Un efecto óptico, de Juan Cavestany

VIAJAR O NO, ESA ES LA CUESTIÓN.

“Uno puede fingir muchas cosas, incluso la inteligencia, lo que no se puede fingir es la felicidad”

Jorge Luis Borges

Personas en un lugar, personas que desconocen que están haciendo en ese lugar, personas que no recuerdan su pasado y cuando lo hacen está lleno de grandes lagunas, personas como tú y como yo, personas con vidas corrientes y llenas de gestos y actividades muy cotidianas, personas que, sin comerlo ni beberlo, acaban olvidándose de sí mismas y protagonizan relatos surrealistas, sin sentido, en mitad de fábulas modernas sin tiempo ni espacio. Personas de toda índole son las que protagonizan las historias de Juan Cavestany (Madrid, 1967), capturadas sin acritud, explorando su humanidad, retratando sus estados de ánimo, tanto en su faceta teatral como autor de grandes espectáculos como Urtain o Moby Dick, en el medio televisivo en títulos como Vota Juan o la exitosa Vergüenza, con tres temporadas realizadas, o sus películas como Gente de mala calidad, o las autoproducidas Dispongo de barcos, El señor, Gente en sitios, Esa sensación o Madrid interior.

De Vergüenza ha nacido la compañía “Cuidado con el perro”, en la que Alicia Yubero, Álvaro Fernández-Armero y el propio Cavestany se asocian y lanzan su primera producción Un efecto óptico, protagonizada por Alfredo y Teresa, un peculiar matrimonio de Burgos que se van de viaje a Nueva York, o al menos eso es lo que creen, porque una vez en la ciudad de los rascacielos, cada vez que miran por la ventana del hotel o salen a la calle, se encuentran una ciudad parecida a su Brugos. El director madrileño construye una comedia fantástica, un alegoría sobre como empleamos nuestro tiempo y la necesidad de evadirnos, de abandonar por un tiempo nuestra realidad y sumergirse en otras, o quizás, en intentarlo, porque no siempre es posible, no siempre estamos en el ánimo adecuado para aventurarnos en otro lugar, descubrir y sobre todo, descubrirnos, porque algo parecido les pasa a este matrimonio de Burgos, que sus emociones juegan con ellos, agarrándoles en un desánimo que les empuja a ver lo que sienten, a no disfrutar de Nueva York, o simplemente, a no disfrutar de ellos mismos y de compartir con la otra persona.

Cavestany captura toda esa desazón de forma admirable y magnífica, envolviéndonos en una mezcla de (des) aventura que tiene múltiples referentes, desde las historias psicológicas de Corman o Hitchcock, a las comedias surrealistas y esperpénticas desde las tiras de Mingote y Borges, la revista de “La codorniz”, Larra, Mihura, Gómez de la Serna y Berlanga-Azcona, y demás registradores de la comicidad y del absurdo de la cotidianidad y la existencia. Pepón Nieto y Carmen Machi son ese matrimonio atípico, extraño y cercano que abrazan la incredulidad de sus personajes y ejercen de maestros de ceremonias a las mil maravillas, creando esa sensación de extrañeza y de incertidumbre que les acompañará durante todo su viaje-metraje, porque la película de Cavestany no solo se queda ahí, en ese estado caleidoscópico de mundos paralelos o mundos diferentes que se mezclan, sino que también añade otro elemento distorsionador a este enjambre de sensaciones y estados de ánimo, un elemento físico, en la que sus protagonistas no están viviendo sus vidas, sino que están en el interior de una película, una película que en detalles vemos como se filma, así que el magnífico juego del relato, entre ficción-realidad, envuelta de misterio, con una trama a lo Misterioso asesinato en Manhattan (o Burgos), de Woody Allen, riza aún más si cabe la historia de este matrimonio como todos o ninguno.

Una película de factura impecable, con una excelente cinematografía de Javier Bermejo y la sutileza y elegancia de la edición de Raúl de Torres, y la música de Nick Powell, colaboradores y cómplices del universo de Cavestany, y la participación de Luis Bermejo, un actor de la “casa”, creando ese aroma de misterio y surrealismo cotidiano que, al igual que le ocurría a Phill, el periodista descreído de Atrapado en el tiempo, debía mirarse en el espejo y encontrar su reflejo para salir del entuerto en el que andaba metido. Cavestany vuelve a asombrarnos y atraparnos en su universo cotidiano, surrealista, absurdo e inquietante, filmado con inteligencia y transparencia, creando un mundo dentro de otros mundos, con la honestidad e intimidad que tenían sus anteriores trabajos, con ese maravilloso juego de metacine infinito o no, porque a veces, podemos estar en Burgos o Nueva York, o quizás, solo estemos en nuestro caos mental y sobre todo, en nuestro caos emocional, en el que deseamos hacer algo y a la vez, no, o no sabemos que sentir y qué hacer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los inocentes, de Guillermo Benet

UNA NOCHE, UN MUERTO, SEIS AMIGOS. 

“Ninguna culpa se olvida mientras la conciencia lo recuerde”.

Stefan Zweig

La excelente película Ciutat Morta (2013), de Xapo Ortega y Xavier Artigas, recogía el “Caso 4F”, en el que cinco jóvenes fueron procesados por unos incidentes en el desalojo de una piso okupa, que provocaron el lanzamiento de una maceta que provoco lesiones irreversibles a un agente de policía. La película destapaba las tremendas irregularidades del proceso que acusó a cinco inocentes, y crítica las corruptelas del Ayuntamiento de Barcelona y su policía municipal. En Los inocentes, opera prima de Guillermo Benet (Madrid, 1984), que conocíamos su faceta como productor al frente de Vermut Films, donde había producido grandes trabajos como Pueblo (2013), de Elena López Riera, entre otros. El retrato se detiene y mira al otro lado, a aquellos desconocidos entre los que se encuentran a los verdaderos culpables que lanzaron la maldita maceta, y en el caso de la película de ficción, el lanzamiento de una piedra que impacta contra un policía en un desalojo de una casa okupa.

Benet, y su coguionista Rafael Alberola, nos acotan su trama en la noche de los hechos, contados a partir de la situación de cada uno de los seis personajes implicados, a través de ese formato cuadrado de pantalla, que nos remite a la pantalla de móvil, con el off o fuera de campo, como premisa sine qua non, en el que siempre vemos el punto de vista de cada uno de los personajes, mediante cinco episodios que conforman la estructura de la acción. Con una intensísima y agobiante luz tenue y sombría obra del cinematógrafo Giuseppe Truppi, que ayuda a situarnos en el centro de todo, asistiendo y acompañando el inmenso agobio de los personajes en cuestión, como si fuese una carrera contrarreloj, una huida hacia ninguna parte, donde solo hay tiempo de correr, sin pensar, con algunas secuencias en ese exterior noche, para luego encerrarnos en el piso de uno de ellos donde se reencontrarán. Un montaje cortante y febril que juego mucho con la dilatación del tiempo, firmado por Perig Guinamant, en esos flashbacks que nos ayudan a conocer un poco más la deriva de los personajes, para en el trama final, donde ya todos están en la vivienda reunidos, evidenciar mucho más la confrontación y soledad que se instala en el grupo de amigos.

Una película de estas características, de guerrilla y filmada con amigos, era fundamental la participación de un grupo de cómplices intérpretes para dar vida a estos seis amigos enfrentados entre sí, y llenos de culpa y miedo, compuesto por las conocidas Susana Abaitua y Olivia Delcán (con un look y caracterización muy impactantes, que choca enormemente con la imagen que teníamos de ella, y cuesta mucho reconocerla), y los interesantes Pablo Gómez Pando, Violeta Orgaz, Pilar Bergés, Raúl de la Torre. Un grupo que, a medida que avanza la noche, la maldita noche, se encerrarán en ellos mismos, consumidos por lo sucedido, nerviosos y muy alterados, que pelearán entre ellos, sin encontrar una salida a todo lo sucedido. Unos personajes devorados por esa culpa atroz, por un miedo que los lanza al abismo, y sobre todo, cómplices en un acto que les dejará huella a todos, más allá de esa fatídica noche que parece no tener fin. La película de Benet funciona en su propósito, arma muy bien su forma y fondo, no explica ni se aventura en nada que no tenga que ver con esa noche y el suceso que los tiene encerrados, con esa estupenda planificación de guion que hace más evidente el alejamiento entre ellos, y las mentiras que se dirán, todos movidos por un miedo irracional, sometidos a una situación que les supera, que no les deja pensar, que los tiene atemorizados, que quieren huir de ella pero no saben cómo.

El director madrileño juega con inteligencia y aplomo con todo su entramado cinematográfico, escarbando en el aspecto psicológico de cada uno de los personajes, mostrándolos en soledad, o en el caos de la huida y el enfrentamiento de la policía, siempre bajo sus miradas y movimientos, y luego, enfrentándolos cuando todos están en el piso, intentando encontrar alguna salida que les libere de esa culpa que los está despedazando. Nunca veremos el hecho en sí, y mucho menos el autor material del lanzamiento de la piedra, inteligentemente la película no lo muestra, porque la cinta juega en que todos pueden ser culpables, porque todos han participado en el suceso, y nadie sabe qué ha ocurrido con exactitud, así que escucharemos los testimonios de cada uno de ellos, sus contradicciones, sus olvidos, sus vagos recuerdos, sus caracteres, y sobre todo, su aislamiento, su miedo y su culpa, y entre todo ese barullo de ideas, recuerdos y disputas, los espectadores deberemos sacar nuestras propias conclusiones, saber quién es el culpable, o simplemente, darnos cuenta la fragilidad de la condición humana y sobre todo, lo fácil que es caer en la oscuridad cuando el miedo se apodera de nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los europeos, de Víctor García León

¡QUÉ LEJOS QUEDA EUROPA!.

“La especie humana produce ejemplares horribles y también maravillosos, lo que pasa es que estos otros casi nunca son noticia”.

Rafael Azcona

El final de El verdugo (1963), de Berlanga (si permítanme hablar del final, a estas alturas ya deberían conocerla), en la Rafael Azcona era coautor del guión, asistimos a un hecho insólito, cuando el protagonista, después de llevar a cabo su oficio de verdugo, se sube al barco que le llevará de vuelta a Madrid, y la cámara se desplaza un poco hacia la izquierda, y nos tropezamos con un grupo de turistas extranjeros, a bordo de un yate a punto de zarpar, disfrutando del sol y la vida de Mallorca. El mensaje de Berlanga-Azcona no dejaba lugar a dudas, mientras, unos, los españoles, padecían la losa del franquismo, otros, los europeos, disfrutaban de la vida, y por ende, de la libertad. Seis décadas después de su publicación, Los europeos, la novela de Azcona por fin ve la luz. Y lo hace en una adaptación escrita por Bernardo Sánchez, vinculado en muchas ocasiones al universo Azconiano en el teatro, ya que adaptó El verdugo, o en el cine, como coguionista de Los muertos no se tocan, nene (2011), que dirigió José Luis García Sánchez, y la guionista Marta Libertad Castillo, con trayectoria televisiva.

El director escogido ha sido Víctor García León (Madrid, 1976), del que habíamos visto las interesantes Más pena que gloria (2001), que nos contaba las vicisitudes de un adolescente romántico, y Vete de mí (2006), en la que un padre actor recibía la visita inesperada de su hijo inmaduro, ambas coescritas con Jonás Trueba. Años después volvimos a reencontrarnos con su cine con Selfie (2017), donde a través de un fake seguía las andanzas de un hijo de político corrupto. La acción arranca a finales de los cincuenta, cuando Antonio, el hijo del patrón, resultón, vividor y pícaro, con ese bigotito, se lleva unas semanas a Miguel, delineante y empleado de su padre, apático, bobalicón y temeroso, a descubrir Ibiza, por aquel entonces una especie de paraíso terrenal, un espejismo de la liberación, donde los españolitos de a pie, jugaban a ser otros, a sentirse diferentes, a ver la vida de otro color, olvidándose, aunque fuera por un breve período de tiempo, de esa vida anodina, triste, represiva, nacional católica y en blanco y negro. Los dos treintañeros tienen un objetivo claro, playa, sol, juergas nocturnas y sobre todo, ligar con extranjeras.

Todo parece ir sobre ruedas, las fiestas se suceden, hay algún que otro escarceo amoroso, Antonio, con sus extranjeras, como no, y Miguel, con alguna que otra valenciana, pero nada del otro jueves, hasta que aparece Odette, una bellísima y liberal francesa, que lo cambiará todo para el apagado delineante. Si bien, la película se divide en dos partes bien diferenciadas, en la primera, asistimos a la liberación de los dos jóvenes, o podríamos decir más exactamente, a ese oasis de isla perdida, apartada del mundo, donde todo parece posible, incluso lo imposible, donde ellos, por un instante, se sienten europeos, como esa tribu de colores y pieles claras, con las que se tropiezan y confraternizan por las noches. Pero, en la segunda mitad de la película, el tono cambia, y la fiesta, da lugar primero al amor, a un romanticismo ataviado de verano, de días sin fin, noches locas y tiempo detenido, como si fuese a ser así para siempre, como ocurría en Un verano con Mónica, de Bergman, y de repente, estalla la realidad, como también sucedía en la película del genio sueco, y el sol se esconde en el horizonte, el fresco empieza a asomar, la gente empieza a vaciar las playas, y el verano toca a su fin, y hay que volver a casa. En la película, esa vuelta a la realidad se torna en embarazo no deseado y hay todo cambia. En la España de los cincuenta, un embarazo no deseado complicaba mucho las cosas, y además fruto de un amor de verano, tan fugaz como los días de vacaciones, aunque hay está Antonio que mueve sus hilos y genera una situación para las partes condenadas.

García León vuelve a contar con colaboradores conocidos, en la cinematografía a Eva Díaz, que ya estuvo en Selfie, y con Buster Franco, el montador que trabajó con él en las dos temporadas de Vota Juan, bien acompañado de esa música que inunda Ibiza, los temas modernos, que decían en Viridiana, de Buñuel, bailando toda la noche junto al mar, soñando con un mundo distópico, un universo irreal y tan diferente a esa realidad sucia, oscura y represiva que existía en la España franquista. El genio y el corrosivo humor de Azcona baña toda el relato, mostrando la España negra y franquista, a través de las acciones de dos ejemplares característicos, con su costumbrismo que arrastran, comportándose como lo que son, dos almas en pena, más tristes que la figura de Don Quijote, bajo la mirada inteligente de Acona, con esa innegable capacidad de tratar los elementos más cotidianos, a través de ese humor negro, de ser capaz de reírse de todos, y sobre todo, de uno mismo, de la inteligencia de pasar de la comedia al drama en una sola frase, con diálogos maravilloso que, no solo explican las emociones de los personajes, sino ese pesar y vacío, aunque estén en ese paraíso real y soñado a la vez, transmitiendo con sabiduría ese sentir tan nuestro que, por aquel entonces, nos convertíamos en una especie de extraterrestre cuando salíamos del país tradicionalista que nos había tocado vivir, pasmados y asombrados por las reliquias extranjeras, envidioso de unas vidas tan modernas y sobre todo, que a nuestros ojos, parecían tan libres.

Juan Diego Botto (que ya estuvo en Vete de mí), es Antonio, el hijo de papá, el perfecto anfitrión y maestro de ceremonias de estos “Días de viejo color”, como la película de Olea. A su lado, Raúl Arévalo, que borda el papel de Miguel, ese chico de provincias, que vive en una miserable habitación, y que hunde sus sueños en un trabajito y una vida apocada, encuentra en Odette, fantástica la actriz Stéphane Caillard, dando el contrapunto de vida, amor y libertad, que tanto ansían los españolitos protagonistas, y luego, un grupito de secundarios que dan ese toque profundo a las diferentes existencias que pululan por esa Ibiza, como Boris Ruiz, ese taxista juerguista, que después nos sorprende en el segundo tramo del relato, o Carolina Lapausa como Vicen, esa valenciana, perdida e infeliz, que otro verano más deambula por la felicidad sin saber distinguirla. Los europeos es una película inteligente, audaz y rítmica, un grandioso homenaje a la pluma y el universo de Azcona, porque para muchas cosas, seguimos siendo los Antonio y Miguel de la película, atrapados en un complejo de inferioridad frente a Europa, a la que seguimos viendo como otra cosa, tan diferente a nosotros y a lo que vivimos, como si no nos creyéramos lo que somos verdaderamente, y todavía, estuviésemos buscándonos en islas perdidas en la que soñar un poquito con bellas sirenas de nombres impronunciables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Maider Fernández Iriarte

Entrevista a Maider Fernández Iriarte, directora de la película “Las letras de Jordi, en la terraza de la Cafetería Cosmopolitan en Barcelona, el jueves 12 de marzo de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Maider Fernández Iriarte, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Marcelino, el mejor payaso del mundo, de Germán Roda

HABÍA UNA VEZ… EL PAYASO MARCELINO.

“Hacer el payaso es simplemente una manera divertida de ser serio”

Jango Edwards

Una fría noche de noviembre de 1927, en una habitación del Hotel Mansfield, de Nueva York, se quitó la vida Marcelino Orbés. Tenía 54 años de edad, y durante los años de 1900 a 1914, había sido el payaso más famoso del mundo. Aunque la prensa se hizo eco de la noticia, y Chaplin envío la corona de flores más hermosa, el tiempo enterró su memoria y jamás se supo de su existencia. A principios de los noventa, la figura de Marcelino volvió del olvido, a través del propio Chaplin que lo citaba en sus memorias. En el 2007, Buster Keaton hacía lo propio en las suyas, y sobre todo, la publicación del libro Marcelino. El mejor payaso del mundo, de Mariano García Cantarero, que ayudó a rescatar su memoria y a dotarle el lugar que se merece en el universo del clown, el circo y el espectáculo. El director Germán Roda (Granada, 1975), conoció la feliz y triste historia de Marcelino y encontró un material ideal para construir una película en torno a su figura. Roda ya había dado muestras de su interés por las biografías de artistas desconocidos, el mundo del espectáculo o rescatar lugares o personajes de la historia como hizo en Improvisando (2009), sobre la comedia dell’arte, o en Pomarón y el cine amateur (2010), en Juego de espías (Canfranc-Zaragoza-San Sebastián) (2013), Goya Siglo XXI (2018) o en Los años del humo (2018), en la que investiga el incendio del Hotel Corona de Aragón de 1979 que provocó 80 fallecidos y cientos de heridos.

En Marcelino, el mejor payaso del mundo, construye un relato apoyándose no solo en un homenaje a la figura del payaso Marcelino, sino también, a la figura del payaso, a través de un docudrama, en el que el cómico Pepe Viyuela adopta el rol de Marcelino e interpreta las etapas de su vida, sus espectáculos, sus amores, un gag de la película que hizo, otro de un combate de boxeo, muy parecido al que vimos en Luces de la ciudad, de Chaplin, recorriendo la vida y milagros de Marcelino, desde sus inicios en España allá por 1873, sus primeros pasos en el mundo de la acrobacia con la familia “Los Martini”, su grandísimo éxito en Londres y su posterior desembarco en Nueva York, convirtiéndose en una gran estrella que llenaba un teatro de 5000 butacas, sus amores frustrados con la inglesa Louisa Johnson y la estadounidense Ada Holt, la llegada del cine que acabó con sus años de gloria y su ruina como payaso, y finalmente, solo y abandonado, decidió acabar con su vida.

En la película, otros payasos nos reivindican la figura de Marcelino y el oficio del payaso, escuchamos los testimonios de Mariano García Cantarero y otros, historiadores que nos hablan de la inteligencia y el dominio del escenario de Marcelino por los diferentes teatros en los que actuó. La película no esconde su sencillez, su propuesta es clara y honesta, quiere y consigue reivindicar la figura de Marcelino, rescatándolo del olvido y colocándolo en el lugar que la historia le negó, contribuyendo a su grandiosidad como payaso y su incontestable influencia de su legado en figuras tan grandes como Charles Chaplin y Buster Keaton. La obra de Roda, que coescribe con Miguel Ángel Lamata, bucea tanto en sus éxitos como en sus fracasos, su idea del payaso artesanal en que su escenario ideal era un teatro, su rechazo al cine, sus frustrados amores, sus desventuras y malas inversiones que lo llevaron a la ruina, la desolación y la desaparición, y todo lo cuenta con una extrema sinceridad y sobriedad, dejando espacio para que el espectador reflexione y se divierta con Marcelino, y conozca a una de las grandes estrellas del mundo del clown y del espectáculo.

La enigmática y natural luz del cinematógrafo Daniel Vergara, creando esas secuencias maravillosas de cine mudo, o la lúgubre y desoladora habitación de hotel con la que empieza y finaliza la película, o el dinámico montaje del propio Roda, hacen de la película una hermosísima fábula sobre el humanismo de un ser maravilloso y artista con todas sus consecuencias, que ideó una nueva forma de hacer reír o simplemente, de reírse de todo y todos, con esa mirada triste, la nariz roja (pionero en ese aspecto), esa ropa usada de vagabundo, y ese gesto y movimiento de torpeza, inutilidad y talento que derrocha cada vez que deleitaba a su público, recorremos su auge y caída, o mejor dicho, recorremos las vidas de tantos payasos tristes que conocieron el éxito en su oficio y la derrota en su vida personal, porque como decía el poeta: “Todos acabamos fracasando en nuestras propias vidas, porque no hay máscara que nos salve”. Solo nos queda decir que, gracias a Marcelino por su legado y su memoria, ahora ya siempre junto a nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Guillermo Toledo

Entrevista a Guillermo Toledo, actor de la película “El Rey”, de Alberto San Juan y Valentín Álvarez, en el Hotel Expo en Barcelona, el miércoles 5 de diciembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Guillermo Toledo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Calleja e Irene Ballesteros de Prismaideas, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Alberto San Juan

Entrevista a Alberto San Juan, actor y codirector de la película “El Rey”, en el Hotel Expo en Barcelona, el miércoles 5 de diciembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alberto San Juan, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Calleja e Irene Ballesteros de Prismaideas, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

El Rey, de Alberto San Juan y Valentín Alvárez

LOS FANTASMAS DE LA CONCIENCIA.

(…) Trataba de mostrarse ingenioso para distraer su propia atención y mitigar el terror que sentía, porque la voz del espectro revolvía hasta la médula de los huesos.

Frase de “Cuento de Navidad”, Charles Dickens

Estamos en junio del 2014. El rey abdica y acto seguido, su hijo, con el nombre de Felipe VI, será proclamado Rey. Juan Carlos I, Rey de todos los españoles durante los últimos 40 años, heredero del franquismo que lo nombró sucesor, se convierte en rey emérito, un hombre destronado del paraíso, un hombre sin más, un hombre encerrado en un sótano oscuro, ilimitado y onírico, donde todos sus fantasmas del pasado volverán a sacudirle su conciencia, a juzgar la historia de su vida, a sacudirle la conciencia, en una noche de junio del 2014, cuando la historia aclama a otro rey, cuando la historia le pasa factura en una noche de insomnio, en una noche de fantasmas, en una noche de monstruos que vuelven a rendirle cuentas sobre su tiempo y su cargo.

El Rey, escrita y dirigida por Alberto San Juan, producida por el Teatro del Barrio, con ese espíritu crítico y combativo como señas de identidad, se ha representado durante dos años por teatros de todo el país, una obra de carácter minimalista y comprometido, que retrata la figura del rey desde la crítica a su reinado, a través de un examen de conciencia personal durante una noche donde se le presentan fantasmas de su pasado, desde Franco, su padre, Adolfo Suárez, Felipe González, Kissinger, periodistas y demás personajes que de una forma u otra estuvieron presentes durante su reinado de cuatro lustros. Ahora, nos llega la película, dirigida por el propio San Juan y Valentín Álvarez (toda la vida vinculado al teatro como iluminador, y cinematógrafo de cineastas tan importantes como Víctor Erice) que debutan como directores de largometraje, en una película que se define como “una definición basada en personas y hechos reales”, enmarcada en ese espíritu crítico de compromiso político con el tiempo y la historia reciente del país, sin perder su herencia teatral, que ya marcaba el tono austero y onírico que recorre toda la película.

