Una niña, de Sébastien Lifshitz

YO SOY UNA NIÑA.

“Cuando crezca, seré una niña”.

Sasha es una niña de 7 años atrapada en el cuerpo de un niño. Sasha padece lo que en medicina se denomina disforia de género. La Dra.  Anne  Bargiacchi  (Psiquiatra infantil  y  especialista  en  disforia  de  género), define la disforia de género de la siguiente manera:  “El  sufrimiento  generado  por  la  discrepancia entre  el  género  asignado  al  nacer  (masculino)  y  el  género  con  que  se  identifica  Sasha (femenino)”.  Desde que debutase en el largometraje con Primer verano (2000), el cine de Sébastien Lifshitz (París, Francia, 1968), ha investigado las cuestiones de identidad y género en su amplio ámbito de personajes, como en su anterior película Adolescentes (2019), donde seguía durante cinco años a dos niñas en su proceso de adultez. Tampoco es la primera vez que profundiza en el universo “trans”, ya que hizo la película Wild Side (2009), en la que a través de la ficción seguía los pasos de Sylvie, una trans prostituta y sus amores. En Les invisibles (2012), daba voz a hombres y mujeres homosexuales maduros, película en la que conoció a una de las primeras trans de Francia, a la que dedicó su siguiente trabajo Bambie (2013). Con Una niña (Petite Fille, en el original), se instala en la familia de Sasha, y a través de la lucha y la resistencia de su madre, Karine, una mujer que luchará incansablemente para que su hija sea reconocida como niña en el colegio, las actividades extraescolares y con sus amigos.

Lifshitz plantea una película ligera y muy transparente en su forma, y compleja en su contenido, filmando la intimidad del hogar de la familia de Sasha, donde allí la niña disfruta de su paraíso particular donde todos sus hermanos y padres la reconocen como niña que se siente, los problemas empiezan en el exterior, donde la siguen tratando como un niño, como demuestra el precioso arranque de la película, en la que Sasha, en la intimidad e su habitación, si puede ser quién siente que es, vistiéndose como una niña, probándose tocados para el cabello y mirándose en el espejo. El director francés explica con una intimidad asombrosa y sobrecogedora, las tremendas dificultades cotidianas, tanto físicas como emocionales, a las que se enfrenta Sasha y su familia, capturando de manera sencilla y humana, toda la complejidad social a la que se enfrentan en su vida, en un mundo todavía con demasiados prejuicios y convenciones sociales que rechazan todo aquello que sea diferente, que rompa con lo establecido, y sobre todo, que plantee una forma de ver las cosas desde puntos de vista no habituales, en los que hay que crear nuevas herramientas para lidiar con problemas de otro cariz humano.

La película es honesta, didáctica y magnífica, y se erige como una hermosísima invitación a entrar en las vidas de Sasha y su familia a través de  una intimidad extraordinaria y devastadora en su contenido, con momentos cotidianos de familiaridad e instantes horribles, cuando Sasha la visten como un niño en sus clases de ballet, o esos emocionantes momentos frente a la psiquiatra donde la niña rompe a llorar incapaz de explicar sus sentimientos enfrentados, cuando es aceptada en su familia y rechaza en el exterior. La capacidad y la inteligencia que desprende la mirada concienciadora y crítica de Lifshitz, en la que en ningún momento se decanta por el panfleto ni nada que se le parezca, sino todo lo contrario, mantiene una actitud humanista y sabe manejar un conflicto complejo que necesita tiempo y comprensión para construirlo. Una de sus muchas virtudes es el posicionamiento  de la cámara a la altura de los ojos de Sasha, para que veamos como la niña, y seamos ella, capturando toda el conflicto interior de alguien que se acepta como es y debe lidiar con una institución como el colegio que se niega a verla como es.

Una niña nos ofrece la grandísima oportunidad, como solo el cine documental es capaz de hacer y construir, de viajar con Sasha y su familia durante el tiempo que dura este arduo proceso de aceptación de la sociedad, con sus idas y venidas, sus diferentes estaciones, sus luchas, su resistencia, como esa madre Karina, una mujer valiente, fuerte y capaz, que hará lo imposible para que la diferencia de su hija sea aceptaba. Hay un instante de esta maravillosa y conmovedora película en que Karina habla de Sasha como su misión en la vida que es la de concienciar a la gente para que sean más empáticos, y sobre todo, habrán sus mentes para los nuevos retos y formas de mirar, entender y sentir la vida a la que deben enfrentarse, y que lo hagan con amor y sin prejuicios. Una niña también nos habla de educación, de respeto, de amor a los otros, de aprender a aceptarse y que los demás nos acepten como seamos y sintamos, sin ningún daño para nuestra persona, quizás la sociedad ha evolucionado muchísimo en otros ámbitos como la ciencia y el pensamiento racional, pero todavía nos queda evolucionar en lo más importante, en el pensamiento emocional, en interpretar como sentimos y cómo sienten los demás, para no herir al resto y sobre todo, seguir avanzando para construir todos juntos una sociedad más justa, más solidaria, más empática, en definitiva, más humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un cuento de tres hermanas, de Emin Alper

EN UNA REMOTA ALDEA DE LAS MONTAÑAS…

“La felicidad no existe. Lo único que existe es el deseo de ser feliz”

