Silvana, de Mika Gustafson, Olivia Kastebring y Christina Tsiobanelis

FEMINISMO A RITMO DE RAP.

“Siempre me decían que algo fallaba en mí, pero yo sabía que no era cierto”.

La película se abre de una forma clara y sencilla, cuando vemos a Silvana Imam (una cantante de rap feminista y homosexual, que canta contra toda forma de opresión) en su vuelta a la tierra de su infancia, Lituania, y accede al interior de una iglesia ortodoxa, y mantiene una leve conversación con uno de sus sacerdotes, que escucharemos en off, charla que dejará presente la diferencia y el conflicto existentes entre lo que canta Silvana y la postura de la iglesia en cuestión. Dos mundos diferentes, uno, el de Silvana que ama y canta a favor de lo diferente y el humanismo, y en cambio, el otro, el de la iglesia, que oprime, que habla de amor, cuando divide y mantiene las fronteras entre los que ellos aceptan, y los que no. Después de este breve prólogo, las tres directoras Mika Gustafson (1988) Olivia Kastebrin (1987) y Christina Tsiobanelis (1987) que debutan en el largo con Silvana, donde retratan durante un par de años, a modo de diario personal, a una joven de padre sirio y madre lituana, que a mediados de los 90, aterrizaron en Suecia, y su trayectoria desde el anonimato del arte underground a convertirse en un icono contemporáneo, a través de las letras inconformistas, políticas y de lucha contra toda forma de opresión contra aquello diferente o que simplemente, no encaja en el modelo de sociedad convencional.

Silvana que siempre ha tenido que esconder su condición sexual, y se ha trabajado todo lo que es, trabajando cada día desde lo más profundo, no es alguien que se calle ante las injusticias, alguien que sigue firme ante lo convencional, el fascismo y aquello ancestral que no respeta al otro por ser diferente. Una mujer de pie y con el puño en alto, que se define como lesbiana, feminista y antirracista, y utiliza su música rapera para protestar contra lo establecido, contra lo que oprime, contra todo estado, grupo o persona que atenta contra colectivos que luchan porque se respete su condición sexual o su manera de vivir, por muy diferente que sea con lo estándar. Las tres cineastas construyen una película de aquí y ahora, recogiendo de forma natural y honesta todo lo que pasa por su cámara, en un documental que nos abre una ventana dignísima y veraz, recogiendo con ojo avizor todo aquello que ocurre en la juventud sueca, en sus referentes musicales, y en esa protesta política e inconformista de muchos jóvenes de los países escandinavos, cada día acusados y maleados por ser como son.

Además, la crónica de estos dos años, recoge y filma con absoluta libertad y naturalidad, diversos aspectos de la vida de Silvana, desde sus reflexiones más íntimas, que tienen que ver con su condición y carácter, sus orígenes familiares, a través de la relación de sus padres y de videos caseros filmados cuando la cantante apenas tenía 7 años de edad, sus momentos de composición musical, sus conciertos, en las que incluye performances espectaculares y llenas de fuerza y valentía, la relación sentimental con otro ídolo de masas como Beatrice Eli, cantante de pop feminista y lesbiana. Una relación de amor que huye de todos los estereotipos sociales y convenciones para mostrar un amor de respeto, libre y muy vivo. Finalmente, la película explora otro aspecto muy importante en la vida de Silvana, su relación con el éxito fulgurante, en el que la exposición de su vida pública y sobre todo, la Silvana convertida en referente ensombreciendo su personalidad, todos aspectos que también una joven tiene que lidiar para no morir de éxito, y dejar de luchar por todo aquello en lo que había creído y peleado.

Gustafson, Kastebring y Tsiobanelis han creado una película llena de fuerza, y con un ritmo trepidante y vapuleador, como una canción de rap que canta Silvana, en que la película vive y respira al son de la artista, siguiéndola y entrando en su vida y en su alma, desde la espontaneidad y la honestidad hacia todo aquello que está filmando, y el respecto a una mujer libre y de carácter, que lanza al mundo, a través de las letras de sus canciones, proclamas que claman a favor de la igualdad, el respecto y la diferencia, como único camino hacia un mundo más justo, más igualitario y lleno de amor. Silvana Imam es una persona liberadora de estereotipos, que ha derribado convenciones sociales, que sigue en la carrera, sin dejar de correr, yendo de aquí para allá, convertida en una referencia para muchas jóvenes de países escandinavos, que la siguen, que la escuchan, que la aman, que grita con alegría y viveza proclamas reivindicativas y llenas de energía como: “Gracias a Dios, soy homosexual”. Una mujer segura, luchadora y reivindicativa, que sabe que hay mucho trabajo por hacer, y muchos más muros de ignorancia y fascismo que derribar, pero ella, mientras siga viva, seguirá en la brecha, sin descanso, llena de sinceridad y amor.

Comandante Arian, de Alba Sotorra

 ¡JIN, JIYAN, AZADI! (¡MUJERES, VIDA, LIBERTAD!)

«Echo de menos a mis compañeras, la lucha, la guerra. Echo de menos compartir su dolor y sus dificultades, y compartir también la alegría de la liberación. Sufrir y luego disfrutar de la libertad es algo increíble».

Comandante Arian

Hace tres años, Alba Sotorra (Reus, 1980) sorprendía a propios y extraños con Game Over, en el que nos hablaba de Djalal, un joven que desde pequeño soñaba con ser soldado profesional, pero cuando estuvo en primera línea de fuego, se sintió decepcionado de la guerra que vio y que sólo conocía a través de los videojuegos y su alter ego online, un soldado de élite que se enfrentaba a peligrosos enemigos en sus misiones secretas. Un ejercicio contundente, personal y reflexivo sobre la fascinación de la guerra, la violencia y las imágenes que nos invaden constantemente sobre temas bélicos y violentos. Ahora, Sotorra vuelve con una película que tiene la guerra como foco de atención, pero desde otro punto de vista, el de un grupo de mujeres combatientes en la guerra de Siria, las YPJ (Unidades de Defensa de Mujeres) un grupo  formado en el año 2013 sólo de mujeres, en su mayoría kurdas, para combatir al Dáesh (Isis), para defender su tierra y su condición como mujeres libres.

La película se introduce en la piel de estas mujeres a través de una de sus líderes, Arian Afrîn, la “Comandante Arian”, y nos cuenta de un modo íntimo y personal, su diario de guerra en el asedio de la ciudad de Kobane para reconquistarla y acabar con el Estado Islámico. La película se estructura a través de dos tiempos, en el presente, estamos en el 2016, cuando Arian, que ha recibido cinco heridas de bala, se recupera lejos del frente, y en el pasado, cuando Arian y su batallón de combatientes, emprenden el asedio para liberar Kobane. La cámara de Sotorra, y ella misma,  se camuflan junta a las mujeres, convirtiéndose en unas combatientes más, dejando fiel testimonio de las experiencias sanas y terribles que iremos viendo a lo largo de sus 80 minutos de metraje, en las que habrá momentos de paz interior, o violencia bélica, y también, tiempo para compartir, recordar y sentir, en las que escucharemos sus conversaciones, sus inquietudes, sus soledades, (des) ilusiones, sacrificios e ideales, su pasado bajo el yugo machista, y su futuro, al que todas lo encaran con esperanza por una tierra mejor, más justa, igualitaria y solidaria.

Vemos con detalle y profundo análisis su cotidianidad, su entorno y los compañeros masculinos que las acompañan luchando codo a codo en el campo de batalla, donde escuchamos con precisión el ruido de las bombas, el silbido de las balas, y las continuas refriegas que se van produciendo, dentro de un entorno de camaradería, compañerismo y libertad, una libertad que se ganan diariamente con su kalashnikov y valentía. La directora catalana nos habla de guerra, de vida y muerte, sin caer en el heroísmo y la plasticidad de unas imágenes que no son bellas o complacientes, sino duras, ásperas, y en ocasiones, tremendas, que quitan el aliento por su terrible dureza, pero la película nunca cae en eso, se mantiene firme en contar con alegrías y tristezas las vidas de este batallón feminista de manera clara y precisa, en el que nos la presenta como mujeres de carne y hueso, mujeres que nos podríamos encontrar por la calle en otras circunstancias, despojándolas de cualquier aura de espiritualidad o por el estilo, la cinta extrae su humanidad, su fuerza y su voluntad, esa voluntad de hierro y determinación que las dejar a sus familias, y por ende, su destino marcado como esposas y madres, para liberarse de sus porvenires anulados, y vivir libremente y como ellas quieren, aunque para ello tengan que pegar tiros y jugarse la vida cada día.

Arian y su batallón de mujeres despierta una fuerza brutal y unos ideales perdidos por nuestros lares, donde la fuerza del equipo y la fraternidad se convierten en sólo uno, donde van todas a una, ayudándose y levantándose unas a otras, siguiendo en pie a pesar de las bajas y los problemas de la guerra, porque todas juntas llegarán hasta donde las armas y el coraje les aguante. Sotorra nos brinda una película humanista y cercana, donde se explora con claridad y detalle la condición humana, donde el término libertad adquiere significados distintos a los que nosotros conocemos, donde la individualidad y los conflictos a los que nos enfrentamos diariamente, se diluyen en la nada, observando a estas mujeres y sus circunstancias, unas mujeres de gran fortaleza y virtud, que rompen estereotipos y tradiciones milenarias para ser ellas mismas, y sobre todo, defender aquello que consideran importante para ellas y su tierra, defendiendo a tiros valores humanos que aquí hemos olvidado hace demasiado tiempo.

La directora reusense nos brinda una película necesaria y valiente, una película que le ha llevado tres años de filmaciones, entre idas y venidas, un documento muy alejado de la visión de los informativos occidentales, en los que parece que la guerra siempre la hacen los hombres, y nunca sabemos nada de las mujeres. Un trabajo sincero y honesto, que recuerda a las películas de Rithy Panh o Wang Bing, en la forma de colocar la cámara y filmar las conversaciones y el entorno de estas combatientes kurdas, en las que la relación entre cineasta y el objeto filmado acaba diluyéndose y creando una relación diferente e íntima, en el que todo se mezcla y adquiere una proximidad que nos traspasa y nos acaba convirtiendo a los espectadores en seres activos y reflexivos de las imágenes que estamos viendo, y creando ese vínculo mental entre la cineasta y sus personas. Sotorra construye una cinta emocionante y bella en sus valores humanísticos sobre unas mujeres que viven y guerrean diariamente por su libertad, por su identidad y por vivir en una tierra mejor, aunque para ello tengan que perder su vida o ver como la pierden algunas de sus compañeras.


<p><a href=”https://vimeo.com/290442289″>Comandante Arian – Trailer Oficial</a> from <a href=”https://vimeo.com/albasotorra”>Alba Sotorra Clua</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Como nuestros padres, de Laís Bodanzky

REENCONTRÁNDOSE A SI MISMA.

En un momento de la película, Rosa, la protagonista, le confiesa a un amigo, que es padre de un compañero de su hijo en el colegio, que toda esa fuerza y decisión que parece tener es pura apariencia, que en el fondo es una mujer débil, insatisfecha, llena de miedo e inseguridades. Quizás esta confesión podría tratarse de algo puntual, de alguien que no ha alcanzado esas metas soñadas cuando de joven imaginaba una vida muy diferente a la que tiene ahora, aunque la película no se queda en una mera anécdota de una mujer que vive en Brasil, sino que retrata algo que sucede muy a menudo en mujeres de países desarrollados de unos cuarenta años, las cuales se han casado, han tenido hijos, y además, trabajan en empleos que no resultan de su agrado, porque por el camino se quedó aquel trabajo creativo que tanto les llenaba  ahora tienen aparcado o casi enterrado. Rosa además de trabajar diseñando baños, se hace cargo de su casa, sus dos hijas preadolescentes, ya que su querido esposo pasaba largas ausencias salvando la selva amazónica.

Y con esa situación emocional que vive Rosa, o podríamos decir, a la que Rosa se ha acostumbrado, aunque sea mera fachada, le va a venir algo que la desestabilizará del todo, porque en una comida familiar, la madre le confesará que es hija de una aventura, que su verdadero padre es un alto comisionado del gobierno. A partir de ese instante, la vida de Rosa empezará a sufrir cambios, su vida aparentemente feliz ira transmutando hacia otra, una vida diferente, más liberadora, más sociable, y sobre todo, dejándose llevar, metiéndose en la piel de Nora, la heroína de Ibsen, aquella mujer que dio un golpe en la mesa y abandonó la prisión de la Casa de muñecas, para empezar de nuevo, para abrirse al mundo y buscarse a sí misma. Rosa obligará a su marido a asumir responsabilidades, se lanzará a la aventura de conocer a su verdadero padre, y sobre todo, se sentirá fuertemente atraída por ese padre que se encuentra en el colegio, en el supermercado y demás.

El cuarto trabajo de Laís Bodanzky (Sao Paulo, Brasil, 1969) vuelve a contar con el guionista Luíz Bolognesi, como sus anteriores trabajos, más cercanos a la denuncia social. Ahora, retrata a Rosa, una mujer de unos cuarenta años, que arranca una aventura para encontrarse a sí misma, descubriendo facetas olvidadas de su ser, recuperando esa pasión por la dramaturgia y teniendo bien claro que la vida que lleva no puede continuar así, porque de esa manera, Rosa, se asfixia, se ahoga, y se muere. La película se ve bien, ahonda en temas actuales que afectan considerablemente a muchas mujeres que conviven con esa doble identidad de madre y esposa, y que acaban confundiéndolas y rompiéndose por dentro por querer abarcarlo todo, y además haciéndolo de manera perfecta, sin ningún temor, inseguridad y demás. Bodanzky tiene en María Ribeiro la figura esencial para retratar a esta mujer de ahora, las que nos cruzamos cada día en nuestra cotidianidad, llevándola por distintos estados emocionales, y sobre todo, mirándola al rostro de manera sencilla y de frente, extrayendo sus cualidades que son muchas, pero también, sus debilidades, que también las hay, describiéndolas de manera humanista, y moviéndolas dentro de ese laberinto físico y emocional que, en ocasiones, sienten miedo, otras se pierden, y se acaban encontrando, aunque les cuesta la vida, y en muchas otras, se detienen, se paran en seco, cansadas de ser ellas mismas, o ser aquello que se espera de ellas, dejándose llevar para llegar a ese espacio donde nadie las ve, donde se sienten como verdaderamente son, olvidándose de esa posición social de madre y esposa trabajadora que es un ejemplo para todos.

Quizás la película abre algunos frentes que no casan con el conjunto de la trama o se pierde en su estructura, pero la gran labor del elenco de la película ayuda a conseguir esas situaciones cotidianas de manera eficiente y emocionante, abriendo debates para reflexionar sobre el funcionamiento de nuestras vidas, su naturaleza y la incapacidad que tenemos para afrontar nuestros verdaderos problemas, siendo sinceros con nosotros mismos, y con los demás, porque la actitud de Nora de dar ese golpe a la mesa y salir de ese espacio de confort y enfrentarse a los avatares de la vida, no sea en absoluto sencilla, y sea una experiencia cargada de dolor, pero, hay momentos en tu vida que haces lo que nadie espera de ti, o acabaras lamentándote de vivir una vida ejemplarmente social aceptada, pero llena de vacío y tristeza.

 

Mary Shelley, de Haifaa Al-Mansour

LA MUJER QUE ESCRIBIÓ FRANKENSTEIN.

“No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas”.

Mary Wollstonecraft Godwin

Hay películas que se definen desde su primer instante, a través de su primera imagen, una imagen en la que se apoyará el resto del metraje, como una piedra angular donde reconocer la película, una imagen que nos acompañará siempre que recordemos la película. En Mary Shelley, esa primera imagen acontece en un cementerio, en el que vemos a la joven protagonista, con sólo 16 años, allá por el año 1813, leyendo junto a la tumba de su madre, Mary Wollstonecraft (1759-1797) escritora, filosofa, ensayista y feminista, que murió durante el parto de Mary. Esta imagen, en la que Mary, que no conoció a su madre, tiene en esa figura, el apoyo a enfrentarse a un mundo hostil, un mundo dominado por hombres, un mundo que ensombrece a las mujeres, que las oculta y las invisibiliza. La primera película rodada en inglés de la directora Haifaa Al-Mansour (Al Zulfi, Arabia Saudita, 1974) habla de una joven que deberá enfrentarse a su entorno para que le dejen ser ella misma, con sus sueños e ilusiones, transgrediendo las normas imperantes de una sociedad conservadora y acomodada en sus tradiciones. Algo parecido ya ocurría en su película debut, La bicicleta verde (2012) primera obra filmada por una mujer en Arabia Saudita, y rodada en condiciones muy adversas, en la que retrataba a una niña que quería montar en bicicleta, situación que le estaba completamente prohibida, pero ella no cejaba en su empeño por ser ella misma.

Al-Mansour nos sitúa en aquel Londres sucio, grotesco, barrizal y vivo del primer tercio del siglo XIX, en la que la joven Mary vive junto a su padre y su madrastra y hermanos, y la situación no es nada amable, la joven Mary se verá sometida a las intransigencias de la esposa de su padre, y le provocará sentirse más aislada y solitaria, situación que la llevará a la lectura y al mundo de los libros. La aparición de Percy Bysshe Shelley, poeta y atractivo, en su vida, le da amor, matrimonio, hijos, y aliento de libertad, pero que poco a poco, la volverá a arrinconar y la llevará a soportar las infidelidades de su marido, los traumas por las muertes de sus hijos y a encontrar la indiferencia propia de los hombres de aquel tiempo, más dados al libertinaje y la aventura. La directora saudí nos cuenta cinco años de la vida de Mary Shelley, y sobre todo, centrada en el proceso de creación de su novela más legendaria Frankenstein o el moderno Prometeo, que escribió con 18 años, y fue publicada en 1818 con el nombre de su esposo, una obra en la cual Mary aprovechó para escribir todos sus sentimientos, amarguras, soledades y contradicciones representados en una criatura solitaria e incomprendidad, que no entendendia un mundo que lo rechazaba.

La película está ambientada con gusto y sobriedad, centrándose en los mínimos detalles que remarcan la verosimilitud de sus objetos, muebles, vestuario y escenarios. Vamos observando las diferentes situaciones vitales y emocionales, que irán provocando en el alma de Mary la escritura de la novela, las diferentes tragedias personales que deberá hacer frente en una existencia, en muchos momentos amarga y solitaria, encontrándose desubicada y perdida, intentando hacerse un hueco y un nombre como escritora en una sociedad muy machista que apartaba a las mujeres al matrimonio y la maternidad. Al-Mansour filma su película de forma pausada y sobria, sin estridencias ni subrayados sentimentales, sino centrándose en el alma de sus personajes, sus inquietudes e inseguridades, capturando la complejidad de las situaciones y esas relaciones vaivén que pululan por todo su metraje.

Sus 120 minutos se miran con expectación y carácter, la cámara se mueve con elegancia y aplomo, contándonos la trama con naturalidad y delicadeza, sumergiéndose en ese universo del siglo XIX, muchas veces sombrío y lúgubre para las mujeres. Una película de corte social, en el que seguimos la existencia de una mujer, que al igual que su madre, fue una adelantada a su tiempo, una mujer frágil en lo emocional, pero fuerte en su voluntad de hacer aquello en lo que creía y con la firmeza de derribar muros, aunque para ello tuviese que enfrentarse a todos y todo. La película se centra en el episodio en casa de Lord Byron, en Ginebra, cuando una noche de tormenta, el insigne poeta desafió a los presentes en escribir un cuento de terror, aquella noche de la imaginación y talento de Mary Shelley nació Frankenstein (Episodio magníficamente retratado por Gonzalo Suárez en su película Remando al viento).

La maravillosa y delicada interpretación de Elle Fanning, aportando las dosis necesarias de calidez y carácter que requiere un personaje atrapado en un mundo de hombres, un personaje que plantó cara a todos para llevar a cabo su sueño, bien secundada por Douglas Booth como Percy, su marido, atractivo y elegante, pero engreído y liberal, Bel Powley como Claire, la hermanastra de Mary, que entenderá que el amor es una cosa, y los intereses particulares otra bien distinta, y finalmente, Tom Sturridge como Lord Byron, el malcarado, vanidoso e impertinente talentoso poeta, que vive en la opulencia, mujeriego declarado e irritante cuando lo pretende. Al-Mansour ha realizado una película fantástica, sombría en su aspecto, pero irradiante en su contenido, que nos lleva a un viaje introspectivo por el alma de Mary Shelley, una mujer inquieta, inteligente, decidida, y sobre todo, alguien que abrió muchas puertas a las mujeres que vinieron más tarde, otras que siguen abriendo puertas para que la igualdad y equidad sea una realidad, no un gesto de buena voluntad.

 

El orden divino, de Petra Volpe

MUJERES EN PIE DE GUERRA.

El ritmo de la canción “Soulshake” de Peggy Scott y Jo Jo Benson nos da la bienvenida a la película (volverá a sonar en otro instante de la cinta, muy significativo en el devenir de los hechos) mientras vamos viendo imágenes documentales de finales de los 60, en plena ebullición de libertad, alegría, rock ‘n roll y amor. De golpe, las imágenes se detienen en seco, y nos sitúan en un pequeño pueblo de Suiza de 1971, donde se respiraba, por así decirlo, otro ambiente, más oscuro, conservador y católico, un lugar donde ese tiempo de cambios políticos, sociales, económicos y culturales, que estaban despertando al mundo occidental, todavía no habían llegado a ese país, ni por ese lugar. La película se sitúa en la mirada de Nora (que al igual que la heroína de Ibsen, deberá tomar las riendas de su vida) madre de dos hijos y feliz mente casada, o al menos así lo cree, una serie de circunstancias familiares y la negativa de su marido Hans para que acepte un empleo, le harán convertirse en la líder del movimiento de mujeres para reclamar derechos y liberaciones, así como el derecho al voto femenino. Se le sumarán otras mujeres como Theresa, su cuñada, que vive infeliz junto a su marido depresivo y una hija adolescente muy díscola, también, Vroni, una veterana de la lucha femenina, y finalmente, Graziella, una italiana inmigrada que vive a lo suyo sin necesidad de marido. Otras mujeres reticentes al principio, se acabarán sumando a la causa femenina, dejando sus maridos, sus hijos y sus hogares a su merced.

La directora Petra Volpe (Suhr, Suiza, 1970) construye una película sobre mujeres, sobre política y sobre la necesidad de abrirse al mundo, de la protesta ante los abusos del patriarcado, de una película que nos habla de un tiempo en concreto, pero que aquella lucha que rompió muchas barreras, sigue igual de vigente, porque todavía sigue habiendo otros muros que tirar. La cinta de Volpe tiene un ritmo endiablado, lleno de energía y sabiduría, en el que seguimos a este grupo de mujeres encabezado por Nora que descubre un mundo maravilloso, liberador y lleno de esperanza, un camino duro y complejo, pero en el que dejarán de ser las esposas, madres y cuidadoras, para ser ellas mismas, descubrir sus cuerpos, sus vaginas, sus orgasmos, y sentirse plenas, luchadoras y en paz, sabiendo y conociéndose como cualquier hombre, en igual y equidad de condiciones íntimas y sociables.

Una película donde la reivindicación política está llena de alegría y cooperativismo, de amistad y compromiso, alejada de algunos títulos soporíferos donde la política se convierte en aburrida y sesuda, aquí no hay nada de eso, la política es una fiesta, un proyecto común para luchar por sus derechos femeninos, un grito de libertad de las mujeres, un golpe de rabia para conseguir derechos y no sentirse menospreciadas por sus hombres y el entorno conservador. Volpe ha hecho una película llena de drama, porque lo que hay y mucho, pero sin caer en el dramatismo, explicando las diferentes situaciones hostiles a las que tenían que enfrentarse aquellas mujeres sometidas al amparo del patriarcado, aunque, también hay humor, mucho humor, donde la música juego un papel determinante, como motor para narrar todos aquellos cambios que se estaban produciendo en el mundo. La fantástica interpretación del grupo de mujeres, donde destaca la composición de Marie Leuenberger, que da vida a Nora, desde su cambio de imagen, soltándose el pelo, dejando esas faldas alisadas de cuadros, y dejando paso a los tejanos ajustados, y a las botas camperas, y las camisas de rayas y las chaquetas de cuero, y sobre todo, dejando salir todo lo que siente, lo que bulle en su interior, levantándose del yugo masculino, y dando un golpe en la mesa, en ese pueblo, y en toda Suiza.

Volpe ha cimentado una película de grandes hechuras, que seduce con su naturalidad, exponiendo sus temas desde muchos puntos de vista, sin caer en la condescendencia ni el sentimentalismo, dejando cocer a fuego lento sus imágenes, profundizando en todos los aspectos de la lucha femenina, y como éstos afectan a los hombres, tanto abuelos, padres e hijos, sin tomar partido, ni mucho menos juzgando, haciendo cine serio, riguroso, imaginativo y lleno de energía y humor, en el que describe fabulosamente el contexto histórico de la época, mostrando lo bueno, y no tan bueno, lo que alegra, y lo que entristece, en ese camino que emprendieron tantas mujeres por romper el medievalismo de la mujer, tanto en su hogar como en la sociedad, y abriendo una puerta a un mundo de sueños, de libertad, de justicia y de orgasmos, donde la mujer será lo que ella quiera ser, sin necesidad del amparo masculino, descubriendo su cuerpo, su vagina, experimentando su sexualidad, sus acciones, su experiencia laboral, su vida, al fin y al cabo, en libertad y armonía con sus ideas, reflexiones y pensamientos, vivir como le plazca, sin obstáculos ni muros que se lo impiden, lanzándose a la vida por ellas mismas, una lucha que todavía continúa.

Entrevista a Lenna Yadav

Entrevista a Leena Yadav, directora de “La estación de las mujeres”. El encuentro tuvo lugar el jueves 21 de julio de 2016, en una terraza junto a los Cines Texas de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Leena Yadav, por su tiempo, generosidad y simpatía, a Javier Asenjo de Surtsey Films, por su paciencia, amabilidad, y a Oriol, traductor de la entrevista que, tuvo el detalle de tomar la fotografía que encabeza la publicación.

La estación de las mujeres, de Leena Yadav

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“La vida no puede ser tan injusta. Nosotras también encontraremos nuestro trozo de felicidad”

Nos trasladamos hasta el desierto reseco de Kutch, al noroeste de la India, más concretamente en el estado Gujarat, en el pueblo ficticio de Ujhaas, un escenario muy hostil para contarnos la existencia de tres mujeres, a la que se añadirá una cuarta. Conoceremos a Rani, una viuda de 32 años, casada a los 12 y sola desde los 16, que tiene que acarrear junto a una madre inválida y un hijo, Gulab, rebelde y de mal carácter. Junto a ella, Lajjo, de 28 años, amiga y confidente, casada, pero no puede tener hijos, por ese motivo recibe maltratos físicos, la tercera en discordia es Bijli, de 35 años, bailarina y prostituta, que parece que sus años de esplendor en el escenario y reclamo a los clientes, están llegando a su fin. Se les añade Janaki, de 15 años, nuera de Rani, que deja novio y sueños, por un matrimonio forzoso, con el que Rani pretende apaciguar los ánimos de Gulab, pero sin conseguirlo. Tres mujeres que viven en una zona rural rígida y patriarcal que gobiernan un grupo de hombres religiosos dominante que controla la vida de las mujeres, obligándolas a tener una existencia triste y sumisa.

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La directora Leena Yadav (1971, Mhow, India) después de dos trabajos interesantes, pero enmarcados en obras de género, en los que se manejaba en terrenos más propios del drama musical y el thriller, se enfrenta ahora a un trabajo muy personal, a una historia nacida desde las entrañas, construyendo un relato de mujeres, feminista, de denuncia, que reivindica la falta de libertad de unas mujeres sometidas al yugo machista que se rige por tradiciones ancestrales. Yadav edifica una película a través de la mirada de estas mujeres, explrando cada uno sus dramas interiores, todas arrastran deseos incumplidos, carencias emocionales, y sobre todo, la condena a una existencia vacía y oscura, batallando con unos conflictos que son tratados con mostrados con inteligencia por Yadav, la trama mezcla con sabiduría los momentos trágicos, con otros instantes, en los que el humor y la sensibilidad inundan la pantalla, y ese aire romántico de las aventuras del desierto, desde una distancia eficaz que muestra los hechos sin juzgarlos, sin caer en estereotipos ni sentimentalismos, en el que porfundiza en temas como la sexualidad, la homosexualidad, el trabajo femenino, lo merno y diferente, todos estos temas se cuentan de forma sencilla y honesta, la cámara sigue a estas mujeres de manera reposada que, buscan lo que buscamos todos los seres humanos, amar y ser amados, y ser ellas mismas, sin condiciones ni obstáculos, con la dificil tarea de primero encontrarse a ellas mismas, sus necesidades y sueños, y luego, materializarlos, pese a quien pese, y derribando todos los muros que encuentren en su camino.

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Un cuarteto de actrices llenas de entusiasmo y humanidad, nos seducen con sus ansias de libertad y ser ellas mismas, vencer sus miedos y enfrentarse a una sociedad hostil, pero que yendo juntas de la mano, y con ilusión, se les abren un gran abanico de posibilidades, juntas podrán afrontar un futuro duro pero diferente. Un desconocido que llama al móvil y lográ sacar una sonrisa a Rani, la posibilidad de un amante en medio de la noche que descubra una verdad oculta, la inquietud por una vida diferente alejada de la noche junto a un hombre que enamora con las palabras, o volver con el amor que nos hace sentir y nos convierte en la persona que queremos, sueños que empujan a estas tres mujeres a una vida mejor y llena de la vida que les falta. La realizadora india nos somete a las duras condiciones del escenario que acoge la película, un desierto perdido y sin oportunidades, en el que la huida hacía la ciudad parece la única posibilidad de salir de ese ambiente cerrado y patriarcal, que anula a las mujeres y las silencia. Yadav nos ofrece una historia durísima, pero sensible, terrorífica, pero llena de optimismo, una obra sobre la vida y el respeto hacía uno mismo, en la que nos acerca una realidad miserable, la que sufren muchísimas mujeres, no sólo en la India, sino en muchos lugares del mundo, en la que nos describe una existencia brutal, pero que puede ser reversible, aunque es un enorme esfuerzo y trabajo que requiere mucha valentía, cooperación y ayuda a uno mismo, y a los demás.