Siempre juntos (Benzinho), de Gustavo Pizzi

NO HAY NADA COMO UNA MADRE.

“Siempre hay que seguir hacia delante, porque llega un momento que todo sale bien”.

Irene es una madre de familia de cuarenta años que vive junto a sus cuatro hijos en Petrópolis (Río de Janeiro, Brasil). El mayor, es un portero talentoso de balonmano, el segundo, un artista de la tuba, que siempre la acarrea por todos los lugares, y los más pequeños, un par de gemelos, rubios y rebeldes. Klaus, el marido, intenta infructuosamente tirar hacia delante su precario puesto de libros, que cada día va de mal en peor. La cotidianidad se ve agitada cuando la casa que habitan, se le acumulan los desperfectos. Aunque, el verdadero cisma del relato se producirá cuando Fernando, el hijo mayor, recibe una propuesta de un equipo de Alemania porque quieren contar con sus servicios. La familia no volverá a ser la misma a partir de esa noticia, sobre todo, para Irene, que verá que ese mundo familiar y unido que tanto trabajo le ha costado edificar y mantener, empieza a resquebrajarse y a separarse.

El cineasta brasileño Gustavo Pizzi debutó con Riscado (Craft), en el año 2010, donde daba buena cuenta de las dificultades de una actriz talentosa en busca de una oportunidad. Ahora, vuelve a contar con Karine Teles (también en labores de guionista, ya que firman juntos el texto) que ya había dado vida a la actriz desafortunada, para convertirla en madre-matrona al estilo de aquellas matriarcas coraje italianas al modo de Anna Magnani de Bellísima o la Sophia Loren de Dos mujeres, madres de armas tomar que se llevan por delante a cualquiera que atente o haga daño a su prole, y además, les ayudarán en todo lo que sea menester, aún poniendo su vida en peligro. Irene es el pilar de esa casa, levanta a ese marido desanimado, que intenta negocios que siempre le salen mal (que parece un personaje salido de una película de Berlanga) y apoya hasta las últimas consecuencias a sus hijos, y a su hermana, Sònia, que ha dejado a su marido drogadicto y se ha presentado en su casa con su hijo pequeño. Irene es una madre con todas las de la ley que, además se dedica a la venta ambulante, y estudia para sacarse el segundo grado. Una madre inquieta, valiente y fuerte, que nunca desfallece, por muy mal que estén las cosas. Aunque, la idea de perder a su hijo mayor, la hará mantener una batalla íntima contra ella misma, porque por un lado está feliz por la aventura alemana de su hijo, pero, por otro, sabe que se va a ir lejos, y tendrá que vivir con ello, combatir esa ausencia que sabe que la afectará, porque es la primera vez que le sucede algo parecido.

Pizzi enmarca su película en una tragicomedia social e íntima, donde no paran de suceder situaciones, algunas dramáticas, otras divertidas, pero siempre con ese lado cómico, siempre desde la idea de vitalidad, de reconstruirse cada día, y afrontar con la mejor de las caras los avatares cotidianos que se producen en el seno familiar. Tiene el aroma de la comedia familiar, divertida y con momentos duros, en los que un conflicto, ya sea la despedida de un hijo que marcha al extranjero o la de un concurso de jóvenes estrellas que los lleva a cruzar medio país, como sucedía en la extraordinaria Pequeña Miss Sunshine. Obras íntimas, muy familiares, pero sin esa idea de lo establecido y las buenas maneras, sino todo lo contrario, mostrando la humanidad de cada uno de sus componentes, sus pequeños dramas íntimos, y cómo afecta a los demás, y los conflictos, mayores o menores, que se van originando en el hogar, un hogar siempre patas a arriba, a punto de estallar, pero con optimismo para afrontar los males. Una actitud encomiable ante la vida, donde por muchas hostias que te den, con voluntad y decisión, y sin dejar de trabajar por ello, algo en claro siempre se saca, y los problemas nunca son tan grandes si tenemos la paciencia de mirarlos con la perspectiva necesaria, y sobre todo, nos mantenemos unidos con los nuestros.

La fantástica y maravillosa interpretación de Karine Teles (que ya la habíamos visto como la madre altiva de Una segunda madre, y también, en la joven engañada de El lobo detrás de la puerta) es el pilar de este entramado familiar, la que sustenta los cimientos de todos y cada uno de ellos, la que sonríe y contagia a todos, y la que llora en silencio, manteniéndose firme ante los problemas, le acompañan Octávio Müller (que también estuvo en Riscado) haciendo ese padre bonachón y negado para los negocios, que encuentra consuelo en su mujer siempre que lo necesite, Adriana Esteves hace de la hermana, que se convertirá en ese apoyo femenino que con sola una mirada se entienden, van al alimón, y sobre todo, conoce ese combate interno que tiene Irene con la marcha de Fernando. Bien conjuntados con los niños, que los gemelos son los hijos reales del propio director e Irene.

Pizzi construye una película esperanza, sin caer en el sentimentalismo de culebrón, sino en una sinceridad que nos atrapa en sus 98 minutos  de metraje, donde nunca dejan de ocurrir cosas, algunas muy divertidas, surrealistas, extravagantes y dramáticas,  haciéndonos reír, también llorar, pero sin estridencias ni trucos de magia, sino mostrando sinceridad y verdad, conduciéndonos por esta familia a través de su madre, esa mujer fuerte, valiente y hecha palante, personas que a pesar de las dificultades por las que atraviesan, nunca contagian con su desfallecimiento o tristeza a los demás, se lo comen en silencio, para los demás siempre tienen una sonrisa, una palabra amable, y energía para mirar siempre para lo que tenga que venir, manteniendo unido a la familia, pase lo que pase, y pese a quién pese.

Nunca estamos solos, de Petr Vaclav

LOS DEMONIOS DE NUESTROS DÍAS.

Jana es una mujer atractiva que ronda los cuarenta, trabaja en el supermercado de un pueblo flanqueado por una carretera, de esos que hay cientos en cualquier ciudad. Jana es infeliz, vive con un marido hipocondríaco en paro, y un par de hijos. Tiene una vida triste y vacía, y sus días se desarrollan sin más. Un día, entra un hombre de etnia romaní a comprar cigarrillos al supermercado, Jana se siente atraída y hará lo imposible para estar junto a él. Pero, este tipo, vigilante de un puticlub de carretera, está enamorado de una de las stripper, pero ésta, a su vez, pierde los vientos por un hombre que cumple condena. Para redondear el cuadro, un nuevo vecino, paranoico (que recuerda y de qué manera al tipo enfermizo con la violencia de Tierra de abundancia, de Wenders) y nostálgico del comunismo, funcionario de prisiones, con la arma siempre en el hombro (que tiene un hijo al que atemoriza, y el chaval intenta rebelarse) se hace íntimo del marido enfermo imaginario. El cineasta Petr Vaclav (Praga, República Checa, 1967) ha desarrollado una filmografía a través de dos vertientes, por un lado la exploración de las desigualdades e injusticias sociales de la cultura romaní, y por el otro, los sinsabores y aburrimiento de la burguesía checa.

En Nunca estamos solos mezcla esos dos caminos, pero desde un aspecto social, los burgueses han dejado paso a unas gentes que viven en la periferia, en las afueras, no solamente físicas, sino también emocionales, unas almas infelices y atormentadas que se mueven entre las brumas de una sociedad injusta e insatisfecha. Václav plantea una película desde el extremo, tanto formal como argumental, porque va del blanco y negro al color y viceversa, según las variaciones emocionales de sus personajes, así como a nivel de diálogos, donde en algunos instantes la verborrea se apodera del relato, combinada con silencios asfixiantes que rasgan el alma. Y qué decir de su trama, en el que tanto adultos como niños se mueven en ese frío y triste bosque urbano donde lo miserable contamina cada espacio y cada sentimiento, donde sus personajes acarrean en la intimidad sus conflictos y demonios que los acechan constantemente, en el que cada uno de ellos se siente mal consigo mismo, y con su entorno, y todo lo que hace para cambiar esa situación, provoca el efecto contrario, sumergiéndolo más si cabe en su pozo de miseria cotidiana.

El cineasta checo construye una película dura y oscura, pero no tremendista, siempre hay un atisbo de esperanza, y los dramas existenciales que cuenta forman parte de muchas ciudades europeas en el que los distintos pensamientos y formas de vida convergen en un tiempo y espacio, y no siempre de una manera humana y respeto al otro, al diferente. Vaclav compone una película compleja y sincera, donde sus criaturas buscan su felicidad a través del amor, y de estar bien con uno mismo, aunque los caminos que trazan para conseguirlo no sean los más afortunados y los lleven a sentirse más tristes y vacíos. La película recuerda al primer cine de Loach, Leigh o los Dardenne, tanto en su apuesta formal, donde la cámara devora a sus personajes, penetrando en su intimidad familiar y en su interior, mostrándolos de manera sencilla, como en parte argumental, donde se detiene a describirnos toda la complejidad del ser humano en su esencia más personal.

El poderoso reparto en el que Vaclav mezcla con sabiduría y energía profesionales de la interpretación con debutantes, como Karel Roden como el antipático hipocondriaco, Lena Vlasáková como Jana, la infeliz enamorada del vigilante gitano (con esa mirada triste que dice tantas cosas sin emitir ninguna palabra) Miroslav Hanus como el pirado que ve monstruos en todas partes, sin darse cuenta que su hijo le tiene miedo y hace lo imposible por huir de él, y los romaníes salidos de un trabajoso casting, que impactan con su naturalidad,  Zdenék Godla como el vigilante amante de Jana y enamorada de un imposible en la figura de Klaudia Dudová, la stripper alcohólica que tiene su amor en prisión, sin olvidarnos de los niños, que consiguen con sus miradas relatarnos toda la complejidad de sus personajes. Vaclav ha conseguido una película durísima, pero humana, en el que el amor se convierte en la única salida a sus vidas solitarias y vacías, aunque sea un amor fou, que ayudar a sus personajes a tirar para adelante, a que sus existencias tengan algo de luz, aunque sea a hostias y sufriendo más de lo debido, porque a veces lo que creemos que es bueno para nosotros, en realidad, no es más que una huida para dejar aquello que nos atemoriza, aquello a lo que no somos capaces de enfrentarnos, y preferimos, porque quizás es más fácil, seguir a lo desconocido, a lo que parece mejor para nosotros, aunque sin saberlo nos adentrarnos en la boca del lobo, en un mundo y perverso y cruel, que si bien al principio nos hará sentir mejor o al menos lo sentimos así, a la larga, volveremos a sentirnos mal y seguiremos igual o peor.


<p><a href=”https://vimeo.com/240981098″>NUNCA ESTAMOS SOLOS (We Are Never Alone) – Tr&aacute;iler Oficial HD (VOSE)</a> from <a href=”https://vimeo.com/segarrafilms”>Segarra Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Encuentro con Ken Loach

Encuentro con el cineasta Ken Loach, junto a Esteve Riambau, director de la Filmoteca, con motivo del ciclo “Ken Loach, la consciència social”. El encuentro tuvo lugar el martes 30 de enero de 2018 en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ken Loach, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La región salvaje, de Amat Escalante

LA BESTIA DEL PLACER.

¿Mi hermano estuvo con él? Si.

¿Regresarías? Si.

¿Eso fue lo que lo lastimó?

No. Solo da placer. Nunca ha lastimado a nadie.

La nueva hornada de grandes cineastas mexicanos surgida en el nuevo siglo que componen nombres como Carlos Reygadas, Rodrigo Plá, Fernando Eimbcke, Michel Franco, entre otros, han conseguido a través de un cine de gran profundidad crítica, abordar los problemas sociales de su país, además, de verse altamente reconocido por los festivales internacionales más prestigiosos, ha supuesto un aire renovador en la cinematografía autoral del país centroamericano. Uno de los que pertenece a esa nueva ola es Amat Escalante (Barcelona, 1979) nacido en España, pero criado en Guanajato, espacio esencial en su cine, ya que todas sus historias se desarrollan en ese estado. Un paisaje fuertemente condicionado por la religión, donde la moral y el conservadurismo más estricto se han adueñado de una población deseosa de libertad interior. El cuarto título de Escalante (si exceptuamos el segmento que dirigió para la película colectiva Revolución de 2010) significa un leve pero interesante giro en su carrera, porque si bien sigue ejecutando sus obras en los cauces del realismo social más crudo, ahora añade dos vertientes de índole fantástica, como el misterio y la ciencia ficción.

Su opera prima Sangre (2005), producida por el cineasta Carlos Reygadas se centraba en una pareja de cotidianidad aburrida y sucia, donde la aparición de un tercer personaje, la hija adolescente de él, perturbaba una paz miserable y terrorífica, le siguió Los bastardos (2008) donde ahondaba el tema de la inmigración ilegal de mexicanos en un ambiente opresivo donde una clase pudiente les obligaba a delinquir, y Heidi (2013) donde la crudeza de la violencia del narcotráfico convertía en miseria la vida de los asustadizos habitantes. Cine polémico, perturbador, de violencia seca y durísima, en el que Escalante construye obras contando con actores no profesionales, donde mezcla con gran audacia y crudeza los grandes males de su país, en el que la realidad asfixiante y violenta corrompe las vidas y el paisaje de todo aquello que devora. En La región salvaje, nos sitúa en las vidas de cuatro personajes, tenemos a Alejandra, insatisfecha sexualmente que, además, recibe malos tratos de su marido, Ángel (de clase acomodada, bendecido por sus padres, que desprecian a su mujer) violento y homofóbico, que en cambio, mantiene una relación sexual con Fabián, hermano de su mujer, y Verónica, el cuarto personaje (algo así como un alma en pena que no consigue zafarse de su adicción) amante de la criatura, que aparece en sus vidas para ofrecerles aquello que reprimen, pero a la vez, les atemoriza. Y en la cúspide de todo este ambiente desolador y tenebroso, esta la criatura, un ser primitivo y básico (como lo describe uno de los personajes, una especie de guardián) un alienígena tentacular que produce un placer sexual infinito, algo fuera de lo común, que provoca una adicción placentera y destructora a la vez.

Escalante utiliza la metáfora de la bestia como alegoría de una sociedad represora y moralista que practica sin piedad la violencia machista, la misoginia y la homofobia sin ningún pudor, para mantener ante la comunidad todo aquello que esperan de ellos, para mantener unas formas falsas, de pura apariencia, aunque eso sí, en la intimidad de lo oscuro, cuando nadie los ve, adoptan una personalidad diferente, como si fueran otras personas, donde dan rienda suelta a sus verdaderos deseos, aquellos que reprimen, los que socialmente están prescritos y desterrados. El cineasta mexicano logra construir un paisaje cotidiano, donde todo sucede dentro de un naturalismo sucio y miserable (muy cercano al cine de Pasolini) en el que sus personajes les cuesta enfrentarse a sus sentimientos y encuentran puertas que los llevan a lugares liberadores, pero perturbadores a la vez, en una extraña mezcla de atracción sanadora y maléfica, que los convierte en seres adictos y ausentes de sí mismos.

El director, criado en Guanajato, rinde una especie de homenaje a Andrzej Zulawski (al que dedica la película) y en especial a la película La posesión (1981) donde una jovencísima Isabelle Adjani caía en las fauces de una bestia que la dominaba y la convertía en su concubina. También, encontramos rasgos del cine de Claire Denis, con esa mezcla interesante entre lo real y lo fantástico, y como no, el cine de Cronenberg, donde lo terrorífico y lo cotidiano se fusionaban creando una nueva especie de seres en el que convivían los placeres más profundos y terroríficos. Escalante ha construido una película de grandes hechuras, donde todo se cuenta de forma elegante, con una gran planificación formal, donde se mueven, casi por inercia, unos personajes que huyen de sí mismos, y de una vida asfixiante y vacía, en el que la bestia, esa criatura de otro mundo, viene a convertirse en aquello oscuro, prohibido, que los libera y los convierte en adictos de un placer sexual que los lleva a experimentar sensaciones maravillosas e infinitas, que actúan como espejo transformador de esa realidad violenta, clasista, cruel, hipócrita y conservadora en la que les ha tocado sobrevivir.

Encuentro con Jean-Pierre y Luc Dardenne

Encuentro con Jean-Pierre y Luc Dardenne con motivo de la rueda de prensa de la película “La chica desnococida”, junto a Esteve Riambau, director de la Filmoteca de Catalunya. El acto tuvo lugar el miércoles 1 de marzo de 2017 en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean Pierre y Luc Dardenne, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, a Yolanda Ferrer de Wanda Visión, y a Esteve Riambau y su equipo de la Filmoteca, por su generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

La chica desconocida, de Jean-Pierre y Luc Dardenne

UN CADÁVER EN LA CONCIENCIA.

“Filmamos lo que no se suele ver, lo que no se quiere ver”

Jena-Pierre y Luc Dardenne

Nos encontramos en la periferia de un barrio cualquiera de Lieja. Allí, en ese lugar alejado de todo y de todos, junto a la autopista atestada de automóviles que van a toda velocidad, ajeno al mundo, se instala la consulta de medicina general regentada por la joven doctora Jenny Davin. Una noche, una hora después de que finalicen las consultas, alguien llama al timbre. Tanto, Jenny como su ayudante, no abren la puerta. Días después, la policía se presenta en la consulta y preguntan por una víctima que quizás pasó por allí. Consultan las grabaciones de la cámara de seguridad, y encuentran a una adolescente negra llamando a la consulta sin respuesta. La policía informa a Jenny que la han encontrado asesinada cerca del río.

La décima película de Jean-Pierre (1951) y Luc Dardenne (1954), ambos nacidos en Lejia (Bélgica) arranca como si fuese una cinta de misterio, un thriller en toda regla con cadáver incluido, con la investigación que emprende la doctora angustiada por el sentimiento de culpabilidad que le mata la conciencia. Aunque podríamos estar ante una película que mantiene esas características del género, pero la cosa no va por ahí, los hermanos Dardenne, máximos exponentes del cine social y conciencia moral desde que debutasen, primero haciendo documentales y después, desde el prisma de la ficción, aunque no será hasta su tercer trabajo que, tanto la crítica como la industria, se rendirían a su talento cinematográfico, nos referimos a La promesa (1996) en la que Igor, un adolescente que tiene como padre a un traficante de inmigrantes, se debatía entre el amor paternal y su moral humanista, una película que mantiene ciertos paralelismos con La chica desconocida, donde los Dardenne vuelven al tema de la inmigración (tristemente más vivo que nunca, con el drama de los refugiados) en la que su protagonista se enfrenta a su conciencia y al entorno insolidario en el que se mueve, tema que también tocaron en El silencio de Lorna (2008) donde una joven albanesa mantenía un matrimonio de conveniencia para lograr la documentación.

Con Rosetta (1999) lograrán el reconocimiento mundial, con Palma de Oro de Cannes incluida, en la que contaban con extrema dureza la sordidez y las extremas condiciones de vida de una adolescente con madre alcohólica. Volverán a triunfar en Cannes con El niño (2005) en la que un joven ladronzuelo y su novia tienen un hijo y eso les llevará, sobre todo a ella, a plantearse su vida con alguien así. Entre medias, realizaron El hijo (2002), durísimo retrato de los niños conflictivos enfrentados a un hombre de pasado tortuoso que les ayuda en su rehabilitación. Con El niño de la bicicleta (2011) volvían a los niños abandonados por sus padres que, afortunadamente, encontraba consuelo en los brazos de una peluquera comprometida. En Dos días, una noche (2014), con Marion Cotillard, seguían los pasos de una despedida que necesitaba los votos de sus compañeros para ser readmitida a cambio de perder una paga extra.

Los Dardenne sitúan sus películas en los suburbios de Lieja, bajo una forma naturalista, casi documental, generalmente siguen a adolescentes o jóvenes, tanto niños como niñas, todavía ingenuos e inocentes, en situaciones de riesgo de exclusión, y enfrentados a un sistema que los aparta, manteniéndolos desplazados, sin herramientas válidas para construirse un porvenir. Individuos que se mueven en los márgenes de la sociedad y dada su situación,  trasgreden la ley a menudo, seres que encuentran acostumbran a encontrarse con el rechazo de los demás, aunque logran encontrar algún resquicio de luz que los empuja inevitablemente hacia algún lugar en el que pueden encontrarse mejor. Un cine de calado moral, comprometido, hijo de su tiempo, valiente, social, alejado de cualquier discurso ideológico o manierista que, investiga y desmenuza la idea de Europa, un continente que vende humanismo y solidaridad, pero de puertas hacia afuera, en el fondo, en sus entrañas, en su más ferviente cotidianidad, ha devenido un continente individualizado, materialista y egocéntrico.

En La chica desconocida nos hablan del sentimiento de culpa y el dolor que produce dejar una muerte más sin nadie que la acoja, una adolescente negra, inmigrante y pobre, dedicada a la prostitución ha muerto y parece que a nadie le importe, pero Jenny que atiende diariamente a esos excluidos de la sociedad, a los que no llegan a final de mes, los que no tienen recursos económicos ni de ningún tipo, y el estado, además de negárselos, los excluye de forma miserable del sistema. Jenny se adentra en la investigación de la niña, quiere saber, conocer quién era, metiéndose donde no la llaman, pero siguiendo en sus trece, preguntando a los individuos a los que se encuentra y recabando información para averiguar su identidad. Los Dardenne construyen una película sobre la moral de cada uno de nosotros, nos interpelan directamente, nos impiden mirar hacia otro lado, nos muestran las complejas relaciones humanas que abundan en su cine, seres huidizos, con miedo que, intentando sobrevivir a duras penas, acaban metidos en líos con la justicia.

Los Dardenne recogen el espíritu del neorrealismo, los Rosellini, De Sica, y demás, que ponían el foco de la acción en la deprimente realidad de la Italia de posguerra, de la miseria, tanto moral como física, que se había instalado en una población derrotada y pobre, y sus deudores como Karostami, Kaurismaki… La inclusión de la joven intérprete Adèle Haenel (con su ingenuidad e inocencia, muy diferente a su rol en Les Combattants) recogiendo el aroma de otras heroínas dardennianas como Rosetta, Sonia, Lorna, Samantha o Sandra, todas ellas mujeres que siguen en pie a pesar de todas las heridas que arrastran, y la inclusión de los Olivier gourmet y Jérémie Renier, dos de los actores fetiche del universo de los Dardenne. El cine de los cineastas belgas rescata a una sociedad invisible, ese mundo de los nadies, de aquellos que desaparecen de un día para otro y nadie pregunta, de aquellos que existen y no se ven, de los que se resisten a morir.

El viajante, de Asghar Farhadi

LA FRAGILIDAD DE LA MORAL.

El arranque de la película resulta ejemplar y elocuente en el devenir de la historia. Se abre con la evacuación de un edificio que amenaza derrumbe, todos los vecinos salen con lo puesto escaleras abajo. En un instante, la cámara se detiene en uno de los vidrios que está resquebrajado, plano detalle de una grieta que recorre todo el cristal a punto de hacerlo pedazos, o lo que es lo mismo, el anticipo de la rotura que se producirá en el seno emocional de la pareja que acabamos de ver. El séptimo título de la filmografía de Asghar Farhadi (Khomeyni Shar, Irán, 1972) continúa explorando en profundidad esas grietas y roturas que se producen en el ámbito doméstico, a partir de un conflicto externo que cuestiona los principios morales y sociales de los individuos en cuestión.

Aunque su carrera se inició en el año 2003 con Bailar con el polvo, no fue hasta su cuarta película, A propósito de Elly (2009) que, el cine de Farhadi, empezó a estrenarse regularmente en nuestros cines, después de su reconocimiento en los festivales de prestigio. Una cinta, con reminiscencias a La aventura, de Antonioni,  en la que relataba a un grupo de amigos que se ven sorprendidos y cuestionados después que, una de las chicas del grupo desaparezca misteriosamente en la plaza, le siguió Nader y Simin. Una separación (2011), aquí una pareja en trámites de divorcio, deben tratar un problema que surge a través de la asistenta y su desatención al padre de uno de ellos, y continúo con El pasado (2013), su primera película rodada en el extranjero (Francia), en la que volvía a sumergirnos en el ámbito doméstico y como los problemas no resueltos del pasado invadían la tranquilidad de una pareja aparentemente enamorada.

En El viajante, Farhadi nos presenta a Emad y Rana, una pareja de clase media en Teherán que se gana la vida como docentes y en su tiempo libre ensayan Muerte de un viajante, de Arthur Miller. Farhadi describe a su pareja instalados en la clase media a la que parece que las cosas no les van del todo mal. El conflicto arranca con el cambio de vivienda, por el motivo que ya hemos indiciado al principio, su nuevo piso, con terraza (en la que Farhadi utiliza para mostrarnos el Teherán en continuo cambio estructural al que a ellos parece no afectar). El nuevo hogar, de prestado por un amigo, será el espacio que hará estallar la acción, cuando Rana es atacada por un desconocido (que Farhadi no muestra, como suele hacer en su filmografía, sino que será por medio de la elipsis, recurso que el cineasta iraní emplea de forma magistral). A partir de ese momento, en el que en apariencia todo parece reconducirse, comenzará el verdadero análisis emocional de Farhadi, y lentamente, con una maestría en la utilización de la dosificación de la información, y en sus peculiares descensos a los infiernos, eje estructural del cine del iraní, asistiremos al descubrimiento del pasado del edificio, alquilado por una mujer de vida alegre (que recuerda a destellos de El quimérico inquilino, de Polanski, y en el que Emad y Rana, se sumergirán en un laberinto emocional que no sólo cuestionará su percepción moral, sino también resquebrajará su relación de pareja.

El paralelismo con la obra que ensayan es demoledor, el Willy Logan y su mujer, Linda, se transmutarán en esta pareja que debe hacer frente a sus heridas como individuos y seguir hacia adelante. Logan y su familia, atravesados por la modernización, sucumben al desplazamiento y la falta de oportunidades de un mundo sangrante y atroz falto de sentido social que aniquila a todos aquellos que no siguen girando la rueda. Farhadi cuenta su película de forma naturalista, una planificación que en ocasiones parece que estemos ante una película social del modo de vida en Teherán, filmando tomas largas que mezcla con planos cortantes, muy próximos a sus personajes, de modo que podemos respirar con ellos y seguir su penoso devenir, en el que deberán enfrentarse a sus principios, y batallar contra su rabia, el odio, o la humillación a los que se ven sometidos.

Otro de los grandes elementos del cine de Farhadi es su dirección de actores, unos intérpretes que desprenden una veracidad aplastante, aunque el cineasta iraní está más interesado en la investigación de las relaciones humanas, sus complejidades y cuestionamientos, y en todo aquello, oscuro y profundo que se esconde bajo la apariencia física, y Farhadi, y de ahí deviene su inmenso talento, lo hace de forma prodigiosa, construyendo una película de calculada precisión argumental, con tintes de thriller, del que lentamente va agobiando y asfixiando a sus personajes, en la que nos muestra u oculta, según su parecer, para de esa manera, someter al espectador a un enjambre de secuencias, en las que nuestra conciencia se verá sometida a un espejo moral y deformante, en el que se cuestionan todos nuestros convencimientos y descubrimos que las situaciones nunca son como parecen, y nuestras ideas sobre la vida y los demás, aparentemente fuertes y firmes, siempre tienden de un hilo muy fino a punto de romperse y arrastrarnos con ellas, llevados hasta los lugares más oscuros de nuestra alma.