Entrevista a Nicolás Molina

Entrevista a Nicolás Molina, director de la película “Flow”, en el marco del DocsBarcelona, en el Teatre CCCB en Barcelona, el lunes 20 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nicolás Molina, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Violeta Medina de Varanasi Prensa y Comunicación, y al equipo del DocsBarcelona, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Buñuel en el laberinto de las tortugas, de Salvador Simó

LA HUMANIDAD DEL CINEASTA.  

“Una película puede ser buena, mediocre o pésima, pero nunca debe ser realizada contra la conciencia, los pensamientos y la ideología del autor”

Luís Buñuel (1900-1983)

El dibujante e ilustrador de cómics Fermín Solís imaginó en el 2009 con su novela gráfica Buñuel en el laberinto de las tortugas, las circunstancias en las que despertó la conciencia social de Buñuel durante el rodaje de Las Hurdes. Tierra sin pan (1933). No sabremos con exactitud si así fueron los pormenores que vivió el cineasta para dejar de ser el artista surrealista autor de obras como Un perro andaluz (1929) o La edad de oro (1930) en aquel París bohemio de principios de los treinta. Su compromiso con la provocación, contra lo establecido y su forma de criticar el poder mediante lo cómico y lo surrealista, lo llevaron al ostracismo artístico, en el que nadie apostaba por sus guiones. Pero, vete aquí, que su amigo Ramón Acín (1888-1936) escultor y anarquista que le prometió una película sobre Las Hurdes, si ganaba la lotería. El destino quiso que el 22 de diciembre de 1932, Acín ganase 30000 duros o lo que es lo mismo, 150000 pesetas. Al año siguiente, cargado del material preciso, Buñuel, Acín, y dos colaboradores franceses, viajaron hasta Extremadura para ver, filmar y contar todo lo que allí sucedía.

El productor Manuel Cristóbal, responsable de obras en el campo de la animación con tanto lustre como El bosque animado (2001) o Arrugas (2011) encargó al director Salvador Simó (con una amplia experiencia en el terreno de la animación) el proyecto de llevar al cine la novela gráfica sobre Buñuel y el rodaje de Las Hurdes. Un guión escrito por Eligio Montero (con experiencia en series televisivas) y el propio Simó, arranca en el París de los treinta, explicándonos, muy acertadamente, la forma de ser de Buñuel, ya que en una larga mesa un puñado de artistas hablan del arte, de su forma, necesidad e importancia, en uno de los extremos, Buñuel, vestido de monja, escucha atentamente. La película nos habla del proceso de conciencia del artista surrealista al cineasta humanista, contándonos un relato sobre un joven de 32 años, alguien que buscaba su mirada como director, y también, como persona, y lo hace desde el más absoluto de los respetos hacia el genio cinematográfico, pero también, desde la libertad más absoluta, imaginando ese proceso que quizás no se produjo así, pero quizás, si.

Una narración ágil y sobria, con una animación sencilla y honesta, casi podríamos decir artesanal, rescatando aquellos semanas en Las Hurdes, una zona anclada en el Medievo donde las durísimas condiciones de vida eran infernales. El gran acierto de la película es no recrear mediante la animación las imágenes que todos tenemos en la memoria de la famosa película, sino utilizar las imágenes reales de la película, combinadas con las imágenes animadas creando un vínculo casi inmediato con la veracidad de lo que nos cuentan. La película se centra en la amistad sincera e íntima de Luis Buñuel y Ramón Acín, aragoneses los dos, amigos de siempre, y como que la generosidad de Acín hizo posible una película en la que no creía nadie, en la que la película rinde homenaje a la figura de Ramón Acín, asesinado por los franquistas. Y cómo no podría ser de otra manera, el relato explora con detalle y sobriedad, las relaciones del cineasta con su conciencia social y aquello que está viendo y filmando, las formas y  representación de la realidad, y la capacidad de mostrar aquello invisible y terrible, sin caer en el sentimentalismo y la excesiva crudeza.

Y claro está, la representación de los sueños que atormentaban para bien o mal a Buñuel, desde esos elefantes con largas patas que caminan por la calle, la relación oscura y distante con su padre, y todas las excentricidades del artista irreverente e incomprendido que a veces se sentía en aquellos primeros pasos como cineasta. Simó y su equipo han construido una película bella e intensa, con esa apariencia de ligereza y naturalista que recorren todas sus imágenes, ahondando en el humanismo de Buñuel pero sin caer en la condescendencia y demás, siendo honestos y sinceros con aquello que cuentan, dotarlo de veracidad y brillantez, sumergiéndonos en esas semanas de amistad, cine, conflictos y mucha comedia, entre las relaciones entre ellos y las ideas extravagantes de Buñuel, capturando aquellos días de los años treinta cuando cuatro jóvenes se fueron a conocer y filmar una realidad horrible que padecían tantas gentes abandonadas de todo y todos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las invisibles, de Louis-Julien Petit

MUJERES EN LUCHA.

El cine social, en muchas ocasiones, peca de condescendiente y compasivo, creando una especie de burbuja ajena a la realidad que acomete, siendo paternalista con el relato que nos cuenta, y sobre todo, con los personajes que maneja, mostrando una realidad simple y gastada, alejándose a las múltiples realidades que nos encontramos diariamente, y las infinitas contradicciones que se mueven en este tipo de temas. Las invisibles, de Louis-Julien Petit (Salisbury, Reino Unido, 1983) se aleja de todo esto, mostrando una realidad sincera y compleja, donde cohabitan la realidad manejada por el sistema, construida a partir de resultados efectivos, que en muchos casos se alejan muchísimo de la realidad, y la realidad que viven las trabajadores sociales que trabajan diariamente con estas mujeres sin techo, mujeres que vienen de realidades durísimas, mujeres que luchan por volver a la vida, quizás con un tiempo más lento, que choca con el sistema de números y superficialidades. Petit se basa en el libro Sur la route des invisibles, femmes das la rue de Calire Lajeunie (que ya había hecho un documental sobre el tema de título Mujeres invisibles, sobreviviendo en la calle) se muestra comprometido con lo social ya que debutó en el cine con Discount (2014) en el que exponía la peripecia de un grupo de empleados que se las ingeniaba con astucia para proteger sus empleos con la aparición de cajeros automáticos, le siguió Carole Matthieu (2016) en la que exploraba las técnicas agresivas de las empresas a sus empleados por medio de una médica laboral que denunciaba tales abusos, dos retratos sobre la lucha encarnizada entre un sistema fascista que funciona a base de números y beneficios en contra a unos trabajadores sumidos en la lucha de sus trabajos, y de su vida.

En Las invisibles, el cineasta francés vuelve a plantearnos un dilema directo y de ahora, centrándose en un centro social de día, donde las mujeres sin nada encuentran aseo, algo de cariño y herramientas para salir de su existencia precaria, un centro que debido a sus pocos resultados de inserción de estas mujeres, la administración les obliga al cierre, dejando sin amparo a tantas mujeres, y las trabajadoras del centro deciden luchar y saltándose las reglas impuestas del sistema, optan por ocupar un centro adyacente completamente clandestino en el que seguirán atendiendo a sus mujeres. Petit nos habla de la realidad de las trabajadores sociales, con sus formas de afrontar el entuerto y sus vidas personales fuera de su trabajo, y también, de la realidad de algunas de estas mujeres sin techo, muchas de ellas reclutadas en un casting sin experiencia previa en la actuación.

El relato se centra en este microcosmos de lucha, reivindicación y armonía, con sus alegrías y tristezas, sus discusiones y risas, en una excelente y audaz tragicomedia, huyendo de ese tono frío, pesimista y compasivo de muchas de estas películas con tintes sociales, en la película de Petit, a través de una cámara de cine directo y en muchas ocasiones, casi documental, con la luz de David Chambille (cinematógrafo de las tres películas de Petit) que muestra sin filtros esas miradas y gestos de estas mujeres, que juntas emprenden un sueño, casi utópico, de afrontar estas duras realidades desde el amor y el cariño, ocupándose de cada caso, ayudándolas desde la proximidad y alegrándose y sufriendo con ellas, como una amiga más, una hermana, alguien que extiende su trabajo como una forma de vida y de afrontar los males sociales de cada día.

Un elenco maravilloso y natural encabezado por Audrey Lamy como Audrey, esa enérgica y valiente idealista que lucha con uñas y dientes para sacar adelante a estas mujeres, mientras su vida personal se resiente por su total dedicación a su trabajo, Corinne Masiero como la directora de todo este jaleo (tercer trabajo con el director) como esa jefa que avanza con determinación poniendo en peligro su trabajo, Noémie Lvovsky como Hèlène, la voluntaria de matrimonio en crisis que encuentra en ayudar a estas mujeres una tabla de salvación a su maltrecha vida, Deborah Lukumuena como Angélique, la niña rescatada de la prostitución y la calle que, ahora encuentra un sentido a su vida ayudando a aquellas que un día estuvieron como ella, Sarah Suco como Julie, la joven rebelde y difícil que no acepta sus problemas con las drogas y su jodida situación, Adolpha Van Meerhaeghe como Chantal, la mujer que sale de la cárcel, con su tragedia y humor, que ve las cosas de manera sencilla y áspera.

Petit ha construido una película comprometida, necesaria y valiente, que mira de frente, sin argucias ni vericuetos argumentales, mostrando un grupo de mujeres que afronta sus problemas desde lo más profundo del alma, enfrentándose a sus problemas con coraje y fuerza, visibilizando un sinfín de realidades que preferimos no ver, que están ahí junto a nosotros, que se ocultan por vergüenza, por miedo al rechazo, por incomprensión de todos, una realidad que se muestra en la película desde todos los ámbitos, con libertad y crítica, desde el estado y sus administraciones, más pendientes en los resultados efectivos que en las personas, la mirada de las trabajadores sociales, su implicación y sensibilidad hacia un tema que necesita tiempo, recursos humanos y económicos y sobre todo, mucho amor para resolverlo, y las mujeres de la calle, que necesitan ilusionarse y volver a aquella vida que un día, por circunstancias propias o ajenas, tuvieron que dejar o simplemente la perdieron. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Funan, de Denis Do

UNA MADRE FRENTE A LA BARBARIE.

“Durante muchos años he buscado una imagen perdida: una fotografía tomada entre 1975 y 1979 por los Jemeres Rojos cuando gobernaban en Camboya. Por supuesto que una imagen por sí sola no puede ser la prueba de un genocidio, pero nos hace pensar, nos fuerza a meditar, a registrar la Historia. La he buscado en vano en archivos, en viejos papeles, en las aldeas de Camboya. Hoy lo sé: esta imagen debe estar perdida. Así que la he creado. Lo que les ofrezco no es la búsqueda de una imagen única si no la imagen de una búsqueda; la búsqueda que permite el cine“.

Rithy Panh

Si hay algún cineasta camboyano ha documentado el genocidio de los Jemeres Rojos ese no es otro que Rithy Panh (Phnom Penh, 1964) que vivió en sus carnes el horror de Pol Pot y los suyos, descargando todos sus recuerdos cuando fue capturado junto a su familia y llevado a los “campos de rehabilitación” alejado de los suyos. Con S-21: La máquina de matar de los Jemeres Rojos (2003) llevó a los torturados a los centros donde se practicaban deleznables actividades, en La imagen perdida (2013) ante la imposibilidad de rescatar documentación sobre la cotidianidad en los campos de trabajo forzados, entre otras cosas porque no existen, inventó las imágenes con figuras de arcilla y dioramas, explicando tantas historias que vivió y escuchó de tantos represaliados por el régimen sangriento que asesinó cerca de 2 millones de personas, un tercio de la población camboyana.

Ante esa ausencia de imágenes de archivo, otra manera podría ser la animación, opción por la que ha optado Denis Do (París, 1985) que hace su puesta de largo mirando a sus orígenes camboyanos y explicando los relatos que le contó su madre, en una película que se centra en la vida de Chou, una mujer que vive en Phnom Penh, con su marido e hijo, cuando en abril de 1975 los Jemeres Rojos entran en la capital y después de hacerse con el poder, imponen un régimen de horror que consistió en llevar a las personas a campos agrícolas, donde se cultivaba principalmente arroz, y obligarlas a trabajar hasta la extenuación, separando a las familias y manteniéndolas en barracones insalubres y miserables. Do opta por una animación artesanal, construida a través del dibujo a mano y el 2D, creando un universo bello y horrible a la vez, a través de una forma y estética apabullante, en el que la película mira los pliegues del horror desde la intimidad, desde aquello que no vemos, desde los sentimientos más ocultos de los personajes, en el que seguimos a Chou y su familia y demás parientes, en su miserable periplo en diversos campos de trabajo forzado, la desintegración de la familia y todos los problemas a los deberán enfrentarse, resistiendo cómo pueden los embates del extenuante trabajo, escasísimo alimento y los asesinatos e injusticias morales que se cometían contra ellos.

El cineasta francés de origen camboyano muestra el horror sin mostrarlo, introduciendo el fuera de campo y las elipsis para los momentos horribles que viven los personajes, eso sí, nos muestra el antes y el después de esos acontecimientos horribles, y cómo afectan emocionalmente esas vivencias. El relato abarca los cuatro años que duró el régimen de Pol Pot, que acabó con la invasión de Vietnam en enero de 1979, caminando a buen ritmo y no cesan de suceder cosas, tanto físicas como emocionales, narrando esa cotidianidad miserable en la que resisten, viendo los cambios en sus cuerpos y sobretodo, en sus miradas, manteniendo algunos ese espíritu indomable que hace fuerte al personaje de la madre, que a pesar de estar separada de su único hijo, mantiene una valentía y una fuerza encomiables. Do mira hacia sus personajes, haciendo hincapié en las diferentes formas de reacción de los diferentes miembros de la familia ante los hechos que presencian, en las continuas posiciones alejadas entre ellos, las dificultades de algunos de supervivencia ante el horror diario, las diferentes formas de moral ante unos y otros que optan por acercarse a los guardianes para sobrevivir en mejores condiciones, o las ideas de fugas de unos pocos, con la idea de huir de ese maldito lugar.

Una película que recuerda a las no menos logradas cintas de animación que también exploran el pasado desde la honestidad y la crudeza de sus acontecimientos como ocurría en Persépolis (2007) de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, donde explicaban en forma de humor y tragedia la situación de una niña y luego mujer bajo el régimen de Homeini en Irán, o Vals con Bashir (2009) de Ari Folman, que narraba los duros acontecimientos de un grupo de soldados israelíes en la primera guerra del Líbano a comienzos de los ochenta, y la más reciente, Un día más con vida, del año pasado, dirigida por Raúl de la Fuente y Damian Nenow, donde seguía la cotidianidad del periodista Ryszard Kapuściński en la guerra de Angola en 1975. Todas ellas reconstrucciones históricas a través de los testimonios directos de las personas que lo vivieron, a partir de lo íntimo y lo personal en su forma de abordar la historia, dejando los grandes momentos en un segundo plano o simplemente como marco histórico.

Do ha construido una admirable y necesaria película sobre el horror, sobre el terrorismo de estado, sobre la barbarie, sobre la condición humana, tanto la más cruel como la más humanista, sobre la capacidad de supervivencia en situaciones límite, en espacios donde el calor abrasa, en que el estómago vacío nos deja sin aliento y vida, en que unos y otros avanzan en estos campos del horror, donde cultivaban los inabarcables campos agrícolas y donde nada de aquello iba para ellos, y sobreviviendo sin fuerzas, sin energía, dejándose llevar por ese horror instalado en el alma, en lo más profundo del ser, un cuerpo cadavérico, un cuerpo sin ilusión ni esperanza, que se mueve sin más, esperando lo inevitable, sobreviviendo un día más o un día menos, llegando al crepúsculo de una jornada sin fin, siguiendo remando en un río sin agua, pero creyendo que algún día habrá agua, volverá la vida, y reiremos después de tantos años que ni recuerdan, como siente la madre, con esa actitud férrea y sincera, como ese aire que le sopla su marido, ese mismo aire que sueña con volver a sentir sin rencor, sin miedo y libre. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Paloma Zapata

Entrevista a Paloma Zapata, directora de la película “Peret, yo soy la rumba”, en el Soho House en Barcelona, el miércoles 13 de marzo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paloma Zapata, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez y Tariq Porter de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Peret, yo soy la rumba, de Paloma Zapata

EL HOMBRE Y EL ARTISTA.

Fue a finales de los sesenta, más concretamente en 1968, cuando una canción arrasaba en cada sitio que se escuchaba, convirtiéndose en un éxito sin precedentes, la canción era “Borriquito”, y la cantaba y tocaba a la guitarra un tal Peret (1935-2014) acompañado de dos palmeros, su inconfundible estilo de guitarreo a ritmo del ventilador, el repiqueo de las palmas y una música nueva y diferente, nacida del rock de los cincuenta de Elvis Presley o Chuck Berry, los ritmos caribeños y el flamenco o música gitana, iba a convertirse en la década de los setenta la banda sonora para muchos, tanto propios y extraños. La directora Paloma Zapata (Murcia, 1979) después de Casamance: La banda sonora de un viaje (2016) un viaje por la música africana a través de Senegal, vuelve al género musical haciendo un recorrido por la vida del artista gitano Peret, desde los corrales de Mataró donde el artista nació en los albores de la Guerra Civil, pasando por la famosa calle de la Acera en el barrio del Raval de Barcelona, cuna de los gitanos, hasta recorrer medio mundo con sus rumbas, pasando por películas, éxitos y otros sinsabores que la vida le tenía guardados. Conoceremos a Pedro Pubill Calaf, al Peret más íntimo, más desconocido, más familiar y más sencillo, cuando era un niño que se ganaba la vida engañando en los mercadillos, o aquel que enamoraba a putas y chicas de Barcelona, o aquel otro que se ganaba unos duros divirtiendo a turistas alemanes en Lloret, o el que empezaba a asombrar a propios y extraños con su ritmo diferente y muy divertido. Del niño con penurias al artista consagrado, al desconocido, mitad gitano mitad payo, sus raíces, los suyos y otros que lo conocieron, lo trataron y lo amaron.

La directora murciana, afincada en Barcelona, mezcla varios tiempos y miradas para contarnos la vida de Peret. Desde el presente, a través de su familia, su mujer, sus hijos y sus nietas, en que nos hablan de la terrible vacío dejado por el músico, lo que se le añora y recuerda, hablándonos entre susurros de su intimidad, de aquel artista sin focos, sin luces, solo con los suyos en el ámbito doméstico, del hombre que había detrás o delante, del padre, del esposo, del patriarca que escuchaba, que hablaba con serenidad y el que ayuda a todos. También, desde el pasado, con imágenes de archivo donde vemos al Peret de niño, con sus primeras motocicletas, su caída que le arrastró una dolencia de por vida, sus primeras actuaciones cuando era uno más, sus grandes éxitos, su carisma como músico, como cantante, como virtuoso de la guitarra, que la utilizaba a modo de percusión, y sus letras que nos hablaban de alegría, tristeza, de amor, de los sinsabores de la vida. Canciones sentidas y propias que dibujaban un sentir muy íntimo de la vida, de aquellos duros años del franquismo y los otros, menos duros y más placenteros, donde la familia guardaba una parte de su gran corazón.

También, escucharemos a los músicos de su entorno, a aquellos que todavía quedan como el percusionista Petitet o la bailaora La Chana y otros músicos, arreglistas, productores, representantes que acompañaron a Peret en su periplo artístico, y por último, veremos unas ficciones que recorren algunos asuntos de la vida y milagros de Peret, filmados en un excelente blanco y negro y narrados por Andreu Buenafuente, al que se le asemeja la voz con el artista. Y claro, no podía faltar la banda sonora de la película, donde escucharemos las canciones más famosas de Peret y algunas de su primera etapa menos populares. La estructura de la película va hacia delante y hacia atrás, de un lado para otro, sin detenerse, con un ritmo acorde con las canciones rumberas de Peret, sin descanso, recorriendo su vida y todos aquellos que lo rodearon, o el momento cuando a principios de los ochenta, el artista decidió dejar su carrera musical exitosa y abrazar la fe de Dios haciendo pastor de una iglesia evangélica. Labor que se alargó hasta la década de los noventa en que el músico volvió a los ruedos musicales y volvió a su éxito, después vinieron los últimos éxitos, los homenajes, el reconocimiento de los más jóvenes y recién llegados, y finalmente, su enfermedad, su despedida y fallecimiento.

Zapata nos lleva en volandas de un espacio a otro y de un tiempo a otro, en sus 90 minutos frenéticos, donde hay tiempo para todo, para cantar, tocar la guitarra, palmear el ritmo, disfrutar de la vida y del éxito, pero también, hay tiempo para estar con los tuyos, para mirar atrás, para acordarse de aquellos que ya no están, o para recogerte en tu interior y ver el camino recorrido y todo lo hecho hasta ahora, sin rencores ni tristezas, sino viendo todo lo vivido y dejado, todos aquellos que conocisteis y todos aquellos que te auparon. La película tiene ese aroma de reivindicación, de devolver a una figura la importante de su tiempo y su legado a los nuevos tiempos, mismo proyecto que hicieron con la película Rumba Tres, de ida y vuelta (2015) de Joan Capdevila y David Casademunt, que rescataba del olvido al famoso grupo rumbero de Barcelona, o las recientes La Chana (2016) de Lucija Stojevic y Petitet (2018) de Carles Bosch, éstas dos últimas, junto a Peret, yo soy la rumba, podrían ser una especie de trilogía sobre figuras de la música gitana que revolucionaron la escena musical a través de lo más profundo del alma. Una película biográfica de uno de los artistas más grandes de la música gitana o rumbera, alguien que nunca abandonó sus raíces, a pesar de todo lo que le vino encima, que recoge lo mejor y lo peor de una época oscura, en la que quizás cantar y bailar era el mejor refugio para olvidar las tristezas de una realidad demasiado negra y horrible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Óscar Catacora

Entrevista a Óscar Catacora, director de la película “Wiñaypacha”, en los Cines Verdi en Barcelona, el viernes 30 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Óscar Catacora, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría y Àlex Tovar de Suria Comunicación, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.