Las invisibles, de Louis-Julien Petit

MUJERES EN LUCHA.

El cine social, en muchas ocasiones, peca de condescendiente y compasivo, creando una especie de burbuja ajena a la realidad que acomete, siendo paternalista con el relato que nos cuenta, y sobre todo, con los personajes que maneja, mostrando una realidad simple y gastada, alejándose a las múltiples realidades que nos encontramos diariamente, y las infinitas contradicciones que se mueven en este tipo de temas. Las invisibles, de Louis-Julien Petit (Salisbury, Reino Unido, 1983) se aleja de todo esto, mostrando una realidad sincera y compleja, donde cohabitan la realidad manejada por el sistema, construida a partir de resultados efectivos, que en muchos casos se alejan muchísimo de la realidad, y la realidad que viven las trabajadores sociales que trabajan diariamente con estas mujeres sin techo, mujeres que vienen de realidades durísimas, mujeres que luchan por volver a la vida, quizás con un tiempo más lento, que choca con el sistema de números y superficialidades. Petit se basa en el libro Sur la route des invisibles, femmes das la rue de Calire Lajeunie (que ya había hecho un documental sobre el tema de título Mujeres invisibles, sobreviviendo en la calle) se muestra comprometido con lo social ya que debutó en el cine con Discount (2014) en el que exponía la peripecia de un grupo de empleados que se las ingeniaba con astucia para proteger sus empleos con la aparición de cajeros automáticos, le siguió Carole Matthieu (2016) en la que exploraba las técnicas agresivas de las empresas a sus empleados por medio de una médica laboral que denunciaba tales abusos, dos retratos sobre la lucha encarnizada entre un sistema fascista que funciona a base de números y beneficios en contra a unos trabajadores sumidos en la lucha de sus trabajos, y de su vida.

En Las invisibles, el cineasta francés vuelve a plantearnos un dilema directo y de ahora, centrándose en un centro social de día, donde las mujeres sin nada encuentran aseo, algo de cariño y herramientas para salir de su existencia precaria, un centro que debido a sus pocos resultados de inserción de estas mujeres, la administración les obliga al cierre, dejando sin amparo a tantas mujeres, y las trabajadoras del centro deciden luchar y saltándose las reglas impuestas del sistema, optan por ocupar un centro adyacente completamente clandestino en el que seguirán atendiendo a sus mujeres. Petit nos habla de la realidad de las trabajadores sociales, con sus formas de afrontar el entuerto y sus vidas personales fuera de su trabajo, y también, de la realidad de algunas de estas mujeres sin techo, muchas de ellas reclutadas en un casting sin experiencia previa en la actuación.

El relato se centra en este microcosmos de lucha, reivindicación y armonía, con sus alegrías y tristezas, sus discusiones y risas, en una excelente y audaz tragicomedia, huyendo de ese tono frío, pesimista y compasivo de muchas de estas películas con tintes sociales, en la película de Petit, a través de una cámara de cine directo y en muchas ocasiones, casi documental, con la luz de David Chambille (cinematógrafo de las tres películas de Petit) que muestra sin filtros esas miradas y gestos de estas mujeres, que juntas emprenden un sueño, casi utópico, de afrontar estas duras realidades desde el amor y el cariño, ocupándose de cada caso, ayudándolas desde la proximidad y alegrándose y sufriendo con ellas, como una amiga más, una hermana, alguien que extiende su trabajo como una forma de vida y de afrontar los males sociales de cada día.

Un elenco maravilloso y natural encabezado por Audrey Lamy como Audrey, esa enérgica y valiente idealista que lucha con uñas y dientes para sacar adelante a estas mujeres, mientras su vida personal se resiente por su total dedicación a su trabajo, Corinne Masiero como la directora de todo este jaleo (tercer trabajo con el director) como esa jefa que avanza con determinación poniendo en peligro su trabajo, Noémie Lvovsky como Hèlène, la voluntaria de matrimonio en crisis que encuentra en ayudar a estas mujeres una tabla de salvación a su maltrecha vida, Deborah Lukumuena como Angélique, la niña rescatada de la prostitución y la calle que, ahora encuentra un sentido a su vida ayudando a aquellas que un día estuvieron como ella, Sarah Suco como Julie, la joven rebelde y difícil que no acepta sus problemas con las drogas y su jodida situación, Adolpha Van Meerhaeghe como Chantal, la mujer que sale de la cárcel, con su tragedia y humor, que ve las cosas de manera sencilla y áspera.

Petit ha construido una película comprometida, necesaria y valiente, que mira de frente, sin argucias ni vericuetos argumentales, mostrando un grupo de mujeres que afronta sus problemas desde lo más profundo del alma, enfrentándose a sus problemas con coraje y fuerza, visibilizando un sinfín de realidades que preferimos no ver, que están ahí junto a nosotros, que se ocultan por vergüenza, por miedo al rechazo, por incomprensión de todos, una realidad que se muestra en la película desde todos los ámbitos, con libertad y crítica, desde el estado y sus administraciones, más pendientes en los resultados efectivos que en las personas, la mirada de las trabajadores sociales, su implicación y sensibilidad hacia un tema que necesita tiempo, recursos humanos y económicos y sobre todo, mucho amor para resolverlo, y las mujeres de la calle, que necesitan ilusionarse y volver a aquella vida que un día, por circunstancias propias o ajenas, tuvieron que dejar o simplemente la perdieron. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Hugo Silva

Entrevista a Hugo Silva, actor de la película “70 binlandens”, de Koldo Serra, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el martes 5 de marzo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Hugo Silva, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Emma Suárez

Entrevista a Emma Suárez, actriz de la película “70 binlandens”, de Koldo Serra, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el martes 5 de marzo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Emma Suárez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Koldo Serra

Entrevista a Koldo Serra, director de la película “70 binlandens”, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el martes 5 de marzo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Koldo Serra, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Las herederas, de Marcelo Martinessi

RECUPERAR LOS SENTIDOS.

Chela y Chiquita llevan muchos años de amor y convivencia, aunque en los últimos tiempos las cosas han cambiado. Las deudas se han ido acumulando y han tenido que empezar a liquidar sus muebles y objetos de su casa para seguir manteniendo esa vida pequeño burguesa en la ciudad de Asunción en Paraguay. Todo esto ha contaminado su amor y lo ha conducido a una relación en vía muerta, más fraternal, en una estado de tristeza y apatía generalizada, en la que Chela se ha adormecido en una existencia vacía y rutinaria, y Chiquita, por su parte, de carácter más abierto ha seguido manteniendo la armonía o lo que queda de ella, en las cuatro paredes de su hogar. Todo cambiará cuando Chiquita es acusada de fraude por no hacer frente a los créditos solicitados y es encarcelada. Entonces, la existencia de Chela se ve abocada al más absoluto vacío y soledad. Un día, Pituca, una vecina octogenaria, le pide que le haga de chofer para llevarla a su partida de cartas semanal. Lo que empieza como una forma de ayuda se convertirá en un pequeño trabajo que le proporciona un sustento muy agradecido dada su situación económica. En esas idas y venidas, donde aumentará su “clientela”, conoce a Angy, una de las hijas de las señoras, veinte años más joven que Chela, y entre las dos mujeres se afianzará una relación cada vez más íntima.

Después de realizar cortometrajes donde abordaba la literatura y la memoria, con gran recorrido en festivales internacionales, Marcelo Martinessi (Asunción, Paraguay, 1973) hace su puesta de largo sumergiéndonos en un retrato de mujeres doméstico, muy íntimo y personal, sobre una mujer que pasa de los 60 y su relación con su entorno y los demás. Por un parte, tenemos ese espacio de burguesía venido a menos, que se sustenta como puede debido a sus deudas, cómo estas mujeres afrontan ese cambio de paradigma, ese estado cambiante que ha llevado a Chela a dejarse llevar, sin más, en una vida superficial y triste, una existencia anodina, solitaria e invisible, que todo cuesta y se hace un mundo para ella, incluso las acciones más cotidianas, y un carácter agrio y difícil, como veremos en el trato que le dispensa a la criada Pati. La llegada de Angy a su vida, que viene por la ausencia de Chiquita en la cárcel, será para Chela como un torrente de vida, de juventud, de energía brutal, y de manera pausada la relación entre las dos mujeres se irá acercando y Chela despertará a un mundo que creía olvidado, dormido, cómo un tren que ya había pasado.

Martinessi explora estas vidas con una forma muy ajustada y cerrada, provocando esa asfixia y opresión que se manifiesta en cada mirada, en cada detalle y cada gesto, en la que utiliza pocos decorados, únicamente la casa de Chela y Chiquita, la casa de la partida de cartas, algún que otro exterior, y sobre todo, el interior del automóvil, en una película que aboga por el interior, tanto físico como emocional, en las emociones que se irán abriendo en Chela por sus (des) encuentros con Angy, y sus conversaciones íntimas sobre amor, deseo y sexo, unos diálogos abiertos, sinceros y sin pelos en la punta, sin dejarse ningún detalle, donde Angy explica su despertar al sexo y al amor, a la vida, a la pasión y a todo el torrente de emociones. Chela escuchará y se dejará llevar, poco a poco, por los relatos de Angy, por su manera de explicar y detallar la piel, los sentidos y todo aquello que sentía y siente. La narración es pausada y tranquila, sin prisas, dejando que todos los detalles y las acciones que se explican verbalmente se apoderen de los espectadores y las imagine, las vea y sobre todo, las sienta, acompañando y sintiendo el proceso emocional que experimenta Chela, en ese despertar a la vida, casi sin quererlo, de manera progresiva y natural, sincera y muy íntima, dejándose llevar por sus sentidos, su deseo y sexo.

El realizador paraguayo evoca en sus encuadres y en su narración al cine de Lucrecia Martel en La ciénaga (2001) explicando esos mundos en descomposición de una burguesía en decadencia, con esas piletas llenas de moho y olor a podrido, de recuerdos que ya no se recuerdan, de tiempos olvidados y personas sin nada, o La mujer sin cabeza (2008) en que cualquier incidente, por mínimo que sea, acaba convirtiendo tu existencia en un auténtico tsunami emocional, o ese aire putrefacto y seres perdidos y sin vida que también sabe narrar la directora argentina como lo hace en Zama (2017). También, podríamos añadir a jóvenes cineastas argentinos como Gastón Solnicki, Eugenio Canevari o Martín Shanly, que se mueven en esos entornos que fueron antaño y ahora se limitan en sobrevivir, que no es poco, en los que encontramos a individuos adormecidos, como una especie de zombies modernos, que se mueven casi por inercia, como si la vida les hubiera pasado literalmente por encima y los hubiera dejado vacíos, sin nada, invisibles.

Martinessi cuenta con un maravilloso reparto de actrices veteranas como Ana Brun que da vida a Chela, Margarita Irún como Chiquita, y la belleza y el erotismo de Ana Ivanova es Angy, veinte años más joven, Pituca es María Martins y finalmente, Nilda González da vida a Pati, un grupo de mujeres especial y honesto, interpretando a través de sus cuerpos y sentimientos, de forma muy sobria y contenida, con esa naturalidad que asombra y arrebata, y nos va conduciendo por sus vidas anónimas, unas mejor que otras, aunque todas ellas sumergidas en un fango depresivo, en un momento de vidas, que ni hacia adelante ni hacia atrás, estancadas, sin rumbo, sin vida, en que la película, de forma sutil y elegante, las retrata desde todos los ángulos, haciendo hincapié en ese ámbito tan íntimo y oculto como las emociones, sus sentimientos, aquellos en que en el caso de Chela están tan profundos que ya sin se ven y mucho menos se sienten, todo lo contrario que Angy, que emana deseo y sexualidad en cada poro de su piel. Y el encuentro entre las dos, a la vez tan diferentes y próximas, como ese espejo que nos refleja aquello que sentimos y no somos capaces de sentir y experimentar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ouaga Girls, de Theresa Traore Dahlberg

ÁFRICA CON NOMBRE DE MUJER.

“Regala un pescado a un hombre y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y lo alimentarás para el resto de su vida”

Provervio Chino

La  ciudad  de  Uagadugú,  la  capital  de  Burkina  Faso (literalmente,  “tierra  de  hombres  íntegros”) es un lugar donde ser mujer se convierte en un problema, ya que el futuro se encamina a ser madre y esposa, y estar al cuidado del hombre. Aunque, eso no siempre es así, porque un grupo de mujeres ha roto esa cadena y tiene claro que su futuro no pasa por ser una más junto a su hombre, sino todo lo contrario, poder vivir con su trabajo y ser independiente, hacerse una vida con trabajo y esfuerzo, por eso van cada día a CFIAM, un centro educativo para la iniciación  y  el  aprendizaje  de  oficios  a  mujeres, y aprenden mecánica del automóvil. Bintou, Cantale, Mouniratou, Catherine, Dina, Marthe, Rose, Adissa y Nathalie son nueve mujeres jóvenes que estudian para construirse una vida, nueve mujeres que seguiremos en su cotidianidad más íntima y personal, mientras estudian, se divierten y le cuentan a la psicóloga quiénes son, de dónde vienen, sus dificultades personales de ayer y hoy, y los problemas ante sus parejas para reivindicar su identidad como mujer y dar rienda suelta a sus ilusiones y sueños.

La cineasta Theresa Traore Dahlberg, nacida en 1983 y criada entre la isla sueca de Öland y Burkina Faso, nos cuenta una película directa y cotidiana, sin caer en sentimentalismos ni nada por el estilo, sino en construir una marco sincero y honesto, donde sus inquietas y valientes heroínas han tomado un camino muy diferente en un país azotado por un paro juvenil del 52%, aunque también hay que decirlo, un país en movimiento y lucha que en 2014 consiguió derrocar el régimen autoritario de Blaise Camparé, en el poder desde el año 1987, después de fuertes movilizaciones sociales de una población desencantada y hambrienta. Seguimos a estas mujeres durante los cuatros años que duran sus estudios de mecánica, desde sus clases, tanto teóricas como prácticas, sus momentos de diversión y asueto, sus bromas y conversaciones sobre sus relaciones, su trabajo, su futuro laboral, sus prácticas en empresas, sus salidas nocturnas, y demás.

Unas vidas que la película observa sin juzgar, muy cerca de ellas peor sin agobiarlas, en esa distancia justa en que el relato nos emociona desde lo más mínimo, sin pretenderlo, ni tampoco construyendo la emotividad, sino filmando a estas mujeres desde su cotidianidad, desde su interior, escuchándolas y mirándolas con detenimiento, mostrando sus vidas, sus sueños e ilusiones, en la que la narración nos hace una descripción íntima y compleja no sólo de la situación de cada una de ellas, sino también de la situación social, política, económica y cultural de Burkina Faso, en las que las existencias de estas nueve mujeres ejemplifican de manera sincera y brutal todo lo que bulle en un país que está sufriendo los cambios sociales más importantes en sus últimos treinta años de historia desde la independencia. Traore Dahlberg va mucho más allá con su retrato a estas nueve mujeres, porque con una serie de detalles significativos de sus vidas, traza un magnífico y emocionante retrato de las vidas de esas mujeres que representan el futuro de Burkina Faso, y los nuevos tiempos que se avecinan en un país demasiado azotado por la pobreza y la falta de oportunidades, donde estas nueve mujeres, a pesar de los prejuicios y el machismo existente, han decidido cambiar las reglas del juego, al menos poner las primeras piedras y labrarse su futuro laboral entrando en un empleo, casi exclusivamente destinado para hombres, aunque ellas saben que si las cosas tienen que cambiar para mejor, ellas, las mujeres tienen mucho que decidir y hacer por esos cambios.

La directora mitad sueca y mitad burkinense imprime a su película muchos elementos, desde la cotidianidad de la escuela, donde las nueve mujeres aprenden y socializan entre ellas, creando una hermandad fantástica y sensible, donde la película se convierte en un retrato social humanista y personal, donde ellas hablan con sinceridad sobre su futuro laboral, sus amores, sus hijos, hasta las partes de ocio, donde la diversión y la alegría invade a cada una de ellas, una alegría y compañerismo que nunca las abandona, un grupo que se convierte en una sola mujer, una sola voz, una mirada y un cuerpo lleno de energía, tenacidad, resistencia y compromiso con ellas mismas, con la compañera que tiene al lado, y con trabajarse un futuro que las lleve a vivir una vida alejada del patriarcado existente en su sociedad, una vida elegida, propia y sobre todo, una vida diferente y sincera con ellas mismas, una existencia que las lleve a cumplir sus sueños e ilusiones.

La favorita, de Yorgos Lanthimos

CON LAS ARMAS AFILADAS.

“Cuando ruedas una película ambientada en otra época, siempre es interesante ver cómo se relaciona con la nuestra. Te das cuenta de cuán pocas cosas han cambiado aparte del vestuario y el hecho de que ahora tenemos electricidad o internet. Hay muchas similitudes aún vigentes en el comportamiento humano, la sociedad y el poder”.

Yorgos Lanthimos

El universo cinematográfico de Yorgos Lanthimos (Atenas, Grecia, 1973) es sumamente peculiar y extraño, sus películas nos sumergen en mundos diferentes y ajenos, a la vez que cercanos, siguiendo a un grupo reducido de seres, preferiblemente una familia, donde sus personajes se muestran misteriosos, ocultos y perversos, donde hacen uso de la maldad para conseguir sus propósitos, unos deseos muy oscuros, frustrados e inquietantes, que sacarán a la luz, guerreando contra todos aquellos que pretendan impedir llevarlos a buen término, donde Lanthimos somete a los espectadores a cuentos morales que radiografían lo más bello y aterrador de la sociedad contemporánea, todos esos instantes donde cada uno se mueve entre las sombras, dejando al descubierto sus más bajos instintos, sean de la naturaleza que sean, transformándose en un salvaje desatado y muy peligroso.

La favorita  es su tercera película rodada en inglés, después de tres primeras cintas filmadas en griego, y su primera película histórica, donde se aleja de lo contemporáneo para llevarnos hasta principios del siglo XVIII durante el reinado de Ana de Inglaterra, en las cuatro paredes de su gran palacio, alejado de todos y todo. Allí, nos presenta a la reina, una mujer oronda, feucha y con terribles ataques de gota, que la mantenía postrada a la cama o moviéndose en silla de ruedas. A su lado, Lady Sarah, amiga de la infancia, convertida en su dama de compañía, asesora política y amante. La armonía de palacio sigue su curso, entre la guerra contra Francia, las distensiones políticas entre lores para conquistar el poder, y las fiestas y demás entresijos de palacio. Todo esa cotidianidad, se verá duramente interrumpida con la llegada de Abigail Masham, prima de Lady Sarah, venida a menos por las malas prácticas de su padre, y ahora, convertida en criada, que es donde empieza en palacio. Con el tiempo, y su sabiduría en el arte de las hierbas, que beneficiarán la gota de la reina, irá escalando posiciones y convertida en alguien cercano a la soberana, desplazando la posición de Lady Sarah, aún más, cuando ésta se ausenta debido a un accidente con su caballo.

Lanthimos es un consumado trabajador en crear atmósferas perversas, frías y terroríficas, provocándonos constantemente, sometiéndonos a ese mundo de intrigas, mentiras y violencia, tanto física como emocional, que se instala alrededor de la reina, ajena a todas las acciones de la trepa Abigail, que con esa carita de buena, hará lo imposible para recuperar su posición social, cueste lo que cueste, y se lleva por delante a quién sea, un personaje que recuerda a Eve Harrington en Eva al desnudo, la mosquita muerta que pretende el puesto de la otra, o el Barry Lyndon, el arribista sin escrúpulos que hará todo lo que esté en su mano para conseguir poder, posición social y dinero, en el siglo XVIII. La película de Kubrick es una clara referencia al universo que construye el director griego, aprovechando al máximo la luz natural como hacía John Alcott en la película del británico, creando esos contrastes y desenfoques en una película que transcurre casi en su totalidad en los interiores del palacio, con la luz de las velas como rasgo significativo durante todo el metraje, utilizando una lente angular para filmar los diferentes espacios, obra del cinematógrafo Robbie Ryan (colaborador de Ken Loach, Stefen Frears, Andrea Arnold, Sally Potter, entre otros) tomando como referente los trabajos de Tilman Büttner en El arca rusa o el de Bruno Delbonnel en Fausto, ambas de Aleksandr Sokurov, donde se evidencia esa imagen ovalada en la que la cámara prioriza los elementos más cercanos, creando una ilusión casi fantasmagórica en todo el espacio, y dotando a los rostros y movimientos de los personajes una extrañeza fantástica y aterradora, sin olvidarnos de los movimientos bruscos de la cámara, de un lado a otro, mediante barridos que imponen un sentido enérgico a todo lo que se nos cuenta.

Lanthimos ha tejido con mimo y sensibilidad una película femenina, donde el trío protagonista, sin quererlo, se sumerge en un ménage à trois intermitente y discontinuo, que va cambiando la amante según el caso, donde Lady Sarah verá que su poder y su mundo se verán seriamente amenazados por la irrupción de Abigail, aquí disfrazada de ese intruso destructor que arriba a poner patas arriba todo, un mundo de mujeres, donde los hombres, soldados, políticos y bellos amantes, parecen sacados del histrionismo más exacerbado, con esos grotescos maquillajes, pelucones ridículos, ropas extravagantes y artes infantiloides. Muy diferentes a la imagen de ellas, más comedidas y sencillas, en todos los sentidos, dejando a Lady Sarah, el rol masculino, con esa ropa de pantalones, levitas y sombreros de soldado, a Abigail, convertida en la hermanastra perversa, con maquillaje y ropa elegante pero sin llamar la atención, y la reina, igual, con la altiveza de su posición, pero una señora amargada y triste, que llegó a sufrir la pérdida de 17 hijos, y eternamente enferma y horonda, que tiene el consuelo de “su dama”.

Un vestuario imponente y lleno de detalles y muy oscuro, obra de la reputada Sandy Powell, de larguísima trayectoria en la que ha trabajado con Haynes, Scorsese o Jordan. Y el detallista y poderoso montaje de Yorgos Pavpropsaridis, responsable en esta tarea en todas las películas de Lanthimos. Qué decir del fantástico trío protagonista encabezado por Rachel Weisz, dando vida a Lady Sarah, llena de pasión, energía e inteligente, Emma Stone, la perversa Abigail, llena de vileza y maldad y con sus armas afiladas, y Olivia Colman, una reina rota, alicaída, con poca ilusión y comilona, con pocos afectos, como una intrusa con ínfimas alegrías. Lanthimos ha vuelto a salirse airoso en otra muestra de su exploración sobre lo más oscuro del alma humana, sin concesiones y saltando al vacío, tejiendo con astucia y “su maldad” correspondiente, como es habitual en su cine, una película de trepas, de intrigas, misterios y violencia, donde se mata a cuchillo, sin miramientos, sin delicadeza, con trampas y maldad infinita, donde todo vale, y todo se ha dispuesto, con los medios más oscuros al alcance, con el fin de conseguir tesoro tan preciado, que no es poco. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA