Entrevista a Gabriel Azorín, director de la película «Anoche conquisté Tebas», en el marco del D’A Film Festival, en la imperdible sección de «Un impulso colectivo», en su habitación del Hotel Catalonia Ramblas en Barcelona, el lunes 23 de marzo de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Gabriel Azorín, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Henar Ortega de Contarlo Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido”
Rabindranath Tagore
Hay muchos Cine Español, tantos como cineastas existen. Hay uno que hace mucho ruido, dicho sea de paso, por la cobertura de medios, instituciones y demás escaparates. Aunque eso no significa que sea el cine que más representa el cine que se hace por estos lares. Es un cine más. Porque no hay duda que lo que llamamos Cine Español no es más que una etiqueta, porque el cine hecho aquí es muy diverso, heterogéneo y sobre todo, tan complejo como la historia de este país. Dicho sea de paso, una película como Anoche conquisté Tebas, de Gabriel Azorín (Hellín, Albacete, 1981), es todo lo que el cine debería ser, y no lo digo de forma categorizante, para nada. Si no que lo digo por su audacia e inteligencia en devolver al Cine, y esto lo digo con “mayúsculas”, el Cine de los orígenes, tan radical, imaginativo y sorprendente, donde la herramienta cinematográfica era un medio de exploración infinita, donde cada encuadre era un viaje en sí mismo, donde aquello que se llama “fantasmagoría” crecía en cada película, resignificando una nueva forma de narrar, de contar, de experimentar y sobre todo, de romper y atreverse con todo.
A Azorín llevamos tiempo siguiéndole la pista, desde su formación en la ECAM, por ser miembro de lacasinegra, un colectivo que forma junto a Elena López Riera, Carlos Pardo Ros y María Antón Cabot. Un cuarteto de cineastas exploradores de la imagen y todas sus múltiples variedades, conceptos y texturas como demuestran en su largometraje Pas à Geneve (2014), que siguen retroalimentándose en sus respectivas películas. Como director en solitario con Los galgos (2012), El ruido del universo (2022), y Los mutantes (2016). Con Anoche conquisté Tebas hace su puesta de largo en solitario y nos convoca en un lugar fascinante y magnético como las termas romanas de Bande, en Ourense (Galicia), y nos sitúa a través de unos amigos portugueses que las visitan. Un arranque extraordinario con esos citados amigos caminando por unos barros fangosos de difícil tránsito, y luego, esa cámara cenital que los observa y los diminuta mientras juegan por los restos pedregosos de las termas. Una película de descubrimiento, de volver a ver el cine de verdad, de encantarse con cada plano, cada mirada y cada leve gesto, porque la película devuelve al cine a su esencia: a la palabra, al agua y a la amistad. Un cine que se quita el artificio para sólo observar la película, su historia, a sus personajes, a escuchar sus diálogos tan cotidianos como reveladores, con esas conversaciones tan importantes como difíciles, a las que nadie se atreve a penetrar.
El cineasta manchego ha vuelto a contar con el cinematógrafo Giuseppe Truppi, el italiano afincado en España que tiene en su filmografía a la citada López Riera, con la que ha hecho casi toda su carrera, amén de Léon Siminiani y Guillermo Benet, que colabora en la película. La cámara se posa en la historia, en su relato, en su espacio y los hace míticos, como si el tiempo, la memoria y sus gentes se evaporan en sintonía con el agua, como si todo se detuviera, como si lo que vemos fuese como una sensación entre la razón y el sueño, entre estar despierto y la vigilia, con una hipnotizante atmósfera nocturna que lo inunda todo, donde habita un espacio intermedio repleto de sombras y fantasmas. La falta de música ayuda a construir ese espacio cinematográfico, con el tenue y leve sonido del agua, casi como a hurtadillas, con una constante que varía según los acontecimientos. El magnífico trabajo de arte de Miguel Ángel Rebollo, ayuda a construir ese espacio intermedio entre lo que vemos, lo que imaginamos y lo demás allá, en un lugar que va variando y va dejando pasar como los vapores que no cesan emanando del agua. El montaje corre a cargo de la gran Ariadna Ribas, con unos impresionantes 111 minutos con un ritmo reposado, imperceptible y mágico, donde la única jornada va pasando como a escondidas, dejando el mundo y lo demás fuera, y dejándonos sólos con los personajes y sus conversaciones y sus silencios.
Entre los intérpretes encontramos a los portugueses Santiago Mateus y António Gouveia, por un lado, y por el otro, a Oussama Asfaraah, y el serbio Pavle Cemerikic, que hemos visto en películas de su país como La carga y La patria perdida, entre otras. Sin olvidar la breve pero estimulante presencia de Lorena Iglesias. Unos actores que se metamorfosean con el ambiente, y sobre todo, con su atmósfera y se convierten en “otros”, en unos hombres que hablan de amistad, de miedos, de guerras, de soledad, y de la vida que nos aleja y de los sueños que tenemos, que ya no tenemos y que nunca tendremos. Un cine que nos retrotrae al cine de los Rossellini, Pasolini y Tarkovski, y demás, donde la palabra y el espacio era el epicentro de la narración. Hay pocas películas que necesitan de su visión como esta, y no lo digo con ánimo de llamarla “necesaria”, que es un término que se usa con demasiada gratuidad. Lo digo como una experiencia alucinante su visionado, porque Azorín consigue algo tan difícil en una sociedad tan mercantilizada y sobreestimulada como la que vivimos, porque nos aleja de todo eso, y nos invita a escuchar las conversaciones de unos hombres jóvenes durante su descanso dentro del agua, y lo hace despojando el cine de todo su maraña artificiosa, y desnudando cada plano y cada mirada, dejándonos solos ante la cotidianidad de un diálogo, entre la vigilia y el sueño, entre la fragilidad y la vulnerabilidad de nuestras existencias, del constante juego de vivir y no vivir, de todo aquello que somos y lo que no, y todo aquello que deseamos y que no se producirá, y todo aquello que nos atrevemos hablar y nunca lo hacemos. Una película que recupera el cine en su esencia, en su primigenia, en su labor de mirarlo y dejarse llevar por lo más sencillo, lo más transparente y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“No puedes comprar la revolución. No puedes hacer la revolución. Solo puedes ser la revolución. Está en tu espíritu o no está en ninguna parte”.
Ursula K. Le Guin
Algunos cineastas emprenden una búsqueda de su forma de mirar y narrar a través de las huellas del pasado tanto físico como emocional. El caso de Irati Gorostidi Agirretxe (Eguesibar, Navarra, 1988), es paradigmático en este sentido, porque en sus películas siempre ha observado su pasado y la relación que tenía con él de un modo reflexivo, crítico y nada complaciente, donde lo obrero, lo humano y lo político han sido el centro de la cuestión. Ahí tenemos el mediometraje Pasaia Bitartean (2016), que recorre el citado puerto y sus cambios del esplendor obrero de los setenta hasta nuestros días. En sus cortometrajes como Unicornio (2020), una joven huía hacía una casa aislada en ruinas y tiene un compañero muy especial, con el aroma de Sin techo ni ley (1985), de Agnès Varda. Con San Simón 62 (2023), codirigido con Mirari Echávarri, volvían a los valles de Navarro donde se ubicó la comunidad Arco Iris, recorrieron los pasos de sus respectivas madres y su experiencia, y en Contadores (2024), reflexionaba del movimiento obrero de San Sebastián de 1978 en la fábrica de contadores.
Para su primer largometraje, Aro Berria (en el original, “Nueva Era”), la directora navarresa continúa lo que ya expusó en el citado Contadores, y en su primer tercio asistimos a la actividad asamblearia y política de los mencionados trabajadores/as y su desencanto en aquella España de finales de los setenta en la que, después de meses de huelga y movilizaciones no acaban de conseguir sus objetivos como clase obrera. Algunos de aquellos deciden huir del mundanal ruido y convertirse en un miembro más de la comunidad “Arco Iris”, en Lizaso, en el valle de Ultzama, en Navarra, y vivir en una comunidad alejada de lo material y centrada en lo espiritual, siguiendo los preceptos del Tantra, explorando la sexualidad, la respiración, el yoga y la meditación para estar conectados con el alma y tener una conciencia profunda. La película es una ficción, aunque está filmada como si fuese un documental del momento, a partir de la llegada de dos amigas, seguimos la actividad diaria del centro, las continuas performances, ejercicios y movimientos de sus participantes, los continuos diálogos entre unos y otros, y sobre todo, las continuas discusiones entre lo que significa la política, la revolución, lo sexual, la igualdad y distintos términos tan cuestionados en aquellos momentos y en cualquier momento.
La textura y la intimidad que da el 16mm contribuye a que los espectadores seamos uno más de la comunidad, en una cámara muy corpórea e invisible que se mueve entre ellos y ellas, en una cinematografía poderosa y llena de matices que firma Ion de Sosa, que ya estuvo en las citadas Unicornio y Contadores, también filmadas en 16mm. La música es otra cuestión a resaltar de la película, porque consigue ese estado espiritual y sexual que emana toda la trama, en la que el movimiento del cuerpo y todos sus fluidos son esenciales para entender lo que significa la actitud de cada personaje y su forma de gestionarlo. Las melodías de Beatriz Vaca (Narcoleptica), y la música adicional de Xabier Erkizia (que ha trabajado en interesantes films como Meseta, Dardara, Samsara y Negu Hurbilak), hacen que la película entre en una especie de hipnotismo catártico en que las almas bailan, cantan y se mueven al son de una idea y de un sentimiento en espectaculares akelarres alrededor de la piedra y el fuego. El montaje de una grande como Ariadna Ribas ayuda a implicarnos en la cotidianidad y la intimidad que se vive y respira en la comunidad, con esa fusión entre movimiento y palabra que potencia el ideario de vivir de forma diferente en aquellos tiempos, en sus intensos 100 minutos de metraje.
Una película tan a contracorriente, que busca verdad en cada una de sus imágenes, en la que cada secuencia deviene una experiencia catártica, sumergidos en un trance donde cuerpos y almas danzan al son de sus impulsos sin ataduras y alejados de convencionalismos, el que cada uno de los personajes experimenta su propio camino era preciso tener unos rostros y cuerpos que expresan todas esas emociones descubiertas que hay que gestionar. Tenemos un grupo de intérpretes lleno de caras desconocidas que dan ese toque de verosimilitud y “verdad” que tanto tiene Aro Berria. Empezamos por la artista Maite Muguerza Ronse, que fue una de las actrices de Contadores que da vida a Eme, una de las recién llegadas, Edurne Azkarate coprotagonista de Irati, de Paul Urkijo Alijo, como una de las activistas políticas. Los hombres Óscar Pascual Pérez, Aimar Uribesalgo Urzlai y Jon Ander Urresti Ugalde. Y los cameos que amplían la nómina de la cinta con un Jan Cornet desatado y guía de las actividades, Javier Barandiaran como sindicalista, que hemos visto en series como La línea invisible y Cristóbal Balenciaga y películas como La infiltrada y la reciente Karmele, y el cineasta Oliver Laxe como una especie de gurú de lo tántrico.
Si llegados a este punto del texto, todavía están diciendo en sí ven una película como Aro Berria, quizás piensen que la cosa de una comunidad espiritual perdida en Navarra allá por finales de los setenta no va mucho en estos tiempos, permítanme decirles que se equivocan, porque aquella experiencia en comunidad sigue tan vigente como entonces, ya que aquellos jóvenes después de cuatro décadas de dictad, oscuridad y violencia, y desencantados con la política y la imposibilidad de vivir dignamente de su trabajo, decidieron abrir una nueva vida y poner en práctica todos los ideales de libertad, de contracultura y experimentación ya vividos en otros países. Temas que siguen tan vigentes como entonces, la idea de una sociedad diferente, más humana, más vital y más interior. La película coge un vuelo alucinante cuando la idea de comunidad y libertad sexual choca con las contradicciones de esos mismos elementos y las diferentes experiencias de hombres y mujeres y sobre todo, la llegada de los hijos a un lugar idealizado donde no pensaban en niños y niñas. Me gustaron mucho los anteriores trabajos de Irati Gorostidi Agirretxe y me ha encantado Aro Berria, por su libertad, lo salvaje de sus situaciones e ideas, y su experiencia alucinante de cada uno de sus imágenes listas para hacer reflexionar, preguntarse y sobre todo, cuestionar una sociedad cada vez más simple, superficial, de tanta experiencia materialista y muy alejada de lo interior y el espíritu. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Elena López Riera, directora de la película «Las novias del sur», en el Zumzeig Cinema en Barcelona, el viernes 10 de enero de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Elena López Riera, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y al equipo de Comunicación de Vitrine Filmes, y a Carmen Jiménez de prensa de la película, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Miro la foto de mi madre el día de su boda. Hago los cálculos y compruebo que soy más vieja que ella el día que la desvirgaron, que soy más vieja que ella el día que decidió ser madre para siempre, que soy casi tan vieja como mi abuela el día que la acompañó a la iglesia. La busco en todos los cuerpos, en todas las voces, en todas las madres. Hago a otras, las preguntas que no me atrevo a hacerle a ella. Como decirle, que de todo lo que me enseñó, solo me queda el futuro”.
Casi en una década, el imaginario de Elena López Riera (Orihuela, Alicante, 1982), ha cimentado relatos que hablan sobre su vida y sobre todo, sus complejos estados emocionales. En Pueblo (2015), un joven, después de años fuera, volvía a su tierra y la descubre tan cercana como diferente. Un año después, en Las vísceras, a través del ritual de la muerte de un conejo, se acercaba a la familia presente y ausente. En Los que desean (2018) se situaba en el imaginario masculino a partir de un concurso con pichones. En su primer largo, El agua (2022), estaban presentes los elementos que siguen sus imágenes: las difíciles relaciones sentimentales, todos los fantasmas que nos precedieron y el pueblo, ese lugar tan cercano y a la vez, tan fantástico, que nos define, nos guía y también, nos confunde.
En Las novias del sur, un mediometraje de solo 40 minutos de duración, traza a partir de ese prólogo tan fascinante en el que vemos las partes de una fotografía, la de su madre vestida de novia, mientras escuchamos el texto que encabeza esta reseña con la propia voz de la directora. Estamos ante una confesión, que nos remite al aroma que transitaba en Las vísceras, porque vuelve al documento, aunque en el caso de López Riera podríamos decir que se mueve por una forma que se alimenta de varios géneros, ficciones, documentos, trazos, texturas y un sinfín de otras naturalezas: la música, la literatura y el testimonio oral de las mujeres de su pueblo, las de antes y las de ahora. Un cine que no busca la belleza de las imágenes ni tampoco generar un espacio de elegancia, sino todo lo contrario. Las imágenes de la cineasta alicantina beben de lo más íntimo y cercano, de lo que vive entre lo visible e invisible, entre lo físico y emocional, en un limbo donde sus personajes viven, mueren y sueñan. En su película se nutre del testimonio oral de seis mujeres maduras en la que explican sus primeras veces, sus amores y desamores, sus (des) ilusiones, y sus bodas, y muchas cosas más, en un diálogo con al directora que interviene y escuchamos, acompañadas de imágenes y videos de bodas de otras que van nutriendo las diferentes confesiones.
La cinematografía de la película que firman la propia directora, Agnès Piqué (que conocemos por sus trabajos en el campo documental con Laura Ferré, Leire Apellaniz, Marc Sempere y Claudia Pinto, entre otras), y Alba Cros (codirectora de Les amigues de l’Àgata, Alteritats y la dirección de fotografía de La amiga de mi amiga), filma a las mujeres-testimonios muy cerca, consiguiendo romper esa distancia y escenificando la transparencia de sus contenidos, tan invisibles que se hacen naturales e íntimos. El gran trabajo de montaje de Ana Pfaff y Ariadna Ribas y la propia directora, consigue fusionar con orden y alma las imágenes de archivo con las cabezas parlantes a partir de una cercanía asombrosa y magnetizante, donde sus mencionados 40 minutos se convierten en una materia hipnotizante y muy absorbente donde cada imagen y cada palabras se torna más especial y bella, y triste, y cautivadora, y todo. Las productoras Suica Films y Alina Film vuelven a apoyar a López Riera como hiciesen con El agua, y con Los que desean, en ésta Alina Film, en una etapa de la filmografía donde ya se van generando esas alianzas tan imprescindibles para ir creando una mirada y personalidad propias a la hora de encarar cada proyecto.
Quizás les ocurre lo mismo que a mí después de ver Las novias del sur, y no fue otra cosa que buscar la foto de la boda de mis padres y observarlos, sobre todo, a mi madre, su posición, su rostro y su mirada, centrándome en su gesto, imaginando que estaba sintiendo ese día, si estaba triste, alegre o quizás, no sabía cómo se sentía o tal vez, no sabe como se estaba sintiendo. No sé si os ha sucedido lo mismo, pero si no lo han hecho, quizás, esto sí, han pensado en su madre, y se han preguntado cómo le fue la noche de bodas o en el amor, en sus amantes y en sus primeras veces, seguro que lo han pensado después de ver la película. Con Las novias del sur, Elena López Riera ha vuelto a crear una obra tan sencilla como compleja, tan bella como triste, tan sensible como desgarradora, tan de verdad y tan magnífica, a partir de un dispositivo sencilla y nada complicado, pero sus imágenes encierran otras muchísimas imágenes, muchas más preguntas, e infinitas formas, elementos y laberintos más. La cineasta es una gran creadora de imágenes, a partir de tantas presencias como ausencias, de tantos fantasmas como realidades, de tantos sueños como ilusiones, en fin, de toda la vida encerrada en un plano, en una mirada, en un gesto y en un mundo interior que apenas podemos vislumbrar, un infinito universo donde podemos imaginar o si nos atrevemos, preguntar a nuestras madres. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El arte es un medio para trascender la realidad y conectar con lo eterno”.
Andréi Tarkovski
La apertura de una película es de capital importancia, porque deja constancia de los próximos compases del viaje que estamos a punto de iniciar. En La hojarasca, de Macu Machín (Las Palmas de Gran Canaria, 1975), arranca con Carmen recogiendo hojarasca/broza en uno de sus huertos, en silencio y con la cámara a una relativa distancia, observando pero sin ser invasiva, documentando un instante. Inmediatamente después, las otras dos hermanas, Elsa y Maura, vienen a lo lejos del camino entre el espesor de la bruma y la neblina, aproximándose a la cámara/nosotros, mientras en off escuchamos el cuento/encuentro trascendental de un antepasado de las mujeres con un cochino que les dejó unas tierras. Después de eso, aparece el título de la película. En muy pocos minutos, la película ha dejado clara sus líneas de exploración: estamos ante la historia de tres hermanas, muy diferentes entre sí, su reencuentro y sobre todo, el conflicto de las tierras y la herencia dichosa, y aún más, el relato se aposenta a través de los silencios y el entorno de la Isla de La Palma.
La ópera prima de la cineasta canaria, después de varios cortometrajes como Geometría del invierno (2006), El mar inmóvil (2017) o Quemar las naves (2018), entre otros, donde ha variado entre la observación y el metraje encontrado con la búsqueda de filmar lo real y lo trascendente en sus historias. En La hojarasca sigue esa línea marcada, donde la realidad y lo fantasmal se juntan en una cotidianidad natural y huyendo de lo arquetipo, componiendo una íntima sinfonía que se mueve a través de la cotidianidad de los quehaceres laborales, como recoger broza y almendras, y demás labores propias de la huerta, a través de las tres hermanas: Carmen, la que se ha quedado en las tierras familiares, Elsa, la hermana mayor que viene con Maura, que padece una enfermedad degenerativa. Tres mujeres, muy diferentes entre sí, que pasarán unos días juntas, donde se hablará, muy poco eso sí, porque no son personas de palabras, sino de miradas y gestos, los años del campo las han endurecido y las ha hecho muy hacia dentro. Tres almas compartiendo su pasado, los que estuvieron antes que ellas, el presente más inmediato y los días y las noches como actos repetitivos de la existencia más terrenal, en que el paisaje las rodea y describe sus huellas, las suyas y las de los que ya no están, donde el tiempo se desvanece y el paisaje va marcando el suyo.
La película se nutre de una excelente factura visual con un equipo formado de extraordinarios profesionales como la pareja que forma la cinematografía como José Alayón, que tiene en su haber películas como La ciudad oculta, Blanco en Blanco y Eles transportan la morte, que también ha coproducido, y la búlgara Zhana Yordanova, en el que se erigen encuadres estáticos donde la vida y la muerte, lo real y lo trascendental se van mezclando de forma sutil, sin que nos demos cuenta, donde el documento, el western, el terror y lo social van emanando de forma pausada y concisa. La brutal música de Jonay Armas, que ya nos fijamos en su talento en sus trabajos con Alberto García, es un personaje más, con esos acordes que nos remiten al citado western y al género de lo sobrenatural en otros compases. El extraordinario sonido de un grande como Joaquín Pachón, con una filmografía de más de 60 títulos con cineastas como Isaki Lacuesta, Carla Subirana, Eloy Enciso y Rocío Mesa, entre otros, toma el pulso de todo la atmósfera entre lo cotidiano y lo inquietante por el que transita la historia, y el estupendo montaje del trío Emma Tusell, Manuel Muñoz Rivas y Ariadna Ribas, que consiguen en sólo 72 minutos de metraje un relato complejo, nada complaciente y lleno de miradas y gestos y más allá, donde todo parece envuelto en una espesa bruma sin tiempo ni lugar.
Reivindicamos una productora como El Viaje Films, coproductora junto a la directora de la película, formada por el mencionado José Alayón y Marina Alberti, que sigue abanderando un cine de verdad, es decir, un cine que explore y profundice en las grietas del lenguaje y la forma, construyendo un imaginario diverso y encantador que es muy reconocido a nivel internacional, como han hecho con La hojarasca, el bellísimo y extraordinario debut de Macu Machín, una cineasta que ha sabido construir un universo que trasciende el tiempo, la memoria, el documento y el género mediante lo más cercano y natural, a partir de tres almas que se mueven entre lo terrenal y lo fantasmal, en las miradas, gestos y cuerpos de sus tías: Carmen y Elsa Machín y Maura Pérez, tres mujeres moviéndose en un presente que remite a otros tiempos y a esté, entre las brumas y las grietas del tiempo de los que antes nos precedieron con su legado y su memoria, y los que estamos aquí, con su legado y sus lugares que ahora pisamos y gestionamos nosotros. Una película sin tiempo ni lugar, como ya he comentado, de esas que hacían en el este allá por los sesenta y setenta, donde el paisaje iba formando la historia y las personas, como ocurría en películas como La mitad del cielo (1986), de Manuel Gutiérrez Aragón y O que arde (2019), de Oliver Laxe, películas que tienen muchos lazos con la película de Machín, donde lo femenino es crucial, en esa eterna dicotomía entre el humano y entorno, memoria y presente, entre vida y muerte, donde real y lo trascendental es uno, con infinitas variaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Albert Serra, director de la película «Pacifiction», de Albert Serra, en Andergraun Films en Barcelona, el lunes 3 de octubre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Albert Serra, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial, y a Montse Triola, productora de Andergraun Films, por su paciencia, generosidad, voluntad y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Es una idiotez ignorar que el sexo está mezclado con ideas emocionales que han ido creciendo a su alrededor hasta hacerse parte de él, desde el amor cortesano hasta la pasión inmoral y todas esas cosas, que no son dolores de crecimiento. Son tan poderosas a los cuarenta como a los diecisiete. Más. Cuanto más maduro eres, mejor y más humildemente reconoces su importancia“.
Nadine Gordimer
Muchos de nosotros que conocíamos a Elena Martín Gimeno (Barcelona, 1992), por haber sido la protagonista de Les amigues de l’Àgata (2015), fascinados por su intensa mirada, fue más que agradable ver dos años después su ópera prima Júlia ist, la (des) ventura de una joven en su erasmus en Berlín, tan perdida y tan indecisa tanto en los estudios, en el amor y con su vida. Por eso nos alegramos de Creatura, su segunda película. Una cinta que aunque guarda algunos rasgos de la primera, en la relación dependiente con los hombres y la relación turbulenta con la familia, en este, su segundo trabajo, la directora catalana ha explorado un universo mucho más intenso y sobre todo, menos expuesto en el cine como la relación de la sexualidad y el cuerpo desde una mirada femenina. Una visión profunda y concisa sobre el deseo en sus diferentes etapas en la existencia de Mila, la protagonista que interpreta la propia Elena.
A partir de un guion escrito junto a Clara Roquet, la cineasta barcelonesa construye una trama que a modo de capítulos, va mostrando las diferentes etapas desde esa primera experiencia a los 5 años, el despertar sexual a los 15 y finalmente, esa lucha entre el deseo y el sexo a los 30 años de edad. La película siempre se mueve desde la experiencia y la intimidad, convirtiéndose en un testigo que mira y no juzga, penetrando en ese interior donde todo se descubre a partir de una especie de cárcel donde el entorno familiar acaba imponiéndose siempre desde el miedo y el desconocimiento. Una historia tremendamente sensorial, muy de piel y carne, convocando un erotismo rodeado de malestar, dudas y oscuridad. Más que un drama íntimo, que lo es, estamos ante un cuento de terror, donde los monstruos y fantasmas se desarrollan en el interior de Mila, a partir de ese citado entorno que decapita cualquier posibilidad de libertad sexual. Creatura es una película compleja, pero muy sensible. Una cinta que se erige como un puñetazo sobre la mesa, tanto en lo que cuenta y en cómo lo hace, sin caer en espacios trillados y subrayados inútiles, sino todo lo contrario, porque en la película se respira una atmósfera inquietante, donde el deseo y el sexo y el cuerpo sufren, andan cabizbajos y con miedo.
Un grandísimo trabajo de cinematografía de Alana Mejía González, que ya nos encantó en las recientes Mantícora, de Carlos Vermut y Secaderos, de Rocío Mesa, en la que consigue esa distancia necesaria para contar lo que sucede sin invadir y malmeter, mirando el relato, con su textura y tacto, con su dificultad y conflictos que no son pocos. El preciso, rítmico y formidable montaje de Ariadna Ribas, en una película que se va casi a las dos horas de metraje, y además, es incómoda y atrevida porque indaga temas tabúes como el sexo, y su forma de hacerlo tan de verdad e íntima, a través de tres tiempos de la vida de la protagonista, y lo hace a partir de tres miradas diferentes, tres actrices que van decreciendo, en un fascinante viaje al pasado y mucho más, ya que la película va reculando en su intenso viaje hasta llegar al origen del problema. Resultan fundamentales en una película donde lo sonoro es tan importante en lo que se cuenta, con la excelente música de Clara Aguilar, a la que conocemos por sus trabajos en Suro y en la serie Selftape, porque ayuda a esclarecer muchos de los aspectos que se tocan en la película, y no menos el trabajazo en el apartado de sonido con el trío Leo Dolgan (que también estaba en la citada Suro, Armugán, Panteres y Suc de síndria, entre otros), Laia Casanovas, con más de 80 trabajos a sus espaldas, y Oriol Donat, con medio centenar de películas, construyen un elaborado sonido que nos hace participar de una forma muy fuerte en la película.
Una directora que también es actriz sabe muy bien qué tipo de intérpretes necesita para conformar un reparto que dará vida a unos individuos que deben enfrentarse a momentos nada fáciles. Tenemos a Oriol Pla, que nunca está mal este actor, por cómo mira, cómo siente y cómo se mueve en el cuadro, da vida a Marcel, el novio de Mila a los 30, que aunque se muestra comprensible siempre hay algo que le impide acercarse más, el mismo conflicto interno manifiesta Gerard, el padre de Mila, que interpreta Alex Brendemühl. Dos hombres en la vida de Mila, que están cerca y lejos a la vez. Diana, la mamá de la protagonista es Clara Segura, una actriz portentosa que actúa como esa madre rígida y sobreprotectora que no escucha los deseos de su hija. Carla Linares, que ya estuvo tanto en Les amigues de l’Àgata como en Júlia ist, y Marc Cartanyà son los padres de Mila cuando tiene 5 años. Un personaje como el de Mila, dividido en tres partes muy importantes de su vida, tres tiempos y tres edades que hacen la niña Mila Borràs a los 5 años, después nos encontramos con Clàudia Malagelada a los 15, una actriz que nos encantó en La maternal, desprende una mirada que quita el sentido, descubriendo un mundo atrayente y desconocido, que se topará con esos chicos que sólo quieren su placer, obviando el placer femenino, y con unos padres que van de libres y en realidad, mantienen las mismas estructuras de represión que sus antecesores.
Finalmente, Elena Martín Gimeno, al igual que sucedió en Júlia ist, también se mete en la piel de su protagonista, en otro viaje amargo y difícil, componinedo una Mila magnífica, porque sabemos que tiene, de dónde viene y en qué momento interior y exterior se encuentra, en un viaje sin fondo y en soledad, que deberá afrontar para disfrutar de su deseo, de su sexo y su placer. Creatura está más cerca del terror que de otra cosa, un terror del cuerpo, que lo emparenta con Cronenberg, sin olvidarnos del universo de Bergman que tanto exploró en el dolor y sufrimiento femenino, y más cerca con películas como Thelma, de Joachim Trier, y Crudo, de Julia Ducournau, y el citado Suc de síndria, de Irene Moray, en el que se exploraba el viaje oscuro de una mujer que sufre un abuso y su posterior búsqueda del placer. Nos alegramos que existan películas como Creatura, por su personalísima propuesta, por atreverse a sumergirse en terrenos como la confrontación entre el deseo, tu cuerpo y el sexo, a mirar todas esas cosas que nos ocurren y que conforman nuestro carácter y quiénes somos. No dejen de verla, porque seguro que les incomoda, porque no estamos acostumbrados a qué nos hablen desde ese espacio de libertad, desde esa intimidad, y tratando los temas que hay que tratar, porque también existen. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Montse Triola, coproductora de la película «Pacifiction», de Albert Serra, en Andergraun Films en Barcelona, el lunes 3 de octubre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Montse Triola, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Artur Tort, cinematógrafo y comontador de la película «Pacifiction», de Albert Serra, entre muchas otras, en su domicilio en Barcelona, el martes 6 de septiembre de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Artur Tort, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por hacernos un retrato tan bonito. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA