Como nuestros padres, de Laís Bodanzky

REENCONTRÁNDOSE A SI MISMA.

En un momento de la película, Rosa, la protagonista, le confiesa a un amigo, que es padre de un compañero de su hijo en el colegio, que toda esa fuerza y decisión que parece tener es pura apariencia, que en el fondo es una mujer débil, insatisfecha, llena de miedo e inseguridades. Quizás esta confesión podría tratarse de algo puntual, de alguien que no ha alcanzado esas metas soñadas cuando de joven imaginaba una vida muy diferente a la que tiene ahora, aunque la película no se queda en una mera anécdota de una mujer que vive en Brasil, sino que retrata algo que sucede muy a menudo en mujeres de países desarrollados de unos cuarenta años, las cuales se han casado, han tenido hijos, y además, trabajan en empleos que no resultan de su agrado, porque por el camino se quedó aquel trabajo creativo que tanto les llenaba  ahora tienen aparcado o casi enterrado. Rosa además de trabajar diseñando baños, se hace cargo de su casa, sus dos hijas preadolescentes, ya que su querido esposo pasaba largas ausencias salvando la selva amazónica.

Y con esa situación emocional que vive Rosa, o podríamos decir, a la que Rosa se ha acostumbrado, aunque sea mera fachada, le va a venir algo que la desestabilizará del todo, porque en una comida familiar, la madre le confesará que es hija de una aventura, que su verdadero padre es un alto comisionado del gobierno. A partir de ese instante, la vida de Rosa empezará a sufrir cambios, su vida aparentemente feliz ira transmutando hacia otra, una vida diferente, más liberadora, más sociable, y sobre todo, dejándose llevar, metiéndose en la piel de Nora, la heroína de Ibsen, aquella mujer que dio un golpe en la mesa y abandonó la prisión de la Casa de muñecas, para empezar de nuevo, para abrirse al mundo y buscarse a sí misma. Rosa obligará a su marido a asumir responsabilidades, se lanzará a la aventura de conocer a su verdadero padre, y sobre todo, se sentirá fuertemente atraída por ese padre que se encuentra en el colegio, en el supermercado y demás.

El cuarto trabajo de Laís Bodanzky (Sao Paulo, Brasil, 1969) vuelve a contar con el guionista Luíz Bolognesi, como sus anteriores trabajos, más cercanos a la denuncia social. Ahora, retrata a Rosa, una mujer de unos cuarenta años, que arranca una aventura para encontrarse a sí misma, descubriendo facetas olvidadas de su ser, recuperando esa pasión por la dramaturgia y teniendo bien claro que la vida que lleva no puede continuar así, porque de esa manera, Rosa, se asfixia, se ahoga, y se muere. La película se ve bien, ahonda en temas actuales que afectan considerablemente a muchas mujeres que conviven con esa doble identidad de madre y esposa, y que acaban confundiéndolas y rompiéndose por dentro por querer abarcarlo todo, y además haciéndolo de manera perfecta, sin ningún temor, inseguridad y demás. Bodanzky tiene en María Ribeiro la figura esencial para retratar a esta mujer de ahora, las que nos cruzamos cada día en nuestra cotidianidad, llevándola por distintos estados emocionales, y sobre todo, mirándola al rostro de manera sencilla y de frente, extrayendo sus cualidades que son muchas, pero también, sus debilidades, que también las hay, describiéndolas de manera humanista, y moviéndolas dentro de ese laberinto físico y emocional que, en ocasiones, sienten miedo, otras se pierden, y se acaban encontrando, aunque les cuesta la vida, y en muchas otras, se detienen, se paran en seco, cansadas de ser ellas mismas, o ser aquello que se espera de ellas, dejándose llevar para llegar a ese espacio donde nadie las ve, donde se sienten como verdaderamente son, olvidándose de esa posición social de madre y esposa trabajadora que es un ejemplo para todos.

Quizás la película abre algunos frentes que no casan con el conjunto de la trama o se pierde en su estructura, pero la gran labor del elenco de la película ayuda a conseguir esas situaciones cotidianas de manera eficiente y emocionante, abriendo debates para reflexionar sobre el funcionamiento de nuestras vidas, su naturaleza y la incapacidad que tenemos para afrontar nuestros verdaderos problemas, siendo sinceros con nosotros mismos, y con los demás, porque la actitud de Nora de dar ese golpe a la mesa y salir de ese espacio de confort y enfrentarse a los avatares de la vida, no sea en absoluto sencilla, y sea una experiencia cargada de dolor, pero, hay momentos en tu vida que haces lo que nadie espera de ti, o acabaras lamentándote de vivir una vida ejemplarmente social aceptada, pero llena de vacío y tristeza.

 

Niñato, de Adrián Orr

LA BATALLA DIARIA.

Niñato es David Rasanz. David no tiene trabajo y cuida de tres niños pequeños. David mantiene su sueño de adolescente de ser cantante de rap. David vive con sus padres y sigue resistiendo en uno de esos barrios de la periferia de cualquier ciudad. Levantarse cada día, levantar a los pequeños, llevarlos y recogerlos del colegio, componer y cantar, ver a su chica, y seguir adelante con el David padre con el David músico. Adrián Orr (Madrid, 1981) fogueada en equipos de dirección con cineastas de la talla de Javier Rebollo o Alberto Rodríguez, realiza su primer largo, una película que nació hace años, cuando tanto como David y Adrián eran colegas y adolescentes y soñaban con dedicarse al rap. Los años pasaron y David fue padre, como muchos de los amigos de Adrián, pero el sueño del rap no se perdió por el camino y las circunstancias. Siguió ahí. Esa dicotomía que fascinó a Orr fue el germen de uno de sus cortos más celebrados Buenos días resistencia (2013) en el que filma una jornada cualquiera de David y sus tres pequeños, las relaciones de padre e hijos y sus batallas diarias se convertían en el foco de atención (del que veremos algunas de sus secuencias en la película) dispositivo que ha continuado durante 4 años donde Orr ha seguido filmando la intimidad de David y los niños, y ahora se ha convertido en Niñato.

El cineasta madrileño ha contado con la complicidad del amigo de toda la vida, que le ha abierto su casa, su vida y su intimidad, para filmarlos de cerca, tan próximos que la cámara de Orr se convierte en un personaje más, en un testigo privilegiado de una familia diferente, una familia donde todos aprenden diariamente, donde unos y otros aprenden a escuchar, a desarrollarse, a ser autónomos y a crecer como personas, en el que asistimos de una forma privilegiada a unos actos tan cotidianos, como los que cada uno de nosotros hacemos en nuestra vida diaria, pero que la mirada de Orr los convierte en universales, siguiendo aquella premisa que argumentaba Pavese, “Convertir la cotidianidad en universal” , Orr lo hace con su cámara y lo construye sin apenas darnos cuenta, filmando a sus personajes desde la inquietud y la curiosidad de capturar un instante, un momento fugaz de las relaciones de David y los niños, unos niños con sus continuos estados de ánimo, y de humor, con su desgana a hacer sus tareas más básicas como levantarse, vestirse o hacer los deberes, sus enfados y su alegría al jugar o ser ellos mismos, y ante ellos, David, que les habla, les escucha e intenta aprender con ellos difícil y compleja tarea de educar a los niños, donde armarse de paciencia y batallar con sus enfados y demás, se convierten en la cotidianidad diaria, y cada día más de lo mismo, donde los diferentes retos y circunstancias que aparecerán nos volverán a reflexionar y plantearnos métodos y formas de ayudarles de la mejor manera.

Pero, a pesar de las obligaciones como padre de David, aunque los niños en algún momento le llaman papá, sobre todo, los más pequeños Mia y Oro (el más inquieto y el que conlleva más trabajo por su falta de autnomía) se suelen dirigir a Niñato como David, junto a los pequeños como Luna, la mayor. (Orr nunca nos explicará porque David es padre soltero y quiénes son sus hijos y quiénes no).  A pesar de todas estas obligaciones, David no ha olvidado a Niñato (su alter ego musical) ese tipo que trabajará para convertirse en cantante de rap, aunque quizás no lo llegué a conseguir nunca, David no descansará jamás para mantener su sueño de adolescente vivo, intacto a pesar de todo, manteniendo la llama latente, porque renunciar a tus sueños es dejar de ser uno mismo para convertirse en otro. Ese otro en el que David sigue creyendo, en esa dicotomía que explica también la película, el David padre y el Niñato músico de rap, y ahí andaremos, siendo testigos de esas dos realidades de David y Niñato, quizás una más fuerte que la otra, pero ahí estaremos, escuchando sus conversaciones con su novia, y aquello que los une y separa, o las otras conversaciones con la que parece ser su hermana o una amiga, de cómo educar a los niños y las dificultades que acarrea, o la miseria laboral que trata a los seres humanos como objetos.

Orr construye una intimidad que traspasa la atmósfera de sus personajes, de la misma forma que lo hacen Frederick Wiseman o Wang Bing, desenvolviéndose por el espacio como uno más, en un trabajo de estar sin estar, de ser uno más y a la vez, invisible, tejiendo con mimo las relaciones de David/Niñato y los niños, batallando diariamente con sus conflictos cotidianos, capturando un tiempo casi real, como si se tratara de una jornada, en que el magnífico montaje de Ana Pfaff es esencial para conseguir ese tiempo cinematográfico, Pfaff se ha convertido en una de las piezas imprescindibles de este cine realizado a través de la sinceridad, la realidad, donde lo contado traspasa nuestra mirada y asistimos a un fascinante y revelador viaje doméstico, a través de un documento necesario, valiente y sensible, donde la inmensa labor de sonido de Eduardo Castro, captando todos esos sonidos cotidianos, tanto domésticos como callejeros, que acaban inundando con numerosas capas lo que estamos viendo, en el que la imagen de Orr, realizada con luz natural, se ensombrece y se vela según los espacios por los que se mueven esta peculiar familia, en un trabajo magnífico, concienzudo y conmovedor sobre la vida en la periferia, lugares donde la crisis económica ha pegado más fuerte, donde los recursos son escasos, donde cada día es una batalla, en el que la realidad y los sueños conviven como pueden, donde educar y aprender forma parte del aprendizaje diario tanto de adultos como de niños, porque nunca se sabe lo suficiente, y lo que creíamos resuelto, vuelve de otra manera, desde otro ángulo, y tenemos que volver a mirarlo de otra manera, en un continuo vuelta a empezar.


<p><a href=”https://vimeo.com/267575733″>NI&Ntilde;ATO – TRAILER OFICIAL</a> from <a href=”https://vimeo.com/margenescine”>M&aacute;rgenes</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

La adopción, de Daniela Féjerman

La-adopcionCOMPRAR UN NIÑO

En el 2004, Bertrand Tavernier filmó La pequeña Lola, donde relataba de forma austera y sencilla el viaje a Camboya de una joven pareja francesa que se veía sumida en una infinidad de problemas en su deambular para adoptar una niña. Ahora, también nos cuentan la historia de una joven pareja catalana Natalia y Daniel que se han trasladado a un país ex soviético, nunca nos dicen de cuál se trata, para adoptar un niño rubio. Daniela Fejerman (1964, Argentina) abandona la comedia, en la que había dirigido 3 películas, dos de ellas con Inés París, para adentrarse en una historia que parte de una experiencia propia y personal, sumergiéndonos en un terreno inhóspito y extraño, en un escenario aterrador y difícil, donde la pareja que encarnan espléndidamente Nora Navas y Francesc Garrido, pasará por distintas fases emocionales a medida que avancen en su complejo y kafkiano itinerario para conseguir su objetivo. Poco nos cuentan de su pasado, sólo que se trata de una pareja consolidada, se quieren y ella tiene un padre doctor con el que mantiene una relación tensa.

Ahora, han llegado a este lugar hostil y helado, en muchos instantes muy inquietante y peligroso, cubierto por un manto de nieve, en el que resultará complicado respirar y caminar. Lo que ha empezado como un viaje lleno de ilusión y alegría, acabará convirtiéndose en una vía crucis donde se medirán y resquebrajarán muchas cosas entre la pareja y lo que sienten, que todavía no se habían manifestado. Un viaje que arranca con la pérdida de sus maletas, que podría parecer un caso aislado, pero que la directora ya nos quiere poner en guardia, informándonos que la pareja no lo tendrá nada fácil en su objetivo. Un país diferente, que todavía respira la herencia soviética, que servirá de telón de fondo austero que resulta complicado entender, (Frejérman añade un plus interesante, con la dificultad de entenderse debido al idioma, introduciendo situaciones cómicas), donde su particular y doloroso periplo les llevará por lugares fríos y muy hostiles, desde el apartamento triste en el que se alojan, donde la calefacción va cuando quiere, la visita a orfanatos donde les mostrarán niños con problemas de salud, conocerán funcionarios que parecen militares, su contacto, una señora que actúa como enlace, unas veces parece tenderles la mano, y otras, se muestra como su enemigo, doctores que primero ayudan y luego quieren sacar tajada. Todos viven en un estado decrépito y hundido, muerto, donde la corrupción está a la orden del día, a todos les hace falta dinero, y esta joven pareja, con la excusa del niño, son unas alimañas perfectas.

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La pareja tendrá que soportar las humillaciones de la maraña burocrática que juega con ellos, reclamándoles tiempo y más dinero, una locura psicótica que en muchos momentos parece una película de terror, de esas donde la pareja parece que no se salvará. La relación de pareja se verá machacada y desgastada por los problemas a los que se enfrentan diariamente. Entonces, Frejerman que, nos había mostrado unos personajes y cómo actuaban, nos los gira, y nos encauza unos seres que se ven superados, el que parecía más fuerte, y más firme, se muestra más débil y vulnerable y viceversa. Un drama social de grandísima altura, que nos revela una cineasta seria y personal para un género que ya se había prodigado en sus guiones, (recordemos Sé quién eres, que escribió para Patricia Ferreira). Un guión de hierro escrito pro la directora junto a Alejo Flah, que navega con amplitud de detalles por estas aguas heladas y turbulentas. Otro de los grandes aciertos, aparte de la pareja protagonista, ya comentada, es la tenebrosa y fina luz de Juan Carlos Gómez, que se erige como el perfecto aroma que necesita la trama. Sin olvidarnos de la música, con esa pieza de piano de Véla Bartok, el cuarto de Beethoven que escuchamos y esa nana ucraniana que nos envuelve y da un poco de calor y esperanza a este particular y doloroso descenso a los infiernos.

Baja Marea, de Roberto Minervini

CARTEL MAREAInfancia desamparada

Un niño de 12 años vaga sólo y aburrido entre los contornos de una pequeña ciudad costera, la playa no anda muy lejos y el viento azota fuerte. Parece no tener a nadie, o al menos a nadie que se ocupe de él. Durante la noche, mientras duerme, un ruido le despierta, es su madre entrando en casa, se desnuda y se acuesta. Al día siguiente, madre e hijo se encuentran y se murmurean palabras vacías, ella se va y el chaval vuelve a quedarse sólo. Y así sucede todos los días. La ópera prima de Roberto Minervini, (Su segunda película Stop the pounding heart -2013-, híbrido de ficción y documental sobre los pasos de una chica de 14 años dentro de una comunidad religiosa y su enamoramiento por un chico mexicano del rodeo, tuvo su estreno este año en el Festival de Cine de Autor de Barcelona) es una pieza de cámara, un milagro cinematográfico de indudable energía y pulso narrativo. Centrado en esa infancia no atendida, en esos niños que viven sin cariño, que no viven su niñez de forma natural, sino que la sufren a marchas forzadas, que deben crecer a trompicones y bandazos sufriendo a unos padres inmaduros e irrespondables que no son capaces de darles cariño y cuidar de ellos. Minervini fabrica un cine delicado y sencillo, su cámara no interviene en la acción, su mirada es observadora, cuenta su relato conteniendo la emoción, dejando al espectador libre de toda dirección, que sea el propio público que tome partido si así lo desea o no. Nos sitúa en una zona alejada, en las afueras, un lugar donde se buscan latas vacías por unos cuántos dólares, donde se mira pasar el día sin nada que hacer, donde el verano puede ser una de las estaciones más tediosas y vacías para un niño que le falta lo más importante, sentirse querido y protegido por una madre preocupada en salir con sus amigos y en ir a trabajar cuando se acuerda. Minervini nos describe una realidad durísima y terrible, aunque como ocurría en su segunda obra, la primera vista por éste que escribe, el tono que maneja es poético, sabe extraer de esa realidad seca y punzante, los momentos donde el protagonista parece respirar con menos dificultad, resulta extraordinario el tratamiento del sonido, -donde apenas escuchamos música extradiegética-, y el entorno, la manera que filma la naturaleza, los bosques, los animales como objetos de su rabia contenida, como sopla el viento, y cómo ayudados por estos elementos nos sumerge en esta historia triste y real. Un obra cimentada en un par de personajes, de los que desconocemos sus nombres, donde el niño, con una mirada portentosa, mantiene todo el peso de la trama, un niño deudor de otros vapuleados del cine como Bruno Ricci, Edmund Köhler, François (La infancia desnuda, 1968, Pialat), Cyril (El niño de la bicicleta, 2011, Dardenne) o Antoine Doinel con el que guarda varias similitudes estructurales, sobre todo en el cierre de la película, donde también el mar tiene un significado especial y metafórico, esa marea que alude el título, que en algunas ocasiones se pueda ver con otra mirada.

Entrevista a Juan Barrero

Entrevista a Juan Barrero, director de “La jungla interior”. El encuentro tuvo lugar el Miércoles 15 de octubre en Barcelona, en el vestíbulo del Cine Zumzeig.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan Barrero, por su tiempo y sabiduría, a Eva Herrero de MadAvenue,  por su generosidad y paciencia, y a Daniel Arrébola de apetececine.wordpress.com, que hizo de cámara, por su generosidad y complicidad.