La gomera, de Corneliu Porumboiu

SI ME NECESITAS, SILBA.

“Ni aún permaneciendo sentado junto al fuego de su hogar puede el hombre escapar a la sentencia de su destino”.

Esquilo de Eleusis

El régimen corrupto y militarizado de Ceausescu, que durante más de cuatro décadas gobernó autoritariamente Rumanía, ha sido objeto de estudio, investigación y crítica en el llamado “Nuevo Cine Rumano”, cineastas como Cristian Mungiu, Radu Muntean, Cristi Puiu, Anca Damian, y Corneliu Porumboiu (Vaslui, Rumanía, 1975), han construido películas de corte social, muy apegadas a la realidad, comedias para hablar de temas muy serios, con toques de humor negro, sátira y esperpento, mirando a la historia reciente de Rumanía, que les ha valido un espacio muy reconocido en los festivales  internacionales más prestigiosos de todo el mundo. Poromboiu ha creado hasta la fecha algunas ficciones de la talla de 12:08 al este de Bucarest (2006), Policía, adjetivo (2009), Cae la noche en Bucarest (2013), y El tesoro (2015), amén de un par de documentales relaciones con el fútbol.

Ahora, nos llega La gomera, que nos traslada a la isla de las Canarias, y nos enfrenta a Cristi, un policía demasiado serio, amargado y completamente a la deriva, alguien que en su día creyó en algo, pero ahora mismo, todo eso se ha esfumado. Cristi trabaja para la policía, pero también para el narcotráfico, es una especie de pistolero sin rumbo ni vida, al estilo de esos vaqueros que tanto han pululado por esas llanuras, como el John Wayne de Centauros del desierto, a la que se homenajea en la película, que el único consuelo que encuentra es con su madre, el personaje más libre y cercano de todos los que aparecen en la película. En la Gomera se reencontrará con Gilda, una mujer bellísima, elegante y muy enigmática, de la que está profundamente enamorado, pero, Gilda, al igual que Cristi, juega sus cartas y todas están marcadas. En la isla se pondrá a las órdenes de Paco, un gánster que más parece un gentleman, escapando así del estereotipo del matón al uso. Todo gira en torno a Zsolt, un turbio businessman que conoce el paradero de 30 millones de euros.

Porumboiu construye su película más de género, un film noir en toda regla, pero subvirtiendo las narrativas y estructuras del asunto, porque juega a muchas cosas, creando una mezcla de géneros más que evidente, muy al servicio, eso sí, al juego psicológico de los personajes, donde todos se mienten, se ocultan, y nunca acabas por reconocer ni intuir sus próximos movimientos y alianzas. La gomera tiene el regusto de ese cine policíaco clásico, desde Tener y no tener, de Hawks, con ese silbido, ya que el famoso silbo gomero tendrá una importancia capital en los tejemanejes que se traen los fuera de la ley, o Gilda, con la clara referencia en el nombre de la protagonista, una femme fatale en toda regla, o el universo de Melville, con ese Cristi muy cercano a Lino Ventura o el maduro Jean Gabin, de hecho se hace mención a una famosa película rumana policiaca de mediados de los setenta. Porumboiu nos sitúa en la isla, que se retrata de forma abstracta, casi de una forma espiritual, muy alejada a esa idea de paraíso que tenemos, si no todo lo contrario, una especie de paraíso, si, pero perdido, más cerca del infierno, con esa maravillosa luz etérea y naturalista de Tudor Mircea, cinematógrafo habitual del director.

Contada a través de episodios que cada lleva el nombre de los personajes principales, en los que iremos conociendo más sobre ellos, sin llegar a conclusiones evidentes de sus verdaderas intenciones, porque todos se investigan y se persiguen unos a otros, con un exquisito y fragmentado montaje de Roxana Szel, en casi toda la filmografía de Poromboiu. Misterio, y sobre todo, humor, como no podía faltar en una película del director rumano, peor ese humor a lo Buster Keaton, muy serio, muy negro, y muy en consonancia con las situaciones ridículas que se van dando en la película. La gomera guarda muchas similitudes a la trama que planteaba Kurosawa en Yojimbo, con ese juego a dos y tres bandas, o incluso más, que muy bien no se sabe a qué lugar nos llevará todo este tinglado, desde la música que recorre estilos tan diferentes como el pop de Iggy Pop, las rancheras de Lola Beltrán o la clásica de Richard Strauss, entre otros. Protagonizada por unos gánsteres muy atípicos, que usan el silbo gomero para fines criminales, una policía que lleva una operación que graba todos los movimientos de Cristi, porque desconfían de él, una mujer arrolladora, peligrosa y llena de misterio, que no resulta un buen cómplice para este embrollo, unos secuaces que nos e andan con hostias, y por último, un “macguffin”, en forma de tipo corrupto y un montón de pasta, oculta como un tesoro que hace ir y venir a todos los personajes en litigio.

Un reparto heterogéneo y a la altura de la acción planteada, como no podía ser menos. Tenemos a Vlad Ivanov como Cristi, un habitual en el universo de Porumboiu, la mujer es Catrinel Marlon, bella y de armas tomar, como toda mujer metida en un asunto masculino, o muerdes o te muerden, Rodica Lazar como la jefa de policía, otra mujer de órdago, tan fría y calculadora como se espera de una representante de la ley, que para los negocios oscuros sale al pasillo porque dentro del despacho también la observan, Antonio Buíl, actor oscense afincado en Suiza, de gran trayectoria teatral, es Kiko, un matón de esos al servicio de la causa de Paco, que interpreta magistralmente un Agustí Villaronga, que a su gran carrera como director, añade algunas intervenciones, pero no lo veíamos en un rol más extenso desde Perros callejeros II, cuando hacía de mangui que intentaba pirulear al Torete. The Whistlers (Los silbadores, en su título internacional), nos remite a aquella maravilla que supuso Los timadores, de Frears, una de esas magníficas reinterpretaciones del film noir clásico, adaptándolo a los nuevos tiempos, los noventa de entonces, y en el caso de la película de Porumboiu, a los actuales, convulsos, raros y tan extraños como todo lo que se cuece en la trama. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La chica del brazalete, de Stéphane Demoustier

FLORA ERA MI MEJOR AMIGA.

“Nunca permitas que el sentido de la moral te impida hacer lo que está bien”.

Isaac Asimov

Un día de playa en familia, todo parece ir de forma natural y agradable. De repente, todo va a cambiar, y va a cambiar para siempre. Una pareja de gendarmes se acerca a la hija adolescente y después de intercambiar algunas palabras con los padres, se la llevan esposada. La cámara está alejada, registrándolo todo en plano secuencia general, no escuchamos lo que dicen los personajes, no hace falta, todo lo que ocurre se entiende. Es el primer instante de la película, un momento en que deja claro el devenir de las imágenes, donde se impone la austeridad, la cercanía sin adoptar ningún posicionamiento moral, ni nada que se le parezca, y sobre todo, la ruptura familiar entre los padres y su hija adolescente acusada de asesinato. El tercer trabajo como director de Stéphane Demoustier (Lille, Francia, 1977), nos habla de Lise, una joven de 17 años acusado de asesinar a Flora, su mejor amiga, inspirado libremente en el caso mediático de Amanda Knox que, con 20 años, fue acusada de matar a su compañera de habitación en Italia.

El relato arranca dos años después de la detención de Lise, cuando se celebra el juicio, que abarca la mayoría del metraje de la película, adoptando el punto de vista de los padres, que defienden a ultranza la inocencia de su hija. Demoustier nos posiciona en el centro del juicio, pero en el lado del público, convirtiéndonos en el otro jurado popular, con lo cual también acabaremos con otro veredicto, aunque la película va muchísimo más allá, el conflicto no reside en el típico drama judicial estadounidense que deriva en conocer la inocencia o culpabilidad del acusado, no, ni mucho menos, la cuestión radica en dos elementos sumamente importantes. Por un lado, la compleja relación entre los padres y su hija, la distancia y la confusión que se va generando entre ellos, y la indefensión y terror de unos progenitores que nunca llegarán a conocer de verdad a su hija. Y por el otro, el cuestionamiento moral del juicio por la vida sexual liberal de la acusada, hecho en que la implacable fiscal basa sus acusaciones.

En el juicio no solo se cuestiona la vida sexual de una adolescente, sino el hecho de ser mujer y tener esa posición ante el sexo, ya que si fuese hombre la cosa cambiaría completamente, porque la conducta sexual de un hombre se acepta en todos sus términos, sea cual sea. Demoustier logra una mezcla poderosísima entre sensibilidad y dureza, entre la frialdad y la intimidad, y sobre todo, un retrato lleno de muchas oscuridades y secretos entre padres e hija, cada vez más alejados y desconocidos. El conflicto avanza de forma magistral, con esa tensión que va rasgando la vida de los padres, que cada vez se sienten más perdidos y frágiles ante los hechos que se van sucediendo en la sala, mientras, Lise defiende su vida sexual, su libertad y su identidad, ante una fiscal que le recrimina una conducta moralmente no aceptada, donde el brazalete del título, que porta la acusada, deviene un objeto-yugo psíquico que todavía acarrea una sociedad que defiende una libertad aceptada por una moral conservadora que defienden como correcta.

Una película de estas características necesitaba un reparto sobrio, delicado y muy competente, como lo demuestran unos intérpretes en estado de gracia que, defienden con soltura y aplomo las complejidades de sus personajes, empezando por Anaïs Demoustier como fiscal moralista y encabezonada en una tesis acusatoria basada en la vida disoluta de la acusada, con los Roschdy Zem y Chiara Mastroianni como los padres de la protagonista, en posiciones muy alejadas frente a la acusación de su hija, detalle importantísimo para el devenir de la trama, y finalmente, Melissa Guers en el rol de Lise, debutante en el cine, que destaca por su mirada y gesto, en un personaje callado y sombrío que apenas explica lo que le sucede y mantiene un secretismo perturbador. Si recuerdan la película La herencia del viento (1960), de Stanley Kramer, un excelente drama judicial en que se confrontaba la teoría de las especies de Darwin contra el creacionismo, lo humano contra el dogma, lo liberal contra el conservadurismo, las mismas cuestiones que expone con detalle, intimidad y magnificencia La chica del brazalete, porque no se acusa a alguien de asesinato, sino que su vida sexual liberal, muy contraria a los cánones morales aceptados por la sociedad, la convierten en una asesina, quizás el progreso científico y tecnológico de la sociedad no debería ser solo económico, sino también, de reflexión y pensamiento, que hace más falta, ya que nos haría a todos más libres, y sobre todo, mejores personas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Más allá de las palabras, de Urszula Antoniak

DE AQUÍ Y DE ALLÍ.

“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”.

Jorge Luis Borges

El imaginario cinematográfico de Urszula Antoniak (Czestochowa, Polonia, 1968), es intrínseco a su vida personal, a su condición de inmigrante, ya que, la directora polaca lleva residiendo en los Países Bajos hace veinte años, y su identidad, la polaca y la neerlandesa conviven, se mezclan y confunden. Su cine está construido a través de esta dualidad, entre la identidad pasada y la actual, entre lo que fuimos y lo que somos, y como nos relacionamos con los otros, y sobre todo, con nosotros mismos. En sus cuatro trabajos, filmados en Holanda, siempre conviven dos personas, dos almas muy diferentes entre sí, que por una serie de circunstancias deberán conocerse y relacionarse. En Nada personal (2009), una joven solitaria empieza a vivir en una isla remota junto a un hombre más mayor, en Code Blue (2011), una enfermera acompañante de los pacientes terminales, se siente atraída de forma intensa por un extraño, y en Nude Area (2014), relataba la complicada relación entre una holandesa y marroquí.

En Más allá de las palabras, nos trasladamos a Berlín, y conocemos a Michael, un joven inmigrante polaco, que ha conseguido el éxito como abogado en uno de los bufetes más prestigiosos de la ciudad, haciendo alarde de extremada soberbia y narcisismo. Su relación con Franz, su jefe, apenas unos años más que él, es fraterna y cómplice. En Michael apenas quedan rastros de su origen polaco, y vive como un alemán más. Aunque, toda esa vida aparente y tranquila, se verá fuertemente sacudida con la llegada de Stanislaw, que dice ser el padre de Michael, un padre al que el joven consideraba muerto. Dos seres muy diferentes, ya que el supuesto padre es un amargado y bohemio  músico que no encuentra su lugar. Distancia que se verá reflejada en la semana que pasan juntos, entre complicidades y rechazo. A partir de ese instante, la existencia de Michael se tambalea, entrando en una espiral de crisis de identidad, de la pérdida de valores y una búsqueda desesperada hacia no sabe bien que, en que el joven se verá bastante perdido, sin saber realmente cual es su lugar y a donde pertenece, cruzando al otro lado, conociendo a los “otros” inmigrantes, abandonando su posición social y enfrentándose a una más baja, en su particular descenso a los infiernos.

La cineasta polaca enmarca su relato sobrio y aparentemente sencillo, en un espectacular blanco y negro, de factura impecable, y visualmente acogedor y elegante, un grandioso trabajo que firma el cinematógrafo Lennert Hillege, que recuerda a grandes trabajos como el de Oh Boy (2012), de Jan Ole Gerster (también filmada en Berlín y con la presencia de un joven perdido encontrándose) o Ida (2013), una joven novicia que descubre el pasado trágico familiar o Cold War (2018), una difícil historia de amor fou en pleno telón de acero, ambas de Pawel Pawlikovski, y el extraordinario trabajo de edición de Milena Fidler (editora en muchas películas de Andrzej Wajda), consiguen atraparnos en su belleza y tristeza, donde la vida dual de Michael queda reflejada en cada espacio y tono, desde su moderno apartamento, al igual que las oficinas y restaurantes que frecuenta, pasando por el otro lado, esos lugares más oscuros y pertenecientes a otro ambiente social, que visitará junto a su resucitado padre.

Antoniak nos seduce a través de lo emocional, construyendo una película desde lo más profundo, desde todo aquello que no se dice y que ocultamos, a través del presente inmediato, que nos irá revelando el pasado del protagonista, pero siempre de forma sutil e interlineado, en que la frase: “Cambiar la perspectiva permite descubrir cosas nuevas”, que mencionará Michael al inicio de la película, supondrá una revelación a todo aquello que experimenta el personaje principal. Un buen reparto, que actúa de manera sobria, en un relato íntimo con interesantes y complejos personajes, encabezados por el personaje de Michael, estupendamente interpretado por Jakub Gierszal, alguien que se ha construido una identidad extranjera y exitosa, y muy alejada de sus orígenes, pero la identidad pasada, que queda muy bien reflejada en la relación con su padre, y sobre todo, en la formidable conversación entre él mismo, su padre y su jefe, en la que él va traduciendo del polaco al alemán y viceversa.

Y el resto del reparto, que acompaña con sentido al protagonista, como el experimentado Andrzej Chypra como su padre “de entre los muertos”, un tipo desorientado y vaciado, que parece cansado de todo y todos, Christian Lüber como Franz, ese jefe-amigo, amigo y espejo de la persona que quiere ser Michael, y finalmente, Alin, a la que da vida Justyna Wasilewska, la camarera polaca que mantiene una íntima atracción con Michael, que vivirá su personal catarsis al descubrir su “otra” identidad. Urszula Antoniak convence con su mirada y perspectiva diferente sobre la inmigración, cambiando la posición desde donde se mira, desde otro ángulo, desde una posición social privilegiada, un lugar poco utilizado por el cine, a partir de una actitud crítica y profunda de la identidad, de aquello que dejamos y que somos, y lo nuevo, que también somos. Un reflejo que, a veces, puede resultar muy confuso y oscuro, que nos posicionará realmente en el lugar que nos corresponde, sin dejar de ser quienes somos, y sobre todo, sin olvidar de dónde venimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Beginning, de Dea Kulumbegashvili

EL ABISMO DE YANA.

“Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”

Friedrich Nietzsche

La película se abre de una forma salvaje y terrorífica. En el interior de una pequeña iglesia de Testigos de Jehová (opción minoritaria religiosa en Georgia), en la pequeña localidad de Lagodekhi, localizada en la parte inferior de la cordillera del Cáucaso, en la frontera con Azerbaiyán. Mientras los fieles escuchan al líder religioso, unos desconocidos lanzan unos artefactos incendiarios que dejará la iglesia reducida a escombros. Después, el relato se centra en Yana, la esposa de David, el líder religioso, y Girogi, el hijo de ambos. La película sigue a Yana, una mujer relegada al ámbito de esposa y madre, alejada de sus deseos personales, una mujer que sufrirá un cambio, y le llevará a un camino sin retorno, donde experimentará todo aquello interior que se mantiene oculto y encerrado.

La opera prima de Dea Kulumbegashvili (Lagodekhi, Georgia, 1986), es un cuento moderno de aquí y ahora, que nos habla de intolerancia, pequeñas y aisladas comunidades, centrado en la figura de una mujer, que parece que tiene todo lo que quería, pero nos daremos cuenta que todo es apariencia, que dentro de ella, las cosas claman hacia otras cosas, de alguien perdido, de alguien que se siente atrapada en un rol que no ha elegido, en el epicentro de una comunidad pequeña, aislada y perseguida. La directora georgiana nos sumerge en la mirada y el cuerpo de Yana, siguiendo con su cámara el periplo del personaje, enfrascado en un viaje interior y personal de proporciones inciertas. La película usa el formato cuadrado, un encuadro quieto, a partir de planos secuencias, en que la cámara apenas se mueve, en tres instantes contó el que suscribe, consiguiendo ese estado donde el personaje detenido o en movimiento mira hacia fuera de lo que vemos, o le hablan en off, mientas la observamos, siguiendo casi en silencio su peculiar travesía a los abismos de su alma, a su descenso a los infiernos, a una forma de encontrarse o huir de su penosa existencia, atravesada por una crisis matrimonial, y convirtiéndose en una extraña de su propia vida.

Con el mismo aroma que arrecia en el universo de Haneke o Lanthimos, la realizadora georgiana administra con inteligencia el tempo cinematográfico, consiguiendo esa aura de misterio y terror que recorre cada plano y encuadre, tanto lo que se ve como lo que no, donde nunca sabemos hacia dónde va a ir cada secuencia, ni tampoco la que vendrá inmediatamente después, haciendo gala de un increíble uso del off, tanto en el espacio como sensorialmente, atrapándonos en cada instante de la película, en que todo el entorno e interior de alma se tornan inquietantes, donde nada parece real o fantasioso, donde realidad y sueño se mezclan, se entorpecen y todo su mundo se llena de una neblina espesa y terrorífica. La aparición de un personaje como Alex, el policía que investiga el ataque, en la existencia de Yana, provocando situaciones muy perturbadoras, donde lo doméstico, tanto en su interior como en sus alrededores, se convierte en un espacio difícil de descifrar y sobre todo, reconocer.

La cinematografía de Arseni Khachaturan, esencial en una película de estas características, donde es primordial el uso del ritmo y el espacio, tanto el que vemos como el que no, en que tanto como el hogar como sus alrededores, se bañan de una luz sombría, siguiendo sin descanso a un personaje cada vez más ausente, contradictorio y lleno de dolor, como les sucedía a las mujeres de Gritos y susurros, de Bergman. Una planificación que convierte cada encuadre de la película en una asombrosa experiencia, consiguiendo una brutal atmósfera, de una plasticidad impecable, bellísima en su forma e imagen, y de puro terror en su contenido, como si el tiempo y el espacio de Yana, reconocible hace un tiempo, ahora lleno de fantasmas y monstruos acechantes, con esas sombras que tanto abundaban en el cine estadounidense de los cuarenta y cincuenta en películas como House by the River, de Fritz Lang, o Almas desnudas, de Ophüls, entre otras, donde al igual que le ocurre a Yana, sus personajes se introducían, a su pesar, en una espiral de autoengaño, psicosis y violencia, que les llevaba a acciones y situaciones terribles.

Un buen reparto en el que destacan Rati Oneli, como marido de Yana, también coguionista y productor, Kakha Kintsurashvili como el enigmático Alex, y La magnífica composición de la actriz Ia Sukhitashvili (que ha trabajado con nombres tan ilustres como los de Alexei  German y Mohsen  Makhmalbaf), alma mater de la cinta, interpretando a la antiheroína y desdichada Yana, una mujer que acepto su condición de esposa y madre, y que ahora, se siente en una cárcel, en su propia celda, en un lugar que no reconoce, en un sitio oscuro y lleno de espectros que la acechan, en un momento de su existencia en el que todo lo extraño se está apoderando de su existencia, en el que ha empezado un camino de funestas consecuencias, donde ya nada tiene sentido, si es que antes lo tenía, donde se ha dado cuenta que ya no ha vuelta atrás, que todo su esfuerzo por ser quien no quería ser, se ha desvanecido, porque su mundo empieza a encaminarse a un abismo que, curiosamente, como suele ocurrir, estaba más cerca de lo que Yana imaginaba. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Para Sama, de Waad Al-Kateab y Edward Watts

DOCUMENTAR LA VIDA BAJO LAS BOMBAS.

“El film documental cuenta hechos que han sucedido o que están sucediendo independientemente de que con ellos se haga o no una película. Sus personajes existen también fuera del film, antes y después del film”.

 Raúl Beceyro

Nuestras vidas, esas realidades que forman parte de nuestra cotidianidad, con sus alegrías y tristezas, con sus circunstancias e historias, con sus espacios íntimos y públicos, con sus miradas y reflexiones. Toda una serie de acontecimientos que nos van construyendo lo que somos, lo que no seremos y que, quizás, dejemos de ser. La vida de Waad Al-Kateab (Siria, 1991), dará un vuelco extraordinario cuando en la primavera del 2011, siendo estudiante de marketing en la Universidad de Alepo, estalla una revolución sin precedentes contra el régimen autoritario de Bashar Al-Assad. Waad, igual que muchos otros, documentó con su móvil todo ese estadillo de protesta y resistencia, que derivó a una guerra civil entre Assad y los defensores de la libertad y la democracia, en la que Waad toma partido como activista para derrocar el régimen. La aparición de la aviación rusa en el 2015, recrudeció la guerra.

Waad aprendió a usar una cámara de video, y empezó a documentar su realidad, se enamoró de Hamza, un doctor de uno de los pocos hospitales en pie de Alepo, y tuvo una hija, Sama. Al-Kateab, a modo de misiva a su hija, empieza a filmar lo que ve diariamente, una vida en un hospital, donde llegan continuamente heridos, asediados en Alepo. La película se centra en el último año en Alepo, en 2016, y sobre todo, en el segundo semestre, con la ciudad soportando bombardeos diariamente. En enero de 2016, Waad empezó a documentar para Channel 4, el prestigioso canal del Reino Unido, bajo el título Inside Aleppo, toda la realidad que veía, sobre todo, desde un lado humanista, siendo sus videos de los más seguidos. El reputado documentalista inglés Edward Watts, con más de una década de trabajo con Channel 4 (con trabajos impresionantes sobre las crudas realidades de muchas personas en situaciones terroríficas, pero siempre captando la humanidad, como hizo en Escape from ISIS, centrado en las mujeres bajo el terror del Estado Islámico), se alía con Waad Al-Kateab, y firman la codirección de una película que nos abre una ventana a una realidad íntima y muy personal de la población de Alepo, con sus momentos alegres y tristes, con toda esa cotidianidad bajo las bombas, bajo el peligro constante de perder la vida y el continuo sufrimiento y dolor.

Viendo Para Sama, es inevitable no acordarse de Homeland (Iraq Year Zero), de Abbas Fahdel, filmado durante el antes y el después de la Guerra de Iraq a través de una familia corriente, uno de los documentos más interesantes y devastadores sobre la descomposición de unas personas que viven una guerra tan cruenta y dolorosa como la de Irak, o de Silverd Water, Syria Self-Portrait (2014), de Wiam Bedirxan y Ossama Mohamed, en el que cientos de imágenes filmadas en móvil, documentan diferentes realidades de la guerra de Siria. En Para Sama, la cotidianidad de Waad Al-Kateab, su marido Hamza, y la pequeña Sama, se confunden con la realidad catastrófica en la que viven, viendo diariamente como su ciudad sucumbe bajo las bombas, y sus gentes van desapareciendo. Un año de vida para Sama, inconsciente de esa realidad dolorosa, que su madre documenta con gran honestidad y sensibilidad toda esa cotidianidad del único hospital que sigue en pie de Alepo.

La película captura de forma natural y directa, en modo de diario-carta todo lo que sucede, es el aquí y ahora, con la realidad entrando por todos los lados, impregnando de dolor y devastación la ciudad, y el hospital en el que moran, capturando todos los detalles, desde todos los ángulos posibles, sin cortapisas ni sentimentalismos, con toda su crudeza y tensión, con sus carreras, su nerviosismo, con el espantoso ruido de las bombas alrededor, todos esos instantes de intimidad, de relajación, el constante trasiego de gente desesperada con familiares en los brazos, el trabajo incesante intentando salvar vidas, las múltiples carencias de material y comida a las que se enfrentan, y sobre todo, la vida, una vida que ocurre mientras intentan sobrevivir en el infierno de Alepo, en un relato sobre la alegría, la tristeza, el dolor, la pérdida, y la fuerza de seguir adelante, de no abandonar, de seguir creyendo en la libertad y la justicia, a pesar que las circunstancias digan lo contario, a pesar que todos los avatares de la guerra cotidiana en la que viven, digan que el final de Alepo está cerca.

Waad y Watts, no solo han construido uno de los documentos más brillantes y poderosos sobre lo que es la cotidianidad de la guerra, sino que han profundizado de forma brutal y valiente, en todos esos detalles íntimos y personales de tantas vidas que se cruzan por delante de su cámara, atrapando de forma natural y brillante toda ese espacio doméstico donde la vida se desarrolla, con esos momentos de los niños jugando en un calcinado autobús, que pintan para darle color a tanta oscuridad, o los juegos inocentes de Sama, o la preparación de la comida, de la poca que consiguen, o ese momento mágico en el que un marido regala un caqui a su mujer, algo tan insignificante en otras circunstancias, pero que en ese instante tiene un valor humano bestial. Un trabajo que muestra de manera crudísima una realidad devastadora, que va más allá del hecho documental, que engrosa ya los títulos destinados a perdurar en el tiempo, por su gran valor humanista, y sobre todo, por su extraordinaria mirada a lo más profundo y personal de unas personas que viven bajo las bombas, pero sin perder la esperanza de un mundo mucho mejor y más libre. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Corpus Christi, de Jan Komasa

FE PARA SANAR.

“No  finjas  que  no  estás enfadado,  que  algo  no  te  fue  quitado.  No  finjas  que  lo  entiendes”

Daniel tiene 20 años y está recluido en un reformatorio por una muerte que arrastra. Cuando es enviado a un aserradero para trabajar, destino que no le convence, y aprovecha para hacerse pasar por sacerdote en una pequeña comunidad dividida por un accidente trágico. La forma moderna y desinhibida que tiene Daniel de acercarse a Dios, cambiará a los habitantes del pueblo y les conducirá por caminos diferentes y sanadores. Partiendo de una historia real, y con el guión de Mateusz Paciewicz, el director Jan Komasa (Poznan, Polonia, 1981), construye un relato intenso y asfixiante sobre las divisiones y clases sociales de un pueblo azotado por una tragedia, y como la llegada de una nueva mirada, exenta de prejuicios y dogmas, agitará las emociones y las percepciones sobre la vida, la muerte y como afrontamos el dolor. Komasa vuelve a centrarse en un joven inadaptado, en alguien que cumple condena por un error cuando era demasiado joven para entender las terribles consecuencias de su acción, de alguien que lo ha perdido todo, que no tiene nada a que agarrarse, y encuentra en la religión y sobre todo, en la fe, su forma de redimir sus pecados, y accidentalmente, ve la forma de ayudar a los demás, de unir a esa comunidad inmiscuida en su dolor y sus heridas, que les han llevado a dividir el pueblo, que les ha llevado a un dolor aún más profundo, sin posibilidad de redención.

La luz lúgubre y sombría de la película, obra del cinematógrafo Piotr Sobocinski, Jr, ayuda a entrar en ese pequeño universo lleno de miradas acusadoras, silencios demasiado incómodos, en el que los personas viven su soledad aislados, sin compartir, temerosos y hundidos en su propio dolor, un dolor en el que regocijan y lo asumen como una especie de vía crucis sin posibilidad de sanación, un mundo asfixiante, lleno de cercas, y divisiones estúpidas y absurdas, bien acompañado por ese montaje, obra de Przemystaw Chruscielewski, que profundiza aún más en esa rabia y heridas sin cerrar, con esos encuadres asfixiantes, que cortan el aliento, unos interiores reducidos, donde se muestran los marcos de las ventanas y puertas, lo que hace aún más evidenciar esa asfixia en la que viven y sobre todo, sienten todos los personajes, unas almas a la deriva, rotas por el dolor, llenas de envidias y rencor. Personajes complejos y torpes emocionalmente, personajes todos, absolutamente todos, tienen demasiados cosas que ocultar y callar, deambulan con ese miedo de ser incapaces de afrontar una verdad necesaria para la sanación, y para seguir viviendo con honestidad, y no como una especie de muertos vivientes, llenos de inseguridad y tristeza.

Komasa le interesan los pequeños universos, donde sus personajes son azotados por el entorno, un entorno que los arrincona y los persigue, que hace lo imposible para debilitarlos emocionalmente, en el que sus individuos deberán luchar contra todo y todos, para escapar de esas circunstancias tan adversas y funestas. Sus temas rondan la identidad sexual en Suicide Room (2011), el amor entre dos jóvenes en pleno alzamiento contra los nazis en Varsovia 1944 (2014), jóvenes, erigidos héroes en unas circunstancias en los que deberán seguir peleando para salvar y sobre todo, salvarse. Un reparto que brilla en sus personajes callados y temerosos como Lidia, a la que da vida Aleksandra Konieczna, esa madre que ha encontrado en la fe, su forma de golpear y enjuiciar a su enemigo, el conductor que chocó contra el automóvil de su hijo y sus amigos, y Eliza, la hija de Lidia, que interpreta Elisa Rycembel, una joven que conoce la verdad de lo sucedido, y que calla por su madre, peor ayudará a Daniel, el nuevo “sacerdote” a entablar los puentes necesarios con la viuda del conductor, al que la comunidad acusa como principal responsable.

Y finalmente, la grandísima composición de Bartosz Bielenia, intérprete curtido en el teatro Shakesperiano, da vida a Daniel, al joven derrotado, solitario y perdido, que encuentra en la suplantación de sacerdote, su forma de redimirse ayudando a los demás, rompiendo las barreras mentales y físicas instaladas en la pequeña comunidad, utilizando métodos nada convencionales y acercándose a los conflictos de frente, sin atajos ni nada que se le parezca, encarando los problemas desde el alma, desde lo más profundo del corazón, desde la mano amiga, de compartir, de derribar el aislamiento y mirarlos de cara, asumiendo la tristeza, y abrazando el dolor, para conseguir sanarse y olvidar la culpa y la rabia. Komasa ha parido una película magnífica y llena de grandes momentos, cargados de tensión y profundidad, un cuento moral sobre quiénes somos, como actuamos y que se cuece en nuestro interior, con ese aroma que tienen las películas de los Dardenne, sumergiéndonos en los conflictos a través de la emoción contenida, aquella que nos hace reflexionar sobre temas que nos afectan en nuestra cotidianidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sin olvido, de Martin Sulík

LA MEMORIA DE NUESTROS PADRES.

“Lo que ocurre en el pasado vuelve a ser vivido en la memoria”

John Dewey

Resulta triste las pocas películas que están dedicadas al mundo de la vejez, y aún más, las escasas producciones que tratan las dificultades y tensiones que se generan para lidiar en el presente con la memoria de nuestros padres, y en este caso, la memoria del holocausto nazi. El cineasta Martin Sulík (Zilina, Eslovaquia, 1962), ha construido un relato que pivota bajo esos dos elementos: la vejez y el pasado oscuro de nuestros progenitores, y lo hace a través de una premisa sencilla y directa. Arranca su relato con Ali Ungár, un intérprete eslovaco-judío que busca en Viena (Austria), al antiguo oficial de las SS Graubner, verdugo de sus padres, con la intención de dispararle. Pero, cuando llega a su casa, le abre su hijo, Georg, un profesor jubilado vividor, que le comunica que su padre murió. Picado por la curiosidad, Georg se presenta en Eslovaquia, y emprende, junto a Ali, un viaje por el país en busca de la memoria de sus respectivos padres. Sulík arrancó su carrera en 1991 con la película Tenderness, donde explicaba los primeros años de Eslovaquia, después de la caída del régimen soviético, y siguió con tragicomedias surrealistas como Záhrada (El jardín), u Obis Pictus, o dramas realistas como Gypsy  (2011), alternando con documentales que repasan las trayectorias de figuras eslovacas de la cultura.

El director eslovaco nos convoca a una road movie íntima y sobria, escrita junto a su guionista preferido Marek Lescák, para abordar la resonancia en el presente de las huellas del pasado, de reencontrarse con la memoria de nuestros padres, tanto verdugos como víctimas, en un viaje profundo, intenso, y con toques de humor sutil, que protagonizan dos seres antagónicos, en un primer momento, pero que poco a poco, irán encontrando todas aquellas cosas que los relacionan profundamente, y sentirán que, tanto uno como otro, no se encuentran demasiado alejados de ese pasado tristemente común. Si bien en algunos instantes, la película es una lección de historia y memoria, que reivindica todos esos momentos borrados de los lugares, esos espacios en los que no se recuerda nada de lo que pasó, esos espacios testigos del horror nazi. Sin olvido (“Tlmocnik”, traducido de su título original como “El Intérprete”), también, es una lección de humanismo, de volver a mirar el pasado sin rencores, rabia o culpa, sino asumiendo los hechos de nuestros padres, tanto si son admirados como reprochables, como explicaba Borges en su magnífico cuento Tema del traidor y del héroe, como una forma de desenterrar la memoria y mirarla de frente, para asumir de dónde venimos y quiénes somos, y así de esa manera, mirar a las víctimas y reconciliarnos con su memoria, y la nuestra, que en el fondo es la misma.

Un viaje en el que se tropezarán con otros personajes, de diferentes edades y posiciones sociales, que nos ofrecerán un mosaico de las diversas maneras de pensar, y relacionarse con la memoria y el horror nazi que sufrió la antigua Checoslovaquia, a través de las antagónicas actitudes de los dos protagonistas. Por un lado, Ali Ungár (el jubilado eslovaco-judío tranquilo, callado y ordenado), interpretado por actores que destilan sobriedad, naturalidad y elegancia como Jirí Menzel, fallecido recientemente, el gran director de cine checo de obras como Trenes rigurosamente vigilados, Mi dulce pueblecito u Yo serví al Rey de Inglaterra, entre otras, que ha tenido una interesante carrera paralela con 70 títulos como intérprete con trabajos para nombres como los de Vera Chytilová, Costa-Gavras o Jan Nemec, entre muchos otros, y en el otro extremo, Georg Graubner (interpretado por el prolífico actor austriaco Peter Simonischek, que nos encantó en la divertidísima e interesante Toni Erdmann, de Maren Ade), el hijo del oficial de las SS, que su vida libertina le ha alejado de la memoria terrorífica de su padre, que a raíz de la aparición de Ungár, todo cambiará y se adentrará, a su modo, en esa memoria que hasta entonces ha intentado evitar y borrar.

Dos hombres, dos testigos de aquella memoria, que por los designios caprichosos de la historia, tienen un pasado común, oscuro y terrorífico, un pasado que el presente ve muy lejano y olvidado. Dos almas que empezarán en posiciones muy opuestas y que, a medida que avance el interesante y profundo metraje, se irán acercándose y se mirarán en ese espejo de la memoria que, a su pesar, comparten, uniendo fuerzas para volver a la memoria y reencontrarse con esos espacios y lugares, testigos de tanto horror, porque como viene a decir la película de Sulík, para poder vivir hay que volver a mirar el pasado, rescatar esos lugares de nuestros padres, desenterrar los horrores y errores del pasado y así, volver a quiénes somos, sin rencores, rabias o miedos encontrándonos con esas humanidad necesaria para mirar al pasado sin acritud, y de alguna manera, reconciliándonos con él y con el pasado del otro, en este caso, la memoria de Ali Ungár, con sus padres asesinados por el oficial nazi Graubner, padre de Georg. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

A Land Imagined, de Yeo Siew Hua

LOS QUE NUNCA DUERMEN, LOS QUE NUNCA SUEÑAN.

“¿Acaso el sueño no es el testimonio del ser perdido, de un ser que se pierde, de un ser que huye de nuestro ser, incluso si podemos repetirlo, volver a encontrarlo en su extraña transformación?”

Gastón Bachelard

A principios del verano del año pasado, leía una noticia escalofriante, una noticia que hablaba del elevadísimo índice de mortalidad de obreros en las construcciones del Mundial de Fútbol de Qatar 2022. Más de 1400 fallecidos de países como Nepal, India y Bangladesh. Víctimas invisibles y olvidadas, producidas por las condiciones miserables de trabajo, necesitados y explotados por la codicia y avaricia humana por construir y generar cantidades ingentes de dinero. Vidas casi espectrales, vidas sin vida, vidas ensombrecidas, esas vidas son las que pululan por la segunda película de Yeo Siew Hua (Singapur, 1985), después de su experimental In the House of Straw (2009), en la que el cineasta viste de thriller de investigación, drama realista social y realismo mágico, un relato nocturno, repleto de almas en suspenso, lleno de heridas emocionales, en un espacio singular y fascinante, una de las áreas industriales de Singapur, donde la realidad o lo tangible ha desaparecido, dando dado paso al espejismo, a lo artificial, con acciones surrealistas como traer tierra de países colindantes como Malasia, Laos o Vietnam, para seguir ganando terreno al mar, y construir en esos islotes falsos, donde la línea de la playa es asquerosamente recta, edificios mastodónticos donde albergar ejecutivos o turistas.

Un espacio artificial por donde inmigrantes chinos, bangladenses o de otras regiones necesitadas, se mueven trabajando en condiciones infrahumanas de sol a sol, explotados hasta la extenuación, descansando en cuchitriles que más se parecen a zulos, donde se hacinan trabajadores, o más bien esclavos, que no consiguen dormir y deambulan por las noches sin fin, de aquí para allá, o como hace el protagonista, inventarse identidades falsas mientras chatea en un cibercafé, quizás lo más real y auténtico que tengan sus existencias. Yeo Siew Hua se mueve en un relato marcadamente noir, hipnótico, con esa atmósfera inquietante y cotidiana, casi de ciencia-ficción, con esa luz asfixiante y bellísima obra del cinematógrafo japonés Hideo Urata, construyendo una trama con saltos en el tiempo y onírica, en un misterio que nos va encerrando, con ese policía veterano, que también padece insomnio, como el desaparecido que busca, que se desplaza entre lo real y onírico, como si nada, en un ejercicio absolutamente brillante de clarividencia narrativa, y asombroso domino de la narración, como del entramado visual, con esos neones convertidos en un elemento esencial de este tipo de películas asiáticas, creando esos espacios reales, pero a la vez irreales, en el que sueñan los protagonistas, o sería mejor decir, en el que intentan soñar, o mantienen pesadillas, porque esa realidad mugrosa y sucia en la que viven se lo impide.

Los días son ruidosos, dentro de ese aparato industrial de tierra, máquinas ensordecedoras y empleados de aquí para allá (un espacio que recuerda al filmado en El desierto rojo, de Antonioni, donde la industria y la máquina, acababan absorbiendo al humano), pero en cambio, las noches son otro cantar, las noches es tiempo de lo posible, de soñar con otra identidad en el mundo virtual tecleando compulsivamente un ordenador, bañarse en las aguas con una mujer inteligente, o simplemente, tumbarse en una arena, de vete tú a saber de dónde viene, mirando las estrellas, imaginándose con esa vida-espejismo que nunca tendrás, pero en los sueños, sí. El cineasta singapurense juega a la doble mirada, el día y la noche, lo real y virtual, el trabajo y los sueños, incluso, con los hechos, en los que abre un inquietante acertijo en el que desconocemos si algunos de los hechos que nos cuentan han sucedido realmente o no, en ese especie de limbo donde habitan y se pierden los personajes.

Una trama policial excelentemente narrada, como lo hacían los Carné, Renoir, Hawks o Huston, y tantos maestros del noir, de ese género esencial para hablar de los males de las sociedades, con sus alegrías y tristezas, sus injusticias y pocas verdades, con esos tipos perdidos, a la deriva, sin nada y sin nadie, torpedeados por la vida y por un futuro demasiado incierto, que todavía no ha llegado, almas sin sombra, que siempre buscan a alguien, o quizás, ese alguien que buscan sea una mera excusa para seguir adelante, o tal vez, al que busca, tiene demasiados cosas en común con él, y lo busca, no para localizarlo, sino para verse en él, para compartir algunas cosas en las que se parecen, para encontrar un espejo que soporte una realidad demasiado negra. El excelente reparto encabezado por el veterano actor singapurense Peter Yu, dando vida al poli o lo que queda de él, bien acompañado por una fascinante Luna Kwok, la actriz china que da vida a la enigmática empleada del cibercafé, y Xiaoyi Liu, intérprete chino que hace de Wang, y Ishtiaque Zico, el inmigrante de Bangladesh desaparecido.

A Land Imagined tiene el aroma de esa luz cálida, colorida, penetrante, asfixiante e inquieta que escenifican muchas de las películas chinas de la última hornada, como las de Bi Gan, Hu Bo, Diao Yinan, Jia Zhangke o Wang Xiaoshuai, cine de aquí y ahora, que nos habla de las consecuencias personales, cotidianas e íntimas de las transformaciones estructurales, económicas, sociales y políticas de China y alrededores, donde lo humano ha desaparecido para dejar paso a una economía devastadora, opulenta y catastrófica, de pura explotación, que nunca tiene suficiente, siempre sigue (re)inventando las ciudades en pos de cambiarlas, transformarlas en centros de producción económica, que genere dinero y trabajo, eso sí, trabajo precario, esclavo y explotado, que realizarán inmigrantes, gentes invisibles que no tienen derecho, que les sustraen el pasaporte, chantajeados con la repatriación, desaparecidos si la ocasión se tercia, anulados como personas, y vapuleados en pos de un progreso que más tiene que ver con la autodestrucción de la humanidad que con otra cosa, donde el humano se ha sustituido por la máquina, por el beneficio económico, en que el mundo va de cabeza a la extinción, a la nada absoluta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Todo pasa en Tel Aviv, de Sameh Zoabi

EL GUIONISTA PALESTINO, EL MILITAR ISRAELÍ Y LA GUERRA DEL 67. 

“Para reír de verdad, debes ser capaz de soportar tu dolor y jugar con él.”

Charles Chaplin

El conflicto árabe-israelí suele ser tratado por los cineastas desde miradas críticas y profundas, enmarcadas en relatos dramáticos, en los que se ahonda en las complejidades de la cotidianidad de una tierra dividida, y sobre todo, en la dificultad de encontrar soluciones políticas. Todo pasa en Tel Aviv, de Sameh Zoabi (Iksal, Palestina, 1975), como hiciese en su opera prima, Man without a cell phone (2010) lo aborda desde otro ángulo completamente diferente, mirando el conflicto desde la comedia, desde la ligereza, desde una realidad que se confunde con la ficción, a través de la telenovela palestina de enorme éxito “Tel Aviv on fire”, que aborda el período de 1967, cuando la guerra se cernía entre árabes e israelís. El cineasta palestino nos sitúa en el rostro de Salam, un tipo treintañero, perdido y sin alicientes vitales, comienza a trabajar como corrector de idioma de hebreo en la famosa telenovela pro recomendación de su tío, Bassam, creador de la serie, que luchó en la guerra del 67.

Por circunstancias imprevistas, la vida de Salam dará un vuelco de 180 grados y se convertirá en uno de los guionistas de la serie, amén, que en su tránsito diario entre Jerusalén, donde reside, y Ramallah, donde se produce la serie, en el puesto de control del ejército israelí, comandado por Assi, que para impresionar a su esposa, se involucra en la escritura del guión, exigiendo cambios y tramas a Salam, que no tiene otro remedio que cumplirlos. Zoabi para complicar aún más la trama, coloca a Mariam, una doctora que Salam quiere volver a enamorar después de que su ineptitud la dejará. La película, a partir de un guión ágil y de pausado ritmo, escrito por Dan Kleinman y el propio director, se adentra con brillantez y astucia en los terrenos de la ficción de 1967 de la telenovela, y la realidad opresora y sucia del presente, en la que ficción y realidad se confunden, se mezclan, como una especie de bucle en el que las situaciones parecen enquistadas, sin cambio ni rumbo, como si el tiempo no hubiera pasado, con los mismos problemas eternos entre árabes y palestinos.

Zoabi, que había sido coguionista de Idol (2015) de Hany Abu-Assad, director de la magnífica Paradise Now, juega con acierto e inteligencia con sus personajes, describiendo a Salam, como alguien que necesita encontrar su lugar en el mundo, alguien muy desorientado, alguien enamorado, alguien que se mueve entre una realidad que asfixia y triste, que será el contrapunto de Assi, el militar ocupante, el que exige y ordena, el que se autoproclama guionista de la serie, que ayuda en parte a Salam, una relación que recuerda a aquella que mantenían el joven y atribulado dramaturgo David Shayne con el gánster Nick Valenti en la extraordinaria Balas sobre Broadway, de Woody Allen, donde la experiencia de la vida del gánster ayudaba al perdido dramaturgo. Zoabi compone un excelente y peculiar laberinto de emociones en el que Salam sería la pieza en la que pivotan todos, desde su tío que quiere ser fiel a la realidad de 1967, Assi que también quiere que la telenovela sea fiel a la realidad del ejército israelí, Tala, la protagonista femenina de la serie, que desea tener un personaje más ambiguo, diferente y nada acartonado, y finalmente, Mariam, la ex novia de Salam, de la que sigue enamorada, que le pide al joven que para volver a confiar en él, necesita ver que es otra persona, no el tipo sin rumbo que era antes.

Ficción y realidad – que funcionan como un espejo en el que todas las miradas confluyen en una realidad anclada en el tiempo -,  y mucha comicidad y ligereza es lo que propone el relato, una fábula de nuestro tiempo, que explica un conflicto eterno desde una perspectiva totalmente audaz y sincera, tejiendo un cuento cercano e íntimo, donde observamos el poder de la ficción, en este caso de la telenovela, para acercar a unos y otros, para romper barreras e imaginar un mundo diferente, y sobre todo, no olvidarse de esa realidad omnipresente tan oscura y sin futuro a la que se enfrentan diariamente Salam y los demás, con la ocupación israelí, la indefensión constante, y la falta de libertad a la que los someten continuamente. La cautivadora y estupenda luz,  obra de Laurent Brunet (colaborador de Amos Gitai y Christophe Honoré, entre otros) matiza las dos realidades que vemos en la película, la luz artificial de la telenovela que contrasta con esa otra, la de la realidad, tan sucia, polvorienta y triste.

El magnífico e interesante reparto de la película encabezado por Kais Nashif (que habíamos visto como suicida en la excelente Paradise Now, entre otras) dando vida al atribulado y perdido Salam, bien acompañado por Yaniv Biton como Assi, ese férreo y disciplinado militar que entenderá que su realidad es muy distinta a la de Salam, la internacional y extraordinaria Lubna Azabal (que ha trabajado con gente tan importante como Techiné, Gatlif, Hany Abu-Assad o Dennis Villeneuve, etc…) da vida a la star del culebrón, con sus peculiaridades y arrebatos de estrellas, con esa credibilidad y gestualidad a través de las profundas miradas y gestos, y finalmente, Maïsa Abd Elhadi (que hace poco la vimos en la cautivadora Los informes de Sarah y Saleem, que también hablaba del conflicto árabe-israelí desde otra mirada) da vida a Mariam, el objeto de deseo de Salam. Zoabi se adentra en la comedia ligera, simpática y brillante, para desarrollar con acierto y sinceridad un cuento humanista que propone esperanza ante una realidad que manda otros caminos, hablándonos de unos personajes que han de convivir en una tierra dividida, en conflicto perpetuo, llena de odio y violencia, pero lo hace desde la intimidad de sus personajes, de la relación que se van generando entre ellos, a través de sus cotidianidades, sus sueños, sus frustraciones y su futuro, que algunos ven esperanzador y otros, no tanto. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Señor, de Rohena Gera

RATNA, UNA MUJER INDIA.

Ratna es una mujer india, menuda, de mirada profunda y carácter indomable, sueña con abrir un negocio con su hermana en la que ella será diseñadora de moda. Mientras, Ratna trabaja como empleada de hogar en casa de Ashwin, su señor que acaba de romper su enlace de boda. La cotidianidad de Ratna se debate entre servir a su señor muy complaciente y aprender corte y confección. Mientras los días van pasando entre unas cosas y otras, la cotidianidad de la joven viuda dará un vuelco cuando Ratna y Ashwin empezarán a sentir algo más que una simple relación de amo y siervo. La primera película de ficción de Rohena Gera (Pune, India, 1973) después de dos décadas trabajando en el cine como asistenta de dirección y guionista, es un relato de nuestro tiempo, sencillo, íntimo y honesto, situándonos en un hogar de clase alta de Mumbai, la metrópoli donde gentes de pueblo como Ratna llegan en busca de oportunidades abandonando la presión social para una mujer viuda como ella. Gera, a través del personaje de Ratna nos cuenta el alma de un país en el que todavía existen las castas, aunque hayan sido prohibidas por el estado, donde una mujer viuda siente esa presión constante tanto en su pueblo como en la ciudad, estigmatizada por su condición de viudedad, por sus orígenes humildes y pobres y sobre todo, por su condición de mujer, oprimida a nivel social, sexual y económico.

La directora india habla en primera persona y de frente, sin atajos ni postales, de la realidad social de su país, en las que existen obstáculos difíciles de derribar como las divisiones sociales, las diferencias étnicas, y demás muros, tanto físicos como mentales que dividen por su condición a las personas. El personaje de Ratna se enfrentará a tanta injusticia y estigmatización para seguir soñando, para proseguir su camino a pesar de tanta mirada inquisitoria, a pesar de ese sentimiento de soledad que recorre su vida, aparte de alguna amiga criada como ella que conoce su situación y la vulnerabilidad que les persigue a diario. Ashwin pertenece a ese tipo de familia adinerada, la élite de la India, que ha estudiado fuera, y ahora vive en una jaula de oro en el que en apariencia todo parece funcionar y encaminarse a un lugar, aunque para el joven indio triunfante las cosas son diferentes, encontrándose vacío y sin rumbo por su vida, una existencia aburrida y cotidiana, sin sobresaltos, mucho más sombría que la de Ratna, a pesar de sus diferencias sociales.

Entre ellos, a pesar de tanto que les separa, como ese pasillo vacío en el hogar que evidencia todo lo que les conecta y a la vez, todo lo que les separa. Dos almas antagónicas, cada una con su vida, con esa corrección propia de señor y criada, aunque como viene a explicarnos la película, los sentimientos son libres y no pertenecen a ninguna casta social, cultural o económica, y las cosas y lo que sienten los va acercando, aun conociendo de las dificultades de su amor, por las presiones familiares y sociales, aunque ellos saben lo que sienten y tendrán que luchar contra eso. Gera nos cuenta entre susurros, entre los espacios de ese hogar que arranca triste y anodino, y suavemente, sin darse cuenta los personajes, se va convirtiendo en un hogar cálido y alegre, contándonos una historia de amor imposible sobre dos almas separadas por muchas cosas, desde sus estados emocionales tan diferentes, como sus familias, sus economías, y sus sueños, que los de Ratna son ilusionantes por su carácter, su fuerza y su valentía, y en cambio, los de Ashwin se hallan en un laberinto oscuro y sin expectativas, perdidos sin saber qué camino tomar.

La brillante y conmovedora interpretación de Tillomata Shome creando ese personaje de Ratna, un rol brillante para nuestra memoria que consigue con grandísima sutilidad y belleza toda una amalgama de gestos y miradas que nos conmueven, junto a la composición excelente de Vivek Gomber dando vida al desdichado Ashwin, alguien perteneciente a ese mundo elitista y conservador, no muy diferente a nivel social que el de Ratna, dos seres que se encuentran por amor y también, por necesidad, que ansían, cada uno a su manera, salir de esa opresión en la que viven y saborear la libertad de ser ellos mismos. Gera ha construido una película intimista y compleja, con esa mise en scene elaborada y contundente, donde cada encuadre obedece a las emociones calladas y encontradas de estos dos náufragos que son la pareja circunstancial, consiguiendo la emoción a través de lo más sencillo y humilde, convirtiendo su película en no sólo un bellísimo y triste retrato sobre la femineidad india contemporánea sino que también hace un durísimo y fascinante relato sobre el amor, lo que sentimos y aquello que nos hace libres o culpables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA