Border, de Ali Abbasi

LA HUMANIDAD DEL MONSTRUO.

Había una vez una mujer llamada Tina que trabajaba como agente de aduanas y poseía un gran olfato que le permitía oler la culpa de los demás. Un día, se encuentra con Vore, un tipo de aspecto monstruoso como ella, que oculta algo, pero Tina, no logra adivinar. Además, Tina se siente fuertemente atraído por el misterioso personaje. La segunda película de Ali Abbasi (Teherán, Irán, 1981) vuelve a estar enmarcada por los mismos derroteros que su opera prima Shelley (2016) en la que alrededor de un bosque, una pareja que no podía tener hijos, contrata un vientre de alquiler que tendrá consecuencias terribles. Con la apariencia de fábula, en un espacio natural, apartado de todo, vuelve a contarnos el relato de una pareja triste, una pareja sin sexo. Él, un apasionado de las competiciones caninas, vago y aburrido. Ella, Tina, con su quehacer diario en el trabajo, sus largos paseos en el bosque y las visitas al geriátrico donde está su padre. Todo cambiará con la aparición de Vore, con una apariencia física parecida a la de Tina, alguien que repele a Tina, pero a la vez seduce y engancha, y la hará descubrir secretos ocultos de su pasado, una nueva ilusión, su verdadera identidad, y también, el otro lado del espejo, una malévola actividad que realiza Vore y que intentará arrastrar a Tina con él.

Abbasi disfraza su relato de película fantástica, en la que casan de maravilla la parte social con lo terrorífico, para hablarnos de la soledad, la tristeza, el ser diferente, las capacidades naturales, sentirse de otro mundo, la maternidad, la falta de amor, el lado oscuro de la condición humana, y demás temas que nacieron de la novela homónima del escritor sueco John Ajvide Lindqvist, coautor del guión junto al director e Isabella Eklöff. Autor entre otras, de la novela Déjame entrar, que fue adaptada al cine por el director Tomas Alfredson, en la que a través del vampirismo, nos contaban una historia sobre acoso escolar, soledad en la infancia y el deseo de escapar. Muchos de estos temas vuelven a tocarse en Border, título que alude a esa frontera en la que se encuentra Tina en relación a Vore, un ser extraño, repelente y singular, que le cambiará toda su existencia, para bien y para mal, sin medias tintas, que descubrirá placeres como el sexo y la felicidad, y también, tormentos, como la monstruosidad de los seres humanos o no, y las consecuencias de unos actos deleznables.

Abbasi realiza una película de género, sin ser de ningún género en concreto, porque la mezcla es brutal, hay secuencias de cine social que dejan paso a otras más de terror, de puro fantástico, e incluso esa parte thriller de investigación, donde los personajes de un medio u otro, se mezclan, se confunden e interactúan, en cierta manera, estamos ante un cuento fantástico donde humanos y monstruos conviven, se relacionan y viven de manera natural, aunque sin ocultar sus grandes diferencias y secretos, en que la naturaleza se convierte en paradigma de la libertad y la felicidad, pero también, de lo más terrible, donde se ocultan grandes maldades, en que la línea que separa el bien del mal es tan fina que es imposible reconocer, donde seres de diferentes mundos y condición, se mezclan de tal manera que es imposible definirlos, y saber de qué materia están hechos, de qué color es su alma, y cuáles son sus ilusiones y anhelos.

Eva Melander como Tina y Eero Milonoff como Vore son los dos magníficos intérpretes que dan vida a estos seres fantásticos, estos trols, bajo un espectacular maquillaje, en una composición que opta más por las miradas y los gestos que por las palabras, donde los hechos prevalecen al verbo, donde sus acciones describirán sus interiores y aquello que sienten, en una película que recuerda a esas fábulas donde monstruos y humanos convivían y se mezclaban, con una apariencia física que aterra, pero que también atrae, como le sucede al personaje de Tina con Vore, esa frontera, ese muro emocional que deberá franquear o no, en el que se sentirá especial y rota por dentro, en el que descubrirá lo mejor y lo mejor de la condición humana, el alma que se esconde y oculta agazapada en su interior, en un viaje emocional hacia lo más bello y lo más oscuro del alma, en el que la magia y la realidad que Abbasi envuelve toda su película, consiguiendo momentos realmente poéticos y sobrecogedores, como las secuencias sexuales entre los dos trols, que esconden toda la belleza y lo grotesco en un mismo acto, o el tempo narrativo que hace gala la cinta, en la que de forma pausada y detallista nos mueven de un lugar a otro, de una mirada a otra, de un carácter a otro, de un espacio a otro, de forma natural y poética, dejando que el espectador se sumerja en un mundo diferente, salvaje, humanista, y lleno de sensaciones bellas, oscuras y contradictorias, donde la vida y nuestros sentidos palpitan y estallan, a veces de felicidad, y otras de terror.

Un asunto de familia, de Hirokazu Koreeda

LOS VÍNCULOS DE LA FAMILIA SHIBATA.

Si tuviéramos que destacar algún elemento que sobresale de manera evidente y definitoria en la cinematografía de Hirokazu Koreeda (Tokio, Japón, 1962) no albergaríamos ningún tipo de duda en que ese rasgo que aglutina todo su sentir es la intimidad, y sobre todo, la intimidad en la familia. Los tejidos familiares convergen en el cine de Koreeda de manera evidente, explorando desde lo más profundo aquellos lazos existentes o no, y las relaciones humanas que pivotan en la intimidad del hogar a través del hecho en cuestión. El cineasta japonés nos habla de su país, de su sociedad y entorno, pero no lo hace desde lo público, sino desde puertas adentro, posando su mirada en los de abajo, en los invisibles, en los desahuciados de la sociedad moderna, aquellos desplazados que no encuentran su lugar, en aquellos que diariamente se levantan para labrarse una vida, una vida llena de obstáculos y lagunas secas, aunque con ese espíritu combativo, firme y sobre todo, familiar. Donde todos los componentes de la familia son uno. Todos reman en la misma dirección, todos se alimentan de su espíritu y del otro, todos saben que necesitan para que todos sigan hacia adelante.

La memoria, la muerte y asumir la pérdida siguen latiendo en su cine, donde Koreeda se acerca a estos elementos desde el respecto y la honestidad, en el que se sumerge en las relaciones humanas desde una sensibilidad y delicadeza sublime, investigando todos los puntos de vista de los personajes implicados, indagando en sus razones, ya sean físicas o emocionales, colocando a sus criaturas en situaciones adversas y desapacibles, en las que deberán lidiar con los otros, y con ellos mismos. En su decimotercer largo de ficción, Koreeda vuelve a los temas más sociales y personales de su filmografía, focalizando sus temas en una familia humilde y sencilla, que moran en una de esas casas minúsculas que abarrotan la periferia de las grandes ciudades, en Un asunto de familia, conoceremos a Osamu, la cabeza de la familia, que se gana la vida con pequeños hurtos y lo que va saliendo, a su lado, Nobuyo, su mujer entregada que trabaja en una fábrica de la que amenazan despidos, con ellos la abuela Hatsue, que vive de su pensión, que en muchas ocasiones, acaba significando el sustento familiar, también, tenemos a Aki, la hermana de Nobuyo, que se gana la vida como chica de compañía, vendiendo su cuerpo y cariño, y finalmente, Shota, el pequeño de la casa, que ha iniciado el proceso de dejar la infancia para convertirse en un adolescente.

La aparente cotidianidad de la familia y sus quehaceres diarios, se verá interrumpida con la aparición de Yuri, la niña de los vecinos, que anda desamparada por la calle, Osamu decide integrarla en la familia como una más. A partir de ese instante, Koreeda comienza a tejer el verdadero germen de su idea, en la que los conflictos cotidianos familiares y los diferentes caracteres de todos ellos van generando esos conflictos que nos describirán no sólo sus relaciones personales e íntimas, sino mucho del Japón actual con las relaciones familiares como epicentro, en el que cada vez aumentan los casos de abandono familiar, tanto de niños como abuelos, en el que la vorágine social está creando familias muy desestructuradas, donde el afán por lo material ha arrinconado a las relaciones emocionales, y sobre todo, ha roto los vínculos familiares, donde los más necesitados de cariño y compañía, devienen los seres más molestos que hay que dejar de lado, e incluso echar de casa.

Koreeda huye de cualquier tesis social o económica, y de los aspavientos sentimentales y cosas por el estilo. Su cine es sencillo y honesto, nos sumerge con detalles y gestos en la centro de la familia, a partir de miradas y situaciones muy cotidianas, donde la intimidad se apodera del relato, en el que no hay espacio para los grandes discursos ni los diálogos grandilocuentes, la denuncia social se hace desde lo más íntimo, desde lo invisible, desde las relaciones humanas, desde el detalle a lo más pequeño, dejando las conclusiones y demás reflexiones a los espectadores, a los que sitúa de forma compleja y sincera, desde todos los puntos de vista posibles, sin juzgar a sus personajes, y mucho menos adoptando una mirada condescendiente, Koreeda cuenta su verdad, que bien se asemeja a la situación social de su país, una verdad de aquellos fantasmas que nadie sabe en qué condiciones viven y sienten. Un asunto de familia guarda muchos lazos en común con otra de sus celebradas películas Nadie sabe (2004) en el que una madre descerebrada abandona a su suerte a sus cuatro pequeños, y estos, sobrevivían como podían en un piso sin más consuelo que el de ellos mismos.

El cineasta japonés hace cine social muy potente, creíble y bello en su factura y narración, donde la forma evidencia la fealdad de una sociedad miserable en declive y completamente deshumanizada. Un cine que evidencia la soledad de las ciudades, de la modernidad, y la falta de empatía ante los más necesitados, peor lo hace desde las entrañas, desde lo más profundo, sumergiendo de forma admirable y delicada a los espectadores, tratando sus temas complejos y difíciles desde lo más puro, desde lo más hondo del alma, construyendo un cine humanista de primer orden, donde todo funciona a las mil maravillas, dotando de una fuerza narrativa extraordinaria todos los elementos de sus películas, explicándonos de forma clara y concisa todo aquello que vemos y sobre todo, todo aquello que nos tan evidente, aquello que nuestros ojos no son capaces de ver, aquello que se pierde entre las innumerables capas de su cine, un cine que lo asemeja y de qué manera al maestro Yasujiro Ozu, en su descripción detallista y humanista de las relaciones humanas a través de las familias, y de todo aquello que les rodea, la sociedad en la que viven, sus diferentes formas de pensamiento, sus inquietudes políticas, sociales, económicas y culturales, en fin, todo aquello que nos une y nos separa con nuestros más allegados.

Siempre juntos (Benzinho), de Gustavo Pizzi

NO HAY NADA COMO UNA MADRE.

“Siempre hay que seguir hacia delante, porque llega un momento que todo sale bien”.

Irene es una madre de familia de cuarenta años que vive junto a sus cuatro hijos en Petrópolis (Río de Janeiro, Brasil). El mayor, es un portero talentoso de balonmano, el segundo, un artista de la tuba, que siempre la acarrea por todos los lugares, y los más pequeños, un par de gemelos, rubios y rebeldes. Klaus, el marido, intenta infructuosamente tirar hacia delante su precario puesto de libros, que cada día va de mal en peor. La cotidianidad se ve agitada cuando la casa que habitan, se le acumulan los desperfectos. Aunque, el verdadero cisma del relato se producirá cuando Fernando, el hijo mayor, recibe una propuesta de un equipo de Alemania porque quieren contar con sus servicios. La familia no volverá a ser la misma a partir de esa noticia, sobre todo, para Irene, que verá que ese mundo familiar y unido que tanto trabajo le ha costado edificar y mantener, empieza a resquebrajarse y a separarse.

El cineasta brasileño Gustavo Pizzi debutó con Riscado (Craft), en el año 2010, donde daba buena cuenta de las dificultades de una actriz talentosa en busca de una oportunidad. Ahora, vuelve a contar con Karine Teles (también en labores de guionista, ya que firman juntos el texto) que ya había dado vida a la actriz desafortunada, para convertirla en madre-matrona al estilo de aquellas matriarcas coraje italianas al modo de Anna Magnani de Bellísima o la Sophia Loren de Dos mujeres, madres de armas tomar que se llevan por delante a cualquiera que atente o haga daño a su prole, y además, les ayudarán en todo lo que sea menester, aún poniendo su vida en peligro. Irene es el pilar de esa casa, levanta a ese marido desanimado, que intenta negocios que siempre le salen mal (que parece un personaje salido de una película de Berlanga) y apoya hasta las últimas consecuencias a sus hijos, y a su hermana, Sònia, que ha dejado a su marido drogadicto y se ha presentado en su casa con su hijo pequeño. Irene es una madre con todas las de la ley que, además se dedica a la venta ambulante, y estudia para sacarse el segundo grado. Una madre inquieta, valiente y fuerte, que nunca desfallece, por muy mal que estén las cosas. Aunque, la idea de perder a su hijo mayor, la hará mantener una batalla íntima contra ella misma, porque por un lado está feliz por la aventura alemana de su hijo, pero, por otro, sabe que se va a ir lejos, y tendrá que vivir con ello, combatir esa ausencia que sabe que la afectará, porque es la primera vez que le sucede algo parecido.

Pizzi enmarca su película en una tragicomedia social e íntima, donde no paran de suceder situaciones, algunas dramáticas, otras divertidas, pero siempre con ese lado cómico, siempre desde la idea de vitalidad, de reconstruirse cada día, y afrontar con la mejor de las caras los avatares cotidianos que se producen en el seno familiar. Tiene el aroma de la comedia familiar, divertida y con momentos duros, en los que un conflicto, ya sea la despedida de un hijo que marcha al extranjero o la de un concurso de jóvenes estrellas que los lleva a cruzar medio país, como sucedía en la extraordinaria Pequeña Miss Sunshine. Obras íntimas, muy familiares, pero sin esa idea de lo establecido y las buenas maneras, sino todo lo contrario, mostrando la humanidad de cada uno de sus componentes, sus pequeños dramas íntimos, y cómo afecta a los demás, y los conflictos, mayores o menores, que se van originando en el hogar, un hogar siempre patas a arriba, a punto de estallar, pero con optimismo para afrontar los males. Una actitud encomiable ante la vida, donde por muchas hostias que te den, con voluntad y decisión, y sin dejar de trabajar por ello, algo en claro siempre se saca, y los problemas nunca son tan grandes si tenemos la paciencia de mirarlos con la perspectiva necesaria, y sobre todo, nos mantenemos unidos con los nuestros.

La fantástica y maravillosa interpretación de Karine Teles (que ya la habíamos visto como la madre altiva de Una segunda madre, y también, en la joven engañada de El lobo detrás de la puerta) es el pilar de este entramado familiar, la que sustenta los cimientos de todos y cada uno de ellos, la que sonríe y contagia a todos, y la que llora en silencio, manteniéndose firme ante los problemas, le acompañan Octávio Müller (que también estuvo en Riscado) haciendo ese padre bonachón y negado para los negocios, que encuentra consuelo en su mujer siempre que lo necesite, Adriana Esteves hace de la hermana, que se convertirá en ese apoyo femenino que con sola una mirada se entienden, van al alimón, y sobre todo, conoce ese combate interno que tiene Irene con la marcha de Fernando. Bien conjuntados con los niños, que los gemelos son los hijos reales del propio director e Irene.

Pizzi construye una película esperanza, sin caer en el sentimentalismo de culebrón, sino en una sinceridad que nos atrapa en sus 98 minutos  de metraje, donde nunca dejan de ocurrir cosas, algunas muy divertidas, surrealistas, extravagantes y dramáticas,  haciéndonos reír, también llorar, pero sin estridencias ni trucos de magia, sino mostrando sinceridad y verdad, conduciéndonos por esta familia a través de su madre, esa mujer fuerte, valiente y hecha palante, personas que a pesar de las dificultades por las que atraviesan, nunca contagian con su desfallecimiento o tristeza a los demás, se lo comen en silencio, para los demás siempre tienen una sonrisa, una palabra amable, y energía para mirar siempre para lo que tenga que venir, manteniendo unido a la familia, pase lo que pase, y pese a quién pese.

Nunca estamos solos, de Petr Vaclav

LOS DEMONIOS DE NUESTROS DÍAS.

Jana es una mujer atractiva que ronda los cuarenta, trabaja en el supermercado de un pueblo flanqueado por una carretera, de esos que hay cientos en cualquier ciudad. Jana es infeliz, vive con un marido hipocondríaco en paro, y un par de hijos. Tiene una vida triste y vacía, y sus días se desarrollan sin más. Un día, entra un hombre de etnia romaní a comprar cigarrillos al supermercado, Jana se siente atraída y hará lo imposible para estar junto a él. Pero, este tipo, vigilante de un puticlub de carretera, está enamorado de una de las stripper, pero ésta, a su vez, pierde los vientos por un hombre que cumple condena. Para redondear el cuadro, un nuevo vecino, paranoico (que recuerda y de qué manera al tipo enfermizo con la violencia de Tierra de abundancia, de Wenders) y nostálgico del comunismo, funcionario de prisiones, con la arma siempre en el hombro (que tiene un hijo al que atemoriza, y el chaval intenta rebelarse) se hace íntimo del marido enfermo imaginario. El cineasta Petr Vaclav (Praga, República Checa, 1967) ha desarrollado una filmografía a través de dos vertientes, por un lado la exploración de las desigualdades e injusticias sociales de la cultura romaní, y por el otro, los sinsabores y aburrimiento de la burguesía checa.

En Nunca estamos solos mezcla esos dos caminos, pero desde un aspecto social, los burgueses han dejado paso a unas gentes que viven en la periferia, en las afueras, no solamente físicas, sino también emocionales, unas almas infelices y atormentadas que se mueven entre las brumas de una sociedad injusta e insatisfecha. Václav plantea una película desde el extremo, tanto formal como argumental, porque va del blanco y negro al color y viceversa, según las variaciones emocionales de sus personajes, así como a nivel de diálogos, donde en algunos instantes la verborrea se apodera del relato, combinada con silencios asfixiantes que rasgan el alma. Y qué decir de su trama, en el que tanto adultos como niños se mueven en ese frío y triste bosque urbano donde lo miserable contamina cada espacio y cada sentimiento, donde sus personajes acarrean en la intimidad sus conflictos y demonios que los acechan constantemente, en el que cada uno de ellos se siente mal consigo mismo, y con su entorno, y todo lo que hace para cambiar esa situación, provoca el efecto contrario, sumergiéndolo más si cabe en su pozo de miseria cotidiana.

El cineasta checo construye una película dura y oscura, pero no tremendista, siempre hay un atisbo de esperanza, y los dramas existenciales que cuenta forman parte de muchas ciudades europeas en el que los distintos pensamientos y formas de vida convergen en un tiempo y espacio, y no siempre de una manera humana y respeto al otro, al diferente. Vaclav compone una película compleja y sincera, donde sus criaturas buscan su felicidad a través del amor, y de estar bien con uno mismo, aunque los caminos que trazan para conseguirlo no sean los más afortunados y los lleven a sentirse más tristes y vacíos. La película recuerda al primer cine de Loach, Leigh o los Dardenne, tanto en su apuesta formal, donde la cámara devora a sus personajes, penetrando en su intimidad familiar y en su interior, mostrándolos de manera sencilla, como en parte argumental, donde se detiene a describirnos toda la complejidad del ser humano en su esencia más personal.

El poderoso reparto en el que Vaclav mezcla con sabiduría y energía profesionales de la interpretación con debutantes, como Karel Roden como el antipático hipocondriaco, Lena Vlasáková como Jana, la infeliz enamorada del vigilante gitano (con esa mirada triste que dice tantas cosas sin emitir ninguna palabra) Miroslav Hanus como el pirado que ve monstruos en todas partes, sin darse cuenta que su hijo le tiene miedo y hace lo imposible por huir de él, y los romaníes salidos de un trabajoso casting, que impactan con su naturalidad,  Zdenék Godla como el vigilante amante de Jana y enamorada de un imposible en la figura de Klaudia Dudová, la stripper alcohólica que tiene su amor en prisión, sin olvidarnos de los niños, que consiguen con sus miradas relatarnos toda la complejidad de sus personajes. Vaclav ha conseguido una película durísima, pero humana, en el que el amor se convierte en la única salida a sus vidas solitarias y vacías, aunque sea un amor fou, que ayudar a sus personajes a tirar para adelante, a que sus existencias tengan algo de luz, aunque sea a hostias y sufriendo más de lo debido, porque a veces lo que creemos que es bueno para nosotros, en realidad, no es más que una huida para dejar aquello que nos atemoriza, aquello a lo que no somos capaces de enfrentarnos, y preferimos, porque quizás es más fácil, seguir a lo desconocido, a lo que parece mejor para nosotros, aunque sin saberlo nos adentrarnos en la boca del lobo, en un mundo y perverso y cruel, que si bien al principio nos hará sentir mejor o al menos lo sentimos así, a la larga, volveremos a sentirnos mal y seguiremos igual o peor.


<p><a href=”https://vimeo.com/240981098″>NUNCA ESTAMOS SOLOS (We Are Never Alone) – Tr&aacute;iler Oficial HD (VOSE)</a> from <a href=”https://vimeo.com/segarrafilms”>Segarra Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Encuentro con Ken Loach

Encuentro con el cineasta Ken Loach, junto a Esteve Riambau, director de la Filmoteca, con motivo del ciclo “Ken Loach, la consciència social”. El encuentro tuvo lugar el martes 30 de enero de 2018 en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ken Loach, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Jordi Martínez de Comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La región salvaje, de Amat Escalante

LA BESTIA DEL PLACER.

¿Mi hermano estuvo con él? Si.

¿Regresarías? Si.

¿Eso fue lo que lo lastimó?

No. Solo da placer. Nunca ha lastimado a nadie.

La nueva hornada de grandes cineastas mexicanos surgida en el nuevo siglo que componen nombres como Carlos Reygadas, Rodrigo Plá, Fernando Eimbcke, Michel Franco, entre otros, han conseguido a través de un cine de gran profundidad crítica, abordar los problemas sociales de su país, además, de verse altamente reconocido por los festivales internacionales más prestigiosos, ha supuesto un aire renovador en la cinematografía autoral del país centroamericano. Uno de los que pertenece a esa nueva ola es Amat Escalante (Barcelona, 1979) nacido en España, pero criado en Guanajato, espacio esencial en su cine, ya que todas sus historias se desarrollan en ese estado. Un paisaje fuertemente condicionado por la religión, donde la moral y el conservadurismo más estricto se han adueñado de una población deseosa de libertad interior. El cuarto título de Escalante (si exceptuamos el segmento que dirigió para la película colectiva Revolución de 2010) significa un leve pero interesante giro en su carrera, porque si bien sigue ejecutando sus obras en los cauces del realismo social más crudo, ahora añade dos vertientes de índole fantástica, como el misterio y la ciencia ficción.

Su opera prima Sangre (2005), producida por el cineasta Carlos Reygadas se centraba en una pareja de cotidianidad aburrida y sucia, donde la aparición de un tercer personaje, la hija adolescente de él, perturbaba una paz miserable y terrorífica, le siguió Los bastardos (2008) donde ahondaba el tema de la inmigración ilegal de mexicanos en un ambiente opresivo donde una clase pudiente les obligaba a delinquir, y Heidi (2013) donde la crudeza de la violencia del narcotráfico convertía en miseria la vida de los asustadizos habitantes. Cine polémico, perturbador, de violencia seca y durísima, en el que Escalante construye obras contando con actores no profesionales, donde mezcla con gran audacia y crudeza los grandes males de su país, en el que la realidad asfixiante y violenta corrompe las vidas y el paisaje de todo aquello que devora. En La región salvaje, nos sitúa en las vidas de cuatro personajes, tenemos a Alejandra, insatisfecha sexualmente que, además, recibe malos tratos de su marido, Ángel (de clase acomodada, bendecido por sus padres, que desprecian a su mujer) violento y homofóbico, que en cambio, mantiene una relación sexual con Fabián, hermano de su mujer, y Verónica, el cuarto personaje (algo así como un alma en pena que no consigue zafarse de su adicción) amante de la criatura, que aparece en sus vidas para ofrecerles aquello que reprimen, pero a la vez, les atemoriza. Y en la cúspide de todo este ambiente desolador y tenebroso, esta la criatura, un ser primitivo y básico (como lo describe uno de los personajes, una especie de guardián) un alienígena tentacular que produce un placer sexual infinito, algo fuera de lo común, que provoca una adicción placentera y destructora a la vez.

Escalante utiliza la metáfora de la bestia como alegoría de una sociedad represora y moralista que practica sin piedad la violencia machista, la misoginia y la homofobia sin ningún pudor, para mantener ante la comunidad todo aquello que esperan de ellos, para mantener unas formas falsas, de pura apariencia, aunque eso sí, en la intimidad de lo oscuro, cuando nadie los ve, adoptan una personalidad diferente, como si fueran otras personas, donde dan rienda suelta a sus verdaderos deseos, aquellos que reprimen, los que socialmente están prescritos y desterrados. El cineasta mexicano logra construir un paisaje cotidiano, donde todo sucede dentro de un naturalismo sucio y miserable (muy cercano al cine de Pasolini) en el que sus personajes les cuesta enfrentarse a sus sentimientos y encuentran puertas que los llevan a lugares liberadores, pero perturbadores a la vez, en una extraña mezcla de atracción sanadora y maléfica, que los convierte en seres adictos y ausentes de sí mismos.

El director, criado en Guanajato, rinde una especie de homenaje a Andrzej Zulawski (al que dedica la película) y en especial a la película La posesión (1981) donde una jovencísima Isabelle Adjani caía en las fauces de una bestia que la dominaba y la convertía en su concubina. También, encontramos rasgos del cine de Claire Denis, con esa mezcla interesante entre lo real y lo fantástico, y como no, el cine de Cronenberg, donde lo terrorífico y lo cotidiano se fusionaban creando una nueva especie de seres en el que convivían los placeres más profundos y terroríficos. Escalante ha construido una película de grandes hechuras, donde todo se cuenta de forma elegante, con una gran planificación formal, donde se mueven, casi por inercia, unos personajes que huyen de sí mismos, y de una vida asfixiante y vacía, en el que la bestia, esa criatura de otro mundo, viene a convertirse en aquello oscuro, prohibido, que los libera y los convierte en adictos de un placer sexual que los lleva a experimentar sensaciones maravillosas e infinitas, que actúan como espejo transformador de esa realidad violenta, clasista, cruel, hipócrita y conservadora en la que les ha tocado sobrevivir.

Encuentro con Jean-Pierre y Luc Dardenne

Encuentro con Jean-Pierre y Luc Dardenne con motivo de la rueda de prensa de la película “La chica desnococida”, junto a Esteve Riambau, director de la Filmoteca de Catalunya. El acto tuvo lugar el miércoles 1 de marzo de 2017 en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean Pierre y Luc Dardenne, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, a Yolanda Ferrer de Wanda Visión, y a Esteve Riambau y su equipo de la Filmoteca, por su generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.