Antón Chéjov

El plano subjetivo de un automóvil circulando por una empinada carretera, que lleva a una pequeña aldea encerrada entre montañas en la Anatolia Central, en los años ochenta, se convierte en la secuencia que abre la tercera película de Emin Alper (Ermenek, Karaman, Turquía, 1974), del que conocíamos Beyond the Hill (2012), también ambientada en la zona rural, en la que un granjero y su familia se ven amenazados por la llegada de unos nómadas, en Frenzy (2015), el thriller social era el foco de atención en un apocalíptico Estambul. En Un cuento de tres hermanas, se centra en el fenómeno del “Besleme”, una práctica muy usada entre las gentes necesitadas y señores, consistente en que los hijos son “adoptados”, dejando el pueblo y hacerse un provenir en las ciudades con familias acomodadas, a modo de trabajar a su servicio en el hogar y la familia. El cineasta turco nos habla de tres hermanas que por diferentes circunstancias han sido expulsadas de la ciudad, o sea del “paraíso”, y han vuelto al pueblo junto a su padre, ya que madre falleció. Reyhan, la mayor volvió embarazada, y el padre para remendar el honor, la casa con Veysel, un pobre diablo pastor con deseos de abandonar esa mísera existencia. Havva, la pequeña, vuelve en el coche del principio, ya que ha muerto su “madre” adoptiva, y más tarde, volverá Nurhan, la mediana, ya que el Sr. Necati ya no la quiere.

El relato se mueve entre el cuento de hadas y el realismo social, aunque también hay tiempo, poco, en que las tres hermanas comparten esos sueños de dejar la aldea y labrarse una vida digna en la ciudad, entre las tres jóvenes existe una rivalidad durísima para conseguir ser las elegidas en detrimento de las otras. Alper no ahonda en la terrible miseria en la viven estas gentes, y en concreto, la familia, sino que a través de sus relaciones personales y la frustración que hay en cada uno de sus actos, damos buena cuenta en la opresión y aislamiento, tanto físico como emocional, en el que existen. Y no menos, indicar el aberrante patriarcado que existe en el lugar, donde las cuestiones las deciden los hombres, y las mujeres están para servir, obedecer y callar. Con la llegada del Sr. Necati, que trae de vuelta a Nurhan, la película se desata narrativamente, en la que se destaparán muchas verdades que arrecian en las circunstancias que han obligado a expulsar a las hermanas, dejando clara la tremenda servidumbre de estas personas ante Necati, esa especie de amo y señor de sus vidas.

El director turco se aleja del manido recurso de buenos y malos, en su película no hay nada de eso, solo personas que muestran varios rostros, que se benefician o aceptan una posición que les perjudica o les favorece, según la situación, unos seres humanos y complejos que muestran sensibilidad y vulnerabilidad, solamente seres humanos que viven bajo unas condiciones difíciles y que intentan lo imposible para salir de ella, aunque sea implorar al señor que les pude sacar de esa miseria moral y física. Las relaciones personales de la película son durísimas y ásperas, hay poco aliento para la esperanza o la compasión, si bien vemos alguna, pero la tónica general es la dureza y las miradas rotas y que atacan. La película también funciona como reflejo realista y fiel de unas condiciones de vida rurales llenas de dificultades, ya no solo atmosféricas, como los días helados, o esa incesante nieve que los aísla en invierno, sino las sociales, con las pocas posibilidades de trabajo, o pastoreo o sacar algo de la mina derrumbada, vislumbran un provenir muy oscuro y triste para los habitantes del lugar, como en el revelador instante, cuando Nurhan se detiene en mitad de la noche, y pasan frente a ella, por el camino, unos que vienen apesadumbrados por no sacar nada de la mina.

Alper ha construido una película a fuego lento, ejecutado a través de las miradas, los gestos y los cuerpos de sus tres protagonistas, auténticas almas de esta película sencilla y honesta, pero muy gran en su aparato emocional, tres mujeres a las que dan vida tres actrices dotadas para la interpretación, como son Cemre Ebüzziya como Reyhan, Ece Yüksel como Nurhan y finalmente, Helín Kandemir como Havva, tres seres que evidencian toda el marco opresivo y complejo en el que viven. Un retrato honesto y sensible, con esa carga humanista de los Rossellini o Kiarostami, con un entorno que moldea el carácter interno de sus habitantes, que va del documento social, casi etnográfico, como los que planteaba Rouch, o el universo del Delibes de “Los santos inocentes”, algo del realismo poético, con esos sueños que muestran una vida interior rica que manejan las tres hermanas, y el drama familiar, con ecos del drama de Chéjov, con esas tres hermanas, que después de muchos años sin contacto, se conocerán y entenderán muchas cosas que las separan y sobre todo, las que las unen, víctimas de su condición femenina, por un lado, en un mundo que dirigen los hombres, y sobre todo, de la miseria en la que viven. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sinónimos, de Nadav Lapid

CONSTRUIRSE LA IDENTIDAD.

“Si estamos en contra del estado, somos apátridas. Si hacemos el bien, somos enemigos. Si hablamos la verdad, somos peligrosos. ¡Somos todo menos lo que ellos quieren!

Sócrates

Yoav aterriza, como si fuese un extraterrestre, en el París actual, caminando frenéticamente en mitad de la noche, entrando en una vivienda, sacarse la ropa y ducharse, para más tarde, quedarse dormido en la bañera, cuando alguien le ha quitado la ropa. Emile y Coraline, una pareja de vecinos lo auxilia muerto de frío y le da cobijo, ropa y cariño. De Yoav solo conocemos que es israelí, no sabemos cómo ha llegado a París, si huye de algo o alguien, y sobre todo, ni el mismo sabe quién es ahora mismo. La tercera película de Nadav Lapid (Tel Aviv-Yafo, 1975, Israel) basada en experiencias autobiográficas, sigue la misma senda de sus anteriores trabajos, ejercicios contundentes, profundos y críticos sobre la sociedad israelí y todas sus ataduras culturales, como hacía en Policía en Israel (2011) en la que a través de la experiencia de un policía experto en terrorismo, nos enfrentaba al otro, al desconocimiento del terrorista y sus verdaderos motivos y la naturaleza de sus acciones, en La profesora de parvulario (2014) una maestra se enfrentaba a una sociedad demasiado conservadora en pos de uno de sus alumnos dotados para la poesía.

El director judío sitúa su historia lejos de sus fronteras, en un París alejado de lo conocido y turístico, donde seguimos las peripecias de Yoav, un joven apátrida, alguien que cada paso que da en la ciudad de acogida, le iremos descubriendo, tanto su pasado como su cotidiano presente, acompañándolo en sus paseos por la ciudad eterna, un lugar que se nos muestra con la efervescencia de alguien que solo lo conoce de oídas, llevado por su imaginación, de alguien que lo está descubriendo a cada paso, gesto o mirada, de un tipo que huye de un pasado militar en Israel que odia, que quiere olvidar su cultura judía, su familia, sus orígenes, y empezar de cero en otro paisaje, adoptando su idioma, negándose a hablar en israelí, en una huida hacia delante a través del cuerpo y la palabra, apropiándose de las palabras, esos sinónimos que rezan en el título de la película, repitiéndolos constantemente mientras camina a ritmo frenético por la ciudad, mirando a todos sitios y a ninguno, experimentando en trabajos alimenticios, viviendo como una especie de nómada, de outsider, de fantasma que esta redescubriéndose y sobre todo, construyéndose a medida que conoce su nueva ciudad y vida.

La cámara de Lapid, como una parte del cuerpo más de Yoav, se pega a su personaje y lo sigue en constante movimiento, como una especie de diario personal, donde los espectadores nos movemos al son que esas imágenes van marcando. El cineasta israelí coloca a Yoav en medio de todo, en una estructura que nos irá revelando su pasado, con esa rabia contenida y crítica feroz que hace ante el autoritarismo y militarismo de Israel, del que solo hay un camino posible, huir y dejarlo todo atrás, como veremos en esta nueva etapa que emprende el protagonista, en sus relaciones personales con sus nuevos amigos franceses, Emile y Caroline, dos burgueses hastiados de la existencia y del amor, que lo integran en sus relaciones íntimas como intruso benefactor para sacarlos de su desesperación y frustración vital. Y en el otro lado, Yaron, israelí que trabaja en la embajada como seguridad, que se convierte en el símbolo de esas raíces que Yoav quiere abandonar, peor a la vez, es una especie de fuerza del pasado que le empuja a ser quién quiere dejar ser.

En esa especie de limbo encontramos al joven conductor de esta aventura enmarcada en el retrato social, la profundidad personal a través de la identidad, la pérdida de valores humanos, la desorientación de muchos jóvenes cansados y alejados de una sociedad demasiado consumista y rígida en sus formas y convenciones sociales, donde encontramos drama íntimo y personal, locura, humor, surrealismo, fantasía, violencia, amor, sexo, misterio, y donde todo sucede a velocidad de crucero, donde no hay tiempo, donde todo marcha a contrarreloj, donde todo está a un tris de explotar, donde todo se mueve, se huele, se siente, a través de las palabras, el cuerpo y las emociones libres y disparadas, donde la tensión y lo febril se dan la mano, donde Yoav ha muerto de su patria, y ahora convertido en un náufrago, se reconstruye lejos de su vida hasta ahora, de su infancia, de su familia, y quiere reencontrarse con algo que le haga despertar de este letargo en un proceso muy personal de descubrimiento intrínseco que le lleve a otro lugar con destino incierto y desconocido ahora mismo.

La fascinante, brutal y conmovedora interpretación de Tom Mercier en la piel de un Yoav, uno de esas personas que rechaza totalmente a su patria, un país intolerante, sumido en la autodestrucción y en la paranoia militar, bien acompañado por los Quentin Dolmaire como Emile y Louise Chevillotte como Caroline, en esa pareja de parisinos altivos, culturales, sensuales, perdidos y aburridos que, encuentran en Yoav su propia tabla de salvación, en una cinta sobre náufragos sin patria, sin espacio ni tiempo, que recuerda a algunos títulos de Godard de los sesenta como Bande à part, Pierrot el loco, Masculino, Femenino o La chinoise, entre otros, jóvenes perdidos, alocados, politizados, y desorientados que clamaban por una libertad que desconocían en qué consistía exactamente, u otros con la misma intensidad y tratamiento como Soñadores, de Bertolucci, o trabajos de Garrel como Les Amants réguliers, donde una juventud a la deriva encontraba alicientes para defender la libertad tanto personal como social, intentando rencontrarse y relacionarse con los demás y con ellos mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los informes sobre Sarah y Saleem, de Muayad Alayan

LA CONVIVENCIA IMPOSIBLE.

La puesta de largo de Muayad Alayan (Palestina, 1985) fue Love, Theft and Other Entanglements (2015) un thriller apasionante donde un vulgar ladrón de coches palestino se veía envuelto en un lío de mil demonios cuando descubría que el vehículo que había robado contenía en el maletero un militar judío secuestrado. El conflicto palestino-israelí, como no podía ser de otra manera, vuelve a centrar su segundo trabajo Los informes sobre Sarah y Saleem, en la que vuelve a jugar con los caprichos del destino, situándonos en la ciudad de Jerusalén, dividida entre el oeste, espacio judío, y el este, espacio palestino pero militarmente ocupado por el ejército israelí. En esa atmósfera represiva y asfixiantes Saleem, un palestino casado a punto de ser padre que reparte pan, mantiene una relación extraconyugal con Sarah, dueña de una cafetería y esposa de un militar israelí. Los encuentros clandestinos de los amantes mantienen su cotidianidad sin que las respectivas parejas tengan constancia de tales hechos. Pero, todo cambia, cuando una noche en la zona palestina Saleem se pelea con un tipo que acosa a Sarah.

A partir de esos instantes, las existencias de Sarah y Saleem se convertirán en una lucha ciega e intensa para salvar sus vidas y sobre todo, salir airosos del incidente que cuando entra el ejército israelí en materia comienza a aumentar su alcance y peligrosidad, sobre todo para Saleem, que es acusado de terrorista. Alayan, que creció en la zona que retrata, se apoya en un excelente guión escrito por su hermano Rami Alayan, para mezclar con intensidad y agilidad los momentos de terror cotidiano a los que deberán enfrentarse sus personajes, convirtiendo esa atmósfera inquietante y naturalista que recorre todo el metraje, en una de sus mejores armas, tanto formales como argumentales, situando al espectador en el centro de la cuestión, sin tomar partido por el cuarteto de personajes que dirime en los hechos. Los ya mencionados Sarah y Saleem, y sus respectivas parejas, Bisan, esposa de Saleem, embarazadísima que busca incansablemente alguna pista que permita la libertad de su marido, y David, el honorable y patriota militar que antepondrá su carrera a su vida y sobre todo, a la traición de su mujer.

El relato va cambiando de punto de vista según va sucediendo los hechos en cuestión, observando con minuciosidad las estrategias y perspectivas morales de cada uno de los implicados, unos anteponiendo sus razones contra las de los otros, en ese clima prebélico en el que vive una ciudad como Jerusalén, un espacio donde las divisiones entre judíos y palestinos no son solo ideológicas, sino sociales, políticas, económicas y casi en todo. Dos formas de verse, de vivir y de compartir una ciudad donde la convivencia resulta imposible, donde unos dominan y otros, los dominados se quitan esa presión como pueden, en la que la vida y la muerte están demasiado cercanas, incluso mezcladas, donde todos intentan salir adelante en un lugar oscuro y terrorífico, donde la cotidianidad de las personas se funde en esa tensión constante y brutal entre unos y otros, donde nadie se fía de nadie y donde las cosas nunca son lo que parecen.

La película con ese aroma de drama psicológico bien construido y sumergiéndonos en ese ambiente político oscuro y tenebroso se suma a títulos como El Cairo confidencial, de Tarik Saleh, y El insulto, de Zarid Doueiri, dos sendos thrillers donde describen con exactitud y brillantez todas las tensiones habidas y por haber que se manifiestan en los países árabes atenazados por los climas y conflictos políticos de difícil resolución por los múltiples intereses económicos, sociales y demás. Un excelente y brillante cuarteto protagonista que de forma naturalista e íntima, elevan el conflicto de la película a través de esas miradas y gestos tensos y profundos que describen con minuciosidad todo lo que va ocurriendo en este drama psicológico en el que nos revelan un cuento moral donde se dirimirá las cuestiones emocionales de unos y otros.

Una película que en lo narrativo y descripción de personajes se asemeja a Muerte de un ciclista, de Juan Antonio Bardem, donde a raíz de un suceso sin más, hacía un retrato prufundo y sincero de todas las cuestiones emocionales y sociales que se vivían en aquella España franquista, gris y represiva, como ocurre en ese Jerusalén invadido y convertido en cárcel para unos e invasor para otros, con la peculiaridad de toda la carga emocional de unos personajes complejos y algo sombríos, dejando a tras luz todo aquello que anteponemos en la vida en relación a unas personas con otras cuando la situación se torna peligrosa, cuando debemos decidir hacia adonde nos encaminamos, poniendo en cuestión nuestra vida, nuestros valores personales, y sobre todo, nuestros ideales, entrando en tromba a la naturaleza de las personas y aquello que bulle en su interior, sin trampa ni cartón. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El hotel a orillas del río, de Hong Sangsoo

MIENTRAS CAE LA NIEVE.

La inmensa capacidad creativa de Hong Sangsoo (Seúl, Corea del Sur, 1960) con más de la veintena de títulos en 22 años desde que dirigiese en 1996 su debut con El día que un cerdo cayó a la nieve, ya no asombra a nadie, convertida en una de sus señas de identidad como cineasta, emulando a otros colegas como Fassbinder, Woody Allen o Jess Franco, autores que han hecho de su inagotable producción una de las formas más definibles de su universo cinematográfico. Sangsoo se centra en conflictos emocionales, donde los relatos sentimentales serían uno de sus centros de observación, situados en la periferia de las ciudades o en pequeñas poblaciones, donde sus personajes, gentes dedicadas al cine o al arte, a partir de conversaciones cotidianas y triviales, esparcen sus rupturas emocionales y sus incapacidades para encontrar el amor y sobre todo, para mantenerlo. A través de una forma sencilla y ligera, en el que se cuela lo poético de modo suave y sin estridencias, donde los encuadres obedecen siempre al movimiento y al gesto de los personajes, incluso utilizando el zoom como recurso narrativo, en la que el autor surcoreano indaga en los males modernos de una sociedad cada vez más aislada, perdida y enferma.

En El hotel a las orillas del río, Sangsoo nos convoca en una pequeña ciudad, que apenas veremos, en el interior de un hotel cerca de un río, en mitad del invierno, donde somos testigos del frío que padecen sus personajes, implacable metáfora de los estados emocionales en los que se encuentran. Por un lado, tenemos a un viejo poeta que convoca a sus dos hijos, a los que hace tiempo que no ve,  para despedirse de ellos, ya que sueña con su muerte cercana. Por el otro, tenemos a una joven que pasa su luto junto a su amiga del alma, después de que su chico la abandonará. Dos relatos independientes, que llegarán a cruzarse en algún momento del metraje, componen un relato intimista, sincero y veraz sobre las formas de decir adiós cuando uno sabe que su tiempo ha llegado a su fin, y otra, que también necesita decir adiós y cerrar esa etapa de su vida, ese amor que no fue, para seguir adelante con su vida. Sangsoo mira su película de adentro hacia afuera, a través del interior del hotel, un espacio aislado en el que apenas se divisan los cinco personajes en liza y la recepcionista, personaje que hila los dos relatos y pone esos instantes cómicos en los que asalta a sus huéspedes para solicitarles un autógrafo.

Todo sucede en el salón y las habitaciones del hotel, exceptuando tres momentos de un paseo en la nieve, el trayecto hacia el restaurant y la comida en el restaurant. El cineasta surcoreano evidencia una pureza de estilo que encaja a la perfección con el tipo de historias que cuenta, con ese luminoso y triste blanco y negro, en que la luz natural se cuela invadiendo los espacios de la película, que acompaña aún más si cabe la situación emocional de los dos personajes protagonistas, almas en la nieve, a la deriva, situados en mitad de la nada, en un lugar que hiela el alma, los sentimientos y los sentidos, un espacio no lugar, blanco, sin tiempo ni ubicación, vacío y aislado, como si todo el mundo fuese acorde con lo que ellos sienten, esos sentimientos confusos, de pérdida, de dolor, de final del camino, de no hay nada más, de empezar de nuevo o acabar de una vez. La película se interroga constantemente lanzando ideas e hipótesis, interpelando directamente a los espectadores porque bajo ese manto blando y esas conversaciones sin más, existe un poco oscuro y sin fondo de bandazos emocionales donde los personajes se desplazan sin rumbo, sin voluntad, atados a sus emociones rotas, resquebrajadas y vacías.

Un plantel de intérpretes en estado de gracia donde destacan las presencias de Kim Minhee, musa del director, que vuelve a componer ese personaje ajado, roto  y fantasmal que se mueve por inercia, y cuando lo hace, porque la mayoría del tiempo está tumbado, dormido y sin fuerzas, roto en todos los sentidos, intentando avanzar y a cada paso que da parece dar dos para atrás, y Ki Joobong, ese poeta cansado y triste, que ya no escribe, que anda por un hotel vacío y perdido en el tiempo, invitado por un desconocido, alguien casual en un lugar en el que nada tiene que hacer, quizás sí, quizás tiene que despedirse de los suyos por eso los convoca, o quizás, siente que su vida ya alcanzado su tiempo, y ya nada más tiene que decir ni hacer. Sangsoo vuelve a alimentar nuestra alma con su cine sencillo y honesto, con su capacidad asombrosa e inagotable para seguir sumergiéndose en la psique humana y todas sus contradicciones y demás, a través de aquello más cotidiano y superficial, como compartir una comida, mientras sus personajes conversan de grafología, del tiempo pasado, de la amistad como pilar fundamental en las relaciones humanas, y sobre todo, la incapacidad emocional, como mencionaba Ingmar Bergman en su cine, mal de todos los tiempos, donde los seres humanos no somos capaces de encontrar aquello que nos hace estar bien, y cuando lo encontramos, somos incapaces de valorarlo, de expresarlo a los demás y compartir lo que sentimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La (des)eduación de Cameron Post, de Desiree Akhavan

RECONSTRUIRSE LA IDENTIDAD.

“Lo terrible es eso, que la identidad pasa a ser definida por el sexo. Es decir, una banalidad pasa a definir lo esencial”.

Manuel Puig

La primera película de Desiree Akhavan (Nueva York, EE.UU, 1984) Appropriate Behaviour (2014) plasmaba muchas inquietudes personales de la propia directora, ya que hablaba de Shirin, una joven estadounidense bisexual de padres iraníes que tenía que volver a reconstruirse la identidad sexual después de terminar con su novia. En su siguiente trabajo, la serie The Bisexual (2018) volvía a las mismas cuestiones sobre la identidad sexual. En su segundo largometraje, sigue profundizando sobre estos mismos temas, aunque si en los anteriores trabajos los contextos históricos eran actuales, de aquí y ahora, en este trabajo rompe con esa tendencia para situarnos en la Montana de 1993, sumergiéndonos en la cotidianidad de Cameron, una estudiante de éxito que la noche del baile de graduación es sorprendida por su novio en actitud sexual con una compañera. El revuelo es impresionante y más en el hogar de Cameron, con sus tíos como tutores de fuertes creencias evangelistas, y al cosa no pinta bien para ella, ya que la trasladan a “La promesa de Dios”, un centro de terapia para reorientar la sexualidad de jóvenes homosexuales, dirigido por la Dra. Lydia Marsh que reconvirtió a su hermano gay en heterosexual y ahora es el reverendo del centro.

Un centro que emplea terapias agresivas basadas en la reorientación sexual para odiar la propia identidad homosexual y abrazar la heterosexualidad que consisten en terapia individualiza, el dibujo de un iceberg en el que tendrán que escribir todo aquello gay que les ha llevado a confundir su orientación, sesiones de gimnasia de fuerte contenido religioso, rock cristiano donde se alza la heterosexualidad, o terapias de grupo del tipo de alcohólicos anónimos donde se discrimina la homosexualidad. Acciones para eliminar de raíz el AMS (Atracción del mismo sexo) y reconvertir en personas cristianas a todos los adolescentes encerrados emocionalmente en ese siniestro lugar. Akhavan con su guionista habitual, Cecilia Frugiuele encontraron la historia en la novela epónima de Emily M. Danforth, para construir un relato en el que se critica con dureza este tipo de centros fascistas y ultra católicos, pero no lo hace de forma siniestra y cómo una película de terror se tratase, huyendo completamente de ese tratamiento que convertiría la historia en algo parecido en un panfleto, la película no juzga, se limita a retratar a sus personajes de forma humanista y buceando en sus conflictos y contradicciones para construir un mosaico de diferentes personajes complejos que lidian con sus traumas y experiencias personales muy oscuras.

El personaje de Cameron nos ayuda a descubrir los métodos siniestros del centro, y también a los demás internos, en la que hace estrecha amistad con Jane Fonda, una chica que creció en una comuna de hippies y ahora cultiva clandestinamente marihuana y además, se mantiene un poco al margen de los métodos del centro, junto a ella, como una sombra le sigue Adam Red Eagle, de origen indio navajo, que al igual que Jane son los inadaptados del centro que harán buenas migas con Cameron. También, conoceremos a otros personajes que viven su homosexualidad a escondidas del centro, donde los encuentros homosexuales se van sucediendo. La directora iraní-estadounidense profundiza con acierto y brillantez en como un grupo de adolescentes se ve sometido al juicio implacable de su identidad sexual a tan temprana edad, situación que los arrastra a sentirse mal consigo mismos y a aprender a odiarse a sí mismos, como en un momento estallará el personaje de Cameron.

La película mantiene el espíritu del cine indie estadounidense, y se refleja, tanto en su forma como en su fondo al universo adolescente de John Hugues, un autor magnífico y profundo en su mirada hacia la adolescencia, mostrando todos sus aspectos y peculiaridades. Un reparto maravilloso, cercano y natural encabezado por la impresionante capacidad tanto de gesto como de mirada de Chloë Grace Moretz llevando a buen término el difícil trayecto vital de Cameron, con su momentazo musical interpretando el What’s up?, de los 4 Non Blondes, un hit sobre la identidad de aquellos principios años noventa, bien acompañada por Sasha Lane (que nos había fascinado como prota de American Honey, de Andrea Arnold) con ese espíritu rebelde y libre, Forrrest Goodluck da vida al introvertido e inteligente Adam Red Eagle, que además de su identidad sexual tiene en lucha otra identidad, la de su origen indio navajo, y por último, Jennifer Ehle que interpreta con aplomo y detalle a la siniestra y rígida “ama de llaves” de la función, manteniendo su oscuro y horrible centro con al religión como medio.

Akhavan plantea un relato humano y de verdad, que interprela constantemente al espectador, sin subterfugios ni sentimentalismos, siguiendo la estela de Huges, donde todo lo que se cuenta tiene vida y complejidad, acertando de lleno en su exploración sincera e íntima de su mirada hacia la adolescencia y sus conflictos, a todo aquello que sienten, que desean y las múltiples trabas de los adultos a impedirles ser como ellos sienten, en una lucha fratricida entre unos adultos que corrigen y condenan a sus hijos para que sean personajes amargadas y ocultas, y unos adolescentes en el otro lado del ring, deseando un poco de paz y tranquilidad, y sobre todo, sentirse libres en una sociedad que se empeña a seguir un orden establecido que daña a los seres humanos y les coarta su vida en pos del autoengaño y la cárcel interna que quieren mantener a toda costa, convirtiendo en tristeza e infelicidad la vida de unos adolescentes en una etapa de descubrimiento y libertad de sus vidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Touch Me Not, de Adina Pintilie

EL CUERPO, SUS DESEOS Y MIEDOS.

“Vivo todos los días con mi cuerpo. Pero supongo que no lo conozco. Aparte de las varices, la cicatriz. Cuando me dijo: Háblame de tu cuerpo. No tenía nada que decirle. – Tal y como yo lo veo, eres tu cuerpo, en este mismo instante. Y hablas de tu cuerpo como si fuera un desconocido”.

El cuerpo. Los cuerpos. Sus miedos, sus deseos, sus formas, sus expresiones. La intimidad de cada uno, lo que anida en lo más profundo de nuestro interior, aquello que en realidad somos, aunque nos neguemos a verlo, a ser, que, en ocasiones, se convierte en nuestro más ferviente enemigo, en aquello contra lo que luchamos, en lo nos impide disfrutar de nuestro cuerpo, de nuestra intimidad, de nuestro sexo, en realidad, de nosotros mismos, de lo que somos. La puesta de largo de Adina Pintilie (Bucarest, Rumania, 1980) es una película-híbrido que maneja formas y texturas tanto de la ficción como el documental, para sumergirnos en un relato sobre los cuerpos y nuestra relación con ellos, a partir de varios personajes que, de un modo u otro, experimentan su cuerpo y su intimidad de formas muy diferentes, desde el rechazo, desde la incapacidad, desde el descubrimiento de placeres ocultos e intensos, desde el propio yo y demás.

A partir de un marcado y especial estilo visual que podríamos decir casi desnudo, donde predomina el blanco y sus tonalidades, Pintilie nos invita un viaje a la psique humana, como en sus anteriores trabajos, para descubrirnos y descubrir a Laura, una mujer que ha pasado la cincuenta y se muestra incapaz de descubrir su cuerpo y sobre todo, el de los demás. Por su vivienda pasaran una serie de personajes que intentarán ayudarla sacándola de esa prisión interior en la que se encuentra, desde jóvenes acebos que se masturban delante de ella, un trans de su misma edad que vive su cuerpo y su sexualidad de forma libre y sin ataduras de ningún tipo, un acompañamiento sexual que a partir de contactos corporales le hará expulsar todo aquello que la ata a sus miedos que le impiden expresarse a través de su cuerpo, su intimidad y su sexualidad, y finalmente, seguirá y se acostará con Tomas, un joven que no puede olvidar a su ex y además, participa en talleres psicoemocionales sobre el cuerpo y cómo tocarlo con discapacitados, donde conoceremos a Christian, un joven con una severa discapacidad que se muestra ante la cámara con una desnudez emocional impresionante y reflexionará sobre su cuerpo, su sexualidad y sus deseos más íntimos.

La directora rumana fusiona con acierto y veracidad sus entrevistas, pero huyendo de la forma convencional para adentrarse en aspectos más emocionales e íntimos, con la pericia de Laura, el de Tomas y el de Christian, individuo que escenifican la realidad oscura de tantos seres que todavía albergan infinidad de tabúes y problemas personales acerca de cómo debe ser nuestro cuerpo y la relación que tenemos con él, como experimentamos nuestra intimidad y como nos tocamos a nosotros mismos a los demás, y que deseos ocultos y profundos albergamos en cuestiones sexuales. Pintilie lanza un grito de libertad y amor hacia nosotros mismos, a levantarnos, a auto descubrirnos cada poro de nuestra piel, de nuestros cuerpos, sin miedo ni convecciones sociales o históricas, sino simplemente dejándonos llevar por aquellos que estamos sintiendo, por aquello que nos arrebata el alma, por nuestra libido, sea cual sea, sin más, tocándonos y tocando a los demás y sobre todo, disfrutar del sexo como si fuera nuestra primera vez, descubriéndolo y descubriéndonos a nosotros mismos, materializando esos placeres y deseos ocultos que nos harán estar mejor con los demás y con nosotros mismos, que cuerpo y mente sean uno sólo, un solo espacio de diversión, placer y sexo.

Un reparto que mezcla con sabiduría y acierto los intérpretes profesionales como Laura Benson (que ha tenido a sus órdenes a cineastas tan importantes como Altman, Frears o Chéreau) compone un personaje complejo y difícil, solitario, lleno de miedos y conflictos interiores, se convertirá en nuestra guía, tanto espiritual como física, porque a partir de ella y sus procesos, físicos y emocionales, iremos descubriendo la película y los demás personajes, las diferentes formas, tácticas y estrategias para abordar los problemas con nuestro cuerpo y todo lo que conlleva, Tomas Lemarquis (al que lo hemos visto en películas como Blade Runner 2049 o Snowpiercer) un aspecto distante y frío, nos toparemos con alguien que necesita despegarse del amor frustrado para abrazar una vida más intensa y exenta de prejuicios sexuales.

Y los intérpretes no profesionales, que nos regalan sus vivencias y sus experiencias más íntimas sobre su cuerpo y su sexualidad, en el que sobresale la honestidad y capacidad de Christian, un discapacitado que no sólo a descubierto su cuerpo y el sexo, sino que ha experimentado una vida sexual placentera y llena de infinitas posibilidades, Hannah, un transexual que después de la cincuentena ha descubierto su verdadero yo y ahora disfruta de quién es, su cuerpo y el sexo, o Seani, el acompañamiento sexual que ayuda a los demás, a aquellos que se sienten desplazados por sus traumas sexuales y rechazan y desconocen su cuerpo. Una película magnífica y fascinante, que nos lleva a un viaje hipnótico y muy íntimo para descubrir el cuerpo, los cuerpos, sus intimidades, sus procesos, sus miedos, sus deseos, sus sexualidades, y sobre todo, una mirada crítica y feroz a esa sociedad tan superficial y mercantilizada que olvida a aquello que somos, que desplaza los cuerpos a una mercancía más, algo que se vende, y oculta su verdadero lugar en nuestras vidas, un espacio de experimentación muy personal y profundamente íntima para vencer aquello que nos produce temor y lanzándonos a un viaje de autodescubrimiento especial y bello para disfrutarlo y experimentar con sus formas, texturas y sexualidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El cine de aquí que me emocionó en el 2017

El año cinematográfico del 2017 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 13 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión por mi parte).

1.- MIMOSAS, de Oliver Laxe

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2.- PSICONAUTAS, LOS NIÑOS OLVIDADOS, de Alberto Vázquez y Pedro Rivero

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https://242peliculasdespues.com/2017/02/27/entrevista-a-alberto-vazquez-y-pedro-rivero/

3.- INCERTA GLÒRIA, de Agustí Villaronga

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https://242peliculasdespues.com/2017/03/26/entrevista-a-nuria-prims/

4.- DEMONIOS TUS OJOS, de Pedro Aguilera

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https://242peliculasdespues.com/2017/05/21/entrevista-a-pedro-aguilera/

5.- JULIA IST, de Elena Martín

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https://242peliculasdespues.com/2017/06/23/entrevista-a-elena-martin/

6.- ESTIU 1993, de Carla Simón

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https://242peliculasdespues.com/2017/07/24/entrevista-a-carla-simon/

https://242peliculasdespues.com/2017/07/11/entrevista-a-valerie-delpierre/

7.- VERÓNICA, de Paco Plaza

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8.- CONVERSO, de David Arratibel

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https://242peliculasdespues.com/2017/10/02/entrevista-a-david-arratibel/

https://242peliculasdespues.com/2017/10/16/encuentro-con-david-arratibel/

9.- HANDIA, de Aitor Arregi y Jon Garaño

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https://242peliculasdespues.com/2017/10/27/entrevista-a-aitor-arregi/

10.- MORIR, de Fernando Franco

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11.- TIERRA FIRME, de Carlos Marques-Marcet

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https://242peliculasdespues.com/2017/12/03/entrevista-a-carlos-marques-marcet-2/

12.- LA LIBRERÍA, de Isabel Coixet

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13.- EL AUTOR, de Manuel Martín Cuenca

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14.- MUCHOS HIJOS, UN MONO Y UN CASTILLO, de Gustavo Salmerón

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Entrevista a Pedro Aguilera

Entrevista a Pedro Aguilera, director de “Demonios tus ojos”. El encuentro tuvo lugar el viernes 28 de abril de 2017 en el hall del Teatre CCCB, en el marco del D’A Film Festival 2017 en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pedro Aguilera,  por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría y Alex Tovar de Suria Comunicación, por su amabilidad, paciencia, generosidad y cariño.

Demonios tus ojos, de Pedro Aguilera

ESE OSCURO OBJETO DEL DESEO.

“Cuidado con lo que ves… puede cambiar tu manera de mirar”

La película arranca de manera brillante, con esa atmósfera oscura e inquietante, que no nos abandonará el resto del metraje, en un breve prólogo que deja claro las intenciones del protagonista como de la película que acabamos de empezar a ver. En una noche, en un tren, un director de cine que, viaja acompañado de su novia, duerme. Se despierta y observa a una mujer mayor que comienza a grabar con el móvil, la mujer se levanta molesta y se va. Inmediatamente después, un periodista lo entrevista y le pregunta sobre cuando perdió su inocencia, y Oliver, que es como se llama el cineasta, le explica una historia de niño cuando murió accidentalmente su mascota. A partir de ese instante, y después de visionar un video sexual explícito de Aurora, su hermanastra pequeña, siente la necesidad de viajar a su encuentro en Madrid. La tercera película de Pedro Aguilera (San Sebastián, 1977) explora los límites del deseo, las perversiones oscuras y demoledoras que nos atrapan y nos arrastran hasta lugares oscuros y profundos, también remite a nuestra forma de mirar y relacionarnos con las imágenes, en un mundo contaminado y devastado de vídeos que muestran con vehemencia la intimidad de cualquiera, donde nuestra vida y nuestros cuerpos están expuestos a lo público, observados por múltiples miradas desconocidas.

Aguilera ya había dado cuenta de su talento con La influencia (2007) donde seguía los pasos de una madre perdida, sin nada que intentaba salir adelante con la ayuda de sus hijos, le siguió Naufragio (2010) en la que se adentraba en la dura existencia de Robinson, un sin papeles que se buscaba la vida en una España vacía y sin sentimientos. El cineasta donostiarra sigue acercándonos a personajes a la deriva, náufragos de nuestro tiempo, personas buscándose a sí mismas, sin rumbo fijo, de pasados turbulentos y terribles, que hacen todo lo posible por relacionarse de manera sana con los demás, aunque muy raras veces lo llegan a conseguir. Oliver es un tipo que se presenta en Madrid, después de muchos años de ausencia y casi sin saber nada de su familia, dice que anda buscando la inspiración para su próxima película, o anda buscándose a sí mismo, o quizás ambas cosas a la vez, quién sabe. Fascinado por la belleza e inocencia de Aurora comienza a espiarla a través de una cámara que filma su habitación. Oliver mira las imágenes que descubren la intimidad de Aurora, en un provocador y perverso juego de voyeur, en el que no puede dejar de mirar e inquietarse con aquello que ve.

La inocencia imperturbable de Aurora se ve amenazada por el deseo animal y visceral de Oliver que lentamente va traspasando los límites del simple voyeur para traspasar la pantalla y adentrarse en ese mundo prohibido, inmoral y siniestro que representa Aurora. La forma en la que miramos las imágenes, nuestro imaginario, y la fantasía que nos provocan estas imágenes son la parte estructural de la película de Aguilera, una cinta que juega a los contrastes, desde su peculiar formato, el 1:33, y esa imagen, más propia del cine setentero o principios de los ochenta, donde los colores vivos se mezclan con la oscuridad de la noche, donde parecen suceder todas las perversiones que no pueden controlar sus personajes. El director nos encierra casi en las cuatro paredes de esa casa acomodada de las afueras, de familia con pasado turbio, con un padre en común, que se mueve entre lo afable y lo siniestro, y unas vidas en tránsito, donde nada es lo que parece y los más bajos instintos se ocultan bajo el amparo de la comodidad de la intimidad.

Una película que nos devuelve el cine que transita por nuestros más bajos instintos sexuales y depredadores de la condición humana, remitiéndonos a títulos como Peeping Tom (donde los rostros femeninos asesinados provocaban el placer del individuo) o la atmósfera terrorífica de juegos eróticos de las películas de Hitchchock como Vértigo (donde el protagonista se sentía fascinado por resucitar a una muerte)  Psicosis (en el que el torturado Norman Bates era un mirón que acababa con las vidas de las mujeres que despertaban su deseo) e incluso La sombra de una duda (donde la amenaza de un tío dejaba a su sobrina a su merced), o el deseo sexual reprimido del cine de Buñuel como Belle de jour, Susana (Demonio y Carne) o Ese oscuro objeto del deseo (que curiosamente también arrancaba en un tren), o los viajes psicóticos de Arrebato, de Zulueta, donde el cine transformaba a sus espectadores llevándolos a traspasar la imagen y formar parte de ella, o el cine español de los sesenta, y sobre todo de los setenta, en sus relatos de tipos amargados reprimidos sexualmente, sin olvidarnos de cierto cine underground, donde el sexo es un motor de desinhibición y escapismo ante las frustraciones vitales,  o las películas más oscuras y tenebrosas de Almodóvar como La ley del deseo o Los abrazos rotos (con el cine como motor de oscuras perversiones) o La piel que habito (en el que un ser atormentado emprendía una venganza siniestra).

Una pareja protagonista de altos vuelos interpretados por los estupendos Julio Perillán (con ese aspecto varonil, animal y misterioso, de lobo hambriento, que se adentra en el bosque para seducir lo prohibido) e Ivana Baquero (la lolita frustrada en una relación monótona con un novio pavo que descubre junto a su hermanastro cineasta las perversiones sexuales más oscuras). Aguilera nos invita a un cuento erótico, a cine dentro del cine, una fábula de cazadores, de pasiones desatadas, y deseos que se buscan irremediablemente, que destila una sensualidad desbordante, de calor sofocante, de cuerpos calientes, y sentidos a flor de piel, en un inquietante juego sexual en el que desconoces quién atrapa a quién y quién busca a quién, donde todo se mezcla y los dos hermanastros se sumergen a un perverso descenso a los infiernos en el que no hay vuelta atrás, en este viaje endiablado hacia el interior, en el que no existen fronteras ni límites, en el que tampoco hay luz, sólo oscuridad y tinieblas,