Maria Chapdelaine, de Sébastien Pilote

LA TIERRA Y EL AMOR.

“No heredamos la Tierra de nuestros antepasados. La legamos a nuestros hijos”

Antoine de Saint-Exupery

El trabajo es el tema principal en las tres películas que ha filmado como director Sébastien Pilote (Chicoutimi, Saguenay, Canadá, 1973). En Le vendeur (2011), el cierre de una planta afecta a los trabajadores de un humilde pueblo. En Le démantèlement (2013), un granjero de sesenta años debe vender sus propiedades para ayudar a una hija, y finalmente, en La disparition des lucioles (2018), el entorno industrial asfixia a una adolescente que no encuentra la forma de encontrar su lugar. Podríamos decir que Maria Chapdelaine es su película más ambiciosa por varios factores. Se basa en una novela de éxito publicada en 1914 por Louis Hémon, que nos traslada a la década del diez del siglo pasado, al seno de la familia Chapdelaine, que viven a orillas del río Péribonka, al norte del lago Saint-Jean en Canadá. Una familia alejada de todos y todo, que trabaja la difícil tierra, en la que hay que talar los árboles en verano y cosechar para tener alimento para el durísimo invierno.

Los Chapdelaine tienen una vida muy dura, donde siempre hay algo que hacer, una vida que obliga a los hombres a pasar el invierno en las madererías para labrarse un futuro. El director canadiense construye su cuarta película a través de dos pilares fundamentales. En uno, la cinta funciona como una suerte de film antropológico, en el que asistimos a una forma de vida ya desaparecida, con el trabajo físico de la tierra, la madera y el ganado, el hogar familiar y las relaciones entre sus individuos, y por último, las visitas de amigos  al hogar de los Chapdelaine. En el otro, que alberga la última hora de la película, la trama se instala más profundamente en la mirada de la joven protagonista, la Maria del título, con sus diecisiete años, que está dejando de ser una niña para convertirse en una mujer, una etapa en la vida que conlleva elegir esposa para formar su propia familia. Así aparecen los pretendientes, muy diferentes entre sí, con François Paradis, el amor desde la infancia, pero con una vida de trampero, aventurero y guía, luego está Lorenzo Suprenant, el de la ciudad, que le ofrece una vida urbana muy alejada de su familia y su tierra, y por último, Eutrope Cagnon, el vecino, que le da una vida en el bosque, como ahora, trabajando duro la tierra y un porvenir futuro.

Uno de los grandes aciertos de una película inmovilista, en la que siempre estamos en el mismo espacio, es esa idea de dentro y fuera, lo emocional con lo físico, con la interesante reflexión que hace no solo de su entorno, sino también, de los ciclos de la naturaleza y por ende de la vida, y la maravillosa construcción de las miradas y los silencios de la acción, donde se sustenta todo su entramado emocional, en el que sobresalen esos momentos impagables de los encuentros con las visitas, donde se cuentan relatos de tiempos pasados, donde asistimos a la evolución de la vida y las formas de hacer, y esos otros de puro romanticismo, como el paseo de Maria y François buscando arándanos en el día de Santa Ana como manda la tradición, y qué decir de esos otros, donde madre e hija miran desde el porche a lo lejos a los hombres trabajar la madera, un silencio solo roto por los sonidos de desbroce. La película está filmada con detalle, belleza y sensibilidad, como esa apertura en el interior de la iglesia con esa mirada, y luego, el camino de vuelta a casa con la nieve cubriéndolo todo.

La exquisita y poderosa cinematografía de Michel la Veaux, en su cuarta colaboración con Pilote, teje con acierto y visualidad un espacio que podría caer en la postal, pero la película se aleja de esa idea, para conmovernos con sus poderosísimas imágenes tanto exteriores con la fuerza y la quietud de la naturaleza, y unos maravillosos interiores con los colores cálidos y terrosos, donde los quicios de las puertas y las ventanas actúan como lugares para mirar hacia afuera, creando esa idea de interior-exterior que nos remite, completamente, al western y a los relatos fordianos, y más concretamente aquella maravilla de ¡Qué verde era mi valle! (1941). La grandiosa labor de montaje de Richard Comeau, del que hemos visto Polytechnique (2009), de Denis Villeneuve y sus trabajos para Louise Archambault, entre otros, en un estupendo trabajo de concisión y ritmo para una película larga que supera las dos horas y media. La música de Philippe Brault, tercera película con el director canadiense, consiguiendo una elaboradísima composición que nos introduce con naturalidad a los avatares alegres y sobre todo, tristes de la película, sin caer en el preciosismo ni nada que se le parezca.

Un reparto bien conjuntado que emana vida, trabajo e intimidad, con la debutante Sara Montpetit en la piel de la anti heroína de este conmovedor y durísimo retrato. Le acompañan sus “padres” Sébastien Ricard y Hélène Florent, que muchos recordarán como una de las protagonistas de Café fe Flore (2011), de Jean.Marc Vallée, los “pretendientes” Émile Scheneider como François, Robert Naylor como Lorenzo y Antoine Olivier Pilon como Eutrope, que vimos como protagonista en Mommy (2014), de Xavier Dolan, algunos de los “visitantes” como Martin Dubreuil, un trabajador incansable y muy divertido, Danny Gilmore como el cura, Gabriel Arcand como el doctor y Gilbert Sicotte como Éphrem, amén de los otros hermanos de Maria. Pilote ha construido una película excelente, que se cuece a fuego lento, sin prisas y con mucha pausa, elaborando con mimo y sabiduría cada encuadre y cada plano, cada encuentro y cada desencuentro, generando esa agradable sensación en la que el espectador va conociendo los sucesos agridulces de la vida al mismo tiempo que los espectadores, en un retrato sobre la tierra con el mejor aroma de los que hacía Renoir, como por ejemplo El hombre del sur (1945), y otros como El árbol de los zuecos (1978), de Ermanno Olmi, donde familia, tierra y una forma de vivir adquirían toda la fuerza y también, toda la dureza de esas vidas ya desaparecidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Moneyboys, de C. B. Yi

JÓVENES Y AMANTES.

“Todos los hombres son iguales en al menos un aspecto: su deseo de ser diferentes”

William Randolph Hearst

La película se abre de forma concisa y muy transparente, dejando claro desde su primer fotograma por donde irán los tiros. Liang Fei, un joven que lleva un tiempo en la gran ciudad, que podría ser cualquiera de Taiwán, se gana la vida ofreciendo su cuerpo a señores ávidos de compañía y sexo. Todo cambia, cuando conoce al experimentado y celoso JC Lin, con el que vive un tórrido romance, pero las cosas no van como se esperan. La opera prima de C. B. Yi, un cineasta chino-austriaco, que se graduó en la prestigiosa Vienna Film Academy bajo el auspicio de nombres tan ilustres como los de Michael Haneke y Christian Berger, es una obra a contracorriente, y mucho más si vemos el país que describe, porque China para nosotros es un país gigantesco de donde vienen la mayoría de productos que consumimos, o como explica la película, es un mosaico de grandes complejidades, donde podemos encontrar a personas como nosotros, con otras particularidades, pero no muy alejadas de nuestras realidades más cotidianas.

El cineasta asiático-europeo construye en Moneboys una película que va más allá de la relación gay de sus dos protagonistas, que ya es todo una modernidad en un país que persigue a las personajes del colectivo LGTB, porque también profundiza sobre los problemas económicos que se enfrentan muchos jóvenes en el mundo occidental, en la deriva de continuar en su pueblo en condiciones miserables o por el contrario, emigrar a la ciudad y realizar trabajos incómodos, como los de prostitución, pero en el que se gana muchísimo más. Hay otros temas como los de la identidad, las relaciones sentimentales volubles, liberales o convencionales, el recuerdo de los ausentes, la familia que agradece el dinero pero rechaza la condición gay del protagonista, y la necesidad de dejar el pasado para construir un presente diferente, y el más importante que rodea y agita al trío protagonista, el deseo y el amor que los lleva en volandas por esta película que describe esa China más moderna y ultraliberal frente a esa otra, más rural y anclada en costumbres ancestrales.

