Entrevista a Anna M. Bofarull

Entrevista a Anna M. Bofarull, directora de la película «Sinjar», en el Moll de Bosch i Alsina en Barcelona, el Lunes 11 de julio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Anna M. Bofarull, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo y excelente fotógrafo Óscar Fernández Orengo, que ha tenido la amabilidad y generosidad de retratarnos, y al equipo de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sinjar, de Anna M. Bofarull

TRES MUJERES ROTAS Y FUERTES.

“La fuerza no proviene de lo que puedes hacer. Viene de superar las cosas que alguna vez pensaste que no podías”

Rikki Rogers

No es la primera vez que la cineasta Anna M. Bofarull (Tarragona, 1979), mira hacia el mundo árabe, porque en Hammada (2009), su segundo largometraje, penetró en la vida de Dadah, un niño saharaui que vive en el campamento de refugiados de Dajla, y a través del cine descubre otros mundos. Esta vez, vuelve a situarnos en una situación difícil, mucho más que la anterior, porque nos enmarca en el universo del Estado Islámico, también llamado “Dáesh”, que en junio de 2014 proclamó el califato desde la ciudad iraquí de Mosul. Pero, la directora tarraconense no lo hace desde la historia general, sino desde la historia íntima, centrándose en tres mujeres que han sufrido las terribles consecuencias de la violencia extrema del Estado Islámico. Conocemos tres mujeres: Hadia, una mujer jazidíe que vive en Sinjar, en la región de la frontera entre Irak y Siria, y es secuestrada junto a sus tres hijos y llevada como esclava sexual y sirvienta. Arjin es una adolescente que escapa del terror y acaba como soldado en las milicias kurdas. Y finalmente, Carlota, una enfermera catalana que descubre horrorizada como su hijo Marc huye para enrolarse en el Estado Islámico.

La película juega a tres bandas, describiéndonos la cotidianidad de las tres mujeres, y lo hace desde la credibilidad, desde lo íntimo, y sobre todo, desde la verdad. La película de Bofarull tiene como espejo los trabajos de Comandante Arian, una historia de mujeres, guerra y libertad (2018), y El retorno: la vida después del ISIS (2021), sobre las mujeres kurdas que luchan contra el Estado Islámico, y las mujeres occidentales que se unieron al grupo terrorista, ambos de Alba Sotorra. Un gran trabajo de producción que les ha llevado a rodar en el Kurdistán iraquí, en el que sobresalen el magnífico trabajo de sonido de Elena Coderch, que ha trabajado con Isaki lacuesta, Neus Ballús y la citada Sotorra, en un inmenso trabajo de sonido en off con la guerra encima. Otros cómplices de la directora que vuelven a verse por el camino, como  el trabajo artístico de Laura Folch y Sebastián Vogler, que repiten con la directora, en un buen trabajo porque consiguen con lo mínimo hacer lo máximo, la excelente banda sonora de Gerard Pastor, que capta con sutileza todos los momentos intensos y sensibles que jalonan la trama, y el extraordinario montaje de Diana Toucedo, que crea un relato de gran fuerza dramática y lleno de tensión, con gran ritmo y agilidad, en una película complicada por sus ciento veintisiete minutos de duración.

Mención aparte tiene el excelente trabajo de cinematografía de Lara Vilanova, que estuvo en Trinta Lumes, de Toucedo, y en la citada El retorno: la vida después del ISIS, de Sotorra, en el que realiza un trabajo memorable, un inmenso trabajo que debería mostrarse en todas las escuelas de cine, porque la película filma una intimidad brutal, una intimidad que traspasa la pantalla, acercando una cámara invisible y muy observadora los rostros y gestos más cotidianos, en un grandioso ejercicio de precisión y detalle fílmico, y las impresionantes filmaciones de las secuencias bélicas, rodadas desde el punto de vista de la protagonista, creando todo ese campo bélico en off, donde el sonido juega una papel fundamental, donde lo físico y lo emocional nos atrapa en el caos de caos, disparos y explosiones. Sinjar nunca cae en el sentimentalismo ni la condescendencia, muestra el horror cotidiano sin esconderse, una extrema violencia física y emocional a las que están sometidas estas tres mujeres que duele y apabulla, pero que en ningún caso se recrea con el dolor ni la crudeza de lo que cuenta, todo está bien medido y muy pensado en todo lo que se muestra y lo que no, en un estupendo trabajo de concisión narrativa, construyendo una trama en continua tensión, llena de fuerza y vitalidad, donde los conflictos ahogan a sus tres principales personajes, mujeres que han perdido a sus seres queridos, a lo más importante de sus vidas, y el relato las sigue en sus respectivas construcciones emocionales y sus caminos difíciles y valientes.

Como ocurría en Sonata para violonchelo (2015), el reparto vuelve a brillar con fuerza, creando unos personajes complejos, pero tremendamente vivos y fieles a lo que sienten. Un trío protagonista impresionante encabezado por una Nora Navas como la desdichada Carlota, que poco hay que decir de su extraordinario talento para encarnar a mujeres rotas pero decididas. Su mirada y su gesto, tanto cuando habla como cuando calla es toda una lección de interpretación sin alardes y con la sutileza que requiere un personaje que recuerda a Julia, la violonchelista que también pierde lo que más quiere en la vida. Le acompañan Halima Ilter, una actriz turca que se mete en la piel de la esclava Hadia, una madre que sufre más por sus hijos que por ella, atrapada en el horror cotidiano del Estado Islámico, que sufre constantes abusos físicos, emocionales y sexuales, que lleva con toda la dignidad que puede. Una mujer que debe seguir a pesar de todo. Y finalmente, Eman Eido es Arjin, una adolescente yazidí que fue secuestrada en Sinjar durante cuatro años, desde los 9 a los 13, y logró escapar, y debuta en el cine. Una joven que deberá reconstruirse luchando contra aquellos que la han destrozado.

Nos encanta ver las interesantes presencias de dos intérpretes como Luisa Gavasa y Àlex Casanovas, en breves roles pero muy interesantes para la película, que contribuyen, al igual que el resto del reparto, a darle la profundidad necesaria que necesita una película de estas características, como Harit, el personaje árabe que interpreta el debutante Franz Harram. No pecamos de insensatez, cuando decimos que Bofarull ha hecho su mejor película hasta la fecha, porque no solo cuenta una historia de aquí y ahora, sino que lo hace con sabiduría y desde la intimidad, colocando la cámara en lo físico y lo emocional de sus tres criaturas, contándonos una cotidianidad que horroriza, pero haciéndolo desde lo humano, desde el interior, sin estridencias ni nada que se le parezca, con una sencillez y honestidad abrumadora que celebramos, con ese aroma que recuerda al western clásico en su forma de presentar la fortaleza femenina en situaciones duras, y el cine bélico del este, en su forma de representar la guerra y sus consecuencias emocionales, donde todo se sufre desde la soledad, el silencio y lo humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lara Vilanova

Entrevista a Lara Vilanova, camarógrafa de la película «Trinta Lumes», de Diana Toucedo, en el Ateneu Barcelonès en Barcelona, el viernes 28 de diciembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lara Vilanova, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Diana Toucedo, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Diana Toucedo

Entrevista a Diana Toucedo, directora de la película «Trinta Lumes», en el marco del D’A Film Festival, en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 4 de mayo de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Diana Toucedo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Trinta Lumes, de Diana Toucedo

EL PAISAJE DE LO INVISIBLE.

En la profundidad del bosque, en aquello que no logramos ver, en lo que vive y transita entre lo oculto, se desplaza entre las sombras, en ese mundo oscuro para nuestras percepciones, en esa atmósfera en que las cosas ya no son como las conocemos, en ese otro lugar donde viven los que ya no están, en ese espacio invisible, en ese no lugar en que sólo algunos, los más inquietos y sensibles, logran traspasar esos muros no perceptibles, y adentrarse en ese otro mundo, en ese espacio donde habitan los difuntos, en ese mundo, igual que el nuestro, pero sometido a otras leyes, estructuras y sensibilidades. Una niña llamada Alba Arias, de 13 años de edad, será la figura curiosa y sensible que nos abra esas puertas que no vemos, pero viven entre nosotros, a nuestro alrededor, cerca de nosotros. Después de montar más de una veintena de títulos, entre los que destacan trabajos de Isaki Lacuesta, Eva Vila, Julia Ist, o Los desheredados, de Laura Ferrés, o A estación violenta, de Anxos Fazáns, entre otros, y dirigir un buen puñado de cortometrajes, la gallega Diana Toucedo (1982, Redondela, Pontevedra) enmarca en su tierra, su primer largo, y lo hace desde un marco muy especial, en las montañas de “O Courel”, y en otros tantos pueblos de la región, en la Galicia interior, y a través de una mirada íntima y muy personal, recoge las costumbres e idiosincrasia de esos pueblos y sus gentes, en que la película se bifurca en dos grandes ejes.

Por un lado, tenemos el documento, donde Toucedo, de forma sencilla y reposada, retrata su paisaje, sus montañas, sus cielos, su naturaleza, los fenómenos atmosféricos, donde vemos caer la lluvia, arreciar el viento o encogerse con el frío, en que el paso del tiempo se convierte en un elemento más del retrato, y también, sus gentes y costumbres, la ganadería, con esas vacas pardas caminar por las angostas calles de los pueblos, la camaradería entre sus habitantes, y los quehaceres diarios de sus gentes (como la dulce y curiosidad de la niña pequeña y su cotidianidad junto a su madre y en el colegio) haciendo especial hincapié a la despoblación de las zonas rurales y el olvido de tantos. Por el otro lado, Toucedo construya una emocionante y cotidiana fábula que transita entre lo fantástico y el terror,  siguiendo la aventura de una niña, la citada Alba (que recuerda a la llevada a cabo por la Alicia de Carroll) que ha emprendido una búsqueda a todo aquello que no entiende, a aquello que le es ajeno, a ese mundo de los difuntos, que según las costumbres galegas, siguen ahí, conviviendo entre nosotros, como uno más, aunque sólo algunos son capaces de verlos, de convivir con ellos y aceptarlos como algo natural.

Alba es una de esas personas, y con la compañía de su amigo Samuel, se adentra en ese mundo, mientras asiste a las clases, donde escuchamos la memoria de los ancestros, la fantasía y las leyendas del pasado, donde seres mitológicos convivían con los habitantes de los pueblos. Aunque estos dos relatos casan de forma natural y honesta en el marco de la película, fundiéndose en el relato, caminando a la par, y formando parte del todo, retroalimentándose una a la otra, y siguiendo firme en el transcurso de la película, retratando ese paisaje visible y evidente del que somos testigos, y es otro paisaje, más difícil de ver y de sentir, que la película logra hacer visible, desenmarañando sus brumas y acercándolo para nosotros, en un viaje espiritual, a lo más profundo de nuestros sentidos, y abriéndonos de manera clarividente a ese otro mundo, que también está aquí, entre nosotros, más vivo que nunca.

La maravillosa y fascinante luz de Lara Vilanova (que recuerda a los mejores trabajos de Luis Cuadrado o Teo Escamilla) con esos poderosos interiores claroscuros (como la sorprendente secuencia en el interior de la casa a oscuras con Alba y Samuel) y la captación de esa naturaleza en continuo movimiento, con sus peculiaridades y demás, bien acompañada por el envolvente sonido obra de Oriol Gallart, y la música con tonos fantásticos de Sergio Moure de Oteyza, nos sumergen en este viaje de travesía fantástica, en que todo es posible, en que las cosas más ocultas y enterradas, asumen su evidencia a través de lo más íntimo y personal. Sin olvidarnos del inmenso trabajo de montaje que Toucedo comparte con Ana Pfaff (Responsable en trabajos firmados por Carolina Astudillo, Carla Simón o Meritxel Colell, entre muchos otros) dotando a la película de ese ritmo pausado pero alejado del ensimismamiento que quitaría fuerza a lo contado.

Toucedo ha vuelto a su tierra a través del cineasta inquieto que se acerca a lo más íntimo, a contarnos la vida de sus gentes, y de sus paisajes, del que mira con curiosidad la tierra que dejó hace tiempo, del que vuelve con su cámara a retratarnos sus sensaciones, reflexiones y miedos ante un mundo cambiante, diferente y continuamente amenazado, que todavía se resiste a morir, como en algún momento explican algunos de sus personajes, esa resistencia de vivir en ese lugar, a través del tiempo, compartiendo con aquellos que no están, y los que están, sintiendo que cada camino, cada piedra y cada aliento nos retrotrae a ese mundo en el que conviven de forma natural la vida y la muerte, o lo que es lo mismo, los vivos y los difuntos, a través de ese fascinante personaje de Alba, una niña que recuerda y de qué manera a aquella Ana, que viajaba al mundo de los espíritus, en El espíritu de la colmena, de Víctor Erice, una película con la que Trinta Lumes, esos puntos de luz en forma de ánimas, comparte muchas cosas, igual que con las recientes Penélope, de Eva Vila (en que Toucedo es su montadora) y Con el viento, de Meritxell Colell (en la que Pfaff es su montadora) en que el viaje de vuelta al pueblo, a lo rural, a las raíces, revela mucho más a sus personajes de lo que ellos se esperaban, convirtiendo sus travesías en una forma de lucha interna entre aquello que dejaron y aquello que se encuentran, descubriendo y descubriéndose en esos espacios, sus allegados, esas costumbres y sus tradiciones.


<p><a href=»https://vimeo.com/306661916″>&quot;TRINTA LUMES&quot; – Trailer</a> from <a href=»https://vimeo.com/elamedia»>Elamedia Estudios</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Penélope, de Eva Vila

MIENTRAS LA MUJER ESPERA.

Una mujer casi centenaria entra en cuadro, la estancia está casi a oscuras, entre sombras, observamos a la mujer abrir una de las ventanas de par en par, la leve luz de un amanecer nublado iluminada casi a hurtadillas el comedor. La mujer se queda un instante mirando a través de la ventana. Fuera, la quietud y el silencio son aplastantes, como si el tiempo se hubiera detenido en ese lugar, con la firme intención de dejar de avanzar más. Con la premisa de la Odisea, de Homero, la película reconstruye el mito y lo reinterpreta trasladándolo al tiempo contemporáneo, ubicándolo en Santa Maria d’Oló (en la comarca del Moianès) un pequeño pueblo en el corazón de Cataluña, situado entre montañas, en el que el foco del relato ya no es el trayecto de Ulises regresando a esta Ítaca moderna, sino que la mirada de la historia se focaliza en Penélope, una modista casi en la centena que recibe el nombre de Carme Tarté Vilardell, que a diferencia del relato no solamente espera, sino que sigue con su vida mientras espera, situándose en el centro del relato.

La directora Eva Vila (Barcelona, 1975) enfocó sus dos primeros largos en la música, una de sus grandes pasiones, en Bside  (2010) recorrió Barcelona filmando a los músicos entre bambalinas, explorando sus procesos creativos cuando se apagaban las luces, en Bajarí (2014) se centró en los barrios gitanos de Barcelona y todos aquellos incipientes artistas flamencos que continuaban con el legado de la inmortal bailaora Carmen Amaya. En su tercer trabajo, Vila se ha trasladado a la tierra de su abuela, y ha construido un relato preciosista, extremadamente intimista y sensible sobre la generación de su abuela, mujeres resistentes, duras y demasiado acostumbradas al desaliento y la tristeza, pero no por eso, mujeres amilanas y cobardes, sino todo lo contrario, una estirpe de mujeres valientes, trabajadoras e independientes, que han hecho de la ausencia su mejor valor humano, un espacio en el que seguir hacia adelante a pesar de esas ausencias físicas y emocionales, a pesar de que el tiempo y sus circunstancias las trataron de manera adversa y hostil.

Vila ha cimentado una película híbrida a medio camino entre el documento y la ficción, entre la realidad y el sueño, entre el mito y la historia, a través de un guión escrito por el escritor Pep Puig y la propia Vila, a través de una luz velada e intimista obra de Julián Elizalde, y la construcción del sonido que absorbe y transmuta en todo el espacio, obra de dos de las mejores del ramo como Eva Valiño y Amanda Villavieja, con un montaje sereno y audaz obra de Diana Toucedo y la propia directora, con la especial y acogedora voz de Anna Subirana que nos va narrando momentos de la Odisea donde hacen mención a Penélope y su situación y circunstancias. Vila logra con pocos elementos una película sencilla y tremendamente conmovedora, filmando las prominentes y amenazadoras montañas de Montserrat, mirando esos paisajes desde lo más alto, como si fuesen las grietas del tiempo que se han instalado no sólo en esa Ítaca imaginaria, sino también en las diferentes pieles de esas ancianas que han vivido tanto, y sobre todo, han visto tanto.

La cámara se mueve entre esas huellas del tiempo, tanto físico como emocional, entre las sombras y las luces de un tiempo que se extingue, de un tiempo que deja paso a otro, de ese tiempo que devuelve a Ulises encarnado por Marc Clotet Sala, con esa barba blanca frondosa y esa mirada ajena y triste, un hombre que ya no se reconoce a sí mismo, ni a su pueblo, un hombre convertido en extranjero después de treinta años de ausencia, un hombre que no es reconocido por Penélope, ni por nadie, que llama y no recibe respuesta, que vaga como un fantasma perdido y sin cobijo (como le ocurría a Robert Mitchum en Hombres errantes, de Ray). Vila se mira en ese espejo en el que maestros como Erice, Saura o Patino, siguieron a personajes que volvían a sus orígenes, y que sólo se reconocían en el pasado, cuando eran niños, como un lugar donde imposiblemente pueden volver, un lugar mágico, un lugar para soñar, un lugar del que por muchos años que transcurran, siempre será igual y al que siempre querrán volver, porque ya no se reconocen en nadie ni en ningún otro lugar.

Vila ha salido airosa de tamaña empresa, de rehacer y reconstruir el espíritu del mito, reinterpretándolo de manera contemporánea, donde la mujer y su imagen se erigen las protagonistas absolutos del relato, sacando del pozo del olvido a tantas mujeres que siguieron en la lucha, en la batalla diaria, trabajando, tejiendo y descosiendo, tantas y tantas veces, esperando a ese alguien ausente que tardó en volver, o en algunos casos, jamás volvió, pero ellas siguieron levantándose cada día para seguir con su labor, faenando para que esa ausencia triste se convirtiese en un ausencia donde ellas tomaban el mando del hogar y hacían y deshacían según su conveniencia. La Penélope de Vila, ahora llamada Carme Tardé Vilardell, sigue en pie, con su Singer a toda marcha cosiendo y cosiendo, abriendo la ventana al amanecer y cerrando cuando se hace de noche, escuchando la radio mientras pedalea en su máquina de coser, jugando a las cartas con sus amistades, o manteniéndose calmada cuando necesita esa ayuda del exterior, sin perder su sentido del humor, alegre y combativo, porque mientras regresa o no Ulises, la vida continua en el pequeño pueblo, porque el tiempo nunca se detiene, siempre continua hacia adelante, sin prisas ni sin pausa, un tiempo que lo cambia todo, el paisaje, los rostros y la memoria de propios y extraños.

D’A 2018: Un impulso colectivo, Clausura y Extras (y 2)

Seguimos con los comentarios y reflexiones de lo visto durante los diez días en la VIII Edición del Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona. Toca el turno de UN IMPULSO COLECTIVO, una de las secciones más queridas por el que suscribe, una sección que nació hace cinco años, con la intención de dar visibilidad a ese cine inquieto y curioso que nace desde la vocación más absoluta, movido por la necesidad de contar esas historias, en palabras de Carlos Losilla, mentor y propulsor de esta sección: “Se trata de proyectos movidos por la pasión, que se niegan a aceptar etiquetas. Donde tienen cabida la radicalidad y la experimentación, pero también las ganas de innovar desde el cine narrativo, desde la ficción –sólo en apariencia- más convencional”. Mi viaje por UN IMPULSO COLECTIVO arrancó con la película CON EL VIENTO, de Meritxell Colell. La directora barcelonesa nos sitúa en su primera película en un viaje emocional intenso, en el que nos habla de la crónica de una reconciliación familiar, donde una de las hijas (bailarina de danza) vuelve al pueblo de su infancia, después de romper el contacto durante dos décadas. Allí se encontrará a un padre fallecido, y a su madre, su hermana y su sobrina. Una cinta que nos habla del retrato de una forma de vivir que se extingue, situada en un pueblo castellano lleno de recuerdos y experiencias pasadas. Una cinta familiar, de reencuentros imposibles, de tiempos pasados, de objetos que marcan una vida, y todo ello contado a través de la sensibilidad del que se acerca con delicadeza a aquello que resiste el paso del tiempo, aquello que permanece inalterable, en una cinta que recuerda al cine de Carlos Saura, por su capacidad para capturar el paso del tiempo en los ambientes rurales, sus estados de ánimo, y su especial registro de la familia con sus relaciones y conflictos.

Continué con CASA DE NINGÚ, de Ingrid Guardiola. La puesta de largo de la profesora, ensayista y realizadora nace de un encargo del CCCB para hablar del envejecimiento en las sociedades contemporáneas. Guardiola traza una trama de espejos donde convergen una residencia geriátrica en Barcelona con una colonia minera de Ciñera (León) para describirnos a través de una tragicomedia fascinante y demoledora, sobre los mecanismos horribles del capitalismo que utiliza a los humanos como máquinas de productividad, y una vez se acabó ese período de producción, los arrincona y los extingue, como si fuesen objetos olvidados y rotos. La directora de Girona estable un implacable y brutal diálogo entre los dos espacios, escuchando a sus gentes, y capturando la cotidianidad de los dos lugares, en una especie de cuento de fantasmas y espectros que luchan por no desaparecer, para seguir dando vida a unos espacios que la deshumanización del sistema hace extinguirse enviándolos al abismo del olvido. También tuvo la oportunidad de ver DHOGS, de Andrés Goteira. Una ópera prima diferente, arriesgada y con ese aroma del mejor cine setentero estadounidense, que nos sitúa en una atmósfera sucia y asfixiante, tanto urbana como rural, donde tres historias se entrelazan para describirnos la manipulación de unos a otros, y la pasividad de otros, con la inclusión del público, de esa cuarta pared que observa y permanece inalterable ante lo que está sucediendo. Un taxista silencioso conduce como si fuese un jinete perdido, un ejecutivo agobiado por su vida, una chica con ganas de pasarlo bien, un violador en busca de presas, una gasolinera regentada por madre e hijo en mitad de la nada, y un tipo solitario que tiene a su perro como su única compañía, son los personajes extraños, silenciosos y amargados que transitan por la película de Andrés Goteira, que deslumbra por su inquietante y grasienta atmósfera, sus peculiares personajes, y un ambiente de thriller que atrapa con sus relatos que nos devuelven lo mejor y lo peor de los seres humanos.

Después fue el turno de AINHOA, YO NO SOY ESA, de Carolina Astudillo Muñoz. Después de su extraordinaria ópera prima El gran vuelo (2015) Astudillo Muñoz vuelve a recurrir al material de archivo o found footage para sumergirnos en un documento fascinante y demoledor sobre una chica llamada Ainhoa y su familia, a través del súper 8, vídeo, fotografías, diarios, grabaciones orales, etc… En un magnífico caleidoscopio lleno de sensibilidad y fascinación en el que se registra tres décadas de la vida de Ainhoa y su familia, desde los años setenta al nuevo siglo, haciendo una línea de asociación fantástica con la vida de la propia directora y los diarios de escritoras, para retratar una época de amores frustrados, de ilusiones deshechas y de conflictos internos, desde la perspectiva femenina, donde una joven rebelde y perdida, con problemas de identidad y de no encontrar su sitio, se erige como una heroína cotidiana de un tiempo, un lugar y un estado de ánimo de una generación que deambulaba sin ir a ningún lugar, sin encontrarse a sí misma. PENÈLOPE, de Eva Vila. La tercera película de la directora Barcelonesa, después de la fantástica Bajarí (2013) donde recreaba la figura mítica de Carmen Amaya a través de las jóvenes generaciones, es una recreación del mito de Ulises y Penélope, pero desde la mirada femenina, a través de una Penélope anciana que espera a alguien que vuelva, y lo hace con su cotidianidad, mientras cose, habla con las vecinas y demás, envolviéndonos en la atmósfera de un pequeño pueblo entre montañas, con su tiempo, sus espacios, y su quietud, en el que la tierra del lugar devienen un tiempo que fue, un pasado escrito en cada objeto y espacio, en el que Ulises, el hombre que vuelve representa ese pasado que fue, ese tiempo borrado sólo vislumbrado en algunas huellas y objetos olvidados. Una cinta donde la forma adquiere todo su significado, en el que la abuela centenaria a través de su cotidianidad nos explica ese tiempo que ya no está, que ya no volverá, que la llegada del que está por venir, posiblemente no recuperé, pero quizás haya algo de ese tiempo impregnado en él.

QUIERO LO ETERNO, de Miguel Ángel Blanca. La quinta película de Blanca adopta diferentes capas que van desde el thriller más salvaje, la ciencia-ficción existencialista, el terror doméstico o la pérdida de valores de la sociedad, para hablarnos de una juventud perdida y sin problemas que pasan su tiempo de manera vacía y hablando banalidades, como si no hubiese futuro. Por otro lado, seguiremos a dos tipos que intentan captar sonidos de otra galaxia, en una película fascinante por su forma, y su argumento, que no deja indiferente, en un viaje psicótico y angustioso a la deshumanización de una sociedad perdida, superficial y que no encuentra nada en su entorno. Blanca nos sitúa en un ambiente desolado, nocturno, y vacío, por un tiempo sin tiempo, por estructuras abandonadas y olvidadas, en un juego brutal de espejos donde nunca se juzga lo que vemos, sólo se captura, a través de las pantallas de móviles, de forma que deambulemos por ese mundo no mundo que está ahí sin estar, en una cinta que atrapa por su extrañeza, su intimidad y su irreverencia. YO LA BUSCO, de Sara Gutiérrez Galve. Otra perla surgida de la UPF, la primera película de Gutiérrez Galve es una road movie urbana y nocturna, al estilo de la mítica After Hours, de Scorsese, donde un joven al enterarse que su compañera de piso se va a vivir con su novio, le asaltan las dudas y los conflictos internos, y se lanza en una búsqueda de sí mismo vagando por las calles de una ciudad cualquiera con la excusa de devolver un diario que encontró olvidado en un bar. La directora barcelonesa nos habla de las relaciones y los sentimientos de una juventud que pretende ser libre, pero que nos e ha enfrentado a sus miedos e inseguridades, que vive cada día sin preocuparse de aquello que sienten, y sobre todo, que desean en su vida, en una película divertida, amarga e inquieta, que nos habla de las complejas relaciones de la actualidad, y los conflictos internos de aquello que nos negamos a visibilizar y los problemas que acarrea la huida de nosotros mismos.

Me acerqué a TRINTA LUMES, de Diana Toucedo. La primera película de Toucedo (montadora de Isaki Lacuesta, y de películas como Bugarach, Julia Ist, Los desheredados, entre muchos otros) es un fascinante hibrido entre documental y cuento de terror, ambientado en un pueblo de Galicia rodeado de montañas. El juego que plantea Toucedo es por un lado, filmar las costumbres ancestrales de los aldeanos y sus cotidianidades, y por otro lado, Alba, una niña inquieta que siente una extraña fascinación por los muertos, emprende una aventura cotidiana por los espacios abandonados para encontrarse con esas almas que conviven con los vivos. Toucedo filma esos espacios en período de extinción con los habitantes del pueblo, capturando el paso del tiempo, en una película donde los tiempos se mezclan, y se filma ese estado de ánimo latente en cada hogar, conjuntamente con la fábula de terror que nos acerca al cine de Erice o más concretamente la mirada de Gutiérrez Aragón, donde pueblos, bosques y secretos compartidos nos hacen viajar hacia lo profundo de nuestro ser a través de los que ya no están. También estuve viendo una de las Sesiones Especiales con la película I HATE NEW YORK, de Gustavo Sánchez. La primera película de Sánchez le ha llevado durante diez años a filmar la escena queer y trans más underground de la ciudad de Nueva York, capturando las vidas de cuatro personajes, tan diferentes entre sí, en un documento fascinante sobre esa parte menos amable y más cotidiana de Nueva York, donde a través de su cámara Hi8 filma la intimidad y la cotidianidad de las vidas y las experiencias pasadas y presentes de estas mujeres y un hombre con vidas lujosas, precarias y extraordinarias, donde la noche de la gran ciudad se convierte en su mejor aliada, donde las fiestas se amontonan, y donde la vida se escapa a cada segundo y el tiempo solo es una excusa para seguir hacia adelante. Sánchez ha construido un hermoso canto a la diversidad, la diferencia, a la identidad, a la feminidad, y a ser uno mismo, y a sus sueños, a pesar de todos y todo.

Y finalmente, tenía especial interés en ver los dos primeros episodios de MATAR AL PADRE, la serie que ha dirigido Mar Coll para Movistar, que ha contado con la propia Coll, Diego Vega y Valentina Viso (su coguionista habitual) como creadores. Las dos primeras entregas nos cuentan dos tiempos, el año 1996 y el año 2004, centrándose en los conflictos y (des) encuentros de un padre autoritario e imbécil y su hijo que lo odia. El humor irreverente, surrealista y transgresor que destila la obra es su mujer arma, y el buen hacer de la interpretación de Gonzalo de Castro como ese padre gilipollas y estúpido, en la que Marcel Borràs como hijo intenta no morir en el intento. El ambiente burgués que reinaban en los anteriores trabajos de Coll sigue aquí, aunque su mirada se ha vuelto más incisiva y su humor se ha disparado en una tragicomedia familiar, donde las difíciles relaciones de un padre y un hijo se convierten no sólo en el centro de la trama, sino en la espiral de pesadilla que envuelve la trama de la serie. La clausura de este año recayó en ANA DE DÍA, de Andrea Jaurrieta. Primera película de la navarresa que plantea una cinta que mezcla varios géneros, desde el thriller agobiante, la ciencia-ficción existencialista, y el drama social sórdido y nocturno, donde una joven descubre que hay una doble idéntica a ella, y decide huir y empezar una nueva vida como bailarina en un cabaret de poca monta. La trama se desenvuelve con acierto haciendo preguntas que van desde las dificultades de elegir una vida propia, seguir nuestro camino, y ser uno mismo, en una sociedad demasiado convencional, donde toda nuestra vida parece estar ya escrita y ejecutada pro alguien que no somos nosotros. Destaca la naturalidad y la eficencia de Ingrid García-Jonsson como la protagonista, la inquietante presencia de Álvaro Ogalla, y el descubrimiento de Mona Martínez como portera, en una cinta de forma y argumento extraño, terrorífico y muy cotidiano. Y hasta aquí mi paso por la la VIII Edición del Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona. Un festival convertido en un referente magnífico para todos aquellos que amamos el cine, sus buenas historias, reflexivas, comprometidas y valientes, que nos hablan con personalidad y carácter de los problemas más cotidianos, políticos, sociales, económicos y culturales, un certamen que enriquece de manera extraordinaria la primavera cinéfila de Barcelona, y la edición de este año ha ofrecido un nivel cinematográfico altísimo, donde han brillado películas de diferentes lugares del mundo, y las de aquí, se han convertido en un referente dentro del Festival, convirtiendo las sesiones de UN IMPULSO COLECTIVO, y sus posteriores coloquios en una fiesta del cine, de la pasión que lo envuelve y la fascinación intrínseca del ser humano por contar historias y otros, por verlas y apreciarlas. Hasta la edición del año que viene!!! Muchas Gracias por todo D’A FILM FESTIVAL 2018!!!