Diana, de Alejo Moreno

LAS MÁSCARAS QUE NOS INVENTAMOS.  

“El ser humano no es sólo uno, si no dos… y digo dos porque mis conocimientos no han ido más allá”

Confesión del Doctor Jekyll

Nos encontramos en una gran capital, en una de esas noches sin más. Una noche que ocurrirá algo diferente para la vida de Hugo, porque esa noche Hugo se convertirá en Jano y llamará a una scort, una prostituta de lujo, para pasar la una hora con ella, con una mujer que se llama Ela. Así, con este arranque algo inquietante y a la vez, excitante, comienza Diana, la puesta de largo de Alejo Moreno (Sevilla, 1984) que después de años dedicado al cortometraje, a la producción y demás actividades relacionadas con el cine, amén de seguir en el programa “Días de cine” de televisión, se ha lanzado al ruedo con una película pequeña de medios, pero grande en su forma e intenciones, porque a través de una mise en scene diferente y también, extraña, donde combina encuadres desde el techo o de ángulos imposibles, con una cámara pegada al cogote de sus criaturas, como si los estuviera diseccionando emocionalmente (obra de la cinematógrafa Irene Cruz).

Nos enfrentamos a un relato claustro fóbico y muy oscuro, que se inicia con una entrevista a la scort donde va relatando los pormenores de su oficio y su identidad, y a través de varios flashbacks iremos conociendo su modus operandi y ese encuentro con Jano, ese emprendedor actual que se ha hecho millonario con una plataforma online. El juego de máscaras y las diferentes perversiones a las que juegan los dos personajes en cuestión pasará por diferentes roles (un encuentro que recuerda a la obra En la soledad de los campos de algodón, de Bernard-Marie Koltés) en el que nada es lo que parece, y tanto prostituta como cliente jugarán sus cartas, en una relación de poder, mentiras e identidades varias. El director sevillano nos ubica en ese espacio cerrado y siniestro, con esa decoración que va desde los excesos de los setenta (con esa lámpara con cuerdas al estilo marinero) o esas sábanas rojas y la cama al estilo decimonónico, combinando diferentes épocas y estilos, con esas pinturas que revelan más de los personajes de lo que imaginamos (obra del director de arte y pintor Armando Seijo).

La película se inserta en estas dos personalidades, y traza una línea imaginaria en la que en el primer tercio nos coloca en la existencia de Jano, con su empresa, entrevistas y sus problemas emocionales, para luego pasar a la mente de Sofía, a la que conoceremos su tormentoso pasado y sus actividades fuera del trabajo, para finalmente, someternos a la realidad de estas dos personalidades, de dos criaturas víctimas de una sociedad falsa, superficial y siniestra que ha encontrado en el dinero, el vil metal que le llamaba Pérez Galdós, en su único medio de existencia, tanto a nivel físico como emocional, generando seres emocionalmente inestables, obcecados por las apariencias y hundidos en la miseria de sus vidas y sus múltiples personajes, máscaras que les invaden y los traumatizan hasta límites fatales. Moreno nos cuenta una fábula moral actual, con reminiscencias del cine de Polanski, donde sus personajes torturados y sus espacios cerrados contribuyen las señas de su cine, y también, encontramos rasgos de la forma de Inland Empire, de David Lynch, donde el cineasta estadounidense iba más allá y sacaba todo el partido posible/imposible al digital, creando un atmósfera entre la razón y la locura.

La enigmática y seductora pareja protagonista encabezada por una sensual y fascinante Ana Rujas, una especie de femme fatal, que muestra poco y esconde mucho más, capturando en sus redes de seducción a su partenaire, Jorge Roldán asumiendo el rol de Jano, ese empresario joven y emprendedor que parece el reverso del monstruo, en el que la sociedad siniestra y capitalista genera continuamente, seres depresivos que se mueven por las noches como zombies en busca de consuelo, de alguien que le s escuche, aunque para eso haya que pagar cantidades indecentes de dinero, aunque a veces puede resultar que esos caminos nos lleven a oscuras y terroríficas bocas del lobo. Quizás la película se maneja bien en dos primeros tercios, colocándonos en una posición inquietante, más propia del thriller negro, negrísimo, en la que todo parece un relato de amor fou entre alguien desesperado y otra, que se aprovecha de esa ventaja, para derivar en su tramo final en una narración más embarullada que en momentos se alarga demasiado, perdiendo la fuerza de sus anteriores tramos, aunque hay que reconocerle a Moreno su esfuerzo, su determinación y también, la forma de su relato, donde en muchos instantes, consigue deslumbrarnos con sus personajes, la frialdad que destilan y las diferentes dominaciones que se van entretejiendo, donde todo puede suceder y donde la criatura más inocente aparentemente, se puede convertir en el ser más malvado y abominable.


<p><a href=”https://vimeo.com/273166954″>DIANA trailer version SOFIA</a> from <a href=”https://vimeo.com/thefigtree”>Alejo Moreno</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Las distancias, de Elena Trapé

TRES DÍAS CON LOS AMIGOS.

“Todos creíamos que a partir de cierta edad sentirías un clic y lo entenderías todo, pero este clic no llega nunca”

En las primeras líneas de la excelente novela Cuatro amigos, de David Trueba, leemos lo siguiente: “Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas. Los seres humanos elevamos ciertos tópicos a las alturas para esquivar la poca importancia de nuestras vidas”. Sin ánimo de hacer comparaciones, aunque las dos compartan hablarnos de la amistad de cuatro amigos, aunque sus miradas transitan por caminos complementarios, sí, pero también diferentes. Aunque, esas primeras líneas de la novela, podrían ser también las primeras líneas de la película. Se esperaba con entusiasmo el nuevo trabajo de Elena Trapé (Barcelona, 1976) después de las buenas sensaciones que dejó su debut con Blog (2010) la historia de un grupo de adolescente que pactan quedarse embarazadas como protesta. Entre medias, Trapé ha dirigido Palabras, mapas, secretos y otras cosas (2015) un documento que recorre el trabajo de la cineasta Isabel Coixet, a través del espíritu de sus películas.

Las distancias nos habla de amistad, de emociones (des) encontradas y desordenadas, de precariedad, de huidas, y sobre todo, de una generación muy preparada académicamente, pero con pocas expectativas de futuro laboral, económico y emocional. Sí en Blog, la amistad era ese espacio de compañerismo, absolutamente férreo, sin aristas, y todas a una. En Las distancias, es todo lo contrario, aquellas adolescentes han cumplido años y ahora se encuentran en los 35 años, que se convierte en el punto de partida de la película, ya que tres amigos viajan a Berlín a sorprender y celebrar el cumpleaños de Comas, con esa excusa ya que hace la tira que no se ven. Aunque lo que allí se encuentran o reencuentran no es lo que esperaban, y el fin de semana divertido y cálido, se convierte en un tono oscuro y gélido, en el que la atmósfera de ese Berlín frío y nublado se convierte en el marco ideal para hablarnos de las emociones que experimentan los jóvenes treintañeros. Trapé nos está hablando de ella y sus amigos, y del contexto precario en el que se mueven todos ellos, empezando por Olivia (Alexandra Jiménez) embarazada de siete meses, y con serias dudas con sus sentimientos y el padre de su futuro hijo, Eloi (Bruno Sevilla) con un trabajo a media jornada, abandonado por la novia, y volviendo a casa de sus padres a vivir por no poder pagar su piso, Guille (Isak Férriz) al que parecen ir bien las cosas laboralmente hablando, arrastra una relación de pareja no del todo satisfactoria con Anna (Maria Ribera) que lo acompaña en el viaje, y por último, Comas (Miki Esparbé) el anfitrión y cumpleañero, que vive instalado en Berlín, que se muestra apático y reservado, que será la figura ausente de la película.

La cineasta barcelonesa enmarca su relato en sólo tres días, con un prólogo, donde todos son encuentros, abrazos y sonrisas, para pasar a ese sábado casi siniestro, donde se cimenta el grueso de la historia, donde cada uno de los personajes acabará en solitario, deambulando por una ciudad extraña, irreconocible y triste, algo así como un espejo demoledor de sus emociones, donde cada uno de ellos se encerrará en sus ideas, pensamientos y reflexiones sobre sí mismo y sus amigos, en el que la directora opta por seguirlos con la cámara pegada a ellos, como esa sombra molesta de la que no pueden huir (es grandioso el trabajo de luz de Julián Elizalde, con esa luz lúgubre y velada que acompaña toda la película) en el que se irán perdiendo por las calles berlinesas, aceptando su realidad, una realidad de la que llevan demasiado tiempo intentando escapar. El preciso trabajo de montaje, obra de Liana Artigal (que ya firmó el de Blog) llevándonos de un personaje a otro, siendo testigos de sus preocupaciones, misterios y sobre todo, de sus miserias emocionales, de aquello que no cuentan a nadie, pero que no les deja en paz.

Un guión obra de la propia directora, junto a Josan Hatero y Miguel Ibáñez Monroy (autor entre otras de la serie Cites) que es parco en palabras, construido a través de silencios y gestos, y de las soledades interiores de cada uno de ellos, en esos momentos de conflictos, de reproches, de una amistad que fue, que ocurrió, que los acompañó durante largos años, pero a día de hoy, una amistad rota, donde más que amigos parecen extraños, una amistad que sigue manteniéndose gracias al pasado (como ese precioso y terrible momento en que Olivia recupera un cd del grupo Los Fresones Rebeldes y su canción “Al amanecer”, todo un himno allá a finales de los 90) donde parece devolvernos a esa juventud temprana, donde todos parecíamos más felices, y sobre todo, éramos más jóvenes, cargados de ilusiones, donde vislumbrábamos un futuro muy diferente a lo que es realmente, donde los sueños parecen maravillosos, y la amistad que teníamos parecía irrompible, eterna y feliz.

Trapé recoge el espíritu que acompañaba a películas como Reencuentro, de Kasdan o Los amigos de Peter, de Branagh, en el que amigos y amigas pasaban de la celebración a las verdades en la cara, sin concesiones ni rodeos, un mismo espíritu que tanto Trapé, al igual que sus compañeras de la Escac, como Mar Coll, Roser Aguilar, Nely Reguera o Liliana Torres, a la que podríamos incluir a Sergi Pérez, nos hablan de relaciones entre amigos, de emociones soterradas y deseos incumplidos, de una juventud que quería conquistar el mundo, pero la realidad la llevó por otros lares más incómodos y demasiado tristes. Trapé  ha hecho una película magnífica, honesta y cercana, huyendo del sentimentalismo y los aspavientos emocionales, rodeado de un grupo artístico y técnico de altura, contándonos un relato donde mucha gente, en los que se incluye un servidor, se verá muy reflejado, quizás demasiado, porque la película se convierte en ese espejo donde se reflejan todos nuestros miedos, inseguridades y nuestra incapacidad para los temas emocionales, nuestra torpeza y cobardía para afrontar lo que sentimos, y la nula incompetencia para afrontar nuestra precaria realidad y detener esa eterna huida de nosotros mismos, y de los demás, quizás los únicos amigos sinceros, o al menos alguna vez lo fueron, que nos quedan para tomar una cerveza y contarnos lo que nos ocurre, pero de verdad, sin mentiras ni falsedades.

Siempre juntos (Benzinho), de Gustavo Pizzi

NO HAY NADA COMO UNA MADRE.

“Siempre hay que seguir hacia delante, porque llega un momento que todo sale bien”.

Irene es una madre de familia de cuarenta años que vive junto a sus cuatro hijos en Petrópolis (Río de Janeiro, Brasil). El mayor, es un portero talentoso de balonmano, el segundo, un artista de la tuba, que siempre la acarrea por todos los lugares, y los más pequeños, un par de gemelos, rubios y rebeldes. Klaus, el marido, intenta infructuosamente tirar hacia delante su precario puesto de libros, que cada día va de mal en peor. La cotidianidad se ve agitada cuando la casa que habitan, se le acumulan los desperfectos. Aunque, el verdadero cisma del relato se producirá cuando Fernando, el hijo mayor, recibe una propuesta de un equipo de Alemania porque quieren contar con sus servicios. La familia no volverá a ser la misma a partir de esa noticia, sobre todo, para Irene, que verá que ese mundo familiar y unido que tanto trabajo le ha costado edificar y mantener, empieza a resquebrajarse y a separarse.

El cineasta brasileño Gustavo Pizzi debutó con Riscado (Craft), en el año 2010, donde daba buena cuenta de las dificultades de una actriz talentosa en busca de una oportunidad. Ahora, vuelve a contar con Karine Teles (también en labores de guionista, ya que firman juntos el texto) que ya había dado vida a la actriz desafortunada, para convertirla en madre-matrona al estilo de aquellas matriarcas coraje italianas al modo de Anna Magnani de Bellísima o la Sophia Loren de Dos mujeres, madres de armas tomar que se llevan por delante a cualquiera que atente o haga daño a su prole, y además, les ayudarán en todo lo que sea menester, aún poniendo su vida en peligro. Irene es el pilar de esa casa, levanta a ese marido desanimado, que intenta negocios que siempre le salen mal (que parece un personaje salido de una película de Berlanga) y apoya hasta las últimas consecuencias a sus hijos, y a su hermana, Sònia, que ha dejado a su marido drogadicto y se ha presentado en su casa con su hijo pequeño. Irene es una madre con todas las de la ley que, además se dedica a la venta ambulante, y estudia para sacarse el segundo grado. Una madre inquieta, valiente y fuerte, que nunca desfallece, por muy mal que estén las cosas. Aunque, la idea de perder a su hijo mayor, la hará mantener una batalla íntima contra ella misma, porque por un lado está feliz por la aventura alemana de su hijo, pero, por otro, sabe que se va a ir lejos, y tendrá que vivir con ello, combatir esa ausencia que sabe que la afectará, porque es la primera vez que le sucede algo parecido.

Pizzi enmarca su película en una tragicomedia social e íntima, donde no paran de suceder situaciones, algunas dramáticas, otras divertidas, pero siempre con ese lado cómico, siempre desde la idea de vitalidad, de reconstruirse cada día, y afrontar con la mejor de las caras los avatares cotidianos que se producen en el seno familiar. Tiene el aroma de la comedia familiar, divertida y con momentos duros, en los que un conflicto, ya sea la despedida de un hijo que marcha al extranjero o la de un concurso de jóvenes estrellas que los lleva a cruzar medio país, como sucedía en la extraordinaria Pequeña Miss Sunshine. Obras íntimas, muy familiares, pero sin esa idea de lo establecido y las buenas maneras, sino todo lo contrario, mostrando la humanidad de cada uno de sus componentes, sus pequeños dramas íntimos, y cómo afecta a los demás, y los conflictos, mayores o menores, que se van originando en el hogar, un hogar siempre patas a arriba, a punto de estallar, pero con optimismo para afrontar los males. Una actitud encomiable ante la vida, donde por muchas hostias que te den, con voluntad y decisión, y sin dejar de trabajar por ello, algo en claro siempre se saca, y los problemas nunca son tan grandes si tenemos la paciencia de mirarlos con la perspectiva necesaria, y sobre todo, nos mantenemos unidos con los nuestros.

La fantástica y maravillosa interpretación de Karine Teles (que ya la habíamos visto como la madre altiva de Una segunda madre, y también, en la joven engañada de El lobo detrás de la puerta) es el pilar de este entramado familiar, la que sustenta los cimientos de todos y cada uno de ellos, la que sonríe y contagia a todos, y la que llora en silencio, manteniéndose firme ante los problemas, le acompañan Octávio Müller (que también estuvo en Riscado) haciendo ese padre bonachón y negado para los negocios, que encuentra consuelo en su mujer siempre que lo necesite, Adriana Esteves hace de la hermana, que se convertirá en ese apoyo femenino que con sola una mirada se entienden, van al alimón, y sobre todo, conoce ese combate interno que tiene Irene con la marcha de Fernando. Bien conjuntados con los niños, que los gemelos son los hijos reales del propio director e Irene.

Pizzi construye una película esperanza, sin caer en el sentimentalismo de culebrón, sino en una sinceridad que nos atrapa en sus 98 minutos  de metraje, donde nunca dejan de ocurrir cosas, algunas muy divertidas, surrealistas, extravagantes y dramáticas,  haciéndonos reír, también llorar, pero sin estridencias ni trucos de magia, sino mostrando sinceridad y verdad, conduciéndonos por esta familia a través de su madre, esa mujer fuerte, valiente y hecha palante, personas que a pesar de las dificultades por las que atraviesan, nunca contagian con su desfallecimiento o tristeza a los demás, se lo comen en silencio, para los demás siempre tienen una sonrisa, una palabra amable, y energía para mirar siempre para lo que tenga que venir, manteniendo unido a la familia, pase lo que pase, y pese a quién pese.

Solo, de Hugo Stuven

FRENTE A UNO MISMO.

“Lo que me salvó, lo que vine a descubrir, fue la aceptación”

El relato, basado en hechos reales, nos sitúa en Fuerteventura, en septiembre del año 2014,  en un paisaje natural y bellísimo, alejado del mundanal ruido. Una mañana, Álvaro, un surfista libre y sin ataduras, o así lo cree él, va detrás de su ola perfecta. Aunque, las cosas se tuercen y de qué manera, porque Álvaro tiene un accidente que lo lleva a precipitarse por un acantilado en una de las zonas más inaccesibles de la isla. Entonces, empiezan las 48 horas más angustiosas en la vida de Álvaro, cuando solo, y muy mal herido, con la cadera rota en tres partes y una gran herida abierta en la mano, tendrá que luchar contra sí mismo y una naturaleza hostil para seguir con su vida. La segunda película de Hugo Stuven (Madrid, 1978) se aleja en apariencia de su opera prima, Anomalous (2016) una suerte de thriller que mezclaba géneros que se adentraba en la mente de un esquizofrénico protagonizada por Lluís Homar. Ahora, el director madrileño vuelve a indagar en la soledad y sus consecuencias, aunque cambiando el escenario, el género y las circunstancias personales, porque la enfermedad ha dejado paso al accidente y a sus terribles secuelas.

Si bien la película se centra en el joven herido, tiene un primer tercio donde conocemos la identidad de Álvaro, su mundo, su naturaleza, inquietudes y amigos, en el que descubrimos a un tipo solitario, con su familia lejos, una relación sentimental frustrada, que le cuesta aceptar, y el sueño utópico de viajar por el mundo surfeando olas con su mejor amigo, Nelo, una especie de hermano mayor que parece tener otros planes más realistas. Álvaro es uno de esos tipos que quiere ser libre y además, mantener una relación, postura que le ha llevado a muchos conflictos en su vida, consigo mimso y con su entorno. Stuven se adentra en la mente del surfista, y para eso nos describe a un tipo que se pelea consigo mismo, en una batalla interna en el que lo quiero todo, porque en realidad, lo único que sabe es que no quiere estar solo. Alguien, muy sólo, que el accidente y sus horas de soledad e inquietud por su vida, le hará replantearse cosas sobre su existencia, y su camino vital, y aquellos que le importan. El director madrileño huye de toda épica y sentimentalismo (si exceptuamos algún subrayado demás) para contarnos un relato que navega entre momentos realistas y muy viscerales, con otras completamente oníricos, en el que hacemos este viaje introspectivo a la mente de alguien en una situación grave de peligro.

La cinta tampoco se deja llevar por el escenario paradisíaco de Fuerteventura, sino que nos cuenta su conflcito a través de los ojos de Álvaro, en una estructura casi en tiempo real, donde las horas y las dificultades van avanzando, y el rescate no llega, en una situación que lleva a su protagonista, a alguien siempre a merced de los demás, por ese miedo ancestral a sentirse solo, a sentirse desplazado por los demás, pero, que las circunstancias del accidente y su cuerpo malherido, con sus terribles alucinaciones, lo pondrán frente a sí mismo, sin más ayuda que su fortaleza, poniendo a prueba sus límites físicos y mentales, ante la adversidad de no tener ayuda de ningún tipo, de tener que salir a flote por sí mismo. Stuven coloca su cámara para que seamos testigos de la odisea personal de Álvaro, en el que vivirá de todo: dejar de luchar, sus enfrentamientos con las cigüeñas invasoras, la curación casera de sus heridas, o su lucha contra el frío nocturno o contra la marea que lo arrastra, su peculiar manera de moverse, en la que va arrastrándose por la playa, o su capacidad olvidada para enfrentarse al mayor de los peligros, a uno mismo, en la que sus emociones juegan un papel fundamente, ya que ellas le ayudarán a seguir luchando por su vida o dejarse llevar y acabar con ella.

Stuven cuenta con Alain Hernández para dar vida a su surfista accidentado, un actor de raza, de imponente físico, que aquí realiza una interpretación de gran altura, tanto física como mental, en uno de sus mejores trabajos, en este descenso a los infiernos a nivel físico y emocional, en esta especie de monólogo interior en el que la vida pende d eun hilo, de un suspiro, donde cada fracción de segundo te deja sin aire y te mueres, donde cada reacción es crucial, donde la vida, o lo que te queda de ella, pasa a ser, no la parte más importante de ti, sino la única, tu única piel. Bien acompañado por Aura Garrido, como ese amor-espejismo que parece real o no, como una de esas sirenas que parece al lado, e inmediatamente después, ha desaparecido. También, encontramos la enriquecedora presencia de Ben Temple, un neoyorquino instalado en Madrid hace casi dos décadas, como ese hermano-amigo de experiencia que se convierte en un reflejo transformador para Álvaro. Stuven ha logrado una película honesta y sencilla, con claras reminiscencias al Robinson Crusoe, de Dafoe, a ese náufrago que en soledad encontrará el verdadero sentido de su existencia, o la más reciente de 127 horas, de Danny Boyle, en la que daba buena cuenta de la odisea de un montañero atrapado en una roca, donde la aventura se torna cotidiana y minimalista, en que la premisa del hombre enfrentado a los elementos, es un extraordinario medio para hablarnos de las inquietudes humanas, de aquello que callamos pero que nos bulle como agua hirviendo en nuestro interior, aquello que cuando estamos solos, alejados de todos y todo, nos tropezamos con nuestra verdadera esencia, nada más que eso, lo que somos realmente.

No quiero perderte nunca, de Alejo Levis

PAULA Y SUS FANTASMAS.

“Si nos perdemos, nos volvemos a encontrar en el lugar que nos vimos por última vez”

Paula y Malena se han mudado a la casa familiar de la primera. Es una casa aislada en mitad de un bosque, apartada de todos y todo, donde se acumulan las huellas de una vida, y llena de recuerdos de otro tiempo, y sus objetos, desordenados y polvorientos, se acumulan en cajas sin saber qué hacer con ellos. Paula quiere esos objetos cerca, junto a ella, se niega a desprenderse de ellos, como si esos objetos albergaran el alma de aquellos que ya no están. De aquellos que aunque no los veamos, siguen presenten en cada habitación y en cada espacio de la casa. Una mañana, Paula coge el teléfono y le comunican que su madre ha muerto. Malena se va a trabajar, y Paula se queda sola, atrapada en esa casa, en sus recuerdos, en sus objetos y con sus fantasmas. Alejo Levis es un creador inquieto, ha editado The Birthday, de Eugenio Mira, ha coescrito 14 días con Víctor, ha coescrito y codirigido el montaje teatral Life Spoiler, y ha dirigido videoclips y cortos, también debutó como director en el largo Todo parecía perfecto (2014) una inclasificable e hipnótica love story, en el que se mezclaban realidad y sueño.

En su segundo trabajo, mantiene la atmósfera psicológica, y también, el mundo onírico, pero aquí el amor de pareja ha transmutado en una relación materno-filial, en el que una hija deberá enfrentarse a sus fantasmas, a la pérdida, al dolor, a la ausencia de una madre que, al igual que ella, vaga por esa casa familiar transformada en un laberíntico baúl de recuerdos, olores, sensaciones y tiempos, donde cada instante parece diferente, envuelto en la extrañeza mental que sufre la protagonista. Levis conduce a su Alicia particular por este al otro lado del espejo, a esa dimensión entre realidad y sueño, a ese estado de ánimo confuso y complejo, donde las cosas ya no son lo que eran, donde todo ha cambiado, en el que uno ya no pertenece a sí mismo, sino a ese espacio, convirtiéndose en un objeto o recuerdo más, intentando lo imposible, intentando ese acercamiento al ser que ya no está, a esa madre ausente, que ya lo era en vida, y que ahora, en la muerte, vuelve a ser un ser que se escabulle, imposible de atrapar, un ser que te busca, pero tú no lo ves, alguien que te llama, pero eres incapaz de saber de dónde procede, alguien que te quiere a su lado, pero tú, por más que vayas en su encuentro, no logras encontrarte.

A través de una luz natural, y un formato íntimo y corporal, y esa música poética y anímica, que nos explica el interior de  Paula, a la que seguimos por este espacio onírico, intangible y complejo, un espacio doméstico y conocido, que se convierte en un lugar extraño, lleno de rincones oscuros, y escaleras y pasillos que no tienen fin, situándonos en su interior, en el centro de su alma herida, esa alma sin descanso, esa alma que desea ese encuentro soñado, ese encuentro imposible, ese encuentro entre la vida y la muerte, ese instante fugaz, pero lleno de vida y amor. Levis recoge el aroma de aquel cine psicológico de finales de los sesenta que eclosionó en los setenta, con nombres como Bergman, Polanski o Saura, donde sus heroínas depresivas, vagaban sin descanso, atormentadas por espectros, en un espacio terrorífico lleno de recuerdos y objetos familiares molestos, que las llevaban hacia lugares oscuros e inciertos, enfrentándolas a todo aquello que pertenecía a la memoria familiar y a su propia memoria.

Levis apoya su retrato en la mirada y el cuerpo de María Ribera, una actriz portentosa y cálida, que consigue con lo mínimo, introducirnos por este cuento de terror doméstico, que suelen ser los más siniestros, ya que se sumergen en aquello oscuro que alberga en nuestro interior, explorando sin concesiones, y a tumba abierta, esa pérdida transformada en dolor físico y mental, en este viaje introspectivo al interior del alma, sobre la aceptación desde el dolor y la pérdida,  hacia el encuentro con aquello más profundo, aquello que no nos deja respirar, lo que nos oculta de nosotros mismos, y sobre todo, enfrentarse a nuestros fantasmas ocultos, y los otros, esos espectros que vagan por nuestros espacios, esas presencias inquietantes que nos devuelven lo más oscuro de nosotros mismos. Malena, su compañera, interpretada por Carla Torres, es la antítesis de Paula, porque representa lo terrenal y lo físico, esa puerta a la realidad, mientras Paula es lo metafísico y lo romántico, y finalmente, la madre, maravillosa la interpretación de la dulce y cálida Aida Oset (que también se marcará uno de los temas de la película) esa ausencia-presencia en todo el metraje, a través de su memoria, en forma de cartas, de su voz, sus objetos, y la presencia vital, con la misma edad que Paula, y estas dos almas, que se buscan, se llaman, se hablan y sobre todo, se sienten desde lo más profundo, de aquello que no podemos ver ni escuchar, sólo sentir y dejarnos llevar.

Entrevista a Sara Gutiérrez Galve

Entrevista a Sara Gutiérrez Galve, directora de la película “Yo la busco”, en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el martes 1 de mayo de 2018 en el hall del Teatre CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sara Gutiérrez Galve, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Tarip Porter de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Yo la busco, de Sara Gutiérrez Galve

UNA NOCHE, UNA CIUDAD. 

Parafraseando a Truffaut, y adoptando el título de uno de sus artículos más celebrados, aquel que empezaba con Una cierta tendencia del cine… Podríamos coger una parte de aquella idea y trasladarla al cine que se hace aquí y ahora, porque es característica común que muchas de las películas de debutantes hablan desde una mirada muy personal, hablando de sus vidas y las de sus amigos y entorno, y haciendo claras referencias al propio cine, la música, la literatura, etc… Las películas de Jonás Trueba o Marc Ferrer serían ejemplos de esta idea, así como Les amigues de l’Àgata o Julia Ist, retratos de jóvenes, de sus devaneos sentimentales y sociales, invadidos por el tedio, en algunos casos, o la imposición y carencia económicas, el silencio o la huida ante los conflictos emocionales, o las rupturas interiores que se producen en sus relaciones sentimentales, que suelen ser ambiguas, complejas e inclasificables. Seres que se sienten vacíos, encarcelados en una existencia triste y solitaria, incapaces de expresarse y la imposibilidad de exponer sus sentimientos.

La puesta de largo de Sara Gutiérrez Galve (Barcelona, 1994) surge como proyecto de final de carrera en la Universitat Pompeu Fabra, tutorizada por nombres tan importantes como Javier Rebollo, Mar Coll o el propio Jonás Trueba, convertida en una película sencilla y honesta, en la que la directora, junto a la coguionista Núria Roura Benito, nos propone un retrato de gente de su edad y entorno, y capturando un día en las vidas de sus personajes, una única jornada donde asistimos a una ruptura, una ruptura que se produce en Max, cuando, de casualidad, se entera que Emma, su compañera de piso, se ha cogido un apartamento junto a su pareja. Ese instante de cambio, ese momento en el que la relación que había entre Max y Emma ha pasado a otra situación, la amistad íntima y corporal que se sentían ha quedado rota, aunque Max está afectado, no enfrenta el problema, lo que siente, y decide, de una manera torpe y casi una huida interior, salir a la calle de noche, en busca de no sé sabe qué y a quién, ni dónde.

La directora catalana apoya todo su relato en Max, en la mirada de Max, en esa ruptura interior que está viviendo y sufriendo, capturando ese deambular espectral por la noche barcelonesa, una ciudad oscura y diferente, habitada por personas que le acompañarán o lo evitarán, capturando lo invisible, lo que no vemos, lo que se escapa, aquello que nos sucede interiormente, siguiendo esa mirada rota, como buscando alguien cercano, alguien que le acompañe en su desamparo, en su pesadumbre, en esos sentimientos encontrados, extraños y complejos. La cámara (con esa luz natural y rota de Carlos Rigo Bellver) se engancha a Max y lo sigue, lo escruta y no lo deja en ningún instante. Lo acompañamos por supers de pakis abiertos toda la noche, por pubs donde pasar un rato agradable o no, por calles solitarias en compañía de alguna mujer igual de sola, por trayectos en taxis que desprenden sentimientos distantes, algún kebab en bares pringosos donde se encuentran personas cercanas, compañías poco amables que despiertan recelo, y canciones para olvidar en sitios desconocidos.

Todos los espacios que podemos encontrar en una gran ciudad de noche, donde Max acabará sin muy bien saber porqué, en esta huida nocturna, encontrando ese camino o destino que evite volver a casa y enfrentarse con su problema, con enfrentarse a su ruptura, a esos sentimientos hacía Emma, hacía lo que tenían, a todo aquello que los unía, a esa amistad íntima, casi de pareja, hablando de proyectos futuros que ahora han quedado en suspenso, que están no se sabe dónde. Gutiérrez Galve nos habla de las relaciones actuales, del modo que se construyen y cómo se desarrollan, de amistad o amistades, de amor o amores, de sentimientos y de la incapacidad que tenemos para expresarlos, de hablar de lo que sentimientos a esa persona que nos hace sentir de una manera u otra, de tantas palabras por decir y dejándonos las importantes por decir, de la dificultad de amarse sin ser pareja, de ese instante donde los amigos emprenden caminos diferentes al tuyo, y tú te sientes diferente a tu pesar, a preguntarse dónde irán a parar todas esas promesas que te hiciste o se hicieron los amigos.

Yo la busco es una película fresca, divertida y ligera, porque es profunda sin pretenderlo, porque habla de muchas cosas que ocurren sin subrayados ni discursos, siempre dentro de un lenguaje cercano, de una intimidad que traspasa y dialogando con el espectador continuamente, que navega entre la comedia y el drama, y lo fusiona, lo mezcla, en la que nos habla en susurros de las rupturas interiores que se producen cuando no se dicen las cosas, cuando se oculta lo que sentimos, y de donde nos lleva todo eso, con un protagonista fascinante, seductor y frágil,  como Dani Casellas, este tipo perdido en la noche, y triste, moviendo su soledad por la noche, de aquí para allá, intentando encontrar algo a qué agarrarse, muy bien acompañado por Laia Vidal como esa Gemma, que tampoco sabe si quiere o no quiere, debutantes los dos. Un retrato que nos devuelve el aroma de aquel cine español de finales de los setenta y principios de los ochenta, realizado por Trueba, Colomo o Martínez-Lázaro, entre otros, donde unos personajes inquietos y curiosos por la vida, se perdían en su desazón vital, incertidumbre en el amor, y la complejidad de sus emociones, que iban y venían, sin acabar de saber su origen y causa.


<p><a href=”https://vimeo.com/263135872″>YO LA BUSCO – Trailer (V.O.S.Esp)</a> from <a href=”https://vimeo.com/nanouk”>Nanouk Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>