La película del cineasta chino-austriaco revela una forma muy característica del cine asiático, una composición visual muy trabajada y detalla, en la que predomina la estilización de los colores neones, con esos restaurantes donde se reúnen amigos para comer, y esos espacios sofisticados e íntimos, donde la luz juega a ensombrecer unas vidas demasiado agitadas que constantemente se mueven entre dos universos, en un gran trabajo del cinematógrafo Jean-Louis Vialard, que conocemos por sus trabajos en Tropical Malady, de Apichatpong Weerasethakul y con Christophe Honoré, entre otros, y el espectacular ejercicio de montaje de Dieter Pichler, del que hemos visto El gran museo, de Johannes Holzhausen, y con la directora Ruth Beckermann, que dota de ritmo y agilidad sus dos horas de metraje. Como ocurre en el grueso de la cinematografía asiática, en Moneyboys nos tropezamos con grandes trabajos del trío protagonista del filme, con Kai Ko a la cabeza, el hilo conductor del relato, un actor muy expresivo, cercano y atractivo, que vivirá una historia de amor que lo marcará y donde el pasado le pesa demasiado. A su lado, Yufan Bai, el chico del pueblo que llegará a la ciudad con la idea de ser un Liang Fei más, emulando al personajes que interprete Kai Ko, y el vértice de este triángulo singular y lleno de sombras, JC Lin en la piel de Han Xiaolai, un tipo que parece tenerlo todo bajo control, pero con la llegada de Liang Fei todo cambia. Y finalmente, la presencia de la actriz Chloe Maayan, que interpreta varios roles, y que recordamos de su participación en la magnífica El lago del ganso salvaje, de Diao Yian.

Moneyboys tiene el aroma de las buenas películas de temática homosexual, que no solo se centran en hablar de la diferencia de forma abierta y natural, sino que abordan otros temas humanos e íntimos, como ocurría en La ley del más fuerte, de Fassbinder, El hombre herido, de Chéreau y La ley del deseo, de Almodóvar, entre otros. Un cine que huye de estereotipos y prejuicios y plantea películas con homosexuales para todos los públicos mayores de edad. C. B. Yi ha construido una película que habla de su país de origen desde una perspectiva diferente e inusual, sumergiéndonos en esas formas de vida clandestinas y alejadas de la oficialidad, en un país en continuo desarrollo económico a costa de una población esclava e invisible, y lo hace a través de una historia de amor que vertebra toda su película, una historia que abarca un tiempo largo, un tiempo en el que las cosas evolucionan y van cambiando, o quizás, simplemente hacemos muchas cosas, porque hay cosas, como los sentimientos, que se resisten a los cambios, o tal vez, lo que sentimos profundamente no cambia nunca y sigue dentro de nosotros, y en cada cosa que hagamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Horacio Alcalá

Entrevista a Horacio Alcalá, director de la película «Finlandia», en el Hotel Balmes en Barcelona, el viernes 10 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Horacio Alcalá, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Juan Miguel del Castillo

Entrevista a Juan Miguel del Castillo, director de la película «La maniobra de la tortuga», en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster, el miércoles 27 de abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan Miguel del Castillo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Fred Tatien y Natalia de Molina

Entrevista a Fred Tatien y Natalia de Molina, intérpretes de la película «La maniobra de la tortuga», de Juan Miguel del Castillo, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster, el miércoles 27 de abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Fred Tatien y Natalia de Molina, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Slalom, de Charlène Favier

LA SOLEDAD DE LA JOVEN ESQUIADORA.

“La adolescencia es la conjugación de la infancia y la adultez”

Louise J. Kaplan

Muchos amantes al cine nos quedamos abrumados por la belleza plástica y la poesía que destilaba la película The Great Ecstasy of Woodcarver Steiner (1974), de Werner Herzog, en la que en unos sobrecogedores 44 minutos, nos mostraban la soledad y los límites del saltador de esquí Walter «Woodcarver» Steiner. La opera prima de Charlène Favier (Lyon, Francia, 1985), coescrita junto a Marie Telon y la colaboración de Antoine Lacomblez, también se mueve en el universo de los esquiadores y las montañas nevadas, en este caso a los aspirantes a esquiadores de velocidad, y nos traslada a un pueblo aislado de los Alpes, en el que seguimos la experiencia de Liz, una joven de 15 años fichada por un club de esquí, que entrena el exigente Fed. A modo de diario, asistimos a todos los procesos de entrenamiento, como su espectacular y concisa apertura con ese ejercicio de pies, que la cámara describe de forma nerviosa al movimiento de los pies, en planos muy cerrados y rápidos, para acabar en la mirada de la adolescente y ese destino-obsesivo de la montaña nevada.

