Entrevista a Ventura Durall

Entrevista a Ventura Durall, director de la película “L’ofrena”, en los Cines Verdi en Barcelona, el martes 15 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ventura Durall, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

L’ofrena, de Ventura Durall

LAS HERIDAS QUE ARRASTRAMOS.

“El pasado nunca se muere Ni siquiera es pasado”

William Faulkner

La película se abre a través de un prólogo que nos muestra el día que Rita y Jan se conocieron, cuando Jan apareció portando el último deseo del padre de Rita. De ese tiempo indeterminado, pasaremos a la actualidad, en un presente en que Rita y Jan viven y siguen enamorados, con una sola excepción, Jan está obsesionado con Violeta, una mujer casada, psiquiatra de profesión, y madre de dos hijos. Hay algo fuerte y obsesivo que lo ata, pero todavía no sabemos que es, pero Rita, en un acto de generosidad absoluta propiciará el encuentro que tanto desea Jan. El director Ventura Durall (Barcelona, 1974), arrancó su carrera en la ficción, con la interesantísima Las dos vidas de Andrés Rabadán (2008), protagonizada por un inconmensurable Alex Brendemühl, dando vida al famoso “Asesino de la ballesta”, que también, tuvo su mirada documental con El perdón, un año después. En un sugestivo díptico que huía del sensacionalismo y la noticia, para adentrarse en la psicología profunda y humana del protagonista. Vinieron otros documentales como Los años salvajes  (2013) y Bugarach (2014), este último codirigido, también alguna que otra tv movie, cortos y un puñado de películas produciendo a jóvenes talentos.

Ahora, vuelve a la ficción con L’ofrena, con un thriller psicológico asfixiante y lleno de elementos ocultos, que se mueve en esos terrenos pantanosos del alma, como el amor, el deseo, la obsesión, la culpa y el perdón, y lo hace desdoblando en dos tiempos el relato, en el profundo y sobrio guión que firman la debutante Sandra Beltrán, Guillem Sala (colaborador de Durall), Clara Roquet (que ya había hecho lo mismo con Marqués-Marcet y Jaime Rosales) y el propio director. Por un lado, tenemos la actualidad, en este denso y brutal descenso a los infiernos personales y muy íntimos, que protagonizan una especie de trío de almas perdidas, seres rotos que deambulan por la existencia como si no fuese con ellos, amarrados e hipnotizados por un pasado que les tambalea el alma y la vida. Y por otro, el pasado, cuando Violeta y Jan eran jóvenes y se conocieron un verano en un camping de la costa y la historia que vivieron. El relato va hacia delante y hacia atrás, conociendo todos los pormenores y situaciones emocionales en los que están implicados los personajes.

El director barcelonés cuida cada detalle, sumergiéndonos sin prisas en esta trama sobre estas vidas rotas, vidas que no acaban de vivir, que se mueven entre sombras y fantasmas, porque arrastran demasiadas rupturas emocionales, demasiados recuerdos dolorosos y demasiados golpes. Durall vuelve a contar con el excelente trabajo de luz del cinematógrafo Alex García (con el que ya había trabajado en la tv movie El cas dels catalans), con ese tono tenue y oscuro que baña toda la actualidad, muy contrastada por la luz del pasado, brillante y natural, creando esa perfecta simbiosis entre vida y muerte, entre ilusión y perdida, entre aquello que soñábamos y en lo que nos hemos convertido. El inmenso y calculado trabajo de montaje de Marc Roca (responsable de Yo la busco o La nova escola, de Durall, de próximo estreno), nos lleva sin pestañear de un tiempo a otro, de un mundo a otro, de un estado emocional a otro, con un magnífica labor en la dosificación de la información, para llegar a ese tramo final intenso y arrebatador.

En el tono y la narración de L’ofrena encontramos la malicia y la sequedad del Chabrol, cuando nos situaba en esas pequeñas y asfixiantes comunidades, donde todo se movía entre seres y situaciones de doble sentido, percibimos el aroma, la atmósfera y la angustia tan significativa de los miembros de la Escuela de Lodz: los Polanski, Kieslowski, Skolimowski, Zanussi, Zulawski, creadores que imponían espacios cerrados, relaciones turbulentas y llenas de odio, rabia y amor, para ahondar en las oscuras relaciones humanas y la profundidad psicológica de los personajes, las heridas emocionales tan propias del universo de Haneke, o el cine de Almodóvar, donde el pasado revienta la cotidianidad emocional, sin olvidarnos de nombres como los del primer Bigas Luna, Jordi Cadena o Jesús Garay, en sus historias íntimas y perturbadoras, protagonizadas por seres en penumbra emocional y abatidos por los designios del corazón.

El magnífico trabajo interpretativo es otro de los elementos fundamentales en los que se sustenta la película, donde se mira y se calla mucho, y se habla más bien poco, empezando por Alex Brendemühl, que sigue película a película, demostrando su extraordinaria valía, siendo un actor con más peso, elegancia y sensibilidad, bien acompañado por una Verónica Echegui, que juega bien su gran sensualidad, naturalidad y agitación, con Pablo Molinero, bien y dispuesto a mostrar la desnudez emocional cuando es requerido, Josh Climent, que habíamos visto en un pequeño rol en La inocencia, de Lucía Alemany, convertido en el chico seductor y rebelde que tanto enamora a las chicas en verano, y las dos grandes revelaciones de la película, que comparten el mismo personajes en dos tiempos diferentes, la joven debutante Claudia Riera, llena de energía y fuerza, absorbe la pantalla y nos enamora con sus miradas y gestos, y Anna Alarcón, que ya había demostrado en las tablas su buen hacer para los personas emocionalmente fuertes y complejos, es la Violeta adulta, la pieza clave en esta historia, actriz dotada de una mirada penetrante y un cuerpo frágil y poderoso a la vez, se convierte en la madeja que mueve toda la función, brillando cuando habla y cuando calla, y sobre todo, cuando mira, porque corta el aire, siendo una actriz que nos guía con su mirada, a través de su inquietud, su ruptura emocional y todas las heridas que arrastra.

Durall ha construido una película ejemplar, a partir de grandes y miserias cotidianas que nos rodean, que anidan en lo más profundo del alma, sumergida en emociones y relaciones oscuras y difíciles, que en algunos momentos rayan el terror, el drama personal e íntimo, ese que rasga el alma, el que no deja indiferente. Una obra bien vestida y magníficamente ejecutada, con esa tensión psicológica abrumadora e inquietante, donde la puesta en escena es firme, rigurosa y muy elaborada, como demuestra la magnífica ejecución de la comida en el patio, donde la cámara, en ningún instante, agrupa a los cuatro comensales, filmándolos en solitario, con planos cerrados y cercanos, para mostrar todo el abismo que les separa, y sobre todo, reafirmar todos los secretos que cada uno oculta. L’ofrena muestra a ese tipo de personas que existen y se mueven entre una especie de limbo, que no es pasado ni presente, un espacio donde se encuentran rotos a pedazos, incapaces de huir de sí mismos, y sobre todo, incapaces de encontrar esas ventanas o puertas que los conduzcan a lugares menos dolorosos y culpables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un mundo normal, de Achero Mañas

NO SEGUIR LAS NORMAS.

“La vida es un teatro pero tiene un reparto deplorable”

Oscar Wilde

Siempre me ha sorprendido cuando alguien de mi entorno se ha descrito como alguien normal, porque, entre otras cosas, nunca he entendido que significa “ser normal”. Si ser normal significa que la sociedad y las personas que la conforman te aceptan tal y como eres, estaría bien ser normal, pero he aquí la cuestión, la sociedad y los demás te aceptan si cumples con algunos requisitos, unas normas establecidas, y no me refiero a las normas sociales, sino, sobre todo, a las emocionales, seguir un camino trazado en el que debes renunciar a tus sueños para convertirte en alguien aceptado por los otros, en alguien que se parece al resto, en alguien, que quizás, no se identifique contigo. Ernesto es uno de esos tipos, cuarentón, integro y honesto, uno de esos directores outsiders que sabe lo que quiere, y que no cejará en su empeño, por muy descabellado que sea. Uno de esos tipos que pululaban por las películas de Huston, Fuller o Ray, llenos de vida, inadaptados, y sobre todo, humanos. Ernesto se ha separado, vive con su hija Cloe, una veinteañera que estudia derecho, aunque a ella le encantaría hacer dibujo. Y una madre, Carolina, rebelde, inquieta y nada común. Todo cambia cuando la madre fallece, y Ernesto, contra viento y marea, e incomprendido por todos y todo, decide llevar a cabo la última voluntad de su madre, tirar su cuerpo al mar.

Achero Mañas (Madrid, 1966), que llevaba una década sin ponerse tras las cámaras, después de Todo lo que tú quieras (2010), también una historia que giraba en torno a una ausencia, en la que el protagonista decide enfrentarse a sus prejuicios y barreras emocionales para suplantar a su mujer, y así, de esa manera, ayudar a su hija de cuatro años. La muerte vuelve a girar en torno a un relato que se divide en dos partes. En la primera, conocemos a esta peculiar familia, tan rara y extraña como todas, con sus peculiaridades y extravagancias, sus pequeñas mentiras y sus roces emocionales. La muerte de la abuela trastoca toda esa realidad cotidiana, y en la segunda mitad de la película, nos lleva a una road movie con destino a la costa, en la que padre e hija, intentarán llevar a cabo la voluntad de Julia. Mañas que arrancó su carrera como actor trabajando con directores ilustres como Ridley Scott, Aristarain, Gutiérrez Aragón, Cuerda, etc… debutó como realizador con El bola (2000), sobre los abusos que recibía un chaval por parte de su padre, llenándolo de premios y reconocimientos de la crítica y el público. Tres años más tarde, con Noviembre, daba rienda suelta a los intérpretes con una historia sobre un grupo de teatro de calle, guerrillero, libre y diferente.

Cuatro relatos en veinte años, que nos hablan de seres que deben romper las normas para ser ellos, ser diferentes a los demás para no dejar de ser normales, individuos que se lanzan a la vida, a pesar de los golpes, a pesar de tantos obstáculos, a pesar de todo, creyendo en lo que hacen, y sobre todo, creyendo en sí mismos. En Un mundo normal, Ernesto hace las cosas, por muy descabelladas que parezcan en un principio, y luego asume las consecuencias, que las habrá. No es alguien que se detiene frente a la adversidad, sino todo lo contrario, sigue firme en su decisión, no queriendo ser comprendido, porque, a veces, resulta inútil, sino porque lo siente así. El cineasta madrileño construye una tragicomedia sobre la existencia, sobre nuestras decisiones, y sobre cómo las llevamos a cabo, sobre la normalidad, y sobre todo, que para ser normales nunca debemos dejar de ser lo que somos, porque si no seremos normales, si, pero frustrados, vacíos y desolados.

Mañas vuelve a contar con los técnicos que ya estuvieron en Todo lo que tú quieras, con la aportación de David Omedes en la cinematografía, y José Manuel Jiménez en la edición, dos piezas fundamentales para conseguir esa luz tenue y apagada de Madrid, para llevarnos por la luz mediterránea y brillante de Valencia, acompañado de un montaje con brío, que sabe manejar el tempo como es debido, metiéndonos en esa mezcla de relación materno-paterno-filial que se desarrolla en la película, y construyendo esta peculiar y curiosa tragicomedia sobre la identidad y nuestras relaciones humanas, donde vuelve el mundo del teatro y los actores y actrices, como en sus anteriores películas, quizás el Alex que interpretaba José Luis Gómez en su anterior trabajo, sería una especie de futuro de Ernesto, que también, tendría elementos de Leo, el padre transformista, que rompía las reglas sociales para ser otra y ayudar a su hija. Ernesto sería una mezcla de esas dos formas de enfrentarse a la vida, y sobre todo, a los conflictos. Una actitud de tomar partido y no quejarse sin hacer nada.

La película nace a partir de una conversación de Mañas con su madre, en la que el director imagina cómo reaccionaría ante tamaña decisión. Su alter ego, el hijo que hará lo imposible por materializar la voluntad de su madre fallecida, un impresionante y magnífico Ernesto Alterio, que hacía tiempo que no lo veíamos tan soberbio y rompedor, que además de homenajear a esos directores dignos que reivindicar el cine libre e independiente, en un tiempo que las plataformas de streaming se están quedando con el pastel, como reivindica la película. A su lado, Gala Aymach, hija real del director, maravillosa revelación por su sensibilidad y mirada, que debuta como actriz, haciendo de Cloe, la hija que acompaña a su padre en este periplo emocional y vital, que también, tendrá tiempo para reflexionar y tomar las riendas de su vida. Con Pau Durà, como ese hermano talentoso intérprete de piano, que no se decide a ser él mismo. Magüi Mira como la abuela, una mujer de carácter, decidida y a u manera. Y por último, Ruth Díaz, la ex de Ernesto y madre de Cloe, que intentará poner algo de cordura, aunque no será fácil entre tanta “normalidad”. Mañas ha vuelto a lo grande, con una película de aquí y ahora, sensible, libre y conmovedora, sobre un puñado de criaturas que son muy normales, pero llenas de singularidades, y sobre cómo estas, encajan en una sociedad cada vez más superficial, acomplejada y frustrada. Una historia de carne y hueso, humanista que nos conciencia que la vida es demasiado corta y en cualquier momento se apaga, y nos deja sin tiempo para ser esas personas que siempre quisimos ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pilar Palomero

Entrevista a Pilar Palomero, directora de la película “Las niñas”, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el jueves 3 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pilar Palomero, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Lara P. Camiña de BTeam Pictures, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Zoe Arnao

Entrevista a Zoe Arnao, actriz de la película “Las niñas”, de Pilar Palomero, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el jueves 3 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Zoe Arnao, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Lara P. Camiña de BTeam Pictures, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Las niñas, de Pilar Palomero

CELIA QUIERE VIVIR (Y NO REZAR).

“Puedes cerrar todas las bibliotecas si quieres, pero no hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”

Virginia Woolf

Erase una vez una niña llamada Celia, de 11 años, que vive con su madre viuda y estudia en un colegio de monjas en la Zaragoza de 1992. Toda su vida gira en torno al colegio y las noches compartidas con una madre sola y cansada. Pero todo esa cotidianidad exasperante, cambia con la llegada de Brisa, una nueva compañera de colegio de Barcelona, en la que Celia descubre una nueva etapa en su vida: la adolescencia. Un mundo donde descubrir, experimentar, y sobre todo, descubrirse. La opera prima de Pilar Palomero (Zaragoza, 1980), después de años fogueándose en los cortometrajes, recoge muchas experiencias personales de sus años como alumna en un colegio religioso, pero no es un ajuste de cuentas, es una sensible, conmovedora y realista mirada a todas aquellas niñas que recibían una educación heredera del franquismo, mientras el país se modernizaba y empezaba a despertarse de su letargo tradicional y conservador.

La directora aragonesa nos sitúa en la mirada de Celia, la niña protagonista, una niña que empieza a dejar la infancia para empezar a vivir su adolescencia, tiempos de cambios, de descubrimientos, tanto físicos como emocionales, tiempo de incertidumbre, también, y tiempo de muchas preguntas, de querer entender todo ese maná de transformaciones. El magnífico trabajo de luz, con esos claroscuros y tenuidad, a partir del formato cuadrado de 4:3 y la cercanía con la que están construidas las imágenes, obra de la cinematógrafa Daniela Cajías, ayuda a conseguir esa existencia asfixiante y opresiva en la que vive Celia, sometida a una educación represiva, alienante y recta, en vida reducida a los interiores de las cuatro paredes del colegio y de su casa, y el contrapunto, también filmado a partir de esa intimidad, como con el miedo a ser descubiertas, con esos juegos con sus amigas en las que va descubriendo la vida, en forma de clandestinidad: saliendo por la noche, bebiendo alcohol, fumando, riéndose a carcajadas, conociendo chicos, bailando y compartiendo con sus amigas la vida, eso que se le niega en el colegio.

Palomero cuenta el relato a partir de las miradas de Celia y sus compañeras, los adultos son esas figuras o sombras difíciles de entender, que apenas responden preguntas comprometidas y callan demasiado, que se deben al trabajo y al silencio impuesto, todo lo contrario que Celia, que deja de ser niña y quiere saber, quiere sentirse que forma parte de esa edad que los adultos le niegan y esconden. Las niñas huye de lo convencional y lo evidente, para adentrase en un terreno más sutil y peliagudo, en el que la narración te va atrapando con firmeza y decisión, pero tomándose su tiempo, sin prisas, contándonos todos los rincones ocultos, y cocinando a fuego lento todas las situaciones que vive Celia, y como van conformando su mirada y carácter. La película está construida a través de unas imágenes-viñetas, troceadas de ese todo que es la existencia de la protagonista, estupendo trabajo de la editora Sofi Escudé, como una especie de rompecabezas que la propia experiencia de la protagonista irá construyendo a nivel emocional, como esa maravillosa secuencia en el colegio, donde la niña se encuentra con sentimientos contradictorios, en los que parece estar y no estar en el colegio, que define con clarividencia todos esos sentimientos que tienen Celia.

El extraordinario trabajo con el sonido, que firma Amanda Villavieja, una experta en el asunto, para captar todo ese universo de entro y de fuera en el que vive la niña. Si en 1967, Antonio Drove realizó La caza de brujas, práctica de la EOC, en la que contaba las vicisitudes de un grupo de alumnos de un colegio de curas y un suceso que los enfrentará, que reflejaba con astucia la miseria de la educación religiosa, que tendría una mirada diferente, con la muerte de Franco, en ¡Arriba Azaña!, en 1978, José María Gutiérrez Santos, donde un grupo de internos se rebelaban ante la tiranía de los religiosos.  La película de Palomero, heredera de aquella, pero en otro contexto, en la situación de la España de los noventa, que por un lado, se vanagloriaba de modernidad y libertad, y por el otro, existían centros educativos, como el de la película, donde los valores tradicionalistas siguen imponiendo una estructura patriarcal donde la mujer sigue siendo un objeto que moldear y un ente obediente, sumisa y callada. El soberbio y cautivador trabajo interpretativo de la debutante Andrea Fandos que da vida a la desdichada Celia, es otro de los elementos rompedores y admirables de la película, en la que la jovencísima debutante consigue transmitir todas esas emociones contradictorias que emanan en su interior, con el apoyo de las miradas que traspasan la pantalla y nos deja sin habla Y el buen hacer del resto de niñas debutantes, que al igual que la protagonista, muestran una naturalidad y frescura dignas de admirar. Bien acompañada de una elegante y derrotada Natalia de Molina, madre de Celia, con ese pasado que arrastra, golpeada por la inquina familiar.

Las niñas, es una sincera y profunda muestra de ese cine iniciático sobre niñas atrapadas y perdidas, como antes habían hecho Estiu 1993, de Carla Simón, o La inocencia, de Lucía Alemany,  películas de debutantes, que a partir de experiencias personales, vuelven a hablar de la infancia, de esos momentos duros y tristes que experimentan niñas que empiezan a darse cuenta que la infancia solo era un paso más de la vida, un paso que hay que atravesar, descubriendo y descubriéndose, en una mirada que las devuelve a aquel cine de la transición, en un espejo donde mirarse, en los que los Saura, Erice, Armiñan y otros, volvían su mirada a la infancia, para plasmar los recuerdos oscuros de la Guerra Civil y el franquismo, las experiencias de los vencidos, tiempos olvidados durante la dictadura, que muerto el dictador, surgieron muchas historias sobre el despertar de la vida en tiempos de horror, donde adultos recordaban su niñez aplastada por la guerra, la crueldad, la educación sometida, la sexualidad represora y la vida convertida en un espectro de dolor y tristeza. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los europeos, de Víctor García León

¡QUÉ LEJOS QUEDA EUROPA!.

“La especie humana produce ejemplares horribles y también maravillosos, lo que pasa es que estos otros casi nunca son noticia”.

Rafael Azcona

El final de El verdugo (1963), de Berlanga (si permítanme hablar del final, a estas alturas ya deberían conocerla), en la Rafael Azcona era coautor del guión, asistimos a un hecho insólito, cuando el protagonista, después de llevar a cabo su oficio de verdugo, se sube al barco que le llevará de vuelta a Madrid, y la cámara se desplaza un poco hacia la izquierda, y nos tropezamos con un grupo de turistas extranjeros, a bordo de un yate a punto de zarpar, disfrutando del sol y la vida de Mallorca. El mensaje de Berlanga-Azcona no dejaba lugar a dudas, mientras, unos, los españoles, padecían la losa del franquismo, otros, los europeos, disfrutaban de la vida, y por ende, de la libertad. Seis décadas después de su publicación, Los europeos, la novela de Azcona por fin ve la luz. Y lo hace en una adaptación escrita por Bernardo Sánchez, vinculado en muchas ocasiones al universo Azconiano en el teatro, ya que adaptó El verdugo, o en el cine, como coguionista de Los muertos no se tocan, nene (2011), que dirigió José Luis García Sánchez, y la guionista Marta Libertad Castillo, con trayectoria televisiva.

El director escogido ha sido Víctor García León (Madrid, 1976), del que habíamos visto las interesantes Más pena que gloria (2001), que nos contaba las vicisitudes de un adolescente romántico, y Vete de mí (2006), en la que un padre actor recibía la visita inesperada de su hijo inmaduro, ambas coescritas con Jonás Trueba. Años después volvimos a reencontrarnos con su cine con Selfie (2017), donde a través de un fake seguía las andanzas de un hijo de político corrupto. La acción arranca a finales de los cincuenta, cuando Antonio, el hijo del patrón, resultón, vividor y pícaro, con ese bigotito, se lleva unas semanas a Miguel, delineante y empleado de su padre, apático, bobalicón y temeroso, a descubrir Ibiza, por aquel entonces una especie de paraíso terrenal, un espejismo de la liberación, donde los españolitos de a pie, jugaban a ser otros, a sentirse diferentes, a ver la vida de otro color, olvidándose, aunque fuera por un breve período de tiempo, de esa vida anodina, triste, represiva, nacional católica y en blanco y negro. Los dos treintañeros tienen un objetivo claro, playa, sol, juergas nocturnas y sobre todo, ligar con extranjeras.

Todo parece ir sobre ruedas, las fiestas se suceden, hay algún que otro escarceo amoroso, Antonio, con sus extranjeras, como no, y Miguel, con alguna que otra valenciana, pero nada del otro jueves, hasta que aparece Odette, una bellísima y liberal francesa, que lo cambiará todo para el apagado delineante. Si bien, la película se divide en dos partes bien diferenciadas, en la primera, asistimos a la liberación de los dos jóvenes, o podríamos decir más exactamente, a ese oasis de isla perdida, apartada del mundo, donde todo parece posible, incluso lo imposible, donde ellos, por un instante, se sienten europeos, como esa tribu de colores y pieles claras, con las que se tropiezan y confraternizan por las noches. Pero, en la segunda mitad de la película, el tono cambia, y la fiesta, da lugar primero al amor, a un romanticismo ataviado de verano, de días sin fin, noches locas y tiempo detenido, como si fuese a ser así para siempre, como ocurría en Un verano con Mónica, de Bergman, y de repente, estalla la realidad, como también sucedía en la película del genio sueco, y el sol se esconde en el horizonte, el fresco empieza a asomar, la gente empieza a vaciar las playas, y el verano toca a su fin, y hay que volver a casa. En la película, esa vuelta a la realidad se torna en embarazo no deseado y hay todo cambia. En la España de los cincuenta, un embarazo no deseado complicaba mucho las cosas, y además fruto de un amor de verano, tan fugaz como los días de vacaciones, aunque hay está Antonio que mueve sus hilos y genera una situación para las partes condenadas.

García León vuelve a contar con colaboradores conocidos, en la cinematografía a Eva Díaz, que ya estuvo en Selfie, y con Buster Franco, el montador que trabajó con él en las dos temporadas de Vota Juan, bien acompañado de esa música que inunda Ibiza, los temas modernos, que decían en Viridiana, de Buñuel, bailando toda la noche junto al mar, soñando con un mundo distópico, un universo irreal y tan diferente a esa realidad sucia, oscura y represiva que existía en la España franquista. El genio y el corrosivo humor de Azcona baña toda el relato, mostrando la España negra y franquista, a través de las acciones de dos ejemplares característicos, con su costumbrismo que arrastran, comportándose como lo que son, dos almas en pena, más tristes que la figura de Don Quijote, bajo la mirada inteligente de Acona, con esa innegable capacidad de tratar los elementos más cotidianos, a través de ese humor negro, de ser capaz de reírse de todos, y sobre todo, de uno mismo, de la inteligencia de pasar de la comedia al drama en una sola frase, con diálogos maravilloso que, no solo explican las emociones de los personajes, sino ese pesar y vacío, aunque estén en ese paraíso real y soñado a la vez, transmitiendo con sabiduría ese sentir tan nuestro que, por aquel entonces, nos convertíamos en una especie de extraterrestre cuando salíamos del país tradicionalista que nos había tocado vivir, pasmados y asombrados por las reliquias extranjeras, envidioso de unas vidas tan modernas y sobre todo, que a nuestros ojos, parecían tan libres.

Juan Diego Botto (que ya estuvo en Vete de mí), es Antonio, el hijo de papá, el perfecto anfitrión y maestro de ceremonias de estos “Días de viejo color”, como la película de Olea. A su lado, Raúl Arévalo, que borda el papel de Miguel, ese chico de provincias, que vive en una miserable habitación, y que hunde sus sueños en un trabajito y una vida apocada, encuentra en Odette, fantástica la actriz Stéphane Caillard, dando el contrapunto de vida, amor y libertad, que tanto ansían los españolitos protagonistas, y luego, un grupito de secundarios que dan ese toque profundo a las diferentes existencias que pululan por esa Ibiza, como Boris Ruiz, ese taxista juerguista, que después nos sorprende en el segundo tramo del relato, o Carolina Lapausa como Vicen, esa valenciana, perdida e infeliz, que otro verano más deambula por la felicidad sin saber distinguirla. Los europeos es una película inteligente, audaz y rítmica, un grandioso homenaje a la pluma y el universo de Azcona, porque para muchas cosas, seguimos siendo los Antonio y Miguel de la película, atrapados en un complejo de inferioridad frente a Europa, a la que seguimos viendo como otra cosa, tan diferente a nosotros y a lo que vivimos, como si no nos creyéramos lo que somos verdaderamente, y todavía, estuviésemos buscándonos en islas perdidas en la que soñar un poquito con bellas sirenas de nombres impronunciables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La boda de Rosa, de Icíar Bollaín

¡SÍ, ME QUIERO!.

“Amarse a uno mismo es el principio de una historia de amor eterna”

Oscar Wilde

Mujeres jóvenes, decididas, valientes, alocadas, impetuosas, alegres, vitales, inquietas, curiosas, rotas, perdidas, poderosas, comprometidas, alocadas, brillantes, solteras, tristes, madres, hermanas, hijas, solas, sentidas, miedosas, divertidas, estupendas, cotidianas, acompañadas, compañeras, bellas, enamoradas, esposas, inseguras, novias, nerviosas, capaces, trabajadoras, despechadas, decididas, simplemente mujeres, mujeres todas ellas que pululan por el universo de Icíar Bollaín (Madrid, 1967). Mujeres como Niña y Trini, de Hola, ¿estás sola? (1995), que se lanzaban a la vida en busca de un lugar en el mundo, de su lugar. Las Patricia, Milady y Marirrosi de Flores de otro mundo (1999), que querían eso tan sencillo, y a la vez tan difícil, como querer y ser queridas. La Pilar de Te doy mis ojos (2003), una mujer maltratada que huía para empezar una nueva vida. Las Carmen, Inés y Eva de Mataharis (2007), detectives que debían conciliar el trabajo con la maternidad. La Laia de Katmandú, un espejo en el cielo (2011), una mujer que se trasladaba a la otra parte del mundo a ayudar a los demás. Las mujeres de En tierra extraña (2014), obligadas a emigrar en busca de un futuro mejor. La Alma de El olivo (2016), obstinada con recuperar y honrar la memoria familiar.

Si exceptuamos También la lluvia (2010), y Yuli (2018), centradas en figuras masculinas, y curiosamente, filmadas en el extranjero, el resto de las películas de Bolláin tratan conflictos femeninos, ya sean físicos u emocionales, en la que sus personajes comparten la edad con la directora en el momento que vieorn la luz. Una filmografía que podríamos ver como un caleidoscopio interesante y profundo de las inquietudes personales, profesionales y emocionales de Bollaín a lo largo de este cuarto de siglo de carrera, donde hay historias sobre mujeres para un público inquieto y reflexivo. Ahora, nos encontramos con Rosa, una mujer costurera de 45 años, con una vida entregada a las necesidades de los demás, a su familia, a la compañía de un padre viudo que no sabe estarse quieto, a la de Armando,  un hermano separado y con hijos, que su psicosis por el trabajo y la comida, no le dejan tiempo para nada más, y a las de Violeta, una adicta al trabajo, también, que ahoga su soledad y egoísmo en alcohol, y la inquietud por Lidia, una hija, recién madre de gemelos, que vive en Londres, demasiado sola. Y así pasan los días, semanas y años, con esa inquebrantable rutina y asfixiante vida de Rosa (como deja patente el magnífico prólogo con esa carrera en la que todos alientan a Rosa a seguir, aunque ya no pueda con su alma, y finalmente, cae rendida, sola y abatida).

La directora madrileña vuelve a escribir con Alicia Luna (que ya formaron dúo en la exitosa Te doy mis ojos), su película número diez, un relato de aquí y ahora, con esa urgencia e intermitencia que tienen las historias que están sucediendo en la cotidianidad más cercana, explicándonos las (des) venturas de una mujer agobiada y sin aliento, que existe por y para los demás, que está a punto de explotar. Rosa es un personaje de carne y hueso, como nosotros/as, como todas esas personas que nos cruzamos diariamente en nuestras vidas, pero también, es una hija de Bollaín, y eso quiere decir que no se va a rendir, que no se contentará con su existencia tan precaria, sino que algo hará, aunque sea una locura y este llena de impedimentos y obstáculos. Las criaturas de la cineasta madrileña no entienden de esas cosas, no se achican por los miedos e inseguridades, o los vientos de tormenta, ellas son mujeres de carácter, de pasos al frente, y Rosa lo da, y tanto que lo da, como un golpe en la mesa, decidida y firme en su decisión, dejando todo atrás, incluida familia, y empezando reconciliándose con sus raíces, su pueblo, y su pasado, con esa madre costurera como ella, y para celebrarlo, decide contraer matrimonio con ella misma.

La bomba que lanza remueve y de qué manera a su familia, que cada uno a su manera, responde con sus decisiones y sus historias haciendo caso omiso a Rosa, que deberá seguir remando para hacerse entender y sobre todo, que los demás escuchen y no piensen tanto en sí mismos, y piensen un poquito en Rosa, la que siempre está ahí. La película brilla con una luz mediterránea (se sitúa en localizaciones de Valencia, Benicàssim, entre otras), una luz libre e intimista obra de los cinematógrafos Sergi Gallardo (que ya hizo la de El olivo, otro relato con tintes mediterráneos), y Beatriz Sastre, que debuta en el largo de ficción, bien acompañados por otros miembros conocidos de Bollaín, como el montaje de Nacho Ruiz Capillas, lleno de energía, con ese aire naturalista y próximo que emana la película, el arte de Laia Colet, o el sonido de Eva Valiño. La narración fluye y enamora, tiene ese aire de tragicomedia que tanto le gusta a Bollaín, con ese aire de comedia alocado y drama personal, mezclados con astucia con humor y emoción, sin nunca caer en el sentimentalismo o el dramatismo, sino en esa fina, cuidada y equilibrada mirada donde todas las cosas están donde deben estar y en la distancia justa, esa distancia para poder conocer a los personajes, sus tragedias cotidianas, que nos hagan reír, llorar y en fin, emocionarnos.

La directora madrileña vuelve a contar con Candela Peña, que estuvo en su debut, y era una de las hermanas de Pilar en Te doy mis ojos, dando vida a Rosa, en un rol maravilloso y jugoso, en que la actriz catalana brilla con luz propia, con ese magnetismo natural que le caracteriza, expresando sin palabras, solo con gestos, toda la marabunta emocional que vive en la película, reafirmando sus emociones, luchando por ellas, y haciendo lo imposible para que todos los suyos sepan que hasta aquí hemos llegado, que su vida, la real, la que siempre había soñado, empieza hoy, que ya es muy tarde, y todos ellos, deberán sacarse las castañas del fuego, y no depender de su buena voluntad, como señal de esa nueva vida, el vestido rojo de vuelo, pasional y vital. A su lado, brillan también Sergi López, campechano, mandón y egoísta, ese hombre abnegado a su trabajo que le está llevando a la ruina, Nathalie Poza, la hermana que vive demasiado en su burbuja y deberá remover sus cosas para volver a la senda que más le conviene, Ramón Barea como el padre, ese hombre todavía perdido después de haber perdido a su mujer, que también, debe encontrar su forma de encauzar el dolor y la pérdida. Y finalmente, Paula Usero (que ya vimos en un breve papel en El olivo), da vida a Lidia, esa hija que ya lleva dando demasiados tumbos para su corta edad, que necesita entender a su madre Rosa, y sobre todo, entenderse a sí misma para saber que quiere y que necesita.

Bollaín ha querido volver a esas historias protagonizadas por mujeres perdidas y rotas que tanto le gustan, situándolas en esa tesitura donde sus existencias ya nada tienen que ver con lo que soñaron años atrás, cuando eran más jóvenes, cuando todo parecía posible, en una aventura de volverse a reencontrarse con ellas mismas, como si recuperase el personaje de Trini y lo buscara a ver que ha sido de su vida, o quizás, dentro de Rosa hay muchas Trinis, o tal vez, podríamos añadir, que dentro de nosotros hay demasiadas Rosas, que al igual que Rosa, deberíamos dar el paso y casarnos con nosotros mismos antes que con nadie. La cineasta recoge el aroma de todo ese cine español tragicómico donde se hablaba de emociones en el contexto social que nos ha tocado vivir, como las comedias madrileñas de los Colomo, Trueba o Almodóvar, con personajes femeninos fuertes y desgraciados, mirando los problemas bajo la mirada del observador crítico y paciente. Bollaín  ha construido un relato bellísimo y muy emocionante, lleno de ritmo, de vitalidad, de sentimientos, que va de aquí para allá, sin tregua, donde ocurren mil cosas,  dando visibilidad a todas esas emociones que necesitan salir y materializarse, una película sobre la vida, sobre todas esas vidas que no hacemos caso, todas esas vidas que se pierden por el camino, un camino demasiado encajonado y cuadriculado, un camino que es demasiado planeado, en el que solo obedecemos y agradamos a los demás, olvidándonos de lo más importante de nuestras vidas que no es otra cosa que nosotros mismos, lo que somos, lo que sentimos y hacia donde queremos ir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Marcelino, el mejor payaso del mundo, de Germán Roda

HABÍA UNA VEZ… EL PAYASO MARCELINO.

“Hacer el payaso es simplemente una manera divertida de ser serio”

Jango Edwards

Una fría noche de noviembre de 1927, en una habitación del Hotel Mansfield, de Nueva York, se quitó la vida Marcelino Orbés. Tenía 54 años de edad, y durante los años de 1900 a 1914, había sido el payaso más famoso del mundo. Aunque la prensa se hizo eco de la noticia, y Chaplin envío la corona de flores más hermosa, el tiempo enterró su memoria y jamás se supo de su existencia. A principios de los noventa, la figura de Marcelino volvió del olvido, a través del propio Chaplin que lo citaba en sus memorias. En el 2007, Buster Keaton hacía lo propio en las suyas, y sobre todo, la publicación del libro Marcelino. El mejor payaso del mundo, de Mariano García Cantarero, que ayudó a rescatar su memoria y a dotarle el lugar que se merece en el universo del clown, el circo y el espectáculo. El director Germán Roda (Granada, 1975), conoció la feliz y triste historia de Marcelino y encontró un material ideal para construir una película en torno a su figura. Roda ya había dado muestras de su interés por las biografías de artistas desconocidos, el mundo del espectáculo o rescatar lugares o personajes de la historia como hizo en Improvisando (2009), sobre la comedia dell’arte, o en Pomarón y el cine amateur (2010), en Juego de espías (Canfranc-Zaragoza-San Sebastián) (2013), Goya Siglo XXI (2018) o en Los años del humo (2018), en la que investiga el incendio del Hotel Corona de Aragón de 1979 que provocó 80 fallecidos y cientos de heridos.

En Marcelino, el mejor payaso del mundo, construye un relato apoyándose no solo en un homenaje a la figura del payaso Marcelino, sino también, a la figura del payaso, a través de un docudrama, en el que el cómico Pepe Viyuela adopta el rol de Marcelino e interpreta las etapas de su vida, sus espectáculos, sus amores, un gag de la película que hizo, otro de un combate de boxeo, muy parecido al que vimos en Luces de la ciudad, de Chaplin, recorriendo la vida y milagros de Marcelino, desde sus inicios en España allá por 1873, sus primeros pasos en el mundo de la acrobacia con la familia “Los Martini”, su grandísimo éxito en Londres y su posterior desembarco en Nueva York, convirtiéndose en una gran estrella que llenaba un teatro de 5000 butacas, sus amores frustrados con la inglesa Louisa Johnson y la estadounidense Ada Holt, la llegada del cine que acabó con sus años de gloria y su ruina como payaso, y finalmente, solo y abandonado, decidió acabar con su vida.

En la película, otros payasos nos reivindican la figura de Marcelino y el oficio del payaso, escuchamos los testimonios de Mariano García Cantarero y otros, historiadores que nos hablan de la inteligencia y el dominio del escenario de Marcelino por los diferentes teatros en los que actuó. La película no esconde su sencillez, su propuesta es clara y honesta, quiere y consigue reivindicar la figura de Marcelino, rescatándolo del olvido y colocándolo en el lugar que la historia le negó, contribuyendo a su grandiosidad como payaso y su incontestable influencia de su legado en figuras tan grandes como Charles Chaplin y Buster Keaton. La obra de Roda, que coescribe con Miguel Ángel Lamata, bucea tanto en sus éxitos como en sus fracasos, su idea del payaso artesanal en que su escenario ideal era un teatro, su rechazo al cine, sus frustrados amores, sus desventuras y malas inversiones que lo llevaron a la ruina, la desolación y la desaparición, y todo lo cuenta con una extrema sinceridad y sobriedad, dejando espacio para que el espectador reflexione y se divierta con Marcelino, y conozca a una de las grandes estrellas del mundo del clown y del espectáculo.

La enigmática y natural luz del cinematógrafo Daniel Vergara, creando esas secuencias maravillosas de cine mudo, o la lúgubre y desoladora habitación de hotel con la que empieza y finaliza la película, o el dinámico montaje del propio Roda, hacen de la película una hermosísima fábula sobre el humanismo de un ser maravilloso y artista con todas sus consecuencias, que ideó una nueva forma de hacer reír o simplemente, de reírse de todo y todos, con esa mirada triste, la nariz roja (pionero en ese aspecto), esa ropa usada de vagabundo, y ese gesto y movimiento de torpeza, inutilidad y talento que derrocha cada vez que deleitaba a su público, recorremos su auge y caída, o mejor dicho, recorremos las vidas de tantos payasos tristes que conocieron el éxito en su oficio y la derrota en su vida personal, porque como decía el poeta: “Todos acabamos fracasando en nuestras propias vidas, porque no hay máscara que nos salve”. Solo nos queda decir que, gracias a Marcelino por su legado y su memoria, ahora ya siempre junto a nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA