La decisión, de Mohamed Al-Daradji

EL ALMA DE LA TERRORISTA.

Estamos en Bagdad (Irak) el 30 de diciembre del año 20016, primer día del Eid al-Adha – la celebración del Sacrificio, una de las más sagradas festividades musulmanas – son las primeras horas del amanecer, la cámara cenital sigue el paso firme y sereno de una joven que se encamina en dirección a la estación central de Bagdad, donde ese día tiene previsto una ceremonia de reapertura, después de los tres años de guerra devastadores. La cámara se posa en el rostro de la joven que se llama Sara, impertérrita y decidida, se adentra en la estación y se sienta en uno de los bancos. El bullicio es enorme, las gentes se confunden con los viajeros apresurados, Sara mira a su alrededor, como expectante, como si algo tuviera que suceder de un momento a otro. Se sienta junto a ella un joven que se llama Salam, que intenta seducirla, Sara se levanta y Salam la sigue, y debido a su insistencia con Sara, esta lo acorrala contra la pared y le muerta un detonador que guarda celosamente en el bolsillo. Salam, sin respuesta y en silencio, no tiene más remedio que acompañar a Sara que se pierden hacia el exterior. El tercer largo de ficción de Mohamed Al-Daradji (Bagdad, Irak, 1978) vuelve a centrarse en la guerra de su país, pero ahora, bajo premisas diferentes, en su debut, Ahlaam (2005) se detenía en las vicisitudes de unos enfermos de un psiquiátrico mientras el ejército de EE.UU. llevaba a cabo su ofensiva, en la siguiente, Son of Babylon (2009) un niño kurdo buscaba a su padre desaparecido después de la caída del régimen de Saddam Hussein.

Ahora, en su nuevo trabajo se centra en la jornada de una terrorista suicida, un único día, y en su misión, en esa decisión que habla el título de la película, y sobre todo, en el encuentro fortuito con Salam, el cual intentará por todos los medios que desista de su empeño, abogándola hacia el sentimiento humano, hacia la estupidez de su plan, y sobre todo, de volver a sentirse persona después de la guerra, de volver a levantarse y mirar de nuevo, aunque para ello allá que arrastrar tantas pérdidas, tantas heridas sin cerrar y tanta miseria vivida. El cineasta iraquí centra su película en Sara y Salam, pero no olvida las microhistorias que pululan por el microcosmos de la estación, desde el niño limpiabotas, la niña vendedora de flores o aquel otro niño que vende cigarrillos, esa infancia desamparada y rota, que sobrevive con lo poco que puede, o aquel represaliado político que después de 20 años preso, toca el clarinete con su banda mientras lidia con su enamorada tantos años de angustia y terror, o la mujer huida de su familia que la quiere matar que intenta empezar de nuevo junto a su bebé, o esa niña que también escapa obligada a casarse por su familia, y entre tantas pequeñas o grandes dramas, los soldados estadounidenses que siguen dirigiendo y maltratando las vidas de tanta gente que ha sufrido.

Al-Daradji nos habla de política, pero sin hacer un discurso político ni nada por el estilo, sin posicionarse en ningún momento, dejando paso al humanismo, apelando al sentimiento humano, o a lo que queda en el almas de estas personas, sobre todo, en Sara, esa mujer joven de pasado traumático que ve en el atentado su forma de luchar contra la opresión y salvarse ella mismo, dirigida por otros, aleccionada por psicópatas en la sombra, y luego, tenemos a Salam, que quizás no destaca por su ejemplaridad como ciudadano, pero tiene buen corazón, él engaña a sus clientes, pero no es un asesino, a pesar de todo, cree en las personas, mira de frente a los demás e intenta, como todos en la estación, ganarse cuatro duros para seguir hacia adelante, con muy poco eso sí, pero al fin y al cabo, hacia delante, a mirar lo que vendrá con algo de más optimismo que ayer. El realizador iraquí no esconde sus influencias neorrealistas, sobre todo, en el Rossellini más humanista e íntimo, que miró a sus personajes heridos con sinceridad y honestidad, donde esas almas rotas intentaban seguir con la vida a pesar del horror cotidiano.

La película crece y se engrandece considerablemente cuando el rostro de Zahraa Ghandour, que da vida a Sara, agarra la historia, y con su mirada profunda y ese gesto de pérdida y soledad, se adueñan del encuadre, creando los momentos más extraordinarios de la película. A su lado, Amir Ali Jabarh consigue acompañar con aplomo su personaje, un tipo corriente, pero que se convertirá en la mejor compañía para Sara, en ese espejo deformado donde la realidad ya no parece de la misma manera que nosotros la creíamos, donde nuestra convicciones políticas y sociales, adquieren otra textura, otra piel, como si las cosas se transformarán en otra cosa, en el que nuestro camino se tambalea y podemos mirar más allá, a los demás, a los invisibles, a los que parece que no existen, pero andan de un lado a otro, trabajando con lo poco que tienen por su oportunidad, su momento, aunque nuestro alrededor parezca empeñarse en lo contrario, en lo más negro y oscuro. 

Entrevista a Alba Sotorra

Entrevista a Alba Sotorra, directora de la película “Comandante Arian”, en las oficinas de su productora en Barcelona, el miércoles 17 de octubre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alba Sotorra, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Of Fathers and Sons, de Talal Derki

EL LEGADO DE LA YIHAD.

“Cuando era pequeño, mi padre me enseño a escribir mis pesadillas para impedir que volviesen. Me fui muy lejos para escapar de la injusticia y de la muerte. Desde que empezamos a construir nuevos hogares en el exilio, el yihadismo salafista ha vivido una era dorada en el hogar que dejamos. La guerra sembró semillas de odio entre vecinos y hermanos, y ahora el yihadismo salafista está recogiendo los frutos. Intentando ocultar mi inmenso miedo, me despedí de mi mujer y de mi hijo y partí hacia la tierra de los hombres que anhelan la guerra. Al norte de Siria, a la provincia de Idlib, controlada por al Qaeda, también llamada Frente al Nusra. Me presenté como fotógrafo de guerra”.

Talal Derki.

De todas las imágenes terribles de la Guerra Civil Española hay una que me aterroriza entre todas, la de unos niños jugando en una colina simulando un fusilamiento, un juego que se convierte en el fiel reflejo del contexto en el que viven, un contexto de guerra, muerte y destrucción. Aunque hayan pasado más de 80 años de esa imagen, esas imágenes se siguen produciendo, niños que viven el horror de la guerra, el horror de la muerte, que crecen en realidades horribles, donde asesinar es lo cotidiano, donde sus juegos infantiles acaban siendo un reflejo de esa realidad miserable que viven diariamente.

El arranque de la película resulta demoledor y bestial, donde observamos a unos niños jugando al fútbol en mitad de la desolación y la destrucción del paisaje, en el que ese incio nos viene a decir que hasta en los lugares más crueles de la tierra, la vida se abrirá camino y siempre habrá unos inocentes que jugarán. Talal Derki (Damasco, Siria, 1977) ha trabajado para la televisión árabe y para agencias de información tan importantes como la CNN, y ha vivido la desmembración de su tierra desde la proximidad, unos hechos que empezaron con la movilización social para acabar con el régimen de Bashar Al Asad, que después originó la guerra que todavía continúa, hechos que ya plasmó en su documental Return to Homs (2013) donde seguía durante tres años a un futbolista que era activista de todos estos movimientos políticos y sociales. Ahora, en su nueva película va más allá, y se mete en la cotidianidad del otro, de los que están en la otra línea de fuego, en la vida de Abu Osama, miembro del grupo Al-Nusra, la rama de Al-Qaeda en Siria, que lucha contra las tropas del gobierno del Al Asad, y la compañía de sus ocho hijos, cruzando el difícil frente del Norte del país, para convivir durante dos años y medio en este ambiente familiar y de guerra.

Derki se convierte en un testimonio único y brutal en el que muestra con su cámara esa cotidianidad que duele y horroriza, porque los momentos tiernos y sensibles del padre a sus hijos, se mezclan con los disparos, las incursiones bélicas y la desactivación de minas y bombas, tarea en la que el padre es un especialista. Esa cotidianidad que vemos sin artificios ni efectos, es una cotidianidad asumida dentro del ambiente de guerra, en el que los niños siguen con sus juegos a pesar de todo, juegos bélicos, juegos donde se pelean, fabrican artefactos caseros y se mueven entre las ruinas de un país que lleva más de 7 años de guerra y destrucción. El cineasta sirio filma desde la más absoluta cercanía y proximidad, sin trampa ni cartón, desde esa realidad miserable, donde la vida y la guerra se mezclan y se funden, con dos partes divididas: en la primera, somos testigos de las incursiones bélicas del padre y sus compañeros combatientes, mientras los hijos quedan más al margen, unos hijos que adoran a su padre, que se muestra tierno y sensible con ellos. En la segunda mitad, los niños cogen más protagonismo, sobre todo, dos de ellos, Osama, el mayor de 12 años, y Ayman, el que sigue, el mayor quiere seguir los pasos del padre y le vemos asistir a los entrenamientos para convertirse en un futuro soldado de la yihad (son escalofriantes el adoctrinamiento por parte de los adultos y todas las pruebas que les hacen pasar) en cambio, Ayman, desea volver a la escuela cuando la guerra se lo permita.

Derki nos habla de guerra, violencia, deshumanización y educación, sobre un padre que cree profundamente en una sociedad que vive bajo las leyes de la sharía, y educa a sus hijos bajo esa doctrina religiosa, donde su fe y sus armas son las únicas y válidas herramientas contra los infieles y enemigos que luchan contra ellos, en una guerra cruenta, compleja y demoledora, que está acabando con el país y sus habitantes. Derki ha construido una película necesaria y valiente, una cinta terrible sobre la intimidad de los radicales, sobre la guerra desde lo más profundo, y sobre todo, una película sobre la educación, ese adoctrinamiento de los padres a los hijos, al terrible legado que les dejarán en sus vidas, esas semillas de odio a los demás, a esos supuestos enemigos, pesadas huellas violentas que deberán arrastrar durante todas sus vidas, unas existencias condenadas por un destino atroz y salvaje, en el que tendrán que convivir con la muerte diariamente, en unos niños que no han conocido otra cosa que no sea la muerte, la destrucción y las armas como compañeras de juegos, unos inocentes que han crecido a través de la ignominia y el odio hacia el otro, convirtiéndose en seres abyectos y miserables donde matar es lo normal, donde matar forma parte de sus vidas, como comer, jugar o amar.

Maquia, una historia de amor inmortal, de Mari Okada

LOS HILOS MATERNOS.

“Cuando te enamores, sabrás lo que es la soledad.”

El arranque de la película nos sumerge en un universo fantástico, en una tierra donde las cosas funcionan con otro ritmo y sobre todo, otra sensibilidad, con esa asombrosa naturaleza y su eplendorosa belleza de flores y colores (una caracterísitica de los anime donde nunca falta el amor hacia la tierra y la naturaleza). El pueblo de Iorph, alejado del mundo que conocemos, está habitado por chicas que nunca envejecen, siempre mantienen esa tez brillante y jovial en sus cuerpos, mientras tejen una finísima y única tela llamada Hibiol, que supone su sustento ya que se vende a las mil maravillas. Toda esta fantasía y armonía desparece cuando el ejército Mezarte las ataca con el fin de capturar esa sangre que les mantenga jóvenes para siempre. El mundo de Iorph desaparece y todo se desintegra. Maquia, una de las mejores tejedoras, y de especial sensibilidad, escapa en el caos, y vaga por el bosque. Un día, encuentra a un bebé huérfano en mitad de un poblado arrasado. Maquia lo cogerá y lo cuidará, y le pondrá el nombre de Ariel. Mari Okada (Chichibu, Saitama, Japón, 1976) lleva veinte años trabajando en televisión creando animes de éxito, despuntando como guionista, en los que ha tenido tiempo para escribir películas de acción real y anime, como El himno del corazón (2015), dirigida por Tatsuyuki Nagai, en la que también se describía a una chica especial, que debido a sus problemas de salud que le impiden hablar con normalidad, sólo se comunicaba con mail y mensajes de móvil, y más aún cuando el nuevo tutor le ofrece participar en un musical.

Ahora, Okada se pone tras las cámaras por primera vez para contarnos una magnífica fábula sobre las relaciones materno filiales, a través de 80 años, que es toda la vida del personaje de Ariel, y lo hace con una trama dividida en dos partes: en la primera, conoceremos el mundo de Maquia, sus relaciones, las tejedoras y ese universo de fantasía y amor, ya en el segundo bloque, cuando Ariel se ha convertido en un joven sano y fuerte, la película se traslada a la gran ciudad, Mezarte, donde los dos se ganan la vida como camarera, y el joven, en la fundición. Una vida dura y sucia, muy diferente a aquellos años en Iorph, y cuando Ariel era pequeño en el campo. Ahora, los diferentes personajes se van entrelazando con la amenaza y posterior guerra que se desata provocando nuevamente el caos al que asistimos en el ataque de Iorph. Okada va contándonos toda una vida de sus personajes, donde Maquia actúa como madre protectora de todos ellos, ayudándolos y velando por ellos, sin descanso y sin queja.

La cineasta japonesa nos envuelve en una factura visual apabullante, donde nos envuelve en esas historias entrelazadas de unos y otros, en el que cada detalle está estudiado y encaja perfectamente en la trama que nos cuentan, donde la mezcla de realidad y fantasía es abrumadora, fundiéndose en uno sólo (como esa fundición de la ciudad que guía a todos los que trabajan en ella, casi como una mater industrial) realizada con una naturalidad asombrosa, donde cada secuencia contiene una historia en sí misma, en el que los personajes emanan pasión por los cuatro costados, guiados por el amor hacia aquellos que les rodean, o al menos lo intentan, donde Maquia se convierte en un ser mitológico que ha llegado a sus vidas para protegerlos y cuidarlos hasta el fin. Maquia es uno de esos personajes que pueblan los anime, chicas jóvenes de una sensibilidad especial, de aspecto romántico, y de gran belleza, que suelen ser introvertidas y muy reservadas, y a pesar de una más en los mundos que habitan, tienden a ser personas a las que les cuesta encajar, a pesar de los tremendos esfuerzos que hacen para ello, convirtiéndose así en personas que acaban generando un mundo de fantasía, alejado de la realidad compleja que las rechaza, para así mantener sus ilusiones y sueños intactos, y sobre todo, seguir esperanzadas ante la vida.

Okada ha construido una película de endiablado ritmo, sus casi dos horas de metraje pasan volando, con una trama que adquiere complejidad en algunos tramos, pero que la directora sabe superarlos con claridad y tensión, siguiendo a sus personajes con atención y sensibilidad, sin aspavientos sentimentales ni giros forzados de guión, sino contándonos sus historias personales, sus diferentes edades, y continua evolución de emociones, en los que viven alegrías y tristezas, donde el amor y la tragedia parece ser un sino de sus vidas. Una película fantástica y realista, que toca diversos y complejos temas como las relaciones materno filiales, el amor, la vida, la muerte, la guerra, y el tiempo, como base de la existencia de unos personajes atrapados por su destino, donde hay tragedia griega, donde madres, hijos y nietos, se irán cruzando por las vidas de Maquia, contribuyendo al maravilloso anclaje argumental, emocional y vital que desprende la cinta de Okada, una directora que esperemos que vuelva a ponerse tras las cámaras lo más pronto posible.


<p><a href=”https://vimeo.com/295198405″>MAQUIA – Una historia de amor inmortal – TRAILER VE</a> from <a href=”https://vimeo.com/selectavision”>SelectaVisi&oacute;n</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Comandante Arian, de Alba Sotorra

 ¡JIN, JIYAN, AZADI! (¡MUJERES, VIDA, LIBERTAD!)

«Echo de menos a mis compañeras, la lucha, la guerra. Echo de menos compartir su dolor y sus dificultades, y compartir también la alegría de la liberación. Sufrir y luego disfrutar de la libertad es algo increíble».

Comandante Arian

Hace tres años, Alba Sotorra (Reus, 1980) sorprendía a propios y extraños con Game Over, en el que nos hablaba de Djalal, un joven que desde pequeño soñaba con ser soldado profesional, pero cuando estuvo en primera línea de fuego, se sintió decepcionado de la guerra que vio y que sólo conocía a través de los videojuegos y su alter ego online, un soldado de élite que se enfrentaba a peligrosos enemigos en sus misiones secretas. Un ejercicio contundente, personal y reflexivo sobre la fascinación de la guerra, la violencia y las imágenes que nos invaden constantemente sobre temas bélicos y violentos. Ahora, Sotorra vuelve con una película que tiene la guerra como foco de atención, pero desde otro punto de vista, el de un grupo de mujeres combatientes en la guerra de Siria, las YPJ (Unidades de Defensa de Mujeres) un grupo  formado en el año 2013 sólo de mujeres, en su mayoría kurdas, para combatir al Dáesh (Isis), para defender su tierra y su condición como mujeres libres.

La película se introduce en la piel de estas mujeres a través de una de sus líderes, Arian Afrîn, la “Comandante Arian”, y nos cuenta de un modo íntimo y personal, su diario de guerra en el asedio de la ciudad de Kobane para reconquistarla y acabar con el Estado Islámico. La película se estructura a través de dos tiempos, en el presente, estamos en el 2016, cuando Arian, que ha recibido cinco heridas de bala, se recupera lejos del frente, y en el pasado, cuando Arian y su batallón de combatientes, emprenden el asedio para liberar Kobane. La cámara de Sotorra, y ella misma,  se camuflan junta a las mujeres, convirtiéndose en unas combatientes más, dejando fiel testimonio de las experiencias sanas y terribles que iremos viendo a lo largo de sus 80 minutos de metraje, en las que habrá momentos de paz interior, o violencia bélica, y también, tiempo para compartir, recordar y sentir, en las que escucharemos sus conversaciones, sus inquietudes, sus soledades, (des) ilusiones, sacrificios e ideales, su pasado bajo el yugo machista, y su futuro, al que todas lo encaran con esperanza por una tierra mejor, más justa, igualitaria y solidaria.

Vemos con detalle y profundo análisis su cotidianidad, su entorno y los compañeros masculinos que las acompañan luchando codo a codo en el campo de batalla, donde escuchamos con precisión el ruido de las bombas, el silbido de las balas, y las continuas refriegas que se van produciendo, dentro de un entorno de camaradería, compañerismo y libertad, una libertad que se ganan diariamente con su kalashnikov y valentía. La directora catalana nos habla de guerra, de vida y muerte, sin caer en el heroísmo y la plasticidad de unas imágenes que no son bellas o complacientes, sino duras, ásperas, y en ocasiones, tremendas, que quitan el aliento por su terrible dureza, pero la película nunca cae en eso, se mantiene firme en contar con alegrías y tristezas las vidas de este batallón feminista de manera clara y precisa, en el que nos la presenta como mujeres de carne y hueso, mujeres que nos podríamos encontrar por la calle en otras circunstancias, despojándolas de cualquier aura de espiritualidad o por el estilo, la cinta extrae su humanidad, su fuerza y su voluntad, esa voluntad de hierro y determinación que las dejar a sus familias, y por ende, su destino marcado como esposas y madres, para liberarse de sus porvenires anulados, y vivir libremente y como ellas quieren, aunque para ello tengan que pegar tiros y jugarse la vida cada día.

Arian y su batallón de mujeres despierta una fuerza brutal y unos ideales perdidos por nuestros lares, donde la fuerza del equipo y la fraternidad se convierten en sólo uno, donde van todas a una, ayudándose y levantándose unas a otras, siguiendo en pie a pesar de las bajas y los problemas de la guerra, porque todas juntas llegarán hasta donde las armas y el coraje les aguante. Sotorra nos brinda una película humanista y cercana, donde se explora con claridad y detalle la condición humana, donde el término libertad adquiere significados distintos a los que nosotros conocemos, donde la individualidad y los conflictos a los que nos enfrentamos diariamente, se diluyen en la nada, observando a estas mujeres y sus circunstancias, unas mujeres de gran fortaleza y virtud, que rompen estereotipos y tradiciones milenarias para ser ellas mismas, y sobre todo, defender aquello que consideran importante para ellas y su tierra, defendiendo a tiros valores humanos que aquí hemos olvidado hace demasiado tiempo.

La directora reusense nos brinda una película necesaria y valiente, una película que le ha llevado tres años de filmaciones, entre idas y venidas, un documento muy alejado de la visión de los informativos occidentales, en los que parece que la guerra siempre la hacen los hombres, y nunca sabemos nada de las mujeres. Un trabajo sincero y honesto, que recuerda a las películas de Rithy Panh o Wang Bing, en la forma de colocar la cámara y filmar las conversaciones y el entorno de estas combatientes kurdas, en las que la relación entre cineasta y el objeto filmado acaba diluyéndose y creando una relación diferente e íntima, en el que todo se mezcla y adquiere una proximidad que nos traspasa y nos acaba convirtiendo a los espectadores en seres activos y reflexivos de las imágenes que estamos viendo, y creando ese vínculo mental entre la cineasta y sus personas. Sotorra construye una cinta emocionante y bella en sus valores humanísticos sobre unas mujeres que viven y guerrean diariamente por su libertad, por su identidad y por vivir en una tierra mejor, aunque para ello tengan que perder su vida o ver como la pierden algunas de sus compañeras.


<p><a href=”https://vimeo.com/290442289″>Comandante Arian – Trailer Oficial</a> from <a href=”https://vimeo.com/albasotorra”>Alba Sotorra Clua</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Un día más con vida, de Raúl de la Fuente y Damian Nenow

EN EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS.

Un día más con vida es inmensamente personal. No es sobre la guerra o sobre las partes en conflicto, sino sobre estar perdido, sobre lo desconocido, sobre la incertidumbre en la suerte de uno. A menudo vemos en situaciones en las que estamos seguros de que esa vez no vamos a escapar de las garras de la muerte. Y luego al siguiente día nos despertamos aliviados y decimos “Bueno, ha sido un día más con vida, y otro espera por delante”

Ryszard Kapúscinski

El 25 de abril de 1974, en Portugal estalló “La revolución de los claveles”, el levantamiento militar que acabó con la dictadura de Salazar, hecho que propicio la ausencia de poder en las colonias, lugares que se vieron envueltos en estadillos de violencia que provocaron guerras civiles por el control del país en cuestión. Uno de esos países fue Angola, que en 1975 era un hervidero de incesantes focos de guerra y violencia diseminados por diversas partes del país. Un país en el que luchaban el pueblo con ideas revolucionarias contra los poderes facticos que querían a toda costa mantenerse en el poder y seguir sometiendo al pueblo. O dicho de otro modo, las dos grandes potencias mundiales, la Unión Soviética apoyada al pueblo y EE. UU al poder. Angola, un país perdido en el sur de África, al que nadie parecía hacerle caso hasta el año 1975, amén de los portugueses, se convertía en el escenario elegido para dirimir la Guerra Fría. Y cómo no hay guerra, si alguien no la cuenta. Allí, se encontraba Ryszard Kapúscinski (1932-2007) enviado por una agencia polaca, reportero curtido en mil batallas Latinoamérica, Asia y África, que un año más tarde, en 1976, plasmó toda la experiencia vivida en su libro Un día más con vida.

La película arranca de forma brutal y enérgica, sumergiéndonos en el ambiente caótico que se vivía en aquel 1975 en Luanda, la capital de Angola, en un ir y venir de gentes, que se mueven con prisas de un lugar a otro, Kapúcinski lo observa todo desde el balcón de su hotel, como los portugueses abandonan el país, y todo se ha vuelto gris y sangriento de un día para otro. Aunque el reportero polaco es un hombre de acción, alguien que está allí para contar lo que sucede, para vivir en primera línea los acontecimientos, y acaba convenciendo a un colega angoleño, Artur Queiroz para que lo acompañe a conocer al Comandante Farrusco, un portugués que ha desertado y se ha puesto a combatir a favor de los más desfavorecidos. El cineasta español Raúl de la Fuente ya había dado cuenta de su mirada documental en su primera película con Nömadak Tx (2006) un recorrido musical por los espacios más recónditos y atávicos del planeta. Tres años más tarde, funda Kanaki Films con Amaia Rémirez y emprenden la producción del corto Minerita (2013) que cosecha grandes premios internacionales. Ahora, Rémirez , en labores de producción y coguionista, y la ayuda de Damian Nenow, el codirector polaco encargado del 3D de la película, firman su primera película de animación, basada en el libro de Kapúscinski, con 60 minutos de dibujos animados, y 20 minutos de acción real, donde entrevistan a los verdaderos protagonistas que se cruzó Kapúscinski en su aventura suicida por la devastada y caótica Angola.

De la Fuente y Nenow nos enfrascan en una road movie, en que el reportero intrépido querrá ir al lugar más caliente de la guerra, a ese encuentro con Farrusco, el viaje será muy peligroso y lleno de obstáculos, como la desconfianza de los rebeldes, como la joven Carlota, una chica de 19 años que ya es líder de un grupo importante. Siguiendo la línea de la novela de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, que sirvió de base argumental para las películas el corazón del bosque, de Manuel Gutiérrez Aragón y Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, De la Fuente y Nenow nos llevan por una película de aventuras, brutal y terrorífica, en el que los momentos de paz y descanso son mínimos, con una extraordinaria imagen visual, llena de colorido y acción, donde la fisicidad de la película, se mezcla con gran acierto con la interioridad de Kapúscinski, creando imágenes psicodélicas y extravagantes, que ayudan a comprender el estado mental de confusión que se palpaba a cada centímetro de tierra.

La propuesta resulta interesante y conmovedora, sin necesidad de recurrir a ninguna artimaña sentimental o del estilo, sino cazando la sinceridad de los personajes, las acciones y la mezcla de puntos de vista en mitad del conflicto, junto a las entrevistas a los verdaderos protagonistas, la documentación gráfica que nos muestran y las imágenes reales de la Angola actual, ofrecen un poderoso abanico de miradas, reflexiones y argumentos que ayudan a mirar el conflicto de Angola, uno de los más longevos del mundo con 27 años de Guerra Civil, desde puntos de vista diferentes y antagónicos, para que nos podamos hacer una idea de la controversia que se vivió en aquellos meses, donde la información que se tenía era escasa y poco fiable. Acompañamos la aventura de Kapúscinski a su par, viendo el horror que él ve y siente, conociendo a tantas personas anónimas que hacen la guerra (como explicaba el Miralles de Soldados de Salamina, tantos y tantos jóvenes que mueren en estúpidas guerras y son olvidados, como le instará Carlota al reportero, que su nombre no se olvide y hable de ella).

Una película emparentada a otros grandes trabajos en la animación sobre el documento histórico, en su revisión y la capacidad de las imágenes animadas para construir universos complejos que mezclan físico e interior de los personajes, como ocurría en La tumba de las luciérnagas, de Isao Takahada, sobre la supervivencia japonesa de la segunda guerra mundial, o en Cuando el viento sopla, de Jimmy T. Murakami, en la que nos relataban la vida de dos ancianos después de una explosión nuclear, en Persépolis, de Majane Satrapi, nos explicaba la odisea de crecer mujer en Irán, y Vals con Bashir, de Ari Folman, un retrato biográfico de la experiencia bélica en la primera guerra del Líbano. Documentos de animación, donde dejan evidente la capacidad del género para acercarse a realidades difíciles y controvertidas, donde queda plasmado el poder de la imaginación visual para describir el alma de aquellos personajes que viven situaciones angustiosas y horribles, desde miradas sobrias y poéticas.

Un día más con vida es una película poderosamente visual, que la acompaña un ritmo frenético, sin caer en la superficialidad y el aspaviento visual, que destila un magnífico empaque argumental, en el que nos muestran la guerra, tanto su contexto como sus protagonistas, desde infinidad de ángulos y posiciones personales diversas, en la que se habla con esmero y crudeza sobre tantos elementos e intereses que se manejan como política, violencia, sociedad y seres humanos, que nos devuelve la mirada a la guerra, desde la mirada de aquel que la vive para contarla al mundo como Kapúscinski, y el otro, aquel que coge las armas para vivir en un mundo mejor, para construir un país diferente, más humano y más de todos, luchando contra la tiranía y el opresor, amén de profundizar sobre el valor del periodismo, el poder de la información, y la decisión de tomar partido o no, porque a veces las circunstancias te obligan a posicionarte.

Las guardianas, de Xavier Beauvois

LAS MUJERES RESISTENTES. 

Hortense es la matriarca de una granja en la Francia de 1915, cuando la mayoría de los hombres válidos se dejaban la vida en los campos de batalla. Hortense, debido al volumen de trabajo, que comparte junto a su hija Solange, decide rescatar a Francine, una huérfana que se convierte en una fiel y entregada empleada. La guerra sucede lejos, fuera de su alcance, aunque de tanto en tanto, los hombres de la casa, los hijos de Hortense, vuelven unos días de permiso. En una de esas visitas, Constante, el menor de los hijos, se enamora de Francine. El nuevo trabajo de Xavier Beauvois (Auchel, Francia, 1967) basada en la novela homónima de Ernest Perochon, nos cuenta la retaguardia de la guerra, lo que queda después que los hombres vayan a la guerra, la vida cotidiana en una granja a través de las mujeres. Unas mujeres trabajadoras, valientes, tenaces y decididas, que se emplean a fondo para sacar todo el trabajo, en ausencia de la mano masculina. Si bien la película mantiene las ideas y reflexiones que ya estaban en el cine de Beauvois, como la comunidad, el tema social, la complejidad de los personajes, y un tema central, que suele ser externo, que contextualiza los hechos y provoca las dificultades en las que se sumergen sus personajes, como por ejemplo, ocurría en uno de sus títulos más celebrados, De dioses y hombres (2010) en el que explicaba el devenir de unos monjes cistercienses, que instalados en un monasterio en las montañas del Magreb, se veían envueltos en una ola de violencia, pero decidían quedarse y resistir.

Ahora, se centra en estas tres mujeres, en la que podemos primero de todo, ver la película como una experiencia antropológica, donde vemos las formas de vida de primeros de siglo en la Francia rural, así como los diferentes trabajos y las formas de convivencia en una granja. Por otro lado, las diferentes relaciones que se desarrollan en un contexto dificultoso como ese, en el que la ausencia de noticias de la guerra y el devenir de los suyos, somete la voluntad y el ánimo de las mujeres. Beauvois nos habla también de esperanza, de cooperativismo y de resistencia, en el que la primer parte del filme, pivota entre estas ideas, donde parece que, a pesar de la guerra y sus desastres, la vida y el amor pueden crecer y mantener la ilusión por unos tiempos futuros mejores, aunque algo lejanos. La segunda mitad del relato, la película se ensombrece, y las circunstancias del momento, convierten a los personajes en víctimas de su propio destino, donde unos toman posiciones demasiado intransigentes para favorecer a unos en detrimento de otros, quizás aquellos más desafortunados o débiles.

El cineasta francés agiliza una trama de 135 minutos, en el que no cesan de suceder situaciones de todo tipo, en que las cosas ocurren de manera sencilla y honesta, sin caer en ningún instante en el sentimentalismo o la crueldad excesiva, hay dureza, pero entendible, dejando ver con claridad cada circunstancia que motivan las decisiones de los personajes. La formidable y pictórica luz de la película, obra de la cinematógrafa Caroline Champetier (una experta en la materia que ya estuvo en De dioses y hombres, y otras obras de gran calidad como Holy Motors, Las inocentes o Hannah Arendt, entre otras) recuerda a la pintura de Millet, Coubert o Renoir, en sus trabajos sobre el campo francés (y esa luz que también bañaba las imágenes de la reciente La mujer que sabía leer) y la magnífica música del veterano Michel Legrand (auténtica eminencia con más de 60 años de carrera) se acoplan perfectamente al aroma que recorría aquella Francia rural de los convulsos y terroríficos años de la Gran Guerra.

Beauvois estructura su trama a través de una historia de amor, sencilla y conmovedora, llena de sensibilidad (como las películas campestres de Renoir) en la que no faltará de nada, porque ya lo dicen que en el amor y en la guerra, todo vale, y las argucias más miserables están a la que saltan, anteponiendo la apariencia ante cualquier eventualidad. El magnífico trío protagonista encabezada por la siempre eficaz y sublime Nathalie Baye (en su tercer trabajo con el director, después de Según Mattieu y El pequeño teniente) en un personaje de armas tomar, que irá cambiando a medida que las noticias de la guerra vayan cayendo como una losa, en una matriarca de las de antes, aquellas a las que no se les escapaba nada, aquellas siempre atentas, dirigiendo el rebaño, y atajando cualquier rebelión en su contra o contra los suyos, le acompaña Laura Smet (que algunos recordarán como La dama de honor, uno de los últimos títulos de Chabrol) dando vida a Solange, la hija de la patrona (también hija en la vida real) encarnando a esas mujeres con sus hombres en la guerra, que quedaban al amparo de cualquier forastero, y también, de sus ganas de cama, reflejando esas mujeres abiertas a los cambios y las modernidades propias de la época.

Finalmente, la auténtica revelación de la película, la debutante Iris Bry, con ese rostro angelical y a pesar de su juventud, lleno de dureza emocional, que vaga con la esperanza de encontrar trabajo, acomodo y un hogar en su existencia. Bry compone a la desamparada Francine, una mujer joven, pero vivaz y sencilla, que llega a la granja para quedarse, demostrando trabajo, lealtad y sinceridad, convirtiéndose, a su pesar y a pesar de todos sus esfuerzos, en una víctima más de la guerra, como hubieron tantas, en una de esas mujeres que todo lo tienen que luchar y pelear, porque no tienen otra, porque no tienen a nadie, y deben seguir remando por su vida y por su destino. Beauvois ha construido una película excelente y bellísima, tanto en su imagen como en su contenido, un hermosísimo canto a la mujer, a la femineidad, a su cuerpo, a su fisicidad, a su trabajo, y a sus sentimientos, a todo aquello que sienten, a quién aman y su lugar en el mundo, porque aunque la guerra siga en el frente, hay otras guerras donde nos e disparan tiros, son esas otras guerras a las que hay que enfrentarse en el día a día, con entusiasmo, garra y valentía.