Amazomania, de Nathan Grossman

EL ACTO DE FILMAR.   

“La cámara puede ser un arma de colonización cultural o una herramienta de liberación. Todo depende si filmas al otro o filmas con el otro”

Rithy Panh

El cine es una herramienta de conocimiento, experimentación y de verdad, en que el propio acto de filmar implica muchas cuestiones. ¿Por qué filmamos?. ¿Qué o quiénes filmamos?. Y sobre todo, la gran pregunta sería: ¿Qué hacemos con las filmaciones?. Situaciones éticas que cualquier cineasta que se precie debería hacerse, porque replantearse el trabajo es muy necesario para ser honesto con lo que se filma y cómo se muestra lo filmado. La película Amazomania, de Nathan Grossman (Suecia, 1990), es una interesantísima reflexión sobre lo humano, y por lo tanto política, sobre el acto de filmar, porque profundiza en todos estos aspectos, y lo hace de forma muy eficaz y de frente. El cineasta sueco no recurre a subrayados ni la recurrente voz en off explicativa y orientativa, sino que recupera unas imágenes de archivo y las enfrenta a las del presente, generando un debate sobre la ética de filmar que va muchísimo más allá, porque incurren muchos aspectos el hecho de filmar se convierte en un acto ético de consecuencias impredecibles. 

Las imágenes rescatadas pertenecen a 1996 cuando el cineasta y fotógrafo sueco Erling Söderström se adentra con una expedición en la Amazonia brasileña y entra en contacto con los Korubo, una tribu indígena aislada y sin contacto con el exterior, en las que vemos la aventura de adentrarse en el espesor de la jungla amazónica, asistiendo a la cotidianidad de sus peligros: el sofocante calor, el traslado del equipo tanto a pie como con barca, las conversaciones entre los expedicionarios y con los autóctonos de los diferentes pueblos, y sobre todo, el problema que se presenta entre la avaricia de la producción en masa que choca frontalmente con las tierras de los indígenas que están desapareciendo al igual que su población. El otro segmento de la película, casi 30 años después, el citado Söderström vuelve a encontrarse con los Korubo, encontrándose a una comunidad muy cambiada, en la que el hombre blanco ya ha hecho presencia y los ha domesticado y sometido a su mercantilización, y es donde, se confronta el conflicto, los indígenas quieren su parte por haber sido filmados, y reclaman la autoría de esas grabaciones. Un antes y después donde surgen los dilemas éticos de filmar, y las consecuencias que tiene ese hecho. 

Grossman conocido por un cine documental interesado en plantear interesantes reflexiones sobre el cambio climático, sostenibilidad y justicia social que le ha reportado numerosos reconocimientos a nivel internacional como hizo en Greta (2020), sobre la entonces quinceañera sueca Greta Thunberg y su lucha contra el mencionado cambio climático. En Amazomania plantea una película con dos mitades bien diferenciadas: en la primera, asistimos a la fiebre occidental de conocimiento, investigación y exploración sobre lo desconocido, sobre el extraño y sobre lo aislado. En la segunda, vemos las consecuencias éticas de todo esa psicosis por conocer por filmar, y se encuentra con unos problemas con el otro, que reclama su parte, la mercantilización de las imágenes, los derechos como persona por haber sido filmado sin su consentimiento, y demás. Una película que rastrea la propia experiencia del cine y el hecho ondisonante de filmar que implica al otro, a su forma de vivir, de ser y estar en el planeta. Grossman contrapone dos tiempos, dos filmaciones e incide en la cuestión de forma clara y transparente, sin andarse con rodeos, situándonos en el centro del problema, en la cuestión ética de raíz, muy compleja y nada fácil de encarar. 

La película, ya desde su revelador título, nos sitúa en el centro mismo del significado de exposición y las consecuencias que genera  todo eso. En Amazomania, pasamos de la evidencia científica propia de nuestra especie mercantilizada, a esa otra evidencia de poseer al otro y corromperlo mostrándolo al mundo, sacando su vida del anonimato a la mirada occidental del mundo. Resulta significativa la diferencia entre el indígena del primer contacto al del segundo, casi 30 años después, de dónde ha quedado aquel y donde está este de ahora. Todos los problemas en los que se ha visto y sus propias reivindicaciones al hombre blando que lo filmó. La película de Grossman es de una honestidad abrumadora, filma y filma el conflicto, los testimonios de Söderström y de los indígenas y sus conversaciones y los planteamos de unos y otros. No es responsabilidad del film de encontrar soluciones, sino de mostrar una verdad, y la verdad de indígenas y la verdad del cineasta sueco que los filmó, y que nosotros los espectadores seamos testigos de la experiencia de filmar al/con otro como explica el citado Rithy Panh que encabeza este texto. Una frase para reflexionar sobre el cine y lo que entra en cuadro y porqué. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El volcán, de Damian Kocur

LA FAMILIA KOVALENKO. 

“La vida es un baile en el cráter de un volcán que en algún momento hará erupción”. 

“Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis”, de Yukio Mishima 

Cuenta la historia de la familia Kovalenko, procedente de Ucrania, lleva unos días en Tenerife disfrutando de unas merecidas vacaciones. Son Roman, sus hijos Sofía y Fedir, y Nastia, la nueva mujer. Los días pasan sin más, entre excursiones, momentos de playa y compartiendo comidas en el hotel y la habitación. Todo cambiará para ellos cuando el jueves 24 de febrero de 2022 Rusia invade Ucrania. La vuelta ya no es posible, con las maletas a cuestas, deben volver al hotel y esperar, o quizás resignarse a una situación llena de incertidumbre, miedo, rabia y angustia ante su situación y la de los suyos. La segunda película de Damian Kocur (Katowice, Polonia, 1976), toca de forma sincera y muy íntima las emociones que estallan en el seno de esta familia, que la cámara sigue muy de cerca, a modo de espejo, confrontando el conflicto bélico y las diferencias que se crean debido a la terrible noticia. Todo se cuenta de forma sutil, sin hacer algarabías ni estridencias argumentales, porque se busca naturalidad y honestidad, donde el paraíso se torna un espacio extraño mientras en su país de origen las cosas se han puesto horribles. 

