La número uno, de Tonie Marshall

EN UN MUNDO DE HOMBRES.

“El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres.”

Simone de Beauvoir

Emmanuelle Blachey es una brillante ingeniera que, gracias a su capacidad de trabajo e inteligencia, se ha encaramado a la cima de las grandes empresas, convirtiéndose en parte del consejo de administración de la empresa energética más importante de Francia, amén de encontrarse felizmente casada y madre de dos hijos. Un día, una poderosa e influyente red de mujeres le propone ser presidenta importante. Para ello, deberá enfrentarse a un mundo de hombres despiadado, machista y poderoso que, como será de esperar, utilizarán todas las artimañas sucias y rastreras para desbancarla de la carrera por tan codiciado puesto. La directora Tonie Marshall (Neuilly-sur-Seine, Francia, 1951) que después de protagonizar algunas películas de Jacques Demy, optó por la dirección, tarea que lleva casi tres décadas, en las que se ha especializado en retratos íntimos y poderosos de mujeres, en las que reivindica el derecho a compaginar profesión y amor, desde una perspectiva sencilla y honesta, explorando todos los puntos de vista, a través de tramas complejas e inteligentes.

En La número uno, se adentra en el terreno de las altas finanzas y los ejecutivos de trajes caros y cocktails por la noche, pero lo hace posando su cámara en la mirada de Emmanuelle Blachey, una mujer fuerte, pero con debilidades como todos, su heroína es humana, y no viene a salvar el mundo, nada de eso, sino que se enfrenta a una estrategia por mejorar en su trabajo, y hacerse un hueco en un mundo de las grandes empresas dominado por hombres, empresa que no le resultará nada fácil en todos los niveles, tanto a nivel profesional como personal, en el que deberá lidiar con sus conflictos internos, problemas con el pasado familiar, la relación con su marido (que encima está pasando por un período de crisis profesional) y soportar los tremendos golpes de su rival profesional, que opta al mismo que ella, que hará todo lo posible, a niveles rastreros y repugnantes, sacando a relucir las miserias de cada uno, tanto de ella, como de su equipo femenino que le ayuda en este trabajo, arduo, difícil y polémico.

Marshall huye de la caricatura, y se evade completamente de ese cine superficial de buenos y malos, aquí, cada uno utiliza sus herramientas a su alcance, no intentando trabajar para ser mejor que su rival en el puesto, sino utilizando la cara oscura, desprestigiando a su adversario, para sacarlo de la disputa profesional, y también, para dejarlo fuera de circulación, para que así en un futuro no vuelva a encontrárselo en otro camino. La directora francesa-estadounidense nos sitúa en mitad de esos edificios interminables poblados de oficinas y departamentos donde se cuecen las altas finanzas, llenos de pasillos y habitaciones enmoquetadas, donde los trajes y conjuntos de diseño se mueven buscando su oportunidad, un universo aparentemente cuidadoso y formal en su estructura, pero rodeado de negritud y miseria en su fondo, donde las buenas palabras y los gestos siempre esconden algo turbio e interesado. Estamos ante un combate de boxeo en toda regla, aunque no se disputa en un ring rodeado de espectadores emocionados, sino en espacios de diseño, cuidadas hasta el más mínimo detalle: oficinas, teatros, restaurantes, congresos, etc… donde se reúnen, unos y otros, para acordar su estrategia y seguirla hasta el final.

Marshall compone una honesta y detallista película sobre mujeres que trabajan incansablemente para cambiar las reglas del juego, para romper con la hegemonía masculina en este territorio de las altas esferas financieras, pero no desde el choque entre unos y otros, posicionándose con las mujeres, porque nos cuenta el relato a través de ellas, pero presentándonos mujeres complejas, humanas y ambiguas, que también tienen partes oscuras, al igual que los hombres, dejando que los espectadores tomemos o no partido por el bando que más nos seduzca. La directora no juzga a ninguno de ellos, los filma desde todas las perspectivas posibles, en la intimidad y en sociedad, sumergiéndose en sus formas de actuar, de hablar y de sentir, capturando cada sentimiento, benigno o maligno, que desarrollarán a lo largo del metraje. Un reparto interesante, convincente y espectacular bien medido y cuidado, que encabeza una fantástica Emannuelle Devos, con esa mirada fría y triste, con sus deudas e ilusiones, moviéndose en estas arenas movedizas, donde cada acción puede cambiar el escenario en cualquier instante, bien acompañada por Richard Berry como su adversario, Benjamin Biolay como escudero del contrincante, John Lynch como marido y compañero leal (sumamente importante en estos casos) y Suzanne Clement, una de sus aliadas feministas. Tonie Marshall ha construido una película de aquí y ahora, sobre ese mundo de altos ejecutivos que algunas mujeres luchan incansablemente para cambiar, para que tome otro rumbo, para que se convierta en un universo igualitario, equitativo y sobre todo, humanista, en el que hombres como mujeres, por igual, tengan las mismas oportunidades.

 

Las guardianas, de Xavier Beauvois

LAS MUJERES RESISTENTES. 

Hortense es la matriarca de una granja en la Francia de 1915, cuando la mayoría de los hombres válidos se dejaban la vida en los campos de batalla. Hortense, debido al volumen de trabajo, que comparte junto a su hija Solange, decide rescatar a Francine, una huérfana que se convierte en una fiel y entregada empleada. La guerra sucede lejos, fuera de su alcance, aunque de tanto en tanto, los hombres de la casa, los hijos de Hortense, vuelven unos días de permiso. En una de esas visitas, Constante, el menor de los hijos, se enamora de Francine. El nuevo trabajo de Xavier Beauvois (Auchel, Francia, 1967) basada en la novela homónima de Ernest Perochon, nos cuenta la retaguardia de la guerra, lo que queda después que los hombres vayan a la guerra, la vida cotidiana en una granja a través de las mujeres. Unas mujeres trabajadoras, valientes, tenaces y decididas, que se emplean a fondo para sacar todo el trabajo, en ausencia de la mano masculina. Si bien la película mantiene las ideas y reflexiones que ya estaban en el cine de Beauvois, como la comunidad, el tema social, la complejidad de los personajes, y un tema central, que suele ser externo, que contextualiza los hechos y provoca las dificultades en las que se sumergen sus personajes, como por ejemplo, ocurría en uno de sus títulos más celebrados, De dioses y hombres (2010) en el que explicaba el devenir de unos monjes cistercienses, que instalados en un monasterio en las montañas del Magreb, se veían envueltos en una ola de violencia, pero decidían quedarse y resistir.

Ahora, se centra en estas tres mujeres, en la que podemos primero de todo, ver la película como una experiencia antropológica, donde vemos las formas de vida de primeros de siglo en la Francia rural, así como los diferentes trabajos y las formas de convivencia en una granja. Por otro lado, las diferentes relaciones que se desarrollan en un contexto dificultoso como ese, en el que la ausencia de noticias de la guerra y el devenir de los suyos, somete la voluntad y el ánimo de las mujeres. Beauvois nos habla también de esperanza, de cooperativismo y de resistencia, en el que la primer parte del filme, pivota entre estas ideas, donde parece que, a pesar de la guerra y sus desastres, la vida y el amor pueden crecer y mantener la ilusión por unos tiempos futuros mejores, aunque algo lejanos. La segunda mitad del relato, la película se ensombrece, y las circunstancias del momento, convierten a los personajes en víctimas de su propio destino, donde unos toman posiciones demasiado intransigentes para favorecer a unos en detrimento de otros, quizás aquellos más desafortunados o débiles.

El cineasta francés agiliza una trama de 135 minutos, en el que no cesan de suceder situaciones de todo tipo, en que las cosas ocurren de manera sencilla y honesta, sin caer en ningún instante en el sentimentalismo o la crueldad excesiva, hay dureza, pero entendible, dejando ver con claridad cada circunstancia que motivan las decisiones de los personajes. La formidable y pictórica luz de la película, obra de la cinematógrafa Caroline Champetier (una experta en la materia que ya estuvo en De dioses y hombres, y otras obras de gran calidad como Holy Motors, Las inocentes o Hannah Arendt, entre otras) recuerda a la pintura de Millet, Coubert o Renoir, en sus trabajos sobre el campo francés (y esa luz que también bañaba las imágenes de la reciente La mujer que sabía leer) y la magnífica música del veterano Michel Legrand (auténtica eminencia con más de 60 años de carrera) se acoplan perfectamente al aroma que recorría aquella Francia rural de los convulsos y terroríficos años de la Gran Guerra.

Beauvois estructura su trama a través de una historia de amor, sencilla y conmovedora, llena de sensibilidad (como las películas campestres de Renoir) en la que no faltará de nada, porque ya lo dicen que en el amor y en la guerra, todo vale, y las argucias más miserables están a la que saltan, anteponiendo la apariencia ante cualquier eventualidad. El magnífico trío protagonista encabezada por la siempre eficaz y sublime Nathalie Baye (en su tercer trabajo con el director, después de Según Mattieu y El pequeño teniente) en un personaje de armas tomar, que irá cambiando a medida que las noticias de la guerra vayan cayendo como una losa, en una matriarca de las de antes, aquellas a las que no se les escapaba nada, aquellas siempre atentas, dirigiendo el rebaño, y atajando cualquier rebelión en su contra o contra los suyos, le acompaña Laura Smet (que algunos recordarán como La dama de honor, uno de los últimos títulos de Chabrol) dando vida a Solange, la hija de la patrona (también hija en la vida real) encarnando a esas mujeres con sus hombres en la guerra, que quedaban al amparo de cualquier forastero, y también, de sus ganas de cama, reflejando esas mujeres abiertas a los cambios y las modernidades propias de la época.

Finalmente, la auténtica revelación de la película, la debutante Iris Bry, con ese rostro angelical y a pesar de su juventud, lleno de dureza emocional, que vaga con la esperanza de encontrar trabajo, acomodo y un hogar en su existencia. Bry compone a la desamparada Francine, una mujer joven, pero vivaz y sencilla, que llega a la granja para quedarse, demostrando trabajo, lealtad y sinceridad, convirtiéndose, a su pesar y a pesar de todos sus esfuerzos, en una víctima más de la guerra, como hubieron tantas, en una de esas mujeres que todo lo tienen que luchar y pelear, porque no tienen otra, porque no tienen a nadie, y deben seguir remando por su vida y por su destino. Beauvois ha construido una película excelente y bellísima, tanto en su imagen como en su contenido, un hermosísimo canto a la mujer, a la femineidad, a su cuerpo, a su fisicidad, a su trabajo, y a sus sentimientos, a todo aquello que sienten, a quién aman y su lugar en el mundo, porque aunque la guerra siga en el frente, hay otras guerras donde nos e disparan tiros, son esas otras guerras a las que hay que enfrentarse en el día a día, con entusiasmo, garra y valentía.

Sweet Country, de Warwick Thornton

EL DESIERTO ROJO.

Tierra difícil, tierra agreste, dura y sucia. Tierra roja, de sol abrasador, de roca clavada en el alma, de vidas duras, de vidas llenas de polvo, de vidas asfixiantes, de vidas en la cuerda floja, y así un día tras otro, esperando que el amo quiera, a su merced, a su antojo, y desprovistos de las tierras, de su vida. El cuarto trabajo de Warwick Thorton (Alice Springs, Australia, 1970) vuelve a centrarse en los aborígenes, en los suyos, en aquellos indígenas que por orden de la Corona Británica fueron despojados de sus tierras ancestrales, vestidos con ropas blancas, y dispuestos a trabajar gratis para sus dueños. Thorton sitúa su película en la década de los 20, más concretamente en el año 1929, y en la tierra donde creció, Alice Springs, en el interior de Australia, en el norte, y plantea un retrato que mucho tiene que ver con su debut, Sanson & Delilah (2009) y sus posteriores trabajos, las películas colectivas The Turning (2013) y Words with Gods (2014) donde explica los orígenes y las existencias de aborígenes. En Sweet Country, en la que ya desde su título, totalmente irónico por el devenir de los hechos que se sucederán en la película, nos presenta a Sam, un aborigen que vive junto a su mujer Lizzie y su sobrina, en la casa de Fred Smith, un predicador que trata a Sam con total respeto y educación, como uno más.

En ese ambiente tan seco y complicado, no todos los blancos adoptan la misma posición. Hay otro, Mick Kennedy, que trata a sus trabajadores aborígenes como bestias, y en especial al joven Philomac, al que maltrata y veja por cualquier nimiedad. Y más allá, otro de los granjeros, Harry Marck, un desquiciado veterano de la primera guerra mundial, aún va más allá, y utiliza a los aborígenes cometiendo delitos muy graves hacia ellos. Thornton, con la ayuda de su coguionista David Tranter, aborígenes los dos que crecieron en el mismo entorno, no hacen una película de buenos y malos, sino de un estado de ánimo de aquel momento, en el que unos tuvieron todos los derechos, y otros, no. Y no construyen una trama compleja, para nada, nos hablan de un caso en concreto, en el que Philomac desaparece y en esa búsqueda que emprenden acaban en el rancho del predicador donde se desata la tragedia. Todo sucede como otro día cualquiera.

El cineasta australiano compone un western duro y seco, muy crudo en algunos momentos, con tipos barbudos, que fuman sin parar y beben whisky, en el que el calor abrasa y quema sin piedad, en el que las reglas del juego han cambiado para los aborígenes, ya que sin ser esclavos son tratos como tal, casi sin nada, sin derechos, y con una existencia extrema y pobre. Los personajes de la película se mueven por instinto, casi como bestias salvajes, donde hay poco que perder o nada, en el que unos ordenan y los otros, con la cabeza cabizbaja, obedecen asumiendo su condición miserable. Encontramos elementos característicos del western clásico: la frontera, la confiscación de tierras, la subordinación y conquista de un pueblo, los problemas territoriales, y un paisaje bello y cruel a la vez, excelentemente cinematografiado por Thornton que también es un consumado cinematógrafo, extrayendo la belleza y la oscuridad que encierran esas tierras casi solitarias. Sam se defiende ante los ataques de Harry, aunque en este nuevo contexto social, parece que Sam debe soportar las maldades de Harry sin más, aunque no lo hace y se defiende. Aunque esto le obligará a huir junto a su mujer bajo el desierto rojo.

Thornton nos explica dos películas en una, en la primera mitad, la película muestra las duras condiciones de los aborígenes y demás, y luego, cuando sucede el conflicto con Harry, la película se convierte en una road movie por el desierto, donde el sargento Fletcher se lanza con la compañía de unos cuantos, a dar zaga al huido Sam. En una trama sencilla, sujetada a una estructura clásica, donde los personajes y sus conflictos se erigen como el centro de la trama, en el que tantos unos como otros se posicionan, según su conciencia y contexto social, por uno o por otro, en una aventura de tonos épicos, pero cerca de la mirada de Monte Hellman, y muy alejadas de esos relatos donde ensalzan al protagonista o sus hazañas. Aquí, la cosa va por otro lado, construyendo una trama honesta en la que se habla de la identidad de uno mismo, de quién eres cuando te lo han arrebatado todo, de cuál es tu camino, y hacía donde se encaminará tu vida, rodeados por un entorno muy duro, tanto físicamente como emocionalmente, en el que todo lo que habías conocido ha dejado de existir, y ahora, aunque no lo aceptes, debes vivir de otra manera que no es la tuya.

Un brillante reparto encabezado por los veteranos Brian Brown como el sargento, y Sam Neill como el predicador, bien acompañados por los rudos y malolientes (que más parecen una pareja de hermanos bandidos que granjeros) Thomas M. Wright y Ewen Leslie, como los malcarados Mick Kennedy y Harry March, respectivamente. Matt Day como el Juez Taylor. Y las grandes sorpresas de la película, los intérpretes aborígenes debutantes en la película, empezando por Hamilton Morris que da vida a Sam, su mujer Lizzie encarnada por Natassia Gorey-Furber, Gibson John como Archie y finalmente, los gemelos Tremayne y Trevon Dolan que hacen de Philomac. Unos intérpretes que componen personajes sobrios, solitarios, que hablan poco y miran mucho, que se mueven por unos ranchos donde la existencia duele, donde el aire a veces es tan denso que es insoportable, donde la tierra roja enmudece y entierra a todos, donde la belleza y la tragedia se mezclan en demasiadas ocasiones, donde cada día parece ser el último.

Foxtrot, de Samuel Maoz

LOS PASOS DEL DESTINO.

“La coincidencia es la manera que tiene Dios de permanecer anónimo”

Albert Einstein

Una mañana, como otra cualquiera, en cualquier vivienda de Israel, un trío de soldados comunica a unos padres el fallecimiento de su hijo durante su servicio militar. La madre, Dafna, cae rendida después de haber sido fuertemente sedada. El padre, Michael, por el contrario, expresa su ira contra todos y todo, intentando explicarse lo ocurrido. El segundo trabajo de Samuel Maoz (Tel Aviv, Israel, 1962) se enmarca en las consecuencias de la guerra y en los mecanismos del dolor ante la pérdida de un ser querido. Su primer filme Lebanon (2009) que se alzó con el máximo galardón en el Festival de Venecia, nos sumía también en la guerra, desde el punto de vista de los soldados, introduciéndonos en el interior de un carro de combate siguiendo las peripecias bélicas de un grupo de soldados durante la guerra del Líbano de 1982. Maoz vuelve a un ambiente cerrado y claustrofóbico, pero ahora es un hogar que aparentemente parecía reinar la concordia, para construirnos una película sobre las relaciones personales entre un padre, y su esposa,  pero sobre todo las relaciones del padre con su hijo, personas que nunca veremos juntos en el mismo lugar, aunque siempre estarán conectados emocionalmente.

El cineasta israelí edifica una trama en tres actos, como si asistiéramos a una tragedia griega, en el que en el primero, cuando el padre recibe la fatal noticia de la muerte de su hijo, arrancan unas horas donde el amor y la culpa se mezclan de manera dolorosa, y en que el padre debe afrontar su propio dolor y comunicárselo a los más allegados, en el segundo segmento, Maoz nos sitúa en la cotidianidad del hijo fallecido, durante su servicio militar, y es cuando el director arremete con dureza y sin miramientos hacia inutilidad de la guerra, en la que unos jóvenes soldados que viven casi hacinados en un barracón que se cae a trozos, deben custodiar una especie de paso fronterizo pro el que apenas pasan vehículos. Aquí pasamos del drama familiar y personal del primer acto, para adentrarnos en la comedia surrealista y absurda, donde los soldados pasan las horas muertas como pueden, realizando estúpidos cálculos o bailando foxtrot (brutal metáfora que estructura la cinta en la que por mucho que nos movamos y hagamos, no podremos condicionar el destino que nos espera, como el baile que finaliza en la misma posición que empieza) y para finalizar, el tercer acto, nos lleva de nuevo a la vivienda de Michael y Dafna, y su hija, en que la situación propuesta inicialmente ha cambiado, y Maoz, muy acertadamente, nos vuelve a cambiar el rumbo, y nos sumerge en un nuevo conflicto, donde los personajes se encuentran ausentes  y la paz y tranquilidad del hogar se ha vuelto del revés, debido a los dolorosos imprevistos a los que han tenido que enfrentarse.

Maoz cimenta una interesante reflexión y análisis sobre un país, Israel, rasgado y condicionado por las innumerables guerras que ha vivido, vive y desgraciadamente, seguirá viviendo, y las consecuencias que conlleva tanto conflicto bélico y tanta muerte inútil, y como esos fallecimientos de jóvenes acaban mutilando una sociedad  que parece abocada a la contienda bélica sin fin, como en una especie de bucle del que no hay escapatoria, un círculo vicioso que muchos no recuerdan como empezó, y otros, no saben vivir de otra manera, ya que no han conocido nunca el país en paz, siempre en guerra. El trío interpretativo de la película destila convicción y emoción a partes iguales, cada uno con su drama personal, y arrastrando su culpa, en el que ayuda y convence de manera natural y realista en sus composiciones y diferentes estados de ánimo, unas emociones que viajan como en una montaña de rusa, para construir esta fábula moral, que continuamente nos interpela a los espectadores, sumergiéndonos en continuas batallas sobre la guerra, sus consecuencias, la familia y las relaciones personales.

Una película que nos habla de varios conflictos, el de una nación, el de una familia, el de un padre y su hijo, y sobre todo, el del ánimo de una sociedad que jamás ha vivido en paz, y donde la cuestión bélica ha estructurado las existencias de toda su población, unas gentes que han tenido que acostumbrarse a la guerra fratricida, porque no han conocido otra forma de vida, y a los muertos enterrados que acarrea tanto bombazo, con buen acierto Maoz nos explica la intimidad de esta familia y los diferentes puntos de vista de cada uno de ellos, a la hora de enfrentarse al dolor y la culpa, quizás el conflicto conmueve pero sin arrebatarnos el alma, aunque el propósito es en conjunto audaz y brillante, con esa frialdad propia de la burocracia representada en el estamento militar, y de algunos personajes, como el de la madre, aunque Maoz, con mucha habilidad y acierto, nos centra su historia en  la destrucción de cómo ese hogar familiar construido con amor, se viene abajo en un abrir y cerrar de ojos, porque como nos viene a decir la película, estamos completamente condicionados a la fatalidad del destino, porque nunca sabremos lo que nos espera, y hagamos una cosa u otra, el porvenir está escrito, y el destino nos espera pacientemente para cobrarse su deuda.

La vida y nada más, de Antonio Méndez Esparza

LAS ENTRAÑAS DE LOS DESFAVORECIDOS.

“La más importante característica e innovación es lo que se llama neorealismo. Para mí, haberme dado cuenta de que la necesidad de una “historia” era solo una inconsciente manera de disfrazar la derrota humana, y ese tipo de imaginación era una simple técnica para autoimponerse fórmulas oxidadas sobre hechos de la vida cotidiana. Ahora se ha percibido que la realidad es enormemente rica, y que la tarea del artista no es hacer que la gente se mueva o se indigne en situaciones metafóricas, sino hacer reflejar estas situaciones (moviéndote e indignándote si te conviene) en aquello que ellos y los demás están haciendo, en lo real, exactamente en como ellos son”

Cesare Zavattini

El primer plano de la película ya deja muy claro el espacio por donde nos veremos a lo largo de su metraje. En una sala de juicio, vemos a Andrew, un adolescente afro-americano que está frente al juez de menores, a su lado, con cara de circunstancias, como no podía ser menos, Regina, su madre. Esos dos elementos, navegarán durante la película vertebrando los dos temas principales de la trama, por un lado, las dificultades vitales de una madre sola, ya que su marido está en prisión, de mantener a su familia, tanto a su hijo adolescente como a la pequeña de tres años, y por otro lado, un sistema legal, inflexible e implacable, que deja con pocas oportunidades a los afro-americanos, abocándolos a vidas duras y pocas expectativas o ninguna de cara al futuro.

El segundo trabajo de Antonio Méndez Esparza, madrileño que ha desarrollado su carrera en EE.UU, y arrancó su filmografía dirigiendo Aquí y allá (2012) en la que se centraba en la vida de los emigrados mexicanos que volvían a su casa y cómo eso les afectaba en la relación con ellos mismos y con su familia. Ahora, Mendéz Esparza ha cruzado la frontera para interesarse por los afro-americanos y sus dificultades por tener una vida digna en el país del Tío Sam. Nos encontramos en uno de esos condados, en este caso el de Leon en florida, donde la vida parece haber pasado de largo, en el que alguno de sus componentes ha estado o está encarcelado, en esos sitios cercanos a campus universitarios, y poblados de casitas con cuatro paredes y poco más, donde las vidas se sustentan con trabajos precarios que dan para poco.

Seguimos a Andrew, que tiene esa edad difícil, de búsqueda de sí mismo y su entorno, en la que sufre la ausencia paterna, al que nunca ve, sólo una leve correspondencia epistolar, y al chico le cuesta encontrar su espacio, en una vida rasgada, en la que tiene responsabilidades familiares, debido al trabajo de su madre, y además, encuentra su leve respiro en otros chavales de su edad que piensan en salir de su vida mísera a costa de pequeños hurtos. Problemas y dificultades que le llevarán a enfrentarse con su madre, una mujer de batalla, que ha tenido que enfrentarse a una vida nada fácil, y levantar un hogar a pesar de la ausencia de su marido. En un momento, le dirá a un tipo que la pretende que, su vida es trabajar y sus hijos, una realidad demasiado frecuente en las madres solas afro-americanas. Pero, Regina quiere algo más, que haga su vida más respirable, conoce a Robert y se enamoran, y vivirá con ellos, aunque esto signifique una olla de conflictos con el joven Andrew y afectará a Regina en su relación con Robert.

Méndez Esparza acota su película en apenas tres personajes, y nos introduce en la intimidad doméstica de sus problemas y las durísimas relaciones que se producen entre ellos, en un paisaje que nada tiene que ver con ese que nos venden otras películas. Aquí, la realidad se palpa en cada rincón, una realidad que duele, que se suda y también, se sangra, que incómoda y da frío. El director madrileño coloca su cámara (penetrante y cruda fotografía del rumano Barbu Balasiou, que ya trabajó en su primer largo, y colaborador de Cristi Puiu) en las entrañas de sus personajes, sin caer en sentimentalismos ni nada por el estilo, centrándose en sus existencias complejas y duras que chocan contra un sistema legal que les deja poco aire que respirar, un sistema que los aparta y los invisibiliza. La elección de actores no profesionales, que se llaman igual que sus personajes, dota a la película de una naturalidad absorbente y una cercanía abrumadora, llevándola a esos terrenos de denuncia y resistencia de un colectivo que, desgraciadamente son carne de cañón y acaba con sus huesos en la cárcel, una triste y terrorífica realidad que la película aborda con seriedad, complejidad y humanidad.

Encuentro con Jean-Pierre y Luc Dardenne

Encuentro con Jean-Pierre y Luc Dardenne con motivo de la rueda de prensa de la película “La chica desnococida”, junto a Esteve Riambau, director de la Filmoteca de Catalunya. El acto tuvo lugar el miércoles 1 de marzo de 2017 en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean Pierre y Luc Dardenne, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, a Yolanda Ferrer de Wanda Visión, y a Esteve Riambau y su equipo de la Filmoteca, por su generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

La chica desconocida, de Jean-Pierre y Luc Dardenne

UN CADÁVER EN LA CONCIENCIA.

“Filmamos lo que no se suele ver, lo que no se quiere ver”

Jena-Pierre y Luc Dardenne

Nos encontramos en la periferia de un barrio cualquiera de Lieja. Allí, en ese lugar alejado de todo y de todos, junto a la autopista atestada de automóviles que van a toda velocidad, ajeno al mundo, se instala la consulta de medicina general regentada por la joven doctora Jenny Davin. Una noche, una hora después de que finalicen las consultas, alguien llama al timbre. Tanto, Jenny como su ayudante, no abren la puerta. Días después, la policía se presenta en la consulta y preguntan por una víctima que quizás pasó por allí. Consultan las grabaciones de la cámara de seguridad, y encuentran a una adolescente negra llamando a la consulta sin respuesta. La policía informa a Jenny que la han encontrado asesinada cerca del río.

La décima película de Jean-Pierre (1951) y Luc Dardenne (1954), ambos nacidos en Lejia (Bélgica) arranca como si fuese una cinta de misterio, un thriller en toda regla con cadáver incluido, con la investigación que emprende la doctora angustiada por el sentimiento de culpabilidad que le mata la conciencia. Aunque podríamos estar ante una película que mantiene esas características del género, pero la cosa no va por ahí, los hermanos Dardenne, máximos exponentes del cine social y conciencia moral desde que debutasen, primero haciendo documentales y después, desde el prisma de la ficción, aunque no será hasta su tercer trabajo que, tanto la crítica como la industria, se rendirían a su talento cinematográfico, nos referimos a La promesa (1996) en la que Igor, un adolescente que tiene como padre a un traficante de inmigrantes, se debatía entre el amor paternal y su moral humanista, una película que mantiene ciertos paralelismos con La chica desconocida, donde los Dardenne vuelven al tema de la inmigración (tristemente más vivo que nunca, con el drama de los refugiados) en la que su protagonista se enfrenta a su conciencia y al entorno insolidario en el que se mueve, tema que también tocaron en El silencio de Lorna (2008) donde una joven albanesa mantenía un matrimonio de conveniencia para lograr la documentación.

Con Rosetta (1999) lograrán el reconocimiento mundial, con Palma de Oro de Cannes incluida, en la que contaban con extrema dureza la sordidez y las extremas condiciones de vida de una adolescente con madre alcohólica. Volverán a triunfar en Cannes con El niño (2005) en la que un joven ladronzuelo y su novia tienen un hijo y eso les llevará, sobre todo a ella, a plantearse su vida con alguien así. Entre medias, realizaron El hijo (2002), durísimo retrato de los niños conflictivos enfrentados a un hombre de pasado tortuoso que les ayuda en su rehabilitación. Con El niño de la bicicleta (2011) volvían a los niños abandonados por sus padres que, afortunadamente, encontraba consuelo en los brazos de una peluquera comprometida. En Dos días, una noche (2014), con Marion Cotillard, seguían los pasos de una despedida que necesitaba los votos de sus compañeros para ser readmitida a cambio de perder una paga extra.

Los Dardenne sitúan sus películas en los suburbios de Lieja, bajo una forma naturalista, casi documental, generalmente siguen a adolescentes o jóvenes, tanto niños como niñas, todavía ingenuos e inocentes, en situaciones de riesgo de exclusión, y enfrentados a un sistema que los aparta, manteniéndolos desplazados, sin herramientas válidas para construirse un porvenir. Individuos que se mueven en los márgenes de la sociedad y dada su situación,  trasgreden la ley a menudo, seres que encuentran acostumbran a encontrarse con el rechazo de los demás, aunque logran encontrar algún resquicio de luz que los empuja inevitablemente hacia algún lugar en el que pueden encontrarse mejor. Un cine de calado moral, comprometido, hijo de su tiempo, valiente, social, alejado de cualquier discurso ideológico o manierista que, investiga y desmenuza la idea de Europa, un continente que vende humanismo y solidaridad, pero de puertas hacia afuera, en el fondo, en sus entrañas, en su más ferviente cotidianidad, ha devenido un continente individualizado, materialista y egocéntrico.

En La chica desconocida nos hablan del sentimiento de culpa y el dolor que produce dejar una muerte más sin nadie que la acoja, una adolescente negra, inmigrante y pobre, dedicada a la prostitución ha muerto y parece que a nadie le importe, pero Jenny que atiende diariamente a esos excluidos de la sociedad, a los que no llegan a final de mes, los que no tienen recursos económicos ni de ningún tipo, y el estado, además de negárselos, los excluye de forma miserable del sistema. Jenny se adentra en la investigación de la niña, quiere saber, conocer quién era, metiéndose donde no la llaman, pero siguiendo en sus trece, preguntando a los individuos a los que se encuentra y recabando información para averiguar su identidad. Los Dardenne construyen una película sobre la moral de cada uno de nosotros, nos interpelan directamente, nos impiden mirar hacia otro lado, nos muestran las complejas relaciones humanas que abundan en su cine, seres huidizos, con miedo que, intentando sobrevivir a duras penas, acaban metidos en líos con la justicia.

Los Dardenne recogen el espíritu del neorrealismo, los Rosellini, De Sica, y demás, que ponían el foco de la acción en la deprimente realidad de la Italia de posguerra, de la miseria, tanto moral como física, que se había instalado en una población derrotada y pobre, y sus deudores como Karostami, Kaurismaki… La inclusión de la joven intérprete Adèle Haenel (con su ingenuidad e inocencia, muy diferente a su rol en Les Combattants) recogiendo el aroma de otras heroínas dardennianas como Rosetta, Sonia, Lorna, Samantha o Sandra, todas ellas mujeres que siguen en pie a pesar de todas las heridas que arrastran, y la inclusión de los Olivier gourmet y Jérémie Renier, dos de los actores fetiche del universo de los Dardenne. El cine de los cineastas belgas rescata a una sociedad invisible, ese mundo de los nadies, de aquellos que desaparecen de un día para otro y nadie pregunta, de aquellos que existen y no se ven, de los que se resisten a morir.