funciona de forma extraordinaria, sin dejar ningún cabo suelto, pasando por varios géneros con una inteligencia y una energía digna de los mejores retratos sobre la amistad, desde la comedia rosa, la negrísima, la ácida, la que duele, la que no se esconde, el thriller psicológico, el drama interior, el suspense, y el terror, donde nada deja sin decirse, donde todo va de cara, sin atajos, de frente, a lo bruto, con todas las armas al alcance para ir sorteando las diferentes capas de los personajes, ayudadas por un reparto maravilloso y natural, que compone sus personajes de manera brillantísima y estupenda, mostrando y mostrándonos todo lo que son, lo que eran, lo que les hubiera gustado ser, y lo que son finalmente, que seguramente no era lo que esperaban, y ahora, junto a las otras amigas, revelarán sus verdaderas inquietudes, sentimientos, derrotas, aciertos y sobre todo, mantenerse siendo amigas, a pesar de los errores, las contradicciones y las torpezas, porque seguramente nadie será perfecto, pero si son personas capaces de afrontar el dolor y la pérdida de lo que no han podido ser y tener la capacidad humana de compartirlo con las demás y seguir siendo amigas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una pastelería en Notting Hill, de Eliza Schroeder

EL SUEÑO DE SARAH.

“El arte más poderoso de la vida, es hacer del dolor un talismán que cura”

Frida Kahlo

El cine británico tienen esas películas que, bajo su apariencia de ligereza y cotidianidad, ocultan historias con pocas pretensiones cinematográficas, pero muy ricas en contenido y reflexión. Una pastelería en Notting Hill, que en su título original recoge el de Love Sarah, es una película que reúne todas las características de ese tipo de películas. Estamos frente a una tragedia, cuando la citada Sarah, una de las mejores chefs de repostería, fallece accidentalmente el día que recibirá las llaves del local donde sueña con abrir una pastelería, en pleno barrio multicultural de Notting Hill. Isabella, su socia y amiga del alma, repostera como ella, se siente sola y sin saber qué. Aparece Clarissa, la hija de Sarah de 18 años, que deja la danza, su gran pasión, y se pone manos a la obra junto a Isabella para levantar el negocio, que tendrá la ayuda financiera de Mimi, la madre de Sarah y abuela de Clarissa, con la que llevan años distanciadas. A esta particular y curiosa terna, se les une Matthew, antiguo novio de Sarah, cuando estudiaban repostería en Francia.

La película escrita por Jake Brunger, exitoso dramaturgo, nos habla de amistad, de cómo gestionamos los duelos, de compartir tanto alegrías como tristezas, de dar un paso al frente y tener esa vida con la que siempre soñamos, de perdonar, de ser valientes, de saltar todas las barreras de nuestras existencias, tanto mentales como físicas, de ayudarse y pedir ayuda, de saber que entre todos somos más fuertes y libres. La directora alemana Eliza Schroeder debuta en el largometraje, después de dedicar un corto documental a una pastelera, dirigir algún que otro piloto, y foguearse en la publicidad. Schroeder sitúa su película en el barrio que llevar viviendo más de una década, y bajo esa apariencia de comedia inteligente con algunos toques amargos, nos sumerge en un relato positivo, pero que trata con astucia y serenidad, todos esos contratiempos emocionales a los que nos enfrentamos en la vida cuando nos relacionamos con el otro, y también, con nosotros mismos.

Una cinta llena de esos personajes característicos de este tipo de cine “british”, como Mimi (que interpreta una sensacional Celia Imrie), siendo esa señora retirada, que vive en soledad, que hace yoga y toma café con las amigas del vecindario, y recuerda sus hazañas cuando era una afamada trapecista. Shannon Tarbet, que hace de Clarissa, con esa juventud impetuosa, libre y difícil, que tendrá que rendirse ante su abuela y pedirle ayuda, aunque la embauca para levantar el negocio con inteligencia y fuerza. Shelley Conn es Isabella, esa mujer a la sombra de Sarah, que después de su pérdida, deberá coger las riendas de su vida, creérselo y tomar partido en la repostería, de la que también tiene mucho que decir. Rupert Penry-Jones es Matthew, el Don Juan redomado imposible, alguien del pasado, que viene con un propósito, pero que la vida pondrá en su sitio. Y Finalmente, Bill Paterson es Felix, un vecino de la edad de Mimi, inventor y amable, uno de esos tipos solitarios y peculiares que llenan con su sonrisa y gestualidad cualquier plano.

La estupenda, elegante y cálida música de Enis Rotthoff, importantísima para este tipo de relatos llenos de magia, voluntad y riqueza, donde encontramos una serie de personajes, tan diferentes y alejadas, que tendrán que unir fuerzas y talento para sacar adelante un negocio, después de perder al pilar fundamental. Schroeder hace una película vitalista, muy cercana, dulce sin llegar a ser azucarada, donde los sentimientos afloran, pero en su justa medida, como las recetas que deben elaborar para sacar adelante la pastelería, con sus obstáculos, sus diferencias, sus silencios e incomunicación, pero con paciencia y tiempo, encontrarán los ingredientes idóneos para sacar todo el sabor que tanto necesitan los pasteles para convencer a sus clientes, porque todo en la vida, requiere eso, detenerse, pausa, y trabajar por todos esos sueños que anidan en nuestro interior, y están esperando que les demos materialización, que los saquemos de su ostracismo, a pesar del miedo, y las dificultades, que serán muchas, que nos encontraremos por el camino, un camino que será aquel con el que siempre hemos soñado, decididos, llenos de fuerza, y rodeados de aquellos que están a nuestro lado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La diosa fortuna, de Ferzan Ozpetek

LA DEFINICIÓN DEL AMOR.  

“La Diosa Fortuna tiene un secreto, un truco mágico. ¿Cómo haces para que la persona a la que quieres se quede contigo para siempre? Tienes que mirarla fijamente, robar su imagen y cerrar fuerte los ojos. De esta forma va directa a tu corazón y desde ese momento, siempre permanecerá contigo”.

Arturo y Alessandro son el sol y la luna, el agua y el aceite, pero llevan 15 años juntos. Arturo se gana la vida como traductor y sueña con ser escritor, un sueño que se alarga demasiado. Es un obsesivo del orden y lleva la casa. En cambio, Alessandro es fontanero, rudo y directo, desordenado y todo lo contrario a Arturo. La pareja lleva un tiempo distanciada, el sexo y la pasión han desaparecido y se plantean dejarlo. Pero, su suerte cambia, cuando Annamaria, una amiga de la pareja, se planta en su casa, y les pide que cuiden de sus dos hijos pequeños, Martina y Sandro, mientras ella se hace unas pruebas médicas. Toda su situación deja de ser importante, y se convierten en “padres” por unos días o más.

El universo de Ferzan Ozpetek (Estambul, Turquía, 1959), está lleno de personas que aman, amores de toda índole, estructuras y texturas. Sus películas describen los comienzos del amor o cuando estalla la pasión, donde un grupo de personas se ven envueltos en relatos sobre las emociones, donde prevalecen nuestras contradicciones, miedos e inseguridades. Muchos recordarán su opera prima, Hamam: el baño turco (1997), El hada ignorante (2001), La ventana de enfrente (2003), No basta una vida (2007), o Tengo algo que deciros (2010), entre otras. De la mano de su guionista predilecto, Gianni Romoli, Ozpetek nos sitúa en una relación a punto de romperse, o mejor dicho, una relación a la que solo se falta ponerle una fecha para finiquitarla. Pero, a veces, cuando todo parece acabarse, la suerte o el destino llega a nuestra existencia para ponerlo todo patas arriba, la llamada “Diosa de la fortuna”, que hace referencia el título, y replantearnos muchas verdades o mentiras que creíamos a pies juntillas, reflexión que provocan la llegada de los hijos de Annamaria, que se convierten, por unos días, en los hijos de Arturo y Alessandro, y sin proponérselo, deberán lidiar con la nueva situación.

El director turco, que lleva desde 1976 viviendo en Roma, parte de una situación real, para construir un relato naturalista y cercano, donde nos habla de redefinir el amor, y también, la paternidad, y lo hace de una manera sencilla y directa, sin sentimentalismos ni vericuetos argumentales, todo se cuenta de forma honesta y sensible, manejando el ritmo y el tempo cinematográfico con astucia y sinceridad, mostrando una diversidad de tono y marco en el que se desarrolla la película, en la que vamos de la risa al llanto en la misma secuencia, como el espectacular arranque, con la boda de los amigos (unos amigos que serán parte de esta historia, con esas secuencias corales llenas de vida, comicidad y fraternales), recorriendo las miradas, gestos y testimonios de cada invitado, para finalmente, llegar a los protagonistas, y darnos cuenta de todo lo que ocurre, cuando el silencio y la tensión se apodera de ellos. O ese otro instante mágico de los protagonistas junto a los niños, en el santuario de Fortuna Primigenia, donde trabaja Annamaria, en el recinto sagrado dedicado a la Diosa Fortuna en la ciudad de Palestrina, donde la pareja es invadida por recuerdos que quizás no esperaban recordar, donde memoria e historia se cruzan en la realidad que viven los protagonistas.

Ozpetek nos habla de fragilidad, de corazones frágiles, de emociones, de inseguridad, de sentimientos que no sabemos interpretar, de gestionar nuestras emociones cuando todo es incierto, de esa montaña rusa, a velocidad de crucero, de la dificultad de amar y desamar, de no escuchar tanto a nuestra cabeza y dejar libre a lo que sentimos, de tomar decisiones, de aceptarnos y aceptar la vida con sus alegrías y tristezas, o ese tiempo que parece que no pasa nada y en realidad pasa mucho. Stefano Accorsi, un intérprete que ha trabajado en varias ocasiones con Ozpetek, vuelve a su universo para encarnar a Arturo, Edoardo Leo es Alessandro, al que hemos visto en películas de Monicelli y Moretti, y Jasmine Trinca es Annamaria, un torbellino de vida, alocada e impetuosa, una actriz que vimos con los Taviani o Moretti. En su decimotercer trabajo, Ozpetek habla de la vida, del amor, de la buena fortuna, y de también, que hacemos con las cosas que ocurren, con esos contratiempos y estallidos que vienen sin avisar, como gestionamos lo inesperado, que hacemos con aquello que no habíamos pensado, ni siquiera imaginado, si somos capaces de amoldarnos a los accidentes de la vida, que vienen para enseñarnos alguna cosa o simplemente, vienen porque los estábamos pidiendo, aunque no de una manera consciente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Monumental, de Rosa Berned

PERSONAS COMO NOSOTROS.

“Sabemos lo que somos, peor aún no sabemos lo que podemos llegar a ser”

William Shakespeare

En Monos como Becky (1999), fascinante y hermosísimo documento del maestro Joaquim Jordá, exponía la enfermedad mental desde las personas, dese sus sueños e inquietudes, desde sus más profundos anhelos y existencias, enterrando tantos prejuicios, miedos y barreras que la sociedad ha impuesto a los enfermos de salud mental. Una película que ayudó a mirar a los enfermos como personas, huyendo de la compasión y el victimismo, y sobre todo, situándolas en un marco humanista. Un proceso parecido es el que ha emprendido la directora Rosa Berned (Madrid, 1981), que ya había tratado de una manera diferente la inmigración a través de interesantes cortometrajes, debutando con un relato desde el alma, desde la mirada, desde la cercanía, desde la espontaneidad de un grupo de personas de salud mental, que asisten a un taller de teatro, donde cine y teatro se funden, donde cada uno de ellos empieza a soltar amarras, a bucear en sus dolorosos recuerdos del pasado, y sobre todo, a cambiar, a convertirse en personas diferentes, en esta película catártica, en este proceso único y honesto, que convierte a estas personas en seres que miran al presente con otros ojos, donde el miedo empieza a doler menos y la vida se viste de amor, amistad y abrazos.

Una película nacida de la experiencia de Pilar Durante, productora de la cinta, con más de tres décadas trabajando como terapeuta ocupacional con personas con enfermedad mental, y el incondicional apoyo de Rosa García, la integradora social, y asistente de dirección, y la propia directora, que crearon talleres de fotografía y de teatro, y durante el proceso se encontraron con un grupo de siete personas que sufren de enfermedad mental: María Jesús Rodríguez, Pedro Lara, Silvia Jiménez, Nieves Rojo, Emilio Garagorri, Manuel Jiménez y Julia Vera. Siete personas adultas que a través del taller van experimentando sus propias enfermedades, sus existencias, sus pasados, y su identidad, y la cámara de Berned, con la ayuda del rítmico y naturalista montaje de Amaya Villar Navascués, registra la vida, todos esos momentos en los que asistimos como testigos de excepción a sus aperturas emocionales, donde se muestran lo que son, con sus rupturas emocionales, sus pasados de maltratos y abusos por parte de sus progenitores, sus trastornos, sus intentos de suicidio, sus manifestaciones reivindicativas a ser tratados como personas y no como niños u objetos, a sus luchas para acabar con el estigma de la salud mental, sus presentes, donde se van abriendo a los demás, y sobre todo, compartiendo su dolor y sus alegrías, donde reivindican los abrazos y la vida, en contraposición a tanta pastilla e invisibilidad.

Descubrimos a siete seres maravillosos, con sus luces y sombras, con sus pesadillas y alegrías, llenos de bondad y gratitud, en un relato honesto e íntimo, que apenas habla de salud mental, lo necesario, el resto lo dedica a descubrirnos el interior de esas personas, unas personas que podríamos ser nosotros, si hubiéramos pasado por situaciones parecidas a las de ellos. Berned ha construido una ópera prima de gran calado emocional, llena de sabiduría e inteligencia, una conmovedora y nada compasiva lección de humanismo, rescatando todas las bondades y herramientas del arte, en este caso del teatro y el cine, como terapias catárticas que ayudan de forma profunda y personal a aliviar y reconducir los males emocionales, extrayendo todo aquello que daña y reparándolo, a través de lo que sentimos y como lo extraemos, del proceso para sentirse bien, mirando de frente nuestros dolores, miedos e inseguridades, pasando del aislamiento emocional a el espacio de compartir, de explicar, de hablar, de sacar todo aquello que nos hace mal, para convertirlo en algo que podamos compartir con los demás, y de esa manera, sentirnos más ligeros y aliviados.

La película no solo documenta el taller de teatro, sino que entra en sus hogares, en las relaciones familiares y personales, los acompaña en sus profundas reflexiones sobre la vida, la muerte, la existencia, el tiempo, etc…Un documento honesto y sensible, que trata la enfermedad mental sin condescendencia ni sentimentalismo, sino de forma sincera y personal, de frente, sin miedos ni atajos, cara a cara, mostrándola en toda su crueldad, pero también, el otro lado, ese que proyecta el taller de teatro, que ayuda a curar heridas, siendo otros, expresando lo que tanto cuesta en la realidad, atreviéndose a sentir lo que tanto duele, a trabajar cada día en ser lo que otros tanto tiempo le negaron, a aceptarse para que los demás acepten, a sentirse libres, independientes y seguros, a sobrellevar la enfermedad y a no sentirse solos y vacíos, a saber compartir la alegría y el dolor, en fin, a vivir con todo lo que ello conlleva, pero con menos miedo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/408473182″>MONUMENTAL_TRAILER#1</a&gt; from <a href=”https://vimeo.com/user68631998″>Producciones As&iacute; es la Vida</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

 

Zombi Child, de Bertrand Bonello

DE ENTRE LOS MUERTOS.

“Escucha, mundo blanco, los gritos de los difuntos. Escucha mi voz zombi honrando a los muertos”

René Depestre

Los universos que construye en sus películas el cineasta Bertrand Bonello (Niza, Francia, 1968), son particularmente especiales, porque podemos encontrar elementos físicos pegados a la realidad más cotidiana e inmediata, pero también, otro tipo de elementos, más irreales y fantásticos, productos de la emocionalidad de sus personajes, creando así unos universos particularmente fascinantes, hipnóticos e inquietantes, donde cualquier objeto o detalle se convierte en algo simbólico e importante, y va mucho más allá de la mera descripción, adentrándose en otros campos donde se puede hacer una relectura de la situación política, social, económica y cultural de nuestro tiempo. Desde su primera aproximación a las consecuencias del amor en su opera prima allá por 1998 en Quelque chose d’organique, pasando por sus reflexiones acerca de la vida y su oficio el cine en las interesantes Le pronographe (2001), o en De la guerre (2008), o en los conflictos de identidad y emocionales que sufría la trans de Tiresia (2003), o el mundo sucio, triste y desolador que padecían las prostitutas de L’Apollonide (2011), o los festivos y perversos años mozos del diseñador en Saint Laurent (2016), o su mirada transgresora y personal al terrorismo a través de Nocturama (2016).

El realizador francés siempre ha sentido el relato como una sucesión de personajes, espacios, elementos y objetos a los que hay que acoplar a su mirada personal y profunda, donde la imagen y su luz sean las que cuenten su historia, manteniendo una atmósfera extraña, perversa y cotidiana, por el que se mueven unos personajes complejos y perdidos, que deben encontrar, o al menos intentarlo, su forma de compartir ese mundo y a lo que le rodea. Zombi Child era inevitable en la filmografía de Bonello, porque con ella rompe muchas etapas de su carrera, empezando por su vuelta al cine de género, que tanto le fascina, la segunda, la forma de producción, una película sencilla, filmada en apenas cuatro semanas, sin utilizar apenas luz artificial, con intérpretes desconocidos, como la anterior Nocturama, y rodeado de un equipo mínimo, y rodando en la difícil Haití. Quiere Bonello devolver el “muerto viviente” a su estado natural, volviendo a sus raíces, a Haití, al vudú, a sus ancestros, y empieza desde el término, quitándole a la palabra la “e”, y dejando la inicial de zombi, luego, reelaborando un fascinante e intimista relato que arranca en el Tahití de 1962, donde los muertos son devueltos a la vida para esclavizarlos recogiendo caña, mezclado con el París actual, en el interior de un internado para niñas de la Legión de Honor, fundado por Napoleón allá por principios del XIX, cuando Haití se independizó.

Dos historias, dos relatos, contados en paralelo, que mucho tienen que ver, porque en el haitiano nos cuentan la peripecia real de un hombre convertido en zombi para el trabajo forzado, y su proceso de liberación. Mientras en el internado, conocemos a Mélissa, nieta del haitiano zombi, el legado de su ancestro y la relación de ésta con Fanny, su mejor amiga y la pequeña hermandad literaria y musical que comparten. Las dos miradas, el exterior, con las plantaciones de Haití, con el interno, del colegio francés, confluirán en una sola, cuando Fanny, despechada por amor, accederá a la magia negra o vudú, para desquitarse de lo que ella llama su posesión, algo parecido a lo que experimentaban los personajes de Olvídate de mí. Bonello mezcla de manera hipnótica y onírica las dos narraciones, fusionándolas en una sola, con continuos saltos en el tiempo de forma fluida y concisa, consiguiendo atraparnos con lo más cercano, devolviéndonos el universo ancestral y real del mundo, releyendo el género y olvidándose de la desmesura en la que lleva instalado las últimas décadas, llevándonos de la mano por este paisaje ensoñador, devastador y solitario, en el que podemos leer la situación social y política de la Francia, ya no solo actual, de su historia, como nos dejará claro el maravilloso instante con el historiador Patrick Boucheron, como profesor, explicando a sus alumnas la revolución francesa, el liberalismo del XIX, el engaño de la libertad camuflada en valores tradicionales y materiales.

La película incide en el quid de la cuestión de nuestra sociedad, y no es otra que, la posición en la que se cuenta el pasado, la de una historia ajena como la de Haití, también, hay espacio para reflexionar sobre las barbaridades del colonialismo, el respeto a la vida y cultura diferentes, los falsos valores tradicionales y patriotas en los que se asienta y promulga  un país como Francia, como dejan clara las secuencias del internado, en especial, la de la directora. Bonello reivindica el universo zombi desde otra perspectiva, más honesta, sencilla, íntima y bellísima, citando las palabras que escuchamos en la película sobre Balzac refiriéndose a su El padre Goriot: “Esto no es una obra de ficción ni una novela. Todo es verdad”. La misma verdad o realidad es el que busca el director francés, mostrándonos el fascinante universo zombi, sus peligros en manos de los explotadores o despechados de siempre, capturando la misma mirada sincera y poética que hacía Tourneur en la imperdible Yo anduve con un zombie, releyéndola como Romero hizo con sus zombies particulares, elevando el género de terror como hicieron los Ferrara, Jordan o Jarmusch con los vampiros.

La extraordinaria, sofisticada y abrumadora luz natural de un grande como Yves Cape (colaborador de gente tan importante como Carax, Dumont o Denis, entre otros), y el excelso y sobrio montaje de Anita Roth (responsable de la película 120 pulsaciones por minuto), y la música, que vuelve a correr, como en sus anteriores trabajos, a cargo del propio Bonello, contando con otro elemento primordial en la película, la extraordinaria pareja protagonista que dan vida a las adolescentes Fanny y Mélissa, con la calidez y la naturalidad de Louise Labéque y Wislanda Louimat, respectivamente, bien acompañadas del elenco haitiano, que consiguen formar unos roles auténticos, cercanos y fascinantes, envolviéndonos en el magnífico universo que plantea Bonello, con su particular mirada y profundidad en sus elementos, construyendo un hermosísimo cuento sobre zombis, mostrando de dónde venimos, dónde estamos y hacía no sé sabe dónde nos encaminamos, porque lo que deja evidente la película, es que el mundo suele olvidar demasiado pronto su pasado y constantemente lo traiciona, lo repite y lo falsea a su conveniencia actual. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dersu Uzala, de Akira Kurosawa

 

CANTO A LA VIDA Y LA AMISTAD.

A mi primo More.

“Todas mis películas tienen un tema común: ¿por qué los hombres no pueden ser felices juntos?

Akira Kurosawa

Esta cita del maestro japonés Akira Kurosawa describe admirablemente la película que nos ocupa, Dersu Uzala, un bellísimo canto a la vida y a la naturaleza, y, sobre todo, a la amistad entre dos seres humanos: un capitán del ejército ruso en tareas cartográficas, Arseniev, y Dersu Uzala, un solitario cazador mongol y último superviviente de su familia. Kurosawa abre este delicado y humanista poema en 1910, cuando el capitán busca en vano la tumba del amigo muerto, momento que nos evoca el film El hombre que mató a Liberty Balance (The Man who shot Liberty Balance, 1961, de John Ford). El nombre de Dersu pronunciado por Arseniev, abre y cierra el relato, a través del flashback, el relato personal de Arseniev nos sumerge en esta historia que se divide en dos episodios. En el primero, que se desarrolla durante el invierno de 1902, asistimos al encuentro entre el capitán y el cazador, y en el segundo, al reencuentro entre estos dos personajes durante el verano de 1907. Estos dos personajes antagónicos, se descubrirán a sí mismos y vivirán, y sobre todo, sobrevivirán en el ambiente hostil de la taiga siberiana.

El camino que en 1974 llevó a Kurosawa hasta la extinta Unión Soviética para rodar esta película parece emular al de sus criaturas cinematográficas. A principios de 1970, el cineasta japonés se encontraba inmerso en una profunda depresión que incluso le llevó a un intento de suicidio frustrado, debido a sus fracasos comerciales con Barbarroja (1965), que le llevó a estar cinco años alejado del cine, y Dodes-ka-den (1970), que le mantuvo inactivo el mismo período. En 1971 conoce al director de cine ruso Serge Guerassimov, que le propone hacer una película en la URSS. Kurosawa, buen conocedor de la literatura rusa, que ya había adaptado anteriormente en dos ocasiones con Dostoievski y Gorki, propone los libros Dersu Uzala (1902) y Una expedición a Siberia (1907), del explorador y escritor ruso Vladimir Karavievitch Arseniev, que había leído hacía treinta años. El 27 de mayo de 1974, en la ciudad de Oussouri, comenzaba el rodaje de Dersu Uzala, que devolvería a Kurosawa el reconocimiento internacional avalado por el Oscar de Hollywood, entre innumerables premio, y sobre todo, nos devolvería al cineasta que también conoce y filma el ser humano, tal y como él mismo relataba: “Acerca de si soy humanista, todo lo que deseo es que, cuando un espectador ha visto uno de mis filmes, sienta la necesidad de una reflexión. No quiero dar una lección directa, sino simplemente exponer mi manera de pensar de una forma indirecta, sugerirla al espectador”.

Nos encontramos ante dos personajes que tienen dos formas de ver la naturaleza. Uno, el capitán ruso, la mira a través de la razón, de transitar por un decorado que le es hostil y a la vez, interesante y sugerente. El otro, el cazador que se adapta al medio, lo respeta y se convierte en un árbol o en un animal más de ese medio que le ayuda a sobrevivir, pero que conoce y huele sus peligros. Resulta ejemplarizante toda la escena de lago helado, donde el cazador primero alerta sobre el peligro que se avecina y luego insta al capitán a recoger cañizos para protegerse de la ventisca y del frío polar de la noche. Aquí Kurosawa hace alarde de su oficio cinematográfico y nos invita a asistir a toda una serie de maravilloso encuadres, filmados en 70 mm, en los que el plano general, con los personajes a contra luz, nos devuelve a ese cine de corte clásico; además de hacer un virtuoso ejercicio de montaje made in Kurosawa, una de las marcas de la casa de su magnífica trayectoria. Otro de los grandes hallazagos de la película es que Kurosawa respeta mucho a sus criaturas y nunca toma partido por ninguna de las dos. Son dos formas de enfrentarse al medio, esa naturaleza llena de gran belleza y de peligros.

La amistad de estos dos hombres nace desde el respeto y la creencia de que el otro siempre tiene algo que ofrecernos. Al final del segundo episodio, cuando Dersu, acechado por la edad, empieza a perder la vista y la naturaleza le devuelve la espalda, le pide al capitán que lo lleve con él. En la ciudad, Dersu se sentirá huérfano de su naturaleza y la hostilidad de la civilización lo encerrará en su casa. Es en ese instante cuando Kurosawa nos regala una maravillosa secuencia sin diálogos en la que el capitán comprende que Dersu quiere volver a la taiga para morir en libertad y le regla su mejor fusil para que pueda sobrevivir. Dersu Uzala nos devuelve el gran cine, ese cine que se instala en nuestras retinas y nos sumerge en otro tiempo, en otro lugar, ese cine del que no nos cansamos de volver. En palabras del desparecido crítico Ángel Fernández-Santos: “El tiempo no ha erosionado su inmensa delicadeza. La hija de los años no ha levantado asperezas en la apasionada elegancia de este canto a la amistad y al esfuerzo; al sueño de que vivir y convivir prevalezcan sobre el envejecimiento y el desgaste” (El País, 14 de julio de 1996).

Mención especial merece el impecable trabajo del actor Maxim Munzuk que da vida al anciano cazador mongol (que vivió como el cazador que interpreta antes de la Revolución Rusa de 1917), actor que hizo el filme con 62 años, y era su tercer película, después de una carrera de actor y director de escena. Sustituyó al primer candidato Toshiro Mifune, el actor por excelencia de Kurosawa, con el que rodó 16 filmes, que rechazó el papel por la extrema dureza del rodaje. Disfruten de esta maravillosa fácula, esta lección de humanidad que nos regaló Akira Kurowasa, que encierra una reflexión profunda sobre la existencia humana. Acomódense en su butaca y disfruten con la astucia y la ingenuidad de Dersu Uzala y su buen y fiel amigo el capitán de ingenieros del ejército ruso, Arseniev. Me despido de ustedes, como lo harían sus personajes: “CAPITÁN” “DERSU”. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Silvia Alonso

Entrevista a Silvia Alonso, actriz de la película “La lista de los deseos”, de Álvaro Díaz Lorenzo, en el marco del BCN Film Fest, en los Cines Verdi Park en Barcelona, el viernes 26 de junio de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Silvia Alonso, por su tiempo, generosidad y cariño, y a José Luis Bas de DYP Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Álvaro Díaz Lorenzo

Entrevista a Álvaro Díaz Lorenzo, director de la película “La lista de los deseos”, en el marco del BCN Film Fest, en los Cines Verdi Park en Barcelona, el viernes 26 de junio de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Álvaro Díaz Lorenzo, por su tiempo, generosidad y cariño, y a José Luis Bas de DYP Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Matthias & Maxime, de Xavier Dolan

DESATAR LAS EMOCIONES.

“La única verdad es el amor irracional”

Alfred de Musset

Los amores imaginarios, segunda película de Xavier Dolan (Montreal, Canadá, 1989) arrancaba con la cita que encabeza este texto. Una cita que asevera que el amor no tiene nada de racional, sino todo lo contrario, una especie de maná de sentimientos contradictorios que llevamos e interpretamos como podemos. La sentencia de Musset podría ser la definición perfecta del cine de Dolan, una obra abundante, 9 títulos en 9 años, en una especie de biografía ficcionada, en la que participan sus amigos y él mismo, sustentada a través de las emociones más fervientes, conflictos sentimentales que llenan un imaginario que ya deslumbró en el 2009, con sólo 19 años, con su impresionante debut Yo maté a mi madre, en que a medio camino entre la realidad y la ficción, el jovencísimo talento canadiense hablaba de la relación dificultosa con su madre. En la citada Los amores imaginarios, del año siguiente, dos amigos, él, homosexual, y ella, hetero, se encaprichaban de una especie de adonis.

En Laurence Anyways (2010), componía un certero retrato sobre la identidad, otra de sus elementos esenciales en su cine, cuando un hombre que parece que ha conseguido su éxito personal y profesional, se destapa ante los suyos explicándoles su intención de cambiar de sexo. En Tom à la ferme (2013), se centraba en el descubrimiento de amores ocultos de un fallecido por parte de su novio.  En Mommy (2014) volvía a las relaciones oscuras de madre e hijo imaginando una distopía. En Sólo el fin del mundo (2016), adaptaba la obra de Jean-Luc Lagarce, para hablarnos de un joven que vuelve a la casa familiar para comunicarles una terrible noticia. En Matthias & Maxime, vuelve a mirar a los suyos y así mismo, para elaborar un retrato de aquí y ahora, en el marco donde se desarrolla su obra, donde un par de amigos de toda la vida, a raíz de un tímido beso en el corto de la hermana de uno de sus colegas, se sentirán diferentes, sentirán que algo ha cambiado, o simplemente, han despertado algo que ocultaban por miedo a convertirse en la persona que han ido construyendo.

Dolan sabe construir imágenes sugerentes y transmisoras, mezclando con habilidad una estética pop, llena de colores y formas, rodeada de una estética sofisticada y nada manierista, que cambia según el estado de ánimo de sus personajes, desde el apartamento lúgubre y oscuro, hasta el colorido de otros pisos, donde la luz y la diversidad nos atrapan, bien combinando con esa música que combina varios estilos desde la música sesentera hasta la electrónica más actual, y el sonido, con el que juega sin prejuicios ni coacciones, sino de una forma libre y armoniosa, que capta la esencia intrínseca de los conflictos interiores que se desatan en sus películas. Tenemos a Matthias, Matt, para los colegas, con un trabajo de abogada en promoción, una mujer a la que ama, una familia que lo quiere, y unos amigos con los pegarse una farra de tanto en tanto, y por el otro lado, tenemos a Maxime, homosexual, ganándose la vida como camarero, con una madre ida, y sus dudas existenciales, aunque ha decidido que pasará los dos próximos años viviendo en Australia.

El relato se centra en ese tiempo de antes del viaje, un tiempo en que, los vemos paralelamente en sus respectivas vidas, imaginándose o soñando al otro en silencio, consigo mismos. Un tiempo en que tanto Matt como Maxime harán lo imposible por encontrarse y hablar sobre lo ocurrido, evitándose constantemente, como si fuesen amantes despechados o algo parecido, aunque el encuentro o mejor dicho, el reencuentro será inevitable y tanto uno como otro, deberán mirarse al espejo de las verdades y expresar todo aquello que sienten y ocultan a los demás y sobre todo, a sí mismos. Dolan rodea el conflicto a través del grupo de amigos, unos descerebrados con muchas ganas de pasarlo bien y disfrutar de las fiestas que asisten, quizás esa despreocupación de alrededor, aún hace más invisible y contundente la tensión sentimental y sexual que existe entre los dos protagonistas.

Dolan que escribe, monta, dirige, y protagoniza muchas de sus películas, toma el rol de Maxime, enfrascado en su propia contradicción de abalanzarse sobre Matt, pero con ganas de huir de una existencia mísera llena de conflictos, bien marcada por esa ausencia interna que refleja constantemente. Por su parte Matt, bien interpretado por Gabriel D’Almeida Freitas, con ese aspecto varonil y fuerte, intentando parecer seguro aunque pro dentro este rompiéndose, es la antítesis de la fragilidad, tanto emocional como física que desprende Maxime, aunque quizás solo sea fachada y los dos están embarcados en  esa fragilidad emocional que tanto enferma a muchos en este mundo contemporáneo donde se habla mucho de banalidades, y se callan las cosas importantes, como las emociones que sentimos por los demás y ocultamos porque aquello no va con nosotros, la sarta de mentiras en las que vivimos, porque lo que se espera de nosotros, no tiene nada que ver con lo que sentimos realmente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA