Tres dies amb la família, de Mar Coll

REENCONTRARSE CON LA FAMILIA.  

“No es la carne y la sangre, si no el corazón lo que nos hace padres e hijos”

Friedrich Von Schiller.

Tres dies amb la família o tres días finguiendo lo que no eres, o simplemente, lo que no te gusta ser. De esta manera podríamos definir este cuento oxuro de pesadillas, que vivie nuestra protagonista Léa, una joven de una veintena de años que viaja desde su exilio particular de Francia y deja atrás una relación de pareja en crisis y unos proyectos de vida que no parecen convencerla, para reencontrarse con su familia con motivo de la muerte del patriarca de los Vich i Carbó, una saga que pertenece a la burguesía catalana instalada en Girona. Allí vivirá tres jornadas que van desde el velatorio pasando por la misa hasta el entierro. En este retrato de todos nosotros -porqué, en cierto sentido, en algún momento de nuestra vida hemos tenido una familia o la tenemos- dentro el envoltorio de una película pequeña y sencilla, encontramos toda una serie de recursos de una madurez extraordinaria, una película llena de miradas furtivas, de silencios incómodos y de momentos donde reina la quietud en un grupo de gente que está más preocupada por ser lo que esperan de ellos que ser lo que son en realidad.

El artífice de este pequeña, sencilla e estimulante film tan bello como inquietante, tan conmovedor como demoledor, es la debutante Mar Coll, una barcelonesa de veintiocho años graduada en la ESCAC, que explica que la idea de la película le vino de una manera espontánea, estimulada por la muerte de su abuelo. La directora reflexiona sobre la arquitectura argumental de su film: “La película no quiere ser una respuesta, sino que está más próximo a una foto de familia de las que quedan en los álbumes y que, cuando las ves, si te fijas bien, puedes entrever todo lo que esconden detrás de cada gesto o cada actitud. Una foto de familia burguesa y catalana.” (Cines Renoir. Hoja de sesión. 26/06/08) Durante estas setenta y dos horas, guiados por Léa, iremos conociendo a sus padres,  separados, sus tíos, su tía –la oveja negra de la familia que ha escrito un libro que no deja tan bien a su padre tal y como esperaban sus hermanos-, y sus primos, que se reencontraran a partir de los viejos recuerdos de la infancia.

La opera prima de Coll es un retrato íntimamente femenino, donde las mujeres parecen más liberadas de toda la hipocresía que rodea a los tres hermanos y que, a pesar de todo, huyen del velorio del difunto con traición y premeditación para refugiarse en un bar y dejarse llevar un rato por la vida mientras beben, brindan por el viejo patriarca muerto y bailan al son de una rumba de Manzanita, que es una versión de “Un ramito de violetas”, de la gran Cecilia. Se trata de uno de los pocos instantes liberadores en que la directora nos deja respirar un poco. La película avanza con esta contención hasta el final, donde Léa ya no puede aguantar más y explota: su catarsis la libera un poco, y el único consuelo que recibe es de parte de su padre, mientras el resto de los comensales reunidos alrededor de la mesa la miran un instante y continúan la comida, que les parece más interesante que no los sentimientos de Léa y, porque no decirlo, que los sus propios sentimientos. Belén Ginart describía las criaturas de Mar Coll como unos “minusválidos emocionales” (El País, 26/06/08) Vale la pena decir también que el rodaje de la película se ha hecho prácticamente siguiendo las escenas en orden cronológico, cosa que ayuda a este crescendo que marca el hilo de la narración.

Antes de acabar, merece una mención especial todo el reparto de la película: el padre de Léa -un magnífico Eduard Fernández-, los tíos, en la piel de Francesc Orella y Ramón Fontseré, su mare, la actriz francesa Philippine Leroy-Beaulieu, la inesperada presencia de la tía Virginia a la que da vida una increíble Amàlia Sancho, i, especialmente Léa, una adorable, inquietante, perdida y especial Nausicaa Bonnín, que aquí debuta como protagonista en un registro muy complicado, un excelente trabajo lleno de matices, introvertido y muy bien planteado, y ejecutado. Una película de muchos debutantes y gente muy joven en el equipo técnico, pero que, con todo, han conseguido resolver con nota el objetivo que se planteaban. No quiero acabar sin mencionar los premios que esta película obtuvo en el Festival de Cine español de Málaga: “Mejor dirección” y “Mejor interpretación” para Nausicaa Bonnin y Eduard Fernández. Les dejo con esta familia que está muy lejos de ser perfecta, pero, hay alguna que lo sea?. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Yo niña, de Natural Arpajou

LA NIÑA SOLA.

“¿Dónde están? Vengan a buscarme. Por favor”.

El desamparo, la necesidad y la falta de amor son algunas de las emociones que echa en falta Armonía, una niña que vive en el sur de Argentina, en la zona conocida como El bolsón, junto al río negro, con sus padres, unos progenitores alejados de la civilización, que echan pestes del sistema capitalista, y viven en una barca sin luz, gas y otras comunidades. Desde el primer instante de la película, nos dejan bien claros los sentimientos de la niña, con esa primera imagen, una imagen que se repetirá a lo largo de la película, en que la niña, echada junto a un árbol, reclama al cielo, mediante un walkie talkie, que vengan a buscarla, o lo que es lo mismo, que la escuchen y al rescaten de esa vida que no le gusta, que aunque tenga una vida tranquila y en plena naturaleza junto a sus padres, se siente sola, incomprendida, vacía, en un mundo donde los adultos hacen y deshacen sin contar con ella. La directora argentina, que despuntó en cortometrajes de carácter personal, se basa en su infancia, ya que vivió junto a sus padres hippies progresistas en más de diez países, entre los que se encuentra la zona donde se filmó Yo niña, su opera prima.

El relato se cobija en la mirada de Armonía, todo lo que sucede lo vamos a ver desde esa mirada infantil e inocente, de alguien que vive junto a unos padres que van hacia otro lugar, unos padres que llevan una existencia que nada tiene que ver con el cuidado y la educación de una niña, en un entorno que no resulta el más apropiado para el crecimiento de la niña. Arpajou impone un tono naturalista, en consonancia con el entorno, muy transparente e íntimo, en una cinta que tiene a solo tres personajes buena parte de su metraje, y nos enclava, en su mayoría, en ese entorno natural y salvaje, en hogares como una barco junto al mencionado río, una cabaña en mitad del bosque y sobre todo, desde la altura y la mirada de la niña, alguien criado en ese lugar y luego, cuando va a la ciudad, el choque tremendo al conocer la urbe, tan distinta a ella, con esas ideas de adultos demasiado para ella, una niña que le encanta relacionarse con otros niños de su edad y jugar a las muñecas, situaciones que no tiene en el sur junto a sus padres. Una niña que no entiende y se margina en las cuestiones que van sucediéndose en la película.

La directora nacida en Mar del Plata, no quiere hacer una tesis sobre la educación adecuada ni nada que se le parezca, sino que va planteando circunstancias y cómo se van desarrollando, para de esa manera el espectador tenga la distancia adecuada para emitir sus propios juicios, huye completamente del manido “buenos y malos”, adoptando una mirada abierta y global para no caer en la superficialidad o tratamiento demasiado “positivista” de otras producciones. La cámara registra la historia, que nunca resulta monótona y esperada, sino todo lo contrario, el relato avanza con paso firme, sin estridencias ni subrayados, todo se cuenta desde lo más profundo y las diferentes posiciones de los personajes que nos vamos encontrando en el camino, deteniéndose en esa complejidad y múltiples puntos de vista enfrentados, tanto entre los padres, entre amigos, familiares u otros padres. Yo niña habla de la infancia, de una forma diferente de crecer en un entorno demasiado difícil para una niña como Armonía, también explora los métodos educativos, y la complicada relación entre padres e hijos, profundiza en la dificultad de vivir alejado del capitalismo feroz, y en las herramientas ante una existencia en la que hay que estar dispuesto a pasar penurias, tristezas y alegrías, quizás demasiados altibajos para una pequeña niña.

Natural Arpajou no se sale del camino trazado, y no quiere sorprendernos con artíficos de ningún tipo, sabe dónde quiere llegar y cómo transmitirlo, amasando con paciencia su relato, y entrando con sigilo a las emociones de los espectadores, y por ese motivo se rodea de dos intérpretes maravillosos y naturales como Andrea Carballo, que ya había trabajado con la directora en uno de sus cortometrajes, da vida a la madre de la niña, Esteban Lamothe como el padre, y para Armonía se encontró en un arduo casting a la debutante Huenu Paz Paredes, que se convierte en el alma mater de la función, generando ese abandono y soledad de la niña con pocos detalles y asentándose en la fuerza de su mirada, con ese pelo rojizo y enredado, asumiendo ese rol de la niña a lo Gretel, atrapada en esa casita de ensueño, pero que si escarbas te encuentras con la mugre, lo triste y lo oscuro, que tiene muchos puntos en común con Baja marea, de Roberto Minervini, donde también nos encontrábamos a un chaval poco atendido y querido. Yo niña es una magnífica fábula moderna y de siempre, en la que nos encontramos a una niña perdida, demasiado sola y triste que solo desea conocer el mundo y sentirse cerca de los suyos, aunque solo sea por un instante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Arnau Comas Quirante, Judit Cortina Vila y Oriol Llobet Avellaneda

Entrevista a Arnau Comas Quirante, Judit Cortina Vila y Oriol Llobet Avellaneda, intérpretes de la película “Les dues nits d’ahir”, de Pau Cruanyes Garrell y Gerard Vidal Barrena, en los Cinemes Girona en Barcelona, el viernes 12 de marzo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Arnau Comas Quirante, Judit Cortina Vila y Oriol Llobet Avellaneda, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Begoña de Prensa, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Entrevista a Pau Cruanyes Garrell y Gerard Vidal Barrena

Entrevista a Pau Cruanyes Garrell y Gerard Vidal Barrena, directores de la película “Les dues nits d’ahir”, en los Cinemes Girona en Barcelona, el viernes 12 de marzo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pau Cruanyes Garrell y Gerard Vidal Barrena, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Begoña de Prensa, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Les dues nits d’ahir, de Pau Cruanyes Garrell y Gerard Vidal Barrena

LOS QUE SE QUEDAN.

“Qué injusta, qué maldita, qué cabrona la muerte que no nos mata a nosotros sino a los que amamos”.

Carlos Fuentes.

Películas como Les amigues de l’Àgata (2015), de Laia Alabart, Alba Cros, Laura Rius y Marta Verheyen, Júlia ist (2017), de Elena Martin, Yo la busco (2018), de Sara Gutiérrez Galve, Ojos negros (2019), de Marta Lallana e Ivet Castelo y Les perseides (2019), de Alberto Dexeus e Ànnia Gabarró, tienen en común que son proyectos surgidas del grado de comunicación audiovisual en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, tutorizadas por nombres tan importantes de nuestro cine como Gonzalo de Lucas, Javier Rebollo, Jonás Trueba, Carla Simón, entre otros. Un cine que habla de personas jóvenes que oscilan entre los 20 y 30 años de edad, con temas que rondan sobre la muerte, el amor, la pérdida, la amistad, la memoria, entre otros temas, y sobre todo, es un cine que capta la vida en toda su plenitud, su negrura, su vitalidad y su dolor. Cinco películas a las que se añade una más de esta maravillosa cantera de talento y trabajo de la UPF, con el inquietante y atractivo título de Les dues nits d’ahir, un trabajo de guerrilla, sin pasta, con audacia y resistencia, que firman Pau Cruanyes Garrell y Gerard Vidal Barrena, igual de jóvenes que su terna de protagonistas, los Eric, Ona y Marcel, que ya evidencian ese estado de nervios y excitación que muestran en el febril arranque de la película, cuando sustraen las cenizas de Pol, el amigo que acaba de fallecer.

A partir de ese instante, y con la complicidad de la noche, las tres almas en pena se lanzan a vivir un itinerario hacia la nada, o mejor dicho, hacia ninguna parte, sin rumbo fijo, simplemente una huida para soportar el dolor o simplemente, para ocultarlo o quizás, para darle esquinazo, una forma de digerir el conflicto generando una partida entre colegas para olvidarse por unas horas o unos días de ese dolor inmenso por la pérdida del amigo fallecido. La cámara y esa luz sombría, firmada por Ignasi Àvila Padró, también surgido de la UPF, se convierte en una piel más, en una segunda textura de ellos mismos, capturando toda esa huida, o ese camino sin retorno, como unos fugitivos huyendo de ellos mismos, de su propio dolor y tristeza, intentando despedir al amigo ausente o simplemente, compartiendo unas noches con la esperanza de que aquello que tanto duele, duela menos. Acompañados de un montaje obra de Carlos Murcia Sánchez, muy fragmentado y cortante, que nos sitúa en el centro de todo, entre los personajes, viviendo intensamente su escapada o su deambular casi espectral, convertidos en una especie de zombies, de seres que quieren recordar y a la vez soportar tanta desazón, metiéndose en muchos líos y conflictos, tanto entre ellos, como con alguno que otra persona que se van encontrando por su no camino.

Personajes descontrolados, fumados, rabiosos, perdidos y a la deriva, con sus traumas interiores y enfrentados entre sí y contra los otros, que caen bien y mal, y a veces, ni sabemos cómo o porque actúan de tal o aquella manera, sometidos a un duelo que deben compartir, soportar y lidiar con él. Tres excelentes intérpretes tan jóvenes como sus directores, que saben encauzar todo esa montaña rusa de emociones y conflictos que están sintiendo, bien compuestos y sobre todo, una forma de transmitirlos muy natural y realista, encabezados por Arnau Comas Quirante que da vida a Eric, el más colega del fallecido, el que más se culpabiliza de su muerte, y el más visceral y animal de los tres, después esta Judit Cortina Vila que es Ona, la mujer del grupo, la que tuvo una relación más íntima con Pol, y también se machaca por su falta de sinceridad, y finalmente, Oriol Llobet Avellaneda que interpreta a Marcel, el más ausente, el más isla del grupo, el que tiene una relación más distante con todos, quizás por eso ahora se siente mal por la pérdida irreversible.

Les dues nits d’ahir esta ciertamente emparentada con El camí més llarg per tornar a casa (2014), de Sergi Pérez, otra cinta de guerrilla y en los márgenes, con un tipo a la deriva, igual que los tres protagonistas, incapaz de asumir la pérdida y el dolor, con toda su opresión y devastación. El tándem que forman  Cruanyes Garrel y Vidal Barrena, atentos a estos nombres que darán que hablar si la suerte y la industria les acompaña. Dos veinteañeros que han construido una película desde lo más profundo, mostrando todo ese mar de conflictos y de dudas por las que pasan las personas cuando perdemos a un ser querido, fijándose en los que se quedan, en los que deben despedirse del ausente, con todo lo que eso conlleva, que no es nada fácil, que comporta asumir la pérdida y sobre todo, el dolor que rasga el alma, quizás junto a los colegas de siempre, la cosa se hace más llevadera, pero pasar hay que pasar por todo, con la culpa que arrastramos y demás, y soportarlo, porque no queda otra, y de esa manera aprender a vivir con esa ausencia, que ahora martiriza y paraliza. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Olivia Delcán

Entrevista a Olivia Delcán, actriz de la película “Los inocentes”, de Guillermo Benet, en la terraza de la Sucursal Aceitera en Barcelona, el lunes 8 de marzo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Olivia Delcán, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Entrevista a David Moragas

Entrevista a David Moragas, director de la película “A Stormy Night”, en su domicilio en Barcelona, el lunes 1 de marzo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Moragas, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Gerard Cassadó de Filmin, por su amabilidad, paciencia y cariño.

La Mami, de Laura Herrero Garvín

LAS MUJERES QUE TRABAJAN DE NOCHE EN EL BARBA AZUL.

“Para empezar no es ni la palabra. Porque te voy a decir una cosa. Aquí hay chicas trabajando. Pero para nosotras no son putas. Para nosotras son trabajadoras sociales. ¿Sí? O damas de compañía. Damas de compañía porque tienen que estar soportándolas. Y estar aguantando muchas cosas. Trabajadoras sociales porque aguantan desde la persona más fina, más decente, más educada, hasta el más patán”.

La película se abre con Doña Olga, una mujer que trabajó casi medio siglo en el cabaret y ahora, retirada, se encarga de los baños, y el guardarropía del “Barba Azul”, un famoso cabaret de la colonia obrera de Ciudad de México. Doña Olga, a la que todas llaman “La Mami”, está limpiando de energías el lugar  mediante un ritual de purificación. Inmediatamente después, llegan las chicas que entre maquillaje y plática se preparan para otra noche más de trabajo, rodeadas de clientes para bailar y tomar. Esa noche llega Priscila, es su primer día, necesita dinero porque su hijo tiene cáncer y el tratamiento es muy elevado. La Mami la tranquiliza y le anima, como una madre protectora que ayuda a sus “niñas”. Priscila se arma de valor y baja las escaleras en dirección al local, la cámara se queda con ella, la música en directo suena y algunas chicas salen a bailar.

La cineasta y fotógrafa Laura Herrero Garvín (Toledo, 1985), formada en el Máster en Documental de Creación en la UPF en Barcelona, y con una veintena de cortometrajes a sus espaldas, ha vivido en México durante ocho años, país en el que debutó en el largometraje con El remolino (2016), filmada en una pequeña comunidad rural de Chiapas, en la que conocemos a dos hermanos, a Pedro que defiende su identidad, y a Esther, que trabaja incansablemente por una vida mejor de su hija, dos hermanos que luchan contra los elementos sociales y naturales. La Mami es su segundo trabajo, y se sitúa en la relación de esta mujer-madre para todas las chicas del cabaret, La Mami las escucha, las cuida, las reza, las ayuda, las mira, las aconseja, y las centra, lo mismo hará con Priscila, la recién llegada. Herrero Garvín centra su mirada y su cámara en La Mami, a través de ella descubriremos a las demás y al lugar, centrándose en los baños, en ese ir y venir de cada noche, entre maquillaje, confidencias, intimidades, y demás.

Nunca salimos al exterior, a la calle, si exceptuamos un plano de Priscila apurando un pitillo, todo ocurre en el interior, apenas alguna que otra secuencia en el local, y sobre todo, en el territorio de La Mami, una mujer que solo viendo como dobla el papel higiénico, se trata de una persona cercana, que abraza a sus chicas, que las entiende y la defiende, como ese magistral momento en que explica su trabajo a una clienta metiche, que recuerda a aquella inmensa secuencia de Vivir su vida, de Godard, en la que relatan las funciones de la prostitución que ejercía la protagonista. El sonido de las chicas mientras se preparan como artistas antes de “actuar”, con ese nombre cambiado, y sus conversaciones, con el rumor del sonido de la música, que viene de abajo, contrasta con esos dos mundo dentro del “Barba Azul”, abajo donde actúan y son otras, las que trabajan de noche para ayudar a su familia, y arriba, con La Mami, donde pueden ser ellas mismas, con sus verdades e intimidades. La cámara de Herrero Garvín, que se encarga de la cinematografía, escruta y se mueve entre las mujeres y sus miradas, cogiendo de aquí y allá, entre retazos y partes de un todo, que nunca veremos en su totalidad, creando esa sensación de troceado que tiene el lugar y las propias mujeres, en un juego de apariencias, mentiras y ocultaciones.

El exquisito y preciso montaje que firman el mexicano Lorenzo Mora Salazar, habitual en el documental que ya firmó la edición de El remolino, y Ana Pfaff (editora de nombres tan importantes como los de Carla Simón, Meritxell Colell, Carolina Astudillo, Adrián Orr, entre otros), capturan el ritmo que se vive y se palpa en el lugar, creando ese espacio doméstico, fragmentado y sonoro siempre desde la mirada callada, observadora y expectante de La Mami. La directora toledana ha construido una película intensa, vibrante y emocionante, desvelando la vida de las mujeres de la noche que, por necesidad acaban trabajando para entretener a hombres que apenas veremos, porque la idea de La Mami es mirar hacia dentro, hacia lo más profundo de todas estas mujeres, a sus vidas, a sus pasados, y sus presentes inmediatos, los que cada noche abren y cierran en el “Barba Azul”, huyendo de cualquier atisbo de sordidez o sentimentalismo, porque la película sabe muy bien hacia dónde va y que quiere contarnos, acogiéndonos en el universo de La Mami, es ese espacio de los baños y el guardarropía, ese lugar que nunca vemos, que apenas nos percatamos, esos lugares donde la vida, el pasado, y todo lo que somos, confluyen en cuatro paredes encerradas en pocos metros cuadrados, donde la existencia y nuestras intimidades y sombras pueden encontrar un poso de paz, de intimidad y sobre todo, de puentes, de acercamientos, y así de paso,  para que nos sintamos un poco menos solos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Érase una vez en Venezuela, de Anabel Rodríguez Ríos

LA AGONÍA DE CONGO MIRADOR.

“Hay dos maneras de vivir su vida: una como si nada es un milagro, la otra es como si todo es un milagro”.

Albert Einstein

Un país dividido como Venezuela, entre chavistas y opositores, azotado por una fuerte crisis económica, social y cultural, que ha empujado a casi el 9% de su población a la emigración, y ha dejado a los que se han quedado viviendo en malas condiciones y con un futuro muy oscuro y poco prometedor. Encaminándonos al occidente del país, en el estado de Zulia, al sur del lago Maracaibo, donde se extrae y exporta el petróleo famoso en el país, cerca de allí, nos encontramos con el pequeño pueblo de Congo Mirador, un lugar de casas flotantes, un lugar que antaño atraía turistas y sus gentes vivían de la pesca. Ahora, el lugar se ha vuelto decadente, acosado por la corrupción y afectado por la sedimentación, donde la tierra expulsa al agua, situación que ha provocado un éxodo masivo y las familias abandonan el lugar en busca de un futuro mejor.

No es la primera vez que el Congo Mirador era vehículo de representación cinematográfica en el cine de la directora venezolana Anabel Rodríguez Ríos, formada en Londres, porque ya fue protagonista de la película corta El barril (2012), inspirado cuando vio a unos niños jugando con barriles de petróleo en el lago. En el 2013, la realizadora vuelve al pueblo y empieza a filmar Érase una vez en Venezuela, filmación que ha abarcado siete años, en las que a través de dos mujeres, la señora Tamara, representando del partido del pueblo y cacique del lugar, y Natalia, la maestra, que lucha incansablemente por mejorar la escuela y dar una educación digna y libre. Dos formas de ver la vida y la sociedad que, explica con profundidad y transparencia las divisiones del país y los conflictos que se generan continuamente. Conoceremos a más habitantes del lugar, sus precarias formas de vida, sus ansias de abandonarlo todo y marchar, y sobre todo, sus continuas disputas, siempre enfocado a la relación de las respectivas familias y los niños y niñas que pululan por el lugar.

Rodríguez Ríos construye una película magnífica, honesta y profundamente humana, siguiendo con la distancia prudente a unos y otros, sin juzgar ni sobre todo decantarse por ninguno de los dos bandos enfrentados, los muestra en su cotidianidad, en sus relaciones intimas y personales, sus conflictos y tremendas dificultades por salir adelante, soportando el abandono de las autoridades del lugar, intentando seguir con una vida que cada día se pone más cuesta arriba. Pero, la directora sudamericana no solo se detiene en las dificultades y el pesimismo reinante, sino también en la belleza del lugar, en su pasado glorioso que conocemos verbalmente, en los juegos de los niños con el agua y el petróleo que va impregnando sus juegos y sus vidas, y en esos viajes en barca, el único medio de transporte por el pueblo, en esta pequeña Venecia que, a pesar de los pesares, sigue manteniendo una leve llama, aunque cada día que pasa, esa llama sea cada vez más tenue.

Congo Mirador se revela como un pequeño y casi desparecido microcosmos que sirve a la cineasta para definir y mostrar la Venezuela actual, con su rica biodiversidad y la cercanía y naturalidad de sus gentes, y también, la otra cara, la menos amable y más oscura, esa otra Venezuela, la que inunda los informativos de todo el mundo, violentada por la fortísima división política, la grave crisis económica, la falta de futuro de sus habitantes, y sobre todo, las múltiples carencias vitales que sufren los venezolanos. Somos testigos de los acontecimientos que van surgiendo en Congo Mirador durante siete años, los problemas sociales y económicos, la disputa entre la señora del pueblo y la maestra, aquellos que abandonan el lugar, con sus casas sobre barcas y yéndose para siempre, la celebración de las elecciones que, dividieron aún más a la población, y finalmente, los juegos de los niños y adultos que, de tanto en tanto, se dejan llevar por los baños y las aguas que rodean e inundan el lugar. Rodríguez Ríos ha construido un documento de aquí y ahora, mostrando una zona única de Venezuela que, al igual que el país, se va extinguiendo sin que nadie ni nada lo remedie. Érase una vez en Venezuela  tiene el aroma antropológico que desprendía el cine de Rouch y Pasolini, en su forma íntima y sincera de mirar a las personas, su idiosincrasia y sus circunstancias, y sobre todo, generando esa reflexión profunda y honesta, en que el individuo y sus formas de vivir y pensar en sus pequeños lugares de vida, acaban significando y revelando mucho más de un país que los grandes acontecimientos que acaban en los libros de historia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Sofi Escudé

Entrevista a Sofi Escudé, montadora de la película “Las niñas”, de Pilar Palomero, en su domicilio en Valldoreix, el sábado 6 de febrero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sofie Escudé, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Aymar del Amo de l’AMMAC, Associació de Muntadores i Muntadors Audiovisuals de Catalunya, por su amabilidad, paciencia y cariño.