Ojos negros, de Ivet Castelo y Marta Lallana

EL PRIMER VERANO.

“Siempre hay un momento en la infancia cuando la puerta se abre y deja entrar al futuro.”

Graham Greene

Angélica vivía ajena del mundo de los adultos jugando junto a su primo Luis en La prima Angélica, de Saura. Estrella se sentía desplazada porque su padre le ocultaba el pasado en El sur, de Erice. Y finalmente, Goyita encontraba consuelo en un maduro profesor enfrentada a los prejuicios sociales en El nido, de Armiñán. Tres niñas que empezaban a ser adolescentes, que crecían rodeadas de miradas críticas, de sentimientos contradictorios, de emociones confusas y de actos huidizos, que encontraban afuera, en la escapada, el espacio que tanto ansiaban, ajenas a ese mundo de los adultos tan extraño, tan triste, tan mezquino, tan lleno de recuerdos dolorosos y tan vacío. Ese mundo raro y lleno de confusiones que experimentamos cuando estamos en una especie de tierra de nadie, en un espacio indefinible, en ese período de transición entre el niño o niña que fuimos con ese adolescente que todavía no somos, una transición crucial en nuestras vidas, cuando empezamos a ver las cosas de distinta manera, por primera vez sentimos diferente y queremos hacer otro tipo de cosas, dejamos los juegos infantiles para empezar a mirarnos más a nosotros mismos y a los demás, a jugar a ser adultos, a pesar diferente y sobre todo, todavía estamos en ese tiempo que nos entendemos tantos cambios ya sean físicos como emocionales, y los adultos nos tratan como niños, como lo que ya no somos, y todavía seguimos sin entenderlos, sin saber cómo funciona su mundo, porque el nuestro todavía arrastra esa inocencia, ese momento donde todo todavía es posible, donde la vida empieza a mostrarse frente a nosotros, nuestras miradas, cuerpos y emociones.

Marta Lallana (Zaragoza, 1995) e Ivet Castelo (Vic, 1995) se graduaron en Comunciación Audiovisual por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y debutan con Ojos negros en el largometraje con apenas experiencia en el mundo del cine, siguiendo esa estela maravillosa que arrancó con la película de Les amigues de l’Àgata, a la que siguió Julia Ist, y se apuntó Yo la busco, proyectos surgidos en la universidad que han abierto las puertas al cine a un grandísimo talento femenino, ya que todas las películas están dirigidas por mujeres. A este magnífica terna se añaden Lallana y Castelo, en un guión escrito a cuatro manos por las propias directoras más Iván Alarcón y Sandra García, que también firman como colaboradores de dirección, para contarnos un relato/retrato centrado en Paula, una niña de 14 años de padres divorciados que es enviada por su madre Celia al pueblo materno “Ojos negros” (pueblo familiar de Lallana) en verano, un lugar que Paula solo estuvo de niña. Allí se encontrará a su tía Elba, que nunca ha salido del pueblo y arrastra un resentimiento y hostilidad a la madre de Paula y a su entorno en general, y a su abuela que esta delicada de salud.

La casa familiar se convierte en una especie de prisión emocional para Paula, debido principalmente a tantos recuerdos amontonados que todavía duelen, a tantos objetos familiares que han envejecido como los gestos de cariño de esa tía carcomida y vacía y con esa abuela que ya apenas recuerda lo que fue y lo que fueron. Paula encuentra esa libertad afuera con la aparición de Alicia, una niña de su misma edad, con la descubrirá un universo nuevo, algo muy diferente a esa realidad sombría y oscura de su existencia, como define excepcionalmente el plano inicial de la película cuando vemos el rostro de Paula compungido mientras escuchamos la discusión de sus padres in crescendo dirimiendo lo que es mejor para la niña. Alicia se convierte en esa amiga de juegos, ya no tan infantiles, en que las dos niñas juegan a ser mayores o al menos pretenderlo, corriendo por los campos, tirando piedras a la nada, hablando de sus vidas en la ciudad, bañándose en el río, jugando al amor y sintiéndose lo que todavía no son pero les encantaría ser para entenderse más y así comprender ese mundo adulto tan ajeno y extraño para ellas.

Lallana y Castelo demuestran una madurez cinematográfica fuera de lo común, sumergiéndonos con gran sutileza narrativa y composición formal que ya querrían muchos, a través de planos fijos en el interior de la casa, como ese momento de toque de campanas y vemos el rostro algo triste de Paula, como si el tiempo en el pueblo, su tiempo fuese único, se dilatase o simplemente no avanzase. O esos planos en movimiento en el exterior, donde nos muestran el contraste instalado en las vidas tanto de Paula como de Alicia, un tiempo detenido, donde el verano parece que nunca va a terminar, donde todo es posible, donde la amistad puede ir más allá, donde desconocemos que nos ocurre por dentro, donde no somos capaces de descifrar qué significado tiene aquello o más allá que sentimos, situaciones que retratan ese tiempo sin tiempo que vamos descubriendo y experimentando, donde la rasgada y penetrante música de Raül Refree, que se convierte en la mejor compañía para contarnos todos esos cambios con sutileza y cercanía, que vuelve a participar en una película después de Entre dos aguas. El fantástico buen hacer del reparto con la debutante Julia Lallana a la cabeza, hermana de una de las directoras, impresionante su registro interpretativo, que plasma con sinceridad todo ese mundo cambiante y confuso de su alrededor, bien secundada por la también debutante Alba Alcaine como Alicia, la compañera accidental, y la formidable presencia de Anna Sabaté, la única actriz profesional del elenco, vista en La vida sense la Sara Amat, clavando ese resentimiento que arrastra su personaje, con esa mirada que recuerda a la Lola Gaos de Tristana.

Las directoras noveles encuentran en el silencio y las imágenes la mejor forma de sumergirnos en el retrato de Paula su familia y amigos a través de encuadres que nos introducen en la memoria familiar y esos fantasmas que todavía pululan por las habitaciones de sus casas como esos encuadres nocturnos llenos de imposibles sombras que nos recuerdan a Tren de sombras, de Guerín, y todo ese universo familiar, que contrasta con el mundo de la infancia que tanto ha retratado Carlos Saura en su cine, como la construcción familiar a través del paso del tiempo que vimos en El jardín de las delicias, o los cambios familiares y la indefensión ante ellos que experimentaba la niña  Ana en Cría cuervos o la vuelta al pueblo y a los recuerdos familiares y a los ausentes que había en Elisa, vida mía. Tiempo, memoria, familia, infancia, vida, pueblo, verano son los elementos con los que juega la película de Lallana y Castelo, retrato que podría emparentarse con los firmados por Meritxell Colell en Con el viento, Eva Vila en Penélope y Diana Toucedo en Trinta Lumes, donde la vuelta a casa adquiere connotaciones emocionales muy profundas, donde el misterio se revela a cada mirada, gesto o paso, donde la vida y la existencia se confunden creando espacios mágicos, huidizos y atmósferas más acogedoras y más reconocibles. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/216849045″>OJOS NEGROS (Trailer) – V.O.</a> from <a href=”https://vimeo.com/user66475147″>Ojos Negros</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

La vida sense la Sara Amat, de Laura Jou

EL VERANO QUE LO CAMBIÓ TODO.

“Tenía tantas ganas de vivir que le costaba conformarse con el reflejo de esas vidas ajenas”

(De Ana Karenina, de León Tolstói)

Erase una vez…en un pueblo entre montañas a principios de los ochenta, durante una noche de verano, cuando unos chavales y chavalas juegan al escondite a la luz de la luna, unos lo hacen a desgana, quizás ya van teniendo esa edad de hacer otras cosas que perder el tiempo en jugar a juegos de niños. Una de esas niñas, Sara, desaparece sin dejar rastro, todo el pueblo se echa a las calles y al monte a buscarla sin resultado. Pep, un chaval de la ciudad que pasa los últimos de verano junto a su abuela, descubre que Sara, la niña de la está profundamente enamorado, se ha ocultado en su habitación. Sin tiempo a reaccionar Sara le pide que la deje quedarse. La directora Laura Jou empezó como actriz para luego dedicarse en cuerpo y alma a ser coach de intérpretes infantiles con nombres tan importantes como Agustí Villaronga o J. A. Bayona, amén de dirigir un precioso corto No me quites (2012) en la que planteaba una historia de amor fou, además de llevar desde el 2011 preparando a actores ya actrices a través de su estudio de interpretación. Un largo camino que abre una nueva etapa con su puesta de largo con un relato iniciático y sentimental sobre el despertar a la edad adulta de un chaval de 13 años durante el final de un verano ambientado en aquellos años 80.

Un cuento sobre la vida y su lado menos amable, que adapta la novela homónima de Pep Puig en un guión firmado por Coral Cruz (colaboradora estrecha de Villaronga, Fernando Franco o Carlos Marques-Marcet) en una historia que se deja de sentimientos vacuos y giros inverosímiles de guión para centrarse en la relación íntima y profunda que se va fraguando entre el citado Pep y la escabullida Sara, situada durante muchos minutos de metraje en la habitación del chaval, convertida en una especie de habitáculo secreto donde los dos chicos pueden ser quiénes desean, ocultos de la mirada de los adultos. Jou centra la fuerza del relato y su conflicto en la interpretación de los jóvenes actores, Biel Rossell dando vida al tímido Pep y Maria Morera a la decidida Sara, debutantes en estas lides, en la que la experiencia de la directora se convierte en fundamental, apoyada en el trabajo del coach Isaac Alcalde (que se ocupa también del breve papel de alcalde, importante en la trama) para conseguir esa naturalidad y veracidad maravillosas que consigue de su jovencísimo reparto, que comparten las edades de sus personajes, bien secundados por los otros intérpretes adolescentes, que destilan esa autenticidad crucial para el desarrollo de una historia contada con esa mirada en los albores de la adolescencia, cuando todavía todo es posible, cuando empezamos de verdad a vivir, cuando descubrimos el universo que nos rodea.

La película plantea un relato de despertar a la vida, de mirarse a ese espejo (ojeto significativo en la película que nos explica mucho de lo que sienten sus personajes) y encontrarse diferente, no como todos los días, en el que descubrimos quiénes somos interiormente, como le ocurre a Sara, una niña complicada, como la definirá su madre, alguien que se asfixia en ese pueblo perdido, alguien que quiere huir, escapar de ese entorno familiar triste e infeliz, que lee libros como Ana Karenina, de Tolstói, en que la desdichada heroína rusa tiene mucho que ver con el conflicto que atraviesa Sara, sentirse diferente y vacía en un entorno difícil, de pura apariencia, y my falso. Y se encuentra o acude al encuentro de Pep, un chaval que no es del pueblo, que está de paso, alguien que puede ayudarla, alguien que, hechizado por la energía y la valentía de Sara la seguirá a pies juntillas.

La mágica y evocadora luz de Gris Jordana (habitual de los cortometrajes de Clara Roquet y de trabajos tan estimulantes como Pozoamargo, de Enrique Rivero) convierte la película en esa atmósfera especial e íntima que tanto pide esta historia de adolescentes, de juegos en mitad de la noche, de esos primeros morreos jugando a “Verdad, consecuencia o beso”, los primeros pitillos, los chapuzones en la piscina de cloro, las bromas y burlas de los demás, las tertulias nocturnas de las abuelas, los primeros amores, las primeras eyaculaciones o los primeros escarceos sexuales. La obra nos invita a descubrir un universo estival lleno de vida, de dolor y pérdida, un mundo que la película capta con tranquilidad, naturalidad y cercanía, sin forzar ni aparentar, solo filmándolo y llenándolo de vida y personajes, como ese momento impresionante cuando Pep descubre la habitación de Sara, con ese cuadro en mitad del plano en que la ilustración sale queriendo libertad, vivir, sentir otro aroma, muy lejos de allí, objeto metafórico convertido en el reflejo que siente Sara.

Algunos pensarán en películas que abordan con sensibilidad y profundidad la vida y el amor en el paso de la infancia a la edad adulta como en Una historia de amor sueca, de Roy Andersson o Mes petites amoureuses, de Jean Eustache, o inlcuso, la más reciente Tú y Yo, la despedida de Bernardo Bertolucci, cintas que nos situaban en ese universo pre adolescente, de esas primeras soledades, de esos descubrimientos que producen alegría y dolor, de ser y sentirse adultos, de las primeras mentiras, secretos y ocultaciones, de darse cuenta que la vida no era como nos la habían contado, que había más, y había que descubrirlo, experimentarlo, sentirlo, porque las mejores cosas de la infancia y la adolescencia pasan en verano, en esos veranos recordados, soñados y sobre todo, vividos, porque para Pep, Sara y los demás, ese verano será diferente, será único, se almacenará en el archivo de sus recuerdos, en esas emociones que siempre guardamos y nunca compartimos, ese verano, el verano de las primeras veces, el verano que lo cambiará todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Mike Leigh

Entrevista a Mike Leigh, director de la película “La tragedia de Peterloo”, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el jueves 25 de abril de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Mike Leigh, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Haizea G. Viana de Diamond Films España, y al equipo de prensa del BCN Film Fest, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La tragedia de Peterloo, de Mike Leigh

EL PUEBLO EN PIE.  

“No existe tiranía peor que la ejercida a la sombra de las leyes y con apariencias de justicia”.

Montesquieu (1689-1755)

La primera imagen de la película define de forma contundente y ejemplar la deriva de aquellos tiempos convulsos del primer tercio del siglo XIX en Inglaterra, cuando en mitad de un campo de la batalla final de Waterloo, que derrotó a la Francia de Napoleón Bonaparte, que estuvo en guerra en Europa durante 20 años, vemos a un jovencísimo soldado completamente perdido y desorientado, abrumado por todo lo que está viviendo, rodeado de un sinfín de cadáveres y destrucción. Esta imagen dantesca nos llevará a la secuencia que cerrará la película, otra batalla cruel y sinsentido, pero en otras circunstancias completamente diferentes. “La batalla de Peterloo”, que muchos cronistas de la época definieron como “La masacre de Peterloo”, donde las autoridades británicas arremetieron con contundencia y violencia una protesta pacífica de más de 60000 trabajadores que reivindicaban mejores sociales y económicas. El saldo de la violencia es definitorio ya que hubieron 15 muertos y más de 600 heridos, familias enteras, mujeres, hijos, y transeúntes de cada rincón de Manchester se congregaron en St. Peter’s Field para protestar contra la tiranía de un gobierno despiadado y dictatorial.

El nuevo trabajo de Mike Leigh (Welwyn Hatfield, Inglaterra, 1943) aborda aquellos acontecimientos que significaron un antes y después en las políticas inglesas y desembocaron en una serie de mejoras sociales para los trabajadores, y lo hace desde todos los ángulos posibles, tanto de las condiciones de vida de los obreros, que se hacinaban en las fábricas de algodón con interminables jornadas de durísimo trabajo, las casuchas miserables que compartían familias numerosas, y todo el ambiente de tantos barrios donde se acumulaba la miseria, la suciedad y desprendían un aroma turbio y amargo, filmando de manera sincera e íntima aquellas reuniones de los trabajadores y sus líderes para encontrar formas de protesta y organizarse, pero también, observa al gobierno, a los terratenientes y nobleza, sus estrategias y deshumanización, así como ese rey bufonesco y glotón (que recuerda al Rey Herodes de Jesucristo Superstar), peor no realiza una película plana y manierista, sino todo lo contrario, nos explica con detenimiento y actitud crítica las diferentes distensiones y conflictos que subyacen tanto en el mundo de los pobres como los de arriba, las maneras que tanto unos y otros, desde posiciones radicales y más amables, discuten, se pelean y se enemistan en la forma de afrontar su lucha unos, y otros, en su forma de contenerla y proteger sus intereses y privilegios.

La mirada de Leigh es la de un observador astuto y paciente que ha crecido junto a esa clase miserable y esa otra, más pudiente, y los conflictos que han derivado en esa Inglaterra nacida después de la Guerra,  indagando de manera crítica y en ocasiones, esperanzadora, sumergiéndose en los problemas de los citados, a través de la familia como centro de todo eje social, desde aquella primera película Bleak moments (1972) y los más de 20 títulos restantes que abarcan su filmografía, explorando también esa clase media británica surgida después de la Segunda Guerra Mundial, sus miedos e inseguridades dentro del neoliberalismo. Un cine serio y honesto, nada complaciente, que estudia de forma íntima y brutal todas las miserias que flotan en la superficie de una sociedad ensimismada en el individualismo y la competitividad, y alejada del humanismo y la empatía social, ensalzados en una carrera vertiginosa y terrible para ver quién llega primero sin saber porqué motivo, donde brillan de forma ejemplar la elección de sus intérpretes, que desprenden naturalidad y compromiso, y la magnífica dirección de Leigh sabiendo sacar sus miradas, detalles y gestos más profundos.

Son ejemplos de esta idea de retratar a los más desfavorecidos y sus relaciones conflictivas con las clases medias en obras magníficas como Indefenso (1993) donde indagaba en los invisibles de la sociedad, en aquellos que sobrevivían en condiciones miserables, en Secretos y mentiras (1996) se centraba en el reencuentro de  una madre con su hija biológica que dio al nacer, en Todo o nada (2002) se sumergía en uno de esos barrios feos y pobres de cualquier ciudad inglesa para retratar a una familia alejada de sí misma y a la deriva, en El secreto de Vera Drake (2004) se trasladaba a la posguerra británica para hablarnos de una madre que practicaba abortos de forma clandestina y la relación difícil con su familia, en Happy-Go-Lucky (2008) narraba a una mujer optimista que contagiaba hasta los más reticentes, en Another Year (2010) se centraba en un matrimonio sesentón de clase media y su egoísmo en pos de una amiga necesitada, en Mr. Turner (2014) ambientada en el primer tercio del siglo XIX, como La tragedia de Peterloo, seguía al famoso pintor de la luz, en su inconformismo, su soledad y su relación con un mundo lleno de prejuicios y canónico.

El cineasta británico compone un mosaico complejo y brillante, basado en un hecho histórico y mezclando personajes reales con otros inventados, sobre aquellas semanas previas a lo sucedido en aquella mañana del 16 de agosto de 1819 en Peterloo, asistimos a los preparativos de aquel fatídico día, un día que significaba una celebración para los más necesitados, un pueblo demasiado hambriento y apaleado que querían protestar ante tanta inflexibilidad y tiranía de las autoridades, más interesadas en mantener sus privilegios a toda costa, en pos de una población empobrecida y esclavizada. Leigh se ha convertido en un cineasta fiel que ha construido un gran equipo de colaboradores que le acompañan en sus trabajos, como la maestría de Suzie Davis, tercera película juntos, en su concepción del espacio, en el detalle del decorado y el objeto para afianzar aún más la proximidad y la perfección de la película, con ese vestuario obra de Jacqueline Durran (7 trabajos juntos) envejecido y natural, o la caracterización de los personajes obra de Christine Blundell (12 películas junto a Leigh) con esas caras sucias y duras por el trabajo y tantas desilusiones, la excelente partitura de Gary Yershon, otro de sus grandes colaboradores con 8 títulos juntos, que indaga en la idea de mostrar e ilustrar sin perder la dignidad de aquello que se cuenta.

La excelsa edición de Jon Gregory (tres décadas junto al director) en una película de 154 minutos, que nunca apaga su ritmo y mezcla con naturalidad lo duro con lo ilusorio de la reivindicación. Y por último, la luz de Dick Pope (10 películas juntos, un cine de Leigh imposible de admirar sin el trabajo de Pope) sombría y oscura de buena parte de la película, con ese barroquismo de los pudientes, con el color rojo de la casaca del joven soldado retornado, que presagia los malos vientos que arreciarán en el tramo final. La extraordinaria secuencia del final, filmada al detalle, de la intimidad a la épica del momento, sin banderas ni trompetas, sólo personas de todas las edades intentando demostrar a la tiranía su oposición, un caos de violencia que Leigh filma de forma brutal y contundente, en la que asistimos a la mayor barbarie que podemos contemplar, cuando el estado arremete contra los suyos, contra sí mismo, para seguir utilizando las leyes y la justicia contra el más débil, un terrorismo de estado en que la película no duda en mostrar su posición, eso sí, sin realizar un muestrario panfletario de los más débiles contra el poder, sino indagando en las causas, circunstancias y demás intereses tantos de unos y otros, eso sí, en las batallas entre David contra Goliat a lo largo de la historia, raramente existe una piedra milagrosa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Víctor Cabaco y Mikel Iglesias

Entrevista a Víctor Cabaco y Mikel Iglesias, director y actor de la película “Vitoria 3 de marzo”, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el martes 23 de abril de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Víctor Cabaco y Mikel Iglesias, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Marina Cisa y Sílvia Pujol de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Pablo Aparo

Entrevista a Pablo Aparo, codirector de la película “El espanto”, en el marco del DocsBarcelona, en la Librería Altair en Barcelona, el lunes 28 de mayo de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pablo Aparo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo del DocsBarcelona, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Elena López Riera

Entrevista a Elena López Riera, directora de “Las vísceras”. El encuentro tuvo lugar el viernes 18 de noviembre de 2016 en el Teatre CCCB durante el marco de la XXIII l’Alternativa. Festival de Cinema Independent de  Barcelona.

Quiero expresar mi agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Elena López Riera, por su generosidad, sabiduría y tiempo, a Cristina Riera, Tess Renaudo, Marc Vaillo y a todo el quipo de L’Alternativa, por su trabajo, dedicación, resistencia y cariño, a Marta Suriol y Maria Gracia de La Costa Comunicació, por su trabajo, amabilidad, paciencia y cariño, y a todas las entidades que hacen posible la existencia de L’alternativa.