Memorias de un hombre en pijama, de Carlos Fernández de Vigo

EL SOLTERO EMPEDERNIDO Y EL AMOR.

Durante el 2010 y 2011 aparecieron en el diario “Las Provincias”, publicado en la Comunidad Valenciana, las primeras tiras cómicas de Memorias de un hombre en pijama, donde el dibujante Paco Roca (Valencia, 1969) explicaba las vicisitudes, más o menos autobiográficas, de un alter ego cuarentón y soltero hasta la médula que cumplía uno de sus sueños infantiles, trabajar desde casa y en pijama, reflexionando sobre su vida, amigos y amores o no, siempre en un tono cómico e irreverente. Debido al gran éxito, saltó a “El País”, de tirada nacional, y luego se convirtió en una novela gráfica. Con la mente puesta en el éxito cinematográfico de Arrugas (2011) otra novela gráfica de Roca, donde explicaba la vejez y contaba el proceso de la enfermedad de Alzheimer del padre de un buen amigo, y contando con un equipo parecido en la escritura con el propio Roca, Ángel de la Cruz y el fichaje de Diana López Valera, le dieron forma a la adaptación de la novela gráfica, contando con el director Carlos Fernández de Vigo, debutante en el universo de Roca. Siguiendo el espíritu que recogían las páginas de los diarios, donde conocíamos a Paco, un tipo cuarentón, soltero empedernido y libre como el aire, que consigue vivir de su talento y en pijama, explicando a sus lectores las desventuras de alguien que se relaciona con sus amigos de toda la vida, con nombres de signos del horóscopo, y sus tribulaciones con el amor y esa cosa de conocerse y conocer a alguien, a través de mucho humor y algo de crítica, que nunca viene mal.

Aunque toda esa vida aparentemente tranquila y feliz, si exceptuamos el amor, donde la fluidez del dibujo se torna torpe y nada delicado, todo cambiará con la llegada de Jilguero, una mujer joven (diez años menos que él) atractiva, risueña y todo un ciclón para la vida encajonada, y a ratos sosa de Paco, lo que arranca como un rollo más o menos interesante, se irá convirtiendo en una relación de pareja, con sus muchos altibajos, y todo lo ello conlleva. Roca, De la Cruz y Fernández de Vigo construyen una película de animación, con la salvedad de su prólogo y epílogo, que utilizan imagen real protagonizada por Raúl Arévalo y María Castro, que prestan sus voces a las dos criaturas protagonistas. La película cuenta la vida de Paco, en una especie de diario de soltero que trabaja como dibujante desde casa, con sus heroicidades y fracasos de sus salidas con sus amigos, para luego añadir la relación con Jilguero, la vida en común y los problemas de pareja más cotidianos y cercanos.

Los 74 minutos de la película avanzan rápido y con gracia, si bien estamos ante una película algo convencional, que a ratos sabe sortearlo con astucia e inteligencia, cuando Paco se relaciona con sus amigos y sus problemas, la love story que nos cuentan es más interesante y divertida a sus inicios, donde todo fluye de manera ingeniosa y cómica, y a medida que avanza, tiene momentos que parece anclarse y la fluidez del principio se resiente, no obstante, remonta en la parte final, creando toda una serie de situaciones divertidas y recurrentes, donde la historia parece devolvernos a la pericia y la inteligente que desborda en su inicio. Resulta interesante y novedosa la elección de la música pop y reflexiva de Love of lesbian como banda sonora, no sólo como seguimiento, sino como algo más, donde las canciones nos cuentan las interiores del personaje protagonista, dotando a la música de una relevancia muy propia. A parte de las voces citadas, tenemos la del actor Manuel Manquiña, a través de uno de los personajes más interesantes de la función, ese repartidor de correos exprés, que será despedido por un encontronazo con Paco, y seguidamente, iremos viendo en los trabajos más diversos y extravagantes, y sus continuos desencuentros con el protagonista (a modo del amigo que le pide siempre dinero a Antoine Doinel en Besos robados).

Memorias de un hombre en pijama es una película entretenida, a ratos, muy divertida, y en otros, afortunadamente en los menos, demasiado evidente, pero en conjunto un buen ejercicio de cine de animación que atrapa y hace pasar un buen rato, en el que a través de su sencillez y ligereza, logra hacernos reflexionar sobre nosotros mismos y en la sociedad en que vivimos, en esos tipos afortunados en el trabajo y desorientados, casi perdidos en el amor, o los vaivenes de lo romántico, las difíciles convivencias, aceptar al otro, los vacíos creativos, compartir espacios, las dificultades de sentirse bien, y sobre todo, lo que nos cuesta sentir amor y expresárselo al otro. Todo eso y más, explica la película de Fernández de Vigo, De la Cruz y Roca, que sin llegar a la elegancia narrativa y emocional de Arrugas, han creado una comedia romántica digna, con altibajos, pero digna y eficiente, con momentos divertidos e inteligentes, que no es poco.

Entrevista a Meritxell Colell

Entrevista a Meritxell Colell, directora de la película “Con el viento”, en la cafetería del Hotel Ibis en Barcelona, el viernes 16 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Merixtell Colell, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Xan Gómez de Numax Distribución, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Con el viento, de Meritxell Colell

MÓNICA Y SU FAMILIA.

La película se abre de forma abstracta y ambigua, en la que vemos a Mónica ensayar una coreografía que la hace ir y venir con movimientos rápidos y bruscos, donde su respiración se mezcla con sus agitaciones corporales. Corte a Mónica caminando de forma agitada por las calles de Buenos Aires con una cámara que se mantiene muy cerca, encima de ella, donde los planos nerviosos y rápidos se amontonan uno tras otro. Sigue a una cena entre amigos distendida. Suena el teléfono, Mónica lo coge, y su hermana Elena le comunica que el padre se está muriendo. Mónica, sin dudarlo un instante, emprende viaje a un pequeño pueblo de Burgos a reunirse con su familia y sus raíces. La puesta de largo de Meritxell Colell (Barcelona, 1983) es una película ambientada en el mundo rural, donde Mónica se reencontrará, no solo con la familia que dejó hace años para convertirse en una bailarina reputada, sino también con sus raíces, aquellos espacios y objetos que formaron parte de su infancia, un tiempo alejado, extraño, como si otro lo hubiese vivido, como si nunca hubiera existido. Mónica es una extraña en ese lugar, alguien que ha perdido el vínculo con esos espacios rurales, con esa casa fría, y con esa forma de vida ancestral que el tiempo está borrando. La muerte del padre y la idea de vender la casa, contribuirán que la relación de Mónica con su familia adquiere elementos diferentes, porque todo ese mundo que le rodea ha comenzado su epílogo, su despedida, casi sin tiempo para volver a relacionarse con la tierra, la casa, su madre y los demás, con ese viento fiel y violento que acompaña  esa atmósfera de silencios y soledad.

La cineasta barcelonesa de raíces burgalesas, hecha la mirada atrás, a su propia infancia, no obstante dedica la película a sus abuelos, para contarnos una herida, una ruptura entre Mónica y su familia, un hilo roto entre el tiempo ausente de Mónica y el tiempo vivido entre esas cuatro paredes cuando Elena, su hermana, y Berta, su sobrina, se hicieron cargo de un padre enfermo. Un tiempo que Mónica, con los días de inviernos que pasa junto a su madre y sus raíces, y las visitas de la hermana y sobrina, tendrá que aproximarse a él desde la quietud, desde lo más profundo de su alma, en silencio, expresando con su cuerpo y su baile, todo aquello que no se puede expresar en palabras, porque no se encuentran o no existen. Colell apoya su relato en el rostro y el cuerpo de Mónica, arrancando con una forma nerviosa y enérgica, de planos cortos y rápidos, una dramaturgia que irá dejando paso a planos secuencia más largos, donde la cámara dejará de ser testigo inmediato para convertirse en observador paciente y certero, convirtiendo este drama femenino de cuatro voces, íntimo y muy personal, en una disección profunda y sobria sobre la condición humana y sobre la (re) construcción de los lazos familiares.

La cinta fusiona de forma natural y magnífica dos mundos, uno vivo y enfrentado, con  las relaciones difíciles y calladas entre las hermanas, en las que existe todo un mundo de separación, y la madre y sobrina, y otro mundo, aquel que de forma antropológica nos retrata esa vida que se extingue, que desaparece, que muere junto al abuelo fallecido y con la venta de la casa familiar, como el toque de campanas a muerto, lavarse el pelo con cazos, recoger patatas, cortar y apilar leña, plantar cebolletas, o toda una serie de objetos que pertenecen a otro tiempo, otro instante que albergó esa casa, como la máquina de hacer chorizos, los arreos propios del trabajo con el trigo o las albarcas, que cómo bien dice la abuela, de poco sirven en la capital. Una relación íntima y personal con unos objetos que ya dejaron de existir, que tuvieron su tiempo, y ahora se encuentran amontonados y llenos de polvo, objetos que las nuevas generaciones como la nieta quiere conservarlos, mientras la abuela quiere desprenderse de ellos, porque sabe que su tiempo de utilidad dejó de tener vida.

Colell ha hecho una película hermosísima y llena de detalles, en la que cimenta este  pequeño y cercano universo de forma natural y concisa, mirándolo de forma honesta e íntima, sin caer en sentimentalismos ni nada que se le parezca, ya desde la ausencia de música extradiegética, sólo algunos temas, pocos, un viejo bolero o algún que otro tema clásico que acompaña a las danzas, una de Pina Bausch y otra, que sólo escucharemos. Los sonidos que escuchamos son aquellos propios de la naturaleza y domésticos, y los pocos diálogos que tiene la película, consiguiendo de esa forma ese entramado emocional de miradas, gestos y detalles por los que camina la película, en un tempo cinematográfico que irá, a medida que avanza el metraje, adquiriendo ese poso reposado, sin prisas, y sin pausa, donde la directora va cociendo a fuego lento la telaraña de relaciones y vínculos familiares que se van tejiendo a poca luz y con paciencia. La magnífica luz que nos atrapa en esa atmósfera sensible y violenta emocionalmente hablando, obra de Julián Elizalde (que también estuvo en Penélope o Las distancias, películas de reencuentros y roturas emocionales entre familia o amigos) y Aurélie Py, consiguen acercarnos de forma sencilla a ese universo de desayunos tranquilos, de partidas a la brisca, o de noches de deseos, donde los habitantes son parcos en palabras y más en gestos.

El extraordinario montaje de Ana Pfaff (imprescindible su mirada en este tipo de relatos íntimos, cargados de profundidad emocional, donde el detalle adquiere una dimensión muy profunda) contribuye a tejer con sensibilidad todo el entramado visual y emocional que arroja la película, construyendo de forma íntima toda la poesía y vida que respira el relato, conmoviéndonos desde lo más profundo, desde aquello que sentimos, donde se tejen con delicadeza los vínculos que nos hacen pertenecer a una tierra, su olor, su viento, su nieve y su aire. Una película que se mira en el neorrealismo en su forma de narrar una vida que desparece y trazar una realidad emocional difícil con múltiples detalles, o el cine de Antonioni en la relación de los personajes con el espacio, o el cine de Saura, en los tejidos familiares y el pasado como forma de entendernos y seguir caminando, donde tendría su más cercana mirada en Elisa, vida mía, donde una hija regresa a la casa del padre envuelta en recuerdos, miedos y relaciones rotas.

El fantástico cuarteto protagonista nos acerca, sin construcciones complejas, a todo ese universo de relaciones difíciles y soterradas que anidan en esa casa y entre las mujeres, empezando por Mónica García, brillante bailarina y coreógrafa,  que debuta en el cine con un personaje complicado, pero que sabe sacar adelante con brillantez, fusionando con matices todo lo que le une y separa con su tierra y los suyos, a su lado, Concha Canal, la maravillosa abuela en su primera incursión en el cine, con su maravillosa naturalidad y belleza que encarna a la tierra y a ese tiempo extinguido, con frases maravillosas como: “El frío nos conserva a todos”, “No te enteras de la fiesta” o “La brisca, mujer. Es más bonito”. A su lado, Elena Martín como esa nieta que no sabe qué hacer con su vida, si quedarse o marcharse fuera, y finalmente, Ana Fernández como Elena, la hermana mayor que ha tenido que hacerse cargo de sus padres con resignación y cariño. Cuatro mujeres, cuatro formas de entender y relacionarse con la tierra y sus raíces, que tejen en silencio y soledad todo aquello que les alegre y entristece, todo aquello que no se ve, todo aquel pasado y presente que vive y respira en esa casa, en esa tierra, en ese frío, y en ese viento.


<p><a href=”https://vimeo.com/290329355″>Trailer CON EL VIENTO (Meritxell Colell, 2018)</a> from <a href=”https://vimeo.com/numax”>NUMAX</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Arturo Menor

Entrevista a Arturo Menor, director de la película “Barbacana, la huella del lobo”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 19 de sepetiembre de 2018 en el hall de los Cines Verdi Park en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Arturo Menor, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Barbacana, la huella del lobo, de Arturo Menor

LOS PAISAJES DEL LOBO.

Cinco lobitos tiene la loba,
cinco lobitos, detrás de la escoba.
Cinco lobitos, cinco parió,
cinco críó, y a los cinco,
a los cinco tetita les dió.

El biólogo y cineasta talaverano Arturo Menor es un apasionado de la naturaleza y todo lo que le rodea, tanto a nivel natural como social, ya había demostrado esta pasión en muchos de sus trabajos para la Universidad de Huelva y otros medios, como lo hizo con su primer largometraje WildMed, el último bosque mediterráneo (2014) en el que mostraba la diversidad y belleza de la cordillera de Sierra Morena, en el que filmaba todos sus espacios, colores y aromas, y sus habitantes, donde coexisten especies como el lince ibérico, el águila imperial y el lobo. El éxito de crítica, tanto a nivel nacional como internacional, le ha animado a emprender un nuevo reto, filmar el lobo en su hábitat natural, en las montañas donde habita esta especie controvertida, un animal que desde tiempos inmemoriales ha mantenido una lucha contra el hombre, en un rodaje que abarcó tres años de trabajo.

La película arranca en Sierra Morena, y después, nos llevarán a la cordillera cantábrica, como si Menor y su equipo fuesen rastreadores que siguen la estela del lobo, en el que la cinta nos muestra todos los movimientos y actividades que se realizan para llamar la atención del lobo, asesorados por pastores y habitantes de las zonas que pisan. La película se teje a través de tres caminos. Por un lado, tenemos a su director y su equipo construyendo la experiencia y el trabajo cinematográfico, la parte técnica, y asistimos a su espera, mientras la voz del narrador nos va describiendo minuciosamente aquello que no vemos, o desconocemos, aquello que las imágenes no muestran, la extensa diversidad de los bosques, montes y campos ibéricos, y toda su vegetación y fauna salvaje y animal, desde aves, herbívoros, y los lobos, por un lado, y por el otro, el hombre, esos últimos pastores o los que todavía resisten, trashumando con sus ganados con la ayuda de sus perros mastines.

Por otro lado, la película consigue filmar a los lobos, una difícil tarea que requiere esfuerzo, mucho trabajo, enorme paciencia y unos equipos de filmación de alta tecnología, en el que observamos a los lobeznos recién nacidos, su madre y la evolución del clan familiar, sus disputas, sus estrategias de cazas y sus movimientos, y todo su desarrollo por las diversas estaciones del año. Y por último, la película nos habla de la situación del lobo, donde escuchamos a pastores y ganaderos que nos explican su relación con el lobo, donde descubrimos que el lobo ayuda a mantener la vegetación que ayudará a alimentar al ganado cuando suban a las altas montañas, cazando a los herbívoros, y de esa manera, manteniendo los ecosistemas. Tres ejes que se funden entre sí, mezclándose y adquiriendo un sentido conservacionista, no sólo del lobo, una especie en constante peligro, sino de la actividad ganadera y la diversidad de los ecosistemas ibéricos y su futuro, descubriéndonos una realidad social que difiere en muchas ocasiones con las ideas prejuiciosas hacia el lobo.

Una película que vuelve a mirar a nuestros montes y bosques, acercándonos todo su mundo que, como han hecho otros cineastas, aunque todavía muy escasos, que en los últimos años, han devuelto el documental de naturaleza a nuestros cines, siguiendo la estela del gran divulgador científico Félix Rodríguez de la Fuente, en los que se han sumado nombres como el del propio Menor, Joaquín Gutiérrez Acha, con sus trabajos como Guadalquivir o Cantábrico, o el más reciente de José Díaz y 100 días de soledad, trabajos de gran factura técnica que abordan la naturaleza desde el conservacionismo y la observación de toda su diversidad, belleza y naturalidad. El cineasta talaverano vuelve a sumergirnos en un relato de grandísima belleza, en el que ha contado con un gran esfuerzo técnico, donde se ha contado con un nutrido grupo de los mejores técnicos del país como Alvaro de armiñan, en guión y ayudante de dirección, los músicos Javier Arnanz y Jorge Marín, con la colaboración de la cantante Rozalén que canta la famosa “Cinco lobitos”, José M. G. Moyano en montaje o Daniel de Zayas y Carlos de Hita en sonido.

Una magnífica y sensorial película, con sus intensos y emocionantes 71 minutos de metraje, en la que respiramos naturaleza y nos adentramos en un mundo alejado de todo, y donde la vida y la muerte coexisten a cada segundo, en el que nos fundimos entre los aromas, la inmensa tableta de colores y formas, y todos los habitantes que impregnan cada brizna de hierba y de viento, como las aves, grandes y pequeñas, como esos buitres carroñeros que sacuden los cadáveres, las disputas de los rebecos en los más altos picos, el apareamiento de los ciervos y corzos, los jabalíes en busca de comida, y el lobo, moviéndose y relacionándose con ese paisaje bello y salvaje, en el que coexisten con el hombre, con sus ganados pastando, sus perros mastines vigilantes y protectores, y sus distintas formulas para luchar contra el lobo, cercando el ganado, o construyendo las barbacanas (que hace referencia el título de la película, que son las fortificaciones con cable y objetos que asustan al lobo y el impiden penetrar a por el ganado joven). Menor ha construido un retrato sobre los bosques y montes ibéricos desde la observación de la inquietud y curiosidad del cineasta que los ama, desde el respeto y la conservación de unos ecosistemas ancestrales y ricos, en el que la película los muestra en toda su riqueza y belleza, sumergiéndonos en todo aquello que vive y muere cada día.


<p><a href=”https://vimeo.com/283058201″>BARBACANA_TRAILER_RISEN</a&gt; from <a href=”https://vimeo.com/asecic”>ASECIC_VIMEO</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Diana, de Alejo Moreno

LAS MÁSCARAS QUE NOS INVENTAMOS.  

“El ser humano no es sólo uno, si no dos… y digo dos porque mis conocimientos no han ido más allá”

Confesión del Doctor Jekyll

Nos encontramos en una gran capital, en una de esas noches sin más. Una noche que ocurrirá algo diferente para la vida de Hugo, porque esa noche Hugo se convertirá en Jano y llamará a una scort, una prostituta de lujo, para pasar la una hora con ella, con una mujer que se llama Ela. Así, con este arranque algo inquietante y a la vez, excitante, comienza Diana, la puesta de largo de Alejo Moreno (Sevilla, 1984) que después de años dedicado al cortometraje, a la producción y demás actividades relacionadas con el cine, amén de seguir en el programa “Días de cine” de televisión, se ha lanzado al ruedo con una película pequeña de medios, pero grande en su forma e intenciones, porque a través de una mise en scene diferente y también, extraña, donde combina encuadres desde el techo o de ángulos imposibles, con una cámara pegada al cogote de sus criaturas, como si los estuviera diseccionando emocionalmente (obra de la cinematógrafa Irene Cruz).

Nos enfrentamos a un relato claustro fóbico y muy oscuro, que se inicia con una entrevista a la scort donde va relatando los pormenores de su oficio y su identidad, y a través de varios flashbacks iremos conociendo su modus operandi y ese encuentro con Jano, ese emprendedor actual que se ha hecho millonario con una plataforma online. El juego de máscaras y las diferentes perversiones a las que juegan los dos personajes en cuestión pasará por diferentes roles (un encuentro que recuerda a la obra En la soledad de los campos de algodón, de Bernard-Marie Koltés) en el que nada es lo que parece, y tanto prostituta como cliente jugarán sus cartas, en una relación de poder, mentiras e identidades varias. El director sevillano nos ubica en ese espacio cerrado y siniestro, con esa decoración que va desde los excesos de los setenta (con esa lámpara con cuerdas al estilo marinero) o esas sábanas rojas y la cama al estilo decimonónico, combinando diferentes épocas y estilos, con esas pinturas que revelan más de los personajes de lo que imaginamos (obra del director de arte y pintor Armando Seijo).

La película se inserta en estas dos personalidades, y traza una línea imaginaria en la que en el primer tercio nos coloca en la existencia de Jano, con su empresa, entrevistas y sus problemas emocionales, para luego pasar a la mente de Sofía, a la que conoceremos su tormentoso pasado y sus actividades fuera del trabajo, para finalmente, someternos a la realidad de estas dos personalidades, de dos criaturas víctimas de una sociedad falsa, superficial y siniestra que ha encontrado en el dinero, el vil metal que le llamaba Pérez Galdós, en su único medio de existencia, tanto a nivel físico como emocional, generando seres emocionalmente inestables, obcecados por las apariencias y hundidos en la miseria de sus vidas y sus múltiples personajes, máscaras que les invaden y los traumatizan hasta límites fatales. Moreno nos cuenta una fábula moral actual, con reminiscencias del cine de Polanski, donde sus personajes torturados y sus espacios cerrados contribuyen las señas de su cine, y también, encontramos rasgos de la forma de Inland Empire, de David Lynch, donde el cineasta estadounidense iba más allá y sacaba todo el partido posible/imposible al digital, creando un atmósfera entre la razón y la locura.

La enigmática y seductora pareja protagonista encabezada por una sensual y fascinante Ana Rujas, una especie de femme fatal, que muestra poco y esconde mucho más, capturando en sus redes de seducción a su partenaire, Jorge Roldán asumiendo el rol de Jano, ese empresario joven y emprendedor que parece el reverso del monstruo, en el que la sociedad siniestra y capitalista genera continuamente, seres depresivos que se mueven por las noches como zombies en busca de consuelo, de alguien que le s escuche, aunque para eso haya que pagar cantidades indecentes de dinero, aunque a veces puede resultar que esos caminos nos lleven a oscuras y terroríficas bocas del lobo. Quizás la película se maneja bien en dos primeros tercios, colocándonos en una posición inquietante, más propia del thriller negro, negrísimo, en la que todo parece un relato de amor fou entre alguien desesperado y otra, que se aprovecha de esa ventaja, para derivar en su tramo final en una narración más embarullada que en momentos se alarga demasiado, perdiendo la fuerza de sus anteriores tramos, aunque hay que reconocerle a Moreno su esfuerzo, su determinación y también, la forma de su relato, donde en muchos instantes, consigue deslumbrarnos con sus personajes, la frialdad que destilan y las diferentes dominaciones que se van entretejiendo, donde todo puede suceder y donde la criatura más inocente aparentemente, se puede convertir en el ser más malvado y abominable.


<p><a href=”https://vimeo.com/273166954″>DIANA trailer version SOFIA</a> from <a href=”https://vimeo.com/thefigtree”>Alejo Moreno</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Las distancias, de Elena Trapé

TRES DÍAS CON LOS AMIGOS.

“Todos creíamos que a partir de cierta edad sentirías un clic y lo entenderías todo, pero este clic no llega nunca”

En las primeras líneas de la excelente novela Cuatro amigos, de David Trueba, leemos lo siguiente: “Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas. Los seres humanos elevamos ciertos tópicos a las alturas para esquivar la poca importancia de nuestras vidas”. Sin ánimo de hacer comparaciones, aunque las dos compartan hablarnos de la amistad de cuatro amigos, aunque sus miradas transitan por caminos complementarios, sí, pero también diferentes. Aunque, esas primeras líneas de la novela, podrían ser también las primeras líneas de la película. Se esperaba con entusiasmo el nuevo trabajo de Elena Trapé (Barcelona, 1976) después de las buenas sensaciones que dejó su debut con Blog (2010) la historia de un grupo de adolescente que pactan quedarse embarazadas como protesta. Entre medias, Trapé ha dirigido Palabras, mapas, secretos y otras cosas (2015) un documento que recorre el trabajo de la cineasta Isabel Coixet, a través del espíritu de sus películas.

Las distancias nos habla de amistad, de emociones (des) encontradas y desordenadas, de precariedad, de huidas, y sobre todo, de una generación muy preparada académicamente, pero con pocas expectativas de futuro laboral, económico y emocional. Sí en Blog, la amistad era ese espacio de compañerismo, absolutamente férreo, sin aristas, y todas a una. En Las distancias, es todo lo contrario, aquellas adolescentes han cumplido años y ahora se encuentran en los 35 años, que se convierte en el punto de partida de la película, ya que tres amigos viajan a Berlín a sorprender y celebrar el cumpleaños de Comas, con esa excusa ya que hace la tira que no se ven. Aunque lo que allí se encuentran o reencuentran no es lo que esperaban, y el fin de semana divertido y cálido, se convierte en un tono oscuro y gélido, en el que la atmósfera de ese Berlín frío y nublado se convierte en el marco ideal para hablarnos de las emociones que experimentan los jóvenes treintañeros. Trapé nos está hablando de ella y sus amigos, y del contexto precario en el que se mueven todos ellos, empezando por Olivia (Alexandra Jiménez) embarazada de siete meses, y con serias dudas con sus sentimientos y el padre de su futuro hijo, Eloi (Bruno Sevilla) con un trabajo a media jornada, abandonado por la novia, y volviendo a casa de sus padres a vivir por no poder pagar su piso, Guille (Isak Férriz) al que parecen ir bien las cosas laboralmente hablando, arrastra una relación de pareja no del todo satisfactoria con Anna (Maria Ribera) que lo acompaña en el viaje, y por último, Comas (Miki Esparbé) el anfitrión y cumpleañero, que vive instalado en Berlín, que se muestra apático y reservado, que será la figura ausente de la película.

La cineasta barcelonesa enmarca su relato en sólo tres días, con un prólogo, donde todos son encuentros, abrazos y sonrisas, para pasar a ese sábado casi siniestro, donde se cimenta el grueso de la historia, donde cada uno de los personajes acabará en solitario, deambulando por una ciudad extraña, irreconocible y triste, algo así como un espejo demoledor de sus emociones, donde cada uno de ellos se encerrará en sus ideas, pensamientos y reflexiones sobre sí mismo y sus amigos, en el que la directora opta por seguirlos con la cámara pegada a ellos, como esa sombra molesta de la que no pueden huir (es grandioso el trabajo de luz de Julián Elizalde, con esa luz lúgubre y velada que acompaña toda la película) en el que se irán perdiendo por las calles berlinesas, aceptando su realidad, una realidad de la que llevan demasiado tiempo intentando escapar. El preciso trabajo de montaje, obra de Liana Artigal (que ya firmó el de Blog) llevándonos de un personaje a otro, siendo testigos de sus preocupaciones, misterios y sobre todo, de sus miserias emocionales, de aquello que no cuentan a nadie, pero que no les deja en paz.

Un guión obra de la propia directora, junto a Josan Hatero y Miguel Ibáñez Monroy (autor entre otras de la serie Cites) que es parco en palabras, construido a través de silencios y gestos, y de las soledades interiores de cada uno de ellos, en esos momentos de conflictos, de reproches, de una amistad que fue, que ocurrió, que los acompañó durante largos años, pero a día de hoy, una amistad rota, donde más que amigos parecen extraños, una amistad que sigue manteniéndose gracias al pasado (como ese precioso y terrible momento en que Olivia recupera un cd del grupo Los Fresones Rebeldes y su canción “Al amanecer”, todo un himno allá a finales de los 90) donde parece devolvernos a esa juventud temprana, donde todos parecíamos más felices, y sobre todo, éramos más jóvenes, cargados de ilusiones, donde vislumbrábamos un futuro muy diferente a lo que es realmente, donde los sueños parecen maravillosos, y la amistad que teníamos parecía irrompible, eterna y feliz.

Trapé recoge el espíritu que acompañaba a películas como Reencuentro, de Kasdan o Los amigos de Peter, de Branagh, en el que amigos y amigas pasaban de la celebración a las verdades en la cara, sin concesiones ni rodeos, un mismo espíritu que tanto Trapé, al igual que sus compañeras de la Escac, como Mar Coll, Roser Aguilar, Nely Reguera o Liliana Torres, a la que podríamos incluir a Sergi Pérez, nos hablan de relaciones entre amigos, de emociones soterradas y deseos incumplidos, de una juventud que quería conquistar el mundo, pero la realidad la llevó por otros lares más incómodos y demasiado tristes. Trapé  ha hecho una película magnífica, honesta y cercana, huyendo del sentimentalismo y los aspavientos emocionales, rodeado de un grupo artístico y técnico de altura, contándonos un relato donde mucha gente, en los que se incluye un servidor, se verá muy reflejado, quizás demasiado, porque la película se convierte en ese espejo donde se reflejan todos nuestros miedos, inseguridades y nuestra incapacidad para los temas emocionales, nuestra torpeza y cobardía para afrontar lo que sentimos, y la nula incompetencia para afrontar nuestra precaria realidad y detener esa eterna huida de nosotros mismos, y de los demás, quizás los únicos amigos sinceros, o al menos alguna vez lo fueron, que nos quedan para tomar una cerveza y contarnos lo que nos ocurre, pero de verdad, sin mentiras ni falsedades.