Olga, de Elie Grappe

LO PERSONAL VS. LO COLECTIVO.

“Lo más importante del deporte no es ganar, sino participar, porque lo esencial en la vida no es el éxito, sino esforzarse por conseguirlo”.

Barón Pierre de Coubertin

En abril de 2015, en un ciclo de Cine contemporáneo polaco que tuvo lugar en la Filmoteca de Cataluña, visioné la película Mundial. Gra o wszystko, de Michal Bielawski. Un documental que se aproximaba a la experiencia de la selección polaca del fútbol en el Mundial del 82 celebrado en España, mientras en su país había protestas, ley marcial, militares en las calles y opositores inundando las cárceles. Una extraordinaria exploración sobre el deporte y la política, sobre lo personal y lo colectivo. Un proceso parecido al que ha realizado el  cineasta Elie Grappe (Lyon, Francia, 1994), que después de dirigir un cortometraje sobre danza, inmediatamente después codirigió un documental sobre una orquesta, donde conoció la experiencia de una violinista ucraniana que llegó a Suiza justo antes del Euromaidán (el nombre al que se le dio a las revueltas y protestas del pueblo ucraniano, entre noviembre 2013 y febrero de 2014, que derrocaron al presidente Víktor Janukóvich). A partir de esa idea nació Olga, su primer largometraje.

Con un guion de Raphaëlle Desplechin (del que hemos visto películas tan interesantes como Tournée, de Mathieu Amalric o Curiosa, de Lou Jeunet, entre otras), con el protagonismo de la citada Olga, una niña ucraniana de quince años, gimnasta de élite que debido a los ataques que sufre su madre periodista opositora al gobierno, es enviada a Suiza, la patria de un padre que apenas conoció, y a seguir entrenando para participar en el Campeonato de Europa que sirve de preparación para los Juegos Olímpicos. El director francés fusiona extraordinariamente el documento, rescatando imágenes reales de las protestas grabadas con el móvil por los propios manifestantes ucranianos con esas otras imágenes construidas para la película, que también podrían enmarcarse en el documento, ya que utiliza gimnastas de élite, pero pasado por el filtro de la ficción, creando un relato de muchísima fuerza, tensión, ejemplar naturalidad y sobre todo, una brillante y concienzuda aproximación a la complejidad de una persona exiliada por obligación y compitiendo, mientras su país está en mitad de un proceso revolucionario histórico.

Una apabullante cinematografía de Lucie Baudinaud, que ya estuvo en Suspendú (2015), cortometraje de Grappe, en la que sobresale su férrea cercanía, en la que filma los rostros, los cuerpos y el movimiento de las gimnastas. El estupendo montaje de Suzana Pedro, consigue sumergirnos de forma brutal e inmersiva tanto en ese mundo interior contradictorio y lleno de tensión en el que vive la protagonista, tanto en lo emocional, recibiendo esas imágenes, los videos con su madre y Sasha, su amiga y también gimnasta, como en lo físico, con sus duros entrenamientos, sacrifico y fuerza, y ese espacio de Magglingen, sobre Biena, encerrada en esas meseta estrecha de duro invierno y aislada. El magnífico trabajo interpretativo de la debutante Anastasia Budiashkina en la piel de la antiheroína que, al igual que Sabrina Rubtsova, que se mete en la piel de la citada Sasha, pertenecen al equipo de reserva de la selección de Ucrania de gimnasia, situación que le da a la película y a lo que está contando una verosimilitud y una intimidad extraordinarias, al igual que ocurre con el resto del reparto, todos son integrantes de equipos de gimnasia de élite, tanto preparadores como deportistas.

Estamos ante una película llena de matices, de complejidades y de una honestidad profunda y bien construida, donde no hay buenos ni males, ni ese odioso mensaje de superación ni nada que se le acerque. Aquí hay verdad, a través de la ficción, pero una ficción que podría ser la de cualquier persona que se halle en una situación tan difícil y dolorosa como la que vive Olga, una niña que se va a hacer mayor de repente y de forma intensa, y como pasa en estos casos, todo será traumático, violento y tremendamente tortuoso, una experiencia que la joven la vivirá como puede, entre dos aguas, entre su país, entre todo lo que ha quedado allí, su madre, su amiga del alma, sus raíces, su vida, contra donde está ahora, un exilio forzoso, una salvación que deberá gestionar emocionalmente y físicamente ente durísimos entrenamientos, un nuevo idioma del que no entiende la jerga y una nueva vida, que no resultará nada sencilla debido a los conflictos emocionales en los que está inmersa. Una protagonista que a pesar de los inconvenientes en los que se encuentra inmersa, demostrará una grandísima fuerza y compromiso ante todo y todos. Olga es una película que deberían ver todos los estudiantes y deportistas del mundo, porque no solo se acerca a la vida y al deporte como es, con sus alegrías, tristezas y vuelta a empezar. Toda una enseñanza y lo hace desde la humildad y la humanidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Plumas, de Omar El Zahoiry

MI MARIDO HA DESAPARECIDO POR ARTE DE MAGIA.  

“Cuando toda esperanza se ha esfumado, no hay razón para el pesimismo”

Aki Kaurismäki

Si miramos a la cinematografía egipcia nos viene el nombre de Youssef Chahine (1926-2008), por encima de otros, ya sea por su prestigio internacional o por otras razones. El caso es que es difícil no recordar algunas de sus grandes obras como Estación Central (1958), La tierra (1969), Alexandria… Why? (1979), El destino (1997), entre otras. Así que, es muy de agradecer que, una distribuidora como Flamingo Films mire hacia esa cinematografía y podamos ver una película como Plumas, de Omar El Zahoiry (El Cairo, Egipto, 1988), un director que con su segundo cortometraje, The Aftermath of the Inauguration of the Public Toilet at Kilometre 375 (2014), compitió en el prestigioso Festival de Cannes y se alzó con varios premios alrededor del mundo. Mismo certamen que también acogió Plumas, la opera prima de El Zahoiry, y es una primera película nada convencional, porque nos cuenta una historia que es muy cotidiana, apegada a lo social y humanista, con una sinopsis nada extraña, en la que una madre con tres hijos menores a su cargo, se queda sola después que su marido desaparezca en extrañas circunstancias.

Uno de los aciertos de la película es su enorme forma, porque Plumas es una película con una forma muy particular, en la que la cámara se mantiene fija, nunca se mueve, y además, su peculiar sentido del humor en una historia de corte muy social, donde prima la austeridad en todos los sentidos, tanto de forma como de argumento. Un humor de varios niveles y múltiples capas, desde el surrealismo con ese arranque donde un truco de magia hace desaparecer al estúpido padre de familia, que recuerda a alguno de las películas de Woody Allen, y el mago se muestra incapaz de devolverlo sano y sano. También hay esperpento, muy valleinclanesco, en el que vemos a muchos personajes y situaciones de lo más extrañas, donde no falta el tropezón y el zapatazo muy a lo Tati, con lo surrealista impregnando cada secuencia y plano, como ese funcionario policial que nunca vemos, solo escuchamos, o esos empleados tarugos siempre manejando documentos que mueven y remueven, y cómo no, lo bressoniano está muy presente, en su minimalismo, con esas miradas y gestos, porque los personajes de la película apenas hablan, y si lo hacen, aún crean más confusión.

El cine del citado Chahine está muy presente en todo el metraje, con esa mujer que lucha incansablemente salir adelante y enfrentada a una sociedad patriarcal y machista, que no para de ponerle piedras en el carro, un camino de obstáculos y penurias, pero que nunca se muestra sensiblero y demás, porque la interpretación y las situaciones huyen de toda convencionalidad sentimental. El cine de Kaurismäki sobrevuela continuamente en muchos aspectos, desde esos rostros impasibles, aceptando la injusticia y la insolidaridad de los demás, batallando en una sociedad deshumanizada, en el que cualquiera aprovecha su oportunidad para aprovecharse de la desgracia del prójimo. Los maravilloso planos detalle del dinero, objeto indispensable para generar prejuicios y pobreza, con esa pequeña ceremonia de las manos contando billetes. Todo un prodigio de la película y su característica forma para hablar del sometimiento de la mujer en la sociedad árabe, pero construyendo una inteligente y sabia película, en la que no falta el humor negro, irreverente y comedido.

La gran labor del guion que firman Ahmed Amer y el propio director, la excelente cinematografía de Kamal Samy, con esos planos estáticos que muestran o no, donde es tan importante lo que vemos como lo que se nos oculta, y el pausado y relajado montaje que firma Hisham Saqr, que ya estuvo en el mencionado The Aftermath of the Inauguration of the Public Toilet at Kilometre 375, que acierta con el ritmo lento pero sólido en un film que abarca los ciento doce minutos de metraje. Los fascinantes y maravillosos intérpretes de la película, cada uno con ese aspecto como de otro tiempo, atemporal y lleno de simbolismo, entre los que destaca la magnífica interpretación de la debutante Demyana Nassar en el rol de esa madre obtusa, callada, siempre cabizbaja, con la mirada perdida que, casi sin hablar, consigue tirar hacia adelante, pese a quién pese, y sobre todo, en una sociedad muy hostil que rechaza a las mujeres. Todo un ejemplo de lucha incansable y sobre todo, de humanidad y paciencia, valores tan difíciles de encontrar en la sociedad mercantilista en la que nos ha tocado vivir. Omar El Zahoiry ha construido una película atípica y llena de aciertos e inteligencia, es de esas obras pequeñas, delicadas y llenas de amargura, pero para nada tristes, sino todo lo contrario, porque están llenas de humor, un humor que sirve para contarnos las miserias del mundo y todos aquellos que lo habitan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mi mejor amigo, de Ferit Karahan

MI AMIGO ESTÁ ENFERMO.

“Desde la infancia nos enseñan; primero a creer lo que nos dicen las autoridades, los curas, los padres… Y luego a razonar sobre lo que hemos creído. La libertad de pensamiento es al revés, lo primero es razonar y luego creeremos lo que nos ha parecido bien de lo que razonamos”

José Luis Sampedro

El cineasta Ferit Karahan (Estambul, Turquía, 1983), se dio a conocer internacionalmente con La caída del cielo (2013), su opera prima que abordaba los conflictos personales entre turcos y kurdos. En su segunda película, con un título muy significativo, ya que en el original se llama Okul Tiraçi, traducido como “Corte pelo escolar”, no sitúa entre las paredes de un internado para niños kurdos, en una zona aislada en las montañas del este de Anatolia, y un relato intenso, asfixiante y muy corporal, acotado en apenas unas cuantas horas desde la noche al mediodía, en la piel de Yusuf, un chaval de 12 años que, al despertar ve a su compañero de litera inmóvil y con tez muy pálida, y lo lleva inmediatamente a la enfermería, ante la gravedad del asunto, el director y tres profesores implicados en el asunto, mantendrán el conflicto a medida que avanza la mañana y los problemas se les van amontonando.

La secuencia que abre la película, con esos pasillos atestados de niños dispuestos a disfrutar de su baño semanal, la cámara sigue sin descanso a Yusuf que es el encargado de introducirnos en el relato y a mirarlo a través de él, ya que está en casi todas las secuencias. Una disputa en el baño con tres chavales provoca que un profesor los castigue con bañarse con agua fría, situación que desencadenará el conflicto. Un guion que firman Acet de Gülistan y el propio director, aborda sin tapujos y de frente, temas tan universales como educar a través del miedo, la represión como norma para corregir conductas, la mentira como base de cualquier grupo social, y sobre todo, el sentimiento de culpa que va apareciendo en la trama a medida que la película va instalándose en una suerte detectivesca donde adultos y Yusuf intentan aclarar el asunto de Memo, el niño enfermo, en el que la cámara filma de forma enérgica y sin tregua los pasillos, las clases, el comedor, y ese exterior blanco por una nieve que no cesa de caer, y diferentes espacios que forman parte de las zonas laborales de la escuela.

 La mirada incisiva y expectante que filma sigue a Yusuf y sus desplazamientos, siempre en silencio, siempre ocultando algo, siempre con el alma en vilo por su amigo, siempre expectante. Un extraordinario trabajo del cinematógrafo Türksoy Golebeyi, que no adorna nada, todo es seco, abrupto y extremadamente cotidiano, en que el conflicto va avanzando y estrechando más a los personajes, que se encuentran en un callejón sin salida, porque los problemas se amontonan y no encuentran ayuda, el encargado ha salido, el médico se encuentra lejos y por culpa del temporal no puede desplazarse, al igual que el coche que no puede salir de la escuela por la acumulación de nieve. Un preciso y grandioso montaje que firman el propio director, Sercan Sezgin, el proprio director y Hayedeh Safiyari, toda una institución del cine iraní porque trabaja con los más grandes como Bahman Ghobadi y Asghar Farhadi, entre otros. Un magnífico trabajo de edición con sus ochenta y cinco minutos de metraje, breves y directos, que van generando esa tensión in crescendo con esos planos cortos y cortantes que se van produciendo sobre todo, en la enfermería, un espacio que acaba siendo la habitación de la verdad, o al menos, de su búsqueda, donde todos los presentes irán desvelando su participación en el estado el niño enfermo.

Mención aparte tiene el grupo de intérpretes que ha reclutado Karahan para su película, en la que mezcla los niños sin experiencia en el cine junto a actores adultos experimentados. Están el par de debutantes, los dos chavales que dan vida a los protagonistas. Por un lado, tenemos a Nurallah Álaca como Memo, y sobre todo, Samet Yildiz en la piel de Yusuf, todo un descubrimiento, porque es un personaje complejo, ya que habla poco y mira mucho, pero una mirada que dice todo sin decir nada, convertido en la pieza clave de la película, todo un acierto del equipo y en especial, a su director Ferit Karahan. Los intérpretes adultos son Ekin Koç como el profesor Selim, uno de esos educadores que cambiará muchas formas y maneras del centro, los profes Hamza y Kenan, encarnados por Cansú Firinci y Melih Selçuk, respectivamente, siendo esos profesionales disciplinados y obedientes que siguen a rajatabla las directrices opresoras de la institución, individuos que tanto escalan en la sociedad, y en este caso, en el internado. Y luego, está el director Müdür, el funcionario serio, duro y siniestro, que hace cumplir las órdenes y luego, no es capaz de solucionar los problemas.

Karahan como ya hiciera en su primer trabajo, vuelve a demostrar sus dotes para crear un relato con un conflicto cotidiano que logra encerrar al espectador y provocarle la angustia y la reflexión, combinan el cine de autor con el de género, como hace mucho del cine iraní. El director turco construye una película que es una crítica social al sistema educativo, y no solo de Turquía, sino de cualquier país occidental, donde se prima la obediencia y lo normativo, y se expulsa lo diferente, lo único y lo inteligente, si no sigues las normas injustas, no perteneces a la sociedad. También, es un relato sobre el miedo, porque todos los personajes, tanto niños como adultos, hacen y deshacen a través del miedo, generando mentiras e imponiendo una posición que se equivoca y provoca más miedo, y todo con el aroma de aquella maravilla que es ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), de Abbas Kiarostami, donde había crítica social, fraternidad y trama detectivesca. Una delicia que es todo un espejo para Mi mejor amigo. Un cine humanista, cercano y sobre todo, un cine que profundiza en los temas tan importantes como la educación, la organización de la sociedad y las relaciones humanas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

No te quiero, de Lena Lanskih

LA INCAPACIDAD DE AMAR.

“Para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar, no en la propia capacidad de amar”

Erich Fromm

Resulta capital para el desarrollo de una película la forma en que se abre la historia. En No te quiero, la opera prima de Lena Lanskih (Tyumen, Rusia, 1990), resulta totalmente esclarecedor su arranque para ponernos en situación y sobre todo, para interesarnos y seguir conociendo la no vida de la protagonista. A saber. Es de noche en una de esas pequeñas localidades en la región de los Urales de Rusia. Vika, una niña de catorce años, con su bebé en brazos, se mete en un coche y planea vender a su criatura. Pero, en el último instante, se arrepiente y se va corriendo. Conoceremos la no vida de Vika, en un entorno muy hostil, en una familia que no desea a ese bebé, y tampoco asumir los motivos por los que está entre ellos. Vika, expulsada del colegio, intenta seguir con el baile, y planear una huida con el chico que quiere.

Vika con una maternidad que le viene grande e impuesta, parece un fantasma, como aquellos dos vampiros que se movían por Detroit en la excelente Sólo los amantes sobreviven (2013), de Jarmusch. La vemos deambular, de aquí para allá, sin saber para qué y si todo eso tiene algo detrás, roba en el súper, su comportamiento es muy extraño. Vive en un ambiente asfixiante y muy doloroso, se quiere quitar a su hija de en medio, unos días y otros, se lo piensa. Su alrededor es triste y feo, una ciudad con calles y plazas decadentes, llenas de lodo, y mucha mugre y desconcierto por todos los lados. En su casa, que comparte con su madre, las cosas pintan igual, todo es decrépito y muy desolador, y el trabajo de recolección de frutos del bosque y luego venderlos en el mercado, tampoco es que sea una panacea. Vika se siente sola, como en un laberinto del que desea salir con todas sus fuerzas y cuando encuentra la salida, esta se cierra y vuelta a empezar.

El guion conciso y directo que escribe la propia directora junto a Ekaterina Perfilova, lleno de matices, de personajes complejos y solitarios, no explica más de lo que necesita, y resuelve con astucia toda la complejidad y la tristeza de esa vida en esa ciudad. El excelente trabajo de cinematografía de Mikhael Weizenfeld, que ya trabajó en la película corta Type 8 (2018), de Lanskih, convierte la cámara en una segunda piel de la protagonista y ese no mundo por el que se desplaza, recordando a los mismos encuadres que vimos en Rosetta  (1999), de los Dardenne, con la que Vika guarda muchas similitudes, y sus ambientes duros, gélidos y de difíciles o nulas relaciones familiares, más propias del cine de terror, donde encontraríamos el universo de Andrey Zvyagintsev, sobre todo en su película Sin amor, en su dureza y su forma de retratar la complejidad social en la Rusia actual, como también hacía Kantemir Balagov en Demasiado cerca. Un elaborado y ágil montaje que firman Alexander Pak y la directora, que condensa con inteligencia los ciento diez minutos de la película, que nos agarra desde el primer minuto y no nos suelta hasta su magnífico desenlace.

La insistencia y el grandísimo trabajo de la directora Lena Lanskin y un talento que ya había dejado patente en sus películas cortas, ayudaron a que su primer largometraje haya sido producido por dos de los nombres más importantes de la cinematografía rusa de ayer y ahora como los de Serguéi Selyanov, con más de ciento sesenta producciones en su filmografía, con nombres tan importantes como los de Sergei Dvortsevoy y Sergey Bodrov, entre muchos otros, y el de Natalia Drozd, una de las productoras más activas dedicada a levantar producciones de jóvenes valores. Aunque la película de Lena Lanskih no sería lo que es sin la inmensa aportación de la debutante cinematográfica Anastasia Strukova que se mete en la piel de una deslumbrante Vika, con esa mirada que traspasa la pantalla, con esos ojos fijos y tristes y rabiosos cuando se mira al espejo, o mira a los demás, a todos esos que las desprecian por su maternidad, sin saber porque se ha producido.

No te quiero (“Unwanted”, en el original), aparte de ser un excelente debut, es un relato descarnado y sin concesiones, que se aleja del sentimentalismo y cosas que se le asemejen, para elaborar una historia crudísima, directa y sin estridencias, con el aspecto de una película de terror social, como la define su directora, pero va mucho más allá, y el género solo le sirve para mover al personaje y sobre todo, mostrar sus espacios y la locura que la sigue sin soltarla en ningún momento. La película también se puede ver como una radiografía brutal, certera y magnífica de la Rusia actual, de toda esa decadencia, tristeza y desolación, tanto física como emocional, a través de una familia que odia y se odia, que no se quieren y son incapaces para amar y amarse, una herencia maligna que se hereda de padres a hijos, y donde Bika, sumergida en un mar de dudas, hace lo imposible para no ahogarse, para seguir a flote, aunque sea en un trozo de madera que por momentos parece hundirse irremediablemente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

La noche de los reyes, de Philippe Lacôte

BIENVENIDOS A LA MACA.

“Si Dios dice que sí, nadie puede decir que no.”

El cine africano resulta casi invisible en nuestras pantallas, por eso el estreno de una película como La noche de los reyes, de Philippe Lacôte (Abiyán, Costa de Marfil, 1969), no es solo un hecho extraordinario, sino que es una oportunidad inmejorable, casi única, de ver una obra concebida en el continente africano, además, por sus singularidades tanto formales como narrativas, nos encontramos ante una obra de una belleza plástica y argumental, con esa estructura de muñecas rusas y fusionando realidad con ficción, la hacen muy interesante y espectacular. De Lacôte conocíamos la película Run (2014), el relato de la huida imposible de un joven que asesina al Primer Ministro de Costa de Marfil. En La noche de los reyes, vuelve a ponernos en la piel de un joven metido en un berenjenal de muy y señor mío, ya que entra en una de las cárceles más grandes de toda África occidental, situada en pleno bosque en Costa de Marfil. “La Maca” es un lugar inhóspito y salvaje que se rige por sus propias reglas, donde existe Barbanegra, el jefe de todos, en un reino donde hay príncipes y lacayos.

El director marfileño nos coloca en un día especial, el de la Luna Roja, donde Barbanegra, aquejado de una grave enfermedad respiratoria que le impide seguir ejerciendo sus funciones de liderazgo, debe acabar con su vida, y que el resto encuentre un sucesor. Antes, decide nombrar como “El Roman” al recién llegado. Un fabulador que deberá entretener al personal contando una historia. El joven trovador elige la historia de Zama King, un chico de 19 años gánster ídolo en la prisión, y lo mezcla con una historia de su país precolonial donde existen reyes y reinas, en el que se mezclan realidad social, política, cultura, luchas y anacronismos, donde los demás reclusos y oyentes van representándola a través de música, canto y baile. Lacôte parte de la tradición oral de su tierra, y del funcionamiento real de “La Maca”, para desarrollar una película absorbente, fascinante y con un ritmo febril, alucinante, donde nunca hay descanso, y todo se desarrolla a través de los diferentes tiempos que cohabitan en el film. Tenemos esa noche oscura e inquietante, donde el pasado va a dejar paso a otro tiempo, diferente y regido por otro jefe, y el tiempo de la narración del joven orador, en el que coexisten dos tiempos, el del delincuente Zama King, y el otro, el del pasado donde sin caer en ningún tipo de realismo se cuentan relatos donde la riqueza y los grandes espectáculos eran la nota predominante, con la referencia de Sherezade, la narradora principal de “Las mil y una noches”.

La magnífica parte técnica de la película, donde destaca la brutal cinematografía del canadiense Tobie Marier Robitaille, que sabe manejar las continuas corredizas y la luz negra que se apodera de esa noche larga e incierta que se espera en la cárcel. Y el no menos contundente y trabajadísimo montaje que firma la también canadiense Aube Foglia, componiendo un relato que aunque centrado en un par de personajes, es también un relato coral, donde intervienen un gran grupo de figurantes que son el núcleo de los reclusos de la prisión. La parte artística del conjunto es maravillosa, encabezada por el debutante Koné Bakary, dando vida al narrador que acepta con agrado su rol y hace lo imposible para gustar, aunque no resulte nada sencillo, transmitiendo una naturalidad que hiela la sangre, bien acompañada de una mirada llena de humanidad y contenida. Le acompañan Steve Tientcheu en el papel de Barbanegra (al que conocíamos de su rol en la imprescindible Los miserables, de Ladj Ly, de hace un par de temporadas), en un personaje que se va muriendo, que debe dejar espacio a otros, de un jefe que se despide de su vida y de La Maca.

Cabe destacar dos presencias magníficas en La noche de los reyes, la del veterano intérprete Rasmané Ouédraogo, toda una institución del cine africano, que ha trabajado con uno de los grandes nombres del cine africano como Idrissa Ouédraogo, y en La promesa, de los Dardenne. Y otra presencia, esta de uno de esos actores de raza y piel, capaz de metamorfosearse en cualquier individuo por muy raro y peculiar que parezca, y no es otro que Denis Lavant, con un personaje no muy extenso, pero muy interesante, el Silencioso, un personaje testigo que parece de otro mundo y el único blanco del lugar. El actor francés es un actor dotado de un cuerpo camaleónico, una mirada y una forma de interpretar única y llena de magnetismo y fabulación. Lacôte ha construido una película fascinante y muy física, llena de corporeidad y muy sonora, con una atmósfera asfixiante y liberadora, que consigue atraparnos con todas esas historias y relatos orales muy de la tradición africana, sumergiéndonos en un universo que mezcla con naturalidad y sabiduría la realidad más cercana de África, con sus desigualdades e injusticias, con ese mundo de ficción, de fábula, de mentira, donde todo es posible, donde todo puede ocurrir, donde todo se puede soñar, y llenar de ilusión y esperanza, en un lugar como una cárcel donde todo parece haberse detenido y donde todo tiene la apariencia de un reino en decadencia, a punto de desmoronarse, proponiendo como su única salvación la de imaginar otros mundos, otras realidades más bellas, llenas de color y de luz, muy diferente a la cotidiana de la cárcel. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El cine de fuera que me emocionó en el 2020

El año cinematográfico del 2020 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 26 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión de un servidor, no obedece, en absoluto, a ningún ranking que se precie).

1.- EL LAGO DEL GANSO SALVAJE, de Diao Yinan

https://242peliculasdespues.com/2020/01/23/el-lago-del-ganso-salvaje-de-diao-yinan/

2.- EMA, de Pablo Larraín

https://242peliculasdespues.com/2020/01/25/ema-de-pablo-larrain/

https://242peliculasdespues.com/2020/01/26/entrevista-a-mariana-di-girolamo/

3.- EL FARO, de Robert Eggers

https://242peliculasdespues.com/2020/01/28/el-faro-de-robert-eggers/

4.- SOBRE LO INFINITO, de Roy Andersson

https://242peliculasdespues.com/2020/02/03/sobre-lo-infinito-de-roy-andersson/

5.- LAS GOLONDRINAS DE KABUL, de Zabout Breitman y Éléa Gobbé-Mévellec

https://242peliculasdespues.com/2020/02/23/las-golondrinas-de-kabul-de-zabou-breitman-y-elea-gobbe-mevellec/

https://242peliculasdespues.com/2020/02/24/entrevista-a-zabou-breitman/

6.- VIDA OCULTA, de Terrence Malick

https://242peliculasdespues.com/2020/02/26/vida-oculta-de-terrence-malick/

7.- LA FLOR, de Mariano Llinás

https://242peliculasdespues.com/2020/05/01/la-flor-de-mariano-llinas/

8.- MI VIDA CON AMANDA, de Mikhaël Hers

https://242peliculasdespues.com/2020/05/29/mi-vida-con-amanda-de-mikhael-hers/

9.- ONE WERE BROTHERS: ROBBIE ROBERTSON AND THE BAND, de Daniel Roher

https://242peliculasdespues.com/2020/06/12/once-were-brothers-robbie-robertson-the-band-de-daniel-roher/

10.. LITTLE JOE, de Jessica Hausner

https://242peliculasdespues.com/2020/06/21/little-joe-de-jessica-hausner/

11.- ALGUNAS BESTIAS, de Jorge Riquelme Serrano

https://242peliculasdespues.com/2020/06/28/algunas-bestias-de-jorge-riquelme-serrano/

12.- EL GLORIOSO CAOS DE LA VIDA, de Shannon Murphy

https://242peliculasdespues.com/2020/08/20/el-glorioso-caos-de-la-vida-de-shannon-murphy/

13.- UNDER THE SKIN, de Johnathan Glazer

https://242peliculasdespues.com/2020/07/11/under-the-skin-de-johnathan-glazer/

14.- AYKA, de Sergey Dvortsevoy

https://242peliculasdespues.com/2020/07/10/ayka-de-sergey-dvortsevoy/

https://242peliculasdespues.com/2019/10/30/entrevista-a-samal-yeslyamova/

15.- NUESTRAS DERROTAS, de Jean-Gabriel Périot

https://242peliculasdespues.com/2020/07/24/nuestras-derrotas-de-jean-gabriel-periot/

16.- ZOMBIE CHILD, de Bertrand Bonello

https://242peliculasdespues.com/2020/08/16/zombi-child-de-bertrand-bonello/

17.- A LAND IMAGINED, de Yeo Siew Hua

https://242peliculasdespues.com/2020/09/04/a-land-imagined-de-yeo-siew-hua/

18.- NO CREAS QUE VOY A GRITAR, de Frank Beauvais

https://242peliculasdespues.com/2020/09/11/no-creas-que-voy-a-gritar-de-frank-beauvais/

19.- CORPUS CHRISTI, de Jan Komasa

https://242peliculasdespues.com/2020/10/17/corpus-christi-de-jan-komasa/

20.- SOLE, de Carlo Sironi

https://242peliculasdespues.com/2020/11/06/sole-de-carlo-sironi/

21.- VERANO DEL 85, de François Ozon

https://242peliculasdespues.com/2020/10/09/verano-del-85-de-francois-ozon/

22.- VITALINA VARELA, de Pedro Costa

https://242peliculasdespues.com/2020/10/16/vitalina-varela-de-pedro-costa/

23.- ADAM, de Maryam Touzani

https://242peliculasdespues.com/2020/11/06/adam-de-maryam-touzani/

24.- BEGINNING, de Dea Kulumbegashvili

https://242peliculasdespues.com/2020/12/04/beginning-de-dea-kulumbegashvili/

25.- OVERSEAS, de Sung-A Yoon

https://242peliculasdespues.com/2020/12/05/overseas-de-sung-a-yoon/

26.- MARTIN EDEN, de Pietro Marcello

https://242peliculasdespues.com/2020/12/31/martin-eden-de-pietro-marcello/

 

¡Al abordaje!, de Guillaume Brac

LAS CUESTIONES SENTIMENTALES DE LOS JÓVENES FRANCESES.

“Un reposo claro y allí nuestros besos, lunares sonoros del eco, se abrirían muy lejos. Y tu corazón caliente, nada más”.

Federico García Lorca

Todo relato empieza con un encuentro. El de esta película no es otro que un encuentro que se produce una noche parisina mientras Félix baila salsa con la desconocida Alma. Después de pasar la noche durmiendo en un parque, los jóvenes se despiden. Pero, Félix se ha enamorado y decide viajar al sur de Francia a volver a encontrarse con Alma. Convence a Cérif, su mejor amigo y comparten vehículo con Édouard. Las cosas se tuercen y deben compartir una semana con el desconocido acompañante en un camping junto a un río a los pies de una montaña. Las cuatro películas de Guillaume Brac (París, Francia, 1977), nacen a partir del encuentro y desencuentro de los parisinos con la periferia y la provincia, de los habitantes de la ciudad y los pueblos, de unas clases sociales y otras. Y también, muchos de esos (des) encuentros tienen en común las relaciones personales y las cuestiones sobre el amor, y suelen situarse durante las vacaciones de verano.

El universo de Brac nace de la pasión de rodar con los intérpretes Vincent Macaigne, Julien Lucas o Laure Calamy, todos graduados en el CNSAD (Conservatoire National Supérior d’Art Dramatique), protagonistas de sus primeras películas. Del mismo centro también surgió la película Contes de Juillet (2017), a partir de un taller con actores y actrices. ¡Al abordaje!, también ha nacido de un encargo del CNSAD con la premisa de crear una película para una docena de jóvenes intérpretes. El cuento coescrito junto a Catherine Paillé, que ya colaboró en Tonnerre (2013), se compone de un conflicto sencillo y directo, Félix quiere volver a ver a la mujer de la que se ha prendado. Pero, Alma, la joven en cuestión no parece convencida, y allí están, en mitad de la nada, en un lugar que parecía de paso, y se convierte en su lugar durante tres días. Tres personajes, muy distintos entre sí, vivirán circunstancias bien diferentes. Félix, como alma en pena, va de aquí para allá, intentando enamorar a Alma. Chérif comparte ratos con Hélena, una joven mamá que se ha quedado sola, y finalmente, Édouard, que pretendía estar en otro lugar, aprende a relacionarse y a destaparse mucho más.

El director parisino desarrolla su película en un marco donde se impone una naturalidad y frescura sorprendentes y cercanísima, al estilo del cine de Rohmer y sus cuentos, especialmente el de verano, donde Los juncos salvajes, de Techiné, no estaría muy alejada de esa posición de esa luz cálida que acoge la película, un gran trabajo de cinematografía de Alain Guichaoua, que ya había trabajado con Brac, al igual que el sonidista Emmanuel Bonnat y la editora Héloise Pelloquet, esenciales en una historia en continuo movimiento, ya sea físico, con esos paseos por el pueblo, los baños en el río, las subidas en bicicleta, los deportes de riesgo por el río, o esos momentazos en el karaoke, oro puro, y los movimientos emocionales, esos besos fortuitos, y los diferentes estados del amor, el loco, el que no ve ni oye, solo impulsado por la pasión y el deseo sin rumbo, el amor que va creciendo, el que nos sorprende por inesperado, el que no se busca, el que aparece, el que nos conquista sin oposición, y el amor de amistad, el que nos destapa, nos descubre, nos succiona, y sobre todo, nos ayuda a ser mejores, y algunos amores más, quizás menos visibles, menos expuestos, pero igual de intensos y felices.

Unos intérpretes en estado de gracia, todos en el último año del CNSAD, que componen unos personajes de carne y hueso, de esos que puedes tocar, con los que ríes y lloras, tan cercanos como uno mismo, con Eric Nantchouang como el atribulado e impulsivo Félix, Salif Cissé como el reposado y paciente Chérif, Édouard Paillé como el despistado y patoso Édouard, Asma Messaoudene como la infantil y creída Asma, Ana Blajojevic como la solitaria e íntima Hélena, Lucie Gallo como la hermana mayor de Ama y responsable Lucie, Martin Meisner como el ligón y narcisista Martin, y finalmente, Nicolas Pietri como el escudero y currante del camping Nicolas. Brac ha construido una película deliciosa y magnífica, de esas que se quedan en la memoria, una comedia romántica como las de antes, pero con la actualidad de aquí y ahora, atemporal como son las películas con vida y alma, con unas vacaciones en un camping junto a un río, como nos recuerda a La ardilla roja, de Medem, ese verano, esa mujer, esos árboles, esa historia, esa pasión, y el misterio, ese misterio del amor, ese virus desconocido, esa serpiente que por mucho que estemos atentos nos acaba absorbiendo y convirtiéndonos en unas almas sin descanso, alegrándonos y sufriendo por ese amor loco, templado, que nos parte y nos hace vibrar, que nos envuelve y nos abandona, que nos da la muerte pero también la vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Abou Leila, de Amin Sidi-Boumédiène

NUESTROS INFIERNOS.  

“Es un error esencial considerar la violencia como una fuerza”.

Thomas Carlyle

El impactante y revelador plano detalle que abre la película, en el que vemos como se martillea una pistola y, de inmediato, un señor sale de su casa, y su asesino se dirige a él. Son las primeras horas de cualquier día, allá por la Argelia de 1994, en plena guerra civil. A partir de esa secuencia, ejemplo del estado violento y anímico, y de las terribles circunstancias que devoraban el país, se articula toda la primera película de Amin Sidi-Boumédiène (Argelia, 1982), porque las consecuencias trágicas de ese instante, nos acompañarán el resto del metraje, eso sí, el contenido de esa información, vital para comprender el aspecto psicológico de los personajes, se irá desvelando a medida que avance el relato, porque la intención del director argelino no es solo hablar de la violencia más física y evidente que a simple vista queda patente, sino también, y sobre todo, sumergirnos en los aspectos emocionales que provoca en las personas, asistiendo a las terribles consecuencias interiores que van desembocando en el alma de los protagonistas. S y Lotfi, dos amigos de la infancia, policías, pero en campos completamente distintos. S, es guardia de tráfico, mientras Lotfi, es un especialista en antiterrorismo, aunque el destino, siempre incierto y caprichoso, ha querido juntarlos, y han emprendido un viaje hacia el sur, hacia el desierto para capturar al terrorista Abou Leila, aunque quizás, es solo una excusa para huir del polvorín del norte del país, convertido en un lugar sangriento y desbocado.

La exquisita y sobria luz del cinematógrafo japonés Kanamé Onoyama, colaborador del director en sus cortometrajes, nos sumerge de forma extraordinaria a esta especie de descenso a los infiernos, a nuestros infiernos, a esos lugares de nuestra alma oscuros, sin tregua, compartiendo esos monstruos que anidan en los dos policías, sobre todo, en el caso de S, donde el mal se hace más evidente y aflora con más fuerza. En el caso de Lotfi, todo resulta menos físico, aunque también debe arrastrar las consecuencias de una vida rodeada de violencia. Sidi-Boumédiène nos traslada al desierto, a ese espacio vacío, metáfora de la Argelia de entonces, un país que esta vaciándose, quedando sin gentes, sin recuerdos, una especie de mundo plagado de almas en pena, sin consuelo y vagando sin descanso. Un espacio donde realidad y sueño se mezclan, fusionándose en uno solo, en que lo físico y lo emocional se cambian, se fusionan o simplemente, deambulan por el alma de los dos protagonistas, donde lo real y lo onírico contaminan toda esa atmósfera sucia y oscura que se traslada a lo físico, aunque también, hay espacio para lo surrealista, en este viaje a lo emocional, a esa parte más negra del alma, a esos lugares donde no queremos estar, en este viaje por el abismo y las profundidades del alma, con ecos de western metafísico, donde el paisaje acaba siendo un monstruo engullidor que aplasta sin remisión a los personajes, donde el aire es densísimo, en que la atmósfera acaba devorando y condicionando las actitudes y aptitudes de los protagonistas.

El magnífico trabajo con el sonido y la música hacen el resto, sumergiéndonos en ese universo donde fisicidad y emociones nos van llevando de un lugar a otro, de un estado mental a otro, y descubriéndonos las verdaderas identidades y aspectos emocionales de la pareja protagonista. Slimane Benouari da vida a S, el hombre que arrastra la pesadísima losa de la culpa y el dolor, condenado a esos pensamientos y monstruos que afloran en su viaje, donde también hay cabida para la tormentosa infancia que sufrió, frente a él, su especie de ángel de la guarda, en la piel de Lyes Salem que da vida a Lotfi, alguien que parece, solo lo parece, más entero y firme que S, aunque la procesión va por dentro, y los males violentos con los que tiene que lidiar a diario, también han hecho mella en su interior y, al igual que S, parece un espectro que, con la excusa de ayudar a su amigo del alma, ha huido de la locura violenta del norte, y quizás, solo pretende huir y desaparecer, o simplemente olvidarse de quién es y evaporarse con el paisaje.

Sidi-Boumédiène, que también firma el intenso y excelso montaje, ha debutado en el largometraje por la puerta grande, construyendo una película sublime y esencial, que inteligentemente huye del retrato de la violencia o las causas que la provocan, filmándola en off o sustituyéndola por animales, ni tampoco hace un profundo análisis político de la Argelia sumida en la guerra civil, todo eso funciona como telón de fondo, para adentrarse en aspectos más importantes y brutales como la interioridad de los personajes testigos de esa violencia incontrolada y psicótica que ha asumido al país en el caos y la demencia, como explican en varias ocasiones los personajes de la película: “Todos estamos locos. El país ha perdido totalmente la cabeza”. Un profundo y desolador retrato sobre las consecuencias emocionales de la violencia en un nivel personal e íntimo, no solo para entender la violencia como una especie de lucha encarnizada contra no se sabe quién o para qué, donde víctimas y verdugos acaban convirtiéndose en meras cobayas donde todos huyen y sufren, sino también, un ejercicio muy reflexivo y profundo sobre las nefastas consecuencias de la violencia, de vivir y sobrevivir en un ambiente lleno de odio, sangre y violencia, que parece no tener fin, y son hechos que solo son la punta de un iceberg que estallará sin remisión en el alma frágil de todos los implicados. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Zombi Child, de Bertrand Bonello

DE ENTRE LOS MUERTOS.

“Escucha, mundo blanco, los gritos de los difuntos. Escucha mi voz zombi honrando a los muertos”

René Depestre

Los universos que construye en sus películas el cineasta Bertrand Bonello (Niza, Francia, 1968), son particularmente especiales, porque podemos encontrar elementos físicos pegados a la realidad más cotidiana e inmediata, pero también, otro tipo de elementos, más irreales y fantásticos, productos de la emocionalidad de sus personajes, creando así unos universos particularmente fascinantes, hipnóticos e inquietantes, donde cualquier objeto o detalle se convierte en algo simbólico e importante, y va mucho más allá de la mera descripción, adentrándose en otros campos donde se puede hacer una relectura de la situación política, social, económica y cultural de nuestro tiempo. Desde su primera aproximación a las consecuencias del amor en su opera prima allá por 1998 en Quelque chose d’organique, pasando por sus reflexiones acerca de la vida y su oficio el cine en las interesantes Le pronographe (2001), o en De la guerre (2008), o en los conflictos de identidad y emocionales que sufría la trans de Tiresia (2003), o el mundo sucio, triste y desolador que padecían las prostitutas de L’Apollonide (2011), o los festivos y perversos años mozos del diseñador en Saint Laurent (2016), o su mirada transgresora y personal al terrorismo a través de Nocturama (2016).

El realizador francés siempre ha sentido el relato como una sucesión de personajes, espacios, elementos y objetos a los que hay que acoplar a su mirada personal y profunda, donde la imagen y su luz sean las que cuenten su historia, manteniendo una atmósfera extraña, perversa y cotidiana, por el que se mueven unos personajes complejos y perdidos, que deben encontrar, o al menos intentarlo, su forma de compartir ese mundo y a lo que le rodea. Zombi Child era inevitable en la filmografía de Bonello, porque con ella rompe muchas etapas de su carrera, empezando por su vuelta al cine de género, que tanto le fascina, la segunda, la forma de producción, una película sencilla, filmada en apenas cuatro semanas, sin utilizar apenas luz artificial, con intérpretes desconocidos, como la anterior Nocturama, y rodeado de un equipo mínimo, y rodando en la difícil Haití. Quiere Bonello devolver el “muerto viviente” a su estado natural, volviendo a sus raíces, a Haití, al vudú, a sus ancestros, y empieza desde el término, quitándole a la palabra la “e”, y dejando la inicial de zombi, luego, reelaborando un fascinante e intimista relato que arranca en el Tahití de 1962, donde los muertos son devueltos a la vida para esclavizarlos recogiendo caña, mezclado con el París actual, en el interior de un internado para niñas de la Legión de Honor, fundado por Napoleón allá por principios del XIX, cuando Haití se independizó.

Dos historias, dos relatos, contados en paralelo, que mucho tienen que ver, porque en el haitiano nos cuentan la peripecia real de un hombre convertido en zombi para el trabajo forzado, y su proceso de liberación. Mientras en el internado, conocemos a Mélissa, nieta del haitiano zombi, el legado de su ancestro y la relación de ésta con Fanny, su mejor amiga y la pequeña hermandad literaria y musical que comparten. Las dos miradas, el exterior, con las plantaciones de Haití, con el interno, del colegio francés, confluirán en una sola, cuando Fanny, despechada por amor, accederá a la magia negra o vudú, para desquitarse de lo que ella llama su posesión, algo parecido a lo que experimentaban los personajes de Olvídate de mí. Bonello mezcla de manera hipnótica y onírica las dos narraciones, fusionándolas en una sola, con continuos saltos en el tiempo de forma fluida y concisa, consiguiendo atraparnos con lo más cercano, devolviéndonos el universo ancestral y real del mundo, releyendo el género y olvidándose de la desmesura en la que lleva instalado las últimas décadas, llevándonos de la mano por este paisaje ensoñador, devastador y solitario, en el que podemos leer la situación social y política de la Francia, ya no solo actual, de su historia, como nos dejará claro el maravilloso instante con el historiador Patrick Boucheron, como profesor, explicando a sus alumnas la revolución francesa, el liberalismo del XIX, el engaño de la libertad camuflada en valores tradicionales y materiales.

La película incide en el quid de la cuestión de nuestra sociedad, y no es otra que, la posición en la que se cuenta el pasado, la de una historia ajena como la de Haití, también, hay espacio para reflexionar sobre las barbaridades del colonialismo, el respeto a la vida y cultura diferentes, los falsos valores tradicionales y patriotas en los que se asienta y promulga  un país como Francia, como dejan clara las secuencias del internado, en especial, la de la directora. Bonello reivindica el universo zombi desde otra perspectiva, más honesta, sencilla, íntima y bellísima, citando las palabras que escuchamos en la película sobre Balzac refiriéndose a su El padre Goriot: “Esto no es una obra de ficción ni una novela. Todo es verdad”. La misma verdad o realidad es el que busca el director francés, mostrándonos el fascinante universo zombi, sus peligros en manos de los explotadores o despechados de siempre, capturando la misma mirada sincera y poética que hacía Tourneur en la imperdible Yo anduve con un zombie, releyéndola como Romero hizo con sus zombies particulares, elevando el género de terror como hicieron los Ferrara, Jordan o Jarmusch con los vampiros.

La extraordinaria, sofisticada y abrumadora luz natural de un grande como Yves Cape (colaborador de gente tan importante como Carax, Dumont o Denis, entre otros), y el excelso y sobrio montaje de Anita Roth (responsable de la película 120 pulsaciones por minuto), y la música, que vuelve a correr, como en sus anteriores trabajos, a cargo del propio Bonello, contando con otro elemento primordial en la película, la extraordinaria pareja protagonista que dan vida a las adolescentes Fanny y Mélissa, con la calidez y la naturalidad de Louise Labéque y Wislanda Louimat, respectivamente, bien acompañadas del elenco haitiano, que consiguen formar unos roles auténticos, cercanos y fascinantes, envolviéndonos en el magnífico universo que plantea Bonello, con su particular mirada y profundidad en sus elementos, construyendo un hermosísimo cuento sobre zombis, mostrando de dónde venimos, dónde estamos y hacía no sé sabe dónde nos encaminamos, porque lo que deja evidente la película, es que el mundo suele olvidar demasiado pronto su pasado y constantemente lo traiciona, lo repite y lo falsea a su conveniencia actual. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Bruna Cusí, Macià Florit y Elisabet Casanovas

Entrevista a Bruna Cusí, Macià Florit y Elisabet Casanovas, intérpretes de la película «Ardara», de Raimon Fransoy y Xavier Puig, en el Soho House en Barcelona, el lunes 18 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Bruna Cusí, Macià Florit y Elisabet Casanovas, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.