Entrevista a Andrew Haigh

Entrevista a Andrew Haigh, director de la película “Leon on Pete”, en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el lunes 7 de mayo de 2018 en el hall del Holtel Pulitzer en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrew Haigh, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Mathilde Grange, por su labor como traductora, y a Haizea Gimenez de Diamond Films España, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Lean on Pete, de Andrew Haigh

CRÓNICA DE UN NIÑO SOLO.

“Es cierto que somos débiles y enfermos y feos y pendencieros, pero si eso es todo lo que siempre fuimos, hace milenios que habríamos desaparecido de la faz de la Tierra”

John Steinbeck

El anhelo y la soledad son las dos emociones que más nos remiten después de ver el cine de Andrew Haigh (Harrogate, Reino Unido, 1973) tanto en Weekend (2011) donde hablaba del shock emocional que sentían un par chicos gais después de una noche de sexo, como en 45 años (2015) donde el pasado irrumpía de forma brusca en un matrimonio septuagenario. Mismos motivos los volvemos a encontrar en su cuarto trabajo, basado en la novela de Willy Vlautin, que deja su Inglaterra natal para adentrarse en los ambientes de Portland y el oeste estadounidense, donde conocemos a Charley Thompson, un chaval de 15 años, que vive junto a un padre que lo deja sólo muy a menudo, en esa América alejada de los neones fluorescentes y el éxito individual, para adentrarse en la más absoluta cotidianidad, que se alojan en casas prefabricadas y matan su vida en empleos precarios, sin más futuro que el pasa en el momento. Charley encuentra en los caballos una forma de cobijo y empatía con los animales que no encuentra con su padre y en su entorno más cercano. Una manera de sentirse útil y arropado, aunque sean con un trabajo casi nulo, un empleo sin más, en el que su jefe, un tipo sin escrúpulos que se gana la vida en las carreras de caballos, y la aparición de Bonnie, esa jinete que es como su hermana mayor.

Aunque, la vida de Charley no es fácil, todavía es demasiado joven para enfrentarse el sólo al mundo, a su vida, y circunstancias del destino, deberá emprender su propio camino huyendo del destino marcado que se cierne sobre él. Haigh nos habla desde la sinceridad y la honestidad, planteándonos una película sobre la búsqueda de uno mismo a una edad muy temprana, en ese tiempo de transición entre la infancia y la edad adulta, en el su joven protagonista aprenderá que nuestras emociones difieren mucho de la sociedad que nos ha tocado vivir. El cineasta británico plantea un relato dividido en dos partes, en la primera, Charley encontrará su refugio en las carreras de caballos y la relación, más o menos sana, que mantiene con Montgomery y ese mundo brillante, por su relación con los caballos, y oscuro, por las artimañas en las formas que se gasta Montgomery. En la segunda mitad, todo cambia para Charley, y emprende una huida sin rumbo ni destino, con la compañía de uno de los caballos, “Lean on Pete”, un pura sangre que quieren vender porque su tiempo ha finalizado.

El abrasador desierto, la soledad como una sombra impenetrable, y ese caminar sin más ayuda que la de uno mismo, serán las jornadas cotidianas a las que Charley tiene que enfrentarse. Si la película en un primer momento nos adentraba en lo social, ahora, siguiendo con esa idea, se fundía en un anti western, con la huella de Peckinpah o Hellman, pero sin épica ni héroes, sino todo lo contrario, sólo el devenir de un alma triste que camina sin cesar en busca de algo o alguien que lo acoja, o simplemente le dé un abrazo. Haigh huye de toda sensiblería o condescendencia al uso, y con un tono de sobriedad y limpieza visual, mira a su protagonista desde la distancia justa, construyendo una admirable retrato sobre la soledad, dejando de lado esas películas de niño con animal y las buenas obras, aquí, también hay un niño y un caballo, pero se acerca más a una amistad entre aquellos que han abandonado, aquellos desfavorecidos, aquellos que la sociedad ya no necesita, en la línea de Crin blanca, de Lamorisse o Kes, de Ken Loach, dos estupendas películas en las que tanto el niño como el animal se ayudan ante las intransigencias y ataques de una sociedad que todo lo alinea y oculta.

La contenida y brillante luz de Magnus Nordenhof Joenck (autor de la cinematografía de A War (Una guerra) entre otras, ayuda a capturar esos claros oscuros de la primera parte, para fundirse en esos desiertos rojos y polvorientos de la segunda mitad, donde el inmenso trabajo de Charlie Plummer (que hemos visto hace poco haciendo de Jean Paul Guetty Junior en Todo el dinero del mundo, de Ridley Scott) brilla a gran altura, dando vida al desdichado chaval, le acompañan dos intérpretes de gran calado en este tipo de relatos como Steve Buscemi o Cloë Sevigny, dando vida al jefe complejo del chaval, y a la jinete que le echa un capote al niño, respectivamente. Haigh ha hecho una película valiente y compleja, una cinta que nos atrapa desde la honestidad del relato bien contado, en una película que nos habla del desamparo, de sentirse solo, de no saber hacia adonde ir, de caminar sin descanso, de saber que los demás pueden prescindir de ti, que nadie te quiere de verdad, en una película de corte social, pero desde todos los prismas posibles, y también, en una road movie a pie junto a un caballo, donde nos habla de esos desfavorecidos, de los que tienen donde caer muerto, de aquellos para los que cada día, la vida es un milagro, donde comer algo ya es todo un logro, todos esos que vagan por el mundo.

Todo el dinero del mundo, de Ridley Scott

SER UN GETTY ES ALGO EXTRAORDINARIO.

“Por supuesto que conocía el secuestro, pero en realidad siempre quise hacer algo con respecto al dinero y el modo en que éste controla y moldea la vida de las personas. Cuando piensas en ello,  muchas  de  nuestras  decisiones,  ya  sea  con  quién  elegimos  permanecer  casados,  dónde elegimos vivir y qué trabajo elegimos asumir, etc., son impulsados por el dinero. Y, obviamente, las personas de bajos recursos se ven afectadas en cuanto a que sus elecciones y sus opciones son  limitadas.  Pero  el  dinero  incluso  influye  emocionalmente  en  los  ricos,  ya  que  les proporciona  libertad  y  poder,  pero  ¿qué  hacer  con  eso?”

David Scarpa

Durante una noche romana de 1973 (maravilloso homenaje en blanco y negro que rememora el universo Felliniano con La dolce vita y su maravillosa Via Beneto de aquellos años de noches eternas, y Las noches de Cabiria, con sus prostitutas pidiendo a gritos clientes guapos y con dinero) el adolescente John Paul Getty III (nieto del hombre más multimillonario del planeta) es secuestrado y llevado a la zona calabresa. Los secuestradores piden a su madre Gail la cantidad de 14 millones de dólares para soltarlo. Aunque lo que en un principio, parece fácil, debido a la fortuna del abuelo, todo se revuelve, ya que la respuesta de John Paul Getty es muy sorprendente, porque éste se niega a dar un solo dólar. A partir de ese instante, comienza una vertiginosa carrera por parte de la madre, que contará con la ayuda de Fletcher Chace, hombre de seguridad de Getty, para conseguir rescatar a su hijo.

La película número 25 del reputado y veterano Ridley Scott (South Shileds, Reino Unido, 1937) es una mezcla interesante del thriller de investigación y el drama familiar shakesperiano, en una película contada en su inicio de forma desestructurada ya que nos contará sus antecedentes, como los pormenores de cómo Getty consiguió su inmensa fortuna explotando el petróleo de oriente medio, y su peculiar forma de ser, contradictoria, en el que se mueve entre la avaricia, la filantropía, la crueldad y el amor hacía los suyos. También, la nula relación con su hijo, y padre del secuestrado (que acaba consumiéndose entre drogas) y el amor que siente hacía su nieto, un pasado que será clave para entender el carácter enrevesado y singular de Getty, y porque actúa de esa manera frente a los secuestradores. Scott se basa en un guión de David Scarpa que a su vez adapta el libro Dolorosamente Rico: las indignantes fortunas e infortunios de los herederos de J. Paul Getty, de John Person, y nace una película en la que el veterano director impone un ritmo enérgico y brillante, en el que la trama no da nunca tregua, y se mueve por diferentes y ambiguos ambientes, como la fortaleza de Getty, con su seriedad, elegancia, y porque no decirlo, con su aura de tenebrosidad y terror, como aquel Xanadú del homólogo Charles Foster Kane, las calles infectadas de gente de la vecchia Roma con la prensa más rancia y amarillista acosando constantemente, o las zonas rurales del sur de Italia donde esconden al joven Getty, y sus penurias entre suciedad y vejaciones, en un caleidoscopio de aquel instante y aroma político que se vivía en los años setenta y más concretamente en Italia, años de efervescencia revolucionaria y continuos actos terroristas, donde todo se movía a ritmo vertiginoso.

Scott consigue esa atmósfera y el contexto social y cultural del momento, moviéndose como pez en el agua, consiguiendo una de sus mejores películas de los últimos años, donde nos cuenta de forma interesante y brutal las relaciones complejas del magnate rico (grandísima la composición del veterano Christopher Plummer)  y su afán de no perder nada de su riqueza, ese amor por su dinero, porque nadie se lo arrebata, contando cada moneda, y negociando hasta lo más insignificante, una representación moderna de El avaro, de Molière, un ser mezquino, solitario, que se mueve entre oro, pero odia a todo el mundo, y a él mismo, una figura fantasmagórica mezquina, que nunca tiene suficiente dinero, aunque lo tenga todo, en contraposición con la férrea voluntad y su batalla sin cuartel que emprende Gail Harris (formidable la siempre interesante Michelle Williams) para recuperar a su hijo, con la ayuda de Chace (correcto y audaz la interpretación de Mark Wahlberg).

El buen hacer de su reparto ayuda a componer un plantel de gran altura como Roman Duris que da vida a uno de los secuestradores, Charlie Plummer como el joven secuestrado, la seriedad de Marco Leaonardi o la presencia de Timothy Hutton como emisario del magnate. Una película seria y compleja sobre nuestra relación con el dinero, ese “vil metal” que describía el gran Pérez Galdós en sus obras, ese elemento distorsionador, carente de principios, que nos consume el alma, y decide nuestras vidas, y cómo afecta a alguien que lo tiene todo, que puede comprarlo todo, que sus deseos, por más raros y extravagantes que sean, puede tenerlos, pero aún así, no parece que le sacie su infinita sed de poder, de riqueza y posición, porque como bien decía el poeta, el dinero nunca es suficiente, porque sólo puede comprar lo que tiene un precio, y aunque en muchas y desagradables ocasiones compre el amor, en otras, no puede hacerlo.

The Florida Project, de Sean Baker

SOÑANDO EN LA PERIFERIA.

Moone, de 6 años, y sus dos amigos, Jancey y Scottie, pasan el verano soportando el infernal calor como pueden, y metiéndose en mil líos, travesuras propias de la edad o tal vez no, como escupir en el capo de los coches, pedirles dinero a la gente para comprar helados, espiar a una madura mientras hace topless en la piscina del motel donde viven, dejar sin luz a la comunidad, y demás fechorías, que hacen enfadar a Bobby, el paciente gerente y casi padre adoptivo de estos niños de madres solteras sin apenas recursos o con pocas posibilidades de salir hacia delante. La película nos sitúa en el estado de Florida, pero no en su epicentro, sino al otro lado, en esas hileras de minúsculos apartamentos que hace años servían a los turistas que venían a ver Disneyworld, y ahora, se han convertido en los únicos hogares para muchos que no tienen adónde ir, los desplazados e invisibles de un sistema inapelable y destructivo con los más vulnerables. Sean Baker (Summit, New Yersey, 1971) continúa en su sexto trabajo con las mismas directrices que bullían en sus anteriores películas, colocando el centro de atención en la periferia, en todas aquellas personas que transitan por los márgenes, sus personajes retratados son inmigrantes ilegales que no tienen dinero o malviven vendiendo ropa ilegal en los lugares más oscuros de la Gran Manzana, o jóvenes confundidas que establecen lazos con abuelas solitarias, o como oscurría en Tangerine (2015) filmada con un iPhone, donde seguía a una prostituta transgénero ex convicta que ayudaba a sus amiga con sus sentimientos.

Ahora, sigue las (des) aventuras de Moone y sus amiguitos, por esos lugares que no se ven, o no queremos ver, donde los turistas nunca irían, ni siquiera por equivocación, espacios donde las cosas funcionan y se sienten de manera diferente, donde unos niños, con todo el verano por delante y nada que hacer, se mueven de un lugar a otro, intentando divertirse, aunque en ocasiones, su diversión sea irritar a los adultos. Unos niños casi siempre solos, en una situación de casi abandono, sin un adulto a su cuidado, que sobreviven sin ningún control, que van y vienen por lugares expuestos a peligros y conflictos. Baker describe tanto los ambientes como sus personajes de forma sobria y colorista, alejándose de cualquier atisbo de miserabilismo o condescendencia, su mirada es diferente, es una mirada cercana, muy próxima, en el que la intimidad que presenciamos se muestra utilizando luz y colores, sin ahondar más en la suciedad física y moral que vemos, sino en retratar unos personajes que se mueven en ambientes difíciles y complejos, siempre desde el marco del respeto y la prudencia, sin aleccionar o transmitir esa pobreza complaciente que desgraciadamente hacen gala tantos, donde se insiste en un retrato superficial, dejando de lado las complejidades y problemas a los que se enfrentan.

Baker construye este reino de la periferia, con sus príncipes y sus aventuras infantiles, que algunas se pasan de la raya, pero lo hace desde la proximidad, dejando su cámara a la altura de las miradas de estos niños, y sobre todo, focalizando la trama y sus consecuencias a través de sus miradas, si exceptuamos las interacciones con Bobby. Una película sencilla y honesta, que filma sin tapujos y de forma naturalista, muchas realidades que conforman el universo de la periferia, de esos no lugares, donde muchas personas malviven con lo poco que tienen, personas que provienen de cientos de poblaciones, a los que las circunstancias les han llevado a transitar por la cara oscura y amarga del mal llamado sueño americano, ese slogan de las barras y estrellas enblema de los parques temáticos de fantasía y sueños, esos lugares del capitalismo que nos venden, alejados de la realidad más cercana, los que no salen en las guías turistas, que el turista con sus móviles de última generación nunca conoce, y además, no quiere conocer, creyéndose que su realidad ociosa llena de oropel y falsedades, se relaciona más con ese viaje turístico que se ha inventado con selfies junto a Mickey Mouse.

Baker se ha convertido en uno de los mejores cronistas de esa América oscura, desconocida y pobre, y lo ha hecho a través de cuentos donde no hay buenos ni malos, solo individuos intentando sobrevivir en la miseria, en esos ambientes donde pululan los que malviven, esos que andan perdidos, sin saber donde se encuentran, ni que hacer, y mucho menos dónde ir. El cineasta estadounidense ha fabricado un hermoso y duro poema sobre los invisibles, a través de la mirada de una niña y sus amigos, pero no sólo se fija en estos niños capitaneados por la rebelde e inquieta Moone, sino que también deja espacio para los adultos, esas madres solteras, llenas de tatuajes que sobreviven de mil maneras, las hay que viven de camareras en restaurantes de fast food donde sirven comida grasienta y la amabilidad pasa de largo, algunas ilegales y otras no tanto, y las que hacen algunas cosas “outlaw” y otras no tanto, como Halley, madre de Moone, que revende bisutería y lo que pilla, a pudientes idiotas del hotel de lujo de al lado, o se prostituye, mientras consume su existencia, a base de marihuana y polvos en cualquier rincón oscuro, y los sueños que le quedan, si es que le queda alguno a pesar de su edad, y mantiene una despreocupación por el devenir y la integridad de su única hija, del que no sabemos nada de su padre.

Baker compone un reparto de caras desconocidas, con la excepción de la sutilidad y aplomo de un pedazo de intérprete como Willem Dafoe, curtido en mil batallas, que ofrece un gerente, que se las sabe todas, y mantiene una actitud de ogro bueno con respecto a los niños. Bria Vinaite da vida a Halley, la madre de Moone, con sinceridad y descaro, aunque la alma mater de la película no es otra que Brooklyn Kimberley Prince, dando vida a la pequeña Moone (como ocurría con Laia Artigas y su Frida en la reciente Estiu 1993). Niñas que llevan el peso de la película, de manera sorprendente, destilando personalidad, con una enorme naturalidad, y dotadas de una mirada que divierte y sobrecoge, dando un intensísimo recial de gestos y detalles que nos atrapan, convirtiéndose en las reinas de la función.  El director americano nos propone una fábula moderna, donde hay princesas y ogros buenos, donde hay madres que parecen la bruja mala, en la que nos habla de manera brillante, intensa y conmovedora de la dificultad de ser niño en ambientes hostiles, de la responsabilidad de los padres, de las familias desestructuras, y de lo difícil que es vivir cuando se tiene tan poco o nada, en una película que nos hace emocionarnos ahondando  de manera precisa y seria, en todo aquello que no se ve, pero que ahí está.

Wonderstruck. El museo de las maravillas, de Todd Haynes

LA AVENTURA DE LA INFANCIA.

“Todos estamos en el fango, pero algunos miramos a las estrellas”

Oscar Wilde

Érase una vez en el caluroso verano del 77 en un pueblecito de Minnesota, que vivía Ben, un niño de 12 años que había perdido a su madre y ahora estaba junto a sus tíos. Un día, Ben encontró una pista que le tenía que llevar a Nueva York para conocer a su padre, pero, una noche de fuerte tormenta, un rayo impactó en la casa y dejó a Ben sordo. En el hospital, Ben aprovechó a escaparse y emprender un viaje que le llevará a reencontrarse con sus orígenes. Paralelamente, también descubrimos otro tiempo y otro lugar, el del año 1927, cuando una niña Rose, de la misma edad que Ben, y también sorda, echa de menos a su madre, una famosa actriz, y decide salir de su Nueva Yersey natal, al lado de un padre autoritario,  y emprender un viaje a Nueva York a encontrarse con su madre. Dos relatos, dos tiempos, y la misma búsqueda, la de dos niños que desean conocer sus orígenes y reencontrarse con sus progenitores a los que no han olvidado para conocer sus raíces.

El séptimo trabajo en cine de Todd Haynes (Los Ángeles, EE.UU., 1961) basado en la novela “Maravillas”, de Brian Selznick, autor también del guión (el mismo escritor del libro La invención de Hugo, que adaptó Scorsese, donde también nos hablaban de un niño desamparado en busca de su lugar) nos vuelve a envolver en una aura romántica, en una fábula protagonizada por dos niños, en la que nos descubre la misma ciudad de Nueva York, pero a través de dos tiempos muy significativos y completamente diferentes, la ciudad del 27 era una sociedad de cambio, de crecimiento, de ilusión y de nuevas oportunidades, en cambio, la ciudad del 77 es todo lo contrario, en plena crisis del petróleo, la city se cae a pedazos, y está llena de miseria y violencia. En estos dos paisajes se desarrolla la trama de Haynes, que dos años más tarde de la delicia y maravillosa Carol, parece querer volver a sus orígenes, y nos sumerge en una historia protagonizada por niños, como su debut Poison (1991) y aquel blanco y negro, como el que desarrolla en la trama ambientada en el 27, y el amor al cine (como la magnífica secuencia en el cine cuando Rose entra en una sala para ver una película protagonizada por su madre, Lillian Maywen -homenajea la famosa actriz Lillian Gish- ya que las imágenes que vemos tienen mucho que ver con aquella maravilla de El viento).

Haynes aprovecha la sordera de los dos niños, y que ninguno de ellos conoce la lengua de signos, para sumergirnos en un mundo silente, donde los espectadores somos estos niños, en una ciudad que no escuchamos (solo acompañada por la bella música de Burwell) una ciudad que vamos descubriendo desde esa mirada inocente y perdida, desde esa estatura, maravillándonos por cada detalle, por ese nuevo mundo tan al alcance y tan lejano a la vez, y en el profundo contraste de colores de las dos ciudades, el maravilloso y elegante blanco y negro, herencia del cine mudo, con aquella gama de colores vivos y cegados por el sol, y filmada también de dos maneras diferentes, el 27 con el espíritu de belleza del cine silente (que ya avanzaba la llegada del sonoro) y el 77, con la forma rompedora del cine setentero que cambiará las formas con el cine clásico, el cine de Cowboy de medianoche o The French Connection, dos mundos opuestos pero hermanados, donde las dos historias convergerán en una, en la misma línea temporal que tendrá su epicentro en el Museo Natural de Historia y el año 77.

El cineasta estadounidense hace gala de su característica forma de filmar el paisaje y sus personajes, con esa elegancia y belleza que encierran sus relatos, llenos de poesía, donde el más leve gesto o detalle capta nuestra atención y llena de armonía y singularidad, haciéndolo bello y sutil, donde las tramas funcionan a las mil maravillas, en el que todo se nos cuenta desde lo más íntimo, desde aquel espacio que no podemos ver, pero en cambio, sentimos con muchísima emoción. El cineasta californiano se vuelve a juntar con sus colaboradores habituales, el camarógrafo Ed Lanchman (aquí en un inolvidable trabajo donde la combinación de las diferentes texturas y colores resulta asombrosa y cálida) el montador Afonsso Gonçalves, y el músico Carter Burwell (habitual de los Coen) que vuelve a deleitarnos con esa score sencilla y delicada, envolviéndonos en el espíritu de conocimiento, sabiduría y aventura que se respira en toda la película.

Un reparto realmente compenetrado que respira autenticidad y magia en el que destacan los dos niños, Oakes Fegley que da vida a Ben, y Millicent Simmonds, debutante, que interpreta a la inquieta Rose, los acompañan Julianne Moore (una pieza clave en la filmografía de Haynes desde sus inicios) y Michelle Williams (que aunque su rol sea breve, tiene esa aura especial que conecta con su personaje) dando vida a unos personajes a los que el pasado los ha guiado y convocado en la ciudad de Nueva York, esa ciudad que nunca duerme, esa ciudad misteriosa y decadente, la urbe por antonomasia, donde suceden las cosas más imprevistas y extrañas, donde los personajes encontrarán aquello que buscaban, aunque eso no signifique que sacie sus ansias de conocer y descubrir ese paisaje ajeno, peligroso y fascinante, porque Haynes ha vuelto a construir una película maravillosa y emocionante, sobre la aventura de ser niños, del saber, llena de vida, de aventura, que reivindica la importancia de los museos como archivos indispensables para preservar y almacenar la memoria, la que ya no está, y la que estará, para concoer y conocernos, con todas aquellas historias y personajes que el tiempo va borrando de nuestras vidas, y lo hace a través de los ojos de dos niños, Ben y Rose, que llegarán a conocerse en el tiempo, en ese espacio inexistente, que va llenándose con nuestras historias, las personas que conocemos, y aquellos que ya no están pero que jamás olvidamos.

El sacrificio de un ciervo sagrado, de Yorgos Lanthimos

LA SANGRE DE LOS TUYOS.

Una ciudad como otra cualquiera en un país occidental, y una de esas familias burguesas, formada por Steven Murphy, reputado cirujano cardiológico, y su esposa, Anna, oftalmóloga de prestigio, y sus dos hijos, Kim, de 14 años y el pequeño, Bob de 12. Forman ese tipo de familias tradicionales, de grandes casas residenciales con jardín y piscina, donde el orden y la tolerancia reinan en su hogar y sobre todo, en sus vidas, muy planificadas, correctas y perfectas. Aunque todo ese orden aparente e inmaculado, se verá afectado por la entrada en ese hogar de Martin, un adolescente de 16 años que ha entablado amistad con el doctor. Yorgos Lanthimos (Atenas, Grecia, 1973) vuelve a la carga con uno de esos relatos donde todo parece funcionar con armonía y amor, pero más lejos de las apariencias, todo ese mundo oculta otro, como sucedía en “Al otro lado del espejo”, de Carroll, donde Alicia descubría un reverso de su vida que la interpelaba completamente. Lanthimos arrancó su filmografía con Kinetta (2005) donde relataba un thriller plagada de asesinatos, pero será con su segundo trabajo Canino (2009) en el que construía un drama doméstico en el que un padre educada a sus hijas alejándolas del exterior, dentro de un paisaje perverso y desgarrador. Continuó con Alps (2011) con una trama siniestra en el que un departamento de un hospital disponía de personas que ocupaban el lugar de los fallecidos, y siguió con Langosta (2015) con Colin Farrell, en el que en un mundo distópico los individuos sin pareja debían encontrarla en un plazo acotado en un centro disponible para ello.

Universos perversos, situaciones incómodas y personajes que ocultan esas experiencias vitales que les romperían tanto su propia armonía como la de su entorno. Lanthimos con su habitual equipo, Efthimis Filippou en la escritura, Thimios Bakatakis en la fotografía y Yorgos Mavropsaridis en el montaje, logra un thriller psicológico de grandísima altura, en el que nos atrapa con una sencillez extraña, en unos planos secuencias larguísimos y filmadas con gran angular, que consigue producirnos esa extrañez rara, que se agarra a nuestras entrañas, en las que logra situaciones de una perversidad, tanto psíquica como física, sumergiéndonos en ese otro lado del espejo, donde nos convertimos en almas sucias, terroríficas y despiadadas, donde sacaremos nuestros más bajos instintos macabros, sexuales y sociales, convertidos en entes que se mueven sin más, donde nuestras vidas racionalmente construidas se destrozan con la fragilidad de un castillo de naipes.

Lanthimos despedaza este mundo de materialismo y falsedad, y juega con nosotros a un extraño y terrorífico juego en el que la culpa, la mentira y la hipocresía dominan a sus personajes, despojándolos de toda esa apariencia, y convirtiéndolos en seres que se mueven por instintos, miedos e inseguridades. Lo que empieza como la llegada amable y simpática de Martin a ese hogar de limpieza y armonía, se convertirá en una pesadilla que parece no tener fin, y destapará la suciedad que se esconde bajo la alfombra, en un thriller de una gran factura visual, y rompedor en su trama, sometiéndonos en un degradante laberinto que sacará lo peor de cada uno de los personajes, en este malévolo descenso a los infiernos, donde Lanthimos, apoyado en su peculiar destreza argumental, nos sumergirá por el thriller psicológico, el drama íntimo y familiar, y lo sobrenatural, en un extraño y doloroso virus que primero atacará físicamente a los personajes, para luego arrastrarlos por inexplicables dolores emocionales que no tienen fin ni parangón. El director heleno construye una fascinante home movie en el seno de una familia que esconde una tragedia del pasado, un suceso que volverá a sus vidas en la figura de Martin, un chico aparentemente reservado y tímido que, buscará venganza, un marido para su madre y un padre, aquel que murió en la sala de operaciones del Dr. Murphy.

En el cine de Lanthimos hasta la situación más cotidiana se presenta como una especie de pesadilla, que hace daño y nos ataca a nuestros prejuicios y convenciones, en un viaje emocional que ataca allí donde más duele, a donde somos más vulnerables, a nuestras entrañas, en un cine que podríamos encontrar sus más directos referentes en el cine de Buñuel, Lynch, en el cine de terror, por sólo citar algunas de las inspiraciones del cineasta griego. Un cine que a través de la sencillez formal, nos atrapa con lo más mínimo, seduciéndonos suavemente, como si una serpiente nos subiera por las piernas, y cuando quisiéramos darnos cuenta ya la tenemos estrangulándonos lentamente el cuello hasta morir. Un reparto encabezado por Colin Farrell, que repite después de Langosta, interpretando a ese padre que intenta inútilmente escapar de su responsabilidad y deberá tomar una decisión que afectará a su familia, Nicole Kidman como la madre y esposa protectora que no conseguirá alejar a ese maligno que ataca y destroza su hogar y a los suyos, y la terna de interpretes jóvenes empezando con Barry Keoghan que compone un Martin siniestro y perverso que no cejará en su idea aunque le vaya a costar mucho más de lo que creía, y finalmente, los dos hijos de los Murphy, víctimas propicias elegidas del mal que los azota y no parará hasta que se consuma su objetivo.

La piel fría, de Xavier Gens

LA CRIATURA DE OTRO MUNDO. 

“Nunca estamos lo suficientemente lejos de aquellos a los que odiamos Por la misma razón, nunca estaremos muy cerca de quiénes amamos”

Un barco llega a una isla perdida alejada de todo situada en el Atlántico Sur. Su misión es dejar en ese trozo de tierra a un joven que permanecerá un año realizando mediciones meteorológicas. Una isla sin más habitantes que un farero de mediana edad, huraño y de carácter indolente. Nos encontramos en los albores de 1914. Allí, en la isla, después de unas noches donde el joven científico es fuertemente atacado por unas extrañas criaturas feroces que provienen del mar, y que dejan inhabitable su casa, es recogido por el farero a cambio de víveres y ayuda para luchar encarnizadamente contra esas bestias anfibias que parecen proceder de otros mundos misteriosos y extraños. Basada en la novela homónima de Albert Sánchez Piñol, de espectacular éxito de crítica y público y traducida a más de 30 idiomas, la adaptación, con las inevitables licencias cinematográficas, mantiene el espíritu de las grandes obras de aventuras, envolviéndonos en el universo de Conrad o Stevenson (curiosamente, algunos de los autores que lee el joven meteorólogo, como el “Infierno” de Dante, extraño anticipo que irá descubriendo a lo largo de su estancia en la isla).

Xavier Gens (Dunkerke, Francia, 1975) director especializado en el género de terror, arrancó con Frontière(s) en el 2007, thriller terrorífico donde unos atracadores aprovechan la confusión social para asaltar un hotel aislado regentados por unos nazis asesinos, y siguió, entre otras, con Aislados (The divide), en el 2011, donde unos supervivientes intentan con grandes penurias sobrevivir a un aterrador apocalipsis, y alguna que otra serie siempre dentro del género del suspense y el terror psicológico. Aquí, aborda el género de aventuras clásico, mezclado con el suspense y sobre todo, el terror de zombies, y el psicológico, en una trama sencilla que cuenta con sólo tres personajes, el joven del que poco sabemos, solamente que huye de algo o alguien, el farero solitario y amargado que arrastra un pasado de abandono y complejo, y la criatura que ha sido adoptado como animal de compañía y concubina sexual por el farero.

Tres almas perdidas y solitarias que deberán convivir por circunstancias en un lugar inhóspito y extraño que oculta un misterio atroz, donde las noches se convierten en un infierno de supervivencia, porque deben enfrentarse a esas criaturas del mar que les atacan sin tregua. La película consigue construir una atmósfera envolvente e inquietante, manejando con audacia los tempos cinematográficos, y consiguiendo algunas secuencias de gran mérito, como los ataques de las criaturas, y sobre todo, los paisajes de Lanzarote que sirven de escenario en esa isla, fría, oscura y alejada de todo mundo civilizado. Dos hombres en las antípodas que tienen que convivir por su supervivencia, que van descubriendo su razón de ser en ese mundo de inquieta paz por el día, y una guerra salvaje y sangrienta por las noches. La película logra introducirnos en esa atmósfera extraña y agobiante en el que se ven sometidos los personajes, quizás demasiado, porque la parte psicológica de los personajes queda algo traslucida por el aparato formal de la cinta, donde se echa en falta toda la parte personal y profunda de la historia que tienen el joven científico y la criatura.

Aunque, bien es cierto, que aunque su ritmo funciona de manera desigual, el tramo final de la película remonta y nos ofrece un cierre sincero, trepidante y emocionante. El buen hacer del intérprete británico Ray Stevenson (visto en innumerables películas de acción en EE.UU., dando vida al malhumorado Grunner, ese farero anclado en la rabia de su pasado y sin más existencia que la muerte de esas criaturas de otro mundo, bien acompañado por su paisano David Oakes, que compone un joven serio y frío que deberá aprender demasiadas cosas y a gran velocidad para convivir con el farero, y por último, una “monstruosa” e irreconocible Aura Garrido, embutida en el maquillaje espectacular de la criatura, que esconde una alma dócil y tranquila dentro de la máscara salvaje que parece haberla condenado Grunner. Gens consigue el aspecto formal de la película, tomando como inspiración a los maestros clásicos antes mencionados, sin olvidarnos de otros autores de corte fantástico como Lovecraft, donde lo cotidiano se mezcla con lo fantástico, en una trama donde lo humano adquiere otro tipo de connotaciones, en las que se confunde y a veces, cuesta saber donde se encuentra y de qué manera.