Abrir puertas y ventanas, de Milagros Mumenthaler

AFRONTAR LA AUSENCIA.

Nos encontramos en el exterior de una calle cualquiera, justo detrás de la puerta principal enrejada de una casa, un chico joven abre la verja y entra, la cámara lo sigue muy sutilmente. En el interior de la casa, en una habitación, tres chicas jóvenes, entre edades de final de la adolescencia y primera juventud, se hallan en ese espacio ensimismadas en sus cosas. Una de ellas, la más mayor, advierte a otra, la mediana, que viene un chico al que no quiere ver. La receptora del mensaje sale y despacha al joven, que antes de irse, observa, a través de una ventana, a la joven que quería ver y se cruzan las miradas. Nos quedamos junto a las tres chicas, y a partir de ese instante, las seguiremos en sus días, sus vidas, sus quehaceres, sus interiores, y demás. Hace unos meses, en la que vimos La idea de un lago, la segunda película de Milagros Mumenthaler (La falda, Argentina, 1977), donde nos contaba un relato acerca de la memoria, en el que la pérdida del padre desparecido, se convertía en un interesante ejercicio sobre la ausencia, donde su hija se trasladaba a aquellos espacios que compartieron y rescataba sus sensaciones interiores, atmósfera y situaciones que ya apuntaba en su cortometraje El patio.

Ahora, volvemos a su opera prima, Abrir puertas y ventanas, hermosísimo título que nos adentra en un casa habitada por tres hermanas que conviven cada una de ellas en su mundo, con sus complejidades y miedos, afrontando la pérdida de su abuela Alicia, la mujer que las vio crecer y compartieron su infancia. La casa como espacio familiar, llena de recuerdos de la vida que ya no tienen, que esconde otra ausencia, la de sus padres. Tres maneras y visiones diferentes de mirar esa pérdida y relacionarse con ella, Marina, la mayor, se refugia en sus estudios y los trabajos de la casa, Sofía, la mediana, se esconde en su ser, su figura y complementos, y la menor, Violeta, se pasea aburrida y tediosa, mientras recibe visitas de un amante mayor. Mumenthaler rescata parte de su biografía y la de muchos hijos de desaparecidos de Argentina, cuando tuvieron que pasar largas temporadas con los abuelos, debido a la ausencia paterna, pero no lo hace desde la melancolía y la condescendencia, sino desde lo íntimo de cada una de las mujeres, desde la particularidad de sus movimientos y sus quehaceres cotidianos, cada una desde sus espacios domésticos, desde sus soledades y sus amarguras, sin dialogar entre ellas, desde ese espacio ingobernable en el que nos refugiamos para entender tanto lo de fuera como lo de nuestro interior.

La cineasta argentina construye una película de climas y sensaciones, algunas amargas y otras, no tanto, centrándose en el espacio del hogar, tanto exterior como interior de la casa, y además, lo ubica en un tiempo de entretiempo, cuando el final del verano se instala en esos días donde todavía el calor parece no querer alejarse, mezclado con los primeros momentos de frío, donde las tres mujeres y hermanas, no muy alejadas de las tres hermanas de Chéjov, se mueven por esos espacios de la abuela, porque esa ausencia las condiciona y guía por esa casa en la que cada una de ellas se relaciona íntimamente con sus recuerdos y con la mujer que ahora añoran. Mumenthaler cuenta su drama íntimo y doméstico con sólo tres personajes, amén del chico al que tienen alquilado un espacio, tres miradas interiores y una exterior, a través de un ejercicio formalista, en la que apenas la cámara adquiere movimiento, sólo observamos el tedio, la falta de diálogo, y esas conversaciones vacías en las que se habla mucho y no se dice nada, gracias en buena parte al buen hacer del gran plantel de actrices que escenifan con ternura y carácter las emociones de las tres hermanas.

Recuerda a los primeros filmes de Lucrecia Martel, cuando penetraba en esa intimidad familiar sujetada por hilos muy frágiles donde todo está a punto de explotar y destapar las posiciones más extremas. La realizadora argentina nos introduce en ese espacio doméstico y en el pasado de manera sencilla y cálida, en la que cada una de las hermanas parece adoptar la identidad de la otra y viceversa, escuchando los viejos discos, probándose la ropa de la otra, o guardando celosamente objetos de la abuela, manteniendo una cotidianidad aparente, como se cada una de ellas huyera de lo que sienten respecto a la memoria de su abuelo, y utilizan la cotidianidad para ocultarse de las otras sin explicarles su dolor y lo que sienten. Una película tierna y honesta, pero oscura y perturbadora, que abre las costuras de la fragilidad, en este caso femenina, para dejar ver las herramientas emocionales que utilizan para sobrellevar la pérdida y la ausencia de su abuela, y como afrontarlas con respecto a su relación con sus hermanas, y sobre todo, con el espacio que comparten, esa casa que en su interior guarda todos los secretos que estructuran su memoria familiar y su propia identidad.

Anuncios

El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela

LA MUJER QUE SABÍA VOLAR.

“Me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo, un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportar una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias, pero eso sí, y en esto soy irreductible, no les permito, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar, pierden el tiempo conmigo.”

Oliveiro vive en Buenos Aires y dice ser poeta, aunque apenas ha publicado un libro que nadie compra, y no escribe versos, sobrevive haciendo trabajos esporádicos en publicidad, cosa que odia, y también, gana unos cuántos pesos recitando poemas a los transeúntes. En medio de esa existencia bohemia (que recuerda al Marcel Marx de Kaurismaki) que pasa del abatimiento más oscuro al optimismo más arrebatado, anda tras esa mujer que sepa volar, aunque aparte de amantes efímeras y algún que otro escarceo, digamos amoroso, no logra tropezarse con esa mujer que tanto ansía. Oliveiro, mientras, se relaciona con un artista plástico obsesionado con el sexo y la muerte, y un americano enamorado del sentir argentino. Y por si fuera poco, recibe la visita de “La muerte”, que es una mujer, faltaría más, que le insta a dejar esa vida vacía, inmadura e infantil, y hacerse un hombre de provecho, cosa que Oliveiro odia y huye como de la peste. Pero, todo cambiará, cuando por razones laborales Oliveiro acaba en Montevideo, y una noche se deja caer por un cabaret donde conoce a María, una bella prostituta independiente que provocará en el poeta quizás ese deseo que anda buscando.

El quinto título en la carrera de Eliseo Subiela (1944 – 2006) insigne realizador bonaerense, creador de un particular universo que nace desde lo más profundo del alma, convirtiéndose en uno de los cineastas argentinos más deslumbrantes desde sus inicios a finales de los 60, aunque no volvería a realizar un largo hasta el 81, pero fue en 1986 con Hombre mirando al sudeste, cuando su carrera despegó y tuvo la continuidad deseada. Subiela habla de los grandes temas de la existencia humana, la vida y la muerte, y todo aquello que preocupa al homo sapiens, pero lo hace desde lo poético, construyendo relatos actuales, donde sus personajes deambulan por los lugares más oscuros y precarios de la ciudad, debatiéndose entre unas existencias aburridas y vacías, pero Subiela, no construye tramas sociales, sino que va más allá, dotando a sus historias de carácter, en el que mezcla géneros antagónicos, como el surrealismo, la fantasía, envolviéndolo todo en espacios cotidianos, sucios, absurdos y decadentes. Los personajes de Subiela suelen ser poetas frustrados, hombres perdidos y solitarios, mujeres solas sin lugar donde cobijarse, y tipos y fulanas, vapuleados por la vida, que andan en busca de esa oportunidad que quizás jamás llegué. Su repentina muerte en el 2006, que lo sorprendió en plena producción de una película y una obra de teatro, segó una de las carreras cinematográficas más interesantes y personales que ha dado el cine latinoamericano de las últimas décadas.

La recuperación de El lado oscuro del corazón (que tuvo casi una década después, una secuela filmada en Barcelona donde Oliveiro seguía las huellas de Ana) quizás su película más emblemática, que lo convirtió en uno de los directores más internacionales, es una obra contundente, intensa, liberadora y audaz. Filmada en 1992, nos conduce por la vida de Oliveiro, el poeta en busca de la ilusión, el que quiere ser todas las vidas soñadas y ninguna, aquel que no quiere crecer (como le ocurría a Peter Pan) aquel que mira a las mujeres, únicos motores en su vida, en esa búsqueda imposible, nostálgica, de aquellos amores que no tuvo y aquellas mujeres que nunca conoció. Un hombre de otro tiempo, quizá de otro planeta, que todavía cree en el alma, en la poesía, como herramienta crucial para entender las preocupaciones y temores del alma. Un poeta que recita a Mario Benedetti (1920 – 2009) que se reserva un breve papel como marino en el cabaret que recita en alemán, también a Juan Gelmán (1930 – 2014) y Oliveiro Girondo (1891 – 1967) poesía para entender un mundo que Oliveiro se resiste a pertenecer, como aquellas pistoleros que huían de lo establecido, un mundo demasiado insustancial o superficial donde el poeta se mueve casi por inercia, escapando de todo aquello que no logra entender, como esas mujeres que no saben volar, tantas mujeres que se recuestan con él para hacer el amor, o desearse unos instantes, porque a Oliveiro solo lo veremos copular con Ana, esa bella sirena anclada en ese cabaret de puerto, como las heroínas invisibles, a las que nadie hacía caso de las películas de Carné con Gabin en los años 30.

Subiela conduce con maestría una película que a veces rezuma lirismo, otras ensoñación, como llevándonos hacía un lugar de pura fantasía, donde hay momentos para el humor más cínico, o el surrealismo más salvaje con esa vaca pastando que es su madre que le reprocha su vida triste, o las diferentes personalidades que se le aparecen a Oliveiro y le molestan con sus lloriqueos y pataletas, o esa muerte, una mujer y completamente de negro, que parece la madrastra buena que viene a reconducir la vida opaca de Oliveiro sin éxito, porque como bien le insta el propio poeta que idea tiene de la vida. Una película generosa y llena de detalles, desde la envolvente música, esencial en la trama, para transportarnos a ese mundo personal de Subiela, donde escuchamos temas clásicos de Mozart, Straus o Vivaldi, acompañados de boleros como “Algo contigo” o “Verdad amarga”, dentro de la score mágica y sutil de Osvaldo Montes, creando esa melodía vital, melancólica, triste y nostálgica que ayuda a los pasos del poeta por tugurios de asado en la capital, o por cabarets de Montevideo donde encontrar algo de vida o razones para vivir y creer en los sueños, o en los poetas, o cuartuchos de idas y venidas, de amantes sinceros o mentirosos, de amantes sin alma, y otros amantes que no saben donde perder una vida que ni si quiera les pertenece o al menos eso creen.

La sublime interpretación de Darío Grandinetti como el poeta herido, ayuda a este viaje al alma, al interior de cada uno de nosotros, a los que Subiela nos invita con los ojos cerrados, aquellos que sólo son capaces de ver (como nos recordaba Saint-Exupéry) los sueños del alma, aquellos que son capaces de amar a lo prohibido, a una prostituta herida, sin vida como Ana, maravillosamente encarnada por Sandra Ballesteros, con esa sensualidad y temor ante tantas vidas prometidas tiradas al río, y finalmente, “La muerte”, esa mujer de negro que viene a trastocar la conciencia del poeta, con esas conversaciones filosóficas sobre nosotros, elegantemente interpretada por la cantante y actriz Nacha Guevara. Subiela nos hace viajar, soñar, sentir, enamorarnos, en un amor fou, amores imposibles, pero que nos llenan de vida y nos arrebatan el alma, conocer unas vidas que deambulan sin destino, sin vida, con maletas hechas de improviso, que solo sirven para llevar cuatro cosas que sirven para poco o nada, en un viaje sin fin, entre mares, barcos que van y vienen, y amores que matan, aunque no queramos admitirlos, porque los que más nos hacen latir el corazón, quizás sean aquellos que logran penetrar en lo más profundo de nuestra alma.


<p><a href=”https://vimeo.com/231906196″>EL LADO OSCURO DEL CORAZ&Oacute;N – TRAILER</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmburo”>Film Bur&oacute;</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>


<p><a href=”https://vimeo.com/232066122″>EL LADO OSCURO DEL CORAZ&Oacute;N – TRAILER 2</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmburo”>Film Bur&oacute;</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

El invierno, de Emiliano Torres

EL DESIERTO BLANCO.

“El futuro es una promesa tan lejana como el horizonte”.

En algún lugar de la Patagonia Argentina se levanta una hacienda dedicada a pastorear ovejas con la ayuda de caballos, regentada por el viejo Evans. Como cada otoño, un grupo de jornaleros llegan para cuidar y esquilar al rebaño. Entre ellos, se encuentra Jara, un joven del noroeste que viene a sustituir al anciano que el patrón ha decidió jubilar. A partir de esta premisa argumental, sencilla y humilde, Emilano Torres (Buenos Aires, 1971) – asistente de dirección durante años con directores como Daniel Burman, con el que coescribió algunas películas, Marco Bechis o Miguel Courtois, entre otros -, nos embarca en una travesía por este lugar inhóspito, árido y difícil, en el que el hombre tendrá que sobrevivir no sólo a esos elementos naturales hostiles de lo más profundo y crudo invierno, sino a la condición humana, aún más si cabe más compleja e indescifrable. Torres compone una película silenciosa, apenas sus personajes esbozan algún diálogo, o hablan de manera escueta, sus criaturas hacen, se mueven, viven y trabajan con las ovejas y los caballos, apenas se relacionan con los demás y se muestran extremadamente reservados y callados, sabemos poco de sus vidas anteriores o actuales, sólo lo que hacen cotidianamente en la hacienda.

El cineasta bonaerense construye un western casi metafísico, en el que en su primera mitad hay más movimiento de personas y acciones físicas, donde se teje la relación de miradas y gestos que se construye entre los dos protagonistas, el viejo capataz y el joven que viene a sustituirle, entre esa vida que se va contra esa vida que viene. Torres cimenta su película a partir de dos elementos, tanto el natural, la fisicidad y el ambiente hostil de la Patagonia invernal, con sus tremendas heladas y aislamiento, conduce a sus personajes a situaciones límite y difíciles de llevar, y por otro lado, el elemento humano, la conducta de estos seres que se muestran solitarios, bastantes perdidos y muertos de miedo, ante un mundo que parece pasar por encima de todo aquello que se rebela contra el paso del tiempo y las necesidades deshumanizadas de un capitalismo que arrasa con todo. Una cinta de factura bellísima, en la que su fotografía capta a la perfección el abrumador y amenazados paisaje que acaba envolviendo y anulando a los personajes, vencidos a los elementos, tanto físicos como psíquicos, en un guión construido a fuego lento, donde el conflicto va creciendo lentamente, sin prisas pero sin pausa, en el que todo parece de una inmovilidad terrible, casi de película de terror, pero que en el fondo, nos está llevando hacía esos lugares profundos y oscuros del alma humana en el que a veces caemos sin ningún atisbo de retorno.

El magnífico trabajo de los dos intérpretes, el veterano Alejandro Sieveking (toda una vida dedicada a la dramaturgia y dirección teatral, y que tuvo a Víctor Jara entre sus colaboradores) y el joven Cristian Salguero (visto en Paulina, de Santiago Mitre, siendo uno de los violadores) componen unos personajes creíbles, cotidianos y llenos de brumas y soledades, como aquellos vaqueros silenciosos que hablan más de lo que esconden, y se muestran cautos ante cualquier relación, y ocultan, ya no sólo su pasado, sino también sus planes futuros. Unos hombres de los que sabemos muy poco, por no decir nada, aunque a medida que avanza el metraje iremos descubriendo su pasado, algo de ellos, para entender su forma de hacer en el tiempo en el que se sitúa la trama. Torres ha construido una película honesta y sincera, en el que su ritmo no decae y va in crescendo, augurando ese duelo que estallará inevitablemente, como ocurre en los mejores westerns, aquellos que durante toda la película vamos asistiendo a ese final, a esa pelea que llevará a los dos almas antagónicas a dirimir sus diferencias, tanto emocionales como territoriales, porque como suelen ocurrir en estas historias, sólo puede quedar uno, aquel, no más fuerte, sino aquel que mejor se adapta al entorno hostil por el que tiene que moverse y sobrevivir diariamente.


<p><a href=”https://vimeo.com/217061016″>EL INVIERNO Trailer Oficial Esp</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmburo”>Film Bur&oacute;</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Milagros Mumenthaler

Entrevista a Milagros Mumenthaler, directora de “La idea de un algo”. El encuentro tuvo lugar el lunes 10 de abril de 2017 en la Plaza Rovira del Barrio de Gràcia en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Milagros Mumenthaler,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Ramiro Ledo y Xan Gómez de Numax Distribución, por su amabilidad, paciencia y cariño.

La idea de un lago, de Milagros Mumenthaler

PAISAJES DE LA AUSENCIA.

Hay directores que por muchas películas que realicen, nunca dejan en la memoria de los espectadores alguna imagen que trascienda la propia película, convirtiéndose en una especie de icono que, en ese preciso instante, se asociará indiscutiblemente con el espíritu de la obra. En La idea de un lago, hay una de esas imágenes reveladoras de las que estamos hablando, en un día de sol espléndido de verano, vemos un Renault 4 verde (mítico vehículo que acompaña la infancia de muchos de nosotros) flotando en el agua del lago mientras Inés, una niña, lo observa con gesto de felicidad. El plano que funde lo fantástico con lo cotidiano en una suerte de tiempo atemporal y emocional, en el que las cosas adquieren otra naturaleza, y la memoria se vuelve nítida y cercana. El segundo largo de Milagros Mumenthaler (Córdoba, Argentina, 1977) después de su interesante debut con Abrir puertas y ventanas (2011) que nos contaba, a través de tres hermanas, sus convivencia con la abuela, la persona que las crió Una carrera que ya había generado expectación entre la cinefília especializada debido a sus cortometrajes, entre los que destaca El patio (2004), en la que dos hermanas esperaban la llamada de su madre que reside en el extranjero.

Mumenthaler nos habla de la memoria, de un tiempo perdido y lejano, y sobre todo, de la ausencia y la pérdida que se origina (elementos característicos que encontramos en su punzante y maravillosa filmografía) sus personajes evocan el pasado desde el presente, los recuerdos se amontonan y se transmutan, en un ejercicio complejo y extraño en el que sus criaturas intentan entenderse a sí mismas, y el tiempo actual que les rodea, a partir de esos espejos rotos ambivalentes de su memoria. La cineasta argentina toma como punto de partida Pozo de aire, de Guadalupe Gaona (libro de fotografías y poemas donde la autora construye una obra autobiográfica a partir de la desaparición de su padre en marzo de 1976 durante la dictadura cívico-militar de Argentina) para edificar un relato centrado en  Inés y sus recuerdos, en distintos tiempos, desde la actualidad donde la joven se encuentra en un estado emocional complicado, en el que está en avazando estado de gestación, y además, se acaba de separar del padre de su hijo, y para colmo de males, mantiene un relación tensa con su madre debido al tema del padre ausente, y está enfrascada en un trabajo memorístico con textos y fotografías sobre la desaparición de su padre y cómo esa ausencia ha definido su vida.

Mumenthaler nos hace viajar en el tiempo, en el que Inés de niña recuerda sus veraneos en Villa La Angustura junto al lago, en una maravillosa y portentosa elipsis (en la que a partir de una fotografía, único testigo de la memoria paterna, en la que vemos a su padre apoyado en el mencionado R4, en un instante, el padre y el automóvil desaparecen de la imagen, como borrados, el plano toma movimiento, en el que entrará una ráfaga de viento, para luego, en el mismo plano, situarnos en el pasado con Inés). Inés construye su memoria a partir de sus recuerdos, los pocos que compartió con su padre, en el que también hay pactos de sangre con su hermano, baños en el lago o juegos infantiles en el bosque nocturno con linternas (otra de las imágenes del filme). Un progenitor que ahora se ha convertido en un espectro incómodo que tensa la relación con su madre, porque no sólo se trata de un desaparecido, sino de alguien que remueve cosas del pasado que quizás es mejor dejarlas estar. Mumenthaler no sólo hace una cinta sobre la memoria histórica de un país sacudido por una dictadura atroz, sino que coloca su atención en la memoria personal e íntima de una generación que no vivió la dictadura, pero que necesita saber y concoer, alguien que siente su pasado como un álbum al que no sólo le faltan fotografías, sino que algunas se encuentran rotas y borrosas, como si ese tiempo no hubiera existido o la memoria quisiera borrarlo porque es incómodo y molesta, un cine que lo relaciona directamente con la mirada de Carlos Saura y su etapa setentera junto a Azcona en películas como La prima Angélica o Cría cuervos. .

La realizadora argentina construye un relato no convencional, en el que la película se convierte en un rompecabezas que sacude las raíces de la memoria, en el que cada pieza conecta con otra en una narrativa construida a través de las emociones y los sentimientos, en el que lo físico deja espacio para confrontarnos con ese paisaje vacío que la memoria intenta construir con los elementos frágiles que tiene a su alrededor y sobre todo, en su interior. Unas imágenes deslumbrantes, sencillas y muy conmovedoras, cocidas desde la honestidad, sin caer en ningún momento en lo maniqueo, sino todo lo contrario, cimentando un relato sobre la ausencia y la memoria personal, en el que asistimos a momentos deslumbrantes, en el que la mise en scene se construye a través del espacio vacío, ese paisaje desolado, al que le falta alguien, una sombra indefinida que ya no está, se esfumó, convirtiéndose en una memoria rota, en pedazos, en que la película lo evoca desde lo íntimo, a través de las edades de Inés, erigiéndose en un ejercicio fascinante y a la vez, doloroso, sobre la identidad y la memoria íntima de cada uno de nosotros, y todo aquello que somos y sobre todo, todo lo que hemos perdido o dejado por el camino.

Entrevista a Eugenio Canevari

Entrevista a Eugenio Canevari, director de “Paula”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 16 de noviembre de 2016 en el Teatre CCCB durante el marco de la XXIII l’Alternativa. Festival de Cinema Independent de  Barcelona.

Quiero expresar mi agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Eugenio Canevari, por su generosidad, sabiduría y tiempo, a Cristina Riera, Tess Renaudo, Marc Vaillo y a todo el quipo de L’Alternativa, por su trabajo, dedicación, resistencia y cariño, y a Marta Suriol y Maria Gracia de La Costa Comunicació, por su trabajo, amabilidad, paciencia y cariño, y a todas las entidades que hacen posible la existencia de L’alternativa.

Juana a los 12, de Martín Shanly

Juana_a_los_12-273733189-largeLA HUIDA INTERIOR.

Juana tiene 12 años y estudia en un colegio inglés exclusivo del norte de Buenos Aires. La niña se muestra indiferente a las clases y las materias. La madre, preocupada e instada por los profesores, decide llevarla a especialistas con el objetivo que encuentren a que se debe esa indiferencia en el centro educativo. El debutante Martín Shanly (Buenos Aires, Argentina, 1988) se pone tras las cámaras, después de haber interpretado algunos papeles, construyendo un relato sencillo en apariencia, filmado desde la honestidad y formalmente audaz, utilizando 4K con aspecto de 16mm (un formato parecido al empleado por Lisandro Alonso en Jauja). Shanly vuelve al colegio donde fue de niño, a los lugares que recuerda de su infancia, para filmar a su hermana Rosario y a su madre. Un retrato de una niña en plena pubertad, en ese estado de transición, un tiempo de incertidumbre, un tiempo de cambios donde dejará de ser una niña para convertirse en adulta. Juana se siente perdida, no encaja en ese mundo, no atiende en clase, explica que se interesa, pero no es verdad, sólo quiere integrarse en el grupo de niñas de su clase, ser una más, pertenecer al grupo, aunque sus intentos no obtienen el deseo esperado.

Frente a ella, tiene el colegio inglés, que en vez de tenderle una mano, se la corta, un espacio en el que todos visten el mismo uniforme, comparten el mismo escenario donde tienen que demostrar constantemente su validez, ser mejor que el otro, competir constantemente y no quedarse atrás. Juana ya no sigue el ritmo, ha generado su propio mundo, una isla emocional, vive preocupada en otras cosas, temas que considera más importantes que escuchar a unos profesores anquilosados, sólo pendientes de seguir una pedagogía caduca y detenida en el pasado. Juana no encuentra apoyo en su entorno familiar, su madre, no tiene tiempo de escucharla, y se muestra demasiado racional, la lleva a expertos que la estudien a fondo para descubrir esa apatía que le ha invadido. Shanly observa con su cámara, no se inmiscuye ni tampoco toma partido, retrata ese mundo encerrado en sí mismo, alejado de la realidad, una realidad que no es admitida, que pertenece a ese otro mundo que existe afuera, pero que se ha vuelto invisible para la enseñanza de otro tiempo, un método viejuno que continúa imponiendo a sus alumnos de familias ricas que pagan religiosamente cada mes.

Juana los 12El joven realizador argentino profundiza en el retrato psicológico de los cambios en las puertas de la adolescencia a través de una mirada inquieta y observadora. Su cámara inmóvil, observa y escruta la mirada de Juana, la luz etérea e indefinida que sigue a la niña por su deambular parsimonioso, dificultoso y ajeno por un mundo que sigue unas normas, y no permite que nadie se las salte, no comprende, y además rechaza impecablemente a todo aquel que no sigue lo establecido. Retrato sutil y demoledor sobre cierta educación que no permite a las personas realizarse de un modo humano y sobretodo, rechaza un modelo basado en las inquietudes personales de los individuos. Shanly se toma su tiempo en cada encuadre, en cada instante de su película, la desarrolla acariciando cada detalle, se muestra paciente en dar forma a la construcción de su relato, y cómo se manifiestan las relaciones personales en un entorno tan adverso y sumamente parapetado en conceptos cerrados y extremadamente conservadores. Una película que en su retrato de esa adolescencia perdida e indiferente a las normas de la sociedad y del mundo de los adultos, no andaría muy alejada de propuestas como Los rubios, de Albertina Carri o La niña santa, de Lucrecia Martel. Un cine vivo e interesado en las partes invisibles del relato, en el que se atrapa al espectador desde la incertidumbre e inquietudes de unos personajes que apenas hablan, que casi todo lo explican de forma no verbal, apoyados en sus miradas y gestos. Un film breve, apenas 75 minutos de metraje, y mínimo, se vale de pocos elementos y personajes, para contarnos una historia sumamente compleja y sincera, que nace desde lo más profundo del alma, en la que además se reserva un pequeño homenaje a Los 400 golpes, de Truffaut, una de las obras cumbres del cine, que retrató de forma magistral a esos niños que huyen de un mundo hostil a través de sus anhelos más profundos.