Les culpables, de Marta Duran Lozano

ADOLESCENCIA Y ABORTO.    

“¡Basta de silencios!¡Gritad con cien mil lenguas! porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!

Santa Catalina de Siena 

En Una canta, la otra no (1977), de Agnès Varda (1928-2019), unas de las primeras películas que abordó de forma frontal y directa el tema del aborto a través de dos amigas, en la que una ayudaba a la otra a abortar de forma clandestina. La directora francesa siempre puso el foco en la libertad de la mujer, en sus derechos, sus problemas y su lugar en la sociedad. En Les culpables, la directora debutante Marta Duran Lozano (Cardedeu, 1997), también pone su luz en las adolescentes que abortan, y lo hace usando un dispositivo nada convencional y extraordinariamente efectivo, sin caer en amarillismos ni condescendencias, a partir de 6 jóvenes que ponen voz, cuerpo e interpretación a las vidas y experiencias de más de 100 adolescentes anónimas que abortaron, y lo hace a través de la palabra, la escenificación y demás artificios cinematográficos donde arma una película sobre el aborto y también, una película de cómo ahcer una película sobre el aborto.

La película surgida del prestigioso Máster de Documental de Creación de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona nace con la voluntad de romper el silencio de cientos de miles de mujeres jóvenes que tuvieron que vivir o sobrevivir a la experiencia de quedarse embarazadas siendo adolescentes, transmitiendo la culpa, la soledad, la rabia y la señalización de su familia y sociedad y la de ellas mismas, atrapadas en un bucle de sentirse señaladas y sometidas a la moral de la sociedad de turno que les tocó en suerte. Son muchas historias que recorren contextos y momentos muy diferentes, desde la España de finales de los setenta cuando viajaban a Londres, la que podía, o la que, a principios de los ochenta, tomaba la decisión de hacerlo en una clínica clandestina lúgubre y oscura, y así, las seis jóvenes nos van contando las intimidades y las circunstancias de todas las que pasaron por ese trance en edad tan temprana. La directora catalana construye una cinta que maneja con habilidad las diferentes ficciones construidas como apartados, escarbando los momentos vividos, así como la intrahistoria de la propia película, donde se discute, se dialoga y se habla, y se comparte ideas y experiencias, la herramienta esencial por el que aboga el tema de la película. 

Un equipo técnico que brilla en cada instante de Les culpables como el extraordinario trabajo de cinematografía de Caterina Barjau, en un reto nada sencillo, ya que pasa por muchas texturas y grosores, en una cinta rodada en estudio, como la películas de antes, construyendo y simulando habitaciones, salas de espera de centros médicos, clínicas clandestinas, salones setenteros, interior de avión y demás espacios. La excelente música de Lina Bautista, acompañada de algunos temas musicales de bandas, que ayudan a transmitirnos cada pedazo de vida de las participantes anónimas, sus miedos, soledades y demás emociones, sin caer en el sentimentalismo ni demás inventos para seducir al espectador, siempre se busca la verdad, la ficción y el documento desde el rostro, el cuerpo y la emoción sincera. El montaje corre a cargo de Nila Núñez, también coautora del guion junto a la directora, que la conocimos por su debut como directora con el documental Lo que dirán (2017), ahora dedicada a labores de edición en La bona escola, Muyeres, Saturno y Dios lo ve, entre otras. Un trabajo exquisito, directo y nada pretencioso, todo emana una verdad muy directa y honesta, captando la sensibilidad, el cuerpo y el alma de cada una de las presentes y ausentes.

No podemos olvidar la producción de Boogaloo Films con Miguel Ángel Blanca a la cabeza, siempre inquieto con el buen cine documental y los jóvenes valores, y Montse Pujol Solà con Guspira Films, las dos compañías que han hecho posible una película interesante que invita a la reflexión con la participación de las 6 jóvenes: Laura Gaja, Aina Minguell, Lara Oliete, Ava Portolés, Ravina Raventós y Martina Subirats que ponen la voz e interpretan las vidas de los más de 100 testimonios anónimos que experimentaron vivir un aborto en su adolescencia. Una película como Les culpables expone muchas verdades, tantas verdades silenciadas y culpabilizadas que la película verbaliza y nos cuenta para que seamos conscientes de ello y sobre todo, nos lanza muchas reflexiones para que nos detengamos y escuchemos, y aprendamos de sus historias, empaticemos con ellas y sus casos, tantos y tantos que aquí se explican de forma natural, sin medias verdades y sin máscaras. Una película tan cercana como íntima que traspasa la pantalla por su singularidad y arrojo, sumergiéndonos en un viaje al pasado lleno de silencio, soledad y amargura. Si el cine sirve para algo es para que nos muestre aquello que nos incómoda, que juzgamos y sobre todo, que nos muestre nuestra vulnerabilidad y miedo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Robin Campillo

Entrevista a Robin Campillo, director de la película «Enzo», en unas escaleras en el recinto del Hotel Barceló Sants en Barcelona, el lunes 4 de mayo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Robin Campillo, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial, y a Sylvie Leray de Reverso Films, por su excelente traducción y por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Enzo, de Robin Campillo

CUANDO TIENES 16 AÑOS. 

“¡Ah!. El egoísmo infinito de la adolescencia, el optimismo estudioso: ¡Qué lleno de flores estaba aquel verano del mundo!”

Arthur Rimbaud 

Esto es un cuento de verano. Un cuento que sucede al sur de Francia, en una casa lujosa con piscina en la que vive Enzo. Porque este cuento que ocurre en verano es también su historia. Un chaval de 16 años que, desmotivado por los estudios, decide trabajar como aprendiz de albañilería, ante la oposición de sus padres, ingenieros de profesión y acomodados. Situación que llevará a tantos unos y otros, sobre todo, el padre, más reacio a la postura del hijo, a situaciones muy tensas que los alejarán, como la descriptiva secuencia en unos vacaciones, cuando los padres observan a su primogénito y se muestran muy preocupados ante la deriva de su hijo, junto a otros padres amigos, mientras el susodicho nada despreocupado a lo lejos como si la cosa no fuera con él. También es la historia del descubrimiento y despertar a la vida del citado Enzo, enfrentado al amor, al deseo, al trabajo, y a lo que significa querer ser quién quieres ser a pesar de tu padre y tu entorno.

El quinto trabajo de Robin Campillo (Mohammedia, Marruecos, 1962), está coescrito por él mismo, y el desaparecido Laurent Cantet (1961-2024), que iba a dirigir la película, con el que Campillo coescribió 4 películas y editó 7, y con Guilles Marchand, que a parte de director ha sido guionista para directores como Dominik Moll, Cédric Khan y Valérie Donzelli, y los propios Cantet que hicieron Recursos Humanos (1999), y Campillo en La isla roja (2023). El tono es muy íntimo y naturalista, vamos del trabajo de albañil, y los desencuentros entre Enzo con su padre y su hermano mayor, un espejo completamente acorde a su padre. Mientras el adolescente se relaciona con sus compañeros de trabajo como Vlad, un inmigrante ucraniano, al que ve como refugio y escapatoria. La película se aleja de convencionalismos de otras producciones en las que se lanzan los discursos y la condescendencia, aquí no hay nada de eso, porque se observa y profundiza la complejidad de las situaciones que se van generando en que cada personaje expone sus argumentos y posición, sin caer nunca en la intencionalidad, sino en generar muchas respuestas ante la dificultad que se desarrolla ante un padre con miedo que su hijo decida un futuro muy alejado a su idea. 

El director de Les Revenants (2004), se ha juntado con una gran cinematógrafa como Jeanne Laporier, con más de 65 títulos en su filmografía, junto al lado de grandes cineastas como Téchiné, Ozon, Bruni Tedeschi, Corsini y Verhoeven, entre muchos otros, y una cómplice excepcional para Campillo porque han hecho las cinco películas del director. A partir de un tono cercano y natural, la trama sutil y de verdad, acogiendo esa luz veraniega, tanto de día como de noche, se mueve entre pocos escenarios, unos espacios que no sólo explican lo que sucede sino que genera una información vital de los roles y las diferentes perspectivas que tiene cada personaje, con esa piscina como eje central de discusión. El director de Chicos del Este (2013), sobre las dificultades y oscuridades de los jóvenes del Este recién llegados a Francia, también coge el mando del montaje, donde prevalece la transparencia y lo anticonvencional, es decir, aquí la historia se cuenta desde todas sus miradas y vertientes, alejándose de lo estridente y la virguería argumental, aquí todo emana verdad, tanto en el diálogo como en el silencio, y nada está por estar, porque un personaje como Enzo, tan diferente y tan difícil de encajar en su propio entorno, del que quiere huir sea como sea, en una historia que se ve con mucho interés en sus 102 minutos de metraje. Destacar la presencia en la producción de grandes cineastas como los hermanos Dardenne y Jacques Audiard. 

El cineasta que nos maravilló con su espectacular 120 pulsaciones por minuto (2017) ha sabido acompañarse de unos intérpretes fenomenales como ya hiciese en sus anteriores películas. En esta tenemos la presencia del debutante Eloy Pohu como Enzo, un actor que transmite esa inseguridad en poder dialogar con su padre, en relacionarse con su compañero Vlad y en ese jodido limbo de los 16 años, cuando todavía no eres adulto legalmente y te mueves bajo las sombras de lo que todavía no es pero quieres que sea ya. Están los padres, dos grandes intérpretes como Elodie Bouchez, una mirada y profundidad tan natural como interesante, en un rol más comprensiva y cercana a su hijo rebelde y el actor italiano Pierfrancesco Favino, que transmite también la inseguridad del progenitor que desea una vida diferente para su hijo. Otro debutante es Maksym Slivinskyi, que hace el personaje de Vlad, ese hermano-amigo mayor que es una huida del joven. Si ven una película como Enzo, de Robin Campillo, seguramente les recordará muchos momentos al adolescente que fueron, o quizás, les recuerda a sus padres, al cariño o no que les manifestaron. En cualquier caso, van a ver una historia sobre el deseo de ser uno mismo, aunque nos equivoquemos, porque la verdadera libertad, independientemente la edad que se tenga, es poder decidir tu presente, digan lo que digan los demás, porque es tu vida, tu error o acierto, es en el fondo, tu forma de ser, de experimentar, de descubrir, de relacionarte con el mundo y contigo mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Rodrigo Gibaja y Rodrigo Díaz

Entrevista a Rodrigo Gibaja y Rodrigo Díaz, intérpretes de la película «Voy a pasármelo mejor», de Ana de Alva, en la terraza del Hotel Soho Barcelona, el martes 8 de julio de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Rodrigo Gibaja y Rodrigo Díaz, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Izan Fernández y Renata Hermida Richards

Entrevista a Izan Fernández y Renata Hermida Richards, intérpretes de la película «Voy a pasármelo mejor», de Ana de Alva, en la terraza del Hotel Soho Barcelona, el martes 8 de julio de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Izan Fernández y Renata Hermida Richards, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Voy a pasármelo mejor, de Ana de Alva

LOS PITUS YA SON ADOLESCENTES. 

“La adolescencia es el momento de la vida en que los jóvenes dejan de creer en cuentos de hadas y comienzan a creer en el amor”. 

Anónimo 

Hace tres años vimos Voy a pasármelo bien, de David Serrano (Madrid, 1975), imaginativo, interesante y divertido musical con canciones de Hombres G, en la que contaban el último curso escolar de “Los Pitus”, en el Valladolid de 1989, con sus primeros amores, el acoso escolar y los tiempos donde reinaban la inocencia, la amistad con la oscuridad y demás. La gracia consistía en contar también partes de la edad adulta de los personajes principales, los David y Layla, y ese amor no resuelto. Tres años después… En Voy a pasármelo mejor vuelven “Los Pitus”, ya adolescentes, y hemos pasado de Valladolid a un campamento de verano, guiño a las películas estadounidenses a las que les debe mucho, por ejemplo, aquella maravilla de Cuenta conmigo (1986), de Rob Reiner. Estamos en 1992, si, ¡Vaya año!. Los David, Luis y Paco, a los que se añadió El Cabra, y por supuesto, el comodín que nadie quiere, Marotooo, y seremos testigos de esos cambios hormonales donde la existencia va transformándose en los primeros sentimientos fuertes o al menos así se creen en ese eterno capítulo no acabado que se llama adolescencia. 

El guion lo vuelven a firmar el dúo de la primera, Luz Cipriota y el mencionado David Serrano que ha cedido el testigo de la dirección a una conocida suya, Ana de Alva, una malagueña de 23 años, que la tuvo como actriz en el musical Grease, y además de la interpretación ha dirigido un par de cortos y estudiado en la Ecam. El amor de David y Leyla de la primera ha dejado paso a tres historias: el amor a distancia de los susodichos, porque recuerden que la joven marchó a México, el primer amor de Paco que se siente atraído por Tormo, y el de Luis, que se siente mayor con una de las monitoras que está embarazada. Les ayuda El Cabra, que ya tiene carnet de conducir, y Maroto anda por ahí, ayudando o incordiando, nunca se sabe. Vuelve a ser una comedia musical, donde hay canciones y bailes, ahora con grandes temazos de la época: “Lucha de gigantes”, de Nacha Pop, ya verán qué momentazo, o ese otro del “Amante…”, de Bosé, o el tema más popular de Seguridad Social, los de mi edad ya saben cuál es, o el de Chimo Bayo, sí, ese, y uno de Duncan Dhu, que mejor no desvelar para no estropear el pedazo de momento que se marca la película.

La película ha optado por un equipo técnico joven al que se le ha dado estupendas oportunidades como el cinematógrafo Joan Bordera, que estuvo al frente de La inocencia (2019), de Lucía Alemany, y las tres últimas películas de la directora María Ripoll, en un trabajo donde prima la intimidad y el cuadro visualmente poderoso para acercar las vidas agitadas de los protagonistas. La música de Alejandro Serrano, que ya estuvo con Serrano en Una hora más en Canarias (2010), maneja con inteligencia los intervalos de las canciones citadas y lo hace sin enmarcar demasiado y agilizando la trama. El montaje lo firma Miguel Ariza, con experiencia como cineasta con sus cortometrajes que, en sus 110 minutos de metraje, le da vida, concisión y entretenimiento, sin decaer en ningún instante. Cabe destacar el trabajo de ambientación de la película que, como sucedía con Voy a pasármelo bien, no existen elementos impostados o distorsionantes, sino una mirada cercana y natural a una época, la de finales de los ochenta y principios de los noventa, donde prevalece la transparencia en unos espacios que ayudan a crear esa idea de lo romántico y real que transita por toda la historia. 

Otro de los grandes elementos que funcionan a las mil maravillas en la película es su reparto, que repite tres años después, donde destaca una naturalidad desbordantes, y unas interpretaciones que muestran el coraje y la vulnerabilidad de unos personajes que podríamos ser nosotros, los que vivimos ese tiempo, devolviéndonos a la adolescencia. Un tiempo para vivir, para soñar, pero también, para saber quiénes somos. Un elenco encabezado por Izan Fernández dando vida al enamorado David, las gracias y el peculiar lenguaje de Luis con sus “efectiviguonder” y “yesveriwellfandando”, etc… al que interpreta un “salao” rodrigo Gibaja, el intelectual y reservado Paco lo hace Rodrigo Díaz, y la madura y rebelde Layal es Renata Hermida Richards, el cortito y cercano “El Cabra” es Michel Herráiz, Diego Montejo es Tormo, en un rol muy diferente que en la primera entrega, y javier García es Maroto, un “amigo”, quizás, no sabemos, jeje. Con la presencia de Alba Planas como monitora, una excelente actriz que nos impresionó en la reciente La virgen roja, de Paula Ortíz. No podemos olvidar a Raúl Arévalo y Karla Souza que son los David y Leyla de adultos y aquí reservan su “momento”.

La gran virtud de una película como Voy a pasármelo mejor no es copiar a las películas de adolescentes estadounidenses, sino a través de su herencia, coger todo aquello que las hace diferentes, como su esencia, su aroma y su vitalidad, y trasladarla a la idiosincrasia de España, sin caer en los tópicos ni en todo aquello que hacemos para los otros, sino rastrear nuestra forma de ser y actuar, rescatando aquel tiempo, un espacio donde todavía se podía soñar de otra manera, sin móviles, sin tanta tecnología y volviendo a lo humano, ahora envuelto y sometido a la nueva virguería del mercado. La juventud de Ana de Alva ha aportado frescura y sabiduría a una trama que sabe plantar la cámara y contarnos una aventura, pero también, la complejidad de la adolescencia, esos primeros amores donde se descubre la idea que nos vamos a hacer del amor, donde nos creemos adultos aunque no lo desamor, y donde las cosas parece que van muy deprisa y en el fondo, somos nosotros que nuestra impaciencia nos hace perdernos el tiempo y la paciencia que conlleva vivir y experimentar las situaciones emocionales que se producen en nuestro interior y no sabemos interpretarlas ni mucho menos disfrutarlas. No me enrollo más. Les dejo con “Los Pitus” y sus cosas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Grup Natural, de Nina Solà Carbonell

LA ADOLESCENCIA Y LA ENSEÑANZA.  

“La adolescencia representa una conmoción emocional interna, una lucha entre el deseo humano eterno a aferrarse al pasado y el igualmente poderoso deseo de seguir adelante con el futuro”. 

Louise J. Kaplan 

En los últimos años hemos visto muchas películas sobre adolescentes. Pensamos en Premières solitudes (2018), de Claire Simon, La nova escola (2020), de Ventura Durall, Quién lo impide (2021), de Jonás Trueba y Néixer per néixer (2023), de Pau García Pérez de Lara, entre otras, donde a través de un cine directo y en formato documental, se ha profundizado en las complejidades, deseos, tristezas y demás cuestiones de los adolescentes, siempre ofreciendo un marco íntimo y sensible desde donde los jóvenes han podido expresar sus sueños y pesadillas en libertad, con un tono muy sincero y cercano. Un cine que hable de la adolescencia desde dentro, sin tapujos ni cortapisas, ni mucho menos condescendiente, tratando las dificultades de una época crucial en la vida de cualquier individuo. Cintas deudoras de aquel monumento al cine que fue High School (1968), de Frederick Wiseman, una de las películas cumbre sobre el dolor y la alegría de lo que significa ser un adolescente en cualquier país occidental. 

A esta ilustre terna se suma Grup Natural, de Nina Solà Carbonell, formada en la Escac en documental, con amplia experiencia en dirección de teatro y cine, y en los equipos de películas como Alcaldesa (22016), de Pau Faus y la citada La bona escola. Su primer largometraje se centra en un grupo de adolescentes y en las cuatro paredes de Súnion, una escuela concertada/privada, regida por un innovador método pedagógico, dando mucha autonomía al alumno y al grupo, con los denominados “grups naturals” formados por ocho alumnos en los que se van generando dinámicas para ver cómo se desarrollan y cómo gestionan las actividades en la que participan y los conflictos y demás. Seguimos tres: uno de primero de la Eso, otro de tercero de la Eso y finalmente, uno de segundo de bachillerato. Tres momentos importantes en la etapa escolar y vital de un grupo de chicos y chicas. La cámara encuadra la película a través de las aulas, espacios y demás espacios de la citada escuela, a través de un año: al inicio de curso, a su mitad y en la despedida. Somos testigos de sus encuentros y desencuentros de los diferentes alumnos, sus primeras alegrías y derrotas, sus relaciones en clase, con la escuela y su futuro. Los vemos hablar entre ellos, con sus maestros y haciendo trabajo en la escuela, otra faceta del mencionado método. 

Los planos y encuadres de la excelente cinematografía de Núria Gascon Bartomeu, también fogueada en la Escac, de la que hemos visto interesantes trabajos como Animal salvatge y Els Orrit, entre otros. Su cámara se muestra como un testimonio inquieto y muy curioso que va documentando todo lo que va sucediendo, eso sí, sin caer nunca en una sensibilidad impostada ni tampoco en la tramposería de muchas películas del mismo dispositivo. Aquí vemos una verdad de tantas de las que suceden en la escuela mostrada con rigor y sentimiento.  El gran trabajo de sonido de Nora Haddad Casadevall, con más de veinte títulos entre los que destacan Balandrau, l’infern glaçat, El techo amarillo y La singla, entre otros, y Borja Barrera Allué, con más de 30 trabajos, ayuda a sumergirnos en la cotidianidad que desprenden unas imágenes tan cercanas y poderosas que vemos, al igual que la música, tan sutil y brillante que firma Antoni Mairata. El magnífico montaje de Marta Forné, que la conocemos por sus colaboraciones con el director Manuel Pérez en La hora del pati, Frontera, Metamorphosis y más, amén de Clase valiente (2016), de Víctor Alonso-Berbel,  porque en sus reposados y concisos 88 minutos viajamos por las cuatro paredes de las aulas y los diferentes espacios reflexionando a través de estos tres grupos adolescentes tan diferentes y tan parecidos a nosotros a su edad. 

Mención especial tiene el trabajo de la productora Fractal que integran Marc Guanyabens, Izaskun Arizkuren Astrain, el citado borja Barrera Allué y el mencionado Víctor Alonso-Berbel, que se mueven tanto en ficción y documental, generando nuevas miradas e historias sobre el momento actual. Grup Natural es un gran trabajo sobre la adolescencia, y cómo no, sobre la educación, y todos los puentes, obstáculos y caminos que se abren entre los que enseñan y los enseñados, o mejor dicho, entre todos ellos, que aprenden, porque en el fondo todos enseñan y aprenden a la vez, en una película tan necesaria como audaz, porque siempre se sitúa en el que observa y no juzga, en el que recoge el testimonio y documenta unas realidades tan diversas como complejas. Una cotidianidad que varía diariamente, un universo tan rico como difícil, tan innovador como perplejo, donde dos grupos de personas de generaciones muy alejadas están ahí, y se miran, y comparten un espacio en el que unos ayudan a otros a crecer y desarrollarse como personas, como individuos pensantes y críticos y sobre todo, a descubrir su camino y dotarlos de herramientas y capacidades físicas y emocionales para afrontar su viaje. La película es un alumno más que ayuda a qué los espectadores seamos uno más y reflexionemos sobre lo que vemos y lo que fuimos en un tiempo presente que siempre va hacia adelante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jaime Rosales

Entrevista a Jaime Rosales, director de la película «Morlaix», en los Cines Verdi en Barcelona, el jueves 13 de marzo de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jaime Rosales, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan maravillosa, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Morlaix, de Jaime Rosales

EL AMOR Y EL VACÍO. 

“Un día voy a escribir todo lo que siento. Y vas a leerlo y a preguntarte si se trata de ti. Y probablemente si. Y posiblemente ya no”. 

Mario Benedetti 

La coherencia y la búsqueda son dos elementos que encontramos en el cine de Jaime Rosales (Barcelona, 1970). Un cine que desafía y cuestiona su propio cine, revelándose en cada película como un nuevo comienzo, un nuevo camino y sobre todo, encontrar una nueva forma de mirar cada historia. Una filmografía compuesta por ocho títulos, con una primera mitad donde la ejecución se regía en espacios de experimentación y de incesante búsqueda de miradas trabajando con texturas y formatos y cuadros diferentes en cada una de las películas. Su deslumbrante debut con Las horas del día (2003), le siguieron la incómoda La soledad (2007), que lo aupó a un reconocimiento fuera de los circuitos independientes. Con Tiro en la cabeza (2008), levanta prejuicios y sensibilidades acercándose al terreno de ETA. Con Sueño y silencio (2012), cierra una etapa donde lo exterior en forma de accidente sobrecoge a sus personajes. Con Hermosa juventud (2014) abre una segunda etapa donde la intención es llegar a un público más amplio, sin renunciar a las cuestiones que provoca cada nuevo trabajo, adentrándose en una mirada sobre una juventud perdida, precaria y vacía. En Petra (2018), y Girasoles silvestre (2022), los jóvenes eran objeto de estudio desde perspectivas profundas e interesantes. 

Con Morlaix sigue indagando en la juventud y nos lleva a un pequeño pueblo costero y norteño de la Bretaña francesa. Allí, en un lugar donde nunca pasa nada, encontramos a Gwen, una joven en su último año de instituto y acaba de perder a su madre, y mantiene una relación sentimental poco satisfactoria, y donde llegará el parisino Jean-Luc, un tipo carismático, diferente y extraño. Rosales usa este encuentro para hablarnos del amor y los vacíos existenciales cuando eres joven, cuando todavía hay tanto por vivir y por hacer, o quizás no. A partir de un sobresaliente guion firmado a cuatro manos por Fany Burdino y Samuel Doux, que tienen en sus carreras nombres tan reconocidos como los de Joachim Lafosse, Cédric Khan, Laurent Cantet y Louis. Julien Petit, entre otros, la directora Delphine Gleize autora de filmes como los de Carnages y La permission de minuit, entre otras, y el propio director, donde logran una película sensible, transparente, muy dialogada y llena de matices y grises, donde los jóvenes hablan sobre la vida, el amor, el vacío y demás cuestiones esenciales y vitales donde vna exponiendo diferentes posiciones y conflictos. 

A través de un cuadro en 35mm para el blanco y negro y el 16mm para el color, por el que deambula tanto en los dos formatos y texturas, de forma bellísima y nada artificial, en un gran trabajo de Javier Ruiz Gómez, del que conocemos sus trabajos para Max Lemcke, en El cuadro, de Andrés Sanz y para el francés Jean-Christophe Meurisse, etc… y debutante con Rosales, en un extraordinario ejercicio de plasticidad y cercanía que convierte al espectador en un personaje más, convirtiéndose en testigo privilegiado. La excelente música de Leonor Rosales March ayuda a acompañar esos vacíos, miradas y gestos que informan igual que las palabras las vicisitudes y extrañezas que acompañan a los protagonistas. El magnífico montaje de Mariona Solé Altamira, que tiene trabajos con Gerard Oms, Unicornios, de Àlex Lora, y los documentales  El techo amarillo, de Coixet y Pepi Fandango, de Lucija Stojevic, entre otros, consigue una composición que nos acerca de forma reposada a la historia y sus personajes en sus intensos 124 minutos de metraje que para nada resulta pesado y reiterativo, sino lleno de reovecos y laberintos, en los que el artefacto del cine pasa a ser un reflejo de sus vidas y viceversa, porque sus historias se convierten en ficción y realidad a la vez, en otro profundo y sincero juego de metacine que nos deslumbra. 

Los repartos de las películas del director barcelonés nunca resultan baladí y son muy estudiados ejerciendo una personalidad sólida a sus historias, y en Morlaix sigue la misma senda que tan buenos resultados interpretativos le ha dado. La magnífica debutante Aminthe Audiard encarna a la mencionada Gwen, que no está muy lejos de las heroínas de Rohmer, con un estado de ánimo nada claro e insatisfactorio que no cesa de preguntarse por la vida, el amor y la muerte, en un incesante juego de miradas, gestos y silencios que sobrecogen. El otro lado del espejo lo compone Jean-Luc, el forastero, que hace un increíble Samuel Kircher, al que vimos en El último verano, de Catherine Breillat, donde captura toda esa indecisión vital y esa forma de amar tan pasional que no tiene término medio. Los adultos los hacen Mélanie Thierry, con casi 40 títulos entre los que destacan películas con Tavernier, Techiné, Guilliam, León de Aranoa, Arcand, Spike Lee y muchos más, en un personaje muy importante del que no desvelaremos nada más. Àlex Brendemühl, el único actor que está presente en muchas de las películas de Rosales tiene otro rol, igual de interesante. 

Las referencias de la película que inteligentemente no esconde sino que las realza por el bien de la historia que quiere transmitir. Empezamos por las muchas cercanías que comparte con La reconquista (2016), de Jonás Trueba, tanto en su forma de mirar la adolescencia, sus vacíos e inquietudes, y el amor que tienen y cómo lo experimentan, y después en la adultez, en el cuestionamiento de las decisiones tomadas y todas esas proyecciones al futuro que sólo quedaron en meros pensamientos y posibilidades teóricas. Los “cuentos” del citado Rohmer están presentes en la trama, y no sólo por el idioma francés, sino y sobre todo, por cómo los personajes hablan de la vida y el amor, cuestionando sus decisiones y tomando conciencia de la importancia de cada decisión no sólo ahora en la juventud sino en su significado futuro. La sombra de Bresson también está presente en la trascendencia de lo que sucede y cómo se cuenta, usando la tranquilidad y la reflexión, en una película muy hablada, pero para nada aburrida, sino todo lo contrario, donde cada palabra contradice la anterior y así sucesivamente, en un certero caleidoscópico de opiniones, reflexiones y demás. Nos hemos vuelto a emocionar con el cine de Rosales y sus Gwen y Jean-Luc, tan bellos, tan perdidos, tan enamorados y sobre todo, tan ellos y tan solos, recordándonos la fragilidad y la vulnerabilidad de nuestras existencias y sentimientos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Esperando la noche, de Céline Rouzet

LA IMPOSIBILIDAD DE SER. 

“La valentía es no dejarse intimidar por el miedo”

Rebecca Solnit 

Erase una vez… Una familia que llega a una zona residencial, de esas tan tranquilas que parecen esconder algo oscuro, llenas de casas con su jardín verde tan natural como artificial, con piscina de agua demasiado azul, y demás lujos innecesarios de gente que no sabe en qué gastar el dinero que gana. La familia en particular son Laurence y Georges, madre y padre, Lucie, la hija pequeña y finalmente, Philémon, el hijo adolescente, demasiado pálido y extraño. A parte del hijo, lo demás no parece raro, aunque a medida que avanza la trama, nos daremos cuenta que la cosa si guarda ciertas rarezas. La directora francesa Céline Rouzet, que debutó con 140 km à l’ouest du paradis (2020), un documental sobre una de las zonas más remotas de Papúa Guinea que analiza el turismo y el neocolonialismo. Para su segunda película Esperando la noche (“En attendant la nuit”, en el original), se adentra en el género para contarnos una sensible e íntima historia sobre el difícil paso de la infancia a la adolescencia de un chaval, el tal Philémon, que tiene un secreto: necesita sangre humana para alimentarse. 

Rouzet huye deliberadamente del vampirismo como fenómeno terrorífico para situarse en los pliegues de ese momento vital, tan esperanzador como inquietante, en la que nos habla desde el alma de conflictos cotidianos en los que impone una naturalidad oscura, parecida a la de las películas de David Lynch, donde todo lo que vemos insinúa unas puertas para adentro donde ocurren los terrores más espeluznantes. Su relato se aleja de las argucias argumentales y construye un guion junto a William Martin en el que prevalece la honestidad, el secreto no es ningún misterio, porque como hacía Hitchcock, lo desvela al principio, así que, la trama se desarrolla en eso que comentábamos al inicio del texto, en el proceso de un joven que quiere ser aceptado por los jóvenes del lugar y aún más, en el miedo que siente en revelar su “secreto”. Por el camino, el film habla del sacrificio familiar para proteger a su hijo, llevándolos a hacer cosas ilegales y demás cosas. La película plantea lo vampírico como una enfermedad o discapacidad que nos puede alejar de los demás, incluso del amor como le ocurre a Philémon que se siente atraído por Camille. 

La cineasta francesa huye de los lugares comunes del terror más convencional, porque su película va de otra cosa, y la llena de lugares extremadamente domésticos y cercanos como la casa y las calles y el bosque y el río, siempre de día y en verano, con esa luz tranquila y pausada que firma el cinematógrafo Maxence Lemonnier, del que hemos visto hace poco HLM Pussy, de Nora el Hourch, en la que envuelve de cotidianidad y cercanía su película. El montaje de Léa Masson, habitual de Claire Simon, que además estuvo en el debut de Rouzet, huye del corte enfático y se instala en un marco reposado donde todo se cuenta con el debido tiempo, sin prisas ni estridencias, en sus 104 minutos de metraje. La excelente música de Jean-Benoît Dunckel, la mitad de “Air”, que ha trabajado en grandes títulos como María Antonieta, de Sofia Coppola, El verano de Sangaile, de Alanté Kavaïté y en Verano del 85, de Ozon, nos envuelve de forma natural e inquietante al anthéore de la película, confundido y torturado, en ese estado de ánimo entre el miedo, el conflicto y la necesidad de abrirse del protagonista, enfrascado en sus temores y oscuridades, y las otras, las de fuera, las que más miedo le producen, porque no sabe cómo reaccionan los otros cuando sepan su “secreto”.

La presencia del debutante Mathias Legoût Hammond en la piel del oculto Philémon es todo un gran acierto, porque el joven actor sabe transmitir todo el problema que arrastra un adolescente que quiere ser uno más y no puede, protegido por el amparo familiar pero con ganas de descubrir otros espacios de la vida como la amistad y el amor. Le acompañan una siempre arrolladora Elodie Bouchez como la la madre, que fácil lo hace y todo lo que genera una actriz dotada de un aura especial. Jean-Charles Clichet es el padre, que le hemos visto en películas de Honoré y Hansen-Love, entre otros, la niña es la casi debutante Laly Mercier, genial como hermana pequeña, tan lista como rebelde, y finalmente, la estupenda presencia de Céleste Brunnquell como Camila, la amada de Philémon, una actriz maravillosa que nos encantó en El origen del mal y Un verano con Fifí, entre otras, siendo esa mujer que, al igual que el protagonista, se transformará. No se pierdan Esperando la noche, de Céline Rouzet, si les gustan las películas de terror sin efectismos y que profundicen en el alma humana, sus verdades y mentiras, y sus brillos y oscuridades, y todo lo que nos hace humanos o no, y cómo reaccionamos ante el diferente y lo desconocido, que es eso lo que nos hace inteligentes  y sobre todo, bellas personas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA