La portuguesa, de Rita Azevedo Gomes

LA MUJER LIBRE.

“La grandeza humana tiene raíces en lo irracional”.

Robert Musil

En un tiempo indeterminado, junto a las ruinas que antaño fuera un palacio lujoso, vemos a una mujer de avanzada edad reposando. Un rato después, se levanta y mientras camina comienza a cantar un poema. Ella es una visitante que vaga por el relato, sin destino, con un pie aquí y otro en otro tiempo, alguien sin tiempo ni raíces, alguien que nos irá anunciando los diferentes tramos de la película. Después de este brevísimo prólogo, la película se posa en la Edad Media, tiempos de guerra, convulsos e inestables, en algún lugar de un viaje con rumbo al Norte de Italia, donde Lord Von Ketten disputa el Episcopado al obispo de Trento. Conoceremos a “La portuguesa”, la bella esposa, casi una niña, de Von Ketten, que ha vivido un año de luna de miel junto a su esposo y acaba de dar a luz a su primer hijo. Una vez llegado al destino, un esplendoroso palacio que se alza con siglos de historia familiar, el señor de la casa partirá a la guerra, una guerra que durará once larguísimos años, mientras, “La portuguesa” esperará rodeada de su séquito, y abriéndose a la vida y sus diferentes placeres y emociones.

El nuevo trabajo de Rita Azevedo Gomes (Lisboa, Portugal, 1952) vuelve a recoger su materia prima en un relato del escritor austríaco Robert Musil (1880-1942) incluido en su libro Tres mujeres (escritor que ya había ha sido adaptado al cine de la mano de Volker Schlöndorff en El joven Törless en 1966) como ya había sucedido en sus anteriores películas, donde había adaptado a André Gide, Stefan Zweig en A Colecção Invisível (2009) o a Barbey D’Aurevilly en La venganza de una mujer (2012). Después de Correspondencias, de hace tres años, donde a medio camino entre el ensayo documental y la ficción, seguía el doloroso exilio del poeta portugués Jorge de Sena, Gomes vuelve a sus atmósferas asfixiantes y tediosas, a sus relatos protagonizados por mujeres solitarias, despechadas y tristes, a esos espacios donde la vida se detiene, en que las cosas adquieren otra naturaleza, como si significado cambiará y ahora fuesen de otra forma, invisible para los ojos e imperceptible para los sentidos.

La directora portuguesa nos sumerge en la mirada de “La portuguesa”, donde al comienzo la vemos esplendorosa, bella y exultante de alegría, erotismo y amor, peor la iremos viendo, casi al minuto, su descomposición, su tristeza y su soledad, debido a esa guerra que ausenta su marido, si bien su primer retorno, todo parece volver, la sensualidad olvidada renace y los dos amantes practican el juego del amor y el erotismo propio de los enamorados. Pero, después de su marcha, el tedio vuelve a contaminar el espíritu de la joven esposa, los años pasan y nada cambia, aunque la mujer experimenta cambios, nuevas sensaciones, y la vida cambia adquiriendo nuevos sentidos y oportunidades, nuevas maneras de vivir, de reír, de cantar, de nadar, de sentir, y de rehacerse a cada instante, acostumbrándose a la ausencia del esposo, que cuando vuelve, se convierte en un ser espectral, alguien extraño en un palacio casi en ruinas, debido a tanta gasto ocasionado por la guerra, una lucha eterna que mantenía el orden establecido provocado pro años de guerras sin fin. Ahora, con la paz, todo parece haberse roto, una paz que provoca corrupción y miedo, un tiempo olvidado y fantasmal, donde todo parece encogerse lleno de incertidumbre y vacío, donde las cosas atienden a otras formas más frágiles e inquietas.

Gomes opta por una forma quieta y bella, donde sus “Tableaux Vivants”, naturalistas y cotidianos, con el aroma de Vermeer o Zurbarán, con esa profundidad de campo, en que cada figura humana, objeto y colores, donde predominan el azul claro y los oscuros, consiguen sumergirnos en la vida y el alma de “La portuguesa”, una extraña entre todos, y sobre todo, de ella misma, en unos encuadres estáticos obra de Acácio de Almeida, que ha filmado casi todos los trabajos de la directora. Los 136 minutos de metraje nos llevan por ese mundo sin hombres, o sin el señor de la casa, esa ausencia que parece el fin en un primer momento, después, para su joven esposa se convierte en una seña de liberación, de experimentación a la vida y a todas las cosas y objetos que la forman, de arrancarse el corsé, soltarse la melena y llevar ropas sueltas y convertirse en un espíritu libre, brillante y de una fuerza irrompible y llena de vida.

La brillante adaptación obra de la escritora Agustina Bessa-Luís (Amaranto, Portugal, 1928) que ya había trabajado con Gomes en A conquista de Faro (2005) y con Oliveira en dos de sus celebrados dramas como El principio de la incertidumbre (2002) o El valle de Abraham (1993) compone a través de la literatura, la poesía, el teatro y la ópera, una obra compuesta en tres tiempos, en un primer tramo, conoceremos a Von Ketten y a su joven esposa, y el amor que se profesan y el reencuentro después de la guerra. En un segundo tramo, el más extenso de la película, “La portuguesa” experimenta la tristeza y la soledad de sentirse alejada del ser amado, para después experimentar un cambio profundo que la hará liberarse de ella misma y dar rienda suelta a sus emociones, conociendo todas aquellas cosas que antes no era capaz de ver ni de sentir, como nadar desnuda en un río lleno de hojas, cantar a la vida y la luz, llevar ropas holgadas y soltarse el cabello y correr libre por el bosque, moldear con el barro figuras en forma de animal, o incluso, jugar y coquetear con su primo lejano de Portugal, un tiempo en que la añoranza a su marido y tierra desparecen y dejan paso a la vida y la libertad de estar consigo misma sin tener que dar explicaciones a nadie.

Gomes recoge e inserta de forma brillante y natural el aroma que imprimía las imágenes de Manoel de Oliveira, el Bresson de Lancelot du Lac, o el Rohmer de La marquesa de O, o los Taviani de Maravilloso Bocccaccio, entre otros, con la poesía y literatura románticas, en la que jóvenes heroínas solitarias y perdidas en inmensos palacios, aguardan la llegada de maridos en la guerra que parece que nunca regresarán, con la brillante interpretación de la casi debutante Clara Riedenstein, con esa melena rojiza y esa tez pálida, convertida en una extraña y extranjera en su propia casa, por su físico y su forma de enfrentar la ausencia, Marcello Urgeghe, como su esposo, esplendoroso al principio y poco a poco, derrumbándose y convirtiéndose en una especie de fantasma errante sin vida, sin mujer y sin nada, Rita Durão (actriz fetiche de Gomes, protagonista en A conquista de Faro, A Colecção Invisível y La venganza de una mujer) componiendo un personaje de criada enigmático y silencioso) y finalmente, la gran Ingrid Caven como la visitante que vaga por la película anunciando en forma de poema cantado los avatares y circunstancias de la joven protagonista. Una película una grandiosa factura visual y formal, que nos sumerge en un tiempo lejano muy parecido al nuestro, con los mismos conflictos sociales e internos, aquellos en los que el alma sufre y padece, en un camino espiritual en que una joven despertará de su letargo y su condición de tedio y soledad para abrazar a la vida, al entorno natural que la rodea y a sus sentidos más profundos y bellos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Meritxell Colell

Entrevista a Meritxell Colell, directora de la película “Con el viento”, en la cafetería del Hotel Ibis en Barcelona, el viernes 16 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Merixtell Colell, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Xan Gómez de Numax Distribución, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

El cine de aquí que me emocionó en el 2017

El año cinematográfico del 2017 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 13 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión por mi parte).

1.- MIMOSAS, de Oliver Laxe

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2.- PSICONAUTAS, LOS NIÑOS OLVIDADOS, de Alberto Vázquez y Pedro Rivero

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3.- INCERTA GLÒRIA, de Agustí Villaronga

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4.- DEMONIOS TUS OJOS, de Pedro Aguilera

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5.- JULIA IST, de Elena Martín

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6.- ESTIU 1993, de Carla Simón

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7.- VERÓNICA, de Paco Plaza

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8.- CONVERSO, de David Arratibel

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9.- HANDIA, de Aitor Arregi y Jon Garaño

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10.- MORIR, de Fernando Franco

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11.- TIERRA FIRME, de Carlos Marques-Marcet

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12.- LA LIBRERÍA, de Isabel Coixet

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13.- EL AUTOR, de Manuel Martín Cuenca

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14.- MUCHOS HIJOS, UN MONO Y UN CASTILLO, de Gustavo Salmerón

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Encuentro con Nobuhiro Suwa

Encuentro con el cineasta Nobuhiro Suwa, con motivo de la retrospectiva que le dedica de su obra el D’A Film Festival, en colaboración con la Filmoteca de Cataluña, junto a Octavi Martí, subdirector de la Filmoteca. El encuentro tuvo lugar el viernes 27 abril de 2018 en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nobuhiro Suwa, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  a Xan Gómez de Numax Distribución, por su tiempo, amabilidad y generosidad, y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

El león duerme esta noche, de Nobuhiro Suwa

LA VIDA, EL AMOR Y LA MUERTE.

 “La muerte es el encuentro, lo importante es verla llegar”

Jean-Pierre Léaud

Hemos tenido que esperar casi una década para ver el nuevo trabajo de Nobuhiro Suwa (Hiroshima, Japón, 1960) uno de los autores contemporáneos más interesantes y diferentes que surgió a mediados de los noventa con la película 2/Dúo (1997) en la que a través de una pareja analizaba los sinsabores de la convivencia, le siguió M/Other (1999) a partir de las difíciles relaciones entre una mujer y el hijo de su pareja, en el 2001 abordó la película H Story, en la que un director japonés (el propio Suwa) rodaba un remake de Hiroshima mon amour, donde hacía una estupendo análisis del valor actual de las imágenes de la cinta de Resnais y la memoria colectiva de un país. Luego, se trasladó a Francia donde dirigió Una pareja perfecta (2005) en la que diseccionaba con delicadeza e intimidad la separación de una pareja. Cuatro años más tarde filmaba Yuki & Nina, donde se sumergía en el universo de la infancia a través de la amistad de dos niñas que por circunstancias ajenas tenían que separarse.

En El león duerme esta noche, título nacido de una canción infantil que habla de la muerte de un león pero en un tono alegre y festivo, Suwa, al igual que la melodía, juega a esa dicotomía, a la mezcla de la vida y la muerte, de las alegrías y las tristezas, a las ilusiones y las desesperanzas, a vivir y a morir, pero, a partir de la realidad y la ficción, uno de sus elementos preferidos, a investigar la validez de las imágenes pasadas, presentes y futuras, a través de un fascinante y enigmático juego de espejos donde nos sumergimos en un emocionante y maravilloso cuento en el que nos encontraremos con un actor veterano que rueda una película (especial el arranque de la película, con el rostro de Jean- Pierre Lèaud inundando el cuadro) que en de sus parones, se tropezará con un caserón vació en el sur de Francia, un espacio donde se reencontrará con Juliette, el fantasma de un amor de juventud que jamás pudo olvidar, y también, con un grupo de niños que pretenden hacer una película con él, el viejo caserón y fantasmas.

Suwa a través de una sutil y sobria delicadeza, nos sumerge en ese mundo donde todo es posible, en el que se mezclan tiempos, fantasmas e infancia, en el que la vida y la muerte viven y se alimentan de una forma natural, como un mecanismo certero y cotidiano, pero todo lo hace con una sensibilidad apabullante, en el que la belleza cotidiana de las cosas toma el mando narrativo, capturando esa luz mediterránea (obra del cinematógrafo Tom Harari) que invade de naturalidad cada espacio de la película, azotándolo con esa luz brillante y luminosa los rostros, tanto de Léaud como de Juliette (la maravillosa naturalidad de Pauline Etienne, vista en Edén de Mia Hansen-Love) como de esos niños (reclutados en Grasse en un taller de cine) que se convierten junto a Léaud, en los auténticos protagonistas de la cinta, con esas magníficas secuencias donde comparten espacio, naturalidad, imrovisación y espontaneidad con el veterano actor.

El cineasta japonés evoca la vida y la muerte en un mismo espacio, con dulzura y sensibilidad, escuchando esas canciones que nos devuelven a la infancia perdida, a aquello que fuimos, a todo lo que dejamos, pero no es una película triste o nostálgica, sino todo lo contrario, habla de la vida, de su esplendor, de nuestro interior, de la alegría de vivir, de lo magnífico que es estar vivo y hacer cine, compartir momentos y sentir que las cosas, aunque hayan momentos duros y tristes, siempre hay un motivo para cantar, reír y perseguir y (re) encontrarse fantasmas. Suwa crea un inmensa y onírica fábula donde todo obedece a una armonía singular, extraña y esplendorosa, en la que sigue explorando sus temas favoritos: el amor, el tiempo, la vida, la infancia, las inmensas e infinitas posibilidades del lenguaje cinematográfico, la metaficción y la realidad vivida o soñada, y sobre todo, las relaciones humanas entre unos y otros, sus orígenes y su pervivencia, la incertidumbre y la maravillosa existencia que puede provocarnos un cisma sorprendente o una crisis existencial, en que el tiempo constantemente juega con nosotros y nos retorna de manera mágica y oscura  a aquel tiempo en el que nos enamoramos y no pudimos olvidar.

Suwa nos lo cuenta con la presencia de Jean-Pierre Léaud, que entró por la puerta grande del cine cuando a los 14 años protagonizó Los 400 golpes, y ha trabajado con los grandes del cine de antes, y de ahora, en un fascinante caleidoscopio de espejos donde ficción y realidad se mezclan creando un nuevo espacio onírico y fascinante (como ya ocurrió en What Time Is It Over There?, de Tasi Ming-Liang, en el que un apasionado de la película de Truffaut se encontraba con Léaud) en una película que es casi en un diario filmado de su propia vida, donde nos habla de la muerte, de sus sueños, sus amores y su oficio de actor (como la canción escrita por su padre, que interpreta junto a Etienne)  excelentemente acompañado de Pauline Etienne, que emana dulzura, carácter y naturalidad, y esos niños fantásticos y soñadores (que recuerdan a esa infancia de Truffaut o Eustache) que nos devuelven a esa pasión primigenia, inocente y mágica de hacer cine, de amar el cine y convertirse en otros, aunque sean sólo por unos instantes.

Abrir puertas y ventanas, de Milagros Mumenthaler

AFRONTAR LA AUSENCIA.

Nos encontramos en el exterior de una calle cualquiera, justo detrás de la puerta principal enrejada de una casa, un chico joven abre la verja y entra, la cámara lo sigue muy sutilmente. En el interior de la casa, en una habitación, tres chicas jóvenes, entre edades de final de la adolescencia y primera juventud, se hallan en ese espacio ensimismadas en sus cosas. Una de ellas, la más mayor, advierte a otra, la mediana, que viene un chico al que no quiere ver. La receptora del mensaje sale y despacha al joven, que antes de irse, observa, a través de una ventana, a la joven que quería ver y se cruzan las miradas. Nos quedamos junto a las tres chicas, y a partir de ese instante, las seguiremos en sus días, sus vidas, sus quehaceres, sus interiores, y demás. Hace unos meses, en la que vimos La idea de un lago, la segunda película de Milagros Mumenthaler (La falda, Argentina, 1977), donde nos contaba un relato acerca de la memoria, en el que la pérdida del padre desparecido, se convertía en un interesante ejercicio sobre la ausencia, donde su hija se trasladaba a aquellos espacios que compartieron y rescataba sus sensaciones interiores, atmósfera y situaciones que ya apuntaba en su cortometraje El patio.

Ahora, volvemos a su opera prima, Abrir puertas y ventanas, hermosísimo título que nos adentra en un casa habitada por tres hermanas que conviven cada una de ellas en su mundo, con sus complejidades y miedos, afrontando la pérdida de su abuela Alicia, la mujer que las vio crecer y compartieron su infancia. La casa como espacio familiar, llena de recuerdos de la vida que ya no tienen, que esconde otra ausencia, la de sus padres. Tres maneras y visiones diferentes de mirar esa pérdida y relacionarse con ella, Marina, la mayor, se refugia en sus estudios y los trabajos de la casa, Sofía, la mediana, se esconde en su ser, su figura y complementos, y la menor, Violeta, se pasea aburrida y tediosa, mientras recibe visitas de un amante mayor. Mumenthaler rescata parte de su biografía y la de muchos hijos de desaparecidos de Argentina, cuando tuvieron que pasar largas temporadas con los abuelos, debido a la ausencia paterna, pero no lo hace desde la melancolía y la condescendencia, sino desde lo íntimo de cada una de las mujeres, desde la particularidad de sus movimientos y sus quehaceres cotidianos, cada una desde sus espacios domésticos, desde sus soledades y sus amarguras, sin dialogar entre ellas, desde ese espacio ingobernable en el que nos refugiamos para entender tanto lo de fuera como lo de nuestro interior.

La cineasta argentina construye una película de climas y sensaciones, algunas amargas y otras, no tanto, centrándose en el espacio del hogar, tanto exterior como interior de la casa, y además, lo ubica en un tiempo de entretiempo, cuando el final del verano se instala en esos días donde todavía el calor parece no querer alejarse, mezclado con los primeros momentos de frío, donde las tres mujeres y hermanas, no muy alejadas de las tres hermanas de Chéjov, se mueven por esos espacios de la abuela, porque esa ausencia las condiciona y guía por esa casa en la que cada una de ellas se relaciona íntimamente con sus recuerdos y con la mujer que ahora añoran. Mumenthaler cuenta su drama íntimo y doméstico con sólo tres personajes, amén del chico al que tienen alquilado un espacio, tres miradas interiores y una exterior, a través de un ejercicio formalista, en la que apenas la cámara adquiere movimiento, sólo observamos el tedio, la falta de diálogo, y esas conversaciones vacías en las que se habla mucho y no se dice nada, gracias en buena parte al buen hacer del gran plantel de actrices que escenifan con ternura y carácter las emociones de las tres hermanas.

Recuerda a los primeros filmes de Lucrecia Martel, cuando penetraba en esa intimidad familiar sujetada por hilos muy frágiles donde todo está a punto de explotar y destapar las posiciones más extremas. La realizadora argentina nos introduce en ese espacio doméstico y en el pasado de manera sencilla y cálida, en la que cada una de las hermanas parece adoptar la identidad de la otra y viceversa, escuchando los viejos discos, probándose la ropa de la otra, o guardando celosamente objetos de la abuela, manteniendo una cotidianidad aparente, como se cada una de ellas huyera de lo que sienten respecto a la memoria de su abuelo, y utilizan la cotidianidad para ocultarse de las otras sin explicarles su dolor y lo que sienten. Una película tierna y honesta, pero oscura y perturbadora, que abre las costuras de la fragilidad, en este caso femenina, para dejar ver las herramientas emocionales que utilizan para sobrellevar la pérdida y la ausencia de su abuela, y como afrontarlas con respecto a su relación con sus hermanas, y sobre todo, con el espacio que comparten, esa casa que en su interior guarda todos los secretos que estructuran su memoria familiar y su propia identidad.

Encuentro con Rita Azevedo Gomes

Encuentro con Rita Azevedo Gomes, directora de “Correspondencias”, con motivo del preestreno de su película. El acto tuvo lugar el jueves 1 de junio de 2017 en el Zumzeig Cine Cooperativa en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Rita Azevedo Gomes, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, a Ramiro Ledo y Xan Gómez de Numax Distribución, por su generosidad, paciencia, amabilidad y cariño, y al equipo que hace posible el Zumzeig, por su amabilidad, generosidad y cariño.