El oficio de aprender, de François Favrat

NAËLLE APRENDE A AYUDARSE.

“Me pareció que la vida me hacía una advertencia y me enseñaba para siempre una lección: la lección del honor escondido, de la fraternidad que no conocemos, de la belleza que florece en la oscuridad”.

Pablo Neruda

Erase una vez una chica llamada Naëlle de 19 años de edad, que vive en Bellevue, uno de los barrios más deprimidos de Nantes. Naëlle hace trabajos de reinserción por su mala conducta. Conoce a Heléne, una de sus formadoras que le habla de “Compagnons du Devoir”, una asociación especializada en trabajos artesanales que reivindica la validez de los trabajos manuales, y le da una oportunidad a la chica para que aprenda un oficio. El cuarto trabajo de François Favrat (Lyon, Francia, 1967), después de abordar el drama y el thriller político, se mete de lleno en el drama, pero esta vez con un marcado acento social, porque se detiene en un barrio de chicos con padres inmigrantes, donde hay pocas salidas y la más recurrente, con la droga. Naëlle tiene una vida dura, hace de niñera de su hermana pequeña, no conoce a su padre, y su madre trabaja de sol a sol. Su pasión son los grafitis y sus amigos.

El director francés no hace un relato condescendiente, sino todo lo contrario, mira esa realidad difícil para muchos jóvenes como la protagonista, y no se queda en el marco, sino que va más allá, porque aparece la asociación, y tampoco en su aprendizaje del oficio las cosas resultarán fáciles, porque habrá conflictos, sobre todo, con ella misma, y con el resto. Un guion serio y conciso que firman Johanne Bernard y el propio director, que describe este periodo en la existencia de Naëlle, sin edulcorantes, retratándola a través de esta experiencia de salir del pozo y aprender y aprenderse, descubrir una vida totalmente diferente, y generar lazos de confianza y fraternidad con las personas que quieren ayudarla, porque no es nada fácil aprender a ayudar y ayudarse cuando se ha vivido en un entorno de desconfianza, de soledad y de dolor. Si la parte argumental no desentona en absoluto, la parte técnica no se queda atrás, porque aboga por la naturalidad y las sólidas y profundas relaciones que se van creando, en un estupendo trabajo de cinematografía de una grande como Joanne Lapoirie, con más de ochenta títulos a sus espaldas, con una filmografía con tremendos nombres de la cinematografía francesa como Techiné, Ozon, Valeria Bruni Tedeschi y Robin Campillo, y Paul Verhoeven, ahí es nada.

El conciso y rítmico montaje de Clémence Samson, que sabe contar con detalle y precisión un relato que se va casi a las dos horas de metraje. La excelente música de Éric Neveux, que tiene más de ochenta títulos en su carrera, en películas tan importantes como Intimidad, de Patrice Chéreau y la reciente El insulto, de Ziad Doueiri, que es su segunda colaboración con Favrat después de Boomerang (2015). Una música original que se mezcla con los temas rap que escucha como rebeldía la protagonista. Un excelente trío protagonista encabeza esta sensible y actual historia, donde los personajes son de carne y hueso, con su complejidad y conflictos, tanto internos como exteriores, que ayuda a profundizar en todos los aspectos emocionales que se generan durante el relato, entre los que destaca una magnífica Najaa en la piel de Naëlle, en su tercer trabajo para la gran pantalla, compone un personaje solitario, metido en un pozo, que desea salir pero es muy compleja su existencia y en el complicado barrio en el que vive, donde hay que ser fuerte y parece que los demás valores humanos han pasado largo, en los Compagnons descubrirá otra forma de ser, de mirar, de relacionarse, y sobre todo, de compartir y crecer.

Junto a Najaa, encontramos a dos intérpretes de gran soltura y convicción como una grande del cine francés como Agnès Jaoui como Helène, el ángel de la guarda para Naëlle, con sus conflictos personales y sociales, que repite con Favrat después de la experiencia en Le rôle de sa vie (2004), al igual que Paul que interpreta Pio Marmaï, con amplia experiencia el cine francés, al que hemos visto en películas de Kaplisch, Audrey Diwan, Catherine Corsini, y más recientemente, en Un escándalo de estado, de Thierry de Peretty. Sin olvidarnos del resto de jóvenes que acompañan a la protagonista, chicos y chicas de verdad, que son y están. Favrat ha construido una película social, pero de verdad y muy humana, creando ese espacio de intimidad y cercanía que tanto demandan las historias de estas características, porque lo que cuenta tiene corazón y profundidad, y es una película realmente didáctica en todos los sentidos, porque no solo se cierne en la protagonista, sino que a través de las relaciones que se van exponiendo, vemos los entresijos de cada personaje, con sus verdades y mentiras, con sus defectos y virtudes, y además, nos muestran una asociación como los Compagnons du Devoir, que existe en la realidad, y no solo sacan del atolladero a cientos de jóvenes, sino que les educan en valores, y mucho más, como aprender a ayudar y sobre todo, a ayudarse, que en la sociedad actual hace tanta falta, porque nos hemos vuelto individualistas y competitivos, y ya no miramos al otro, y mucho menos lo que siente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

En los márgenes, de Juan Diego Botto

LA DIGNIDAD DE LOS NADIES.

“Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la Liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica Roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

Fragmento de “Los nadies”, de Eduardo Galeano.

En el imprescindible documental La dignidad de los nadies (2005), del gran Pino Solanas, se situaba en el centro del relato a las historias y los testimonios de la resistencia social Argentina frente al feroz y caníbal neoliberalismo. En la película En los márgenes, la opera prima de Juan Diego Botto (Buenos Aires, Argentina, 1975), la voz se la cede también a los de abajo, a todas aquellas personas que sufren las terribles consecuencias de eso que algunos llaman mercado liberal.

La primera vez que me fijé en Botto en el cine fue como actor, en la película Ovejas negras (1989), de José María Carreño, en la que daba vida a Adolfo, un chaval solitario del Madrid de los cincuenta con miedo a la religión, al pecado y casi todo. Luego siguieron películas industriales, y otras más comprometidas con cineastas de la talla de Montxo Armendaríz, Adolfo Aristarain, John Malkovich, Joaquín Oristrell, entre otros. Amén de su compromiso y activismo social y político, que nunca ha ocultado ni renegado. Por todo eso, no nos extraña en absoluto que para su debut en la gran pantalla, opte por una película social y activista, dos pilares fundamentales en su vida personal y profesional, y lo hace desde la verdad, sin edulcoramientos ni condescendencia, y mirando hacia los desahucios, que junto al desempleo, son los problemas más importantes del país. Habíamos visto un par de películas de ficción interesantes sobre el mismo tema en Techo y comida (2015), de Juan Miguel del Castillo, y Cerca de tu casa (2016), de Eduard Cortés.

La historia que cuenta la película, en un magnífico guion que firman el propio directo y Olga Rodríguez, periodista especializada en los conflictos de Oriente Medio, del que le ha dedicado buena parte de su trabajo y algunos libros, que debuta con esta película, tiene el desahucio como epicentro de la trama, pero pivota por diferentes historias del entorno, en un guion que se centra en veinticuatro horas vertiginosas, feroces y llenas de tensión, en una trama apropiada del cine negro, donde conoceremos una realidad amarga, que duele mucho y llena de tristeza y desilusión. Tenemos a Azucena, amenazada de desahucio, intentando pararlo como sea, en el banco que no la escuchan y en la asociación que la ayudan. Teodora, una madre que abaló a su hijo, Germán, y ahora están a punto de desahuciarla, y Rafa, un abogado activista, que ayuda a todos los que puede, en ese día, intenta localizar a una madre marroquí para informarla que su hija se la ha llevado la policía por desamparo. Un compromiso que le está afectando en su relación de pareja y en la relación con su hijastro. Será con Rafa, al que la cámara sigue como una parte más de su cuerpo, con el que conoceremos las diferentes realidades.

Un espectacular trabajo del cinematógrafo Arnau Valls, que ha trabajo con Javier Ruiz Caldera, Kike Maíllo y en Tarde para la ira, de Raúl Arévalo, otro gran actor-director. Una música que ayuda a explicar sin manipular al espectador, en una estupenda composición de Eduardo Cruz, al que hemos escuchado en Volver a nacer, de Sergio Castellito y en Competencia oficial, de Mariano Cohn y Gastón Duprat. El cuidadoso y concienzudo trabajo de montaje de Mapa Pastor, que tiene en su filmografía los nombres de Daniel Monzón y Cesc Gay, entre otros, en una película que mezcla con inteligencia lo físico de la propuesta con lo emocional, sin regodearse en absoluto en el tremendismo y en la porno-miseria que diría nuestro querido Luis Ospina. Botto ha tenido mucho cuidado en acompañarse de un reparto que fusiona caras muy conocidas como Penélope Cruz, con la que estudió en la escuela de Cristina Rota, madre de Juan Diego, y compartieron amores y desengaños en La celestina (1996), de Gerardo Vera, en este maravilloso reencuentro cinematográfico en que la actriz de Alcobendas recupera esos personas rotos por la vida y las circunstancias que ha hecho con el citado Castellito, Almodóvar, Coixet y Medem, donde no hay maquillaje y si mucha verdad, mucha calle y mucha tristeza. Su Azucena es una mujer de barrio, de entereza, de lucha y sobre todo, de dignidad.

Otro de los rostros de la película es Luis Tosar, su Rafa es pura pasión por ayudar al necesitado, al débil, al que no puede, pero también, se desayuda a sí mismo, y a los de su alrededor, la dura tarea de ayudar sin desayudarse, todo un reto mayúsculo para su personaje, en otro rol inolvidable para el lucense que nos tiene muy acostumbrados a tipos llenos de furia pero su con corazoncito. Aunque la película también opta por caras menos conocidas pero igualmente poderosas, como Aixa Villagrán, que siempre nos encanta, ya sea haciéndonos reír como encogernos el alma como hace con su Helena, la sufrida pareja de Rafa, Adelfa Calvo es otro de esos rostros auténticos, su Teodora es la que más duele, por su valentía y su arrojo, a Christian Checa, que le hemos visto en algunas series, hace de Raúl, ese hijastro que vivirá muchas cosas en ese día junto a Rafa, Font García al que hemos visto mucho en televisión, es Germán, el hijo de Adelfa, un tipo que se oculta por miedo y vergüenza, Nur Levi es una activista que tendrá su importancia en la conciencia del mencionado Raúl, y finalmente, Juan Diego Botto, que se reserva un papel, con una secuencia memorable, que es mejor no detallar por su importancia en la película, breve pero muy intensa.

En los márgenes nunca se le pude reprochar por ser una película que mire a la realidad más inmediata, y por hacerlo como lo hace, porque no embellece nada ni nadie, y centra en personajes e historias no de una sola pieza, sino sumamente complejas, y muestra algo de esperanza, la que hay que luchar y trabajar diariamente, la que cuesta, porque en esta sociedad todo cuesta mucho, desgraciadamente, porque es una película digna, llena de humanismo, que nace de las entrañas, al mejor estilo del cine de Loach como Ladybird, Ladybird y Mi nombre es Joe, entre otras, donde se habla de trabajo, de su falta, de los problemas cotidianos de gentes sin nombre, gentes-nadie, gentes anónimas, invisibles, sombras de un sistema atroz, salvaje, aniquilador y lleno de terror e implacable con el más débil y necesitado. El bonaerense adoptado por Madrid, no solo ha hecho una película, sino también un documento sobre el “problema” de este país, ese problema que los medios solo hablan cuando hay muertos y mencionan sus números, cifras sin rostros, sin vidas y sin nada, Botto les da su importancia, sus vidas, sus rostros, sus cuerpos, su dolor, su amargura, sus ilusiones enterradas, esas vidas sin vida, esos recuerdos echados en los contenedores de algún vertedero olvidado.

En los márgenes es una película social, de las pocas que se hacen en España, y tanta falta hacen, para entender que ocurre y porque ocurre, y sobre todo, para que cuando pasen los años y miremos atrás, tengamos documentos y archivo de todo lo que nos pasa porque nos pasa, de donde viene toda esa miseria, todo esa pobreza, toda esa sociedad individualizada y competitiva, una sociedad que se ha olvidado de la vida y solo piensa en por y para el dinero, y olvida a las personas y sus necesidades. La película de Botto las coloca en el centro, para que todos las veamos frente a frente, a sus rostros, porque quizás un día, nosotros también seamos ellos, y como mencionaba Martin Niemöller, quizás cuando venga a por nosotros, ya sea demasiado tarde. Miren a su alrededor, porque quizás su vecino o ese amigo que habla poco, tiene el “problema”, y por miedo, por tristeza o por vergüenza se calla y no dice nada. Hemos de estar atentos porque esta sociedad es una aniquiladora de vidas y no tiene piedad con nadie. Hay que organizarse, compartir los problemas y el dolor, porque juntos somos más. Sean valientes, nunca dejen de luchar, codo con codo, y nunca pierdan la dignidad, como nos explicaba el personaje de Darín en Luna de Avellaneda, porque si la pierden, lo perdieron todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Desierto particular, de Aly Muritiba

LA MASCULINIDAD Y EL AMOR.

“La virilidad es un mito terrorista. Una presión social que obliga a los hombres a dar prueba sin cesar de una virilidad de la que nunca pueden estar seguros: toda vida de hombre está colocada “bajo el signo de la puja permanente”.

Georges Flaconnet y Nadine Lefaucheur (1975)

El relato arranca en la mirada y cuerpo de Daniel, del que sabremos que ha sido expulsado de su empleo como instructor de policía por agredir a uno de sus alumnos. Su vida se pierde atendiendo a su padre demente y teniendo una relación fría con su hermana pequeña. Su único aliciente en la vida es Sara, una mujer a la que no conoce personalmente, pero mantiene una relación online. Un día, agobiado por todo, deja Curitiba, en el sur de Brasil, y con su ranchera se lanza a hacer 3000 kilómetros para darle una sorpresa a Sara, que vive en Sobradinho, al noreste del país.

El director Aly Muritiba (Mairi, Bahía, Brasil, 1979), plantea en su tercera película en solitario, un guion que firman Henrique dos Santos y él mismo, a través de una historia de contrastes, de opuestos, ya desde su pareja protagonista, el mencionado Daniel, que vive al sur, en la fría y conservadora Curitiba, y frente, lo contrario, porque Sara vive en la noreste, cálida y libre Sobradinho. Una trama que parte de una búsqueda, de una forma de encontrar lo que somos de verdad, de nuestra forma de estar en el mundo y sobre todo, la manera de relacionarnos con los demás. También habla de transformación, de tránsito, de dejar quién parece ser que has de ser para ser quién de verdad eres, de dejar de tener miedo, de escucharte, de sentirse y dejar de autoengañarse. El cineasta brasileño no edulcora ni sentimentaliza su película, al contrario, la construye a partir de la verdad, de la intimidad de sus personajes, tejiendo con sumo cuidado un relato donde se indaga en lo social, en las dificultades exteriores e interiores de cada individuo, generando una empatía que va más allá de la apariencia, donde nos habla de un encuentro, un encuentro que cambiará las existencias oscuras y silenciosas de los dos protagonistas, que viven a su manera, en una cárcel social y propia.

Una estructura interesante en la que nos muestran la vida de Daniel, sus conflictos y sus amarguras, y tras veinte minutos, aparecen los títulos de crédito iniciales. Luego, pasamos a la vida de Sara, en la que la veremos en su cotidianidad, su trabajo, su vida con su abuela, y la relación de amistad con su amigo del alma, y su no vida de ocultación y de negarse ante una sociedad que lo rechaza y quiere “curarlo”, como le espeta el sacerdote de su iglesia. Finalmente, la película muestra este encuentro con sus desencuentros, una relación diferente, de autoconocimiento, de libertad, de dejar la oscuridad para abrazar la luz, a través del deseo y el amor, un amor inesperado, de cuerpos y piel, muy erótico, un amor que estaba esperando a materializarse por dos seres que se esperaban, sin saberlo, desde hacía mucho tiempo. La excelente cinematografía de Luis Armando Arteaga, del que hemos visto sus trabajos con Jayro Bustamante y en Las herederas (2018), de Marcelo Martinessi, donde los cuerpos y la piel están pegados a la cámara, sintiendo todo ese vacío, esa búsqueda y esa soledad que tanto acompaña a los protagonistas, que recuerda a la misma luz de Beau travail (1999), de Claire Denis.

La excelente música de Felipe Ayres, ejecutada a la perfección que no limita para acompañar en su periplo vital y de autoconocimiento a los protagonistas, sino que se esfuerza en explicar todo aquello que los diálogos no dicen pero está, con la inclusión del tema ochentero “Total Eclipse of the Heart·, de Bonnie Tyler, que acompaña dos momentos muy importantes de la cinta. El exquisito y magnífico montaje de una grande como Patricia Saramago, que ha trabajado ni más ni menos con dos tótems del cine portugués como Pedro Costa y Rita Azaevedo Gomes, y en Longa noite (2019), de Eloy Enciso, que condensa muy bien la información y la relación in crescendo de los dos personajes, en un metraje amplio que se va hasta los ciento veinticinco minutos. Desierto particular no solo funciona como un drama interior muy psicológico, sino que también realiza una concisión de los diferentes estratos sociales y las múltiples complejidades que hay ahora en un país como Brasil, con sus antagónicas formas de pensamiento y alejamiento en cuestiones humanas, sociales y culturales.

Una película basada tanto en el interior de unos personajes asfixiados por ellos mismos y sobre todo, por el conservadurismo y tradicionalidad de una sociedad arcaica en muchos sentidos, y más con la llegada del fascista Jair Bolsonaro a la presidencia del país desde 2019, donde la comunidad LGBTQIA+ se ha visto fuertemente atacada, vejada y asesinada, debía tener un par de excelentes intérpretes como Arntonio Saboia, al que hemos visto en películas tan interesantes como El lobo detrás de la puerta y Bacurau, entre otras, en la piel de Daniel, un rudo y malcarado policía, ahora expulsado, atrapado en esa masculinidad marcada por los estereotipos y prejuicios ancestrales, frente a la juventud de Pedro Fasanaro en la piel de Sara, el objeto de deseo de Daniel, el joven que debuta en el cine, marcándose un doble rol que eriza la piel, transmitiendo toda la naturalidad posible, metiéndose en un personaje que no está muy lejos de la oscuridad por la que atraviesa Daniel. Una pareja atípica en apariencia, pero que resultará que no están tan lejos, porque sus desiertos particulares están llenos de demasiadas cosas que hasta la fecha habían tristemente obviado y aún más, cosas que les hubieran sacada de su ostracismo y su tristeza. Viva el amor y sobre todo, el amor hacía uno mismo, sin miedo y sin cárceles. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bandido, de Luciano Juncos

BALADA TRISTE DEL CANTANTE.  

“Puedo darte mi soledad, mis tinieblas, el hambre de mi corazón; estoy tratando de sobornarte con la incertidumbre, el peligro y la derrota… El Otro, El Mismo”

Jorge Luis Borges

Nos encontramos en la ciudad de Córdoba, en Argentina, con Roberto Benítez “El Bandido”, un cantante de música popular que lo ha sido todo. Pero, en la actualidad, El Bandido se encuentra viejo y cansado, y sobre todo, agotado de la música y de sí mismo, completamente perdido, y así se lo hace saber a su manager, el intenso y materialista Antonio. Todo está preparado para comenzar su despedida, una despedida tranquila y sin traumas. Aunque, el destino tiene reservada a Roberto una sorpresa en forma de atraco, donde unos pandilleros le roban todo, y vete aquí, que encontrará a un cura que le ayuda y tropezará con Rubén, su antiguo acordeonista. En el barrio de la periferia donde viven estos, se tropezará con una realidad difícil, ya que la vecindad se halla en lucha contra una empresa que quiere instalarles una antena receptora de móviles en mitad de todo. Lo que parece un golpe más, se convertirá en una esperanza completamente inesperada.

Segundo largometraje de ficción de Luciano Juncos (Córdoba, Argentina, 1991), después de realizar La laguna (2013), un drama sobre la búsqueda de una laguna artificial que junta a un científico y a un guía lugareño. Le siguieron un par de documentales, Blackdali y Del Álamo al Molino, y ahora con la ayuda del guionista Renzo Felippa, con que el director coescribe Bandido, nos llega un relato crepuscular, que recuerda mucho a aquellos westerns de Peckinpah, donde pistoleros cansados y perdidos, emprendían su último servicio, aunque en la película, el director argentino le da una vuelta de tuerca a la atmósfera decadente y grisácea a partir del suceso del atraco, en ese instante, todo cambia para El Bandido, porque un aire fresco y vital inunda su vida, mezclada con el pasado y el recuerdo de los buenos momentos ahora olvidados. El barrio de las afueras, humilde y popular, le ofrece al protagonista aquello que ya no tiene, una vida cansada, solitaria y rodeado de su majestuosa casa residencial, porque en el barrio encuentra una vida que lucha unida, una vida compartida, una cooperativa vital, una esperanza en el que las cosas no son únicamente ganar dinero, sino que hay algo más, algo más humano y sensible.

Juncos lo cuenta de un modo sencillo, natural, sin nada de sentimentalismos ni trapicheos argumentales, siempre de frente, profundizando en sus personajes de carne y hueso, en tipos vulnerables y frágiles, que sufren, que se caen y no saben adónde ir. El cantante de éxito piensa en su retirada, separado, que recibe de su hija, una hija que está distanciada, y encima, tiene la relación más por interés que otra cosa, con su representante, un tipo que va a lo que va, a por el monís y nada más. Un reparto cercano y transparente, sobre todo, todos aquellos habitantes del barrio periférico, con ese Hernán Alvarellos como Rubén, el acordeonista reaparecido en la vida del cantante, la naturalidad de Vicky Ríos interpretando a Milagros, la hija del protagonista, el español Juan Manuel Lara, visto en mil películas, como las de Bollaín, Fesser y Albaladejo, entre otros, es el manager que va a por el negocio, con esa forma de ser tan cercana y a la vez, tan hipócrita, todo un personaje que el actor malagueño clava como es habitual en él.

Y finalmente, Osvaldo Laport, el actor uruguayo muy popular en la televisión argentina donde ha protagonizado numerosas telenovelas. En Bandido  con un registro muy diferente, más conciso y comedio, más hacia dentro, construyendo su personaje de manera soberbia, a través de la mirada y sus silencios, metiéndose en la piel envejecido y que nos abe lo que desea, solo dejar de cantar, porque ya no lo siente ni lo vive, en un momento existencialista de su vida. Un cantante que nos irá cayendo bien no por quién es, sino por la humanidad que destila cuando se encuentra con el problema en el que está involucrado su antiguo amigo de correrías musicales. Luciano Juncos ha construido una película que, en realidad, son dos películas, la del cantante cansado y perdido, que solo quiere retirarse y olvidarse de sí mismo, y la otra película, de corte social, en que el mismo cantante se reencuentra con lo que fue y con los que creció musicalmente y encuentra una forma diferente de seguir en la música. Una película que tiene mucho de balada triste, pero también, de alegría por esas pequeñas cosas de la vida, o quizás, no tan pequeñas, pero acostumbramos a olvidarnos de ellas, porque nos empecinamos en preocuparnos de otras, más llamativas, pero menos vitales. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La nube, de Just Philippot

LA AMENAZA INTERIOR.

“Toda historia no es otra cosa que una infinita catástrofe de la cual intentamos salir lo mejor posible”.

Italo Calvino

Erase una vez una madre soltera llamada Virginie, al cargo de dos hijos, Laura y Gaston, que vivía en su granja, y trabajaba incesantemente para hacer productiva su actividad de saltamontes comestibles. Pero, las cosas no le iban bien, nada bien, las deudas se acumulaban, y los precios de mercado no hacían viable la cría de saltamontes. Un día, todo cambiará, y por casualidad, encontrará el remedio que tanto ansiaba, la sangre hace reproducirse a los acrídidos mucho más rápido y su producción comienza a crecer considerablemente, y su negocio comienza a prosperar. Centrándose en su hilo argumental, La nube, un guión escrito por Jérôme Genevray y Franck Victor, es un retrato social sobre las dificultades de una mujer por sacar adelante su familia y su trabajo, también, nos habla de los cambios en la producción agrícola entre lo convencional y las nuevas formas ecológicas.

Si bien, la película añade el componente thriller y fantástico, cuando los saltamontes se reproducen bebiendo sangre, y sin darnos cuenta, la película se convierte en una oscura y terrorífica película de catástrofes. Aunque estos continuos saltos de género, se hacen desde la sutileza y la sobriedad, sin perder en ningún instante la textura y la intimidad con la que está contada la historia. La opera prima de Just Philippot (París, Francia, 1982), se desarrolla en el marco certero para este tipo de fábulas que hablan de nosotros y nuestra relación con la naturaleza, tiene mucho de ese tipo de cine donde lo social y lo fantástico se anudan de tal forma que coexisten por el bien del relato, como por ejemplo sucedía en Los pájaros, de Hitchcock, en Cuando ruge la marabunta, de Byron Haskin, Alien, de Ridley Scott o Take Shelter, de Jeff Nichols. Cine para explicarnos las devastadores acciones del ser humano en una naturaleza que se rebela en contra de la ambición desmedida o esas ansías de más y mejor de la naturaleza humana, sin prever las terribles consecuencias que generan.

Los pocos personajes también ayudan a cumplir esa máxima del cine, menos es más, y esa otra, la que dice que si todo puede ocurrir en un mismo escenario mucho mejor. Una madre agobiadísima por sus deudas, encuentra una especie de milagro para sus saltamontes, imbuida a esa locura que lentamente se le volverá en su contra. Frente a sus hijos, Laura, en plena adolescencia, rebelde y protestona con su madre, y Gaston, más pequeño, enamorado del fútbol. Dos hijos que crecerán muy rápido en un entorno difícil donde su madre cada vez está más obsesionado con su trabajo, convirtiéndose en una adicción, otro de los males modernos, y olvidándose de los suyos, como ocurre con su vecino y amigo Karim, un viticultor que ayuda a Virginie, una relación ambigua entre la amistad y algo más. La grandísima interpretación de Suliane Brahim dando vida a Virginie, en un proceso parecido al de Dr Jekill y Mr. Hide, que deberá afrontar las consecuencias de sus actos, y cuidar de su familia ante la amenaza que les acecha, bien acompañada por Sofian Khammes como Karim, el amigo, el posible amor y el confidente ante tanta penuria y oscuridad, y finalmente, Marie Narbonne es Laura, la hija rebelde, y Rapahel Romand es Gaston.

La cámara que se mueve con suavidad, siempre en movimiento y con esa cercanía que traspasa a los personajes con esa luz natural y la vez intensa, obra del cinematógrafo Romain Carcamade, y el ágil y rítmico montaje de Pierre Deschamps, ayudan a La nube a convertirnos a los espectadores en una pesadilla laberíntica de consecuencias irreversibles. Uno de los elementos más elaborados e inteligentes de la película son sus efectos digitales obra de una eminencia como Antoine Moulineau, unos efectos que recuerdan a los de las películas de Cronenberg, porque casan completamente con el relato, esos organismos que van mutando, aportando esa sensación de oscuridad y suciedad, con esa tormenta que se avecina, el mal que sobrevuela constantemente en el aire malsano que se va apoderando de la película. La nube tiene la textura y el aroma de fábula, de esas donde los animales nos están contando cosas de nosotros, y de nuestra idiosincrasia, y sobre todo, de nuestra forma de vivir y trabajar, de nuestro tratamiento en pos a la naturaleza y de todos los seres vivos que la habitan, porque como nos mencionaban en Frankenstein, de Mary Shelley, no hay más monstruo siniestro y violento que el que habita en nosotros, y alimenta nuestras pesadillas más reales. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un cuento de tres hermanas, de Emin Alper

EN UNA REMOTA ALDEA DE LAS MONTAÑAS…

“La felicidad no existe. Lo único que existe es el deseo de ser feliz”

Antón Chéjov

El plano subjetivo de un automóvil circulando por una empinada carretera, que lleva a una pequeña aldea encerrada entre montañas en la Anatolia Central, en los años ochenta, se convierte en la secuencia que abre la tercera película de Emin Alper (Ermenek, Karaman, Turquía, 1974), del que conocíamos Beyond the Hill (2012), también ambientada en la zona rural, en la que un granjero y su familia se ven amenazados por la llegada de unos nómadas, en Frenzy (2015), el thriller social era el foco de atención en un apocalíptico Estambul. En Un cuento de tres hermanas, se centra en el fenómeno del “Besleme”, una práctica muy usada entre las gentes necesitadas y señores, consistente en que los hijos son “adoptados”, dejando el pueblo y hacerse un provenir en las ciudades con familias acomodadas, a modo de trabajar a su servicio en el hogar y la familia. El cineasta turco nos habla de tres hermanas que por diferentes circunstancias han sido expulsadas de la ciudad, o sea del “paraíso”, y han vuelto al pueblo junto a su padre, ya que madre falleció. Reyhan, la mayor volvió embarazada, y el padre para remendar el honor, la casa con Veysel, un pobre diablo pastor con deseos de abandonar esa mísera existencia. Havva, la pequeña, vuelve en el coche del principio, ya que ha muerto su “madre” adoptiva, y más tarde, volverá Nurhan, la mediana, ya que el Sr. Necati ya no la quiere.

El relato se mueve entre el cuento de hadas y el realismo social, aunque también hay tiempo, poco, en que las tres hermanas comparten esos sueños de dejar la aldea y labrarse una vida digna en la ciudad, entre las tres jóvenes existe una rivalidad durísima para conseguir ser las elegidas en detrimento de las otras. Alper no ahonda en la terrible miseria en la viven estas gentes, y en concreto, la familia, sino que a través de sus relaciones personales y la frustración que hay en cada uno de sus actos, damos buena cuenta en la opresión y aislamiento, tanto físico como emocional, en el que existen. Y no menos, indicar el aberrante patriarcado que existe en el lugar, donde las cuestiones las deciden los hombres, y las mujeres están para servir, obedecer y callar. Con la llegada del Sr. Necati, que trae de vuelta a Nurhan, la película se desata narrativamente, en la que se destaparán muchas verdades que arrecian en las circunstancias que han obligado a expulsar a las hermanas, dejando clara la tremenda servidumbre de estas personas ante Necati, esa especie de amo y señor de sus vidas.

El director turco se aleja del manido recurso de buenos y malos, en su película no hay nada de eso, solo personas que muestran varios rostros, que se benefician o aceptan una posición que les perjudica o les favorece, según la situación, unos seres humanos y complejos que muestran sensibilidad y vulnerabilidad, solamente seres humanos que viven bajo unas condiciones difíciles y que intentan lo imposible para salir de ella, aunque sea implorar al señor que les pude sacar de esa miseria moral y física. Las relaciones personales de la película son durísimas y ásperas, hay poco aliento para la esperanza o la compasión, si bien vemos alguna, pero la tónica general es la dureza y las miradas rotas y que atacan. La película también funciona como reflejo realista y fiel de unas condiciones de vida rurales llenas de dificultades, ya no solo atmosféricas, como los días helados, o esa incesante nieve que los aísla en invierno, sino las sociales, con las pocas posibilidades de trabajo, o pastoreo o sacar algo de la mina derrumbada, vislumbran un provenir muy oscuro y triste para los habitantes del lugar, como en el revelador instante, cuando Nurhan se detiene en mitad de la noche, y pasan frente a ella, por el camino, unos que vienen apesadumbrados por no sacar nada de la mina.

Alper ha construido una película a fuego lento, ejecutado a través de las miradas, los gestos y los cuerpos de sus tres protagonistas, auténticas almas de esta película sencilla y honesta, pero muy gran en su aparato emocional, tres mujeres a las que dan vida tres actrices dotadas para la interpretación, como son Cemre Ebüzziya como Reyhan, Ece Yüksel como Nurhan y finalmente, Helín Kandemir como Havva, tres seres que evidencian toda el marco opresivo y complejo en el que viven. Un retrato honesto y sensible, con esa carga humanista de los Rossellini o Kiarostami, con un entorno que moldea el carácter interno de sus habitantes, que va del documento social, casi etnográfico, como los que planteaba Rouch, o el universo del Delibes de «Los santos inocentes», algo del realismo poético, con esos sueños que muestran una vida interior rica que manejan las tres hermanas, y el drama familiar, con ecos del drama de Chéjov, con esas tres hermanas, que después de muchos años sin contacto, se conocerán y entenderán muchas cosas que las separan y sobre todo, las que las unen, víctimas de su condición femenina, por un lado, en un mundo que dirigen los hombres, y sobre todo, de la miseria en la que viven. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Zombi Child, de Bertrand Bonello

DE ENTRE LOS MUERTOS.

“Escucha, mundo blanco, los gritos de los difuntos. Escucha mi voz zombi honrando a los muertos”

René Depestre

Los universos que construye en sus películas el cineasta Bertrand Bonello (Niza, Francia, 1968), son particularmente especiales, porque podemos encontrar elementos físicos pegados a la realidad más cotidiana e inmediata, pero también, otro tipo de elementos, más irreales y fantásticos, productos de la emocionalidad de sus personajes, creando así unos universos particularmente fascinantes, hipnóticos e inquietantes, donde cualquier objeto o detalle se convierte en algo simbólico e importante, y va mucho más allá de la mera descripción, adentrándose en otros campos donde se puede hacer una relectura de la situación política, social, económica y cultural de nuestro tiempo. Desde su primera aproximación a las consecuencias del amor en su opera prima allá por 1998 en Quelque chose d’organique, pasando por sus reflexiones acerca de la vida y su oficio el cine en las interesantes Le pronographe (2001), o en De la guerre (2008), o en los conflictos de identidad y emocionales que sufría la trans de Tiresia (2003), o el mundo sucio, triste y desolador que padecían las prostitutas de L’Apollonide (2011), o los festivos y perversos años mozos del diseñador en Saint Laurent (2016), o su mirada transgresora y personal al terrorismo a través de Nocturama (2016).

El realizador francés siempre ha sentido el relato como una sucesión de personajes, espacios, elementos y objetos a los que hay que acoplar a su mirada personal y profunda, donde la imagen y su luz sean las que cuenten su historia, manteniendo una atmósfera extraña, perversa y cotidiana, por el que se mueven unos personajes complejos y perdidos, que deben encontrar, o al menos intentarlo, su forma de compartir ese mundo y a lo que le rodea. Zombi Child era inevitable en la filmografía de Bonello, porque con ella rompe muchas etapas de su carrera, empezando por su vuelta al cine de género, que tanto le fascina, la segunda, la forma de producción, una película sencilla, filmada en apenas cuatro semanas, sin utilizar apenas luz artificial, con intérpretes desconocidos, como la anterior Nocturama, y rodeado de un equipo mínimo, y rodando en la difícil Haití. Quiere Bonello devolver el “muerto viviente” a su estado natural, volviendo a sus raíces, a Haití, al vudú, a sus ancestros, y empieza desde el término, quitándole a la palabra la “e”, y dejando la inicial de zombi, luego, reelaborando un fascinante e intimista relato que arranca en el Tahití de 1962, donde los muertos son devueltos a la vida para esclavizarlos recogiendo caña, mezclado con el París actual, en el interior de un internado para niñas de la Legión de Honor, fundado por Napoleón allá por principios del XIX, cuando Haití se independizó.

Dos historias, dos relatos, contados en paralelo, que mucho tienen que ver, porque en el haitiano nos cuentan la peripecia real de un hombre convertido en zombi para el trabajo forzado, y su proceso de liberación. Mientras en el internado, conocemos a Mélissa, nieta del haitiano zombi, el legado de su ancestro y la relación de ésta con Fanny, su mejor amiga y la pequeña hermandad literaria y musical que comparten. Las dos miradas, el exterior, con las plantaciones de Haití, con el interno, del colegio francés, confluirán en una sola, cuando Fanny, despechada por amor, accederá a la magia negra o vudú, para desquitarse de lo que ella llama su posesión, algo parecido a lo que experimentaban los personajes de Olvídate de mí. Bonello mezcla de manera hipnótica y onírica las dos narraciones, fusionándolas en una sola, con continuos saltos en el tiempo de forma fluida y concisa, consiguiendo atraparnos con lo más cercano, devolviéndonos el universo ancestral y real del mundo, releyendo el género y olvidándose de la desmesura en la que lleva instalado las últimas décadas, llevándonos de la mano por este paisaje ensoñador, devastador y solitario, en el que podemos leer la situación social y política de la Francia, ya no solo actual, de su historia, como nos dejará claro el maravilloso instante con el historiador Patrick Boucheron, como profesor, explicando a sus alumnas la revolución francesa, el liberalismo del XIX, el engaño de la libertad camuflada en valores tradicionales y materiales.

La película incide en el quid de la cuestión de nuestra sociedad, y no es otra que, la posición en la que se cuenta el pasado, la de una historia ajena como la de Haití, también, hay espacio para reflexionar sobre las barbaridades del colonialismo, el respeto a la vida y cultura diferentes, los falsos valores tradicionales y patriotas en los que se asienta y promulga  un país como Francia, como dejan clara las secuencias del internado, en especial, la de la directora. Bonello reivindica el universo zombi desde otra perspectiva, más honesta, sencilla, íntima y bellísima, citando las palabras que escuchamos en la película sobre Balzac refiriéndose a su El padre Goriot: “Esto no es una obra de ficción ni una novela. Todo es verdad”. La misma verdad o realidad es el que busca el director francés, mostrándonos el fascinante universo zombi, sus peligros en manos de los explotadores o despechados de siempre, capturando la misma mirada sincera y poética que hacía Tourneur en la imperdible Yo anduve con un zombie, releyéndola como Romero hizo con sus zombies particulares, elevando el género de terror como hicieron los Ferrara, Jordan o Jarmusch con los vampiros.

La extraordinaria, sofisticada y abrumadora luz natural de un grande como Yves Cape (colaborador de gente tan importante como Carax, Dumont o Denis, entre otros), y el excelso y sobrio montaje de Anita Roth (responsable de la película 120 pulsaciones por minuto), y la música, que vuelve a correr, como en sus anteriores trabajos, a cargo del propio Bonello, contando con otro elemento primordial en la película, la extraordinaria pareja protagonista que dan vida a las adolescentes Fanny y Mélissa, con la calidez y la naturalidad de Louise Labéque y Wislanda Louimat, respectivamente, bien acompañadas del elenco haitiano, que consiguen formar unos roles auténticos, cercanos y fascinantes, envolviéndonos en el magnífico universo que plantea Bonello, con su particular mirada y profundidad en sus elementos, construyendo un hermosísimo cuento sobre zombis, mostrando de dónde venimos, dónde estamos y hacía no sé sabe dónde nos encaminamos, porque lo que deja evidente la película, es que el mundo suele olvidar demasiado pronto su pasado y constantemente lo traiciona, lo repite y lo falsea a su conveniencia actual. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El Colapso, de Jérémy Bernard, Guillaume Desjardins y Bastien Ughetto

CUANDO TODO SE ACABE.

“Nadie quiere ofreceros nada que pueda correr el riesgo de no gustaros. Así se mata la innovación, la originalidad, la creatividad, la rebelión. Todo el resto es una consecuencia de lo anterior. Nuestras existencias clonadas… Nuestro sonámbulo embobamiento… El aislamiento de las personas… La fealdad universal anestesiada… No, no se trata de una reunión cualquiera. Es el fin del mundo en marcha. No se puede obedecer y transformar el mundo al mismo tiempo. Un día, en las escuelas se estudiará de qué modo la democracia se autodestruyó”

Frédéric Beigbeder

Acabada la Segunda Guerra Mundial empezó otra guerra, la Guerra Fría, una guerra no declarada oficialmente que mantenían la URSS contra EE.UU. por el dominio del orden social, económico y político. Cualquier país en guerra era motivo de disputa entre las dos grandes potencias, la carrera espacial o la guerra nuclear. Toda esa locura apocalíptica fue retratada por el cine en películas como El enigma de otro mundo (1951), Ultimátum a la tierra (1951), La guerra de los mundos (1953), La humanidad en peligro (1954), La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), películas que no solo retratan un período paranoico, sino que a día de hoy, estas películas siguen describiéndonos como especie humana y dan buena cuenta de nuestro comportamiento ante el horror del fin.

En la actualidad, hay corrientes y pensamientos alternativos a nuestra forma de sociedad, un consumo devorador que está acabando con todos los recuerdos habidos y por haber de nuestro planeta. La colapsología es uno de esos movimientos que prevé el colapso de nuestra sociedad debido a la conjunción de diversos factores medioambientales, sanitarios, energéticos, políticos y económicos. Jérémy Bernard, Guillaume Desjardins y Bastien Ughetto son tres amigos que se conocieron estudiando en la Escuela Internacional de Cine y TV de París (EICAR) y crearon Les Parasites, un colectivo de guerrilla, compromiso y militante que, hacen cortos y películas que han tenido un éxito arrollador en Francia a través de su canal de Youtube. Su primer trabajo televisivo es El Colpaso, una serie de 8 episodios de unos 20 minutos de duración cada uno, donde retratan a través de ocho espacios diferentes: un supermercado, una gasolinera, un aeródromo, una aldea, una central térmica, una residencia de ancianos, una isla y un plató de televisión.

Ocho lugares muy diferentes entre sí, ocho instantes, que retratan ocho situaciones en tiempo real, y a través de enérgicos e intensos planos secuencias, en la que el fuera de campo funciona de manera extraordinaria, porque asistimos a secuencias muy corales donde la acción se desarrolla en varios puntos a la vez y con graves consecuencias, si exceptuamos un episodio que nos pone en la situación de una mujer sola en un barco, todas las demás intervienen varios personajes, y en todas ellas escenifican las situaciones que se vivirían si la económica colapsase y todo se derrumbará en cuestión de días. Cada episodio nos habla de las consecuencias de ese desplome social, económico y político marcando el tiempo, en que van aumentando los días en esa situación de apocalipsis. Cada segmento está desarrollado en un in crescendo a nivel humano, a partir de una situación social y humana que va derivando en una tensión psicológica de órdago, donde el comportamiento humano actúa de modo salvaje y violento, en una idea de “sálvese quien pueda”, donde salen a relucir los instintos más oscuros de la condición humana.

Cada episodio está protagonizado por diferentes intérpretes, algunos se les cita o vuelven a salir más adelante en otras situaciones que se van encontrando, un plantel que vive situaciones límite, en las que deberán luchar por sus vidas, y luchar por el alimento, el combustible o los suyos, un gran reparto que encabeza Lubna Azabal, Philippe Rebbot, Audrey Fleurot, Samir Guesmi, Thibaut de Montalembert, Bellamine Abdelmalek, Michaël Abiteboul y Marie Bouvet, entre otros. Los tres creadores y directores han logrado un relato de una fuerza dramática y humana sobrecogedora y extraordinaria, donde cuentan situaciones febriles, angustiosas y terribles, donde el tiempo va a contrarreloj, un tiempo que se agota, que va contra ellos, contra esa idea de seguir manteniendo lo que ya está derrotado y arrasado, donde emergen personas, pocas, que se niegan a la evidencia y resisten como pueden, aunque sea sus últimos días, donde como no podía ser de otra manera, hasta en el fin del mundo, hay clases y los privilegiados siguen teniendo los mejores recursos y posibilidades de subsistir.

Una serie que recoge el aroma de interesantes y profundos thrillers de las últimas décadas como 28 días después, Hijos de los hombres o Snowpiercer, ente otras, que al igual que hace El colapso, reivindica que aunque llegase el fin del mundo, la especie humana se comportaría como ha sido educada, unos, se agruparían, y otros, la mayoría, actuaría como un animal salvaje y violento. La serie se mueve dentro de un marco de entretener, pero dentro de una mirada crítica hacia nuestro alrededor, lanzando muchos mensajes para reflexionar y meditar sobre el mundo en que vivimos, donde nos lleva toda esta locura existencial hacia ninguna parte y alejándonos de nuestra idiosincrasia por querer almacenar posesiones materiales y sobre todo, por seguir trabajando por una economía devastadora y finita. Los tres cineastas saben situarnos en el fondo de la cuestión, la actitud humana de supervivencia, y la idea de que en situaciones de peligro o miedo, el humano siempre actúa de forma egoísta, competitivo y cruel, un reflejo de la sociedad actual en la que vivimos, una sociedad que quizás ya ha colapsado en un nivel humano y empático, y funcionamos como máquinas robotizadas que obedecemos nuestras existencias creyéndonos que las dirigen nuestras voluntades. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Under the Skin, de Jonathan Glazer

LA MUJER QUE CAYÓ A LA TIERRA.

“Lo importante no es mantenerse vivo sino mantenerse humano”

George Orwell

Tanto el monstruo de Frankenstein, que tuvo su representación moderna en la figura del replicante Nexus 6 de Blade Runner, mostraban más humanidad que los seres humanos propiamente dichos, sus formas de ver su alrededor, sus reflexiones sobre lo efímero de la existencia y sobre todo, la futilidad de nuestras vidas, quedaban reflejado en ambos relatos, y en el caso del replicante, en el recordado y maravilloso discurso final de la película. Under the Skin, tercer trabajo de Jonathan Glazer (Londres, Reino Unido, 1965), recoge muchos de los pensamientos de observar al extraño, al que viene del espacio, para mirar al otro, en este caso a la humanidad, con todo lo que eso conlleva, observar al humano mediante un ser del espacio, un ser de otro planeta. Tarea compleja que requiere un planteamiento sobrio e intenso como planteaba el director británico, aunque sigue su línea narrativa que ya había dejado patente en sus obras anteriores, desde sus inteligentes anuncios, sus elaboradas piezas, tanto de ficción como videos musicales para nombres tan ilustres como Massive Attack, Blur, Radiohead o Jamiroquai, y sus dos largometrajes, en Sexy Beast (2000), imponía el noir para hablarnos de pasados turbios y redención, en Birth (2004), convocaba una extraña fábula sobre la reencarnación y en las creencias de lo invisible.

En Under the Skin, basada en la novela homónima de Michel Faber, a partir de un guión escrito por Walter Campbell y el propio Glazer, se reúne con sus colaboradores más cómplices como Dan Landin en la cinematografía, Paul Watts en el montaje y Mica Levy con una música brutal y extraordinariamente sensorial y corpórea (autor que compuso la magnífica banda sonora de la reciente Monos, de Alejandro Lanes, entre otras). Glazer sigue a una mujer que acaba de aterrizar en la tierra, en la piel de una sólida, cálida y sugerente Scarlett Johansson, que a bordo de una furgoneta va encandilando a hombres solitarios y confiados para alimentar a una especie de reina-madre que los va engullendo. La mujer va experimentando el mundo, sus habitantes y todos los elementos que lo componen, moviéndose por la Escocia urbana y rural, relacionándose con hombres y descubriendo sus vidas, hábitos y traumas. El director londinense compone un hermosísimo cuento, social, inquietante y por momentos, terrorífico, sobre la humanidad y nuestro comportamiento, mirados desde la profundidad, mostrando actitudes humanas o propias del ser humano, que poco o nada tienen que ver con la humanidad, el reflejo y la empatía con el otro, aunque ellos, los humanos, desconozcan que se trate de un ser venido de otro planeta.

El relato está bañado de una sobriedad y quietud deslumbrantes, con esa luz tenue y lúgubre, en muchos momentos, nocturnas o nubladas, que imponen esa idea de oscuridad que existe en el interior y comportamiento de los personajes. La mujer los observa e interactúa con ellos, cada vez sumergiéndose más en esa experimentación que la va atrayendo como un imán, descubriendo sus actitudes y comportamientos de los humanos hacia ella, y experimentando con el amor y el sexo, poniéndolos a prueba y sobre todo, poniéndose a prueba ella, en la que constantemente el relato nos interpela  a nosotros, a nuestras reacciones y reflexiones a través de las imágenes de la película. Si hay una película con la guarda asombroso paralelismo Under the Skin es con la película El hombre que cayó en la tierra (1976), de Nicolas Roeg, protagonizada por David Bowie, quizás el extraterrestre más humano en apariencia, aunque el tono de ambas difiera considerable, pero en el fondo, se imponen una misma mirada crítica y desoladora del comportamiento de los humanos hacia el otro, el diferente, el extraño, al que consideran invasor y violento, solo por el mero hecho de no ser como ellos.

Glazer ha contado con la maravillosa presencia de Scarlett Johansson en quizás el personaje más importante de su carrera hasta la fecha, componiendo a través de la sobriedad y la intuición un rol enigmático y complejo, lleno de matices, que va de la oscuridad a la luz, o podríamos decir, que a su modo va experimentando de un modo emocional su relación con el otro y las consecuencias que eso conlleva. Una penetrante y magnífica fábula que se erige como un imponente relato absorbente, enigmático y magnético, que nos sumerge en su universo particular, extraño y oscuro, una obra dentro de muchas otras, porque por momentos estamos enfrascados en una obra de cinecia-ficción con resonancias psicológicas y filosóficas, una de terror clásica, con el estilo de las películas de serie B de los treinta, cuarenta o cincuenta, y en otros, asistimos a una especie de experimento social, para estudiar los comportamientos humanos, sus deseos, miedos e inseguridades, y en otras, en un thriller con psicópata incluido, quizás la propuesta de Glazer es todas esas historias, y otras que no somos capaces de ver, o tal vez intuimos y sabemos que existen en los pliegues de todo aquello que anida en nuestro interior y apenas se deja ver, lo que ocultamos y guardamos celosos en lo más profundo de nuestra alma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los profesores de Saint-Denis, de Gran Corps Malade y Mehdi Idir

EN UN INSTITUTO DE LOS SUBURBIOS…

“La clave de la educación no es enseñar, es despertar”

Ernest Renan

Si hay una cinematografía que más se ha interesado por la educación esa no es otra que la francesa, que desde los inicios del cine despachó la inolvidable Cero en conducta (1933), de Jean Vigo, arrancando así una serie de películas a lo largo de la historia del cine que se han propuesto ahondar en la educación desde múltiples miradas, profundizando en las diferentes herramientas educativas, su contexto social, y sobre todo, su valor humano, social y didáctico. Nos vienen a la memoria excelentes películas como Los 400 golpes (1959) o La piel dura (1976), ambas de Truffaut, y ya despidiendo el siglo XX, la extraordinaria Hoy empieza todo (1999), de Bertrand Tavernier, que se sumergía en las dificultades sociales de los jovencísimos estudiantes de una escuela infantil de un barrio suburbial. Partiendo de esa temática, donde se estudiaban las tremendas dificultades de la educación a estudiantes en situaciones de exclusión, y en la adolescencia, surgirían monumentos educativos como La clase (2008), de Laurent Cantet, y las más recientes, A viva voz (2017), de Ladj Ly (director de la imprescindible Los miserables, sobre los problemas suburbiales entre niños y policías) y Stéphane de Freitas, centrada en el concurso sobre el discurso para estudiantes de los barrios más deprimidos, Primeras soledades (2018), de Claire Simon, que exploraba las difíciles relaciones familiares de unos estudiantes de la periferia.

Los profesores de Saint-Denis (basada en la sexperiencias personales de Mehdi Idir) se mueve por los mismos lares de estas últimas, centrada en un curso escolar de uno de los institutos de los suburbios, desde el punto de vista de la nueva inspectora de estudios en relación con Yanis, uno de los estudiantes traviesos con los debe de lidiar en su trabajo. Gran Corps Malade, alias de Fabien Marsaud (Seien-Saint-Denis,Francia, 1977) y Mehdi Idir (Saint-Denis, Francia, 1979) vuelven a trabajar juntos después de Patients (2016) en la abordaban la recuperación física y emocional de un adolescente después de un terrible accidente, basada en las experiencias personales de uno de los directores. En Los profesores de Saint-Denis, esculpen a fuego lento y de forma incisiva la situación actual de la educación en Francia, y más concretamente, en uno barrio deprimido de las afueras de París, sumergiéndonos en los aspectos profesionales y personales tanto de la inspectora, con un novio en la cárcel, y los diferentes problemas cotidianos que van surgiendo en el instituto, centrándose en la figura de Yanis, uno de los estudiantes, de conducta desviada, que debate constantemente en la utilidad de las clases con sus profesores, con padre en prisión y dificultades en casa.

Los directores demuestran un trabajo sensible y bien estructurado en su segundo trabajo, volviendo a los temas humanos y sociales que ya tocaron en su opera prima, imponiendo un ritmo ágil e muy íntimo, acercándose a ese día a día de forma inteligente y audaz, sin ser condescendientes ni nada sentimentalistas, sino colocándose en la misma altura de los diferentes problemas y aspectos entre docentes y alumnos, describiendo de manera sencilla y cercana todo aquello que los une y separa, con la mirada de esa inspectora que acaba de llegar en contraposición con Messaoud, el profe de mates enrollado y respectado por los alumnos, que lleva cinco años trabajando en el instituto, haciendo suya esa reflexión que define el espíritu de la película: El contexto es más fuerte que nosotros, añadiendo la pregunta, ¿Ahora qué hacemos, nos damos por vencidos?, viendo y reflexionando sobre las diferentes posiciones que adoptan unos profesores y otros, como el docente antipático que choca constantemente con la rebeldía de los alumnos.

Grand corps Malade y Mehdi Idir han construido una película de nuestro tiempo, profundizando en los diferentes aspectos educativos, en su cotidianidad, en la relación con los alumnos, tanto en el ámbito académico como el personal y social, donde el instituto como el hogar se intercambian, en que los problemas que se suceden, tanto en un lugar como en otro, transitan por los mismos derroteros, como un reflejo indisociable que se retroalimentan constantemente. Una magnífica e inteligente película con ese aroma de documentar lo que está pasando en el instante, en el aborda la importancia de la educación, sus procesos, su naturaleza, y sobre todo, el aspecto humano y social en relación a los alumnos y sus contextos sociales y económicos. Un brillante reparto encabezado por la inconmensurable Zita Hanrot (que habíamos visto en Éden, de Mia Hansen-Love, o en Fátima, de Philippe Fancon, donde se alzó con el César revelación del 2015) compone el personaje de la inspectora de estudios con sensibilidad y dureza, con esa maravillosa actitud de ayudar a los alumnos y con ese momentazo en la cárcel.

Acompañada por la agradable presencia de Soufiane Guerrab (que ya estuvo en Patients) dando vida a Messaoud, el profe que alimenta el espíritu de los alumnos y conoce todas las dificultades por las que atraviesan, un personaje que actúa como contrapunto experiencial de Samia. Y por último, el ramillete de los alumnos, interpretados por actores no profesionales, en su mayoría habitantes del barrio de Francs-Moisins, donde se rodó la película (instituto donde acudió Mehdi Idir en su época de estudiante) que ofrecen una verosimilitud, intuición y naturalidad maravillosa que casa con el espíritu de la película, en que sobresale la astucia y composición de Liam Pierron dando vida al problemático, peor noble Yanis, la figura en la que asienta una película social, humanista y veraz, que se mueve entre el humor y la gravedad de los asuntos que trata, dotándola de ese sentido cercano, cotidiano y fiero que tanto demanda una película que aborda con inteligencia y sencillez problemas complejos y profundos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA