Entrevista a Sergi Portabella

Entrevista a Sergi Portabella, director de la película “Jean-François i el sentit de la vida”. El encuentro tuvo lugar el martes 3 de julio de 2018 en el Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sergi Portabella, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Max Megias

Entrevista a Max Megias, actor de la película “Jean-François i el sentit de la vida”, de Sergi Portabella. El encuentro tuvo lugar el martes 3 de julio de 2018 en el Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Max Megias, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Àgata Roca

Entrevista a Àgata Roca, actriz de la película “Jean-François i el sentit de la vida”, de Sergi Portabella. El encuentro tuvo lugar el martes 3 de julio de 2018 en el Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Àgata Roca, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Jean-François i el sentit de la vida, de Sergi Portabella

EL NIÑO QUE BUSCABA SU CAMINO.

“No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible”

Píndaro

Antoine Doinel, el niño triste y solitario de Los 400 golpes, de François Truffaut,  leía uno de los libros de La comedia humana de Balzac (ese universo de 85 novelas que sintetizan la historia social de Francia entre 1815 y 1830) amén de velar un retrato del escritor en un espacio de su habitación. Doinel, un niño inadaptado, rebelde e inquieto, se alzaba contra los pocos estímulos en su vida, con una familia distante y un colegio anticuado con maestros severos, encontraba su espacio en el mundo de Balzac, ensimismado en su humanidad, y en la devoción hacia el célebre escritor. Casi sesenta años después, nos encontramos a Francesc, un niño de 13 años, que, al igual que Doinel, se encuentra perdido, huérfano de padre y con una madre ausente, a la que sólo ve de noche, y sufriendo acoso en el colegio y yendo al psicólogo. Un día, cuando se encierra en el aseo escapando de los acosadores, encuentra un libro, El mito de Sísifo, de Albert Camus (ensayo filosófico en el que se incidía, a través del mito griego, en el valor de la vida y en el esfuerzo inútil e incesante el hombre) y su vida cambia, su percepción del entorno es distinto, tiene un nuevo estímulo en su vida, quiere ir a París para conocer a Camus y a los existencialistas en el Café de Floré, y sobre todo, convertirse en uno de ellos.

Así arranca la opera prima de Sergi Portabella (Barcelona, 1980) surgido de la Escac en la especialidad de fotografía, ha trabajado en videoclips, making ofs y guionista de televisión, aparte de dirigir tres cortos con títulos tan estimulantes como El fin del mundo será en Brasil (2013). El director catalán nos lleva de la mirada de su protagonista, el solitario, introvertido y triste Francesc, convertido en Jean-François en su nueva identidad de existencialista, y en su viaje a París, se encontrará con Lluna, una adolescente inquieta y decidida, con esos 17 años, donde todo su entorno parece saber qué vida debe tener, cuando ella tiene otros planes, en ese período donde debes decidir qué hacer con tu vida, y todavía no sabes hacia dónde ir. Los dos emprenderán un viaje hacia París, aunque los dos saben que se necesitan, despertarán entre ellos conflictos, simpatías y aventuras cotidianas en las que se meterán sin saber cómo salir. La película tiene ese tono inocente de la primera aventura vital, de escapar de todo tu entorno para emprender tu camino, para descubrir ese mundo diferente y extraño, y huir de ese entorno cotidiano tan triste, vacío y difícil.

Jean-François y Lluna son dos almas torturadas, inadaptadas en su entorno familiar, que tanto uno como otra, encuentran en el viaje una manera de liberarse de esa carga que les invisibiliza y los oculta, distanciándolos de esa vida tan diseñada para ellos. Los dos niños encuentran en la escapada una toma de decisiones por ellos mismos, sin pensar en los demás, sin pedir permiso, sólo ellos y su objetivo, sin prever los mil y un impedimentos y circunstancias hostiles que se encontrarán en su viaje. Portabella nos sitúa en un relato actual, aunque no podríamos decir que está hablando de ahora, hay un aquí, pero las situaciones se muestran atemporales, remitiéndonos a la ausencia de tecnología, no vemos móviles, ni gps, ni nada que le parezca, los niños utilizan mapas de carretera, escriben cartas o llaman desde cabinas telefónicas, elementos y la ausencia de ellos, que nos ayudan a introducirnos en este viaje inocente sobre la primeras veces, en una película que no olvida su elemento referencial a la literatura, y se muestra estructurada en capítulos, donde asistimos a todos los cambios emocionales y profundos que experimentará Francesc/Jean-François, desde su nueva identidad, su encuentro con LLuna y su viaje, el deseo, el amor, las mentiras, y demás elementos que convierten a la película en una odisea cotidiana.

La película se cuenta a través de las miradas de Jean-François y Lluna, dos chavales inquietos, curiosos y complejos, que se lanzan, como ocurre en esas edades y estados de ánimo, a una aventura, a un viaje desde la inocencia y la fragilidad de sus emociones, dejándose llevar por la carretera y pensando en las mil y una para conseguir su objetivo, como si el mundo se hubiera detenido, o simplemente ellos se hubiesen bajado de él, hartos de tanta vulgaridad y normas. Los intérpretes Max Megias como Jean-François y Claudia Vega como LLuna (la niña de Eva, de Kike Maillo, diez años después) bien secundados por los siempre acertados Àgata Roca como la madre del niño, y Pau Durà como el psicólogo. Max y Clàudia se convierten en una pareja protagonista magnífica y cercana, que desprende naturalidad y complicidad, con sus cargas emocionales en la mochila y escapando de entornos hostiles y desagradables, con la idea de encontrar esa persona que les dé un camino o algo de felicidad y compañía, en el caso de Jean-François, el encuentro soñado con los existencialistas y las preguntas sobre el sentido de la vida, y en el caso de Lluna, ese chico del que se enamoró.

Portabella ha construido una película muy cercana, ligera y conmovedora, en su forma y apariencia, pero que se erige como una estupenda y sensible tragicomedia con road movie incluida, cargada de profundidad, alejándose de esas películas de niños con mensaje y sentimentalistas, en el que siempre hay un discurso vital y esperanzador, muy alejado de la realidad, tanto social como emocional, aquí no hay nada de eso, la película nos cuenta las emociones contradictorias y ambiguas de un par de adolescentes, uno empezando y otra, en plena caldera hirviendo, donde el viaje físico es solamente un reflejo de las emociones de los personajes, donde la música clásica, dialoga de manera compleja y sincera con las imágenes naturales y cotidianas que vemos, con esos espacios periféricos, alejados de todos y todo, como si el tiempo si hubiera aliado con ellos y con su aventura, en una especia de dimensión diferente donde las cosas pueden producirse si les ponemos interés, dejándonos llevar por lo que sentimos, con la experiencia del viaje compartido, y con el recuerdo de Dorothy en su camino a Oz con sus compañeros de viaje.

Entrevista a Lluís Segura

Entrevista a Lluís Segura, director de la película “El club de los buenos infieles”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 21 de marzo de 2018 en los Cinemes Texas en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lluís Segura, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Wonderstruck. El museo de las maravillas, de Todd Haynes

LA AVENTURA DE LA INFANCIA.

“Todos estamos en el fango, pero algunos miramos a las estrellas”

Oscar Wilde

Érase una vez en el caluroso verano del 77 en un pueblecito de Minnesota, que vivía Ben, un niño de 12 años que había perdido a su madre y ahora estaba junto a sus tíos. Un día, Ben encontró una pista que le tenía que llevar a Nueva York para conocer a su padre, pero, una noche de fuerte tormenta, un rayo impactó en la casa y dejó a Ben sordo. En el hospital, Ben aprovechó a escaparse y emprender un viaje que le llevará a reencontrarse con sus orígenes. Paralelamente, también descubrimos otro tiempo y otro lugar, el del año 1927, cuando una niña Rose, de la misma edad que Ben, y también sorda, echa de menos a su madre, una famosa actriz, y decide salir de su Nueva Yersey natal, al lado de un padre autoritario,  y emprender un viaje a Nueva York a encontrarse con su madre. Dos relatos, dos tiempos, y la misma búsqueda, la de dos niños que desean conocer sus orígenes y reencontrarse con sus progenitores a los que no han olvidado para conocer sus raíces.

El séptimo trabajo en cine de Todd Haynes (Los Ángeles, EE.UU., 1961) basado en la novela “Maravillas”, de Brian Selznick, autor también del guión (el mismo escritor del libro La invención de Hugo, que adaptó Scorsese, donde también nos hablaban de un niño desamparado en busca de su lugar) nos vuelve a envolver en una aura romántica, en una fábula protagonizada por dos niños, en la que nos descubre la misma ciudad de Nueva York, pero a través de dos tiempos muy significativos y completamente diferentes, la ciudad del 27 era una sociedad de cambio, de crecimiento, de ilusión y de nuevas oportunidades, en cambio, la ciudad del 77 es todo lo contrario, en plena crisis del petróleo, la city se cae a pedazos, y está llena de miseria y violencia. En estos dos paisajes se desarrolla la trama de Haynes, que dos años más tarde de la delicia y maravillosa Carol, parece querer volver a sus orígenes, y nos sumerge en una historia protagonizada por niños, como su debut Poison (1991) y aquel blanco y negro, como el que desarrolla en la trama ambientada en el 27, y el amor al cine (como la magnífica secuencia en el cine cuando Rose entra en una sala para ver una película protagonizada por su madre, Lillian Maywen -homenajea la famosa actriz Lillian Gish- ya que las imágenes que vemos tienen mucho que ver con aquella maravilla de El viento).

Haynes aprovecha la sordera de los dos niños, y que ninguno de ellos conoce la lengua de signos, para sumergirnos en un mundo silente, donde los espectadores somos estos niños, en una ciudad que no escuchamos (solo acompañada por la bella música de Burwell) una ciudad que vamos descubriendo desde esa mirada inocente y perdida, desde esa estatura, maravillándonos por cada detalle, por ese nuevo mundo tan al alcance y tan lejano a la vez, y en el profundo contraste de colores de las dos ciudades, el maravilloso y elegante blanco y negro, herencia del cine mudo, con aquella gama de colores vivos y cegados por el sol, y filmada también de dos maneras diferentes, el 27 con el espíritu de belleza del cine silente (que ya avanzaba la llegada del sonoro) y el 77, con la forma rompedora del cine setentero que cambiará las formas con el cine clásico, el cine de Cowboy de medianoche o The French Connection, dos mundos opuestos pero hermanados, donde las dos historias convergerán en una, en la misma línea temporal que tendrá su epicentro en el Museo Natural de Historia y el año 77.

El cineasta estadounidense hace gala de su característica forma de filmar el paisaje y sus personajes, con esa elegancia y belleza que encierran sus relatos, llenos de poesía, donde el más leve gesto o detalle capta nuestra atención y llena de armonía y singularidad, haciéndolo bello y sutil, donde las tramas funcionan a las mil maravillas, en el que todo se nos cuenta desde lo más íntimo, desde aquel espacio que no podemos ver, pero en cambio, sentimos con muchísima emoción. El cineasta californiano se vuelve a juntar con sus colaboradores habituales, el camarógrafo Ed Lanchman (aquí en un inolvidable trabajo donde la combinación de las diferentes texturas y colores resulta asombrosa y cálida) el montador Afonsso Gonçalves, y el músico Carter Burwell (habitual de los Coen) que vuelve a deleitarnos con esa score sencilla y delicada, envolviéndonos en el espíritu de conocimiento, sabiduría y aventura que se respira en toda la película.

Un reparto realmente compenetrado que respira autenticidad y magia en el que destacan los dos niños, Oakes Fegley que da vida a Ben, y Millicent Simmonds, debutante, que interpreta a la inquieta Rose, los acompañan Julianne Moore (una pieza clave en la filmografía de Haynes desde sus inicios) y Michelle Williams (que aunque su rol sea breve, tiene esa aura especial que conecta con su personaje) dando vida a unos personajes a los que el pasado los ha guiado y convocado en la ciudad de Nueva York, esa ciudad que nunca duerme, esa ciudad misteriosa y decadente, la urbe por antonomasia, donde suceden las cosas más imprevistas y extrañas, donde los personajes encontrarán aquello que buscaban, aunque eso no signifique que sacie sus ansias de conocer y descubrir ese paisaje ajeno, peligroso y fascinante, porque Haynes ha vuelto a construir una película maravillosa y emocionante, sobre la aventura de ser niños, del saber, llena de vida, de aventura, que reivindica la importancia de los museos como archivos indispensables para preservar y almacenar la memoria, la que ya no está, y la que estará, para concoer y conocernos, con todas aquellas historias y personajes que el tiempo va borrando de nuestras vidas, y lo hace a través de los ojos de dos niños, Ben y Rose, que llegarán a conocerse en el tiempo, en ese espacio inexistente, que va llenándose con nuestras historias, las personas que conocemos, y aquellos que ya no están pero que jamás olvidamos.

El sacrificio de un ciervo sagrado, de Yorgos Lanthimos

LA SANGRE DE LOS TUYOS.

Una ciudad como otra cualquiera en un país occidental, y una de esas familias burguesas, formada por Steven Murphy, reputado cirujano cardiológico, y su esposa, Anna, oftalmóloga de prestigio, y sus dos hijos, Kim, de 14 años y el pequeño, Bob de 12. Forman ese tipo de familias tradicionales, de grandes casas residenciales con jardín y piscina, donde el orden y la tolerancia reinan en su hogar y sobre todo, en sus vidas, muy planificadas, correctas y perfectas. Aunque todo ese orden aparente e inmaculado, se verá afectado por la entrada en ese hogar de Martin, un adolescente de 16 años que ha entablado amistad con el doctor. Yorgos Lanthimos (Atenas, Grecia, 1973) vuelve a la carga con uno de esos relatos donde todo parece funcionar con armonía y amor, pero más lejos de las apariencias, todo ese mundo oculta otro, como sucedía en “Al otro lado del espejo”, de Carroll, donde Alicia descubría un reverso de su vida que la interpelaba completamente. Lanthimos arrancó su filmografía con Kinetta (2005) donde relataba un thriller plagada de asesinatos, pero será con su segundo trabajo Canino (2009) en el que construía un drama doméstico en el que un padre educada a sus hijas alejándolas del exterior, dentro de un paisaje perverso y desgarrador. Continuó con Alps (2011) con una trama siniestra en el que un departamento de un hospital disponía de personas que ocupaban el lugar de los fallecidos, y siguió con Langosta (2015) con Colin Farrell, en el que en un mundo distópico los individuos sin pareja debían encontrarla en un plazo acotado en un centro disponible para ello.

Universos perversos, situaciones incómodas y personajes que ocultan esas experiencias vitales que les romperían tanto su propia armonía como la de su entorno. Lanthimos con su habitual equipo, Efthimis Filippou en la escritura, Thimios Bakatakis en la fotografía y Yorgos Mavropsaridis en el montaje, logra un thriller psicológico de grandísima altura, en el que nos atrapa con una sencillez extraña, en unos planos secuencias larguísimos y filmadas con gran angular, que consigue producirnos esa extrañez rara, que se agarra a nuestras entrañas, en las que logra situaciones de una perversidad, tanto psíquica como física, sumergiéndonos en ese otro lado del espejo, donde nos convertimos en almas sucias, terroríficas y despiadadas, donde sacaremos nuestros más bajos instintos macabros, sexuales y sociales, convertidos en entes que se mueven sin más, donde nuestras vidas racionalmente construidas se destrozan con la fragilidad de un castillo de naipes.

Lanthimos despedaza este mundo de materialismo y falsedad, y juega con nosotros a un extraño y terrorífico juego en el que la culpa, la mentira y la hipocresía dominan a sus personajes, despojándolos de toda esa apariencia, y convirtiéndolos en seres que se mueven por instintos, miedos e inseguridades. Lo que empieza como la llegada amable y simpática de Martin a ese hogar de limpieza y armonía, se convertirá en una pesadilla que parece no tener fin, y destapará la suciedad que se esconde bajo la alfombra, en un thriller de una gran factura visual, y rompedor en su trama, sometiéndonos en un degradante laberinto que sacará lo peor de cada uno de los personajes, en este malévolo descenso a los infiernos, donde Lanthimos, apoyado en su peculiar destreza argumental, nos sumergirá por el thriller psicológico, el drama íntimo y familiar, y lo sobrenatural, en un extraño y doloroso virus que primero atacará físicamente a los personajes, para luego arrastrarlos por inexplicables dolores emocionales que no tienen fin ni parangón. El director heleno construye una fascinante home movie en el seno de una familia que esconde una tragedia del pasado, un suceso que volverá a sus vidas en la figura de Martin, un chico aparentemente reservado y tímido que, buscará venganza, un marido para su madre y un padre, aquel que murió en la sala de operaciones del Dr. Murphy.

En el cine de Lanthimos hasta la situación más cotidiana se presenta como una especie de pesadilla, que hace daño y nos ataca a nuestros prejuicios y convenciones, en un viaje emocional que ataca allí donde más duele, a donde somos más vulnerables, a nuestras entrañas, en un cine que podríamos encontrar sus más directos referentes en el cine de Buñuel, Lynch, en el cine de terror, por sólo citar algunas de las inspiraciones del cineasta griego. Un cine que a través de la sencillez formal, nos atrapa con lo más mínimo, seduciéndonos suavemente, como si una serpiente nos subiera por las piernas, y cuando quisiéramos darnos cuenta ya la tenemos estrangulándonos lentamente el cuello hasta morir. Un reparto encabezado por Colin Farrell, que repite después de Langosta, interpretando a ese padre que intenta inútilmente escapar de su responsabilidad y deberá tomar una decisión que afectará a su familia, Nicole Kidman como la madre y esposa protectora que no conseguirá alejar a ese maligno que ataca y destroza su hogar y a los suyos, y la terna de interpretes jóvenes empezando con Barry Keoghan que compone un Martin siniestro y perverso que no cejará en su idea aunque le vaya a costar mucho más de lo que creía, y finalmente, los dos hijos de los Murphy, víctimas propicias elegidas del mal que los azota y no parará hasta que se consuma su objetivo.