Happy End, de Michael Haneke

DISECCIONANDO A LA FAMILIA BURGUESA.

“Son una llamada a un cine que aporte insistentes cuestiones en lugar de respuestas falsas (por lo excesivamente rápidas), que clarifique las distancias en lugar de violar la cercanía, que abogue por la provocación y el diálogo en lugar de la consunción y el consenso”.

Michael Haneke

Las primeras imágenes de la película nos introducen en el objetivo de un Smartphone, en el que vemos situaciones cotidianas de una mujer, y una voz en off de una niña nos va relatando esos actos de forma mecánica y fría. Este prólogo nos evidencia una característica común en el cine de Michael Haneke (Múnich, Alemania, 1942) el interés del cineasta por reformular las imágenes contemporáneas introduciendo en sus películas los diversos formatos domésticos que van apareciendo, y la interactuación de sus personajes en su vida cotidiana, y cómo esas imágenes captadas desde la inmediatez y la improvisación acaban redefiniendo nuestras relaciones con los demás, y sobre todo, explorando aquello más oscuro del alma humana.

Haneke se erige como uno de los observadores de la sociedad contemporánea más incisivos y críticos sobre los comportamientos de los individuos, siempre en entornos burgueses, aquellos que aparentemente tienen resueltos todos sus problemas económicos, aunque, más allá de proporcionarles estabilidad y paz, los convierte en unos seres egocéntricos, falsos e hipócritas, incapaces de relacionarse con los suyos, y sobre todo, torpes en revolver sus problemas emocionales, porque todos sus actos les hacen convertirse en seres resentidos, tristes y solitarios, atrapados en la maraña de sus espacios y aburridos de ellos mismos, apartados de los problemas sociales, y completamente perdidos en su descontrol y miseria. Aunque Haneke huye de todos los convencionalismos narrativos para contarnos la existencia de sus criaturas, sumergiéndonos en ambientes reconocibles, a los que introduce elementos distorsionadores y perturbadores que rompen esa aparentemente armonía planteada en un inicio.

En Happy End, nos sumerge en el ambiente doméstico de una familia burguesa francesa que vive en Calais (que no es para nada arbitrario el lugar elegido, ya que es una ciudad costera donde llegan inmigrantes ilegales) y allí conoceremos a los integrantes de esta familia: Georges (interpretado por Jean-Louis Trintignant, que repite con Haneke después de la excelente Amor) el patriarca familiar, viudo y sólo, con la idea fija de quitarse la vida, también nos encontraremos con Anne (Isabelle Huppert, una de las habituales de Haneke, con aquella grandísima composición de la masoquista perturbada de La pianista) es la responsable de una empresa con problemas, con mala relación con su hijo díscolo Pierre (que da vida el actor alemán Franz Rogowski) y enamorada de un abogada estadounidense (que interpreta Toby Jones), y el otro vástago, Thomas (con la sobriedad de Mathieu Kassovitz) cirujano reconocido, casada en segundas nupcias con Anaïs (Laura Verlinden) que recibe la visita de Eve (maravillosa la interpretación de Fantine Harduin, uno de los grandes logros de la película, con esa mirada inocente y a la vez, maligna) la hija adolescente de su primer matrimonio.

Haneke a través de su estilo frío y alejado, adoptando el papel de observador, algo así como un testigo que mira sin inmiscuirse, captando cada detalle, cada mirada, cada gesto, con esa capacidad para sumergirnos hasta lo más profundo, con lo más mínimo, consiguiendo esa aparente tranquilidad y paz, y diseccionando con maestría de cirujano experto los problemas emocionales de esta prole, a la que no veremos nunca reunida, salvo en muy pocas ocasiones, alguna que otra cena, y esa reunión y los diálogos que se producen, aún nos evidenciaran más su desencanto, incomunicación y desesperación como grupo, situándonos en el epicentro de sus males, de esa oscuridad inquietante que tan bien maneja Haneke, provocándonos a cada momento, obligándonos a mirar, a explorar la miserable vida de sus personajes, de sus mentes perversas y de sus indiferencias ante los problemas sociales, imbuidos en esa vida de oropel, de lujo y de mierda.

El cineasta alemán disecciona los males contemporáneos de la bienintencionada Europa, con su cinismo de ayuda y colaboración con el desprotegido, pero en el fondo, toda ausencia de empatía con el necesitado, enfrascado en sus vidas, en sus intereses y en sus existencias ociosas, apartadas de todos y todo, mirándose a sus espejos de falsedad, aburrimiento y maldad, incapaces de expresar sus sentimientos y alejados de aquellos que aman, o simplemente, creen amar, porque cómo nos evidenciará la película en uno de sus momentos memorables, sólo nos queremos a nosotros mismos, incapaces de aceptar nuestra terrible soledad, y la soportamos mintiendo a los demás, y sobre todo, autoengañarnos a nosotros mismos. Haneke nos habla de inmigración sin casi aparecer inmigrantes, ni tampoco ese tipo de discursos amables y falsos de tantas películas, con esa idea de buenísimo, aunque esos actos aparentemente de ayuda y amistad, carezcan, en el fondo, de solidez y amor.

Los universos que nos cuenta Haneke son inquietantes, sombríos y extremadamente turbios, en los que los ambientes malsanos recorren todos sus espacios, en los que, en cualquier instante, puede producirse un estadillo de violencia, de horror, que late en el interior esperando su oportunidad, como si fuese un asesino a la espera de reventar su sed de sangre, aunque el cineasta alemán opta por una forma cotidiana e íntima, alejándose de las formas convencionales narrativas, en su cine, el plano y su duración consiguen inquietarnos de manera brutal, de agobiarnos, de hacernos daño con sus imágenes, a través de planos generales, donde sus espacios, ya sean urbanos o domésticos, parecen aparentemente tranquilos y en paz, pero más lejos de eso, están hirviendo y apunto para estallar y sobrecogernos a todos, aunque, en ocasiones todo continua igual, capturando de manera magistral la atención del espectador, seduciéndolo con esas imágenes repetitivas donde parece que algo va a suceder, que todo cambiará, pero, en ocasiones, esto no sucede, y esa imaginación, nos inquieta aún más.

En este sentido, la mirada inquisidora y siniestra de Haneke hacia la burguesía se acerca al cine de Antonioni o Chabrol, donde esa manada burguesa, perdida, solitaria y vacía, se mueve casi por inercia, incapaz de sentirse bien, y abrumada por los problemas emocionales, en el que viven o simplemente, existen, en los que la incapacidad para comunicarse, para hablar de lo que sienten, de ayudarse y ayudar a los otros, en donde la maldad o la muerte, en muchas ocasiones, es la única salida que tienen para soportar esas existencias tan mundanas, egoístas y estúpidas, movidas por su ambigüedad y constradicciones, aunque, estas decisiones tan oscuras y a la par, que sinceras, los lleven a sumergirse en más oscuridad y terror, pero, en su existencia ensimismada en ellos mismos y sus cosas tan lujosas, y a la vez, tan vacías, sean tan miserables para aceptar sus problemas y encontrar soluciones a sus situaciones, enfrentándose a sí mismos, pero en cambio, optan por actos irracionales que les hacen más daño, y sobre todos, a los suyos, a esos que tienen a su alrededor, a ese escenario inventado y construido a su imagen, lleno de su egoísmo y vanidad.

Entrevista a Xavier Legrand

Entrevista a Xavier Legrand, director de la película “Custodia compartida”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 18 de abril de 2018 en los Cines Boliche en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Xavier Legrand, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo de los Cines Boliche, y a Lorea Elso de Golem Distribución, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Custodia compartida, de Xavier Legrand

NO QUIERO ESTAR CON PAPÁ.

“No sé cuál de los dos miente más”

En Antes de perderlo todo, filmado en el año 2012, Xavier Legrand (Melun, Francia, 1979) contaba la huida de una mujer Miriam y sus dos hijos de manos de su marido maltratador. Una pieza de 29 minutos que le valió innumerables reconocimientos internacionales, entre los que destacan un premio en el prestigioso certamen de Clermont-Ferrand, César al mejor corto del año y la nominación en los Oscar, entre otros muchos. Seis años después, retoma aquellos personajes años después, cuando una vez separados, tienen que lidiar en la custodia de su hijo menor Julien. Desde su arranque, Legrand (que ha trabajado con autores tan influyentes como Philippe Garrel, Laurent Jaoui, Benoit Cohen…) deja claras sus intenciones y el tono sobrio que marcará su puesta de largo. Nos sitúa en la frialdad y burócrata sala de conciliación, donde madre y madre con sus respectivos letrados testifican sus intenciones de cara a la custodia de Julien, la jueza se pronunciará tiempo después, en el admite la custodia compartida.

El cineasta francés nos sumerge en un tema candente, en las consecuencias de las separaciones con hijos, y las sentencias judiciales que obligan a compartir a los hijos, cuando alguna de las dos partes se niega a acatarlas, abriendo el debate sobre la necesidad de estudiar más profundamente ese tipo de sentencias, porque quizás la cuestión es mucho más compleja y difícil de decidir. Legrand no lo hace desde el enjuiciamiento, decantándose por alguna de las partes, que nos llevaría a una película superficial y condescendiente, no hay nada de eso en su propuesta, sino todo lo contrario, realizando una cinta doméstica, enclavada en un thriller muy denso y complejo, donde la cotidianidad nos asalta desde el interior de un piso o en ese automóvil, con ese ruido ensordecedor que nos impone una realidad absorbente y dolorosa. Legrand ha sabido construir una película sencilla y honesta, con pocos personajes, apenas el matrimonio, el hijo, secundados por los padres de él, la hija adolescente, y el entorno de ella, contando con actores desconocidos como la pareja protagonista, que ya protagonizaron el corto, Denis Ménochet y Léa Drucker, con la incorporación de Thomas Gioria como Julien, descubierto en un arduo casting.

Quizás el gran acierto de Legrand es contar su relato, desde todos los puntos de vista, desde la realidad de cada uno de los personajes, explorando sus razones, justificaciones y deseos, aunque no sean compartidos por los espectadores, en la que construye una fascinante y absorbente fábula moral, un conflicto real de nuestros días, palpable, que llena todos los medios diariamente, en la que los hijos menores son los más vulnerables en este tipo de conflictos domésticos. Sus 93 minutos de metraje, urdidos con seriedad y tremendo in crescendo, nos sumerge en la cotidianidad de esta familia rota, este grupo ahora convertido en posiciones extremas, en las que aunque todo parezca obedecer a un orden natural, poco a poco, nos irá envolviendo en su verdadera naturaleza, en el orden cotidiano que rigen sus circunstancias, donde el amor de unos y otros se irá desvelando hacia otros derroteros que nacen en la más intensa oscuridad.

Aquí, lo social y cotidiano devienen en el thriller más rompedor y espeluznante, donde todo adquiere ese tono natural e íntimo, que hasta hace daño de lo cerca que puede estar de todos nosotros, donde parece que las cosas penden de un hilo, arropados por esa incertidumbre agobiante y molesta, que parece quepueda estallar en cualquier momento de la manera más horrible y estremecedora. Un drama doméstico, de nuestros días, contado desde el alma de sus personajes, que en alguno de ellos, ocultan varias capas ansiosas de tener su protagonismo, interpretados por unos actores magníficos, que saben manejar las distintas situaciones complejas que provoca la película, y lo hacen desde esa naturalidad, de tan cercana, que duele y ahoga, como si nos traspasará el ánimo, tanto por lo que cuentan como la manera de contarlo, donde no se deja nada al azar, todo sigue un ritmo que a veces consigue dejarnos sin aliento y sumergirnos en esa atmósfera malsana que recorre toda la trama, situándonos en el interior del conflicto, en el centro de la disputa, de la manera que lo hacían Leig, Loach o los Dardenne, donde la miseria de cada uno de nosotros se acaba convirtiendo en nuestro mayor enemigo, y los nuestros, que un tiempo atrás eran nuestros amores, ahora se han convertido en nuestras amenazas que no nos dejarán en paz hasta conseguir sus objetivos más perversos y oscuros.

Entrevista a Ariane Ascaride

Entrevista a la actriz Ariane Ascaride, con motivo de la presentación de la película “Una casa junto al mar” en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona. El encuentro tuvo lugar el miércoles 14 de marzo de 2018 en la sala de invitados de la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ariane Ascaride, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a la maravillosa labor de la traductora, y a Lorea Elso, de Prensa Golem, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Una casa junto al mar, de Robert Guédiguian

EL TIEMPO QUE FUE, EL TIEMPO QUE VENDRÁ.

“El pasado es la única crítica completa del presente”

Pier Paolo Pasolini

En el cine de Robert Guédiguian (Marsella, 1953) podemos encontrar lazos y lugares comunes que se suceden en sus trabajos de manera continua, como si se tratasen de retazos o trozos de vida que funcionan de manera propia, pero que pertenecen a una especie de álbum familiar de un lugar, un tiempo y unas vidas. El lugar sería Marsella y sus barrios, con su puerto y sus cotidianidades, el tiempo, el que abarca su filmografía, con 20 títulos, que arrancó en 1981 con Dernier été (Último verano)  y las vidas, la que conforman su trío actoral cómplice formado por Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin y Gérard Meylan (que aparecen en casi la totalidad de sus películas) que conforman entre todos ellos no sólo un grupo de cineastas que vuelven a reencontrarse para contar historias, sino una familia cinematográfica especial, casi única en toda la historia del cine. Un cine del cineasta marsellés preocupado por los más débiles, los de abajo, aquellos que se levantan cada día con la esperanza de seguir manteniendo su trabajo y que sus ilusiones no caigan en saco roto. Unas gentes que pertenecen a la clase obrera, a la que lucha, a la que protesta, a la que resiste en ese mundo cada vez más deshumanizado y terrorífico.

La casa junto al mar, es una película que podría mirarse como un compendio de muchas de las preocupaciones del cine de Guédiguian, aunque aquí su mirada, aunque sea cargada de melancolía y algo sombría, siempre deja algún lugar, aunque sea minúsculo, para mirar con esperanza los días que vendrán, porque a veces, es lo único que tenemos las gentes de nuestra condición. Ya desde su precioso arranque, cuando Ascaride se baja del taxi y llega a ese escenario, entre bucólico y fantasmal, donde no vemos a nadie a su alrededor, como si el tiempo hubiera aplastado sin contemplación ese lugar, mira a su entorno, como si reconociera el lugar y sobre todo, ese tiempo que pasó allí, cuando fue feliz, cuando todo era diferente, cuando había gente. De repente, bajo ese manto de soledad y quietud, una voz amiga la llama y la reclaman desde la terraza de una vivienda. Le esperan Armand (Gérard Meylan) el hermano que decidió quedarse y llevar el restaurant familiar, Joseph (Jean-Pierre Darroussin) el profesor retirado que tiene una novia muy joven Bérangère (Anaïs Demouster) y el padre, que debido a un ataque se ha quedado postrado y ido. Ella es Angèle, una famosa actriz de teatro que vive en París.

Guédiguian nos sitúa en una pequeña cala, cerca de Marsella, alejada del mundanal ruido, entre un mar abierto y una montaña, con ese omnipresente viaducto por donde pasan trenes a toda velocidad. El lugar donde su padre construyó su casa y el restaurant, ese lugar, una arcadia feliz o lo fue, durante un tiempo, donde pasaron tanto tiempo de infancia y juventud, ese lugar que vivió tantos años de esplendor, pero que ahora parece olvidado, detenido en algún lugar de la memoria, perdido entre las brumas del tiempo, porque la película se detiene en el reencuentro de estos tres hermanos y sus recuerdos, que forman parte de su vida, en un momento de sus vidas que parecen quietos, sin camino que caminar, sin tiempo que vivir, alejados de sus vidas, y sus esperanzas. El mundo cambiante ha pasado por encima de ellos, robándoles aquello por lo que vivían, sus luchas, su trabajo, su vida, conduciéndolos hasta un tiempo y un lugar que ya no existe, sólo en sus memorias, en aquel tiempo, la enfermedad y ausencia emocional del padre es toda una metáfora del estado emocional de sus hijos, con ese contrapunto con los más jóvenes, con otros ideales y otras formas de vida tan diferentes a las de ellos, y la amenaza exterior, como los especuladores a bordo del yate o la polícia.

Pero, Guédiguian no se detiene a juzgar que tiempo fue mejor, si aquel que pasó, o este que vivimos ahora, o el que está por venir, nada de eso, su cine es más complejo y rico en ese sentido, su investigación reside en como ese tiempo ha pasado por estos tres personajes, que ha dejado en ellos, y sobre todo, como lo han vivido, y que recuerdan, que sienten ahora mismo, y si al menos, en el tiempo de la película, en este instante, les queda algo de esperanza. Los vecinos ancianos de toda la vida, representan a aquellos que siguen al pie del cañón, o al menos quieren creerlo así, y sienten que también su tiempo pasó, como cuando uno de los personajes mira a su alrededor y observa todas las casas cerradas y se pregunta por lo ocurrido, y el anciano le exclama en tono triste, que lo que ha pasado es el dinero. El cineasta marsellés nos habla del paso del tiempo, de la vulnerabilidad de la vida y los cambios constantes, y lo hace desde el presente (aunque introduzca dos episodios del pasado, como la fiesta de navidad, cuando la gente poblaba el lugar, o las secuencias de la película Ki lo sa?, el momento más hermoso de la película, protagonizada por los mismos actores y filmada en el mismo lugar, pero en 1985, cuando esos mismo personajes, con 30 años menos, representaban la vida, las ilusiones y la esperanza por un mundo mejor) un presente rodeado de quietud, melancolía y recuerdos, algo así como una caja de pandora del que ninguno de los personajes quiere abrir para no darse de bruces con cosas que quería olvidar o pensaba olvidadas.

La película nos habla de la importancia del teatro o la cultura como medio de refugio para soportar los avatares de la vida y una herramienta esencial para reflexionar sobre nosotros, con esas secuencias de seducción y enamoramiento entre Angèle y el marinero, sobre los amores pasados y presentes, como el amor generacional, en el que somos testigos de uno que se extingue y otro que acaba de arrancar. Guédiguian estructura su película de forma sencilla y honesta, yendo al grano de su exploración, apoyándose en la naturalidad de sus intérpretes, y construyendo a fuego lento su trama, con esos diálogos ingeniosos y algunos llenos de amargura, como  los que va soltando Joseph (el personaje que interpreta Jean-Pierre Darroussin) como esa frase que podría definir muchos de los aspectos de la película y del tiempo en que estamos ahora,  “Piensan a la derecha y se sienten a la izquierda”, sin olvidarnos, de la elegancia y sobriedad de su mise en scène, donde el director francés economiza su narrativa para darnos el tiempo suficiente para conocer a sus personajes, escucharlos y sobre todo, no juzgarlos. Detenerse en sus vidas pasadas, presentes y futuras.

La introducción de los refugiados en el último tramo de la película, parece desenterrar antiguos ideales de los hermanos, que encuentran en el hallazgo de tres niños inmigrantes desamparados la forma de reengancharse a todo aquello por lo que lucharon en el pasado y ahora, parecía olvidado y oxidado, o simplemente sin sentido en esta sociedad individualizada y mecanizada. Podríamos ubicar la película en un melodrama familiar, pero en este caso contadas “a cau d’orella”, recordando aquel tiempo, ese otro tiempo, en que el rumor del mar entraba por la ventana una tarde de verano cálida y tranquila, mientras una leve brisa marina inundaba toda la estancia, y  los últimos rayos de luz iban desapareciendo lentamente, mientras a lo lejos escuchábamos a los últimos bañistas recogiendo sus cosas y encaminándose para encarar la noche que se antojaba larga y alegre, como todas las de verano. Una película política, revolucionaria, de resistencia, contada de manera libre y sencilla, una fábula moral, como todo el cine de Guédiguian, en la que se describe la compleja condición humana, con sus miedos, recuerdos e inseguridades, en la línea de las películas de Renoir, Rossellini o Kiarostami, donde se habla de lugares, personas y vidas, o Kaurismaki y El otro lado de la esperanza, un cine humanista de cualquier tiempo, lugar y vida, en el que los personajes como cualquier ser humano de cualquier época, desean algo tan frágil y ala vez tan difícil como estar bien y rodearse de los suyos.

En la sombra, de Fatih Akin

LA MUJER HERIDA.

La vida familiar de Katja, una mujer alemana que vive junto a su marido (ex convicto turco por tráfico de drogas) e hijo, se ve trágicamente interrumpidas por un atentado terrorista que acaba con las vidas de su esposo e hijo. Inmediatamente son detenidos los responsables de la matanza y llevados ante un tribunal. Después de un par de comedias, más o menos interesantes, y el drama armenio que fue El padre. El nuevo trabajo de Fatih Akin (Hamburgo, Alemania, 1973) vuelve a moverse por los marcos de su cine anterior, donde la conexión germano-turco preside casi la totalidad de su cinematografía (recordando el origen turco de sus padres) un cine entre el documental (en el que ha retratado sus orígenes familiares turcos o la efervescencia musical turca) y la ficción, en la que siempre parece encaminarse por el fatalismo y la tragedia, a través de unos retratos duros, ásperos y sucios, donde sus personajes se mueven entre los márgenes o en ocasiones, los trasgreden, fábulas modernas en el que se respira los conflictos derivados a la inmigración, la identidad, el arraigo, y demás, en el que las relaciones que se establecen entre sus criaturas suelen moverse a través de unas emociones a flor de piel, donde el drama íntimo y personal los lleva a sobrevivir en situaciones complicadas y extremadamente difíciles.

Ahora, nos presenta a Katja, una mujer que ha construido una vida convencional y sana, y que un día, sin tiempo para digerirlo, su vida se va al garete y le arrebatan los dos seres que más ama. A partir de ese instante, la vida de Katja, por llamarla de algún modo, se mueve por otros derroteros y el dolor y sus múltiples capas invaden su vida y su existencia. Akin desestructura su película en tres tiempos, en el primero, conocemos a la familia, en el segundo, nos instala en una sala de juicios donde se lleva a cabo el procedimiento, y finalmente, nos lleva al mar de Grecia, donde se resolverá el entuerto. El cineasta turco-alemán se inspira en los casos reales que se produjeron en Alemania, cuando unos grupos neonazis perpetraron una serie de atentados contra las comunidades inmigrantes, a partir de esa premisa real, Akin profundiza en el interior de una mujer herida, una mujer rota por el dolor, que sólo existe para que se haga justicia, que haya una reparación legal que mitigue su inmenso e inabarcable dolor.

La película navega por toda la radiografía del dolor de Katja, focalizando toda la cinta en la mirada dura y triste de Diane Kruger, y pasando por diferentes capas en la película, arrancando con un drama íntimo y familiar, que derivará al thriller judicial, para finalmente, adentrarse en el thriller más puro y frenético, donde la investigación y la acción formarán la parte final del filme. Akin, de la mano de su cinematógrafo habitual, Rainer Klausman, consigue profundizar de un modo directo y naturalista, al alma de esta criatura desdichada y rota por el dolor, pero, en su caso, el dolor no la paraliza, sino todo lo contrario, la convierte en una especie de justiciera nata, que si bien la justicia, con su maldita burocracia y tecnicismos estúpidos, no conseguirá calmar su sed de venganza, ella tomará cartas en el asunto y emprenderá su camino, alejado de todos y todo. La inmensa y magnífica interpretación de Diana Kruger (que aunque nacida en Alemania, ha desarrollado una carrea internacional muy interesante, sobre todo, en Francia y EE.UU.) es uno de los grandes aciertos de Akin, que construye un personaje profundamente humano, con sus complejidades y contradicciones, en el que la composición de Kruge, en uno de sus mejores trabajos, por no decir el mejor, apoyado en sus mirada e ínfimos detalles, en los que logra transmitir toda ese dolor latente, tanto físico como emocional.

El realizador alemán construye una fábula moral, donde asistimos a posiciones complejas y actitudes de la protagonista que pueden derivar en ilegales, actividades que nos hacen preguntarnos por la situación que atraviesa, e interpelar directamente a los espectadores, en una película que aborda temas candentes como la magnitud de nuestros principios morales y sociales, los mecanismos oscuros y profundos del dolor, y hasta qué punto seríamos capaces de confiar en la justicia, y más cuando nos es adversa, que sentiríamos y luego, que seríamos capaces para hacer justicia, no legal, sino humana. Katja es una mujer valiente y fuerte, que el dolor la empuja a seguir, cueste lo que cueste, y pase lo que pase, porque quizás en su situación, nosotros seríamos capaces de llegar tan lejos como ella, o quizás no, aunque la película de Akin se sumerge en esas contradicciones del alma humana, y lo hace de forma brillante y acertada, provocando la incomodidad y el debate, porque el cine es una excelente herramienta para abrir heridas que vivimos diariamente en las sociedades modernas, y debatir sobre los métodos, tanto legales como personales, que tanto unos como otros, tarde o temprano, salen a relucir.

 

Sin amor, de Andrey Zvyagintsev

ALIOSHA HA DESPARECIDO.

Zhenia y Boris son un matrimonio roto, después de 12 años de convivencia y un hijo, Aliosha, su amor, si existió en algún momento, ha muerto, y ya se encuentran con otras parejas para emprender una nueva vida, a la espera de vender el piso en común. Sus (des) encuentros son pura formalidad, llena de rabia, resentimiento, acusaciones y múltiples reproches. Su último escollo es su hijo, al que desean quitarse de en medio, al que utilizan como muñeco de trapo para evidenciar su fracaso matrimonial. Un día, Aliosha desaparece sin dejar rastro. Nadie sabe nada. El cine de Andrey Zvyaguintsev (Novosibirsk, Rusia, 1964) con la complicidad de su guionista Oleg Neguin, nace a través de un conflicto relacionado con la familia, familias desestructuras, difíciles y sumamente complejas, en las que una causa que irrumpirá con determinación en sus senos, vendrá a resquebrajar la aparentemente tranquilidad y cimientos construidos, y sacará a relucir todas las miserias de cada uno de sus componentes, sin olvidar en ningún caso el marco donde se desarrollan las historias, esa Rusia contemporánea desgarrada y sangrienta, donde nada funciona, o funciona a través de un mecanismo destructor, donde no hay espacio para la piedad y el consuelo, en el que todos los organismos oficiales están corruptos, y se mueven sólo por intereses personales, dejando desatendidos a unos ciudadanos egoístas, míseros y sedientos de una existencia ampulosa y confusa.

Una trayectoria ejemplar que se inició con su extraordinario debut, El regreso (2003) dos hermanos emprendían una travesía al encuentro de un padre resucitado, en Izgnanine (Destierro) (2007) una familia se hundirá en el infierno con la aparición del hermano destructivo de él, en Elena (2011) donde repasaba los restos de la Unión Soviética, en la que una madre se debatía entre un hijo alcohólico y un marido de la antigua élite soviética, en Leviatán (2014), un mecánico y su familia se veían amenazados por el alcalde corrupto de turno. Una trayectoria donde Zvyaguintsev aborda los temas candentes de su país desde un prisma crítico, utilizando tramas y personajes que devienen metáforas, que son utilizadas como armas arrojadizas a un sistema corrupto, salvaje y asesino, y lo hace a través de una forma de rigurosa construcción, poblada de unas panorámicas que sobrecogen, y nos introducen de forma cadenciosa en un universo siniestro y miserable, donde la vida ha pasado de largo, en el que el paisaje agota y deshumaniza, con esa luz sombría y tenue, que parece apagarse lentamente, casi sin ruido, contaminando todo lo que acaricia, sin más salida que una vida carente de sentido, oscurecida y rota.

Zvyaguintsev construye un relato en el que apenas escuchamos música, en una especia de naturalidad cotidiana siniestra, que incómoda y hace daño, en el que los personajes se mueven como autómatas, llenos de egoísmo y tremendamente individualistas, moviéndose entre sombras y claroscuros, en la bellísima y terrorífica luz de Mijaíl Krischman (habitual del director), y un montaje de grandes tomas, obra de Anna Mass (otra colaboradora del cineasta ruso) que apremia los grandes encuadres dando espacio a ese vacío y claustrofobia en la que viven sus personajes. El Moscú que nos captura el director está muerto, parece que la vida se ha detenido, donde ya nada funciona, en el que la policía se muestra ineficaz y sobre todo, insensible y completamente inútil, y en el que una asociación de voluntarios accede a ayudar a encontrar al niño desaparecido, uno de esos niños solos, faltos de cariño, que además tiene que soportar la indiferencia y el rechazo de unos progenitores carentes de amor y sensibilidad, que odian al fruto de aquel amor que creían sentir, y que ahora odian con vehemencia.

El pequeño Aliosha de 12 años se convierte en ese ser inocente y débil, utilizado como pretexto y muro que les impide en avanzar en su “felicidad”, en esas vidas que ya han empezado con otras personas y en otros espacios. Zvyaguintsev ataca con dureza no sólo a la sociedad burocrática rusa, que funciona como una empresa privada, donde sus  deseos económicos prevalecen al servicio y necesidades de su población, sino también, a todos aquellos ciudadanos que aceptan empleos que les facilitan una existencia medio burguesa a costa de aceptar empresas conservadoras con métodos fascistas, donde prima el engaño y la superficialidad. El cineasta ruso vuelve a mostrar un no mundo carente de humanidad, donde parece ser que todas las emociones son mecanizadas por el bien de uno mismo, moviéndose por deseos superficiales y vacíos, donde todo lo que se hace nos lleva a la frustración y la rabia contra los demás, quizás, el leve suspiro de esperanza lo podemos encontrar en el coordinador de la asociación de búsqueda del niño que además de prestarle una ayuda desinteresada al matrimonio, tiene algo de humanidad en tener un objetivo que nada tiene que ver con el bienestar personal, sólo con el fin de ayudar a quién lo necesita sin importar el deseo individualista, una actitud loable la del coordinador, sí, aunque solo sea un espejismo entre tanta devastación emocional.