Camila saldrá esta noche, de Inés Barrionuevo

LA JOVEN REBELDE.

“Yo vine a este mundo para ser libre y no esclava. Vine para vivir, no para figurar como una mera existencia. Vivo para ser persona y no objeto. Con mis pies aparto toda etiqueta con la cual se pretende controlarme. Me tomo la atribución de cuestionar las verdades asumidas y de hacer profano lo que por siglos se ha tenido pro sagrado”

Alejandra Pizarnik

Las tres películas que había estrenado la cineasta Inés Barrionuevo (Córdoba, Argentina, 1980), profundizan sobre la adolescencia y el entorno familiar. Tanto en Atlántida (2014), como en Julia y el zorro (2018), un pueblo en los ochenta, y una casa aislada de la sierra, ambas situadas en la provincia de Córdoba. En Las motitos, ambientada en un barrio, al igual que Camila saldrá esta noche, en el que la adolescente-protagonista, a la separación de sus padres, se traslada a la ciudad de Buenos Aires, junto a su madre y hermana pequeña. Deja el instituto público y las luchas reivindicativas para sumergirse en un mundo completamente diferente. Vive en la casa de la abuela, que está moribunda en el hospital, y acude a un instituto religioso de uniforme, donde pronto entablará amistad con otros compañeros, y se introducirá en ese universo de pura apariencia, donde siempre hay espacio para ser libres y rebeldes.

La directora argentina coloca a su maravillosa e inolvidable protagonista en el centro de todo, porque veremos ese entorno hostil y ajeno siempre desde su mirada. Una mirada inquieta, rebelde y libre, una joven que lucha por un aborto libre y público, por su libertad sexual, contra el acoso machista y escolar, y demás, como comprobaremos a lo largo del metraje, y sobre todo, por ser libre y romper tantas ataduras que impiden ser y sentirse libre. La película coescrita por Andrés Aloi y la propia directora, es de aquí y ahora, tratando temas candentes de la actual sociedad argentina, pero no solo se queda ahí, va mucho más allá, y es donde radica toda su fuerza e inteligencia, porque también puede verse como una reflexión profunda y nada condescendiente del paso de la adolescencia a la edad adulta, situándonos en un año escolar, o casi, donde Camila y sus compañeros están cursando el último año de secundaria, en un tiempo de tránsito, de descubrimientos, de experiencias, de construir una identidad, o simplemente, descubrir y descubrirse, de forma libre y real, alejándose de tantos convencionalismo y etiquetas.

El ejemplar trabajo de cinematografía de Constanza Sandoval, construyendo una película donde hay momentos de agobio y muy asfixiante, con otros donde la joven y sus amigos salen de noche, bailan, beben y se drogan, dando rienda suelta a una libertad de la que carecen en su vida diaria, con esos planos cerrados, donde siempre vemos una parte de un todo, en el que es tan importante todo lo que vemos como lo de fuera, que nos llega en off. El magnífico montaje de Sebastián Schajer, también contribuye a esa atmosfera opresiva que se mueve entre dos mundos antagónicos, en que el exterior es ahogante y el interior es pura libertad y sobre todo, rebeldía, porque la película aboga por una rebeldía de inconformismo que mire los conflictos de frente, rompiendo muros que solo han servido para anular vidas y convertir a las personas en meros consumidores y autómatas. Camila representa todo lo contrario, una juventud que ha venido a cambiar las cosas, a vivir de forma libre y a enterrar tanta injusticia, insolidaridad e impunidad contra las mujeres libres.

Una película que sustenta mucho de su relato en la interpretación de los personajes, en todo aquello que dicen, pero también, callan, tiene un equilibrado y estupendo reparto en el que sobresale una maravillosa y sorprendente Nina Dziembrowski, en su primer papel protagonista, después de debutar con la película Emilia (2020), de César Sodero, se mete en el cuerpo y el alma de una Camila, que suavemente va introduciéndose en esa atmósfera del instituto, de primeras reacia, y luego, de forma total y experimentando con todo y todos, donde se relacionará con Pablo, homosexual y atrevido, interpretado por Federico Sack, y como no, con Clara, una maravillosa Maite Valero, siendo esa aventura, ese misterio, esa joven que esconde algo. Adriana Ferrer es una madre que le cuesta relacionarse con Camila, Carolina Rojas es la hermana pequeña que sigue los pasos firmes de Camila, y finalmente, la presencia de Guillermo Pfening, que ya estaba en Atlántida, y nos encantó en Nadie nos mira, de Julia Solomonoff.

