Entrevista a Julio Medem

Entrevista a Julio Medem, director de la película “El árbol de la sangre”. El encuentro tuvo lugar el martes 30 de octubre de 2018 en el Cine Phenomena en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Julio Medem, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Álvaro Cervantes

Entrevista a Álvaro Cervantes, actor de la película “El árbol de la sangre”, de Julio Medem. El encuentro tuvo lugar el martes 30 de octubre de 2018 en el Cine Phenomena en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Álvaro Cervantes, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Maria Molins

Entrevista a Maria Molins, actriz de la película “El árbol de la sangre”, de Julio Medem. El encuentro tuvo lugar el martes 30 de octubre de 2018 en el Cine Phenomena en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Maria Molins, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

El árbol de la sangre, de Julio Medem

VERDADES SECRETAS.

En cada una de sus películas Julio Medem (San Sebastián, 1958) nos propone un viaje al subconsciente, hacia más allá de la realidad más cercana, donde la naturaleza y sus animales se funden con el alma de los personajes, en donde abundan los amores difíciles, pasionales y dolorosos, nos invita a una introspección de nuestros sentidos más profundos, a un universo paralelo, donde realidad y sueño se mezclan creando un mundo diferente, sensorial y extraño, un espacio por el que transitamos donde las cosas se ven y sienten de otra manera, ya no son igual, han cambiado, donde los personajes se mueven de manera diferente, donde todo lo que les rodea asume una nueva condición, más cercana a lo mágico, lo diferente y sobre todo, donde se manejan sensaciones y emociones nacidas de lo más profundo de nuestra alma. Un cine pegado a la realidad, a una realidad soñada, ilusoria, imaginativa, terrenal, donde lo mágico penetra en los personajes como arma contra la desesperanza, los miedos y desilusiones de la existencia. En su extraordinario debut Vacas (1992) nos proponía una historia de saga familiar y (des) amores con la primera guerra carlista de fondo, en su siguiente película La ardilla roja (1993) una joven amnésica pasaba sus vacaciones con un músico en crisis en un entorno natural y mágico, en Tierra (1996) Ángel, que se considera mitad hombre y mitad ángel, entra en conflicto en una zona donde habitan dos mujeres complementarias y diferentes, en Los amantes del Círculo Polar, nos retrataba la historia de amor de idas y venidas de una pareja desde su infancia, en Lucía y el sexo (2000) una joven huía de un desamor refugiándose en una isla con la idea de disfrutar del sexo y olvidar.

Después vendría La pelota vasca. La piel contra la piedra (2003) un documental que se desviaba de su universo en el que a través de una serie de testimonios se hablaba en profundidad del conflicto vasco. Cuatro años después presentaba Caótica Ana, una película que le devolvía a su mundo, en el que retrataba a una joven estudiante de arte mantenía una relación tortuosa con una joven. Película que le supuso una profunda crisis creativa que le llevó a emprender proyectos de otra mirada, en la que dirigió Habitación en Roma (2010) donde filmaba por primera vez en inglés, y de manera sencilla una historia de amor efímera de dos mujeres desconocidas, y en el 2015 con Ma ma, aunque había algunos rasgos significativos de su universo, la película andaba por otros lares para hablarnos de la enfermedad terminal de una mujer y la relación con los suyos.

Medem ha vuelto a su mundo, a sus lugares conocidos, y a esa mirada terrenal, pasional y onírica que abunda en su cine, un cine con personalidad propia, abundante en la creación de imágenes poderosas y cautivadoras, en el que los personajes viven realidades complicadas y muy de la tierra. con El árbol de la sangre, vuelve el mejor Medem, hablándonos de una fábula en el que intervienen 14 personajes que se relacionaran a lo largo de 25 años. Arranca la película con los más jóvenes, Rebeca y Marc, enamorados y deseos de conocer las relaciones oscuras y verdades no contadas de su historia y la de sus pasados,  con la firme intención de escribir esa historia,  en un enclave significativo para lo que quieren contarnos, un caserío en la Sierra de Urkiola, en el sur de Bizkaia, y frente a ese árbol que sustenta todas las ramas y raíces de esta historia que empezó 25 años atrás un verano en la Costa Brava y finalizará en otro verano. Medem habla de dos tiempos, el presente, más pausado, más cercano a esa naturaleza del norte, donde la pasión de la juventud se apodera del cuento, donde uno y otro, reescriben la historia de sus familias, que también es la suya propia, con abundantes elipsis, cambios de narrador, con momentos reales y otros imaginados.

En el segundo tiempo, vemos el relato de esas experiencias que nos cuentan Rebeca y Marc, con sus idas y venidas, sus saltos en el tiempo, donde una familia que viene de Rusia, ya que fueron niños de la guerra, se erige como la base de todo, donde dos hermanos serán los artífices de muchas de las historias que nos cuentan, dos palos diferentes, dos toros enfrentados, la racionalidad de Víctor con la furia de Olmo, y las mujeres de sus vidas, unas más importantes y otras, menos o nada, como La Maca, una antigua cantante punk aquejada de esquizofrénica y su hija, la Rebeca que nos cuenta su existencia, o Núria Bellmunt, desde donde arrancan las raíces del árbol, o el inicio de la historia y su encuentro con Olmo, y madre de Marc, o la escritora Amaia Zugaza y su matrimonio con Olmo (personaje que vertebra todo el relato y esa fuerza pasional que arrebata a todas las mujeres de la película) y los respectivos padres, abuelos reales o no, de Rebeca, que ilustran el compendio de personajes, historias y esas verdades secretas de las que nos habla Medem e irán saliendo a la luz a medida que Rebeca y Marc las vayan descubriendo, porque la verdad será desenterrada para dar luz y también, oscuridad, porque hay cosas que difíciles de digerir y necesitan fuerzas para enfrentarse a ellas.

Medem vuelve a la luz de Kiko de la Rica, esa imagen bella y onírica, y llena de naturalidad, que ya tenía Lucía y el sexo, donde realidad y sueño se fundían de manera extraordinaria, y el excelente montaje de Elena Ruiz, con esos dos tiempos con diferentes cambios de ritmo, como la realización y edición de las dos bodas, producidas en diferentes tiempos, lugares y sensaciones. Y no menos acordarnos de la excelente partitura de Lucas Vidal, que consigue sumergirnos en ese universo onírico, apabullante de sensaciones, donde todo lo imaginable tiene su espacio y cobra realidad. Un plantel de intérpretes en estado de gracia arrancando por la naturalidad y la pasión que destilan la pareja protagonista, unos increíbles Úrsula Corberó y Álvaro Cervantes, bien acompañados por Joaquín Furriel, que ofrece un aspecto varonil y visceral, con la sobriedad de Daniel Grao, o la dulzura de Patricia López Arnaiz, y la calidez de Maria Molins, y la delicadeza de Najwa NImri, en un personaje complejo, y los veteranos Emilio Gutiérrez Caba, Luisa Gavasa, Ángela Molina y José María Pou.

Medem ha construido un relato familiar de gran calibre, donde huye de aspavientos emocionales para constarnos una tragedia familiar, donde sus personajes son románticos en mayor o menor medida, porque todos se mueven por instintos y esa sangre que les bulle tan fuerte, donde conoceremos sus verdades, mentiras, deseos, (des) ilusiones y sus pasiones salvajes, en un retrato lleno de múltiples capas narrativas que van de un lado a otro sin descanso, donde cada descubrimiento nos devuelve a más dudas, reflexiones y miedos, donde todo empieza y acaba a cada instante, en el que los personajes, víctimas de su amor infinito, descontrolado y brutal, se convierten en presas de su destino, un destino demoledor, un destino que viene de un pasado oscuro y lleno de incógnitas, un pasado que será revelador para los protagonistas más jóvenes, los que escriben y cuentan su historia, desconociendo esa verdad tan grande que seguramente los acercará a su propia vida de forma muy distinta y más íntima.

Entrevista a Itziar Castro

Entrevista a Itziar Castro, actriz de la película “Matar a Dios”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 19 de septiembre de 2018 en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Itziar Castro, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Toni Espinosa de los Cinemes Girona, por su tiempo, generosidad, paciencia y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, generosidad y paciencia.

Entrevista a Caye Casas y Albert Pintó

Entrevista a Caye Casas y Albert Pintó, directores de la película “Matar a Dios”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 19 de septiembre de 2018 en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Caye Casas y Albert Pintó, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Toni Espinosa de los Cinemes Girona, por su tiempo, generosidad, paciencia y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, generosidad y paciencia.

Matar a Dios, de Caye Casas y Albert Pintó

SÓLO PUEDEN QUEDAR DOS.

Se imaginan ustedes que se reúnen con su familia, eso sí, una familia harto peculiar, para celebrar la Nochevieja en una casa aislada en mitad del campo, y de repente, sin comerlo ni beberlo, sale del baño un tipo enano y mugriento con pinta de vagabundo, que dice ser Dios, y esa noche, deben elegir dos personas que se convertirán en los únicos seres que se salvarán de la humanidad, porque el resto morirá. Este es el arranque de la opera prima de Caye Casas (Terrassa, 1976) y Albert Pintó (Terrassa, 1985) que sigue la estela de sus anteriores trabajos, Nada S.A. y RIP, un par de cortometrajes con más de un centenar de premios. En su debut en el largometraje, convocan a una curiosa familia que según se mire está bien avenida o nada, un grupo familiar compuesto por Carlos, un tipo típico español, machista, cenutrio, con bigotito, pero de buen corazón (con el aroma de los personajes mendrugos que hacía López Vázquez en las españoladas) le sigue su esposa Ana, todo corazón, que arrastra un matrimonio de muchos años, que aunque le reporta pocas alegrías, sigue sin más, como si no tuviera fuerzas para empezar de nuevo, Santi, el hermano de Carlos, atraviesa un período depresivo, con tintes suicidas, ya que es incapaz de olvidar a su ex que se ha liado con un argentino y negro, y finalmente, el patriarca del clan, un setentón a vueltas de todo que disfruta de la vida fumando y bebiendo como un cosaco y gastándose la paga en putas, a pesar de sus problemas de corazón (un personaje que nos recuerda a los abuelos que pululan por las novelas y películas de David Trueba).

Aunque podrían parecer un grupo muy heterogéneo que se prepara para dar el golpe de su vida, el golpe se lo dan a ellos, con la llegada de Dios (un tipo cabroncete, malhablado y bebedor) y semejante dilema. Casas y Pintó han construido una comedia negra, negrísima, que bebe de innumerables fuentes, arrancando con el mundo de Azcona y Berlanga, donde seres cotidianos y mundanos desean cambiar de existencia y todo lo que idean les lleva a un túnel aún más oscuro, con esa peculiaridad de retratar el sentir cañí, donde el surrealismo, el esperpento de Valle-Inclán, o la miseria moral de Pérez Galdós, se daban la mano creando universos peculiares, extraños y tragicómicos, donde hablaban certeramente de la sociedad cutre y miserable que reinaba en la España franquista de celibato, tradicionalista y pobre. También, encontramos la mala uva de las películas de los estudios Ealing (en la que El quinteto de la muerte, de Mackendrick sería la más abanderada) el universo de los hermanos Coen, con esas almas en pena que creen haber encontrado su gran fortuna y desconocen que eso les llevará al peor de los abismos, o la atmósfera de títulos tan emblemáticos como Delicatessen, de Jeunet y Caro, donde payasos depresivos sueñan con enamorar a la hija miope de bestias inmundas, o los personajes grotescos del cine de Alex de la Iglesia, con esa amalgama de seres tupidos y descerebrados que pretenden convertirse en uno más.

Los directores terrasenses convierten su relato negro y enfermizo en una parábola sobre la sociedad y la incapacidad de relacionarnos que tenemos, en los que nos cuesta hablar de lo que sentimos y lo mal que tratamos a aquel que tenemos más cerca, evidencia que queda reflejada en la conversación que tienen los dos hermanos, donde se sinceran profundamente, y en la otra charla, entre suegro y nuera, donde hablan abiertamente de los problemas y las situaciones emocionales. La película se acota a esa noche, esa larga noche donde todo cambiará o no, y todo será diferente o no, ese dilema que los cuatro personajes deberán dilucidar arropados por la oscuridad de la noche, y rodeados de los extraños objetos de una casa llena de animales disecados (con claras referencias al terror clásico y al universo Carroll).

El quinteto protagonista luce con energía y soltura, dotando tanto al relato como a los personajes, la hondura y la comicidad necesaria, donde cuatro seres con sus problemas a las espaldas, deberán decidir el destino de la humanidad, con un fantástico Eduardo Antuña, con esa empanada mental y ese carácter que lo aparta de todos, a pesar de su buen corazón, bien acompañado por Itziar Castro (que ya había protagonizado RIP) que después de años como actriz de reparto en películas de género, se consagra como una actriz de fuerza y enigmática, David Pareja convierte a su Santi en el ser más sincero y  racional de todo el grupo, que quiere lo mejor para los demás aunque sea él el perjudicado, el aplomo y la amargura que destila Boris Ruiz planteando un personaje de final del camino que quiere pasárselo en grande aunque le perjudique.

Y finalmente, el quinto pasajero, Dios que en este caso, actúa como el maligno, porque va a destruir a todo el mundo, sin ton ni son, sin saber porque, interpretado por Emilio Gavira (que protagonizó el primer corto de los directores) un ser siniestro, muy oscuro y comilón y bebedor, que rompe con esa solemnidad que nos tienen acostumbrados cuando presentan a altísimo, aquí, se rompe con todo eso, y se busca otra comicidad más mundana y cercana. Los 93 minutos de esta fábula negra y moral que nos construyen Casas y Pintó tiene fuerza, risas y nos hace pensar, donde el ritmo no decae, y donde sus personajes, entre disputas y miedos, logran inmiscuirnos en sus reflexiones e ideas para dar con sus elegidos, enmarañándonos en tamaña elección, con sus cuitas y mentiras, con sus inseguridades y testimonios, en un relato que gustará a los amantes del género y a todo aquel que quiera reflexionar sobre las cuestiones trascendentales de la vida, pero con humor y cercanía, eso sí.