Maya, de Mia Hansen-Love

EL PAISAJE INTERIOR.

El universo cinematográfico de Mia Hansen-Love (París, 1981) está planteado a través de un personaje imbuido en una catarsis emocional de grandes dimensiones, personajes atrapados en una vida que se les escapa, que pasa por encima de ellos, hecha a retazos, incompleta, encaminada a lugares que no desean y que tampoco saben cómo enfrentarse a ellos, perdidos en su realidad, acosados por el entorno, tanto físico como emocional, esperando ser capaces de salir de ese embrollo emocional, aunque les llevará a renunciar a muchas cosas importantes para ellos. Le ocurría a Pamela, de 17 años, que buscaba a un padre en Todo está perdonado (2007) su debut en la dirección, o las vicisitudes emocionales a las que se enfrentaba Gréoire Canvel, el productor de cine en la bancarrota que no sabía enfrentarse a sus problemas y menos explicarlos a su familia en La père de mes enfants (2009) o la Camille de Un amour de jeunesse (2011) que conocía al amor de su vida siendo adolescente, y años después, se lo volvía a reencontrar cuando su vida andaba por otros derroteros emocionales, o el Paul de Eden (2014) que en plena efervescencia del house se debatía entre el romanticismo de la juventud y al cruda realidad, y finalmente, la Nathalie de El porvenir  (2016) una profesora que renuncia al amor después que su marido la deje por otra. Todos ellos personajes, femeninos en su mayoría, que deben lidiar con situaciones graves emocionales, que han puesto patas arriba sus vidas, situaciones inesperadas y complejas que los sume en un letargo vital del que ellos mismos deberán salir.

Ahora, la cineasta francesa se centra en Gabriel, un periodista de 30 años, que vuelve a París después de 4 meses de cautiverio. Gabriel se siente perdido, extraño y sin querer abrir y contar su terrible proceso, así que decide irse a Goa, en la India, donde pasó buena parte de su infancia. Allí, en otro ambiente y actividades se reencontrará con su padrino y Maya, la hija de éste. Entre los dos se iniciará una amistad que derivará en una historia de amor. Hansen-Love filma la India huyendo de lo turístico, de esa postal bienintencionada de la mirada occidental, nos muestra un país diferente, lleno de contrastes, con su ruido, su música, sus gentes, su calor asfixiante, y la vida que parece escaparse a cada instante. La cámara sigue a Gabriel, un tipo independiente, extrovertido, vital, y sin ataduras, genes impuestos de su trabajo como reportero de guerra, una vida sin vida, de un ir y venir para aquí y para allá, sin casa fija ni lugar estable. Así es Gabriel, un joven que, después de su experiencia catastrófica, decide buscar en sus orígenes su identidad, a rearmarse emocionalmente hablando, y continuar su camino, siempre hacia adelante, sin reprocharse nada del pasado. En la India, se reencontrará con su madre, aunque la experiencia no es satisfactoria, y Gabriel decide seguir buscando en solitario y en compañía de Maya, una joven india que tiene la parte más tradicional de la India, pero también, la más moderna, aquella que quiere ver mundo, que estudia en el extranjero y no quiere vivir en la tierra de sus padres. Esa mezcla de ideas, de emociones y libertad individual ayudará en el proceso de renacimiento que necesita Gabriel después de su terrible experiencia.

Hansen-Love coloca su cámara en el interior de Gabriel y Maya, y los sigue desde la cercanía, pero sin agobiarlos, dejándolos que ellos mismos descubran en sus excursiones y salidas ese entorno ancestral y maravilloso que van recorriendo, entre monumentos católicos e hinduistas, entre lo bello de un país y su parte más fea, su pobreza y demás catástrofes, y filmándolos a través de 16mm y la mirada de Hélène Louvert (una auténtica especialista en el formato cine convencional que ha trabajado con cineastas tan importantes como Wenders, Marc Recha, Alice Rohrwacher, Jaime Rosales, etc…) que penetra en el alma de los protagonistas, en sus sentimientos y emociones de manera sencilla y natural, mientras el entorno los lleva de un lugar a otro, en que el paisaje se muestra en nuestro interior, como si pudiéramos tocarlo. Y el exquisito montaje de Marion Monnier, que ha trabajado en todas las películas de Hansen-Love, nos lleva con esa ligereza y ese ritmo donde días y noches se van debatiendo con absoluta armonía y belleza frente a nuestros ojos.

La música también actúa de manera tranquila y pausada para contarnos esta historia de sentimientos escuchando temas de orígenes muy variopintos desde lo clásico “Lied”, de Schubert, que actúa como leit-motiv, escuchándolo en varios instantes de la película, como lo más moderno con el tema pop “Distant Sky”, de Nick Cave, o la música india de “Come Closer”, de Bappi Labiri, ayudan a describir y a sentir todas las emociones (des) encontradas que va teniendo el personaje de Gabriel. La elección de Roman Kolinka como Gabriel, en la tercera película junto con Hansen-Love, imprime esa fuerza interior de un personaje roto y desvalido, que necesita reconstruirse y buscarse para seguir su camino, para volver a lo que era, pero con esa sutilidad que caracteriza el cine de Hansen-Love, y el debut de Aarshi Banerjee, la jovencísima actriz india que aporta ese lado más romántico y sencillo de la historia, el contrapunto que necesita el personaje de Gabriel para resarcirse de su traumática experiencia y volver a su vida.

Hansen-Love ha vuelto a contarnos una película sencilla y honesta, donde todo ocurre con su habitual naturalidad, un espacio emocional que nos lleva casi sin notarlo, hacia esos mundos interiores que tanto le interesan a la directora francesa, con un personaje que se debate entre sus dos grandes pasiones vitales, el amor hacia su trabajo y el amor que siente por Maya, en una narración humanista con ecos de El río, de Jean Renoir. La cineasta francesa sabe imprimir el ritmo adecuado a sus relatos, imprimiendo personalidad tanto a sus paisajes como a sus personajes, en su tercera incursión en el extranjero después de la Viena de su debut, y el New York de Eden, ciudades y lugares vistos por una cineasta que sabe conjugar aquello que cuenta con lo que estás viendo, creando una simbiosis perfecta de emociones que vivimos junto al personaje, creando ese estado emocional que sienten sus individuos, mirándolos desde la cercanía, pero con la distancia apropiada, sin inmiscuirse en sus planes ni juzgarlos, estando junto a ellos, pero dejándolos que vivan su catarsis personal e intransferible, y cómo afecta a los demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Cold November, de Ismet Sijarina

TIEMPOS EN DESCOMPOSICIÓN.

La guerra en la antigua Yugoslavia estalló en 1991 y se alargó hasta una década después, luchas internas entre las seis ex repúblicas yugoslavas que pertenecían a la federación. Una guerra cruenta y desoladora entre hermanos, que ocasionó unos 140000 muertos y más de 4 millones de desplazados. El cine se ha hecho eco a través de películas que nos hablan sobre el antes, durante y el después de la guerra en películas como Underground (1995) de Emir Kusturica, El polvorín (1998) y Optimistas (2006) ambas de Goran Paskaljevic, Before the rain (1998) de Milcho Manchevski, En tierra de nadie (2001) de Danis Tanovic, o una de las más recientes, Bajo el sol (2015) de Dalibor Matanic, que a través de la historia de amor de una mujer serbia y un hombre croata relataba los inicios, él durante y el después de la guerra. Ahora, nos llega una película sobre el conflicto desde una perspectiva diferente, instalada en aquellos primeros días de la Guerra, pero en Pristina, en Kosovo, en 1992, cuando la Guerra avanzaba por Croacia y amenazaba a Bosnia. El relato se detiene en Fadil y Hana, un matrimonio que vive junto a su hijo adolescente y su hija pequeña, y el cuidado de su padre incapacitado, en uno de esos apartamentos uniformes y llevando una vida más o menos cotidiana. Todo estallará, de un día para otro, cuando el gobierno serbio de Slovodan Milosevic anula la autonomía de Kosovo, disuelve el parlamento y cierra la televisión nacional, ocupando todos los organismos y edificios públicos y sobre todo, imponiendo sus normas y claudicando a toda la población. Muchos de los ciudadanos dejan sus trabajos y se manifiestan en contra de la ocupación, pero Fadil que trabajo como archivista se niega, y antepone el bienestar de su familia a todo lo demás. A partir de ese momento, la vida de Fadil y su familia, será presionada, señalada e insultada por la decisión tomada.

Después del documental Beyond the Rainbow (2008) donde abordaba el tabú de la homosexualidad en su país, el cineasta kosovar Ismet Sijarina aborda aquellos primeros días de guerra en que muchos albano kosovares tuvieron que elegir muy a su pesar, entre seguir manteniendo sus trabajos y convertirse para los suyos en enemigos y espías serbios, o en cambio, abandonar sus trabajos, recibir el apoyo de los suyos y apoyar la causa patriota, y dejar desamparada a sus familias, dos opciones injustas y muy difíciles. Sijarina opta por el formato cuadrado de 4:3, que evidencia aún más si cabe ese ambiente opresivo, de asfixia y laberíntico en el que deberá vivir Fadil y los suyos, además, de la inquietante y oscura atmósfera de ese noviembre frío y gélido, tanto físicamente como emocionalmente para los personajes, sensación que ya quedaba reflejada en su arranque, en el interior del automóvil, que circula en un ambiente hibernal, con nieve por todos los lados, y el espacio reducido del vehículo como único espacio casi de libertad ante tanta opresión del exterior, situación que se mantendrá durante todo su metraje, en que las cosas, tanto en el trabajo como en la calle, y en su entorno, irán cada vez mal dadas, en una especie de laberinto kafkiano de agobiante resolución.

Sijarina conduce una drama familiar sencillo y casi doméstico, tremendamente asfixiante, apenas hay exteriores, y la única música que escuchamos es desde esa guitarra que toca Fadil como terapia y vía de escape y porque no, de esa ansiada libertad que no tiene, como un grito para que las cosas volviesen a ser como antes. El cineasta kosovar nos sumerge en una película que tiene esa luz natural oscurecida y tenebrosa, casi parece una película de terror, donde el enemigo acecha desde el exterior, en que podemos tocar a los personajes y sentir como ellos, muy íntima y cercana, donde huye de ese sentimentalismo exacerbado o de cosas por el estilo, aquí hay contención y sobriedad, todo el drama que se produce es interno, observamos a Fadil, Hana y los demás ese virus maligno que se ha instalado en su casa y sobre todo, en sus vidas, en una sensación de amargura y soledad que desconocen donde les llevará, tomar o no la decisión de seguir en el trabajo o dejarlo, convertirse en la diana de todos, sentirse aislados y ver como los amigos de siempre los ven como enemigos y apestados, complejas situaciones y emociones difíciles de llevar y compartir.

Sijarina sabe contarnos con pausa y sin estridencias, manejando una narración honesta y muy íntima, con ese aroma de las películas familiares y sociales de cineastas como Mike Leigh y Ken Loach. Un gran elenco de intérpretes ayuda a imprimir verdad y sencillez a todo lo que se cuenta, con momentos de pura emoción, por ejemplo, cuando Fadil y su padre se sinceran y se desnudan emocionalmente, en un gran instante de la película, en la que vemos como la amargura y la rabia pro la decisión tomada y las terribles consecuencias que acarrea, en que, a diferencia de muchas películas de este tipo, el protagonista se refleja en ese espejo de contradicciones e inseguridad. Sijarina ha construido un relato  humanista, sincero y brutal sobre las consecuencias de las decisiones que tomamos y cómo afrontar los problemas ajenos, aquellos que no esperamos, aquellos que, queramos o no, debemos de asumir y batallar con ellos, resisitir como podamos, a pesar de todos y todo, por mucho que nos desespere, que no aguantemos o simplemente, sigamos en pie, tiempos de monstruos, de guerras, tiempos que nos ha tocado vivir.

Ouaga Girls, de Theresa Traore Dahlberg

ÁFRICA CON NOMBRE DE MUJER.

“Regala un pescado a un hombre y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y lo alimentarás para el resto de su vida”

Provervio Chino

La  ciudad  de  Uagadugú,  la  capital  de  Burkina  Faso (literalmente,  “tierra  de  hombres  íntegros”) es un lugar donde ser mujer se convierte en un problema, ya que el futuro se encamina a ser madre y esposa, y estar al cuidado del hombre. Aunque, eso no siempre es así, porque un grupo de mujeres ha roto esa cadena y tiene claro que su futuro no pasa por ser una más junto a su hombre, sino todo lo contrario, poder vivir con su trabajo y ser independiente, hacerse una vida con trabajo y esfuerzo, por eso van cada día a CFIAM, un centro educativo para la iniciación  y  el  aprendizaje  de  oficios  a  mujeres, y aprenden mecánica del automóvil. Bintou, Cantale, Mouniratou, Catherine, Dina, Marthe, Rose, Adissa y Nathalie son nueve mujeres jóvenes que estudian para construirse una vida, nueve mujeres que seguiremos en su cotidianidad más íntima y personal, mientras estudian, se divierten y le cuentan a la psicóloga quiénes son, de dónde vienen, sus dificultades personales de ayer y hoy, y los problemas ante sus parejas para reivindicar su identidad como mujer y dar rienda suelta a sus ilusiones y sueños.

La cineasta Theresa Traore Dahlberg, nacida en 1983 y criada entre la isla sueca de Öland y Burkina Faso, nos cuenta una película directa y cotidiana, sin caer en sentimentalismos ni nada por el estilo, sino en construir una marco sincero y honesto, donde sus inquietas y valientes heroínas han tomado un camino muy diferente en un país azotado por un paro juvenil del 52%, aunque también hay que decirlo, un país en movimiento y lucha que en 2014 consiguió derrocar el régimen autoritario de Blaise Camparé, en el poder desde el año 1987, después de fuertes movilizaciones sociales de una población desencantada y hambrienta. Seguimos a estas mujeres durante los cuatros años que duran sus estudios de mecánica, desde sus clases, tanto teóricas como prácticas, sus momentos de diversión y asueto, sus bromas y conversaciones sobre sus relaciones, su trabajo, su futuro laboral, sus prácticas en empresas, sus salidas nocturnas, y demás.

Unas vidas que la película observa sin juzgar, muy cerca de ellas peor sin agobiarlas, en esa distancia justa en que el relato nos emociona desde lo más mínimo, sin pretenderlo, ni tampoco construyendo la emotividad, sino filmando a estas mujeres desde su cotidianidad, desde su interior, escuchándolas y mirándolas con detenimiento, mostrando sus vidas, sus sueños e ilusiones, en la que la narración nos hace una descripción íntima y compleja no sólo de la situación de cada una de ellas, sino también de la situación social, política, económica y cultural de Burkina Faso, en las que las existencias de estas nueve mujeres ejemplifican de manera sincera y brutal todo lo que bulle en un país que está sufriendo los cambios sociales más importantes en sus últimos treinta años de historia desde la independencia. Traore Dahlberg va mucho más allá con su retrato a estas nueve mujeres, porque con una serie de detalles significativos de sus vidas, traza un magnífico y emocionante retrato de las vidas de esas mujeres que representan el futuro de Burkina Faso, y los nuevos tiempos que se avecinan en un país demasiado azotado por la pobreza y la falta de oportunidades, donde estas nueve mujeres, a pesar de los prejuicios y el machismo existente, han decidido cambiar las reglas del juego, al menos poner las primeras piedras y labrarse su futuro laboral entrando en un empleo, casi exclusivamente destinado para hombres, aunque ellas saben que si las cosas tienen que cambiar para mejor, ellas, las mujeres tienen mucho que decidir y hacer por esos cambios.

La directora mitad sueca y mitad burkinense imprime a su película muchos elementos, desde la cotidianidad de la escuela, donde las nueve mujeres aprenden y socializan entre ellas, creando una hermandad fantástica y sensible, donde la película se convierte en un retrato social humanista y personal, donde ellas hablan con sinceridad sobre su futuro laboral, sus amores, sus hijos, hasta las partes de ocio, donde la diversión y la alegría invade a cada una de ellas, una alegría y compañerismo que nunca las abandona, un grupo que se convierte en una sola mujer, una sola voz, una mirada y un cuerpo lleno de energía, tenacidad, resistencia y compromiso con ellas mismas, con la compañera que tiene al lado, y con trabajarse un futuro que las lleve a vivir una vida alejada del patriarcado existente en su sociedad, una vida elegida, propia y sobre todo, una vida diferente y sincera con ellas mismas, una existencia que las lleve a cumplir sus sueños e ilusiones.