Sinjar, de Anna M. Bofarull

TRES MUJERES ROTAS Y FUERTES.

“La fuerza no proviene de lo que puedes hacer. Viene de superar las cosas que alguna vez pensaste que no podías”

Rikki Rogers

No es la primera vez que la cineasta Anna M. Bofarull (Tarragona, 1979), mira hacia el mundo árabe, porque en Hammada (2009), su segundo largometraje, penetró en la vida de Dadah, un niño saharaui que vive en el campamento de refugiados de Dajla, y a través del cine descubre otros mundos. Esta vez, vuelve a situarnos en una situación difícil, mucho más que la anterior, porque nos enmarca en el universo del Estado Islámico, también llamado “Dáesh”, que en junio de 2014 proclamó el califato desde la ciudad iraquí de Mosul. Pero, la directora tarraconense no lo hace desde la historia general, sino desde la historia íntima, centrándose en tres mujeres que han sufrido las terribles consecuencias de la violencia extrema del Estado Islámico. Conocemos tres mujeres: Hadia, una mujer jazidíe que vive en Sinjar, en la región de la frontera entre Irak y Siria, y es secuestrada junto a sus tres hijos y llevada como esclava sexual y sirvienta. Arjin es una adolescente que escapa del terror y acaba como soldado en las milicias kurdas. Y finalmente, Carlota, una enfermera catalana que descubre horrorizada como su hijo Marc huye para enrolarse en el Estado Islámico.

La película juega a tres bandas, describiéndonos la cotidianidad de las tres mujeres, y lo hace desde la credibilidad, desde lo íntimo, y sobre todo, desde la verdad. La película de Bofarull tiene como espejo los trabajos de Comandante Arian, una historia de mujeres, guerra y libertad (2018), y El retorno: la vida después del ISIS (2021), sobre las mujeres kurdas que luchan contra el Estado Islámico, y las mujeres occidentales que se unieron al grupo terrorista, ambos de Alba Sotorra. Un gran trabajo de producción que les ha llevado a rodar en el Kurdistán iraquí, en el que sobresalen el magnífico trabajo de sonido de Elena Coderch, que ha trabajado con Isaki lacuesta, Neus Ballús y la citada Sotorra, en un inmenso trabajo de sonido en off con la guerra encima. Otros cómplices de la directora que vuelven a verse por el camino, como  el trabajo artístico de Laura Folch y Sebastián Vogler, que repiten con la directora, en un buen trabajo porque consiguen con lo mínimo hacer lo máximo, la excelente banda sonora de Gerard Pastor, que capta con sutileza todos los momentos intensos y sensibles que jalonan la trama, y el extraordinario montaje de Diana Toucedo, que crea un relato de gran fuerza dramática y lleno de tensión, con gran ritmo y agilidad, en una película complicada por sus ciento veintisiete minutos de duración.

Mención aparte tiene el excelente trabajo de cinematografía de Lara Vilanova, que estuvo en Trinta Lumes, de Toucedo, y en la citada El retorno: la vida después del ISIS, de Sotorra, en el que realiza un trabajo memorable, un inmenso trabajo que debería mostrarse en todas las escuelas de cine, porque la película filma una intimidad brutal, una intimidad que traspasa la pantalla, acercando una cámara invisible y muy observadora los rostros y gestos más cotidianos, en un grandioso ejercicio de precisión y detalle fílmico, y las impresionantes filmaciones de las secuencias bélicas, rodadas desde el punto de vista de la protagonista, creando todo ese campo bélico en off, donde el sonido juega una papel fundamental, donde lo físico y lo emocional nos atrapa en el caos de caos, disparos y explosiones. Sinjar nunca cae en el sentimentalismo ni la condescendencia, muestra el horror cotidiano sin esconderse, una extrema violencia física y emocional a las que están sometidas estas tres mujeres que duele y apabulla, pero que en ningún caso se recrea con el dolor ni la crudeza de lo que cuenta, todo está bien medido y muy pensado en todo lo que se muestra y lo que no, en un estupendo trabajo de concisión narrativa, construyendo una trama en continua tensión, llena de fuerza y vitalidad, donde los conflictos ahogan a sus tres principales personajes, mujeres que han perdido a sus seres queridos, a lo más importante de sus vidas, y el relato las sigue en sus respectivas construcciones emocionales y sus caminos difíciles y valientes.

Como ocurría en Sonata para violonchelo (2015), el reparto vuelve a brillar con fuerza, creando unos personajes complejos, pero tremendamente vivos y fieles a lo que sienten. Un trío protagonista impresionante encabezado por una Nora Navas como la desdichada Carlota, que poco hay que decir de su extraordinario talento para encarnar a mujeres rotas pero decididas. Su mirada y su gesto, tanto cuando habla como cuando calla es toda una lección de interpretación sin alardes y con la sutileza que requiere un personaje que recuerda a Julia, la violonchelista que también pierde lo que más quiere en la vida. Le acompañan Halima Ilter, una actriz turca que se mete en la piel de la esclava Hadia, una madre que sufre más por sus hijos que por ella, atrapada en el horror cotidiano del Estado Islámico, que sufre constantes abusos físicos, emocionales y sexuales, que lleva con toda la dignidad que puede. Una mujer que debe seguir a pesar de todo. Y finalmente, Eman Eido es Arjin, una adolescente yazidí que fue secuestrada en Sinjar durante cuatro años, desde los 9 a los 13, y logró escapar, y debuta en el cine. Una joven que deberá reconstruirse luchando contra aquellos que la han destrozado.

Nos encanta ver las interesantes presencias de dos intérpretes como Luisa Gavasa y Àlex Casanovas, en breves roles pero muy interesantes para la película, que contribuyen, al igual que el resto del reparto, a darle la profundidad necesaria que necesita una película de estas características, como Harit, el personaje árabe que interpreta el debutante Franz Harram. No pecamos de insensatez, cuando decimos que Bofarull ha hecho su mejor película hasta la fecha, porque no solo cuenta una historia de aquí y ahora, sino que lo hace con sabiduría y desde la intimidad, colocando la cámara en lo físico y lo emocional de sus tres criaturas, contándonos una cotidianidad que horroriza, pero haciéndolo desde lo humano, desde el interior, sin estridencias ni nada que se le parezca, con una sencillez y honestidad abrumadora que celebramos, con ese aroma que recuerda al western clásico en su forma de presentar la fortaleza femenina en situaciones duras, y el cine bélico del este, en su forma de representar la guerra y sus consecuencias emocionales, donde todo se sufre desde la soledad, el silencio y lo humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Belén Sánchez

Entrevista a Belén Sánchez, coproductora de la película «Nosotros no nos mataremos con pistolas», de María Ripoll, en el Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 13 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Belén Sánchez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Elena Martín y Carlos Troya

Entrevista a Elena Martín y Carlos Troya, intérpretes de la película «Nosotros no nos mataremos con pistolas», de María Ripoll, en el Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 13 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Elena Martín y Carlos Troya, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ingrid García-Jonsson

Entrevista a Ingrid García-Jonsson, intérprete de la película «Nosotros no nos mataremos con pistolas», de María Ripoll, en el Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 13 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ingrid García-Jonsson, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lorena López y Joe Manjón

Entrevista a Lorena López y Joe Manjón, intérpretes de la película «Nosotros no nos mataremos con pistolas», de María Ripoll, en el Cine Phenomena en Barcelona, el lunes 13 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lorena López y Joe Manjón, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nosotros no nos mataremos con pistolas, de María Ripoll

REENCONTRARNOS CON LO QUE FUIMOS.

“La amistad es más difícil y más rara que el amor. Por eso, hay que salvarla como sea”

Alberto Moravia

La obra Nosotros no nos mataremos con pistolas, de Víctor Sánchez Rodríguez, triunfó en la sala Ultramar en Valencia en el año 2014 y más allá.  Una obra de pequeño formato, con cinco intérpretes, que habla sobre todos los jóvenes nacidos en los ochenta, muy preparados, pero que se toparon con la crisis económica y tuvieron que volver a la casilla de salida, más frustrados y con menos ilusiones, aquellos hijos del milagro económico a ladrillazo limpio, y la realidad de ahora, como demuestra el ambiente desolado de la zona con los problemas de despido en la fábrica y el abandono del campo por la falta de oportunidades. Ahora, nos llega su adaptación al cine, que viene firmada por el autor y Antonio Escámez, que mantiene su espíritu cercano y cotidiano, y nos sitúa en un día de verano, en uno de tantos pequeños pueblos valencianos preparándose para su día de fiesta mayor, y tiene como leit motiv a Blanca, la instigadora de reunir a todos los amigos de entonces, que se vuelve de Inglaterra, más triste y dejando demasiadas cosas atrás que ya no van con ella.

A partir de Blanca, nos tropezaremos con Marina, que también ha vuelto de un periplo por América, con un desamor y una criatura en la barriga. Primero, llegará Miguel desde Barcelona, que pasa apuros económicos, después de publicar un libro exitoso y ahora, ser incapaz de escribir y de enamorarse de verdad. Del mismo lugar, conoceremos a Elena, la más exitosa del grupo con su discográfica, pero pura apariencia, y adicta a la cocaína. Y por último, aparecerá Sigfrido, que vive en el pueblo, con trabajos precarios y un matrimonio que no le llena. Los cinco se reencuentran después de mucho tiempo, todos con más de treinta, rozando la cuarentena, y cargados de tristezas y vacíos de todo. El décimo largometraje de ficción de María Ripoll (Barcelona, 1964), no está muy lejos de lo que planteaba Tu vida en 65’ (2006), en la que Ripoll adaptaba otra obra de teatro, en este caso de Albert Espinosa, donde también se hablaba de amistad, de suicidio, de domingos y vidas vacías, acotada en una sola jornada como ocurre en Nosotros no nos mataremos con pistolas, en la que los personajes son más mayores, en la que el silencio se ha impuesto en el entorno de los amigos, donde ya no se dice lo que duele, y se huye de la confrontación y de todo aquello que nos hace vulnerables frente al otro.

Estamos ante una película sobre la amistad,  su evolución y realidad, sobre todo aquello que fuimos, lo que soñamos, y lo que somos ahora. Un grupo atravesado por una crisis económica terrorífica que los ha convertido en náufragos sin isla, subidos en un maltrecho trozo de madera, y a la deriva, sin saber qué hacer y mucho menos adonde ir. Podríamos dividir la filmografía de Ripoll entre esas películas-producto, donde todo está diseñado para romper taquillas, a través de relatos sobre jóvenes enamoradizos, y luego, están esas otras películas, donde hay una voluntad de contar algo más, como la citada, como Lluvia en los zapatos, su fantástico debut en solitario, Rastros de sándalo, Vivir dos veces y la película que nos compete. Historias que profundizan sobre temas que nos envuelven, elementos de aquí, ahora y siempre, en la que un reducido grupo de individuos, a los que les suele unir lazos de sangre y/o amistad, se ven envueltos en un conflicto que les rompe sus esquemas y los deja desnudos emocionalmente.

La directora tiene oficio en la dirección, cuida los detalles y sitúa la cámara siempre en el lugar apropiado, con esa ligereza y extrañeza que hay en todo el relato, con el buen trabajo en la cinematografía de Joan Bordera, al que vimos en La influencia, de Lucía Alemany, y el no menos ágil y rítmico montaje de una crack como Juliana Montañés, y los cómplices de la directora como el músico Simon Smith, cuarto trabajo juntos, y las canciones críticas y frescas de Orxata Sound System, y el sonido directo de Carlos Lidón, que ya estaba en Vivir dos veces. Un elemento esencial en el cine de Ripoll son sus grandes trabajos a nivel interpretativo, porque es raro que veamos a un intérprete mal en su cine, y en ésta, consigue una excelencia con su quinteto protagonista: Ingrid García-Jonsson como Blanca, desenfadada y nerviosísima, Lorena López como la flower power Marina, que vimos en Amor en polvo, Joe Manjón como Miguel, muy alejado del novio chungo de Bruna Cusí en Mia y Moi, Elena Martín es Elena, una actriz que nos tiene enamorados desde que la vimos en Les amigues de l’Àgata, y Carlos Troya es Sigfrido, muy habitual en el medio televisivo.

Un reparto auténtico, íntimo y sobre todo, muy humano, que transmiten el tsunami emocional que plantea la película, con esos conflictos internos y externos de todos los personajes, bien construidos y mostrados en la película, en un reencuentro que tiene mucho que ver con aquellos de Reencuentro, de Kasdan, o aquel otro de Los amigos de Peter, de Branagh, donde se habla mucho, y también, se calla mucho, porque siempre da miedo explicar a los que más quieres que la vida se ha vuelto del revés, que ya queda muy poco de aquel joven que quería comerse el mundo, o quizás, de aquel joven que lo quería todo, y ahora, veinte años después, ya no sabe lo que quiere, y además, no reconoce a los suyos y menos a sí mismo. Una película que habla de amistad, de los presentes y ausentes, ya sea en un sentido físico como emocional, donde tiene ese toque de western, tanto en su forma de filmar el espacio y a los personajes en él, de lugar ajeno a sus vidas, y también, de thriller, en una interesante mezcla de texturas, rostros, géneros y de emociones, de mirarse al espejo y ser honestos con todos y sobre todo, con nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Manuela Vellés e Ibon Cormenzana

Entrevista a Manuela Vellés e Ibon Cormenzana, actriz y director de la película «Culpa», en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster, el viernes 22 de abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manuela Vellés e Ibon Cormenzana, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Patricia López Arnaiz e Ibon Cormenzana

Entrevista a Patricia López Arnaiz e Ibon Cormenzana, actriz y director de la película «La cima», en el Hotel Catalonia Gran Vía en Barcelona, el miércoles 23 de marzo de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Patricia López Arnaiz e Ibon Cormenzana, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La cima, de Ibon Cormenzana

GESTIONAR LA PÉRDIDA.

“Todos tenemos nuestro propio ochomil”

Edurne Pasaban

Amén de producir más de 40 títulos a directores como Mateo Gil, Pablo Berger, Claudia Llosa, Julio Medem, Rodrigo Sorogoyen, entre otros. Ibon Cormenzana (Bilbao, 1972), ha dirigido cuatro títulos como director. Tres de ellos centrados en temas tan incómodos como el suicidio y la depresión. Sus personajes navegan sin rumbo, azotados por unas tragedias que les han pasado una factura terrible, individuos en procesos arduos y complejos de reconstrucción emocional, expuestos a unas existencias que duelen mucho. Hace cuatro años veíamos Alegría, tristeza, donde conocíamos a Marcos, un tipo bloqueado que pedirá ayuda para salir de su conflicto. Ahora, nos encontramos con Mateo, alguien que también está huyendo de sí mismo, y que tiene un propósito: hacer un ochomil, en concreto, la cima de Annapurna de 8091 metros, y lo quiere hacer solo, y sin oxigeno, toda una temeridad, y también, todo un reto suicida. Mateo se encontrará en su ascensión a Ione, una alpinista experimentada que es la primera mujer que ha conseguido por primera vez hacer los catorce ocho mil, personaje que nos recuerda a Edurne Pasaban.

Ione está refugiada en una cabaña en la montaña, sola y dejando pasar los días. Tanto Mateo como Ione son dos personas asfixiadas por el dolor, y los dos lo gestionan de formas muy diferentes. Él, quiere hacer la cima en invierno y solo, gesta que no ah conseguido nadie hasta la fecha, y ella, quiere olvidarse de todos y todo. La cima es una película con solo dos personajes, dos individuos perdidos en mitad de la nada, aislados del mundo, solos con sus traumas, en un relato potente y demoledor sobre la gestión de los traumas, que fusiona con criterio y audacia un paisaje hermoso e inhóspito con una historia profundamente minimalista, un relato-retrato sobre lo que hay o mejor dicho, lo que queda en alguien después de la tragedia, y cómo convive con ese dolor que no se cansa de torpedearnos la vida o lo que queda de ella. El cuarto trabajo de Cormenzana es también la historia de un encuentro, un cruce de caminos, donde asistimos al proceso diario y cotidiano de dos personas que tienen en común más de lo que en apariencia parece ser.

La montaña actúa como esa barrera inmóvil que los atrae y los repele, ese vasto muro que parece no tener fin, un muro atrayente y a la vez, difícil de superar, y no solo eso, la cima de Annapurna es ante todo un símbolo para estos dos personajes, como podría ser cualquier ocho mil, no un peldaño más, sino el peldaño de sus procesos, ese muro de las lamentaciones a la inversa, algo así como una idea fija para Mateo, que tiene que hacer sí o sí, cueste lo que cueste, poniendo su vida en peligro. Por su parte, Ione, después de su histórica hazaña de alcanzar los catorce ocho mil, vive o sobrevive estancada, con un sueño ya hecho, y sin encontrar todavía algo que le enganche a la vida, y sobre todo a las personas. El director bilbaíno vuelve a contar con algunos de sus colabores más cómplices como el cinematógrafo Albert Pascual, que compone una luz que juega con el brillo de los exteriores, con la negritud del interior de los personajes, y la calidez de la cabaña. David Gallart en montaje, construye una película de 85 minutos, en el que hay de todo, calma, tensión, silencios y un poco de cercanía.

El guion conciso y potente de Nerea Castro, que debuta en el largometraje, a partir de una idea del propio director, y la excelente música de Paula Olaz (de la que escuchamos la reciente Nora, de Lara Izagirre, y ha trabajado para Telmo Esnal o el trío de directores de Handia y La trinchera infinita, entre otras), que sabe contar todo aquello que no vemos y sentimos en una historia que es tan importante lo que se ve como lo que no, con todo ese interior oscuro por el que se mueven sus personajes. Una película que se mueve entre lo físico, con esa espectacularidad en las secuencias de montaña, con el asesoramiento de dos expertos como el alpinista Jordi Tosas y el guía de montaña Nacho Segorbe, entre otros, y también, entre lo emocional, necesitaba dos intérpretes de gran altura como Javier Rey, con ese comienzo brutal saliendo de la playa, que ya augura las dificultades por las que pasara su personaje en la montaña, y Patricia López Arnaiz, que repite con el director, dando vida a una mujer aislada y sin nada que hacer ni decir, procesando su vida, hacia donde va a ir, y sobre todo, si hay algo que hacer.

La cima no se deja llevar por la belleza mágica de la montaña, y en seguida, la muestra en toda su crudeza, mostrando todos sus peligros, que son muchos, en la que los personajes deberán luchar para conseguir seguir con su camino. Tiene la película ese aroma de la montaña como muro para vivir o morir en él, esa tierra infranqueable que invita a desafíos complejos y llenos de valentía, donde la naturaleza se convierte en belleza y terror, como ocurre en muchas de las películas de Werner Herzog. Dos almas en mitad de la nada, pasando por su vacío particular, en una cotidianidad llena de monstruos, conviviendo junto a ese dolor intenso y profundo, que tendrán en la montaña y su dificultosa ascensión, su propio viaje a los infiernos, o quizás, su forma de salir de ellos. Cormenzana ha cocinado a fuego lento un relato que atrapa por su sencillez e intimidad en su construcción de personajes, en todo su proceso personal y en la relación que se cuece entre ellos, y también, nos sobrecoge por todo el periplo que viven en la montaña, tanto aquel que sigue fiel a su viaje suicida y ella, como persona que debe reaccionar para salir de su letargo, aunque sea la última cosa que haga. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Visitante, de Alberto Evangelio

DESDE EL OTRO LADO.

“No siempre somos lo que parecemos, y casi nunca somos lo que soñamos”

Peter Beagle

¿Qué ocurriría si pudiéramos ver nuestra vida desde otra perspectiva? ¿Realmente seríamos capaces de vernos, es decir, de vernos de verdad? Hacer el esfuerzo de conocernos de forma sincera, e interpretando todo aquello que somos o no, todo aquello que hemos dejado de ser, todo aquello que algún día fuimos, y jamás seremos. Una situación parecida vive Marga, la protagonista de Visitante, la opera prima de Alberto Evangelio (Benidorm, Alicante, 1982), en la que tendrá la oportunidad de pasar al otro lado, de ver su vida, y su otra vida, aquella que vive en paralelo, gracias a una misteriosa caja que cayó del cielo la tarde del 13 de septiembre de 1997 cuando ella y su hermana Diana, tuvieron una experiencia imposible de olvidar, un suceso que les cambió sus vidas, aunque no lo supieran. Evangelio se ha pasado una década dirigiendo películas cortas enmarcadas en el género de ciencia-ficción y terror, dos elementos que están muy presentes en su primera película. La cuestión es bien sencilla, Marga, en plena separación de su marido, el enigmático Daniel, médico que trata a su padre enfermo, deja la ciudad y se instala en la casa familiar apartada. Allí, se enamorará de Carlos, un antiguo compañero de universidad, y descubrirá sucesos muy extraños en la casa, y demasiados misterios sin resolver.

El director valenciano nos sitúa en un único espacio, esa casa que oculta muchos secretos, y maneja con soltura y detalle todos los elementos para conseguir una atmósfera cotidiana y tremendamente inquietante, con pocos ingredientes, basándose en la interpretación de sus actores y actrices, y una muy estudiada y verosímil técnica, con un equipo cómplice que le ha acompañado en varios de sus trabajos, como la música de Carlos M. Jara y Guiller Oliver en la cinematografía, que conocíamos por películas como El lodo y Asamblea. En Visitante realiza un trabajo excepcional, consiguiendo esa luz atrayente y cercana, que explica mucho y acoge a unos personajes muy complejos y oscuros, que guardan muchas cosas para sí mismos, y el estupendo trabajo de Luis de la Madrid en la edición, que firma junto al propio director, todo un especialista en la materia ya que tiene en su filmografía ya que tiene nombres como los de Balagueró, Guillermo del Toro y Paco Plaza, entre otros.

La trama arranca de forma muy convencional, con una película de intruso, es decir, donde una mujer se siente amenazada por alguien que ronda la mencionada casa. Aunque, la cosa no queda ahí, y la acción empieza a penetrar más en el fondo de la cuestión, dejando el exterior en segundo plano y centrándose en esos espacios de la casa que guardan demasiadas cosas del pasado, en una historia que en un primer tiempo siguen una línea gradual, para en la segunda mitad, desestructurar la madeja y haciendo continuos saltos en el tiempo, el espacio y en la otra realidad, con la inteligente incursión del video doméstico que nos traslada al pasado, creando ese rompecabezas en el que la protagonista irá conociendo todos los detalles del embrollo, y sabiendo las armas con las que cuenta en lo que está aconteciendo, y sobre todo, todo lo que le está ocurriendo en su interior. Un gran plantel que ayuda a hacer creíble todo lo que va sucediendo, encabezada por una fantástica Iria del Río en el rol de la perdida Marga, dando vida a una mujer muy perdida que encontrará algo que la llevará a lo más profundo de su alma y la enfrentará a sus miedos más invisibles. Una actriz que ya nos deslumbró en El increíble finde menguante (2019), de Jon Mikel Caballero, una película en la que Visitante se miraría en el espejo.

Del Río está muy bien acompañada por el siempre brillante Miquel Fernández como Daniel, un tipo con varias caras o no, que resultará muy sorprendente, Jan Cornet, que sigue pegado al thriller después de las interesantes Rocambola y El desentierro, esta última también ambientada en la costa levantina, y Sandra Cervera, conocida de la serie Diumenge Paella, en la que coincidió con Evangelio, en el papel de Diana, una mujer que vive en el otro lado. Teniendo en cuenta de que Visitante  es un debut, la película resulta interesante, muy inquietante y despacha sus cien minutos de forma loable y sin grandes efectismos, confiando en la historia que cuenta, en la casa como espacio de terror y llenos de misterios y un buen cuarteto de protagonistas, bien secundados por tres intérpretes valencianos con experiencia como Pep Ricart, Inma Sancho y Carles Sanjaume, curtidos en muchas series y películas. Una película con ese aroma de la mítica serie de La dimensión desconocida, y las películas de Corman, donde la cotidianidad y lo más doméstico, siempre eran objeto de cosas y objetos misteriosos que irrumpían en la vida anodina de sus personajes, convirtiéndolos en otra cosa, y siendo hipnotizados por otros lados y otros universos, que están entre nosotros y no los vemos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA