Ojos negros, de Ivet Castelo y Marta Lallana

EL PRIMER VERANO.

“Siempre hay un momento en la infancia cuando la puerta se abre y deja entrar al futuro.”

Graham Greene

Angélica vivía ajena del mundo de los adultos jugando junto a su primo Luis en La prima Angélica, de Saura. Estrella se sentía desplazada porque su padre le ocultaba el pasado en El sur, de Erice. Y finalmente, Goyita encontraba consuelo en un maduro profesor enfrentada a los prejuicios sociales en El nido, de Armiñán. Tres niñas que empezaban a ser adolescentes, que crecían rodeadas de miradas críticas, de sentimientos contradictorios, de emociones confusas y de actos huidizos, que encontraban afuera, en la escapada, el espacio que tanto ansiaban, ajenas a ese mundo de los adultos tan extraño, tan triste, tan mezquino, tan lleno de recuerdos dolorosos y tan vacío. Ese mundo raro y lleno de confusiones que experimentamos cuando estamos en una especie de tierra de nadie, en un espacio indefinible, en ese período de transición entre el niño o niña que fuimos con ese adolescente que todavía no somos, una transición crucial en nuestras vidas, cuando empezamos a ver las cosas de distinta manera, por primera vez sentimos diferente y queremos hacer otro tipo de cosas, dejamos los juegos infantiles para empezar a mirarnos más a nosotros mismos y a los demás, a jugar a ser adultos, a pesar diferente y sobre todo, todavía estamos en ese tiempo que nos entendemos tantos cambios ya sean físicos como emocionales, y los adultos nos tratan como niños, como lo que ya no somos, y todavía seguimos sin entenderlos, sin saber cómo funciona su mundo, porque el nuestro todavía arrastra esa inocencia, ese momento donde todo todavía es posible, donde la vida empieza a mostrarse frente a nosotros, nuestras miradas, cuerpos y emociones.

Marta Lallana (Zaragoza, 1995) e Ivet Castelo (Vic, 1995) se graduaron en Comunciación Audiovisual por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y debutan con Ojos negros en el largometraje con apenas experiencia en el mundo del cine, siguiendo esa estela maravillosa que arrancó con la película de Les amigues de l’Àgata, a la que siguió Julia Ist, y se apuntó Yo la busco, proyectos surgidos en la universidad que han abierto las puertas al cine a un grandísimo talento femenino, ya que todas las películas están dirigidas por mujeres. A este magnífica terna se añaden Lallana y Castelo, en un guión escrito a cuatro manos por las propias directoras más Iván Alarcón y Sandra García, que también firman como colaboradores de dirección, para contarnos un relato/retrato centrado en Paula, una niña de 14 años de padres divorciados que es enviada por su madre Celia al pueblo materno “Ojos negros” (pueblo familiar de Lallana) en verano, un lugar que Paula solo estuvo de niña. Allí se encontrará a su tía Elba, que nunca ha salido del pueblo y arrastra un resentimiento y hostilidad a la madre de Paula y a su entorno en general, y a su abuela que esta delicada de salud.

La casa familiar se convierte en una especie de prisión emocional para Paula, debido principalmente a tantos recuerdos amontonados que todavía duelen, a tantos objetos familiares que han envejecido como los gestos de cariño de esa tía carcomida y vacía y con esa abuela que ya apenas recuerda lo que fue y lo que fueron. Paula encuentra esa libertad afuera con la aparición de Alicia, una niña de su misma edad, con la descubrirá un universo nuevo, algo muy diferente a esa realidad sombría y oscura de su existencia, como define excepcionalmente el plano inicial de la película cuando vemos el rostro de Paula compungido mientras escuchamos la discusión de sus padres in crescendo dirimiendo lo que es mejor para la niña. Alicia se convierte en esa amiga de juegos, ya no tan infantiles, en que las dos niñas juegan a ser mayores o al menos pretenderlo, corriendo por los campos, tirando piedras a la nada, hablando de sus vidas en la ciudad, bañándose en el río, jugando al amor y sintiéndose lo que todavía no son pero les encantaría ser para entenderse más y así comprender ese mundo adulto tan ajeno y extraño para ellas.

Lallana y Castelo demuestran una madurez cinematográfica fuera de lo común, sumergiéndonos con gran sutileza narrativa y composición formal que ya querrían muchos, a través de planos fijos en el interior de la casa, como ese momento de toque de campanas y vemos el rostro algo triste de Paula, como si el tiempo en el pueblo, su tiempo fuese único, se dilatase o simplemente no avanzase. O esos planos en movimiento en el exterior, donde nos muestran el contraste instalado en las vidas tanto de Paula como de Alicia, un tiempo detenido, donde el verano parece que nunca va a terminar, donde todo es posible, donde la amistad puede ir más allá, donde desconocemos que nos ocurre por dentro, donde no somos capaces de descifrar qué significado tiene aquello o más allá que sentimos, situaciones que retratan ese tiempo sin tiempo que vamos descubriendo y experimentando, donde la rasgada y penetrante música de Raül Refree, que se convierte en la mejor compañía para contarnos todos esos cambios con sutileza y cercanía, que vuelve a participar en una película después de Entre dos aguas. El fantástico buen hacer del reparto con la debutante Julia Lallana a la cabeza, hermana de una de las directoras, impresionante su registro interpretativo, que plasma con sinceridad todo ese mundo cambiante y confuso de su alrededor, bien secundada por la también debutante Alba Alcaine como Alicia, la compañera accidental, y la formidable presencia de Anna Sabaté, la única actriz profesional del elenco, vista en La vida sense la Sara Amat, clavando ese resentimiento que arrastra su personaje, con esa mirada que recuerda a la Lola Gaos de Tristana.

Las directoras noveles encuentran en el silencio y las imágenes la mejor forma de sumergirnos en el retrato de Paula su familia y amigos a través de encuadres que nos introducen en la memoria familiar y esos fantasmas que todavía pululan por las habitaciones de sus casas como esos encuadres nocturnos llenos de imposibles sombras que nos recuerdan a Tren de sombras, de Guerín, y todo ese universo familiar, que contrasta con el mundo de la infancia que tanto ha retratado Carlos Saura en su cine, como la construcción familiar a través del paso del tiempo que vimos en El jardín de las delicias, o los cambios familiares y la indefensión ante ellos que experimentaba la niña  Ana en Cría cuervos o la vuelta al pueblo y a los recuerdos familiares y a los ausentes que había en Elisa, vida mía. Tiempo, memoria, familia, infancia, vida, pueblo, verano son los elementos con los que juega la película de Lallana y Castelo, retrato que podría emparentarse con los firmados por Meritxell Colell en Con el viento, Eva Vila en Penélope y Diana Toucedo en Trinta Lumes, donde la vuelta a casa adquiere connotaciones emocionales muy profundas, donde el misterio se revela a cada mirada, gesto o paso, donde la vida y la existencia se confunden creando espacios mágicos, huidizos y atmósferas más acogedoras y más reconocibles. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/216849045″>OJOS NEGROS (Trailer) – V.O.</a> from <a href=”https://vimeo.com/user66475147″>Ojos Negros</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Alex Brendemühl

Entrevista a Alex Brendemühl, actor de la película “El creyente”, de Cédric Kahn, en el Instituto Francés en Barcelona, el miércoles 22 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alex Brendemühl, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Fernando Lobo de Surtsey Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La viuda, de Neil Jordan

UN BOLSO DE CUERO VERDE.

“Todos estamos solos y algunos están más solos”

Charles Bukowski

Un vagón de metro, uno más, uno cualquiera de los muchos que circulan incesantemente por una gran ciudad, y uno de esos vagones, un bolso de cuero verde olvidado en uno de los asientos, y entre los miles de viajeros diarios una joven, una chica que se llama Frances McMullen, una chica más que vive en un ático en el corazón de Manhattan junto a su adinerada amiga, hija de un magnate, trabaja como camarera en uno de esos restaurantes del Village, la zona más exclusiva de Nueva York, e intenta olvidar superar la muerte de su madre. Esa joven, y no otra, encuentra el bolso y decide devolverlo a su legítima dueña, una señora solitaria que vive en una casa envejecida en uno de esos barrios sin más, su nombre Greta Hideg. Un gesto que parece uno más, de alguien que devuelve a su dueño algo que no es suyo, aunque no será un gesto más, será el gesto. La decimonovena película en la filmografía de Neil Jordan (Sligo, Irlanda, 1950) es un atractivo y elegante thriller psicológico, una especie de tela enmarañada con aroma de fábula, como tanto les gusta al director, donde una joven demasiado introvertida se enfrentará a su peor pesadilla convertida en la enigmática y extraña Greta, una señora que parece albergar buenas intenciones pero sólo eso, quizás hay algo más y su casa, tan alejada de todo, y a la vez, cerca del centro de la ciudad, oculta demasiadas cosas.

Desde que debutase en el cine, en 1982 con el sugerente thriller Angel, la carrera de Jordan se ha mantenido cercana a lo noir, con títulos como Mona Lisa, Juego de lágrimas, Michael Collins, El fin del romance o La extraña que hay en ti, retratos de personajes que el destino obliga a enfrentarse a sus propios miedos en forma de malvados que atentan contra su apacibles y aburridas vidas. También ha coqueteado con la comedia más desmadrada como en El hotel de los fantasmas o Nunca fuimos ángeles, y también, sus cuentos infantiles de terror muy personales y profundos donde mezcla lo humanista con seres fantásticos, indagando en los conflictos sobre identidad, en trabajos como En compañía de lobos, Entrevista con el vampiro, In dreams, Ondine o Byzantium (2012) su penúltimo largo. Ahora, con guión escrito junto a Ray Wright, un especialista en el género, nos trae un thriller muy oscuro, sin fantasmas ni fantasías extravagantes, muy intimista, protagonizado por dos mujeres, lo femenino siempre presente en el cine de Jordan, sumergiéndonos en una demoledora crítica contra la sociedad que produce solitarios que pueden llegar a convertirse en monstruos despiadados para llenar esa soledad angustiosa y demente.

Greta es una señora a todas luces agradable y elegante, pero detrás de ella, lo que esconde debajo de la alfombra es terrible, “caza” a jovencitas para paliar a su soledad, incluso llegando a manipularlas y destrozarles la vida, Frances, es una de ellas, una de esas jovencitas atractivas y vitales, pero que se encuentran en un estado emocional difícil, muy a la deriva, en procesos complejos personales, sin saber muy bien a qué dedicar su existencia, y se mueven como pollos sin cabeza a la espera de algo o alguien que les saque de su oscuro ostracismo. Greta y Frances encajan en un principio, parecen gustarse y se hacen muy buenas amigas, se ayudan y se entienden, aunque lo que parece algo agradable, pronto se torcerá y adquirirá otro color, como ocurre en el cine de Jordan, que nunca nada es lo que parece, y siempre hay algo turbio y muy oscuro que esconden algunos personajes.

El cineasta irlandés maneja con audacia y oficio su relato, una trama quizás muy vista, sí, pero la elegancia y el detalle con la que la filma Jordan la hace algo diferente, centrándose no solo en el aspecto psicológico de las dos mujeres, sino en su entorno, y en los gestos y detalles que las definen, conociendo sus entornos más íntimos y externos, contándonos con ritmo pero sin prisa toda la trama que encierra la película, que en un primer tramo nos estarían contando una película con ese aire finales ochenta y noventero como Atracción fatal  o Instinto básico, en ese juego perverso de las apariencias y ocultar cómo es realmente la naturaleza de cada personaje. En el segundo tiempo, la película da un giro sorprendente y terrorífico, donde el exterior de la ciudad, y las idas y venidas por distintos lugares y situaciones, da paso al exterior, a las cuatro paredes de un lugar donde se desarrollará la película, donde la trama se parece a esas historias donde lo malvado se impone a la bondad y todo puede ocurrir y nadie está a salvo, conociendo la verdadera personalidad de los individuos de la película.

Una muy buena pareja de actrices encabezadas por el aplomo y la mirada de Isabelle Huppert, extraordinaria en su rol de ogro sin escrúpulos y muy peligroso, en un rol muy alejado de lo que nos tiene acostumbrados, aunque a veces la hemos visto metida en marañas parecidas a las órdenes de Chabrol, Haneke o Verhoeven, bien acompañada por la calidez y la sobriedad de Chlöe Grace Moretz, componiendo el alter ego perfecto como la caperucita de este cuento moderno en el que el lobo se ha disfrazado no de abuelita, pero sí de madrastra de Cenicienta.  Maika Monroe da vida a Erica Penn, la amiga y compañera de piso de Frances y esa especie de ángel de la guarda que todos en algún momento nos viene bien tener a nuestro lado, y finalmente, Stephen Rea, un viejo conocido de Jordan, que debutaron juntos y han trabajado en 11 títulos juntos, interpretando a ese detective veterano y suspicaz que acaba desafiando a la bruja malvada. Jordan muestra oficio y consigue absorbernos en su trama sencilla y eficaz, que mantiene al espectador expectante e inquietante, en esta despiadada crítica a nuestra sociedad, tan individualista y desestabilizada emocionalmente, llena de solitarios y seres con existencias muy anodinas y vacías, esperando que alguien le saque de quiénes son y así encantarse de alguna manera, encontrar algún sentido a sus vidas o lo que sea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Salvador Simó

Entrevista a Salvador Simó, director de la película “Buñuel en el laberinto de las tortugas”, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 24 de abril de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Salvador Simó, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Yolanda Ferrer de Wanda, y al equipo de prensa del BCN Film Fest,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Fernando Bernués

Entrevista a Fernando Bernués, director de la película “El hijo del acordeonista”, en el Hotel Eurostar Ramblas en Barcelona, el miércoles 10 de abril de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Fernando Bernués, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Emilia Esteban de Olaizola Comunica,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Dobles vidas, de Olivier Assayas

VIDAS REALES, VIDAS DE FICCIÓN.

“Todo debe cambiar para que nada cambie”

(Príncipe Salina en El Gatopardo, de Visconti)

La frase que encabeza el texto mencionada por el Príncipe Salina, que interpretaba Burt Lancaster, al final de la película, tiene mucho que ver con este mundo cambiante, en continua transformación que nos ha tocado vivir, en el que continuamente iluminados de la tecnología vaticinan el fin del producto convencional por lo más nuevo, por la última virguería informática que hará nuestras vidas diferentes, modernísimas y mejores, aunque a la postre nada cambie y todo siga igual, más o menos, como vaticinaba el príncipe Salina. Las nuevas tecnologías en nuestra cotidianidad, las relaciones humanas y demás elementos que conciernen a nuestro tiempo son el marco por el que se guía la nueva película de Olivier Assayas (París, 1955) la decimoséptima de su carrera, que arrancó allá por 1986 con Desorden, en una primera etapa que se extendió hasta El agua fría (1994) en que dedicó cinco películas para hablarnos de la juventud, de sus deseos, ilusiones, infelicidad y vacío existencial, para adentrarse más adelante en terrenos más maduros en los que sus personajes y sus problemas iban haciéndose mayores junto a él, como en Finales de agosto, principios de septiembre (1998) donde exploraría la muerte y la ausencia dejada y cómo afectaba a sus más allegados, elementos que cohabitarán de forma natural y sistemática en su posterior cine con Después de mayo (2012) Las horas del verano (2008) Viaje a Sils Maria (2014) y Personal Shopper (2016).

Ahora, Assayas vuelve con Dobles vidas, donde se detiene en cinco individuos, cinco almas que se mueven en esta sociedad, donde parece que vivimos varias vidas a la vez, porque todo se hace y se vive demasiado intensamente, a una velocidad de vértigo, como si todo se tuviera que hacer deprisa y corriendo y varias cosas a la vez, sin parar, porque todo se acaba o está a punto de acabarse. Assayas nos cuenta las vidas de este grupo de parisinos en la que se sumerge en sus vidas íntimas y públicas, en las que conoceremos a Alain (Guillaume Canet) un exitoso editor que se contradice constantemente, porque tiene una mujer a la que adora, pero tiene un affaire con Laure (Christa Théret) una compañera que viene a digitalizar todo el modelo económico de la editorial, a Leonard (Vincent Macaigne) un escritor que plasma en sus novelas, que se niega a calificarlas de autoficción, todas sus experiencias vitales y sentimentales, y además, se acuesta con Selene (Juliette Vinoche, tres películas con Assayas) mujer de Alain, y actriz estancada en una serie exitosa de acción, pero que se muestra incapaz de dejar la serie. Valérie (Nora Hamzawi) mujer de Leonard, es una agente de campaña de un político integro y concienciado con los problemas más sensibles.

Y así están las cosas, un grupo de personas que viven su vida, la oficial, en la que todo parece ir bien, y por otra parte, la otra vida, la de ficción, o la que ocultan a sus allegados, o la que forma del autoengaño, a saber, porque ellos mismo ni lo saben. El cineasta francés enmarca su película en una comedia ligera, donde impone un ritmo acelerado, quizás contaminado por el sino de los tiempos actuales, donde sus personajes hablan y hablan, y no dejan de hablar, de muchos temas, por ejemplo, la digitalización de la sociedad actual, del futuro o más bien de la especulación, como apunta Alain en una mesa con amigos, donde todo parece que va a estallar de un momento a otro, pero no lo hace, o si lo hace, se trata de forma muy tímida, casi como un remolino intenso pero que se terminará en poco tiempo, algo así como el remolino interno y emocional que viven los personajes llevando adelante sus vidas, las que todos conocen, y las que ocultan, o las que no cuentan, que quizás son menos ocultas de las que creen.

Assayas atiza con vehemencia a nuestra sociedad, a sus rígidas estructuras económicas y al supremacismo del dinero, a esos gurús de la tecnología que vaticinan la defunción de lo tradicional en pos a una sociedad cibernética e hiperconectada, donde todo se hará por internet, en el que nos movemos por el mundo laboral, en este caso la edición de libros, como ocurría en Demonlover (2002) donde Assayas se sumergía en el espionaje industrial entre empresas y la sensación de los dibujos porno en 3D. Aquí, también hay estrategia industrial, entre otras cosas, como escenifican de forma sencilla y magnífica la relación entre Alain, el editor que apuesta por el libro de toda la vida, y se mantiene expectante a tantos cambios que se proclaman a los cuatro vientos como hace Laure, su nueva compañera de trabajo y cama. Unos tiempos convulsos, en los que todavía hay náufragos resistentes de sus novelas como Leonard, que tiene el mismo problema que tenía Harry con sus ex novias y amigos porque no paraba de hablar de ellos en sus libros en Desmontando a Harry, de Woody Allen.

El director parisino también nos habla de cine, como hizo en Irma Vep (1996) donde un director fracasaba en el intento de devolver a la actualidad la serie de Las Vampiras, de Feuillade. Ahora, se acuerda de Bergman y su película de Los comulgantes, donde recuerda al sacerdote sin fe que hablaba a una iglesia vacía, como ese mundo convencional en pos del online que muchos vaticinan que llegará pero que no llega, o a Haneke, con un chiste sexual en un cine viendo una del director austriaco. Assayas se muestra crítico con la sociedad, con la política, con las verdades absolutas, y las mentiras de siempre, encontrando a unos personajes infelices y frustrados, que encuentran en la mentira y las dobles vidas, que habla el título, en su razón de existir, aunque muy bien no sepan porque lo hacen y a qué lugar les lleva todo eso, porque al fin y al cabo, todos nos movemos con prisas en esta vorágine absurda y superficial que alguen llamó vida, porque todo se autodefine constantemente, y lo que ayer era el no va más con mucha energía, ahora se niega o se contradice con la misma fuerza. Un mundo cambiante, en constante ebullición, donde todo parece una cosa y al día siguiente, ya es otra. Quizás, como nos quiere contar Assayas, después de todo, nos quedan los amigos, nuestros amores, los reales y los ficticios, una copa de vino, y una buena charla sobre todo o nada. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA    

El hijo del acordeonista, de Fernando Bernués

LAS CICATRICES NO SE BORRAN.

Los aficionados a la lectura quizás recordarán la novela corta Reencuentro, de Fred Uhlman (1901-1985) en la que exploraba los males del nazismo y sus terribles secuelas en la mirada de Hans, judío, y Konradin, nazi, dos amigos adolescentes que la guerra separó, y su posterior reencuentro en los años sesenta. Mucho de aquella novela encontramos en el libro El hijo del acordeonista, de Bernardo Atxaga (Asteasu, País Vasco, 1951) en la que el escritor vasco se sumerge en la amistad entre David y Joseba, dos chavales que crecen en Obaba, pueblo mítico e imaginario en el universo de Atxaga (una especie de Macondo particular) a mediados de los setenta. Un lugar dividido entre los que ganaron la guerra, el padre y los amigos de David, y los perdedores, el entorno de Joseba, a los que el pueblo asfixiante y conservador se les ha quedado muy pequeño. Este desolador panorama de rivalidades y heridas demasiado abiertas, se convierte en el caldo de cultivo perfecto para que David, por mediación de Joseba, lo deje todo y se convierta en un soldado clandestino que luchará con armas por la causa vasca, junto a su amigo del alma.

El director Fernando Bernués (Donosti, 1951) reconocido en el teatro, televisión y cine, con la que ha codirigido dos películas, debuta en solitario adaptando la novela más personal de Atxaga, que ya tuvo una adaptación teatral en el 2013, dirigida por el propio Bernués. Cuarta novela de Atxaga que llega al cine, con guión de Paxo Telleria (también adaptador en el teatro) en un relato que se divide en dos etapas, en la primera, centrada en los setenta, vemos como David y Joseba viven en ese pequeño pueblo donde las envidias, la miseria moral y lo tradicional mellan a una parte de la población, la vencida de la guerra, la que vive sometida ante el régimen franquista. Y una segunda etapa, la de finales de los noventa, cuando David, gravemente enfermo, recibe la visita de su amigo Joseba, ya adultos, dispuestos a enfrentarse cara a cara y hablar del pasado, cerrar heridas y marchar en paz.

La película viaja de un lugar a otro continuamente, mostrando todos aquellos aspectos oscuros de la vida cotidiana de los setenta, en una atmósfera irrespirable y opresiva en que habitan dos bandos, y donde aumentará la radicalización de David y Joseba cuando son testigos de las injusticias y asesinatos que cometen las autoridades franquistas. Después, nos contarán la vida clandestina perteneciendo a ETA, sus actividades y las diferencias entre los miembros del comando, para finalmente, saltar en el tiempo y llevarlos hacia su reencuentro, a rememorar aquellos años y todo lo que ocurrió entre ellos, mirándose y confesando todos los errores y aciertos que cometieron en unos tiempos convulsos y llenos de miedo, donde coger las armas significó para ellos un antes y después en sus vidas. Bernués opta por una luz enigmática y natural obra del gran Gonzalo Berridi (responsable de películas de Medem, Uribe, Gutiérrez Aragón…) creando esa atmósfera turbia y opresiva que tanto demanda el pueblo de Obaba, una extensión de la emocionalidad de los personajes, que se encuentran perdidos y encerrados entre tanto miedo y opresión, con la excelente música de Fernando Velázquez, que sin subrayar ni acompañar, ayuda a crear esos ambientes de luz que tiene la película, aunque sean muy pocos, crean esa tensión interior entre lo que sienten los personajes y el ambiente de terror en el que se mueven, y finalmente, el ágil y estupendo montaje de Raúl López (autor de Loreak o Handia, entre otras) que viaja de un tiempo a otro, sin que resulte pesado o tedioso.

Un relato duro y lleno de aristas emocionales que recupera el aroma de películas como En el nombre del padre o The Boxer, ambas de Jim Sheridan, dedicadas a explorar el terrorismo del IRA y sus graves consecuencias en la población. Bernués nos habla de la herencia paterna, del miedo de aquellos años de franquismo, de las tensiones entre lo que se debe hacer y lo que se siente, la violencia moral que se vive cuando las cosas se hacen mal, y la violencia física como único recurso ante tantas injusticias. Una narración brillante y laberíntica, nos lleva a la cotidianidad de unos personajes marcados por una guerra, la de los padres, y todo aquello que dejó en el ambiente, esa mugre y podredumbre entre unos y otros, hablándonos de frente de la culpa, el remordimiento, el rencor, el odio y la violencia que ha azotado durante tantos años una tierra bella, pero llena de cadáveres. Un estupendo y contundente reparto de caras poco conocidas encabezados por Aitor Beltrán y Cristian Merchán, dando vida a David de adulto y joven, respectivamente, al igual que Iñaki Rikarte y Bingen Elortza, dan vida a los Joseba, Frida Palsson es la mujer americana de David, y las otras mujeres como Mireia Gabilondo, Miren Arrieta y Laia Bernués, dando vida a esas miradas que sufren y padecen los avatares de tanta tensión entre los hombres, José Ramón Argoitia como el tío Eusebio, tan alejado de su padre, el acordeonista oficial del pueblo y franquista, que también hace el oficio del gran Joseba Apaolaza, con el instrumento musical como objeto de controversia y tensión entre padre e hijo, ya que significa obedecer y seguir los pasos de los vencedores y asesinos.

Una película que se sumerge en nuestra historia reciente, la más oscura, en aquella que todavía no está cerrada, en la que tantos recuerdan a aquellos que ya no están, que murieron porque unos y otros decidieron que la muerte significaba luchar contra la opresión y a favor de la libertad. Tiempos de miedo, de terror, de enemigos propios y ajenos, de amigos y traidores, de política, de violencia, de enemistades, de hombres corrientes que se lanzan a la lucha armada, de tiempos oscuros y llenos de sangre, de un tiempo que recordarán los amigos en los noventa, cuando ha llegado el tiempo de recordar, de mirarse a los ojos, de sumergirse en el interior del otro, y perdonar, confesar tantas verdades y acciones que en su día no encontraban explicación, de hablar sin tapujos, de contarlo todo, de construir el presente a través de confesar los errores del pasado, sin miedo y con profundidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA