Malmkrog, de Christi Puiu

LOS BURGUESES Y LOS OTROS.  

“Cada extravío, al menos cada extravío del que valga la pena hablar, contiene en sí mismo una verdad indudable y tiene solo una desfiguración de esta verdad de mayor o menor profundidad. Por esa verdad, ese extravío se sostiene, por ella es atractivo y también por ella es peligroso, y a través de esa verdad solo puede ser bien comprendido, apreciado y definitivamente rechazado”.

Vladimir Soloviev

De las cuatro películas que conocemos de Christi Puiu (Bucarest, Rumanía, 1967), podríamos analizarlas a través de dos mitades bien diferenciadas. En la primera, encontramos La muerte del Sr. Lazarescu ((2005), y Aurora (2010), sendas películas que abordaban desde una mirada crítica la realidad de los últimos años de la dictadura de Ceaucescu y los primeros años de la democracia, a partir de dos casos de dos hombres. Uno, gravemente enfermo, era sistemáticamente abandonado. El otro, agobiado por su separación, deambulaba por la ciudad en soledad y sin encontrar donde agarrarse. En la segunda, nos detenemos en Sieranevada (2016), que nuevamente, a través de un hombre descubríamos su familia, y las dificultades de encontrar una mirada cómplice, mirando la desolación de una realidad social rumana que no acababa de arrancar, pérdida en su idiotez y vacío.

Con Malmkrog, fiel reflejo de la anterior, vuelve a sumergirnos en una película coral, y encerrada en un único escenario, donde un grupo de personas, antes, familiares, y ahora, amigos, se relacionan entre ellos, mediante la palabra, basándose en “Los tres diálogos” y “Relato del anticristo”, del filósofo ruso cristiano Vladímir Soloviev (1853-1900).  El relato es bien sencillo, nos encontramos a finales del XIX, en el Reino de Rumanía, donde el terrateniente Nikolái, antiguo seminarista, reúne a unos cuantos amigos en su mansión en las afueras de Transilvania. Celebran la Navidad, mientras hablan y hablan sobre Dios, Jesucristo, la religión, la moral, la política, la muerte y la existencia del bien y el mal. Los participantes son: el citado anfitrión, que mantiene una postura de contradicción hacia los temas que se abordan, que expone con suma inteligencia y sabiduría, luego, tenemos a Ingrida, esposa del general ruso, gravemente enfermo que descansa en una de las habitaciones, con una posición militarista y mantenimiento del orden burgués, como alimenta Édouard, político francés, que apoya el colonialismo, y la occidentalización del mundo, y sobre todo, mantener el orden establecido por el capital. Frente a ellos, tendríamos dos visiones muy diferentes, las de Madeleine, pianista francés, soltera y liberal, que sostiene que la vida debería regirse por otras cosas, más humanistas y respetuosas, Olga, escritora y cristiana ortodoxa, mantiene que la moral viene construida por Dios, y el mal se pude combatir con todas sus fuerzas por la palabra del altísimo. Y finalmente, István, el mayordomo húngaro, que trata con dureza al resto del servicio.

El cineasta estructura a través de seis episodios con los nombres de los seis personajes principales, acompañada de una planificación formal contundente y magnífica, con un par de planos generales exteriores, completamente nevados, la acción se desarrolla en su totalidad en el interior, y en cuatro de los episodios los personajes están de pie, seguidos por un plano secuencia, y en dos de ellos, sentados en la mesa mientras cenan, en el que todo se vuelve más clásico, con planos y contraplanos, eso sí, los personajes están filmados de forma frontal, como hacía Ozu en su cine. Malmkrog, no es una película para todos los paladares, sino que requiere una gran concentración por parte del espectador, porque Puiu ha cimentado una película de la escucha, porque se habla mucho y de muchos conceptos diferentes, todos en torno al bien y el mal. Si bien los participantes parecen tener claras sus pertinentes observaciones, a medida que vayan avanzado los días, veremos que las ideas empiezan a contradecirse, y entramos en una especie de bucle verbal donde nada parece tener sentido y sobre todo, no tener fin. Un extraordinario plantel de grandísimos intérpretes que componen con delicadeza y extremada naturalidad cada uno de sus personajes, saboreando cada una de sus intervenciones dialécticas, y sobre todo, acercándonos la humanidad de unos individuos que hablan mucho, se contradicen, y se ven abocados a la vulnerabilidad de sus ideas y observaciones.

La película tiene ese aroma que tanto le interesaba a Visconti cuando mostraba a esa burguesía ensimismada y excluyente que giraba la cara y su fortuna a los problemas reales de la mayoría, como sucede en Malmkrog, con esos ruidos de disparos a lo lejos, y el tema de las conversaciones de sus protagonistas, más arraigadas al espíritu que a la realidad de fuera, como sucedía en El gatopardo (1963), donde los ecos revolucionarios del pueblo parecían no inquietar a esa burguesía decadente que se encerraba y protegía con ahínco sus privilegios. O la irreverencia y patetismo que describía Buñuel en El discreto encanto de la burguesía (1972), donde todos se perdían en su ego y su estupidez. La inquietante y claroscura cinematografía de Tudor Panduru (que ya conocíamos por su trabajo en Los exámenes, de Christian Mungiu), dota al relato de un asombrosa atmósfera llena de sutilezas y detalles que aún más engrandece la posición de cada uno de los personajes y su composición dentro del cuadro, provechando al máximo la luz natural con esas figuras oscuras y detenidas, con la mirada hacia fuera pero que sin ver nada, o sin querer ver nada, que recuerda a la pintura de Hammershoi, y por ende, al universo de Dreyer.

Una película de 200 minutos de duración, reposada y muy pausada, donde toda la acción se vierte en el diálogo, necesitaba un montaje medido, muy rítmico y sobre todo, ágil, en un portentoso trabajo que firman Dragos Apetri, Andrei Iancu y Bogdan Zârnoianu. Una exquisita ambientación, donde cada objeto, mueble y detalle consigue un sombroso y extraordinaria utilización del espacio fílmico, contribuyendo en crear cercanía y lejanía mediante la posición y composición tanto de los intérpretes como de la cámara, aprovechando toda la amplitud y longitud de cada encuadre, con esa profundidad de campo con las puertas abiertas donde vemos las diferentes estancias de la mansión como ocurría en El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice. Puiu ha conseguido una película que queda en la memoria, que necesita más de una visión por su profundísimo contenido, por todas las innumerables reflexiones acerca de elementos tan sumamente complejos que salen a relucir en las conversaciones de sus personajes, que también es una durísima crítica a esa posición de la burguesía en pos a la historia y su tiempo, en relación a las clases más desfavorecidas que recogen las migajas de estos señores y señoras que, siguen manteniendo sus privilegios y sobre todo, siguen ensimismados en sus conversaciones, por otro lado, muy interesantes, pero muy alejadas de la realidad social del otro lado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las herederas, de Marcelo Martinessi

RECUPERAR LOS SENTIDOS.

Chela y Chiquita llevan muchos años de amor y convivencia, aunque en los últimos tiempos las cosas han cambiado. Las deudas se han ido acumulando y han tenido que empezar a liquidar sus muebles y objetos de su casa para seguir manteniendo esa vida pequeño burguesa en la ciudad de Asunción en Paraguay. Todo esto ha contaminado su amor y lo ha conducido a una relación en vía muerta, más fraternal, en una estado de tristeza y apatía generalizada, en la que Chela se ha adormecido en una existencia vacía y rutinaria, y Chiquita, por su parte, de carácter más abierto ha seguido manteniendo la armonía o lo que queda de ella, en las cuatro paredes de su hogar. Todo cambiará cuando Chiquita es acusada de fraude por no hacer frente a los créditos solicitados y es encarcelada. Entonces, la existencia de Chela se ve abocada al más absoluto vacío y soledad. Un día, Pituca, una vecina octogenaria, le pide que le haga de chofer para llevarla a su partida de cartas semanal. Lo que empieza como una forma de ayuda se convertirá en un pequeño trabajo que le proporciona un sustento muy agradecido dada su situación económica. En esas idas y venidas, donde aumentará su “clientela”, conoce a Angy, una de las hijas de las señoras, veinte años más joven que Chela, y entre las dos mujeres se afianzará una relación cada vez más íntima.

Después de realizar cortometrajes donde abordaba la literatura y la memoria, con gran recorrido en festivales internacionales, Marcelo Martinessi (Asunción, Paraguay, 1973) hace su puesta de largo sumergiéndonos en un retrato de mujeres doméstico, muy íntimo y personal, sobre una mujer que pasa de los 60 y su relación con su entorno y los demás. Por un parte, tenemos ese espacio de burguesía venido a menos, que se sustenta como puede debido a sus deudas, cómo estas mujeres afrontan ese cambio de paradigma, ese estado cambiante que ha llevado a Chela a dejarse llevar, sin más, en una vida superficial y triste, una existencia anodina, solitaria e invisible, que todo cuesta y se hace un mundo para ella, incluso las acciones más cotidianas, y un carácter agrio y difícil, como veremos en el trato que le dispensa a la criada Pati. La llegada de Angy a su vida, que viene por la ausencia de Chiquita en la cárcel, será para Chela como un torrente de vida, de juventud, de energía brutal, y de manera pausada la relación entre las dos mujeres se irá acercando y Chela despertará a un mundo que creía olvidado, dormido, cómo un tren que ya había pasado.

Martinessi explora estas vidas con una forma muy ajustada y cerrada, provocando esa asfixia y opresión que se manifiesta en cada mirada, en cada detalle y cada gesto, en la que utiliza pocos decorados, únicamente la casa de Chela y Chiquita, la casa de la partida de cartas, algún que otro exterior, y sobre todo, el interior del automóvil, en una película que aboga por el interior, tanto físico como emocional, en las emociones que se irán abriendo en Chela por sus (des) encuentros con Angy, y sus conversaciones íntimas sobre amor, deseo y sexo, unos diálogos abiertos, sinceros y sin pelos en la punta, sin dejarse ningún detalle, donde Angy explica su despertar al sexo y al amor, a la vida, a la pasión y a todo el torrente de emociones. Chela escuchará y se dejará llevar, poco a poco, por los relatos de Angy, por su manera de explicar y detallar la piel, los sentidos y todo aquello que sentía y siente. La narración es pausada y tranquila, sin prisas, dejando que todos los detalles y las acciones que se explican verbalmente se apoderen de los espectadores y las imagine, las vea y sobre todo, las sienta, acompañando y sintiendo el proceso emocional que experimenta Chela, en ese despertar a la vida, casi sin quererlo, de manera progresiva y natural, sincera y muy íntima, dejándose llevar por sus sentidos, su deseo y sexo.

El realizador paraguayo evoca en sus encuadres y en su narración al cine de Lucrecia Martel en La ciénaga (2001) explicando esos mundos en descomposición de una burguesía en decadencia, con esas piletas llenas de moho y olor a podrido, de recuerdos que ya no se recuerdan, de tiempos olvidados y personas sin nada, o La mujer sin cabeza (2008) en que cualquier incidente, por mínimo que sea, acaba convirtiendo tu existencia en un auténtico tsunami emocional, o ese aire putrefacto y seres perdidos y sin vida que también sabe narrar la directora argentina como lo hace en Zama (2017). También, podríamos añadir a jóvenes cineastas argentinos como Gastón Solnicki, Eugenio Canevari o Martín Shanly, que se mueven en esos entornos que fueron antaño y ahora se limitan en sobrevivir, que no es poco, en los que encontramos a individuos adormecidos, como una especie de zombies modernos, que se mueven casi por inercia, como si la vida les hubiera pasado literalmente por encima y los hubiera dejado vacíos, sin nada, invisibles.

Martinessi cuenta con un maravilloso reparto de actrices veteranas como Ana Brun que da vida a Chela, Margarita Irún como Chiquita, y la belleza y el erotismo de Ana Ivanova es Angy, veinte años más joven, Pituca es María Martins y finalmente, Nilda González da vida a Pati, un grupo de mujeres especial y honesto, interpretando a través de sus cuerpos y sentimientos, de forma muy sobria y contenida, con esa naturalidad que asombra y arrebata, y nos va conduciendo por sus vidas anónimas, unas mejor que otras, aunque todas ellas sumergidas en un fango depresivo, en un momento de vidas, que ni hacia adelante ni hacia atrás, estancadas, sin rumbo, sin vida, en que la película, de forma sutil y elegante, las retrata desde todos los ángulos, haciendo hincapié en ese ámbito tan íntimo y oculto como las emociones, sus sentimientos, aquellos en que en el caso de Chela están tan profundos que ya sin se ven y mucho menos se sienten, todo lo contrario que Angy, que emana deseo y sexualidad en cada poro de su piel. Y el encuentro entre las dos, a la vez tan diferentes y próximas, como ese espejo que nos refleja aquello que sentimos y no somos capaces de sentir y experimentar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Happy End, de Michael Haneke

DISECCIONANDO A LA FAMILIA BURGUESA.

“Son una llamada a un cine que aporte insistentes cuestiones en lugar de respuestas falsas (por lo excesivamente rápidas), que clarifique las distancias en lugar de violar la cercanía, que abogue por la provocación y el diálogo en lugar de la consunción y el consenso”.

Michael Haneke

Las primeras imágenes de la película nos introducen en el objetivo de un Smartphone, en el que vemos situaciones cotidianas de una mujer, y una voz en off de una niña nos va relatando esos actos de forma mecánica y fría. Este prólogo nos evidencia una característica común en el cine de Michael Haneke (Múnich, Alemania, 1942) el interés del cineasta por reformular las imágenes contemporáneas introduciendo en sus películas los diversos formatos domésticos que van apareciendo, y la interactuación de sus personajes en su vida cotidiana, y cómo esas imágenes captadas desde la inmediatez y la improvisación acaban redefiniendo nuestras relaciones con los demás, y sobre todo, explorando aquello más oscuro del alma humana.

Haneke se erige como uno de los observadores de la sociedad contemporánea más incisivos y críticos sobre los comportamientos de los individuos, siempre en entornos burgueses, aquellos que aparentemente tienen resueltos todos sus problemas económicos, aunque, más allá de proporcionarles estabilidad y paz, los convierte en unos seres egocéntricos, falsos e hipócritas, incapaces de relacionarse con los suyos, y sobre todo, torpes en revolver sus problemas emocionales, porque todos sus actos les hacen convertirse en seres resentidos, tristes y solitarios, atrapados en la maraña de sus espacios y aburridos de ellos mismos, apartados de los problemas sociales, y completamente perdidos en su descontrol y miseria. Aunque Haneke huye de todos los convencionalismos narrativos para contarnos la existencia de sus criaturas, sumergiéndonos en ambientes reconocibles, a los que introduce elementos distorsionadores y perturbadores que rompen esa aparentemente armonía planteada en un inicio.

En Happy End, nos sumerge en el ambiente doméstico de una familia burguesa francesa que vive en Calais (que no es para nada arbitrario el lugar elegido, ya que es una ciudad costera donde llegan inmigrantes ilegales) y allí conoceremos a los integrantes de esta familia: Georges (interpretado por Jean-Louis Trintignant, que repite con Haneke después de la excelente Amor) el patriarca familiar, viudo y sólo, con la idea fija de quitarse la vida, también nos encontraremos con Anne (Isabelle Huppert, una de las habituales de Haneke, con aquella grandísima composición de la masoquista perturbada de La pianista) es la responsable de una empresa con problemas, con mala relación con su hijo díscolo Pierre (que da vida el actor alemán Franz Rogowski) y enamorada de un abogada estadounidense (que interpreta Toby Jones), y el otro vástago, Thomas (con la sobriedad de Mathieu Kassovitz) cirujano reconocido, casada en segundas nupcias con Anaïs (Laura Verlinden) que recibe la visita de Eve (maravillosa la interpretación de Fantine Harduin, uno de los grandes logros de la película, con esa mirada inocente y a la vez, maligna) la hija adolescente de su primer matrimonio.

 

Haneke a través de su estilo frío y alejado, adoptando el papel de observador, algo así como un testigo que mira sin inmiscuirse, captando cada detalle, cada mirada, cada gesto, con esa capacidad para sumergirnos hasta lo más profundo, con lo más mínimo, consiguiendo esa aparente tranquilidad y paz, y diseccionando con maestría de cirujano experto los problemas emocionales de esta prole, a la que no veremos nunca reunida, salvo en muy pocas ocasiones, alguna que otra cena, y esa reunión y los diálogos que se producen, aún nos evidenciaran más su desencanto, incomunicación y desesperación como grupo, situándonos en el epicentro de sus males, de esa oscuridad inquietante que tan bien maneja Haneke, provocándonos a cada momento, obligándonos a mirar, a explorar la miserable vida de sus personajes, de sus mentes perversas y de sus indiferencias ante los problemas sociales, imbuidos en esa vida de oropel, de lujo y de mierda.

El cineasta alemán disecciona los males contemporáneos de la bienintencionada Europa, con su cinismo de ayuda y colaboración con el desprotegido, pero en el fondo, toda ausencia de empatía con el necesitado, enfrascado en sus vidas, en sus intereses y en sus existencias ociosas, apartadas de todos y todo, mirándose a sus espejos de falsedad, aburrimiento y maldad, incapaces de expresar sus sentimientos y alejados de aquellos que aman, o simplemente, creen amar, porque cómo nos evidenciará la película en uno de sus momentos memorables, sólo nos queremos a nosotros mismos, incapaces de aceptar nuestra terrible soledad, y la soportamos mintiendo a los demás, y sobre todo, autoengañarnos a nosotros mismos. Haneke nos habla de inmigración sin casi aparecer inmigrantes, ni tampoco ese tipo de discursos amables y falsos de tantas películas, con esa idea de buenísimo, aunque esos actos aparentemente de ayuda y amistad, carezcan, en el fondo, de solidez y amor.

Los universos que nos cuenta Haneke son inquietantes, sombríos y extremadamente turbios, en los que los ambientes malsanos recorren todos sus espacios, en los que, en cualquier instante, puede producirse un estadillo de violencia, de horror, que late en el interior esperando su oportunidad, como si fuese un asesino a la espera de reventar su sed de sangre, aunque el cineasta alemán opta por una forma cotidiana e íntima, alejándose de las formas convencionales narrativas, en su cine, el plano y su duración consiguen inquietarnos de manera brutal, de agobiarnos, de hacernos daño con sus imágenes, a través de planos generales, donde sus espacios, ya sean urbanos o domésticos, parecen aparentemente tranquilos y en paz, pero más lejos de eso, están hirviendo y apunto para estallar y sobrecogernos a todos, aunque, en ocasiones todo continua igual, capturando de manera magistral la atención del espectador, seduciéndolo con esas imágenes repetitivas donde parece que algo va a suceder, que todo cambiará, pero, en ocasiones, esto no sucede, y esa imaginación, nos inquieta aún más.

En este sentido, la mirada inquisidora y siniestra de Haneke hacia la burguesía se acerca al cine de Antonioni o Chabrol, donde esa manada burguesa, perdida, solitaria y vacía, se mueve casi por inercia, incapaz de sentirse bien, y abrumada por los problemas emocionales, en el que viven o simplemente, existen, en los que la incapacidad para comunicarse, para hablar de lo que sienten, de ayudarse y ayudar a los otros, en donde la maldad o la muerte, en muchas ocasiones, es la única salida que tienen para soportar esas existencias tan mundanas, egoístas y estúpidas, movidas por su ambigüedad y constradicciones, aunque, estas decisiones tan oscuras y a la par, que sinceras, los lleven a sumergirse en más oscuridad y terror, pero, en su existencia ensimismada en ellos mismos y sus cosas tan lujosas, y a la vez, tan vacías, sean tan miserables para aceptar sus problemas y encontrar soluciones a sus situaciones, enfrentándose a sí mismos, pero en cambio, optan por actos irracionales que les hacen más daño, y sobre todos, a los suyos, a esos que tienen a su alrededor, a ese escenario inventado y construido a su imagen, lleno de su egoísmo y vanidad.

Amor y amistad, de Whit Stillman

AF_A4_AMOR&AMISTAD LAS MANIOBRAS DEL AMOR.

La escritora Jane Austen (1775-1817) apenas tuvo ninguna repercusión en vida. Desgraciadamente, todo su éxito se produjo post mortem, cuando sus relatos cortos y novelas llegaron de forma masiva al gran público, tuvo el reconocimiento que se merecía. Sus obras se estructuran a través del punto de vista femenino, principalmente jóvenes de la alta burguesía provinciana, centradas en sus conflictos internos que giran en torno a cuestiones amorosas. Su rabiosa modernidad en retratar temas que profundizan sobre la complejidad del alma humana, exponiéndolos a través de una deliciosa ironía, en el que los detalles se describen de forma precisa en el retrato de los ambientes burgueses, y sobre todo, en las relaciones que establecen los personajes implicados en las tramas amorosas, incorporando cartas y notas, vehículos que utiliza para dar rienda suelta a la comicidad. A pesar de su corta obra, debido a su prematuro fallecimiento por enfermedad, Austen se ha convertido en una de las escritoras más importantes de la historia de la literatura.

Ross McDonnell

Whit Stillman (Washinton, 1952) que arrancó su carrera como agente de ventas de las primeras películas de Fernando Trueba y Fernando Colomo, en las que apareció en pequeños papeles, e incluso como productor en La línea del cielo, de Colomo, también tuvo tiempo para dedicarse a la literatura y el periodismo. Debutó en la gran pantalla con  Metropolitan (1990), que retrataba a un grupo nutrido de jóvenes burgueses neoyorquinos, le siguió Barcelona (1994), ambientada en los 80, en la que describía las andanzas de un joven estadounidense en la ciudad condal, cuatro años más tarde, presentó The last days of disco, con los 80 nuevamente como protagonistas, pero ahora, retratando a un par de amigas de la escena de New York. Un largo período de ausencia del cine, dedicados a la televisión, lo devolvió en 2011 con Damiselas en apuros, con Greta Gerwig (la musa de Baumbach) como protagonista, en la que seguía a unas jóvenes díscolas también de N.Y. Ahora, nos volvemos a encontrar con Stillman adaptando una obra corta de Jane Austen, Lady Susan, que debe el titulo de Amor y amistad, curiosamente, a un relato primerizo de Austen. Aquí, el relato también pertenece a los inicios de Austen, y en los ambientes provinciales ingleses de 1790, en la que conocemos a Lady Susan Vernon, una viuda reciente, que llega a Churchill, junto a su hija adolescente Frederica, a hospedarse en la casa familiar de su familia política, los Decourcy. Su llegada convulsiona el lugar, debido a su fama de promiscuidad y los secretos de sus verdaderas intenciones, que según cuenta, son puramente encontrar esposo a su hija, aunque su objetivo es puramente económico. El joven de los Decourcy se siente fuertemente atraído por la viuda que, juega con él y se deja querer, aunque la dama “distinguida” parece beber los vientos por otro apuesto caballero que reside en la ciudad, aunque mientras tanto se divierte en el juego del amor, tanto con el joven citado como con otro acaudalado y mojigato caballero, mientras, para pasar el rato, comparte confidencias con su joven amiga norteamericana Alicia Johnson, casada por conveniencia con el rico y aburrido Sr. Johnson.

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Stillman describe con astucia y sencillez todas las tramas y caracteres que se cuecen soterradamente en el ambiente, no hay excesos melodramáticos ni subrayados innecesarios, y alguno que hay, lo utiliza para mofarse de estos señores aburridos de almacenar riqueza. Stillman va al grano, nos divierte de forma sutil, no provoca grandes carcajadas, aunque soltemos alguna que otra, sino más bien, esa media sonrisa de finísima ironía que a ratos conlleva amargura y tristeza, que utiliza ingeniosamente,  para acentuar los conflictos que desata la belleza arrebatadora de la viuda. Estamos ante una película de corte “british”, muy alejada del tono estadounidense. Aquí todo bulle a fuego lento, la trama va in crescendo de forma reposada y suave, las formes distinguidas de los personajes, aparentemente, dejan paso a esos devaneos sentimentales que los arrastran incomprensiblemente a los brazos de quienes menos los valoran, aunque a simple vista, pueda parecer lo contrario. La pluma de Austen sacude con energía cada fotograma de la película de Stillman, nos emociona y nos conmueve, sin pasarse claro, en su justa medida, y también, cómo no, nos invita a la reflexión, de que diantres esta formada la compleja naturaleza humana, y a que se debe que muera por el ser más infecto, y en cambio, ni tenga en cuenta de aquel que lo cuida y lo valora, cuestiones difíciles de discernir, que diría el poeta.

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Amor y amistad se suma,  saliendo por la puerta grande, a otras adaptaciones cinematográficas, que con gran acierto han sabido retratar el espíritu y paisaje moral de Austen, y ese mundo de jóvenes heroínas que mueren de amor, como Sentido y sensibilidad (1995), de Ang Lee, Emma (1996) con Gwyneth Paltrow u Orgullo y prejuicio (2005) con Keira Knightley, entre otras. Stillman ha filmado una gran adaptación, con un elenco extraordinario entre los que destacan la sorprendente sutileza y elegancia de la simpática pérfida Lady Susan (que nos recuerda a ciertas maneras y astucias del arribista  y sinvergüenza Barry Lyndon, en otro contexto eso sí, de la película homónima de Kubrick) que interpreta Kate Beckinsale (alejada de sus papeles como violent femme de palomiteros blockbusters) y su confidente damisela, la interesante Cloë Sevingy (éstas dos repiten con Stillman después de The last days of disco) y un buen ramillete de intérpretes ingleses, que transmiten naturalidad y compostura con sencillez, sin necesidad de falsas estridencias, destacando las maravillosas presencias de Stephen Fry, James Fleet y Jemma Redgrave (de saga familiar ilustre). Stillman quiere que nos divirtamos, deja que miremos su película, sin prisas ni enigmas, con la belleza de sus paisajes y con la elegancia de sus interiores, con esos planos y encuadres largos, con pocos cortes, que nos da la distancia necesaria para mirar la película sin involucrarnos demasiado en las maneras de Lady Susan, sólo en sus actuaciones, algunas reales, otras no, pero al fin y al cabo, no dicen que tanto la guerra como el amor, saca a relucir lo peor de nosotros mismos.

Una nueva amiga, de François Ozon

Une_nouvelle_amie-François_Ozon-CartelJUEGO DE IDENTIDADES

En el cine de François Ozon (París, 1967) hay dos elementos que emergen de forma continuada y se han convertido en características fundamentales de su mirada. Una, son las transgresiones a nivel de género, donde viaja aleatoriamente de la comedia, al drama o incluso el policíaco, otro de sus rasgos se identifica con unos personajes en permanente búsqueda, donde la sexualidad y su identidad serían el punto de cohesión en todas sus obras. En esta ocasión, se ha inspirado en la novela Su nueva amiga, de Ruth Rendell (1930-2015) fallecida recientemente, como hicieran en su día dos cineastas de los que el cine de Ozon bebe mucho, Claude Chabrol (en La ceremonia, de 1995, y en La dama de honor, de 2004), y Pedro Almodóvar (en Carne Trémula, de 1997).

La trama es sencilla, nos cuenta que después del fallecimiento de Laura, su marido David, recupera su afición de disfrazarse de mujer para así criar con más naturalidad a su hija, secreto que acabará desvelando a Claire, íntima amiga de su mujer. Bajo estas líneas argumentales, que en un primer momento podría resultar ridícula, Ozon teje un fascinante ejercicio sobre la identidad sexual, una excelente trama con todo tipo de situaciones donde los personajes se enfrentan a sí mismos y a sus verdaderos deseos ocultos, donde cada uno de ellos se descubrirá a sí mismo, y encontrará la verdadera identidad que oculta y rechaza. Un relato que contiene todo tipo de elementos, desde el costumbrismo de una clase social alta que vive alejada del mundanal ruido, en esas casas de calles limpias e interminables, los sofisticados club de tenis, los lugares de trabajo en el centro, y las segundas residencias, igualmente apartadas. Un mundo donde los personajes se mueven entre las apariencias, entre vidas acomodadas, pero no cómodas, donde tienen que ocultar sus verdaderos yo y vivir otra vida.

Una cinta donde se juega constantemente con los géneros, desde la comedia trans alocada creando situaciones llenas de humor que rayan el ridículo, donde Fassbinder (que Ozon ya llevó en el año 2000 un guión suyo al cine, Gotas de agua sobre piedras calientes) y Almodóvar, serían sus fuentes inspiradoras, el ambiente burgués que coquetea con el policíaco de Chabrol. Una cinta que vuelve a otro de los temas que marcan la cinematografía de Ozon, esa inmersión a la sexualidad en la adolescencia, en el que la aniñada imagen de Anaïs Demoustier actuaría en ese rol. Una película que explora las pulsiones de las identidades de una forma elegante y cómica, donde nada es lo que parece, y donde el buen hacer de la pareja protagonista, donde Romain Duris resulta muy creíble tanto de David como de su alter ego Virginia, con tacones y a lo loco.