Entrevista a David Arratibel

Entrevista a David Arratibel, director de “Converso”. El encuentro tuvo lugar el viernes 5 de mayo de 2017 en los Jardins Rubió i Lluc del Raval en el marco del D’A Film Festival en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Arratibel,  por su tiempo, generosidad y cariño, a Eva Calleja de Prisamaideas y Pablo Caballero de Margenes, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

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Entrevista a Enrique Baró Ubach

Entrevista a Enrique Baró Ubach, director de “La película de nuestra vida”. El encuentro tuvo lugar el jueves 4 de mayo de 2017 en el Teatre CCCB en el marco del D’A Film Festival en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Enrique Baró Ubach,  por su tiempo, generosidad y cariño, a Eva Calleja de Prisamaideas y Pablo Caballero de Margenes, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

La película de nuestra vida, de Enrique Baró Ubach

LA MEMORIA DE MIS VERANOS.

“Cada generación se pregunta extrañada: ¿quién soy? ¿Y qué fueron mis antepasados? Sería mejor que se preguntara: ¿Dónde estoy yo?; y que supusiera que sus antepasados no fueron de otro modo, sino que simplemente vivieron en otro tiempo”.

[Robert Musil, “El hombre sin atributos”]

La película arranca con unas imágenes domésticas filmadas en súper 8, unas imágenes que nos acompañarán durante todo su metraje, en estas, vemos una familia con niños pequeños que juegan a introducirse en una casa de plástico en medio de un patio, cuando todos se han introducido en su interior, cierran la puerta. Mientras escuchamos la voz de una mujer mayor que explica como ocupan la casa que vendieron cuando los propietarios actuales no están, y cuando estos vuelven, huyen para no sentir la vergüenza que les digan que esa casa ya no es la suya. De esta forma, sencilla, naturalista e íntima, se inicia la primera película de Enrique Baró Ubach (Barcelona, 1976) fotógrafo de escena de profesión, pero cineasta empedernido de vocación, en la que nos habla de su familia, de su infancia, de aquellos momentos biográficos ligados a un espacio, a esa casa de Begues, en un recorrido que abarca unos sesenta años, en la que pasaron momentos de su vida, de su tiempo, en una cinta que huye de cualquier tipo de nostalgia sentimental para adentrarse en el terreno de la memoria y sobre todo, en el de la imaginación, mezclada entre los recuerdos de unos años que quedaron atrás, y la conexión con aquellos objetos que nos acompañaron durante nuestra vida.

Ya desde su dispositivo cinematográfico, la empresa de Baró Ubach nos seduce desde su enorme peculiaridad situándonos en una jornada, solamente un día para contarnos todos los veranos que vivió en ese lugar, y lo hace de una forma cotidiana y muy especial, desde la elección de sus personajes, tres etapas de la vida de alguien, queremos suponer, un abuelo (interpretado por su el propio padre del director, Teodoro Baró Rey), un hombre (al que da vida Francesc Garrido Ballester), y finalmente, el joven, al que interpreta Nao Albert Roig. Tres momentos en la vida de alguien, tres instantes precisos que confluirán en ese día que Baró Ubach nos invita a vivir con ellos, dividida en cuatro episodios: “Los últimos días de Pompeya, Las horas del verano, El nadador y La canción de nuestra vida es una canción de Joe Crepúsculo”. Los tiempos se mezclan, aunque podemos intuir que estamos recorriendo finales de los setenta y principios de los ochenta (la infancia del realizador) la imaginación, también, la realidad y la ficción no se definen, todos estos estados y elementos confluyen en un espacio único, mítico, que forma parte de los sueños, de esos momentos irrepetibles y fascinantes en la vida de alguien.

Baró Ubach juega con el espacio, el interior de la casa, y el patio, sin olvidarnos de la piscina, y los relaciona con sus personajes, escenificando la memoria, en un tiempo sin tiempo, en un presente que no tiene fecha, pero en el que todo puede suceder en ese instante, vemos como recogen la mesa y friegan los platos, rescatan sus bicicletas, tienden la ropa de una lavadora rota, juegan al futbol y simulan ser jugadores ochenteros, se bañan en la piscina improvisando juegos, y toman el vermú y gazpacho, después se zampan la barbacoa, hacen la siesta, imitan a los héroes de sus películas del oeste, miran un álbum de recortes centenario de un antepasado, y reencuentran los álbumes de cromos, las revistas de cine, y demás objetos que los trasladan a lo que fueron, a lo que ya no serán, a lo que han dejado de ser, en que se  mezclan todas estas imágenes con otras que pertenecen al mundo de sus sueños, de su infancia, cuando fantaseaba con tres nadadoras que escenificaban cuadros y planos que le fascinaron, o un especialista que cae como hacían sus héroes en las películas que vivía, o aquellas grabaciones que hacía junto a su padre. Momentos de una vida, momentos ligados a la memoria de esa casa, de ese espacio, en el que todo parece inerte, como si el tiempo lo hubiera borrado, donde sólo la memoria personal e íntima le hiciera cobrar vida aunque sólo sea por unas horas, por un tiempo limitado, pero a la vez mítico y fascinante.

Baró Ubach ha cimentado una película con ecos a Un domingo en el campo, de Tavernier, o Las horas del verano, de Assayas, dos vehículos familiares donde las relaciones componen un lúcido análisis sobre la familia y su memoria, y son esos dos aspectos en los que la película edifica toda su fuerza expresiva y argumental. Una memoria, no sólo familiar, sino también de él mismo, algo como un álbum familiar audiovisual en el que se mezclan sus recuerdos, de forma desordenada, como retazos de un rompecabezas, que invita a componer por parte de los espectadores, y sobre todo, a reflexionar sobre el paso del tiempo, la utilidad y el funcionamiento de la memoria personal de cada uno de nosotros, como un pretexto y un viaje a volver a ese lugar mítico de nuestra vida, a aquella infancia que sólo las filmaciones mudas, los objetos que volvemos a recuperar y las personas de nuestro entorno, nos conducen a recordarla, no como fue, sino como nosotros la imaginamos.


<p><a href=”https://vimeo.com/211448081″>Trailer La pel&iacute;cula de nuestra vida</a> from <a href=”https://vimeo.com/margenescine”>M&aacute;rgenes</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Dancing Beethoven, de Arantxa Aguirre

LAS FORMAS DE LA MÚSICA.

“Oh Providencia! Haz aparecer una sola vez ante mis ojos un día de alegría”.

Ludwig Van Beethoven

En un momento de la película, cuando la narradora e hilo conductor Mayla Roman habla con Zubin Mehta, el director de la orquesta, reflexiona sobre si el espectáculo de danza sobre la novena sinfonía de Beethoven podrían ser las formas de la música, aquellas que el genio podría haber imaginado, ya que cuando compuso la obra estaba completamente sordo. Mehta le responde que no lo había pensado, pero que podría ser. La cineasta Arantxa Aguirre (Madrid, 1965) fogueada en equipos de dirección de nombres tan importantes como Berlanga, Patino, Saura, Almodóvar o Camus, y directora de una filmografía dedicada a las artes, entre las que destacan películas sobre el teatro, la música, el cine, y la danza, disciplina esta última que, después de un cortometraje, arrancó con El esfuerzo y el ánimo (2009) en la que reflexionaba sobre el legado de Maurice Béjart (1927 – 2007) sobre su compañía, unos meses después de su muerte, colaboración que se extendió a varios proyectos hasta finalmente la película Dancing Beethoven.

La película abarca todo el proceso creativo de un proyecto inmenso que aglutina dos grandes compañías, la compañía de Maurice Béjart y la compañía de Ballet de Tokyo, acompañados por la Orquesta Filarmoníca de Israel dirigidos por el prestigioso director Zubin Mehta, y la participación de un gran número de extras africanos, un espectáculo sobre la alegría, la esperanza y la fraternidad entre los pueblos, en el que encontramos la esencia y el espíritu de Béjart, bailarín y coreógrafo de gran prestigio, convirtiéndose en un auténtico revolucionario de la danza en el siglo XX, en el que resaltaban propuestas eclécticas, vanguardistas y la utilización de música contemporánea, creando una de las compañías de danza más prestigiosas del mundo compuesta por bailarines de múltiples razas en las que todos convergían en proyectos heterogéneos llenos de diversidad, humanismo y espectacularidad.

Aguirre utiliza un narrador en la figura de la actriz Mayla Roman (que es a la vez testigo desde fuera, y también, desde dentro, ya que sus padres fueron bailarines para Béjart, y ahora coreógrafos en su compañía) para mostrarnos todos los entresijos del espectáculo y sus procesos creativos desde la intimidad, a flor de piel, dejándonos llevar por los cuerpos en movimiento y la música que  acaparan el protagonismo de su película, aunque no se queda sólo ahí, el filme va más allá, y rebusca e interioriza en el alma de cada uno de sus principales participantes, manteniendo diálogos con ellos, en los que se reflexiona sobre la música de Beethoven, sobre su poder, alegría y belleza, y también sobre las ideas de humanidad y fraternidad del trabajo de Béjart,  sobre la capacidad del arte para combatir un mundo siniestro, vacío y horrible, y las vidas personales de sus integrantes, como influyen en su trabajo y en los conflictos interiores a los que tienen que enfrentarse en un trabajo tan exigente, pero tan gratificante a nivel humano.

Una película de estructura circular, como la propia idiosincrasia del espectáculo (arrancando en invierno en Lausana, sede de la Compañía de Béjart, siguiendo en primavera en Tokio y así sucesivamente hasta completar el ciclo estacional y vital, finalizando con su estreno)  que se suma a otras propuestas vivas y espectaculares, que también nos invitaron a viajar por los entresijos de los procesos creativos de la danza como La danza, de Frederick Wiseman, sobre el Ballet de la Ópera de París, o Pina, de Wim Wenders, en la que a través de un espectáculo (filmado en 3D) se reflexionaba sobre el legado de la gran Pina Bausch, entre otras. Aguirre ha construido una película sobria y contenida, de exquisita fotografía y encuadres llenos de pasión y belleza, que emana creatividad y esfuerzo, que es un canto, no sólo a la danza y a la música, sino también a la vida, a la energía de los seres humanos para vivir y superarse, a la fuerza de cada uno de nosotros para vivir la vida con todas sus alegría y tristezas, a aquello profundo de nuestra alma, a la inmensa capacidad de creación de todos nosotros, a la energía desbordante que tenemos, y sobre todo, a la inmensa alegría por la vida, el arte y las pequeñas cosas que nos hacen desear seguir hacia adelante a pesar del mundo en el que nos ha tocado vivir.


<p><a href=”https://vimeo.com/201832687″>DANCING BEETHOVEN Trailer Espa&ntilde;ol</a> from <a href=”https://vimeo.com/margenescine”>M&aacute;rgenes</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

El destierro, de Arturo Ruiz Serrano

cartel_final_destierro-bigLA JOVEN QUE SURGIÓ DEL FRÍO.

La película se inicia con una estampa hibernal, la nieve ha ocultado un páramo perdido en algún lugar sin nombre de España. Un miliciano tapado hasta el alma, guía a su mula cargada hasta las trancas, asoma entre el tupido manto blanco como una mancha en medio de la nada. Arriba hasta uno pequeño refugio del que sale otro miliciano, le deja algunas provisiones, y le presenta a su nuevo compañero de morada, otro miliciano destinado a ese lugar. Así empieza esta película minimalista, íntima y honesta, en la que nos sitúan en mitad de la Guerra Civil, aunque sólo la vemos de pasada,  algunos aviones que sobrevuelan con destino a bombardear Madrid, y ráfagas a lo lejos. La cinta se centra en un puesto de vigilancia en mitad de un lugar desconocido, en el que hay que vigilar el fuego para soportar las bajísimas temperaturas del entorno. Un paisaje hostil, agreste, de los que hacen daño, sólo dos personajes, a los que se añadirá más adelante un tercero, son los ingredientes de esta película sencilla que plantea un relato sobre la condición humana, independientemente de la ideología política, sólo centrada en las necesidades cotidianas, en las incertidumbres de una guerra fratricida que aleja a los seres queridos, y lo convierte a uno en un animal hambriento.

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El director Arturo Ruiz Serrano (Madrid, 1972) prolífico autor de cortometrajes, con los que ha cosechado más de 180 premios tanto nacionales como internacionales, que ya estuvo como guionista en la interesante El perfecto desconocido (2011), de Toni Bestard (autor junto a Marcos Cabotá del documental I Am your father, aquí haciendo tándem en labores de producción), que también planteaba una situación parecida, la llegada de alguien a un pueblo y las relaciones con los vecinos. Ahora, para su puesta de largo, Arturo Ruiz Serrano, aborda un conflicto que enfrenta a dos personajes antagónicos, por un lado, teneamos a un miliciano rudo y animal, de aspecto fuerte, hombre de la tierra, del ejército fascista, nada convencido de la causa que defiende, y con la familia en el Madrid sitiado, y por el otro, un joven seminarista, intelectual y frágil, católico y fascista de familia. Las fricciones y conflictos no tardan en aparecer, una relación impuesta que no les agrada, pero tienen que luchar contra unos elementos atmosféricos muy hostiles que los amenazan más que los disparos de los enemigos que no se ven en todo el metraje. La aparición de Zoska, la joven polaca idealista que encuentran moribunda, incrementará la difícil convivencia entre los tres, y las diferentes oposiciones que se manifiestan con respecto al futuro de la joven.

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Ruiz Serrano construye, con acierto y sencillez, una película in crescendo, un menage a trois distinto, de corte clásico, huyendo de los aspavientos y demás artimañas modernas, para mirar hacia el cine de los maestros, y el cine de los países del este, todo se cuenta de forma austera, el paisaje se convierte en un personaje más, y la guerra funciona como trasfondo, situando su relato en la retaguardia, donde las ideologías y las heroicidades no valen, aquí se cuecen otras actitudes y necesidades: se fraguan las batallas interiores, las que no salen en los diarios, los miedos personales, la compleja supervivencia, el conflicto con el otro… Un grupo de técnicos profesionales que como Nicolás Pinzón en la fotografía (excelente la atmósfera hibernal) o Iván Ruiz en la música han acompañado tanto a Arturo Ruiz como a los productores mencionados, con la grandísima aportación de la montadora Teresa Font (habitual de Aranda, De la Iglesia o Uribe, entre muchos otros) han levantado una película de un esfuerzo titánico de producción, que nace con vocación de cine diferente, resistente y sobre todo, un cine que huye de convencionalismos y etiquetas, para mostrar aspectos de la condición humana, tanto físicos como emocionales. Amén del excelente trío protagonista, con Eric Francés como Silveiro, el huraño y bestia de una sola pieza, Joan Carles Suau como su contrapunto, la inteligencia emocional y la carga de los miedos que le atenazan, y la joven polaca Monika Kowalska como la perdida y guerrera Zoska. Un trío que emociona, nos envuelve y además, nos transmite toda la fuerza y la sensibiliada de sus personajes, y cuestión moral que propone esta fábula, no sobre la contienda bélica, sino sobre las emociones, los miedos, la soledad, y la estupidez de la guerra, que además de provocar que unos y otros ase maten, acaba relacionando a gentes de diverso corte social diferente, pero con las mismas necesidades que cualquiera.


<p><a href=”https://vimeo.com/144899813″>Trailer The Exile</a> from <a href=”https://vimeo.com/user13031022″>David Castellanos</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Oleg y las raras artes, de Andrés Duque

cartel_poster_oleg_y_las_raras_artesLA BELLEZA DEL GESTO.

“(…) ¿Por qué no huele la fruta? En el mercado nada huele,  nada tiene aroma. Las personas han perdido su espíritu. ¿Por qué la gente se dedica a sus asuntos? Cuando lo que hay que hacer es dejar todo de lado. Sentarse en una silla y contemplar el horizonte de la historia”

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El universo cinematográfico de Andrés Duque (1972, Caracas) personal e inclasificable, transita alejado de las narrativas convencionales, moviéndose en los márgenes de una industria demasiado complaciente. Su obra nace de un continuo diálogo y  búsqueda  perpetua de imágenes de diferentes orígenes, formatos y texturas, de naturaleza fragmentada, aparentemente inconexas, en el que laten algo parecido a relatos autobiográficos (huyendo de la biografía al uso) una especie de diarios filmados en los que no sólo retrata a alguien, sino también a sí mismo, tanto lo emocional como lo físico, como ocurría en sus dos primeros largos, Color perro huye (2011) y Ensayo final para utopía (2012).

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En el caso que nos ocupa,  el espíritu que recorre Oleg y las raras artes, tendríamos que remontarnos a su película  Iván Z (20034), dedicada al carismático e inclasificable cineasta Iván Zulueta (1943 – 2009) en la que con una filmación de sólo tres días en la casa del realizador y dibujante en San Sebastián, hace un retrato transparente y naturalista de todo aquello oculto, alejado de lo convencional, en una obra que se mueve entre las sombras y los recuerdos de alguien que da habida cuenta de una vida dedicada al cine, en los que nos habla en primera persona, sin tapujos y con una franqueza que asombra, siguiendo los pasos desestructurados de una biografía en la que ha habido de todo: cine, dibujos, familia, amigos, heroína, y tiempo transcurrido y perdido entre lo propio y lo ajeno. Duque habla con el personaje que filma, actúa tanto como narrador/espectador/cineasta que nos descubre el entorno doméstico de un artista que parece haber envejecido con él, en un intento vano e inútil, de detener un tiempo que nos devora.

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Oleg y las raras artes camina por los mismos postulados que Iván Z, aunque aquí Duque no interviene de manera física en la película, en esta observa y filma con su cámara a su personaje misterioso Oleg Karavaichuk (Kiev, 1927 -2016) pianista y compositor prodigio que, debido a su enfrentamiento con Stalin, su vida y su arte quedó en segundo lugar, casi en el ostracismo, porque el veto estatal sólo le permitió dedicarse a la composición de bandas sonoras para el cine, que llegó a componer más de 100. Duque dispone a su personaje en dos espacios, uno, el Museo Hermitage de San Petersburgo (el mismo lugar elegido por Sokurov para filmar El arca rusa, su imponente fresco histórico sobre los zares de Rusia), y la casa de Oleg, y alrededores. En el museo, ya desde la primera secuencia, en el que la cámara filma un largo pasillo, en el que al fondo se abre una puerta y entra Oleg que avanza hacia nosotros, el músico se detiene frente a la cámara y comienza a hablarnos en primera persona del museo, de su amor divino hacía ese espacio de arte, de la perdida de curiosidad sobre el arte de las gentes modernas, y de la exquisita belleza artística de Catalina la grande, y el mal hacer de Putin en el 250 aniversario del museo.

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Las palabras de Oleg, con esa voz agua y aflautada, su cuerpo menudo y frágil, y una indumentaria curiosa (chándal negro, jersey negro, una peluca a lo sastrecillo valiente y su inseparable boina marrón) nos devuelven un tiempo ya extinguido, el del zar Nicolás II, y sus salones elegantes y lujosos, la revolución bolchevique, la época soviética y Stalin(para el que tocó con 7 años de edad, hecho que provocó que su padre, violinista de prestigio, fuese liberado) y sobre todo, nos habla de sus ideas, pensamientos y reflexiones sobre arte, música, analizando todos los cambios y procesos que ha vivido la música y los diferentes estilos que la han abordado mediante su ritmo, armonía y acordes. Duque captura la esencia de su personaje, inundando su película a través de planos generales y detalle (las manos) filmando sus movimientos suaves y reposados cuando nos habla de pie frente a nosotros, y llenos de energía y furia cuando toca el piano (el único pianista autorizado a tocar el piano de oro del Hermitage).

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Duque ha elaborado una fascinante y maravillosa película/experiencia que trasciendo lo humano para penetrarnos en lo sublime y divino, en una elegía íntima e inquietante, que se transforma en una hermosísima obra sobre la belleza, sobre la pasión del arte y la música, protagonizada por un personaje apartado y en el ostracismo, que gracias a la película podemos conocer, escuchar y deleitarnos, no sólo con su arte, sino también, con su mirada crítica y agradecida del tiempo que ha vivido, un testigo de un tiempo ya perdido, ya muerto, espectral, como en la maravillosa secuencia en la que mientras camina por los alrededores de su casa habla de la casita verde de su amiga que ya no está, y de otros tantos que existían. Un personaje humanista y delicado, extraño y excéntrico, pero maravilloso y con una extraordinaria capacidad de emocionarnos con lo mínimo, que se levantó contra lo establecido y lo cómodo, y pagó sus terribles consecuencias, que grito contra aquellos que amenazan la música y el arte, como explica en un instante: “No se puede mover nada en la música. ¡Todo tiene que suceder por sí solo! Por encima de la voluntad”. Un genio raro, pero no lo son todos los genios, alguien que narra su vida, su música, que a veces cuando duerme, toca el piano en sueños, una música que proviene de lo divino, formada por la materia de aquello que nos conmueve, que sentimos, pero que somos incapaces de ver, porque hay cosas, las más bellas y apasionantes que le dan todo el sentido a nuestras vidas, que no entienden de razones, no, sólo se pueden ver y tocar con el alma y lo más profundo de nuestro ser.


<p><a href=”https://vimeo.com/75760021″>OLEG Y LAS RARAS ARTES</a> from <a href=”https://vimeo.com/intropiamedia”>Introp&iacute;a Media</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>