Girasoles silvestres, de Jaime Rosales

EL ROSTRO DE JULIA.

“No filmar para ilustrar una tesis o para mostrar a hombres y mujeres limitados a su aspecto externo, sino para descubrir la materia de la que están hechos. Alcanzar “ese corazón” que no se deja atrapar ni por la poesía, ni por la filosofía, ni por la dramaturgia”.

Robert Bresson

Vistas las siete películas que forman la filmografía de Jaime Rosales (Barcelona, 1970), podríamos decir que existen dos etapas bien diferenciadas. En la primera, la que va de Las horas del día (2003), La soledad (2007), Tiro en la cabeza (2008) y finaliza con Sueño y silencio (2012). Cuatro trabajos donde prima el rigor estético, tanto formal como narrativo, donde su cine explora la condición humana atravesada por la irrupción violenta de un hecho que trastoca las vidas de sus personajes. Un cine que le dio una enorme reputación internacional en los festivales más prestigiosos. Con Hermosa juventud (2014), abre una nueva senda en su cine, donde las formas se suavizan, sin perder un ápice de interés, pero abriéndose más al público. Le siguen Petra (2018), y la que nos ocupa Girasoles silvestres. Un cine anclado en la mirada de tres mujeres, tres mujeres que buscan su lugar en el mundo, que sienten diferente y que no se detendrán ante nada ni nadie. Una mirada que sigue profundizando en esos brotes violentes que sacuden la aparente tranquilidad de sus individuos. Una mirada crítica de las alegrías y tristezas cotidianas en el nexo familiar, y sobre todo, un análisis certero sobre uno de los males ancestrales del ser humano y no es otro que la terrible incomunicación que padecemos, nuestra incapacidad para expresar aquello que sentimos y compartirlo con los demás.

Con su nueva película, coescrita junto a Bárbara Diez (que debuta en labores de guionista después de una carrera como jefa de producción desde Tiro en la cabeza y ejecutiva desde Hermosa juventud), Rosales hace un fiel y certero retrato de Julia, una joven de veintidós años y madre sola de dos niños pequeños. Una de esas mujeres que vive en la periferia barcelonesa, con una capacidad enorme pa’ tirar palante, y también, una luchadora incansable en su búsqueda del amor. El retrato de Julia lo hace a través de tres hombres que pasan por su vida. Óscar, es el típico nini de barrio, sin oficio ni beneficio, obsesionado con los tatoos, con su físico que se machaca haciendo deporte, y muy apasionado, posesivo y ido de la olla. También, están Marcos, el joven militar, padre de sus dos hijos, ese amor juvenil alocado y del momento, que no es capaz de asumir sus responsabilidades paternas ni tampoco emocionales, y finalmente, Alex, el tipo más centrado, más trabajador, y más racional, pero con sus defectos e inseguridades, como todos.

El director barcelonés recupera los ambientes periféricos, precarios y difíciles que ya transitó en Hermosa juventud. La Natalia que interpretaba maravillosamente Ingrid García Jonsson, no está muy lejos de Julia, pasando por el mismo momento emocional de pasión y vitalidad, a pesar de los problemas de ganarse la vida, encontrar a un hombre de verdad y tirar palante con una familia. Julia es una hermana gemela de Natalia, un ser que, a pesar de su temprana maternidad, no se rinde, sigue tirando hacia adelante, con ánimo, a pesar de los obstáculos que se va encontrando, su dependencia al amor, una especie de yonqui del amor, o mejor dicho, de la pareja, con esas emociones “montaña rusa”, que van y vienen, donde todo nace y muere cada día, en un torbellino de emociones incontroladas para bien y para mal, porque la película nunca hace un retrato maniqueo y sentimentalista de Julia y su entorno, sino todo lo contrario, imprimiendo una realidad construida que emana una naturalidad y cercanía de verdad, en la que ayuda el 35 mm de una experta como Hélène Louvart, que vuelve a trabajar con Rosales, después de las experiencia de Petra, donde se traspasa la piel y el cuerpo de los personajes para buscar esa emoción, sobre todo, la del personaje de Julia, epicentro de la trama y todo lo que vemos y lo que no.

El exquisito e inteligente montaje de Lucía Casal, en su tercer trabajo con el director después de Hermosa juventud y Petra, que condensa con sabiduría y estupendo ritmo los ciento seis minutos que abarca el metraje, donde no cesan de suceder cosas, con esos grandes espacios elípticos, marcas de la casa del universo Rosales. El gran trabajo de sonido de una grande como Eva Valiño, en la cuarta película junto al director catalán, en que el sonido se convierte en un personaje más, porque lo escuchamos todo, como ocurría en el cine de los cincuenta, sesenta y setenta europeo donde la verdad también se construía con lo que escuchábamos y con lo que no. Destaca, como ocurre en el cine de Rosales, la elección de los temas musicales, temas que escuchan los personajes al igual que nosotros, exceptuando tres canciones de Triana, que obviaremos sus títulos por el bien de la experiencia del espectador, que estructuran con inteligencia los tres segmentos en los que se sustenta el relato.

Otro de los elementos destacables en el universo cinematográfico de Rosales es su elección del reparto. Un elenco que está siempre muy bien elegido, como esos breves papeles de Manolo Solo y Carolina Yuste, como padre y hermana de Julia, que no hace falta decir palabra para saber la relación que tienen con la protagonista, con esos intervalos tan significativos que tienen entre ellos, como olvidar esa despedida en la estación, se puede decir más con tan poco, con esos maravillosos cruces de miradas y nada más, que no es poco, y ese entorno de caravanas donde se dice tanto sin subrayar nada. Tenemos a los tres tipos que se cruzarán en la vida de Julia, con un Lluís Marqués que hace de Alex, que recordamos de Isla bonita y Chavalas, aquí dando ese contrapunto de serenidad y madurez, con sus cositas que todos las tenemos,  a Quim Àvila, que nos divirtió siendo el tontaina de Poliamor para principiantes, aquí siendo Marcos, un tipo que parece centrado como militar, pero en el fondo está lleno de inmadureces que le siguen desde su adolescencia, y finalmente, Oriol Pla, que repite con Rosales como Óscar, después de su inolvidable Pau en Petra, en un rol completamente diferente a lo que le habíamos visto, un especie de macarrilla de barrio, lleno de pájaros y tremendamente pasional y descerebrado.

Mención aparte tiene el extraordinario trabajo del personaje de Julia, alma mater de Girasoles silvestres, con la mirada y la vitalidad de una apabullante Anna Castillo, una actriz dotada de una naturalidad, ingenuidad y pasión que le imprime a un personaje que vive con todas las de la ley, que ha tenido que madurar demasiado rápido debido a su pronta maternidad, pero que la asume con brío y fuerza, sin achicarse lo más mínimo. Una mujer de raza, algo alocada, pero también, llena de coraje y energía ante los avatares de la vida, alegre y triste, ingenua y madura en el amor, y sobre todo, una tía de verdad, que quiere estar bien y estar junto a un hombre con el que crear una relación con sus altibajos pero de verdad, compartiendo amor y problemas como debe ser. Nos encanta este viraje hacia formas menos rígidas que hace con cada película Jaime Rosales, porque no ha perdido aquello que le caracterizaba y le ha hecho grande que, no es otra cosa, que su mirada de observador inquieto y curioso hacia esas vidas anónimas e invisibles que se cruzan cada día con nosotros, unas existencias que su cámara recoge con sensibilidad y humanidad, explorando todos sus conflictos, complejidades y alientos, en el mismo rumbo que estarían el Free Cinema y los Dardenne, donde su Rosetta (1999), no estaría muy lejos de Julia. Un magnífico cine social y humano, que describa realidades incómodas y emociones íntimas, que tanta falta hace en la cinematografía, que no solo describa el ánimo y la situación de muchos y muchas personas, sino que deje un legado de cómo se vivía, se trabajaba cuando lo hay, y sobre todo, como nos relacionamos con los demás y con nuestro entorno, y sobre todo, con nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Innocents, de Eskil Vogt

JUEGOS INFANTILES.

“Los juegos infantiles no son tales juegos, sino sus más serias actividades”

Michel de Montaigne

El trabajo de Eskil Vogt (Oslo, Noruega, 1974), no es en absoluto desconocido, porque lo hemos conocido por su labor como guionista junto al director Joachim Trier, con el que ha coescrito los ocho títulos del cineasta noruego nacido en Dinamarca. Hace ocho años vimos Blind, su opera prima, en la que retraba de forma sólida y terrorífica de la vida de una mujer que acaba de quedarse ciega, protagonizada por una espléndida Ellen Dorrit Petersen, con reminiscencias de Repulsión, de Polanski. Con The innocents, su segunda película, continúa en el marco y el fondo del cine de terror, pero un terror alejado de clichés y efectismo, un terror psicológico que atrae, fascina y aterra por igual, encerrándonos en un grupo de altos edificios en los suburbios de Oslo, donde un parque y el bosque serán presencias cotidianas en las vidas de tres niñas y un niño que descubren que tienen poderes telequinésicos y otros que pueden controlar la voluntad ajena. Estamos en verano, el barrio está casi vacío, la mayoría están fuera de vacaciones. Somos testigos de los juegos de estos cuatro infantes que tienen entre siete y once años.

Tenemos a Ida de nueve años, en la que la película se posara buena parte de su metraje, también a Anna, su hermana mayor que padece autismo, que acaban de aterrizar en el barrio periférico, y los otros niños, a Ben, pakistaní que vive con su madre que no le hace mucho caso, y juega con Ida, juegos cada vez más siniestros, y por último, Aisha, que entabla una relación muy sensible e íntima con Anna, con la que mantiene un lenguaje secreto. Los juegos infantiles que comienzan como inocentes van adquiriendo connotaciones inquietantes y terroríficas a medida que los niños van conociendo sus poderes y todo aquello que pueden hacer a los demás. The innocents tiene el aroma del mejor cine de terror infantil, como las recordadas The innocents (1961), de Jack Clayton, El otro (1972), de Robert Mulligan, El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, a la que Vogt considera una gran inspiración, y ¿Quién puede matar a un niño? (1976), de Narciso Ibáñez Serrador, entre otras, donde los niños y niñas son el protagonista, en el que se profundiza en sus interiores, donde el terror adquiere dimensiones profundamente psicológicas y nos envuelven en una atmósfera cotidiana, muy alejada de los lugares abonados del género, y construyendo cuentos naturalistas y transparentes donde el terror se apodera dentro de nosotros, porque puede ser cercano y tremendamente cotidiano.

La cámara de Sturla Brandth Grovlen (al que conocemos por sus trabajos en las interesantes Otra ronda, Rams  y Victoria, entre otras), desciende a la altura de sus protagonistas, componiendo primeros planos cuidando mucho los detalles y planos generales, y se olvida de la negritud habituales para construir una película de día, llena de colores cálidos, donde prima lo paranormal y lo inquietante, en un universo muy desconocido que asusta por su incertidumbre y desconocimientos absolutos. Un exquisito y ágil montaje de Jens Christian Fodstad, que ya estuvo en Blind, que condensa con gran ritmo y su enorme tempo los ciento diecisiete minutos del metraje. La excelente música de Pessi Levanto, ayuda a descubrir los deseos bondadosos y malignos que encierra cada uno de los infantes, y finalmente hay que aplaudir y celebrar el grandísimo trabajo de casting de Kjersti Paulsen reclutando a los cuatro protagonistas y debutantes en el medio cinematográfico: Rakel lenora Flottum como Ida, hija real de la citada actriz Ellen Dorrit Petersen, que se reserva el rol de madre de la mencionada Ida y Anna que hace Alva Brynsmo Ramstad, Mina Yasmin Bremeseth Asheim como Aisha, y Sam Ashraf es Ben, el niño que usa los poderes para calmar ese mundo interior lleno de rabia y miedo.

Vogt no busca el efectismo ni la grandilocuencia, ni mucho menos el excesivo uso del efecto digital, sino que el efecto especial está totalmente integrado en la trama que se está contando, de forma natural y transparente, sumergiéndonos en ese mundo infantil, en esa fábula de niños y niñas donde juegan y muestran el interior de unas vidas precarias, vacías y muy solitarias, con esos adultos que están a la suya, con sus quehaceres cotidianos y sobre todo, muy alejados de la realidad de sus vástagos que, quizás no es tan simple e inocente como creen, porque hay juegos y juegos, y estos niños usan sus poderes para evidenciar en algún caso un tremendo abandono por parte de los padres, y en muchos casos, puede llegar a consecuencias terribles, no solo para ellos mismos, sino para muchos otros inocentes que sufrirán la ira de un niño solo, no querido y lleno de miedo ante ese mundo adulto que va a la suya. El director noruego nos habla de muchos temas, peor lo hace sin lanzar ninguna proclama ni nada que se le parezca, él solo muestra y lo hace desde la verdad, desde las niñas y niño de esta historia, un relato que parece de lo más sencillo y cotidiano, pero encierra muchos de sus temores y peligros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Carol Rodríguez Colás

Entrevista a Carol Rodríguez Colás, directora de la película «Chavalas», en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 1 de septiembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carol Rodríguez Colás, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Marta Figueras, productora de la película, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Entrevista a Elisabet Casanovas

Entrevista a Elisabet Casanovas, actriz de la película «Chavalas», de Carol Rodríguez Colas, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 1 de septiembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Elisabet Casanovas, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Entrevista a Marina Rodríguez Colás

Entrevista a Marina Rodríguez Colás, guionista de la película «Chavalas», de Carol Rodríguez Colas, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 1 de septiembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marina Rodríguez Colás, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Marta Figueras, productora de la película, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Chavalas, de Carol Rodríguez Colás

CHICAS DE BARRIO.

“Pero el miedo a cometer errores puede convertirse en sí mismo en un gran error, uno que te impide vivir, porque la vida es arriesgada y cualquier otra cosa ya es una pérdida”

Rebecca Solnit

Erase una vez una joven llamada Marta. Una joven que salió de su barrio de Cornellà para convertirse en fotógrafa. Pero la vida a veces es una cosa y tus deseos otra, y después de muchas idas y venidas por el mundo, se queda sin trabajo y más sola que la una, así que, muy a su pesar, vuelve al barrio donde creció, a casa de sus padres y a relacionarse con las amigas de toda la vida. Allí, se reencontrará con las amigas con las que creció: Bea, que tiene un trabajo que le gusta y se ha quedado a vivir en el barrio en el piso de los abuelos, Desi, la buscavidas, que trabaja en el bar de Soraya. Los edificios altísimos, los bares de barrio donde se reúne una parroquia variopinta amante del fútbol y los pájaros, el mercadillo de los sábados, las plazoletas llenas de niños a la pelota y niñas a la goma. Marta vuelve a ese entorno y a esa cotidianidad de barrios obreros y vidas de comunidad.

La opera prima de Carol Rodríguez Colás, de barrio y de Cornellà (Barcelona), nació del piloto de una serie que ahora se convierte en largometraje, con el magnífico y humanista guion de su hermana Marina, que ha estado en muchos de los cortometrajes de Carol. Un relato lleno de verdad, de autenticidad, de naturalidad y empaque emocional, su sencillez y cotidianidad es su mejor arma, y cuatro actrices jóvenes que conectan a las mil maravillas, dotando a sus personajes de fuerza, sensibilidad y sinceridad. Porque la película de Rodríguez Colás se centra en lo que sabe, sin apabullar ni adornar nada, sino buscando esa humildad y potencia que tiene su contexto y la relación de las amigas de siempre, capturando toda la realidad que allí se impone, con sus calles, sus edificios, sus tiendas de toda la vida que todavía resisten como esa tienda de fotos, con esas celebraciones en el bar de siempre, y esas largas conversaciones comiendo pipas y bebiendo en el banco que las ha visto crecer.

Todo tiene carácter y verdad, no hay estridencias argumentales ni nada que se le parezca, ni sobre todo, virguerías formales, todo se acopla a la relación intima y profunda de sus personajes, desde el punto de vista de Marta, la que se iba a comer el mundo, y vuelve a casa con el rabo entre las piernas, angustiada y sintiéndose fracasada. Pero, voila’, en el barrio que tanto quería dejar atrás, encontrará todo aquello que iba buscando sin saberlo, encontrará un comienzo, otra forma de sentir, vivir y relacionarse. La naturalidad y cercanía de la cinematografía de Juan Carlos Lausín, con mucha experiencia en series de televisión, capturando ese tono de documento bien avenido con la ficción de la película, encajando a la perfección, el rítmico y potente tono que le da el montaje que firma Pablo Barce, debutante en el largometraje después de muchos trabajos en el campo del cortometraje, y la música que nos acoge y nos va relatando, desde el que observa dejando espacio para mirar, que han compuesto Francesc Gener (habitual en el cine de Laura Mañà), y la debutante Claudia Torrente.

Mención aparte tiene el inmenso, cautivador y absorbente trabajo de las cuatro maravillosas actrices encabezadas por la perdida y alejada Marta, protagonizada por una arrolladora Vicky Luengo, con sus ínfulas e insolencia, siguiendo con una magnífica Elisabet Casanovas, el empaque emocional y liberador de Carolina Yuste, y finalmente, la sorpresa de pura energía de Ángela Cervantes, y luego, otros intérpretes que dan profundidad a la historia como Cristina Plazas y Mario Zorrilla como padres de Vicky, José Mota como el dueño de la tienda de fotos, y una Ana Fernández, como artista insoportable y modernísima ella. Con el aroma que desprendía una película como Barrio (1998), de Fernando León de Aranoa, y la mirada de Girlhood (2014), de Céline Sciamma, emparentadas con Chavalas  en muchos aspectos, porque tanto una como la otra quieren mostrar una realidad dentro de muchas, donde hay chicas y chicas que viven en un lugar con pocas oportunidades, pero donde también se puede estar con los de toda la vida, perdiéndose entre sus calles, soñando con otra realidad, y sobre todo, creciendo entre risas, llantos y demás circunstancias.

Rodríguez Colás ha dado en el clavo con su propuesta, que tiene partes muy relacionadas con ella, ya que en sus estudios de cine escogió la especialización de fotoperiodismo, como su protagonista, una mujer que anda como Crusoe, naufragando por la vida, sintiendo su fracaso, aunque en su vuelta a casa y al barrio, se dará cuenta que la vida no es un continuo éxito o fracaso, sino que hay muchas cosas, más sencillas, más personales, más profundas y más auténticas, que todo se puede revitalizar y mirar desde otro lado, sin tanta tensión y más humana. Vicky anda buscando su vida, y su fotografía, esa tan cercana que le cuesta ver, que quizás es otro obstáculo que se ha inventado para no hacer frente a otras realidades que cree que no van con ella. Un personaje que tiene mucho que quitarse de encima, para aligerar carga y sobre todo, sentirse cómoda con lo que es y de dónde viene, mirar su barrio y sentirse bien consigo misma. Un barrio que la película le quita sambenito de marginación y le da un nuevo brío diferente, un lugar donde quizás puedes encontrar muchas cosas que creías que no eran importantes como personas como tú, que viven tranquilamente, con sus trabajos, sus clases de Tai Chi, sus colegas de siempre, sus rollos de siempre y las cervezas en el mismo puto lugar de siempre. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sorry We Missed You, de Ken Loach

TRABAJO Y FAMILIA.

“Los trabajadores seguimos siendo el pariente pobre de la democracia”.

Marcelino Camacho

Alguien como Ken Loach (Nuneaton, Warwickshire, Reino Unido. 1936) que lleva más de medio siglo dirigiendo películas de un total que casi llegan a la treintena de obras, una filmografía compuesta por obras donde prima el contenido social, económico y político de personas corrientes que habitan el Reino Unido, gentes que se mueven en un entorno hostil, degradante y muy difícil. El cineasta británico impregna su cine de una mirada crítica e incisiva a la sociedad actual, sumergiéndose en esas personas que cada día se levantan a trabajar empleándose en actividades poco de su agrado, que encima deben aguantar las presiones del jefe, las tensiones de los objetivos y demás características instaladas en el mundo laboral moderno. Loach nos habla de nuestra sociedad, del llamado estado del bienestar, con sus desigualdades, carencias y demás imperfecciones que agotan, agobian e invisibilizan a esa parte de la sociedad que cada día intenta llenar la nevera, aunque cada día lo pongan tan y tan complicado aquellos que ofrecen empleo, o simplemente buscan mano de obra barata a la que explotar. Loach ante un mundo tan clasista y doloroso aboga por las buenas gentes, por la solidaridad y el cooperativismo entre los de abajo como única tabla de salvación para seguir manteniéndose a flote ante tanto naufragio capitalista.

En su anterior filme Yo, Daniel Blake (2016) retrataba el encuentro entre un hombre en busca de asistencia social y una madre soltera de dos hijos sin lugar donde vivir, en la que hacía una reflexión mordaz y durísima contra la sanidad británica y su inútil maraña burocrática. Ahora, en Sorry We Missed You, vuelve a centrar su mirada en una situación desesperada, ya que Ricky encuentra trabajo de autónomo repartiendo paquetes pero franquiciado en una de esas empresas surgidas por el boom de internet, pero para ello, necesita comprar una furgoneta (situación que recuerda al conflicto de Antonio Ricci, aquel hombre anclado en la posguerra italiana que necesitaba una bicicleta para su empleo de colgador de carteles) si los Ricci empeñaban ropa de cama, los Turner harán lo propio con el automóvil de la mujer que utiliza para su trabajo que consiste en asistencia a personas mayores. Todo parece ir más o menos bien, cuando las distensiones en el hogar con el hijo adolescente que se dedica a pintar muros clandestinamente con sus colegas, empieza a crear fricciones y problemas en los horarios laborales tanto de Ricky como de su mujer Abby.

Loach que vuelve a contar con Paul Laverty, su guionista más cómplice, construye una película naturalista y muy cercana, que explica con detalle y pausa los conflictos, tanto laborales, como familiares, sin forzar situaciones ni caer en lo superficial, explicando con sobriedad los diversos acontecimientos, retratando las reacciones con mesura de sus diferentes personajes, y cómo el trabajo y sus imposibles y agotadores horarios va minando las relaciones entre ellos. Loach nos habla con sinceridad y de frente estos nuevos empleos que han crecido masivamente entre los autónomos y emprendedores, trabajos que esconden una explotación laboral en toda regla, en los que la empresa asume el mínimo riesgo y abusa de sus no trabajadores, donde apreciamos la competitividad y el individualismo entre los trabajadores con tal de mantener el empleo aunque sea a costa de la desgracia ajena, unos empleos que cumplen unas leyes permisivas y degradantes para los trabajadores.

Loach también coloca el foco en esos trabajadores disponibles siempre, las 24 horas al día y los sietes días de la semana, donde las quejas son respondidas con continuas amenazas con la pérdida de ese empleo que los enjaula sin vida de ningún tipo, y sobre todo, a parte de los conflictos laborales, el director británico pone el dedo en la llaga en el tema principal, como esos trabajos abusivos y maratonianos dejan tiempo a las personas para ocuparse de los problemas con sus hijos, sin tiempo para resolverlos y lo que es más grave, sin el suficiente descanso para afrontarlos con delicadeza y aplomo. Sorry We Missed You  es una de las mejores películas de Loach de los últimos años, convertida en una cinta hermosísima por lo que cuenta y cómo lo cuenta,  humanista, comprometida, militante y tristemente real, donde hay tiempo para el terror laboral que tantos sufren diariamente, como también para la ternura, donde las cosas no son blancas y negras, en el que hay un sinfín de matices, donde en ningún instante Loach peca de manierista, como quizás ha pecado en otras ocasiones, donde su militancia de izquierdas se ha impuesto al cineasta, aquí el equilibrio es magnífico, estudiando con inteligencia y sobriedad todos los aspectos que rodean del mundo laboral y familiar de los Turner.

Como suele ser habitual en el universo de Loach, las composiciones de sus intérpretes son realmente extraordinarias, con las actuaciones soberbias y naturalistas de Kris Hitchen como Ricky, el padre, y Debbie Honeywood como Abby, la madre, sin menospreciar las estupendas aportaciones de Rhys Stone y Katie Proctor como los hijos de la pareja. Loach tiene tiempo para contarnos ese universo de los barrios periféricos de Newcastle, que antaño albergaron a tantos obreros de las fábricas, y ahora, esos barrios alejados componen una diversidad cultural y heterogénea en el que los “Working class” británicos esperan, algunas veces más alegres que otras, una oportunidad que los saque de ese agujero y los lleve a una casa en propiedad, aunque en muchas ocasiones esas llamadas oportunidades acaban siendo perjudiciales, y ocultan su verdadera identidad mediante explotación laboral y personal, porque al fin y al cabo, cualquier actividad que desarrollemos acaba afectándonos no solo a nosotros sino a todos aquellos que nos rodean. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tan cerca, tan lejos, de Cédric Klapisch

RECONSTRUIR LAS EMOCIONES.

“Cuando alguien se va, es como cuando alguien muere, hay un trabajo por hacer…”

Erase una vez… Mélanie, ronda la treintena, investigadora de profesión, con domicilio en París, en uno de esos distritos que todavía conservan lo más antaño con los nuevos comercios multiculturales regentados por personas de diversos orígenes. Mélanie todavía sigue anclada en una relación sentimental que acabó hace un año, y además, mantiene distancia con su madre a la que reprocha cosas del pasado. En cambio, o quizás deberíamos decir, al igual que Rémy, con la misma edad, que vive, sin saberlo, en un edificio junto al de Mélanie, balcón con balcón, mucho tienen en común, pero lo desconocen en absoluto, porque Rémy, se gana la vida como almacenero, aunque ahora lo cambiarán como tele operador en una mastodóntica factoría tipo Amazon, y al igual que Mélanie, atraviesa su particular depresión porque no acaba de conectar con la gente de su alrededor, y menos con su familia, azotada por una tragedia del pasado que no logran superar. Y así están las cosas, más o menos como siempre, con esas ciudades atiborradas de gentes, que van de aquí para allá, sin más, cabizbajos en sus quehaceres diarios, imbuidos por sus existencias vacías, tristes e invisibles.

Dos años después de Nuestra vida en la Borgoña, Cédric Klapisch (Neuilly-sur-Seine, Francia, 1961) de la mano de su guionista cómplice Santiago Amigorena, vuelve a París, a su barrio, a mirar en sus calles, a sus gentes, y a través de un realismo estilizado, casi como una fábula de nuestro tiempo, explora las vidas de Mélanie y Rémy, interpretados por Ana Girardot y François Civil, estupendos e íntimos en sus roles, que rescata de su película sobre la Borgoña para llevárselos a París, y convertirlos en dos seres deprimidos, que arrastran traumas del pasado, ella, sentimental, que intenta, infructuosamente, llenarlo con rolletes a través de Tinder, y él, familiar, en la que se siente un extraño, un huido de ese pozo de silencio en el que viven sus progenitores. Si hay algo que caracteriza el cine de Klapish es que alrededor de una comedia ligera, incluso con humor negrísimo, se ha sumergido en ambientes opresivos y oscuros donde sus personajes, casi siempre repartos corales, se sienten perdidos, sin rumbo, envueltos en la bruma de la desesperación y la tristeza, unos huidos crónicos que casi siempre están corriendo huyendo de sus propias vidas, como ocurría en la excelente crónica de una familia devastada en Como en las mejores familias, o en la trilogía sobre los jóvenes y sus inquietudes y desilusiones que arrancó con Una casa de locos, le siguió Las muñecas rusas, y finalizó con Nuestra vida en Nueva York, o París, en la que un enfermo cambiaba su visión individualista para ver todo aquello que lo rodeaba, desde su entorno personal a su barrio.

Cine cercano, cotidiano, de aquí y ahora, ese cine donde no descarrilan los trenes, como decía Perec, un cine sobre gentes como nosotros, personas con las que nos cruzamos a diario en nuestro devenir diario. Klapisch nos sumerge en las vidas solitarias de dos jóvenes aislados por la sociedad, y sobre todo, por ellos mismos, discapacitados emocionales, como los mencionaba Bergman, incapaces de afrontar sus traumas, robinsones crusoes de las sociedades actuales, dando palos de ciego por sus vidas, refugiados en sus empleos, y en relaciones superficiales que les llenan el orgullo y poco más. El director francés nos habla de soledad, de aislamiento, de una sociedad hiperconectada a través de móviles, internet y apps, pero incapaces de relacionarse, de explicar sus miedos y de enfrentarse a su dolor. También nos habla de las herramientas que tenemos a nuestro alcance para alcanzar una madurez emocional y ser capaces de vivir la vida sin miedos, a través del psicoanálisis, mediante las terapias a las que asisten los dos protagonistas.

En este caso, el título original francés nos explica aún más si cabe el espíritu de la película con ese Deus Moi, que podríamos traducir como “Dos Yo”, clarividente título que deja claro el conflicto por el que atraviesan los dos protagonistas. La carga emocional de tristeza que estructura la película con dos personajes en proceso de reconstrucción emocional, tiene su ligereza y humor el personaje de Mansour, magníficamente interpretado por Simon Abkarian, ese tendero, que recuerda al mesonero perspicaz de Irma la dulce, dulce con sus clientes de su supermercado cosmopolita, y duro con sus empleados, relaja mucho la tensión que sufren los dos personajes principales y nos ofrecen los momentos más divertidos y sagaces de la película. Kaplisch nos habla de emociones, de curarse emocionalmente, de vivir nuestras propias vidas y tener ilusiones en nuestra vida, peor sanados interiormente, quizás muchos elementos manidos y demasiado vistos en otras películas, pero no por eso importantes, y sobre todo, nunca está de más que nos recuerden que para estar bien con alguien primero debemos estar bien con nosotros mismos, porque si no nada de lo que hagamos o sintamos servirá de mucho, y seguiremos dando vueltas sin sentido por este ancho planeta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/356649857″>TAN CERCA, TAN LEJOS – Tr&aacute;iler subtitulado</a> from <a href=»https://vimeo.com/filmsvertigo»>V&eacute;rtigo Films</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Tarde para la ira, de Raúl Arévalo

tarde_para_la_ira-821487359-largeVIAJE SIN RETORNO.

La película se abre de forma magistral y enérgica, en unos primeros minutos donde deja claro sus intenciones, en la que nos amordazará contra la pared y nos dejará así hasta que finiquite su historia. Filmando un atraco desde el punto de vista del conductor que espera en el interior del automóvil a sus compinches (recuerda a la situación parecida que se desenvolvía en Sólo se vive una vez, de Lang) que espera nerviosamente a que los ejecutores salgan y puedan salir cagando leches. Pero, algo ha salido mal, la policía llega y el conductor que se llama Curro, tiene que salir a toda hostia, que después de escabullirse un par de calles, los perseguidores le provocan un accidente y es detenido. La película viaja hasta ocho años después, cuando Curro (estupendo Luis Callejo en un rol lleno de sequedad, amargura y violencia) está a punto de cumplir su condena.

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Raúl Arévalo (1979, Madrid) que lleva más de una década dedicándose a la interpretación bajo la dirección de autores tan relevantes como Daniel Sánchez Arévalo, Isaki Lacuesta o Pedro Almodóvar, entre muchos otros (a los que agradece en los créditos lo mucho que ha aprendido de ellos) interviniendo en películas notorias como Azul oscuro casi negro, Murieron por encima de sus posibilidades, La isla mínima o Cien años de perdón, las dos últimas emparentadas con el thriller dramático por el que transita su primera película como director. Arévalo nos sumerge en una historia dura, áspera y muy violenta, bajo un decorado que se mueve entre dos espacios, por un lado, los barrios obreros madrileños, en los que pululan gente de mal vivir, gimnasios tapaderas, bares de cafés por la mañana, menú de mediodía, partidas de mus y partido los domingos, y por el otro, el paisaje rural, hostales de carretera, casas de pueblo a los que ir para descansar, fiestas mayores de pueblo con baile en la plaza, animales y huerta, en los que nos encontramos a gente humilde, gente con escaso dinero, que tira pa’lante como puede o como le dejan.

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La acción arranca con José (excelente Antonio de la Torre, buque insignia en los últimos tiempos de ese cine negro que tan buena salud manifiesta en nuestro cine) del que poco conocemos, un ser roto, alguien que lo ha perdido todo, alguien que viene a ajustar cuentas con el pasado con todos aquellos que un mal día se cruzaron con las personas que más quería, sabemos que ha hecho amistad en el bar, donde va a menudo, y se siente fuertemente atraído por Ana (descomunal la interpretación de Ruth Díaz, premiada en Venecia, que deja sin aliento, moviéndose  entre la fragilidad de su físico, que desprende una carnalidad desaforada, su fuerte carácter y esa belleza mezclaza con la desilusión de tantos años sola tirando del carro) la mujer que espera a Curro y trabaja en el bar que comparte con su hermano. Arévalo opta por el formato súper 16 mm, contando en tareas de fotografía con Arnau Valls (responsable entre muchas otras de Toro o Tres bodas de más) para insuflar a sus planos de esa textura granulada, que penetra en los personajes, amén de una cámara que no deja ni a sol ni a sombra a sus personajes, acercándose a sus entrañas y perforando cada poro de su piel. Un montaje cortante y sobrio obra de Ángel Hernández Zoido (autor de La mujer sin piano o Caníbal…) envuelve la película de forma prodigiosa llevándonos en volandas por esta historia seca, abrupta, que nace del interior, que camina con fuerza en este viaje muy físico hacia la muerte, en el que no hay vuelta atrás, en este macabro y brutal descenso a los infiernos, a ritmo de rumba y quejíos, protagonizado por seres corrientes que el fatal destino los ha llevado a conocerse en las circunstancias más adversas y terribles.

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Arévalo se enfunda el traje de faena, consigue transmitir y agujerearnos con momentos de tensión de gran altura,  que se desatan en las diferentes situaciones entre los personajes, una tensión bien manejada que va in crescendo en una trama desarrollada con avidez y eleganci, dosificando con inteligencia la información de cada uno de las criaturas que se mueven entre las sombras y la oscuridad que teje cada salpicadura de la cinta. Una película con aroma a Peckinpah y su Perros de paja, con clara referencia al personaje de David Summer (interpretado por un imberbe Dustin Hoffman) que tiene mucho que ver con José, el urbanita de vida cómoda que el fatal y caprichoso destino lo convertirá en un ser armado con una escopeta que clama justicia ante los maleantes impunes que se va ir encontrando. También, encontramos aires del cine rural español, con las novelas de Sender o Aldecoa, y el cine de Saura a la cabeza, y los Borau o Isasi-Isasmendi, entre otros, un cine metafórico en el que la realidad social del momento se convertía en ese espejo deformante que nos guiaba para reflexionar sobre los males interiores tanto individuales como colectivos, y las oscuras complejidades que baten el alma de los seres humanos. Arévalo se ha destapado de forma prodigiosa y excelente en labores de dirección en una película contundente, rabiosa, y llena de negrura, que atrapa desde el primer instante, envolviéndonos en un ambiente en el que los paisajes ahogan, no dejan vivir, que arrastran y agobian a unos personajes que tratan de respirar y sobrevivir, y huir de un pasado que quieren olvidar, pero bien sabido es que hay cosas que por mucho que las entierres, no hay manera de ocultarlas, siempre salen a la superficie para saldar cuentas y continuar con su camino.

Entrevista a Joan Capdevila

Entrevista a Joan Capdevila, codirector de «Rumba 3, de ida y vuelta». El encuentro tuvo lugar el jueves 14 de abril de 2016, en la Cafetería Café Café de Nou Barris de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Joan Capdevila, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Carme Escales de El Periódico, por su paciencia, amabilidad y simpatía, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.