Entrevista con Raúl Beteta de «Parada solicitada»

Entrevista con Raúl Beteta del podcast «Parada solicitada», sobre mi experiencia en la web 242peliculasdespues.com. El encuentro tuvo lugar en el estudio del citado podcast el  miércoles 22 de julio de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a Raúl Beteta, que ha hecho posible este emocionante y especial encuentro, por su tiempo, generosidad y cariño hacia la página, y sobre todo, hacía mi persona.

https://drive.google.com/file/d/1hk4PKUa-0SaS97z5_2ejTyafs7r9AEeL/edit

Apuntes para una ficción consentida, de Ana Serret Ituarte

UNA ACTRIZ SUIZA EN MADRID.   

“Me llamo Violeta Miraballes Llanera. Soy actriz y comparto esta casa con una actriz suiza, Lea Grand. Pero, qué hace un actriz suiza en Madrid. Me dijo que se había enamorado de nuestra lengua y que el acento no era ni lengua, ni texto ni teatro. Además, iba a fulminarlo en cualquier caso. Estaba en ello”. 

Hay comienzos y comienzos en el cine. Por eso, viendo la apertura de la película de bellísimo y revelador título Apuntes para una ficción consentida, nos quedamos hipnotizados desde ese primer cuadro en el que observamos un balcón. De repente, una mujer abre la ventana y se posa delante de nosotros, mirándonos sin pestañear. Un personaje que se presenta y actúa como narrador no de su propia vida, sino que nos cuenta la existencia y cotidianidad de Lea Grand, una actriz suiza en Madrid, y sus pormenores de intentar ser actriz en una profesión extremadamente difícil, y más aún cuando no saben ubicarte. El relato se decanta por lo sencillo e íntimo, explicándonos de frente y a hurtadillas una historia particular y muy personal sobre una mujer extranjera en todos los sitios, incluso de sí misma, que no encuentra su lugar, o quizás, está llamando en los lugares equivocados.

La directora Ana Serret Ituarte (Madrid, 1970) se fogueó como asistente y directora de segunda unidad junto a directores como Mario Camus, Fernando Colomo, Gerardo Vera y Mariano Barroso. Ha dirigido un par de documentales La fiesta de otros (2015) y El señor Liberto y los pequeños placeres (2017), y desde hace once años colabora en el imperdible proyecto Cinema en Curs. Lea tiene mucho de Delphine, la mujer que no encontraba a nadie para viajar y lo hace sola en la magnífica El rayo verde (1986), de Éric Rohmer, y no lo digo porque vivan experiencias parecidas, sino por la actitud ante los problemas, ya que ambas resisten ante la adversidad, y lo hacen desde la serenidad y la reflexión, sin hacer aspavientos ni lamiéndose las heridas, sino continuando firmes a pesar de los pesares, firmes en su camino aunque la mochila lleven dudas, miedos y demás. El relato sigue a Lea, que va de aquí para allá con su inseparable bicicleta para conseguir su lugar como actriz, incluso viaja a su país natal, Suiza, para un proyecto. Lea vivirá sus experiencias a modo de capítulos, los apuntes del mencionado título, encontrándose con personajes como su ex, que la sigue dirigiendo en teatro, una joven actriz y compañera de piso, la narradora que hemos citado, un pianista que apenas habla, y un enfermero especialista en murciélagos. 

La cinematografía exquisita y cercana, con ese cielo mortecino que acompaña toda la película, que le otorga un aroma romántico y de verdad a la historia, con una Lea metida en una vida en el que continuamente su reflejo la lleva a cuestionarse y lanzarse en libertad. Una luz bien ejecutada que transmite el desasosiego y alegría que siente la protagonista que firma Almudena Sánchez, que tiene en su haber a cineastas como Pablo Llorca, Chus Gutiérrez y documentales tan interesantes como a media voz y Viaje a alguna parte, entre otros. La banda sonora de la película es otro de los elementos rompedores y nada convencionales, porque se usan composiciones clásicas que firman Brahms, Beethoven, Chopin y Bach, interpretados por el músico Javier Porro, que le dan esa dicotomía en la que transita la suiza-madrileña. El montaje lo firma una grande como Marta Velasco, sobran presentaciones, con una larga trayectoria muy reconocida que le ha llevado a trabajar con grandes cineastas, en una elaborada y cuidada edición que nos lleva despacio y sin prisas por este deambular de la citada Lea, en su aventura cotidiana que tiene mucho de antiheroína que no se detiene, y cuando lo hace es para coger impulso y volver a lanzarse y vuelta a empezar, en sus 81 minutos de metraje que pasan volando, donde hay tiempo para charlar, reencuentros y demás sorpresas. 

Una película de estas características, tan íntima y tranquila, debía tener una gran actriz como Isabelle Stoffel, habitual del cine de Jonás Trueba, con el que la película tiene cierta fraternidad, componiendo un personaje de verdad, con algún toque de su propia realidad, metido en una trama de cómo ser actriz y no morir en el intento. Le acompañan Violeta Rodríguez como joven y aspirante a actriz, la estimulante presencia de Álex Brendemühl como el ex, y los intérpretes suizos Manfred Liecht y Mona Petri, Francesca Piñon como vecina, y la aparición en un par de secuencias del director Sigrid Monleón. Resulta muy agradable el estreno de una película como Apuntes para una ficción consentida, de Ana Serret Ituarte que debuta en la ficción con toques de realidad, o mejor dicho, ese cine que vive de lo cotidiano, de la verdad de sus entornos, personajes y demás accidentes vitales, porque el cine puede ser muchas cosas, y también, una excelente herramienta para mirarnos, para que nos miren, y sobre todo, aprender de los demás y de nosotros mismos, lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos, o quizás, lo que pretendemos ser, entre sueños y realidades, entre lo que somos y lo que imaginamos, entre nuestros deseos y las malditas realidades que se interponen en nuestro camino. Todos esos palos toca la película, con su aroma de fábula de tantos actores y actrices que, por azares o destinos o cómo vds. deseen, aterrizan en un país tan ajeno que acaban de ser de allí aunque los demás crean lo contrario y eso provoque una eterna extranjería allá donde vaya y haga lo haga y sienta lo que sienta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nino, de Pauline Loquès

TRES DÍAS, TRES NOCHES.   

“A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante”

Oscar Wilde

En la magnífica Cléo de 5 a 7 (1962), de Agnès Varda, una joven cantante espera impacientemente los resultados de si tiene cáncer o no. Mientras, aparece la vida, el amor, la incertidumbre y los conflictos. Algo parecido le sucede a Nino, un joven de 28 años que un viernes por la mañana es diagnosticado de cáncer al que le sucederán tres días con sus tres noches, donde la vida se impondrá en una existencia, hasta la fecha, bastante oscura, reservada y nada satisfactoria. Estamos ante una película donde la vida se tuerce, es decir, la vida se vuelve muy frágil, una vida que puede terminar, o al menos así lo piensa el protagonista, y es entonces, donde las cosas se tornan diferentes, menos oscuras y sobre todo, donde la vida ya no es una mera existencia insatisfactoria, y nada atrayente, como si la estuviera viviendo otra persona. En ese instante, la vida se vuelve de otro color, más intensa, más sencilla y quizás, de verdad, y con la idea de rodearse de las personas queridas. 

Primero fue el cortometraje La vie de jeune fille (2018), donde se contaba el conflicto de una joven que el día de la despedida es rechazada por su prometido, y no sabe cómo contarlo a sus allegados. Ahora, llega la ópera prima de Pauline Loquès (Cannes, Francia, 1986), que ha tenido la colaboración en el guion de Maud Amelie, que tiene en su haber películas de Noémie Lvovsky, MIkhaël Hers y Balndine Lenoir, entre otros. Una historia que recibe el nombre de su protagonista, Nino, en la que enfrenta en un duro trance a un joven que recibe la peor noticia: tiene cáncer. Los tres días siguientes se reencuentra con su madre, su ex novia, su mejor amigo, un desconocido en un albergue y una antigua compañera de clase. Cinco encuentros en los que mirará al pasado, a sus alegrías, a sus vivencias, y sobre todo, tres días para mirarse frente a los otros, para conocerse mejor, para atreverse a experimentar la vida ahora que parece que termina, o está al borde del precipicio, y no hay marcha atrás para lamentarse, para pensar en lo vivido y lo que no. El relato indaga y se cuestiona, no hace florituras ni sensiblerías sobre la cuestión que trata, y muchos menos, alecciona ni juzga, sino que retrata unos hechos concretos, unas actitudes ante la enfermedad, cuando el peligro acecha y las cosas se tornan más cercanas, más íntimas y más profundas. 

La cámara inquieta que no se separa del protagonista Nino, la conduce la cinematógrafa Lucie Baudinaud, de la que hemos visto sus trabajos en Olga, de elle Grappe, y más recientemente, El profesor de esgrima, de Vincent Pérez. Unos planos cerrados, que tocan al personaje principal, como un compañero más, como una segunda piel, que lo sigue sin descanso, que lo observa y se introduce con él en esa vorágine introspectiva y audaz que experimenta Nino. El montaje de Clémence Diard, con más de 19 títulos en su filmografía, con los que ha trabajado con directores de prestigio como Souleymane Cissé y Céline Sallette, entre otros. Una edición sin estridencias ni subrayados, llevándonos junto a Nino, en su peculiar caminar por la ciudad y sus pisos, sus lugares, en los que hay tiempo para reflexionar, para descansar, para intercambiar, para vivir y para hacer todo aquello que no había hecho hasta entonces, abrirse más y no esconderse. La ciudad es otro elemento importante en la película, un París menos conocido, menos turístico, o al menos, con una luz diferente, más tenue y mucho menos colorista, sino más hacia dentro en consonancia con la película que se cuenta y aquello que se desea transmitir. 

Un reparto encabezado por el fascinante y profundo Théodore Pellerin, que descubrimos de forma arrolladora en Solo, de Sophie Dupuis, en la piel de Simon, una drag queen enfrascada en el conflicto con una madre artista de gran éxito y una relación tóxica. Su Nino es apabullante, con una mirada intensa y un cuerpo que se va camuflando y fusionándose con los otros, en una composición profunda del actor canadiense. William Lebghil es Sofyan, su mejor amigo, que hemos visto en Mentes brillantes y Los buenos profesores. Salomé Dewaels es la ex compañera, vista en Las ilusiones perdidas y Un silencio. Camille Rutherford es la ex, vista en Anatomía de una caída y la protagonista de Jane Austen arruinó mi vida, y finalmente, las excelentes presencias de Jeanne Balibar y Mathieu Amalric. Acérquense a Nino y háganlo sin prejuicios y sin miedo, y vean sus imágenes y acompañen a su personaje, que vive una existencia que, después de su diagnóstico, verá las cosas de otro modo, y es interesante cómo se explica y se expone ese proceso tan íntimo, tan de verdad, sin dar lecciones de qué hacer y qué no, simplemente estando, o intentando estar, vivir y sentir estos tres días que, seguramente, serán los últimos de una forma de ver la vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Cyril Aris

Entrevista a Cyril Aris, director de la película «Un mundo frágil y maravilloso», en el marco del D’A Film Festival en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 27 de marzo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Cyril Aris, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Martin Samper, por su gran labor como intérprete, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jaume Madaula y Guillem Miró

Entrevista a Jaume Madaula y Guillem Miró, actor y director de la película «Mario», en una de las salas de los Cinemes Girona en Barcelona, el lunes 6 de octubre de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jaume Madaula y Guillem Miró, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Sandra Ejarque de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Àlex Mañas

Entrevista a Àlex Mañas, director de la película «Hada», en su domicilio en Barcelona, el miércoles 3 de septiembre de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Àlex Mañas, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Pere Vall, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Adiós Buenos Aires, de Germán Kral

¿TODO ESTÁ PERDIDO?. 

“Uno tiene que pelear por lo que cree, aunque sea una causa perdida.”

La declaración de Atilio que lee Julio

La historia se remonta a noviembre de 2001 cuando la Argentina estaba atravesando una de las peores crisis económicas de su historia. En la ciudad de Buenos Aires resiste Julio, que heredó la tienda de zapatos en la que ya no entra nadie y acumula polvo y deudas. Su existencia se salva gracias a su grupo “Vecinos de Pompeya” con su bandoneón en el que tocan clásicos temas de tango en un boliche de cuarta cada vez más vacío, que hacen que la realidad no parezca tan dura o quizás, por un instante, la olvidan imaginando con tiempos diferentes, incluso, mejores. Debido al panorama desolador, Julio ha decidido exiliarse a Berlín y comenzar de cero. Su hija de 12 años no está muy feliz con la idea y, además, la cosa se revuelve con la aparición de Mariela, una taxista luchadora con la que tiene un accidente en un cruce. Cuando el destino parecía llevarlo fuera del país, la realidad le recordará que no resultará tan fácil dejar el país en la práctica, porque aunque el país se vaya a la mierda, quizás todavía se puede hacer alguna cosa por él, y por uno mismo. 

El director Germán Kral (Buenos Aires, Argentina, 1968), y emigrado en 1991 a Alemania. Desde 1993 ha trabajado con Wim Wenders en diversas ocasiones, amén de interesantes documentales como Imágenes de la ausencia (1998), sobre sus padres, y sobre música como Música cubana (2004), siguiendo la estela de Buena Vista Club Social, donde recupera a sus músicos, El último aplauso (2009), sobre el popular Bar El Chino donde se tocaba tango, y Un tango más (2015), sobre famosos bailarines de tango. Con Adiós Buenos Aires (en el original “Chau Buenos Aires”), deja el documental para instalarse en la ficción donde la música vuelve a estar muy presente y es el vehículo que da vida a unos personajes tristes, melancólicos y sin esperanza. Una película que no habla de rabia y resentimiento, sino de desilusión. Una desilusión que todavía sigue ahí, sin ir más abajo, gracias al tango, a aguantar el grupo aunque ya nadie vaya a verlos, y donde no generan dinero, sólo unas cuántas empanadas. A pesar de eso y de todo, siguen ahí, como el letrero luminoso del local, que va perdiendo la luz fluorescente lentamente, metáfora del sentimiento que anida en el interior de los personajes, y por ende, de un país en plena catástrofe.  

Estamos ante un buen guion que se mueve entre la tragicomedia, entre el Neorrealismo italiano y la Comedia pícara, que firman el propio director junto a Stephan Puchner, que ya trabajó con el director en Música cubana, y el gran Fernando Castets, conocidísimo por sus grandes películas con Juan José Campanella, El mismo amor, la misma lluvia (1999), El hijo de la novia (2001) y Luna de Avellaneda (2004), y otras con Gerardo Herrero y Emilio Aragón, y una serie con Daniel Burmann. La excelente música de Gerd Bauman, que hizo con Kral Imágenes de la ausencia y Un tango más, y su trabajo con el director alemán Marcus H. Rosenmüller, donde consigue dar ese toque en el que se mezcla sensibilidad y dureza. Amén de grandes clásicos del tango como «Pasional»«Desencuentro»«Cambalache»«Honrar la vida». La cinematografía del dúo Daniel Ortega y Cristian Cottet, del que conocemos sus trabajos en La antena y la serie El reino vacío, de Marcelo Pinyeiro, que construye con mucha naturalidad una cinta donde hay realidad, algo de fantasía y sobre todo, mucha duda. El montaje de otro dúo teutón como Patricia Rommel, que tiene en su haber grandes películas junto a directores/as como Wolfgang Becker, Carolina Ling, Angelina Jolie y Florian Henckel von Donnersmarck, y Hansjörg WeiBbrich, con más de 60 títulos al lado de Schmid, Bille August, Schrader, von Trotta, Sokúrok y Serebrennikov. Un trabajo excepcional, detalle y preciso donde se fusiona todo y con suavidad en sus 93 minutos de metraje. 

La historia se mueve bien en todos los sentidos en buena parte por la excelencia del guion, la buena dirección de Kral y un gran plantel que da vida con sencillez y honestidad a unos personajes quijotescos que aguantan el tirón como pueden, unos mejor que otros, aportante una humanidad y dignidad donde el grupo y la comunidad son esenciales para sobrevivir. Tenemos a Julio en la piel de Diego Cremonisi, el bandoneonista, al que hemos visto en Invisible, Rojo, y films de Eduardo Pinto. Le acompañan Mariela que hace Marina Bellati, en cintas de Gustavo Taretto, Miguel Cohan, Juan Taratuto y Ana Katz, y los del grupo como los teclados de Carlos Portalupii, el bonachón adicto al juego en plena recuperación, Manuel Vicente, el violinista idealista en las causas perdidas, Rafael Spregelburd, el playboy y mecánico, todo un buscavidas, el veterano Mario Alarcón, con más de 4 décadas de carrera que da vida al gran cantante retirado Ricardo Tortorella, y otros como El Polaco que regenta el boliche que da vida David Masajnik, todo un experto en los fenómenos espaciales de tiempo y lugar. Tienen mucho del grupito de Rufufú, de Monicelli, pero con más tristeza, más melancolía y más argentinos. 

Una película como Adiós Buenos Aires no busca respuestas a tantas preguntas, sino en seguir de pie cuando toda tu vida y por cercanía, tú país se va hundiendo sin remedio. En esos momentos de apocalipsis de verdad, la película nos cuenta las diferentes actitudes de los personajes ante semejantes hechos que son capaces de terminar con la esperanza más férrea. Tampoco es una película que trate con condescendencia ni blanquee las situaciones a las que se enfrentan sus individuos, no va de eso. Si no que es al contrario, porque muestra un abanico muy distinto ante la avalancha de pobreza y escasez. Unos deciden quedarse y otros, como el protagonista Julio, marchar. Dos opciones diferentes pero igual de complejas. Además, añade la idea del grupo y la comunidad y el amor que se tienen y el  acompañamiento ante el desastre. La comunicación como vía esencial y vital para mantenerse a flote. Ayudarse como único camino cuando a tí te va mal. Una película a contracorriente de una sociedad cada vez más individualista, consumista y vacía. Este grupo se es algo es que todavía no ha perdido su dignidad como espetaba el personaje de Darín en aquel tremendo discurso que espetaba en la fantástica y mencionada Luna de Avellaneda, recuerden, no están sólos aunque les hagan creer el contrario. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ernest y Célestine, cuentos de primavera, de Aurélie Raphaël

LA EXTRAÑA PAREJA.  

“Por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres”. 

Rosa Luxemburgo 

Érase una vez… en un universo como el nuestro pero con algunas diferencias, ya que se divide entre osos que viven en la superficie y ratones que están bajo tierra, enemigos acérrimos, en el que nos encontramos con una ratita llamada Célestine, audaz y brillante, que vivía bajo el subsuelo, rodeada de los suyos y sometida a una educación restrictiva que la obliga a robar dientes de oso de la superficie para ser dentista, cosa que detesta, y además, a tener miedo a los osos. Pero, un día, cuando se encuentra arriba, conoce a Ernest, un oso bonachón, idealista, gruñón y músico, y entre los dos nace una profunda y sincera amistad porque los dos son dos almas curiosas, inquietas y desplazadas, porque los dos son seres de luz, que se cuestionan las estúpidas y convencionales normas de una sociedad que aniquila al diferente y al extraño para enderezarlo a un camino lleno de prejuicios, miedos y alineador. De esta extraña pareja que nació en 1984 de la autora Gabrielle Vincent se han publicado 30 libros en Francia con enorme éxito. 

Hemos visto Ernest y Célestine (2012), de Benjamin Renner, Stéphane Aubier y Vincent Patar, que relata en 75 minutos cómo se conocen esta singular e inolvidable pareja. Cinco años después vimos Ernest y Célestine, cuentos de invierno, de Julien Chheng y Jean-Christophe Roger, compuesto por cuatro cortometrajes en los que profundizaban en los avatares vitales de la pareja cuando arreciaba el frío invernal, en 2022 llegaba El viaje de Ernest y Célestine, largometraje de 80 minutos en los que el peculiar dúo aterrizaron en Charabia, la ciudad natal del oso, donde se enfrentaban a un conflicto sobre la necesidad de ser uno mismo y la libertad. Finalmente, llegamos a la cuarta entrega, Ernest y Célestine, cuentos de primavera, que bajo el mismo espíritu del título que hacía referencia al invierno, nos presentan cuatro cortos: Buen trabajo, artistas!; El viento de Charabia; Firmado, Augustin; y La fiesta de las flores. Cuarto episodios que continúan el mismo espíritu de los anteriores, contando relatos cotidianos, humanistas y tremendamente íntimos, donde prevalecen valores como la amistad, la cooperación, la fraternidad, la libertad del otro y sobre todo, el elemento que vertebran todas las películas de la pareja, la diferencia como valor de encuentro y no como diferencia irreconciliable. 

Cuatro guionistas firman las cuatro historietas entre los que encontramos a Jean Regnaud, Christophe Poujol y Hadrien Soulez Larivière y el director artístico Jean-Louis Nomus, y la gran dirección de Aurélie Raphaël, que se encargó de la parte artística de la mencionada Ernest y Célestine, cuentos de invierno, construyen un mundo donde prima la naturaleza y los pueblos a partir de las gentes anónimas y cercanas con un plasticidad tan sencilla como elaborada en la que prima la belleza de un gran colorido y detalle, donde osos y ratones viven aislados unos de los otros, y sintiendo miedo. La capital y excelente música de Vincent Courtois, que ha estado en las cuatro entregas de la saga, que sabe dotar de esa armonía alegre y triste que acompaña a este dúo increíble.  La pareja romperá con esa tendencia y establecerá un encuentro que se tornará muy estrecho, donde no existen diferencias ni convencionalidades, y crean una armonía que se complementa muy bien, porque el oso todo lo que tiene de grande, tanto como tamaño, fuerza y corazón, es muy bruto y nada delicado, y le mueve la pasión por la música. En cambio, la ratita es muy sensible y cercana, llena de inteligencia y audacia, un personaje que recuerda a otros animados como la abeja Maya y Vickie el vikingo, míticos personajes de la televisión ochentera, porque ante la emergencia y la idiotez de los adultos, los tres se dedican a elucubrar grandes ideas y cambios que ayudan a enfrentarse a los diversos conflictos que se van encontrando. 

Nadie que les guste el cine de verdad y amen la vida por encima de esta estúpida sociedad tan injusta, desigual e insolidaria, debería perderse por las historias de Ernest y Célestine, por todas y cada una de ellas, porque volverán a creer en las pequeñas cosas, en todo lo invisible que nos escapa diariamente, volverán a sentir que la vida no va de a ver quién corre más o quién consigue más cosas, sino de todo lo contrario, de ser uno mismo, de cada cuál elija su propio camino, y da igual que sea muy diferente al del resto, porque lo importante es dejarse llevar por lo que uno siente, eso sí, con cabeza, caminando firme, con una voluntad de hierro y siendo constante en sus deseos y propósitos. El oso y la ratita son ejemplos que la vida siempre nace desde uno dentro y la felicidad no se busca ni se encuentra, se trabaja cada día en el interior de uno, para así compartirla con los demás, con la gente que quieres, con la gente que está por tí, que te apoya, que te quiere, y huyendo de aquellos que te juzgan, que quieren cambiarte y sobre todo, de todos aquellos que dicen quererte y no respetan lo que tú quieres. Dos largometrajes y ocho cortometraje convertidos en dos mediometrajes son el cómputo de las aventuras, desventuras, amores, estaciones, relaciones, encuentros, desencuentros, viajes, vientos y demás cotidianidades y esas ganas de experimentar la vida, con sus sabores y sinsabores de la posiblemente pareja más extraordinaria, sensible, romántica y fraternal que haya dado no sólo el cine de animación sino el cine en general, con el permiso de Rick y Louie, por descontado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La luz que imaginamos, de Payal Kapadia

TRES MUJERES EN MUMBAI. 

“De alguna manera siento que una persona común y corriente (el hombre de la calle, si se prefiere) es un tema de exploración más desafiante que las personas en el molde heroico. Son las medias sombras, las notas apenas audibles las que quiero capturar y explorar. […] Mis películas tratan sobre seres humanos, relaciones humanas y problemas sociales”.

Satyajit Ray

Recuerdo la admiración que me proporcionó la sesión de A Night Knowing Nothing, la primera película de Payal Kapadia (Mumbai, India, 1986), vista en el Festival de La inesperada en el Zumzeig Cinema. Sus fascinantes y poéticas imágenes, en una suerte de duermevela, mientras escuchaba el contenido de unas cartas entre dos amantes, amén de una narración donde se explicaba lo magnífico de la educación y por contrapartida, la dificultad de unos estudiantes inmersos en una lucha continua por mejorar sus condiciones. Un hermoso y reflexivo documento/ensayo que convocaba las ideas físicas y emocionales y exploraba la capacidad infinita del lenguaje cinematográfico. Así que, estaba emocionado el otro día, en los Cinemes Girona, cuando entré en la sala para ver La luz que imaginamos

La segunda película de Kapadia, donde introduce la ficción, amén del cine documental, con el que precisamente arranca la película, a través de una extraordinaria panorámica a pie de calle, a bordo de un vehículo, de izquierda a derecha, donde vemos el trasiego nocturno de los puestos ambulantes del centro de Mumbai, en la India. Un prólogo que cerrará a la inversa, observando a los vendedores y transeúntes que se agolpan en las tumultuosas calles. Como ocurría en Ladrón de bicicletas (1948), de Vittorio de Sica, el documento deja paso a la mirada de la protagonista Prabha, una enfermera de unos cuarenta años, que se dispone a arrancar su jornada laboral. La cámara la sigue en sus quehaceres diarios: en su trabajo en el hospital, volviendo a casa en tren o en su piso imaginando una vida diferente… Una trama que se mueve en una suerte de híbrido donde tanto documental como ficción conviven al unísono. Conoceremos a Anu, veinteañera, también enfermera y compañera de piso, y a una tercera, Parvaty, de mediana edad, enfermera como las anteriores. Tres almas como otras cualquiera de una ciudad como Mumbai, un lugar de paso, donde estas tres mujeres han llegado de sus pueblos de origen para trabajar como enfermeras con sus conflictos pertinentes. El de Prabha, con su marido emigrado en Alemania, el de Anu, que mantiene un amor clandestino porque su novio es musulmán, y por último, el de Parvaty, que tiene problemas para pagar su alquiler. 

A través de planos cortos y medios, en un gran trabajo del cinematógrafo Ranabir Das, que ya trabajó en A Night Knowing Nothing, la cineasta india nos explica sin prisas, y dejando que la cotidianidad se torne pausada y tranquila, desde una posición nada complaciente, con una atmósfera absorbente y siempre nocturna, en que las tres vidas de estas mujeres se vuelven íntimas y profundas para nosotros, donde asistimos a sus realidades difíciles y complejas dentro de un espacio humano y muy cercano, a través de unas imágenes neorrealistas, hipnóticas y oníricos, en muchos instantes. La película no cae en el tremendismo ni en la sensiblería, se aleja notablemente de esas convencionalidades construyendo un retrato de verdad, con inteligencia, muy conciso y tremendamente detallista, generando un infinita amalgama de miradas y gestos. El estupendo trabajo de sonido contribuye a generar ese universo de matices donde cohabitan rostros, palabras y silencios, que firman el trío Benjamin Silvestre, Romain Ozanne, que hizo la primera película de Kapadia, y Olivier Voisin, un grande con más de medio centenar de películas entre las que destacan Crudo, Porto, entre otras. contribuye a generar ese universo de matices donde cohabitan rostros, palabras y silencios. El conciso y sobrio montaje que construye un ritmo cadencioso y naturalista en sus casi dos horas de metraje, que firma Clément Pinteaux, del que vimos Los años de Super 8, sobre las grabaciones domésticas de la escritora Annie Ernaux y la música de Dhritiman Das, con esos magníficos pasajes de piano y cuerdas, muy jazzísticos, con el mejor aroma de Malle y Cassavetes.

 

Si la parte técnica es extraordinaria, la parte artística está a la misma altura. Las tres maravillosas actrices indias que dan vida a sus tres heroínas corrientes y normales les dan un peso humano y emocional alucinante, porque parecen no interpretar y transmiten la verdad que le mencionamos anteriormente, con unas composiciones llenas de naturalidad y transparencia, de esas que cualquier leve mirada o gesto lo explican todo. Kani Kusruti es Prabha, la mujer un poco triste y un poco pensativa, que se debate entre dos aguas, entre dos mundos, el de un marido emigrado del que no sabe nada, y el de un doctor que cada día se le acerca más. Por otra parte, el caso de Anu que hace Divya Prabha es el de una mujer joven con ganas de ser libre y disfrutar de la vida, que debe de llevar su noviazgo en secreto por las diferencias culturales y religiosas, aún así, está dispuesta a luchar y seguir. Y por último, Parvaty que interpreta Chhaya Kadam, ya cansada de las dificultades de vivir en una urbe como Mumbai y quizás, ha llegado la hora de mirar al futuro y no rendirse a los malditos especuladores que, desgraciadamente, están en cualquier parte de este planeta. Tres retratos de mujeres, con sus diferencias y parecidos, que son una parte significativa de las mujeres indias de la actualidad, con sus alegrías, tristezas y complejidades. 

El cine de Satyajit Ray está muy presente en la película de Payal Kapadia, y no sólo que comparten nacionalidad, sino en su forma de retratar lo humano en su cotidianidad y en sus conflictos diarios, y mostrando una naturalidad tan íntima que convierte a los espectadores en una enfermera o habitante de Mumbai más, y no obstante, imprime un lenguaje de verdad y poético en contraste con la urbe inmensa, agotadora y bulliciosa. Una película como La luz que imaginamos se erige como una sutil y liberadora cinta sobre el significado de la fraternidad, la amistad y el amor en tiempos donde parece que importan otras cosas más urgentes. Es una película pequeña y muy grande a la vez, que no pide nada, quizás, pide sólo una cosa, que la veamos con tranquilidad, sin distraernos en ningún instante, y no lo digo porque vayamos a perdernos algo de su leve trama. No por eso, sino por la forma de cada plano y encuadre y lo que habitan en cada uno de ellos, de la capacidad inmensa de Kapadia para extraer lo máximo a partir de lo mínimo, consiguiendo atraparnos desde sus primeras imágenes del mercado callejero, mostrando la ciudad y sus habitantes y más tarde, las tres mujeres que se convertirán en sus protagonistas. Tres mujeres con sus conflictos, sus sueños en la ciudad que llaman así, o quizás, también sea la ciudad de las ilusiones, esos pensamientos fugaces, ya sean reales o inventados que nos ayudan a soportar ciudades como Mumbai, a maridos ausentes que parecen fantasmas, amores clandestinos que necesitan la oscuridad para ser reales o pisos que se escabullen de nuestras vidas porque algunos deciden hacer negocio. Unas ilusiones vividas en silencio, en el interior de unos corazones y unas almas que siguen viviendo o soñando, quién sabe. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA