Ray & Liz, de Richard Billingham

HOGAR, AMARGO HOGAR.

Richard Billingham (Birmingham, Reino Unido, 1970) creció en la periferia de Birmingham, en la zona industrial de los Midlands occidentales, denominado  Black Country, en aquellos años de férrea y miserable política del thatcherismo, donde muchas familias obreras sucumbieron al desánimo y la austeridad como forma de vida, a la fuerza ahorcan. Con 18 años el joven Richard cogió una cámara de fotos y empezó a documentar todo aquello que vivía en su casa, con un padre alcohólico y una madre adicta a los puzzles y al tabaco, en medio de una miseria desbordantes, sin ninguna perspectiva de mejora, sino todo lo contrario. Unas fotografías que además de valerle al joven Richard una vía de escape, lo llevaron a ser reconocido y una carrera dedicada a la fotografía, muy bien acompañada de material audiovisual en forma de cortos y mediometrajes donde sigue retratando a su familia, los zoológicos de todo el mundo y el paisaje británico. Ray & Liz es su primer largo de ficción, basado en dos episodios de su infancia y adolescencia. Billingham estructura su película autobiográfica en tres tiempos. En uno vemos a un maduro, enfermo y hecho pedazos Ray, que pasa su tiempo alcoholizándose y tirado en la cama. En el segundo, a comienzos de los ochenta, vemos a Richard con 10 años, su hermano pequeño 2 años, y el incidente con su tío Laurence. En el segundo, Richard tiene 16 años y Jason 8 años.

El cineasta británico compone un relato austero, ya desde el formato de la imagen con ese 16mm, llenando el encuadre cuadrado de 4:3 de las miradas y los cuerpos de sus protagonistas, en un primer tercio donde el hogar parece indicar que las cosas funcionan aunque no del todo, ya en el segundo período el deterioro físico y moral es evidente, con unos padres a la deriva total, inmersos en su cotidianidad miserable y anodina, consumiendo alcohol, perdiendo el tiempo con menudencias, descuidando a sus dos hijos, sobre todo al pequeño Jason, que se siente desamparado y muy perdido, encerrados en el pequeño pido, auto encarcelados y arrastrándose por una existencia muy mísera y pobreza, rodeados de suciedad, animales y objetos mugrientos, con ese aspecto de hedor insoportable y basura por doquier. Billingham apenas nos muestra el exterior, y cuando lo hace, nos enseña un barrio como otro cualquiera, casi siempre nublado, donde la vida y sobre todo, la felicidad han decidido pasar de largo, donde todo se mueve por inercia, sin nada que hacer y soportando los días como una losa aplastante.

A pesar de tanta miseria moral y física, la película tiene algún resquicio de poesía o luz, de la mano de Jason, que encuentra un amigo salvador, una mano tendida que le dé algo de aire dentro de ese pozo oscuro y aterrador que es la vivienda con sus padres, aunque esos momentos son nimios, porque estas dos almas han sido despojadas de una vida acorde con sus edades, una vida cálida y compañía, una vida muy alejada de la que viven diariamente, en la que han sido abandonados como náufragos a su suerte, perdidos en esa maraña y desierto que es la relación con sus padres, con esos seres desconocidos en los que se han convertido, tan alejados de ellos como dos espectros que se desplazan sin más por ese hogar amargo y siniestro, mendigando unas pocas libras para seguir ahogándose en su incapacidad y miseria moral y física, porque la verdadera tragedia de Richard y Jason es que quieren huir de su casa para ser no vivir con dignidad, sino para ser ellos mismos, alejados de unos padres ausentes, ahogados en su miseria y perdidos en sus adicciones.

Billingham construye su relato imponente y magnífico a través de los silencios, de un minimalismo brutal, con unos encuadres brillantes que saben captar todo ese desaliento irrespirable en esas cuatro paredes, donde los planos detalle abundan y describen con minuciosidad los gestos y rostros ajados, rotos y agrietados de los padres, esos Ray y Liz envueltos en su miseria que arrastran a sus dos hijos, lanzando gritos de horror para seguir manteniendo una existencia sucia, durísima y agujereada. Las imágenes crudas y naturalistas de la película nos retroceden a las primeras películas de Loach o Frears, o esos ambientes “working class” de muchas obras de Mike Leigh, y sobre todo, a las películas de Terence Davies como Voces distantes (1988) con una estructura similar, donde dese el presente se recuerda ese pasado doloroso, sombrío y con algo de felicidad, aunque solo sea mínima, porque la mayoría de recuerdos sean tan duros y amargos, en los que destaca la enorme capacidad interpretativa del reparto, desde su físico, su ropa, sus gestos, miradas y su manera de desplazarse, incluso dormir, deviene todo ese ambiente de miseria en el que vivían o simplemente existían.

Un retrato familiar sin concesiones y malabarismos dramáticos, muy acorde con el trabajo fotográfico, un retrato que hace Billingham sin dejarse nada fuera, describiendo su extrema crudeza, tan real, tan cercana, sin sentimentalismos ni nada que se le parezca, con esa cámara escrutadora, testimonial y observadora que refleja la realidad diaria, la descomposición y la falta de aire, y lo hace desde la sinceridad y la honestidad del que retrata aquello que conoce, aquello que ha vivido, aquello que ha respirado muy a su pesar, pero no lo hace desde la venganza, desde el reproche, sino desde la distancia prudente, sin caer en el panfleto o la condescendencia, desde la altura de un chico de 10 y 16 años, desde alguien que conoció ese mundo irreal, doloroso y pobre, desde la perspectiva del que quiere huir como sea de ese hogar, por llamarlo de laguna forma, de ese espacio mugroso y miserable que le había tocado en suerte. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Luis Tosar

Entrevista a Luis Tosar, actor en la película “Quién a hierro mata”, de Paco Plaza. El encuentro tuvo lugar el lunes 26 de agosto de 2019 en la terraza del Bar Sideral en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Luis Tosar, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Entrevista a Paco Plaza

Entrevista a Paco Plaza, director de la película “Quién a hierro mata”. El encuentro tuvo lugar el lunes 26 de agosto de 2019 en la terraza del Bar Sideral en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paco Plaza, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Quién a hierro mata, de Paco Plaza

VENGAR LAS HERIDAS.         

Los primeros minutos de la película evidencian tanto una forma como un fondo de exquisita sobriedad en la que sobresale una imagen estilizada, de planos cortos y elegantes, y de una autenticidad sobrecogedora, en la que la dosificación de la información marcará la película en cada detalle, objeto y mirada de sus personajes y los hechos que nos contarán. El séptimo trabajo de Paco Plaza (Valencia, 1973) se desvía algo de su rumbo trazado porque deja el terror puro y clásico que había formado su carrera con títulos tan renombrados como El segundo nombre, con el que debutó en el 2002, la tetralogía de REC, en la que codirigió con Balagueró algunos títulos, y otros en solitario, y la más reciente Verónica, de hace un par de años, donde ahondaba en el terror de posesiones en el interior de una familia de barrio. Ahora, con A quién hierro mata, basándose en una historia de Juan Galiñanes (editor de Dhogs, ente otras) en un guión escrito por el propio Galiñanes y un tótem como Jorge Guerricaechevarría en un relato muy noir ambientada en la costa gallega, donde conoceremos a Mario, un tipo ejemplar, humilde y excelente profesional como enfermero, que espera junto a Julia, su mujer, su primer hijo. Todo parece andar como de costumbre, cuando Antonio Padín, un famoso narco aquejado de una enfermedad degenerativa ingresa en la residencia donde trabaja Mario.

A partir de ese instante, todo cambiará, y la vida de Mario virará en 180 grados, donde el antiguo capo se convertirá en la diana de sus heridas del pasado. Entre tanto, Toño y Kike, los hijos del narco urden un plan de narcotráfico en el que necesitan la ayuda del padre residente que los rehúye. Plaza toma prestado el paisaje nublado e hierático de las Rias Baixas para situarnos en lo más profundo de una venganza, urdida desde lo invisible por alguien cotidiano, alguien que creía haber resuelto su pasado, alguien que creía vivir en paz, pero con la entrada en su vida del narco, todo su empeño se dirige a vengar su pasado, desde su profesión, desde la oscuridad, sin que nadie se percate, de alguien que se debate entre lo correcto y sus deseos internos y enfermizos de llevar a cabo su plan, una ambigüedad en la que se posa la película y convierte al personaje de Mario en un ser atrayente por su vida, personalidad y trabajo, pero a la vez, alguien que es capaz de algo horrible, la misma ambigüedad en la que se interna el relato en la que la vida y la muerte siempre rondan a los personajes, unos individuos en que constantemente se debaten entre esos dos estados, entre esas dos decisiones, entre el bien y el mal, y en bastantes ocasiones, confunden los dos términos y convierten sus vidas en una lucha interna y constante entre aquello que está bien y aquello otro que desean hacer, donde su moral siempre está en juego y dividida.

El director valenciano se acompaña de este viaje noir a lo más oscuro y profundo del alma humana con algunos de sus cómplices habituales como Pablo Rosso en la cinematografía, Pablo Gallart en el montaje, Gabriel Gutiérrez en el sonido y una colaboradora inédita como Maika Makovski en la música, con esos toques de percusión suave y golpeada, muy tono de duelo, de lucha fratricida muy del western, muy de esa espera tensa y agobiante que se vivía en Sólo ante el peligro o El último tren de Gun Hill, en un thriller tensísimo, sobrio y reflexivo a través de esa complejidad emocional muy de los personajes de Lumet en Serpico o Tarde de perros, o las huellas del hombre traicionado de A quemarropa, de Boorman, o el hombre tranquilo que usa la violencia para defenderse en Perros de paja, de Peckinpah. Plaza ha construido un durísimo y descarnado relato oscuro y lleno de fantasmas que a base de golpes secos y abruptos va llevando a sus personajes a esas zonas que ya no tienen vuelta atrás, lugares a los que es mejor no entrar, quedarse en la puerta.

Otro de los grandes logros de la película es su plantel extraordinario de intérpretes entre los que destaca la inagotable capacidad camaleónica de un grandísimo Luis Tosar, en uno de sus personajes más complejos y difíciles, consiguiendo atraparnos a través de esas miradas y gestos estudiados y detallados, como esa brutal mirada cuando mira por primera vez a Padín en la residencia, bien acompañado por el desaparecido Xan Cejudo (a quién está dedicada la película) mentor de Tosar, que realiza una soberbia interpretación del narco Padín, ese patriarca severo, insensible y bestial, sus dos hijos interpretados por Ismael Martínez como Toño, ese heredero que no está a la altura, y el hermano pequeño Kike, que hace Enric Auquer, puro nervio, inmaduro y salvaje, los dos hijos que nunca desearía un narco como Padín. Y María Vázquez, que después de Trote, vuelve a demostrar que menos es más cuando se interpreta. Los 108 minutos de la película nos envuelven en una montaña rusa emocional de consecuencias imprevisibles para todos sus personajes, en una tragedia familiar, donde padres, hermanos e hijos se envuelven en un halo de destrucción y venganza sin fin, donde alguien sin más, un hombre bueno se mete en la boca del lobo aunque sepa que quizás nunca debería haber entrado en un universo donde nadie sale indemne. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ivet Castelo y Marta Lallana

Entrevista a Ivet Castelo y Marta Lallana, directoras de la película “Ojos negros”, en la terraza del Gran Torino en Barcelona, el miércoles 17 de julio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ivet Castelo y Marta Lallana, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Ojos negros, de Ivet Castelo y Marta Lallana

EL PRIMER VERANO.

“Siempre hay un momento en la infancia cuando la puerta se abre y deja entrar al futuro.”

Graham Greene

Angélica vivía ajena del mundo de los adultos jugando junto a su primo Luis en La prima Angélica, de Saura. Estrella se sentía desplazada porque su padre le ocultaba el pasado en El sur, de Erice. Y finalmente, Goyita encontraba consuelo en un maduro profesor enfrentada a los prejuicios sociales en El nido, de Armiñán. Tres niñas que empezaban a ser adolescentes, que crecían rodeadas de miradas críticas, de sentimientos contradictorios, de emociones confusas y de actos huidizos, que encontraban afuera, en la escapada, el espacio que tanto ansiaban, ajenas a ese mundo de los adultos tan extraño, tan triste, tan mezquino, tan lleno de recuerdos dolorosos y tan vacío. Ese mundo raro y lleno de confusiones que experimentamos cuando estamos en una especie de tierra de nadie, en un espacio indefinible, en ese período de transición entre el niño o niña que fuimos con ese adolescente que todavía no somos, una transición crucial en nuestras vidas, cuando empezamos a ver las cosas de distinta manera, por primera vez sentimos diferente y queremos hacer otro tipo de cosas, dejamos los juegos infantiles para empezar a mirarnos más a nosotros mismos y a los demás, a jugar a ser adultos, a pesar diferente y sobre todo, todavía estamos en ese tiempo que nos entendemos tantos cambios ya sean físicos como emocionales, y los adultos nos tratan como niños, como lo que ya no somos, y todavía seguimos sin entenderlos, sin saber cómo funciona su mundo, porque el nuestro todavía arrastra esa inocencia, ese momento donde todo todavía es posible, donde la vida empieza a mostrarse frente a nosotros, nuestras miradas, cuerpos y emociones.

Marta Lallana (Zaragoza, 1995) e Ivet Castelo (Vic, 1995) se graduaron en Comunciación Audiovisual por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y debutan con Ojos negros en el largometraje con apenas experiencia en el mundo del cine, siguiendo esa estela maravillosa que arrancó con la película de Les amigues de l’Àgata, a la que siguió Julia Ist, y se apuntó Yo la busco, proyectos surgidos en la universidad que han abierto las puertas al cine a un grandísimo talento femenino, ya que todas las películas están dirigidas por mujeres. A este magnífica terna se añaden Lallana y Castelo, en un guión escrito a cuatro manos por las propias directoras más Iván Alarcón y Sandra García, que también firman como colaboradores de dirección, para contarnos un relato/retrato centrado en Paula, una niña de 14 años de padres divorciados que es enviada por su madre Celia al pueblo materno “Ojos negros” (pueblo familiar de Lallana) en verano, un lugar que Paula solo estuvo de niña. Allí se encontrará a su tía Elba, que nunca ha salido del pueblo y arrastra un resentimiento y hostilidad a la madre de Paula y a su entorno en general, y a su abuela que esta delicada de salud.

La casa familiar se convierte en una especie de prisión emocional para Paula, debido principalmente a tantos recuerdos amontonados que todavía duelen, a tantos objetos familiares que han envejecido como los gestos de cariño de esa tía carcomida y vacía y con esa abuela que ya apenas recuerda lo que fue y lo que fueron. Paula encuentra esa libertad afuera con la aparición de Alicia, una niña de su misma edad, con la descubrirá un universo nuevo, algo muy diferente a esa realidad sombría y oscura de su existencia, como define excepcionalmente el plano inicial de la película cuando vemos el rostro de Paula compungido mientras escuchamos la discusión de sus padres in crescendo dirimiendo lo que es mejor para la niña. Alicia se convierte en esa amiga de juegos, ya no tan infantiles, en que las dos niñas juegan a ser mayores o al menos pretenderlo, corriendo por los campos, tirando piedras a la nada, hablando de sus vidas en la ciudad, bañándose en el río, jugando al amor y sintiéndose lo que todavía no son pero les encantaría ser para entenderse más y así comprender ese mundo adulto tan ajeno y extraño para ellas.

Lallana y Castelo demuestran una madurez cinematográfica fuera de lo común, sumergiéndonos con gran sutileza narrativa y composición formal que ya querrían muchos, a través de planos fijos en el interior de la casa, como ese momento de toque de campanas y vemos el rostro algo triste de Paula, como si el tiempo en el pueblo, su tiempo fuese único, se dilatase o simplemente no avanzase. O esos planos en movimiento en el exterior, donde nos muestran el contraste instalado en las vidas tanto de Paula como de Alicia, un tiempo detenido, donde el verano parece que nunca va a terminar, donde todo es posible, donde la amistad puede ir más allá, donde desconocemos que nos ocurre por dentro, donde no somos capaces de descifrar qué significado tiene aquello o más allá que sentimos, situaciones que retratan ese tiempo sin tiempo que vamos descubriendo y experimentando, donde la rasgada y penetrante música de Raül Refree, que se convierte en la mejor compañía para contarnos todos esos cambios con sutileza y cercanía, que vuelve a participar en una película después de Entre dos aguas. El fantástico buen hacer del reparto con la debutante Julia Lallana a la cabeza, hermana de una de las directoras, impresionante su registro interpretativo, que plasma con sinceridad todo ese mundo cambiante y confuso de su alrededor, bien secundada por la también debutante Alba Alcaine como Alicia, la compañera accidental, y la formidable presencia de Anna Sabaté, la única actriz profesional del elenco, vista en La vida sense la Sara Amat, clavando ese resentimiento que arrastra su personaje, con esa mirada que recuerda a la Lola Gaos de Tristana.

Las directoras noveles encuentran en el silencio y las imágenes la mejor forma de sumergirnos en el retrato de Paula su familia y amigos a través de encuadres que nos introducen en la memoria familiar y esos fantasmas que todavía pululan por las habitaciones de sus casas como esos encuadres nocturnos llenos de imposibles sombras que nos recuerdan a Tren de sombras, de Guerín, y todo ese universo familiar, que contrasta con el mundo de la infancia que tanto ha retratado Carlos Saura en su cine, como la construcción familiar a través del paso del tiempo que vimos en El jardín de las delicias, o los cambios familiares y la indefensión ante ellos que experimentaba la niña  Ana en Cría cuervos o la vuelta al pueblo y a los recuerdos familiares y a los ausentes que había en Elisa, vida mía. Tiempo, memoria, familia, infancia, vida, pueblo, verano son los elementos con los que juega la película de Lallana y Castelo, retrato que podría emparentarse con los firmados por Meritxell Colell en Con el viento, Eva Vila en Penélope y Diana Toucedo en Trinta Lumes, donde la vuelta a casa adquiere connotaciones emocionales muy profundas, donde el misterio se revela a cada mirada, gesto o paso, donde la vida y la existencia se confunden creando espacios mágicos, huidizos y atmósferas más acogedoras y más reconocibles. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/216849045″>OJOS NEGROS (Trailer) – V.O.</a> from <a href=”https://vimeo.com/user66475147″>Ojos Negros</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entre dos aguas, de Isaki Lacuesta

RETRATAR EL TIEMPO.

“No hay nada que obligue tanto a mirar las cosas como hacer una película. La mirada de un literato sobre un paisaje rural o urbano puede excluir una infinidad de cosas, recortando del conjunto sólo las que le emocionan o le son útiles. La mirada de un director de cine sobre ese mismo paisaje, en cambio, no puede dejar de tomar consciencia de todas las cosas que hay en él, casi inventariándolas”.

Pier Paolo Pasolini

Doce años después de La leyenda del tiempo, Isaki Lacuesta (Girona, 1975) ha vuelto a filmar a los hermanos Gómez, al Isra y al Cheito, los sueños y las ilusiones inocentes propias de la infancia, cuanto todo estaba por hacer, por decidir, por vivir, han dejado paso a unos adultos con cargas familiares y con expectativas laborales duras, y en el caso de Isra, aún más, porque sale de la cárcel después de una condena por narcotráfico. Recogiendo el postulado de André Bazin: “El cine es el único medio capaz de mostrar el paso de la vida a la muerte”, que se escuchaba en Las vacaciones del cineasta (1974), de Johan van der keuken, Lacuesta adopta la tesis baziniana para filmar las vidas de estos chicos gaditanos, para retratarlos en el tiempo, para ver que ha sido de ellos después de doce años, y lo fabrica con herramientas propiamente dichas del documental, aunque tomándose licencias narrativas, como suele hacer en su cine, en el que la deriva del lenguaje adopta diferentes capas de la realidad propiamente dicha, y la ficción convencional, para crear una suerte de cine donde todo se fusiona para rastrear el paisaje filmado, y sobre todo, para capturar las miradas de sus personajes, sus emociones y su inmediatez, ese palpito indisoluble en aquello que ellos miran y viven, y lo que nosotros miramos con ellos.

El cineasta gerundense ha construido un guión, con sus inseparables Isa Campo y Fran Araújo, en continua construcción, que vivie y respira junto a sus personajes, en el que ellos mismos han colaborado en los diálogos, para captar esa realidad de los dos hermanos, esa vida que va y viene, ese tiempo fugaz, que se escapa, que no se detiene. El relato mantiene ciertos aspectos intrínsecos en el cine de Lacuesta, empezando por la captura de lo real a través de la ficción, y viceversa, fusionándose en uno solo, la idea del doble, que forma parte del adn de su cine, el otro como respuesta, como reflejo y también, como doblez de sus personajes, como le ocurre a Isra, en esas dos aguas, a las que se refiere el título (extraído de un disco de Paco de Lucía, como ya ocurría en La leyenda del tiempo, el disco de Camarón, quizás el trabajo más revolucionario del flamenco en una vida laboral legal, aunque la situación de paro y pocas expectativas sean  tan duras, y en esa otra vida, la ilegal, la de trapichear con la droga, de dinero fácil, pero con la cárcel como futuro.

El paisaje como elemento importante en su mirada, una parte física y emocional de los personajes, por el que se mueven como almas en pena, como barcos a la deriva, en ese perpetuo movimiento que los lleva de un espacio a otro, de un tiempo a otro, de una vida a otra, convirtiéndose casi en aquellos cowboys que se perdían en las llanuras solitarias, magnetizándose con el paisaje y perdiéndose (como hace Herzog en mucho de su cine) en un intento vano de buscarse y encontrar el sentido a sus vidas que perdieron hace tiempo, y ya no se reconocen en los suyos, y sobre todo, en ellos mismos. La forma de Lacuesta observa a sus criaturas sin juzgarlas, colocándolas en medio de ese paisaje agreste y áspero, tanto físicamente como emocionalmente, capturando la esencia del espacio y de sus personajes, víctimas de su pasado y de su realidad, como les ocurre en muchos casos a los personajes de las películas de Fritz Lang, donde intentan escapar infructuosamente de aquello que les martiriza y les hiere, como les ocurre a Isra y Cheito con el recuerdo de la muerte de su padre.

Quizás, como sucedía en La próxima piel (2016) pero en esta más, Lacuesta ha hecho su película más social, recogiendo esa sensación de no futuro que hay en la provincia de Cádiz (el lugar con más paro del país) y concretamente, la situación social de la Isla de San Fernando, y al igual que hacía Buñuel en Los olvidados (1950) y Pasolini en su Accattone (1961) la película rescata a la primera línea a los invisibles, a los más desfavorecidos, a los que cada día se levantan para buscar trabajo en la lonja, recoger chatarra en lugares difíciles como espacios abandonados y ruinosos, o marisqueando para sacarse unas perras, trabajos para vivir o algo que se le parezca, todo para volver a ser quién eras, para recuperar a tu familia, para que tu mujer vea que has cambiado, que has optado por una vida honrada, y volver a estar con tus hijas, y vivir con tu familia, una vida legal y tranquila, aunque eso sea tan complicado en esa zona, donde el trabajo es escaso, o no existe, y si lo hay, está mal pagado.

El director catalán huye de cualquier atisbo de paternalismo o sentimentalismos, todo respira y vive en su medida, filmando con la distancia justa y necesaria, ni más ni menos, dejando que sus personajes respiren y sientan, reflejando esa vida inmediata y alegre, porque también hay tiempo para ello, como los encuentros con los amigos, los titubeos con el trapicheo, las zambullidas en el agua, los paseos en barca por las aguas gaditanas, soñando con un futuro mejor, o simplemente, soñando, recordando (como hace en algunos momentos la película, que recupera imágenes de La leyenda del tiempo) aquel niño que fuimos, aquel chaval que soñaba con una vida futura diferente, no fantástica, peor si mejor que la de ahora. Lacuesta ha capturado esa realidad anclada en la ficción, con esa textura del 16mm obra de su cinematógrafo habitual, Diego Dussuel, para recoger todos los colores y aromas de San Fernando, y esos espacios en mitad de la nada, en esa periferia física y emocional, en esas casuchas de la playa, que se inundan cuando sube la marea, en un justo y preciso montaje de Sergi Dies, que consigue sumergirnos en los 136 minutos del metraje, mezclando con acierto los momentos duros con aquellos más amables, focalizándonos en la mirada de Isra, Cheito y los demás, en sus derivas emocionales de lanzarse a otra misión lejos de su familia que tiene Cheito, o buscarse la vida para estar con su mujer y familia que padece Isra.

La poderosa mirada y brutal interpretación de Israel Gómez (que recuerda a los personajes del ya citado Pasolini o el José Luis Manzano, en las películas de Eloy de la Iglesia, que lo dirigió en varias películas) convirtiéndolo en un actor de fuerza expresiva, como demuestran sus grandes momentos en la cinta cuando se emociona por su situación familiar o sus coqueteos con el lado oscuro, o esas discusiones brutales con Cheíto, sin olvidarnos del papelón del propio Cheíto, que se convierte en ese espejo donde mirarse para Israel, y los demás personajes, tan naturales y complejos como ese paisaje físico y emocional que con tanto tino retrata el cineasta gerundense. Lacuesta ha cimentado una bellísima y dolorosa, apasionante y viva, con esa alegría que duele, o esa sonrisa amarga, una película sobre la sociedad actual, sobre las pocas expectativas de futuro, sobre el tiempo, sobre la mirada y la vida, aquella que se escapa sin remedio, aquella que viaja a velocidad de crucero, la que no espera, la que duele, la que no tiene compasión, la que a veces es amarga, y en ocasiones, en pocas, da alegrías aunque sean de tanto en tanto.

Lacuesta es un cineasta total, alguien capaz de conseguir una filmografía llena de trabajos diferentes y parecidos a la vez, como lo certifican sus 9 largos, y sus puñados de cortometrajes, instalaciones museísticas y espectáculos teatrales, donde encontramos narraciones y lenguajes de toda índole y condición, en una filmografía en continuo viaje para construir el lenguaje más idóneo para cada proyecto, en el que todo se (des) construye con herramientas de ficción, documental y demás, donde no hay límites, donde todo es posible, donde se adecua para el bien del relato que tiene entre manos, consiguiendo de manera sencilla y honesta, unos trabajos donde el espacio y la narrativa dialogan constantemente haciéndose preguntas, viajando hacia mundos diferentes, imposibles, agrestes e inhóspitos, en que sus personajes se transmutan con el paisaje, creando una suerte de realidad y ficción, o las dos cosas a la vez, fusionándose y dialogando, e investigándose en continuo movimiento.