Libertad, de Clara Roquet

EL ÚLTIMO VERANO.

“Uno no puede ser uno mismo de manera absoluta cuando se está en público, porque estar en público ya te obliga a cierta autodefensa”

John Lennon

Para hablar de Libertad, opera prima de Clara Roquet (Malla, Barcelona, 1988), nos tenemos que ir a sus primeros trabajos, El adiós (2015), una película de quince minutos, en la que nos hablaba de forma muy íntima y profunda de la muerte, a través de la cuidadora sudamericana y de una niña bien. En su segundo trabajo, Les bones nenes (2016), de 17 minutos, retrataba las consecuencias de los actos a través de una niña y su hermana adolescente en un entorno rural. Para su debut en el largometraje, la directora barcelonesa nos envuelve en un verano, el último de la infancia de Nora, una adolescente de 14 años, con su familia, una familia tradicional y conservadora que representa su madre Teresa, y su abuela Ángela, cuidada por Rosana, una colombiana que recibirá la visita de su hija Libertad, a la que no ve hace años. La recién llegada trastocará por completo la existencia de Nora, porque lo que parecía un verano más, aburrida y solitaria por los juegos demasiado infantiles de los pequeños, y las conversaciones ajenas de los adultos, se convertirá en otra cosa, porque Libertad, un año más que ella, le mostrará otra forma de vivir, de relacionarse con los chicos, y una especie de libertad que hasta ahora, era una quimera para Nora, siempre vigilada y caminando por una senda trazada de antemano.

Roquet se ayuda de parte del equipo que le ha acompañado en sus anteriores trabajos como la productora Lastor Media, el músico Paul Tyan, que le da ese toque sutil y triste de los conflictos que atraviesa la protagonista, y la cinematógrafa Gris Jordana, con una luz cegadora en el exterior, e íntima y densa en los interiores, que recoge con precisión los diferentes tipos de luz que había en los cortometrajes citados, y el delicioso y acogedor montaje de la siempre estupenda Ana Pfaff. Libertad no subraya en absoluto las situaciones que se van produciendo, todo está contado desde el interior y la mirada de Nora, que a modo de fábula, nos va conduciendo por esa transición en la que está inmersa. Por un lado, no encaja en esa vida llena de convenciones, de la que se siente muy alejada, una desconocida para ellos, luego, a más está las decisiones de su madre que no entiende, por la hipocresía y falsedad en la que se mueve, luego, su abuela, ensimismada en sus recuerdos y su demencia, en la que entrada de Libertad en la casa y en ese verano que pinta tedioso, dará un vuelco en el todo cambiara. La visitante le mostrará otra forma de ver la vida, más acorde a lo que Nora siente, sus juegos, sus escapadas, sus baños a la luz de la luna, y sobre todo, una vida de idas y venidas, todo lo contrario a la vivida por Nora.

Nos rondan en la cabeza algunas películas que tienen mucho que ver con lo que cuenta Roquet, esa mirada libre, extraordinaria y sensible de acercarse a esos universos familiares, de verano y llenos de oscuridades, como por ejemplo, La ciénaga, de Lucrecia Martel, Tres días con la familia, de Mar Coll,  Las horas del verano, de Olivier Assayas y Una segunda madre, de Anna Muylaert, donde el verano, la familia, las cuidadoras e hijos/as de éstas, juegan un papel fundamental en ese choque de clases, en ese espejo deformador entre los privilegios de unos y las carencias de otros, en esa especie de paraísos invertidos porque lo que materialmente les sobra a unos, emocionalmente les falta. La directora catalana que ha coescrito películas tan interesantes como 10000 km y Los días que vendrán, de Carlos Marqués-Marcet, y Petra, de Jaime Rosales, conoce estos universos burgueses y sus grietas, ya que creció en una familia de estas características, y sabe atrapar de forma sutil y extraordinaria, sus intimidades, sus zonas oscuras y todas sus apariencias y mentiras, y los muestra de forma detalla, intensa y nada invasiva, como deja patente en el cuadro que abre la película, con esas cortinas mecidas levemente por el viento, y de repente, Rosana, las abre y empieza a destapar los muebles ante la inminente llegada de Nora y su familia.

Todo se cuenta sin sobresaltos ni piruetas argumentales, todo encaja de forma maravillosa y llena de sutilezas, el guion escrito por la propia directora, se acoge a un relato lineal, un relato de iniciación, o podríamos decir, un relato de despedida, de ese tiempo de la infancia que Nora está dejando, y entrando en la vida de los adultos, donde todo está bajo la alfombra, donde todo se oculta, donde todo está impregnado de la tristeza y la mentira, de ese mundo que Nora va a huir porque no es el suyo, y sobre todo, porque está provisto de la verdad y la libertad de ser y ejercer de uno mismo, eso que da tanto miedo a los adultos, y por eso siguen el plan establecido desde generaciones. Cada detalle, cada plano y cada movimiento de cámara está supeditado al estado de ánimo de la protagonista, como ocurre con las dos canciones que suenan durante la película: “Pena, penita pena”, de Lola Flores, relacionada con ese mundo de la abuela que se está extinguiendo, y el otro tema que escuchamos, “Si supieras”, de Gloria, que alude completamente a las emociones de Nora, a esa cárcel y esos impedimentos de su madre hacia la joven.

Amén de las interpretaciones brillantes de Nora Navas que es Teresa, la madre de Nora, esa mujer acomodada, que sigue una tradición que ya ni cree ni siente, Vicky Peña como la abuela Ángela, en su mundo, con su enfermedad y ausente y cercana, Carol Hurtado como Rosana, la cuidadora, servil y una más, aunque en la práctica, una menos, y las dos niñas, Nicolle García es Libertad, y María Morera como Nora, que ya nos encantó en La vida sense la Sara Amat, de Laura Jou, se erigen no solo como la pareja protagonista de la película, sino como el contrapunto perfecto a todo el entramado de la historias, con esas dos formas de mirar, de sentir, de esos dos mundos opuestos, tan diferentes, pero que en la práctica, las dos adolescentes tan distintas entre sí, encontrarán ese punto que las une, las acerca, a pesar de sus diferencias, que son muchas, encontrarán aquello que las hace iguales, las ansias por ser ellas mismas, por descubrir el mundo de fuera, sintiéndose que están haciendo algo por ellas, sin nadie que las dirija, que les diga y dejándolas sentir todo eso que andaban tanto tiempo buscando o queriendo encontrar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Guille Cascante

Entrevista a Guille Cascante, director de la película «Balandrau, infern glaçat», en el marco del DocsBarcelona, en los Cinemes Girona en Barcelona, el jueves 13 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Guille Cascante, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Núria Costa de Trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Entrevista a Josep Maria Vilà

Entrevista a Josep Maria Vilà, protagonista de la película «Balandrau, infern glaçat», de Guille Cascante, en el marco del DocsBarcelona, en los Cinemes Girona en Barcelona, el jueves 13 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Josep Maria Vilà, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Núria Costa de Trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Entrevista a Carlos Marques-Marcet

Entrevista a Carlos Marques-Marcet, director de la película «Los días que vendrán», en el Soho House en Barcelona, el martes 25 de junio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Marques-Marcet, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Paula Álvarez de Avalon, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Los días que vendrán, de Carlos Marques-Marcet

TRES VIDAS INCIERTAS.

En el universo cinematográfico de Carlos Marques-Marcet (Barcelona, 1983) abundan los personajes entre dos mundos, situados en un espacio de incertidumbre que los agobia profundamente, individuos que creen tener las situaciones bajo control, o al menos eso les gusta pensar, porque cuando estalla el conflicto en el interior de la pareja, toda esa paz y tranquilidad que parecía reinar, estalla en mil pedazos, provocando todos los conflictos habidos y por haber, convirtiendo sus espacios en lugares llenos de caos, desesperación y emocionalmente llenos de dudas y discusiones, llenando sus existencias de laberintos sin entrada ni salida posible, al menos, por el momento. Es un cine de nuestro tiempo, de aquí y ahora, pero universal y atemporal, centrado en los jóvenes de ahora, de sus vidas y no vidas, de las que viven y las que dejan por vivir, que habla de la intimidad de la pareja, de los sueños personales, tanto profesionales como emocionales, y sobre todo, de todos esos conflictos que se instalan en el seno de un amor que no parece tan irrompible, sujeto a demasiadas derivas emocionales y sobre todo, a demasiadas circunstancias motivadas por la incertidumbre laboral. Un cine que habla de los tiempos actuales, pero que se centra en las emociones de los personajes, convertidos en robinsones crusoe extraviados en sus emociones y sus innumerables dudas, tanto existenciales como todas las demás.

En su opera prima, 10.000 KM (2014) Marques-Marcet nos contaba los conflictos de una relación a distancia. En la siguiente película, Tierra firme (2017) nos hablaba de una relación sentimental entre dos mujeres y el conflicto que generaba la idea de tener un hijo. En Los días que vendrán, ya no existe esa idea de tener un hijo, sino que el hijo llega en forma de embarazo a las vidas de Vir y Luís, una pareja que llevan un año saliendo. Mientras la pareja espera esa vida, que después de bastantes dudas deciden tirar palante, se enfrentan a las vidas propias, que la noticia del embarazo, ha hecho tambalear y de qué manera, el presente ha dejado pasó de un plumazo al futuro, a ese futuro incierto que les llena de miedos e inseguridades, tanto a ellos como a su relación de pareja. El director barcelonés aprovecha el embarazo real de dos de sus amigos, María Rodríguez Soto y David Verdaguer (que parece en las tres películas del director) magníficos en sus roles, redescubriéndonos constantemente a sus personajes y sus derivas emocionales, para contarnos ese tiempo incierto y lleno de dudas del embarazo, en el que la vida íntima de pareja y cotidianidad, deja paso a estar “embarazados”, a todos los cambios, tanto físicos como emocionales a los que deberán enfrentarse, a este espacio incierto en el que se irán convirtiendo en tres, un tiempo de espera de Zoe, nombre que pondrán a la nueva vida que está creciendo en la barriga de Vir.

Muchas vidas cruzadas nos relatan en el guión firmado por el propio director, Clara Roquet (que vuelve a trabar con Marques-Marcet, después del paréntesis de Tierra firme) y Coral Cruz (coguionista de Agustí Villaronga, entre otros) a saber, la de Vir y Luis, los personajes que dan vida los intérpretes Verdaguer y Rodríguez, los citados actores que también están viviendo su embarazo real, y por último, el maravilloso juego entre ficción y documento que establece el director cuando estos personajes interactúan con personas reales de su entorno más próximo, como los padres y hermano de María Rodríguez, con ese momento intensísimo y magnífico con la grabación de vhs, donde vida y cine se fusionan de forma increíble, casi en una vuelta del skype que aparecía en 10.000 KM, o los amigos de David Verdaguer, en esos instantes donde el cine y lo contado alcanza un espacio de limbo, donde la vida real y la ficción consiguen mezclarse de manera natural y muy íntima. El cineasta catalán nos ofrece la última de una especie de trilogía improvisada, donde habla de todos nosotros, de aquello que somos y lo que dejamos de ser, donde construye un interesando y brutal puzle de imágenes llenas de vida, muy orgánica, una especie de diario filmado de un embarazo, con sus pros y contras, con la vida escapándose a cada rato y dejándonos del revés.

Una película intimista y vital, la mejor de sus películas, por su belleza y tristeza, por la intensidad e intimidad de sus imágenes tan llenas de vida, y con todo lo que ella conlleva, que a veces resulta bella, mágica, triste, rota, herida, confusa, vacía o llena de risas tontas, de lágrimas espontáneas, de polvos rápidos o llenos de amor, de momentos recordados y otros, olvidados, con situaciones cómicas, como ese instante en el que deciden el nombre de la criatura que vendrá, y otras, duras, donde la discusión alcanza lo más oscuro y profundo de cada uno de nosotros, de palabras arrepentidas, de palabras que cuentan y otras, que confunden más, con ese aroma del «Free Cinema», con películas de un tiempo y una juventud como Sábado tarde, omingo mañana, Un sabor a miel El ingenuo salvaje, entre otras, o las comedias agridulces de Linklater con Delpy y Hawke, cine cercano y realista,  porque lo que nos viene a decir Marques-Marcet es que la vida era esto, no lo que nos habían contado o lo que nosotros a partir de eso hemos imaginado, la vida era todo lo que sentimos, mezclado y fusionado, en el que por momentos lo tenemos claro o más o menos, y en otros, somos un mar de dudas, incertidumbres y miedos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Petitet, de Carles Bosch

LA PROMESA DEL RUMBERO.

“A los gitanos, lo que nos pasa, es que cuando decimos algo lo hacemos”

Petitet

Joan Ximénez es “Petitet”, un gitano de Barcelona, de la calle de la Cera, que fue uno de los mayores músicos percusionistas de la rumba catalana requerido y admirado por todos,  e hijo de uno de los palmeros de Peret. Ahora, Petitet tiene una rara enfermedad, que le ha retirado de la música, que lo debilita muscularmente, y necesita de una máscara de oxígeno para seguir hacia adelante. Petitet prometió a su madre moribunda que llevaría la rumba catalana a un gran teatro acompañada de una orquesta sinfónica. El cineasta Carles Bosch (Barcelona, 1952) uno de los grandes nombres del periodismo, director y realizador del mítico “30 minuts” de TV3, arrancó con Balseros  (2002) que nació de un programa para convertirse en un documento esencial e íntimo sobre 7 cubanos y su odisea de emigrar a EE.UU., le siguió Septiembres (2007) donde recogía las historias de amor de un grupo de presos de la cárcel Soto del Real de Madrid, y Bicicleta, cuchara y manzana (2010) en la que filmaba al ex alcalde y ex presidente de la Generalitat Pasqual Maragall, cuando anunció públicamente que padecía alzheimer y su crónica diaria.

Ahora, Bosch vuelve al retrato individual, sin olvidar lo colectivo, si bien como su anterior trabajo nos habla de la intimidad y la cotidianidad de alguien enfermo, en sus dos primeras películas, el retrato colectivo daba paso al individuo, a su contexto y sus circunstancias, como ocurre en la película sobre Maragall y en Petitet, dos hombres y un destino, enfrentados a su enfermedad, con determinación y resistencia ante los avatares de la vida. Petitet emprende su empresa, nada fácil y extremadamente compleja, en cierta medida, su aventura urbana nos recuerda a esos personajes como Fitzcarraldo o Lope de Aguirre de las películas de Herzog, porque son seres que, contra viento y marea, izan sus velas y emprenden su viaje, acompañados de los suyos y sin que nada ni nadie les impida cumplir su objetivo. Petitet es un tipo corpulento, le cuesta horrores moverse y físicamente esta “fotut”, pero él, como buen gitano de palabra, sigue a lo suyo, reclutando y juntando a sus compadres músicos y a otros (algo así como el jefe de Los siete samuráis) para formar su grupo, su orquesta y empezar con sus ensayos y la planificación que no es poca.

Bosch filma a Petitet y su odisea urbana y cercana, durante un año, capturando su empuje, su resistencia y valentía, convencido de que a pesar de su maltrecha salud y la empresa titánica en la que está enfrascado, tirará pa’lante como sea y con las pocas fuerzas que le queden, porque como bien explica el propio Petitet en la película: “El tren ya está en marcha, no puede parar”. Bosch crea un espacio escénico extremadamente humanista e íntimo, de una cercanía que traspasa, pero sin articular ningún discurso o enjuiciamiento, nos habla a “cau d’orella”, de personas que a pesar de las dificultades extremas y las circunstancias adversas, no se detienen ante nada, y siguen convencidos de su tarea, de su idea, cueste lo que cueste, y en todo momento, flaquean o decaen, aunque los vemos cansados, con dudas y temores, pero después de un lapsus, siguen con su idea hasta las últimas consecuencias, enfrentándose a los conflictos, tanto externos como internos, siempre manteniéndose en pie, y sin perder la dignidad.

Petitet como buen gitano, adora a su familia y es su motor vital, y en la promesa a su madre fallecida, encuentra su manera de contribuir a la rumba catalana (esa fusión de flamenco con los ritmos afrocubanos) sacarle de su olvido, después de sus años primorosos, donde gente como “El Pescaílla”, Gato Pérez, Peret, “Los Chicos” y compañía, la hicieron grande y exitosa. Petitet toma el testigo, que no es nada sencillo, y monta este tinglado (que recuerda al que montaron Newman y Redford en El golpe) para poner en el candelero nuevamente, para que los más jóvenes la conozcan y bailen con sus ritmos. Bosch ha vuelto a emocionarnos, desde la sencillez y la humanidad de sus personajes, capturando las conversaciones, las diferentes posiciones, los ensayos, las risas, las discusiones, y el compadreo y la amistad,  filmando la esencia de sus curiosos tipos, de esos gitanos de barrios populares, que no saben leer música, pero no hay nadie que se les compare a la hora de componer ritmos y variaciones musicales, porque lo llevan en el adn gitano, ese que se hereda de abuelos a padres, y éstos, a sus hijos, y luego, a sus nietos, y así siempre. Bosch nos hace bailar, emocionarnos, reír y también, sufrir, porque aparte de que Petitet consiga materializar su promesa, estamos ante un hombre que cree en sí mismo, a pesar de todo y todos, que a su manera, es alguien emprendedor, valiente y cabal.

Encuentro con Ariadna Ribas y Ana Pfaff

Encuentro con Ana Pfaff y Ariadna Ribas, montadoras de “Estiu 1993” y “Julia Ist”, respectivamente, del colectivo Dostopos, con motivo de la mesa “Diálogo montadoras», organizada y moderada por Gonzalo de Lucas, en el marco de la Universidad Pompeu Fabra. El acto tuvo lugar el miércoles 12 de julio de 2017 en una aula de la UPF en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Pfaff y Ariadna Ribas, por su tiempo, conocimiento, cariño y generosidad, y a Gonzalo de Lucas, por su organización, generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

 

Encuentro con Carla Simón y Elena Martín

Encuentro con Carla Simón y Elena Martín, directoras de «Estiu 1993» y «Julia Ist», respectivamente, con motivo de la mesa «Diàleg entre Cineastes. Filmar des de les emocions autobiográfiques. Com sostenir la idea d’una pel.lícula», organizada y moderada por Gonzalo de Lucas. El acto tuvo lugar el martes 13 de junio de 2017 en la Sala Mompou de la SGAE en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carla Simón y Elena Martín, por su tiempo, conocimiento, cariño y generosidad, y a Gonzalo de Lucas, por su organización, generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

Entrevista a Carlos Marques-Marcet

Entrevista a Carlos Marques-Marcet, director de «Tierra firme». El encuentro tuvo lugar el viernes 1 de diciembre de 2017 en la terraza del Catalina Café en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos Marques-Marcet,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Paula Álvarez de Avalon, por su tiempo, generosidad y amabilidad y cariño.

Tierra firme, de Carlos Marques-Marcet

LA VIDA EN UN BARCO.

La película se abre en un fondo negro, empieza a sonar una música acogedora y suave, lentamente, muy a lo lejos, en el fondo, vislumbramos una pequeña luz que, a medida que avanzamos, descubrimos que vamos a bordo de un barco en mitad de un túnel y la pequeña luz nos va descubriendo un río, un canal y la vida. Una apertura que nos viene a decir que por muy oscuro que sea el lugar que nos encontremos, si avanzamos con paso firme, podremos encontrar un leve resquicio de luz. Carlos Marques-Marcet (Barcelona, 1983) sorprendió a propios y extraños con su puesta de largo, 10.000 km (2014) en la que una pareja enamorada debían separarse por el trabajo de ella, y continuaban su relación vía skype, con todos los problemas que se generaban. En su segundo trabajo, Marques-Marcet vuelve a instalarse en el terreno de la pareja, en este caso, dos jóvenes enamoradas, Eva y Kat, dos polos opuestos, Eva, racional y ordenada, y profesora de salsa y su deseo de ser madre, en cambio, Kat, emocional y aventurera, y camarera, que no tiene tan claro lo de ser madre. El deseo individual de cada uno de nosotros y los objetivos como pareja, vuelven a tensionar este segundo trabajo como lo hacía su interesante debut.

Ahora, introduce el conflicto de la maternidad, no ya como obligación en el tiempo de nuestros padres, sino como una opción. El director catalán nos introduce en la intimidad y la cotidianidad de esta pareja y en su hogar, una pequeña embarcación en uno de esos canales de Londres. El conflicto estallará con la llegada de Roger, un tipo peculiar y bohemio de Barcelona, muy amigo de Kat, que será ese espejo transformador en que las dos mujeres reposarán sus dudas y conflictos. Lo que empieza como una broma se convertirá en un objetivo claro, y Roger donará sus pececillos para que Eva se quede embarazada y así ser madre con Kat. Este triángulo amoroso atípico en el que establecen una especie de negocio, parecerá bien avenido hasta que se enfrentan a los conflictos de la empresa que se acaban de embarcar. Marques-Marcet construye su película en la intimidad del barco, de ese espacio reducido y el olor a río, entre idas y venidas, cenas y copas, e introduce la figura de la madre de Eva (estupenda Geraldine Chaplin, su madre en la vida real) en un personaje medio hippie, médium y bohemia.

La fábula contemporánea que construye la cinta se  apoya en las relaciones que se establecen entre sus personajes, entre la distancia que separa los diferentes deseos dentro de la pareja, y la opción de ser madres, y lo hace de manera sencilla enmarcándola en una comedia ligera, con momentos divertidos, y también, en el drama y la tragedia, con otros instantes donde el amor, o los sentimientos se muestran confusos, contradictorios, y la inseguridad y los miedos se muestran de manera íntegra. Recuperando el aroma de aquellas comedias agridulces que Hollywood hacía también en los 30 y 40. Todo ocurre a bordo de ese barco, genial metáfora de esa vida outsider, de incertidumbre y continuo balanceo, donde parece el lugar menos apropiado para tener un hijo. El director barcelonés consigue una película muy de los tiempos que vivimos, sobre los jóvenes actuales, sus necesidades, tanto laborales, individuales y sentimentales, componiendo una sutil mezcla de alegrías y tristezas, penetrando en el alma de esos jóvenes de vidas inciertas, que hoy están aquí y mañana en el otro lado del mundo, en una sociedad cambiante, en continuo movimiento, en tiempos convulsos y extraños que, nos obligan a tomar decisiones que quizás no casan todo lo que nos gustaría con nuestras necesidades personales, que nos enfrentan a lo que sentimos y nos coloca en lugares confusos en el que el amor y nuestras relaciones en pareja se tambalean y peligran.

Una historia sencilla, que conmueve entre risas y lágrimas, donde la música vuelve a tener ese protagonismo especial describiendo los estados de ánima tan cambiantes que viven los personajes, en esos canales de barcos que van y vienen, como ese continuo fluir de la vida que no se detiene, y a veces, debe echar el ancla y en otras ocasiones, despedir a pasajeros con otras opciones de vida. El gran trabajo actoral con Oona Chaplin, Natalia Tena y David Verdaguer, éstos dos últimos repiten con Marques-Marcet, que dotan a sus personajes de vida, tristeza y humanidad,  convirtiendo la película en un viaje de comedia, drama y aventura. Carlos Marques-Marcet se erige como un gran observador de las inquietudes y problemas de los jóvenes de su edad, en cómo nos enfrentamos a las decisiones importantes de nuestra vida en cuestiones de trabajo, amor y paternidad, mirándonos de frente, sin malabarismos ni condescendencias, sino todo lo contrario, penetrando en nuestra alma y todo aquello que no se ve, aquello que nos ocultamos y ocultamos, nuestras inquietudes, inseguridades y miedos, en una fábula contemporánea que nos enfrenta a esas decisiones que debemos tomar en la vida, y que a veces, cuestan tanto, y nos convierten en aquello que no queremos, y nos obliga a enfrentarnos con nuestros miedos e inseguridades, en lo que somos, al fin y al cabo.