La (des)eduación de Cameron Post, de Desiree Akhavan

RECONSTRUIRSE LA IDENTIDAD.

“Lo terrible es eso, que la identidad pasa a ser definida por el sexo. Es decir, una banalidad pasa a definir lo esencial”.

Manuel Puig

La primera película de Desiree Akhavan (Nueva York, EE.UU, 1984) Appropriate Behaviour (2014) plasmaba muchas inquietudes personales de la propia directora, ya que hablaba de Shirin, una joven estadounidense bisexual de padres iraníes que tenía que volver a reconstruirse la identidad sexual después de terminar con su novia. En su siguiente trabajo, la serie The Bisexual (2018) volvía a las mismas cuestiones sobre la identidad sexual. En su segundo largometraje, sigue profundizando sobre estos mismos temas, aunque si en los anteriores trabajos los contextos históricos eran actuales, de aquí y ahora, en este trabajo rompe con esa tendencia para situarnos en la Montana de 1993, sumergiéndonos en la cotidianidad de Cameron, una estudiante de éxito que la noche del baile de graduación es sorprendida por su novio en actitud sexual con una compañera. El revuelo es impresionante y más en el hogar de Cameron, con sus tíos como tutores de fuertes creencias evangelistas, y al cosa no pinta bien para ella, ya que la trasladan a “La promesa de Dios”, un centro de terapia para reorientar la sexualidad de jóvenes homosexuales, dirigido por la Dra. Lydia Marsh que reconvirtió a su hermano gay en heterosexual y ahora es el reverendo del centro.

Un centro que emplea terapias agresivas basadas en la reorientación sexual para odiar la propia identidad homosexual y abrazar la heterosexualidad que consisten en terapia individualiza, el dibujo de un iceberg en el que tendrán que escribir todo aquello gay que les ha llevado a confundir su orientación, sesiones de gimnasia de fuerte contenido religioso, rock cristiano donde se alza la heterosexualidad, o terapias de grupo del tipo de alcohólicos anónimos donde se discrimina la homosexualidad. Acciones para eliminar de raíz el AMS (Atracción del mismo sexo) y reconvertir en personas cristianas a todos los adolescentes encerrados emocionalmente en ese siniestro lugar. Akhavan con su guionista habitual, Cecilia Frugiuele encontraron la historia en la novela epónima de Emily M. Danforth, para construir un relato en el que se critica con dureza este tipo de centros fascistas y ultra católicos, pero no lo hace de forma siniestra y cómo una película de terror se tratase, huyendo completamente de ese tratamiento que convertiría la historia en algo parecido en un panfleto, la película no juzga, se limita a retratar a sus personajes de forma humanista y buceando en sus conflictos y contradicciones para construir un mosaico de diferentes personajes complejos que lidian con sus traumas y experiencias personales muy oscuras.

El personaje de Cameron nos ayuda a descubrir los métodos siniestros del centro, y también a los demás internos, en la que hace estrecha amistad con Jane Fonda, una chica que creció en una comuna de hippies y ahora cultiva clandestinamente marihuana y además, se mantiene un poco al margen de los métodos del centro, junto a ella, como una sombra le sigue Adam Red Eagle, de origen indio navajo, que al igual que Jane son los inadaptados del centro que harán buenas migas con Cameron. También, conoceremos a otros personajes que viven su homosexualidad a escondidas del centro, donde los encuentros homosexuales se van sucediendo. La directora iraní-estadounidense profundiza con acierto y brillantez en como un grupo de adolescentes se ve sometido al juicio implacable de su identidad sexual a tan temprana edad, situación que los arrastra a sentirse mal consigo mismos y a aprender a odiarse a sí mismos, como en un momento estallará el personaje de Cameron.

La película mantiene el espíritu del cine indie estadounidense, y se refleja, tanto en su forma como en su fondo al universo adolescente de John Hugues, un autor magnífico y profundo en su mirada hacia la adolescencia, mostrando todos sus aspectos y peculiaridades. Un reparto maravilloso, cercano y natural encabezado por la impresionante capacidad tanto de gesto como de mirada de Chloë Grace Moretz llevando a buen término el difícil trayecto vital de Cameron, con su momentazo musical interpretando el What’s up?, de los 4 Non Blondes, un hit sobre la identidad de aquellos principios años noventa, bien acompañada por Sasha Lane (que nos había fascinado como prota de American Honey, de Andrea Arnold) con ese espíritu rebelde y libre, Forrrest Goodluck da vida al introvertido e inteligente Adam Red Eagle, que además de su identidad sexual tiene en lucha otra identidad, la de su origen indio navajo, y por último, Jennifer Ehle que interpreta con aplomo y detalle a la siniestra y rígida “ama de llaves” de la función, manteniendo su oscuro y horrible centro con al religión como medio.

Akhavan plantea un relato humano y de verdad, que interprela constantemente al espectador, sin subterfugios ni sentimentalismos, siguiendo la estela de Huges, donde todo lo que se cuenta tiene vida y complejidad, acertando de lleno en su exploración sincera e íntima de su mirada hacia la adolescencia y sus conflictos, a todo aquello que sienten, que desean y las múltiples trabas de los adultos a impedirles ser como ellos sienten, en una lucha fratricida entre unos adultos que corrigen y condenan a sus hijos para que sean personajes amargadas y ocultas, y unos adolescentes en el otro lado del ring, deseando un poco de paz y tranquilidad, y sobre todo, sentirse libres en una sociedad que se empeña a seguir un orden establecido que daña a los seres humanos y les coarta su vida en pos del autoengaño y la cárcel interna que quieren mantener a toda costa, convirtiendo en tristeza e infelicidad la vida de unos adolescentes en una etapa de descubrimiento y libertad de sus vidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a María Antón Cabot

Entrevista a María Antón Cabot, directora de la película “<3”, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pultizer en Barcelona, el jueves 2 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a María Antón Cabot, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Winter Flies, de Olmo Omerzu

LA ESCAPADA DE NUESTRAS VIDAS.

El arranque de la película deja bien claro por dónde irán los tiros y nunca mejor dicho. Vemos a Hedus, un chaval de 12 años vestido de camuflaje y con fusil en mano, en plan de misión secreta por el bosque y buscando una posición cómoda que encuentra en unos grandes tubos de obra. Se acomoda y apunta a los automóviles que vienen de frente, y seguidamente, descargará toda su rabia agitando el gatillo con vehemencia. La ráfaga de disparos sale despavorida en forma de ruido incesante, propio de las armas de imitación. Quizás podríamos pensar que se trata de una chiquillada sin más, aunque la acción esconde algo más, la propia naturaleza escondida del chaval, el sueño de Hedus de convertirse en un soldado profesional en misiones secretas. De repente, Hedus salta de su escondite y detiene a un automóvil, y se dirige a su conductor,  Marek, un chaval de 14 que ha robado el coche, un viejo audi y se dispone hacerle kilómetros. Finalmente, Hedus sube al vehículo y los dos desaparecen carretera abajo. El cineasta Olmo Omerzu (Ljubljana, Eslovenia, ex Yugoslavia, 1984) arrancó su carrera en el largometraje con A night too young (2012) en la que se centraba en la primera experiencia sexual de dos adolescentes en una gélida celebración de Nochevieja, le siguió tres años después, Family Film, en la que exploraba una tragedia en el seno familiar.

Ahora, vuelve a mirar al mundo de la adolescencia y los deseos e ilusiones que ese tiempo comportan en dos chavales que sueñan con alistarse a la Legión francesa. Ahí es nada. Y lo hace a bordo de un viaje por el gélido invierno de la República Checa, por esas carreteras comarcales, cruzando pueblos y pequeñas ciudades perdidas en el mapa, deteniéndose en esos lugares de las afueras donde pasar la fría noche, y soñando con una realidad menos dura o más amable. Omerzu se centra en dos adolescentes, Marek y Hedus, uña y carne, amigos para siempre, o al menos a esa edad así se siente, que han cogido carretera y manta y se han lanzado a su aventura, con la inconsciencia y el ímpetu propios de la edad, entre juegos y la valentía de esa edad en que empiezas a dejar la infancia para convertirte en un adulto, un tiempo de transición, donde todavía no has decidido que serás, porque todavía lo desconoces, un tiempo incierto, en el que te sientes mayor, pero todavía no lo eres.

El director esloveno plantea una road movie, una película de carretera, que tiene mucho de aventura sin fin, o de realidad más dura, a modo de Llueve sobre mi corazón (1969) en que aquella Nat embarazada y perdida emprendía un viaje en coche sin rumbo fijo y se iba topando con individuos a cual más perdido que ella, como les ocurre a los dos adolescentes, cuando se cruzan con un adulto insensato que se deshace de su perro y los niños lo adoptan después de salvarlo, o con Bára, una adolescente de su misma edad, que tiene problemas con su novio y hace autostop, y la recogen con la ilusión que se acueste con ellos dos. Omerzu plantea una narración sobria y sincera, sin estridencias, sobre el choque entre deseo contra realidad, en la que estos dos jóvenes recién salidos del cascarón, desbordan una imaginación sorprendente, inventándose su propia realidad y los hechos de su aventura, como podremos escuchar cuando Marek explica los detalles de su escapada a la oficial de policía Freiwaldova cuando es interrogado, porque la película pivota entre esos dos tiempos, la escapada y el interrogatorio a Marek, en el que vemos antes o después las explicaciones del chico que poco o nada tienen que ver con lo que hemos visto o veremos.

Marek y Hedus son dos chavales que se muestran inocentes en sus ideas y sueños, que chocan irremediablemente con la realidad que se van encontrando, como esas moscas, a las que alude el título, que escapando del frío acaban encontrando su destino. Aunque toda la inocencia que despiertan en sus ilusiones, se ve contrariada por su forma de empatizar con los otros seres que se van encontrando en dificultades, tienden su apoyo a ese perro abandonado o socorren a Bára que encuentran sola en mitad de una carretera solitaria, no podríamos decir que se muestren malvados, sino todo lo contrario, su escapada y el robo del coche son fruto de su edad, de esas ansías de ver mundo, de salir de su entorno desangelado y anodino, de enfrentarse al mundo, de encontrar una aventura que les lleve a otros lugares, aunque acaben siendo igual de fríos y poco reales a como ellos los habían imaginado.

Omerzu se ha acompañado de un buen trío de jovencísimos intérpretes como Tomás Mrvík que da vida a Marek, que todo lo que sabe es por su abuelo, Jan Frantisek Uher interpreta a Hedus, rechoncho y fiel escudero de Marek, al que sigue a pie juntillas, y la tercera en discordia Bára, interpretada por Eliska Krenková, convertida aquí en objeto de deseo sexual de los dos adolescentes, aunque ella tiene otros planes acerca de su relación con ellos. Y la participación de Lenka Vlasáková dando vida a la oficial de policía (a la que ya vimos no hace mucho como amargada cajera de supermercado en Nunca estamos solos, de Petr Vaclav). El cineasta esloveno ha construido una película sobre los sueños e ilusiones de unos adolescentes cuando se tiene toda la vida y el mundo por delante, cuando todavía todo es posible, en ese tiempo en que nada nos detiene, para bien o para mal, un tiempo en que todo es posible, aunque luego la realidad nos contradiga, peor mientras tanto, son nuestros y muy posibles, donde la amistad lo es todo, donde los amigos son nosotros, donde las cosas están ahí para nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/303666557″>Winter Flies Trailer VOSE</a> from <a href=”https://vimeo.com/user92268680″>ramon vidal</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Amanda T, de Àlex Mañas. TNC

LA NIÑA HERIDA.

Una tarde gélida del pasado domingo me acercó a la Sala Tallers del TNC para ver el montaje Amanda T, escrito y dirigido por Àlex Mañas (Barcelona, 1974). Cuando accedo a la sala, los dos actores ya están en el escenario, apoyados en una mesa, mientras charlan entre ellos y observan como los espectadores vamos acomodándonos en nuestras butacas. Se avecina una tarde intensa de teatro, la sala está llena. Los dos intérpretes abandonan el escenario. Después de unos minutos, las luces de la platea se apagan, e inmediatamente, se iluminan las del escenario. La primera escena o corte, nos muestra el domicilio de un afamado productor musical (descripción del lugar que irán apareciendo en la pantalla, así como diferentes vídeos)  en el que Amanda y el productor, que se han conocido por la red, se han citado y ahora charlan, entre un tono amable e inquietante. La chica quiere ser cantante, sube videos bailando e imitando a sus iconos de la música. El productor parece más interesado en la chica que en su talento musical. Mañas ya escribió y dirigió este mismo montaje en la Sala Atrium en otoño del 2016, con Xavi Sáez y Greta Fernández, él repite, pero ella, no. Ahora el papel lo interpreta Laia Manzanares.

Amanda T nos habla del caso real de la joven Amanda Todd que sufrió un ciberacoso después de mostrar sus pechos, una imagen que se hizo viral y llegó a todas las casas de sus allegados y entorno, un acoso opresivo que tuvo sus cómplices, e hicieron de la vida de la joven un horror, con problemas depresivos que la llevó a suicidarse con 15 años en el 2012,  después de publicar un video de 9 minutos explicando, mediante textos escritos en folios, la pesadilla de su historia y los motivos de su trágico final. Un video que la obra reproducirá íntegramente, interpretado por Laia Manzanares, que veremos mediante cortes, para abrir cada escena. Mañas no ha querido solo hablar del caso de Amanda Todd, sino mediante su caso, hablarnos de otros casos de acoso por las redes, en el que hace un viaje de afuera hacia adentro, describiéndonos a una adolescente que soñaba con ser cantante, una chica totalmente normal e integrada, alguien con esa energía propia de su edad, que con 13 años enseñó sus pechos y a partir de ese momento, su vida se convirtió en la peor de sus pesadillas, y no pudo volver a tener esa vida tranquila y alegre que la caracterizaba.

Mañas construye una obra donde la luz marca y enmarca con sombras, casi expresionista, la triste realidad de Amanda y aquellos acosados, planteando una obra minimalista, apenas vemos una mesa, una silla y un banco pequeño, y algunos objetos, con la originalidad de la papiroflexia que añade un plus de novedad y magia. Eso sí, la pantalla gigante de video se convierte en ese “Big Brother” maligno y pesadillesco, que es una arma de doble filo, una herramienta fantástica para darse a conocer y lo que haces, compartiendo y rompiendo barreras de comunicación con el mundo, pero también, en una bestia sin escrúpulos donde delincuentes y malvados se ocultan para acosar y delinquir. El dramaturgo y director nos envuelve en una especie de laberinto emocional donde los dos actores escenifican el relato de Amanda, desde su familia, el acoso en los diferentes institutos, la relación por las redes con su acosador, y también, con un amigo, y la destrucción emocional de la adolescente, su depresión, ansiedad, su soledad, y su descenso a los infiernos, donde cuando no pudo más, y se sintió muy sola, acabó con su vida.

Mañas nos habla de muchas cosas, pero lo hace desde el alma de Amanda, radiografiando la crónica de alguien desde los 13 a los 15 años, para hablarnos no solo del mundo de la red, sino también, de los cómplices que los ciberacosadores encuentran en la vida pública, todos los supuestos amigos y compañeros de clase e instituto que machacaron a Amanda y contribuyeron a su trágico final, haciendo hincapié a la mirada de un mundo cada vez más individualista, nada empático y excesivamente cruel, con aquellos a los que se considera más débiles, más sensibles y sobre todo, a esas personas que consideran inferiores porque han mostrado sus pechos a quién consideraban respetuosos con su intimidad. La obra es directa, impactante y fría, como un cuento de terror donde el ogro acaba asesinando a la joven inocente, en el que Mañas imprime a cada una de sus escenas varios planteamientos, que van desde el terror puro, pasando por la fábula, incluso a través de lo cómico, como ese reality show donde debaten sobre las causas de Amanda y la sociedad enferma y deshumanizada en la que vivimos.

La pareja protagonista se van sumergiendo en sus diferentes roles de manera sencilla, inteligente y muy natural, en que los espectadores entramos en ese juego fascinante y enriquecedor, con Xavi Saéz (al que vi en verano en la obra Esmorzar amb mi en la Beckett) resulta convincente y cercano, bien en su papel de acompañante de Amanda, y cumpliendo con su cometido. Laia Manzanares encarna a Amanda Todd, y lo hace a través de una naturalidad aplastante, porque Laia tiene esa mirada convincente y penetrante que enamora, con ese cuerpo menudo y frágil que puede interpretar con calidez y naturalidad esos roles femeninos adolescentes y jóvenes, ese tipo de actrices muy jóvenes que muestran una fuerza y sensualidad para interpretar personajes duros y difíciles, como lo hacen Saorsie Ronan o Elle Fanning, actrices que han venido para quedarse y agarrar personajes complejos y libres.

Laia Manzanares demuestra en cada personaje, por mínimo que sea, que su talento es extraordinario, porque se lanza al abismo en cada momento,  como demuestra en la secuencia más impactante de El reino, de Sorogoyen, en su breve pero extraordinaria presencia en la serie Matar al padre, de Mar Coll, o el rol que hacía en la serie Merlí) aunque el que escribe la reconoció y aplaudió como una de las actrices más brutales de su edad en la obra Temps salvatge, de Josep Maria Miró, dirigida por Xavier Albertí, vista durante la temporada pasada en la sala gran del TNC, encarnando de manera sencilla y espectacular a la adolescente triste y perdida rodeada de lobos y amargura en esas casas uniformes llenas de soledad y falsedad. Ahora, vuelve a interpretar a un personaje difícil y complejo, a una niña herida, a alguien triste y perdido, que atraviesa una situación de mierda, con tantos monstruos al acecho, sin fuerzas para responderles, una niña desterrada del paraíso por enseñar sus pechos, por mostrarse sincera e ingenua en ese mundo de lobos hambrientos y gentuza de la peor calaña, que aprovechan la debilidad de los seres más sensibles para sacar sus garras y alimentarse de su miseria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ánimas, de Laura Alvea y José Ortuño

TÚ NO DEBERÍAS ESTAR AQUÍ.

Una de los elementos que más decepciona en las películas de género, sobre todo en el thriller psicológico, no es su desarrollo, sino su desenlace, quizás el apartado más complejo y difícil, presumiblemente son relatos llenos de intriga, donde se crean atmósferas inquietantes, y unas tramas enrevesadas, sí, pero interesantes, es en el momento de cerrar la película cuando todo el entramado argumental cae estrepitosamente y en la mayoría de los casos, salvo contadas excepciones, nos encontramos con resoluciones vacías, inverosímiles y sobre todo, facilonas, que de ningún modo están a la altura de lo que acabamos de ver. Ánimas tiene la estructura de film de género de terror, de corte psicológico, donde abundan las referencias, de las que no escapa ni oculta, en la que entrelaza de manera intensa una trama sencilla, de pocos espacios y realmente muy inquietante, que deja para el final la resolución de su madeja, pero en ningún momento, cae en ese final poco creíble, se le podrá reprochar algún pasaje algo embarrullado y extraño, pero su desenlace está a la altura de lo contado, dejándonos realmente muy satisfechos con su cierre.

Ánimas es el segundo trabajo del tándem formado por Laura Alvea (Sevilla, 1976) y José Ortuño (Sevilla, 1977) después de The Extrarodinary Tale of the Times Table (2013) su sorprendente e imaginativo debut, donde a través de un trama colorida que remitía a los cuentos infantiles, escondía un relato oscuro y tenebroso sobre ser padres y sus consecuencias. Ahora, los directores sevillanos, han cambiado de registro, pero sólo en apariencia,  encontramos que la forma y la atmósfera se han vuelto más oscuras e inquietantes, más fantásticas, donde abundan los juegos con el espacio, el sonido y todo aquellos objetos presentes o no. Aunque el color se haya apagado y todo se haya ensombrecido, y la comedia haya dejado pasó al terror, siguen contándonos un relato muy psicológico, protagonizado por dos almas inquietas que deberán hacer frente a sus miedos, el leitmotiv de las dos películas, para seguir con sus vidas y no detenerse a pesar de sus inseguridades. Estas dos almas son Álex, una adolescente segura y de fuerte carácter, y Abraham, un poco más joven, pero todo lo contrario de personalidad, como si fuese el reverso de Álex, ya que se trata de alguien inseguro e introvertido, debido a la mala situación familiar que tiene que soportar a diario con una madre enloquecida y un padre violento.

Alvea y Ortuño envuelven su película en pocos espacios, un par de viviendas, a cual más inquietante, con esa decoración propia de los setenta con empapelamiento de las paredes y objetos que remiten a un tiempo atemporal y difícil de definir, con los pasillos ominpresentes de un edifico en el que apenas se ven vecinos, y algunas escenas callejeras, situando sus momentos más álgidos en los espacios domésticos, sumergiéndonos en esa atmósfera oscura e inquietante, en el que dos adolescentes vivirán ese tiempo de transición, un tiempo de cambios trascendentales en sus vidas, donde dejarán de ser niños para convertirse en adultos, vivir sus propias vidas, tomar sus decisiones y coger las riendas de su existencia haciendo frente a sus conflictos interiores y exteriores. En la película predominan los colores verde y rojo, en la que crean ese ambiente claustrofóbico y agobiante en el que vive Abraham, donde parece que todas las salidas lo llevan a la soledad, aunque ahí estará Álex para echarle todos los cables que hagan falta, y acompañarlo en este aventura oscura e inquietante.

Los cineastas sevillanos optan por un universo plagado de múltiples referencias al género de terror, desde clásicos imperecederos como Psicosis (adoptando la mítica escena de la ducha) El resplandor (acogiendo la secuencia del baño y esos inacabables pasillos) Al final de la escalera (con esas escaleras y objetos que caen de ellas) o La profecía (en el que los juegos con la presencia del maligno son evidentes) y también, otros grandes nombres míticos del género como Carpenter (y su mítico coche) o la relación entre los niños de Déjame entrar, y muchos más que los espectadores fans del género irán descubriendo. Todas esas referencias, siendo evidentes en algunos casos, no lastran el contenido ni la forma de la película, sino que experimentan el efecto contrario, no creando el recordatorio nostálgico, que sería pernicioso para el resultado, sino dotando a su atmósfera de un juego de referencias que ayudan a dotar de carácter a su forma y fondo, creando un juego deformante de espejos laberínticos, en el que nada paraece lo que es, donde nos sumergimos de forma natural y concisa en aquello que se nos está contando.

Uno de los hallazgos de la película recae en su joven pareja protagonista, que como sucedía en su primera película, son dos actores desconocidos para la gran pantalla. Por un lado, tenemos a Clare Durant, la Álex de la historia, esa mujer de fuerte personalidad, mirada penetrante y gesto enérgico que se convierte en el contrapunto perfecto de Abraham, al que da vida Iván Pellicer, con su gesto apesadumbrado y mirada intensa y triste, bien acompañados por la sobriedad de Liz Lobato, la madre ausente de Abraham, la frescura de Chacha Chuang como la novia de Abraham, y las presencias de dos titanes como Ángela Molina, haciendo de psiquiatra, y Luis Bermejo como ese padre violento. Un buen y audaz cuento de terror psicológico con un inmenso trabajo del equipo técnico y artístico, sin casa encantada, ni fantasmas ni situaciones harto inverosímiles, sino una estupenda e interesante trama que nos habla de todos nuestros miedos, reales e imaginarios, de las dificultades y los fantasmas interiores de hacerse mayor, de entenderse a uno mismo, y sobre todo, de los extraños y complejos mecanismos para manejar situaciones emocionales propias y ajenas cuando todo parece desembocar hacia algo muy oscuro, terrible y atroz.

Girl, de Lukas Dhont

LA LUCHA INTERNA.

Todos los que hemos experimentado la adolescencia conocemos ese período de cambios, un espacio de transición entre la infancia que vamos dejando y la edad adulta a la que llegamos llenos de dudas e incertidumbre. Todo nuestro alrededor cambiará drásticamente, nuestras ideas, nuestros objetivos, nuestros miedos y sobre todo, nuestro cuerpo, un cuerpo al que iremos descubriendo nuevamente, como si la vida y nuestro cuerpo se reiniciarán y todo empezase de nuevo. Un cuerpo que en algunos momentos nos satisfará, y en otros, en cambio, nos disgustará y mucho. Lara nació Víctor. Ahora, tiene 15 años y vive como una mujer, y trabaja duro por seguir su sueño, ser bailarina de danza. La puesta de largo de Lukas Dhont (Gante, Bélgica, 1991) se desarrolla en el marco de la adolescencia, de alguien que a los 15 años deberá de ser contra sí misma y contra su entorno social, una chica que quiere ser ella misma, y se levanta cada mañana para demostrarse a sí misma que puede hacerlo, que nada ni nadie significará un obstáculo en su camino.

El cineasta belga que ya había tocado la danza, la transformación y la identidad en sus anteriores trabajos, se lanza a contarnos una fábula actual, de tremenda cotidianidad, en el que seguimos la vida de Lara, su lucha contra ese cuerpo que es masculino, pero ella hace lo imposible, incluso dejándose la salud, para convertirlo en femenino, o al menos que tenga ese aspecto para los demás, mientras espera (im) pacientemente el día de la operación. Su ansiedad, sus conflictos físimos y sobre todo, emocionales, provocarán en Lara diversos cambios de actitud y carácter que le harán meterse en un pozo oscuro. El apoyo incondicional y humanista de Mathias, ese padre sin esposa (porque la madre de Lara está ausente) y el hermano pequeño Milo. Dhont propone un retrato íntimo y transparente de la cotidianidad del instituto y las clases de danza, de la exigencia de Lara y los problemas físicos y emocionales que le provoca su cuerpo, convertido para ella en una especie de condena de la que quiere escapar cuanto antes. La película nos habla de identidad, de género y la perseverancia de conseguir lo que uno quiere en su vida, y de perseguir sus sueños, cueste lo que cueste, aceptando las dificultades del camino y superando los diferentes obstáculos que se vaya encontrando.

Su tono frío y desangelado, acompañado por esa ciudad pequeña, donde parece que todo funciona con normalidad, ayuda a entrar y conocer mejor la vida de Lara, sus miedos e inseguridades, su soledad y sus conflictos con ella misma, con su cuerpo, convertido en su mayor enemigo, y las dificultades de tener una relación con los demás, como las tensiones con sus compañeras de danza, o con el chico que le gusta. Dhont teje un intenso y áspero drama, a medio camino entre el documental y la ficción, sobre la transexualidad en la adolescencia, sobre nuestro lugar en el mundo y nuestra identidad, sobre todos los problemas internos que nos ocasiona nuestro físico y la incapacidad de la sociedad por aceptar al diferente tal y cómo es, sin cortapisas ni prejuicios. El inmenso y extraordinario trabajo de los actores principales encabezados por Víctor Polster dando vida a Lara, nuestra heroína cotidiana que luchará contra ella misma, su cuerpo y su entorno para entender y entenderse, para llegar al final de su proceso, donde emocionalmente y sobre todo, físicamente, se sentirá bien con su cuerpo y podrá desarrollarse emocionalmente como siempre ha deseado, a su lado, Arieh Worthalter, que interpreta a Mathias, ese padre coraje que estará al lado de su hija y de sus problemas, aunque deberá ser paciente para aceptar todos esos cambios y ayudar a Lara cuando esta se deje ayudar.

Dhont cimenta con maestría y aplomo una película sin juicios ni sentimentalismos, con un par de personajes dentro de un entorno académico y vital que se convertirán en jueces implacables para el devenir de Lara, una mirada que bebe del cine inmediato con raíces en el documental que tanto practicaban Pialat o Vittorio De Seta, y más recientemente, los hermanos Dardenne, donde explican con minuciosidad y detalle los conflictos morales, físicos y emocionales de sus personajes, y sobre todo, de su entorno, una sociedad que le cuesta aceptar a todo aquello que desconoce, que desaprueba socialmente, en las que las películas se convierten en durísimos y desgarradores dramas sociales en el que impone una manera de narrar donde tanto la forma (con esas cámaras inquisitivas que se mueven con naturalidad y se erigen como espejos deformantes sobre nosotros y la sociedad en la que vivimos) como su contenido, en el que priman las dificultades de los más desfavorecidos, tanto a un nivel social como emocional.

Heartstone, corazones de piedra, de Gudmundur Arnar Gundmundsson

QUEDATE JUNTO A MI.

La primera secuencia de la película es muy descriptiva y esencial en el devenir de la historia que nos ponemos a presenciar a continuación. Unos chavales, entre ellos Thor, uno de los protagonistas, se encuentran a la espera que algún pez pique en sus anzuelos. De repente, los hilos se tensan y empiezan a tirar como si la vida les fuera en ello, y extraen peces de gran tamaño. Uno de ellos, se encuentra con un pez escorpión, de fisionomía rojiza y muy diferente al resto de los peces que capturan, el niño lo lanza al suelo asqueado y junto a los demás, lo pisotean y lo reducen a escombros. La primera película de Gudmundur Arnar Gudmundsson (Reikiavik, Islandia, 1982) después de una fructífera carrera con un puñado de cortometrajes de éxito internacional, se lanza a una película sobre la adolescencia, sobre uno de esos veranos donde hay mucho tiempo por encima y nada que hacer. Thor y Christian son amigos, se ven todos los días, y van y vienen por un pueblo aislado de pescadores alejado del mundanal ruido. Thor vive junto a sus hermanas y su madre, el padre se marchó. En cambio, Christian tiene madre y padre pero no se avienen, el padre bebe y pega a su madre.

Los dos chicos se encuentran en un tiempo de crecimiento, de descubrimiento, de experimentar por primera vez las emociones, los primeros cigarros, beber alcohol, alguna escapada nocturna con chicas, a las que besar o hacer el amor. Es tiempo de verano, pero de verano islandés, donde hay poco que hacer, donde viven en un lugar que puede ser muy hostil, donde los chicos más mayores imponen su dominio, y los adultos se refugian en su soledad, en el alcohol o el trabajo de granja, en el que humanos y bestias conviven en un paisaje agreste, sin grandes cambios, donde el verano hay tiempo para el sol y en invierno ni se ve. Gudmundsson nos cuenta con sensibilidad y delicadeza ese período de cambios, de transición, donde se deja la infancia para ser adulto, donde la inocencia expirará para dejar paso a otro tiempo, un tiempo donde las cosas son diferentes, donde nos atraen y gustan otras cosas, donde conoceremos a otras gentes y sentiremos cosas diferentes. Una época de conocerse a uno mismo, de saber quiénes somos, que sentimos y que queremos.

El realizador islandés nos relata ese tiempo de adolescencia, de incertidumbre, junto a dos personajes, uno, Thor, un poco más joven que Christian, que desea a Beth, que quiere hacer cosas con ella, descubrirse y descubrirla, donde su amistad con Christian, su amigo del alma, se irá transformando en algo diferente a los ojos de Christian, que también empieza a descubrir sus emociones, su homosexualidad, y a sí mismo. Una película sobre la adolescencia, donde se profundiza y reflexiona de manera inteligente y honesta sobre los cambios que se producen, sobre las vivencias y ese tiempo de cambios profundos y extraños que cada persona vive en ese tiempo. Podríamos pensar que su duración de 129 minutos es excesiva, peor todo lo contrario, Gudmundsson no tiene prisa ni añade momentos superfluos o faltos de interés, nada de eso, su película vive en cada fotograma, vivimos junto a los protagonistas sintiendo sus deseos, ilusiones y desengaños, que también los hay, de manera íntima y natural, sin artificios sentimentales de ninguna clase, aquí todo pasa por un motivo y las consecuencias son palpables, a través de unos chavales que viven, sienten y desean que se les reconozca por ser quiénes desean ser, no por lo que se espera de ellos. Rodeados de ese espectacular paisaje, en ocasiones bellísimo por su entorno, y en otras, durísimo por la condición moral de sus habitantes, que juzga y pisotea todo aquello que resulta diferente, que no sigue la lógica establecida y convencional de una moral correcta.

La naturalista luz de la cinematógrafa Sturla Brandth Groulen, que consigue una fotografía que traspasa las emociones, y consiguiendo a través de los encuadres, manifestar la cercanía o la frialdad en la distintas relaciones de los personajes. Baldur Einarsoon da vida a Thor (que recuerda físicamente y de qué manera al River Phoenix de Cuenta conmigo) Blaer Hinriksson es Christian y Diljá Valsdóttir como Beth, actores jovencísimos que consiguen capturar los conflictos, miedos e inseguridades de unos personajes que también viven el verano y su desaparición como un tiempo que perderán todo aquello que eran para adentrarse en un mundo donde ya nada se estructura de la misma forma y deberán aceptarse y seguir su camino, a pesar de la oposición de los otros. El director islandés construye una película que nació a través de un sueño, en la que recoge el aroma de los retratos adolescentes más recordados del cine como Verano del 42, de Robert Mulligan, cineasta que también supo describir los conflictos de la adolescencia, o Mes petites amoureuses, de Jean Eustache, que exploró de forma bella y trágica ese tiempo de incertidumbre, y finalmente, la citada Cuenta conmigo, de Rob Reiner, donde una aventura para buscar a un muchacho desparecido se convertía en un aprendizaje crucial para curar heridas, y las más recientes, como C.R.A.Z.Y. o Call me by your name, donde la adolescencia se adentraba en una experimentación con la homosexualidad. Thor y Christian no sólo vivirán sus experiencias en la estación estival, sino que crecerán como personas, y quizás con el tiempo, encuentren algunas respuestas de todas las emociones y conflictos que vivieron aquel verano cuando eran adolescentes.