El cine de fuera que me emocionó en el 2018

El año cinematográfico del 2018 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado mucho y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 13 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido únicamente obedece al orden de visionado por mi parte)

1.- ZAMA, de Lucrecia Martel

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2.- CALL ME BY YOUR NAME, de Luca Guadagnino

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3.- THE FLORIDA PROJECT, de Sean Baker

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4.- SIN AMOR, de Andrey Zvyagintsev

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5.- TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS, de Martin McDonagh

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6.- HILO INVISIBLE, de Paul Thomas Anderson

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7.- LADY BIRD, de Greta Gerwig

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8.- EL LEÓN DUERME ESTA NOCHE, de Nobuhiro Suwa

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9.- CARAS Y LUGARES, de Agnès Varda y JR

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10.- 78/52, LA ESCENA QUE CAMBIÓ EL CINE, de Alexandre O. Philippe

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11.- MISS KIET’S CHILDREN, de Petra Lataster-Czisch y Peter Lataster

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12.- THE RIDER, de Chloé Zhao

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13.- EL REVERENDO, de Paul Schrader

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14.- COLD WAR, dePawel Pawlikowski

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15.- LAZZARO FELIZ, de alice Rohrwacher

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16.- CLIMAX, de Gaspar Noé

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Érase una vez en… Hollywood, de Quentin Tarantino

RICK DALTON Y SU DOBLE.

“En esta ciudad, todo puede cambiar… tal que así”

En el universo cinematográfico de Quentin Tarantino (Knoxville, Tennessee, EE.UU., 1963) abundan los tipos de poca monta, individuos desarraigados, gentes que pululan por las ciudades malviviendo con oficios fuera de la ley o empleos de medio pelo, en su mayoría tuvieron cierta fama, eso sí, efímera, en lo suyo, pero a día de hoy se han convertido en una especie de vaqueros errantes que vagan de un lado para otro, sin más oficio ni beneficio que sus recuerdos amontonados, sus hazañas o no pasadas de moda, fuera de su tiempo y un buen puñado de desilusiones que los acompañan arrastrándose por tugurios de mala muerte, o quizás, algunos, los que todavía albergan algo de esperanza para sus vidas, andan a la caza de una dedicación mejor, aunque más ilusoria que real, peor a la postre, su modus vivendi. Cuatro años después de Los odiosos ocho, llega la novena película de Tarantino, Érase una vez en… Hollywood (en la que homenajea a su querido Leone apropiándose de una parte de sus más célebres títulos) conoceremos a dos tipos muy tarantinianos. Por un lado, tenemos a Rick Dalton, un actor que triunfo en una serie de pistoleros allá por los cincuenta y sesenta en la que era un cazarecompensas implacable. Ahora, todo aquella vida de “éxito y reconocimiento” se esfumó y sólo queda una hermosa casa en las colinas de Hollywood.

En la actualidad, la vida de Dalton se ha convertido en una mancha negra, en un espejismo cutre, en la que se gana la vida participando en capítulos de series donde hace el malo de turno que acaba fiambre, o algún que otro piloto, también de villano (como la recordada Mia Wallace que participó en un piloto Bella fuerza cinco que nunca llegó a convertirse en serie). A su lado, su fiel amigo y escudero, Cliff Booth, su doble de acción, una de esas personas que se han convertido en consejero, guardaespaldas, confidente y tipo para todo para Dalton. El cineasta estadounidense no sitúa en dos tiempos, el 8 y 9 de febrero de 1969, primero, y luego, en el 8 y 9 de agosto del mismo año, en Hollywood, en el meollo de  la “Fábrica de sueños” o pesadillas, según se mire donde conoceremos la ciudad y sobre todo, la industria del cine, o podríamos decir “el otro cine”, porque Tarantino nunca ha sido un cineasta interesado en mostrar la cara más glamurosa y amable del negocio, sino todo lo contrario, él se decanta por el otro lado del espejo, como Alicia, en el reflejo de ese espejo deformador e irreal, un universo peculiar y extremadamente personal, un submundo donde tantas ilusiones se topan contra muros infranqueable, en que la película nos lleva por sets de rodajes de series del oeste de segunda o tercera fila, por sus descansos, mostrándonos a Dalton moverse como una especie de fantasma casi alcohólico, adicto a la coca y derrotado, al que todo ese mundo o inframundo le viene grande o reconoce que jamás podrá aspirar a él, porque el tiempo ha pasado, porque está fuera de él como cantan los Stones en Out of time.

 

Tarantino revisa aquel Hollywood de su infancia, cuando vivía por la zona, los grandes cines como el Cinerama u otros templos de la exhibición, donde Sharon Tate camina con paso firme a la sala donde proyectan una película en la que aparece La mansión de los siete placeres (en una de las más bellas secuencias que jamás haya filmado Tarantino) donde la joven actriz se acomoda estirando sus pies (momento que nos recuerda a la Bridget Fonda de Jackie Brown) donde disfruta viéndose a sí misma, las escenas reales con la Tate auténtica, en una fascinante escena donde realidad y ficción cambian su posición y se transmutan, elemento esencial en la película, y porque no decirlo, en toda la obra del autor estadounidense, en toda una declaración de amor al cine del propio Tarantino, en una celebración al cine, al cine que ama, al cine sesentero, a ese mundo hollywoodiense donde actores ensombrecidos por los nuevos tiempos de transición, en el que tipos actores o aspirantes pululaban por una ciudad alegre y divertida que celebraba el movimiento hippie, donde la vida y el cine se mezclaban, donde el viejo Hollywood agonizaba y el nuevo está a punto de estallar, el año que apareció Easy Rider, que lo cambiará todo.

La película de Tarantino se mueve en ese tiempo de monstruos, entre un tiempo que se va y otro que todavía no ha llegado, entre esa ficción y realidad, en ese limbo de sombras y libertad, en ese crepúsculo de los dioses particular, en una película de corte histórico, la segunda vez en su carrera después de Malditos bastardos, pero una historia revisionada al modo de Tarantino, donde existe una realidad histórica, Sharon Tate y Roman Polanski, y otros personajes reales como Steve McQueen, Bruce Lee, y demás, que vivían en aquel Hollywood del 69, mezclados con otros ficticios como Dalton y Booth, y en el contexto de la fatídica noche del 9 de agosto donde algunos integrantes de la familia Manson asaltaron la casa de Tate y sus amigos. Tarantino revisiona la historia, a sus referentes cinematográficos, que son infinitos, que van desde las series televisivas sesenteras como The B.F.I., Batman, Bonanza, Rawhide (serie que protagonizaban entre otros Clint Eastwood) que a finales de los sesenta tomó el camino de Europa y comenzó a hacer spaghetti western al lado de otras figuras como Lee Van Cleef, Eli Wallach, entre otros, con directores como Corbucci, Sollima o Romero Marchent, a los que la película referencia.

El cine de Tarantino maneja referentes de toda índole, desde el cine más clásico, convencional, de autor, comercial, serie b, z, o trash, todo tiene cabida en los mundos de Tarantino, que con su enorme capacidad narrativa y visual los hace suyos creando su propio universo heterodoxo, personal y profundo, creando secuencias y momentos característicos de su cine, donde hay espacio para el homenaje, la parodia, la comicidad, donde lo dramático se camufla de tensión brutal que se estira de tal manera que acaba convirtiéndose en un instante divertido, como ese momento impagable que protagoniza Booth con la familia Mason, u otros en los que el director mezcla tantos géneros en un mismo instante, como esos insertos donde describe con audacia a sus personajes colocándonos un leve flashback, ya sea verbal o visual, para mofarse con ironía de sus tipos, u otros como el momento Bruce Lee con Booth, donde la realidad y ficción vuelven a mezclarse y confundiéndose, porque por ahí se maneja la película donde la realidad es ficción y dentro de esas ficciones hay múltiples ficciones, donde personajes reales bajo el prisma de Tarantino acaban siendo ficticios y al revés.

La estupenda cinematografía de Robert Richardson, que vuelve a colaborar con Tarantino después del inmenso trabajo que hizo en Los odiosos ocho, capturando toda la luz brillante y sombría que tanto se mezclaban en aquel Hollywood, en aquellos tiempos de finales de los 60, con el montaje cortante y alargado, según convenga, marca de la casa, obra de Fred Raskin, otro cómplice de la factoría Tarantino. Y qué decir de su selección musical con múltiples canciones que sirven tanto para situarnos en la época como para describirnos a algún personaje como Booth, mientras conduce a toda leche por las calles y escucha la emisora KHJ donde pinchan el Hush de los Deep Purple, el Mr. Robinson de Simon & Garfunkel, temas de los Paul Revere & The Riders, que volveremos a escuchar, y otros temas como el Bring a Little Loving de Los Bravos, el Califronia Dreamin  de José Feliciano, y otras canciones y versiones musicales que encajan a las mil maravillas en los submundos propios y ajenos que construye Tarantino en esta idea del cine dentro del cine y viceversa, donde todo es posible, donde cada secuencia es un universo por sí mismo, por donde se mueven sus “tipos” marca de la casa.

Su sensacional cast encabezados por dos intérpretes en estado de gracia, encajados a las mil maravillas en unos roles inolvidables , con la increíble y fantástica pareja protagonista Leonardo DiCaprio y Brad Pitt, que repiten por segunda vez con el director, y por primera vez juntos en el cine, unos amigos inseparables que no dejarán de cabalgar juntos, de seguir fieles uno al otro, pura química entre ambos intérpretes, con sus momentos, como ese momentazo en el interior de la caravana de Dalton, pura rabia y locura de su instante vital, bien acompañados por Margot Robbie como Sharon Tate, con ese aire mágico, de otro mundo (de una inocencia que tanto se respira en esa ciudad a finales de los sesenta, con la irrupción del hipismo, en una década muy sangrienta a nivel político y social)  maravilloso, angelical, inocente y rubia platino que se mueve como caperucita por una ciudad que brilla con fuerza pero también oculta un lado muy oscuro y terrorífico, porque todos los mundos se mezclan, diferentes estratos sociales conviven en un mismo espacio, y todo puede estallar en cualquier momento, donde las luces brillantes que deslumbran cines, dinners y los shops de Hollywood Boulevard comparten con otros espacios más siniestros como granjas a las afueras y sets donde actores de medio pelo malviven esperando esa estrella que nunca llegará. Y otros intérpretes como el viejo agente enamorado de los spaguetti italianos que da vida Al Pacino, o ese otro jefe de especialistas que interpreta Kurt Russell, o las niñas raras e inquietantes que hacen Margaret Qualley y Dakota Fanning, o apariciones de Bruce Dern o Michael Madsen, entre otros.

Tarantino ha construido una película sobre personajes ensombrecidos, rotos, cansados, incluso derrotados, pero con dignidad, que recuerdan a todos aquellos que retrató en Jackie Brown, en un relato-homenaje-referencial al cine, a todo aquel cine que se resistía a morir,  contextualizado en ese tiempo de fantasmas y recuerdos, mezclado y visto desde otra perspectiva con su visión del verano del amor, del estallido del hipismo, del mismo verano en que se celebrará Woodstock, donde otro tipo de vida más allá de lo tradicional y convencional se abría paso, aunque la familia Manson se encargará de romper y despertar del sueño, y convertirlo en una pesadilla que acabó con tantos sueños e ilusiones. Tarantino ve toda esa época desde su pasión por el cine, a través de sus recuerdos, a través de nuestros sueños y quiera reencontrarse con su historia y  la historia y sus hechos, porque imagina que otros mundos son posibles o eran posibles, aunque sea desde un relato de ficción, desde el campo de la imaginación y los sueños, donde todo es posible, donde todo puede suceder, donde lo onírico algunas veces es real y otras no, donde las pesadillas caminan de nuestro lado aunque nos cueste darnos cuenta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Mireia Oriol

Entrevista a Mireia Oriol, actriz de la película “El pacto”. El encuentro tuvo lugar el jueves 26 de julio de 2018 en el hall del Cine Phenomena en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Mireia Oriol, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, generosidad, paciencia y cariño.

Entrevista a Belén Rueda y David Victori

Entrevista a Belén Rueda y David Victori, actriz y director de la película “El pacto”. El encuentro tuvo lugar el jueves 26 de julio de 2018 en el hall del Cine Phenomena en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Belén Rueda y David Victori, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, generosidad, paciencia y cariño.

El pacto, de David Victori

EL INFIERNO QUE LLEVAMOS DENTRO.

“Un día descubrirás que la muerte no es morir, sino que muera alguien que amas”.

Miquel Martí i Pol

La melena rojiza oscura que luce Mónica, interpretada por Belén Rueda, se convierte en una muestra significativa en la película, ya que nos encontramos en una película de terror diferente, donde la actriz cambia de registro, alejándose de sus personajes-víctimas de melena rubia que ha protagonizado en algunas películas del género dirigidas por Bayona, Morales o Paulo. Ahora, se convierte en una madre coraje que hará todo lo posible para salvar la vida de su hija Clara. La trama arranca de una manera clásica, siguiendo algunos de los patrones del terror, donde Clara, afectada de diabetes, desaparece durante un día entero. Cuando es localizada, se encuentra en muy mal estado, entre la vida y la muerte, las circunstancias llevan a Mónica hacia un vieja fábrica abandonada donde encuentra un extraño viejo que le ofrece ayuda para salvar a su hija. Mónica accede y será en ese instante donde la película se convertirá en una pesadilla, un brutal descenso a los infiernos donde tanto Mónica, Clara y Álex, ex marido de Mónica y padre de Clara, se verán envueltos en una espiral de violencia y extraños sucesos.

El director David Victori (Manresa, Barcelona, 1982) tiene una trayectoria muy variada: ha sido ayudante de Bigas Luna, ha dirigido unos cuántos cortos, uno de ellos, La culpa, que le permitió ganar un concurso internacional de youtube, llevándolo a dirigir un cortometraje para Ridley Scott y dirigir la serie Pulsaciones, una experiencia muy heterogénea y preparatoria para enfrentarse a su opera prima, un cuento de terror cotidiano, ambientado en nuestros días, en el que una familia se convertirá en el centro del conflicto, en que el pasado y las decisiones que tomamos guiarán los pasos hacia aquello oscuro que anida en nuestro interior. Victori consigue someternos en una historia sencilla, directa, alejada de esa Barcelona conocida, y apoyándose en el extrarradio, en esos espacios industriales envejecidos y oscuros para ambientar su trama, en un gran trabajo del cinematógrafo Elías M. Félix, donde todo gira en torno a una familia, en el que conviven conflictos entre ellos, conflictos que pasarán a un segundo plano, ya que la enfermedad de su hija los alertará y los llevará a mantenerse unidos, o al menos, más cerca.

Victori acude a algunas reglas del género para sostener una trama convincente y bien desarrollada, sin caer en la tentación de liar una trama con situaciones inverosímiles y demás, la película nada en aguas conocidas, se muestra cercana y transparente, contándonos un relato donde aquello oscuro y maligno que ocultamos en nuestro interior, se desatará sin remedio, con el fin de ayudar al ser que más amamos, aunque las consecuencias sean terribles, y el maligno, tarde o temprano, quiera cobrarnos la deuda contraída. Sí, estamos ante una película con diablo de por medio, donde captamos algunas huellas reconocibles como la literatura de Stephen King (con los universos de El resplandor, Misery, La zona muerta, Carrie o el cementerio viviente, con la que tendría más de una parte hermanada) o los ambientes del novelista británico Ramsey Campbell (del que se han adaptado títulos como Los sin nombre o El segundo nombre) con esas localizaciones urbanas y cotidianas de esa Inglaterra de cielo nublado en el que encontraríamos ejemplos en El rapto de Bunny Lake, de Preminger o Frenesí, de Hitchcock.

La dirección de David Victori nos guía por este laberinto de sombras e infiernos cotidianos, donde los personajes se enfrentarán a sus propios miedos e inseguridades, exponiendo sus límites constantemente, asfixiados por los acontecimientos emocionales, dejándose llevar, muy a su pesar, por esos caminos oscuros donde sus vidas están expuestas a los más oscuros designios del maligno. El enérgico y valiente montaje de Guillermo de la Cal (colaborador de Balagueró) ayuda a mantener la tensión e incertidumbre, creando situaciones verdaderamente terribles, donde todo pende de un hilo, aunque la película abusa en ocasiones de una música demasiado estridente que rasga en demasiado algunos momentos de la cinta, sin devaluar el contenido de la película, que acaba sumergiéndonos en una trama sencilla y bien estructurada, donde nos hablan de los límites de la maternidad, de que somos capaces para salvar a los nuestros, aunque sea introducirse por caminos muy oscuros y malvados.

El buen trabajo de una magnífica Belén Rueda, convertida en una de las actrices más capacitadas para el drama y el primer plano, convirtiendo a su Mónica en un personaje de carácter, capaz de enfrentarse a quién sea por amor a su hija, bien acompañada por la sobriedad de Darío Grandinetti, como el ex marido y padre, policía de oficio, con su conflicto a cuestas, y la revelación de Mireia Oriol, que debuta con esta película, interpretando a esa hija enferma, mezclando esa fragilidad física con esa mirada inquieta y perturbadora, y finalmente, la presencia de algunos secundarios de altura como Josean Bengoetxea o antonio Durán “Morris”, convincentes y resolutivos. Victori sale airoso con su primer largo, tanto en su forma como en el fondo, si exceptuamos algunos tics propios de los primeros trabajos del género, elementos que dejarán paso al talento para la atmósfera, los personajes y las situaciones de un cineasta a tener muy en cuenta en el panorama del terror de aquí, que tan buenas sensaciones deja cada temporada.

Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve

MÁS HUMANOS QUE LOS HUMANOS.

“El dolor te recuerda que la alegría que sentías era real”

En Testigo de cargo, su director Billy Wilder nos pedía encarecidamente que ningún espectador desvelase la trama tan misteriosa y peculiar que encerraba su película. La misma demanda nos advertía un texto introductorio de Denis Villeneuve en su película Blade Runner 2049. La esperadísima continuación de Blade Runner, de Ridley Scott, una de las cintas que revolucionó el género de la ciencia-ficción a principios de los 80, con su mezcla con el noir, nos sumergía en una atmósfera agobiante, oscura y decadente donde Deckard, un agente policial tenía la misión de “retirar” a unos replicantes amotinados. Si bien es cierto, la apuesta de su director Ridley Scott necesitó su tiempo para convencer a propios y extraños y convertirse en la película de culto, admirada por millones, que es en la actualidad. Quizás su apuesta por lo diferente, lo osado, su estética tenebrosa, más propia del cine de terror, y un protagonista, solitario, con problemas de identidad profundos, sus reflexiones filosóficas, y convertido en un vil asesino, se toparon con un público ávido de una ciencia-ficción más dada al universo de Star Wars y no a cuestiones más complejas sobre el alma humana.

Aunque su fama de gran película, bien ganada, le haya perjudicado a la hora de afrontar una segunda entrega, y han tenido que pasar más de tres décadas, 35 años en concreto para que podamos descubrir que fue de Deckard y Rachael en su desesperada huida de enamorados perseguidos. Ridley Scott, ahora en funciones de producción, ha necesitado un guión de su agrado, que vuelve a recuperar la trama y personajes de la novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, de Philip K. Dick, escrito por Hampton Fancher (autor de la primera) con la colaboración de Michael Green (guionista de Logan, entre otras) y un director a la altura como Denis Villeneuve (Gentilly, Canadá, 1967) para dar forma a esta segunda entrega, que mantuviese el espíritu de su predecesora, pero desviando su premisa argumental, no un calco, sino un film con personalidad propia.  La película se abre en el año 2049, treinta años después, donde conocemos a K (como el desdichado hombre de El proceso, de Kafka) un agente “Blade Runner” que tiene que retirar a un modelo antiguo de Nexus 8. Después del trabajo, se encuentra con una flor bajo un árbol, que destapará una caja enterrada que le abrirá un nuevo camino que empezará a desgranar con sus pesquisas.

A través de una atmósfera fascinante, entre la ciencia ficción decadente, el noir más inquietante, el romántico gótico y fou, y el terror más tenebroso, donde la oscuridad, la humedad y la opresión se han adueñado de la ciudad de Los Ángeles, en el que los problemas que anunciaba la primera entrega se han acuciado y nos encontramos en una no ciudad decadente y terrorífica donde existe un deterioro urbano, de ruina total, el cambio climático (no cesa de llover, en un ambiente frío, de nieve y mucho barro, acompañado de un aire denso lleno de partículas contaminantes) en el que la ingeniería genética se ha convertido en el pilar fundamental de la no sociedad, la existencia de una sobrepoblación asfixiante y caótica, adicta a todo tipo de sustancias, que viven en la oscuridad o en subterráneos, donde todo es falso y vacío como la comida, el sexo y demás, y una división social terrorífica y grandes estratos económicos, etc… Por otra parte, nos encontramos a la nueva compañía que juega a ser Dios, la Wallace Corporation que coge el relevo de la Tyrell, en su afán de crear replicantes perfectos que puedan engendrar otros seres, aunque su creador, el oscuro Niander, no ha encontrado la fórmula secreta.

Estamos ante una obra magnífica y maravillosa, donde el policía solitario y silencioso, de vida vacía y entregada a su trabajo, nos recuerda a Jeff Costello, el asesino interpretado por Delon en la estupenda El silencio de un hombre, de Jean-Pierre Melville, donde se recogía lo más clásico del cine noir junto al antihéroe del western, en una mezcla poderosa donde el hermético “retirador” acababa encontrándose con su inevitable destino. Aquí, el agente K deberá vencer a sí mismo y volver a sus orígenes, emprender su propio camino, aunque eso signifique ir en contra de las órdenes de su jefa, y además, tener que enfrentarse a las argucias de la Wallace Corporation que tiene otros planes. Villeneuve construye una película digna sucesora de Blade Runner, imaginando una trama que rescata con acierto la original y sumergiéndonos en un mundo distópico donde todo es artificial y sintético, en el que hay fembot de compañía virtuales que aman, acompañan y escuchan a tantos solitarios de este mundo, y también, otras fembot asesinas que trabajan a sueldo para intereses de compañías ávidas de poder y endiosadas, donde nos encontramos a viejos agentes escondidos y alejados de todo y todos, porque a veces para ser uno mismo, uno tiene que huir y esconderse, olvidándolo todo, incluso aquello que tanto amó.

El cineasta canadiense vuelve a penetrar en el alma humana creando un thriller filosófico intenso, donde la identidad es el armazón donde se sustenta toda su trama, envolviendo su película en un mundo ruinoso, oscuro, industrial, olvidado, que se cae a trozos, donde se mezcla la tecnología más desarrollada con las penurias más brutales, donde todo es extremo y nada parece tener fin, en un no mundo deshumanizado, repleto de fantasmas, de espectros que ya no saben discernir entre lo real y lo construido, donde humanos y replicantes sobreviven sin muy bien saber quiénes son y para qué de su existencia. Una película de una gran calidad técnica donde sobresalen la formidable fotografía de Roger Deakins (colaborador con Villeneuve en Prisioneros o Sicario), el asombroso trabajo en el diseño de producción de la mano de Dennis Gassner (colaborador de los coen, las últimas de Bon o Tim Burton, entre otros) y la elegancia y romántica música de Hans Zimemr, acompañado de un estupendo cast en el que Ryan Gosling ejecuta a la perfección el agente solitario, callado y huidizo. La aparición espectral de Harrison Ford haciendo de Deckard o lo que queda de él, una fría e inquietante Robin Wright como jefa de K, una simpática y hermosa Ana de Armas como Joi (la fembot de compañía de K) y su contrapunto Luv, una Nexus 9 asesina de la Wallace que capitanea su creador, un perverso y siniestro Jared Leto, y otra aparición estelar, Edward James Olmos volviendo a su Gaff o lo poco que sabemos de él.

Después de penetrar en el género de los thrillers potentes y bien contados, con personajes abrumados y sobrepasados por las circunstancias, Villeneuve vuelve a la ciencia ficción después de La llegada, un relato de gran factura técnica que escarbaba en las relaciones entre humanos y extraterrestre a través de la comunicación. Ahora, su cambio ha sido completamente radical, devolviéndonos un clásico que sigue en la retina de muchos, en el que recoge su espíritu construyendo un universo deudor, en el que no hay tiempo para el diálogo, ya no quedan palabras, todo se ha perdido, el tiempo de antes, donde todavía había tiempo para deleitarse con la música escuchando a Sinatra o Elvis, todo ese mundo ha dejado paso a unas máquinas que ya no funcionan bien y ya nadie sabe para qué sirven, en el que los recuerdos sólo sirven para seguir no viviendo los días, porque ya sabemos que nada nos pasará hacia adelante, que todas nuestras vidas se concentran en el pasado, en aquello que vivimos y amamos, sean experiencias reales o no.

Abracadabra, de Pablo Berger

¡ESTÁS BAJO MI PODER!.

“Tus ojos pesan… Tienes sueño, mucho sueño…”

Uno de esos barrios cualquiera del sur de Madrid, uno de esos espacios periféricos quebrados por alguna carretera de circunvalación que dosifica la gran urbe, uno de esos barrios con edificios colmena sin fin atestados de pisos y miles de historias, cafeterías en las que los cafés con leche y porras son lo más demandado por la concurrencia,  donde se ve mucha tele, hay matrimonios que fingen quererse y hay adolescentes enteraos llenos de pircing, además, se suele comer frente a la tele comiendo riquísimas tortillas de patata con cebolla o algo frito para variar. En este ambiente, tan cotidiano y mundano, sitúa Pablo Berger (Bilbao, 1963) su tercer largo, un ambiente muy propio de su cine, como ya dejó claro en sus interesantes cortometrajes, antes de debutar en el 2003 con Torremolinos 73, comedia esperpéntica ambientada a principios de los 70 en mitad del tardofranquismo, donde una pareja desdichada se dedicaba al porno casero para salir de sus aburridas y precarias existencias, le siguió, casi una década después, Blancanieves (2012) una película completamente diferente, filmada en blanco y negro, muda, que recreaba el cuento de los Grimm ambientándose en la España cañí de los 20. Cinta que acumuló un gran éxito, tanto de crítica como de público.

Ahora, llega con un filme en las antípodas del anterior, como una vuelta de tuerca, algo así como el reverso tenebroso del espejo, acercándose más al paisaje de la España de barrio y cutre de sus cortos, y que también pululaba por su opera prima. El conflicto a priori parece bastante disparatado y también, delirante, a saber, un tipo, Carlos, albañil, rudo y de malos modales con los suyos, se desvive por su Real Madrid, y anda a la greña constantemente con su mujer, Carmen, una bondadosa que se desvive por él, y aguanta y aguante, se encuentra deprimida y vacía, aunque ella no lo sabe. Y la hija de ambos, adolescente en plena revolución hormonal, que se cree mucho y no llega a nada, propio de la edad. Pues eso, un día van de boda, un sobrino de ella, y durante el convite, Pepe, primo de ella, aniñado, de ropa ochentera, enmadrada y secretamente enamorado de su prima, aunque ellos lo saben, pues que Pepe, guardia de seguridad de profesión, pero mentalista de sentimiento, hipnotiza a Carlos y parece que algo sale mal, y desde ese instante, Carlos se comporta de manera diferente, tiene alucinaciones y todo empieza a irle mal, aunque su mujer empieza a sentirse muy atraída por la nueva personalidad de su marido o quién sea.

Carmen y Pepe, con los sabios consejos del Dr. Fumetti, mentor de Pepe y aprovechado en todo lo que se menea, se lanzan a una aventura que les llevará por una cafetería de la Gran Vía, al barrio de Carabanchel a desenterrar a un fiambre, a una sala de fiestas a bailar desenfrenadamente o a un salón de fiestas que oculta un pasado siniestro. Berger construye una película casi atemporal (exceptuando el partido de fútbol actual) donde la gente viste muy de ahora, pero también, muy ochentera, sobre todo, Pepe, que parece Pepito Grillo, el que siempre está ahí para lo que haga falta. El cineasta bilbaíno navega por diferentes géneros, creando un batiburrillo que salta sin complejos y con mucho acierto, de un género a otro, de forma sencilla y honesta, sin aspavientos ni filigranas técnicas, casi de una secuencia a otra, creando ese viaje lunático y muy disparatado, con momentos delirantes, que nos lleva desde la comedia negra, el costumbrismo social, el policíaco de investigación, lo fantástico, o el terror (el momento Villagrán mostrándose el piso del muerto es impagable) o los momentos más absurdos (como el piso naif de Javivi, donde se juega a los enredos inequívocos), aunque todo ello para descubrirnos una historia de amor, una de amour fou, una historia bonita y emocionante, donde una mujer, de vida deprimente, redescubre a alguien, que se parece a su marido, y vuelve a ilusionarse, aunque ella misma tenga la cabeza hecha un lío.

Berger vuelve a construir un relato desde lo femenino, como hiciera en sus anteriores trabajos, casualmente, otra Carmen, la de Torremolinos 73, tomaba las riendas para llevar a cabo su sueño, en Blancanieves, eran la madrastra, interpretada por Maribel Verdú, y la protagonista, la que rivalizaban durante todo el metraje. Ahora, es el turno de Carmen, una mujer de cuarenta y tantos, de buen ver, que hará lo imposible para recuperar a su marido de ese espíritu maligno o no que se apoderado de él. El cineasta vasco se inspira desde la comedia clásica hollywoodiense que le dio al terror una forma de comedia fantástica donde los espíritus burlones y las brujas mágicas hacían de las suyas, o más cercanos, desde la literatura esperpéntica y social de los maestros, o las comedias negras escritas por Azcona, o incluso el cine de Lazaga, con sus comedias costumbristas que daban buena cuenta de una idiosincrasia española reprimida y apocada, que buscaba en el sexo con las turistas una manera de abandonar sus vidas tristes y grises, y reencontrarse, en cierta manera, con algunos de sus sueños olvidados, o ciertos aires de algunas películas de Woody Allen con sus comedias fantásticas combinando amor e hipnosis.

Berger vuelve a contar, en su mayoría, con el equipo técnico que tan buenos resultados le dieron en Blancanieves, con la fotografía de Kiko de la Rica, una luz de colores saturados que refleja al detalle esos ambientes cutres, cotidianos, con buses atestados y olor a fritanga. Alain Baineé en el arte, con esos ambientes recargados de objetos, tanto actuales como ochenteros, Paco Delgado en el vestuario creando esos figurines de ropa de oferta de los chinos, sin olvidar la bisutería de pega, mezclado con los colores vivos y llamativos que leva Pepe, el montaje elegante y sutil de David Gallart, y la música tenue y fantasmagórica de Alfonso Vilallonga, acompañada de una score heterogénea, recogiendo el espíritu que respira toda la película, en la que también escuchamos el imprescindible “Abracadabra” de la Steve Miller Band (en un momento brutal del filme con un pedazo de baile incluido) Mike Olfield (banda musical que acompaña los shows domésticos del “mentalista” Pepe) y otros, como 10cc, Camilo Sesto o La Zowi, entre otros…

Una película cómica, pero también elegante y sofisticada, convirtiéndose quizás, en el mejor título de su director, o al menos, en el trabajo que más recrea ese mundo que bebe de la idiosincrasia tan recurrente en su cine, donde combina un reparto ejemplar que brilla a gran altura con un Antonio de la Torre, totalmente desatado en un personaje volátil que unas veces es un gilipollas y otras, el marido perfecto, Maribel Verdú, en otro personaje de gran riqueza en su altura, como los de Amantes o Belle Epoque, sugiriendo los diversos matices y emociones que respira su personaje de ama de casa por obligación que desea ser feliz, aunque sea por un leve suspiro, el buen hacer de José Mota que crea una interpretación magistral de Pepe, ese primo, algo pirado, endeble, y ciegamente enamorado que hará lo que sea por ayudar a su prima-amor, Josep Maria Pou recreando el maestro mentalista, muy esperpéntico y grasiento, que parece salido de algunas de las comedias de Valle-Inclán, que ejerce de cara dura y atento a las necesidades ajenas, las breves y estimulantes apariciones de dos veteranos como Ramón Barea y Saturnino García, y finalmente, el paisaje de barrio que se respira en toda la película, ejerciendo como guía y antena de las miles de historias de gente cotidiana, ordinaria y mundana que se mueve por esos lugares, que al fin y al cabo, sólo desean lo que todos los mortales, querer y que alguien los quiera, sólo eso, aunque a veces, ese sentimiento, es jodido de conseguir.