Dobles vidas, de Olivier Assayas

VIDAS REALES, VIDAS DE FICCIÓN.

“Todo debe cambiar para que nada cambie”

(Príncipe Salina en El Gatopardo, de Visconti)

La frase que encabeza el texto mencionada por el Príncipe Salina, que interpretaba Burt Lancaster, al final de la película, tiene mucho que ver con este mundo cambiante, en continua transformación que nos ha tocado vivir, en el que continuamente iluminados de la tecnología vaticinan el fin del producto convencional por lo más nuevo, por la última virguería informática que hará nuestras vidas diferentes, modernísimas y mejores, aunque a la postre nada cambie y todo siga igual, más o menos, como vaticinaba el príncipe Salina. Las nuevas tecnologías en nuestra cotidianidad, las relaciones humanas y demás elementos que conciernen a nuestro tiempo son el marco por el que se guía la nueva película de Olivier Assayas (París, 1955) la decimoséptima de su carrera, que arrancó allá por 1986 con Desorden, en una primera etapa que se extendió hasta El agua fría (1994) en que dedicó cinco películas para hablarnos de la juventud, de sus deseos, ilusiones, infelicidad y vacío existencial, para adentrarse más adelante en terrenos más maduros en los que sus personajes y sus problemas iban haciéndose mayores junto a él, como en Finales de agosto, principios de septiembre (1998) donde exploraría la muerte y la ausencia dejada y cómo afectaba a sus más allegados, elementos que cohabitarán de forma natural y sistemática en su posterior cine con Después de mayo (2012) Las horas del verano (2008) Viaje a Sils Maria (2014) y Personal Shopper (2016).

Ahora, Assayas vuelve con Dobles vidas, donde se detiene en cinco individuos, cinco almas que se mueven en esta sociedad, donde parece que vivimos varias vidas a la vez, porque todo se hace y se vive demasiado intensamente, a una velocidad de vértigo, como si todo se tuviera que hacer deprisa y corriendo y varias cosas a la vez, sin parar, porque todo se acaba o está a punto de acabarse. Assayas nos cuenta las vidas de este grupo de parisinos en la que se sumerge en sus vidas íntimas y públicas, en las que conoceremos a Alain (Guillaume Canet) un exitoso editor que se contradice constantemente, porque tiene una mujer a la que adora, pero tiene un affaire con Laure (Christa Théret) una compañera que viene a digitalizar todo el modelo económico de la editorial, a Leonard (Vincent Macaigne) un escritor que plasma en sus novelas, que se niega a calificarlas de autoficción, todas sus experiencias vitales y sentimentales, y además, se acuesta con Selene (Juliette Vinoche, tres películas con Assayas) mujer de Alain, y actriz estancada en una serie exitosa de acción, pero que se muestra incapaz de dejar la serie. Valérie (Nora Hamzawi) mujer de Leonard, es una agente de campaña de un político integro y concienciado con los problemas más sensibles.

Y así están las cosas, un grupo de personas que viven su vida, la oficial, en la que todo parece ir bien, y por otra parte, la otra vida, la de ficción, o la que ocultan a sus allegados, o la que forma del autoengaño, a saber, porque ellos mismo ni lo saben. El cineasta francés enmarca su película en una comedia ligera, donde impone un ritmo acelerado, quizás contaminado por el sino de los tiempos actuales, donde sus personajes hablan y hablan, y no dejan de hablar, de muchos temas, por ejemplo, la digitalización de la sociedad actual, del futuro o más bien de la especulación, como apunta Alain en una mesa con amigos, donde todo parece que va a estallar de un momento a otro, pero no lo hace, o si lo hace, se trata de forma muy tímida, casi como un remolino intenso pero que se terminará en poco tiempo, algo así como el remolino interno y emocional que viven los personajes llevando adelante sus vidas, las que todos conocen, y las que ocultan, o las que no cuentan, que quizás son menos ocultas de las que creen.

Assayas atiza con vehemencia a nuestra sociedad, a sus rígidas estructuras económicas y al supremacismo del dinero, a esos gurús de la tecnología que vaticinan la defunción de lo tradicional en pos a una sociedad cibernética e hiperconectada, donde todo se hará por internet, en el que nos movemos por el mundo laboral, en este caso la edición de libros, como ocurría en Demonlover (2002) donde Assayas se sumergía en el espionaje industrial entre empresas y la sensación de los dibujos porno en 3D. Aquí, también hay estrategia industrial, entre otras cosas, como escenifican de forma sencilla y magnífica la relación entre Alain, el editor que apuesta por el libro de toda la vida, y se mantiene expectante a tantos cambios que se proclaman a los cuatro vientos como hace Laure, su nueva compañera de trabajo y cama. Unos tiempos convulsos, en los que todavía hay náufragos resistentes de sus novelas como Leonard, que tiene el mismo problema que tenía Harry con sus ex novias y amigos porque no paraba de hablar de ellos en sus libros en Desmontando a Harry, de Woody Allen.

El director parisino también nos habla de cine, como hizo en Irma Vep (1996) donde un director fracasaba en el intento de devolver a la actualidad la serie de Las Vampiras, de Feuillade. Ahora, se acuerda de Bergman y su película de Los comulgantes, donde recuerda al sacerdote sin fe que hablaba a una iglesia vacía, como ese mundo convencional en pos del online que muchos vaticinan que llegará pero que no llega, o a Haneke, con un chiste sexual en un cine viendo una del director austriaco. Assayas se muestra crítico con la sociedad, con la política, con las verdades absolutas, y las mentiras de siempre, encontrando a unos personajes infelices y frustrados, que encuentran en la mentira y las dobles vidas, que habla el título, en su razón de existir, aunque muy bien no sepan porque lo hacen y a qué lugar les lleva todo eso, porque al fin y al cabo, todos nos movemos con prisas en esta vorágine absurda y superficial que alguen llamó vida, porque todo se autodefine constantemente, y lo que ayer era el no va más con mucha energía, ahora se niega o se contradice con la misma fuerza. Un mundo cambiante, en constante ebullición, donde todo parece una cosa y al día siguiente, ya es otra. Quizás, como nos quiere contar Assayas, después de todo, nos quedan los amigos, nuestros amores, los reales y los ficticios, una copa de vino, y una buena charla sobre todo o nada. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA    

High Life, de Claire Denis

VIAJE AL FIN DEL UNIVERSO.

Las primeras imágenes de la película, además de fascinantes e inquietantes, definen sustancialmente el alma de la cinta que vamos a ver. En la inmensidad del espacio, vemos a un astronauta reparando una avería, casi suspendido en el aire, mientras soluciona el contratiempo. Se comunica con un bebé, al que vemos y escuchamos, que se encuentra en el interior de la nave. A continuación, entra en la nave y lo vemos quitarse muy despacio su traje. Inmediatamente, llega hasta un jardín-huerto botánico en el que empieza a tocar con detalle todo tipo de frutas, verduras y flores. Parece que sólo está con el bebé, quizás haya viajado sin nadie más, quizás el resto de la tripulación ha perecido, lo desconocemos. Se levanta, y con el gesto cansado, acude a la habitación donde se reúne con el bebé. No se tropieza con nadie más, parece que es el único viajero de la nave. Estas primeras imágenes, casi en silencio, más propias del gesto y el movimiento, nos acompañarán el resto del metraje, en un elemento, el del cuerpo y el gesto, muy definibles en el cine de Denis.

Claire Denis (París, 1946) una cineasta que lleva más de tres lustros retratando mundos oscuros y tenebrosos, en que aquellos más desfavorecidos, marginados e inadaptados pueblan sus películas, donde unos pocos personajes se mueven bajo un aura de fatalismo, movidos por un deseo irrefrenable hacia el otro, un deseo de poseer al otro, cueste lo que cueste, donde ha explorado temas como el colonialismo, inmigración, marginalidad, amor y sobre todo, la imposibilidad de ser uno mismo y reconocer a los demás, una lucha casi imposible, un motor que lleva a sus personajes a encerrarse en sí mismos, y a tropezarse con muros difíciles de derribar, superados por las circunstancias. En High Life, título número 13 de sus cintas de ficción, aborda el género, como ya hizo en Trouble Every Day (2001) con una fascinante y compleja cinta de amor fou entre vampiros. Aunque el acercamiento al género que hace Denis no se parece a ningún otro, la cineasta huye de los propios convencionalismos del género para crear un universo extraño, complejo y existencialista, en que la ciencia-ficción se reinventa para ir más allá, se intuyen rasgos, pero sólo es un vehículo para acercarse a otros menesteres de la condición humana, porque si hay algo que define enormemente el universo cinematográfico de Denis es la cuestión de lo humano, todo aquello que nos define como humanos, todo aquello que ocultamos en el alma, todo lo que, en ocasiones, no sólo ocultamos a los demás, sino también a nosotros mismos, aquello que nos empuja a nuestros destinos y circunstancias.

La película nos sitúa en un presente donde Monte, el astronauta solitario convive con un bebé, aunque mediante flashbacks, ya que la narración, como suele ser habitual en el cine de Denis es no lineal, con constantes saltos en el tiempo, vamos descubriendo el resto de la tripulación que arrancó en este viaje de desechos, ya que todos pertenecen a reos condenados a muerte y participan en esta misión científica casi obligados, donde la doctora Dibs, una especie de Dios, malvada y siniestra, les extrae esperma a los hombres para introducírselo a las mujeres para investigar la reproducción en mitad de la nada, en mitad del espacio. Denis nos cuenta su película a través de Monte, un ser callado y reservado, que ha optado por la castidad, y huir de esa máquina llamada “Fuckbox”, donde la tripulación da rienda suelta a su onanismo, ya que las relación sexuales con los demás tripulantes están prohibidas, en mayor parte porque la ciencia es dueña de su esperma.

Denis opta por una narración no lineal para descubrirnos con detalles y gestos todo el ambiente que se palpa en el interior de la nave, las relaciones terroríficas que allí se cuecen, donde la mentira y la animadversión entre unos y otros es patente, en que nos encontramos en una tensión latente, una especie de calma que está a punto de estallar. Denis crea una atmósfera absorbente y magnífica, una de sus características principales, en el que con leves detalles explica todo lo que allí acontece, donde podemos oler todo ese aroma malsano y terrorífico que recorren todos los espacios de la nave. La directora francesa está más cerca de la ciencia-ficción humanista, donde se detalla con precisión y sobriedad todos los males que acechan a las sociedades actuales, como la abundante soledad de unos y otros, el sexo como vía de escape, o la falta de amor sincero y profundo, donde Denis opta por el deseo no correspondido como motor en su película, en el que los diferentes miembros de la misión se mueven casi como animales enjaulados, llevados por esa libido latente en cada uno de sus gestos y movimientos.

Denis construye una película de personajes, de seres difíciles y algunos imposibles, de los que poco o nada conocemos de sus pasados antes de la condena a muerte, que los vemos como almas a la deriva, fantasmas en mitad del espacio infinito, como especímenes que han vuelto a lo más primario, al origen de todo, donde el jardín-huerto parece lo único que verdaderamente se mantiene en su ser, como una llama viva de todo aquello a la tierra, a lo que pertenecen, y el medio para seguir subsistiendo. Denis no esconde sus referentes, aún más, le ayuda a plantearse los conflictos humanos de manera más compleja e interesante, en el que vemos películas como Ikarie XB-1, de Jindrich Polák, la epopeya espacial checoslovaca de 1963, que nos hablaba de cómo un virus extraño azotaba la tranquilidad de una tripulación aparentemente en paz, o 2001, Una odisea en el espacio, donde Kubrick planteaba una lucha entre hombre y máquina en una película que se ha convertido en un referente para todos, o los viajes inquietantes y misteriosos del alma humana de Solaris o Stalker, ambas de Tarkovski, donde nos introducción en caminos laberinticos del ser y el estar, o las películas humanistas tipo Naves misteriosas, que asolaron la ciencia-ficción de los 60 y 70.

Denis ha contado con un gran reparto en el que destaca la interpretación de Pattinson, enorme y cálido, que ya demostró con Cronenberg de lo que era capaz, bien acompaño por una Binoche, que repite con la directora después de la experiencia de Un sol interior, en plan doctora-Dr. Frankenstein que juega a ser Dios contaminando a todos y en pos de la ciencia, con ese brutal momento en la máquina sexual masturbándose, donde su espalda y sus nalgas están filmadas de manera elegante y sexual, y Mia Goth, con esa mirada angelical y fría, que ya nos alumbró en Nynphomaniac o Suspiria, una especie de rebelde con causa y llena de odio y rencor, y el resto del reparto, que brilla y seduce a partes iguales. Denis ha construido una película reposada, brutal y fascinante,  con la intentante luz de Yorick Le Saux (colaborador de Guadagnino, Assayas o Jarmusch) y con su editor habitual Guy Lecorne, y su músico por excelencia Suart Staples de “Tindersticks”, en el que nos sumerge en un viaje a los confines del universo, como esos viajes al estilo de Jarmusch en Dead Man Sólo los amantes sobreviven, entre otras, sumergidos en el interior de una nave, que más parece un cajón de difuntos, donde la comunidad existente no se aguanta en la que todos parecen querer salir de allí a escape, como si la amenaza de terror y bajos instintos estuviera a punto de convertirlos en cenizas. 

Ghost in the shell, de Rupert Sanders

SUEÑAN LOS ANDROIDES.

En 1989 apareció el manga Ghost in the shell, de Masamune Shirow, que pronto se convirtió en un fenómeno de público. Seis años después, se produjo la película basada en el manga, dirigida por Mamoru Oshii, auténtica obra de arte del género de la animación, siguiendo la estela de Akira (1988), de Katsuhiro Otomo, su potencia visual, acompañada de una exquisita banda sonora, que devenía en una compleja estructura narrativa en la que se profundizaba sobre la contaminación tecnológica, la sobreexplotación de la información y el ciberterrorismo, catapultando al estrellato la película convirtiéndola en un icono del llamado “cyberpunk”. Le siguió una secuela e incluso una serie, y otras sagas como Matrix, que le deben muchísimo. Más de dos décadas después, la maquinaria hollywoodiense se ha puesto manos a la obra para adaptar el manga a imagen real, en el camino se cayeron varios proyectos que nunca llegaron a ver la luz. El director elegido es Rupert Sanders (Westmister, Reino Unido, 1971) de amplia trayectoria en el mundo publicitario y director de Blancanieves y la leyenda del cazador (2012) una adaptación oscura del clásico, con multitud de efectos, estética visual y muchísima acción.

Ghost in the shell  nos sitúa en un futuro distópico, en el que las grandes corporaciones acaparan un mercado mundial dominado por las últimas tecnologías, la información tiene un valor incalculable, y tanto como los gobiernos como los delincuentes trafican con ella, a través de hackear cuentas y vender esa información. La película se centra en la Sección 9, una división antiterrorista compuesta de soldados de élite que luchan encarnizadamente con las mafias del robo de información. Su mejor arma es “La Mayor” (mitad humana, mitad robot) una cyborg perfecta, una fembot diseñada y construida para matar, y el resto de su equipo, todos ellos con alguna parte de su cuerpo robotizado. El conflicto que se plantea es el siguiente: un cyborg está hackeando cuentas y eliminando a todos aquellos que pertenecen a la Kanka Corporation (empresa que construye los cyborg). Sanders construye una primera mitad interesante, donde, a través de las señas de identidad inspiradas del manga japonés, como la fantástica estética visual, una atmósfera inquietante y muy oscura, y además, una intriga que atrapa y logra atraparnos en la madeja argumental.

En la segunda mitad, ya es otra cosa, la acción se apodera del espectáculo, pero no consigue levantarnos del asiento, se deja atrás la parte más importante de la trama, la reflexión política y el uso desmedido de la tecnología en pro del avance económico, dejando atrás colmenas de gentes que viven aislados o simplemente no existen, en la parte filosófica la película se pierde y no consigue emocionarnos. Un thriller que arranca con fuerza, pero a medida que avanza, va cayendo en lo convencional, hasta la parte final, donde se destapa el pastel, que ya se bien intuyendo, dicho sea de paso, y asistimos al duelo final. Una cinta a la que le influyen demasiado sus referencias, como la novela de ciencia ficción de los 50 y 60, como Yo robot o Fundación, ambas de Asimov, Dune, de Frank Herbert, o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick, hitos de la literatura robótica que algunas de ellas fueron adaptadas consiguiendo grandes títulos como Blade Runner, clave en el género que con el tiempo se ha convertido en auténtica piedra angular sobre cómo la tecnología afecta a nuestras vidas, y la idea de un futuro decadente, vacío y deshumanizado, dentro de una estética visual asombrosa, una estructura apabullante y una poética magnífica.

Ghost in the shell es una película oscura y entretenida, muy lejos de su antecesora, que si bien mantenía una estructura compleja (muy propia de la animación japonesa) conseguía una película enérgica, que apabullaba a través de sus imágenes y su tremenda análisis sobre una sociedad perdida y narcotizada de tecnología. Un reparto de altura que manejan con brío y corrección sus personajes, encabezados por Scarlett Johanson (muy criticada su elección), Juliette Binoche como la Doctora creadora de la fembot, Michael Pitt en un rol siniestro y fantasmal, del reverso del hijo prodigo, y “Beat” Takeshi Kitano, con alguna secuencia que recuerda a sus magníficos thrillers, componen un reparto heterogéneo, como suelen ser las grandes superproducciones made in Hollywood. Una película que se deja ver, con escenas de acción, persecuciones, intriga de manual, y algo de reflexión filosófica sobre quiénes somos y sobre todo, hacía donde vamos y de dónde venimos.

Mil veces Buenas noches, de Erik Poppe

Tusen ganger god natt plakatEntre las bombas y el hogar

Sin lugar a dudas, uno de los grandes males que acecha a la sociedad contemporánea,  es la difícil tarea de conciliar vida profesional con vida familiar. Erik Poppe, cineasta noruego -autor de la reconocida trilogía sobre Oslo, que le reportó fama internacional-, se ha basado en sus experiencias personales como reportero de guerra, para hablarnos de un modo directo y sin concesiones del conflicto que se genera entre alguien que ama su trabajo, que le obliga a poner su vida en peligro, y como todo esto afecta en su familia, que como es lógico, sufren por ella y por sus reiteradas ausencias. Poppe coloca el dedo en la llaga, nos habla de Rebecca, una reputada fotógrafa de prensa que está llevando a cabo un reportaje sobre las mujeres suicidas de Kabul (Afganistán), pero todo se tuerce, cuando la mujer se inmola, Rebecca resulta herida de gravedad. Se traslada a Irlanda, donde con la ayuda de su marido, Marcus, un biólogo marino y sus dos hijas, Steph y Lisa, sanará las heridas físicas y emocionales. Aunque esta vez, no resultará una estancia más, sino que tanto Marcus, como su hija mayor, Steph, de 13 años, le reprocharán su modo de vida, así como sus repetidas y largas ausencias. Rebecca, se verá obligada a replantearse su vida, tanto a nivel personal como profesional. Es en ese instante, donde la película genera sus instantes más potentes, las difíciles relaciones que Rebecca mantiene con su marido y su prole, La observan como una desconocida, o como un fantasma, a alguien que está, pero va a desaparecer en cualquier instante. A un ser condenado a su cámara/objetivo, que se proyecta como una extensión de su propio cuerpo, a la que le resulta imposible desprenderse de el. Algo parecido le ocurría a uno de los personajes militares de En tierra hostil (2008), de Kathryn Bigelow. La acción de Poppe huye de todo artifício cómplice, como también de ese aire romántico que acompaña algunas películas de reporteros, plantea su conflicto de una manera madura y eficaz, las dudas y las contradicciones de los personajes. Es de agradecer que Poppe emplee un tratamiento formal sincero y directo, ayuda y de qué manera, que los espectadores seamos partícipes del entramado emocional que rodea todo el relato. En ese sentido, la película no estaría muy alejada del mismo tono realista de El jardinero fiel (2005), de Fernando Meirelles, o Syriana (2005), de Stephen Gaghan, Los gritos del silencio (1984), de Roland Joffé, El año que vivimos peligrosamente (1983), de Peter Weir… Un enfoque naturalista que nos acerca a un personaje en lucha interior constante entre lo que ama y a los que ama. Los planos generales de Kabul, acompañados de una luz abrasadora, que remarcan la inseguridad en la que vive el personaje mientras trabaja, que chocan frontalmente con los medios y primeros planos de Irlanda, junto con esa luz mortecina tan singular de aquellas tierras. Un guión de hierro que desarrolla una historia circular, si bien la película se cierra en el mismo lugar en que se abre, en ese Kabul incendiario en continúa situación bélica, que contrasta como espejo deformante con Irlanda, que constituye la tranquilidad y la convencionalidad familiar. Una bellísima y realista historia de amor que toma su título de la inmortal obra de Romeo y Julieta, quizás la mayor de todas las obras sobre el amor. La presencia y composición de Binoche ayuda muchísimo a conocer a un personaje que en algunos momentos destapa nuestra ira, y en otros, la vemos como una animal herido incapaz de decidirse y saber que camino elegir para su vida.

Camille Claudel 1915, de Bruno Dumont

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“No hay nada en el mundo que pueda compararse con un rostro humano. Es una tierra que uno no se cansa jamás de explorar, un paisaje (ya sea árido o apacible) de una belleza única. No hay experiencia mas noble, en un estudio, que la de constatar cómo la expresión de un rostro sensible, bajo la fuerza misteriosa de la inspiración, se anima desde el interior y se transforma en poesía”.

Carl Theodor Dreyer

Tarde de cine en los Boliche. La elegida es Camille Claudel 1915 (2013), de Bruno Dumont. La austeridad y la sobriedad son los pilares en los que se fundamenta esta aproximación del cineasta francés a la figura de la famosa escultora. La película, séptima de su carrera, huye del biopic al uso, a Dumont no le interesa la vida, obra y milagros del personaje, su película va más allá, quiere mostrarnos a la persona, no al personaje. Nos sitúa en 1915, en los albores de la Gran Guerra y nos muestra una mujer de unos 50 años, desesperada y aislada,  abandonada por su familia, encerrada tanto física como emocionalmente en las cuatro paredes de un sanatorio situado en Montdevergues, cerca de Avignon, dónde estuvo los últimos 40 años de vida. Solamente las visitas de su hermano Paul le ayudan a soportar tan tremenda e injusta situación, una vida alejada de su París y su trabajo de escultora. Estructurada a través de algunas jornadas, un relato dónde abundan los planos fijos y las tomas largas, apenas se aprecian leves movimientos de cámara, y sin música, y apenas diálogos, apenas tres situaciones, el hermano de Camille con ella, con el clérigo y con el director del sanatorio. El realizador se apoya en dos conceptos: la magnífica interpretación y el rostro/primer plano de Juliette Binoche. Es la primera vez que Dumont trabaja con una actriz profesional, en las anteriores películas utilizaba gente anónima de la calle. Su ejercicio resulta admirable, despoja la imagen que tenemos de Binoche y la convierte en un ser no ser, que soporta una no vida, una no persona, en un muerto viviente rodeada de enfermos mentales reales, los espectadores nos convertimos en lo que siente la actriz y sentimos su aislamiento. Una obra plagada de pequeños detalles que la hacen más profunda y extraordinaria, he rescatado dos momentos: en uno de ellos, Camille camina por un jardín y coge un trozo de barro que empieza a moldear, pero en ese instante, detiene sus manos y estruja el barro y lo lanza, o el arranque de la película, cuando se nos muestra a Camille de espaldas a nosotros, le despojan su ropa, nos fijan un plano de la bañera y de golpe, por la derecha, entra el cuerpo desnudo de Camille que se introduce en la bañera. La película juega a presentarnos un estado de ánimo, el de Binoche/Claudel, a presenciar unas situaciones de alguien que sufre por su pasado, por un amante que la dejó, por la obsesión que la persigue, por una familia que no la entiende y que por miedo, la encierran y la destrozan. Una mujer de su tiempo y muy avanzada, que intentó vivir cómo ella sentía, pero se encontró con la oposición de una familia y una sociedad demasiado tradicionalista y superficial. Una mujer que nos recuerda a otras heroínas particulares que a pesar de la sociedad lucharon por ser ellas mismas. Tomando como referencia el libro de Paul Schrader, El estilo trascendental en el cine: Ozu, Bresson y Dreyer, dónde encontramos afiliaciones y paralelismos con la obra de Dumont. Tres autores y tres maneras de filmar: Yasujiro Ozu y la trilogía de Noriko, Primavera tardía (Banshun, 1949)El comienzo del verano (Bakushû, 1951)Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, 1953), Robert Bresson con El proceso de Juana de Arco (Procès de Jeanne d’Arc, 1962) y Mouchette (1967) y Carl Theodor Dreyer con La pasión de Juana de Arco (La Passion de Jeanne d’Arc, 1928) y Gertrud (1964), obras protagonizadas por mujeres libres y solas, como actitud ante la vida, que huyen de lo establecido y quieren vivir su vida, pero debido a la idea imperante de una sociedad acomodada y tradicional y exasperadamente conservadora, se sienten empujadas a vivir según lo establecido y a sentirse infelices ya que hacen lo que no quieren y se sienten encerradas en una manera de vivir que no es la suya. Formalmente, Dumont también se acerca a la obra de estos cineastas, los espacios desnudos, los planos estáticos, la economía en los diálogos, una narrativa cinematográfica que busca un estilo alejado de lo puramente visual, apelando directamente hacía nuestro interior, a lo que sentimos, a nosotros mismos, a un estado de ánimo, que tiene que ver más con el espíritu. Una manera de sentir y mirar lo que se nos cuenta, mucho más allá de lo que vemos en la pantalla. Les dejo con una reflexión de Bresson: No filmar para ilustrar una tesis o para mostrar a hombres o mujeres limitados a su aspecto externo, sino para descubrir la materia de la que están hechos. Alcanzar ese ‘corazón’ que no se deja atrapar ni por la poesía, ni por la filosofía, ni por la dramaturgia.