A medida que avancen la intensidad y la exigencia en la preparación, la trama se centrará en varios puntos: la capacidad y auto exigencia de Liz para el esquí de velocidad, su soledad, ya que sus padres andan separados y con vidas alejadas a la de ella, y sobre todo, la relación con Fred, ex campeón de esquí, que ve en la joven una futura campeona. Su relación se irá estrechando y haciéndose más íntima, sobrepasando todos los límites habidos y por haber. Slalom está compuesta de forma admirable y muy detallada, desde sus bellísimos planos y encuadres, donde la montaña nevada adquiere esa omnipresencia reveladora para Liz, y sus compañeros, que andan al acecho, todos con el propósito de conquistarla esquiando. El excelente trabajo de cinematografía de Yann Maritaud, que ha crecido profesionalmente con la directora, y que actualmente tiene en cartel El triunfo, de Emmanuel Courcol, realiza un soberbio manejo del encuadre y la luz, con una plástica composición que describe con exactitud, tanto el exterior gélido como ese interior caliente de los personajes en liza.

El asombroso trabajo de sonido que firman el trío experimentado Gauthier Isern, Louis Molinas y Thomas Besson, dotando de fuerza y espectacularidad en todos esos vertiginosos descensos de la esquiadora, y todos los interiores de la película, con naturalidad y cercanía, así como el clarividente y conciso montaje de Maxime Pozzi García, colabora habitual de Favier, que le da ritmo e intensidad a los noventa y dos minutos en los que se desarrolla la trama de la película. Slalom necesita un gran trabajo técnico, donde en las secuencias de acción vemos las diferentes pruebas de esquí, elementos esenciales en los que se posa la película: la velocidad, el deseo de conquista, el miedo, el sacrifico, el crecimiento y la soledad de los esquiadores. La directora conjuga todos estos elementos de forma auténtica y compleja, en la que sus dos protagonistas no solo dan vida a los oscuros personajes que tienen en frente, sino que les dan esa humanidad tan necesaria para seguirlos y ser testigos de sus dudas, deseos y vulnerabilidad.

La fascinante y enigmática Noée Abita, que vuelve a trabar con la cineasta francesa después de la película corta Odol Gorri (2018), un cortometraje de 26 minutos en el que se relata la odisea de Eva, una adolescente que escapa de un taller de integración laboral y huye de polizón en un pesquero, en la que también se hablaba de soledad y el enfrentamiento a elementos externos y difíciles de superar, al igual que le ocurre a Liz, que vivirá el paso de la infancia a la edad adulta de forma brusca, asfixiada por un entrenador ambicioso y sin escrúpulos, que también la usará sexualmente y emocionalmente. Noée Abita demuestra una serenidad y una fuerza admirables para meterse en la piel de la solitaria Liz, convertida en mujer de golpe, sin transiciones ni nada, que debe lidiar con sus emociones, tanto dentro como fuera de la pista. Frente a ella, su entrenador, un tipo que no tiene límites, obsesionado con las medallas, que hará lo imposible y lo denunciable para conseguir sus objetivos y poner contra las cuerdas tanto físicamente y emocionalmente a sus pupilos. El natural y soberbio trabajo de Jérémie Renier, que aunque debutó en el 92, será en el 96 con quince años cuando interpreta El niño con los hermanos Dardenne, a las que siguieron cuatro películas más, y construir un carrerón con solo 41 años que ha continuado con directores tan importantes como Ozon, Bonello, Lafosse, Assayas y Trapero, entre otros.

Charlène Favier ha construido una película que no estaría muy lejos de lo que planteaba el excelente documento Over the Limit (2017), de Marta Prus, donde se seguía la cotidianidad del durísimo entrenamiento de Margarita Mamun, una gimnasta rítmica en su preparación para los Juegos Olímpicos. Slalom también nos habla de las intensas preparaciones a las que se somete una adolescente, en un ejemplar trabajo de verdad, sin caer en sentimentalismos ni nada que se le parezca, sino todo lo contrario, contando sin titubeos una experiencia apabullante para una niña que está entrando en la edad adulta en soledad. La realizadora francesa ha urdido a fuego lento un relato magistral, profundo, honesto y brutal sobre el viaje iniciático de una adolescente que se topará con una realidad muy oscura y salvaje sobre la competición desmedida,  y la mentira de los adultos, sin olvidarnos de otro tema crucial de la película, la pasión devoradora que nos puede llevar a infiernos sin salida, y sobre todo, la fuerza y la valentía y todo lo que hay que aprender para vivir como una mujer adulta, conviviendo con dudas y miedos, y venciendo obstáculos en forma de personas como de deseos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Entrevista a Chema García Ibarra

Entrevista a Chema García Ibarra, director de la película «Espíritu sagrado», en el Hotel Casa Gracia en Barcelona, el martes 16 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Chema García Ibarra, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mis funciones secretas, de Micha Lewinsky

EL ESPÍA Y LOS CÓMICOS.

“El trabajo de espionaje tiene una sola ley moral: se justifica por los resultados”.

De la novela “El espía que surgió del frío”, de John Le Carré.

Estamos en el otoño de 1989, en la ciudad de Zurich, en Suiza, y más concretamente en el servicio de espionaje. Conocemos a Viktor Schuler, un eficaz, brillante y anodino agente con la misión de espiar a un grupo de gente de teatro que se  supone comunistas y están preparando una acción contra el ejército, que en ese tiempo esta sometiéndose a un referéndum por su continuidad o no. Pero, la cosa no acaba ahí. Marogg, el jefe de Viktor, idea una misión de destrangis en la que el citado Viktor se convertirá en Walo, un marinero que se mete de extra en la nueva obra de teatro que se estrenará en el Schauspielhaus, y así podrá espiar los entresijos de los componentes de la obra y reportar una información valiosísima. Aunque, las cosas nunca son lo que parecen, y lo que parecía una misión más, o una peculiar misión más, se convierte en un ejercicio demasiado complejo y extremadamente personal.

El cuarto trabajo como director de Micha Lewinsky (Kassel, Alemania, 1972), que creció en Suiza, después de las comedias Der Freund (2008), Die Standesbeamtin (2009) y el drama A Decent Man (2015), es una comedia de espías, tiene su lado serio y detallado del funcionamiento secreto del espionaje que se llevó en la aparentemente neutral Suiza, que provocó uno de los mayores escándalos de su historia cuando se destapó el asunto. Y por otro, es una irresistible comedia con el tono del screwball comedy estadounidense que hizo furor en los treinta y cuarenta, mezclado inteligentemente con el marco triste y agridulce del cine de Kaurismäki, donde el susodicho Viktor/Walo bien podría ser uno de los antihéroes del universo del finés, con sus pequeñísimas alegrías y grandiosas tristezas. Todo se complicará porque Viktor descubrirá demasiadas cosas de sí mismo durante la misión. El hombre entregadísimo a su trabajo, creyente acérrimo de su función de estado, y un especialista en la observación, la discreción y esa vida continua sin nada que la altere, conocerá el mundo del teatro, de la bohemia, donde las emociones se manifiestan constantemente, donde la vida vuela y nos agarra, empujándonos al abismo, a un lugar imposible de controlar y de detener esa incertidumbre constante. Odile, la talentosa y atractiva actriz, hija de un coronel que es jefe de Viktor, será una de las razones por las que Walo emprenderá un proceso que lo cambiará completamente.

Lewinsky que firma el guion junto a Plinio Bachmann y Barbara Sommer, construye una película agridulce, una comedia romántica inteligente y sensible, no sensiblera, abriéndonos la puerta a unos personajes de carne y hueso, que aciertan y se equivocan, unos individuos que podríamos ser nosotros mismos, bajo el contexto del final del bloque comunista, con la caída del muro y todo lo que vino después, en la intimidad de los ensayos de la obra “Noche de reyes”, de Shakespeare, donde vida y ficción, o lo que es lo mismo, un reflejo de la propia vida real de los personajes, enfrentada a lo que muestran a los demás y lo que ocultan a ellos, y sobre todo, a sí mismos. Una gran ambientación, con esa mezcla de colores rojizos y llamativos con los pálidos y grisáceos, una trama sencilla e interesante, bien llevada y conmovedora, con momentos de toda índole, desde la comedia inteligente, disparatada, el drama personal y familiar, el espionaje, y el romanticismo, pero el de verdad, donde somos torpes, impulsivos siempre caemos en la trampa, la de los otros y la que nos hacemos a nosotros, con dos pasos atrás y uno hacia adelante.

Un reparto que brilla, como las películas clásicas, donde hasta el personaje más breve tenía cosas que decir y un diálogo ingenioso, donde todos los intérpretes encajan con naturalidad y sinceridad, llevando de la forma más cercana cada uno de sus personajes y sus acciones, como el personaje de la camarera interpretado por la actriz Oriana Chrage, que vuelve a trabajar con el director, o el recepcionista del teatro, que también es locutor de radio y no encuentra trabajo como profesor que es su pasión, al que interpreta el actor Sebastian Krähenbühl (al que habíamos visto en la interesante Aloys), el otro extra, con esa forma arribista y fanática de relacionarse con el teatro, un personaje muy excéntrico y muy divertido, que hace el actor Fabian Krüger, ese jefe con su peculiar facha que hace Mike Müller, el director teatral Carl Heyman, al que da vida el actor Michael Maertens, con sus trapicheos y su forma diferente de dirigir y manejar a la compañía.

Mención aparte tienen la magnífica pareja protagonista, eje de la función y de la película, con esa love story que no solo ayuda a relajar la complejidad d ela misión de Viktor/Walo, sino que también, le da una esperanza a los convulsos tiempos de finales de los ochenta con ese nuevo paradigma mundial que se abría con los apresurados acontecimientos. Una grandiosa actriz como Miriam Stein que interpreta a la rebelde, honesta y vital Odile, la protagonista de la obra, y la más entregada a todo, y frente a ella, Philippe Graber, que había trabajado con Lewinsky, se desdobla en dos tipos muy diferentes entre sí, con ese bigotito y semblante tumba del gris Viktor, y luego, la rebeldía y modernidad de Walo. Lewinsky maneja con audacia, inteligencia y concisión una comedia agridulce, criticando las oscuras actividades del estado suizo, que para nada era neutral y miraba al otro lado, sino todo lo contrario, con esa psicosis al enemigo “inventado” del este, fusionado con astucia el universo de la farándula, con sus egos, ilusiones y trabajo, con un grupo de cómicos que su libertad a veces se confunde con su ideología política, o mejor dicho, los de arriba todo lo confunden cuando se trata de pensar diferente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bienvenidos a España, de Juan Antonio Moreno

LAS MISMAS ILUSIONES, LOS MISMOS MIEDOS.

“Nadie es inútil en este mundo mientras pueda aliviar un poco la carga a sus semejantes”.

Charles Dickens

Hace un par de años vimos No nacimos refugiados, de Claudio Zulian, documento profundo y magnífico sobre las vidas rotas de personas que, por circunstancias ajenas, luchaban por levantarse de nuevo en Barcelona, contadas por ellas mismas. Bienvenidos a España, de Juan Antonio Moreno (Talavera la Real, Badajoz, 1982), posa su mirada en la vida de los refugiados también, pero lo hace dese otro prisma, lo hace desde ellos pero en relación a los otros, los de aquí, en este caso, la ciudad de Sevilla. Moreno siempre se ha inclinado por relatos de personas que sufren la guerra, el hambre, la persecución o la inmigración, a través de títulos como Boxing for Freedom (2015), donde exploraba a una mujer boxeadora afgana y sus múltiples problemas para salir adelante. En  Palabras de caramelo (2016), y en Refugio (2020), sendas películas cortas que abordaba la condición de refugiado y el hecho de vivir en otro lugar.

En Bienvenidos a España arranca con un centro de acogida de refugiados de la capital andaluza, que anteriormente fue un nombrado puticlub, para acercarnos en las realidades de diferentes personas a la espera de su legalidad como refugiado. Conocemos a Omnia, una niña que ha llegado del Yemen junto a su familia huyendo de la guerra, a Marouane, un chaval de Marruecos, que su condición de homosexual le ha llevado a España, a Jorge del Prete, empresario huido de Venezuela, a Mady, joven maliense que vive en una pensión a la espera de ser refugiado legal, a Alma y Marta, una pareja lesbiana de El Salvador, que por fin puedo huir de la terrible violencia de su país y pasear su amor sin miedo. La familia Fares de Libia, con sus 11 miembros, dejando una buena vida y empezando de nuevo, y finalmente, Amelia, también venezolana, jubilada que ha llegado a Sevilla para trabajar y enviar dinero a su familia. Vidas que dejan la oscuridad de sus tierras para enfrentarse a una nueva vida, llena de ilusiones y miedos, como se menciona en varios momentos en la película, vidas que fueron muy buenas en un momento, y las consecuencias externas las han cambiado de raíz, llevándolos a sus protagonistas a empezar de la nada.

El director pacense no quiere hacer una película triste y sin esperanza, motivos no le faltan viendo las vidas de sus personajes, sino construir una mirada que los analice desde la verdad, y sobre todo, desde la humanidad, con algún que otro toque de humor, y porque no, hacer una película sobre el encuentro entre los refugiados de naturalezas y culturas muy diferentes, y los de aquí, los sevillanos, donde queda patente en las procesiones de Semana Santa, cuando el recién llegado las mira con asombro e interés, y pregunta por sus orígenes y estructura. Moreno no opta por la condescendencia de la mirada, sino que los mira desde la misma altura, frente a frente, mostrándonos que ellos podemos ser nosotros en cualquier instante, reflejando realidades muy cercanas, personas que tuvieron sus estudios, sus empleos y debido a motivos muy ajenos a ellos, lo han perdido todo, y han tenido que empezar de cero en otro país, conociendo otra cultura, otras costumbres y todo lo que ello conlleva. También, escuchamos a Moreno que asume el rol de narrador, no omnipresente, sino en algunos momentos donde va explicando y analizando algunos aspectos que vemos que necesitan alguna aclaración.

El director extremeño vuelve a contar con algunos de sus antiguos colaboradores que le han ido acompañando a lo largo de su filmografía como el cinematógrafo Alberto González Casal, y el editor Nacho Ruiz Capillas, y la coproductora Silvia Venegas, dándole al acabado de la película ese plus que no solo es interesante y reflexivo lo que cuenta, sino también como lo cuenta, desde la mirada del que muestra una intimidad con muchísimo respeto y además, profundiza tanto a nivel social como humano. Bienvenidos a España es una película realizada desde el alma, desde la emoción, retratando no solo a los que llegan a nuestro país, sino también a nosotros y la relación que mantenemos con ellos, en la película lo vemos, como ese maravilloso instante de la maestra en clase explicando los diferentes cultos religiosos, y ese otro momentazo en el Benito Villamarín con los aficionados de toda la vida, compartiendo sentimiento y emociones viendo a su Betis. Una película que actúa como espejo deformador donde todo se mezcla, todo se funde, y los que vienen somos nosotros y viceversa, porque en realidad todos somos humanos en busca de un hogar, un trabajo y un bienestar, una vida, simplemente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un efecto óptico, de Juan Cavestany

VIAJAR O NO, ESA ES LA CUESTIÓN.

“Uno puede fingir muchas cosas, incluso la inteligencia, lo que no se puede fingir es la felicidad”

Jorge Luis Borges

Personas en un lugar, personas que desconocen que están haciendo en ese lugar, personas que no recuerdan su pasado y cuando lo hacen está lleno de grandes lagunas, personas como tú y como yo, personas con vidas corrientes y llenas de gestos y actividades muy cotidianas, personas que, sin comerlo ni beberlo, acaban olvidándose de sí mismas y protagonizan relatos surrealistas, sin sentido, en mitad de fábulas modernas sin tiempo ni espacio. Personas de toda índole son las que protagonizan las historias de Juan Cavestany (Madrid, 1967), capturadas sin acritud, explorando su humanidad, retratando sus estados de ánimo, tanto en su faceta teatral como autor de grandes espectáculos como Urtain o Moby Dick, en el medio televisivo en títulos como Vota Juan o la exitosa Vergüenza, con tres temporadas realizadas, o sus películas como Gente de mala calidad, o las autoproducidas Dispongo de barcos, El señor, Gente en sitios, Esa sensación o Madrid interior.

De Vergüenza ha nacido la compañía “Cuidado con el perro”, en la que Alicia Yubero, Álvaro Fernández-Armero y el propio Cavestany se asocian y lanzan su primera producción Un efecto óptico, protagonizada por Alfredo y Teresa, un peculiar matrimonio de Burgos que se van de viaje a Nueva York, o al menos eso es lo que creen, porque una vez en la ciudad de los rascacielos, cada vez que miran por la ventana del hotel o salen a la calle, se encuentran una ciudad parecida a su Brugos. El director madrileño construye una comedia fantástica, un alegoría sobre como empleamos nuestro tiempo y la necesidad de evadirnos, de abandonar por un tiempo nuestra realidad y sumergirse en otras, o quizás, en intentarlo, porque no siempre es posible, no siempre estamos en el ánimo adecuado para aventurarnos en otro lugar, descubrir y sobre todo, descubrirnos, porque algo parecido les pasa a este matrimonio de Burgos, que sus emociones juegan con ellos, agarrándoles en un desánimo que les empuja a ver lo que sienten, a no disfrutar de Nueva York, o simplemente, a no disfrutar de ellos mismos y de compartir con la otra persona.

Cavestany captura toda esa desazón de forma admirable y magnífica, envolviéndonos en una mezcla de (des) aventura que tiene múltiples referentes, desde las historias psicológicas de Corman o Hitchcock, a las comedias surrealistas y esperpénticas desde las tiras de Mingote y Borges, la revista de “La codorniz”, Larra, Mihura, Gómez de la Serna y Berlanga-Azcona, y demás registradores de la comicidad y del absurdo de la cotidianidad y la existencia. Pepón Nieto y Carmen Machi son ese matrimonio atípico, extraño y cercano que abrazan la incredulidad de sus personajes y ejercen de maestros de ceremonias a las mil maravillas, creando esa sensación de extrañeza y de incertidumbre que les acompañará durante todo su viaje-metraje, porque la película de Cavestany no solo se queda ahí, en ese estado caleidoscópico de mundos paralelos o mundos diferentes que se mezclan, sino que también añade otro elemento distorsionador a este enjambre de sensaciones y estados de ánimo, un elemento físico, en la que sus protagonistas no están viviendo sus vidas, sino que están en el interior de una película, una película que en detalles vemos como se filma, así que el magnífico juego del relato, entre ficción-realidad, envuelta de misterio, con una trama a lo Misterioso asesinato en Manhattan (o Burgos), de Woody Allen, riza aún más si cabe la historia de este matrimonio como todos o ninguno.

Una película de factura impecable, con una excelente cinematografía de Javier Bermejo y la sutileza y elegancia de la edición de Raúl de Torres, y la música de Nick Powell, colaboradores y cómplices del universo de Cavestany, y la participación de Luis Bermejo, un actor de la “casa”, creando ese aroma de misterio y surrealismo cotidiano que, al igual que le ocurría a Phill, el periodista descreído de Atrapado en el tiempo, debía mirarse en el espejo y encontrar su reflejo para salir del entuerto en el que andaba metido. Cavestany vuelve a asombrarnos y atraparnos en su universo cotidiano, surrealista, absurdo e inquietante, filmado con inteligencia y transparencia, creando un mundo dentro de otros mundos, con la honestidad e intimidad que tenían sus anteriores trabajos, con ese maravilloso juego de metacine infinito o no, porque a veces, podemos estar en Burgos o Nueva York, o quizás, solo estemos en nuestro caos mental y sobre todo, en nuestro caos emocional, en el que deseamos hacer algo y a la vez, no, o no sabemos que sentir y qué hacer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA