Tiempo después, de José Luis Cuerda

EL MUNDO, MIL AÑOS ARRIBA, MIL AÑOS ABAJO.

Aunque José Luis Cuerda (Albacete, 1947) haya tocado muchos palos en su filmografía que se remonta allá por el año 1982, adaptando a autores de la talla de Manuel Rivas, Alberto Méndez o Wenceslao Fernández Flórez, en películas con bastante éxito de crítica y público, su peculiar humor y sarcasmo han creado de él un cineasta de culto en esas comedias irreverentes y surrealistas, donde da rienda suelta a su forma muy personal de mirar las vicisitudes del hombre y la mujer moderna, enfrascado en aventuras apocalípticas o no, en un entorno a cada cual más disparatado y absurdo, eso sí, muy crítico con la sociedad actual, esa con la que nos cruzamos a diario. Quizás para hablar de Tiempo después, es de recibo remontarse a sus primeros síntomas, a sus orígenes, a la película Total, realizada para televisión en 1983, donde el año en cuestión era el 2598, año más o año menos, donde en un pueblo muy castellano y cerraíco, un pastor nos explicaba los sucesos extraños que se habían dado antes que acabara el mundo hace tres días y en Londres. En 1989, se estrenaba Amanece, que no es poco, siguiendo ese tejido de sátira, de absurdo y surrealismo, muy de Baroja y Valle-Inclán, nos volvía a sumergirnos en un pueblo muy castellano, donde llegaban dos seres en motocarro, padre e hijo, y se encontraban con un entorno excesivamente raro, como hombres que nacen de la tierra, elecciones para alcalde, cura, guardia civil, maestro o puta, estudiantes americanos de intercambio, o seres que pululan más o menos entre la extrañez y la risa. Película convertida en pieza de culto, adorada por muchos, en la que existe una ruta turística y todo, todo muy cervantino, y también, muy castizo, y esperpéntico.

La tercera en discordia, después del sonoro éxito de esta última, fue Así en el cielo como en la tierra (1995) en la que la imaginación de Cuerda, nos situaba en el cielo, eso sí con pinta de pueblo manchego, donde un Jesucristo apático y temeroso de su destino, se negaba a seguir las órdenes de su padre, o sea Dios, y no veas el pitote que se liaba, ahí es poco. Después de su última película como director, Todo es silencio (2012) un triángulo amoroso envenenado en el tiempo, que se alejaba de su entorno y mirada, un tiempo dedicado a levantar proyectos que no pudieron ver la luz, y la publicación de algún que otro libro, uno titulado Tiempo después, en 2015, germen de la película que tratamos en este texto. A saber, Cuerda, recogiendo el espíritu de esas películas mordaces, disparatadas, surrealistas y estupendas, nos embarca en el año 9177, ahí es nada, creando un mundo retorcido es poco, donde solo existen dos formas de vida, o al menos eso parece, en una, los bien situados, habitan en un edificio en mitad del desierto (muy parecido a las torres blancas de Madrid) donde hay un rey bubón con acento americano (interpretado por Gabino Diego) un alcalde medio lelo que quiere quedar bien, dentro de la ley, con tó Dios (que hace un estupendo Manolo Solo) una pareja de civiles que deambulan por los diferentes pasillos del inmenso edificio, dividido por puertas, donde cohabitan negocios, tres de cada uno, aunque a veces ese reparto sea completamente inútil.

Bueno, seguimos con los civiles, uno general y muy recto con las normas y la tranquilidad (Miguel Rellán, un habitual de Cuerda) acompañada por otro más joven, con falda escocesa y acento inglés (Daniel Pérez Prada) también hay dos municipales (Joaquín Reyes y Raúl Cimas) que más parecen dos deportistas pijos y tontitos que dos representantes de la ley, un cura violento y tirano (Antonio de la Torre) la Méndez (Blanca Suárez) una subalterna muy atractiva mano derecha del alcalde que se ha convertido en el objeto de deseo del rey, dos barberos en litigio, uno (Arturo Valls) que no tiene clientes y hace y deshace lo que puede para competir con el otro (Berto Romero) que está desbordado de clientes, mientras recita poesía o canta zarzuela. Y, aún hay más, como un pastor que sube a su rebaño a la azotea por ascensor, unos chavales que citan a Hegel y Ortega y reflexionan, pero no mueven un músculo cuando hay que hacerlo, y finalmente, el recepcionista (Carlos Areces genial) legal e impertinente, que se cree algo por su puesto, un cenutrio de primer orden, curas revolucionarios, monjas salidas, y alguno que otro fantasma aburrido, muy del universo de Cuerda, sudamericanos que vuelan y eso, y demás cosas graciosas y alocadas, pero siempre con ese transfondo triste, crítico y duro con eso que llamamos humanidad.

Y luego, el exterior, en el que sólo hay un puñado de parados y hambrientos que viven en chabolas cochambrosas, que hablan de filosofía, historia y tienen ideas políticas muy profundas sobre sus derechos, obligaciones y lucha, que sufren la matraca vociferante de una especio de infiltrado de los del edificio, un speaker de nombre imposible a saber,  Zumalacárregui, con cara de Andreu Buenafuente, que desde su chiringuito particular arenga a los más desfavorecidos para aplacar su sed de libertad y justicia. Con sus dos líderes, Galbarriato (César Sarachu) y José María (Roberto Álamo) que con este último arrancará el conflicto que enfrentará a esos dos mundos antagónicos y tan alejados, o no tanto, cuando el susodicho se presenta en la entrada del edificio con la firme idea de vender su riquísima limonada, más que nada para salir de su miserable situación. El cisma que creará será de órdago, donde el primer mundo y único, se verá amenazado y seriamente tambaleado en su orden social o lo que sea, a más, uno de los barberos asesinará al otro, al de la competencia, para haber si sale de su situación tan mala.

Entre tanto maneje, en un sitio y otro, los dos grupos se lanzarán a la guerra, una guerra a lo Cuerda, que parece más una salida campestre cutre, donde hay más griterío que acción. Cuerda ha hecho una película muy política sin las hechuras habituales de este tipo de cine, con ese disparate e irreverencia tan habitual en su cine, donde todo vale y nada parece tener sentido, y lo tiene y mucho, donde se atiza a todo bicho viviente, a los de arriba, a los de abajo, a los buenos bienintencionados, y a los malvados, a esta sociedad injusta e insolidaria, al capitalismo salvaje, o a ese mercado libre, que de libre tiene más bien poco (como demostrará la resolución del conflicto, a males mayores, soluciones peores) en el que la sátira se convierte en el mejor antídoto a un mundo y unas gentes, que hagan lo que hagan, siempre andarán a la gresca, a la tristeza, y sobre todo, en un planeta imposible para vivir y ser un poco más feliz, aunque la mirada desesperanzada, amarga y vacía que lanza Cuerda sobre la humanidad es clara y concisa, a lo Chaplin, Wilder y demás, que si bien nos reímos y hay mucho humor, es de naturaleza cínico, irónico y vapuleante, porque por muchas vueltas que les demos, en este mundo o en otro, y su realidad más cercana y personal,  ya sea de aquí mil años o más, los problemas seguirán, con otros nombre y otras gilipolleces, pero seguirán.

El vuelo de la paloma, de José Luis García Sánchez

TODOS AMAN A PALOMA.

“La especie humana produce ejemplares horribles y también maravillosos, lo que pasa es que estos otros casi nunca son noticia”.

Rafael Azcona

La película se abre con unas imágenes aéreas de Madrid al amanecer, recorriendo las arterias principales de la ciudad, visitando los monumentos más significativos, mientras escuchamos diferentes emisoras de radio que van desgranando las noticias más significativas del día que acaba de arrancar. Cuando finalizan los títulos, nos situamos en una calle cualquiera del centro, y seguimos a uno de los personajes, un pescadero rechoncho y con bigotillo que porta un paquete, nos conduce hasta una plaza (que se convertirá en el núcleo central de la película) y un bloque de pisos, donde conoceremos a la protagonista de la función, Paloma, una maruja en toda regla, de esas mujeres que viven dos vidas, la realidad amarga cargada con cuatro hijas y un marido palillo y botarate, que no da ni golpe y vive de chanchullos junto a su hermano abogado imbécil, y la otra vida, aquella en la que sueña que alguien la rescate de esa vida y la lleve a otros lugares. También, conoceremos a otros vecinos, el fascista de turno, que es muy amigo de un idiota, metomentodo y además, enamorao de una de las hijas adolescentes de Paloma. Para redondear el marco pintoresco de la función, el suegro de Paloma, un chamarilero de los de toda la vida, comunista y amante de los pequeños placeres.

Todo este cuadro se verá interrumpido y agitado por el rodaje de una serie sobre la Guerra Civil, donde aparecerá el galán trasnochado de turno, aquel que iba para gran actor y se quedó en eso. Estamos en 1988, José Luis García Sánchez (Salamanca, 1941) acaba de hacer Pasodoble, en la que una familia quijotesca ocupan un museo propiedad del monarca, que en su juventud, según dice la abuela, tuvo un sonado idilio con ella. Una cinta que contenía todos los elementos que tanto le gustan a García Sánchez, como lo coral,  retratando a un grupo de personajes excéntricos, deudor del cine Berlanguiano, muchas de sus películas estaban escritas junto a Rafael Azcona (1926-2008) quizás el guionista más grande del cine español, en unas tramas rocambolescas y alocadas, donde cada uno hace la guerra por su cuenta, dentro de un tema central, en el que como cabrá esperar, estos personajes no saldrán bien parados,  y sus sueños e ilusiones no tardarán en dar al traste y vuelta a empezar.

García Sánchez y Azcona no sitúan en un único lugar, la plaza donde se desarrolla el rodaje, junto al piso de Paloma, que parece la casa de los líos, y la roulotte de Luis Doncel, el actor, espacios todos ellos donde las desventuras de este grupo de caraduras y mamarrachos, siempre con humor, deambularán de un sitio para otro, todos andan detrás de un objetivo que, en principio desconocen que sea común, todos aman a Paloma, todos y cada uno de ellos, a su manera, que nunca parece que sea la más adecuada para Paloma, una mujer resignada a una vida insignificante, vacía y rutinaria (como define su atuendo de arranque de la película, ese chándal rosa y el abrigo de leopardo de pega, y qué decir de su peinado, el último grito de la pelu de la esquina). La llegada del cine, en este caso una serie, donde el actor-galán de tres al cuarto (con sus postizos de todo tipo, el pelo en pecho, la dentadura, incluso sus sentimientos) es el que lleva la voz cantante, el que tampoco se resistirá a los encantos de la maruja de barrio que es Paloma.

Azcona en su peculiar forma de observar al perdedor, al tipo corriente que todo le sale mal, entre otras cosas, porque no da más de sí, y también, por culpa de esa sociedad injusta, superficial y malévola, construye una sátira para reírse de todos y de todo, atiza con fuerza y con mucha mala uva, pero con su finísimo humor, en ocasiones, negrísimo, a todo lo que se mueve, con una libertad que ha desparecido hoy en día, una libertad para hablar de todo, y con ese humor, desde el contexto político y laboral, metiendo esa huelga (haciendo referencia a la que tuvo el Psoe de González en el 88) y las constantes disputas con los horarios, la comida y demás que se producen durante esa única jornada de rodaje, la reconciliación de las dos Españas (desde el contenido de la serie que se rueda, con la entrada de los regulares en Madrid, y la disputa de los vecinos, el facha de toda la vida, y el viejo comunista) el machismo que practican casi todos los hombres, el racismo (con el caso de los trabajadores negros de la película) o la pederastia (en el personaje enchochado con la niña de Paloma) sin olvidarnos de las hostias que se dan al mundo del cine, y su farándula, y todas las criaturas que pululan por ese medio, temas que hoy en día, de estúpida corrección política para no dañar las sensibilidades falsas y aparente, que han sido vetados en el cine y en cualquier manifestación artística, donde el yugo de la censura y autocensura se ha convertido en el pan de cada día.

Y qué decir de su elenco, lleno de caras conocidas, algunas de ellas ya desaparecidas, como la alma amorosa de la película, una Ana Belén riquísima y espectacular, que anda escabulléndose de todos e intentando respirar en este enjambre de salidos y tontos de capirote, le acompañan, José Sacristán, como el marido aprovechao, pusilánime y tontín, y su escudero-hermano Miguel Rellán, como el rufián abogado defraudador y corrupto (la eterna picaresca y sanguijuela del español de toda la vida) Juan Echanove como el enamorado romanticón y advenedizo controlado por su madre (como el Gabino Diego de Belle Epoque con su madre carlista) Antonio Resines como el pederasta de turno, ese que las mata callando, con su chándal y su bigotón, baboso e impertinente, que siempre armando bronca, una especie de Sancho Panza al servicio del fascista maricón, y Juan Luis Galiardo como el actor lleno de carcoma de la función, galancito con arrugas y maquillaje sudoroso que anda tras Paloma como alma en pena (con ese grito de socorro aludiendo a Fernando Fernán Gómez) queriendo creerse que todavía alguien se acuerda de él, arrastrándose por las esquinas como un lobo en los huesos.

Finalmente, como suelen pasar en estas películas de la factoría Azcona hay una retahíla de actores de reparto que en unas pocas secuencias deslumbraban hasta el más distraído de los espectadores como Manuel Huete, que era asiduo de García Sánchez desde aquel inolvidable momento de Las truchas, con esos mágicos momentos con Luis Ciges, aquí de historiador enfadado, hablando de la cartilla militar de Hitler (que según e cuenta fue totalmente improvisado) Juan José Otegui como ese productor gentleman con pañuelo al cuello (una especie de López Vázquez en La escopeta nacional y sus secuelas) José María Cañete como el fascista de brazo en alto y de moralidad “dudosa”, y un instante podemos ver a Luis Cuenca, entre otros. Entre los productores encontramos a Víctor Manuel (que ya había producido Divinas palabras, de García Sánchez, y posteriormente hará lo mimso con Tirano Banderas) a Andrés Vicente Gómez con Lola Films (respnsable de títulos como Jamón, JamónBelle Epoque) a los grandes Fernando Arribas en la cinematografía (habitual de García Sánchez) y Pablo G. del Amo (el gran editor de la factoría Querejeta) a Manuel Gómez Pereira como ayudante de dirección, a Cesar Benítez y Andrés Santana como ayudantes de producción. Volver a ver o ver por primera vez en cine El vuelo de la paloma, no sólo nos hará pasar un grandísimo rato de comedia divertidísima, sino que nos devolverá una manera diferente de hacer cine, donde la amistad era una parte fundamental, donde el cine brotaba, donde se podía abordar cualquier tema desde el humor y la ironía, la transgresión y la libertad que proporcionaba un contexto diferente y cotidiano, donde reírse de uno mismo era esencial para soportar los sinsabores de la vida y la amargura humana.