El cine de fuera que me emocionó en el 2020

El año cinematográfico del 2020 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 26 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión de un servidor, no obedece, en absoluto, a ningún ranking que se precie).

1.- EL LAGO DEL GANSO SALVAJE, de Diao Yinan

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2.- EMA, de Pablo Larraín

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3.- EL FARO, de Robert Eggers

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4.- SOBRE LO INFINITO, de Roy Andersson

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5.- LAS GOLONDRINAS DE KABUL, de Zabout Breitman y Éléa Gobbé-Mévellec

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6.- VIDA OCULTA, de Terrence Malick

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7.- LA FLOR, de Mariano Llinás

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8.- MI VIDA CON AMANDA, de Mikhaël Hers

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9.- ONE WERE BROTHERS: ROBBIE ROBERTSON AND THE BAND, de Daniel Roher

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10.. LITTLE JOE, de Jessica Hausner

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11.- ALGUNAS BESTIAS, de Jorge Riquelme Serrano

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12.- EL GLORIOSO CAOS DE LA VIDA, de Shannon Murphy

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13.- UNDER THE SKIN, de Johnathan Glazer

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14.- AYKA, de Sergey Dvortsevoy

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15.- NUESTRAS DERROTAS, de Jean-Gabriel Périot

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16.- ZOMBIE CHILD, de Bertrand Bonello

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17.- A LAND IMAGINED, de Yeo Siew Hua

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18.- NO CREAS QUE VOY A GRITAR, de Frank Beauvais

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19.- CORPUS CHRISTI, de Jan Komasa

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20.- SOLE, de Carlo Sironi

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21.- VERANO DEL 85, de François Ozon

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22.- VITALINA VARELA, de Pedro Costa

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23.- ADAM, de Maryam Touzani

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24.- BEGINNING, de Dea Kulumbegashvili

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25.- OVERSEAS, de Sung-A Yoon

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26.- MARTIN EDEN, de Pietro Marcello

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El teléfono del viento, de Nobuhiro Suwa

JAPÓN, AÑO CERO.

“Vivir para recordar a los que ya no están”.

La película se abre con un texto que nos informa de las víctimas y desparecidos que ocasionó el terrible tsunami que asoló la costa noreste japonesa en marzo del 2011, y el posterior accidente nuclear de la central de Fukushima. Inmediatamente después, el relato se abre con un plano Ozu, ya que nos sitúa en una cocina, mientras Haru, la adolescente protagonista y su tía preparan el desayuno, y luego, se sentarán a consumirlo. Un plano Ozu porque la cámara se encuentra quieta y a la altura de la mirada de las dos mujeres. Una constante que se repetirá durante los 139 minutos de todo el metraje, en la que Nobuhiro Suwa (Hiroshima, Japón, 1960), posiciona su mirada y la de su cámara a la altura de sus personajes, para mirarlos con detenimiento y de igual a igual, para profundizar en aquello que sienten y sobre todo, para seguirlos y ser testigos de forma honesta y transparente de su andadura. Seguiremos a Haru, la joven protagonista que ha perdido a toda su familia en la terrible desgracia, y después de que su tía ha enfermado, con la que vive en Hiroshima, emprenderá un viaje, no muy consciente y dejándose llevar, recorriendo los 800 km que separan ambas ciudades. Hiroshima, lugar de nacimiento de Suwa, y junto a Nagasaki, las dos ciudades que los días 6 y 9 de agosto de 1945, fueron terriblemente golpeadas por sendas bombas atómicas.

Suwa construye sus películas a través de los (des) encuentros entre un par de personajes, sus conflictos suelen moverse por espacios reducidos o lugares alejados de todo y todos, en una intimidad que traspasa tanto los espacios como los contextos sociales donde se ubican, donde la naturalidad, los pocos elementos y las miradas se anteponen a cualquier otro elemento, donde el artificio no tiene ningún tipo de cabida, buscando siempre esa forma naturalista y cercana en todo lo que cuenta y cómo lo cuenta, ya sea en su país natal, como demostró en 2/Dúo (1997), M/Other (1999), H Story (2001), o en sus películas francesas como la extraordinaria Un couple parfait (2005), donde diseccionaba de forma magistral la descomposición del amor, con ecos de Antonioni, la delicada y asombrosa Yukio & Nina (2009), sobre la inocente y mágica amistad entre dos niñas y El león duerme esta noche (2017), su última película, con Jean-Pierre Léaud, donde fusiona de manera magistral su amor al cine, la infancia y el deseo por ser y vivir.

El cineasta japonés nos habla de dolor y tristeza, trazando un puente entre las dos tragedias más terribles de su país, retratando un país, y sobre todo, a sus gentes, en esa herida profunda que deben arrastrar como pueden, con el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial al tsunami de 2011, dos instantes que la película recoge en el viaje de Haru, y todas esas personas que se irá encontrando por su camino, como el señor que la lleva a su casa y ahí conocemos a su madre, aquejada de demencia, que ve en ella a la nieta fallecida, o la pareja de hermanos, ella embarazada, esa familia que ahora no tiene la protagonista, y una leve esperanza a un país todavía sumido en la desesperación por la tragedia, o esos chicos que la asaltan, siendo apáticos con la tristeza de ella. Y finalmente, Morio, un hombre que, al igual que Haru, también perdió a su hija en Fukushima, que convivirá con él parte de su viaje, como ese encuentro con los inmigrantes que tienen un familiar, que ayudó durante la tragedia, en custodia policial por ser ilegal.

Suwa filma de forma intensa y sobria todo el trayecto por Fukushima, desde esa familia que ha vuelto a su casa e intentan mantener cierta normalidad, o esos no lugares, todavía devastados y en ruinas de la ciudad o lo que queda de ella, los reencuentros con conocidos que recuerdan a los que ya no están, o ese momento conmovedor y brutal cuando Haru pasea por las ruinas de su casa, lo que queda de ella, y recuerda a los suyos. El director nipón construye con suma sensibilidad y poesía una pieza de cámara sencilla y abrumadora por su humanismo, muy al estilo de Brecht, con un par de personajes, casi en su totalidad, un espacio físico muy cambiante, eso sí, en un relato lleno de movimiento, ya sea físico y emocional, donde unos personajes hundidos por su duelo, rememoran sus vidas pasadas, diez años atrás, en un presente todavía muy pasado, todavía muy depresivo, todavía intentando levantarse y seguir, aunque duela, aunque solo sea para recordar a los que ya no están, como se menciona en la película, en uno de esos momentos que recoge el espíritu que guía la mirada de Suwa, profundizar en un país azotado por dos grandísimas tragedias, y envolviéndonos en un espacio donde conviven vivos y los que recuerdan, y los muertos, todos aquellos que ya no están, donde el mencionado “Teléfono del viento” del título, se convierte en una metáfora esencial en todo aquello que quiere transmitir una película de exultante belleza, de sensibilidad extraordinaria, y de trayecto vital y humanista sorprendentes, en una vida de piel a piel, de cuerpo a cuerpo, y sobre todo, de emocionalidad y toda la complejidad que conlleva.

Suwa echa mano de viejos y amigos intérpretes como Makiko Watanabe, Tomokazu Miura y Hidetoshi Nishijima para los principales protagonistas, actores y actrices a los que hemos visto crecer, tanto personal como profesionalmente hablando, bajo la mirada de Suwa. Para el personaje de Haru, descubierta en un casting, nos encontramos con Serena Motola, la adolescente que no solo logra transmitir con serenidad y naturalidad toda la tristeza, dolor y desamparo que sufre Haru, sino que lo hace casi como si la película fuese un documento real sobre la tragedia, y ella, un personaje real, donde sus movimientos, escasos diálogos, se envuelven ene sa intensa mirada que apabulla por su sinceridad y cercanía. Suwa ha construida una película sobre el alma, sobre como convivir con la tristeza y el dolor cuando pierdes a los que más quieres, la parte más difícil de la existencia humana, seguir viviendo a pesar de las ausencias y el dolor, pero el director japonés no se regodea en la tragedia, sino lo filma de forma humana, sin apenas música, escuchamos un par de temas, como anunciando o finalizando los diferentes episodios que se vislumbran en la película. Suwa consigue una obra intimista, hablada en susurros, desde la más profunda y sincera intimidad, sin argucias argumentales ni piruetas formales, solo humildad a la hora de acercarse a unos temas y elementos tan duros y complicados, donde Haru, al igual que le sucedía a Edmund, el joven protagonista de Alemania, año cero (1947), de Rossellini, se mueve por las ruinas y la tristeza infinita de una nación sumida en el dolor, capturando un estado anímico de toda una población todavía envuelta en las brumas que debe mirar el dolor, acompañarlo, y para seguir caminando, es necesario no olvidar a los que ya no están. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jo Sol

Entrevista a Jo Sol, director de la película “Armugán, el último acabador”, en la sala de cine de Video Instan en Barcelona, el martes 25 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jo Sol, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Armugán, el último acabador, de Jo Sol

EL ÚLTIMO VIAJE.

“Dicen los más ancianos que en esta tierra nadie muere solo. Aquí existe la tradición de acompañar a quien emprende su último viaje. No es una labor fácil. Hay que estar siempre disponible para la imprevisible llamada. Es preciso conocer el camino y saber qué hacer con quien se resiste a lo inevitable. Por eso, vine a estas montañas, a aprender el secreto oficio de la muerte. Aprenderlo de ti, Armugán, el último acabador”.

La película se abre con una imagen sólida y muy intensa, de esas imágenes que se convertirán en icónicas en el transcurso de la acción, y seguramente, en el recuerdo de la película. Una imagen en la que vemos a un hombre Anchel, que carga a su espalda a otro, Armugán, tullido y bajito. Se encuentran caminando en lo alto de algún lugar del Pirineo. Escuchamos la respiración agitada del que carga y la mirada impasible del cargado, acompañados de una música que se mezcla con la respiración, creando casi el ruido de un animal sin aliento. Una imagen que nos remite a La balada de Narayama (1983), de Shôhei Imamura, y a Madre e hijo (1997), de Aleksandr Sokúrov, en las que también, al igual que ocurre en Armugán, el último acabador, el relato gira en torno a la muerte y a ese último viaje o tránsito, en el que todos nos veremos en algún momento.

El trabajo de Jo Sol (Barcelona, 1968), se ha movido por derroteros poco convencionales, sus propuestas siempre han virado hacia aquello que la sociedad tilda de incómodo e invisible, proponiendo películas que en un tono híbrido entre el documento y el retrato, con algunas pinceladas de ficción, ha construido miradas sobre personas de diversidades humanas muy diferentes, con dolencias graves y limitaciones físicas, adentrándose en sus almas, sus reflexiones y demás aspectos, centrándose en elementos como el género, la sexualidad, las enfermedades mentales, etc… Un cine que le ha servido para reflexionar a través de sus heterogéneos personajes, de las diferentes posiciones morales respecto a temas todavía tabú como el sexo, la identidad y todo aquello que se sale de la norma establecida y construida. En Argumán, el último acabador, aunque parezca que en la forma si que el cine de Jo Sol ha girado 180 grados, con la introducción del blanco y negro, una luz tenue, sombría, sobria y espectacular, obra de Daniel Vergara, que además de coproductor de la cinta, debuta en el largometraje de ficción, después de despuntar en películas como Marcelino, el mejor payaso del mundo, y el cortometraje Vera, entre otros trabajos, consigue esa luz mortecina, que recuerda a la de Honor de caballería y El cant dels ocells, ambas dirigidas por Albert Serra, donde la atmósfera se torna pesada, reposada y llena de tensión.

Tanto el sonido de Leo Dolgan (con trabajos interesantes en Mi querida cofradía o el cortometraje Panteres), también coproductor, como la música de Juanjo Javierre, un habitual del cine de Nacho G. Velilla, se fusionan con acierto creando ese cuerpo físico y psíquico que ayuda a comprender y ver aquello que no se cuenta, en una película de escasísimos diálogos, donde la imagen y la labor del reparto lo es todo, como una vuelta a los orígenes del cine, y el excelente montaje, obra de Afra Rigamonti, una habitual del cine de Jo Sol, como en la cinematografía como en la edición, en un trabajo serio y audaz en una historia de largos planos y muchos planos fragmentados. El director barcelonés nos habla de la muerte, del último viaje que separa la vida de la muerte, donde Armugán, un término que nos remite a leyendas nórdicas, ayuda a morir, no provocándolo, como surgirá ese conflicto entre el maestro y Anchel, ayuda al moribundo a que ese paso sea lo más tranquilo posible, a través de una especie de rito con las manos de Armugán.

Jo Sol plantea una película vitalista y sobre todo, humanista, con el aroma del mejor Rossellini, en un relato atemporal, si bien nos lo ubica en las montañas reconocibles, pero los dos principales protagonistas viven alejados del mundo, en una vida humilde y sencilla, en perfecta consonancia con los animales, ese rebaño de corderos que actúa como guardianes y vigías de la casa, y sobre todo, la naturaleza, con esas plantas que manipula Armugán como si fuesen una especie de tesoro o reliquia. La película se construye a través de la intimidad de estos dos hombres, que parecen el reflejo más cotidiano de Quijote y Sancho, pero dándole la vuelta, porque aquí el sano es el escudero, y el limitado físicamente es el sabio, o quizás no. Unos hombres que se miran desde la admiración, el respeto y la enseñanza, sintiéndose muy cerca y ayudándose uno al otro, aunque la película los enfrentará con un caso peculiar que se plantea en la película y divide a los dos hombres en su posición moral, rasgo del cine de Jo Sol, pero haciéndolo con inteligencia y alejado de dogmatismos.

Armugán, el último acabador  es una película transparente y bien planteada, su conflicto o conflictos no son enrevesados ni tramposos. Todo gira en torno a la muerte, desde el vitalismo, aceptándola como algo natural, desde la sencillez de una forma de vida en extinción, que podríamos ver su reflejo en todas esas vidas rurales y sencillas que van desapareciendo ante un progreso devastador que aniquila el humanismo. La película recorre temas como el existencialismo, peor con calma, sabiduría y sin panfleto, sino con todo lo contrario, desde la humildad y las diferentes posiciones. El excelente dúo protagonista formado por Iñigo Martínez Sagastizábal como Armugán, viejo conocido de Jo Sol, y Gonzalo Cunill como Anchel, un intérprete fabuloso que encarna esa fisicidad y aplomo como nadie, en un personaje con cierto aroma del que hacía en la reciente Occidente. Y las estimulantes presencias de Núria Lloansi y Núria Prims. Armugán, el último acabador es una magnífica, sensible y poética cinta sobre la muerte y todo lo que la rodea, con ese aroma del cine del este, con nombres como los de Tarkovsky, Béla Tarr y demás, que han logrado películas que abordan desde el humanismo y la filosofía el tema de la muerte y ese último tránsito a la otra vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Habitación 212, de Christophe Honoré

EL AMOR DESPUÉS DE VEINTE AÑOS.

“Amar no es solamente querer, es sobre todo comprender”

Françoise Sagan

El amor, y las cuestiones que derivan del sentimiento más complejo y extraño, y la música, son los dos elementos en los que se edifica el universo de Christophe Honoré (Carhaix-Plouguer, Francia, 1970). Un mundo rodeado de un estética pop y romántica, donde sus personajes aman el amor o eso creen, unos personajes, algunos, algo naif, algo inocentes, muy del amor, porque para el cineasta francés el amor, o un parte esencial de él, se basa en la aventura a lo desconocido, a lanzarse a ese abismo que produce inquietud y temor, pero también placer y felicidad, quizás en buscar ese equilibrio, no siempre sencillo, está ese sentimiento que llamamos amor. Su nuevo trabajo nos habla de amor, claro está, pero de ese amor maduro, ese amor después de veinte años, un amor que ya tiene una edad para mirar hacia atrás, para vernos a nosotros mismos, para cuestionarnos si aquellas decisiones que tomamos fueron las acertadas, o no. El relato arranca con Maria Mortemart (una maravillosa Chiara Mastroianni, en su quinta presencial con Honoré) caminando con paso firme y decidido por las calles céntricas de París, coqueteando con la mirada con chicos mucho más jóvenes que ella, mientras escuchamos a Charles Aznavour cantando “Désormais”, una canción que nos remite al desamor, quizás una premonición de lo que está a punto de llegar.

Cuando Maria llega a casa, se encuentra a Richard (Benjamin Biolay) su marido, que por azar, descubre que Maria tiene un amante. Se enfadan y Maria se va de casa, cruza la calle y se aloja en la habitación 212 del hotel de enfrente (el número hace referencia al artículo del matrimonio que indica obligaciones de los cónyuges como respeto y fidelidad). Mientras observa la tristeza de su marido, Maria, al igual que le sucedía a Ebenezer Scrooge (el huraño y enfadado protagonista de la novela Cuento de Navidad, de Dickens) recibirá unas visitas muy inesperadas que la llevarán a su pasado y presente, con continuas idas y venidas por ese tiempo, de naturaleza mágica y crítica, que le ha tocado vivir: al propio Richard, veinte años más joven, cuando se casaron (interpretado con dulzura y sensibilidad por un enorme Vicent Lacoste, que repite con Honoré después de la imperdible Amar despacio, vivir deprisa), a Irène (una cálida Camille Cottin) la que fue primer amor y profesora de música de Richard, que sigue enamorada de él, y  la agradable presencia de la bellísima Carole Bouquet, la voluntad de Maria, en forma de imitador de Aznavour, y una docena de amantes de Maria, veinte años más jóvenes que ella, en estos veinte años de matrimonio.

Durante la noche, tanto la viviendo como el hotel, y la calle, se convertirán en un decorado de una película de la metro, de esas que se rodaban en EE.UU. durante la época dorada del musical, que también adaptó al cine francés, Jacques Demy, con la nieve cayendo, con esas siete salas de cine, que anuncian una de Ozon, por ejemplo, o ese restaurante que recibe el nombre de “Rosebaud” (haciendo referencia al pasado y a aquello de dónde venimos, como en Ciudadano Kane). Visitas que funcionaran como terapia de pareja y sobre todo, del amor para Maria y Richard, que también se incorporará a la noche del amor y de aquello que dejamos o no, un Richard desorientado y diferente. Honoré construye una deliciosa y acogedora comedia dramática, con momentos de musical puro, sobre el amor y todos los asuntos que encierran a la pareja, a sumergirnos en el verdadero significado del amor y todo lo que significa, haciéndonos reflexionar y también, enamorándonos con sus bellas y románticas imágenes, y la música que escuchamos, desde la canción melódica del propio Aznavour y Serrat, música clásica de Vivaldi al piano, un tema sobre aquellos amores que podían haber sido como el “Could it be magic”, de Barry Manilow o el “How Deep is Your Love”, versión de The Rapture, indagando en la verdad de esos sentimientos que tanto clamamos al amado o amada.

Honoré mira con sinceridad e intimidad la naturaleza humana, mirándonos como verdaderamente somos, seres imperfectos que amamos como sabemos o podemos, equivocándonos y cometiendo muchos errores, o simplemente, dejándonos claro que el amor, ese sentimiento capaz de mover montañas y conciencias, y convertirnos en meras sombras de nuestra voluntad, no es un sentimiento perfecto, ni mucho menos, simplemente es una emoción, con todas sus virtudes y defectos que, en algunas ocasiones acertamos y en la mayoría, erramos, quizás la capacidad de perdonar y perdonarnos será el mejor camino para seguir enamorándonos cada día de ese ser que es tan especial para nosotros, porque nadie, absolutamente nadie, será capaz de mirarlo como lo hacemos nosotros, porque como explica Honoré, después de veinte años, ya somos capaces de amar, porque ya conocemos todas sus imperfecciones y a pesar de todo eso, seguimos sintiendo algo profundo y complejo por esas personas, y todo lo demás, no sirve de nada, porque el amor no es ciego, suele ser real y sobre todo, lleno de imperfecciones, pero no solo el nuestro, sino el de todos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Presentación Love Me Not en el D’A

Presentación de “Love Me Not”, de Lluís Miñarro, en el marco del D’A Film Festival, con la presencia de su director, los intérpretes Ingrid García-Jonsson, Francesc Orella y Lola Dueñas, y Carlos R. Ríos, director del D’A. El encuentro tuvo lugar el viernes 26 de abril de 2019 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lluís Miñarro, Ingrid García-Jonsson, Francesc Orella, Lola Dueñas y Carlos R. Ríos, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez y Tariq Porter de Trafalgar Comunicació, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a LLuis Miñarro

Entrevista a Lluís Miñarro, director de la película “Love Me Not”, en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el viernes 26 de abril de 2019 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lluís Miñarro, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez y Tariq Porter de Trafalgar Comunicació, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Love Me Not, de Lluís Miñarro

PASIÓN BAJO EL DESIERTO.

“No quisiste besar mi boca. Ahora yo morderé tus labios”.

Salomé

Una de las funciones fundamentales del cine, entre muchas otras, es no dejar indiferente, es hacer sentir o provocar de alguna manera al espectador, detenerle en su quehacer diario durante el tiempo de duración de la película y trasladarlo a un tiempo de ficción, un tiempo para invocarle a sus imágenes y sonidos, de tal manera que después de visionar la obra, la persona sienta y experimente algún cambio, ya sea físico o psíquico, quizás de todo esto pueda sonar a pretencioso, pero todo lo contrario, ya que en tiempos actuales donde mucho cine parece olvidar los nuevos formatos y narrativas experimentales y modernas, y parece anquilosado a añejas fórmulas añejas de narración y demás, donde todo parece inamovible, donde no existe espacio para la imaginación, para la subversión o para adentrarse en nuevos territorios y variantes de la composición narrativa o visual, convocando a ese espíritu experimental y vanguardista de los pioneros.

Como ya sucediese en su anterior película Stella cadente (2014) Lluís Miñarro (Barcelona, 1949) vuelve a mostrarse como una rara avis en el cine actual, alguien capaz de enfrentarse sin ataduras y lleno de libertad a acercarse a esas figuras o mitos sin ningún pudor narrativo y formal. En la citada película convertía el fugaz reinado de Amadeo de Saboya en España en una parábola política sobre un hombre solitario e incomprendido, un espectro de sí mismo, rodeado sin remedio en un espacio ajeno y extraño, con un séquito sediento de poder y a la deriva. Todo un puñetazo en la mesa sobre cómo abordar ciertos temas que siguen devorándonos en la actualidad, a través de figuras y momentos históricos, pero subvirtiéndolos y generando nuevas perspectivas desde puntos de vista diferentes. Siguiendo con esa idea cinematográfica, en Love Me Not, su cuarto largometraje como director, cuenta otra vez con Sergi Belbel en labores de escritura como hiciera en Stella cadente, en la que vuelve a instalar en un espacio real, deteniéndose en la figura bíblica de Salomé, a través de la visión de Oscar Wilde del siglo XIX, pero con relectura muy personal y actual, en la que Salomé se ha convertido en una soldado en mitad del desierto en Oriente Medio, en pleno 2006 en el centro de la guerra de Irak, en un destacamento que custodia a Yokanaan, un peligroso terrorista que se ha erigido como un profeta que anuncia el fin del terror, y demás internos que recuerdan a las terribles imágenes de la prisión Abu Gharib, con los soldados americanos torturando a los presos, junto a ella Herodías, su madre, y el Comandante Antipas, su padrastro, al mando de la zona.

Miñarro, insigne productor de nombres tan ilustres en el cine de autor contemporáneo como De Oliveira, Guerín, Weerasethakul, Serra, Alonso o Recha, entre muchos otros, construye una película extremadamente personal y diferente, en el buen sentido de la palabra, haciendo suyo el mito de Salomé y pervirtiéndolo en todos los sentidos, capturando su esencia clásica y releyéndola en el cariz de nuestros tiempos, con la guerra como telón de fondo, creando una fascinante y profunda parábola bélica y política contra el poder absoluto, la supremacía de la guerra y el pensamiento único de occidente frente al resto, lanzando una intensa y magnífica reflexión sobre la diversidad, la diferencia,la sensualidad, la ambigüedad sexual y el deseo como la herramienta fundamental para el encuentro con los demás y la vida, hincando esa frase revolucionaria que escuchamos en la película: “Lo único subversivo es el amor”, porque el director barcelonés se atreve con todo, sumergiéndonos en la diferencia y la diversidad en todos los aspectos de la condición humana, en una película audaz e inteligente, que a través del clasicismo estadounidense formal como el western, el cine de aventuras, el melodrama a lo Sirk más desaforado, nos conduce por una interesante reflexión sobre la identidad, el género y el mundo que nos rodea, tan sediento de poder y sangre.

Miñarro plantea una película en dos actos. En el primero, la palabra toma el pulso con ese maravilloso arranque con la conversación de Hiroshima y Nagasaki, dos soldados de la coalición internacional con nombres más que evidentes que hablan de política, de estado, de guerra, poder, deseo y sexo (que recuerda a Niño nadie, de Borau, cuando gentes corrientes debatían sobre filosofía y otros temas profundos) y con una Salomé, andrógina y extraña, perdida a su alrededor y ante los suyos, que recuerda a Amadeo de Saboya, con el objetivo de conocer a Yokanaan, atraída por sus proclamas y anuncios y su posterior (des) encuentro. En el segundo acto, la película se torna más teatral y se instala en el melodrama más desaforado con esa brutal secuencia entre Antipas y Herodías en la cama, pasados de vino, en plena discusión, que recuerda al teatro más salvaje y pasional, en el que veremos la tensión en las relaciones de Salomé y Antipas, un comandante contaminado de poder, lujuria y decadente, con una Herodías, que emana sexo por todos sus poros, caliente, guerrera y de carácter.

Miñarro ha construido una película con ecos al Buñuel más surrealista y sexual, con la provocación como bandera e insignia, disparando a todo y todos, ejecutando una película de múltiples capas, reflexiones e interpretaciones que muestra los cuerpos y el sexo de forma libre e íntima, atrapándonos con elementos pop y kitsch, como esos bailes que se marca una desatada y sexual Salomé, con ese grandísimo estilo visual que recorre la película de manera naturalista y estilizada con el gran trabajo del cinematógrafo Santiago Racaj, el preciso y rítmico montaje obra de Núria Esquerra y Gemma Cabello, y Amanda Villavieja y Al Rey  componiendo ese sonido intrigante y conciso. Y qué decir de Ingrid García-Jonsson, que hace una Salomé magnífica, andrógina, sexual, perversa y llena de pasión y odio, con esa primera secuencia, de espaldas y en la ducha, siendo observada, o esa última, estupenda guinda para cerrar la película, interpretando el “Vive cantando” de Salomé con su mismo vestido. Una delicia de actriz.

Bien acompañada por un Francesc Orella como Antipas, al borde de la locura como esos militares ciegos de poder y miseria que tanto abundan a lo largo de la historia, que tiene ese instante tan bruto, sucio y patético del melodrama más intenso del cine clásico norteamericano, con ese pobres tipos, envidiados en su trabajo y ninguneaos en el hogar, y Lola Dueñas como Herodías, una mujer independiente, asqueada y perdida, como también sabe interpretar el talento de una actriz inconmensurable que vuelve a ponerse a las órdenes de Miñarro,  con la interesante presencia del director Oliver Laxe metiéndose en la piel del encarcelado Yokanaan, ese líder extremo religioso que anuncia tiempos mejores para su pueblo, que se convertirá en el desencadenante de la pasión de Salomé. Una película bella y dolorosa sobre la guerra, el sexo, el amor, la pasión, el deseo y todo aquello que mueve a los seres humanos, unos seres faltos de amor, que tienen en la guerra su estado  para llenar tantos vacíos, en un marco natural, de frente, sin mal intenciones, con un Miñarro en estado de gracia, poniendo el foco en esos temas candentes que siguen arrastrando a la humanidad, mostrando la libertad de un creador libre, inquieto y magnífico que consigue atraparnos con sus imágenes, reflexiones y subversiones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/307241203″>Love Me Not. Trailer ESP</a> from <a href=”https://vimeo.com/user12040697″>Eddie Saeta</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Ray & Liz, de Richard Billingham

HOGAR, AMARGO HOGAR.

Richard Billingham (Birmingham, Reino Unido, 1970) creció en la periferia de Birmingham, en la zona industrial de los Midlands occidentales, denominado  Black Country, en aquellos años de férrea y miserable política del thatcherismo, donde muchas familias obreras sucumbieron al desánimo y la austeridad como forma de vida, a la fuerza ahorcan. Con 18 años el joven Richard cogió una cámara de fotos y empezó a documentar todo aquello que vivía en su casa, con un padre alcohólico y una madre adicta a los puzzles y al tabaco, en medio de una miseria desbordantes, sin ninguna perspectiva de mejora, sino todo lo contrario. Unas fotografías que además de valerle al joven Richard una vía de escape, lo llevaron a ser reconocido y una carrera dedicada a la fotografía, muy bien acompañada de material audiovisual en forma de cortos y mediometrajes donde sigue retratando a su familia, los zoológicos de todo el mundo y el paisaje británico. Ray & Liz es su primer largo de ficción, basado en dos episodios de su infancia y adolescencia. Billingham estructura su película autobiográfica en tres tiempos. En uno vemos a un maduro, enfermo y hecho pedazos Ray, que pasa su tiempo alcoholizándose y tirado en la cama. En el segundo, a comienzos de los ochenta, vemos a Richard con 10 años, su hermano pequeño 2 años, y el incidente con su tío Laurence. En el segundo, Richard tiene 16 años y Jason 8 años.

El cineasta británico compone un relato austero, ya desde el formato de la imagen con ese 16mm, llenando el encuadre cuadrado de 4:3 de las miradas y los cuerpos de sus protagonistas, en un primer tercio donde el hogar parece indicar que las cosas funcionan aunque no del todo, ya en el segundo período el deterioro físico y moral es evidente, con unos padres a la deriva total, inmersos en su cotidianidad miserable y anodina, consumiendo alcohol, perdiendo el tiempo con menudencias, descuidando a sus dos hijos, sobre todo al pequeño Jason, que se siente desamparado y muy perdido, encerrados en el pequeño pido, auto encarcelados y arrastrándose por una existencia muy mísera y pobreza, rodeados de suciedad, animales y objetos mugrientos, con ese aspecto de hedor insoportable y basura por doquier. Billingham apenas nos muestra el exterior, y cuando lo hace, nos enseña un barrio como otro cualquiera, casi siempre nublado, donde la vida y sobre todo, la felicidad han decidido pasar de largo, donde todo se mueve por inercia, sin nada que hacer y soportando los días como una losa aplastante.

A pesar de tanta miseria moral y física, la película tiene algún resquicio de poesía o luz, de la mano de Jason, que encuentra un amigo salvador, una mano tendida que le dé algo de aire dentro de ese pozo oscuro y aterrador que es la vivienda con sus padres, aunque esos momentos son nimios, porque estas dos almas han sido despojadas de una vida acorde con sus edades, una vida cálida y compañía, una vida muy alejada de la que viven diariamente, en la que han sido abandonados como náufragos a su suerte, perdidos en esa maraña y desierto que es la relación con sus padres, con esos seres desconocidos en los que se han convertido, tan alejados de ellos como dos espectros que se desplazan sin más por ese hogar amargo y siniestro, mendigando unas pocas libras para seguir ahogándose en su incapacidad y miseria moral y física, porque la verdadera tragedia de Richard y Jason es que quieren huir de su casa para ser no vivir con dignidad, sino para ser ellos mismos, alejados de unos padres ausentes, ahogados en su miseria y perdidos en sus adicciones.

Billingham construye su relato imponente y magnífico a través de los silencios, de un minimalismo brutal, con unos encuadres brillantes que saben captar todo ese desaliento irrespirable en esas cuatro paredes, donde los planos detalle abundan y describen con minuciosidad los gestos y rostros ajados, rotos y agrietados de los padres, esos Ray y Liz envueltos en su miseria que arrastran a sus dos hijos, lanzando gritos de horror para seguir manteniendo una existencia sucia, durísima y agujereada. Las imágenes crudas y naturalistas de la película nos retroceden a las primeras películas de Loach o Frears, o esos ambientes “working class” de muchas obras de Mike Leigh, y sobre todo, a las películas de Terence Davies como Voces distantes (1988) con una estructura similar, donde dese el presente se recuerda ese pasado doloroso, sombrío y con algo de felicidad, aunque solo sea mínima, porque la mayoría de recuerdos sean tan duros y amargos, en los que destaca la enorme capacidad interpretativa del reparto, desde su físico, su ropa, sus gestos, miradas y su manera de desplazarse, incluso dormir, deviene todo ese ambiente de miseria en el que vivían o simplemente existían.

Un retrato familiar sin concesiones y malabarismos dramáticos, muy acorde con el trabajo fotográfico, un retrato que hace Billingham sin dejarse nada fuera, describiendo su extrema crudeza, tan real, tan cercana, sin sentimentalismos ni nada que se le parezca, con esa cámara escrutadora, testimonial y observadora que refleja la realidad diaria, la descomposición y la falta de aire, y lo hace desde la sinceridad y la honestidad del que retrata aquello que conoce, aquello que ha vivido, aquello que ha respirado muy a su pesar, pero no lo hace desde la venganza, desde el reproche, sino desde la distancia prudente, sin caer en el panfleto o la condescendencia, desde la altura de un chico de 10 y 16 años, desde alguien que conoció ese mundo irreal, doloroso y pobre, desde la perspectiva del que quiere huir como sea de ese hogar, por llamarlo de laguna forma, de ese espacio mugroso y miserable que le había tocado en suerte. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nuestro tiempo, de Carlos Reygadas

LAS CUESTIONES SOBRE EL AMOR.

“El amor es dúctil y ante todo es imperfecto”

Desde Japón (2002) su primera película, el cineasta Carlos Reygadas (Ciudad de México, 1971) se ha convertido en un inquieto y curioso explorador de las relaciones humanas y la pasión amorosa como epicentro emocional en sus obras. En su puesta de largo, nos hablaba del retiro a lo rural de un señor de ciudad junto a una india, en Batalla en el cielo (2005) un crudísimo relato sobre el poder, la culpa y el sexo, se centraba en la desventura de un chófer que secuestraba a la hija de su patrón, en Luz silenciosa (2007) nos descubría a la comunidad de los Menonitas en una historia que giraba en torno al amor y la pasión, y en Post Tenebras Lux (2012) en la que una familia disfrutaba y sufría en dos mundos diferentes. El cine de Reygadas se mueve entre paisajes rurales imponentes, muy alejados del mundanal ruido, en los que naturaleza, animales y personas se mezclan de manera intensa y febril, en el que el interior de los personajes acaba siendo un reflejo en las bestias y los cambios en la naturaleza, una especie de espejo deformador y brutal de sus existencias.

Su cine está poblado de personajes sumamente contradictorios, seres que piensan de manera racional y coherente, pero que se pierden en sus ideas y acciones, que poco o nada tienen que ver con aquello que razonan, una lucha encarnizada entre su deseo y la realidad convulsa, variable y compleja. Su último trabajo, Nuestro tiempo, tiene mucho que ver con su anterior trabajo, Post Tenebras, en la que ya aparecía un ranchero llamado Juan, ahora interpretado por el propio Reygadas, un tipo que destaca como poeta, que vive con su mujer Esther, que interpreta Natalia López, que se dedica a las cuentas del rancho, su mujer en la vida real, y como ocurría en la citada película, Rut y Eleazar, hijos del director, vuelven a interpretar los hijos de Juan en la ficción. Ya desde su espectacular e intenso arranque precioso, íntimo y naturalista, en el que unos niños y niñas juegan en un inmenso lodazal, entre ellos los hijos de Juan y Esther, la cámara se mueve entre ellos, entre sus cuerpos y sus juegos, libres y sin ataduras. Luego, nos vemos unos metros más allá y observamos unos pre-adolescentes, entre ellos, un chico enamorada de una chica que no le corresponde, que minutos más tarde, sabremos que se trata del hijo de Juan y Esther.

Más allá, nos tropezaremos con los adultos, que se divierten cabalgando a toda prisa intentando cazar toros de lidia, y en la que conoceremos a Phil, un “gringo”, como lo llaman en la película, que ayuda a domar a caballos. Todo parece tranquilo, cotidiano, un día más o menos en el rancho donde personas, animales y naturaleza se distraen y se mezclan unos a otros. Toda esa aparentemente calma y orden natural, se verá fuertemente golpeado, en una especie de intruso destructor, en la figura de Phil, una especia de extranjero que viene a perturbar la paz aparente del hogar, como ocurría en Teorema, de Pasolini, ya que entra en ese hogar con un matrimonio liberal en su relaciones, aunque todo ese asunto de la relación sexual de Esther y Phil, provocará un cisma en la vida de Juan de consecuencias emocionales complejas. Reygadas, que aparece por primera vez como actor protagonista en una de sus películas, filma en un prodigioso formato panorámico, donde el paisaje, inmenso, bello y brutal, engulle a sus personajes, como los elementos naturales condicionan y nos muestran su vulnerabiblidad, tanto física como emocional, a unos individuos plácidos y cercanos en su cotidianidad, pero envueltos en la bruma cuando se desatan las cuerdas que los atan, cuando lo que parecía inamovible comienza a emerger en forma de pasión arrebatadora y desenfrenada, en que el personaje de Juan se verá perdido, a la deriva, temeroso, arrogante e incapaz de sujetar su matrimonio, al que creía liberal, y lidiar de forma más cuidadosa con sus emociones, desbordadas por este asunto de su mujer.

El cineasta mexicano se toma su tiempo, la película alcanza los 177 minutos, para contarnos ese cisma emocional casi como un diario filmado, buceando con reposo en las emociones profundas y confusas de sus personajes, sus encuentros furtivos sexuales y todo aquello que va cociéndose a fuego lento en sus miradas, sentimientos y acciones, viendo como las consecuencias se van apoderando de la paz del hogar, conociendo y descubriendo de primera mano las relaciones dificultosas entre un matrimonio, que se verá enfrentado a sus ideas teóricas sobre su amor y la realidad abrumadora de lo que sienten y cómo actúan ante los conflictos que se generan. La película ahonda en profundidad e intensidad en las relaciones humanas de nuestro tiempo, como reza el título de la película, un tiempo en el que parece que seamos más liberales y modernos, o al menos así nos definimos y nos creemos ante las miradas ajenas, y luego, en la intimidad del hogar, todas esas ideas sobre el amor libre, se vienen abajo en un suspiro, y nos encontramos perdidos, a la deriva, una especie de robinsones crusoe atemorizados por el intruso que nos “roba” a nuestro amor, y acabamos en un pozo de ideas antiguas sobre el amor, los sentimientos, y lo que es más grave, incapaces de hacer frente a aquello que nos debilita y a  nuestras propias contradicciones en cuestiones sobre aquello que sentimos, y la incapacidad de resolverlo ante los demás y ante nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA