Entrevista a Carlos Marques-Marcet

Entrevista a Carlos Marques-Marcet, director de la película “Los días que vendrán”, en el Soho House en Barcelona, el martes 25 de junio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Marques-Marcet, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Paula Álvarez de Avalon, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a David Verdaguer y María Rodríguez Soto

Entrevista a David Verdaguer y María Rodríguez Soto, intérpretes de la película “Los días que vendrán”, de Carlos Marques-Marcet, en el Soho House en Barcelona, el martes 25 de junio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Verdaguer y María Rodríguez Soto, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Paula Álvarez de Avalon, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Los días que vendrán, de Carlos Marques-Marcet

TRES VIDAS INCIERTAS.

En el universo cinematográfico de Carlos Marques-Marcet (Barcelona, 1983) abundan los personajes entre dos mundos, situados en un espacio de incertidumbre que los agobia profundamente, individuos que creen tener las situaciones bajo control, o al menos eso les gusta pensar, porque cuando estalla el conflicto en el interior de la pareja, toda esa paz y tranquilidad que parecía reinar, estalla en mil pedazos, provocando todos los conflictos habidos y por haber, convirtiendo sus espacios en lugares llenos de caos, desesperación y emocionalmente llenos de dudas y discusiones, llenando sus existencias de laberintos sin entrada ni salida posible, al menos, por el momento. Es un cine de nuestro tiempo, de aquí y ahora, pero universal y atemporal, centrado en los jóvenes de ahora, de sus vidas y no vidas, de las que viven y las que dejan por vivir, que habla de la intimidad de la pareja, de los sueños personales, tanto profesionales como emocionales, y sobre todo, de todos esos conflictos que se instalan en el seno de un amor que no parece tan irrompible, sujeto a demasiadas derivas emocionales y sobre todo, a demasiadas circunstancias motivadas por la incertidumbre laboral. Un cine que habla de los tiempos actuales, pero que se centra en las emociones de los personajes, convertidos en robinsones crusoe extraviados en sus emociones y sus innumerables dudas, tanto existenciales como todas las demás.

En su opera prima, 10.000 KM (2014) Marques-Marcet nos contaba los conflictos de una relación a distancia. En la siguiente película, Tierra firme (2017) nos hablaba de una relación sentimental entre dos mujeres y el conflicto que generaba la idea de tener un hijo. En Los días que vendrán, ya no existe esa idea de tener un hijo, sino que el hijo llega en forma de embarazo a las vidas de Vir y Luís, una pareja que llevan un año saliendo. Mientras la pareja espera esa vida, que después de bastantes dudas deciden tirar palante, se enfrentan a las vidas propias, que la noticia del embarazo, ha hecho tambalear y de qué manera, el presente ha dejado pasó de un plumazo al futuro, a ese futuro incierto que les llena de miedos e inseguridades, tanto a ellos como a su relación de pareja. El director barcelonés aprovecha el embarazo real de dos de sus amigos, María Rodríguez Soto y David Verdaguer (que parece en las tres películas del director) magníficos en sus roles, redescubriéndonos constantemente a sus personajes y sus derivas emocionales, para contarnos ese tiempo incierto y lleno de dudas del embarazo, en el que la vida íntima de pareja y cotidianidad, deja paso a estar “embarazados”, a todos los cambios, tanto físicos como emocionales a los que deberán enfrentarse, a este espacio incierto en el que se irán convirtiendo en tres, un tiempo de espera de Zoe, nombre que pondrán a la nueva vida que está creciendo en la barriga de Vir.

Muchas vidas cruzadas nos relatan en el guión firmado por el propio director, Clara Roquet (que vuelve a trabar con Marques-Marcet, después del paréntesis de Tierra firme) y Coral Cruz (coguionista de Agustí Villaronga, entre otros) a saber, la de Vir y Luis, los personajes que dan vida los intérpretes Verdaguer y Rodríguez, los citados actores que también están viviendo su embarazo real, y por último, el maravilloso juego entre ficción y documento que establece el director cuando estos personajes interactúan con personas reales de su entorno más próximo, como los padres y hermano de María Rodríguez, con ese momento intensísimo y magnífico con la grabación de vhs, donde vida y cine se fusionan de forma increíble, casi en una vuelta del skype que aparecía en 10.000 KM, o los amigos de David Verdaguer, en esos instantes donde el cine y lo contado alcanza un espacio de limbo, donde la vida real y la ficción consiguen mezclarse de manera natural y muy íntima. El cineasta catalán nos ofrece la última de una especie de trilogía improvisada, donde habla de todos nosotros, de aquello que somos y lo que dejamos de ser, donde construye un interesando y brutal puzle de imágenes llenas de vida, muy orgánica, una especie de diario filmado de un embarazo, con sus pros y contras, con la vida escapándose a cada rato y dejándonos del revés.

Una película intimista y vital, la mejor de sus películas, por su belleza y tristeza, por la intensidad e intimidad de sus imágenes tan llenas de vida, y con todo lo que ella conlleva, que a veces resulta bella, mágica, triste, rota, herida, confusa, vacía o llena de risas tontas, de lágrimas espontáneas, de polvos rápidos o llenos de amor, de momentos recordados y otros, olvidados, con situaciones cómicas, como ese instante en el que deciden el nombre de la criatura que vendrá, y otras, duras, donde la discusión alcanza lo más oscuro y profundo de cada uno de nosotros, de palabras arrepentidas, de palabras que cuentan y otras, que confunden más, con ese aroma del “Free Cinema”, con películas de un tiempo y una juventud como Sábado tarde, omingo mañana, Un sabor a miel El ingenuo salvaje, entre otras, o las comedias agridulces de Linklater con Delpy y Hawke, cine cercano y realista,  porque lo que nos viene a decir Marques-Marcet es que la vida era esto, no lo que nos habían contado o lo que nosotros a partir de eso hemos imaginado, la vida era todo lo que sentimos, mezclado y fusionado, en el que por momentos lo tenemos claro o más o menos, y en otros, somos un mar de dudas, incertidumbres y miedos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan

MEMORIA Y SUEÑO.

“Si se incrementa la duración normal de una secuencia, primero te aburres, pero si la incrementas aún más, crece el interés. Y si, incluso, la incrementas más, surge una nueva calidad e intensidad.”

Andrei Tarkovski

Hace cuatro años cuando apareció Kaili Blues, de Bi Gan (Kaili, provincia de Guizhou, China, 1989) nos quedamos atónitos con una película de narrativa absorbente, ambientes oníricos que emanaban una verdad naturalista y una realidad espectral, con ese aroma de road movie que seguíamos inquietos a alguien volviendo a sus orígenes en busca de su identidad y de todo aquello que un día dejó. Tanto el paisaje físico como mental del protagonista se convertían en un solo espacio, un lugar abierto a un no tiempo imposible de predecir y ubicar, más cercano al mundo de los sueños y la fantasía que de la realidad, pero con imágenes cotidianas y muy cercanas. Bi Gan entró con fuerza al cine convertido en un autor con su primera película, un autor muy personal y profundo, que seguía una tradición muy arraigada en la cinematografía china evocando a nombres tan ilustres como Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang, Wong Kar-Wai o Tsai Ming-Liang, entre otros, cineastas que construyen una atmósfera viva y libre en que el espacio y tiempo reconocibles aparentemente, se convierten en premisas próximas a un mundo onírico profundamente imaginativo.

En su segundo trabajo, Largo viaje hacia la noche, Bi Gan vuelve, o podríamos decir, continúa explorando los paisajes de su pueblo natal, un lugar subtropical anclado y perdido de todo, una arcadia perdida en el limbo del subconsciente,  quizás también en el tiempo y el espacio, en que veremos a un hombre, en este caso a Luo Hongwu que llegará con el propósito de encontrar a una mujer, Wan Qiwen, de la que sigue enamorado. Otra vez, como sucedía en su opera prima, alguien busca a alguien y partiendo de los mismos paisajes naturales, que no reales. Si bien el cineasta chino estructura su narración en dos partes. En la primera que llama Memoria, nos sumergimos en un no tiempo, en una crónica de los hechos sucedidos, en que a través de la memoria de Luo Hongwu recuerda el amor que tuvo con Wan Qiwen, en un relato desestructurado, filmado en continuos planos secuencia, uno tras otro, con continuos saltos en el tiempo y en formato 2D, donde seremos testigos de la historia de amor desde el punto de vista del protagonista, real o no, así será como la recuerda, y Bi Gan la filma, en que ya se introduce el concepto de irrealidad de la historia, con esos no lugares, anclados en la inmensidad del tiempo, en espacios donde todo se ha detenido, donde todo parece real, pero no lo es, porque constantemente nos preguntamos si lo que recuerda y cómo lo recuerda el protagonista es lo que realmente sucedió o no, misterio que nos acompañará y que en ningún momento no será revelado.

Gan nos propone confiar en nuestras emociones, en aquello que las imágenes ocultan, en aquello intangible que sucede tanto en el interior de los personajes como en nuestro interior, en ese viaje espiritual que propone la película, en un viaje más allá de las imágenes, un viaje que provocan las imágenes huyendo de su materia física, más cercana al mundo de los sueños, de las evocaciones o del recuerdo. En la segunda mitad, que se desarrolla en unos 55 minutos, titulada Poppy, extraído de una poema de de Paul Celan. Bi Gan nos traslada a Kaili, como en su primera película, a su tierra natal, en una especie de sueño nocturno, donde todo parece real o no, en que la película se sumergirá en un viaje onírico, a través de un majestuoso plano secuencia filmado en 3D, donde el cine se convierte en un estado hipnótico, fascinante y abrumador, como le ocurrirá al personaje, cuando al final de la primera parte entra en un cine, se coloca las gafas 3D y ahí, justo en ese momento, arranca la segunda mitad de la película, en un nuevo estado, filmado de otra manera, creando esa ilusión, entre real y falsa, en donde el tiempo del protagonista se torna diferente, recorrido por una extrañeza singular, como una pieza musical que evoca el mundo de los sueños, el universo oscuro de la noche, donde las almas vagan a la deriva, sin tiempo, ni sobre todo, espacio, porque será cuando Gan convertirá el espacio en su elemento más preciado, con continuas idas y venidas por los mismos paisajes pero cambiando los diferentes puntos de vista entre el protagonista masculino que busca y la protagonista femenina que es encontrada.

Gan construye la película y su narración, como comentábamos al inicio, a través de la mirada, la memoria y los recuerdos de Luo Hongwu, y todo aquello que veremos y sintamos será lo que él vea y sienta, así que tendremos que confiar o no en todo aquello que ve y experimente. El espacio adquiere la dimensión de una ciudad que recibe el nombre de “Dangmai”, como ocurría en Kaili Blues, una especie de Macondo, una ciudad imaginada, una arcadia perdida, no real, de ensueño, imposible de ubicar en un mapa, en el que todo evoca a la ruina y al abandono, perdida en la inmensidad del tiempo y el espacio, un lugar físico en el que vemos pocos habitantes, donde la realidad adquiere dimensiones extrañas y profundas, donde todo es posible y nada es excluyente, en un no lugar donde el paisaje nocturno de calles, canciones de karaoke, habitantes quietos que apenas hablan o se mueven, parecen piezas en un laberinto sin entrada ni salida.

La película mezcla géneros como el realismo mágico con alusiones al universo del escritor Gabriel García Márquez, el fantástico o el noir, en esta fábula de la búsqueda interior y física muy del imaginario de las novelas negras, en que la idea de la búsqueda se torna una búsqueda inabarcable, infinita, emocional y física muy del universo de Antonioni o Tarkovski, donde espacio y tiempo se pierden en el sueño, en la imaginación, donde todo es posible, donde atravesamos un mundo imperceptible para nuestros sentidos, más propio del mundo no tangible, el imaginado o recordado, una especie de poema lírico, donde nos dejamos llevar por lo que soñamos en un espacio físico que evoca constantemente a nuestra memoria, nuestra infancia, y todo aquello que recordamos, sea real o no, sea vivido o no, como le ocurría al joven que buscaba a un antiguo amor en una ciudad cálida y extraña en En la ciudad de Sylvia, de José Luis Guerín, o los no amantes frustrados en sus vidas de In the mood for love, de Wong Kar-Wai, un cine que estaría muy emparentado a las propuestas formales y conceptuales de Bi Gan (ya que comparten el mismo jefe de iluminación Wong Chi Ming, entre otros elementos) o los universos oníricos y reales de Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang o Tsai Ming-Liang, cineastas donde el espacio y el tiempo se convierten en los centros de sus discursos, llevando a los espectadores a universos físicos reconocibles, donde el abandono y la ruina se convertirían en los elementos primordiales, pero también, espacios alejados de la realidad, no lugares donde la memoria se mezcla, se funde, y se convierte en un no tiempo no cronológico y completamente anacrónico y desestructurado, en un viaje muy profundo donde los sueños adoptan la materia física que estamos viendo o siendo testigos.

Bi Gan con sólo dos películas se ha convertido en un cineasta magnífico y muy sensorial, como el inmenso trabajo con el sonido, con esa música que va y viene, que escuchamos acercarse y alejarse, conduciéndonos en todo momento por ese universo real, soñado, vivo, muerto, fantástico, memorístico, recordado o simplemente, inexistente, nunca lo sabremos, porque la intención de Bi Gan es que nos dejemos llevar, sin más, por esos espacios opresivos y envueltos en la bruma, llenos de colores vistosos y neones fluorescentes, donde las texturas físicas y emocionales nos envuelven, remitiéndonos a un tiempo pasado, o a un tiempo que creemos que vivimos, espacios de estaciones por donde no pasan trenes, subterráneos ocultos de todos y todo, salas de billar vacías donde las paredes son de plásticos transparentes, envueltos en ese viento, en esa lluvia fina que nos acompaña como una sombra maldiciente del pasado o nuestro presente, no lo sabremos, pero ahí está. El cineasta chino ha creado un universo propio y extremadamente personal, construyendo relatos llenos de ironía y extraños, donde nos invita a viajar por no lugares desconocidos y perdidos en el tiempo y en el espacio, no desde los sentidos físicos y reconocibles, sino desde algo más alejado a nosotros, en un estado diferente, más espiritual, onírico, donde ya no somos nosotros, ya no nos reconocemos, en el que nos convertimos en otros, en todo aquello que sigue latiendo en lo más profundo del alma, como aquel amor que jamás hemos podido olvidar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Donbass, de Sergei Loznitsa

EL INFIERNO ERA ESTO.

“El arte y la educación son los únicos bastiones de resistencia que permanecen. Si queremos preservar nuestra civilización, si queremos preservar la civilización europea, debemos preservar el arte, promover el arte, estudiar arte y hacer arte. No solo cine, arte en general. El arte es lo único que tenemos para sobrevivir en estos tiempos convulsos”.

Sergei Loznitsa

Buena parte de la carrera cinematográfica de Sergei Loznitsa (Brest, Bielorrusia, 1964) está dedicada al documental, unos trabajos de corte poético en los que rastreaba el mundo rural contemporáneo e histórico, durante el período de la Segunda Guerra mundial, a través de sus gentes, cotidianidades y formas de vida y trabajo, desde su primer trabajo en La vida, el otoño (1998) hasta Bloqueo (2006). En los últimos años, ha compaginado el documento con grandes obras sobre la Segunda Guerra mundial y el holocausto en trabajos como Austerlitz (2016) o Victory Day (2018), y en su particular visión sobre la Ucrania actual y su modus operandi, en títulos como en el documental Maidan (2014) sobre los disturbios acaecidos en el país durante el 2013 y 2014, o en Sobytie (2015) sobre el frustrado intento de golpe de estado en la URSS de Gorbachov, y en obras de ficción como My Joy (2010) donde volvía a ofrecer una visión incisiva sobre el mundo rural,  En la niebla (2012) en la que se trasladaba a la lucha contra el nazismo de unos partisanos bielorrusos o en Krotkaya (2017) donde a través del relato de una mujer buscando a su marido destapa una sociedad corrupta y a la deriva.

En Donbass sigue hablándonos de ese estado en descomposición, podrido y corrupto, situándonos en la guerra de 2014 y 2015 entre el gobierno de Ucrania y los separatistas prorrusos, en el territorio del este del país, a través de 12 episodios, donde con herramientas del documental, nos sumerge en una visión triste y demoledora de la situación de la Ucrania actual. Loznitsa recorre ese universo desde la mirada del cineasta observador, componiendo un caótico calidoscopio de las miserias humanas, en el que observamos con detalle todo esa mugre y terror que se respira en un ambiente opresivo, desordenado y bélico, porque aunque vemos pocos enfrentamientos, los que vemos son terribles, donde nos ofrecen una visión de una guerra sin fin, una guerra que nunca acabará, que invadirá el interior de los personajes, formando de su cotidianidad más tangible.

El cineasta bielorruso se mueve a través de diferentes espacios, desde esos soldados que se retratan orgullosos encima de un carro de combate a esos refugiados que se ocultan en una agujero negro lleno de miseria y podredumbre, o esos otros que caminan entre barro, sangre y nieve sin rumbo ni destino, o esos pasajeros que son humillados y vilipendiados por unos soldados cansados y hambrientos, o los demás allá que insultan y golpean a un soldado ucraniano, ese que le roban el vehículo en pos de las necesidades del estado, aquellos que celebran una boda al más puro estilo esperpéntico y hortera. Un mundo de contrastes, de realidades extrañas y grotescas, de una atmósfera rodeada de corrupción, impunidad y falsedad, donde se cuentan verdades que en realidad son falsas, y al realidad se oculta, se esconde y se manipula, en que la población intenta o se mueve por esa realidad entre un laberinto de desorden y problemas donde todo se antoja vacío e inútil.

Loznitsa imprime una atmósfera de realismo y naturalidad que duele, con una violencia brutal y sádica cotidiana, construyendo un infierno cotidiano en lo más íntimo y cercano, en una poderosa y contundente tragicomedia donde cada cosa que vemos y sucede parece fantasmagórica, como si esos habitantes que van de un lado a otro fueran zombies sin vida ni nada, en una realidad o no crudísima, infernal y malévola, donde el gobierno y los soldados campan a sus anchas y saquean todo aquello en pos de la nación y la libertad. La película observa una realidad, doce realidades fragmentadas, pequeñas historias del sentir de la población ucraniana, en que todo parece a punto de estallar, donde estar a salvo parece un milagro, donde todo puede pasar en cualquier momento, con ese aroma tan característico que rodeaba películas como La escopeta nacional o La vaquilla, de Berlanga, donde el ambiente bélico estallaba en cualquier rincón por pequeño que fuese, entre lo esperpéntico y lo cruel, o la caída de un régimen daba pie a otro con otras caras y nombres, pero a la postre igual de corrupto y miserable. Loznitsa ha construido un fresco actual de la Ucrania de posguerra, un país roto, enfrentado y fatalista, donde nada ni nadie está a salvo, donde unos y otros, aprovechan las circunstancias para saquear al prójimo o simplemente humillarlo en pos de ese país que se construye en el aire a cada instante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Les Unwanted de Europa, de Fabrizio Ferraro

EL HOMBRE CON SU MALETA.

“La historia es objeto de una construcción cuyo lugar no lo configura ese tiempo vacío y homogéneo, sino el cargado por el tiempo-ahora.”

Walter Benjamin (1892-1940)

En un instante de la película, mientras Benjamin camina junto a dos mujeres y un niño por los caminos pedregosos y difíciles del Pirineo en su huida, una de las mujeres se acerca al filósofo, la que guía al reducido grupo, y le pregunta por la maleta que porta. Benjamin la mira y le explica que es el objeto más valioso que tiene, incluso más que su propia vida. Ante esta aseveración, nos vienen varias reflexiones muy oportunas: la maleta y lo que hay en su interior tiene que ver con el pensamiento, actitud necesaria e imprescindible para la vida en tiempos de barbarie e injustica, toda aquella que deja en la Francia invadida por los nazis, la segunda remitiría más al propio ser físico, que ante las adversidades y la imperiosa necesidad de huir deprisa y corriendo, toda tu vida cabe en una maleta, sin más, todo se reduce a ese objeto que puedes trasportar por esos caminos, y finalmente, la maleta como objeto metafórico, en que se convierte en un objeto con un valor mucho más allá del suyo propio, en el que la maleta escenifica ese hilo vital, la excusa para seguir viviendo, que mantiene al pensador todavía con algo de esperanza, aunque sea muy mínima, de que las cosas pueden cambiar, y la maleta es esa ilusión porque así sea.

La quinta película de ficción del italiano Fabrizio Ferraro se centra en dos momentos históricos desplazados en el tiempo en un año, en Febrero, uno en 1939 y el otro, un años después, y situada en una misma localización, el sureste de Los Pirineos, entonces frontera entre España y Francia. En el 39 seguimos a tres milicianos que, después de finalizada la Guerra Civil Española con la derrota de la República, cruzan las montañas fronterizas para salvar la vida en el país vecino, aunque fueron apresados y hacinados en campos de refugiados en condiciones miserables. Un año después, y haciendo el camino a la inversa, Walter Benjamin acompañado de dos mujeres y un niño cruzan la frontera escapando de la Francia invadida por el fascismo. Dos momentos que se cruzan en el tiempo figurado, como un perverso giro del destino destino de espejos con reflejos deformantes y malvados, que transitan por los mismos caminos (los impresionantes y complejos escenarios reales de La Vajol, Banyuls y Portbou) los mismos espacios, con las mismas sensaciones, dos grupos huyendo de la barbarie, del sinsentido que se adueño de Europa a finales del primer tercio del siglo pasado.

Ferraro nos convoca en un retrato austero y sencillo, en el que apenas escuchamos diálogos, sino conversaciones sobre pensamiento, arte, reflexión y demás sobre los tiempos que se avecinan y están condenando a todos. El cineasta italiano, también responsable de la cinematografía, encuadra su narración en un tenso blanco y negro que daña e imprime la dureza, tanto del camino como el sentimiento de amargura y dolor que recorre al filósofo y sus acompañantes, él siempre más lento y con paso más pesado, debido a sus problemas de corazón, y siempre portando la maleta. Los personajes se mueven en ese ambiente opresivo y asfixiante, donde no hay salida, solo un camino lleno de piedras, de tristezas y huidos, unos huidos con la vaga esperanza de una vida mejor, o al menos con algo más de aliento, sin tanto dolor y tristeza, en unos tiempos sombríos y oscuros, como esas figuras que avanzan sin descanso, individuos derrotados y cansados, meros cuerpos avanzando a no se sabe dónde, espejismos de lo que fueron, sensaciones de una vida que ya no está, que se fue, que tuvo que huir, llena de miedo e incertidumbre, con esa luz en blanco y negro que acentúa aún más esas sombras que se desplazan como fantasmas, espectros sin rumbo, soportando los avatares del propio camino, el cansancio y ese viento que amarga, el sol abrasador, esa lluvia que duele, las almas de la noche, y el hambre que nunca cesa, y el miedo a ser vistos, capturados, a convertirse en presos del fascismo.

Todas esas emociones dolorosas y amargas recorren cada poro de su piel, sus miradas sin mirada, sus maltrechos alientos que buscan algo de luz, algo de paz, algo de descanso. Ferraro invoca a los fantasmas de todos aquellos que sufrieron el fascismo, entre los que se encuentra Bejamin, con su voz crítica y pensamiento clarificador ante tanto ignominia y horror, como escucharemos sus acertadas reflexiones sobre el tiempo que le ha tocado vivir, como esa grandiosa conversación con el bibliotecario, con reminiscencias al Umberto Eco de El nombre de la rosa, o el magnífico trabajo de sonido en un equipo capitaneado por Amanda Villavieja, el arte, vestuario y escenografía de Sebastian Vogler (colaborador de Albert Serra) y la música de John Cage escuchando sus cuartetos, y también, el tema Conrades d’exili, de Pau Riba (que se reserva el rol de uno de los milicianos) que actúa como final o inicio de esos capítulos imaginarios en los que se estructura la película.

Euplemio Macri, actor de teatro, da vida a un Benjamin cansado, enfermo y fantasmal, con pocas fuerzas, casi a rastras, sin más ilusión que la huida, la fuga, como si fuese un apestado, alguien no querido, indeseable (como marca el título de la película). A su lado, Catarina Wallenstein, su fiel guía, que se convirtió en la última musa de Manoel de Oliveira en Singularidades de una chica rubia, producida por Lluís Miñarro (Barcelona, 1949) que vuelve con su compañía Eddie Saeta a deleitarnos con una de sus producciones marca de la casa, con la coproducción italiana, insigne productor que ha levantado películas de gran calidad artística a directores de la talla de Guerín, Weerasethakul, Kawase, Recha, Lisandro Alonso, etc… o Albert Serra en Honor de caballería (2006) y El cant dels ocells (2008) dos películas que dialogarían con la de Ferraro, en su forma de afrontar la historia y el mito, centrándose más en lo humano y las emociones que en la épica y el triunfalismo, huyendo de las estridencias y demás, así como el cine de Béla Tarr en Sátántangó (1994) la larguísima odisea de sietes horas y media de duración con esos caminantes y caminos incesantes donde el peso del tiempo y la reflexión actúan en cada uno de los personajes, o El caballo de Turín (2011) en que un padre y una hija se resisten al final del mundo siguiendo con sus avatares diarios, el mismo fin del mundo que sentía Benjamin en su lento y doloroso caminar por esos Pirineos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/248993596″>Les Unwanted de Europa – Teaser</a> from <a href=”https://vimeo.com/user12040697″>Eddie Saeta</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Meryem Benm’Barek

Entrevista a Meryem Benm’Barek, directora de la película “Sofia”, en el Soho House en Barcelona, el martes 5 de febrero de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Meryem Benm’Barek, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Xènia Puiggrós de Segarra Films, por su inestimable labor como traductora, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.