Camila saldrá esta noche sigue el camino de situar la trama en el período complejo y confuso de la adolescencia, sobre todo, en mirar, profundizar y reflexionar sobre un tema convulso y difícil de forma magnífica y diferente a la mayoría de producciones, como han hecho otros cineastas de Argentina como Lucrecia Martel en La niña santa (2004), Lucía Puenzo en XXY (2007), Santiago Mitre, Clarisa Navas Celina murga, Milagros Mumenthaler, Martín Shanly en Juana a los 12 (2014), Kékszakállú (2016), de Gastón Solnicki, y Mateo Bendeski en Los miembros de la familia (2019), entre otras. El significativo título de Camila saldrá esta noche también advierte el espíritu de una película que se aleja de formas y texturas cómodas, para componer un formato muy característico, que enfrenta a muchas incomodidades al espectador y lo lleva hacia otros lugares, espacios de reflexión, de mirar y comprender, o quizás, de cambiar ciertos aspectos firmes de sus ideas que, en realidad, forman parte de los múltiples miedos y  prejuicios impuestos por una sociedad que nos quiere sometidos y anulados, y no como reivindica la película, seres libres, rebeldes y valientes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Miguel Gomes

Entrevista a Miguel Gomes, codirector de la película «Diarios de Otsoga», en el Zumzeig Cinema en Barcelona, el viernes 3 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Gomes, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ángela Ruiz y Pablo Lillo de Vitrine Filmes, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Diarios de Otsoga, de Maureen Fazendeiro & Miguel Gomes

CELEBRAR LA VIDA, EL CINE, EL VERANO…

“No se recuerdan los días, se recuerdan los momentos”

Cesare Pavese

En el magnífico libro “Después del cine”, de Àngel Quintana, se cita la película Casablanca (1942), de Michael Curtiz, por las dos películas que existen en su interior. La que ha quedado para la posteridad, y la otra, la de aquellos técnicos e intérpretes, húngaros, suecos, estadounidenses… Encerrados en un estudio de Hollywood, que imaginaban los conflictos que se vivían en ese instante en el lejano país. La ficción y la realidad convergían en una sola, donde cine y vida eran lo mismo y resultaba imposible encontrar diferencias. Todos estos elementos están muy presentes en el imaginario de Miguel Gomes (Lisboa, Portugal, 1972), ya desde sus primeras películas. Un cine que habla sobre cine, el enamorado cinéfilo de A cara que mereces (2004), un cine que documenta lo rural de Portugal y a su vez, nos habla de las formas de hacer el cine, a partir de la ficción, de amor y de verano en la maravillosa Aquele Querido Més de Agosto (2008), un cine que mira el pasado del cine e indaga en el pasado colonialista de Portugal en Tabú (2012), un cine que revisa Las mil y una noches, y construye tres volúmenes para hablarnos de la crisis económica y como se las ingenia un director de cine para explicarla en las películas homónimas de 2015.

Un cine filmado en 16 y 35 mm, donde la música tiene una importancia esencial, y donde todo lo que vemos, tanto delante como detrás de la pantalla, o también, se podría decir desde dentro y fuera de la pantalla, se está construyendo en ese mismo instante, como si el tiempo de la película y el tiempo de los que hacen la película no tuviese diferencias y ficción y realidad se cruzarán a cada instante y nunca supiéramos saber qué es la película y qué no. Todas estas ideas y reflexiones han encontrado su zenit en Diarios de Otsoga, que Miguel Gomes codirige por primera vez con Maureen Fazendeiro (Francia, 1989), que arranca por el final o mejor dicho, la película está construida como un diario pero a la inversa, de ahí la idea de su título, el agosto del revés. Empezamos por el día 22 y vamos hacia atrás, en que esos primeros días estamos en una película de ficción, en el que tres jóvenes, Crista Alfaiate, Carloto Cotta y Joâo Nunes Monteiro están en mitad del campo, en una casa de verano, construyendo un invernadero para mariposas en un jardín. Los días se van entre maderas, tornillos, comidas conjuntas, y ratos sin nada que hacer, mirando el verano o quizás, dejando que el verano los mire a ellos. De repente, esa linealidad de ficción se interrumpe y entran en la ficción la realidad de la película, la de aquellos que hacen la película detrás de las cámaras, y tanto unos y otros se enfrentan a un rodaje complicado.

Asistimos a un rodaje en plena pandemia del coronavirus ya que arrancó el 17 de agosto y se alargó hasta el 10 de septiembre de 2020. Los conflictos y las diferentes situaciones se suceden, en la que todos expresan su opinión de las consecuencias de filmar en tales circunstancias. Diarios de Otsoga es sin lugar a dudas, la película que mejor ha plasmado en el cine la pandemia, porque nos habla desde la intimidad y la cotidianidad de un equipo enfrentándose a los problemas derivados por el covid, y lo hace desde la naturalidad y las conversaciones entre ellos, las diferentes posiciones y dudas que genera todo el tema, en un magnífico ejercicio de despojamiento que aplaudimos y nos emociona por su sencillez, por su amor al cine y sobre todo, por su libertad creativa. Un guion que firman Mauree Fazendeiro, el propio director y Mariana Ricardo, que ha estado en todas las películas del director portugués. Un guion abierto, en plena efervescencia imaginativa y que va desarrollándose en el momento, con esa maravillosa conversación de Mariana junto a Gomes, que le habla de un libro de Cesare Pavese que tiene el mismo punto de partida de la ficción que están rodando, y ese otro instante del beso bajo el árbol, donde es más importante lo que no vemos y escuchamos que lo estamos viendo.

Muchos de los técnicos que han acompañado a Gomes durante su filmografía repiten como el sonidista Vaco Pimentel, toda una institución en el cine luso, que ha trabajado en todas sus películas que, como ocurría en Aquele Querido Més de Agosto, vuelve a tener otra de esas conversaciones que tienen que ver con la realidad, pero también con la ficción, dos cómplices de Las mil y una noches, como son el cinematógrafo Mário Castanheira, y el montador Pedro Filipe Marques, y el diseñador de sonido Miguel Martins, otro cómplice indisoluble en el universo del cineasta lisboeta. Diaros de Otsoga, por su interesantísima construcción, se aleja de la idea de causa-efecto del personaje o de la propia idea de la película, porque todo lo vemos ya es un efecto de lo que ha sucedido y todavía no hemos visto, porque la película va a la inversa, en una idea excelente del tratamiento del tiempo, uno de los temas predilectos de Gomes, y por ende del cine, donde pasado y presente se enlazan o quizás, sería algo así como establecen una fusión, una relación entre que ya nada tiene tiempo y todo se desarrolla a la vez, en que el tiempo como lo conocemos hubiera variado hacia otra cosa y todos lo hubiésemos entendido así.

Tres personajes encarnados ficticios o no, qué más da, a los que dan vida tres intérpretes que se llaman igual que ellos pero no son ellos o sí, en otro de los juegos de documento-ficción que nos plantea el relato, en el que encontramos a Crista Alfaiate y Carloto Cotta, que ya vimos en Las mil y una noches y Tabú, y la incorporación de Joâo Nunes Monteiro, que debuta con Gomes y descubrimos en el cine de Joâo Nicolau. La película se abre con una canción en una fiesta, quizás del comienzo o final de rodaje, no sabemos, lo que sí es seguro es que Miguel Gomes y Maureen Fazendeiro, nos invitan a celebrar la vida, el cine, el verano, ya sea en pandemia o no, con el mismo espíritu arrollador de del universo de Éric Rohmer, para festejar la vida, el cine, el verano y todo lo que le envuelve, porque como mencionaba Pavese, aquello que: “La vida hay que vivirla, sin pensar en su sentido ni lógica, porque seguramente no la tiene”, experimentar cada instante, cada olvido, cada tiempo, y sobre todo, compartiéndola, ya sea haciendo cine, haciendo vida y experimentando la existencia desde fuera y desde dentro, desde el otro lado de la cámara y desde cualquier otro lado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Chema García Ibarra

Entrevista a Chema García Ibarra, director de la película «Espíritu sagrado», en el Hotel Casa Gracia en Barcelona, el martes 16 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Chema García Ibarra, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Estaba en casa, pero…, de Angela Schanelec

RECONSTRUIRSE EN EL VACÍO. 

“Esconde tus ideas para que la gente las encuentre. Lo más importante será lo más oculto”

Robert Bresson

Cuando uno descubre una cineasta como Angela Schanelec (Aalen, Alemania, 1962), inédita en nuestras pantallas, que tuvo como profesor a Harun Farocki, y compañeros de promoción como Christian Petzold o Thomas Arslan, se da cuenta que encuentras múltiples pieles en su aparente cotidianidad, donde nada es lo que parece, que todo tiene un porqué, aunque no resulte evidente. Una filmografía llena de espacios ocultos y elementos que la película irá descifrando o no, donde la experiencia de visionar una de sus películas confiere una relación muy personal e íntima con sus planos, en la que cada uno de los espectadores va ocupando sus espacios y reflexionando a través de sus imágenes, imágenes que no les dejarán indiferentes, imágenes bien urdidas y con una naturaleza propia y personalísima, que funcionan de forma magnífica por sí solas, como espacios independientes, pero a su vez, conforman un bloque sólido. Un cine muy profundo y reflexivo, que huye de la causa y efecto, para adentrarse en otros campos más propios del alma, en esos lugares profundos en los que se cuecen inevitablemente nuestras experiencias, tanto físicas como emocionales, y la respuesta que damos y nos damos.

La búsqueda de la identidad y la condición efímera de la existencia, serían los elementos más importantes por los que se mueve el cine de Schanelec, como su sensible e íntima apertura en Estaba en casa, pero…, cuando en un ambiente rural, en una casa abandonada, se encuentran un asno (quizás haciendo  referencia al burro de Au hasard Balthazar, de Bresson), un perro y el cadáver de un conejo, que hemos visto segundos antes huyendo del perro, quizás los restos de “Los músicos de Bremen”, tres animales mayores, dejados y consumidos en esas cuatro paredes, unas imágenes a las que volveremos a al cierre de la película, donde encontraremos, de nuevo, a los tres animales, igual que al principio, como si el tiempo ya no fuese con ellos. Inmediatamente después, la directora alemana nos sitúa en una ciudad con su característico follaje de un otoño berlinés, donde un niño de 13 años, ausente de su casa durante una semana, vuelve al hogar, un hogar donde ha ocurrido algo, donde no vemos la presencia del padre, que más tarde, descubriremos que ha fallecido, un hogar, donde una madre y sus dos hijos pequeños, deberán lidiar con la ausencia, el duelo, con el vacío que provoca esa pérdida irreparable del que ya no está.

La directora alemana huye de la trama convencional, para sumergirnos en un sinfín de viñetas humanas, pasajes, trozos de vida, donde la forma sobria y asfixiante, acompañada de un elaboradísimo montaje, obra de la propia directora, al igual que el guión, deja paso a escenas cotidianas donde se desatan las emociones de toda índole, en las que presenciamos instantes mundanos, como la compra de una bicicleta por parte de la madre (con su singular humor, que parece una secuencia más propia del absurdo de Jacques Tati), o ese hermosísimo pasaje de la madre acostada en el suelo, mientras oímos Let’s Dance, de Bowie, o el airado reproche de la madre a uno de los profesores de su hijo (que parece más bien una descarga de emociones que de una llamada a la atención), una explosión de ira de la madre al ver que su hija ha ensuciado la cocina (donde sus hijos claman cariño, mientras la madre los rechaza, incluso echándolos de casa), o un baño en la piscina, que parece más bien un instante de desplomo emocional que otra cosa (que tiene ese aroma al universo Haneke, donde parece que algo está a punto de estallar, en que la calma se torna densa, incluso violenta), o las conversaciones, entre cotidianas y surrealistas de la pareja de enamorados profesores, donde ella se niega a tener hijos, mientras él, no logra entender, o ese soberbio paseo por el museo, donde cada pintura se revela con los personajes, o la representación atropellada y espontánea de los jóvenes alumnos de Hamlet, de Shakespeare.

Secuencias despojadas de un todo que es la película, magníficamente filmadas, con unos encuadres bellísimos y naturalistas, extraídos de esa cotidianidad transparente y corpórea, en los que el espacio acaba siendo una losa pesadísima para los personajes, con esa luz natural, inquietante, fría y distante, obra del cinematógrafo Ivan Marković, donde la directora alemana no busca la empatía frontal, instantánea, sino una búsqueda tranquila y escrutadora, que irá apareciendo, sin prisas, dejándose llevar por las emociones que se van despertando en las diferentes secuencias, para llegar a conmovernos con su impecable sutileza y desgarro. La cámara de Schanelec no se mueve, se mantiene quieta, solo hay movimiento como ocurría en el cine clásico, cuando el personaje se desplaza, que ocurre en pocos momentos, o el desplazamiento de vehículos, pero siempre, deslizándose frente a nosotros, para capturar esa naturalidad y sobre todo, la verdad de lo que está sucediendo frente a nosotros, que tanto busca la directora, para de esa manera ahondar en la incertidumbre perpetua en la que están instalados los personajes, en ese alambre existencial, donde su propia vulnerabilidad aflora las emociones más contradictorias y terribles contra ellos y contra los que les rodean, en ese caótico enjambre de emociones enfrentadas y rotas que manejan sus vidas.

La fascinante y reveladora interpretación de la actriz Maren Eggert que da vida a Astrid, una madre perdida, rota y vacía, que debe reconstruirse y reconstruir su familia y sus hijos, volver al amor, sin su hombre y padre de sus hijos, una interpretación sujetada en acciones, con poquísimos diálogos, ya que la incomunicación, o la incapacidad para expresar lo que sentimos, otro de los elementos que jalonan el universo de Schanelec, uno de los grandes males en las sociedades occidentales, como el de la competición psicótica por el tiempo, que ha provocado el efecto contrario, dejándonos sin tiempo para compartir nuestros infiernos con los demás, y extendiendo aún más el individualismo acérrimo, como también reflejaba Antonioni en sus fábulas sobre la frustración, la pérdida y el vacío existencial.  La maternidad, su reconstrucción, su sentido y su necesidad, también es otro de los elementos que marca la película, la querida y la no querida, y cómo se afronta en las diferentes perspectivas que abarca el relato. Estaba en casa, pero… no es una película sencilla, pero tampoco extremadamente compleja, existen sus lugares comunes y reconocibles, pero el espectador debe ser paciente y estar expectante, porque la emoción aparecerá y será reveladora. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sobre lo infinito, de Roy Andersson

LA VULNERABILIDAD DE LA EXISTENCIA.

“Si realmente reflexionas, todo es maravilloso en este mundo, todo, excepto nuestros pensamientos y acciones cuando nos olvidamos de reflexionar”

Antón Chéjov

Una imagen bellísima, poética y tremendamente desoladora nos da la bienvenida a la sexta película de Roy Andersson (Gotemburgo, Suecia, 1943) en la que observamos a una pareja enamorada y abrazada flotando en el cielo de Colonia, bajo sus pies la ciudad en ruinas por los bombardeos de la Segunda Guerra mundial, mientras suena una melodía envolvente. Una imagen que reúne todas las imágenes del cine de Andersson, en esa delicada mezcla entre lo banal y lo bello, entre lo poético y lo fútil, entre la vida y la muerte, entre la esperanza y la derrota, entre la tristeza y la alegría, la compasión y el egoísmo, entre la dualidad y la vulnerabilidad del ser humano, entre todo lo que somos, sentimos y hacemos, entre lo físico y lo espiritual, entre el todo y la nada. Una imagen que volverá a repetirse en el ecuador de la película, como imagen bisagra y tótem que enlaza todo lo que explica la película, con los únicos leves movimientos de cámara que observaremos.

Después de esa magnífica imagen, Andersson nos enmarca en una mañana en lo alto de una colina donde se divisa la ciudad a los pies, otra pareja de enamorados, de espaldas a nosotros, mira la ciudad en silencio. En un instante, ella exclama: ¡Ya estamos en septiembre!, frase extraída del Tío Vania, de Chéjov. Una obra que se detiene en el deterioro de la vida, de sus miserias, hastío y tedio. Temas que podemos encontrar en las imágenes que compone el cineasta sueco, recurriendo a sus reconocidos “Tableaux Vivants”, también presentes en su anterior trabajo Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia (2014) en una depuración de un estilo reconocible, donde observamos una secuencia, donde los personas apenas hablan, mostrándose estáticos, en que la profundidad de campo se convierte en una seña de observación en la que Andersson nos muestra otras pequeñas escenas que se desarrollan al igual que la principal.

El tiempo del relato es atemporal, imposible ubicarlo en ningún momento, no obstante, son reconocibles ciertas secuencias en su contexto histórico, ya que asistimos a la representación de la claudicación de Hitler y los suyos en un despacho derrotado acosado por las bombas enemigas, pero en su conjunto, lo que más le interesa a Andersson es la existencia humana, mostrando su cotidianidad más banal, más solitaria y desoladora, una existencia enfrentada a las emociones y las actividades físicas sin sentido, desorientadas y completamente superficiales, situaciones que nos va mostrando mientras escuchamos una voz en off de mujer, con su incansable inicio: Vi a un hombre… , una narradora que con el aroma de Sherezade de Las mil y una noches, que nos va dirigiendo por la película, explicándonos aquello que vemos, aquello que necesitamos saber que no vemos, o aquello otro importante que forma parte del contexto.

Pequeños retazos de vida, fugaces, efímeros, en el que vemos a un pastor que ha perdido la fe, a un hombre que se encuentra con un antiguo compañero de colegio y se siente menospreciado por sus logros, un padre que en mitad de una lluvia torrencial se agacha para atarle los cordones a su hija, unas jóvenes se dejan llevar por la música, unos clientes de un bar observan la nieve que cae en la calle, mientras uno de ellos menciona emocionado la belleza de la vida, pasajeros de un autobús exhortan las lágrimas de tristeza de uno de los pasajeros, una columna de soldados camina derrotada bajo el invierno de Rusia, etc.. Temas, elementos y personajes que se desarrollan bajo un marco de indudable belleza y desolación, en que el director sueco nos muestra la existencia desde todos las miradas, desde todos los ángulos, sin mover la cámara, en un estado anímico tangible, unas emociones que podemos mirar con detenimiento, observándolas sin parpadear, ensimismados por las imágenes reveladores y bellísimas de la película, con esos rostros maquillados y esas ropas de aspecto sombrío, con esos cielos plomizos y nublados, en una ambivalencia tan característica de todos los universos dentro de uno que nos plantea la mirada observadora, narradora y expectante del narrador sueco.

En el cine de Andersson todo se mueve, adquiriendo una vida fugaz, sí, pero muy intensa y profunda, donde cada marco que se desarrolla en el relato, adquiere proporciones impredecibles, donde existe cercanía, pero también lejanía, donde todo está y no está, con esa mezcla que nos empuja a reflexionar sobre sus imágenes, reflejándonos en sus personajes, sus leves y cortas historias que encierran toda una vida y todo un mundo, donde el aroma tragicómico sobrevuela constantemente en cada instante de la película, en sus maravillosos 76 minutos, donde la película muestra todo lo que se ve, lo que no se ve, y todo lo demás, en un existencia donde cohabitan infinitas capas, infinitos lugares, infinitos rostros, donde el título Sobre lo infinito, alude a la vida, a nuestras existencias, a nuestra fugacidad, a todo aquello que somos, que sentimos, no a todo aquello que tenemos, donde cada instante encierra lo infinito y lo efímero, donde Andersson se ríe y se entristece a la vez, donde sus criaturas se preocupan de sus sentimientos y su razón de existir, donde la vida parece lo menos importante, donde arrecian los males de nuestros tiempos y de todos los tiempos, donde nos preocupamos más por las razones de nuestras existencias que de existir, arrastrando lo bello y lo aterrador de nuestras vidas, y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Liberté, de Albert Serra

ESE OSCURO OBJETO DEL DESEO.

“Llegamos a amar nuestro deseo, y no al objeto de ese deseo.”

Friedrich Nietzsche

Sentarse en una sala de cine para ver una película de Albert Serra (Banyoles, 1975) es un acto de desnudez emocional, sentirse participe de aquello que estamos viendo, dejándose los prejuicios morales o éticos fuera de la sala, alejados de nuestra mirada, y adentrarnos en su universo, siendo capaces de dejarnos llevar por sus imágenes, liberarnos en cierta forma de toda idea preconcebida de las formas cinematográficas, fusionándonos con sus bellas imágenes y experimentando de forma muy personal aquello que vemos. Las dos primeras películas de Serra Honor de caballería (2006) y El cant dels ocells (2008) bebían de cierto cine contemplativo en el que desmitificaba y pervertía la historia mostrándonos dos viajes, el que emprendían El Quijote y Sancho, y el de los tres reyes magos, para filmar su cotidianidad, aquello que el rumbo de la historia dejaba fuera, capturando la humanidad y las contradicciones.

En el 2013 con Historia de mi muerte, Serra adentraba su cine en el siglo XVIII, en una senda diferente, más oscura y más perversa, en el que la decadencia de la burguesía, el ocaso de los dioses, que diría Visconti, es el centro de la acción, o podríamos decir de la inacción, narrando el imposible encuentro entre Casanova y Drácula, entre lo romántico y la luz en pos a la oscuridad y el terror, en una película bellísima plásticamente, con unos intérpretes, amigos del director en su mayoría, como ocurre en su cine, en estado de gracia, sobre todo Vicenç Altaió, creando un Casanova inolvidable, humano y decadente. Con La muerte de Luis XIV, con un sublime Jean-Pierre Léaud como rey enfermo, decrépito y postrado a una cama, narrando como una pieza de cámara a lo Brecht, la crónica diaria de la enfermedad del monarca en su lenta y dolorosa desaparición.

Con Liberté sigue explorando minuciosamente los terrenos de esa lenta decrepitud de un tiempo que jamás volverá, situándonos en el año 1774, a menos de veinte años de la Revolución, entre Potsdam y Berlín, en un bosque indeterminado durante una noche muy oscura, en el que un grupo de libertinos expulsados de la corte puritana y aburrida de Luís XVI, dan rienda suelta a sus deseos más íntimos y oscuros. El director gerundense reúne a una serie de nobles y criados en los alrededores de las sillas, a los que un grupo de novicias se les unirá, donde a modo de sombras y deseos en danza nocturna, con ese aroma romántico de las fantasías de Goethe, moviéndose de un lugar a otro, como si estuviéramos observando un laberinto infinito, donde desconocemos su inicio y su cierre, mirando y siendo mirados por unos y otros, asistiendo a un lugar donde impera la ley del deseo, un deseo insatisfecho, doloroso e imposible, alejado de toda condición moral o personal, donde nunca sabremos ubicarnos en la noche ni en las acciones sexuales que presenciamos, abarcando múltiples formas de deseo, tanto a nivel sexual como emocional, en la que a medida que avanza la noche veremos el aumento de tono de las acciones sexuales, filmadas por Serra de manera explícita, en la que podremos acercarnos, casi entrando en el espacio, sentirlas, olerlas y casi tocarlas, done lo que prima no es el acto en sí, sino como lo miramos y como nos hace sentir.

Los personajes con sus ropajes abiertos y liberados rompen la barrera social que los separa y tanto amos como siervos se mezclan y se funden donde el deseo los convierte en uno solo, en una masa vulnerable y sudorosa de miradas, gestos, caricias, dolor, sugestión, gemidos, amagos, miembros erectos, eyaculaciones, y sobre todo, seres ávidos de deseo, de sexo, como si fuese su último aliento, expulsados de ese paraíso que querían imponer en la corte de Luis XVI, espectros en la noche, que deambulan intentando materializar ese deseo que les arde en su interior, una fisicidad que no encuentra consuelo, que se revuelve insatisfecha, dolorosa y vacía. El Duque de Walchen interpretado por una leyenda como Helmut Berger es el objeto de deseo y destino de estos libertinos que andan viajando en busca de su lugar en el mundo, perdidos, casi a la deriva en plena huida de la corte falsa e hipócrita de Luís XVI.

La maravillosa y fantástica luz de Artur Tort, cómplice habitual de Serra desde Historia de mi muerte, creando ese magnetismo cercano y alejado a la vez, que crea ese especie de limbo aterrador y bello por el que se mueven estos seres, el preciso y delicado montaje de Ariadna Ribas, que también firman Tort y Serra, convierten la película y su ritmo pausado, fantasmal y velado, en un relato muy profundo, intenso y personal. Una cinta que nos interpela constantemente, en la que reconocemos las diabluras emocionales y la desnudez formal de Fassbinder, los descensos a los infiernos de Visconti, con sus cortes venidas a menos, su decrepitud y decadencia de aquellos reyes o esos señores en su ocaso que deambulaban por ciudades eternas esperando su último amor en forma de deseo no carnal, o los retratos oscuros y dolorosos sobre los que tanto le gustaba indagar a Buñuel, en que El ángel exterminador, aquellos burgueses incapaces de salir de una habitación después de una fiesta, podría ser el espejo deformador por el que se desplazan los libertinos que filma Serra, quizás abandonados a su último paraíso terrenal, experimentando con sus cuerpos, sus deseos, su carne, sus demonios, sus sinrazones, lo que son y lo que no podrán ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA