Van Gogh, a las puertas de la eternidad, de Julian Schnabel

EL ARTISTA INCOMPRENDIDO.

“Dibujar es luchar por atravesar un invisible muro de hierro que parece alzarse entre lo que sientes y lo que eres capaz de hacer”.

Vincent van Gogh (1853-1890)

En el cine habíamos visto a Vincent van Gogh (1853-1890) a través de la mirada de Kirk Douglas en El loco del pelo rojo (1956) de Vincent Minnelli, en la piel de Martin Scorsese en Sueños (1990) de Akira Kurosawa, en la pasión de Tim Roth en Vincent & Theo (1990) de Robert Altman, en la energía de Jacques Dutronc en Van Gogh (1991) de Maurice Pialat, y más recientemente, en la fantasía visual de Loving Vincent. Todas ellas aproximaciones, revisiones, ficciones y retratos sobre el hombre detrás del pintor, sumergiéndonos en una alma inquieta, llena de vida, de pasión, de energía, de inmensidad, de una grandísima y obsesiva capacidad de trabajo, en que la creación artística emanaba sin control, sin pausa, a ritmo acelerado, sin descanso, donde pintar, vivir, soñar, sufrir y sentir era todo uno, indisoluble al pintor, al hombre y a sus pinturas. Ahora, nos llega una nueva aproximación a la figura del insigne pintor postimpresionista, al hombre y al pintor, y sobre todo, a su trabajo, sus métodos de trabajo, de sentir, de mirar, de explorar la naturaleza, de evocar su alma en cada gesto, cada pincelada, cada figura de sus cuadros, cada objeto, y cada mirada tan cercana y tan alejada a la vez, donde todo está por explorar y todo está por descubrir.

El pintor Julian Schnabel (Nueva York, EE.UU., 1951) lleva desde los setenta trabajando y ha sido expuesto en los museos y galerías más importantes del mundo, dio el salto a la dirección de los largometrajes en 1996 con Basquiat, en la que rescataba la figura del pintor de graffiti y expresionismo abstracto apadrinado por Andy Warhol que falleció prematuramente con 27 años. Cuatro después volvería a dirigir con Antes que anochezca, en la que volvía a acercarse al retrato con la figura del poeta y escritor cubano Reinaldo Arenas, desde su infancia hasta su exilio estadounidense, que fue interpretado por un magistral Javier Bardem. Su tercera película La escafandra y la mariposa (2007), dejaba momentáneamente a los artistas, para centrarse en la persona de Jean Dominique Bauby, redactor jefe de la revista Elle, que tras sufrir un accidente quedaba postrado en una cama en la que sólo se comunica con el movimiento del párpado izquierdo.

Tres retratos, a la que ahora se añade el de Van Gogh. Cuatro figuras, cuatro almas perdidas, sin lugar, sin nombre, incomprendidos, apartados de una sociedad con sus leyes racionales y establecidas de siglos venideros. Cuatro inadaptados, cuatro seres geniales, pero sin sitio, abocados a la deriva de huir y escapar, marcharse a su mundo, a sus espacios, a escucharse el alma, a sentir su libertad, a volver a sentir. Schnabel dibuja una figura atormentada, que se ahoga en la ciudad, que no entiende el ritmo y el arte de sus colegas, que huye a los pueblos, al campo, a la naturaleza, donde se siente él mismo, donde esta con su ser, y da rienda suelta a todo su arte, a su forma de mirar, diferente a todos, alejada de las corrientes artísticas del momento, del academicismo, de lo establecido, un arte libre de ataduras, en consonancia con la naturaleza, con la mirada, con su alma, y movido por los sentidos más profundos de su ser.

El director, junto a sus guionistas Jean-Claude Carriére, eminencia en esto de los guiones, y Louise Kugelberg (que también edita la película) huyen del biopic convencional, para centrarse en los últimos cuatros años de la vida del pintor, desde 1886 hasta su trágica y misteriosa muertes de 1890, pero no lo hacen de manera lineal, sino de forma desestructurada, que es una seña de identidad en el cine de Schnabel, donde lo importante es sentir y seguir al personaje por sus espacios, caminaremos con él, acarreando sus bártulos de pintura, recorriendo caminos, campos de trigo, montañas, calles empedradas, habitaciones de mala muerte, cafés ruidosos, lúgubres estancias de asilos para dementes, y gentes amables y despiadadas, de pueblos de finales del XIX por el sur de Francia, como Arlés, el asilo de Saint-Remy o Auvers-Sur-Oise, espacios que vieron el trabajo febril y agotador del pintor, una especie de caballero errante como el que vimos en El séptimo sello.

Van Gogh es una alma solitaria, rota y completamente incomprendida, que pintaba y pintaba, que sólo vivía para pintar y dibujar su mundo, ese entorno natural lleno de vida, de sorpresas, de descubrimientos y accidentes múltiples y constantes, de infinidad de texturas, de luces y colores, en que la película se sumerge en el alma de Van Gogh, tejiendo una explosión de vitalidad, de amor a la pintura, a la arte, explorando los entresijos de procesos creativos, su íntima relación con el pintor Paul Gauguin, las visitas de su hermano Theo que lo mantenía y lo cuidaba, sus ingresos en los hospitales después del suceso con la oreja que se cortó, y sus reflexiones, preocupaciones y demás emociones de alguien que vio más allá, que se adelantó a su tiempo, que creyó en una forma de pintar diferente, libre y pasional, que a pesar de su corta trayectoria, apenas 17 años, dejó más de 800 pinturas y 1200 dibujos, todo un arsenal apabullante que deja constancia de su forma de pintar y sus métodos espontáneos, al momento y totalmente creativos.

Schnabel ha construido una película muy orgánica, que se respira y se siente a cada momento, a la que contribuye esa cámara íntima y movida, con esa luz brillante y cegadora de los exteriores, que contrasta con esa siniestra y oscura de los espacios cerrados, un gran trabajo de Benoît Delhomme (colaborador de Tran Anh Hung y Tsai Ming Liang, entre otros). Y qué decir de la maravillosa interpretación de Willem Dafoe, casi 30 años más que Van Gogh, pero que acaba siendo una mera anécdota, porque logra enfundarse en la piel del pintor, del hombre y el entorno, donde sentimos a través de detalles, gestos y miradas todo aquello que bullía sin cesar en el alma del inmenso pintor, bien acompañado por Oscar Isaac que da vida a Gauguin, Rupert Friend a su hermano Theo, Emmanuelle Seigner y Amira Casar dan vida a Madame Guinoux y su cuñada, rescpectivamente, y Mads Mikkelsen dando vida a un pastor que mantiene con Van Gogh una conversación sobre el espíritu y nuestro lugar y misión en el mundo, que el propio pintor se asemeja a Jesucristo en su lado más humano e incomprendido. Schabel ha construido un retrato sensorial, humanista e íntimo de Van Gogh, donde hace una invitación a descubrir su alma desde lo más profundo, dejándonos llevar por su creación y sus pinturas, nada más, viajando hasta lo más bello y aterrador de los procesos creativos.

 

 

Entrevista a Julio Medem

Entrevista a Julio Medem, director de la película “El árbol de la sangre”. El encuentro tuvo lugar el martes 30 de octubre de 2018 en el Cine Phenomena en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Julio Medem, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Álvaro Cervantes

Entrevista a Álvaro Cervantes, actor de la película “El árbol de la sangre”, de Julio Medem. El encuentro tuvo lugar el martes 30 de octubre de 2018 en el Cine Phenomena en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Álvaro Cervantes, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Maria Molins

Entrevista a Maria Molins, actriz de la película “El árbol de la sangre”, de Julio Medem. El encuentro tuvo lugar el martes 30 de octubre de 2018 en el Cine Phenomena en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Maria Molins, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

El árbol de la sangre, de Julio Medem

VERDADES SECRETAS.

En cada una de sus películas Julio Medem (San Sebastián, 1958) nos propone un viaje al subconsciente, hacia más allá de la realidad más cercana, donde la naturaleza y sus animales se funden con el alma de los personajes, en donde abundan los amores difíciles, pasionales y dolorosos, nos invita a una introspección de nuestros sentidos más profundos, a un universo paralelo, donde realidad y sueño se mezclan creando un mundo diferente, sensorial y extraño, un espacio por el que transitamos donde las cosas se ven y sienten de otra manera, ya no son igual, han cambiado, donde los personajes se mueven de manera diferente, donde todo lo que les rodea asume una nueva condición, más cercana a lo mágico, lo diferente y sobre todo, donde se manejan sensaciones y emociones nacidas de lo más profundo de nuestra alma. Un cine pegado a la realidad, a una realidad soñada, ilusoria, imaginativa, terrenal, donde lo mágico penetra en los personajes como arma contra la desesperanza, los miedos y desilusiones de la existencia. En su extraordinario debut Vacas (1992) nos proponía una historia de saga familiar y (des) amores con la primera guerra carlista de fondo, en su siguiente película La ardilla roja (1993) una joven amnésica pasaba sus vacaciones con un músico en crisis en un entorno natural y mágico, en Tierra (1996) Ángel, que se considera mitad hombre y mitad ángel, entra en conflicto en una zona donde habitan dos mujeres complementarias y diferentes, en Los amantes del Círculo Polar, nos retrataba la historia de amor de idas y venidas de una pareja desde su infancia, en Lucía y el sexo (2000) una joven huía de un desamor refugiándose en una isla con la idea de disfrutar del sexo y olvidar.

Después vendría La pelota vasca. La piel contra la piedra (2003) un documental que se desviaba de su universo en el que a través de una serie de testimonios se hablaba en profundidad del conflicto vasco. Cuatro años después presentaba Caótica Ana, una película que le devolvía a su mundo, en el que retrataba a una joven estudiante de arte mantenía una relación tortuosa con una joven. Película que le supuso una profunda crisis creativa que le llevó a emprender proyectos de otra mirada, en la que dirigió Habitación en Roma (2010) donde filmaba por primera vez en inglés, y de manera sencilla una historia de amor efímera de dos mujeres desconocidas, y en el 2015 con Ma ma, aunque había algunos rasgos significativos de su universo, la película andaba por otros lares para hablarnos de la enfermedad terminal de una mujer y la relación con los suyos.

Medem ha vuelto a su mundo, a sus lugares conocidos, y a esa mirada terrenal, pasional y onírica que abunda en su cine, un cine con personalidad propia, abundante en la creación de imágenes poderosas y cautivadoras, en el que los personajes viven realidades complicadas y muy de la tierra. con El árbol de la sangre, vuelve el mejor Medem, hablándonos de una fábula en el que intervienen 14 personajes que se relacionaran a lo largo de 25 años. Arranca la película con los más jóvenes, Rebeca y Marc, enamorados y deseos de conocer las relaciones oscuras y verdades no contadas de su historia y la de sus pasados,  con la firme intención de escribir esa historia,  en un enclave significativo para lo que quieren contarnos, un caserío en la Sierra de Urkiola, en el sur de Bizkaia, y frente a ese árbol que sustenta todas las ramas y raíces de esta historia que empezó 25 años atrás un verano en la Costa Brava y finalizará en otro verano. Medem habla de dos tiempos, el presente, más pausado, más cercano a esa naturaleza del norte, donde la pasión de la juventud se apodera del cuento, donde uno y otro, reescriben la historia de sus familias, que también es la suya propia, con abundantes elipsis, cambios de narrador, con momentos reales y otros imaginados.

En el segundo tiempo, vemos el relato de esas experiencias que nos cuentan Rebeca y Marc, con sus idas y venidas, sus saltos en el tiempo, donde una familia que viene de Rusia, ya que fueron niños de la guerra, se erige como la base de todo, donde dos hermanos serán los artífices de muchas de las historias que nos cuentan, dos palos diferentes, dos toros enfrentados, la racionalidad de Víctor con la furia de Olmo, y las mujeres de sus vidas, unas más importantes y otras, menos o nada, como La Maca, una antigua cantante punk aquejada de esquizofrénica y su hija, la Rebeca que nos cuenta su existencia, o Núria Bellmunt, desde donde arrancan las raíces del árbol, o el inicio de la historia y su encuentro con Olmo, y madre de Marc, o la escritora Amaia Zugaza y su matrimonio con Olmo (personaje que vertebra todo el relato y esa fuerza pasional que arrebata a todas las mujeres de la película) y los respectivos padres, abuelos reales o no, de Rebeca, que ilustran el compendio de personajes, historias y esas verdades secretas de las que nos habla Medem e irán saliendo a la luz a medida que Rebeca y Marc las vayan descubriendo, porque la verdad será desenterrada para dar luz y también, oscuridad, porque hay cosas que difíciles de digerir y necesitan fuerzas para enfrentarse a ellas.

Medem vuelve a la luz de Kiko de la Rica, esa imagen bella y onírica, y llena de naturalidad, que ya tenía Lucía y el sexo, donde realidad y sueño se fundían de manera extraordinaria, y el excelente montaje de Elena Ruiz, con esos dos tiempos con diferentes cambios de ritmo, como la realización y edición de las dos bodas, producidas en diferentes tiempos, lugares y sensaciones. Y no menos acordarnos de la excelente partitura de Lucas Vidal, que consigue sumergirnos en ese universo onírico, apabullante de sensaciones, donde todo lo imaginable tiene su espacio y cobra realidad. Un plantel de intérpretes en estado de gracia arrancando por la naturalidad y la pasión que destilan la pareja protagonista, unos increíbles Úrsula Corberó y Álvaro Cervantes, bien acompañados por Joaquín Furriel, que ofrece un aspecto varonil y visceral, con la sobriedad de Daniel Grao, o la dulzura de Patricia López Arnaiz, y la calidez de Maria Molins, y la delicadeza de Najwa NImri, en un personaje complejo, y los veteranos Emilio Gutiérrez Caba, Luisa Gavasa, Ángela Molina y José María Pou.

Medem ha construido un relato familiar de gran calibre, donde huye de aspavientos emocionales para constarnos una tragedia familiar, donde sus personajes son románticos en mayor o menor medida, porque todos se mueven por instintos y esa sangre que les bulle tan fuerte, donde conoceremos sus verdades, mentiras, deseos, (des) ilusiones y sus pasiones salvajes, en un retrato lleno de múltiples capas narrativas que van de un lado a otro sin descanso, donde cada descubrimiento nos devuelve a más dudas, reflexiones y miedos, donde todo empieza y acaba a cada instante, en el que los personajes, víctimas de su amor infinito, descontrolado y brutal, se convierten en presas de su destino, un destino demoledor, un destino que viene de un pasado oscuro y lleno de incógnitas, un pasado que será revelador para los protagonistas más jóvenes, los que escriben y cuentan su historia, desconociendo esa verdad tan grande que seguramente los acercará a su propia vida de forma muy distinta y más íntima.

El cine de fuera que me emocionó en el 2017

El año cinematográfico del 2017 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 13 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión por mi parte).

1.- TONI ERDMAN, de Maren Ade

https://242peliculasdespues.com/2017/01/20/toni-erdmann-de-maren-ade/

2.- EL VIAJANTE, de Asghar Farhadi

https://242peliculasdespues.com/2017/03/08/el-viajante-de-asghar-farhadi/

3.- LA IDEA DE UN LAGO, de Milagros Mumenthaler

https://242peliculasdespues.com/2017/04/09/la-idea-de-un-lago-de-milagros-mumenthaler/

https://242peliculasdespues.com/2017/04/16/entrevista-a-milagros-mumenthaler/

4.- EL OTRO LADO DE LA ESPERANZA, de Aki Kaurismäki

https://242peliculasdespues.com/2017/04/17/el-otro-lado-de-la-esperanza-de-aki-kaurismaki/

5.- SIERANEVADA, de Cristi Puiu

https://242peliculasdespues.com/2017/08/05/sieranevada-de-cristi-puiu/

6.- LA REGIÓN SALVAJE, de Amat Escalante

https://242peliculasdespues.com/2017/09/16/la-region-salvaje-de-amat-escalante/

https://242peliculasdespues.com/2017/09/19/encuentro-con-amat-escalante/

7.- UNA MUJER FANTÁSTICA, de Sebastián Lelio

https://242peliculasdespues.com/2017/10/13/una-mujer-fantastica-de-sebatian-lelio/

8.- ¡LUMIÈRE! COMIENZA LA AVENTURA, de Thierry Frémaux

https://242peliculasdespues.com/2017/10/19/lumiere-comienza-la-aventura-de-thierry-fremaux/

9.- EN CUERPO Y ALMA, de Ildikó Enyedi

https://242peliculasdespues.com/2017/10/29/en-cuerpo-y-alma-de-ildiko-enyedi/

10.- EN REALIDAD, NUNCA ESTUVISTE AQUÍ, de Lynne Ramsay

https://242peliculasdespues.com/2017/11/25/en-realidad-nunca-estuviste-aqui-de-lynne-ramsay/

11.- EL SACRIFICIO DE UN CIERVO SAGRADO, de Yorgos Lanthimos

https://242peliculasdespues.com/2017/12/03/el-sacrificio-de-un-ciervo-sagrado-de-yorgos-lanthimos/

12.- ALANIS, de Anahí Berneri

https://242peliculasdespues.com/2017/12/21/alanis-de-anahi-berneri/

13.- COLUMBUS, de Konogada

https://242peliculasdespues.com/2017/12/26/columbus-de-kogonada/

14.- RECUERDOS DESDE FUKUSHIMA, de Doris Dörrie

https://242peliculasdespues.com/2017/12/31/recuerdos-desde-fukushima-de-doris-dorrie/

 

No te preocupes, no llegará lejos a pie, de Gus Van Sant

REÍRSE DE UNO MISMO.

John Callahan (1951-2010) era un tipo como otro cualquiera en el Portland post hippie, aunque tenía un serio problema, era alcohólico. Una noche de borrachera,  allá por el verano de 1972, su vida dio un cambio radical, porque en el automóvil que viajaba en plena juerga, se estrelló y acabó parapléjico. A partir de ese instante, Callahan empezó a ir a un centro de rehabilitación y empezó una vida completamente diferente, ya que encontró consuelo y refugio en el humor gráfico, dibujando viñetas en las que se reía de sí mismo, de manera irónica, cínica y a veces, de manera agresiva, de los inválidos habidos y por haber. La última película de Gus Van Sant (Louisville, Kentucky, 1952) vuelve a su territorio natural e íntimo, volver a mirar a esos personajes, muchos de ellos homosexuales,  en su mayoría pueblerinos o urbanitas, pero siempre aislados y periféricos que, no encajan en el lugar donde viven, un espacio muy alejado de la idea turística de EE.UU., son sitios cotidianos y aburridos,  sin mucho que hacer, donde el tiempo parece detenido, y en los que sus personajes tiene unas ansias tremendas por salir de allí y conocer otros lugares.

El cine de Van Sant, en su mayoría, y dejando de lado sus películas mainstream, suelen basarse en historias de jóvenes corrientes de esa América profunda, de esa América perdida, sin objetivos y paupérrima, gentes atrapadas en un destino desolador, aunque siempre encontrarán una vía de escape de salir de esa monotonía y desierto emocional, aunque en su mayoría de ocasiones, no se saldrán con la suya y su destino, muy a su pesar, quedará ligado a esos lugares que odian tan profundamente. John Callahan encaja perfectamente en esa idea de cine que tiene Van Sant, un proyecto que ya tuvo en los noventa, después del éxito de El indomable Will Hunting, y de la mano de Robin Williams, que adquirió los derechos de la autobiografía titulada Will the Real John Callahan Please Stand Up?, para hacer una película, aunque entonces el proyecto naufragó, ha sido ahora, y con el protagonismo de Joaquin Phoenix, inmenso, irreverente y cínico, en un personaje que deberá empezar una nueva vida debido a su minusvalía.

Van Sant (que encuentra el título para la película adoptando el que tiene una de las viñetas más famosas de Callahan) se aleja, como era de esperar, del biopic al uso, o mejor dicho, del biopic al uso estilo Mi nombre es Harvey Milk, que dirigió el propio Van Sant, que dirigió con ese tufillo a premios. Aquí, la película arranca unos instantes antes del fatídico accidente de Callahan, y esa adicción al alcohol que lo llevó a esa vida. La película da saltos en el tiempo, va de un lado a otro, manejando la trama a su antojo, construyendo un drama sin sentimentalismos ni discursos, sino a través de la humanidad de su personajes, que en ocasiones se muestra cercano y en otras, odioso e impertinente, un tipo complejo, ambiguo y difícil de manejar. El cineasta estadounidense muestra todo el proceso, desde su vida postrado en la silla, su rehabilitación física, así como la emocional, en el centro de rehabilitación, donde encontramos a un fantástico Jonah Hill (ataviado en un look especie de hippie trasnochado, rubio platino con coleta e iluminado de alguna religión oriental) que juntamente con los otros alcohólicos le ayudara a desdramatizar su situación y encontrar su camino. También, encontramos a la cantante Beth Ditto, en el rol de una gorda feucha, pero muy humana y ese humor negro tan característico para reírse de sí misma y de todos aquellos que quieran mofarse de su aspecto.

La aparición en la vida de Callahan de Annu (fantástica Rooney Mara, aportando sensibilidad y fuerza al personaje de Phoenix) una de sus terapeutas emocionales cuando se curaba, que se convertirá en su novia, también será un acicate más para comprobar que el sexo puede alcanzar estados igualmente placenteros, pero investigando otras naturalezas. Sin olvidarnos de la presencia estupenda de Jac Black  como el amigo borracho Dexter. Y la parte final, cuando Callahan comienza a dibujar sus tiras cómicas y empezar a ser valorado, aunque también vapuleado por algunos sectores más reaccionarios, y convertirse en alguien que a pesar de sus problemas físicos, puede encontrar su camino en el mundo y sentirse aliviado riéndose de sí mismo, y de toda esa vulgaridad que le rodea, y convertir su ciudad en un lugar feo pero cercano, vacío pero interesante, y sobre todo, un universo convertido en materia prima para desarrollar las ideas para sus tiras cómicas.

Van Sant se siente seguro y capacitado para contarnos el relato de uno de sus coetáneos, de alguien que desafió la vida y quiso mofarse de ella, aunque la vida le dio fuerte y le dejó en una silla de ruedas, aunque el cineasta estadounidense quiere contarnos la experiencia vital de Callahan, tanto a través de su reconocimiento, así como el proceso traumático, rompedor y sangrante que vivió antes de darse cuenta que su vida había volcado para ir por otro lado, mostrándonos las luces y sombras de un tipo cualquiera, de alguien que encontró su arte o su manera de desarrollar su capacidad artística a través del dolor, para luego convertirlo en ironía y sarcasmo, extrayendo toda esa rabia, perdonándose a sí mismo, y luego perdonar a su entorno, pero sobre todo, descojonarse de sus impedimentos físicos y emocionales, y volverse a descojonar de los estúpidos y capullos que podemos ser a veces.