Las distancias, de Elena Trapé

TRES DÍAS CON LOS AMIGOS.

“Todos creíamos que a partir de cierta edad sentirías un clic y lo entenderías todo, pero este clic no llega nunca”

En las primeras líneas de la excelente novela Cuatro amigos, de David Trueba, leemos lo siguiente: “Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas. Los seres humanos elevamos ciertos tópicos a las alturas para esquivar la poca importancia de nuestras vidas”. Sin ánimo de hacer comparaciones, aunque las dos compartan hablarnos de la amistad de cuatro amigos, aunque sus miradas transitan por caminos complementarios, sí, pero también diferentes. Aunque, esas primeras líneas de la novela, podrían ser también las primeras líneas de la película. Se esperaba con entusiasmo el nuevo trabajo de Elena Trapé (Barcelona, 1976) después de las buenas sensaciones que dejó su debut con Blog (2010) la historia de un grupo de adolescente que pactan quedarse embarazadas como protesta. Entre medias, Trapé ha dirigido Palabras, mapas, secretos y otras cosas (2015) un documento que recorre el trabajo de la cineasta Isabel Coixet, a través del espíritu de sus películas.

Las distancias nos habla de amistad, de emociones (des) encontradas y desordenadas, de precariedad, de huidas, y sobre todo, de una generación muy preparada académicamente, pero con pocas expectativas de futuro laboral, económico y emocional. Sí en Blog, la amistad era ese espacio de compañerismo, absolutamente férreo, sin aristas, y todas a una. En Las distancias, es todo lo contrario, aquellas adolescentes han cumplido años y ahora se encuentran en los 35 años, que se convierte en el punto de partida de la película, ya que tres amigos viajan a Berlín a sorprender y celebrar el cumpleaños de Comas, con esa excusa ya que hace la tira que no se ven. Aunque lo que allí se encuentran o reencuentran no es lo que esperaban, y el fin de semana divertido y cálido, se convierte en un tono oscuro y gélido, en el que la atmósfera de ese Berlín frío y nublado se convierte en el marco ideal para hablarnos de las emociones que experimentan los jóvenes treintañeros. Trapé nos está hablando de ella y sus amigos, y del contexto precario en el que se mueven todos ellos, empezando por Olivia (Alexandra Jiménez) embarazada de siete meses, y con serias dudas con sus sentimientos y el padre de su futuro hijo, Eloi (Bruno Sevilla) con un trabajo a media jornada, abandonado por la novia, y volviendo a casa de sus padres a vivir por no poder pagar su piso, Guille (Isak Férriz) al que parecen ir bien las cosas laboralmente hablando, arrastra una relación de pareja no del todo satisfactoria con Anna (Maria Ribera) que lo acompaña en el viaje, y por último, Comas (Miki Esparbé) el anfitrión y cumpleañero, que vive instalado en Berlín, que se muestra apático y reservado, que será la figura ausente de la película.

La cineasta barcelonesa enmarca su relato en sólo tres días, con un prólogo, donde todos son encuentros, abrazos y sonrisas, para pasar a ese sábado casi siniestro, donde se cimenta el grueso de la historia, donde cada uno de los personajes acabará en solitario, deambulando por una ciudad extraña, irreconocible y triste, algo así como un espejo demoledor de sus emociones, donde cada uno de ellos se encerrará en sus ideas, pensamientos y reflexiones sobre sí mismo y sus amigos, en el que la directora opta por seguirlos con la cámara pegada a ellos, como esa sombra molesta de la que no pueden huir (es grandioso el trabajo de luz de Julián Elizalde, con esa luz lúgubre y velada que acompaña toda la película) en el que se irán perdiendo por las calles berlinesas, aceptando su realidad, una realidad de la que llevan demasiado tiempo intentando escapar. El preciso trabajo de montaje, obra de Liana Artigal (que ya firmó el de Blog) llevándonos de un personaje a otro, siendo testigos de sus preocupaciones, misterios y sobre todo, de sus miserias emocionales, de aquello que no cuentan a nadie, pero que no les deja en paz.

Un guión obra de la propia directora, junto a Josan Hatero y Miguel Ibáñez Monroy (autor entre otras de la serie Cites) que es parco en palabras, construido a través de silencios y gestos, y de las soledades interiores de cada uno de ellos, en esos momentos de conflictos, de reproches, de una amistad que fue, que ocurrió, que los acompañó durante largos años, pero a día de hoy, una amistad rota, donde más que amigos parecen extraños, una amistad que sigue manteniéndose gracias al pasado (como ese precioso y terrible momento en que Olivia recupera un cd del grupo Los Fresones Rebeldes y su canción “Al amanecer”, todo un himno allá a finales de los 90) donde parece devolvernos a esa juventud temprana, donde todos parecíamos más felices, y sobre todo, éramos más jóvenes, cargados de ilusiones, donde vislumbrábamos un futuro muy diferente a lo que es realmente, donde los sueños parecen maravillosos, y la amistad que teníamos parecía irrompible, eterna y feliz.

Trapé recoge el espíritu que acompañaba a películas como Reencuentro, de Kasdan o Los amigos de Peter, de Branagh, en el que amigos y amigas pasaban de la celebración a las verdades en la cara, sin concesiones ni rodeos, un mismo espíritu que tanto Trapé, al igual que sus compañeras de la Escac, como Mar Coll, Roser Aguilar, Nely Reguera o Liliana Torres, a la que podríamos incluir a Sergi Pérez, nos hablan de relaciones entre amigos, de emociones soterradas y deseos incumplidos, de una juventud que quería conquistar el mundo, pero la realidad la llevó por otros lares más incómodos y demasiado tristes. Trapé  ha hecho una película magnífica, honesta y cercana, huyendo del sentimentalismo y los aspavientos emocionales, rodeado de un grupo artístico y técnico de altura, contándonos un relato donde mucha gente, en los que se incluye un servidor, se verá muy reflejado, quizás demasiado, porque la película se convierte en ese espejo donde se reflejan todos nuestros miedos, inseguridades y nuestra incapacidad para los temas emocionales, nuestra torpeza y cobardía para afrontar lo que sentimos, y la nula incompetencia para afrontar nuestra precaria realidad y detener esa eterna huida de nosotros mismos, y de los demás, quizás los únicos amigos sinceros, o al menos alguna vez lo fueron, que nos quedan para tomar una cerveza y contarnos lo que nos ocurre, pero de verdad, sin mentiras ni falsedades.

Entrevista a Belén Funes

Entrevista a Belén Funes, directora de “Sara a la fuga”. El encuentro tuvo lugar el jueves 22 de septiembre de 2016 en la sede de Miss Wasabi Films en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Belén Fundes, por su tiempo, generosidad, y cariño, a Pablo Menéndez de Marvin&Wayne Short Film Distribution, por su amabilidad, paciencia y cariño, y a Carla Sospedra (Productora de la película), por su generosidad y cariño, y tener el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.

Sara a la fuga, de Belén Funes

sara_a_la_fuga_s-834281595-largeNADIE ME QUIERE.

La película se abre de forma sencilla y de manera esclarecedora de todo el sentimiento que recorre a la protagonista. Al atardecer, vemos a una niña saltando por una ventana y adentrarse por un camino rodeado de árboles, llega a un edificio y toca al interfono, luego entra en un bar y pregunta por su padre, no hay rastro de él, luego la vemos corriendo seguido de dos vigilantes y es atrapada. La vida de Sara es ésta, una huida constante e inútil, una huida de sí misma, de su vida o lo que queda de ella, volviendo a lo que fue su casa, pero ya no lo es, volviendo a una vida que echa de menos, pero que ya no es, no existe, ahora su vida, en ese tránsito sin fondo que asfixia y agobia no tiene lugar, no tiene un sitio, le falta un hogar, el centro de acogida en el que vive no es su casa, ella no lo ve así. Una vida errante, en la que siente una profunda soledad, que la ahoga, porque no tiene a nadie, ni a ese padre ausente, al que solo escuchamos, al que le dice que tiene muchas ganas de verla, pero que nunca llega ese momento, a tantos momentos rotos antes de empezar a vivirlos, a tantas promesas inútiles, a tantas palabras vacías, a tantos puntos suspensivos… Así es la vida de Sara, una más entre mil, pero no como las demás.

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La primera película corta de Belén Funes (Barcelona, 1984) viene después de graduarse en la ESCAC en dirección, de haber estudiado guión en la prestigiosa escuela de San Antonio de Los Baños (Cuba) y haber participado como script y departamentos de dirección en un buen puñado de películas interesantes como Tres dies amb la familia, Blog, Animals o la reciente María (y los demás), todos ellos talentos surgidos de la ESCAC. Su película está construida a través de la mirada de Sara, de su desaliento, de su manera de moverse, que se desplaza, casi por inercia, una niña adolescente que parece que nada le afecta, que parece que se ha acostumbrado a esa vida, o a esa huida en la que se convertido su existencia, no siente que sea de nada ni nadie, está cansada de todo, de lamentar una vida que tuvo y ya no tiene, de seguir hacia los lados, porque ya hace tiempo que dejó de creer en ir hacia delante, de sentir que está sola y sin nadie.

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Funes plantea una película honesta y directa, casi no nos movemos de las cuatro paredes del centro, la música que escuchamos es diegética (un par de temas bailables que escupe el ordenador) y algún tema que acompaña a Sara o la sombra de ella, un guión incisivo (coescrito con Marçal Cebrian, que también estará en su próximo proyecto) creado a partir de los vacíos y la desnudez del espacio de Sara, un lugar de tránsito, de espera, de estar sin querer estar, de querer estar en otro lugar, con la familia o aquellos que te quieren o al menos es en lo que desean o sueñan las que allí se encuentran. La luz tenue y de penumbra, esas horas de transición en las que se va el día y todavía no ha aparecido la oscuridad, con la que está dibujada la película, obra de Neus Ollé (habitual de Mar Coll) construyen una atmósfera densa, cerrada de difícil escapatoria, con la producción de Carla Sospedra (colaboradora de Isabel Coixet) en una película que necesitó la aportación desinteresada de un nutrido grupo de mecenas para finalizar el proyecto, y las interesantes aportaciones en arte de Marta Bacazo (que ha trabajo con Icíar Bollaín o Roger Gual) y la directora Nely Reguera en labores de script.

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El montaje de Bernat Aragonés (con experiencia con Coixet, que actúa como productora ejecutiva del corto, y en series) cortante y ágil contribuyen a crear esa vida sin vida, ese momento de Sara que vive en silencio la pérdida, el dolor que le produce su vida, o su no vida. Una película de 18 minutos intensos y brutales, que nos desnuda emocionalmente, sin maniqueos y sensiblerías, sino de frente, mirándonos a la cara, sin adornos ni florituras, emocionándonos sin pretenderlo, mostrando una realidad social tan cercana que duele, acercándose a ese realismo del cine neorrealista que dejó paso al cine de los sesenta que creció con Truffaut, y Pialat y sus obras sobre menores en huida, o el Free Cinema, que mostraba una realidad sobria y sin concesiones, un cine que heredan los Dardenne y cierto cine actual próximo a la realidad más cercana y dolorosa. Otro de los grandes aciertos de la película corta es la protagonista Dunia Mourad que, apenas sin palabras, construye un personaje complejo y seco, alguien roto y despedazado emocionalmente, alguien que le han prometido demasiadas cosas que no han cumplido, una niña que ya ha vivido demasiado dolor pese a su corta edad, alguien que escucha una voz, la de su padre (interpetada por Eduard Fernández)  que ya no parece real, que parece una ilusión, un espejismo, porque Sara ya no se la cree, Sara se encuentra en el difícil proceso de asumir su soledad, su huida hacia donde, hacia ese lugar donde estar mejor, un lugar que ahora ya no existe, solo en recuerdos.


<p><a href=”https://vimeo.com/147713388″>Sara a la Fuga (Trailer)</a> from <a href=”https://vimeo.com/user7312231″>belen funes</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>