La tercera esposa, de Ash Mayfair

EL VIAJE DE MAY.

Nos encontramos a finales del siglo XIX, en una zona rural de Vietnam, y conocemos a May, de 14 años, que se ha convertido en la tercera esposa de Hung, un rico terrateniente mucho mayor que ella, para saldar la deuda de su padre. Las primeras imágenes de la película evidencian su estilo formal y detallista en capturar los movimientos de los personajes, ceremoniosos en los detalles y la gestualidad, y en filmar los escenarios desde la estaticidad de la cámara, que espera pacientemente a los personajes, y documenta las tradiciones y costumbres a los que son sometidos diariamente. La debutante Ash Mayfair (Ho Chi Minh, Vietnam, 1985) se lanza al largometraje, después de dirigir un buen puñado de obras de teatro y cortometrajes, galardonados internacionalmente, con la historia de un viaje, el viaje de May, que llega a ese lugar que será su casa siendo una niña, y la veremos pasando a ser mujer, esposa, amante y finalmente, madre. Para May todo es nuevo, un mundo desconocido y secreto, donde rigen unas normas establecidas y rectas que hay que cumplir, donde el poder masculino no se discute, se obedece, en un sistema patriarcal, machista y conservador, donde la religión y sus ceremonias dictan la vida de las mujeres.

Mayfair aborda su relato desde el alma de May, a partir de sus sentimientos, describiendo con sumo detalle y especial sensibilidad todas las experiencias emocionales de la adolescente, y como su sexualidad se va desarrollando a medida que va teniendo los diferentes descubrimientos que la van sumergiendo en un mundo sensual, erótico y lleno de vida. Asistiremos a la casi invisibilidad del principio, donde May deberá adaptarse a ese nuevo mundo para ella, a los rituales y al mandato de su marido y la convivencia con las otras dos esposas, desde el silencio hasta la visibilidad, la iremos acompañando por las diferentes fases de adentro hacia afuera, como su primera experiencia sexual con su marido, totalmente insatisfactoria, o el descubrimiento de la sexualidad placentera, a través de la relación prohibida de Xuan, la segunda esposa y el hijo del señor, concebido con la primera esposa, y finalmente, el amor puro y sin ataduras que May sentirá por Xuan, y todas las partes positivas y negativas de estar enamorado, un amor oculto, entre las brumas de la noche, un amor imposible, un amor callado, un amor que no puede ser.

Quizás la película, en algunas ocasiones, se ensimisma dentro de su forma, y la contención que imprime a los personajes y las secuencias, pueden resultar demasiado estáticas, como si lo más importante fuese el caparazón y no el contenido, sin embargo, la película consigue introducirnos con suavidad y belleza a ese ritmo de vida, mostrando una visión tradicional y conservadora que sigue rigiendo en muchos países actuales, y la confrontación ancestral entre lo tradicional y la libertad individual de cada uno, esa lucha eterna entre la sociedad y sus costumbres contra la independencia personal de cada individuo, donde la religión como centro de la vida cotidiana marcan la aparente armonía, donde las mujeres son las principales damnificadas, donde su voluntad no existe y están sometidas y esclavizadas constantemente a la voluntad y los deseos de los hombres. Una película deudora de las películas de Mizoguchi, que también exploró el universo interior femenino, a través de sus detalles, de sus gestos y deseos ocultos, con todo aquello que evidenciaban, y aquello que callaban.

La directora vietnamita cuenta con un buen reparto, donde destaca la naturalidad y las miradas que destilan estas mujeres, todo lo que expresan, y tamibén, todo lo que callan, huye de cualquier forma manierista o condescendiente con las mujeres, auténticas protagonistas de la película, sino que opta por una película más compleja y sumamente delicada, su crítica nace desde el alma de sus mujeres, su fábula nos habla a hurtadillas, muy cerca de nosotros, explorando cada poro de sus pieles, cada mirada que se dedican, cada gesto, por banal que sea, sumergiéndonos en la intimidad de cada una de ellas, mostrando su erotismo, su sensualidad y todo el amor oculto y prohibido que desprenden, filmando su invisibilidad durante el día, y haciéndolas muy visibles durante la noche, entre sábanas, entre pieles y a escondidas, ocultas de la mirada masculina, donde el deseo y el amor contaminan cada encuadre, y donde descubrimos el amor de verdad, aquel en que dos seres, en este caso, dos mujeres, se aman en libertad, aunque sea poca, pero con libertad y voluntariamente, como veremos también en los momentos sexuales de Xuan con el hijo del marido.

Mayfair nos habla de May, y por todos los procesos que vivirá, descubrirá, y también, sufrirá, en un mundo apartado para ella, muy ajeno, que iremos de la mano con ella, porque desconocemos su pasado, de dónde viene, y quién era hasta ese momento, una recién llegada, alguien que iremos descubriendo en su intimidad y también, con la relación que mantiene con las otras dos esposas, con la más veterana, la más apartada, la que tuvo su vida marital y ahora, vive en la tristeza por el rechazo y la imposibilidad de traer más hijos. Luego está Xuan, con su belleza plena y sensual, que desprende sexualidad y deseo, que no ha podido darle un varón al marido, y mantiene una relación prohibida, y May, que se enamorará de Xuan, y descubrirá el amor, el deseo y todo lo que eso conlleva, en un cuento femenino sobre el amor, el sexo, lo prohibido y lo oculto, todo aquello que vemos, y todo aquello que oculta vive en nuestra alma, bullendo a cada instante.

Entrevista a Georgina Cisquella

Entrevista a Georgina Cisquella, directora de la película “Hotel explotación: Las Kellys”, en el Parque Jardins de Mercè Vilaret en Barcelona, el martes 4 de diciembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Georgina Cisquella, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Carmen Jiménez de ArteGB, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Alba Sotorra

Entrevista a Alba Sotorra, directora de la película “Comandante Arian”, en las oficinas de su productora en Barcelona, el miércoles 17 de octubre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alba Sotorra, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Comandante Arian, de Alba Sotorra

 ¡JIN, JIYAN, AZADI! (¡MUJERES, VIDA, LIBERTAD!)

«Echo de menos a mis compañeras, la lucha, la guerra. Echo de menos compartir su dolor y sus dificultades, y compartir también la alegría de la liberación. Sufrir y luego disfrutar de la libertad es algo increíble».

Comandante Arian

Hace tres años, Alba Sotorra (Reus, 1980) sorprendía a propios y extraños con Game Over, en el que nos hablaba de Djalal, un joven que desde pequeño soñaba con ser soldado profesional, pero cuando estuvo en primera línea de fuego, se sintió decepcionado de la guerra que vio y que sólo conocía a través de los videojuegos y su alter ego online, un soldado de élite que se enfrentaba a peligrosos enemigos en sus misiones secretas. Un ejercicio contundente, personal y reflexivo sobre la fascinación de la guerra, la violencia y las imágenes que nos invaden constantemente sobre temas bélicos y violentos. Ahora, Sotorra vuelve con una película que tiene la guerra como foco de atención, pero desde otro punto de vista, el de un grupo de mujeres combatientes en la guerra de Siria, las YPJ (Unidades de Defensa de Mujeres) un grupo  formado en el año 2013 sólo de mujeres, en su mayoría kurdas, para combatir al Dáesh (Isis), para defender su tierra y su condición como mujeres libres.

La película se introduce en la piel de estas mujeres a través de una de sus líderes, Arian Afrîn, la “Comandante Arian”, y nos cuenta de un modo íntimo y personal, su diario de guerra en el asedio de la ciudad de Kobane para reconquistarla y acabar con el Estado Islámico. La película se estructura a través de dos tiempos, en el presente, estamos en el 2016, cuando Arian, que ha recibido cinco heridas de bala, se recupera lejos del frente, y en el pasado, cuando Arian y su batallón de combatientes, emprenden el asedio para liberar Kobane. La cámara de Sotorra, y ella misma,  se camuflan junta a las mujeres, convirtiéndose en unas combatientes más, dejando fiel testimonio de las experiencias sanas y terribles que iremos viendo a lo largo de sus 80 minutos de metraje, en las que habrá momentos de paz interior, o violencia bélica, y también, tiempo para compartir, recordar y sentir, en las que escucharemos sus conversaciones, sus inquietudes, sus soledades, (des) ilusiones, sacrificios e ideales, su pasado bajo el yugo machista, y su futuro, al que todas lo encaran con esperanza por una tierra mejor, más justa, igualitaria y solidaria.

Vemos con detalle y profundo análisis su cotidianidad, su entorno y los compañeros masculinos que las acompañan luchando codo a codo en el campo de batalla, donde escuchamos con precisión el ruido de las bombas, el silbido de las balas, y las continuas refriegas que se van produciendo, dentro de un entorno de camaradería, compañerismo y libertad, una libertad que se ganan diariamente con su kalashnikov y valentía. La directora catalana nos habla de guerra, de vida y muerte, sin caer en el heroísmo y la plasticidad de unas imágenes que no son bellas o complacientes, sino duras, ásperas, y en ocasiones, tremendas, que quitan el aliento por su terrible dureza, pero la película nunca cae en eso, se mantiene firme en contar con alegrías y tristezas las vidas de este batallón feminista de manera clara y precisa, en el que nos la presenta como mujeres de carne y hueso, mujeres que nos podríamos encontrar por la calle en otras circunstancias, despojándolas de cualquier aura de espiritualidad o por el estilo, la cinta extrae su humanidad, su fuerza y su voluntad, esa voluntad de hierro y determinación que las dejar a sus familias, y por ende, su destino marcado como esposas y madres, para liberarse de sus porvenires anulados, y vivir libremente y como ellas quieren, aunque para ello tengan que pegar tiros y jugarse la vida cada día.

Arian y su batallón de mujeres despierta una fuerza brutal y unos ideales perdidos por nuestros lares, donde la fuerza del equipo y la fraternidad se convierten en sólo uno, donde van todas a una, ayudándose y levantándose unas a otras, siguiendo en pie a pesar de las bajas y los problemas de la guerra, porque todas juntas llegarán hasta donde las armas y el coraje les aguante. Sotorra nos brinda una película humanista y cercana, donde se explora con claridad y detalle la condición humana, donde el término libertad adquiere significados distintos a los que nosotros conocemos, donde la individualidad y los conflictos a los que nos enfrentamos diariamente, se diluyen en la nada, observando a estas mujeres y sus circunstancias, unas mujeres de gran fortaleza y virtud, que rompen estereotipos y tradiciones milenarias para ser ellas mismas, y sobre todo, defender aquello que consideran importante para ellas y su tierra, defendiendo a tiros valores humanos que aquí hemos olvidado hace demasiado tiempo.

La directora reusense nos brinda una película necesaria y valiente, una película que le ha llevado tres años de filmaciones, entre idas y venidas, un documento muy alejado de la visión de los informativos occidentales, en los que parece que la guerra siempre la hacen los hombres, y nunca sabemos nada de las mujeres. Un trabajo sincero y honesto, que recuerda a las películas de Rithy Panh o Wang Bing, en la forma de colocar la cámara y filmar las conversaciones y el entorno de estas combatientes kurdas, en las que la relación entre cineasta y el objeto filmado acaba diluyéndose y creando una relación diferente e íntima, en el que todo se mezcla y adquiere una proximidad que nos traspasa y nos acaba convirtiendo a los espectadores en seres activos y reflexivos de las imágenes que estamos viendo, y creando ese vínculo mental entre la cineasta y sus personas. Sotorra construye una cinta emocionante y bella en sus valores humanísticos sobre unas mujeres que viven y guerrean diariamente por su libertad, por su identidad y por vivir en una tierra mejor, aunque para ello tengan que perder su vida o ver como la pierden algunas de sus compañeras.


<p><a href=”https://vimeo.com/290442289″>Comandante Arian – Trailer Oficial</a> from <a href=”https://vimeo.com/albasotorra”>Alba Sotorra Clua</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Quién te cantará, de Carlos Vermut

LA PIEL DEL OTRO.

“Somos nuestra memoria, somos ese museo quimérico de formas cambiantes, ese montón de espejos rotos.”

Jorge Luis Borges

Hay una especie de aroma que impregna el cine de Carlos Vermut (Madrid, 1980) invisible a nuestros ojos y difícil de describir y mucho menos de desvelar, que nos atrapa de manera hipnótica, sumergiéndonos en ese universo de formas y texturas invisibles, de gestos y miradas de otra dimensión, como si pudiéramos reconocernos en algunos elementos, aunque en otras ocasiones, asistimos a una serie de acontecimientos que nos revelan más de nosotros mismos de lo que quisiéramos. Un cine construido desde el alma, desde las entrañas de un creador fascinante y revelador, que consigue transmitirnos el miedo y el dolor de unos personajes heridos y a la deriva, criaturas que siempre están buscando algo o alguien, y en muchos casos, esa búsqueda, física y emocional, arrastrando un pasado doloroso, que les lleva a sumergirse en mundos oscuros, dolorosos y sobre todo, terroríficos, donde las más bajas pasiones del alma se apoderarán de esos entornos y espacios vacíos y carentes de alma. Ya demostró sus buenas dotes de narrador visual con la fantástica y enigmática Diamond Flash (2011) una cinta filmada con escasos medios, pero ataviada de una factura y narrativa visual de extraordinario poderío, en la que nos retrataba a cinco mujeres perdidas y rotas que andaban tras de algo, un conflicto que las relacionaría con un complejo personaje que recibía el nombre del título de la película. Tres años después, y con una producción profesional, nos regalaba Magical Girl, que se alzó con la Concha de Oro de San Sebastián, un gran premio que venía a corroborar el estilo y la profundidad del cine de Vermut, en una historia que nos sumergía a los infiernos particulares de tres personajes que se cruzaban en un oscuro y penetrante cuento de dolor y miedos.

Ahora, cuatro más tarde, conoceremos los destinos de cuatro mujeres en Quién te cantará, cuatro almas heridas, cuatro criaturas que parecen existir en esos mundos complejos y oscuros de los que tanto le gusta acercarse al director madrileño. La cinta dividida en tres partes, arranca con Lila Cassen, una cantante que no canta, lleva diez años sin hacerlo, que se recupera de un accidente, alguien que ha olvidado quién era, alguien que tiene que tiene que volver a recordar quién fue, alguien que ha olvidado sus canciones y sobre todo, su vida. Lila obligada por su manager y casi madre, Blanca, acepta prepararse para volver a cantar con la ayuda de Violeta, donde arranca la segunda parte de la cinta, donde conoceremos la existencia de Violeta, una frustrada cantante que tuvo que dejar de hacer su pasión siendo una adolescente ya que nació su hija Marta, una rebelde y amargada hija, que no entiende que su madre le tenga rencor por abandonar su vocación. Violeta se sacude su amargura vital trabajando las noches en un karaoke donde imita a Lila Cassen. En el tercer segmento, Vermut nos habla del encuentro de Lila y Violeta, donde una, Violeta, ayudará a Lila a volver a ser Lila, a cantar sus canciones y a imitar sus movimientos, envueltas en esa enorme casa con el rumor del mar presente, rodeadas del aroma del peso del pasado, los ausentes y las vidas no vividas.

La película se mueve entre las sombras, entre espíritus que vagan sin rumbo a la espera de saber quiénes son y seguir hacia algún lugar mejor, en una madeja de identidades y vidas pasadas, personajes que viven una existencia extraña, como si otros les hubieran robado el alma y viviera por ellos, que sintiera por ellos y fuera feliz por ellos, unas vidas sin paz, en continuo movimiento haciendo cosas por hacerlas, imbuidas en la desazón y la amargura, recordando un tiempo donde sí que fueron ellas, un tiempo imposible de olvidar, pero lejano en el tiempo, como si el recuerdo que les viene fuera de otro, como impostado, de una vida que recuerdan pero no pueden detallarla. Vermut es un director de atmósferas y espacios, sabe sumergirnos con suavidad en sus universos sin tiempo, en esos enredos argumentales de manera sencilla, en el que se toma su tiempo para construir el conflicto, moviendo a sus personajes en una especie de laberinto emocional y físico hasta llegar a esa catarsis donde todos ellos encontrarán alguna cosa, algo diferente pero no aquello que esperaban o creían encontrarse.

El cineasta madrileño disecciona nuestras emociones como si fuera un cirujano preciso, a través de esas imágenes que siempre encierran un enigma, con esa luz cegadora y anímica (grandioso el trabajo de Edu Grau, que ya había firmado a autores tan diversos como Albert Serra, Rodrigo Cortés o Tom Ford) una luz que recuerda el aroma del cine de Antonioni, donde realidad y sueño o pesadilla se fundían en unos personajes que acaban perdidos en su propia identidad, o la excelente música de Alberto Iglesias, en la que nos embulle hacia ese mundo oscuro y cegador en la que pivota toda la trama de la película, creando ese universo cotidiano pero lleno de fantasmas, de sombras que nos envuelven a la luz del sol. Vermut coloca con maestría a sus personajes en el cuadro, solitarios y a la expectativa, como criaturas a la espera de algo, de alguien, pero atormentadas psicológicamente, sin ningún atisbo de mejoría, sólo esperando a que las circunstancias, aunque en la mayoría de los casos, saben que continuarán así, como siempre, en ese eterna espera, amarga y sin futuro.

Unas secuencias que van de un género a otro, con el cambio de encuadre, en el los géneros se mezclan y fusionan, con una simplicidad maravillosa, con unos diálogos escuetos, brillantes y laberínticos que sacuden nuestra alma y convierten a sus personajes en enigmas a descifrar, donde cada palabra que sale de sus bocas parece destinada a provocarnos más rompecabezas en nosotros mismos. Unos personajes que se mueven como almas sin descanso por unos espacios amplios y llenos de luz, pero que no parecen acogerlos, como si nos lo reconociesen, como si fueran de otro. Los referentes en Vermut son amplios y diversos, empezando por clásicos del estilo de Eva al desnudoa través del espejo, con personajes con identidades falsas reflejados en espejos deformantes, pasando por el cine psicológico de los sesenta, con esos personajes propios de Bergman o Antonioni, perdidos y alejados de la realidad y de su propia realidad, que desconocen de cual se trata, que buscan sin saber que buscan, y viven sin saber qué hacer, incluso el cine de Jess Franco, con esas texturas y colores, y esas mujeres heridas y amnésicas perdidas en la inmensidad, o el cancionero popular español, donde caben lo más clásico, lo moderno, y lo kitsch, pasando por los personajes femeninos atormentados e inadaptados de Sirk, Fassbinder o Almodóvar, en la que es tan importante lo que hacen cómo lo que no, en una profunda disección de esos mundos interiores, almas rotas que buscan amar y qué las amen, aunque sea por última vez.

Otro de sus elementos destacados son sus intérpretes, con una fantástica amnésica y perdida Najwa Nimri (que además compone muchas de las canciones que se escuchan) bien acompañada por la magnífica revelación de Eva Llorach, en las tres películas de Vermut, con un personaje llamado Violeta, como el que hacía en Diamond Flash, que buscaba a su hija desaparecida, aquí, otra madre con problemas con su hija, pero en otro contexto, un alma amargada por aquel tren de la música que dejó pasar, aunque ahora la vida le da otra oportunidad, bien secundadas por una elegante y maravillosa Carme Elías, con el papel de Blanca, como la madrastra del cuento, un ser que necesita las canciones de Lila para mantener su status de vida, y finalmente, Natalia de Molina como Marta, esa hija adolescente no querida de Violeta en esa edad difícil y compleja. Vermut ha logrado una película magnífica, envolvente y brutal, manejando espacios que podríamos relacionar con el drama, el thriller o lo romántico, que agarra al espectador durante sus más de dos horas de metraje, para llevarlo de su mano por ese mundo fascinante y atroz, por esos universos cálidos y terroríficos, por esas vidas rotas y ajadas que siguen respirando sin vivir, que miran sin mirar, y sienten por sentir sin saber qué sienten.

Bienvenidas a Brasil, de Patrick Mille

UNA PARA TODAS.

Los primeros veinte minutos de la película pasan por delante de nosotros a velocidad de crucero. El ritmo es trepidante, brutal y sin descanso. La cámara al hombro se mueve de forma vertiginosa, siguiendo a sus criaturas allá donde estas vayan. Agathe, su hermana pequeña Lily, y Cloé, viven juntas y hace un año que no saben nada de Katia, que las dejó tiradas. Un día, reciben noticias suyas, informándoles que se casa en Brasil con un rico heredero, y además, está embarazada. Las tres viajan al país tropical y se van a una fiesta pija y alocada. Allí, después de varias copas, algunas rayas, y algún polvo fast en el lavabo, una de ellas, Lily, violenta y de carácter, mata accidentalmente a un tipo que pretende violarla. Después de este hecho, las tres mujeres quieren huir del país, aun más cuando se enteran que el muerto es el prometido de Katia. La segunda película de Patrick Mille (Lisboa, Portugal, 1970) es un cambio de rumbo con respecto a su opera prima, Mauvaise fille (2012) un drama donde una joven se quedaba embarazada casi al mismo tiempo que le informaban que su madre padecía una grave enfermedad.

Ahora, Mille (actor con una amplia carrera en Francia donde lleva más de un cuarto de siglo trabajando) nos sumerge en una aventura en toda regla, llevándonos por ese Brasil rural, alejadísimo de la postal, para adentrarnos en una comedia feminista, disparatada y muy gamberra,  mezclada con intriga policial, ya que las mujeres deberán huir del padre del muerto, Augusto, quizás el personaje más cómic de la película, es el gran empresario, en este caso de la carne, metido a político, lleno de corruptela y malísimas artes para conseguir capturar al asesino de su hijo. La caza ha empezado, el Sr. Augusto y sus secuaces harán todo lo imposible para cazar a las mujeres, que tendrán la ayuda de un agente consular excéntrico y muy oscuro. Mille quiere divertirnos, pasar un rato agradable y disfrutar con la película, mostrándonos a unas mujeres que pasarán por todos los estados de ánimo habidos y por haber, que deberán superar sus conflictos internos para ir todas a una para seguir con vida con la que tienen encima, en esta road movie que no da tregua, que pasa de la risa al llanto en cuestión de segundos, en un relato sobre la amistad, el compañerismo y sobre todo, el cooperativismo, como la mejor arma para hacer frente a las adversidades de la existencia.

Mille nos lleva en mil y un sitios diferentes, desde las discotecas chic a cinco minutos de la pobreza, las playas de Ipanema o Copacabana asestadas de turistas, mansiones lujosas con adornos horteras o naif, las laberínticas y peligrosas callejuelas de las favelas, arsenales clandestinos de armas, bares de pueblo donde se odian a los políticos, y demás lugares, tan sorprendentes como miserables, a través de la pesadilla que vivirán las cuatro amigas huyendo del malvado Augusto, una escapada en la que se toparán con individuos de naturaleza peculiar y extravagante, como policías corruptos, trabajadores ambiguos, amazonas armadas hasta los dientes, y sobre todo, mucha corrupción, en un país lleno de contrastes, desde la belleza de sus playas y lugares, mezclado con la miseria más absoluta, de ricos terratenientes a pobres diablos, que tienen la violencia como recurso para sobrevivir en una sociedad alocada, donde prima la fiesta a la vida.

Bienvenidas a Brasil recoge con fuerza y energía ese tipo de comedia disparatadísima, alocada y extravagante, que también tiene tiempo para darnos alguna hostia que otra, esa comedia al uso de Lío en Río, la última obra dirigida por Stanley Donen, en la que dos maduros se enrollaban con sus respectivas hijas, y el embrollo estaba servido, pero ninguna quería mencionarlo, donde las casualidades, las mentiras y los miedos salían a relucir para que todo continuara igual, por miedo a enemistarse con los amigos queridos, sí, pero engañados, en otro tono más bestia, tendríamos a Airbag, de Juanma Bajo Ulloa, en la que seguía a tres palurdos en busca del anillo de prometido que se había olvidado en el trasero de una prostituta, en un viaje lleno de puticlubs, mafiosos y amor, o Very Bad Things, de Peter Berg, que hacía una versión oscurísima de aquella otra Despedida de soltero, nos adentraba en unos colegas en las que una despedida les acababa saliendo demasiada cara y altamente peligrosa.

Mille que, se reserva el personaje excéntrico y clown del agente consular francés, compone un reparto interesante con sus cuatro actrices, jóvenes y muy talentosas, en una pesadilla que pasan del miedo a la valentía, tenemos a Alison Wheeler que es Agatha, la profesora recta y teledirigida que se desmelenará un poco bastante, y se relacionará de forma compleja con Lily, que interpreta Philippine Stindel,  esa hermana pequeña difícil y malcarada, en plena guerra consigo misma, la tercera en discordia, la enamoradiza Chloé, que da vida Margot Bancilhon, dejada por enésima vez, que acabará por demostrar que bajo esa capa de superficialidad, se esconde una mujer fuerte, y finalmente, Katia que interpreta Vanessa Guide, la embarazada que tendrá que hacer frente a como ese mundo de fantasía y falso que se había montado, se cae de bruces con la realidad más inmediata. Y Chico Díaz, actor brasileño de gran prestigio como el Sr. Augusto, el malo de la función. Mille nos divierte y apabulla con su retrato del Brasil lujoso y pobre, en el que seguiremos a cuatro mujeres jóvenes, que a a medida que avanza la película, nos van recordando ese tipo de hembras propias del cine de Tarantino, en las que sus vacaciones maravillosas de desfase en Brasil, se convertirán en otro tipo de aventura, mucho más adrenalínica y peligrosa, en ocasiones triste o violenta, o ambas cosas, pero también, en un viaje hacia sí mismas, a conocerse, y sobre todo, a cuidarse y ayudarse entre ellas, y reencontrarse en medio de la nada.


<p><a href=”https://vimeo.com/241166912″>Bienvenidas a Brasil – Tr&aacute;iler Oficial HQ (VOSE)</a> from <a href=”https://vimeo.com/segarrafilms”>Segarra Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

El orden divino, de Petra Volpe

MUJERES EN PIE DE GUERRA.

El ritmo de la canción “Soulshake” de Peggy Scott y Jo Jo Benson nos da la bienvenida a la película (volverá a sonar en otro instante de la cinta, muy significativo en el devenir de los hechos) mientras vamos viendo imágenes documentales de finales de los 60, en plena ebullición de libertad, alegría, rock ‘n roll y amor. De golpe, las imágenes se detienen en seco, y nos sitúan en un pequeño pueblo de Suiza de 1971, donde se respiraba, por así decirlo, otro ambiente, más oscuro, conservador y católico, un lugar donde ese tiempo de cambios políticos, sociales, económicos y culturales, que estaban despertando al mundo occidental, todavía no habían llegado a ese país, ni por ese lugar. La película se sitúa en la mirada de Nora (que al igual que la heroína de Ibsen, deberá tomar las riendas de su vida) madre de dos hijos y feliz mente casada, o al menos así lo cree, una serie de circunstancias familiares y la negativa de su marido Hans para que acepte un empleo, le harán convertirse en la líder del movimiento de mujeres para reclamar derechos y liberaciones, así como el derecho al voto femenino. Se le sumarán otras mujeres como Theresa, su cuñada, que vive infeliz junto a su marido depresivo y una hija adolescente muy díscola, también, Vroni, una veterana de la lucha femenina, y finalmente, Graziella, una italiana inmigrada que vive a lo suyo sin necesidad de marido. Otras mujeres reticentes al principio, se acabarán sumando a la causa femenina, dejando sus maridos, sus hijos y sus hogares a su merced.

La directora Petra Volpe (Suhr, Suiza, 1970) construye una película sobre mujeres, sobre política y sobre la necesidad de abrirse al mundo, de la protesta ante los abusos del patriarcado, de una película que nos habla de un tiempo en concreto, pero que aquella lucha que rompió muchas barreras, sigue igual de vigente, porque todavía sigue habiendo otros muros que tirar. La cinta de Volpe tiene un ritmo endiablado, lleno de energía y sabiduría, en el que seguimos a este grupo de mujeres encabezado por Nora que descubre un mundo maravilloso, liberador y lleno de esperanza, un camino duro y complejo, pero en el que dejarán de ser las esposas, madres y cuidadoras, para ser ellas mismas, descubrir sus cuerpos, sus vaginas, sus orgasmos, y sentirse plenas, luchadoras y en paz, sabiendo y conociéndose como cualquier hombre, en igual y equidad de condiciones íntimas y sociables.

Una película donde la reivindicación política está llena de alegría y cooperativismo, de amistad y compromiso, alejada de algunos títulos soporíferos donde la política se convierte en aburrida y sesuda, aquí no hay nada de eso, la política es una fiesta, un proyecto común para luchar por sus derechos femeninos, un grito de libertad de las mujeres, un golpe de rabia para conseguir derechos y no sentirse menospreciadas por sus hombres y el entorno conservador. Volpe ha hecho una película llena de drama, porque lo que hay y mucho, pero sin caer en el dramatismo, explicando las diferentes situaciones hostiles a las que tenían que enfrentarse aquellas mujeres sometidas al amparo del patriarcado, aunque, también hay humor, mucho humor, donde la música juego un papel determinante, como motor para narrar todos aquellos cambios que se estaban produciendo en el mundo. La fantástica interpretación del grupo de mujeres, donde destaca la composición de Marie Leuenberger, que da vida a Nora, desde su cambio de imagen, soltándose el pelo, dejando esas faldas alisadas de cuadros, y dejando paso a los tejanos ajustados, y a las botas camperas, y las camisas de rayas y las chaquetas de cuero, y sobre todo, dejando salir todo lo que siente, lo que bulle en su interior, levantándose del yugo masculino, y dando un golpe en la mesa, en ese pueblo, y en toda Suiza.

Volpe ha cimentado una película de grandes hechuras, que seduce con su naturalidad, exponiendo sus temas desde muchos puntos de vista, sin caer en la condescendencia ni el sentimentalismo, dejando cocer a fuego lento sus imágenes, profundizando en todos los aspectos de la lucha femenina, y como éstos afectan a los hombres, tanto abuelos, padres e hijos, sin tomar partido, ni mucho menos juzgando, haciendo cine serio, riguroso, imaginativo y lleno de energía y humor, en el que describe fabulosamente el contexto histórico de la época, mostrando lo bueno, y no tan bueno, lo que alegra, y lo que entristece, en ese camino que emprendieron tantas mujeres por romper el medievalismo de la mujer, tanto en su hogar como en la sociedad, y abriendo una puerta a un mundo de sueños, de libertad, de justicia y de orgasmos, donde la mujer será lo que ella quiera ser, sin necesidad del amparo masculino, descubriendo su cuerpo, su vagina, experimentando su sexualidad, sus acciones, su experiencia laboral, su vida, al fin y al cabo, en libertad y armonía con sus ideas, reflexiones y pensamientos, vivir como le plazca, sin obstáculos ni muros que se lo impiden, lanzándose a la vida por ellas mismas, una lucha que todavía continúa.