Tokyo Shaking, de Olivier Peyon

LA SACUDIDA INTERIOR.

“Hay palabras que suben como el humo, y otras que caen como la lluvia”.

Madame de Sévigné

Alexandra es una mujer de mundo, su trabajo como jefa en un banco la ha llevado a recorrer medio mundo. Ahora, ha llegado a Tokyo procedente de Hong Kong, junto a sus dos hijos, dejando al marido por trabajo en el territorio autónomo chino. Estamos en los días previos del 1 de marzo de 2011, cuando el terremoto más trágico de Japón, asoló el país, provocando decenas de miles de fallecidos, y ocasionando el accidente nuclear en Fukushima. Después del incidente, la estampida y el caos se apoderan de los empleados del banco donde trabaja Alexandra, y de toda la ciudad de Tokyo, con esa disparidad de información ante el tsunami y las diversas amenazas tóxicas que se acercan o no. Las dos películas de ficción anteriores de Olivier Peyon (L’Haÿ-Les-Roses, Francia, 1969), se centraban en dos mujeres de diferentes edades, en contextos ajenos, que deben luchar contra los elementos y sus monstruos interiores, la abuela de Les petites vacances (2006), y la madre en busca de su hijo en Uruguay en Une vie ailleus (2017), mujeres que luchan y rompen prejuicios y barreras como la madre que pierde a su hijo y se hace activista en el documental Latifa, le coeur au combat.

Alexandra sigue la estela de las mujeres que ya había retratado el director francés, porque se trata de grandes profesionales en sus empleos, que con fuerza, valentía y coraje siguen con todo, y como las demás, también se halla en un país extraño, en el que lleva apenas un mes, y solo conoce las cuatro paredes de su banco, y su vivienda, y no aminará ante la convulsión que sucede a su alrededor, tanto exterior como interior, con varios frentes abiertos: seguir en Tokyo al frente del banco cuando la ciudad parece amenazada, escuchar las advertencias de su marido preso del pánico, dejar que sus hijos se vayan con su padre, ceder ante las decisiones erróneas de sus jefes, y por último, escuchar a sus empleados japoneses que parece que la seguirán vaya donde vaya. El guion que firman el propio director y Cyril Brody, su guionista de confianza, nos cuentan estos pocos días de la película, bajo la mirada de Alexandra, una mujer que no las tiene todas consigo, que recibe órdenes de sus superiores y debe acatarlas, aunque no les parezcan idóneas ante la situación en la que se encuentran.

Una mujer que debe empezar a escuchar y sobre todo, a escucharse, a mirar a su alrededor y mirar a los que la rodean, y mantener la calma, sobre todo, por sus aparentemente calmados empleados japoneses, y su lugarteniente, un joven congoleño brillante que, segundos antes del terremoto, había despedido. Quizás la película quiera tocar demasiadas teclas, y algunas le salgan algo desafinadas, pero el conjunto está ordenado, desprende mucha cercanía, humanidad, y no nos distrae con atajos emocionales que no llevan a nada, manteniendo todo el conjunto bien sujetado, moviéndose entre el conflicto social de la amenaza exterior, y los conflictos interiores que van desarrollándose, tanto en el personaje de Alexandra como con sus empleados, entre los conflictos laborales, las decisiones arbitrarias de los jefes, y la paciencia y la humanidad que tienen los japoneses ante una tragedia de tal magnitud. Un reparto que desprende vida y humanismo, entre los que destacan Stéphane Bak que da vida a Amani, el ayudante de Alexandra, que estando despedido, seguirá arrimando el hombro y ayudando a su jefa en todo lo que haga falta, Yumi Narita como Kimiko, la otra ayudante, que habla un francés perfecto, que es la voz cantante del ejemplo de solidaridad y de honor que mantienen todos los trabajadores japoneses, con esa idea de unión y compañerismo ante la tragedia.

La voz cantante del relato y el alma de este drama íntimo es Karin Viard en la piel de Alexandra, una actriz portentosa y que siempre brilla, aunque los papeles no estén a su altura. Aquí está fantástica, dotando a su mujer de ahora y profesionalmente ejemplar de humanismo, de verdad y sobre todo, de fragilidad, de tirar hacia delante sin saber qué hacer, pero saber también escuchar y aprender de todo lo que sucede y las acciones de uno y otro cuando la soga aprieta el cuello. Peyon no sucede con honestidad y valores humanos, en una película que se sumerge en la calidad humana de hoy en día, en esos aspectos como la palabra dada, la confianza y el honor, en una situación que es de todo menos tranquila, en una situación de terror donde realmente conocemos a quién tenemos al lado, la verdadera naturaleza de los que nos rodean, como sucedía en la interesantísima Fuerza mayor (2014), de Ruben Östlund, película que guarda ciertas semejanzas con los conflictos que aborda de forma inteligente e íntima Tokyo Shaking, que habla de una mujer francesa en Tokyo ante la tragedia y ante sí misma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El rey del fin del mundo, de Michael Haussman

JAMES BROOKE, RAJAH DE SARAWAK.

“¡Es curiosa la vida… ese misterioso arreglo de lógica implacable con propósitos fútiles! Lo más que de ella se puede esperar es cierto conocimiento de uno mismo… que llega demasiado tarde… una cosecha de inextinguibles remordimientos”.

(“El corazón de las tinieblas”, de Joseph Conrad)

La vida de Sir James Brooke (1803-1868), un marino del Imperio Británico, que a mediados del XIX, se embarcó con el propósito de abrir nuevas rutas comerciales por las costas de Malasia y así extender el inmenso imperialismo. Acabó en el Reino de Sarawak, nombrado Rajah por el sultán de Brunei, ya que combatió la piratería y el esclavismo, y ayudó a que los indios fueran independientes, enfrentándose a las órdenes de Londres. Una historia asombrosa y humana, que inspiró a Joseph Conrad (1857-1924), en muchas de sus novelas ambientadas en las costas del sureste asiático, como “El corazón de las tinieblas”, que inspiraron películas como El corazón del bosque (1978), de Manuel Gutiérrez Aragón y Apocalypse Now (1979), de Francis Ford Coppola, y la novela “Lord Jim”, llevada al cine por Richard Brooks en 1965.

La idea del hombre blanco, explorador y aventurero, enfrentado al otro, y a lo otro, extraño en una tierra extraña, huyendo de su lugar, y sobre todo, de sí mismo, encontrándose con todo un mundo inhóspito que acaba convirtiéndose en su hogar y sobre todo, en su lugar en el mundo. Con un guion escrito por el californiano Rob Allyn, el estadounidense Michael Haussman, del que conocíamos su faceta en la publicidad, y sobre todo, en los videos musicales para artistas tan importantes como Madonna, y su particular y personal cine, que debutó con Rhinoceros Hunting in Budapest (1997), protagonizada por el músico Nick Cave, y El enemigo está dentro (2003), que interpretaba Val Kilmer, por citar un par de su filmografía. Hausmann se pone detrás de la cámara y nos cuenta el relato en primera persona de Sir James Brooke, convirtiendo su película en un viaje introspectivo, creando un antihéroe, un hombre roto, un outsider en toda regla, uno de esos pistoleros errantes de los crepusculares, alguien que huye de los convencionalismos y demás estupideces sociales de los ingleses, alguien en continua huida, alguien que espera que suceda algo que le dé sentido a una existencia que está abocada a la autodestrucción.

Un personaje como Brooke que le va como anillo al dedo a Jonathan Rhys Meyers, con esa imagen de derrota y desesperanza, más movido por la causa de otros, y perdido en su propio vacío, que el magnífico actor irlandés sabe dotarlo de fuerza y tristeza, imprimiéndole esa mezcla de transparencia y desolación del personaje, con esa figura de hidalgo derrotado, movido por lo diferente, batallando por un mundo más justo, a pesar de los designios de imperialismo y saqueo de Inglaterra. La historia de Brooke, que también inspiró la novela “El hombre que pudo reinar” de Rudyard Kipling, llevada al cine de manera soberbia por John Huston en 1975 y magníficamente interpretada por dos monstruos como Sean Connery y Michael Caine, no es la historia de un hombre sometido, sino todo lo contrario, es una historia sobre la justicia, la igualdad y el amor hacia las culturas indígenas de alguien que estaba cansado de tanta destrucción e inmoralidad. Una película de grandísima factura técnica, con esa música absorbente de Will Bates, el minucioso montaje de Marco Pérez, y la magnífica luz pesada y oscura de Jaime Feliu-Torres.

El gran trabajo del reparto con intérpretes bien caracterizados que dan vida a todos estos hombres y mujeres perdidos en la espesa selva asiática de la isla de Borneo, con el joven Charley, sobrino de Brooke, al que admira y lo sigue, bien compuesto por Otto Farrant, su primo, el impetuoso y contrario Arthur Crookshank, protagonizado por Dominic Monaghan (muy conocido por su intervención en la trilogía de El señor de los anillos), que se casa con un antiguo amor de Brooke, la bellísima Elizabeth que hace Hannah New, Madame Lim, una nativa que vive una bonita historia de amor con Brooke, interpretada por Josie Ho, y finalmente, la figura soberbia e imperialista del oficial Edward Beech que interpreta el inmenso Ralph Ineson. Una película que habla y explora la belleza del lugar y la sangre que se derrama en este paraíso que se equilibra de manera frágil entre la vida y la muerte. Haussman vuelve a un relato de un hombre enfrentado a sí mismo en un universo ajeno, extranjero y demoledor, como el Cave en Budapest, o el Kilmer en México, individuos solitarios y amargados que, encontrarán aquello que buscan en el lugar más insospechado y raro, pero llenos de humanidad, que como les ocurría a los pistoleros como Shane, siguen creyendo en las causas justas y en el interior de las personas, y pondrán su revólver a ese servicio, aunque para ello tengan que renunciar a lo que son y convertirse en otra persona, una persona más acorde con sus ideas y sobre todo, a favor de la justicia y la riqueza y la diversidad de los lugares y sus gentes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Jinetes de la justicia, de Anders Thomas Jensen

SOBRE EL DOLOR Y LA VENGANZA.

“Una persona que quiere venganza guarda sus heridas abiertas”.

Francis Bacon

Todo empieza con un accidente. Un accidente de tren, en el que Mathilde ve como su madre fallece. Markus, el padre, un militar destinado en el extranjero, vuelve a casa y sigue como si nada hubiera pasado, llevándole a muchos conflictos con su hija adolescente. Un día, Otto, un experto en matemáticas, que es uno de los supervivientes del accidente, explica a Markus que tiene pruebas que el accidente fue intencionado. A Otto, traumatizado porque un accidente que él provocó acabó con al vida de su mujer e hija.  le acompañan otros dos cerebritos expertos en informática y conseguir datos, Lennart, que arrastra un trauma infantil, y Emmenthaler, un obeso acomplejado. Markus en primer momento escéptico, acaba por participar en la venganza contra los responsables, una banda de gánsteres muy conocida de la zona. Anders Thomas Jensen (Frederiksvaerk, Dinamarca, 1972), ha escrito muchos de los guiones de las películas de Susanne Bier, y de nombres tan importantes como los de Lone Scherfig, aparte ha cosechado una interesante filmografía como director donde Mads Mikkelsen (uno de los intérpretes daneses más internacionales que ha trabajado con gente tan reconocida como Thomas Vinterberg y Nicolas Winding Refn, entre otros), ha sido protagonista en las cinco películas que ha dirigido hasta la fecha.

En Jinetes de la justicia, Mikkelsen se pone en la piel de un tipo rudo, reservado y solitario, que lleva demasiados años fuera de casa y ahora, debe volver ante un panorama muy adverso, lleno de heridas y mucho dolor. Un tipo que encontrará la venganza como vehículo para cerrar tanta oscuridad. El cine de Anders Thomas Jensen se edifica a través de un conflicto emocional muy fuerte, donde encontramos a unos personajes a la deriva, muy perdidos, individuos heridos que deben volver a la senda de la vida. Un marco de comedia negra para hablarnos de temas serios y profundos, donde las emociones son la clave de la trama. Ahora, a la comedia negra, muy representada por los tres expertos en datos informáticos y estadísticas, que podrían protagonizar cualquier película de Monicelli, Berlanga o de los Estudios Ealling, se juntan con Markus, un tipo violento, amargado y lleno de rabia, toda contenida y oculta, que explotará sin concesiones y con extrema crudeza cuando se enfrenten a los gánsteres.

La interesante mezcla ente la comedia negra y la película de venganza, excelentemente bien equilibrada y contada, con esa cámara cercana y reflexiva en todo momento, con esos diálogos que pasan de la seriedad a lo ligero en cuestión de segundos, siempre con la trama en el horizonte, en un contexto social muy oscuro, de aislamiento, como viven el trío de amigos informáticos, y ahora, Markus y su hija, es la atmósfera idónea para lanzarse a esta fábula moderna que nos habla de cómo nos relacionamos con las emociones que no logramos expresar, ya sea el dolor, la rabia, la pérdida y cómo vivimos con toda esa carga pesada y dolorosa. Una parte técnica asombrosa que firma Kasper Tuxen en la cinematografía, en una película de un poco antes de la Navidad, muy asfixiante y muy noir, y el audaz trabajo de montaje con Nicolaj Monberg y Anders Alberg Kristiansen, consiguiendo esa fusión entre las relaciones de personajes, capitales en una película donde los personajes son tan diferentes, tanto a nivel físico, contexto y emocionalidad, la comedia negrísima en muchos aspectos, y ese thriller crudísimo y muy violento.

Un gran reparto encabezado por el citado Mads Mikkelsen, extraordinario en su rol de padre roto de dolor y militar violento lleno de venganza, demostrando una vez más su tremenda versatilidad e inteligencia en elegir personajes tan diversos y bien construidos. Bien acompañado por Nikolaj Lie Kaas como Otto, otro actor que también ha estado en todas las películas de Anders Thomas Jensen, al igual que Nicolas Bro, que hace de Emmenthaler, Lars Brygman como Lennart, un actor de reparto muy considerado en Dinamarca, y la joven Adrea Heick Gadeberg como Mathilde, que después de algunas series empieza a aparecer en la gran pantalla. El cineasta danés construye un relato de nuestro tiempo, muy sólido y contundente, que profundiza en muchos temas que tienen que ver con la condición humana, y sobre todo, cuando las cosas se vuelven del revés, cuando sufrimos pérdidas irreparables, no sabemos como enfrentarnos al dolor, y encontramos en la rabia y la violencia nuestra forma de sacudirnos las heridas y los demonios que nos acechan, y en eso la película es magnífica, porque afronta los conflictos de esta índole con reflexión y de frente, construyendo complejos personajes, y sobre todo, guiando poco al espectador, dejando ese espacio de libertad tan necesario para que cada uno de nosotros saque, si puede, sus propias conclusiones o enseñanzas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El poeta y el espía, de Gianluca Jodice

LO QUE FUIMOS Y LO QUE SOMOS. 

“El fascismo es la antítesis de la fe política, porque oprime a todos aquellos que piensan de forma diversa”

Sandro Pertini

En El conformista (1970), de Bertolucci, se profundizaba de manera directa y transparente la complejidad de los ideales enfrentados a lo personal en la oscura y terrorífica Italia de los treinta bajo el yugo fascista de Mussolini. Aquella Italia de camisas negras, de fascismo desbocado y en puertas de la guerra, ha sido y será la parte más convulsa del país transalpino, y como no ha podido ser de otra manera, el cine lo ha mirado desde distintos puntos de vista. En Vincere (2009), la maestría de Marco Bellocchio, relataba con mano firme el ascenso del joven Mussolini hasta llegar al poder y sus amores con Ida Dalser. En El poeta y el espía, el director Gianluca Jodice (Nápoles, Italia, 1973), hace lo propio, pero no mira directamente al dictador italiano, sino a su contrario, el poeta y militar Gabriele D’Annunzio (1863-1938), héroe de la Gran Guerra y recluido en un palacete. En la primavera de 1936, cuando arranca la película, nos encontramos a un D’Annunzio de 74 años, pero muy envejecido, aquejado de grandes problemas de salud, intranquilo y olvidado por todo y todos, solo acompañado por unos pocos familiares y ayudantes.

Conocemos al poeta a través de Giovanni Comini, un joven idealista fascista que acaba de ser nombrado federal, al que le encargan la difícil misión de espiar al poeta, ya que advierte del peligro de Mussolini y su inminente alianza con Hitler. El joven Comini mantiene una relación con Lina, una joven enamorada y solitaria que también mantiene sus dudas respecto a la función de Giovanni. Jodice debuta en el largometraje de ficción, después de sendos documentales, uno dedicado a su ciudad Nápoles, y otro, sobre La gran belleza, de Sorrentino. La película se sustenta en dos grandes nombres en la parte técnica, Daniele Ciprì en la cinematografía, con varias películas con el citado Bellocchio, y la edición corre a cargo de Simona Paggi, con trabajos con Gianni Amelio y La vida es bella, de Benigni. Una parte ejemplar en su forma de contar el relato, así como su ambientación y oscuridad en la que se había instalado un país donde el fascismo que viene a cambiar y modernizar el país, acaba volviendo a la violencia para eliminar a sus críticos. Comini es una de esas personas manejables que la dictadura acoge en su seno y lo maneja a su antojo, alguien que al relacionarse con D’Annunzio verá la realidad en la que se está metiendo, y sobre todo, cuando le afecta a nivel personal.

La película se basa en los encuentros y conversaciones del joven fascista y el veterano poeta, de vueltas de todo, vencido por todos, que sabe perfectamente que sus días están contados, y hace lo imposible para parar la locura de Mussolini. El poeta y el espía es una película de corte clásico, muy estática, la acción se manifiesta a través de sus diálogos, llamadas de aquí a Roma y viceversa, y mucho despacho de las altas esferas fascistas, en un relato in crescendo, donde la mirada del joven Comini se convierte en nuestra mirada, todo lo conoceremos a través de él, de su cambio como joven fascista a enfrentarse a la cruda realidad del fascismo y su violencia para mantener el poder y llevar a cabo sus siniestros planes. Un reparto bien escogido que interpreta con seguridad personajes complejos, humanos y muy cercanos, entre los que destaca Francesco Patanè como Giovanni Comini, el joven que despertará y verá la realidad que se negaba a creer, Lidiya Liberman como Lina, la joven superviviente que manifiesta sus dudas al trabajo de su enamorado Comini.

Mención aparte tiene el grandísimo trabajo interpretativo de un extraordinario Sergio Castellitto, actor de gran talla que ha trabajado con nombres tan ilustres como los de Rosi, Ferreri, Scola, Monicelli, Rivette, entre otros, amén de dirigir varias películas, realiza una composición maravillosa de D’Annunzio, con sus taras y virtudes, un tipo consumido por la historia, su personalidad, por la cocaína que llenaba sus agujeros imposibles, ese caminar aturdido y lento, esa mirada lejana y ausente, todos sus movimientos pausados y sin rumbo, encerrado en un palacete, mitad ruinas y mitad en continua construcción, cautivo en una vida que ya no le pertenece, en un mundo que ha pasado de largo, e incapaz de llegar a todos esos italianos ensimismados en un Mussolini que él sabe muy bien que los llevará al abismo y a la miseria más absoluta, un tiempo que se va y sobre todo, un tiempo que se llenará de terror, y él viejo poeta y enfermo ha quedado ya demasiado olvidado. El poeta y el espía gustará a todos aquellos que no conozcan esta parte de la Italia fascista, conociendo a todos esos personajes que vieron como sus ideales eran arrastrados a la muerte, y otros, como el poeta, donde su razón y su poesía eran reducidas al olvido, convertido en un pobre títere de sí mismo y su pasado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Anna Alarcón

Entrevista a Anna Alarcón, actriz de la película “L’ofrena”, de Ventura Durall en los Cines Verdi en Barcelona, el martes 15 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Anna Alarcón, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Ventura Durall

Entrevista a Ventura Durall, director de la película “L’ofrena”, en los Cines Verdi en Barcelona, el martes 15 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ventura Durall, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

L’ofrena, de Ventura Durall

LAS HERIDAS QUE ARRASTRAMOS.

“El pasado nunca se muere Ni siquiera es pasado”

William Faulkner

La película se abre a través de un prólogo que nos muestra el día que Rita y Jan se conocieron, cuando Jan apareció portando el último deseo del padre de Rita. De ese tiempo indeterminado, pasaremos a la actualidad, en un presente en que Rita y Jan viven y siguen enamorados, con una sola excepción, Jan está obsesionado con Violeta, una mujer casada, psiquiatra de profesión, y madre de dos hijos. Hay algo fuerte y obsesivo que lo ata, pero todavía no sabemos que es, pero Rita, en un acto de generosidad absoluta propiciará el encuentro que tanto desea Jan. El director Ventura Durall (Barcelona, 1974), arrancó su carrera en la ficción, con la interesantísima Las dos vidas de Andrés Rabadán (2008), protagonizada por un inconmensurable Alex Brendemühl, dando vida al famoso “Asesino de la ballesta”, que también, tuvo su mirada documental con El perdón, un año después. En un sugestivo díptico que huía del sensacionalismo y la noticia, para adentrarse en la psicología profunda y humana del protagonista. Vinieron otros documentales como Los años salvajes  (2013) y Bugarach (2014), este último codirigido, también alguna que otra tv movie, cortos y un puñado de películas produciendo a jóvenes talentos.

Ahora, vuelve a la ficción con L’ofrena, con un thriller psicológico asfixiante y lleno de elementos ocultos, que se mueve en esos terrenos pantanosos del alma, como el amor, el deseo, la obsesión, la culpa y el perdón, y lo hace desdoblando en dos tiempos el relato, en el profundo y sobrio guión que firman la debutante Sandra Beltrán, Guillem Sala (colaborador de Durall), Clara Roquet (que ya había hecho lo mismo con Marqués-Marcet y Jaime Rosales) y el propio director. Por un lado, tenemos la actualidad, en este denso y brutal descenso a los infiernos personales y muy íntimos, que protagonizan una especie de trío de almas perdidas, seres rotos que deambulan por la existencia como si no fuese con ellos, amarrados e hipnotizados por un pasado que les tambalea el alma y la vida. Y por otro, el pasado, cuando Violeta y Jan eran jóvenes y se conocieron un verano en un camping de la costa y la historia que vivieron. El relato va hacia delante y hacia atrás, conociendo todos los pormenores y situaciones emocionales en los que están implicados los personajes.

El director barcelonés cuida cada detalle, sumergiéndonos sin prisas en esta trama sobre estas vidas rotas, vidas que no acaban de vivir, que se mueven entre sombras y fantasmas, porque arrastran demasiadas rupturas emocionales, demasiados recuerdos dolorosos y demasiados golpes. Durall vuelve a contar con el excelente trabajo de luz del cinematógrafo Alex García (con el que ya había trabajado en la tv movie El cas dels catalans), con ese tono tenue y oscuro que baña toda la actualidad, muy contrastada por la luz del pasado, brillante y natural, creando esa perfecta simbiosis entre vida y muerte, entre ilusión y perdida, entre aquello que soñábamos y en lo que nos hemos convertido. El inmenso y calculado trabajo de montaje de Marc Roca (responsable de Yo la busco o La nova escola, de Durall, de próximo estreno), nos lleva sin pestañear de un tiempo a otro, de un mundo a otro, de un estado emocional a otro, con un magnífica labor en la dosificación de la información, para llegar a ese tramo final intenso y arrebatador.

En el tono y la narración de L’ofrena encontramos la malicia y la sequedad del Chabrol, cuando nos situaba en esas pequeñas y asfixiantes comunidades, donde todo se movía entre seres y situaciones de doble sentido, percibimos el aroma, la atmósfera y la angustia tan significativa de los miembros de la Escuela de Lodz: los Polanski, Kieslowski, Skolimowski, Zanussi, Zulawski, creadores que imponían espacios cerrados, relaciones turbulentas y llenas de odio, rabia y amor, para ahondar en las oscuras relaciones humanas y la profundidad psicológica de los personajes, las heridas emocionales tan propias del universo de Haneke, o el cine de Almodóvar, donde el pasado revienta la cotidianidad emocional, sin olvidarnos de nombres como los del primer Bigas Luna, Jordi Cadena o Jesús Garay, en sus historias íntimas y perturbadoras, protagonizadas por seres en penumbra emocional y abatidos por los designios del corazón.

El magnífico trabajo interpretativo es otro de los elementos fundamentales en los que se sustenta la película, donde se mira y se calla mucho, y se habla más bien poco, empezando por Alex Brendemühl, que sigue película a película, demostrando su extraordinaria valía, siendo un actor con más peso, elegancia y sensibilidad, bien acompañado por una Verónica Echegui, que juega bien su gran sensualidad, naturalidad y agitación, con Pablo Molinero, bien y dispuesto a mostrar la desnudez emocional cuando es requerido, Josh Climent, que habíamos visto en un pequeño rol en La inocencia, de Lucía Alemany, convertido en el chico seductor y rebelde que tanto enamora a las chicas en verano, y las dos grandes revelaciones de la película, que comparten el mismo personajes en dos tiempos diferentes, la joven debutante Claudia Riera, llena de energía y fuerza, absorbe la pantalla y nos enamora con sus miradas y gestos, y Anna Alarcón, que ya había demostrado en las tablas su buen hacer para los personas emocionalmente fuertes y complejos, es la Violeta adulta, la pieza clave en esta historia, actriz dotada de una mirada penetrante y un cuerpo frágil y poderoso a la vez, se convierte en la madeja que mueve toda la función, brillando cuando habla y cuando calla, y sobre todo, cuando mira, porque corta el aire, siendo una actriz que nos guía con su mirada, a través de su inquietud, su ruptura emocional y todas las heridas que arrastra.

Durall ha construido una película ejemplar, a partir de grandes y miserias cotidianas que nos rodean, que anidan en lo más profundo del alma, sumergida en emociones y relaciones oscuras y difíciles, que en algunos momentos rayan el terror, el drama personal e íntimo, ese que rasga el alma, el que no deja indiferente. Una obra bien vestida y magníficamente ejecutada, con esa tensión psicológica abrumadora e inquietante, donde la puesta en escena es firme, rigurosa y muy elaborada, como demuestra la magnífica ejecución de la comida en el patio, donde la cámara, en ningún instante, agrupa a los cuatro comensales, filmándolos en solitario, con planos cerrados y cercanos, para mostrar todo el abismo que les separa, y sobre todo, reafirmar todos los secretos que cada uno oculta. L’ofrena muestra a ese tipo de personas que existen y se mueven entre una especie de limbo, que no es pasado ni presente, un espacio donde se encuentran rotos a pedazos, incapaces de huir de sí mismos, y sobre todo, incapaces de encontrar esas ventanas o puertas que los conduzcan a lugares menos dolorosos y culpables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Beast, de Lee Jeong-ho

UN ASESINO ANDA SUELTO.

“Tu enemigo, el demonio, está al acecho cual león feroz”

El mismo año, el año 2003, dos películas surcoreanas, Memories of murder, de Bong Joon-Jo y Old Boy, de Park Chan-wook, encumbraron de manera extraordinaria el cine surcoreano, y sobre todo, el thriller, en su vertiente más oscura, tenebrosa y ejemplar. Se trata de dos cintas situadas en los bajos fondos, en las caras más amargas y duras de la ciudad, de acción y tensión trepidantes y adrenalínicas, nunca hay tregua, las situaciones suceden de forma vertiginosa y en paralelo, en las que convergen varias tramas a modo de rompecabezas profundos difíciles de resolver, con esa atmósfera de película de terror, de personajes ambiguos, rotos y perdidos, dentro de una nebulosa fatalista, como en las películas de Fritz Lang, tipos de orden que las circunstancias los han llevado a cruzar sus propios límites y arrojarse sin remedio a un abismo sin retorno. El cineasta Lee Jeong-ho (Corea del Sur, 1975) debuta en el largometraje guiándose por los grandes del género, aportando una visión personal y segura de aquello que está haciendo, firme en su planteamiento, sin dejar que nada se interponga en su propósito de llevar a buen puerto una trama compleja y llena de personajes ocultos y oscuros.

En The Beast, inspirada libremente en la película francesa Asuntos pendientes (2003), de Olivier Marchal, enfrenta a dos policías Han-Su y Min-Tae, que postulan para el puesto de jefe, dos mentes en disputa, dos enemigos declarados, dos almas que nada tienen que ver, dos formas muy diferentes de afrontar los homicidios que se cometen en la urbe, se verán inmersos en una durísima batalla cuando tienen que capturar al asesino despiadado de una chica encontrada desmembrada. El cineasta surcoreano se centra en la mirada de Han-Su, un policía expeditivo, de fuerte carácter, y que no se detendrá ante nada, que tiene estrechas relaciones con sus confidentes, situación que le pondrá en una difícil tesitura moral respecto a su trabajo como policía. En cambio, en el otro lado de la balanza, encontramos a Min-Tae, la otra cara de la moneda, más pausado y tranquilo, con otras formas de investigar y sobre todo, sabiendo donde está su posición, mucho más clara que la de su colega.

El relato está lleno de detalles y matices, que nos van mostrando pequeños resquicios de luz entre tanta oscuridad, sombras y ambigüedad, con personajes que se mueven por intereses personales, deseos interiores y objetivos variables, donde nada ni nadie parece dirigirse a un solo fin, sino que por el camino, tortuoso y lleno de peligros, nos tropezaremos con distintas sendas y deseos, personajes ocultos, que guardan celosamente demasiadas cosas, que solo muestran lo que les conviene y son muy precavidos ante quién se exponen y porque lo hacen. The Beast tiene ese aroma de las películas clásicas de Hollywood, donde los personajes, incluso los más nobles, guardaban ambigüedades en su interior, y en ocasiones, protagonizaban acciones que cruzan esas líneas de la moralidad, respeto y honestidad, personajes humanos, personajes sinceros, aunque también personajes que se equivocaban y exponían a los que más querían, una idea de personaje profundo y lleno de tristezas y soledades, un tipo de rol que el cine más comercial ha perdido en la actualidad, basándose en personajes de una sola pieza y carentes de interés al espectador menos complaciente.

La película de Lee Jeong-ho tiene esa fortaleza para sumergirnos en un magnífico descenso a los infiernos, donde la película irá adentrándose en lugares más siniestros y violentos, llevados de una intensidad asfixiante y brutal, como si de una película de terror se tratase, en una especie de duelo nocturno, muy propio del western mítico de los Vidor, Hawks, Peckinpah o Sturges. Esos duelos entre dos formas de ser, de moverse y sobre todo, de disparar, de litigar quién era el más rápido o el menos honesto. Los 130 minutos de la película pasan volando, sujetos a una velocidad de vértigo, donde los personajes no cesan de moverse de un lugar a otro, donde las acciones se van sucediendo de forma nerviosa y angustiante, convirtiendo el relato en una espiral de mentiras, traiciones, violencia y asesinatos. Una cinta apoyada en una extraordinaria e inquietante atmósfera, donde nos movemos por espacios lúgubres, tristes y desoladores, entre habitaciones y apartamentos laberínticos y llenos de basura, tanto física como moral, espacios que se convierten en otros personajes, que explican lo mismo o más que los diálogos, unos diálogos llenos de desesperanza, lucha interna, donde sale a borbotones esa oscuridad del alma que arrastran los diferentes personajes, sobre todo, el personaje de Han, el alma mater de la historia, un ser movido por la negritud de un camino que hace tiempo dejó de ser correcto, y ahora, quiere enmendarlo como sea, aunque quizás ya sea demasiado tarde, y solo pueda dilatar un destino que lleva mucho tiempo ya escrito, y las tablas de salvación se quemaron sin que él se percatase de lo que ocurría, enfrascado en sus disputas internas y exteriores. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La profesora de piano, de Jan-Ole Gerster

LAS HERIDAS PROFUNDAS.

“La ambición no hermana bien con la bondad, sino con el orgullo, la astucia y la crueldad”

León Tolstói

El arranque de la película resulta inquietante y muy perturbador. Lara, una mujer de sesenta años, se pone de pie en una silla que tiene pegada a su gran ventanal. La ciudad, que está despertándose, parece reflejarse en su rostro, que muestra un gesto ausente y gélido. De repente, tocan a la puerta, y Lara se sobresalta y acude a abrir la puerta. Su momento ha quedado suspendido, y todo lo que pretendía hacer se ha cortado. Viendo esta primera secuencia de la película, podríamos intuir las intenciones de Lara, aunque realmente todo son hipótesis, porque de ese primer momento terrorífico, pasamos al piso del vecino que está siendo registrado por la policía y Lara actúa como testigo. Un instante casi surrealista en comparación con el que acabamos de presenciar. A partir de ese instante, Lara, en su sesenta cumpleaños, irá descubriéndose a medida que va avanzando el metraje de la película, la seguiremos por la ciudad, un lugar frío y nublado, que refleja el estado de ánimo de esta mujer. Acudirá a comprar unas veinte entradas para el concierto que da su hijo Víctor como pianista reconocido. Luego, irá a su antiguo empleo, como funcionaria para el ayuntamiento, se tomará varios cafés, uno, con la novia de su hijo, y otro, con su antiguo profesor de piano, tendrá dos encuentros tensos, uno con ex marido, y otro, con su hijo, y finalmente, acudirá al concierto.

Después de haber sido asistente personal de Wolfgang Becker durante el rodaje de Goodbye, Lenin!  (2003),  Jan-Ole Gerster (Hagen, Alemania, 1978) debuto con Oh Boy (2012) en la que seguía a Niko, un joven perdido y atribulado que vagaba por una ciudad en blanco y negro buscándose a sí mismo y su lugar en el mundo, con claras reminiscencias a la Nouvelle Vague, Truffaut y el Free Cinema. Oh Boy, cosechó aplausos, tanto de crítica como de público, siendo una de las sorpresas de la temporada. Ahora, unos años después, vuelve con La profesora de piano, siendo su título original Lara, el nombre de esa mujer de negro con abrigo rojo que se pasea por una ciudad de manera automática, una madre en el día de su aniversario, una madre que instruyó, alentó y aupó a su hijo Víctor convirtiéndolo en un gran pianista, aunque su desmesurada ambición ha pasado factura en la relación con su hijo, con su ex y con ella misma, convirtiéndola en una persona antisocial, hermética y soberbia, una mujer que no es querida por los suyos, como irá contándonos la película de manera directa y transparente, de frente, sin andarse con atajos ni nada que se le parezca.

Durante los 98 minutos intensos, emocionalmente hablando, y sobrios en su forma, capturando toda la negritud de esa ciudad desangelada que no es otro que ese reflejo que emana del interior de la protagonista, a cada paso, a cada mirada, a cada reflejo en los espejos y cristales, en que la seguimos en ese día eterno en el que Lara intenta prepararse para enfrentarse a los suyos, a su pasado, a lo que tenían y ya no tienen, a todos esos reproches que se merece, a mirar a cuando era esa niña que su excesiva autocrítica y ambición la llevó a dejar de tocar el piano y sufrir por no desarrollar su talento. Un relato lineal y hacia dentro, donde no hay ningún momento excesivo ni de incontinencia emocional, todo se cuenta desde dentro, desde lo más profundo, a través de sencillos gestos y palabras, a partir de la observación de una mujer rota y herida, que traslada toda su frustración a su hijo, cargándolo de todo aquello a lo que ella no se sintió capaz de ser, se sentir, provocando en su hijo una profunda herida, que ella no sabe gestionarla.

Gerster cuenta con un guión férreo de Blaz Kutin, que sabe indagar en la parte emocional, contando ese pasado turbio y oscuro que relaciona a Lara con su hijo, a través del presente, acotándolo en una sola jornada, con esa luz etérea, de tonos oscuros y sombríos, donde resalta y de qué manera, ese abrigo rojo, en una forma que aboga por los planos cortos y primeros planos de Lara y su caminar de aquí para allá, algo así como una extraña de sí misma, vagando sin rumbo, alejándose inútilmente de sus problemas y su terrible pasado. Un deambular que recuerda al de Niko, el joven que retrató el director alemán en su primera película. La soberbia y magnífica composición de Corinna Harfouch (que ha trabajado con directores teutones de la talla como Margarethe von Trotta, Hans-Christian Schmid, Andreas Dresen, Oliver Hirschbiegel, Rolando Gräf, entre otros) dando vida a Lara, esa mujer perdida, rota y descompuesta, que no anda muy lejos de la madre de Sonata de otoño, de Bergman, o aquella otra de Tacones lejanos, de Almodóvar, madres que en su afán y desmesurado amor maternal acaban provocando heridas muy profundas en sus vástagos.

A su lado, Tom Schilling, que ya dio vida a Niko en Oh Boy, (y hace poco nos deleitó en el rol de Kurt Bartner en la estupenda La sombra del pasado, de Florian Henckel von Donnersmarck) vuelve a las órdenes de Gerster con un personaje diferente, un hijo que sufrió la ambición y la inquietante forma de aprendizaje de su madre, y ahora, tiene una relación distante y oscura con su progenitora, en la que ese pasado turbio y desolador siempre está presente, alejándolos y enfrentándolos por todo lo ocurrido. Gerster vuelve a deleitarnos con un relato sobre la soledad y las inseguridades, vestidas de ambición artística, a través de una mujer ensombrecida por su peso, por su forma de ser y por sus relaciones con los suyos, capturándonos todo la miseria y atrocidad que encierra Lara, un personaje de alma oscura, alguien atroz, un ser que antepone los éxitos profesionales a todo lo demás, que traslado su inseguridad y miedos a su hijo, con una educación al piano severa, instándolo en una ambición desmesurada y sobre todo, en que su trabajo como pianista estuviera por encima de todo. Lara sabe como es y no se juzga, es así y ya está, y actúa en consecuencia, aunque le provoque problemas graves con los demás y también, con ella misma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nuestras madres, de César Díaz

RESQUICIOS DE LUZ.

“Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia”

José Saramago

Hace dos temporadas, la película Sin miedo, de Claudio Zulian, daba buena cuenta de los desaparecidos de la guerra en Guatemala, a través de los testimonios y acciones de sus familiares, que buscaban incesantemente sus cadáveres y honrar sus memorias. El cineasta César Díaz (Guatemala, 1978) hace su puesta de largo mirando a la memoria histórica de su país y bucea en la guerra que enfrentó al estado contra guerrilleros que se mantuvo desde 1960 hasta 1996, ocasionando unos 200.000 muertos y más de 45.000 desaparecidos. Pero lo hace desde un prisma individual, a través del personaje de Ernesto, un hijo de desparecidos, que trabaja como antropólogo forense recuperando muertos de la guerra y dándoles la dignidad de la que carecieron. Un día, una campesina, que busca a su marido, informa a Ernesto de una fosa de desaparecidos en su pueblo, y se encienden todas las alarmas ya que el joven investigador cree que puede estar enterrado su padre. Paralelamente, se cuentan los días para que su madre Cristina, víctima de las torturas militares, intervenga con su testimonio en un juicio contra los crímenes impunes de la guerra.

Díaz construye una película que es más un documento sobre la memoria de los que ya no están de su país, y sobre todo, de sus supervivientes, de los que sí que están y los buscan, centrándose en todas las acciones que llevan a cabo para desenterrar a tantos desaparecidos condenados al olvido gubernamental. La película sigue a Ernesto, que ya en su arranque deja claras sus intenciones, mostrando al joven sobre una mesa de trabajo reconstruyendo los huesos de alguien encontrado en una fosa. Reconstruir, reparar, y recuperar a los desaparecidos es la cuestión que plantea y aborda la película-documento de Díaz, recuperando la memoria oscura de su país para poder avanzar a un futuro donde la reparación y la dignidad sean motivo de orgullo. El director guatemalteco aborda un tema tan serio y complejo desde la sencillez y la honestidad, planteando las dificultades entre el enfrentamiento interno entre lo personal y lo profesional de Ernesto, un joven que se debate entre encontrar los restos de su padre, un guerrillero muerto, y seguir con la fosa del cementerio municipal como le insta su superior. Y también, la relación con su madre, una mujer que ha sufrido aquellos años terroríficos y ha de volver a ellos, necesita enfrentarse a ellos para recuperar su vida y honrar a los desaparecidos.

Mirar frente a frente a una verdad demasiado incómoda, dolorosa y terrible. Díaz elabora con detalle y sensibilidad un tema duro y difícil, pero lo hace desde la dignidad y el humanismo de los materiales con los que trabaja, extrayendo toda el alma de unos personajes cotidianos, que hablan poco y reflexionan mucho, valientes y temerosos a partes iguales, con aquello a lo que se enfrentan, un espacio donde sus ausencias, los desparecidos que buscan, siguen estando tremendamente presentes en sus vidas y sus quehaceres diarios. Un relato que aborda desde lo humano y lo interior todo aquello que toca, con la distancia necesaria para no dirigir al espectador, y a la vez, la cercanía suficiente para captar todas sus sutilezas y hallazgos. Un buen plantel de intérpretes resulta imprescindible para introducirnos en esas existencias y en sus conflictos interiores, como son Armando Espitia que da vida a Ernesto, un joven que trabaja en la búsqueda de los desparecidos y se encuentra con un hallazgo que le puede llevar a recuperar los restos de su padre, y conocer la verdad enterrada

Frente a Espitia, una actriz de raza y sentimiento como Emma Dib, con un rostro marcado por ese pasado tan brutal, dando vida a Cristina, una madre que lucha contra los fantasmas del pasado, contra tanta sinrazón e ignominia, deberá hacer su trabajo interno para enfrentarse a sus temores y relacionarse con una verdad demasiado violenta y oscura que vivió en sus carnes. Nuestras madres sigue el aroma de ese cine político que se sumerge en la verdad para evidenciar los errores de tantas dictaduras y sobre todo, como la democracia ha sido cómplice en su nula labor para desenterrar la memoria y enfrentarse a su pasado más terrible, un cine en el que Desparecido, de Costa-Gavras o La historia oficial, de Puenzo serían la punta de lanza de un cine sobre la memoria, resistente, necesario y valiente que lucha contra la desmemoria de tantos países y dirigentes que claman por la democracia pero olvidan las necesidades reales de sus habitantes y sobre todo, olvidan su pasado y no lo reparan, inventándose una nueva forma de memoria que solo beneficia a los torturados y asesinos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA