Entrevista a Meritxell Colell

Entrevista a Meritxell Colell, codirectora de la película «Transoceánicas», en el marco del D’A Film Festival, en La Ikastola de Gràcia en Barcelona, el miércoles 12 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Meritxell Colell, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Serrana Torres, coproductora de la película, y al equipo de comunicación del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Azor, de Andreas Fontana

LOS BANQUEROS Y LOS ASESINOS.

“Los banqueros son como un pozo oscuro; no sabemos si el pozo es muy profundo o simplemente está vacío”

Jonathan Swift

El descriptivo y conciso arranque de la película deja claro la actitud moral del banquero suizo protagonista de la película. Se inicia con una imagen estremecedora. Dos militares cachean y detienen a un par de jóvenes ante la impasividad de todos los presentes, entre ellos, Yvan De Wiel, el banquero mencionado. Esa actitud pasiva, fría y alejada de todo lo que ve, todo lo que escucha y sobre todo, esa determinación de que ha llegado a la Argentina de finales de los ochenta, en plena dictadura, no le perjudica, porque el banquero suizo tiene una misión, convencer a las altas fortunas de que su banco es el mejor para guardar y de paso, ocultar, su dinero. La opera prima de Andreas Fontana Ginebra, Suiza, 1982), nos devuelve el mejor cine político de los setenta, aquel que filmaron los Costa Gavras, los Bertolucci, Rosi, los Petri, etc… Un cine que no solo explicaba las relaciones siniestras y oscuras de los estamentos del poder con la banca, la iglesia, y el ejército que, en muchas casos asumía el poder, sino que ofrecía algo de luz a unos tiempos convulsos y llenos de miserias.

Fontana que ya despertó bastante interés con sus trabajos en el cortometraje, se ha fogueado como asistente con directores de la talla como Jean-Stéphane Bron, Ingrid Wildi, David Maye y Mathias Staub, de los que ha aprendido mucho y se ha labrado una mirada concisa, crítica y profunda sobre las relaciones entre la dictadura y la banca suiza. Azor (que en el argot bancario viene a decir “cuidado con lo que dices”), es un inteligente y soberbio thriller político, excelentemente bien narrado, en un guion que firma el propio director con la colaboración de un grande como Mariano Llinás, que se reserva una breve aparición, y tiene al albaceteño Gabriel Azorín, director de Los mutantes, como consejero de Fontana, en una película en la que brilla su detalladísima y cuidada forma, y un relato que nunca se pierde, sino todo lo contrario, a medida que avanza la historia, más intrigante se torna, y menos claro en las intrigas que han sucedido, como esa inquietante desaparición de Keys, el antecesor de Yvan De Wiel, envuelto en una sombra difícil de descifrar.

Nos movemos de la mano de Yvan, el recién llegado, un tipo a la vieja usanza, falta de carisma, que tendrá su bautismo a prueba de balas, sin tiempo para pensar, sino con muy poco para reaccionar. Acompañado por Ines, su esposa, que continuamente le insta a ser más agresivo en los negocios. Nos moveremos por casas lujosas, piscinas tranquilas, haciendas inmensas, muchos caballos, fiestas de alta alcurnia, clubs exclusivos, restaurantes de relumbrón, y demás lugares, y escucharemos a políticos, arzobispos, herederos, riquísimos y militares, muchos militares, en definitiva, la alta y burguesa sociedad argentina que aupó, apoyó y trabajó para la dictadura militar de Videla. La exquisita y claroscura cinematografía de Gabriel Sandrau, del que vimos ya su gran trabajo en La idea de un lago (2016), de Milagros Mumenthaler, que colabora en la película, con esa luz que habla de aquella época desde cualquier tiempo, rompiendo el esquema de la clásica película historicista para abrazar una película sin tiempo. La gran banda sonora del debutante Paul Courlet, que consigue generar esa atmósfera cotidiana y terrorífica que baña toda la trama, y el cuidadoso trabajo de montaje del chileno Nicolas Desmaison.

Una película que basa buena parte de su entramado en las relaciones que se gestan en el poder, debía tener un reparto muy competente y formidable para generar toda esa ambigüedad y oscuridad que reside en cada gesto y mirada de los señores de negro que pululan por toda la película, y lo hace a través de la palabra, con unos diálogos confidenciales y alejados del mundanal ruido, con esa cámara que detalla y registra, pero siempre a una distancia prudencial, donde cada intérprete está en su sitio, como la espectacular pareja protagonista que forman la francesa Stépahnie Cléau y el belga Fabrizio Rongione, habitual en el cine de los Dardenne, bien acompañados por la poetisa Carmen Iriondo en la piel de una sorprendente Mrs Lacrosteguy, el veterano Juan Trench en el rol del hacendado Augusto-Padel Camon, la fascinante presencia de la uruguaya Eli Medeiros en un doble registro, el enigmático Frydmer interpretado por el francés AlexandreTrocki, el abogado Dekerman que hace Juan Pablo Gerreto, el líder religioso que hace Pablo Torre Nilsson, hijo del gran director argentino LeopoldoTorre Nilsson (1924-1978), y demás intérpretes que consiguen decir mucho con mucha concisión y apoyándose en las miradas.

Azor es una excelente muestra de cine bien hecho y mejor narrado, con una grandiosa y férrea estructura, que mira a los horrores del pasado a través del presente y lo que sucede en la actualidad, creando esa relación deromante de espejos y reflejos, con el mismo aroma que las chilenas Los perros (2017), de Marcela Said, y Araña (2019), de Andrés Wood, en las que se profundiza en las terribles alianzas de la burguesía con los regímenes dictatoriales, y la uruguaya-española El año de la furia (2020), de Rafa Russo, desde una mirada de los artistas censurados y las operaciones militares antes del estallido. Una trama en la que vamos avanzando con su protagonista por estos laberintos y zonas oscuras del poder, de ese lugar de malvados que hacen y deshacen la vida de los que cada día se levantan para trabar para el país, y no lo hace de manera superficial y estridente, sino optando por el cine, por esa forma de contar y mostrar el terror desde lo más cotidiano y humano, desde todo ese universo que extorsiona y asesina con el beneplácito de muchos colaboradores, entre ellos banqueros suizos, que carecen de moral, que carecen de humanidad, porque solo les interesa captar estos “clientes” podridos de dinero, un dinero sucio, manchado de sangre, una forma de ser, de vivir, que no acabó con la dictadura argentina o de cualquier otro país, sino que es una forma de hacer y deshacer en el sistema económico en el que estamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bandido, de Luciano Juncos

BALADA TRISTE DEL CANTANTE.  

“Puedo darte mi soledad, mis tinieblas, el hambre de mi corazón; estoy tratando de sobornarte con la incertidumbre, el peligro y la derrota… El Otro, El Mismo”

Jorge Luis Borges

Nos encontramos en la ciudad de Córdoba, en Argentina, con Roberto Benítez “El Bandido”, un cantante de música popular que lo ha sido todo. Pero, en la actualidad, El Bandido se encuentra viejo y cansado, y sobre todo, agotado de la música y de sí mismo, completamente perdido, y así se lo hace saber a su manager, el intenso y materialista Antonio. Todo está preparado para comenzar su despedida, una despedida tranquila y sin traumas. Aunque, el destino tiene reservada a Roberto una sorpresa en forma de atraco, donde unos pandilleros le roban todo, y vete aquí, que encontrará a un cura que le ayuda y tropezará con Rubén, su antiguo acordeonista. En el barrio de la periferia donde viven estos, se tropezará con una realidad difícil, ya que la vecindad se halla en lucha contra una empresa que quiere instalarles una antena receptora de móviles en mitad de todo. Lo que parece un golpe más, se convertirá en una esperanza completamente inesperada.

Segundo largometraje de ficción de Luciano Juncos (Córdoba, Argentina, 1991), después de realizar La laguna (2013), un drama sobre la búsqueda de una laguna artificial que junta a un científico y a un guía lugareño. Le siguieron un par de documentales, Blackdali y Del Álamo al Molino, y ahora con la ayuda del guionista Renzo Felippa, con que el director coescribe Bandido, nos llega un relato crepuscular, que recuerda mucho a aquellos westerns de Peckinpah, donde pistoleros cansados y perdidos, emprendían su último servicio, aunque en la película, el director argentino le da una vuelta de tuerca a la atmósfera decadente y grisácea a partir del suceso del atraco, en ese instante, todo cambia para El Bandido, porque un aire fresco y vital inunda su vida, mezclada con el pasado y el recuerdo de los buenos momentos ahora olvidados. El barrio de las afueras, humilde y popular, le ofrece al protagonista aquello que ya no tiene, una vida cansada, solitaria y rodeado de su majestuosa casa residencial, porque en el barrio encuentra una vida que lucha unida, una vida compartida, una cooperativa vital, una esperanza en el que las cosas no son únicamente ganar dinero, sino que hay algo más, algo más humano y sensible.

Juncos lo cuenta de un modo sencillo, natural, sin nada de sentimentalismos ni trapicheos argumentales, siempre de frente, profundizando en sus personajes de carne y hueso, en tipos vulnerables y frágiles, que sufren, que se caen y no saben adónde ir. El cantante de éxito piensa en su retirada, separado, que recibe de su hija, una hija que está distanciada, y encima, tiene la relación más por interés que otra cosa, con su representante, un tipo que va a lo que va, a por el monís y nada más. Un reparto cercano y transparente, sobre todo, todos aquellos habitantes del barrio periférico, con ese Hernán Alvarellos como Rubén, el acordeonista reaparecido en la vida del cantante, la naturalidad de Vicky Ríos interpretando a Milagros, la hija del protagonista, el español Juan Manuel Lara, visto en mil películas, como las de Bollaín, Fesser y Albaladejo, entre otros, es el manager que va a por el negocio, con esa forma de ser tan cercana y a la vez, tan hipócrita, todo un personaje que el actor malagueño clava como es habitual en él.

Y finalmente, Osvaldo Laport, el actor uruguayo muy popular en la televisión argentina donde ha protagonizado numerosas telenovelas. En Bandido  con un registro muy diferente, más conciso y comedio, más hacia dentro, construyendo su personaje de manera soberbia, a través de la mirada y sus silencios, metiéndose en la piel envejecido y que nos abe lo que desea, solo dejar de cantar, porque ya no lo siente ni lo vive, en un momento existencialista de su vida. Un cantante que nos irá cayendo bien no por quién es, sino por la humanidad que destila cuando se encuentra con el problema en el que está involucrado su antiguo amigo de correrías musicales. Luciano Juncos ha construido una película que, en realidad, son dos películas, la del cantante cansado y perdido, que solo quiere retirarse y olvidarse de sí mismo, y la otra película, de corte social, en que el mismo cantante se reencuentra con lo que fue y con los que creció musicalmente y encuentra una forma diferente de seguir en la música. Una película que tiene mucho de balada triste, pero también, de alegría por esas pequeñas cosas de la vida, o quizás, no tan pequeñas, pero acostumbramos a olvidarnos de ellas, porque nos empecinamos en preocuparnos de otras, más llamativas, pero menos vitales. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Yo niña, de Natural Arpajou

LA NIÑA SOLA.

“¿Dónde están? Vengan a buscarme. Por favor”.

El desamparo, la necesidad y la falta de amor son algunas de las emociones que echa en falta Armonía, una niña que vive en el sur de Argentina, en la zona conocida como El bolsón, junto al río negro, con sus padres, unos progenitores alejados de la civilización, que echan pestes del sistema capitalista, y viven en una barca sin luz, gas y otras comunidades. Desde el primer instante de la película, nos dejan bien claros los sentimientos de la niña, con esa primera imagen, una imagen que se repetirá a lo largo de la película, en que la niña, echada junto a un árbol, reclama al cielo, mediante un walkie talkie, que vengan a buscarla, o lo que es lo mismo, que la escuchen y al rescaten de esa vida que no le gusta, que aunque tenga una vida tranquila y en plena naturaleza junto a sus padres, se siente sola, incomprendida, vacía, en un mundo donde los adultos hacen y deshacen sin contar con ella. La directora argentina, que despuntó en cortometrajes de carácter personal, se basa en su infancia, ya que vivió junto a sus padres hippies progresistas en más de diez países, entre los que se encuentra la zona donde se filmó Yo niña, su opera prima.

El relato se cobija en la mirada de Armonía, todo lo que sucede lo vamos a ver desde esa mirada infantil e inocente, de alguien que vive junto a unos padres que van hacia otro lugar, unos padres que llevan una existencia que nada tiene que ver con el cuidado y la educación de una niña, en un entorno que no resulta el más apropiado para el crecimiento de la niña. Arpajou impone un tono naturalista, en consonancia con el entorno, muy transparente e íntimo, en una cinta que tiene a solo tres personajes buena parte de su metraje, y nos enclava, en su mayoría, en ese entorno natural y salvaje, en hogares como una barco junto al mencionado río, una cabaña en mitad del bosque y sobre todo, desde la altura y la mirada de la niña, alguien criado en ese lugar y luego, cuando va a la ciudad, el choque tremendo al conocer la urbe, tan distinta a ella, con esas ideas de adultos demasiado para ella, una niña que le encanta relacionarse con otros niños de su edad y jugar a las muñecas, situaciones que no tiene en el sur junto a sus padres. Una niña que no entiende y se margina en las cuestiones que van sucediéndose en la película.

La directora nacida en Mar del Plata, no quiere hacer una tesis sobre la educación adecuada ni nada que se le parezca, sino que va planteando circunstancias y cómo se van desarrollando, para de esa manera el espectador tenga la distancia adecuada para emitir sus propios juicios, huye completamente del manido “buenos y malos”, adoptando una mirada abierta y global para no caer en la superficialidad o tratamiento demasiado “positivista” de otras producciones. La cámara registra la historia, que nunca resulta monótona y esperada, sino todo lo contrario, el relato avanza con paso firme, sin estridencias ni subrayados, todo se cuenta desde lo más profundo y las diferentes posiciones de los personajes que nos vamos encontrando en el camino, deteniéndose en esa complejidad y múltiples puntos de vista enfrentados, tanto entre los padres, entre amigos, familiares u otros padres. Yo niña habla de la infancia, de una forma diferente de crecer en un entorno demasiado difícil para una niña como Armonía, también explora los métodos educativos, y la complicada relación entre padres e hijos, profundiza en la dificultad de vivir alejado del capitalismo feroz, y en las herramientas ante una existencia en la que hay que estar dispuesto a pasar penurias, tristezas y alegrías, quizás demasiados altibajos para una pequeña niña.

Natural Arpajou no se sale del camino trazado, y no quiere sorprendernos con artíficos de ningún tipo, sabe dónde quiere llegar y cómo transmitirlo, amasando con paciencia su relato, y entrando con sigilo a las emociones de los espectadores, y por ese motivo se rodea de dos intérpretes maravillosos y naturales como Andrea Carballo, que ya había trabajado con la directora en uno de sus cortometrajes, da vida a la madre de la niña, Esteban Lamothe como el padre, y para Armonía se encontró en un arduo casting a la debutante Huenu Paz Paredes, que se convierte en el alma mater de la función, generando ese abandono y soledad de la niña con pocos detalles y asentándose en la fuerza de su mirada, con ese pelo rojizo y enredado, asumiendo ese rol de la niña a lo Gretel, atrapada en esa casita de ensueño, pero que si escarbas te encuentras con la mugre, lo triste y lo oscuro, que tiene muchos puntos en común con Baja marea, de Roberto Minervini, donde también nos encontrábamos a un chaval poco atendido y querido. Yo niña es una magnífica fábula moderna y de siempre, en la que nos encontramos a una niña perdida, demasiado sola y triste que solo desea conocer el mundo y sentirse cerca de los suyos, aunque solo sea por un instante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marta Figueras y Susana Guardiola

Entrevista a Marta Figueras y Susana Guardiola, directoras de la película «Descubriendo a José Padilla», en los Cinemes Girona en Barcelona, el jueves 4 de febrero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marta Figueras y Susana Guardiola, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Toni Espinosa de los Cinemes Girona, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Las mil y una, de Clarisa Navas

UN VERANO, EL AMOR.

“No es hasta que nos damos cuenta de que significamos algo para los demás que no sentimos que hay un objetivo o propósito en nuestra existencia”.

Stefan Zweig

En Hoy partido a las tres (2017), su interesante y significativa opera prima, que reivindicaba el fútbol femenino a través de un grupo de mujeres valientes y resistentes, la directora Clarisa Navas (Corrientes, Argentina, 1989), vuelve a su ciudad, y al barrio de las Mil, para volver a capturar un verano, la vida, la impaciencia, la realidad, y sobre todo, el amor, el primero, el que más toca y también, el que más duele. En Las mil y una, Navas nos seduce con la mirada y la belleza de Iris, amante del baloncesto, reservada y callada, que se fija en Renata, una joven de su misma edad, pero tan diferente a ella, de la que se cuenta en el barrio muchas cosas malas, con una vida pasada difícil y llena de horror. Pero, Iris, con el mismo ímpetu que tenían las heroínas barriales de su primera película, no se aminara y decide hacer oídos sordos de las habladurías y chismorreos que pululan en el barrio, y da el paso de conocer a la interesante Renata, y las dos adolescentes se enamoran, viviendo un amor oculto, alejado de las miradas prejuiciosas del resto de la vecindad.

La directora argentina, captura la vida y la realidad del barrio periférico, grandísimo trabajo del cinematógrafo Armin Marchesini, que ya estaba en Hoy partido a las tres, mediante estimulantes planos secuencia, en unos encuadres muy cercanos e inquietos, que siguen sin cesar el movimiento de sus personajes, mostrando una realidad que ocultan sus plazas sin asfaltar, sus callejuelas y pasillos, sus viviendas sociales y pequeñas, llenas de objetos amontonados, con esa sensación constante de observación que sienten sus personajes, recogiendo sin estridencias las vidas y las acciones de sus criaturas, con ese ritmo del aquí y ahora, donde el soberbio trabajo de montaje de Florencia Gómez García, ayuda a imponer esa realidad huidiza que recorre todo el relato. Navas nos habla de amor, pero también, de deseos, de pasiones, de amantes en las sombras, como la magnífica secuencia del juego del escondite, cuando la cámara va registrando los actos sexuales entre los jóvenes, entre sombras y ocultos de miradas inquisitorias, o aquella otra secuencia en la discoteca, donde la pasión se desata sin miramientos de ningún tipo.

Las mil y una no es una película nada complaciente ni sentimentalista, habla de cosas importantes, y lo hace con decisión, aplomo, delicadeza y verdad, esa verdad que la emparenta con el cine documental, porque nos habla de personas, de emociones, de amor queer, de amor gay, de esas inquietudes pasionales de la primera vez, de ese amor de verano, de su descubrimiento, de todo aquello que nos sucede, tanto emocional como físicamente, de la vida, de ese primer amor, tan inquieto, tan incierto, y sobre todo, tan novedoso en nuestras vidas, en que el barrio periférico, donde la vida y la realidad tienen otro funcionamiento, otro tedio, otra sensación del lugar donde nunca pasa nada, o nada que tenga que ver con nosotros, en ese lugar, nace el amor, el amor entre Iris y Renata, sujeto al resto, a los prejuicios, a las malas miradas, un amor que resiste, que se reivindica, que tiene que ocultarse y esconderse, como esa maravillosa secuencia en el tejado, cuando las dos chicas se esconden, solo las escuchamos, y la cámara quieta muestra en plano general la quietud del barrio de noche.

La magnífica elección del reparto, lleno de caras desconocidas, empezando por el dúo protagonista, Sofía Cabrera y Ana Carolina García, las Iris y Renta, respectivamente, que no solo defienden con transparencia y brillantez sus roles, sino que saben transmitir esa sensación constante de miedo e inseguridad de sus personajes, siempre escondiéndose y alejados del resto, viviendo su amor queer como si fuese un delito, resistiendo en un espacio difícil de resistir en todos los niveles. Bien acompañadas por otros jóvenes entre los que destacan Mauricio Vila dando vida al nervioso y artista Darío, empeñado en encontrar el amor que haga de su verano un lugar menos aburrido, y Luis Molina, en el rol de Ale, todo lo contrario a Darío, reservado y callado. Clarisa Navas brilla con su segunda película, volviendo a capturar con claridad y precisión la vida de dos adolescentes en su barrio, con sus idas y venidas, sus madres sin marido, intentando sacar adelante la vida que casi siempre se pone muy cuesta arriba en esos lugares, con la fiebre y la inquietud de la primera juventud, con sus amores, sus amistades, sus confidencias, sus deseos, sus pasiones, y esas emociones que siempre andan inquietas, agitadas y llenas de vida y también, de tristeza y desesperación. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Pa’trás ni pa’tomar impulso, de Lupe Pérez García

LA BAILAORA QUE NUNCA SE RINDE.

“A veces, cuando taconeo siento que me meto en la tierra, y siento que me quedo ahí, clavá, me siento como un árbol de esos de mi pueblo, porque ahí, ahí está el secreto de la bellota, en crecer pa’bajo, pa’luego, crecer mucho, mucho, pero que mucho pa’arriba”

En la imagen que nos da la bienvenida a la película, vemos a Carmen con los ojos cerrados, muy cerca de la cámara, como soñando, para luego pasarnos a otra, en la que la bailaora muestra su arte a un grupo de niños y niñas indígenas, en alguna remota aldea de los Andes, en la Argentina. Sobre las imágenes que no tienen sonido, escuchamos la voz andaluza de la bailaora, expresando en palabras lo que siente cuando baila. A partir de ese instante, ya no podemos mirar hacia otro lado, la gracia, el arte, la mirada y el gesto, y el flamenco que desprende por todos sus poros Carmen, se convierten en nuestro camino y destino. La película entrará en su vida, en su alma y nos descubrirá a la artista y a la persona.

De la directora Lupe Pérez García (Buenos Aires, Argentina, 1970), ya habíamos visto Diario argentino (2006), en la que la propia Lupe volvía a su país natal, después de años como inmigrante en Barcelona, para mostrarnos sus ilusiones, inseguridades y un trozo de su vida y su entorno, y el sentimiento de arraigo de todos los que abandonan su tierra. Como editora en El cielo gira, de Mercedes Álvarez, y en El cuaderno de barro, de Isaki Lacuesta, y su segundo trabajo, Antígona despierta (2014), una recreación del mito de Sófocles, en la que indagaba en las formas de representación, los límites de la narración, y la figura del mito en la mujer contemporánea. Ahora, nos llega su nuevo trabajo, un proyecto que nace de la productora Marta Esteban (Barcelona, 1949), una mujer que lelva casi tres décadas produciendo cine de nombres como los de Tanner, Cesc Gay, etc…, también responsable de Diario argentino. Esteban conoce en Argentina a la bailaora Carmen Mesa (Encinas Reales, Córdoba, 1975).

Pérez García hace suya la película, y construye un relato enormemente vitalista y magnífico, que nos habla sobre inmigración, algo que conoce mucho la directora. Un mosaico sobre retazos en la vida de alguien que persiguiendo un sueño de convertirse en artista, llegó hasta Argentina. Allí, a modo de diario íntimo y muy personal, la vemos bailando, dando clases, extrañando a su familia, con la tristeza de la hermana enferma, un desengaño amoroso, y la difícil sensación de continuar o volver a su tierra. La directora argentina la sigue por los espacios bonaerenses, por las comunidades indígenas, por los caminos polvorientos de los Andes, por cualquier lugar que vaya, Carmen tiene amigos, gente que la quiere, que la acompaña, que la siente. La bailaora es pura pasión, puro sentimiento, no se arruga ante nada, “Siempre pa’lante”, como nos indica el revelador título de la película, toda una intención de actitud ante uno mismo y ante la vida, y sus avatares.

La directora muestra y captura la vida y el desarraigo de Carmen, y lo hace desde la sensibilidad y el amor hacia una mujer de carácter, alguien firme, una persona fuerte, alguien que se muestra transparente, que viene a ofrecer su corazón, como cantaba la gran Mercedes Sosa, que cada día pelea, que baila y baila, y taconea y taconea, sin descanso, aceptando las tristezas de la vida, y recomponiéndose para mostrar su baile, su gran pasión, su gran sueño, su único amante que nunca la abandonará. Casi a modo de road movie, como esos eternos viajes a los cerros de los Andes, donde les espera el amor y la inocencia de unos niños que aman su baile y quieren ser como ella cuando baila, porque Carmen solo es Carmen, cuando baila, cuando se pone ese vestida y mueve con gracia y salero esa bata de cola, siguiendo su ritmo, elevando al cielo todo ese arte, “De dentro pa’fuera”, como menciona en algún momento de la película, un arte que sale de su alma, de su interior, sin cortapisas, sin barreras, arrebatándolo todo, con esa fuerza y pasión que caracteriza el baile y al vida de Carmen.

Pa’tras ni pa’tomar impulso es un retrato femenino muy íntimo, personal y profundo, que sigue la estela iniciada con la propia directora, siguiendo con Antígona, y ahora, con Carmen, tres mujeres que siguen, que nunca se rinden, que luchan por ser ellas mismas, a pesar del entorno hostil y difícil. Una película que nos habla sobre la necesidad vital de perseguir un sueño, de hacer lo imposible para que nuestra vida sea lo más aproximado a lo que sentimos, a hacer lo que sea para ser quién sientes que has de ser, lanzándose a todos los abismos que encuentres, saliendo adelante de tantas vicisitudes, malas historias y desilusiones, encontrándose, reencontrando y conociendo a personas, que entran y salen de nuestras vidas, que van y vienen por nuestro universo, unas más o menos, sintiendo la vida en toda su plenitud, en toda ella, con sus alegrías y tristezas, sus buenos y malos momentos, pero siempre bailando, recomponiendo las partes dañadas, agarrando fuerzas y continuar bailando. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los miembros de la familia, de Mateo Bendesky

PAISAJE EN LA NIEBLA.   

“La adolescencia representa una conmoción emocional interna, una lucha entre el deseo humano eterno a aferrarse al pasado y el igualmente poderoso deseo de seguir adelante con el futuro”

 Louise J. Kaplan

La adolescencia es un tiempo de incertidumbre, un tiempo de buscarse, de perderse y de encontrarse constantemente, un tiempo lleno de nubarrones, eso sí, pasajeros, de sentir por primera vez ciertas emociones incomprensibles, tan ajenas y extrañas a nosotros, pero en realidad, tan cercanas e íntimas, un tiempo de cambios, tanto corporales como emocionales, de mirar aquello que nunca mirábamos, a ver las cosas desde otra posición, un tiempo de descubrir y sobre todo, descubrirnos, un tiempo que cuando queremos darnos cuenta se convierte en un mero recuerdo lleno de niebla y muy lejano. En el tiempo de la adolescencia instala Mateo Bedesky (Buenos Aires, Argentina, 1989) su segundo trabajo, que recoge alguno de las situaciones ya apuntadas en su opera prima Acá dentro (2013) en la que exploraba el aislamiento y proceso interior de David, un joven porteño al que escuchamos divagar sobre cuestiones vitales, laborales o sentimentales.

En Los miembros de la familia, Bendesky convoca a dos hermanos. Por un lado, Gilda, 20 años, recién dada de alta de un proceso de rehabilitación emocional, enfrascada en su sentido a la vida y experimentando con adivinaciones y terapias, obsesionada con su “mala energía”, en cambio, Lucas, de 17 años, obsesionado con el fitness, y con su cuerpo y la lucha, experimenta a través de sus pulsiones sexuales. Dos hermanos que realizan un viaje a la costa, al lugar de veraneo de la madre, fallecida de suicido, para llevar a cabo la última voluntad de ésta, depositar sus restos en el mar, aunque lo único que les han entregado es su mano prostética. Llevada a cabo la operación, se ven obligados a permanecer en ese lugar de veraneo en invierno (como aquel triste y vacío hotel de Whisky) ya que hay huelga de autobuses y las alternativas cuestan un dinero que no tienen. Gilda y Lucas tendrán que convivir en una casa que no soportan, llena de fantasmas, inventados o no, y de espacios a los que no se atreven a entrar, además, de su dificultosa relación que los enfrenta constantemente, debido a sus diferencias de carácter y el duelo por el que atraviesan.

El cineasta argentino construye un espacio cinematográfico sencillo, lleno de silencios y vacíos, con una cámara que filma esa intimidad con la distancia y la prudencia del que mira con atención, pero deja espacio para captar la soledad y el proceso interior de cada personaje, situándolos en una especie de limbo muy físico peor a la vez emocional, donde cada uno lleva lo que lleva como puede o siente. Los (des) encuentros de los dos hermanos, y a través de ese espacio silencioso, roto por el mar, y esa situación de prisión, escenifica con sensibilidad y creatividad todo ese conflicto emocional que atraviesan los dos personajes principales, atados y experimentando la adolescencia y el duelo por la madre fallecida, una especie de dos náufragos emocionales varados en una isla demasiado ajena y alejados de una realidad muy jodida y un futuro lleno de incertidumbre, como si todo lo que les ocurre, les estuviera sucediendo a otros que se les parecen mucho.

Bendesky necesitaba a dos intérpretes jóvenes que supieran transmitir el tsunami emocional que sufren los dos hermanos, y los ha encontrado en la capacidad transmisora de Laila Maltz (que habíamos visto esplendorosa en las imprescindibles Kékszakállú (2016), de Gastón Solnicki, y en Familia sumergida (2018), de María Alché) componiendo un personaje muy perdido, sin rumbo, experimentado con las energías alternativas, el amor y la sexualidad, desesperada por encontrar ese camino lleno de niebla que no logra atajar, y Tomás Wicz, otro joven talentoso, que arma con sabiduría e intensidad ese Lucas, lleno de energía y pulsión sexual que quiere desatar cuanto antes mejor. Dos hermanos, dos almas perdidas y sin rumbo, dos formas diferentes de enfrentarse al duelo en la adolescencia, rodeados de una casa ajena y extraña, llena de recuerdos y la memoria de los ausentes, de vivencias demasiado lejanas, demasiado perdidas en el tiempo, llenos de miedo y de inseguridades con respecto a la madre fallecida, en ese doloroso proceso de duelo, en que la película también introduce interesantes elementos de un humor negro para aliviar la tensión que viven los dos hermanos, unos Robinson Crusoe atrapados en una costa en invierno, en una luz tenue y apagada, y una casa llenas de demasiados sombras y lugares oscuros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La flor, de Mariano Llinás

CUATRO MUJERES, SEIS HISTORIAS.

(…) Son seis historias. Hay cuatro que empiezan y no terminan. Es decir, empiezan y se quedan en la mitad. No tienen final. Después viene el episodio cinco, que empieza y termina como un cuento. Y finalmente, el sexo episodio, que empieza en la mitad y termina todo el film. La película, esto sí deben ya saberlo todos, se llama La Flor. Qué más puedo decir… Cada episodio tiene su género, por así decirlo. El primero es casi una película de la serie B, de esas que los americanos antes filmaban con los ojos cerrados, y ahora ya no saben o no pueden hacer más. La segunda, es una especie de musical pero con algunos toques de misterio. La tercera, es de espías. La cuarta, no se entiende bien de qué es. Ni siquiera yo, en el momento de hacer este prólogo, lo tengo del todo claro. La quinta está inspirada en una película francesa filmada hace muchos años. La última es sobre unas cautivas del siglo XIX, que vuelven del desierto, de los indios, después de mucho tiempo. Lo que falta decir es que la gracia de la película está en el hecho de que en todos los episodios están las mismas cuatro mujeres haciendo distintos papeles.  Valeria, Elisa, Laura y Pilar. Yo diría que la película es sobre ellas cuatro, y de alguna manera, es para ellas cuatro. Bueno, creo que eso es todo, por ahora.

Mariano Llinás

La primera imagen que vemos en La flor es un artefacto metálico que antaño exponía carteles publicitarios. Ahora, vacío y solitario, como si hubiese dejado de dar sombra, muestra su esqueleto, como si fuese una estructura mutada completamente con el paisaje. Un paisaje en mitad de la nada, en mitad de un silencio, roto por la circulación de los automóviles en una carretera que, al igual que la estructura, antaño tuvo algo de esplendor, y ahora se ha convertido en una vía secundaria, en un lugar olvidado. La cámara captura el andar de Mariano Llinás (Buenos Aires, Argentina, 1975) que se encamina a un descanso para almorzar donde sienta y nos mira a nosotros. Su voz en off nos relata la estructura de la película dibujando un diagrama en forma de flor. Llinás, junto a Laura Citarella, Alejo Moguilansky y Agustín Mendilaharzu son “El Pampero Cine”, una compañía que lleva casi dos décadas abriendo y renovando nuevas ventanas de producción y exhibición en el cine argentino. Una compañía colectiva y cooperativa alejada de los cánones establecidos que impone el cine comercial, con su forma personal e intransferible de filmar y exhibir un cine libre, estético, rompedor, heterogéneo, personal, independiente, inquieto, y sobre todo, divertido y autoral, no en el sentido de propiedad individual del director, sino de la colectividad de la película, donde todos y cada uno de los miembros del equipo, son parte de la película. Del Pampero han surgido unos 15 títulos entre largos, medios y cortometrajes, entre los que destacan su opera prima Balnearios (2002) e Historias extraordinarias (2008), las dos de Llinás, Ostende (2011) y La mujer de los perros (2015) ambas de Laura Citarella, El loro y el cisne  (2013), El escarabajo de oro (2015) codirección, y La vendedora de fósforos (2017), las tres de Alejo Moguilansky,  Títulos que abogan por un cine alejado de lo inmutable, primorosamente singular y profundo, marcado por el cine como diversión, experimentación y juego, arraigado en la amistad y el compañerismo, en que realidad y ficción se confunden, se transmutan y se convierten en un absoluto y peculiar juego de espejos donde todo es real y ficticio a la vez, en el que cine y vida se complementan al unísono.

La flor es un monumental ejercicio cinematográfico en todos los sentidos, ya desde su duración, 840 minutos (que le aproxima a los trabajos de cineastas como Lav Diaz, Wang Bing, o algunas películas como Shoah, de Lanzmann, Rivette, Peter Watkins o Bela Tarr, donde sus larguísimas duraciones rompen con las imposiciones comerciales) con un proceso de producción que ha abarcado una década, y de su asombrosa y laberíntica estructura dividida en seis historias, con el añadido de que está protagonizada por cuatro actrices, (maravillosas y brutales en sus roles) pertenecientes al grupo teatral Piel de lava. Una de sus obras, Neblina (2005) en la que eran espías bajo la apariencia de cantantes pop, dio la idea a Llinás de la película, o podríamos decir, de empezar a rodar una de las historias, con el mecanismo de conseguir dinero y continuar rodando, con esa idea de filmar y filmar, como en una especie de bucle, donde la película continuamente se está haciendo en una especie de presente continuo, en ese mismo instante en que se está rodando.

La primera de las historias, sin título como las demás, nos encierra en un laboratorio científico donde una momia hará estragos entre sus integrantes. Se trata de una serie B en toda regla, fusionando el fantástico y el terror, un cruce maravilloso entre La momia, de Karl Freund y La mujer pantera, de Tourneur, con ese fantástico look de pueblo perdido, arenoso, y lleno de personajes ensombrecidos y con relaciones distantes y oscuras, a través de esa cámara que los escruta y los traspasa. La segunda historia nos convoca en la relación rota y dolorida entre dos cantantes pop de éxito en su día y ahora, aniquilados por la fama y el desamor de su relación. Un cuento de amor fou, enmarcado en un melodrama descarnado y doliente, muy al estilo de Fassbinder, con canciones despechadas y llenas de resquemor, que nos hablan de amor y odio, introduciendo la intriga misteriosa de un grupo secreto en busca de la eterna juventud con experimentos con escorpiones. La tercera de las historias, la más extensa, que abarca tres actos, convierte a las cuatro actrices en espías internacionales, ahora metidas en un embrollo de primer orden (situado en América del Sur y a finales del siglo XX, cuando el orden mundial de la Guerra Fría llegaba a su fin), donde la organización ha decidido eliminarlas.

Cuatro espías y tres actos, con el aroma intrínseco de las novelas de Frederick Forsyth o John Le Carré, o películas clásicas como Encadenados, de Hitchcock u Operación Cicerón, de Mankiewicz, o los grandes títulos sesenteros y setenteros como Nuestro hombre en la Habana, de Reed, o Los tres días del cóndor, de Pollack, nos desvelarán el origen de cada una de las espías. Una de ellas, reclutada en el Berlín ochentero, donde le muro dividía a las familias y amigos, y formas de pensar. La otra, una asesina a sueldo y su love story no consumada, con quizás, el amor de su vida, otro asesino como ella. La tercera, hija de un revolucionario centroamericano, una líder y sangrienta, capturada por el enemigo, y convertida en asesina de los suyos. Y la última, una agente de la KGB, jefa de espías, asistiendo al final de la URSS la convierte en una solitaria en busca del último traidor. El presente las convierte en cuatro fugitivas huyendo de la muerte, en un brutal y ejemplar western crepuscular con el mejor aroma de los Leone o Peckinpah, con sus dosis de misterio, intriga y demás, recogiendo las llanuras solitarias y perdidas de la Argentina Rural.

El primer episodio de la cuarta historia no sitúa en el otro lado del espejo, como le ocurría a Alicia, llevándonos por un cuento de metacine, muy al estilo de las películas de Moguilansky, donde veremos a las actrices quejándose de sus trajes y del sentido de la historia ambientada en Canadá, para dar paso a Llinás, interpretado por un actor, y su equipo, a la búsqueda de los famosos lapachos y la dificultad de filmar árboles. El segundo episodio nos pone en la pista de un doctor especializado en fenómenos extraños que se topará con el equipo cinematográfico del episodio anterior, completamente ido y recluido en un psiquiátrico, al más puro estilo de cuento romántico del XIX, con sus enfermeras enloquecidas de lujuria, y una doctora inquietante, con la dosis de intriga, como en toda la película, en que el doctor encontrará el cuaderno de rodaje y los libros del director, que está desaparecido, y empezará a reconstruir y reinterpretar sus historias, como ese magnífico momento de las arañas de Casanova.

Y finalmente, la película se cerrará con el sexto relato, donde Llinás vuelve a los orígenes del cine, como una reversión al inicio de todo, donde la película versionará Una partida de campo, de Renoir, y sus cuarenta minutos, construyendo un cuento inolvidable, maravilloso y emocionante sobre el amor, el sexo y las relaciones humanas, filmado en un riguroso blanco y negro y mudo, sin intertítulos. Después la película cambiará de aspecto y se adentrará en la cámara estenopeica, la famosa cámara oscura, donde asistiremos al relato de unas cautivas, las cuatro actrices, que emprenden su regreso a la civilización después de muchos años retenidas por los indios, con esa imagen precine, con interítulos extraidos de un libro, donde la película llegará a su fin, volviendo al inicio, a la estructura metálica abandonada, a la carretera solitaria, adonde todo empezó. Llinás ya había demostrado en sus anteriores trabajos su fascinación por los cuentos sin fin, por las historias poliédricas, por los relatos dentro de otros, y a la inversa, en un trabajo minucioso de historias peculiares, interesantes, anecdóticas y singulares ocultas que transitan por el mundo, un laberinto sinfín de historias, relatos y cuentos que se sabe como empiezan y nunca como acaban, como si fuesen muñecas rusas que nunca llegan a su final, donde siempre hay otra más, porque siempre continúan en algún lugar (como ocurría en Blow up, de Antonioni, donde se investigaba el asesinato retratado de la fotografía sin jamás llegar a desvelar su secreto).

Los relatos de Llinás casan con enorme acoplamiento con la luz de Agustín Mendilaharzu en la fotografía y Agústín Rolandelli en el preciso y laborioso montaje, donde el retrato de los personajes se convierte en la seña de identidad del cine de Llinás, adoptando todos los recursos habidos y por haber del cine, apoyándose en la literatura y la música de cualquier época, siempre sazonado por unos diálogos llenos de ingenio, sabiduría, humor e inteligencia, o simplemente, prescindiendo del diálogo, y filmando esas imágenes fascinantes, inabarcables e inmensas, bien manejadas por la propia voz en off de Llinás o de Verónica Llinás, que nos van guiando y reflexionando de forma brillante, inquietante y estupenda por el laberinto fílmico y ficcional de la película, bien conjuntado con la música de Gabriel Chwojnik, y la retahíla de temas musicales que nos van llevando de la mano por el ancho, perverso y divertido universo imaginado por el cineasta argentino.

Llinás se ha revelado como un demiurgo fascinante y magnífico fabulador de historias, como aquellos señores que explicaban el cine mudo, o aparecían al principio alertándonos de las imágenes que íbamos a presenciar (como sucedía en Frankenstein, de Whale) un mago y tahúr de las imágenes, brillantísimo narrador de hechizos e inventos habidos y por haber, colocando a su cine y al Pampero Cine en los altares de la invención cinematográfica y la calidad de sus miradas e historias. La flor es una película inmensa, hipnótica, fascinante y divertida que empieza y nunca termina, que continua en la mente de los espectadores imaginando y tribulando por sus historias, sus personajes y sus finales, de aquí para allá. Una película con múltiples raíces que no terminan nunca, una fábula extraordinaria y cautivadora, que no puedes dejar de ver, va más allá del mero aparato cinematográfico, mucho más que una película, convirtiéndose en un retrato de personas, mundos, personajes, miradas, sensaciones, y demás, envueltos en un viaje hacia lo más profundo de nuestro interior, acompañados por el cine y todo aquello que inventa, imagina, ficciona, mira y captura con su cámara, y todo aquello que deja fuera, su fuera de campo, todo aquello que imaginamos, inventamos y aventuramos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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La ola verde (Que sea ley), de Juan Solanas

LA FUERZA IMPARABLE.

“Una no nace mujer, una se hace mujer”

Simone de Beauvoir

Los pañuelos blancos que cubrían las cabezas de las abuelas de la Plaza de mayo nacieron durante la dictadura de Argentina, para protestar contra la desaparición forzada de muchos familiares o amigos.  Más de cuatro décadas después, a esos pañuelos blancos se les han unido otros de color verde, los que reivindican el derecho al aborto libre, legal y gratuito. Una marea de cientos de miles de mujeres argentinas, se lanzaron a la calle a protestar durante el 2018, cuando la ley fue aprobada por el congreso, y tres días después tenía que ser ratificada por el senado. Juan Solanas (Buenos Aires, Argentina, 1966) después de algunos trabajos en la ficción, y el documental Jack Waltzer: On the Craft of Acting (2011) sobre uno de los más famosos profesores del emblemático “Actor’s Studio”, vuelve a la realidad más directa y reivindicativa con La ola verde (Que sea ley), una película que recoge las multitudinarias manifestaciones apoyando el aborto, y además, recoge testimonios de activistas feministas legendarias, jóvenes de ahora, familiares de víctimas de abortos clandestinos, y también, la otra cara, aquellos en contra del aborto.

Un documento necesario y valiente pone rostro y cuerpo a todas aquellas mujeres que han sufrido la falta de una ley que permita el aborto, mujeres en situación de pobreza, mujeres que mueren una a la semana por este motivo, mujeres olvidadas, mujeres que se jugaron la vida, y en muchos casos la perdieron. Mujeres que son recordadas en la película, hablando de sus diferentes circunstancias, reivindicando esa memoria para seguir en pie y en la lucha, para que no cesen las protestas y finalmente, se consiga la ley. Solanas, hijo del legendario Pino Solanas (grandísimo documentalista, autor entre otras de La hora de los hornos o Memorias del saqueo, entre otras, que aparece en la película en su función de diputado defendiendo el derecho al aborto) realiza una película extraordinario y cruda, mostrando realidades que encogen el alma, ejecutando un magnífico documento político sobre una situación inhumana que lleva a la muerte a tantas mujeres, escuchándolas a través de ese cine directo, espontáneo y de guerrilla, un cine militante que pone el foco y la voz a todas aquellas mujeres que luchan con lo que tienen para hacerse notar, armando jaleo en la calle, y gritando las injusticias de un país tan vilipendiado por tantos gobernantes sin escrúpulos.

Un documento azotado por una energía maravillosa y poderosa, se detiene en todos los frentes abiertos, sin dejarse nada en el tintero, contagiada por esa fuerza de las mujeres en pie, abriendo en carnes la cuestión, dando testimonio a las dos caras, con los argumentos de unos y otros, escuchando las dos posiciones antagónicas, y va mucho más allá, porque en realidad no se trata una cuestión de vida sí o vida no, sino que en realidad estamos ante una lucha social, en el que los más privilegiados no quieren perder su status, y los de abajo, se han levantado, cansados de tanta injusticia, y han dicho basta y se han lanzado a las calles a protestar contra la desigualdad y el desamparo legal. La película tiene ritmo y una energía brutal, atrapándonos con su fuerza social, emocionándonos esa marea de mujeres imparable que quizás pierdan muchas batallas, pero finalmente, su empuje y decisión derribará el muro de la hipocresía, la indiferencia y se será ley, contribuyendo con su lucha a que el mundo sea un poco más justo e igualitario.

Solanas ha construido un documento contundente y extraordinario, sus 82 minutos se ven con entusiasmo y amargura, porque por un lado vibramos con la lucha de tantas mujeres en pie y su alegría reivindicativa, peor por el otro, asistimos a tantos casos de mujeres fallecidas en abortos clandestinos y luego, la indiferencia de profesionales médicos u otros ante esa falta de humanidad que provoca que el aborto este penado por la ley. El director argentino se alza como un heredero digno de su apellido con esta película que recoge el sentir humano de las calles, esas protestas y luchas incesantes que no solo dejan claro que el mundo ha cambiado, que el mundo patriarcal tiene los días contados, que las mujeres que luchan por una sociedad más justa se han levantado para no someterse jamás, que los privilegios de unos pocos dejarán paso a los derechos reales, de muchos que han sido pisoteados durante tantos siglos, esos olvidados que necesitan una serie de condiciones legales para que sus existencias sean un poco menos sombrías e invisibles, para que la democracia sea verdadera y no sea una máscara para que los de arriba sigan manteniendo los privilegios de hace siglos sea el sistema gubernamental que sea. Porque como dice la película, por humanidad y empatía. ¡QUE SEA LEY! JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA