Entrevista a Lola Buero y África de la Cruz

Entrevista a Lola Buero y África de la Cruz, intérpretes de la película «Los gentiles», de Santi Amodeo, en los Cinemes Girona en Barcelona, el jueves 2 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lola Buero y África de la Cruz, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y Rubén Codeseira de Comunicación de la película, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las gentiles, de Santi Amodeo

LAS JÓVENES SUICIDAS.

“Llega un momento en que algo se rompe en tu interior, y ya no tienes ni energía ni voluntad. Dicen que hay que vivir, pero vivir es un problema que a las larga lleva al suicido”

Umberto Eco en “El cementerio de Praga”

Muchos hemos visto la película corta Bancos y el largometraje El factor Pilgrin, ambos del 2000, y dirigidos por el tándem Alberto Rodríguez (Sevilla, 1971) y Santi Amodeo (Sevilla, 1969), unos trabajos de culto que despegaron dos filmografías que siguen dando guerra veintidós años después. Amodeo siguió con Astronautas (2003), en la que se centraba en las difíciles relaciones de un ex yonqui en pleno proceso de integración en la sociedad  y una adolescente perdida y en busca de su hermano desparecido, y Cabeza de perro (2006), un chaval con una rara enfermedad neurológica conoce a una joven inquieta y alocada. Dos películas que ponían el foco en el final de la infancia y la primera juventud a través de dos jóvenes bastante a la deriva, sin futuro y relacionándose con tipos difíciles. La tercera parte de la trilogía iba a ser Las gentiles, pero las circunstancias imposibilitaron el proyecto y la carrera del director sevillano continuo con trabajos más industriales como la serie Hispania (2010), y los largometrajes ¿Quién mató a Bambi? (2013), y Yo, mi mujer y mi mujer muerta (2019).

Ahora, Amodeo ha podido retomar su proyecto guardado en un cajón y ha parido Las gentiles, coescrita junto a un grande como Rafael Cobos, el colaborador más estrecho del citado Alberto Rodríguez. Un relato intenso y magnífico que protagonizan un grupito de chicas adolescentes que piensan a menudo en el suicidio, sobre todo, dos de ellas. La película situada en Sevilla, como muchas de la filmografía del director, se sumerge de forma natural y sin estridencias en la cotidianidad de cinco amigas. Tenemos a Pacheco, Moriñigo, Tere, y las dos amigas del alma, la Corrales, con tendencias suicidas, y Anita, la voz cantante de la película, porque la historia está contada a través de ella, su intensa y bella mirada se hace con el retrato de la película, contándonos su vida y por ende, la del resto, a través de su realidad, de su entorno y demás. Amodeo huye de la condescendencia y el sentimentalismo para mirar a sus chicas de forma profunda y sensible, sin caer en el manierismo, sino todo lo contrario, en dejar que su cámara las siga y las deje hablar, hacer y experimentar.

Una excelente cinematografía de Álex Catalán, también productor asociado, que ha trabajado en cuatro de las cinco películas del cineasta sevillano, que captura unas vidas en continuo movimiento, donde las acompañamos en el instituto, en sus clases, en sus botellones, sus viajes por internet, sus fotos y videos, su música, bien seguidas por las animaciones marca de la casa del cine de Amodeo y la música, que firman el propio director, la cuarta de sus películas, junto a Bronquio. Sintonías y ritmos muy bien elegidos que detalla y nos sumerge en esos microcosmos vertiginosos y alucinógenos, donde hay una verdad y mentiras poliédricas entre la realidad y las redes sociales, donde el montaje de José M. G. Moyano, un habitual de Amodeo, y Darío García García (con experiencia en documentales, la serie La peste y el próximo estreno de Rendir los machos, de David Pantaleón), sabe introducirnos en esa vorágine de vidas, de experiencias sin fin, de pensamientos, ideas, reflexiones y demás emociones, donde todo se vive de forma intensa y a toda velocidad, sin tiempo.

Las gentiles se detiene en la juventud, en ese período transitorio donde todavía no eres de un lugar ni del otro, como si fueras náufragas sin isla, vagando sin rumbo, esperando que algo ocurra, cuando ocurre la vida, a veces vacía, a veces llena, y casi siempre sin saber que pasa. Unas chicas jóvenes con esas vidas complejas, inseguras y llenas de dolor, de rabia y perdidas, unas chicas que siguen a aquellas dos como Teresa Hurtado de Ory de Astronautas, y Adriana Hugarte en Cabeza de perro. También, habla de falta de comunicación en las familias, de unas vidas no satisfechas que parecen escaparse no se sabe dónde, y se profundiza de forma realista e íntima del suicidio, sin caer en la típica película de género que lo usa como excusa, aquí es el centro de todo y se habla desde la sencillez y la realidad de sus vidas, sin intentar ningún discurso ni cosas por el estilo. Las mencionadas Teresa y Adriana ya demostraron el buen hacer de Amodeo con las debutantes como vuelve a demostrar con el extraordinario quintero de Las gentiles.

Un grupo que forman Alva Inger, Lola Buero, Olga Navalón, y las dos más principales: Paula Díaz en la piel de Corrales, la antítesis de África de la Cruz como Anita, la autentica alma mater de la película, una fiera de la actuación, de la mirada y la gestualidad, todo un maravilloso descubrimiento que deseamos que siga en la interpretación y ofreciendo personajes tan humanos y cercanos como su Anita, uno de esos personajes que no se olvidan con facilidad, que lo dice todo con una mirada y que, sobre todo, se mueve, siente y padece de forma muy hacia adentro, muy suya, que acapara cada encuadre en el que aparece, llenándolo todo. Celebramos con entusiasmo esta vuelta de Amodeo al cine más personal, reflexivo y auténtico, ese cine que cuenta lo que nos pasa, y lo forma humana y vital, donde no hay proclamas ni tesis, sino toda una amalgama de sensaciones, emociones y experiencias que viven las inolvidables protagonistas y además, se atreve a hablar de forma clara y transparente del suicidio entre los jóvenes, y haciéndolo como lo hace, de forma verdadera y honesta. Todo un lujo de película y una de las hermosas, profundas y sencillas aproximaciones de la juventud de aquí y ahora. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tailor, de Sonia Liza Kenterman

EL SASTRE QUE HACIA VESTIDOS DE NOVIA.

“La derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce”

Jorge Luis Borges

En Los tomates escuchan a Wagner (2019), de Marianna Economou, unos primos griegos y la ayuda de unas abuelas reciclaban su cultivo de tomates en conservas orgánicas que vendían al extranjero. Algo parecido le sucede a Mikos, un sastre a la antigua usanza que ha heredado el negocio de su padre. Los cambios en la moda masculina, unos clientes envejecidos o fallecidos, y la crisis arrasadora del país, obligan a Nikos a mirar hacia el futuro de forma diferente y dejar su trabajo como sastre y mirar a las mujeres y a los vestidos de novia. La directora Sonia Liza Kenterman (Atenas, Grecia, 1982), de madre griega y padre alemán, que ya había dirigido un par de películas cortas como Nicoleta (2013), y White Sheet (2015), con gran aceptación internacional, vuelve a colaborar en el guion con Tracy Sunderland, con la que ya coescribió Nicoleta, y continúa en el mundo de los marginados y perdedores, y aquellos que han sufrido alguna pérdida en el entorno familiar. Individuos como Nikos, que no se resigna al inminente embargo de su tienda por falta de pagos, y sobre todo, de clientes.

La trama arranca con el padre de Nikos en hospital, y con la soga al cuello, se las ingeniará para sacar a flote su negocio, con la inestimable ayuda de su ingenio y de su vecina Olga, y su pequeña y espabiladísima hija Victoria, formaran un equipo que recorrerá las calles con un especie de remolque tirado por una moto en busca de clientas, imposible no acordarse del motocarro de Plácido y sus penurias para afrontar la primera letra del citado vehículo. Tailor tiene ese tono de fábula mágica, con el aroma del cine mudo de Chaplin o Keaton, con un tipo muy curioso, de hablar poco, mirar mucho y de vida tranquila y anodina, solo de su trabajo. Tiene también mucho del cine de Tati, y su inolvidable Monsieur Hulot, el tipo hecho a la antigua que choca con tanto aparato moderno, y sin olvidarnos del toque de cuento, con tonos melancólicos y tragicómicos que deambulan por el imaginario de Menzel, Iosseliani, Kusturica, entre otros, y películas como Delicatessen, donde la comedia y el tono de fábula ayuda a mirar la realidad de formas y texturas diferentes.

Kenterman confía plenamente en su plantel de intérpretes para dar vida a unos personajes que hablan lo justo, y miran mucho, eso sí, y como miran, diciéndolo todo, expresando todo lo que tienen en su interior. Dimitris Imellos da vida a Nikos, el callado y rutinario Nikos, un tipo que ya no seduce con el maravilloso arranque de la película, cuando lo vemos en plena faena, con sus telas, sus patrones, sus hilos y alfileres y agujas y demás herramientas de su sastrería, con ese olor a naftalina y a inamovible. La actriz rusa Tamila Kouieva es Olga, una vecina que le ayudará con los vestidos de novia, y quizás a algo más, la niña Dafni Michopoulou es Victoria, hija de Olga, con la que mantiene una peculiar correspondencia, y en el otro lado, están Thanasis, el padre de Nikos, que interpreta el veterano Thanasis Papageorgiou, un hombre de antes, que ve a su hijo como un ser inferior, alguien a quien dirigir, un pobre tipo que ha aprendido el oficio y no es nada sin él, y finalmente, Kostas, el marido de Olga, que compone el actor Stathis Stamoulakatos, un tipo rudo, corriente, y todo lo contrario a Nikos.

Sonia Liza Keterman ha dado con el tono y la forma de su opera prima, una película que no solo habla de la crisis económica desde otra posición, no de aquella triste y crudísima, sino desde un espacio donde se habla de valores que en la sociedad actual parecen olvidados, como la dignidad, la amistad, la fraternidad y la cooperativa, ayudarse unos a otros, mirar al otro, y sobre todo, empatizar. Y todos esos valores humanos nos lo cuenta en el marco de una hermosísima y sensible fábula con el aroma de los cuentos de toda la vida, con la cotidianidad e intimidad que vivimos diariamente. Una película que no debería pasar desapercibida entre la maraña de estrenos semanales, porque el espectador no solo va encontrar un relato bien contado y unos intérpretes que destilan bondad, trabajo y dignidad, valores que en este mundo se hacen cada vez más necesarios y valientes, sino que también van a encontrar humanismo, esa palabra que muchos no solo desconocen, sino que sus actos les llevan a todo lo contrario, porque en casos de dolor y tristeza, como el caso de Nikos y su sastrería, es cuando más necesitamos al otro, que nos mire, que nos entienda y sobre todo, que nos coja de la mano y nos acompañe, porque no somos un número de cuenta corriente ni los bienes materiales que lleven nuestro nombre, eso no es ser, es solo tener. Ser es otra cosa, ser es como somos y nos relacionamos con los demás cuando estamos tristes y jodidos, eso es lo que nos hace personas de verdad, y sobre todo, humanos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

My Beautiful Baghdad, de Samir

LAS REJAS DEL PASADO.

“Bagdad, todavía eres un prisionero tras las rejas. Pero has sustituido a un carcelero por otro. Bagdad, todavía estás en mi vida. Baghdad, todavía estás a mi sombra.”

La película se abre de forma intensa y muy descriptiva del tono y la forma. Una imponente panorámica sobre Baghdad que recorre el río Tigris va descendiendo para enmarcar un mural de Saddam Hussein. En una calle desierta que custodian dos hombres armados, irrumpen dos autos y se detienen frente a una puerta. De él bajan varios hombres armados, que llevan consigo dos hombres encapuchados, que son introducidos en el edificio a golpes. Estamos en pleno régimen iraquí, cuando la dictadura perseguía y torturaba a todos aquellos que consideraba enemigos. Pasamos a la actualidad, cuando Taufiq, un antiguo comunista y poeta, uno de los encapuchados, se ha exiliado en Londres. De repente, es llevado a la policía y es preguntado por unos hechos ocurridos en un parque. El director Samir (Baghdad, Irak, 1955), emigró a Zurich en los sesenta junto a su familia, y desde entonces ha compuesto una filmografía donde abundan elementos políticos y sociales tanto en la ficción, el documental y el cine experimental en una carrera que abarca más de cuarenta títulos.

A través de un imponente guion que firman Furat al Hamil y el propio director, My beuatiful Baghdad (en el original, Baghdad in My Shadow, que en dialecto iraquí-árabe tiene el doble significado de memoria y sombra), se estructura con un intenso flashback vamos conociendo la pequeña comunidad de iraquíes exiliados en Londres, que se reúnen en el Café Abu Nawas, que recibe el nombre de un poeta clásico que vivió hace 1300 años. El lugar epicentro, que sirve como centro cultural y también, como espacio donde convergen y se relacionan personajes dispares que tienen en común de ser iraquíes, en el que se reúnen varias generaciones como las del propio Taufiq, ahora vigilante nocturno, Amal, una mujer que quiere olvidar su pasado y volver a ilusionarse junto a su novio inglés, Muhanad, que debido a su condición homosexual debe esconderse, Zeki, el dueño del café, y su querida ex esposa, Naseer, sobrino de Taufiq, que se está radicalizando a través de la mezquita del barrio, que con la llegada de Ahmed Kamal, un antiguo esbirro del régimen de Saddam, se generará una tensión brutal entre todos los personajes en cuestión.

El director iraquí nos habla de tres tabúes importantes en el mundo árabe: el ateísmo enfrentado a los religiosos fanáticos, el adulterio, y sobre todo, la libertad de la mujer,  por último, la homosexualidad. Todos los temas son tratados con honestidad e inteligencia, sin caer en ningún instante en el estereotipo ni nada que se le parezca, sino profundizando en sus constantes contradicciones y disputas que padecen los personajes tanto a nivel interior como exterior. Este grupo de exiliados deben hacer frente a todo su pasado, y su presente, a vivir a pesar de todo, a pesar de los que aparecen para enturbiarles sus existencias, y la película lo muestra con sobriedad y contención, penetrando en esa intimidad de sus vidas, con todos sus traumas, tanto pasados como actuales, en una cafetería convertida en un oasis en el que convergen sus dos universos, el iraquí y el londinense, el ateísmo y al religión, la prisión y la libertad, como demuestra la apertura de la película con ese río que divide Baghdad, esos dos mundos enfrentados, dos mundos diferentes, dos formas de vivir y sobre todo, sentir.

Un grandísimo reparto que añade sinceridad, naturalidad y humanismo, encabezado por Haytham Abdulrazaq en el papel de Taufiq, Zahraa Ghandour como Amal (que ya nos encantó en la impresionante La decisión (2017), de Mohamed Al Daradji), Wassem Abbas en el rol de Muhanad, Shervin Alenabi como Naseer, Kabe Bahar como Zeki, Ali Daeem en Ahmed, Farid Elouardi como Yasin, el jeque radical, y los ingleses Maxim Mehmet en Sven, Andrew buchan como Martin y Kerry Fox como editora, entre otros. Es de agradecer que la distribuidora Surtsey Films apueste por este tipo de cine, y de un país como Irak, del que conocemos muy poco a nivel cinematográfico, con escasos títulos en nuestras carteleras, si exceptuamos algunas como Zaman, el hombre de los juncos (2003), de Amer Alwan, Las tortugas también vuelan (2004), de Bahman Ghobadi, y Homeland (Irak año cero) (2015), de Abbas Fahdel. Un cine profundo, magnífico y humanista que nos habla de la situación política, económica, social y cultural de un país, que tuvo su esplendor en materia de libertad y modernidad en los cincuenta y sesenta, y con la llegada de Hussein entró en la oscuridad y el terror del que todavía no ha salido. My Beautiful Baghdad no solo nos habla de exilio, sino también de algo mucho más universal, la necesidad de olvidar el pasado y sobre todo, de reconciliarse con él, a pesar de las decisiones que tuvimos que tomar, que quizás no eran las más adecuadas, pero fueron las que decidimos, y debemos continuar hacia adelante, perdonando y perdonándonos, para ver lo que vendrá de forma más humana y honesta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Liliana Torres

Entrevista a Liliana Torres, directora de la película «¿Qué hicimos mal?», en una cafetería de Gràcia en Barcelona, el lunes 13 de diciembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Liliana Torres, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Paula Álvarez de Avalon, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

¿Qué hicimos mal?, de Liliana Torres

DE ESO QUE CREEMOS “EL AMOR”.

“Ce soir le vent qui frappe à ma porte. Me parle des amours mortes. Devant le feu qui s’ éteint” / “Esta noche el viento golpea a mi puerta. Me habla de amores muertos. Frente al fuego que se apaga”.

Charles Trénet en “Que reste-t-il de nos amours”

El gran Charles Trénet cantaba a los amores y las ilusiones perdidas en la maravillosa apertura de Baisers Volés (1968), de François Truffaut. Se preguntaba que fue de aquel amor del pasado, de los hechos que propiciaron su final. La directora Liliana Torres (Vic, Barcelona, 1980), también se hace la misma pregunta: ¿Qué hicimos mal?, en referencia al porqué del final de sus relaciones, y emprende un viaje, un viaje físico y sobre todo, emocional, en el que volverá a sentarse frente a frente a aquellos amores para dialogar por las causas, y preguntarles porque terminaron. Esta fusión entre el documento y la ficción, o lo que es lo mismo, entre la realidad inmediata de la vida de la directora, y la invención, y la construcción propiamente dicha de la película, ya estaban en los cimientos de su opera prima Family Tour (2013), en la que nos situaba en el reencuentro y la relación entre ella y su familia, después de años fuera trabajando, la actriz Núria Gago era Lili, y su familia, la real, que entre todos generaban una suerte de película inteligente y muy íntima, en la que nunca sabíamos donde empezaba y acababa la ficción y el documento.

Con Hayati (2019), codirigida con al montadora Sofi Escudé, se centraba en las consecuencias de la inmigración en Barcelona a través de una familia siria. En ¿Qué hicimos mal?, tercer trabajo hasta la fecha, vuelve a los planteamientos y elementos que sustentaban su primer largometraje, con personas reales e intérpretes. Aunque esta vez, con una premisa mucho más clara, la propia directora hará de ella misma, con rasgos de su propia vida, pero interpretando a una mujer que dirige cine, o al menos intenta hacerlo, a pesar de los obstáculos económicos y emocionales, y además, mantiene una relación con David, una relación de tiempo, que empieza a tambalearse y a repetir viejos patrones del pasado. Mientras, maleta en mano, viajará a tres lugares diferentes: a Barcelona para reencontrarse con Kilian, su primer amor, el más idílico, donde hablarán de las causas que propiciaron la ruptura. En Italia, verá a Manuel, el amor caótico y salvaje, un amor a distancia, que también se rompió, y finalmente, se trasladará a México, donde visitará a Fede, el amor de tiempo, con siete años de relación, que también se fue en una tarde, y todavía hay mucho rencor por parte de él.

La película está construida a través de una naturalidad, transparencia y cercanía ejemplares, todo se cuenta desde una sensibilidad y fuerza magníficas, todo nace desde el corazón, con esa luz tan libre, tan de aquí y ahora, y tan acogedora, que firma la cinematógrafa Lucía C. Pan (de la que hemos visto grandes trabajos para gente como Xacio Baño, Andrés Goteira y Álvaro Gago), y el pausado y conciso montaje que firma Laia Artigal (con películas para Roser Aguilar, Elena Trapé y Sergi Pérez), para reforzar esa mirada en la que no hay sentencias ni buenos propósitos, solo búsqueda, quizás imposible, pero búsqueda ante todo, envuelto en un mar de dudas acerca del significado de hacer una película, de las relaciones, de sus crisis, la de ahora y las pasadas, en un juego que podría recordar a la novela “Canción de Navidad”, de Dickens, de viajar a lo que fuimos, a lo que somos, y tropezarnos con las mismas situaciones, los mismos conflictos, aunque el tiempo vaya pasando, y nosotros nos creamos más maduros e inteligentes. Liliana reflexiona sobre la persona que fue, sobre todo lo vivido y experimentado, y lo hace de forma clara y directa, no hay medias tintas, todo se cuenta desde la verdad, desde lo auténtico, desde nuestras  torpezas y miedos e inseguridades, con unos encuentros o reencuentros que va experimentando que la hacen ver y verse, desnudándose en todos los sentidos, en una hermosa y cruda declaración de sus objetivos e intenciones.

La cineasta-persona quiere saber, aunque para ello deba revivir situaciones felices, y también, dolorosas, pero armada de valor y con la cámara como testigo infalible y registradora implacable de ese instante, se lanzará a todo, en la que no esconde la construcción de la película, sino todo lo contrario, creando esa sensación de inmediatez, de ser testigos privilegiados de todo lo que ocurre, tanto delante como detrás de la cámara, y la directora-personaje se convertirá en un tercer elemento, en una persona que ante todo necesita saber, quiere pensar y sacar, si es posible, alguna que otra reflexión, a pensar en eso que creemos que es el amor, nuestras relaciones y nuestros amores, que diría Pialat, y lo hace con una mirada crítica y certera sobre la naturaleza de las relaciones de ahora, las que vivimos y las que viviremos, en contraposición, como ese reflejo del espejo que nos cuesta mirar, porque todas las relaciones que tendremos siempre nos remitirán a aquellas que tuvimos, a los errores del pasado, a todo aquello que sentimos, que dijimos y sobre todo, a todas las rupturas que tuvimos de amores que, ingenuamente, creíamos sólidos e inexpugnables.

Decía el poeta que amar es darse cuenta de lo solo que estás, también, es darse cuenta que el amor o eso que creemos el amor, es más una ilusión que una certeza, que cuando amamos o creemos amar, no es suficiente el amor, hay más cosas, cosas que olvidamos con demasiada facilidad, y el amor siempre está ahí, o creemos que está, porque todo está sujeto, si está realmente sujeto, de un hilo muy fino, invisible, que siempre está a punto de romperse, o quizás, ya se haya roto, y todavía no nos hemos dado cuenta, porque en el fondo, de lo que habla la extraordinaria película de Liliana Torres es que la experiencia en el amor siempre es muy engañosa, porque cada persona es un mundo, y cada relación una aventura incierta y llena de misterios que desvelar o no, porque como cantaba Trénet, quizás un día, recordemos aquellos amores del pasado, o aquel amor del pasado, y hagamos como Lili y tengamos la necesidad de volver a reencontrarnos con ellos y preguntarles tantas dudas, tantas cosas, y preguntarnos a nosotros mismos sobre el amor o aquello que creemos que es el amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Lola, de Laurent Micheli

COMPRENDER LA DIFERENCIA.

“La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar donde nació, ni la fecha en que vino al mundo. La identidad de una persona consiste, simplemente, en ser, y el ser no puede ser negado”.

José Saramago

Desde que el ser humano habita este planeta, aceptarse a uno mismo siempre ha resultado una tarea ardua y complicado. Cuando este trabajo se consigue, o al menos, se acepta, luego viene otro, el que la sociedad le acepta a uno, cosa que en muchas ocasiones no resulta una tarea ya difícil, sino imposible, y más, cuando se trata de los tuyos. Laurent Micheli (Bruselas, Bélgica, 1982), ha sido actor, luego, director, siempre interesado en cuestiones de identidad y género, como demostró en su opera prima Even Lovers Get The Blues (2017). En Lola, su segundo trabajo tras las cámaras, plantea una película de aquí y ahora, posando su mirada en la vida de Lola, una chica transexual que, tras su confirmación de que ya puede someterse a la operación de  reasignación de género, su madre, principal apoyo emocional y financiero, fallece. Esto provocará que tanto Lola, como su padre, Philippe, que no acepta a su hija, deben emprender un viaje como última voluntad de la madre. Dos personas que no se tratan, muy distanciadas, con un pasado turbio en común, y antagónicas en sus formas de sentir y hablar, deben compartir unos cuántos días y mirarse, y sobre todo, entenderse.

Micheli plantea una película sencilla y directa, dos personajes y una carretera con un destino final que no solo los llevará a un lugar común sino a un pasado común, un pasado que emergerá y pondrá las cosas esenciales de la vida sobre la mesa. El director belga habla de la transexualidad de forma natural y transparente, no haciendo una apología ni nada por el estilo, sino tratando los temas que surgen en el seno de muchas familias cuando existe este conflicto entre padres e hijos, en este caso, padre e hija, sin posicionarse por ninguno de los dos personajes, en absoluto, sino reflexionando y sobre todo, encontrando todo aquello que los separa y los une, todo esa vida, todas aquellas cosas de las que no hablaron, todo lo que tenían en común con su madre y esposa, y toda aquella verdad que ha estado tanto tiempo oculta, esperando que fuera desvelada en algún momento. Lola (que tiene el título original bellísimo “Lola vers la mer”), ese mar como espacio de libertad, de sinceridad y de ser, de ser uno mismo, siendo aceptado por el padre, o al menos, que lo mire con ojos de verdad, de comprensión, no de rencor y tristeza.

Lola nos recuerda a Elvira, la transexual que protagonizaba Un año con trece lunas, (1978), de Fassbinder, en el que la película le realiza un sincero homenaje con ese instante en la casa de putas. Una mujer que solo buscaba un poco de cariño y aceptación para que su soledad no fuera tan agobiante y culpable. Un personaje muy al estilo de los del genial cineasta alemán, seres que, como Lola, solo buscan ser aceptados y un poco de cariño, emociones que resultan tan imposibles en una sociedad demasiado obcecada en sus prejuicios y convenciones. La luz cálida y libre obra del cinematógrafo Olivier Boonjing, que ya estuvo en la primera película de Micheli, consigue darle ese tono tan agridulce que tanto necesita la historia, un relato de vaivenes emocionales, así como el excelente trabajo de montaje que firma Julie Nass (que ha trabajado mucho en el documental, o en la reciente Adam, de Maryam Touzani), dándole ese ritmo y agilidad que en muchos momentos juega con esa forma más próxima al documento, muy bien envuelto en la ficción.

Un gran reparto bien conformado por Benoît Magimel (que hemos visto en excelentes películas de grandes nombres como los de Techiné, Haneke, Chabrol, entre otros), hace de Philippe, ese padre de antes, que debe entender a su hija, sus problemas y su vida, que no le resultará fácil, por mucho que en ocasiones se empeñe en ello, y en otras, vaya en otra dirección. Y Mya Mollaers que debuta en el cine con el personaje de Lola, dando un recital de frescura, sinceridad y humanidad, con ese momentazo en el coche sacando la cabeza por fuera y cantando a pleno pulmón “What’s Up”, de los 4 Non Blondes, una canción popera de principios de los noventa que también reivindicaba una forma de ser y de amar. Lola  no solo es una excelente y profunda mirada hacia la transexualidad, sino que es un magnífico ejercicio de quiénes somos, cómo nos relacionamos, y sobre todo, como nos miran los demás, y aceptan nuestra identidad y lo que hacemos, y la grandiosidad de la película es que lo hace desde el humanismo, a través de una ejemplar tono transparente y sencillo que nos llega de frente, sin cortapisas ni estridencias de ningún tipo, solo filmando dos personas en lados opuestos que deben mirarse, hablar y comprenderse aunque sean muy diferentes en forma y pensamiento. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jo Sol

Entrevista a Jo Sol, director de la película «Armugán, el último acabador», en la sala de cine de Video Instan en Barcelona, el martes 25 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jo Sol, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.