Dolor y gloria, de Pedro Almodóvar

LOS FANTASMAS DEL CINEASTA.

“Sin el cine, mi vida no tiene sentido”

La primera vez que Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 1949) habló de un director de cine en sus películas fue en La ley del deseo (1987) con Pablo Quintero, un heroinómano profundamente enamorado de un joven, aunque la vida le colocaba en la tesitura de soportar los arrebatos de Antonio. Le siguieron tres años después Máximo Espejo en ¡Átame!, un veterano realizador encoñado de su actriz, luego vino Enrique Goded en La mala educación (2004) que vivía un sonado romance con su actor protagonista en aquellos años 80, y finalmente, Mateo Blanco en Los abrazos rotos (2009) que después de muchos años, recordaba el único amor de verdad que perdió en la persona de su actriz fetiche. Ahora, nos llega Salvador Mallo, sesentón, cansado y triste, muy diferente a los anteriores retratados, porque este no filma, no encuentra el motivo, el deseo de ponerse tras las cámaras, y además, sufre terribles dolores que aún hacen más difícil su oscura existencia. Aunque, como sucede en el cine de Almodóvar el pasado vuelve a llamar a sus puertas, y la Filmoteca Española restaura una de sus películas, Sabor, rodada 32 años atrás, para organizar un pase con público. Este hecho le pone en el camino de Alberto Crespo, el actor protagonista, una visita muy incómoda y difícil, ya que no se hablan desde entonces. Las visitas y los encuentros entre ambos se ampliarán, y Mallo, debido a sus terribles males, se aficionará al caballo como remedio.

La vida siempre caprichosa y maléfica en el cine del manchego, y caleidoscopia (como los maravillosos títulos de crédito inciales) nos llevará al pasado y el presente de manera desestructurada, personal e íntima,  provocando que el director se suma en sus recuerdos infantiles, cuando creció en aquella España de los 60, en las cuevas de Paterna, escenas que le volverán a su cabeza, entre duermevela y un pasado con muchas cuentas que ajustar, en ese espacio tan blanco, con esas sábanas secadas al sol, ese viento atronador y el tiempo infantil en que Salvador destacaba con la escritura y la lectura, y la relación con su madre Jacinta. Y ahí no queda la cosa, Salvador se reencontrará con su primer amor, Federico, aquel que le devolverá a los primeros años 80 en Madrid, cuando la juventud y la vida andaban con energía y valentía. La película número 21 de Pedro Almodóvar es un ejercicio de introspección, de recogimiento personal, que navega entre la autoficción y los recuerdos, reconocemos al director en la piel de Salvador Mallo pero con indudables diferencias, vemos en Mallo todos aquellos miedos que acechan a Almodóvar, todo aquello que la proximidad de la vejez devuelve a lo más primigenio en forma de deseos, como la infancia, las primeras experiencias, aquel cine con olor a pis, las tardes infinitas en el pueblo, el primer deseo que sintió en su piel, la relación con su madre, los primeros años en Madrid, el cine como forma de vida, los amantes que se fueron, los que no llegaron, y los soñados, y las películas, los relatos en su interior, los deseos que anidan en sus personajes, que antes anidaron en él, en que Sabor, la película de ficción sería una aproximación de La ley del deseo, la primera película que produjo El Deseo, aquella que lo cambió todo, quizás la primera película autobiográfica plena en el cine del manchego.

La aparición de Alberto Crespo, esos personajes del pasado tan almodovarianos, que habla de un monólogo de Cocteau, el mismo autor de La voz humana, que se representaba en La ley del deseo, y sirvió de inspiración para la siguiente película Mujeres al borde un ataque de nervios. Un deseo evocado en el que la película nos habla de las difíciles relaciones entre director y actor, entre aquello que se sueña y aquello convertido en realidad, las diferentes formas de creación en el proceso creativo. Luego, la infancia de Almodóvar, aquí transformada en las cuevas de Paterna, casi como prisiones subterráneas en aquella España gris, católica y triste, sumergidas a la vida, como la maravillosa secuencia de arranque de la película, cuando vemos a Mallo sumergido completamente en una piscina y la cámara avanza a su (re)encuentro, casi como una búsqueda, como una aproximación a alguien sumido en sus recuerdos, sus fantasmas y sus vidas. Una época que Almodóvar la presenta evocando sus recuerdos cinéfilos enmarcándola en el neorrealismo italiano, con su costumbrismo y la vida tan cotidiana y sencilla, con una madre que evoca a Anna Magnani del cine de Visconti o Pasolini, figuras indiscutibles para el cine del manchego que ha recordado en sus películas como Volver, y en la vejez, con sus ajustes entre madre e hijo, entre todo aquello pasado, todo aquello dicho y lo no dicho.

Y la relación con las madres de su cine, que cambiará a partir del fallecimiento de la suya, Francisca Caballero en 1999, relaciones materno-filial sentidas y vividas, muy presentes en su cine desde los inicios, aunque antes las madres almodovarianas eran seres castrantes, imposibles y de caracteres agrios, como recordamos a la Helga Liné de La ley del deseo, la Lucía de Mujeres al borde de un ataque de nervios o la madre del Juez Domínguez en Tacones lejanos. A partir de esa fecha, 1999, y con Todo sobre mi madre, las madres de sus películas adquieren otro rol, la madre protectora, sentida y capaz de cualquier cosa para salir adelante, como la Manuela de la citada película, la Raimunda de Volver o la Julieta. Todas ellas seres bondadosos, con sus defectos y virtudes, pero seres dispuestos a todo por sus hijas, aunque a veces la vida se empeñe en joderlas pero bien. Y finalmente, la visita de Federico, ese amor de Salvador Mallo, quizás el primer y único, el más verdadero, una visita corta pero muy intensa, de esas que dejan una huella imborrable en el alma, las que el tiempo no consigue borrar, aquellas que nos aman y fustigan de por vida, porque amores hay muchos, pero sólo uno que nos rompe el alma y la vida.

Almodóvar vuelve a contar con muchos de sus técnicos-fetiche que han estado acompañándolo en estos casi 40 años de vida haciendo cine como José Luis Alcaine en la luz, con esos colores mediterráneos del pasado evocando su infancia, y el contraste de los colores vivos como el rojo, el color del cine de Almodóvar, con los más apagados, para mostrar el exterior e interior del personaje de Salvador Mallo, o la novedad de Teresa Font, en tareas de montaje, después del fallecimiento de José Salcedo, presente en casi todas sus películas, el arte de Antxón Gómez, otro de sus fieles colaboradores, y con Alberto Iglesias en la música, siempre tan delicada y suave para contarnos las almas que se esconden en el personaje protagonista, o la inclusión del tema “Soy como tú me quieres”, de Mina, que escucharemos en varios instantes, que Almodóvar logra introducirlo en su cine y su relato como si este hubiera sido compuesta para tal efecto.

En el apartado actoral más de lo mismo, intérpretes que han estado en el cine de Almodóvar desde sus inicios, como Antonio Banderas, en 7 de sus películas, dando vida con aplomo y sobriedad al director alter ego de Almodóvar o algo más, un director crepuscular, que nos recuerda al vaquero cansado y dolorido, que sólo quiere sentarse sin más, rodeado de sus libros, de sus autores, recordando su pasado, y sin dolor, y si es posible, mirar la vida, sin nostalgia y rodeado de paz, un director en crisis que recuerda a Guido Anselmi, aquel en Fellini 8 ½, que arrastraba sus vivencias, sus recuerdos y su forma de mirar la vida y sobre todo, el cine, o el director Ferrand de La noche americana, que en mitad de un rodaje caótico le asaltaban las dudas y el valor de su trabajo, el de Opening Night, que acarreaba sus dudas además de lidiar con una actriz alcohólica y perdida, y finalmente, el José Sirgado de Arrebato, que curiosamente interpretaba Eusebio Poncela, que era el director de La ley del deseo, perdido en su crisis y obsesionado con el súper 8.

Con una Penélope Cruz en estado de gracia, fantástica como la madre del protagonista en su infancia, un personaje que recuerda a la Raimunda de Volver  y a tantas madres sacrificadas y currantas con los suyos, y Julieta Serrano en la vejez, haciendo por tercera vez de hijo de Banderas, una mujer delicada peor con carácter, que repasa con azote los actos y no actos de su hijo, y ese Asier Etxeandia, un personaje adicto a la heroína y actor sin actuar, que muestra a un tipo roto y olvidado, y Leonardo Sbaraglia dando vida a Federido, el amor del pasado, el que jamás ha podido olvidar Salvador, protagonizando ese (re)encuentro, uno de los momentos más intensos y bonitos de la película. Almodóvar vuelve a su cine por la puerta grande, en un ejercicio de autoficción brillante y esplendoroso, siguiendo las vicisitudes de alguien con dolor físico y emocional, un ser frágil, perdido, espectral, que evocará sus recuerdos, los buenos y no tan buenos, sus vidas, su cine, sus amores, su madre, su infancia y todo aquello que lo ha llevado hasta justo ese instante, en que su vida parece terminarse, incapaz de encontrar aquel primer instante en que todo cambió, en que su vida adquirió un sentido pleno y gozoso, en que su vida encontró su camino, el más profundo y sentido, aquel que buscaba y no encontraba. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA   

El cine de aquí que me emocionó en el 2017

El año cinematográfico del 2017 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 13 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión por mi parte).

1.- MIMOSAS, de Oliver Laxe

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2.- PSICONAUTAS, LOS NIÑOS OLVIDADOS, de Alberto Vázquez y Pedro Rivero

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3.- INCERTA GLÒRIA, de Agustí Villaronga

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4.- DEMONIOS TUS OJOS, de Pedro Aguilera

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5.- JULIA IST, de Elena Martín

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6.- ESTIU 1993, de Carla Simón

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7.- VERÓNICA, de Paco Plaza

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8.- CONVERSO, de David Arratibel

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9.- HANDIA, de Aitor Arregi y Jon Garaño

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10.- MORIR, de Fernando Franco

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11.- TIERRA FIRME, de Carlos Marques-Marcet

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12.- LA LIBRERÍA, de Isabel Coixet

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13.- EL AUTOR, de Manuel Martín Cuenca

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14.- MUCHOS HIJOS, UN MONO Y UN CASTILLO, de Gustavo Salmerón

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Oro, de Agustín Díaz Yanes

GRUPO SALVAJE.

“Somos lo que perseguimos”.

El arranque de la película resulta espectacular, nos encontramos en La Indias, hacia 1538, un soldado del rey, Martín Dávila, tumbado boca abajo alza la cabeza y se incorpora espada en mano, caminando entre un montón de cadáveres sanguinolentos y apestados de moscas en mitad de la selva. En un instante, uno de los indios supervivientes se levanta y el soldado le arremete con la empuñadura en la cabeza dejándolo tieso, sigue caminando y ayuda a levantarse a Doña Ana, mujer bien parecida que tendrá que sacar su fuerza para no dejarse amilanar, ni por nadie ni por su marido Gonzalo, un viejo soldado, cansado y venido a menos que encabeza esta expedición de unos 40 hombres y dos mujeres, enfrentados a las duras condiciones del entorno, el tremendo calor y humedad, los animales salvajes y tribus hostiles y caníbales, y minados por las fiebres. Todo ello con la única ilusión de hallar la ciudad de oro, esa ciudad de la que todos hablan pero nadie ha visto. Hombres duros, arrogantes y crueles, divididos por absurdas rencillas territoriales, y azotados por el hambre y la pobreza,  se embarcaban al nuevo mundo en busca de riqueza y prosperidad, toda aquella que se les negaba en España.

El quinto trabajo de Agustín Díaz Yanes “Tano” (Madrid, 1950) es una película de aventuras, de hechuras históricas, que recoge aquellas expediciones lunáticas que tantos hombres emprendieron allá por el siglo XVI por tierras salvajes, desconocidas y paradisíacas. Tano envuelve su relato en un ambiente malsano y muy oscuro, lleno de tipos que traicionan, mienten y matan sin ningún escrúpulo llegados al caso, un grupo salvaje de muy señor mío, muy en la línea del cine de Tano, como aquellos viles y canallas asesinos de Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, o los ambientes miserables de aquellos ángeles que salvaban vidas machacadas de almas en pena en Sin noticias de Dios, o todos los soldados de baja estofa que pululaban por Alatriste, y no menos que aquellas mujeres huidas y el vil asesino de Sólo quiero caminar, ambientes desolados, míseros, donde se mueven gentuza de mal vivir, aunque Tano, consigue abrir algo de luz ante tanta oscuridad, y alguno que otro de sus personajes vislumbra algo de humanidad, aunque claro está, sea mínima, pero en ese paisaje inmundo, ya es mucho.

En Oro (basada en una historia del prolífico y exitoso Arturo Pérez-Reverte, llevado al cine en numerosas ocasiones, que Tano ya adaptó la mencionada Alatriste, y aquí comparten tareas de guionista) encontramos esa mala gente que hablábamos, como el Alférez Gorriamendi, malcarado y robusto vasco que ejerce la ayudantía de un modo represivo, o el sargento Bastuarrés, librado en mil y una batallas, desconfiado y despierto en esta travesía que le ha tocado en suerte o desgracia, o Gonzalo, el jefe venido a menos, que aunque se le pierde el respeto, no duda en agarrotar a todo aquel que hace ademán de rebelión, o el pater dominico que los acompaña, que los ajusticia de un modo partidista y represor. Una historia que escuchamos a través de las reflexiones y comentarios del Licenciado Ulzama, el escribiente del Rey que escribe en su diario todo lo que acontece y la distribución de ese ansiado “Oro” en el momento que den con él. Una película robusta, detallista y espectacular, pero no con ese aire de este tipo de producciones envueltas en caballeros atractivos que espada en mano salvan a la susodicha de turno y encabezan esas expediciones donde prevalece el bien sobre el mal. Aquí, no hay nada de eso, estamos en la parte de atrás de la aventura soñada, el sol abrasa, y las ropas se manchan y son pestilentes, las armaduras gastadas y pesadas, nos encontramos con mugre, barro y sangre, y todo se desata de forma miserable y triste, no hay heroísmo ni recompensan, los soldados actúan según su instintos y circunstancias, lo que ayer era de una manera, ahora ha cambiado.

Tano construye su película a través de un ritmo cadente, quizás alguna parte cae en el ensimismamiento y el ritmo decae, en el que todo puede pasar o no, donde la desconfianza se apodera del grupo, y no sólo por los peligros del entorno donde se encuentran, sino también, por otros que los siguen, como el grupo enviado por el Rey, que los acusa de rebelión,  o entre ellos, donde todos esperan su oportunidad de arrebatar la vida al que tienen al lado, porque así habrá más oro y menos a repartir. El director madrileño se toma su tiempo y se adentra en las entrañas de cada uno de ellos, movidos por instintos salvajes, corrompidos de ambición desmedida, en una gente de existencia durísima que no tienen inconveniente en echar mano a la muerte para sobrevivir y seguir ansiando esa riqueza que pronto encontrarán. La película sigue esas 60 jornadas, uno arriba otro abajo, donde somos testigos de todo aquello que les va ocurriendo, y con todo ello, sea humano o animal, o las dos cosas a la vez, que se van encontrando y enfrentando a muerte, en una suerte de eliminación sistemática de haber quién es más fuerte y sobre todo, quién resiste mejor en esas durísimas condiciones de vida.

Una película que nos devuelve la parte o partes más oscuras de nuestra historia pasada, lo que fuimos y lo que somos, nuestra idiosincrasia más característica, nuestras viejas rencillas que siguen manteniéndose en la actualidad, tanto de territorios, de aspectos y formas de vida. Una trama en la que se mezcla aventuras, thriller, terror, tragedia y también, porque no decirlo, alguna que otra historia de amor, pero debido a las circunstancias son de otra pasta como ocultas, mentidas, acosadas, algunas consentidas y otras, no, burdas, peligrosas y salvajes. Un grandísimo despliegue magnífico de producción con Enrique López Lavigne en la producción, donde podemos encontrar a grandes técnicos de nuestro cine como Paco Femenía en labores de cinematografía, Javier Fernández en arte, o Marta Velasco en montaje, por citar sólo algunos, y el larguísimo y excelente equipo artístico encabezado por Raúl Arévalo, Barbara Lennie, José coronado, Óscar Jaenada, Luis callejo, Antonio Dechent, Anna castillo, Andrés Gertrudix y el veterano José Manuel Cervino, entre muchos otros. Un relato negro y muy oscuro, con el asombra y la miseria de las pinturas de Zurbarán y Goya, o los ambientes de Valle-Inclán y Baroja, o las almas sucias de los desheredados y machacados pistoleros de Peckinpah o el Wayne y sus ayudantes en los ríos de Hawks, y aquellos profesionales perdidos de Brooks, con esa música flamenca, de alma rota, grito pelao, y zapateado mudo, que evoca más como un grito de desesperación que de rabia.

Una aventura sobre la soledad, la locura, y la perdición de los hombres y la maldad que nos enfrenta que, recuerda a otras epopeyas sobre conquistadores o no españoles como Aguirre, la cólera de Dios, de Herzog, filmada en 1972, quizás la película más conseguida y arrebatadora sobre la andadura de Lope de Aguirre, que también era uno de los personajes en El Dorado, dirigida por Carlos Saura en 1988, que durante mucho tiempo se convirtió en la película más cara del cine español, aunque los resultados no fueron los esperados, o incluso, Cabeza de Vaca, de Nicolás Echevarría, protagonizada por Juan Diego (que en Oro se reserva un papel, como un viejo soldado cansado de todo que se ha refugiado en un poblado indio como la parte noble del Coronel Kurtz, sí es que la tiene éste último), todos ellos conquistadores, brutales, fuertes, ambiciosos, hipnotizados por las riquezas que ansían encontrar, y agitados por esa locura enfermiza, y movidos por una vanidad desmedida que los acaba enfrentado a todos, y sobre todo, a ellos mismos. Tano ha hecho una película muy arraigada a nuestra naturaleza, llena de miserias y lodo, donde también hay tiempo para la esperanza, aunque sea mínima y casi no se vea, pero dentro de ese caos de vileza y muerte, siempre hay espacio para la ilusión y la humanidad.

Verónica, de Paco Plaza

¿HAY ALGUIEN AHÍ?.

“En  Madrid,  a  principios  de  la  década  de  los  90,  se  registraron  una  serie  de  sucesos paranormales que tuvieron un amplio eco en los medios de comunicación y un fuerte impacto  en  la  sociedad  española  del  momento.  Esta  película  está  inspirada  en  dichos acontecimientos-”.-

Cuenta el más anciano del lugar que, a principios de los 90, en un barrio del extrarradio como Vallecas, entre altos edificios de color ladrillo rojo, uniformes escolares, colegio de monjas, ambientes grises, walkman, riejus, anuncios de televisión, padres ausentes y eclipses solares, vivió una joven llamada Verónica, una chica en los albores de la pubertad, en ese camino de tránsito entre la infancia que se acaba y la pubertad que va mostrándose. Una chica que debido al trabajo de su madre Ana en un bar durante todo el día, debía hacerse cargo de sus hermanos pequeños, dos gemelas inquietas y rebeldes, y el pequeño Antoñito. Un tiempo, en el que Verónica, según cuentan, y después de asistir a una sesión con la ouija con dos amigas, para invocar al padre muerto, se vio sometida a una serie de sucesos paranormales que trastocaron su propia existencia y la de los suyos.

El 7º título de la carrera de Paco Plaza (Valencia, 1973) exceptuando algún que otro documental musical, y centrándonos sólo en su género preferido: el terror. Un género que le ha llevado a la cima con una saga antológica en nuestras pantallas, Rec, que se presentó en el 2007, con una cinta que dirigió junto a Balagueró, y le siguieron las secuelas, dirigidas en solitario por Plaza, donde se despertó de nuevo al subgénero de los zombies, pero el director valenciano arrancó su andadura como director con la interesante El segundo nombre (2002) basada en una novela de Ramsey Campbell (otra novela suya sirvió de inspiración a Balaguero para su Los sin nombre), una película rodada en inglés, donde una joven descubría el pasado oscuro de un padre al que creía un santo, le siguió Romasanta (2004) sobre los asesinatos de un hombre lobo del norte, y para televisión, dentro del homenaje a Chicho Ibáñez Serrador, en la serie “Películas para no dormir”, realizó Cuento de navidad, donde una serie de niños dejaban su candorosa infancia para convertirse en sedientos justicieros, y luego la saga Rec.

En Verónica, Plaza parece volver a sus orígenes, que ya apuntaban El segundo nombre y Cuento de navidad, donde a través de historias cotidianas, pocos personajes, una atmósfera intensa y un terror in crescendo, se centraba en sucesos muy inquietantes que traspasaban los límites del terror, construyendo obras de gran calado cinematográfico a partir de elementos domésticas y lugares comunes con un sello personal y muy oscuro, inspirándose en los grandes del terror. Ahora, nos enfrenta a una serie de sucesos paranormales, situándonos en un piso cualquiera de esos edificios altos de un barrio cualquiera, en el que una chica, la Verónica del título deberá enfrentarse a dos miedos: el paranormal, donde un espíritu maligno se ha apoderado de ella y de sus hermanos, y el otro miedo, este físico, donde se convertirá en mujer, dejando la infancia acomodada, y teniendo que asumir responsabilidades en su familia haciéndose cargo de sus hermanos pequeños. Plaza nos sitúa en los albores de los 90, concretamente en el 1991, en la España preolímpica, y acota su relato en tres días, los que van del 12 al 14 de junio, de un jueves a un sábado de madrugada, en unos sucesos paranormales que asolaron Vallecas en aquellos años, basándose en los informes reales del inspector encargado de aquellos casos.

El realizador valenciano crea esa atmósfera gris desde su primer instante, como viene anunciando el breve prólogo, de cuidada factura, en el que en una pantalla en negro, escuchamos la llamada de teléfono de socorro de la niña a la policía la noche de autos, inmediatamente, vemos coches de policía que cruzan la ciudad nocturna y lluviosa hasta llegar al piso, y nos sobrepasa un grito aterrador mientras miramos los rostros atónitos de los policías, y de ahí, abre al rostro de la protagonista que lentamente se despierta. La película está contada a través de la mirada de Verónica, la adolescente fan de “Héroes del silencio”, que escucharemos en su primer camino a la escuela con sus hermanos, el “Maldito duende”, después volveremos un par de veces más a los Héroes con el tema “Hechizo” en su parte final, y también, habrá otro momento para “El rompeolas” de Loquillo y los suyos. Verónica se mueve en ese tiempo de incertidumbre, de cambios hormonales y físicos, de dejar un tiempo sin fin a otro tiempo, el de la adolescencia, donde todo cambiará, donde se hará mujer (como ilustra una de las secuencias de la películas) en el que lo que empieza siendo un juego se convertirá en unos sucesos malignos que se apoderarán de ella, y la llevarán a un aislamiento mayor, si la ausencia del padre muerto, y la madre trabajadora, ya lo habían convertido en cotidiano.

Plaza construye su trama a partir de dos caminos, si bien, la película arranca como un drama social, en su primera mitad, donde una joven se ve inmersa en cambios y su ya citado aislamiento, y descubrimiento interior, en su segundo bloque, la película se centra en los sucesos paranormales, en el piso donde viven, la presencia de espíritus malignos, puertas y ventanas que se abren y cierran inexplicablemente, manchas oscuras, y movimientos de objetos, etc… Acontecimientos que Plaza va introduciendo lentamente, sin prisas, cogiendo al espectador de la mano y apretándosela cada vez más fuerte, sumergiéndole en un estado de ansiedad y angustia, al unísono de su protagonista, sin muy bien saber que ocurre y porqué. La película no deja de lado sus inspiraciones haciéndolas visibles como el giallo itanliano, con Argento a la cabeza, el universo Carpenter, las obsesiones entre fantásticas y domésticas del cine de los setenta de Saura, en especial Cría Cuervos…  (1975), del que realiza un sentido homenaje, y además, Ana Torrent, aparece como madre y llamándose Ana, y a Chicho Ibáñez Serrador y su maravillosa ¿Quién puede matar a un niño?

El inmenso trabajo de la debutante Sandra Escacena genera ese estado de caos emocional que vive la protagonista, esta princesa atrapada en un infierno doméstico del que no sabe ni como se ha metido, y sobre todo, como escapar de él. La mirada de la chica ahonda en ese descenso al infierno que es la película, su inocencia interrumpida y expuesta a los peligros de la edad adulta, desconociendo como hacer. La inmensa presencia de la gran Consuelo Trujillo (como la Hermana Muerta, en un cruce de la Mrs. Danvers de Rebeca, de Hitchcock, o el venerable Jorge de El nombre de la rosa) una monja ciega, que parece salida de ultratumba, en una presencia mágica y alucinante de la película, y el buen hacer de los niños, creíbles y fantásticos los tres pequeños, sin olvidarnos de las secundarias, la ya mencionada Torrent, y las Leticia dolerá y Maru Valdivieso, que ya habían formado parte del universo Plaza. Un universo inquietante, oscuro, maligno, donde las pesadillas más aterradoras nunca están fuera, sino en nuestro interior, en ese caos inmenso de emociones, angustias y miedos.