Todo pasa en Tel Aviv, de Sameh Zoabi

EL GUIONISTA PALESTINO, EL MILITAR ISRAELÍ Y LA GUERRA DEL 67. 

“Para reír de verdad, debes ser capaz de soportar tu dolor y jugar con él.”

Charles Chaplin

El conflicto árabe-israelí suele ser tratado por los cineastas desde miradas críticas y profundas, enmarcadas en relatos dramáticos, en los que se ahonda en las complejidades de la cotidianidad de una tierra dividida, y sobre todo, en la dificultad de encontrar soluciones políticas. Todo pasa en Tel Aviv, de Sameh Zoabi (Iksal, Palestina, 1975), como hiciese en su opera prima, Man without a cell phone (2010) lo aborda desde otro ángulo completamente diferente, mirando el conflicto desde la comedia, desde la ligereza, desde una realidad que se confunde con la ficción, a través de la telenovela palestina de enorme éxito “Tel Aviv on fire”, que aborda el período de 1967, cuando la guerra se cernía entre árabes e israelís. El cineasta palestino nos sitúa en el rostro de Salam, un tipo treintañero, perdido y sin alicientes vitales, comienza a trabajar como corrector de idioma de hebreo en la famosa telenovela pro recomendación de su tío, Bassam, creador de la serie, que luchó en la guerra del 67.

Por circunstancias imprevistas, la vida de Salam dará un vuelco de 180 grados y se convertirá en uno de los guionistas de la serie, amén, que en su tránsito diario entre Jerusalén, donde reside, y Ramallah, donde se produce la serie, en el puesto de control del ejército israelí, comandado por Assi, que para impresionar a su esposa, se involucra en la escritura del guión, exigiendo cambios y tramas a Salam, que no tiene otro remedio que cumplirlos. Zoabi para complicar aún más la trama, coloca a Mariam, una doctora que Salam quiere volver a enamorar después de que su ineptitud la dejará. La película, a partir de un guión ágil y de pausado ritmo, escrito por Dan Kleinman y el propio director, se adentra con brillantez y astucia en los terrenos de la ficción de 1967 de la telenovela, y la realidad opresora y sucia del presente, en la que ficción y realidad se confunden, se mezclan, como una especie de bucle en el que las situaciones parecen enquistadas, sin cambio ni rumbo, como si el tiempo no hubiera pasado, con los mismos problemas eternos entre árabes y palestinos.

Zoabi, que había sido coguionista de Idol (2015) de Hany Abu-Assad, director de la magnífica Paradise Now, juega con acierto e inteligencia con sus personajes, describiendo a Salam, como alguien que necesita encontrar su lugar en el mundo, alguien muy desorientado, alguien enamorado, alguien que se mueve entre una realidad que asfixia y triste, que será el contrapunto de Assi, el militar ocupante, el que exige y ordena, el que se autoproclama guionista de la serie, que ayuda en parte a Salam, una relación que recuerda a aquella que mantenían el joven y atribulado dramaturgo David Shayne con el gánster Nick Valenti en la extraordinaria Balas sobre Broadway, de Woody Allen, donde la experiencia de la vida del gánster ayudaba al perdido dramaturgo. Zoabi compone un excelente y peculiar laberinto de emociones en el que Salam sería la pieza en la que pivotan todos, desde su tío que quiere ser fiel a la realidad de 1967, Assi que también quiere que la telenovela sea fiel a la realidad del ejército israelí, Tala, la protagonista femenina de la serie, que desea tener un personaje más ambiguo, diferente y nada acartonado, y finalmente, Mariam, la ex novia de Salam, de la que sigue enamorada, que le pide al joven que para volver a confiar en él, necesita ver que es otra persona, no el tipo sin rumbo que era antes.

Ficción y realidad – que funcionan como un espejo en el que todas las miradas confluyen en una realidad anclada en el tiempo -,  y mucha comicidad y ligereza es lo que propone el relato, una fábula de nuestro tiempo, que explica un conflicto eterno desde una perspectiva totalmente audaz y sincera, tejiendo un cuento cercano e íntimo, donde observamos el poder de la ficción, en este caso de la telenovela, para acercar a unos y otros, para romper barreras e imaginar un mundo diferente, y sobre todo, no olvidarse de esa realidad omnipresente tan oscura y sin futuro a la que se enfrentan diariamente Salam y los demás, con la ocupación israelí, la indefensión constante, y la falta de libertad a la que los someten continuamente. La cautivadora y estupenda luz,  obra de Laurent Brunet (colaborador de Amos Gitai y Christophe Honoré, entre otros) matiza las dos realidades que vemos en la película, la luz artificial de la telenovela que contrasta con esa otra, la de la realidad, tan sucia, polvorienta y triste.

El magnífico e interesante reparto de la película encabezado por Kais Nashif (que habíamos visto como suicida en la excelente Paradise Now, entre otras) dando vida al atribulado y perdido Salam, bien acompañado por Yaniv Biton como Assi, ese férreo y disciplinado militar que entenderá que su realidad es muy distinta a la de Salam, la internacional y extraordinaria Lubna Azabal (que ha trabajado con gente tan importante como Techiné, Gatlif, Hany Abu-Assad o Dennis Villeneuve, etc…) da vida a la star del culebrón, con sus peculiaridades y arrebatos de estrellas, con esa credibilidad y gestualidad a través de las profundas miradas y gestos, y finalmente, Maïsa Abd Elhadi (que hace poco la vimos en la cautivadora Los informes de Sarah y Saleem, que también hablaba del conflicto árabe-israelí desde otra mirada) da vida a Mariam, el objeto de deseo de Salam. Zoabi se adentra en la comedia ligera, simpática y brillante, para desarrollar con acierto y sinceridad un cuento humanista que propone esperanza ante una realidad que manda otros caminos, hablándonos de unos personajes que han de convivir en una tierra dividida, en conflicto perpetuo, llena de odio y violencia, pero lo hace desde la intimidad de sus personajes, de la relación que se van generando entre ellos, a través de sus cotidianidades, sus sueños, sus frustraciones y su futuro, que algunos ven esperanzador y otros, no tanto. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Señor, de Rohena Gera

RATNA, UNA MUJER INDIA.

Ratna es una mujer india, menuda, de mirada profunda y carácter indomable, sueña con abrir un negocio con su hermana en la que ella será diseñadora de moda. Mientras, Ratna trabaja como empleada de hogar en casa de Ashwin, su señor que acaba de romper su enlace de boda. La cotidianidad de Ratna se debate entre servir a su señor muy complaciente y aprender corte y confección. Mientras los días van pasando entre unas cosas y otras, la cotidianidad de la joven viuda dará un vuelco cuando Ratna y Ashwin empezarán a sentir algo más que una simple relación de amo y siervo. La primera película de ficción de Rohena Gera (Pune, India, 1973) después de dos décadas trabajando en el cine como asistenta de dirección y guionista, es un relato de nuestro tiempo, sencillo, íntimo y honesto, situándonos en un hogar de clase alta de Mumbai, la metrópoli donde gentes de pueblo como Ratna llegan en busca de oportunidades abandonando la presión social para una mujer viuda como ella. Gera, a través del personaje de Ratna nos cuenta el alma de un país en el que todavía existen las castas, aunque hayan sido prohibidas por el estado, donde una mujer viuda siente esa presión constante tanto en su pueblo como en la ciudad, estigmatizada por su condición de viudedad, por sus orígenes humildes y pobres y sobre todo, por su condición de mujer, oprimida a nivel social, sexual y económico.

La directora india habla en primera persona y de frente, sin atajos ni postales, de la realidad social de su país, en las que existen obstáculos difíciles de derribar como las divisiones sociales, las diferencias étnicas, y demás muros, tanto físicos como mentales que dividen por su condición a las personas. El personaje de Ratna se enfrentará a tanta injusticia y estigmatización para seguir soñando, para proseguir su camino a pesar de tanta mirada inquisitoria, a pesar de ese sentimiento de soledad que recorre su vida, aparte de alguna amiga criada como ella que conoce su situación y la vulnerabilidad que les persigue a diario. Ashwin pertenece a ese tipo de familia adinerada, la élite de la India, que ha estudiado fuera, y ahora vive en una jaula de oro en el que en apariencia todo parece funcionar y encaminarse a un lugar, aunque para el joven indio triunfante las cosas son diferentes, encontrándose vacío y sin rumbo por su vida, una existencia aburrida y cotidiana, sin sobresaltos, mucho más sombría que la de Ratna, a pesar de sus diferencias sociales.

Entre ellos, a pesar de tanto que les separa, como ese pasillo vacío en el hogar que evidencia todo lo que les conecta y a la vez, todo lo que les separa. Dos almas antagónicas, cada una con su vida, con esa corrección propia de señor y criada, aunque como viene a explicarnos la película, los sentimientos son libres y no pertenecen a ninguna casta social, cultural o económica, y las cosas y lo que sienten los va acercando, aun conociendo de las dificultades de su amor, por las presiones familiares y sociales, aunque ellos saben lo que sienten y tendrán que luchar contra eso. Gera nos cuenta entre susurros, entre los espacios de ese hogar que arranca triste y anodino, y suavemente, sin darse cuenta los personajes, se va convirtiendo en un hogar cálido y alegre, contándonos una historia de amor imposible sobre dos almas separadas por muchas cosas, desde sus estados emocionales tan diferentes, como sus familias, sus economías, y sus sueños, que los de Ratna son ilusionantes por su carácter, su fuerza y su valentía, y en cambio, los de Ashwin se hallan en un laberinto oscuro y sin expectativas, perdidos sin saber qué camino tomar.

La brillante y conmovedora interpretación de Tillomata Shome creando ese personaje de Ratna, un rol brillante para nuestra memoria que consigue con grandísima sutilidad y belleza toda una amalgama de gestos y miradas que nos conmueven, junto a la composición excelente de Vivek Gomber dando vida al desdichado Ashwin, alguien perteneciente a ese mundo elitista y conservador, no muy diferente a nivel social que el de Ratna, dos seres que se encuentran por amor y también, por necesidad, que ansían, cada uno a su manera, salir de esa opresión en la que viven y saborear la libertad de ser ellos mismos. Gera ha construido una película intimista y compleja, con esa mise en scene elaborada y contundente, donde cada encuadre obedece a las emociones calladas y encontradas de estos dos náufragos que son la pareja circunstancial, consiguiendo la emoción a través de lo más sencillo y humilde, convirtiendo su película en no sólo un bellísimo y triste retrato sobre la femineidad india contemporánea sino que también hace un durísimo y fascinante relato sobre el amor, lo que sentimos y aquello que nos hace libres o culpables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El canto de la selva, de Joâo Salaviza y Renée Nader Messora

LOS MUERTOS Y LOS OTROS.

La película se abre en mitad de la selva, entre el espesor vemos el rostro de un joven indígena de la comunidad Krahô, que se acerca a una cascada. Entra en el agua como inducido por algo que lo llama, es la voz del padre muerto que le explica que el luto ha tocado a su fin y tiene que empezar el proceso del funeral para convertirse en chamán. Todo se desarrolla bajo un manto de sepulcral silencio, como si el tiempo se hubiera detenido, como si todo el mundo terral entrase en otro espacio, en un universo invisible donde habitan almas y espíritus que conviven con nosotros. La cineasta brasileña Renée Nader Messora conoció a la comunidad Krahô en 2009. Desde entonces trabaja con otros cineastas indígenas para reivindicar y conocer la cultura y tradición de esta comunidad del noroeste del estado de Tolcatins en Brasil, una tierra indígena que se extiende a lo largo de 3200 kilómetros cuadrados. Con la codirección del director portugués Joâo Salaviza, que ya había dirigido el largometraje Montaña (2015) sobre el proceso de pérdida de un familiar de un adolescente.

La primera película para Renée Messora, y la segunda para Salaviza, entre el documento y la ficción sobre otro proceso, el que transita Ihjâc, un joven de luto que se niega a aceptar su destino y combate contra él, que no es otro que convertirse en chamán como  lo fueron sus antepasados, en que el libro de la  antropóloga  portuguesa  Manuela Carneiro  da  Cunha  Los muertos  y los  otros, un  análisis del  sistema  funerario  y de  la noción de persona Krahô, se convirtió en fuente para la construcción de la película. Un relato con reminiscencias al Tabú, de Murnau, en su exquisita forma en la que abundan los encuadres ceremoniosos y antropológicos, donde vida y cine se funden creando un espacio en ocasiones, inmaterial y poético, donde todo se mezcla y se erige hacia una forma sincera y honesta de contar una fábula de iniciación donde alguien se muestra resistente intentando evitar su destino familiar y tradicional.

También encontramos el aroma indiscutible del cine de Apichatpong Weerasethakul en su mirada hacia lo divino, a aquello invisible a nuestros ojos, a todos los ausentes que nos habitan y que nos negamos a ver, a esa forma limpia y natural de filmar la selva, capturando todo aquello físico y material que se mueve frente a nosotros en contraposición a todo ese universo oculto e interior que define quiénes somos y hacia dónde nos dirigimos. Messora y Salaviza nos sumergen en un mundo alejado de todo, donde el tiempo se ha detenido, donde las tradiciones y culturas dirigen la vida de esta comunidad indígena, en que todos sus componentes viven en consonancia con la naturaleza, con sus quehaceres diarios y sus difuntos, siguiendo caminando por unas formas de vida que se remontan a sus ancestros. La película convive con muchas formas desde lo antropológico, donde somos testigos de los ritos y fiestas que van celebrando, sus casas y sus conversaciones, desde lo colectivo a lo más íntimo, desde la vida de la comunidad al conflicto que padece Ihjàc, que junto a su mujer e hijo, se enfrentan a aquello que los convierte en guía espiritual de la comunidad, a ser quién no quiere ser, a no aceptar un destino escrito mucho antes de que el naciese.

Encontramos ciertos elementos formales y narrativos en la película el abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra, donde un indígena, último en su especie, se adentraba con un viajero blanco en la búsqueda de una planta milagrosa. La estructura de esta fábula iniciática, profunda y bella, se divide en tres tiempos, el primer tramo, observamos al joven Ihjàc en sus (des) encuentros con su padre ausente y su preparación para convertirse en chamán, y todas las dudas que le asaltan y la necesidad de huir, procedimiento que hará en el segundo tiempo del relato, cuando huye a la ciudad, donde se encuentra con otra forma de vida, alineada y dirigida a producir dinero, tan diferente a su existencia en su comunidad. Allí, Ihjàc se negara a aquello evidente y a no encontrar las herramientas para conseguir esa calma que tanto ansía, como si los espíritus de la selva fuesen tras él, y el tramo final, donde el joven Ihjàc tendrá que decidir su destino y afrontar su futuro.

Messora y Salaviza muestran su película sin juzgar a sus personajes, desde la mirada respetuosa de algo que atrae y produce interés, pero desde una posición observadora, mostrando el relato y los conflictos que se desatan desde el prisma de ver, filmar y sobre todo, dejar ese espacio necesario para que el espectador se envuelva en la belleza del lugar, se contagie de las costumbres y tradiciones de la comunidad Krahô y también, descubra una forma de entender y moverse por la vida muy alejada a la de nosotros, donde vivos y muertos comparten la existencia desde una forma muy diferente donde el peligro constante de la otra vida es real y existe, donde los integrantes de la comunidad los temen y los respetan en el sentido que sus vidas corren peligro. Una película que nos abre nuestros sentidos, donde los personajes, muy arraigados en lo real, son los propios integrantes de la comunidad, hablando su propio idioma indígena, con múltiples variaciones narrativas, donde lo real y lo ficticio se funden para mostrar un relato iniciático de una exquisita belleza formal y natural, donde la selva y todos los espíritus que anidan en ella se convierten en parte fundamental de la película, y sobre todo, como estas almas ausentes provocan y alinean la vida de los otros, los vivos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Génesis, de Philippe Lesage

LOS PRIMEROS DESEOS.

“El amor es el único motor para la supervivencia”.

Leonard Cohen

Guillaume descubre que su amistad con Nicolassu, su mejor amigo, va más allá de la mera relación de amigos y compañeros de instituto y lo ve como alguien especial. Charlotte es una veinteañera en la universidad y hermanastra de Guillaume, sale con Maxime pero se siente enjaulada y le lleva a conocer a Theo, unos años más mayor, aunque tampoco parece encontrar esa estabilidad emocional que tanto ansía. Y por último, Félix, un chaval que se siente atraído por Béatrice, una compañera del campamento de verano. Tres relatos sobre el amor, sobre el primer amor, sobre el hecho de ser adolescente y joven, sobre los primeros deseos, sobre esa efervescencia veloz e inquieta cuando parece que toda tu vida va a la velocidad de un rayo, donde todo sucede de forma muy intensa, y también, empiezas a conocer los sinsabores del amor, del deseo, de esa cara oculta siniestra y oscura que también anida en los sentimientos, y sobre todo, como actúan el resto y como nos ven. Philippe Lesage (Saint-Agapit, Canadá, 1977) arranco su carrera en el documental para luego pasar a la ficción con Los demonios (2015) y Copenhague. A Love Story (2016) en las que planteaba relatos sobre la infancia y la adolescencia y los despertares que conlleva cuando se conoce el mundo de los adultos.

El director canadiense nos plantea un retrato sobre la adolescencia, sobre los primeros amores, o quizás sería más conveniente decir, sobre las primeras decepciones amorosas, sobre cómo combatir los conflictos interiores y materializarlos a los demás, y las consecuencias que lleva ser uno mismo y expresárselo al resto, venciendo los miedos al rechazo o la marginación. Lesage observa a sus criaturas desde esa mirada crítica y honesta, sin caer en el sentimentalismo o las peroratas discursivas que suelen caer los retratos sobre amores juveniles. En Génesis los despertares al amor son honestos y sin cortapisas de ningún tipo, sus protagonistas aman de verdad, se dejan llevar por sus sentimientos y actúan en coherencia, explotando sus emociones y lanzándose a esos vacíos sentimentales a ver qué sucede.

Los planos de Lesage emanan autenticidad y ritmo, nos llevan en volandas de un lado a otro, centrándose en los primeros 100 minutos en los conflictos emocionales de Guillaume y Charlotte, que puedan resultar muy diferentes en la forma de abordar sus cuestiones sentimentales pero tanto uno como otro obtienen el mismo resultado frustrante, o quizás no era el momento para tener esas relaciones, o quizás se habían equivocado de personas y sus ansías de descubrir y experimentar les ha llevado a ir demasiado deprisa a no tener esa calma suficiente en el terreno amoroso, tan necesaria por otra parte, pero todo ese aprendizaje forma parte de la edad que tienen, de ese tiempo de constantes errores, de perderlo todo por alguien, de pensar que el mundo se acaba si esa persona u otra no se fija en nosotros o simplemente, nos rechaza, sumiéndonos en el vacío más profundo y doloroso que podamos imaginar. Guillaume, fantástica la composición del actor Théodore Pellerín, es extrovertido y locuaz en el instituto, alguien que es capaz de todo y una especie de líder carismático donde mirarse, en el amor tampoco se corta, se lanza y luego pregunta, como debe ser según él.

En cambio, Charlotte, íntima y erótica la interpretación de la extraordinaria Noée Abita, se siente desplazada en su relación con Maxime, como si su tiempo y el tiempo de la relación se hubiera detenido por eso a sus veinte pocos años ve en Theo que roza los treinta, la oportunidad de tener una relación más madura, más de verdad, más estrecha, aunque las cosas nunca son lo que parecen, y parece salir de un fuego para encontrarse con otro. Finalmente, Lesage deja los últimos 30 minutos de película para situarnos en un campamento de verano y contarnos, casi sin palabras, y con mucha música, elemento que estructura la película mezclando temas más sentidos con otros más locos. Conoceremos a Félix, que interpreta el actor Edouard Tremblay-Grenier, protagonista de Los demonios, que se siente atraído por Béatrice, y entre miradas y sonrisas empiezan a intimar, con esos primeros roces de cuando te gusta por primera vez alguien, donde cogerse de la mano es un gesto extraordinario, donde el final del campamento anuncia el final de la relación estival o no, quizás continué de alguna otra manera en la ciudad.

Lesage sigue con su cámara los movimientos audaces y torpes de sus personajes a la hora de acercarse a los seres amados, sin estudiar sus posibilidades ni nada, aventurándose siendo fieles a lo que sienten, con miedo pero sin cobardía, creyendo en sus sentimientos, aunque en algunos momentos se metan en la boca del lobo, y se muestren indefensos ante los demás, que los utilizan y humillan. La película nos envuelve con sutileza y sobriedad en estos tres retratos sobre la adolescencia, sobre el amor y todos esos deseos lanzados a la vida, extremos, ocultos, cálidos, frustrantes, decepcionantes o simplemente, bellos, queridos y sobre todo, reales, sinceros e íntimos, porque como dice la canción solamente se tienen 16 años una vez en la vida, para bien o para mal, y jamás se vuelve a tener esa edad, ni tampoco esos sentimientos y esa mirada a la vida, después en la edad adulta todo se vuelve diferente, más extraño, más deshonesto y más individualista. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan

MEMORIA Y SUEÑO.

“Si se incrementa la duración normal de una secuencia, primero te aburres, pero si la incrementas aún más, crece el interés. Y si, incluso, la incrementas más, surge una nueva calidad e intensidad.”

Andrei Tarkovski

Hace cuatro años cuando apareció Kaili Blues, de Bi Gan (Kaili, provincia de Guizhou, China, 1989) nos quedamos atónitos con una película de narrativa absorbente, ambientes oníricos que emanaban una verdad naturalista y una realidad espectral, con ese aroma de road movie que seguíamos inquietos a alguien volviendo a sus orígenes en busca de su identidad y de todo aquello que un día dejó. Tanto el paisaje físico como mental del protagonista se convertían en un solo espacio, un lugar abierto a un no tiempo imposible de predecir y ubicar, más cercano al mundo de los sueños y la fantasía que de la realidad, pero con imágenes cotidianas y muy cercanas. Bi Gan entró con fuerza al cine convertido en un autor con su primera película, un autor muy personal y profundo, que seguía una tradición muy arraigada en la cinematografía china evocando a nombres tan ilustres como Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang, Wong Kar-Wai o Tsai Ming-Liang, entre otros, cineastas que construyen una atmósfera viva y libre en que el espacio y tiempo reconocibles aparentemente, se convierten en premisas próximas a un mundo onírico profundamente imaginativo.

En su segundo trabajo, Largo viaje hacia la noche, Bi Gan vuelve, o podríamos decir, continúa explorando los paisajes de su pueblo natal, un lugar subtropical anclado y perdido de todo, una arcadia perdida en el limbo del subconsciente,  quizás también en el tiempo y el espacio, en que veremos a un hombre, en este caso a Luo Hongwu que llegará con el propósito de encontrar a una mujer, Wan Qiwen, de la que sigue enamorado. Otra vez, como sucedía en su opera prima, alguien busca a alguien y partiendo de los mismos paisajes naturales, que no reales. Si bien el cineasta chino estructura su narración en dos partes. En la primera que llama Memoria, nos sumergimos en un no tiempo, en una crónica de los hechos sucedidos, en que a través de la memoria de Luo Hongwu recuerda el amor que tuvo con Wan Qiwen, en un relato desestructurado, filmado en continuos planos secuencia, uno tras otro, con continuos saltos en el tiempo y en formato 2D, donde seremos testigos de la historia de amor desde el punto de vista del protagonista, real o no, así será como la recuerda, y Bi Gan la filma, en que ya se introduce el concepto de irrealidad de la historia, con esos no lugares, anclados en la inmensidad del tiempo, en espacios donde todo se ha detenido, donde todo parece real, pero no lo es, porque constantemente nos preguntamos si lo que recuerda y cómo lo recuerda el protagonista es lo que realmente sucedió o no, misterio que nos acompañará y que en ningún momento no será revelado.

Gan nos propone confiar en nuestras emociones, en aquello que las imágenes ocultan, en aquello intangible que sucede tanto en el interior de los personajes como en nuestro interior, en ese viaje espiritual que propone la película, en un viaje más allá de las imágenes, un viaje que provocan las imágenes huyendo de su materia física, más cercana al mundo de los sueños, de las evocaciones o del recuerdo. En la segunda mitad, que se desarrolla en unos 55 minutos, titulada Poppy, extraído de una poema de de Paul Celan. Bi Gan nos traslada a Kaili, como en su primera película, a su tierra natal, en una especie de sueño nocturno, donde todo parece real o no, en que la película se sumergirá en un viaje onírico, a través de un majestuoso plano secuencia filmado en 3D, donde el cine se convierte en un estado hipnótico, fascinante y abrumador, como le ocurrirá al personaje, cuando al final de la primera parte entra en un cine, se coloca las gafas 3D y ahí, justo en ese momento, arranca la segunda mitad de la película, en un nuevo estado, filmado de otra manera, creando esa ilusión, entre real y falsa, en donde el tiempo del protagonista se torna diferente, recorrido por una extrañeza singular, como una pieza musical que evoca el mundo de los sueños, el universo oscuro de la noche, donde las almas vagan a la deriva, sin tiempo, ni sobre todo, espacio, porque será cuando Gan convertirá el espacio en su elemento más preciado, con continuas idas y venidas por los mismos paisajes pero cambiando los diferentes puntos de vista entre el protagonista masculino que busca y la protagonista femenina que es encontrada.

Gan construye la película y su narración, como comentábamos al inicio, a través de la mirada, la memoria y los recuerdos de Luo Hongwu, y todo aquello que veremos y sintamos será lo que él vea y sienta, así que tendremos que confiar o no en todo aquello que ve y experimente. El espacio adquiere la dimensión de una ciudad que recibe el nombre de “Dangmai”, como ocurría en Kaili Blues, una especie de Macondo, una ciudad imaginada, una arcadia perdida, no real, de ensueño, imposible de ubicar en un mapa, en el que todo evoca a la ruina y al abandono, perdida en la inmensidad del tiempo y el espacio, un lugar físico en el que vemos pocos habitantes, donde la realidad adquiere dimensiones extrañas y profundas, donde todo es posible y nada es excluyente, en un no lugar donde el paisaje nocturno de calles, canciones de karaoke, habitantes quietos que apenas hablan o se mueven, parecen piezas en un laberinto sin entrada ni salida.

La película mezcla géneros como el realismo mágico con alusiones al universo del escritor Gabriel García Márquez, el fantástico o el noir, en esta fábula de la búsqueda interior y física muy del imaginario de las novelas negras, en que la idea de la búsqueda se torna una búsqueda inabarcable, infinita, emocional y física muy del universo de Antonioni o Tarkovski, donde espacio y tiempo se pierden en el sueño, en la imaginación, donde todo es posible, donde atravesamos un mundo imperceptible para nuestros sentidos, más propio del mundo no tangible, el imaginado o recordado, una especie de poema lírico, donde nos dejamos llevar por lo que soñamos en un espacio físico que evoca constantemente a nuestra memoria, nuestra infancia, y todo aquello que recordamos, sea real o no, sea vivido o no, como le ocurría al joven que buscaba a un antiguo amor en una ciudad cálida y extraña en En la ciudad de Sylvia, de José Luis Guerín, o los no amantes frustrados en sus vidas de In the mood for love, de Wong Kar-Wai, un cine que estaría muy emparentado a las propuestas formales y conceptuales de Bi Gan (ya que comparten el mismo jefe de iluminación Wong Chi Ming, entre otros elementos) o los universos oníricos y reales de Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang o Tsai Ming-Liang, cineastas donde el espacio y el tiempo se convierten en los centros de sus discursos, llevando a los espectadores a universos físicos reconocibles, donde el abandono y la ruina se convertirían en los elementos primordiales, pero también, espacios alejados de la realidad, no lugares donde la memoria se mezcla, se funde, y se convierte en un no tiempo no cronológico y completamente anacrónico y desestructurado, en un viaje muy profundo donde los sueños adoptan la materia física que estamos viendo o siendo testigos.

Bi Gan con sólo dos películas se ha convertido en un cineasta magnífico y muy sensorial, como el inmenso trabajo con el sonido, con esa música que va y viene, que escuchamos acercarse y alejarse, conduciéndonos en todo momento por ese universo real, soñado, vivo, muerto, fantástico, memorístico, recordado o simplemente, inexistente, nunca lo sabremos, porque la intención de Bi Gan es que nos dejemos llevar, sin más, por esos espacios opresivos y envueltos en la bruma, llenos de colores vistosos y neones fluorescentes, donde las texturas físicas y emocionales nos envuelven, remitiéndonos a un tiempo pasado, o a un tiempo que creemos que vivimos, espacios de estaciones por donde no pasan trenes, subterráneos ocultos de todos y todo, salas de billar vacías donde las paredes son de plásticos transparentes, envueltos en ese viento, en esa lluvia fina que nos acompaña como una sombra maldiciente del pasado o nuestro presente, no lo sabremos, pero ahí está. El cineasta chino ha creado un universo propio y extremadamente personal, construyendo relatos llenos de ironía y extraños, donde nos invita a viajar por no lugares desconocidos y perdidos en el tiempo y en el espacio, no desde los sentidos físicos y reconocibles, sino desde algo más alejado a nosotros, en un estado diferente, más espiritual, onírico, donde ya no somos nosotros, ya no nos reconocemos, en el que nos convertimos en otros, en todo aquello que sigue latiendo en lo más profundo del alma, como aquel amor que jamás hemos podido olvidar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Alex Brendemühl

Entrevista a Alex Brendemühl, actor de la película “El creyente”, de Cédric Kahn, en el Instituto Francés en Barcelona, el miércoles 22 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alex Brendemühl, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Fernando Lobo de Surtsey Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

El creyente, de Cédric Kahn

REDIMIRSE CON DIOS.

“Eres como los demás, no hay ninguna razón para que no lo logres”.

Thomas tiene 22 años, es un joven impetuoso y rebelde, acarrea una grave adicción a las drogas debido a un pasado familiar tortuoso que lo ha convertido en alguien solitario, irascible y con un fuerte carácter violento. Thomas llega al centro de recogimiento religioso y espiritual para enderezar su vida, para dejar todo mal y empezar de nuevo. Un centro donde jóvenes adictos viven internos y son separados por sexos y trabajan en hermandad, cultivando amistades y sobre todo, estudian y rezan a Dios como único camino de salvación. La octava película de Cédric Kahn (Crest, Francia, 1966) vuelve a sus individuos, sobre todo, jóvenes que pueblan su filmografía, jóvenes de vidas difíciles, angustiosas y a contra corriente como el chaval que espía a su vecina en Bar des rails (1991) su debut en el cine. O aquella que se enamoraba del adulto y lo transportaba por un mundo de obsesiones sin retorno en Tedio (1998) o el Kurt que se escondía en la personalidad de un asesino en Roberto Succo (2001) o los hermanos que se escondían con su padre huido en Vida salvaje (2014). Chavales solitarios, de vidas en continuo conflicto y sobre todo, de personalidad difícil como el joven Thomas.

El cineasta francés nos cuenta el relato a través de la mirada de Thomas, su llegada al centro, en mitad de unas cimas rodeadas de montañas afiladas, sus primeros días, muy difíciles y problemáticos, llenos de situaciones violentas tanto con Marco, uno de los tutores como con algún que otro interno como él. Poco a poco, vamos viendo su apertura a los demás, la revelación de sus traumas y la forma de encararlos, generando esos vínculos con aquellos que conviven con él, como el propio Marco, y sobre todo, con Pierre, un interno más longevo que él, que se convertirá en una especie de hermano mayor que lo acogerá y lo guiará. O el momento crucial en su estancia en el centro, cuando conoce a Sybille, la hija de unos proveedores, que sueña con ser antropóloga y viajar a España. Entre los jóvenes nacerá un amor que cambiará soberanamente la actitud de Thomas.

Kahn nos habla de fe católica, de métodos educativos y redención, pero sin hacer alabanzas de la religión, sino dejando que la duda se convierta en el centro de la película, exponiendo las verdades y mentiras de cada personaje, con sus dudas correspondientes, dejando al espectador que tome sus propias decisiones respecto a lo que se cuenta en la película, decisión muy acertada para el manejo de la historia y los temas que trata, que no son baladí. Quizás, el camino redentor que experimenta Thomas pudiera resultar demasiado evidente, pero la película sabe manejar y sorprender con el entuerto, ya que nos tiene guardadas algunos interesantes giros de guión en la trama que la hace más compleja aún si cabe, y mucho más atractiva para el espectador. La obra recoge muchos de los ambientes y personajes que rigen en el universo de los hermanos Dardenne, ya que Thomas podría ser uno de esos chicos perdidos y de fuerte carácter que tan bien describen y cuentan los cineastas belgas. También, el centro religioso, que en algunos instantes de la película, tenemos la sensación de estar viendo un documental sobre el centro, por la veracidad que se nos cuentan los hechos, su cotidianidad, poblaba de cantos espirituales y oraciones, y la fraternidad que hacen gala sus internos, así como el retrato de sus personajes, nos lleva a pensar en esa atmósfera que reina en el cine de Ulrich Seidl, en su retrato de esos espacios de fe y redención donde más que redimir abundan las taras de una forma casi castrense y sectaria.

Kahn nos lleva de la mano por el camino redentor o no que experimenta su joven protagonista, en unos momentos nos agarra con fuerza y en otras, nos deja libres, filmando al sorprendente y brillante Anthony Bajon (que ya había trabajado con autores de renombre como Techiné o Doillon) componiendo un chaval de gran personalidad, con muchas capas y formas de expresarse y relacionarse. A su lado, Damiene Chapelle dando vida a Pierre, casi un guía redentor de Thomas y su fiel compañero, el siempre convincente y sobrio Alex Brendemühl como Marco, Louise Grinberg dando vida a Sybille, esa luz que guía a Thomas, y finalmente, la veterana Hannah Schygulla, como la Hermana Myriam, fundadora del centro, en uno de esas intervenciones que se recuerdan. Kahn ha construido una película sobre el amor, la fe, la amistad y la fuerza interior de cada uno, de esas cosas que tenemos en nuestro mundo interior, que en ocasiones, quizás muchas, nos negamos a ver, nos auto engañamos para creernos lo que no es, para seguir caminando aunque sepamos que no es nuestro camino. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vivir deprisa, amar despacio, de Christophe Honoré

EL CORAJE PARA AMAR.

“A las cuatro de la mañana en verano, el sueño de amor aún persiste”

Arthur Rimbaud

En el universo cinematográfico de Christophe Honoré (Carbaix, Finisterre, Francia, 1970) solemos encontrar jóvenes y adultos que han de sobreponerse después de difíciles rupturas sentimentales, también encontramos amores apasionados, de los que parecen que serán los últimos, y tríos imperfectos en los que se sufre bastante, y sobre todo, jóvenes y adultos inexpertos en el amor, vulnerables y torpes en el hecho de amar y sentirse amados, individuos a la deriva, incapaces de afrontar sus sentimientos y amar sin reservas, libres y siendo ellos mismos. La capacidad artística de Honoré es inagotable, ha publicado novelas que después ha llevado al teatro como director, ha dirigido óperas y ha construido una filmografía muy interesante de 12 títulos desde el año 2002, con películas libres, transgresoras y de su tiempo, componiendo una radiografía vital y crítica con estos tiempos convulsos, veloces y llenos de desilusiones, indagando en temas considerados tabúes como el Sida, la homosexualidad, el incesto y demás elementos incómodos.

En Todos contra Leo (2002) ya había tratado el tema de la enfermedad del Sida en el seno de una familia, en Hombre en el baño (2010) el tema de la homosexualidad, y en Métamorphoses (2014) las relaciones sentimentales de una adolescente con un hombre, todos estos elementos vuelven a aparecer en Vivir deprisa, amar despacio, donde nos tropezaremos con Jacques, un hombre en la treintena, escritor poco conocido, padre soltero, enfermo de Sida, y gay de vida muy promiscua, que apura sus últimos años de forma desenfrenada y muy acelerada, como el último trago, psicótico, sin casi saborear nada del ímpetu que tiene por todo y por nada. Una noche, en Rennes, en una visita breve, ya que representan una de sus obras, conoce a Arthur, de veintipocos años, el chaval de provincias deseoso de salir de su agujero, y que sueña con dirigir cine y convertirse en artista. Entre los dos se desata la pasión y quizás, el amor, aunque Jacques no quiere ese amor, ya no tiene tiempo, su vida se finiquita y pasa de una relación duradera, porque sabe que no lo será, en cambio, Arthur se queda flipado del hombre más maduro, del tiempo más vivido, del hombre que le habla de poetas y autores que desconoce, de alguien con quién aprender, a despertar a la vida, y sobre todo, de alguien que le mostrará una realidad muy distinta a la que él ve a diario.

Honoré instala su película en el año 1993, cuando apareció el Sida, casi siempre en París, en el París nocturno, de besos en la oscuridad, de coitos salvajes, de (des) encuentros sexuales en la noche, de amantes improvisados y relaciones que se acaban antes de que empiecen, del mundo libertino y despreocupado de Jacques, en el que las referencias artísticas son innumerables como los carteles de cine de Querelle, de Fassbinder o el de Chico conoce chica, de Carax, o ese cine de Rennes donde proyectan El piano, de Champion, o esa preciosa y sentida visita de Arthur al cementerio de Montmartre donde acaricia con suavidad las tumbas de Bernard-Marie Koltès o François Truffaut, entre otros, y la música que escuchamos con algún baile improvisado, como en casa de Mathieu, el vecino y fiel amigo gay de Jacques, o aquel que se pegan Arthur y sus colegas en mitad de un parque por la noche en plan capela. Un trío de actores en estado de gracia bien dirigidos por la batuta de Honoré que transmiten intimidad, detalles y miradas de esas que nos e olvidan encabezados por Pierre Deladonchamps como Jacques, con esa vida agitada y en el fondo, muy perdida y desconsolada, Vincente Lacoste como Arthur, la juventud y todo por hacer, con su belleza particular de Adonis, de chico rebelde con causa o sin ella, y finalmente, Denis Podalydès como el maduro amigo inseparable de Jacques, que lo cuida, lo apoya y sobre todo, lo quiere.

Honoré nos sitúa en verano, esa estación tan proclive para los amores, sumergiéndonos en un universo de amores pasajeros, de amores perpetuos, de todos los amores posibles y ninguno, de la vida que empieza en la figura de Arthur, de la despreocupación del que todavía cree que le queda mucho tiempo, que todo está por descubrir, por experimentar, por vivir, en contraposición con la madurez de Jacques y esa vida que se acaba, que ya no queda tiempo para nada, y mucho menos para amar, para volver a sentir, un primer amor adulto en frente del último amor, en un narración libre, sin ataduras e íntima que nos habla entre susurros de amor, de la pérdida, de la juventud y del envejecimiento sin tapujos, a flor de piel, sin florituras ni sentimentalismos, como las escenas sexuales, bellas y sensuales, muy eróticas, con un ritmo trepidante, como atestiguan la rapidez en la que pasan sus 132 minutos de metraje, y una estructura en primera persona donde vamos viendo la vida cotidiana y las circunstancias tanto de Jacques y su implacable deterioro por culpa de la enfermedad, y Arthur, y sus deseos y ansías de estar con su amor y sobre todo, de salir de su agujero y enfrentarse a la vida adulta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

A la vuelta de la esquina, de Thomas Stuber

CHRISTIAN SE ENAMORA DE MARION EN EL TRABAJO.

“Cuando salíamos del hipermercado al acabar el turno, afuera todo era diferente. Cuando cada uno volvía a su vida. Era como si todos cayéramos en un profundo sueño y regresáramos a casa el día siguiente”.

Sam y Jonathan, los dos vendedores de artículos de broma que pululaban por Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, de Roy Andersson, o los Santa, Jose, Reina o Amador de Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa, y también, Marcel Marx, el artista sin suerte de La vida de bohemia y más tarde el limpiabotas humilde de Le Havre, a los que podríamos añadir Ilona y Lauri, los desafortunados enamorados de Nubes pasajeras, o incluso a Koistinen, el guardián nocturno apocado de Luces al atardecer, todas de Aki Kaurismäki, pertenecen a ese nutrido grupo de individuos solitarios, invisibles, ausentes de sí mismo, tipos que se mueven entre los márgenes, solitarios y cabizbajos, empeñados en la mala suerte, escapando de turbios pasados, y sobre todo, muy silenciosos, con vidas rutinarias, empleos tediosos y aspiraciones ausentes, pero eso sí, cuando hablan se vuelven personas coherentes, sinceras, reflexivas y acogedoras, como Christian, el protagonista de la película A la vuelta de la esquina.

Christian es alguien que huye de su pasado oscuro, de los que todavía conserva un sinfín de tatuajes que adornan su torso y brazos, alguien que empieza de nuevo, alguien que empieza en su nuevo trabajo en un hipermercado mayorista en el turno de noche como reponedor de bebidas junto a Bruno. Una maraña de interminables estanterías, llenos de pasillos, donde se amontonan palés de bebidas en su caso, pero llenas de productos diversos para los clientes. Las jornadas nocturnas se desenvuelven en su rutina particular, conociendo el producto, los espacios y demás compañeros, como Marion, una atractiva rubia al que todos llaman “la chica de los dulces”,  que llama la atención del callado Christian, mientras toma un café frente a la máquina. A partir de ese momento, las jornadas cambiarán de tono y aspecto, y los encuentros fortuitos y no tanto, con la adorada Marion se irán sucediendo en los meses.

Thomas Stuber (Leipzig, Alemania del Este, 1981) se enfrenta a su cuarto largometraje como director basándose en un cuento del libro Todas las luces, de Clemens Meyer, coautor junto a Stuber del guión, donde Christina se convierte en el hilo conductor de la narración, ya que junto a él, conoceremos ese mundo laboral nocturno, donde el bullicio y el trasiego del día en el hipermercado desaparece para adentrarse en un mundo silencioso, roto por algún ruido mecánico, muy espacioso, donde los trabajadores son casi meras sombras que se mueven mecánicamente en su quehacer nocturno, llevando palés a su ubicación y vuelta a empezar, parando para echar un cigarrillo en los lavabos, atrapar a hurtadillas un bocado del producto que se tira, o compartir alguna que otra broma con los compañeros de los demás pasillos. Stuber abre la película con el “Danubio Azul”, de Johan Strauss, creando esa atmósfera peculiar y extraña, casi de película de terror,  donde reina una oscuridad y  silencio sepulcrales que se genera en el hipermercado durante el turno de noche, solo roto por el ruido de las carretillas manuales y elevadoras, instrumentos que se convertirán en un aprendizaje y adaptación para Christian, en el que su manejo ocultará algo mágico para el devenir de la historia.

El cineasta que creció en la RDA, tiene un hermoso homenaje al trabajo en el país extinto a través del personaje de Bruno, alguien que guarda celosamente su vida, o podríamos decir aquello que hace cuando no trabaja. Una película que encierra una hermosa y profunda historia de amor entre dos solitarios, entre dos personas que una, Christina huye de su pasado, de quién fue, y otra, Marion, con un matrimonio infeliz, clama en silencio por un poco de paz y tranquilidad, dos seres sensibles y espectrales en el trabajo, que encuentran el amor en el lugar más insospechado, entre pasillos, cajas y productos que otros compraran. El cineasta alemán acota su película en las cuatro paredes del hipermercado, a excepción de alguna que otra secuencia en el exterior, sumergiéndonos en la idea de belleza y profundidad en un lugar donde la mecanización se apodera de los movimientos de las personas, donde todo está previsto, en que la humanidad se abre camino entre tanta máquina y cotidianidad laboral, donde estos seres sencillos, de vidas rutinarias y emociones dormidas, despertarán a la belleza de los sentidos, a la pequeña alegría de tomar un café en compañía, a escuchar al compañero y sus problemas, a la ayuda de alguien que lo necesita, a ese consejo que solo la madurez sabe dar, o a esos pequeños momentos, casi sin relevancia, que cada día se suceden mientras trabajamos.

Una pareja protagonista magnífica que destila sensibilidad y humanismo a unos personas corrientes, de esos que nos cruzamos a diario, de los que se suben al autobús después de una larga y dura jornada laboral nocturna, o que se toman una cerveza entre amigos, excepcionalmente interpretados por Franz Rogowski (que hemos visto en la última de Haneke, o en filmes de Malick o Petzold) como Christian y Sandra Hüller como Marion (que estaba extraordinaria en Toni Erdmann, de Maren Ade, una de las últimas revelaciones del cine alemán) bien secundados por Peter Kürth que da vida al noble y honesto Bruno, y actores de gran reputación como Henning Peker o Matthias Brenner, entre otros. Una película sencilla y honesta, que ahonda de manera sincera y brillante en el trabajo y todo aquello que rodea una parte esencial en la vida de las personas en el mundo, con todas sus peculiaridades, con todos esos mundos únicos y extraños que se generan, las soledades compartidas o las relaciones profundas y no tanto que se van generando entre unos y otros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Cambio de reinas, de Marc Dugain

LA INTIMIDAD DE LOS REINOS.  

En mitad de la película, más o menos, hay un momento que la define considerablemente, cuando Luisa Isabel (la hija del regente que es obligada a contraer matrimonio con Don Luis, el heredero del trono de España) baja del carruaje con la excusa de hacer sus necesidades en un claro del bosque. Se pone de cuclillas, mira al cielo y baja su mirada topándose con una campesina a la que sonríe intrigada. De repente, un subordinado de la corte  se le acerca y rompe ese instante, devolviéndola a su cárcel particular, a su mundo, a ese universo tan ajeno a las necesidades de una población empobrecida e invisible. Marc Dugain (Dakar, Senegal, 1957) es un reputado escritor con una decena de novelas publicadas, entre ellas El pabellón de los oficiales, que llevó al cine François Dupeyron, aunque también ha dirigido cuatro títulos, dos para televisión, y uno para el cine, An Ordinary Execution (2010) sobre los últimos días de Stalin desde la perspectiva de una curandera y su marido. Su cuarto trabajo Cambio de reinas, basada en la novela de una especialista en la materia como Chantal Thomas, que coescribe el guión con el propio Dugain,  vuelve a centrarse en una intriga política en la que nos traslada al convulso universo del Palacio de Versalles del primer tercio del siglo XVIII, antes del estadillo de la revolución que acabará con todo, donde Luís XV, un niño huérfano de 11 años es coronado rey. A través de una estratagema de su regente Felipe de Orleans que consistía en casar a su hija la señorita Luisa Isabel de 12 años de edad, con Don Luis, el heredero al trono de España, además de que Luís XV, a su vez, contrajera matrimonio con Mariana Victoria de 4 años de edad, Infanta de España e hija del rey Felipe V. Una estrategia política que acabaría con años de guerras entre los dos países, guerras entre Borbones contra los Orleans, que los debilitó enormemente.

Dugain opta por una forma sobria e íntima, dejando las fastuosidades de palacio de lado, y centrándose en sus personajes, sobre todo, en las féminas, dos niñas introducidas, muy a su pesar, en un complejo laberinto de alianzas, traiciones y juegos interesados de poder. La película no esconde su buen gusto y sensibilidad para mostrarnos la vida cotidiana de los diferentes palacios, con una grandísima ambientación, amén de su espectacular vestuario y diseño de producción, eso sí, unos universos en decadencia, vapuleados por las graves epidemias como la peste o la viruela, que acabaron con muchos de sus integrantes, las intrigas y corruptelas de palacio pro el control del poder, y sobre todo, la malditas guerras entre España y Francia que debilitó su dinastía y los dejó muy heridos, contribuyendo a sus correspondientes desapariciones. El cineasta francés deja de lado el sentimentalismo y los efectos de guión, para mirar desde el que  observa sin juzgar, del que trata de entender a todos los personajes, describiendo con delicadeza sus intereses, ya sean lícitos o no, y sus estrategias para alcanzar esas posiciones cercanas al rey.

El realizador francés describe con acierto las barbaridades que se cometían en pos de la monarquía y los intereses individuales, como otorgar responsabilidades de estado a niños que se pasan su cotidianidad como reyes entre juegos infantiles y decisiones de grandes trascendencias para el devenir del estado. Incluso, la película indaga de forma evidente en todo aquello que se cocía entre sabanas entre unos y otros, donde la homosexualidad era una opción real entre aquellos que eran obligados a encamarse por la buena salud de la monarquía. Dugain nos muestra una interesante variedad de personajes, desde el niño Luis XV, y todo aquello que lo rodea, como ese instante en que vuelve a Versalles, sólo y perdido, que describe sin palabras todo sus sentimientos contradictorios, o su forma de dirigir el país, entre la falta de decisión, propio de su temprana edad, y de aquellos lacayos que le siguen el juego, o su relación con Mariana Victoria, la Infanta de 4 años elegida para ser su reina, una relación más propia del hermano o primo mayor que parece no querer jugar con esa primita que le han traído a su casa. En cambio, la Infanta se muestra muy en su rol, porque nunca le vemos quejarse o mostrar antipatía hacia el rey que le ha tocado, sintiendo que su vida palaciega es su destino, a pesar que tenga más interés en jugar a caballito que otra cosa.

Por el contrario, la vida en la corte española de Luisa Isabel es cuánto menos incómoda y muy problemática, ya que la niña de 12 años es descarada, insumisa y moderna, y se niega a su destino, comportándose de forma despectiva y lenguaraz a la vida en la corte, como la obsesión por la religión o las formas empleadas que crítica y se muestra muy reacia a compartir. Dugain también retrata con aplomo todas las intrigas que se suceden entre los adultos, espabilados y arribistas con ínfulas que les ríen las gracias a los reyes para conseguir sus propósitos, sin importarles nada más. Dugain se ha reunido de un reparto convincente y magnífico en el que destacan Igor Van Dessel como Luís XV, bien acompañado por Anamaria Vartolomei como Luisa Isabel, a la imprime carácter y sabiduría, y la niña Juliane Lepoureau como la Infanta Mariana Victoria, y los adultos como Lambert Wilson como Felipe V, Olivier Gourmet como Felipe de Orleans o Catherine Mouchet como la dama de compañía de la Infanta.

El director francés sigue la tradición de la cinematografía francesa por su historia, en el que es raro que cada temporada produzca algunas cintas sobre el devenir histórico de la realeza en sus tiempos más convulsos, complejos y finales, en el que Cambio de reinas se erige como una muestra sólida y convincente de esas intrigas palaciegas con niños de por medio, donde Dugain  teje con pausa y concisión una película sencilla y directa, honesta en su planteamiento y ejemplar en su despedida, contándonos todo aquello que se cocía en los diferentes palacios cuando se cerraban las puertas y quedaban ocultas a los ojos de los más críticos e interesados, sumergiéndonos en las diferentes alcobas cuando se encamaban los diferentes futuros esposos, que, según la costumbre, no era muy normal. La película observa, describe y retrata un universo venido a menos, decadente y estúpido, donde unos quieren mantener aquello que ya tiene fecha de caducidad, aquello que fue y ya nunca será, aquello que ni con matrimonios de conveniencia es salvable, y todo por la codicia de tantos, tan preocupados de lo suyo, sin percatarse que el resto, lo más importante, se iba cayendo a trozos irremediablemente.