La primera película del director Bread and salt (2022), cuando el joven Tymek volvía a su pueblo natal y asistía al conflicto entre árabes trabajadores de un kebab y los chavales del barrio. Dos obras que hablan de las diferencias y tensiones que se producen entre unos y otros que, en El Volcán (en el original, “Pod wulkanem”, traducido como “Bajo el volcán”), se generan en el interior de la familia, creando ese efecto espejo con la realidad entre Rusia y Ucrania, en un guion coescrito por Marta Konarzewska y el propio director, centrado en Sofía, la adolescente de la familia, con esas llamadas de puro terror con su amiga de Kiev, y su encuentro con el africano que reside ilegal en Tenerife huyendo de la guerra de su país. Contrastes y cercanías que se van produciendo en un Tenerife muy alejado de la típica estampa turista que nos venden. El supuesto paraíso se torna un lugar lleno de extrañeza, artificial y lejano, porque la elección se torna una prisión en la que deben permanecer cuando desearían estar en su país. El relato se convierte en un diario de esas primeras semanas, de la incertidumbre y el dolor y el miedo instalado en los Kovalenko y las tensiones y conflictos que se generan entre ellos debido a la situación compleja en la que están inmersos.

Kocur se acompaña de un equipo brillante arrancando con la cinematografía de Mykyta Kuzmenko, con esa cámara que sigue sin descanso a los diferentes integrantes de la familia en dos velocidades: la del grupo familiar que hacen cosas juntos como ir de excursión, la del Teide tiene su miga y hace saltar muchas cosa que todavía no habían saltado, y la otra velocidad, la de Sofía, que la cámara la sigue en sus encuentros con el citado africano, y su deambular por una ciudad nocturna cada vez más rara y diferente, ya que su estado de ánimo y por ende, el de toda la familia, ha cambiado y de qué manera. La música de Pawel Juzkuw también sabe crear esa atmósfera de película de terror, de cotidianidad cercana e inquietante a la vez, donde cada mirada y gesto aluden a una situación que se parece a la de antes y está totalmente alterada, generando esa sensación en los diferentes espacios y en la relación entre los cuatro personajes protagonistas. El montaje de Alan Zejer construye un ritmo pausado y de quietud de mucha tensión y terror, donde las cosas parecen que no han sido alteradas, pero los personajes saben que si, y con ese tempo, se consigue introducirnos en ese miedo constante de no saber qué hacer y con esa espera llena de pavor en sus implacables y tranquilos 105 minutos de metraje. 

El cineasta polaco ha reclutado un enorme reparto que ayuda a mostrar todas los miedos en la montaña rusa emocional que viven la familia, que tienen los mismos nombres que sus personajes empezando por la joven Sofía Berezovska, siendo la adolescente enfadada con la “nueva” mujer de papá, y con la situación en Ucrania, Roman Lutskiy es el padre, empeñado en alistarse en volver y coger las armas, Anastasiya Karpenko es la nueva mujer de Roman, que intenta mantener una calma tensa que cuesta mucho, y finalmente, el pequeño Fedir Pugachov, ajeno a todo. De la guerra de Ucrania habíamos visto muchos documentales que retratan los efectos de la guerra y la población civil, pero no habíamos visto una de ficción, y una como esta, que hablase de la retaguardia en el extranjero, como le sucede a la familia Kovalenko, donde la guerra en su país tiene su espejo en los conflictos interiores que se producen en esta familia que estaban en el paraíso disfrutando y  deben permanecer en él, siendo conscientes y con miedo en un lugar que se torna ajeno y extraño donde lo que antes parecía bonito, ahora se ha vuelto una prisión muy a su pesar, sin ánimo de disfrutar el espacio y sobre todo, con la mente en su país, en una tierra de nadie tanto física como emocionalmente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Chinas, de Arantxa Echevarría

EL LIMBO DE LA IDENTIDAD. 

“La identidad es una búsqueda siempre abierta e incluso la obsesiva defensa de los orígenes puede ser en ocasiones una esclavitud tan regresiva como, en otras circunstancias, cómplice rendición al desarraigo”.

Claudio Magris

Después de casi una década dirigiendo cortos de ficción y documental, conocimos a Arantxa Echevarría (Bilbao, 1968), con Carmen y Lola (2018), excelente ópera prima sobre los amores clandestinos de dos gitanas de barrio, enfrentadas a los prejuicios de su comunidad. Tres años más tarde, dirigió La familia perfecta, una comedia industrial que agrupaba a una familia burguesa con otra de barrio. En Chinas, su tercer largo, la directora vuelve al barrio, o quizás, podríamos decir, que sigue en el barrio, retratando a esas personas de la periferia, a los invisibles muy visibles de las grandes ciudades. Esta vez posa la mirada en la desconocida comunidad china, y no lo hace desde el paternalismo y el desconocimiento, sino a través de la complejidad y los miedos de la segunda generación. Esos niños y adolescentes que han crecido en el país de acogida y tienen, como no es de extrañar, los conflictos habituales con unos padres que los arrastran a su cultura china y ellos, a su vez, viven y crecen en una cultura completamente distinta. Ese limbo de identidad, de arraigo y desarraigo, y sobre todo, de difíciles relaciones paternofiliales son el objetivo y el análisis de la película. 

A partir de un estupendo guion bien documentado y elaborado de la propia Echevarría, la trama se asienta a través de tres mujeres que viven en el barrio periférico de Usera de Madrid: Claudia, la adolescente china que se debate entre la férrea actitud de sus padres que la obligan a trabajar muchas horas en el bar y por otra parte, es una joven que tiene amigas y le gustan los chicos. Lucía, su hermana pequeña de 9 años, y su relación con la nueva compañera de colegio, Xiang, una niña adoptada por un matrimonio acomodado. Tres miradas, tres formas de ser y estar entre dos universos, entre dos formas tan diferentes de hacer y pensar, hacen de la película una mirada sincera y honesta a la comunidad china, huyendo de esa manida representación en los thrillers convencionales a través de sus mafias y demás. Aquí, se habla de gente de barrio, los que trabajan de sol a sol, gente anónima, con vidas humildes, que luchan diariamente para seguir tirando del carro. Tiene Chinas mucho valor, y digo esto, porque ante la ausencia de cine social en nuestro país, se agradece enormemente que aparezcan cintas como esta, que mira a la gente de a pie, gente como nosotros, con sus problemas y vidas de verdad. 

En el apartado técnico, la directora bilbaína de nacimiento y madrileña de adopción, vuelve a contar con los “suyos”, con Pilar Sánchez Díaz en la cinematografía, y Renato Sanjuán en el montaje, que llevan casi la decena de títulos juntos. Construyen, en sus respectivos trabajos, sendas composiciones donde prevalece la “verdad”, es decir, lugares reales, lugares de barrio, y una luz lo más natural posible, que no embellezca nada de lo que mira y cuente. Los 118 minutos de metraje no se hacen para nada pesados, porque la película cuenta muchas cosas, y de esas que no se explican con palabras, sino con miradas y la tensión que les sigue. Aunque como sucediera en Carmen y Lola, con sus maravillosos intérpretes naturales, en Chinas, la directora lo ha vuelto a hacer, y ha construido su película a través de un reparto natural en su mayoría como las increíbles niñas Daniela Shiman Yang como Lucía y Ella Qiu es Xiang, las dos niñas que una es todo desparpajo y simpatía y la otra, todo silencio, que conjugan muy bien a medida que va avanzando la trama y las vamos conociendo más a fondo. Yeju Ji es una madre china que le cuesta comprender y adaptarse a los cambios de sus inquietas hijas. 

Mención aparte tiene Xinyi Ye. Recuerden su nombre, seguramente lo seguiremos disfrutando interpretando personajes como Claudia. La actriz, debutante en la película, auténtica revelación de Chinas, porque muestra una mirada y una naturalidad sorprendentes, que le ayudan a componer un personaje de esos personajes que se nos quedan, siendo esa adolescente que quiere ser una más y ve amenazado su universo por la negación de sus padres y esos amigos que parecen otra cosa. El reparto se complementa con unos formidables Leonor Watling y Pablo Molinero, un matrimonio que adopta a Xiang, que son dos personas que chocan en la educación de su hija. Cierra el reparto una colaboración muy especial, la de Carolina Yuste, que ha estado en todas las de Echeverría, una especie de alter ego de la directora, esa chica que llega a la hora del cierre al bazar a comprar cuatro cosas de última hora, y mantiene una relación especial con Lucía. Podríamos decir que Echevarría se ha marcado un Stephen Frears, es decir, ha hecho una película social, llena de verdad, cotidiana, íntima y llena de tensión y conflictos, sin olvidar el sentido del humor, con el mejor aroma del director de Leicester en películas como Mi hermosa lavandería (1985), Café irlandés (1993) y La camioneta (1996), entre otras, donde se habla de un colectivo cuando se cierra la puerta de sus casas, en sus quehaceres diarios y sus trabajos. Chinas haría fraternidad con la película Oriente es oriente (1999), de Damien O’Donnell, donde también se hablaba de los conflictos entre un padre paquistaní con sus hijos ingleses. 

No me gusta recomendar películas, y cuando lo hago, me siento muy pequeño, porque quién soy yo para decirle a nadie lo que tiene que ver. Así que no lo voy a hacer con Chinas. Sí que voy a hacer una cosa, si ustedes me lo permiten, y no es otra cosa que, aplaudir, celebrar y rendirme a una película como Chinas, porque hacía falta una mirada de verdad sobre este tema en nuestra cinematografía, exponiendo tres miradas tan cotidianas que nos podemos encontrar en nuestras vidas, y creo que la cinta de Arantxa Echevarría servirá para dejemos de mirar a chinos y chinas y comencemos a mirar a seres humanos que, a parte de su cultura y todas las aparentes diferencias, tenemos algo en común muy importante y no es otra cosa que un hogar y un trabajo para soportar las dificultades de un sistema demasiado económico y poco humano, por no decir completamente deshumanizado. Miremos al otro, no queriendo cambiarlo ni mucho menos, ni pretender que siga nuestras costumbres y demás, sino aprendiendo unos de los otros y compartir un lugar y sus cotidianidades, sólo eso, que no es nada fácil, lo sé, por eso todos tenemos que poner de nuestra parte, y sobre todo, no lo hagamos más complicado de lo que los malvados nos lo ponen. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entre rosas, de Pierre Pinaud

CREAR ROSAS, CREAR VIDAS.

“Aquel que no se atreve a agarrar la espina, no debería ansiar la rosa”.

Anne Brontë

La cinematografía francesa tiene entre otras virtudes, la de manejar con acierto y brillantez esa dicotomía entre el cine más personal y profundo y la comercialidad de la propia película, generando un género en sí mismo, la de un cine con voz propia y además, con excelente vocación comercial, toda una capacidad que en otras cinematografía del entorno, por ejemplo, como la nuestra, se ve en muy raras ocasiones. Entre rosas, con el título original de Le fine fleur), no sitúa en la actualidad, en la piel de Eve, que en un pasado no muy lejano, creaba rosas que arrasaban en los concursos nacionales. Ahora, sus días son difíciles, están llenos de demasiada nostalgia y amargura, y sus rosas se han quedado anticuadas y ya no interesan a nadie, y además, su empresa, «Rosas Vernet», heredada de su difunto padre, está en la bancarrota, y aún hay más, la gran empresa de la creación de rosas, quiere comprarle su negocio y convertirla en una más. Ante este oscuro panorama, Vera, su fiel asistente, tiene una idea peculiar, contrata a un trío de empleados de un programa de inserción social. Una locura o su última tabla de salvación.

La tercera película de Pierre Pinaud (Montauban, Francia, 1969), sigue la línea de sus anteriores trabajos. En Les miettes (2008), un cortometraje de 30 minutos, se centraba en una mujer que veía trastocada su vida con el cierre de la fábrica donde trabaja. En Hábleme de usted (2012), su opera prima, nos hablaba de una famosa locutora de radio, que en su cotidianidad está soltera y quiere conocer a su madre. Todas ellas mujeres, mujeres perdidas en un tiempo definido, que tienen sus vidas en suspenso, existencias azotadas por los problemas económicos y emocionales. Eve está a punto de tirar la toalla cuando aparecen los tres nuevos empleados. El director francés construye una historia sencilla y lineal, que se desarrolla casi en su totalidad en la empresa de Eve, rodeados de invernaderos y líneas de rosas plantadas, donde los recién llegados aprenderán el oficio, y ayudarán a reflotar la empresa, o al menos intentarlo, tres personas que trabajan para salir del agujero y recuperar sus vidas, como la de Fred, un joven que ansía tener relación con unos padres a los que se les quitó la custodia de su hijo.

Lo más importante de la película es la relación entre los personajes, entre Eve y sus empleados, que tienen unas circunstancias muy parecidas, todos necesitan trabajar y, algo de suerte para salir del atolladero en el que se encuentran en sus vidas. Entre rosas tiene su parte documental, porque asistimos a todo el proceso para crear una rosa, pero no una rosa cualquiera, sino una rosa especial, una rosa campeona en los concursos, una flor con un aroma muy peculiar, y una forma que deslumbré y sobre todo, seduzca a todos. La película se mueve entre esa comedia inteligente y el drama más íntimo y humanista, que explica las existencias de cada personaje sin caer en el manido tema de la superación ni cosas por el estilo, sino todo lo contrario, nos habla de frente y de forma directa de los conflictos entre ellos, entre sí mismos, y entre la dificultad de reflotar la empresa en declive, situación que pasa por crear esa flor, esa rosa bella y seductora que alivie sus maltrechas vidas, la rosa como metáfora de esas vidas feas que deben reconstruirse y crear caminos con menos obstáculos.

Aunque si hay algo que caracteriza a este tipo de películas, no es otra que su magnífica elección de sus intérpretes. Con una brillante Catherine Frot en la piel de Eve, manteniendo el pulso humano que tanto necesita su personaje, con esa montaña rusa a la que está sometida continuamente, con esa valentía y esa soledad que desprende un personaje del aquí y ahora, transparente y muy cercano. El joven Melan Ormeta interpreta a Fred, el joven, tan solo como la protagonista, que encontrará su camino, quién lo diría, en un ambiente tan ajeno a él como el cultivo y la creación de rosas. Bien acompañados por Olivia Coté, que da vida a Vera, la fiel asistente, que nunca abandonará a Eve, y hará lo indecible para seguir trabajando en la empresa. Fatsah Bouyahmed como Samir, el cincuentón que necesita el empleo y su contrato indefinido, y la joven Marie Peitot como Nadège, que quiere otra oportunidad y trabajará como una jabata para no perderla, y finalmente, el “malo” de la función, Vincent Dedienne como Lamarzelle, el tipo de la educación privada, que sabe tropecientos idiomas, y no entiende de seres humanos, sino de números con muchos cero, el fiel reflejo de ese capitalismo voraz y deshumanizado que lo quiere todo, y para conseguirlo, usará todos sus medios económicos, que son muchísimos, para conseguirlo, sin ningún tipo de remordimiento. Pinaud ha construido una película, dedicada a su madre fallecida, llena de sensibilidad, de verdad, de amor, y también, de oscuridades, porque como decía el poeta, la belleza de la rosa va acompañada de sus espinas, porque todo tiene sus lados, tanto buenos como malos, porque todo se sustenta en el modo de mirar las cosas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Verano del 85, de François Ozon

CUANDO DEJAMOS DE SER INOCENTES.

“I am flying, I am flying

Like a bird, across the sky

I am flying, passing high clouds

To be near you, to be free”

(Estrofa de la canción “Sailing”, de Rod Stewart)

El primer amor nunca se olvida, aquel que nos fascinó y traspasó nuestra alma, aquella primera vez que sentimos algo tan intenso y profundo por alguien, aquel amor cuando éramos adolescentes, cuando la vida todavía estaba por hacerse, cuando las cosas olían y se sentían de formas muy distintas, nunca con tanta fuerza y magnetismo como después, cuando nos lanzábamos al abismo, llevados por energías que nos hipnotizaban, que nos sumían en una aventura fascinante, donde la vida y el amor se confundían, vivían una con la otra, fusionadas y en un solo cuerpo, donde creíamos que el amor duraría siempre, que sería irrompible, poderoso, pero también, descubrimos que la vida y el amor, casi nunca van de la mano, y aquel espíritu joven e inocente, se acabaría diluyendo con el tiempo, y el amor, o lo que llamamos amor, jamás volvería con aquella fuerza.

En el universo cinematográfico de François Ozon (París, Francia, 1967), con diecinueve títulos en su haber, podemos encontrar una mirada profunda y sensible hacia la adolescencia, y la homosexualidad, en películas como Amantes criminales (1999), Gotas de agua sobre piedras calientes (2000), La piscina (2003), El tiempo que queda (2005), En la casa (2012), Joven y bonita (2013), o Una nueva amiga (2014), películas donde sus adolescentes son personas de carácter, fuertes y libres, que chocan contra las normas y lo establecido de los adultos. En Verano del 85, Ozon vuelve a su adolescencia, y parte de una adaptación libre de la novela “Dance on My grave”, de Aidan Chambers, para contarnos la historia de un amor entre Alexis, a punto de cumplir los dieciséis años, apocado, inocente y asumiendo su identidad sexual, y David, dieciocho años, todo lo contrario que Alexis, libre, de carácter, lanzado, y sin prejuicios. Los dos chicos se conocen, empiezan a salir y acaban teniendo una relación. Estamos en uno de esos pequeños pueblos costeros como Le Tréport, en la alta Normandía, donde parece que los veranos pueden durar eternamente, o al menos eso cree Alexis. Las desavenencias entre los dos chicos pronto aparecerán, ya que tienen formas muy distintas de vivir, y sobre todo, de sentir.

El director francés filma en súper 16, dando ese tono cercano e íntimo que tanto requiere la película, con esos planos secuencia, como el que abre la película, recorriendo esa playa hasta el paseo, mientras escuchamos el “In Between Days”, de The Cure, que recuerda a las imágenes de Cuento de verano (1996), de Rohmer, en la que curiosamente intervenía Melvil Poupaud. Una luz que firma el cinematógrafo Hichame Alaouie (responsable de Instinto maternal), y el brillante montaje de Laure Gardette (que lleva una década de trabajo con Ozon, desde Potiche), que le da ese toque de juventud, del aquí y ahora, de espontaneidad, de pulsión, un amor llevado por el viento, sin tiempo para detenerse, todo se vive y se siente muy intensamente. Ozon coloca el tema “Sailing”, de Rod Stewart, que nos habla de la sensación de amar y la de ser rechazado, como eje central de su relato, como podremos comprobar en la secuencia más intensa y sensible de la película, cuando en la discoteca, perdemos la música de ambiente, para centrarnos en la música que escucha Alexis con el walkman, el tema de Stewart, que definen mucho todas las emociones que experimenta el joven, mientras que David, sigue dando saltos, como poseído, dejándose llevar por la música que ya no escuchamos.

Ozon, fiel a su estilo, no construye una película lineal, centrada en solo la historia de amor de los dos jóvenes, sino que inventa una trama de thriller, que no aparece en la novela, en que la película arranca una vez han sucedido los hechos, y mediante un flashback, vamos siguiendo los acontecimientos entre los dos chicos. El cineasta francés nos ofrece una mirada libre y brillante, acercándonos a aquel tiempo, al tiempo del amor, a la edad del amor, conjugando de forma magnífica y sensible los ambientes y situaciones, atrapándonos en un tiempo donde todavía era posible todo, donde las emociones se vivían de forma muy diferente a lo que vino después, no mira la homosexualidad como algo turbio o siniestro, sino todo lo contrario, un aspecto que no supone ningún problema para los jóvenes, que lo aceptan de forma natural, eso sí, con sus inseguridades, sobre todo, el personaje de Alexis, da igual que el amor sea homosexual, sino que la película se centra en el amor en mayúsculas, en las consecuencias de enamorarse, y las dificultades de amar, cuando la otra persona es tan diferente a nosotros.

La naturalidad y honestidad de los dos actores protagonistas ayuda a sumergirnos en ese tiempo, tenemos a Félix Lefebvre dando vida a Alexis, con ese aire de River Phoenix, de poca cosa, una especie de efebo que caerá en las redes de David, interpretado por Benjamin Voisin, toda una fuerza arrasadora y pura energía, bien acompañados por Philippine Velge, que da vida a Kate, la inglesa que conocerá a los dos chicos, y Melvil Poupaud, como profesor de Alexis, que recuerda un poco a la relación que tenían profesor y alumno en la aclamada En la casa, y Valeria Bruni-Tedeschi, como madre de David, una actriz de la factory de Ozon, dotada de gran personalidad y brillantez en sus roles. Ozon nos hace disfrutar, conmovernos y añorar aquel tiempo de la adolescencia, con sus tiempos, ritmos, su juventud, que parecía que iba a durar eternamente, como cantaban los Alphaville, enamorándonos, recordando, sintiendo, como nunca más volveremos a sentir, y a vivir, con esas ganas como si todo se terminase al día siguiente, sin prejuicios, sin preocupaciones, sin barreras, mirándonos frente a frente, bailando, bañándonos en el mar a la luz de la luna, yendo en moto, con el viento en la cara, siendo jóvenes, inocentes y valientes, soñando y volando sin despertar jamás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Uno para todos, de David Ilundain

CONSTRUIR PERSONAS.

“Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz, la gente educa para la competencia y es el principio de cualquier guerra. Cuando eduquemos para cooperar y ser solidarios unos con otros, ese día estaremos educando para la paz”

María Montessori

El director David Ilundain (Pamplona, 1975), ya había demostrado sus excelentes dotes como cineasta en B (2015), esa “B”, que hacía ilusión a Bárcenas, el ex tesorero del PP. Basada en la obra teatral homónima de Jordi Casanovas, era una película austera y sencilla, que nos encerraba en una sala de juzgados, donde a modo de interrogatorio el citado Bárcenas respondía al juez Ruz, en un grandísimo thriller político que destapa las desvergüenzas y miserias del PP. Cinco años más tarde, se estrena Uno para todos, su segundo trabajo tras las cámaras. Una película que sigue la senda de la austeridad y sencillez, la sala de juzgados deja paso a otro recinto cerrado, el aula de un instituto en uno de esos pueblos de la llamada España vaciada. A ese lugar, llega Aleix, un profesor interino, en mitad de la noche, como uno de esos vaqueros que llegaban a pueblos aparentemente vacíos y sin nada que temer. A la mañana siguiente, empieza con su clase, un grupo de 18 chavales entre 11 y 12 años, y se topará con el primer conflicto, uno de ellos, se encuentra enfermo de cáncer, al que visitará con frecuencia.

Basado en un hecho real que originó la película, que se construyó con un guión sobrio y cercano que firman Coral Cruz (que la conocemos por ser la guionista de Villaronga o Fernando Franco, entre otros), y Valentina Viso (que está detrás de las historias de Mar Coll, Elena Trapé o Nely Reguera), que nos cuenta un curso escolar, y no solo se centra en la educación y sus métodos, sino que nos habla de otros temas que también se dan en la educación, como el acoso entre compañeros, la gestión de conflictos humanos, la implicación personal más allá de las aulas, la convivencia entre unos y otros, la integración de los que más lo necesitan, encontrar el equilibrio entre educar y ayudar a niños con dificultades, conflictos con los que se encontraba Daniel Lefebvre, el director de la escuela de la maravillosa Hoy empieza todo (1999), de Bertrand Tavernier. Ilundain crea ese ambiente escolar a partir de pocos elementos, pero muy reconocidos, filmando en un instituto real, con esa cámara cercan y movible, que sabe captar la pulsión emocional que se vive en el interior de la aula, con esa luz naturalista e íntima creada por Bet Rourich (responsable de Jean-François y el sentido de la vida o Los chicos del puerto).

El ágil y estupendo montaje, que firman Elena Ruiz (que podemos encontrar nombres como los de Medem, Mar Coll, coixet o Bayona, en su filmografía), y Ana Charte (en films de género como Vulcania y El año de la plaga) que nos conduce con decisión por el interior del instituto, dosificando bien la información y tratando los conflictos con tacto, y la sutileza y sensibilidad música de Zeltia Montes (que la hemos podido escuchar en las recientes Adiós y El silencio del pantano). Ilundain vuelve a sumergirnos en un tour de force, protagonizado por el profe y sus alumnos, magnífico y lleno de situaciones fuertes y llenas de tensión, donde tanto uno como ellos, deberán dialogar, enfrentarse y llegar a acuerdos, a través del respeto, la cooperación y sobre todo, el apoyo mutuo y al fraternidad. Estamos frente a personajes de carne y hueso, muy cercanos, personas como nosotros, con sus miedos e inseguridades, con esas zonas oscuras a las que todavía no se han enfrentado, encauzando con criterio e inteligencia la dicotomía que sufre Aleix, el profe que debe lidiar con las emociones y conflictos pre adolescentes de la clase, con todo aquello que ocultan, con las suyas propias, las heridas emocionales que sufre con su pasado, la interinidad de su trabajo, de aquí para ella, una especie de náufrago, que va y viene, con sus dificultades para adaptarse al mundo rural, a hacer amigos, a tener un lugar donde quedarse.

La capacidad y el buen hacer de un actor como David Verdaguer, en la piel del profe Aleix, una especie de Shane (1953), de George Stevens, el tipo desconocido que llega al pueblo y percibe todo el aliento de mentiras y problemas que existen. Verdaguer consigue crear esa atmósfera de tú a tú con sus alumnos, tratándolos como personas y escuchando todo aquello que se cuece en esa clase, que nos es moco de pavo, gestionando todos esos conflictos emocionales que existen, e intentando construir personas y construirse a él mismo, como reza la frase que acompaña al cartel de la película: “Un profesor te puede cambiar la vida. Un alumno, también”. Bien acompañado por sus alumnos, todos ellos debutantes, que interpretan con naturalidad y cercanía, creando ese viaje íntimo y personal que se crea entre profe y alumnos en este curso escolar, que no solo aprenderán conocimientos, sino que crecerán como personas mirando de frente a los problemas sociales y personales que existen en la clase.

Bien acompañado por una Ana Labordeta como directora del instituto, Calara Segura como la madre del alumno enfermo, y la aparición de Miguel ángel Tirado (el popular “Marianico el corto”), en un personaje con entrañas, y Patricia López Arnaiz, la profe de refuerzo que visita al alumno enfermo de cáncer, con la que tratará y se genera una amistad cercana, con sus más y sus menos, claro está, en las que se confrontarán como un espejo deformador donde veremos la realidad que también oculta Aleix, que debe lidiar con conflictos a los que no está preparado, y que van más allá de impartir sus clases. Tiene la película de Ilundain ese aroma que tenía Veinticuatro ojos (1954), de Keisuke Kinoshita, en la que también, una maestra de la ciudad, llegaba a una escuela rural y su modernidad en sus métodos de enseñanza, la llevaban a entrar en conflicto con la comunidad rural. El director navarro ha creado una película pedagógica en todos los sentidos, una hermosísima lección de humanismo, donde tanto profes como alumnos, no solo pasarán un curso que no olvidarán, sino que saldrán transformados, y esa es la función más humanista que la enseñanza puede hacer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Matthias & Maxime, de Xavier Dolan

DESATAR LAS EMOCIONES.

“La única verdad es el amor irracional”

Alfred de Musset

Los amores imaginarios, segunda película de Xavier Dolan (Montreal, Canadá, 1989) arrancaba con la cita que encabeza este texto. Una cita que asevera que el amor no tiene nada de racional, sino todo lo contrario, una especie de maná de sentimientos contradictorios que llevamos e interpretamos como podemos. La sentencia de Musset podría ser la definición perfecta del cine de Dolan, una obra abundante, 9 títulos en 9 años, en una especie de biografía ficcionada, en la que participan sus amigos y él mismo, sustentada a través de las emociones más fervientes, conflictos sentimentales que llenan un imaginario que ya deslumbró en el 2009, con sólo 19 años, con su impresionante debut Yo maté a mi madre, en que a medio camino entre la realidad y la ficción, el jovencísimo talento canadiense hablaba de la relación dificultosa con su madre. En la citada Los amores imaginarios, del año siguiente, dos amigos, él, homosexual, y ella, hetero, se encaprichaban de una especie de adonis.

En Laurence Anyways (2010), componía un certero retrato sobre la identidad, otra de sus elementos esenciales en su cine, cuando un hombre que parece que ha conseguido su éxito personal y profesional, se destapa ante los suyos explicándoles su intención de cambiar de sexo. En Tom à la ferme (2013), se centraba en el descubrimiento de amores ocultos de un fallecido por parte de su novio.  En Mommy (2014) volvía a las relaciones oscuras de madre e hijo imaginando una distopía. En Sólo el fin del mundo (2016), adaptaba la obra de Jean-Luc Lagarce, para hablarnos de un joven que vuelve a la casa familiar para comunicarles una terrible noticia. En Matthias & Maxime, vuelve a mirar a los suyos y así mismo, para elaborar un retrato de aquí y ahora, en el marco donde se desarrolla su obra, donde un par de amigos de toda la vida, a raíz de un tímido beso en el corto de la hermana de uno de sus colegas, se sentirán diferentes, sentirán que algo ha cambiado, o simplemente, han despertado algo que ocultaban por miedo a convertirse en la persona que han ido construyendo.

Dolan sabe construir imágenes sugerentes y transmisoras, mezclando con habilidad una estética pop, llena de colores y formas, rodeada de una estética sofisticada y nada manierista, que cambia según el estado de ánimo de sus personajes, desde el apartamento lúgubre y oscuro, hasta el colorido de otros pisos, donde la luz y la diversidad nos atrapan, bien combinando con esa música que combina varios estilos desde la música sesentera hasta la electrónica más actual, y el sonido, con el que juega sin prejuicios ni coacciones, sino de una forma libre y armoniosa, que capta la esencia intrínseca de los conflictos interiores que se desatan en sus películas. Tenemos a Matthias, Matt, para los colegas, con un trabajo de abogada en promoción, una mujer a la que ama, una familia que lo quiere, y unos amigos con los pegarse una farra de tanto en tanto, y por el otro lado, tenemos a Maxime, homosexual, ganándose la vida como camarero, con una madre ida, y sus dudas existenciales, aunque ha decidido que pasará los dos próximos años viviendo en Australia.

El relato se centra en ese tiempo de antes del viaje, un tiempo en que, los vemos paralelamente en sus respectivas vidas, imaginándose o soñando al otro en silencio, consigo mismos. Un tiempo en que tanto Matt como Maxime harán lo imposible por encontrarse y hablar sobre lo ocurrido, evitándose constantemente, como si fuesen amantes despechados o algo parecido, aunque el encuentro o mejor dicho, el reencuentro será inevitable y tanto uno como otro, deberán mirarse al espejo de las verdades y expresar todo aquello que sienten y ocultan a los demás y sobre todo, a sí mismos. Dolan rodea el conflicto a través del grupo de amigos, unos descerebrados con muchas ganas de pasarlo bien y disfrutar de las fiestas que asisten, quizás esa despreocupación de alrededor, aún hace más invisible y contundente la tensión sentimental y sexual que existe entre los dos protagonistas.

Dolan que escribe, monta, dirige, y protagoniza muchas de sus películas, toma el rol de Maxime, enfrascado en su propia contradicción de abalanzarse sobre Matt, pero con ganas de huir de una existencia mísera llena de conflictos, bien marcada por esa ausencia interna que refleja constantemente. Por su parte Matt, bien interpretado por Gabriel D’Almeida Freitas, con ese aspecto varonil y fuerte, intentando parecer seguro aunque pro dentro este rompiéndose, es la antítesis de la fragilidad, tanto emocional como física que desprende Maxime, aunque quizás solo sea fachada y los dos están embarcados en  esa fragilidad emocional que tanto enferma a muchos en este mundo contemporáneo donde se habla mucho de banalidades, y se callan las cosas importantes, como las emociones que sentimos por los demás y ocultamos porque aquello no va con nosotros, la sarta de mentiras en las que vivimos, porque lo que se espera de nosotros, no tiene nada que ver con lo que sentimos realmente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Loud Krazy Love, de Trey Hill y Scott Mayo

EL AMOR ES EL CAMINO.

“Amar no es solamente querer, es sobre todo comprender.”

Françoise Sagan

Loud Krazy Love, el debut en el largo documental de los estadounidenses Trey Hill y Scott Mayo, podría ser otra crónica más de muchas bandas de rock, que nos habla de éxito, drogas y autodestrucción, peor la película no solo se queda ahí, va mucho más allá, y aparte de lo mencionado, el relato se centra en la redención de Brian “Head” Welch (Torrance, California, 1970) guitarrista y fundador de KoRn, una banda de nu metal (un género que combina heavy metal con hip hop, grunge, rock alternativo o funk) cuando al nacer su hija Jennea en 1998, y su salvaje vida de drogas y descenso a los infiernos, optó en el año 2005 por dejar la banda que lo convirtió en rockstar y millonario, convertirse al cristianismo e iniciar una nueva vida de perdón y paz interior buscando a Dios y convertirse en un buen padre para su hija. Trey y Mayo, que habían pasado por cortometrajes, producción y publicidad, construyen una crónica que abarca más de dos décadas en la vida de Brian Welch, recuperando imágenes filmadas en video doméstico, de conciertos de KoRn, del backstage de la banda, y otras imágenes filmadas para la ocasión, con la inclusión de diferentes testimonios que nos van explicando la vida de Welch, desde sus padres, los miembros del grupo, amigos varios, su propia hija, y de él mismo.

La película nos habla de música, de éxito, pero también, de su otra cara, más oculta y compleja, como la de gestionar todo eso, y los mecanismos de autodestrucción de los seres humanos, la búsqueda de la identidad, el sentido de la existencia, y sobre todo, encontrar en nuestro interior todo aquello que somos y hacia donde queremos ir y estar. Welch se desnuda frente a la cámara, describiendo minuciosamente su vida, su música, y su caída al abismo, y su conversión al cristianismo, sus dudas, sus confusiones, los conflictos de la paternidad, su difícil relación con su hija, y los problemas de identidad y autodestrucción que también tuvo su primogénita, y seguimos la andadura de cuando un joven que creció en Bakersfield (California) junto a su amigo de la infancia forman KoRn, uno de los grandes grupos de rock que logró el éxito de ventas a finales de los 90 y principios del siglo XXI, convirtiéndose en grandes rockstar perseguidos por los fans y en boca de todos.

El núcleo de la cinta se detiene en los conflictos de la rockstar enfrentado a su paternidad y la educación de su hija, y los problemas generados en la adolescencia de Jeneea, en el que un padre intenta por todos los medios estar con su hija pero a veces la niña se encuentra sola y perdida. Hill y Mayo nos hablan a tumba abierta de las experiencias de Brian Welch, sin ningún pudor ni escondite emocional, sino enseñando la cara más amable del éxito y su rostro oscuro, el camino redentor hacia Dios del músico, y después, los primeros años tristes de la vida de Jeneea, rodeada del universo musical, un mundo demasiado complejo e inquieto para ella, y luego, las dificultades para ser ella misma y tener una relación buena entre padre e hija. El relato en primera persona e íntimo de Welch y Jennea, da continuos saltos en el tiempo, creando esa atmósfera de confusión y de idas y venidas en la existencia del guitarrista y las relaciones con los miembros del grupo, su hija y su vida. Los directores estadounidenses han construido una película desde el amor, de los tortuosos caminos para encontrarlo y abrazarlo, como único camino de salvación para entender y comprender a los demás y sobre todo, a uno mismo, lanzándose a toda la sabiduría que contiene y dejando los miedos e inseguridades para de esa manera encontrarse a sí mismo, y estar en paz, y entender a los otros, en el caso de Welch, a su hija Jennea.

Loud Krazy Love nos habla de amor, de nosotros y de los demás, de la capacidad o incapacidad de amar, de comprenderse y comprender, de sentir y sentir al resto, sobre todo, a los que tenemos más cerca, abriéndose a los que más queremos, ofreciéndoles lo que somos, con nuestras virtudes y miedos, con todo lo que tenemos en nuestro interior, para así amar sin condiciones ni inseguridades, un camino difícil y muy oscuro, pero el único camino posible para estar bien con los demás y con nosotros mismos, encontrándonos con aquello que siempre hemos sido, y luchas con todas nuestras fuerzas para volver a nuestra esencia, a aquello que jamás debimos abandonar, porque perdimos lo que somos y de dónde venimos, en este sentido, la película es un ejercicio de intimidad absoluta que muestra sin sentimentalismos la dureza del amor sin medida, y nos invita a encontrar su justa medida, ese equilibrio que nos ayude a amar a los demás y sobre todo, a amarnos a nosotros mismos, aceptando nuestros miedos, inseguridades y monstruos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Enric Auquer

Entrevista a Enric Auquer, actor de la serie «Vida perfecta», de Leticia Dolera. El encuentro tuvo lugar el martes 15 de octubre de 2019 en el auditorio del Movistar Centre en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Enric Auquer, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Deborah Palomo y Nuria Terrón de Ellas comunicación, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.

Acuarela, de Silvio Soldini

ADAPTARSE AL OTRO.

“Nosotros, aunque quisiéramos no podemos quedarnos en la apariencia. Tenemos que ir más allá”

La primera secuencia de la película nos sitúa en una pantalla totalmente negra, no vemos absolutamente nada, solo escuchamos voces, voces de una serie de personas que lentamente nos irán descubriendo que están asistiendo, junto a una monitora, a un ejercicio en el que deben transitar e interactuar por un espacio completamente en negro, a oscuras, en el que tendrán que dejarse llevar por sus otros sentidos, experimentando las situaciones cotidianas que deben vivir las personas invidentes en su devenir diario. El nuevo trabajo de Silvio Soldini (Milano, Italia, 1958) se mueve entre estos parámetros, en los que sus personajes deberán adaptarse al otro, a una situación completamente ajena a ellos, a un nuevo conflicto que deberán lidiar. El cineasta italiano, con una trayectoria de más de tres décadas dirigiendo películas, nos sumerge en una comedia ligera con algo más, me explico, tenemos por un lado a Teo, un cuarentón de buen ver, que se dedica a la publicidad, ese mundo que vende apariencias, y tiene una vida sentimental desordenada y extremadamente superficial, yendo de flor en flor, y lanzando embustes a diestro y siniestro, y además, tiene una relación nula con su madre y los hijos de esta. Pero, un día conoce a Emma, que reconocerá como la monitora del ejercicio que abre la película, aunque ella es osteópata y además, ciega.

Lo que empieza como una sucesión de citas sin más, se irá convirtiendo en algo más, en algo que los va atrapando desde la intimidad y lo más sencillo, donde Teo, el hombre de su tiempo, de vida y polvos frenéticos, que todo lo hace deprisa y al día, descubrirá otro mundo de la mano de Emma, un mundo diferente, un universo lleno de colores, texturas y aromas, un mundo desconocido para él, que requiere reposo y lentitud, saboreando cada instante, cada momento, observando las cosas imposibles a la vista, utilizando de forma directa e intensa todos los demás sentidos, dejándose llevar por un mundo invisible, asombroso y solamente al alcance de aquellos que quieran explorarlo y sobre todo, explorarse. La película con un desarrollo desigual y a veces, demasiado reiterativo, funciona como una deliciosa y tierna comedia romántica, que critica con vehemencia el ritmo y la velocidad de la actualidad, con tiempos impuestos por esa carrera competitiva a ver quién vende más y trabaja más para vender más.

Otro de los puntos fuertes de la película es su visión sobre el mundo actual de los invidentes, pero no lo hace desde la compasión o el dramatismo, sino desde todo lo contrario, abriéndonos todos los ángulos posibles, sumergiéndonos en la vida de Emma, una ciega completamente independiente, que vive su profesión y su cotidianidad de manera natural, con los conflictos propios de alguien de su edad, que también da clases de francés a una adolescente que acaba de perder la vista, e incluso, juega al beisbol y siente que su vida cada día es una gran aventura. En cambio, Teo es un tipo con la quinta marcha todo el día, que nunca ha querido a nadie, y se debate entre un trabajo que le fascina, y esas amantes que le llenan ese vacío del que no sabe ni intenta querer a los demás, empatizar y sobre todo, mirar al otro, con sus defectos y virtudes, adaptándose al otro, sintiendo que una relación se construye a través del otro, caminando juntos y yendo desde el mismo lugar y compartiendo la alegría y la tristeza.

Una pareja protagonista sólida y cercana consigue convencernos e introducirnos en la trama de manera tranquila y sin demasiadas estridencias. Por un lado, tenemos la experiencia de una actriz sólida y convincente como Valeria Golino, que resuelve con acierto y sobriedad su ceguera y sus ritmos emocionales y demás, creando un personaje sincero y honesto que funciona como contrapunto perfecto al personaje de Teo, interpretado con solvencia y sinceridad por Adriano Giannini, un actor que tiene en su currículo a gente como Olmi, Tornatore o Minghella. Soldini construye una película ligera, pero con contenido emocional, que se ve con interés y emoción, aunque esa visión del hombre moderno en momentos resulta algo estereotipada, sin embargo, los mejores momentos de la película son los encuentros de Emma y Teo cuando se encuentran solos y van descubriéndose el uno al otro, abriendo su interior y disfrutando de aquello que son, con sus diferencias, peculiaridades y demás emociones. Quizás, la parte final de la película, cuando el personaje de Teo se enfrentará a sus propios espejos emocionales y tomará un rumbo que no esperaba, el conflicto adquiere su forma más atrevida y sincera, explorando aquellos lugares oscuros del alma humana, aquellos que nunca queremos visitar, aquellos a los que no somos capaces de enfrentarnos, lugares en los que anida lo mejor de nosotros aunque tengamos que sufrir para sacarlo a la superficie.