Pearl, de Elsa Amiel

LA SOLEDAD DE LA CULTURISTA.   

“La belleza exterior no es más que el encanto de un instante. La apariencia del cuerpo no siempre es el reflejo del alma”.

George Sand

La película se abre a través de un plano secuencia donde la cámara sigue a Al (un personaje sesentón que lo fue todo en el mundo del culturismo, y ahora, se dedica a trabajar con jóvenes valores como Léa Pearl). Un plano largo que observa e inspecciona en el lugar, por el que vamos accediendo a los diferentes espacios donde se desarrollará la película, en los que vemos a diferentes culturistas preparándose para el campeonato que se celebrará en el hotel donde nos encontramos en 48 horas. Esas imágenes se nos van intercalando con las partes del cuerpo de Léa Pearl, fragmentadas y cortantes, mientras escuchamos la estruendosa y pegadiza música que acompaña a Al, y la agitada respiración de Pearl mientras trabaja su cuerpo. Un inicio brutal y atmosférico, que seguirá en toda la película, donde nos encontraremos muchas sombras, habitaciones oscuras, paseos por el espacio del hotel, cuerpos esculturales en bañador, y el ruido de música eléctrica, acompasadas por las respiraciones de los culturistas.

La directora Elsa Amiel (París, Francia, 1979), había dirigido un par de cortometrajes sobre un boxeador olvidado y el amor intenso de una pareja, y posee una larga trayectoria como asistente de cineastas tan nombrados como Raoul Ruiz, Mathieu Amalric, Bertrand Bonello y Julia Bertucelli, entre muchos otros. Con Pearl, Amiel construye una ópera prima insólita y audaz, llena de sensibilidad y crudeza, escrita en colaboración con Laurent Larivière, donde sobresale una planificación formal absorbente y ejemplar,  muy fragmentada en una primera mitad, y luego, planos más abiertos en su segunda parte, donde la tensión, las máquinas y el ruido van dejando espacio más a las miradas, a las personas y los gestos. Un grandísimo trabajo del cinematógrafo Colin Lévêque, del que habíamos visto su estupendo trabajo en blanco y negro en Fortuna, de Germinal Roux, donde impera una atmósfera densa e intensa, donde todo brilla alrededor de la protagonista, acentuado por la soledad y el aislamiento en la que vive la protagonista. Como su cortante y abrumador montaje de Sylvie Lager & Carolina Detournay, el portentoso trabajo de sonido de Marc Von Stürler, y la música de Fred Avril, que ayudan a integrase en la piel, el cuerpo y el alma de una mujer isla.

Pearl es una historia que habla de muchas cosas: el universo desconocido del culturismo y el de las mujeres que se dedican a esta disciplina, la identidad femenina, que huye completamente de lo normativo, y descubre formas de ser, sentir y estar que nada tienen que ver con esa idea de la mujer que nos han impuesto desde la sociedad capitalista, también, nos habla de toda la soledad y las sombras que suelen ir de la mano del éxito, de los tremendos sacrificios corporales y mentales del culturista, de la adicción a la perfección de un cuerpo que constantemente se trabaja, se machaca y se consume para lograr el éxito cueste lo que cueste, y sobre todo, la película nos habla de quiénes somos, de todo ese pasado del que constantemente huimos, y del abismo al que nos enfrentamos diariamente por no enfrentarnos a los demás y a nosotros mismos, por ser quiénes queremos ser. Amiel construye una película llena de neón, de ruido y de espectáculo, pero mostrando el backstage de toda esa fiesta, que nada tiene que ver con todos los aplausos, la pasta y el reconocimiento.

Una película de aquí y ahora, que se encuadra en esas 48 horas límite, con un personaje como Léa Pearl, que arranca siendo un cuerpo para ir convirtiéndose en una mujer, a raíz de la inesperada visita de su ex novio Ben, un tirado impulsivo que rechaza toda esa vida de apariencia en la que vive Pearl, y aparece con Joseph, el hijo de ambos, de seis años, que la mujer lleva cuatro años sin ver. El pasado llega y tensiona a Pearl, la desconcentra, la aparta de su vida, del campeonato, de Al, y la devuelve de golpe a ese pasado que nadie conoce, un pasado que le hará replantearse toda su existencia, porque el cuerpo, su herramienta de vida pasa a un segundo plano y florece la mujer y luego, la madre. La cineasta parisina cimenta su película de 82 minutos en su protagonista, en su interior, nunca se detiene en los porqués de la situación, sino que mueve a sus personajes a medida que se va generando el conflicto, porque el relato va construyéndose, sin saber muy bien adónde nos llevará todo, tampoco se detiene en mostrar el motivo de los personajes, solo los vemos actuar, ir de aquí para allá, centrándose eso sí en Pearl, que antes era Julia, donde lo cotidiano a veces toca el fantástico, en que el drama es sutil, casi imperceptible, con unos personajes varados, tanto Al, que lo fue todo, y ahora, tullido, se arrastra por un mundo, su mundo al que le queda poco, al igual que el personaje de Serena, una antigua amante y protegida de Al, a la que los años de éxitos y sonrisas le han pasado por encima relegándola a una sombra.

Un relato tan de piel, de cuerpos, de miradas rotas, y vidas en tránsito no se sabe donde, debía tener un reparto capaz de interpretar unos personajes de los que sabemos muy poco, como sucede en los westerns, con algunas pinceladas del pasado y poco más, como Al, magistralmente interpretado por un inconmensurable Peter Mullan, que nunca está mal, un actor con múltiples registros y visto en mil batallas, Arieh Worthalter como Ben, el ex novio, un tirado de tomo y lomo, que hemos visto como actor de reparto en una treinta de títulos, la citada Serena a la que da vida una gran Agata Buzek, una actriz con muchos registros con más de medio centenar de películas en su filmografía, y por último, la gran revelación de la película, una Julia Föry que es Pearl, culturista amateur que debuta en el cine con un impresionante rol, una mujer que debe buscar su sitio, descubrir su verdadera identidad, lidiar con ese pasado convulso que ha tocado a su vida, y sobre todo, debe buscar en su interior, que mujer es ahora, y la que va a ser de aquí en adelante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

El cine de fuera que me emocionó en el 2020

El año cinematográfico del 2020 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 26 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión de un servidor, no obedece, en absoluto, a ningún ranking que se precie).

1.- EL LAGO DEL GANSO SALVAJE, de Diao Yinan

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2.- EMA, de Pablo Larraín

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3.- EL FARO, de Robert Eggers

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4.- SOBRE LO INFINITO, de Roy Andersson

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5.- LAS GOLONDRINAS DE KABUL, de Zabout Breitman y Éléa Gobbé-Mévellec

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6.- VIDA OCULTA, de Terrence Malick

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7.- LA FLOR, de Mariano Llinás

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8.- MI VIDA CON AMANDA, de Mikhaël Hers

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9.- ONE WERE BROTHERS: ROBBIE ROBERTSON AND THE BAND, de Daniel Roher

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10.. LITTLE JOE, de Jessica Hausner

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11.- ALGUNAS BESTIAS, de Jorge Riquelme Serrano

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12.- EL GLORIOSO CAOS DE LA VIDA, de Shannon Murphy

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13.- UNDER THE SKIN, de Johnathan Glazer

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14.- AYKA, de Sergey Dvortsevoy

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15.- NUESTRAS DERROTAS, de Jean-Gabriel Périot

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16.- ZOMBIE CHILD, de Bertrand Bonello

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17.- A LAND IMAGINED, de Yeo Siew Hua

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18.- NO CREAS QUE VOY A GRITAR, de Frank Beauvais

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19.- CORPUS CHRISTI, de Jan Komasa

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20.- SOLE, de Carlo Sironi

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21.- VERANO DEL 85, de François Ozon

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22.- VITALINA VARELA, de Pedro Costa

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23.- ADAM, de Maryam Touzani

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24.- BEGINNING, de Dea Kulumbegashvili

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25.- OVERSEAS, de Sung-A Yoon

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26.- MARTIN EDEN, de Pietro Marcello

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Pequeños milagros en Peckham St., de Vesela Kazakova y Mina Mileva

EL GATO DORADO.

“Algunos están más preocupados por el islam que por nuestra religión verdadera, que ya digo que es el neoliberalismo, el fundamentalismo financiero. Otra cosa es el terrorismo, y otra, la inmigración, que es uno de los efectos del neoliberalismo. Necesitamos buenas ideas sobre esas dos cosas, no tópicos”.

Hanif Kureishi

La primera vez que entendí el significado de la palabra gentrificación fue gracias al cine, a través de City for sale (2018), de Laura Álvarez, y Push (2019), de Fredrik Gertten, dos películas que profundizaban en el tema centrándose en las personas que se veían acosadas por las grandes empresas con el fin de echarlos de sus viviendas y transformarlas en apartamentos lujosos para turistas. Pequeños milagros en Peckham St., la primera película de ficción del dúo Vesela Kazakova y Mina Mileva, cineastas búlgaras que han criticado duramente las corrupciones políticas durante el comunismo y el neoliberalismo de su país, a través de personales, interesantes e incisivos documentales.

En su debut en la ficción, miran a su propio pasado y a su experiencia como inmigrantes en el Londres aparentemente cosmopolita, abierto y empático. Pero lo hacen en un contexto diferente, en ese país metido en el Brexit, con los innumerables ataques racistas a las personas inmigradas, y además, colocan el tema de la gentrificación que afecta a todos los de clase obrera, ya sean ingleses con pocos recursos e inmigrantes. A partir de estos elementos, se añade uno más, más metafórico y revelador  como la presencia de un gato que presumiblemente parece perdido y encuentra Irina, una de las protagonistas, que le reportará más de un quebradero de cabeza con sus verdaderos dueños, unos vecinos de unos apartamentos más allá. Irina, el hilo conductor del relato, una mujer búlgara que trabaja de camarera, ya que no le convalidan su experiencia como arquitecta, madre soltera de un hijo pequeño, que vive con su hermano, soltero e historiador que se da de bruces con la burocracia inglesa.

Los dos comparten un pequeño apartamento muy claustrofóbico en uno de esos barrios deprimidos de Londres, donde el alquiler se ha puesto por las nubes, y complica la vida de los que llegan al país, como se deja claro en el arranque de la historia, con ese ascensor orinado, y las malas maneras de un vecino malcarado e inglés, que choca con ella, desparramando toda la compra e increpándola. Irina intenta agrupar a los vecinos para organizar una lucha contra las malas artes del ayuntamiento, que les coloca unas ventanas a precio de oro para obligarles a marcharse. Si hay un elemento que destaca la película es su “verdad”, porque desde sus localizaciones, todas reales, que consiguen esa asfixiante y depresiva existencia en la que pululan los personajes, interpretados por una audaz mezcla de intérpretes profesionales con personas de la calle, dotando a cada encuadre y detalle de la película una grandísima verosimilitud, que nos recuerda a una interesante e inteligente mezcla que va desde las mejores películas sociales del cine británico como las de Ken Loach, Mike Leigh y aquellas del “Free Cinema”, y esa mirada mordaz y crítica de las comedias de los estudios Ealling, que deslumbraron el mundo alrededor de los cincuenta y principios de los sesenta.

Kazakova y Mileva nos explican los conflictos que planean en su película de forma contundente, muy cercana y sin adornos de ningún tipo, todo lo que se cuenta tiene alma, tiene vida, y sobre todo, no tiene solución, porque las formas salvajes del neoliberalismo son así en cualquier parte del mundo, y las pobres gentes deben hacer frente a él, y raras veces consiguen algo. Pequeños milagros en Peckham St., que tiene el título original “El gato en la pared”, excelente metáfora de la vida de Irina y los demás vecinos, que se encuentran sin salida, enclaustrados en una pared que los ahoga por todos los lados. La película conjuga con frescura y sinceridad ese juego tragicómico que sirve para explicar una realidad durísima en un entorno muy cotidiano donde el humor negrísimo va contaminando las situaciones y los conflictos que se generan. Es una cinta que huye de cualquier atisbo de condescendencia y sentimentalismo hacia los personajes, sino todo lo contrario, mostrándonos personas reales, las que nos podemos cruzar cada día en una gran ciudad, con sus conflictos personales y sobre todo, sociales, con sus problemas cotidianos y la lucha diaria por sus ilusiones y esperanzas por una vida mejor.

Kazakova y Mileva han construido una película extraordinaria, desarrollando ese cine social, tan difícil de plasmar en la pantalla, sin caer en el panfleto y en los cutres temas de superación de muchas películas, aquí se cuenta una historia, una historia en la que también hay humor negro, porque dentro de cada drama siempre hay un resquicio de absurdo, como mencionaba el gran Chaplin: “Mirada de cerca, la vida es una tragedia, pero vista de lejos, parece una comedia”. Las cineastas búlgaras saben extraer todo el talante humano y social de una película que nos habla sin tapujos de un presente demoledor, donde el trabajo y la vivienda, pilares de la existencia, se ven abocados al desastre total, y a una forma consumista atroz y triste donde la humanidad, si es queda algo de ella, será testigo de las espeluznantes actividades de los poderosos, seres narcotizados por el dinero como una vía de generar riqueza a costa de muchas vidas e ilusiones de la gran mayoría. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Javier Tolentino

Entrevista a Javier Tolentino, director de la película “Un blues para Teherán” en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el viernes 7 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Javier Tolentino, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Fernando Lobo de Surtsey Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Un blues para Teherán, de Javier Tolentino

CANCIONES PARA CONOCER UN PAÍS.  

“La cultura es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y de vivir”.

Milan Kundera

La película se abre con unos planos que podrían ser de cualquier película de Abbas Kiarostami, con ese río, sus pesadores, esos caminos curvilíneos, la vida y las gentes del mundo rural, la cotidianidad y la intimidad de la vida, para pasar luego a plena urbe de la mano de Erfan Shafei, nuestro guía físico y espiritual por este viaje por la música y la cultura tradicional iraní, en un momento glorioso a bordo de su automóvil, en una película que nos remite a una de las últimas de Jafar Panahi, mientras a grito pelao canta el tema “Ashianeh”, de Reydoon Farrokhzah, una canción pre-revolucionaria que suena de su casete. Dos instantes únicos y espectaculares para abrir Un blues para Teherán, el sentido, personal y sincero homenaje de Javier Tolentino al cine y la cultura iraní, nacida de su fascinación por el cine de Irán, con los citados nombres a los que habría que añadir los de Mohsen Makhmalbaf, Dariush  Mehrjui,  Bahman  Ghobadi  y Mohammad Rasoulof, entre otros. Un cine que ha copado muchas horas de radio en el mítico programa que ha conducido Tolentino desde hace más de dos décadas. Un cine sobre la vida, la cotidianidad y la cultura iraní, lleno de poesía, sabiduría y talento, que, curiosamente, no tiene apenas música.

Tolentino nos ofrece un viaje por sus lugares, tanto del universo rural como urbano, acompañados de su música, sus gentes, como ese impagable momento en que un pescador explica su día a día, reflexionando sobre su familia, el trabajo y la sociedad iraní, o aquellos otros en los que músicos tradicionales muestran su arte, como la actuación de Golmehr Alami, que reivindica su derecho a mostrar su música y su cante, porque en el país se prohíbe la música a las mujeres. Erfan es el guía de este peculiar viaje musical por Irán y Kurdistán, un joven kurdo, que ha tenido que parar el rodaje de su película, por las restricciones y absurdas leyes de Irán, que también le escucharemos tocar y cantar, enfrentado a un futuro difícil, y no sabe nada del amor. La película nos habla de música, de compositores e intérpretes, y claro está, de seres humanos, y política, pero lo hace desde lo humano, como diría Gramsci, desde la vida y la naturaleza, como esos instantes de aves, ríos y mar, donde parece que el tiempo se detiene, donde la intemporalidad del cine iraní va contagiando la película, llevándonos hacia un estado espiritual sin dejar de tener los pies en la tierra.

La película tiene el aroma que recorrían Canciones para después de una guerra (1976), de Patino, y el viaje musical que proponía Cruzando el puente: los sonidos de Estambul (2015), de Fatih Akin, y el inicio de Cold War (2018), de Pawlikowski, donde sus protagonistas grababan música tradicional, retratos íntimos y muy personales de una tierra a través de su música, sus canciones, sus gentes, sus formas de vida, y sobre todo, sus lugares en el mundo, esa cotidianidad llena de trabajo, de política, y de vida. La película tiene momentos alucinantes como ese instante nocturno donde vemos Teherán mientras suena ese fantástico blues “Nostalgia de Teherán”, que ha compuesto especial para la película Walter Geromet, o ese otro, en la barbería, donde Erfan crítica las estúpidas leyes de Irán que le impiden contar con un inversor extranjero para su película, y la razón que en el cine iraní no haya música, y ese otro instante en que el propio Erfan habla del amor con su amiga, o la secuencia divertidísima junto a sus padres y el loro. Una parte técnica de primer nivel con las aportaciones de la extraordinaria luz del cinematógrafo Juan López, que sabe captar la belleza que transmiten los espacios iraníes, el inmenso trabajo de sonido de una grande como Verónica Font, y el magnífico trabajo de montaje de un excelso Sergi Dies, captando el ritmo de lo visual, sonoro y paisajístico del film.

La magia y la honestidad que emanan de las imágenes poéticas y de verdad de Un blues para Teherán,  la convierten en una de las películas de la temporada, por su sencillez y complejidad, por su amor al cine, a la música y al cultura iraníes, y sobre todo, a la vida, como el sentido fragmento del poema que escuchamos extraído de “El pájaro era solo un pájaro, y otros poemas”, de Forugh Farrojzad, la maravillosa poetisa y autora de una de las grandes obras del cine iraní como La casa es negra (1962). La opera prima de Javier Tolentino, coescrita con Doriam Alonso, es un inolvidable viaje musical y vital por Irán y sus gentes, encontrándonos con las diferentes formas de vivir y sobre todo, de expresarse a través de la música, capturando la idiosincrasia de sus gentes, con esa poesía que tanto anidaba en el cine iraní que enamoró a Tolentino y daba buena cuenta en su libro “El cine que me importa”. Todo ese amor es ahora devuelto en una retrato-relato que pretende asomarse de forma sencilla e íntima a todo ese universo y cultural que se oculta en un país dominado por un régimen autoritario, donde sus gentes encuentran su espacio o su libertad en la música, esa herramienta indispensable para conocer, conocerse y sobre todo, relacionarse con los demás, y con uno mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vivir sin nosotros, de David Färdmar

AMAR A QUIÉN YA NO TE AMA.

“Cuando uno ama todavía, es muy doloroso no ser amado; pero esto no es nada comparado con el tormento de ser amado cuando ya uno ha dejado de amar”

Georges Courteline

¿Qué ocurre después del amor? La devastadora sensación que uno experimenta cuando la persona que ama le comunica que ya no le ama, es una sensación que no se puede explicar con palabras. Una sensación que tampoco se puede olvidar, un antes y después de todo, es el momento crucial en que todo va a cambiar, todo se tornará de otro color, olerá de otra forma, los rostros y los cuerpos devendrán otro cariz, otra cosa, y el amor, o lo que se creía por amor, empezará su largo proceso de desamor, de empezar a reconstruirse emocionalmente, un largo recorrido que todavía se desconoce su destino por completo, un largo viaje para volver a uno y olvidarse del otro, de aquel que nos dejó de amar, o simplemente, creyó amarnos.

La opera prima de David Färdmar (Frölunda, Göteborg, Suecia, 1972), después de años dedicado a componer repartos, y dirigir dos películas cortas de gran éxito internacional, es una película que llama la atención desde su particular título, Are We Lost Forever (“Nos hemos perdido para siempre?”, en el original), lanzando “la pregunta”, una cuestión que no solo consigue acercarse a esa sensación del desamor cuando el amor se acaba, o mejor dicho, cuando la relación se acaba, porque el amor no es cosa racional, y seguramente, si existió, no depende de lo que pensemos o analicemos, sino de otros factores que se escapan de cualquier tipo de entendimiento. La primera imagen de la película resulta clarificadora de lo que nos contará, una pareja homosexual incorporados en una cama, con las miradas perdidas, después de que uno de ellos, Hampus, le haya comunicado a Adrian que la relación se terminó. Esos instantes de después, cuando el tiempo se detiene, cuando todo cambia de forma, de color, incluso de olor, cuando la persona que lo era todo, se convierte en alguien que ha comenzado a alejarse, ¿Será para siempre?, como explicará la película.

Färdmar compone un sensible e intimista pieza de cámara, describiéndonos la dificultad de decir adiós, tanto para el que deja como para el que sigue amando, en este proceso de idas y venidas, de llamadas a deshoras, de ataques de ansiedad, de no saber qué hacer ni adónde ir, de convertirse en otro, de una batalla entre lo que sientes y lo que racionalizas, entre lo que debes hacer y lo que no, entre la dignidad y el amor que sientes, en un torbellino infinito de emociones, gestos y demás acciones corporales y emocionales, en no saber qué ni nada. El director sueco construye con acierto y sinceridad todo esas batallas emocionales que experimentamos en una situación así, porque su película habla del amor cuando se acabó, y también, del desamor, ese desamor que todavía nos ata a la otra persona, o mejor dicho, a lo que teníamos con esa persona, y la película describe con minuciosidad y tacto toda esa reconstrucción emocional que debemos hacer para seguir en nuestro camino, y sobre todo, darnos cuenta que nada ni nadie nos salvará de nada, excepto nosotros mismos, y que el amor, o lo que creemos por amor, va y viene, o lo que es lo mismo, es demasiado inestable y vulnerable, y el verdadero amor, el amor de nuestra vida, somos nosotros mismos, elemento importantísimo que tardamos demasiado en descubrirlo.

El buen reparto que convoca Färdman con las presencias de Björn Elgerd como el desdichado y a tribulado Adrian, demasiado hermética y ensimismado en sí mismo, el dominador y de difícil convivencia, que debe aceptar su derrota y reencontrarse consigo mismo. Frente a él, Jonathan Andersson, que da vida a Hampus, el que deja, no porque haya dejado de amar, sino porque la relación con Adrian no puede ser, demasiado incompatibles, y sobre todo, faltos de comunicación. El cineasta sueco brilla en los diálogos y en las composiciones-cuadro de los encuentros y desencuentros, en ese limbo en el que se encuentran los dos protagonistas, en ese apego emocional que deben aprender a dejar, tanto el que deja como el dejado, en este duelo del amor, envueltos en el desamor, en esa otra forma de amar, de recordar lo que fue y ya no será, en todos esos momentos felices y amargos, que también los hay, en esa imperfección y locura que sentimos cuando creemos que nos enamoramos, y sobre todo, en esa catarata de emociones, sensaciones y no saber qué, porque en el amor como ocurre en todo lo que experimentamos en la vida, no solo hay que estar preparado para lo que nos resulta agradable, sino también, y más fundamentalmente, hay que estar preparado, y sobre todo, aprender, a estar triste, a dejar ir, y desamar, aunque está cuestión no sé si es posible, aunque conseguir algo que es sumamente importante para nuestras existencias, que consigamos con tiempo y paciencia, que deje de doler cuando recordemos aquello que vivimos con nuestro amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La gomera, de Corneliu Porumboiu

SI ME NECESITAS, SILBA.

“Ni aún permaneciendo sentado junto al fuego de su hogar puede el hombre escapar a la sentencia de su destino”.

Esquilo de Eleusis

El régimen corrupto y militarizado de Ceausescu, que durante más de cuatro décadas gobernó autoritariamente Rumanía, ha sido objeto de estudio, investigación y crítica en el llamado “Nuevo Cine Rumano”, cineastas como Cristian Mungiu, Radu Muntean, Cristi Puiu, Anca Damian, y Corneliu Porumboiu (Vaslui, Rumanía, 1975), han construido películas de corte social, muy apegadas a la realidad, comedias para hablar de temas muy serios, con toques de humor negro, sátira y esperpento, mirando a la historia reciente de Rumanía, que les ha valido un espacio muy reconocido en los festivales  internacionales más prestigiosos de todo el mundo. Poromboiu ha creado hasta la fecha algunas ficciones de la talla de 12:08 al este de Bucarest (2006), Policía, adjetivo (2009), Cae la noche en Bucarest (2013), y El tesoro (2015), amén de un par de documentales relaciones con el fútbol.

Ahora, nos llega La gomera, que nos traslada a la isla de las Canarias, y nos enfrenta a Cristi, un policía demasiado serio, amargado y completamente a la deriva, alguien que en su día creyó en algo, pero ahora mismo, todo eso se ha esfumado. Cristi trabaja para la policía, pero también para el narcotráfico, es una especie de pistolero sin rumbo ni vida, al estilo de esos vaqueros que tanto han pululado por esas llanuras, como el John Wayne de Centauros del desierto, a la que se homenajea en la película, que el único consuelo que encuentra es con su madre, el personaje más libre y cercano de todos los que aparecen en la película. En la Gomera se reencontrará con Gilda, una mujer bellísima, elegante y muy enigmática, de la que está profundamente enamorado, pero, Gilda, al igual que Cristi, juega sus cartas y todas están marcadas. En la isla se pondrá a las órdenes de Paco, un gánster que más parece un gentleman, escapando así del estereotipo del matón al uso. Todo gira en torno a Zsolt, un turbio businessman que conoce el paradero de 30 millones de euros.

Porumboiu construye su película más de género, un film noir en toda regla, pero subvirtiendo las narrativas y estructuras del asunto, porque juega a muchas cosas, creando una mezcla de géneros más que evidente, muy al servicio, eso sí, al juego psicológico de los personajes, donde todos se mienten, se ocultan, y nunca acabas por reconocer ni intuir sus próximos movimientos y alianzas. La gomera tiene el regusto de ese cine policíaco clásico, desde Tener y no tener, de Hawks, con ese silbido, ya que el famoso silbo gomero tendrá una importancia capital en los tejemanejes que se traen los fuera de la ley, o Gilda, con la clara referencia en el nombre de la protagonista, una femme fatale en toda regla, o el universo de Melville, con ese Cristi muy cercano a Lino Ventura o el maduro Jean Gabin, de hecho se hace mención a una famosa película rumana policiaca de mediados de los setenta. Porumboiu nos sitúa en la isla, que se retrata de forma abstracta, casi de una forma espiritual, muy alejada a esa idea de paraíso que tenemos, si no todo lo contrario, una especie de paraíso, si, pero perdido, más cerca del infierno, con esa maravillosa luz etérea y naturalista de Tudor Mircea, cinematógrafo habitual del director.

Contada a través de episodios que cada lleva el nombre de los personajes principales, en los que iremos conociendo más sobre ellos, sin llegar a conclusiones evidentes de sus verdaderas intenciones, porque todos se investigan y se persiguen unos a otros, con un exquisito y fragmentado montaje de Roxana Szel, en casi toda la filmografía de Poromboiu. Misterio, y sobre todo, humor, como no podía faltar en una película del director rumano, peor ese humor a lo Buster Keaton, muy serio, muy negro, y muy en consonancia con las situaciones ridículas que se van dando en la película. La gomera guarda muchas similitudes a la trama que planteaba Kurosawa en Yojimbo, con ese juego a dos y tres bandas, o incluso más, que muy bien no se sabe a qué lugar nos llevará todo este tinglado, desde la música que recorre estilos tan diferentes como el pop de Iggy Pop, las rancheras de Lola Beltrán o la clásica de Richard Strauss, entre otros. Protagonizada por unos gánsteres muy atípicos, que usan el silbo gomero para fines criminales, una policía que lleva una operación que graba todos los movimientos de Cristi, porque desconfían de él, una mujer arrolladora, peligrosa y llena de misterio, que no resulta un buen cómplice para este embrollo, unos secuaces que nos e andan con hostias, y por último, un “macguffin”, en forma de tipo corrupto y un montón de pasta, oculta como un tesoro que hace ir y venir a todos los personajes en litigio.

Un reparto heterogéneo y a la altura de la acción planteada, como no podía ser menos. Tenemos a Vlad Ivanov como Cristi, un habitual en el universo de Porumboiu, la mujer es Catrinel Marlon, bella y de armas tomar, como toda mujer metida en un asunto masculino, o muerdes o te muerden, Rodica Lazar como la jefa de policía, otra mujer de órdago, tan fría y calculadora como se espera de una representante de la ley, que para los negocios oscuros sale al pasillo porque dentro del despacho también la observan, Antonio Buíl, actor oscense afincado en Suiza, de gran trayectoria teatral, es Kiko, un matón de esos al servicio de la causa de Paco, que interpreta magistralmente un Agustí Villaronga, que a su gran carrera como director, añade algunas intervenciones, pero no lo veíamos en un rol más extenso desde Perros callejeros II, cuando hacía de mangui que intentaba pirulear al Torete. The Whistlers (Los silbadores, en su título internacional), nos remite a aquella maravilla que supuso Los timadores, de Frears, una de esas magníficas reinterpretaciones del film noir clásico, adaptándolo a los nuevos tiempos, los noventa de entonces, y en el caso de la película de Porumboiu, a los actuales, convulsos, raros y tan extraños como todo lo que se cuece en la trama. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La chica del brazalete, de Stéphane Demoustier

FLORA ERA MI MEJOR AMIGA.

“Nunca permitas que el sentido de la moral te impida hacer lo que está bien”.

Isaac Asimov

Un día de playa en familia, todo parece ir de forma natural y agradable. De repente, todo va a cambiar, y va a cambiar para siempre. Una pareja de gendarmes se acerca a la hija adolescente y después de intercambiar algunas palabras con los padres, se la llevan esposada. La cámara está alejada, registrándolo todo en plano secuencia general, no escuchamos lo que dicen los personajes, no hace falta, todo lo que ocurre se entiende. Es el primer instante de la película, un momento en que deja claro el devenir de las imágenes, donde se impone la austeridad, la cercanía sin adoptar ningún posicionamiento moral, ni nada que se le parezca, y sobre todo, la ruptura familiar entre los padres y su hija adolescente acusada de asesinato. El tercer trabajo como director de Stéphane Demoustier (Lille, Francia, 1977), nos habla de Lise, una joven de 17 años acusado de asesinar a Flora, su mejor amiga, inspirado libremente en el caso mediático de Amanda Knox que, con 20 años, fue acusada de matar a su compañera de habitación en Italia.

El relato arranca dos años después de la detención de Lise, cuando se celebra el juicio, que abarca la mayoría del metraje de la película, adoptando el punto de vista de los padres, que defienden a ultranza la inocencia de su hija. Demoustier nos posiciona en el centro del juicio, pero en el lado del público, convirtiéndonos en el otro jurado popular, con lo cual también acabaremos con otro veredicto, aunque la película va muchísimo más allá, el conflicto no reside en el típico drama judicial estadounidense que deriva en conocer la inocencia o culpabilidad del acusado, no, ni mucho menos, la cuestión radica en dos elementos sumamente importantes. Por un lado, la compleja relación entre los padres y su hija, la distancia y la confusión que se va generando entre ellos, y la indefensión y terror de unos progenitores que nunca llegarán a conocer de verdad a su hija. Y por el otro, el cuestionamiento moral del juicio por la vida sexual liberal de la acusada, hecho en que la implacable fiscal basa sus acusaciones.

En el juicio no solo se cuestiona la vida sexual de una adolescente, sino el hecho de ser mujer y tener esa posición ante el sexo, ya que si fuese hombre la cosa cambiaría completamente, porque la conducta sexual de un hombre se acepta en todos sus términos, sea cual sea. Demoustier logra una mezcla poderosísima entre sensibilidad y dureza, entre la frialdad y la intimidad, y sobre todo, un retrato lleno de muchas oscuridades y secretos entre padres e hija, cada vez más alejados y desconocidos. El conflicto avanza de forma magistral, con esa tensión que va rasgando la vida de los padres, que cada vez se sienten más perdidos y frágiles ante los hechos que se van sucediendo en la sala, mientras, Lise defiende su vida sexual, su libertad y su identidad, ante una fiscal que le recrimina una conducta moralmente no aceptada, donde el brazalete del título, que porta la acusada, deviene un objeto-yugo psíquico que todavía acarrea una sociedad que defiende una libertad aceptada por una moral conservadora que defienden como correcta.

Una película de estas características necesitaba un reparto sobrio, delicado y muy competente, como lo demuestran unos intérpretes en estado de gracia que, defienden con soltura y aplomo las complejidades de sus personajes, empezando por Anaïs Demoustier como fiscal moralista y encabezonada en una tesis acusatoria basada en la vida disoluta de la acusada, con los Roschdy Zem y Chiara Mastroianni como los padres de la protagonista, en posiciones muy alejadas frente a la acusación de su hija, detalle importantísimo para el devenir de la trama, y finalmente, Melissa Guers en el rol de Lise, debutante en el cine, que destaca por su mirada y gesto, en un personaje callado y sombrío que apenas explica lo que le sucede y mantiene un secretismo perturbador. Si recuerdan la película La herencia del viento (1960), de Stanley Kramer, un excelente drama judicial en que se confrontaba la teoría de las especies de Darwin contra el creacionismo, lo humano contra el dogma, lo liberal contra el conservadurismo, las mismas cuestiones que expone con detalle, intimidad y magnificencia La chica del brazalete, porque no se acusa a alguien de asesinato, sino que su vida sexual liberal, muy contraria a los cánones morales aceptados por la sociedad, la convierten en una asesina, quizás el progreso científico y tecnológico de la sociedad no debería ser solo económico, sino también, de reflexión y pensamiento, que hace más falta, ya que nos haría a todos más libres, y sobre todo, mejores personas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Más allá de las palabras, de Urszula Antoniak

DE AQUÍ Y DE ALLÍ.

“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”.

Jorge Luis Borges

El imaginario cinematográfico de Urszula Antoniak (Czestochowa, Polonia, 1968), es intrínseco a su vida personal, a su condición de inmigrante, ya que, la directora polaca lleva residiendo en los Países Bajos hace veinte años, y su identidad, la polaca y la neerlandesa conviven, se mezclan y confunden. Su cine está construido a través de esta dualidad, entre la identidad pasada y la actual, entre lo que fuimos y lo que somos, y como nos relacionamos con los otros, y sobre todo, con nosotros mismos. En sus cuatro trabajos, filmados en Holanda, siempre conviven dos personas, dos almas muy diferentes entre sí, que por una serie de circunstancias deberán conocerse y relacionarse. En Nada personal (2009), una joven solitaria empieza a vivir en una isla remota junto a un hombre más mayor, en Code Blue (2011), una enfermera acompañante de los pacientes terminales, se siente atraída de forma intensa por un extraño, y en Nude Area (2014), relataba la complicada relación entre una holandesa y marroquí.

En Más allá de las palabras, nos trasladamos a Berlín, y conocemos a Michael, un joven inmigrante polaco, que ha conseguido el éxito como abogado en uno de los bufetes más prestigiosos de la ciudad, haciendo alarde de extremada soberbia y narcisismo. Su relación con Franz, su jefe, apenas unos años más que él, es fraterna y cómplice. En Michael apenas quedan rastros de su origen polaco, y vive como un alemán más. Aunque, toda esa vida aparente y tranquila, se verá fuertemente sacudida con la llegada de Stanislaw, que dice ser el padre de Michael, un padre al que el joven consideraba muerto. Dos seres muy diferentes, ya que el supuesto padre es un amargado y bohemio  músico que no encuentra su lugar. Distancia que se verá reflejada en la semana que pasan juntos, entre complicidades y rechazo. A partir de ese instante, la existencia de Michael se tambalea, entrando en una espiral de crisis de identidad, de la pérdida de valores y una búsqueda desesperada hacia no sabe bien que, en que el joven se verá bastante perdido, sin saber realmente cual es su lugar y a donde pertenece, cruzando al otro lado, conociendo a los “otros” inmigrantes, abandonando su posición social y enfrentándose a una más baja, en su particular descenso a los infiernos.

La cineasta polaca enmarca su relato sobrio y aparentemente sencillo, en un espectacular blanco y negro, de factura impecable, y visualmente acogedor y elegante, un grandioso trabajo que firma el cinematógrafo Lennert Hillege, que recuerda a grandes trabajos como el de Oh Boy (2012), de Jan Ole Gerster (también filmada en Berlín y con la presencia de un joven perdido encontrándose) o Ida (2013), una joven novicia que descubre el pasado trágico familiar o Cold War (2018), una difícil historia de amor fou en pleno telón de acero, ambas de Pawel Pawlikovski, y el extraordinario trabajo de edición de Milena Fidler (editora en muchas películas de Andrzej Wajda), consiguen atraparnos en su belleza y tristeza, donde la vida dual de Michael queda reflejada en cada espacio y tono, desde su moderno apartamento, al igual que las oficinas y restaurantes que frecuenta, pasando por el otro lado, esos lugares más oscuros y pertenecientes a otro ambiente social, que visitará junto a su resucitado padre.

Antoniak nos seduce a través de lo emocional, construyendo una película desde lo más profundo, desde todo aquello que no se dice y que ocultamos, a través del presente inmediato, que nos irá revelando el pasado del protagonista, pero siempre de forma sutil e interlineado, en que la frase: “Cambiar la perspectiva permite descubrir cosas nuevas”, que mencionará Michael al inicio de la película, supondrá una revelación a todo aquello que experimenta el personaje principal. Un buen reparto, que actúa de manera sobria, en un relato íntimo con interesantes y complejos personajes, encabezados por el personaje de Michael, estupendamente interpretado por Jakub Gierszal, alguien que se ha construido una identidad extranjera y exitosa, y muy alejada de sus orígenes, pero la identidad pasada, que queda muy bien reflejada en la relación con su padre, y sobre todo, en la formidable conversación entre él mismo, su padre y su jefe, en la que él va traduciendo del polaco al alemán y viceversa.

Y el resto del reparto, que acompaña con sentido al protagonista, como el experimentado Andrzej Chypra como su padre “de entre los muertos”, un tipo desorientado y vaciado, que parece cansado de todo y todos, Christian Lüber como Franz, ese jefe-amigo, amigo y espejo de la persona que quiere ser Michael, y finalmente, Alin, a la que da vida Justyna Wasilewska, la camarera polaca que mantiene una íntima atracción con Michael, que vivirá su personal catarsis al descubrir su “otra” identidad. Urszula Antoniak convence con su mirada y perspectiva diferente sobre la inmigración, cambiando la posición desde donde se mira, desde otro ángulo, desde una posición social privilegiada, un lugar poco utilizado por el cine, a partir de una actitud crítica y profunda de la identidad, de aquello que dejamos y que somos, y lo nuevo, que también somos. Un reflejo que, a veces, puede resultar muy confuso y oscuro, que nos posicionará realmente en el lugar que nos corresponde, sin dejar de ser quienes somos, y sobre todo, sin olvidar de dónde venimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Beginning, de Dea Kulumbegashvili

EL ABISMO DE YANA.

“Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”

Friedrich Nietzsche

La película se abre de una forma salvaje y terrorífica. En el interior de una pequeña iglesia de Testigos de Jehová (opción minoritaria religiosa en Georgia), en la pequeña localidad de Lagodekhi, localizada en la parte inferior de la cordillera del Cáucaso, en la frontera con Azerbaiyán. Mientras los fieles escuchan al líder religioso, unos desconocidos lanzan unos artefactos incendiarios que dejará la iglesia reducida a escombros. Después, el relato se centra en Yana, la esposa de David, el líder religioso, y Girogi, el hijo de ambos. La película sigue a Yana, una mujer relegada al ámbito de esposa y madre, alejada de sus deseos personales, una mujer que sufrirá un cambio, y le llevará a un camino sin retorno, donde experimentará todo aquello interior que se mantiene oculto y encerrado.

La opera prima de Dea Kulumbegashvili (Lagodekhi, Georgia, 1986), es un cuento moderno de aquí y ahora, que nos habla de intolerancia, pequeñas y aisladas comunidades, centrado en la figura de una mujer, que parece que tiene todo lo que quería, pero nos daremos cuenta que todo es apariencia, que dentro de ella, las cosas claman hacia otras cosas, de alguien perdido, de alguien que se siente atrapada en un rol que no ha elegido, en el epicentro de una comunidad pequeña, aislada y perseguida. La directora georgiana nos sumerge en la mirada y el cuerpo de Yana, siguiendo con su cámara el periplo del personaje, enfrascado en un viaje interior y personal de proporciones inciertas. La película usa el formato cuadrado, un encuadro quieto, a partir de planos secuencias, en que la cámara apenas se mueve, en tres instantes contó el que suscribe, consiguiendo ese estado donde el personaje detenido o en movimiento mira hacia fuera de lo que vemos, o le hablan en off, mientas la observamos, siguiendo casi en silencio su peculiar travesía a los abismos de su alma, a su descenso a los infiernos, a una forma de encontrarse o huir de su penosa existencia, atravesada por una crisis matrimonial, y convirtiéndose en una extraña de su propia vida.

Con el mismo aroma que arrecia en el universo de Haneke o Lanthimos, la realizadora georgiana administra con inteligencia el tempo cinematográfico, consiguiendo esa aura de misterio y terror que recorre cada plano y encuadre, tanto lo que se ve como lo que no, donde nunca sabemos hacia dónde va a ir cada secuencia, ni tampoco la que vendrá inmediatamente después, haciendo gala de un increíble uso del off, tanto en el espacio como sensorialmente, atrapándonos en cada instante de la película, en que todo el entorno e interior de alma se tornan inquietantes, donde nada parece real o fantasioso, donde realidad y sueño se mezclan, se entorpecen y todo su mundo se llena de una neblina espesa y terrorífica. La aparición de un personaje como Alex, el policía que investiga el ataque, en la existencia de Yana, provocando situaciones muy perturbadoras, donde lo doméstico, tanto en su interior como en sus alrededores, se convierte en un espacio difícil de descifrar y sobre todo, reconocer.

La cinematografía de Arseni Khachaturan, esencial en una película de estas características, donde es primordial el uso del ritmo y el espacio, tanto el que vemos como el que no, en que tanto como el hogar como sus alrededores, se bañan de una luz sombría, siguiendo sin descanso a un personaje cada vez más ausente, contradictorio y lleno de dolor, como les sucedía a las mujeres de Gritos y susurros, de Bergman. Una planificación que convierte cada encuadre de la película en una asombrosa experiencia, consiguiendo una brutal atmósfera, de una plasticidad impecable, bellísima en su forma e imagen, y de puro terror en su contenido, como si el tiempo y el espacio de Yana, reconocible hace un tiempo, ahora lleno de fantasmas y monstruos acechantes, con esas sombras que tanto abundaban en el cine estadounidense de los cuarenta y cincuenta en películas como House by the River, de Fritz Lang, o Almas desnudas, de Ophüls, entre otras, donde al igual que le ocurre a Yana, sus personajes se introducían, a su pesar, en una espiral de autoengaño, psicosis y violencia, que les llevaba a acciones y situaciones terribles.

Un buen reparto en el que destacan Rati Oneli, como marido de Yana, también coguionista y productor, Kakha Kintsurashvili como el enigmático Alex, y La magnífica composición de la actriz Ia Sukhitashvili (que ha trabajado con nombres tan ilustres como los de Alexei  German y Mohsen  Makhmalbaf), alma mater de la cinta, interpretando a la antiheroína y desdichada Yana, una mujer que acepto su condición de esposa y madre, y que ahora, se siente en una cárcel, en su propia celda, en un lugar que no reconoce, en un sitio oscuro y lleno de espectros que la acechan, en un momento de su existencia en el que todo lo extraño se está apoderando de su existencia, en el que ha empezado un camino de funestas consecuencias, donde ya nada tiene sentido, si es que antes lo tenía, donde se ha dado cuenta que ya no ha vuelta atrás, que todo su esfuerzo por ser quien no quería ser, se ha desvanecido, porque su mundo empieza a encaminarse a un abismo que, curiosamente, como suele ocurrir, estaba más cerca de lo que Yana imaginaba. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA