Entrevista a Gabriel Azorín, director de la película «Anoche conquisté Tebas», en el marco del D’A Film Festival, en la imperdible sección de «Un impulso colectivo», en su habitación del Hotel Catalonia Ramblas en Barcelona, el lunes 23 de marzo de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Gabriel Azorín, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Henar Ortega de Contarlo Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino haciendo consciente la oscuridad… lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino”
Carl Jung
En El regreso de Martin Guerre (1982), de Daniel Vigne, un soldado, después de varias guerras, regresa a su pueblo natal donde nadie lo reconoce. Algo parecido le sucede a Domingo, un pastor que, después de la Guerra de la Independencia con los franceses de principios del siglo XIX, vuelve a su casa cansado, perdido y sin reconocerse, y se encuentra con un entorno extraño, donde es un desconocido para su mujer y su hijo. Alguien que ya no pertenece a ese lugar, alguien con heridas interiores, alguien que ni él mismo se reconoce. El terrateniente del lugar, instado por su mujer, le propone un viaje con su rebaño de ovejas desde su pequeño pueblo en el suroeste de Salamanca a través de las antiguas cañadas reales hasta los pastos de invierno de Extremadura. Un viaje difícil, muy peligroso y extraño en el que existen multitud de enemigos como el lobo, los hombres y las circunstancias que marcarán su destino.
El director Pablo Moreno (Ciudad Rodrigo, Salamanca, 1983) lleva desde hace 18 años en la que ha construido una interesante filmografía con 16 títulos, entre ficción y documental, en las que produce y dirige películas que recogen historias reales desconocidas, a partir de un gran rigor histórico, de carácter humanista y muy inspiradores. Con Pastoris se adentra en un período de reconstrucción después de la guerra, tanto a nivel físico como emocional, con aires de western crepuscular, acompañando a Domingo, un pastor que está desorientado y sin su lugar, porque él que tenía se ha ido o simplemente, ha sido expulsado. Seguimos la travesía de este pastor a través de una época donde impera una atmósfera de supervivencia, el hombre contra la naturaleza y sobre todo, el hombre contra el hombre, porque somos testigos de la bondad y la maldad humana. Un viaje físico y emocional recorriendo pueblos, lugares solitarios, y gente de toda índole, a través de un paisaje bello y salvaje, de grandes texturas agrestes en el que cada paso es una experiencia desconocida. También está el camino interior del personaje principal, un pastor que ha sido soldado, que arrastra los demonios de los horrores de la guerra, y sigue paso a paso intentando convertirse no ya en la persona que fue, sino en otra persona sin miedo.
El cineasta salmantino se ha vuelto a rodear de un equipo magnífico y cómplice que le ha acompañado en muchas de sus películas como el cinematógrafo Rubén D. Ortega, con 13 títulos compartidos, en un gran trabajo de cinematografía donde recoge con precisión y detalle cada espacio natural y sigue con audacia y solidez la andadura del pastor en el que vemos al hombre con y contra la naturaleza. La magnífica música de Óscar M. Leanizbarrutia, 9 películas con Moreno que, impregna de tiempo, memoria e historia cada acorde, consiguiendo una composición que recuerda a las de Milladoiro para La mitad del cielo (1986), de Manuel Gutiérrez Aragón, y la de Trevor Jones para El último mohicano (1992), de Michael Mann. El sonido corre a cargo de un grande como Juan Borrell, con más de 128 títulos en su extensa filmografía, otro colaborador del realizador de Salamanca, donde la pantalla se llena de cada leve ruido sumergiéndonos en toda su extensión. El montaje lo firma María Esparcia, 10 películas junto al director, amén de coproducir también en compañía, construyendo un ritmo reposado y en calma, en que se explica con atención cada gesto, mirada y silencio en sus 108 minutos de metraje.
Con el reparto sucede lo mismo que con el equipo técnico, porque está lleno de colaboradores de Moreno como Sergio Cardoso que compone un inolvidable protagonista Domingo, que también compone la música de los créditos. Un personaje que cala en lo más hondo, por su conflicto personal, por su pérdida, su soledad, su desgracia, su habilidad y su inmensa capacidad para seguir caminando a pesar de los pesares, y su profunda y sensible armonía con la naturaleza y su entereza para afrontar los peligros de la existencia. A su lado, otro de esos personajes que se clavan en el alma, como el que hace Laura Contreras, una mujer solitaria, valiente e inteligente, nada convencional que se tropezará con el protagonista dejando algo en su interior. Marian Arahuetes es la esposa de Domingo, una mujer que espera y hace lo imposible para mantener la casa y el sustento. Pablo Viña hace de padre del pastor, tan enfermo como terco como desagradable, Joaquín Reyes es el cacique de turno, esos que, pase lo que pase, siempre ganan, y la breve pero arrolladora presencia de Assumpta Serna que protagonizó la interesante Red de libertad, de Moreno.
No quisiera despedirme sin hacer mención especial a los excelentes trabajos que han salido de los departamentos de arte, vestuario y ambientación, porque no solo nos trasladan al rural, natural y salvaje siglo XIX, sino que construyen una atmósfera absorbente que nos va sumergiendo en las diferentes estaciones, la película se rodó durante un año en lugares reales, acompañadas de sus correspondientes jornadas donde asistimos a una experiencia muy física y también, muy emocional. Si están buscando una película diferente, y muy alejada de lo convencional, no se pierdan una historia como la que nos cuenta Pastoris, filmada en la zona del rebollar, que recupera la parla del Rebollar, una variante del asturleonés, que se encuentra en peligro de desaparición, que aún dota a la película de una veracidad y honestidad muy importantes. Una película como Pastoris, de Pablo Moreno, nos remite a cierto cine español que ya no se practica, donde se recogen historias rurales con un gran rigor histórico que ayudan a conocer cómo vivíamos, que hacíamos y sobre todo, observan con atención, profundidad y sensibilidad nuestra identidad como pueblo eminentemente rural, en contacto con la naturaleza, los animales y sus peligros como los que hicieron Ana Mariscal, el citado Manuel Gutiérrez Aragón, Mario Camus, Víctor Erice, Montxo Armendaríz… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Cyril Aris, director de la película «Un mundo frágil y maravilloso», en el marco del D’A Film Festival en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 27 de marzo de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Cyril Aris, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Martin Samper, por su gran labor como intérprete, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Me temo que ya no daré más clases, no sé cuánto tiempo me queda aún. Como la lección de hoy será muy breve, he querido elegir un buen libro. Uno que me prestó el profesor Sorel. Todo lo que vais a oír ahora es algo que escribieron grandes hombres. Fue escrito en una noche de entusiasmo hace mucho tiempo, 150 años. Eran hombres de diferente condición (…) y no entraron en polémica. Se pusieron de acuerdo aquella noche maravillosa. Otros hombres querrán destruir este libro. Es posible que acabe en el fuego pero no lo borrarán de la memoria. Vosotros lo recordaréis siempre y de ahí vuestra enorme importancia”.
Albert Lory interpretado por Charles Laughton en “Esa tierra es mía” (1943), de Jean Renoir
La valentía, quizás, sea el acto más profundo y resistente que puede adoptar alguien. Porque la valentía requiere sacar fuerzas a pesar del miedo que se tiene. Ante un enemigo superior y más fuerte, las personas valientes, en un acto de inconsciencia absoluta y sin más salidas que esa, deciden enfrentarse al enemigo con sus fuerzas que, aunque sean pocas, son importantes y pueden hacer algo ante tamaña amenaza.
Un tipo valiente es Pavel “Pasha” Talankin, un joven maestro de primaria de la escuela de Karabash, pequeña población rusa a la falda de los montes Urales, conocida por sus contaminantes minas de cobre. El docente es el encargado de organizar los eventos del colegio y filmar todo lo que allí sucede. Esa armonía, cotidianidad y felicidad se termina abruptamente cuando Rusia invade Ucrania y la escuela recibe las nuevas directrices patrióticas de adoctrinamiento y militarización del centro. A partir de ese instante, “Pasha” emprende una revolución silenciosa y efectiva que lucha ante esa invasión para frenar el reclutamiento voluntario que hacen sus ex alumnos. Todas esas imágenes y actos resistentes del joven maestro son recopilados y reflexionados en Mr Nobody contra Putin, codirigida junto a David Borenstein, cineasta estadounidense afincado en Copenhague (Dinamarca), siguiendo la línea de sus anteriores trabajos como Love Factory (2021), Dream empire (2016), y Can’t Feel Nothing (2024), en los que crítica las artimañas del poder, la propaganda ideológica y los efectos nocivos de las nuevas tecnologías en las emociones.
El apartado técnico de la película es magnífico porque la gran cantidad de horas grabadas por Pavel Talankin debían resumirse y generar el discurso de todas las experiencias y circunstancias vividas por el maestro. La voz en off acaba resultando esencial para contar todo lo sucedido, sin caer en la tristeza, sino relatando la facilidad en que una escuela se va convirtiendo en un centro patriótico que apoya la guerra sin rechistar como moldeados funcionarios que bajan la cabeza y siguen la manada que dicta el poder. La música del dúo Michal Rataj y Jonas Struck, que estuvo en la citada Can’t Feel Nothing, crea ese espacio para ir acentuando los conflictos que va experimentando el maestro, dividido entre lo que se espera de él y su conciencia humana que lo lleva a hacer esos pequeños gestos disidentes. El montaje resultaba extremadamente difícil ya que el material debía seguir la cronología de los hechos, y sigue esa idea de desmoronamiento donde hay inteligencia, profundidad y sensibilidad, sin caer en esa idea simplista de buenos contra malos, sino de la relación que tenemos entre nuestro trabajo, nuestras ideas políticas y ese instinto de supervivencia que choca contra nuestro ideales. La pareja danesa Rebekka Lonqvist y Nikolaj Monberg hacen un trabajo de edición conciso y lleno de detalles en sus agitados 90 minutos de metraje que, ayuda a profundizar en lo fácil que es crear el miedo y la obediencia en personas como nosotras.
He empezado por Albert Lory, el maestro que se enfrentó a los nazis con sus armas, y debemos terminar este texto con él, y con todos los docentes como Pavel “Pasha” Talankin, y tantos otros y otras que, con sus pequeños gestos y herramientas que tienen a su alcance, en el caso de este último, las grabaciones que hace en su colegio, no miran hacia otro lado y deciden enfrentarse al poder dictatorial que adoctrina a jóvenes ignorantes que la patria los necesita para morir en otra guerra estúpida e inútil. Es evidente que tanta civilización y modernización no ha servido para que gobernantes idiotas y ególatras sigan con las guerras y llevando al matadero a tanta gente que cree en la patria como un bien superior y no en una comunidad en la que todos y todas vivamos lo mejor posible. Un mundo como éste en el que sobran tantas banderas, patrias y demás estupideces y falta tanta humanidad, empatía y bondad ante aquellos que sólo piensan en destruir vidas. Por eso, la actitud de Pavel “Pasha” Talankin debería ser el ejemplo que todos deberíamos adoptar ante los malvados que rompen la paz y la tranquilidad que necesitamos para seguir creciendo como personas críticas ante el horror y la deshumanización y no como meros objetos para trabajar, obedecer, gastar y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La vida es un baile en el cráter de un volcán que en algún momento hará erupción”.
“Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis”, de Yukio Mishima
Cuenta la historia de la familia Kovalenko, procedente de Ucrania, lleva unos días en Tenerife disfrutando de unas merecidas vacaciones. Son Roman, sus hijos Sofía y Fedir, y Nastia, la nueva mujer. Los días pasan sin más, entre excursiones, momentos de playa y compartiendo comidas en el hotel y la habitación. Todo cambiará para ellos cuando el jueves 24 de febrero de 2022 Rusia invade Ucrania. La vuelta ya no es posible, con las maletas a cuestas, deben volver al hotel y esperar, o quizás resignarse a una situación llena de incertidumbre, miedo, rabia y angustia ante su situación y la de los suyos. La segunda película de Damian Kocur (Katowice, Polonia, 1976), toca de forma sincera y muy íntima las emociones que estallan en el seno de esta familia, que la cámara sigue muy de cerca, a modo de espejo, confrontando el conflicto bélico y las diferencias que se crean debido a la terrible noticia. Todo se cuenta de forma sutil, sin hacer algarabías ni estridencias argumentales, porque se busca naturalidad y honestidad, donde el paraíso se torna un espacio extraño mientras en su país de origen las cosas se han puesto horribles.
La primera película del director Bread and salt (2022), cuando el joven Tymek volvía a su pueblo natal y asistía al conflicto entre árabes trabajadores de un kebab y los chavales del barrio. Dos obras que hablan de las diferencias y tensiones que se producen entre unos y otros que, en El Volcán (en el original, “Pod wulkanem”, traducido como “Bajo el volcán”), se generan en el interior de la familia, creando ese efecto espejo con la realidad entre Rusia y Ucrania, en un guion coescrito por Marta Konarzewska y el propio director, centrado en Sofía, la adolescente de la familia, con esas llamadas de puro terror con su amiga de Kiev, y su encuentro con el africano que reside ilegal en Tenerife huyendo de la guerra de su país. Contrastes y cercanías que se van produciendo en un Tenerife muy alejado de la típica estampa turista que nos venden. El supuesto paraíso se torna un lugar lleno de extrañeza, artificial y lejano, porque la elección se torna una prisión en la que deben permanecer cuando desearían estar en su país. El relato se convierte en un diario de esas primeras semanas, de la incertidumbre y el dolor y el miedo instalado en los Kovalenko y las tensiones y conflictos que se generan entre ellos debido a la situación compleja en la que están inmersos.
Kocur se acompaña de un equipo brillante arrancando con la cinematografía de Mykyta Kuzmenko, con esa cámara que sigue sin descanso a los diferentes integrantes de la familia en dos velocidades: la del grupo familiar que hacen cosas juntos como ir de excursión, la del Teide tiene su miga y hace saltar muchas cosa que todavía no habían saltado, y la otra velocidad, la de Sofía, que la cámara la sigue en sus encuentros con el citado africano, y su deambular por una ciudad nocturna cada vez más rara y diferente, ya que su estado de ánimo y por ende, el de toda la familia, ha cambiado y de qué manera. La música de Pawel Juzkuw también sabe crear esa atmósfera de película de terror, de cotidianidad cercana e inquietante a la vez, donde cada mirada y gesto aluden a una situación que se parece a la de antes y está totalmente alterada, generando esa sensación en los diferentes espacios y en la relación entre los cuatro personajes protagonistas. El montaje de Alan Zejer construye un ritmo pausado y de quietud de mucha tensión y terror, donde las cosas parecen que no han sido alteradas, pero los personajes saben que si, y con ese tempo, se consigue introducirnos en ese miedo constante de no saber qué hacer y con esa espera llena de pavor en sus implacables y tranquilos 105 minutos de metraje.
El cineasta polaco ha reclutado un enorme reparto que ayuda a mostrar todas los miedos en la montaña rusa emocional que viven la familia, que tienen los mismos nombres que sus personajes empezando por la joven Sofía Berezovska, siendo la adolescente enfadada con la “nueva” mujer de papá, y con la situación en Ucrania, Roman Lutskiy es el padre, empeñado en alistarse en volver y coger las armas, Anastasiya Karpenko es la nueva mujer de Roman, que intenta mantener una calma tensa que cuesta mucho, y finalmente, el pequeño Fedir Pugachov, ajeno a todo. De la guerra de Ucrania habíamos visto muchos documentales que retratan los efectos de la guerra y la población civil, pero no habíamos visto una de ficción, y una como esta, que hablase de la retaguardia en el extranjero, como le sucede a la familia Kovalenko, donde la guerra en su país tiene su espejo en los conflictos interiores que se producen en esta familia que estaban en el paraíso disfrutando y deben permanecer en él, siendo conscientes y con miedo en un lugar que se torna ajeno y extraño donde lo que antes parecía bonito, ahora se ha vuelto una prisión muy a su pesar, sin ánimo de disfrutar el espacio y sobre todo, con la mente en su país, en una tierra de nadie tanto física como emocionalmente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“(…) Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y más al Oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía así en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos”.
De la película “The Dead” (1987), de John Huston
El largometraje número 23 de la filmografía de Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 1949), es una película diferente a todas las que ha hecho. Es la primera vez que rueda un largo en inglés, ya lo había hecho con un par de mediometrajes The Human Voice (2020) y Strange Way of Life (2023). Vuelve a basar su guion en una novela, la cuarta vez que lo hace, en este caso ha sido “Cuál es tu tormento”, de la escritora estadounidense Sigrid Nunez. Deja su Madrid eterno, como hiciese en Todo sobre mi madre (1999), para trasladar la acción a New York. Y finalmente, como dato más significativo, el tema va sobre la muerte y el hecho de despedirse de los allegados, aunque ya había tocado la muerte y la enfermedad, en por ejemplo Dolor y gloria (2019), en este todo gira en torno a esos dos aspectos.
La trama de La habitación de al lado (en el original, The Room Next Door), tiene su génesis en Ricas y famosas (1981), de George Cukor, a la que el cineasta manchego ya homenajea en el cierre de La flor de mi secreto (1995), con esas dos mujeres que se conocen en el New York de los ochenta trabajando para un magazine, Ingrid, ahora convertido en autora de novelas de autoficción y Martha, que fue reportera de guerra. Cuatro décadas se reencuentran, la una, presentando una nueva exitosa novela, y la otra, enferma terminal de cáncer. A pesar de los años transcurridos y las diferencias que hay entre ellas, entablan una amistad de nuevo. Martha le pide que le acompañe a una casa alejada del mundanal ruido porque ha decidido morir y necesita tener a alguien en la habitación de al lado. Bajo esta premisa, sencilla y directa, a la vez que compleja y crucial, Ingrid la acompaña, y es entonces cuando la historia se encierra en las cuatro paredes de esa casa entre árboles, perdida en un bosque, o lo que es lo mismo, una casa para dos mujeres, la que va a morir y la que espera que este hecho se produzca. Almodóvar compone una sutil elegía sobre la vida, con sus errores y aciertos, con todos esos momentos vividos y narrados, repasando los años pasados, los amores truncados, las decisiones equivocadas, las experiencias que nos han hecho lo que somos, y la maternidad, hecho capital que vertebra la filmografía del director español, con sus dimes y diretes, con sus alegrías y tristezas, con sus presencias y ausencias, amén de sus continuas referencias al arte, la literatura, el cine y todo lo que rodea a la cultura.
Volvemos a rendirnos en la elegancia y sutileza de los planos y encuadres de la película, en una cinematografía que firma Eduard Grau, su primera vez con el director, con una filmografía al lado de nombres tan interesantes como Albert Serra, Tom Ford, Carlos Vermut y Rodrigo Cortés, entre otros, donde prevalece la intimidad y la cercanía con la que nos cuentan un tema tan difícil y doloroso, pero sin caer en el sentimentalismo ni el dramatismo, sino todo lo contrario, haciendo una oda a la vida, pero sin ser empalagoso, con leves detalles que nos ayudan a repasar la vida de Martha, con sus luces y oscuridades, con y sin arrepentimiento, pero sin enfatizar como es marca de la casa del director afincado en Madrid. Para la música vuelve a contar con Alberto Iglesias, casi tres décadas haciendo películas juntos en 15 títulos desde la citada La flor de mi secreto, en una composición que reúne la maestría del músico donostiarra donde la melodía tiene ese aroma elegíaco muy natural y nada impostado que nos acompaña sin ser molesto, sino con toda el alma necesaria. Para el montaje, otra cómplice como Teresa Font, cuatro películas juntos, si contamos los mediometrajes, en una película de 106 minutos de metraje, con apenas dos personajes y casi única localización, pero que contiene todo el ritmo pausado y cadente, sin esos momentos de subidón sino manteniendo el tempo reposado, para contar la historia y capturando la emoción que va in crescendo, un aspecto muy del agrado de Almodóvar.
En el aspecto interpretativo, el cineasta manchego siempre ha mantenido un cuidado obsesivo en la elección de las personas que los interpretan. Vuelve a contar con Tilda Swinton, que ya protagonizó la mencionada The Human Voice, ahora en la piel de Martha, la moribunda que quiere morir con dignidad, la reportada curtida en mil batallas enfrentada a la muerte, pero siempre en compañía. Una actriz portentosa que compone a su Martha desde el más absoluto de los respetos, con gran naturalidad y sensibilidad que nos hace conmovernos y acompañarla en su último viaje, sin condescendencia ni medias tintas, sino de verdad y cercanía. Le acompaña en este viaje, una maravillosa Julianne Moore como Ingrid, que actúa como la mejor amiga posible, sin querer contradecirla en su decisión, sino estando junto a ella, a su lado, en la habitación contigua, recordando y esperando el momento, que no sabe cuándo se producirá. Como es habitual en las películas del realizador, la presencia masculina siempre es un aspecto muy importante, aquí es Damian que hace John Turturro, un tipo que hace conferencias de cambio climático, y además, y esto nunca es baladí en el cine de Almodóvar, fue amante de las dos mujeres, cerrando así el triángulo de la película.
El largometraje número 23 de Almodóvar La habitación de al lado no es una película más sobre la necesidad de la muerte digna para aquellas personas que así lo quieren, es también una película sobre la libertad individual de cada uno y una de vivir y morir como le plazca. También es una película sobre las vidas vividas y las no vividas, sobre todas las cosas que hicimos y las que no, sobre todos los amores que experimentamos y los que no, los amores que no fueron y los que sí, y lo que se quedaron a medio empezar o a medio acabar. Es una película dura y terrible por lo que cuenta, pero que bien lo cuenta, y que sutileza y elegancia para hacerlo, sin caer en los estúpidos y melodramáticas historias donde el tremendismo hace gala en cada instante, aquí no hay nada de eso, todo se cuenta desde el alma, desde la convicción de la vida como experiencia total, con sus tristezas y desilusiones, pero al fin y al cabo, con lo que es y lo que somos, sin más, sin hacer alabanzas ni cosas de ese tipo, sino encarando la vida y la muerte como lo que es, una experiencia grande o pequeña, íntima y profunda, y nada dramática, sino con el deseo de vivir y morir con total libertad que es lo que todos deseamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“No se puede llegar al alba sino por el sendero de la noche”
Khalil Gibran
Siempre es de agradecer que las distribuidoras apuesten por un cine poco visto por estos lares como puede ser la cinematografía libanesa. Así que, estamos de enhorabuena por ver una película como Riverbed. El estanque de la doncella, que relata la cotidianidad de Salma, una mujer madura que vive en un pequeño pueblo y sola en una casa que refleja tantos años de guerras, muertes, ausencias y fantasmas. Su rutina se basa en un empleo que consiste en atender llamadas telefónicas, y pasar tiempo con su amante clandestino, una relación que recorren los caminos en automóvil y escuchando música, intentando recuperar tanto tiempo perdido, como su propia existencia alejada de todos, llevada desde el secreto y la invisibilidad. No conocemos su pasado al detalle, pero podemos intuir que está lleno de dolor, silencio y pérdidas, al igual que su país, sumido en una continua depresión que reflejan las casas del pueblo, medio derruidas y llenas de sombras y habitadas por almas en pena.
El guion escrito por Ghassan Salhab y el propio director Bassem Breche (Líbano, 1978), con años de experiencia como guionista, hace su salto al largometraje con Riverbed, donde nos habla de Salma y su reencuentro con su hija Thuraya, después de años sin relación. Una hija que vuelve separada, embarazada y derrotada, que buscará refugio y amparo junto a una madre ya acostumbrada a vivir en soledad. La película está construida en base a este encuentro no deseado, o quizás, podríamos decir, un encuentro complejo, lleno de oscuridad y sobre todo, repleto de demasiados fantasmas, los propios, los familiares y los del propio país. Un relato lleno de miradas y silencios, en el que estas dos mujeres reflejan un estado de ánimo, la sensación de sobrevivir en un entorno que no lo puso nada fácil, también es la historia de dos almas enfrentadas, dos mujeres que no encajan, que vienen de un pasado muy doloroso, donde hubo que seguir viviendo a pesar de tanta derrota, tanta violencia y tantas muertes. Ahora, deben convivir, o al menos ayudarse a empezar otra vez, como siempre han hecho, en las cuatro paredes de una casa en presente pero llena de pasado, de demasiado pasado, como si este pasado se negará a desaparecer y continúa muy presente. Una onírica paradoja que, en el fondo, define a los libaneses y a un futuro que no llega y que siempre huele a pasado.
Breche no quiere detenerse en detalles superfluos ni en piruetas argumentales que desvíen lo más mínimo la atención de sus dos personajes, porque todo se cuenta desde la intimidad y la cercanía, traspasando esas almas sin descanso, atrapadas en un estado bucle de dolor y tristeza, aunque ahora, la vida, les está dando otra oportunidad, un intento de volver a ser ellas, a mirarse a los ojos, y decirse todo aquello que deben de decirse, o si todavía no pueden, darse ese tiempo para volver a hablar, aunque sea con la mirada y los gestos, por ejemplo, un abrazo. La cinematografía de Nadim Saema va en consonancia a los sentimientos encontrados y contradictorios de las dos mujeres, rodeadas de penumbras y silencios de toda índole, así como eso leves resquicios de luz donde parece que la esperanza quiere abrirse camino con ellas. El montaje de Rana Sabbagha también actúa en los mismos términos, dando ese tiempo necesario para ver, saborear y sentir cada gesto, cada mirada, cada silencio y cada acercamiento entre las dos protagonistas, además ayuda su breve metraje, que apenas llega a los 78 minutos, en esa idea por el minimalismo, tanto en el tono como en la forma.
La magnífica pareja protagonista que forman Carole Abboud, actriz de larga trayectoria en el cine libanés desde mediados de los años noventa, que le ha llevado a labrarse una excelente filmografía tanto en el medio televisivo como en el cinematográfico, y Omaya Malaeb, teclista de la banda indie libanesa Mashrou’s Leila, debuta en el cine. Ellas son Salma, la madre y Thuraya, la hija, dos mujeres que han vivido a pesar de los demás, a pesar de la guerra, a pesar de tantos fantasmas con los que deben convivir, y sin embargo, ahí siguen, firmes y valientes, aunque doloridas y tristes, y ahora, la vida, en sus vueltas y revueltas irónicas las vuelve a juntar, obligándose a mirarse, a sentir todo eso que pensaban olvidado, aunque las cosas nunca son como uno desea, sino como son, y nos devuelve todo aquello que nos empeñamos en fingir que ya no recordábamos, que ya no estaba en nosotros, qué ilusos somos los sapiens, y qué perdidos estamos siempre. En fin, la existencia y el pasado no sólo van de la mano, que forman parte de uno y de un todo, que no podemos ni siquiera comprender y mucho menos controlar, como les sucede a Salma y Thuraya, una madre y una hija que deben volver a ser madre e hija, y sobre todo, sentir en lo que eran, en lo que son y en tender puentes entre una y otra, y mirar a la otra, e intentar acercarse más, porque la vida les hecha un cable, y no pueden desperdiciar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Antonio Chavarrías, director de la película «La abadesa», en el hall del Hotel Seventy en Barcelona, el jueves 21 de marzo de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Antonio Chavarrías, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Press Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Porque hay una historia que no está en la historia y qué solo se puede rescatar escuchando el susurro de las mujeres”
Rosa Montero
La dualidad y las tensiones que provoca ese conflicto han definido buena parte de la filmografía de Antonio Chavarrías (L’Hospitalet de Llobregat, 1956). En Volverás (2002), dos hermanos, tan diferentes entre sí, se liaban para paliar los problemas de juego de uno de ellos. En Las vidas de Celia (2006), una mujer enigmática se ve involucrada con un policía que la investiga. En El elegido (2016), seguíamos los pasos del joven idealista Ramón Mercader, manipulado por su madre, que asesinó a Trotsky. Algunos ejemplos de más de la decena de títulos que se han caracterizado por armar historias muy oscuras y sacar la parte más compleja de la condición humana. En La abadesa, que vuelve a irse al pasado a reconstruir una parte de la historia y centrarse en un personaje real como hizo en la mencionada El elegido. La mujer en cuestión es Emma, hija de Guifré, conde de Barcelona que, a su repentina muerte en combate contra los musulmanes, convierte a la adolescente de 17 años en abadesa. Las ideas y la humanidad de Emma chocarán de pleno con las demás monjas, muchas de ellas recluidas contra su voluntad, con la nobleza, por querer repartir equitativamente los bienes, y con su hermano, el nuevo conde que, la insta a ser monja y rezar a Dios y dejarse de cambiar el orden establecido de las cosas.
El cineasta catalán ha construido una película especialmente sombría y oscura en una época, la de finales del siglo IX, donde estamos en plena guerra con los musulmanes, y la zona está impregnada de esa multiculturalidad, donde vemos huidos, conversos, mahometanos, visigodos y demás almas en busca de alimento y refugio, al lado de la frontera de los límites del invasor musulmán. El uso de la luz natural, que firma el cinematógrafo Julián Elizalde (del que hemos visto grandes trabajos como Volar, Las distancias, Con el viento, Suro y La maternal, entre otras), donde las luces tenues de las velas juegan un papel fundamental para mostrar la abadía, un espacio lleno de sombras y el sonido del viento del invierno gélido que se va colando. El imponente castillo de Loarre en Huesca sirve de escenario (donde ya se rodó la magnífica El reino de los cielos (2005), de Ridley Scott), para mostrar una película estática y muy planificada, donde cada encuadre tiene su significado e importancia, con unos personajes de mucha actividad física, en esa retaguardia donde las consecuencias de la guerra están muy presentes. La excelente música de Iva Georgiev, para mostrar las transiciones, dan ese toque de profundidad y de tensiones soterradas tan presentes a lo largo del metraje.
El sensible trabajo con el sonido que firman Elsa Ruhlman, Corine Dubien y Emmanuel de Boissieu, junto al trabajo de arte de Irene Montcada (que ya estuvo en El elegido y Volverás), y el imponente trabajo de vestuario de Catherine Marchand y Pau Aulí, junto al rítmico y pausado montaje de Clara Martínez Malagelada con un trabajo que recuerda al que hizo en La pecera (2023), de Glorimar Marrero Sánchez, apoyada en la pulcritud y en la densidad de todo lo que vemos y sobre todo, lo que oímos, en una película que se va a las 2 horas de metraje. Chavarrías fiel a su estilo y mirada, como les ocurre a muchos cineastas catalanes como Garay, Cadena, el desaparecido Villaronga, entre otros, tienen un poso de cine del este, sobre todo, polaco, en las que prima el policíaco, con tramas de pocos personajes, llenas de oscuridad y de terror doméstico, donde se materializa un mundo sórdido y complejo. En La abadesa encontramos rasgos del gran Kawalerowicz con su grandiosa Madre Juana de los Ángeles (1961), como claro referente, y más cercanas como La religiosa (1966), de Jacques Rivette y Extramuros (1983), de Miguel Picazo y Thérèse (1986), de Alain Cavalier, donde se desnuda el espacio y se impone un tono sobrio y austero, donde la importancia de la historia reside en las composiciones de sus intérpretes basadas en la contención donde se sitúa en el centro el rostro, la mirada y el silencio.
Otro de los grandes aciertos de esta película es su reparto. Con una magnífica interpretación de Daniela Brown que da vida a la jovencísima Emma. Una auténtica revelación en la que llena cada estancia de la película. Qué bien mira esta mujer, y siendo testigos de ese cambio de niña a mujer, de esa inocencia primeriza cuando llega a convertirse no sólo en una persona sino en una mujer enfrentada a un mundo masculinizado y muy poderoso donde ella aprenderá sus códigos y sabrá manejar sus armas contra ellos y contra ese orden establecido donde priman los privilegios históricos y la falta de humanidad ante la pobreza y la miseria, a lo que Emma se negará y luchará con todas sus fuerzas, tanto a nivel social como personal. Le acompañan una estupenda Blanca Romero, que no la veíamos tan bien desde After (2009), de Alberto Rodríguez, metida en un personaje rebelde con una serie de privilegios por su condición de familia noble, que litigará con la abadesa por defender unas normas que se apartan del recogimiento eclesiástico. Carlos Cuevas, uno de esos actores capaz de hacer de joven y más mayor, aquí en un personaje firme y conservador, como eran la mayoría de hombres de la época, como el hermano de Emma, un soldado que ocupa el puesto de su padre que, no está dispuesto al señalamiento de su hermana por cambiar el orden imperante, y también luchará contra ella. Tenemos a Ernest Villegas, de gran trayectoria en el teatro catalán, dando vida a Eduardo, un diácono, que se socializa con la abadesa para compartir batallas contra el hambre en la zona. Y luego, una retahíla de buenos intérpretes como Oriol Genís, Joaquín Notario, Berta Sánchez, Anaël Snoek, entre otros, que dan profundidad a unos personajes que se alían o se enfrentan con Emma.
No vean una película como La abadesa esperando batallas espectaculares y demás momentos épicos, porque la cosa no va de eso, como nos han vendido que fue la Edad Media cierto cine comercial, que tuvo batallas y muchas, de eso no cabe duda, pero la mayoría de instantes, la cotidianidad y sus gentes con sus problemas eran como los fábula la película de Chavarrías, porque construye una película de “verdad”, es decir, donde la rigurosidad de su mirada se acerca con humanidad y honestidad a todo lo que vemos y sentimos, en un contexto histórico donde personas como Emma, predestinada a la religiosidad, como marcaban los imperativos de la época, quisieron cambiar las cosas y se enfrentaron al injusto y violento orden establecido, para ayudar a los demás, a los más necesitados a los invisibles, que citaba Galeano, a todos aquellos dejados de la mano de Dios, que deambulaban por los caminos, muertos de hambre, huyendo de la guerra, como sigue ocurriendo en la actualidad, con tantas guerras, tantos desplazados y muchos de los gobiernos de antes y de ahora, siguen mirando a otro sitio e imponiendo sus normas por el bien de la democracia que es igual a sus intereses económicos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Pablo Derqui e Ivan Benet, intérpretes de la película «L’home dels nassos», de Abigail Schaaff, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el jueves 18 de enero de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pablo Derqui e Ivan Benet, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Núria Costa de trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA