Suro, de Mikel Gurrea

HELENA E IVÁN Y EL BOSQUE.

“Las fronteras no son el este o el oeste, el norte o el sur, sino allí donde el hombre y la mujer se enfrenten a un hecho”.

Henry David Thoreau

Erase una vez a Helena y David, un par de arquitectos y enamorados, que deciden dejar la locura de la ciudad y comenzar un proyecto de vida en la casa de la tía del pueblo de ella que está en desuso. En los primeros instantes, la armonía entre ellos y el nuevo lugar parecen ir de la mano. Pero, en cuanto empieza la temporada del corcho, donde una colla pela el corcho de los alcornoques durante el verano, empiezan a surgir entre ellos conflictos y tensiones que virarán su entorno, su amor y sus vidas. De Mikel Gurrea (San Sebastián, 1985), conocíamos su trabajo en varios cortometrajes y su labor como docente en el proyecto de Cinema en Curs. Con Suro, construye una sólida opera prima, llena de espacios ocultos y muchos subterfugios, donde prima el estudio psicológico de los dos personajes principales, y los cambiantes y certeros puntos de vista durante el relato, amén de una elaboradísima disertación con la frontera en toda su amplísima definición, ya sea física y emocional, donde el conflicto no solo acentúa los problemas internos de la pareja, sino que los sitúa en ese lugar de no lugar donde nunca sabemos qué hacer, o simplemente donde mirar.

La historia nos sitúa en ese entorno natural y agradable que parece al inicio de la película, en la comarca de l’Alt Empordà, porque siempre lo conoceremos desde la posición de la pareja recién llegada, donde todo significa un descubrimiento, y sobre todo, un sueño y una nueva vida para ellos, ajenos a todo lo que les espera, para luego más tarde, en una trama in crescendo, se van adentrando en su realidad y su complejidad, en  terrenos y situaciones más complejas, en el que el verano abrasador, la difícil tramuntana que sopla, y la amenaza constante del fuego, convierten el lugar y los personajes que lo habitan, en un campo de minas, en un espacio donde todo se tensiona y se generan conflictos a doquier. No estamos ante una película que sea un reflejo de la extracción del corcho, porque esa actividad funciona como espejo para introducir las grietas de esta pareja urbanita, que no son conscientes en las dificultades que se estaban metiendo en ese entorno rural que,  a simple vista, parecía otra cosa.

El primer largometraje de Gurrea brilla en su parte relato con un implacable guion que escriben el el propio director y el argentino Francisco Kosterlitz, que ya demostró su valía en la película El silencio del cazador (2019), de Martín Desalvo, con la que guarda algún parentesco en el tratamiento psicológico de los personajes y el entorno rural, y tampoco se queda atrás en su cálida y ennegrecida luz a medida que avanza la trama y los problemas, firmada por Julián Elizalde, del que hemos visto grandes trabajos con Meritxell Colell, Elena Trapé y la más reciente La maternal, de Pilar Palomero, la excelente música de Clara Aguilar, que dota de ese elemento crucial para una historia en el que casi todo pasa en el interior de los personajes. El estupendo trabajo de sonido de Leo Dolgan en el directo y Xanti Salvador en la mezcla, para crear toda esa atmósfera densa y dura que se va generando en esa casa, en ese lugar y en esa pareja. El magnífico trabajo de montaje de Ariadna Ribas, que pocas presentaciones hacen falta, en otro ejercicio de concisión, de miradas y gestos cortantes y en dura batalla consigo mismas y con el entorno, en un metraje que se va casi a las dos horas.

Otra de las grandes ideas de la película es su mezcla entre actores profesionales y actores naturales, donde encontramos a la pareja Helena e Iván, intérpretes con experiencia como Vicky Luengo, en la piel de Helena, una mujer que no se arruga ante nada, con más vida que Iván, alguien que deberá enfrentarse a todo aquello que soñaba con su vida en el pueblo, y que en la realidad ha sufrido sus más que variaciones que la han sacudido su interior, y Pol López, que interpreta a Iván, un tipo que le ocurre lo mismo que a Helena, porque no es consciente de las consecuencias de sus acciones y sobre todo, en el lugar en el que está, tan complejo y ajeno a él y a su forma de ver las cosas. Tenemos a Karim, ese chaval marroquí sin papeles que trabaja como pelador, que hace el joven debutante Ilyass El Ouahdani, que se convierte en la piedra de distensión entre la joven pareja por una serie de acciones que se van planteando. Y luego, la colla de peladores, con sus hachas rompiendo la tranquilidad y la paz de un bosque que luego veremos que no es tal. Suro se enmarca en ese cine de lo rural, de la frontera entre aquellos que lo habitan y aquellos otros que vienen de la ciudad, con sus ideas, sus formas de hacer y sobre todo, de mirar, una idea que veíamos en cintas tan extraordinarias como Defensa (1972), de John Boorman, y en Furtivos (1975), de José Luis Borau, donde el bosque y lo rural dictaba sus reglas, sus hipocresías, sus códigos sociales y sobre todo, el espacio que a cada uno le tocaba.

Nos alegramos enormemente por este extraordinario debut de Mikel Gurrea, no solo por todo lo que plantea, sino también por sumergirnos en un cuento moral y psicológico, como los que hacían Carlos Saura y Víctor Erice en los setenta, donde agarraban con fuerza e intensidad a los espectadores y los sacudían con sus entramados estudios de la condición humana, tan frágil, tan vulnerable y tan estúpida, y a veces, tan cruel, que se divide entre los que sí y los que no, y al que se rebela, lo ajusticia sin contemplaciones, en una ley entre aquello que la mayoría considera justo, y solo unos pocos consideran injusto, donde los personajes se mueven entre arenas movedizas, ya no solo en esos entornos tan asfixiantes y hostiles, sino en sus interiores, tan cambiantes, tan contradictorios y tan complejos, en ese de deambular por las emociones, por todo nuestro código moral que, en muchas ocasiones, se desbarata y nos cuestiona todo, porque en el fondo todos y cada uno de nosotros, se mueve en líneas muy finas entre el lo que llamamos bien y mal, y casi siempre sabemos muy poco y lo aplicamos peor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Laura Sisteró

Entrevista a Laura Sisteró, directora de la película «Tolyatti Adrift», en su vivienda en Barcelona, el viernes 28 de octubre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Sisteró, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Carnota de Begin Again Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tolyatti Adrift, de Laura Sisteró

LOS JÓVENES DE TOLYATTI.

“La juventud no es un tiempo de la vida, es un estado del espíritu”.

Mateo Alemán

La ciudad de Tolyatti, situada en la parte sudeste del país de Rusia, a orillas del Volga, creció enormemente en la extinta Unión Soviética a razón de su empresa automovilística AvtoVAZ, la compañía que inundó de modelos Lada todo el país y parte del extranjero, convirtiéndose en la imagen próspero de la industria soviética. En la actualidad, con la desaparición del gigante soviético y la competitividad capitalista, la ciudad se ha convertido en un espejismo de lo que fue, erigiéndose en una de las ciudades más pobres del país, donde los jóvenes están perdidos, deambulando en una especie de limbo-bucle y sin ninguna perspectiva de vida. Tolyatti Adrift (que podríamos traducir como “Tolyatti a la deriva”), no sumerge en esa realidad asfixiante que viven cientos de jóvenes rusos en la ciudad mencionada, y sobre todo, en su afición, en el que compran viejos coches Lada, los tunean, y los hacen derrapar, en un espacio de rebeldía, de resistencia y de felicidad, aunque sea solo por un breve espacio de tiempo.

La directora Laura Sisteró (Barcelona, 1986), pasó por la Emav, y luego fue a la Escac a estudiar documental, y conoció la realidad actual de Tolyatti a través de un artículo y se marchó a conocer in situ esa realidad. La cámara se posa en tres vidas, las de los jóvenes Slava, Misha y Lera, y sus respectivas circunstancias, uno de ellos quiere librarse del servicio militar obligatorio, el otro, siendo el alumno con mejores calificaciones, se ve abocado a un futuro incierto, y finalmente, la chica, que trabaja muchas horas como cocinera y sueña con tener un Lada y ser una más de este movimiento joven y rebelde. Durante un año, como esas vidas en continuo bucle, asistimos de forma íntima y profunda, a ser testigos de esas existencias detenidas, difíciles y llenas de incertidumbre, en una dualidad constante entre el pasado glorioso soviético y la miseria actual, entre los mayores y los jóvenes, entre lo de fuera y dentro, entre no saber qué hacer ni adónde ir, una especie de reflejo-doble donde los Lada y sus derrapes adquieren toda la fuerza y libertad para unos jóvenes que parecen zombies anclados en una realidad muy sucia y muerta, que deambulan sin rumbo esperando que suceda alguna cosa.

La directora catalana se ha rodeado de un excelente equipo como el cinematógrafo Artur-Pol Camprubí, debutante en estas lides y alma de la película, con esa luz, casi siempre nocturna, entre sombras y abstracta en ocasiones, que recuerda al cine de terror, y una cotidianidad dura, que duele. El trío de montaje con la magnífica Ariadna Ribas, Alissa Doubrovitskaia, que ha trabajado en los equipos de películas como La vida de Adèle, e Yves Saint Laurent, y la propia directora, que consiguen sumergirnos con precisión y sensibilidad a esa irrealidad tan real en unos setenta minutos breves de metraje. El gran trabajo de sonido que firman un grande como Jordi Ribas, que conocemos de sus películas con Albert Serra, Gerard Tàrrega Amorós, que ha trabajado con Mar Coll, Neus Ballús y Elena Trapé, etc… E Iban R. Gabarró, que ha firmado películas con Miguel Ángel Blanca. Y el fantástico equipo de producción con Boogaloo Films con Bernat Manzano y Miguel Ángel Blanca, y la francesa Les Films d’Ici, con la que vuelven a coproducir después de la experiencia del documental Hayati (2018), de Sofi Escudé y Liliana Torres.

Sisteró ha construido una película que va más allá de la propia realidad que retrata, porque en muchos instantes nos olvidamos del documento y nos adentramos en terreno de ficción, donde entran el cine de género, como Jarmusch con Sólo los amantes sobreviven (2013), que imaginó unos vampiros vagando por esa fantasmal Detroit, también epicentro de la industria automóvil antaño, ahora una lugar reducido a cenizas y sombras. La película retrata una realidad fragmentada, una realidad espectral, una realidad que no tiene futuro, adentrándose en una juventud perdida y desorientada, sin rumbo ni nada qué hacer, solo con sus Lada, con ese mundo del motor, de sus piezas y los derrapes, mirando a una realidad durísima peor sin tremendismo, una mirada que se asemeja a las del citado Miguel Ángel Blanca en sus magníficas Quiero lo eterno (2017) y Magaluf Ghost Town (2021), sendas aproximaciones a la primera juventud, a ese limbo que parece irreal, donde unos jóvenes andan de aquí para allá, sin saber, sin hacer y sobre todo, sin sentir. Aplaudimos la opera prima de Laura Sisteró y nos alegramos no solamente que nos descubra la realidad de una ciudad como Tolyatt de la Rusia de Putin, y también, esa otra Rusia, más cotidiana y cercana, que alberga muchas vidas y almas como los jóvenes que aquí se retratan y otros que están también ahí, que difieren muchísimo de esa realidad tan superficial que continuamente nos venden desde los medios y el poder que los financia que, a la postre, no dejan de ser el mismo mecanismo de falsedad y sometimiento a su “verdad”, cuando vemos que la realidad siempre es diversa, complejísima y llena de subterfugios y demás zonas muy profundas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ariadna Ribas

Entrevista a Ariadna Ribas, comontadora de «Pacifiction», de Albert Serra, entre muchas otras, en su domicilio en Barcelona, el martes 6 de septiembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ariadna Ribas, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por hacernos un retrato tan bonito. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Iván Guarnizo

Entrevista a Iván Guarnizo, director de la película «Del otro lado», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el recinto de la Universidad de Barcelona, el martes 30 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Iván Guarnizo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de comunicación de L’Alternativa, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Seis días corrientes, de Neus Ballús

TRES CURRANTES DE HOY.  

“Se vive con dignidad cuando se vive con autenticidad. Ser fiel a la secreta esencia”.

José Luis Sampedro

El imaginario cinematográfico de Neus Ballús (Mollet del Vallès, 1980), está situado en la periferia, en esos espacios alejados de la urbe o incrustados en esos barrios edificados de los sesenta y setenta que se llenaban de emigrantes. Todos son retratos sobre las personas que viven y transitan por esos lugares, centrándose en sus trabajos, en sus innumerables existencias o formas de ganarse el pan diario. Una mirada sencilla y directa, que juega con la forma y sobre todo, con la narrativa, componiendo sutiles y honestos ejercicios que fusionan el documento con la ficción desde una naturalidad ejemplar, y creando películas que abordan temas sociales, culturales y económicos a través de múltiples formas y miradas. Si algo caracteriza el cine de Ballús es un elemento que se repite en todos sus largometrajes hasta la fecha, y no es otro que la relación con el otro, la mirada y la comprensión hacia el otro, el que es diferente, el que viene de otro país o pertenece a otra escala social, el otro como elemento indispensable en un mundo cambiante, donde el movimiento es constantes, donde todo continuamente está mutando, desde miradas y posiciones infinitas.

Seis días corrientes se centra en tres tipos, tres lampistas, muy diferentes entre sí. Tenemos a Pep Sarrà, el veterano, el que está a punto de la jubilación, una especie de último dinosaurio de una forma de trabajar y hacer ya casi extinguida. Luego, nos encontramos a Valero Escolar, el escudero de Pep, que ahora heredera su estatus, pero en las antípodas de Pep, porque Valero es muy suyo, con sus formas, ideas y actitudes siempre en brega, y finalmente, Mohamed Mellali, el recién llegado al país y a Instalaciones Losilla, marroquí de nacimiento y de Cornellà para buscarse la vida, que se convertirá en la diana de Valero, el elemento hostil que Valero querrá deshacerse constantemente. Ballús, que recoge en las experiencias de su padre como lampista, y un arduo casting que reclutó a los tres lampistas verdaderos Un relato acotado en solo seis días, cinco laborales y el sábado como conclusión, en una cinta que constantemente juega con la forma porque va de la ficción al uso, al documento más preciso, siempre pasando por la comedia, una comedia negra, divertida y por momentos, surrealista.

La película está contada de forma lineal, sin sobresaltos ni atajos de ningún tipo, la ligereza se impone en todo momento, creando ese espacio de inventiva y sorpresa constante, un tono que le va como anillo al dedo a la propuesta de la directora catalana, que inmediatamente encuentra ese tono, donde cada día es una nueva aventura, ya que los tres susodichos visitarán pisos de toda clase, desde el abuelo que vive solo y está obsesionado con la salud, un joven que no consigue parar a un par de niñas gemelas que serán el quebradero de cabeza para los lampistas, una fotógrafa de estudio que se enamora del cuerpo de Moha y lo retrata, un psicoanalista argentino que vive en una casa parecida a la de Playtime, de Tati, y quiere encontrar soluciones a las diferencias de Valero con Moha, y finalmente, las disputas de Pep con unos obreros que han hecho fatal su trabajo. Esas pequeñas historias, encuentros y miradas que se cuecen diariamente entre las cuatro paredes de la cotidianidad laboral de los tres protagonistas.

Ballús consigue con una intimidad y naturalidad asombrosa, llena de frescura, diversión y cercanía, una abrumadora y magnífica lección de cine y sobre todo, de humanismo, hablándonos de toda la vorágine en la que vivimos diariamente, del trabajo, de compartir, de todo lo que nos diferencia y acerca, de todo lo que somos, lo que nos produce miedo, lo que no, de nuestras inseguridades, de todo y aquello, de lo más íntimo y lo más alejado, en fin, de todo aquello que se oculta cuando las puertas se cierran. Amén de los citados personajes, y los otros que los acompañan, todos de la vida real sin ninguna experiencia anterior en el cine, Ballús se ha acompañado de un gran equipo técnico entre los que destacan Margarita Melgar en labores de escritura, habitual de las películas de la productora Distinto Films, la producción de Miriam Porté, de la citada compañía, la cinematografía de Anna Molins, a la que hemos visto en películas tan estimables como Kanimambo y Me llamo Violeta, entre otras, el sonido que firman dos superclases como Amanda Villavieja y Elena Coderch, en películas de José Luis Guerín, Isaki Lacuesta, Mercedes Álvarez, Oliver Laxe, por citar solo algunos de sus trabajos, un riquísimo y rítmico montaje en que sus ochenta y seis minutos nos saben a muy poco, que firman la indispensable Ariadna Ribas, y la propia directora.

Los personajes de La plaga (2013), el campesino, el luchador, la anciana, la inmigrante y la prostituta, al igual que los trabajadores del hotel en El viaje de Marta (2019), y los tres lampistas, son personajes de carne y hueso, igual que nosotros, los que nos levantamos a diario para encontrar el sustento, una serie de individuos a los que el cine no mira demasiado, y es de agradecer que de tanto en tanto, alguien los mire y los retrate de verdad, con esa autenticidad que solo da el tiempo, la mirada sencilla e inteligente, y sobre todo, sentir a los personajes y filmarlos desde la piel, sus cuerpos, sus miradas y sus formas de ser, nos gusten o no. Ballús despacha la que es probablemente su mejor película hasta la fecha, por todo lo que cuenta, por como lo cuenta, por su valentía y osadía en mirar al de abajo con humanidad, dignidad y sobre todo, con humor, porque si hay algo en que la película es maravillosa es en su forma de mirar a estos tres tipos, que guardan mucho el tono y las formas de aquellos pobres maleantes de Rufufú, de Monicelli, y aquellos otros de Atraco a las tres, de Forqué, aunque Seis días corrientes se mueve por otros lares, los que tienen que ver con el trabajo y de lo que somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Liberté, de Albert Serra

ESE OSCURO OBJETO DEL DESEO.

“Llegamos a amar nuestro deseo, y no al objeto de ese deseo.”

Friedrich Nietzsche

Sentarse en una sala de cine para ver una película de Albert Serra (Banyoles, 1975) es un acto de desnudez emocional, sentirse participe de aquello que estamos viendo, dejándose los prejuicios morales o éticos fuera de la sala, alejados de nuestra mirada, y adentrarnos en su universo, siendo capaces de dejarnos llevar por sus imágenes, liberarnos en cierta forma de toda idea preconcebida de las formas cinematográficas, fusionándonos con sus bellas imágenes y experimentando de forma muy personal aquello que vemos. Las dos primeras películas de Serra Honor de caballería (2006) y El cant dels ocells (2008) bebían de cierto cine contemplativo en el que desmitificaba y pervertía la historia mostrándonos dos viajes, el que emprendían El Quijote y Sancho, y el de los tres reyes magos, para filmar su cotidianidad, aquello que el rumbo de la historia dejaba fuera, capturando la humanidad y las contradicciones.

En el 2013 con Historia de mi muerte, Serra adentraba su cine en el siglo XVIII, en una senda diferente, más oscura y más perversa, en el que la decadencia de la burguesía, el ocaso de los dioses, que diría Visconti, es el centro de la acción, o podríamos decir de la inacción, narrando el imposible encuentro entre Casanova y Drácula, entre lo romántico y la luz en pos a la oscuridad y el terror, en una película bellísima plásticamente, con unos intérpretes, amigos del director en su mayoría, como ocurre en su cine, en estado de gracia, sobre todo Vicenç Altaió, creando un Casanova inolvidable, humano y decadente. Con La muerte de Luis XIV, con un sublime Jean-Pierre Léaud como rey enfermo, decrépito y postrado a una cama, narrando como una pieza de cámara a lo Brecht, la crónica diaria de la enfermedad del monarca en su lenta y dolorosa desaparición.

Con Liberté sigue explorando minuciosamente los terrenos de esa lenta decrepitud de un tiempo que jamás volverá, situándonos en el año 1774, a menos de veinte años de la Revolución, entre Potsdam y Berlín, en un bosque indeterminado durante una noche muy oscura, en el que un grupo de libertinos expulsados de la corte puritana y aburrida de Luís XVI, dan rienda suelta a sus deseos más íntimos y oscuros. El director gerundense reúne a una serie de nobles y criados en los alrededores de las sillas, a los que un grupo de novicias se les unirá, donde a modo de sombras y deseos en danza nocturna, con ese aroma romántico de las fantasías de Goethe, moviéndose de un lugar a otro, como si estuviéramos observando un laberinto infinito, donde desconocemos su inicio y su cierre, mirando y siendo mirados por unos y otros, asistiendo a un lugar donde impera la ley del deseo, un deseo insatisfecho, doloroso e imposible, alejado de toda condición moral o personal, donde nunca sabremos ubicarnos en la noche ni en las acciones sexuales que presenciamos, abarcando múltiples formas de deseo, tanto a nivel sexual como emocional, en la que a medida que avanza la noche veremos el aumento de tono de las acciones sexuales, filmadas por Serra de manera explícita, en la que podremos acercarnos, casi entrando en el espacio, sentirlas, olerlas y casi tocarlas, done lo que prima no es el acto en sí, sino como lo miramos y como nos hace sentir.

Los personajes con sus ropajes abiertos y liberados rompen la barrera social que los separa y tanto amos como siervos se mezclan y se funden donde el deseo los convierte en uno solo, en una masa vulnerable y sudorosa de miradas, gestos, caricias, dolor, sugestión, gemidos, amagos, miembros erectos, eyaculaciones, y sobre todo, seres ávidos de deseo, de sexo, como si fuese su último aliento, expulsados de ese paraíso que querían imponer en la corte de Luis XVI, espectros en la noche, que deambulan intentando materializar ese deseo que les arde en su interior, una fisicidad que no encuentra consuelo, que se revuelve insatisfecha, dolorosa y vacía. El Duque de Walchen interpretado por una leyenda como Helmut Berger es el objeto de deseo y destino de estos libertinos que andan viajando en busca de su lugar en el mundo, perdidos, casi a la deriva en plena huida de la corte falsa e hipócrita de Luís XVI.

La maravillosa y fantástica luz de Artur Tort, cómplice habitual de Serra desde Historia de mi muerte, creando ese magnetismo cercano y alejado a la vez, que crea ese especie de limbo aterrador y bello por el que se mueven estos seres, el preciso y delicado montaje de Ariadna Ribas, que también firman Tort y Serra, convierten la película y su ritmo pausado, fantasmal y velado, en un relato muy profundo, intenso y personal. Una cinta que nos interpela constantemente, en la que reconocemos las diabluras emocionales y la desnudez formal de Fassbinder, los descensos a los infiernos de Visconti, con sus cortes venidas a menos, su decrepitud y decadencia de aquellos reyes o esos señores en su ocaso que deambulaban por ciudades eternas esperando su último amor en forma de deseo no carnal, o los retratos oscuros y dolorosos sobre los que tanto le gustaba indagar a Buñuel, en que El ángel exterminador, aquellos burgueses incapaces de salir de una habitación después de una fiesta, podría ser el espejo deformador por el que se desplazan los libertinos que filma Serra, quizás abandonados a su último paraíso terrenal, experimentando con sus cuerpos, sus deseos, su carne, sus demonios, sus sinrazones, lo que son y lo que no podrán ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Encuentro con Ariadna Ribas y Ana Pfaff

Encuentro con Ana Pfaff y Ariadna Ribas, montadoras de “Estiu 1993” y “Julia Ist”, respectivamente, del colectivo Dostopos, con motivo de la mesa “Diálogo montadoras», organizada y moderada por Gonzalo de Lucas, en el marco de la Universidad Pompeu Fabra. El acto tuvo lugar el miércoles 12 de julio de 2017 en una aula de la UPF en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Pfaff y Ariadna Ribas, por su tiempo, conocimiento, cariño y generosidad, y a Gonzalo de Lucas, por su organización, generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.