Hannah, de Andrea Pallaoro

LA BATALLA ÍNTIMA.

La película se abre con una pantalla en fondo negro, en la que vamos escuchando una voz que lentamente va subiendo su volumen hasta emitir un grito agudo y sostenido. El encuadre muestra a una mujer mayor que está emitiendo ese sonido que escuchábamos, nos encontramos en una clase de teatro para aficionados. Quizás, en ese momento lo desconocemos, pero ese grito, ese sonido hacia afuera, explica mucho de lo que le ocurre al personaje, casi como un grito de socorro, una llamada a no se sabe a quién, emitido por una mujer sola, una mujer que debe lidiar una batalla íntima, contra sí misma, y también, contra a aquellos que han quedado fuera, los ausentes de su vida. El segundo trabajo de Andrea Pallaoro (Trento, Italia, 1982) vuelve a centrarse en los procesos interiores, en aquellos estados de ánimo adversos y complejos que debemos pasar para seguir viviendo de la mejor manera posible, si en su puesta de largo, en Medeas (2013) describía a través de los silencios y los espacios el declive de una familia mexicana no muy alejada de la frontera. Ahora, vuelve a sumergirse en una ruptura, a través de una familia, pero enfocada en una mujer mayor, en una mujer que deberá volver a empezar, acarrear su dolor y seguir yendo hacia adelante, pero sin más ayuda que la suya propia.

Pallaoro ha vuelto a contar con varios de sus cómplices que ya les acompañaron en su debut, en el guión Orlando Tirado, juntos describen una trama sencilla apoyada íntegramente en un único personaje, que nos muestra la cotidianidad sin más de Hannah, su trabajo como limpiadora, sus clases de teatro para aficionados y sus rutinas de natación en el gimnasio. Hannah practica esas actividades en silencio, casi sin ánimo, casi sin vida, como si algo en su interior no le dejase hacer nada más, como si quisiera mantener su vida como hasta ahora, como si nada hubiera ocurrido, pero algo ha pasado en su vida, algo oscuro que ella intenta ocultar, no enfrentarse a ello, y más tarde o temprano sabe que no tendrá más remedio que hacerlo, ya que su marido ha hecho algo malo y ha de ingresar en prisión (la película deja ver lo sucedido pero sin entrar en detalles) y además, su hijo le ha dado la espalda y no quiere saber nada de ella. La exquisita y agridulce luz de Chayse Irving (que también realizó la de Medeas) planteada a través de planos fijos (sólo percibimos unos tres movimientos de cámara en toda la película y son debidos al movimiento de izquierda a derecha de la protagonista) para describir con minuciosidad el aislamiento sometido al personaje, en una propuesta sostenida en espacios interiores y exteriores, en los que se evidencia aún más si cabe el estado anímico por el que está pasando Hannah.

Pallaoro nos plantea un relato sobre el horror de nuestro interior, de las consecuencias de las decisiones que tomamos en nuestra vida, de la lealtad a nuestra pareja a pesar de lo ocurrido, de la alineación de una sociedad que nos juzga según nuestras conductas y nos aísla para culpabilizarnos de nuestros actos, convirtiéndonos en unos apestados, en alguien condenado a la soledad por el hecho de no seguir ciertas normas y conductas sociales. El cineasta italiano nos sumerge en el interior de su personaje, sus rutinas nos explican las batallas anímicas que vive un personaje que no habla, sólo continua con su vida, o lo que queda de ella, con sus quehaceres cotidianos, su trabajo, y su lento caminar, en el que poco a poco va convirtiéndose en un fantasma, algo así como un espectro para la sociedad, y sobre todo, para ella misma, en un viaje hacia lo más oscuro de nuestro ser, donde lo profundo nos hace daño y no nos deja levantar cabeza y asumir nuestros errores y hacer lo posible para enmendarlos, porque no tenemos otra, porque vivir, en ocasiones, genera confusión, complejidad y ausencia.

Quizás una película de estas características necesitaba una actriz de grandes recursos, y sobre todo, contando que es una película llena de silencios y sin diálogos, una actriz que pudiera expresar con su mirada mucho más, para que pudiéramos adentrarnos en ese interior oscuro y maltrecho que arrastra el personaje en la figura de Charlotte Rampling, una actriz soberbia, una actriz que lleva más de medio siglo en el oficio, donde ha trabajado con gente como Visconti, Cavani, Oshima, Parker o Cantet, en alguien que es capaz de explicarlo todo sin decir nada, en una composición extraordinaria e inmensa que ayuda a trasnmitir todas las sutilezas y entrelíneas que se manifiestan a lo largo del metraje, después de 45 años, de Andrew Haigh, la veterana actriz británica nos vuelve a emocionar con un personaje difícil y atormentado, pero sin caer en la sensiblería ni el juicio de su director, la mirada triste y ausente de Rampling, y su cuerpo moviéndose como un autómata sin alma por esas habitaciones, esos pasillos, esa piscina, o a través de esos ventanales, o simplemente, observando su alrededor, esa sociedad que la criminaliza y la vuelve invisible, son de una belleza aterradora, que duele y mucho, en una clase magistral de la Rampling de cómo describir el horror y la ruptura interior, a través de la sutileza y la composición de unos movimientos cotidianos, con una mirada perdida, que más que producir alivio, nos descubre una alma rota, vapuleada y sin descanso.

Alma Mater, de Philippe Van Leeuw

LA GUERRA COTIDIANA.

“Me gusta pensar que los momentos más importantes de la historia no tienen lugar en los campos de batalla o en los palacios, sino en las cocinas, los dormitorios o las habitaciones de los niños”

David Grossman

La película se abre y se cierra de la misma forma, con un amanecer, la cámara se apoya en el rostro de un abuelo encendiéndose un cigarrillo y mirando a través de la ventana, no vemos el exterior, sólo su mirada perdida y expirando el humo, así sin más. La cotidianidad se define frágil e incierta, como si el cigarro que se va consumiendo fuese una metáfora de ese tiempo que se vive sin vivir, que se está sin estar. El cineasta Philippe Van Leeuw (Bruselas, Bélgica, 1954) ha desempeñado toda su carrera en la cinematografía con autores tan prestigiosos como Bruno Dumont, Laurent Achard o Claire Simon, entre otros. Fue en el año 2009 cuando debutaba en la dirección con El día en el que Dios se fue de viaje, en la que filmaba el retrato íntimo y humanista de un niño en mitad del genocidio de Ruanda.

Casi una década después, vuelve a ponerse tras las cámaras con otra historia rasgada por la tragedia, situándonos en el interior de un piso en mitad de una ciudad cualquiera en Siria, y acotándonos el relato a una solo jornada. Un solo día, donde viviremos con una familia siriana, que acoge a una pareja de vecinos con su bebé, su cotidianidad, sus miedos, sus esperanzas y (des) ilusiones. La señora de la casa, Oum Yazan, una espectacular y maravillosa Hiam Abbass, capitanea y dirige a los suyos y a los acogidos, está alerta de cualquier situación o ruido extraño que se produzca en las cercanías, y mantiene el aliento cuando este decae y el espíritu combativo entre la pequeña comunidad que resiste a pesar de todo y todos. Oum se convierte en la guardiana y protectora de esta familia de circunstancias, una familia de supervivientes en el caos de la guerra, vemos sus rostros, que se mueven entre la incertidumbre y el miedo, en un retrato que el fuera de campo se convierte en esencial para la trama, ya que el exterior se convierte en un desierto desafiante y peligroso, sólo vemos lo que proporciona alguna ventana.

Así que, el piso, con sus habitaciones y sus moradores, se convierten en el rostro humano que vive o mejor dicho, malvive en esa maldita guerra. Van Leeuw propone un retrato femenino, ya que los hombres se hallan fuera por diversos motivos. El marido de Oum está fuera, intentando ayudar en lo que sea fuera, a los que más lo necesitan, y el marido de Halima (los vecinos del bebé) ha tenido que salir y no vuelve, y ella se angustia porque no sabe nada de él. Una película estructurada a través de dos mujeres, la señora que mantiene el orden del hogar, o lo que queda de él, en mitad del caos, en una especie de matrona resistente en la que sacrificará lo que haga falta para mantener su hogar como especificará en algún momento: “Nací sin hogar. Nadie me sacará de aquí”, por otro lado, Halima (estupenda Diamand Abou Abboud dando la réplica a Hiam Abbas) ha planeado su fuga con su marido y bebé, ya que no resiste más en ese espacio y en mitad de tanto peligro. Dos formas de enfrentarse a la guerra, a la supervivencia, a soportar el miedo y a sacar fuerzas de donde haga falta para seguir hacia delante.

El cineasta belga se centra en el retrato humano, en la dignidad humana, y no lo hace desde la condescendencia o el sentimentalismo, nada de eso, su posición es la del humanismo y el retrato serio y sincero de unas almas enjauladas expuestas a todo tipo de peligros en los que su vida se mantiene de un hilo muy frágil que puede romperse en cualquier momento. Van Leeuw compone una trama en el que el terror y el drama íntimo se mezclan de manera realista y sorprendente, en una película que nos sobrecoge, y nos mantiene en todo momento compungidos y aterrorizados por todo lo que sucede a sus personajes, aunque todo hay que decirlo, y eso es mérito de la dirección y la puesta en escena, Leeuw no trata en ningún momento de lanzar ningún discurso paternalista ni nada por el estilo, al contrario, mira esos rostros y les concede su protagonismo, devolviéndoles la garra y fuerza de esos rostros humanos que los medios invisibilizan de manera escandalosa, centrándose en los datos y demás aspectos que deshumanizan el horror cotidiano que sufren las personas anónimas en mitad de una guerra. Van Leeuw no sólo ha construido una película humanista, como las que hacía Rossellini sobre la guerra, sino también pone rostros a todos los seres humanos que han vivido, viven y vivirán una guerra, centrándose en su cotidianidad, en sus miedos, inseguridades, peligros y sobre todo, en su humanidad, aunque sea tan difícil de mantener en ese tipo de situaciones.

 

Thelma, de Joachim Trier

LAS FORMAS DEL MAL.

Una película interesante de terror que se precie, necesita un arranque sobrecogedor, algo que nos inquiete profundamente y nos deje clavados en la butaca. Thelma lo tiene. Se abre en un bosque nevado perdido por la costa oeste de Noruega, donde observamos a un cervatillo moverse a sus anchas. De repente, un hombre que se encuentra junta a su hija de seis años, a pocos metros del animal, lo apunta con su escopeta. De repente, sin ninguna razón aparente, o tal vez si, desvía su arma hacia la niña y la apunta, pero acaba bajando el arma, y la niña lo mira profundamente. Con este breve prólogo, la película ya nos deja de vuelta y media, como diría aquel, porque el cuarto trabajo de Joachim Trier (Norrebro, Noruega, 1974) después de su aventura de rodar en ingles con El amor es más fuerte que las bombas (2015) con un reparto internacional encabezado por Isabelle Huppert y Gabriel Byrne, vuelve a su Noruega e idioma natales como en sus dos primeros trabajos. Thelma es algo diferente a sus anteriores trabajos, porque se adentra en una película de género, el terror psicológico, aunque, todo hay que decirlo, sin dejar de lado el tono naturalista y ensimismado que siguen siendo sus mayores cómplices, explorando los temas que ya se planteaban en sus películas como el paso de la infancia a la edad adulta, la soledad existencial, la búsqueda de la propia identidad,  las relaciones íntimas, y la familia como epicentro emocional.

Trier vuelve a colaborar con Eskil Vogt, su guionista habitual,  para construir una película sumamente elegante y sobria, en el que seguimos a una joven, la Thelma del título, en su primer año universitario (dejando atrás su casa familiar de un ambiente rural donde ha tenido una férrea educación religiosa). La joven retraída y tímida de entrada, lentamente se irá abriendo y conocerá a Anja, una joven de la que se sentirá fuertemente atraída. Pero, el cineasta noruego nos cuenta varias líneas argumentales, por un lado, tenemos la historia de amor, que diríamos prohibida para Thelma y sus padres, luego, las convulsiones psicogenéticas que irá sufriendo la joven, y la investigación médica que se lleva a cabo para saber las causas del mal que padece la joven, y por último, las relaciones con sus padres, con ese pasado oscuro que se cierne sobre ellos, que los tiene atrapados desde la infancia de Thelma. Trier nos conduce por dos ambientes, el paisaje urbano con las aulas, bibliotecas, pasillos, vestuarios y piscina de la universidad, siendo esta última, y sobre todo, el agua, un elemento básico para la construcción de la cinta, y también, por los espacios rurales, con esa casa familiar anclada en un paraje aislado con un lago cercano, ambientes, que describen los conflictos emocionales que padece  Thelma, de unos huye, y de otros, se irá relacionando y queriendo pertenecer a ese universo nuevo y atrayente para ella, aunque debido a sus problemas mentales y de toda índole extraña, que no pude controlar, se irá retrayendo e intentando buscar soluciones a esas cosas que le ocurren.

La película avanza con ritmo cadente, sin prisas, huyendo de esos golpes de efecto tan característicos en el cine de terror convencional, introduciendo los elementos fantásticos y sobrenaturales de manera natural y sencilla, con esa luz tan mortecina y artificial obra de Jakob Ihre Fsf (cinematógrafo de todas las películas de Joachim Trier) que ayuda a la abstracción y aroma de pesadilla que sufre la protagonista y su entrono,  penetrando en el interior de sus personajes, e investigando como esos sucesos inexplicables van afectando a sus existencias, y a todo aquello que los rodea, explorando toda su complejidad y deteniéndose en todos los aspectos psicológicos que experimentan en la película los personajes. Trier elabora a fuego lento su relato, una interesante y conmovedora mezcla de drama familiar, historia de amor y thriller psicológico, tomando como referencia a autores tan dispares en primera instancia como Bergman, y sus estudios sobre la angustia y la existencia humana, o De Palma, y sus historias de terror psicológicas donde sus personajes padecían lo indeleble para superar sus males, o incluso el Giallo italiano, en sus retratos femeninos en los que sufrían males emocionales de procedencias diversas.

Trier apoya toda la trama en la apabullante y delicada interpretación de la joven casi debutante Eili Harboe, una actuación de las que dejan huella, porque compone un personaje lleno de matices y muy complicado, donde es una joven que sufre unas dolencias que acaban afectando a los demás, sin ella poder hacer nada para evitarlo, es algo así como una princesa herida en ese cuento macabro sobre nuestras pesadillas más cotidianas y en todo aquello que somos y que quizás no conocemos o aún sabiéndolo, somos incapaces de querer verlo, le acompañan Kaja Williams dando vida a Anja, la joven de la que se enamora, otra debutante, y sus padres, Henrik Rafaelsen y Dorrit Petersen (que ya estuvieron en Blind, el debut como director del guionista Eskil Vogt) aportando esa naturalidad y aplomo que requieren unos personajes que arrastran un mal del que no pueden escapar, al que tendrán que enfrentarse sin remedio. Trier sale airoso en su peculiar vuelta de tuerca, dejándose llevar por una trama de abundantes tintes psicológicos que también guarda cierto paralelismo con algunos títulos de Hitchcock, donde el maestro le fascinaban esas historias donde había personajes que experimentaban los abismos de la mente y sus infinitas contradicciones, penetrando en lo más profundo del alma sin saber que les esperaba y como salir de ese particular averno.

La herida, de John Trengove

UN AMOR PROHIBIDO.

El “Ukwaluka” es un rito iniciático tradicional que practica la etnia Xhosa, en la zona del Cabo Oriental en Sudáfrica, en el que cada año grupos de adolescentes que reciben el nombre de “iniciados”, se reúnen en el interior del bosque con sus mentores, y pasan unas semanas sometidos a pruebas físicas (circuncisión) y mentales para así convertirse en adultos que se casarán, tendrán hijos y formaran un hogar. Xolani, uno de los tutores que tiene la misión de tutelar el ritual de Kwanda, ama secretamente a Vija, otros de los tutores, y los dos mantienen encuentros furtivos alejados de las miradas moralistas y costumbres endiosas que practican fielmente en la etnia. El primer trabajo del director Sudafricano John Trengove, en un relato escrito con Thando Mgqalozona (autor de la novela “A man who is not a man” centrada en el rito “Ukwaluka”) construye un obra que profundiza y reflexiona sobre los roles de masculinidad de la Sudáfrica actual, centrándose en la relación homosexual de dos mentores, Xolani y Vija, que aparentemente tienen que conducir a sus discípulos por un rito que les llevará a convertirse en hombres tradicionales heterosexuales, muy alejados a lo que ellos son. Y añade al conflicto la presencia de Kwanda, un chaval de la ciudad procedente de familia acomodada que además de pertenecer a otro ámbito tendrá fuertes conflictos con los demás iniciados, muchos de ellos procedentes de comunidades rurales.

Trengove crea un trabajo minimalista, donde hay pocos diálogos, y planos cercanos y cortantes, creando ese ambiente de ambientes, donde el paisaje tradiciones que nos muestran, esconde otras actitudes que se ocultan y vagan entre sombras. El relato claustrofóbico y complejo se desarrolla principalmente desde la excelsa fotografía que contribuye enormemente a crear la complejidad de paisajes bellos que encierran historias ocultas y conflictos interiores, manejando con especial detalle todo el entramado de miradas y gestos de los personajes. El realizador sudafricano maneja su relato a través de tres almas, tres seres en desdicha en el fondo, que adoptan una identidad que no es la suya, la identidad aceptada, ya que promulga con los estándares tradicionales que profesan los más viejos del lugar, y que no acepta otras actitudes, y que tienen que desarrollar la suya escondiéndose, ocultándose de las miradas moralistas, en una existencia perversa de doble personalidad que los lleva a tremendos conflictos interiores.

Trengove ha creado una película moral que implica al espectador de manera directa, penetrando en sus convenciones y prejuicios, abriéndole una puerta a otras realidades del continente africano, muy alejada de la que venden los medios, más basadas en ideas preconcebidas y tradiciones ancestrales construidas a través de la literatura, el cine y demás. Aquí, nos alejamos de esa idea y nos adentramos en un paisaje rural llevados por unos personajes homosexuales que viven escondidos su amor, un amor prohibido, un amor que no se desarrolla con libertad y plenitud. Un amor como tantos otros que tiene que no vivir y luchar en las tinieblas contra el espíritu de los que lo padecen, porque la sociedad imperante tradicionalista y moral lo prohíbe, no lo concibe, en una actitud hipócrita que no sólo no les deja avanzar como pueblo, sino que los anquilosa en el pasado más oscuro, creando hombres frustrados, inseguros y tristes.

La magnífica elección de los intérpretes con la presencia del música Nakhane Touré que compone a Xolani, el joven obrero protagonista que se mueve entre la tutela tradicional y ese amor prohibido que siente por Vija, un tipo que lleva más allá su masculinidad para de esta manera no crear dudas sobre su homosexualidad oculta, y finalmente, Kwanda, el adolescente iniciado que deberá convivir con un ambiente ajeno y hostil, y además, conocerse a través de unos sentimientos inesperados que le llevarán a penetrar en un mundo complejo y difícil, aunque semejante actitud lo pondrán en situaciones que no esperaba vivir durante su camino de iniciación. Trengove ha hecho una película valiente, seria y necesaria, que vuelve a poner a debate algunas tradiciones ancestrales que pretenden seguir alienando a muchos hombres y llevándolos por el camino esperado, perteneciendo a esa masculinidad basada en su sexo, sin tener en cuenta a la persona y su individualidad, sus necesidades y deseos.

El jardín de Jeannette, de Stéphane Brizé

LA DESILUSIÓN DE VIVIR.

“Aquí he venido a refugiarme de un mal de amores que parece matarme. Un mundo plácido lleno de calidez, virtud, fuerza y poder. No es más que mi niñez. Débil, inmadura y sin capacidad de poder percibir nuestra divinidad. Cuando la primavera lleva con toda su virilidad la tierra queda yerma la intenta en vano amar. ¿Para qué tantas flores que luego no dan fruto? ¿Para qué tanto trigo de grano diminuto? Cada cosa tiene su fin. Todo un porqué tiene. El destino así lo quiere. Y así el mundo fue creado bajo fatales ordenanzas. La naturaleza la creó Dios a su imagen y semejanza”

En la Normandía de 1819 vivía Jeanne, una joven baronesa de 20 años de pureza infinita, llena de ilusión y extrema confianza hacia los demás. Rodeada de un edén ideal y acogida con unos padres sencillos pasan el tiempo entre los cuidados a sus innumerables granjas, los frutos y hortalizas del huerto, los paseos alegres por el campo, la visión de las olas rompiendo en la playa y las largas conversaciones junto a la chimenea. Días con mucha luz, amor y divinidad por todo aquello que Dios les ofrece cada día. Un día, llega Julien de Lamare, un vizconde local que enamorará a Jeanne y juntos emprenderán una nueva vida alejada del paraíso de la infancia. Pero las cosas no son lo que parecen, la armonía y la paz que reinaba en la existencia de Jeanne se ven truncadas por las mentiras, la hipocresía del mundo de los adultos. Su bondad se ve perjudicada y su vida comienza a teñirse de un color muy oscuro.

La segunda adaptación en la carrera de Stépahne Brizé (Rennes, Francia, 1966) después de Mademoiselle Chambon, donde adaptaba a Enric Holder, se trata de Guy de Maupassant, uno de los novelistas más adaptados en la historia del cine por nombres tan ilustres como Stenberg, Rohmer, Ford, etc… Aquí adapta “Un vie” (Una vida) pero lo hace, como mandan las buenas adaptaciones, traicionando el texto original y extrayendo todo aquel espíritu que ronda en el imaginario del célebre escritor. La película de Brizé se centra en un único punto de vista, el de la joven Jeanne a la que seguiremos durante 27 años, y lo haremos a través de un formato singular, el 1:33, donde el plano se torna cuadrado, muy alejado de la forma habitual para mostrar la belleza de formas y colores que encierran la luminosidad de las películas de época. Brizé se centra en su anti heroína de una forma muy cercana, filmando su intimidad, en su encarcelamiento vital y emocional, su poderosa luz del inicio y la oscuridad que va rodeando toda su existencia, en ese mundo que no logra entender, y sobre todo, no encuentra su lugar, siendo rechazada y vilipendiada por aquellos que los rodean con sus sucias mentiras.

Si en la anterior película de Brizé, La ley del mercado, nos describía hasta donde llegaba moralmente un trabajador para conservar su empleo, ahora, también nos envuelve en la mirada de una idealista, alguien que confía en los suyos pero estos la traicionan una y otra vez. El cineasta francés evoca a todos aquellas personas que sufren y mueren en un mundo donde todo es pura apariencia, en el que las cosas se mueven por intereses viles y canallas, y la bondad y la humanidad, muy propias de nuestro ser han sido desterradas y olvidadas para dejar paso a comportamientos inmorales y egoístas que dañan y hacen sufrir a los demás. La trama se nos muestra desestructurada, hay continuos cambios en el tiempo, tanto atrás como adelante, dejándonos llevar por los continuos devaneos emocionales de la protagonista, en el que el amor y la muerte centran su existencia, la cual muestra su confianza al resto, pero continuamente es contaminada y violada. Un mundo donde la paz y tranquilidad de la naturaleza no contagia los comportamientos de los personajes, que engañan y mienten siguiendo sus más bajos instintos, en un mundo de juegos, risas y palabras amables que se torna en engaños e hipocresía cuando se sienten libres de los demás.

Brizé toma como inspiración a grandes autores como Chabrol o los Taviani, y otros que se han sumado a la larga tradición de recuperar ese contexto histórico del XIX,  en la que nos plantea una cinta de cuidadísima planificación formal, donde cada detalle de la naturaleza y el tiempo es captado de forma sencilla e íntima, donde escuchamos el rumor del campo, y todo aquello que se mueve a nuestro alrededor, haciendo muy visibles el inevitable paso del tiempo, desde los días largos del verano con su maravillosa luz a los días lentos y oscuros del frío invierno, acompañados por un plantel de intérpretes entre los que destaca Judith Chemla como la desdichada y engañada Jeanne, en una interpretación llena de belleza y matices, junto a sus padres, los encantadores y vitales Yolande Moreau y Jean-Pierre Darroussin. Brizé nos adentra de manera naturalista y austera a ese mundo en el que parece que todo sigue una armonía social aparente, pero más lejos de la realidad, todo resulta pura fachada, donde se tejen mentiras por doquier, donde la virtud y la inocencia de una joven se verán continuamente engañadas y sometidas al yugo de un universo oscuro, falso y puramente hipócrita.

Entrevista a Blandine Lenoir y Agnès Jaoui

Entrevista a Blandine Lenoir y Agnès Jaoui, directora y actriz de “50 primaveras”. El encuentro tuvo lugar el viernes 14 de julio de 2017 en la terraza del Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Blandine Lenoir y Agnès Jaoui,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Javier Asenjo de Surtsey Films, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

50 primaveras, de Blandine Lenoir

LA VIDA EMPIEZA HOY.

Aurore Tabort acaba de cumplir los 50 tacos, divorciada y madraza, vive con su hija pequeña que se larga del nido familiar porque se ha enamorado de un disc-jockey, además su hija mayor le dice que está embarazada, y para más inri, dimite de su trabajo como camarera por desavenencias con el imbécil de su nuevo jefe. Ante esa sucesión de diversos frentes en su existencia, y no queda ahí la cosa, porque está empezando a sufrir la menopausia, es decir, sofocos, mareos, malestar y otros cambios que sufren las mujeres maduras a cierta edad. Y en ese estado, en ese período de transición, Aurore, por casualidad, se encuentra a su amor de juventud, aquel que abandonó para casarse con su mejor amigo. Así, de esta manera, en un momento de cambios profundos, sitúa la directora Blandine Lenoir su película, mujer de amplia trayectoria, tanto como actriz, que trabajó en un par de películas de Gaspar Noé, y como directora, autora de diez cortos, antes de de debutar en el largo con Zouzou (2012) también ambientada en la familia, y con un caso parecido a la que nos ocupa, en ésta, un padre sesentón informa a sus tres hijas y nieta que se había enamorado de un hombre, el cisma que provocaba en el seno era de órdago, como la situación que vive Aurore.

Agnès Jaoui, maravillosa actriz y directora, que junto a Jean-Pierre Bacri ha dirigido excelentes comedias sobre amigos como Para todos los gustos (2000) o Como una imagen (2004), entre otras, encarna a la heroína cotidiana de esta tragicomedia de Lenoir, que captura con sinceridad y mucha honestidad, los avatares de las mujeres maduras, su posición en la vida, sus alegrías y también sus tristezas, mezclando con sabiduría tanto los momentos cómicos, que los hay, como aquellos que nos arrancan alguna lágrima, pero no lo hace desde la condescendencia, ni mucho menos, sino desde las emociones, desde el respeto hacía sus personajes, porque el microcosmos de Aurore, donde las mujeres muestran una solidadridad entre ellas sin límites, además de sus dos hijas, lo componen una amiga fiel, sus nuevas jefas que son un grupo de abuelas con gran vitalidad, el padre de sus hijas, un tontolaba de mucho cuidado, algún amante que le llena algo, y sobre todo, el primer amor, ahora convertido en atractivo cincuentón, que ella, Aurore, parece negarse a una segunda oportunidad, a creerse que su vida es cuidar a los demás, y no cuidarse a ella misma, como si su vida ya no necesitase emociones sentimentales, como si ya se hubieran extinguido, pero quizás las cosas no son así, y Aurore todavía tiene mucha vida por delante, y puede sentir esas cosas que hace tiempo ya no siente, esas cosas que no solamente le hacen sentir bien a uno, sino que le dan nuevas experiencias vitales.

Una película cercana y emocionante, que tan bien saben construir la cinematografía francesa, con vocación popular, pero que saben hacernos reflexionar, y conmovernos con muy poco, con una cotidianidad de aquí y ahora, capturando la vida de esas ciudades provincianas, alejadas de las grandes ciudades, con su vida de cada día, sin aparentemente sobresaltos. Lenoir ha construido un relato sincero, atrevido, y profundamente bello, donde su cámara se mueve entre sus personajes de forma cálida, penetrando en su cotidianidad,  que pone el foco en las mujeres maduras, en sus problemas y sentimientos, sus conflictos internos y aquellos que experimentan mientras su vida está cambiando, en la que su cuerpo está sufriendo cambios que les afectarán y les hará plantearse su existencia de un modo completamente diferente, y ahí, la interpretación de Agnès Jaoui, es una auténtica delicia, porque sabe componer un personaje frágil y fuerte, a la vez, intenso y delicada, con sus dudas y su humanidad, haciéndonos sentir participes de toda su complejidad y entiendo todo los conflictos, tanto internos como exteriores, que está experimentando en su vida. Una vida que no termina ahí, sino que empieza a partir de ese momento, experimentando nuevas situaciones.