Con sólo 83 minutos de metraje, y a través de tres personajes, el Rey, interpretado magistralmente por un actor de fuerza y energía como Luis Bermejo, que hereda su papel del teatro, y luego dos actores de raza y carácter como Alberto San Juan y Guillermo Toledo (con esa identidad de compromiso político y social que ya mantuvieron en los años de Animalario) que componen el resto de personajes, que van desde Franco (inconmensurable la recreación de San Juan, desde esas gafas oscuras, su pose de militar católico orgulloso y esa vocecilla de flauta que tanto caracterizaba al dictador, que recuerda a aquella interpretación de Juan Echanove en Madregilda) Henry Kissinger, Alfonso de Borbón, Adoldo Suárez, Don Juan de Borbón, Puig Antich, Juan Luis Cebrián, Chicho Sánchez Ferlosio y Felipe González, entre otros. Los espectros que visitan y recuerdan de manera amarga y crítica la trayectoria como Rey de Juan Carlos I, haciendo especial hincapié en su relación oscura con su familia, a la que traicionó, con Franco, que se convirtió en su padre político y principal valedor para su sucesión, las partes tenebrosas y comprometidas durante la transición, removiendo y vapuleando su papel durante la intentona de golpe de estado en febrero de 1981, sus relaciones oscuras con el petróleo saudí y sus cuentas, las tensiones con los presidentes Suárez y González (como ese mágico momento en el que compiten a modo de concurso televisivo a ver quién es más culpable de los males del país, que recuerda a aquel de El gran dictador, protagonizado por Hinkel y Napaloni).

San Juan y Álvarez componen una magnífica fábula política, transgresora y brutal sobre la figura del Rey, en una terrible pesadilla, donde se fundirán realidad, sueño e imaginación, en la que se propagaran infinidad de monstruos que le acecharán, convirtiéndolo en un hombre que aprovechó su tiempo y su lugar para erigirse en jefe del estado, con sus claros, y sombras, más sombras eso sí, en este examen de conciencia ficcionado, que revela sus tormentos y monstruos internos que no le dejan en paz, haciendo recuento de sus actos, decisiones y demás situaciones (a modo de Ebenezer Scrooge en Cuento de Navidad, de Dickens, o como le ocurría a Claudio, el Rey de Dinamarca, en Hamlet, de Shakespeare, que había asesinado a su hermano y recibía la visita de su fantasma para rendirle cuentas).La magnífica y fascinante luz oscura y onírica que baña toda la película, que capta todo el espacio escénico de manera sencilla y abrumadora, adoptándola para la narración cinematográfica, en un maravilloso juego de sombras y sueños, en un marco expresionista (en el que hay alguno que otro homenaje al Nosferatu, de Murnau, y a El gabinete del Doctor Caligari, de Wiene).

En un juego de espejos deformantes que le interpelan directamente en los que el Rey y sus fantasmas se funden, se mezclan y se fusionan, creando un juego siniestro de máscaras y falsedades, en un laberinto de espacios dentro de la historia, en el que la quietud de las situaciones aún magnifica esas dosis de tenebrismo y terror inquietante que transita por toda la película, con esos rostros y gestos, encogidos y aterrados, de un monarca desterrado a las fauces del sótano, ante el peso de su historia y sus decisiones, donde le espera pacientemente el monstruo de su conciencia en forma de almas errantes que vienen a ponerle en su sitio, a derribar su mito, su leyenda, a transformarlo con un aspecto siniestro y bufón, a convertirlo en un hombre de carne y hueso más, sin más aura que su alma empequeñecida y triste ante su historia, ante esos setenta años de España que repasa la película, desde el 48 hasta esa noche del 2014, exponiendo los hechos, los personajes implicados y dejando que el respetable público extraiga sus propias conclusiones, porque el espíritu combativo y político de la película no dirige a sus espectadores, deja que ellos tomen sus reflexiones, ideas y pensamientos, exponiendo su visión sobre los hechos históricos, cediendo el mando al espectador, convertido aquí en alguien que observa, piensa y decide.

El desentierro, de Nacho Ruipérez

LAS HERIDAS ABIERTAS.

“Conocer la verdad no cambia nada”

La película se abre con un plano aéreo que recoge la resolución del conflicto, un conflicto que nos llevará primero tres días antes de ese último plano, y luego, nos llevará aún más allá, porque la película pivota entre dos frentes abiertos, el año 1996 y el 2017, en la asistimos a constantes idas y venidas entre los dos tiempos, porque todo lo que sucede en el presente, se verá condicionado a aquellos años, a veinte años atrás. La trama arranca con la llegada de Jordi para asistir al funeral de su tío Félix, político muerto en extrañas circunstancias, donde se reencontrará con Diego, su primo hermano e hijo del político fallecido. Jordi sigue traumatizado por la desaparición de su padre Pau veinte años atrás, y con la ayuda de Diego empieza a investigar posibles cabos sueltos. La aparición en escena de Germán Torres, antiguo socio político de Félix, hace aún más si cabe que la madeja del pasado oscuro que envuelve a esos personajes, se relacione con la desaparición de Pau. La puesta de largo de Nacho Ruipérez (Valencia, 1983) rastrea aquellos años 90 de esplendor discotequero con la famosa “Ruta del bacalao”, la corrupción que campaba sin límites por las tierras levantinas, y los cientos de puticlubs que afloraban en las carreteras nacionales, tiempos que ahora se miran desde la distancia, desde las pesquisas de Jordi y Diego, rastreando los lugares abandonados o en estado ruinoso de aquellos años de falsa magia y chanchullos políticos. Los arrozales y las tierras valencianas se convierten en el escenario perfecto para buscar a los ausentes, para abrir cajas cerradas a cal y canto, y volver a aquellos lugares y aquellos personajes que pululaban por aquel ambiente de dinero negro, putas maltratadas y mentiras.

El director valenciano maneja con astucia y credibilidad los dos tiempos en los que se sustenta la cinta, construyendo una atmósfera sobria y clásica para hablarnos de los años 90, en la que hay dos líneas argumentales, la corrupción política de Félix y su socio, por un lado, y la historia de amor de Pau y Tirana, la prostituta en las redes de la trata. Dos tramas que se verán mezcladas y tendrán tintes dramáticos para algunos de los personajes implicados. En la actualidad, Ruipérez cimenta la trama en un thriller setentero, a lo Pakula o Boorman, áspero y sangriento, donde la cámara se mueve con la misma energía que los acontecimientos, y el descenso a los infiernos a los que van los dos primos irremediablemente, porque hay cajas que es mejor no intentar abrir, y dejarlas cerradas para siempre. El amor y el deseo de saber la verdad conduce la película hasta ese camino sin retorno, hasta lo más oscuro de la condición humana, porque saber es el único camino para Jordi y su primo Pau, que deberán enfrentarse a los suyos y a sus miedos e inseguridades para digerir esa verdad que los cambiará para siempre.

Los lugares vacíos que antaño fueron concurridos y llenos de neones, los inmensos arrozales que ahora parecen desiertos de almas perdidas, esas fábricas abandonadas que fueron prosperas en su tiempo, o seres que vagan sin rumbo, que acarrean pesadas mochilas de mala conciencia o incluso algún que otro cadáver a sus espaldas doloridas y maltrechas, es la inquietante y tenebrosa atmósfera que Ruipérez construye con aplomo y sinceridad, dejando que el espectador vaya descubriendo la luz ante tanta oscuridad, y lo hace a través de un ritmo pausado y honesto, donde no caben las sorpresas sacadas de la manga o personajes de la nada, como suelen ocurrir en muchos thrillers actuales, donde manejan tramas superficiales, donde hay buenos y malos, Ruipérez prescinde de todo eso, y crea uno de los debuts más estimulantes de los últimos años en cine de género, manejando con inteligencia a sus personajes, sus diferentes tramas y esa luz sombría y cegadora que abruma a sus protagonistas, obra del gran Javier Salmones, contribuyendo a ese ritmo infernal y reposado que imprime la maestría de la veterana Teresa Font.

El cineasta valenciano se ha nutrido de un reparto que mezcla juventud con nombres consagrados, dotando a la película de complejidad y ambientes oscuros y llenos de matices y detalles, donde abundan los personajes que mienten, llenos de rabia, donde el miedo y la inseguridad forman parte inquietante que casa con naturalidad con ese paisaje de pasados sombríos,  como los dos primos, Michel Noher y Jan Cornet, que atrapan naturalidad y sinceridad, bien acompañados por Nesrin Cavadzade como Tirana, y Jelena Jovanova como su hija, y el siempre conciso Leonardo Sbaraglia como el desaparecido Pau, y los Jordi Rebellón como Félix, un tirano Francesc Garrido como Germán Torres y Ana Torrent, la esposa seria y oscura de Félix. El desentierro es una thriller con hechuras que pone el foco en la corrupción y esos amores fou que suelen acabar olvidados en espacios oscuros y abandonados, donde las almas inquietas y rotas acaban por encontrar aquello que nunca buscaron, pero en el fondo no podían encontrar otro destino que no fuese fácil y feliz.