Adiós, de Paco Cabezas

DENTRO DE MI PECHO.

“Cuántos sueños en el tiempo, cuántos puentes en el camino
Se iban perdiendo a lo lejos, con un sol como testigo
Y que el cielo a ti te acoja, que el infierno quede lejos
Que los pájaros te vean siempre como a uno de ellos”

(Fragmento del tema Un largo viaje, interpretada por Rosalía)

Amor, rabia, traición, mentira, pasado, violencia, sangre y fuego, son algunos de los elementos que intervienen en Adiós, la vuelta al cine español del internacional Paco Cabezas (Sevilla, 1976) un cineasta que sorprendió con Carne de neón (2010) que al igual que Adiós, también protagonizaba Mario Casas, un thriller urbano y familiar que le abrió las puertas a Hollywood con títulos de género más o menos interesantes como Tokarev (2014) o Mr. Right (2015) dirigiendo a intérpretes de la talla de Nicolas Cage, Sam Rockwell y Tim Roth, así como en series populares como Penny Dreadful o American Gods, entre otras. El regreso a su Sevilla, a su ambiente, a su idioma andaluz, viene de la mano de un guión firmado por dos debutantes José Rodríguez y Carmen Jiménez, en un relato duro, de piel y sangre, violento, situado en las 3000 viviendas, el barrio marginal por antonomasia de Sevilla, en una historia que arranca con Juan Santos, un tipo que cumple condena y sale con el tercer grado cada día. Fuera le esperan su mujer Triana y su niña Estrella. Todo parece indicar un futuro más o menos halagüeño, a pesar de la situación.

Todo eso se desbarata y de qué manera cuando en un accidente, la niña muere, y Juan clama venganza con los suyos, “Los Santos”, un clan gitano dedicado a la droga y expulsado de las 3000 viviendas por el otro clan, “Los Fortuna”, amos ahora del mercado de droga. Las pesquisas de Juan lo llevan a los citados Fortuna, pero en el asunto, también aparece la policía, encabezados por Eli, una policía que ha perdido a su hijo, y Santacana, un poli bregado en mil batallas. La trama, contada con brío y acierto, aunque en algunos instantes parece perderse dando demasiadas vueltas y subrayados innecesarios, el relato tiene fuerza y calidad, con una ambientación bien resuelta, con una grandísima fotografía de Pau Esteve Birba, todo un experto en imprimir esa luz sombría y apagada que pide tanto la historia, o el enérgico montaje de Luis de la Madrid (colaborador habitual de Balagueró) y Miguel A Trudu, sin olvidar la banda sonora incidental de Zeltia Montes, que interpreta a las mil maravillas el encaje de la música en la historia, que baña sus imágenes con mesura y acierto, consiguiendo esa música afilada que rasga los instantes, y los grandes temas que escuchamos que casan tan bien con la película como La estrella, del gran Enrique Morente, el Me quedo contigo, de Los chunguito, ahora con la voz armónica y dulce de Rocío Márquez, y finalmente, el temazo Un largo viaje, cantado por Rosalía.

Y que explicar del inmenso reparto de la cinta con la gran Laura Cepeda como directora de casting, en el que logra reunir quizás el mejor reparto del cine español de este año, encabezado por Mario Casas como Juan, un hombre que lidia entre su pasado oscuro y su necesidad de venganza, y los conflictos familiares del clan, a su lado, Natalia de Molina como Triana, esa esposa y madre que vivirá su propio vía crucis, Ruth Díaz, una policía que todavía cree en la justicia y se enfrentará a todos y a ella misma por buscar la verdad, Carlos Bardem en un rol de poli duro y violento, y esa retahíla de grandes intérpretes como Vicente Romero, Sebastián Haro, Mona Martínez (espectacular como esa matriarca gitana de armas tomar) Pilar Gómez (que como hace en las tablas demostrando que es una actriz fantástica componiendo una yonqui brutal) Moreno Borja como el jefe de Los Fortuna (que conocimos como padre en Carmen y Lola) Salva Reina como yonqui tirado y cobarde, Ramiro Alonso como Taboa, otro de los jefes del trapicheo, Mariola Fuentes como vecina amiga del protagonistas, y finalmente, Consuelo Trujillo, una madre que oculta mucho más de lo dice, entre muchos otros.

Cabezas ha hecho sin lugar a dudas su mejor título, por todo lo que cuenta, una tragedia amarga y fatalista de aquí y ahora, con todo lo que se le pide a los mejores thrillers desde amor, odio, violencia, sangre, familia, traiciones, mentiras, relaciones y mucha oscuridad, donde la mierda de la alfombra se irá escarbando para levantarla y que caiga quién tenga que caer, sin contemplaciones hasta el último mono implicado. Adiós, sintomático título que refleja el descenso de ida a los infiernos en el que no hay vuelta atrás, con ese aire de tragedia lorquiana, situado en esa Andalucía deprimente, salvaje y cruel, donde mueren los inocentes sin piedad, en la que se mueve mucho dinero y muchas drogas, donde unos se matan lentamente su penosa existencia, y otros, engordan su vida con dinero manchado de sangre y brutalidad.

El director sevillano imprime energía y oscuridad a su película, con unos intérpretes entregados que defienden sus personajes con humanidad y complejidad, sacando lo mejor y lo peor de cada uno de ellos, situados en unas vidas rotas, amargas, con pasados tortuosos, que intentan dejar atrás como el personaje de Juan, pero como si fuese un tipo que tanto le gustaba filmar a Fritz Lang, el pasado los ata y por mucho que intenten huir de él, siempre se impone y va a su caza y captura, tiene esa atmósfera del thriller americano de los setenta donde hay crítica social y amargura por los cuatro costados, donde hasta el más pintado se acaba metiendo en la boca del lobo, o ese thriller seco, asfixiante y violento, que tanto vimos en el cine español de final de franquismo y transición como Furtivos o Pascual Duarte, entre otras. Cabezas ha vuelto al cine español por la puerta grande, bien guiado por Enrique López Lavigne en la producción, un tipo que lleva más de medio centenar de películas a sus espaldas, convertido ya en uno de los más importantes e interesantes, que le ha permitido sentirse libre y firme para filmar una película sólida, con algún altibajo, pero en su conjunto un buen título que hará emocionar a todos aquellos que les gusten los relatos duros y secos, pero también sensibles y conmovedores. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Parásitos, de Bong Joon Ho

LA VIDA DE LOS OTROS.

“El desarrollo desarrolla la desigualdad”

Eduardo Galeano

Para alguien que nunca haya visto ninguna película de Bong Joon Ho (Daegu, Corea del Sur, 1969) seguramente le sorprenderá muchísimo su forma de narrar y conducir sus relatos, porque el universo del cineasta surcoreano es muy peculiar, impredecible e inigualable. Un cine que nos habla sobre la condición humana, que en ocasiones resulta cómico, y en otras, aterrador, o ambas cosas a la vez, nunca hay límites, todo se cuenta desde las acciones de los personajes, unos seres sumergidos en situaciones extremas, que los hacen tomar decisiones acertadas en algunas ocasiones, y en otras, muy perjudiciales para sus intereses, para sus planes. Desde su primera película Barking Dogs Never Bite (2000) el director Bong Joon Ho ha demostrado que tiene una mirada exquisita e incisiva sobre los problemas universales de la humanidad, haciendo hincapié en todo aquello que nos separa, nos desplaza y provoca desigualdad, injusticia y miseria.

Con Memories of murder (2003) sorprendió a propios y extraños con una película sobre un crimen violento y las investigaciones de dos policías, uno rural y otro urbano, y todas las diferencias que había entre uno y otro, mostrando las diferentes miradas entre aquello que creemos ser y lo que en realidad somos. Con The Host (2006) un monstruo simbolizaba las consecuencias de ese capitalismo feroz que todo lo contamina creando criaturas voraces y solitarias, en una mezcla de película social, fantástica y tremendamente arraigada en la actualidad de ahora y de siempre. En  Mother (2009) volvía a la suerte de thriller para conmovernos y martirizarnos con la relación de una madre desesperada con un hijo a la deriva plagado de secretos. Sus dos aventuras internacionales filmadas en inglés son Snowpiercer (2013) en la que otra vez en un marco fantástico, construía una distopía sobre los errores económicos de la sociedad y cómo afectan a la vida de los humanos, y Okja (2017) donde otro monstruo, un cerdo gigante, volvía a simbolizar ciertas formas de la condición humana invisibles que una niña trataba de reivindicar de un modo humanista e íntimo.

En Parásitos, Bong Joon Ho vuelve a sus orígenes y a su idioma, para plantearnos una película de corte social, una cinta que retrata las terribles desigualdades cada vez más agudizadas y sus consecuencias en la cotidianidad de las personas, con esa idea terrorífica de que todo lo que viene de los Estados Unidos es de calidad, como centro del capitalismo mundial, como menciona en varias ocasiones la repipi Sra. Park, mostrándonos la vida de una familia que vive en un semisótano en uno de los barrios más masificados y angostos de Seúl, donde los padres no tienen trabajo y los hijos son rechazados continuamente de las universidades a las que aspiran. Ante semejante panorama malviven con trabajos precarios y necesidades constantes. Pero, un día todo cambia para ellos cuando reciben la visita de un joven amigo de Ki-Woo, que le ofrece la posibilidad de trabajar como profesor de inglés particular para una niña, hija del Sr. Park, un nuevo rico de las nuevas tecnologías. El joven acepta y comienza a frecuentar una casa de diseño, que construyó un afamado arquitecto, y conocer a la Sra. Park, al hijo pequeño y a la sirvienta. Las inquietudes artísticas del benjamín de la casa ofrece la posibilidad de que Ki-Jung, la hija, con dones para la falsificación, entre a trabajar como profesora de pintura y psicóloga del chaval.

Y ahí no acaba la cosa, porque mediante una vil estrategia terminan con el trabajo del chofer del Sr. Park, siendo sustituido por Kim Ki-Tek, el padre de la casa. Con el affaire de la sirvienta tienen más problemas y más desgaste, pero finalmente consiguen provocar su despido e introducir a la madre como nueva sirvienta. Ahora toda la familia trabaja para la familia Park, y aprovechan para vivir en la casa cuando los verdaderos dueños se ausentan. Todo parece marchar con una normalidad aparente, porque las situaciones “normales” en las películas de Bon Joon Ho nunca resultan lo que parecen, y todo encierra algo sorprendente y extraordinario, ya que las cosas se torcerán y de qué manera, devolviendo a la realidad más dura y brutal para los nuevos empleados de los Park, porque todo aquello que golpeas te vuelve incluso con más fuerza y de otra manera, y en muchas ocasiones, nunca como la esperabas. Los parásitos a los que se refiere el título de la película lo son todos, unos y otros, nadie se salva, donde unos desean esa vida de lujo y derroche, y otros, utilizan ese poder para decidir y construirse su colmena alejada de toda esa realidad triste e invisible.

El director surcoreano ha construido una película magnífica, intensa e inolvidable, con el aroma de las películas de Chabrol, uno de los cineastas que mejor ha retratado las relaciones duras y oscuras entre señores y criados, como dejó patente en su fantástica La ceremonia, uno de los cenit de su carrera, atrapando toda esa mentira y  mugres instaladas en la que fusiona de forma brillante todos los géneros y formas habidas y por haber, y lo hace de una manera natural y nada artificial, casi sin darnos cuenta, incluso en la misma secuencia mezcla narrativas y miradas antagónicas, que en otras películas chirriarían y no conectarían en absoluto, pero en el cine de Bon Joon Ho casan a la perfección, donde capta extraordinariamente bien la vulnerabilidad de nuestras emociones y nuestras vidas, desde el retrato social más profundo y conciso, pasando por la comedia negra más sofisticada y malévola, con tremendas dosis de suspense y terror, jugando con toda esas miseria humana que vemos cada día en nuestras sociedades, a través de una violencia seca y desgarradora que parece devolvernos a la realidad más oscura cuando la película se mueve dentro del vodevil y lo absurdo, con esa magia con la que se mueve la cámara por la casa, deslizándose entre los diferentes espacios, capturando todos los movimientos, gestos y miradas que se van entrecruzando entre unos y otros, entre poderosos y embaucadores.

La película contiene una maravillosa y exquisita utilización del espacio como símbolo social de lo que separa tanto a unos como a otros, y porque no decirlo, de aquello que les une, con esas escaleras que continuamente suben y bajan unos y otros, donde los diferentes niveles de la casa ocultan otras realidades, igual de terribles y tristes, con secuencias donde todo parece que va a estallar, donde toda la verdad parece que saldrá a la luz de una forma brutal y golpiza, pero la película dosifica la información de manera magistral, dejando un detalle por aquí y otro por allí, sumergiéndonos desde el primer momento en sus propias reglas, amasando la narración desde lo más cercano e íntimo, sin dejar ningún cabo suelto, manejando de forma sobria y ligera las diferentes pequeñas historias dentro de la historia principal, conduciéndonos por ese espacio y por las relaciones de los personajes para mostrar concienzudamente una alegoría siniestra y real de la sociedad actual, rompiendo con habilidad todos los esquemas que nos hayamos hecho al transcurrir de sus imágenes.

Song Kang Ho, actor fetiche de Bong Joon Ho encabeza un reparto estupendo q de buenos intérpretes que asumen sus roles de forma perfecta, sencilla y muy convincente, entre los que destacan Lee Sun Kyun, Cho Yeo Jeong, Choi Woo Sik, Park So Dam y Lee Jung Eun, entre otros, en el que el citado Song Kang Ho da vida a ese padre sin trabajo que le llegará su oportunidad como conductor del Sr. Park de forma ilícita, con la ayuda de sus hijos y junto a su mujer se volverán “ricos” aunque sea aparentemente, pero ellos, como si la vida y la sociedad fuese un espejo donde el reflejo saca a relucir todas las miserias y el alma oscura que ocultamos, todo se volverá en su contra, y tendrán que cambiar de plan, o como dice el padre es mejor no tener planes para no frustrarse y volver a esa realidad tan durísima de la que tanto quieren huir como dejará clara la magnífica secuencia de la inundación, en la que la situación del váter de la casa se convierte en una metáfora de aquello de abajo que irremediablemente acabará subiendo a la superficie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Galder Gaztelu-Urrutia

Entrevista a Galder Gaztelu-Urrutia, director de la película “El Hoyo”. El encuentro tuvo lugar el martes 5 de noviembre de 2019 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Galder Gaztelu-Urrutia, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

El Hoyo, de Galder Gaztelu-Urrutia

ROMPER LAS CADENAS.

“Lo importante no es mantenerse vivo sino mantenerse humano”.

George Orwell

Goreng despierta en el nivel 48 de el hoyo, le acompaña el libro de El Quijote, tiene como compañero de nivel a Trimagasi, un veterano del lugar que conoce al dedillo, o eso dice, la estructura y la vida en el hoyo. La plataforma baja una vez al día con la comida que les sobra a los de arriba y después de unos pocos minutos, continuará su trayecto hacia abajo. Se desconoce el número de niveles, eso sí, una vez al mes se repite la rutina y cambias de nivel. Y sobre todo, reza para que toque un nivel de los de arriba, porque si es alguno de abajo, la escasez de comida llevará a sus habitantes a tomar medidas extremas. La puesta de largo de Galder Gaztelu-Urrutia (Bilbao, 1974) es una metáfora de la sociedad clasista en la que vivimos, donde no existe la compasión ni la humanidad, sino una durísima supervivencia anclada en el egoísmo, la competitividad y el individualismo como únicas formas de sobrevivir en un universo deshumanizado y lleno de miseria y horror. La obra recrea esa inquietante atmósfera austera y desnuda, a partir de esos niveles, con solo dos personajes, uno acabado de llegar y el otro veterano, en el que vamos conociendo tanto lo físico, con esa plataforma que va y viene con comida o no, dependiendo del nivel que te toque, y lo emocional, donde lo psíquico juega un papel muy intenso donde lo humano se verá sometido a las circunstancias de un lugar que puede resultar siniestro y terrorífico.

La cinta hace de su modestia su mejor virtud, planteándonos una estructura sencilla y muy seductora, a partir de un guión obra de David Desola y Pedro Rivero (uno de los autores de Psiconautas, los niños olvidados, una excelente muestra de cine de animación enraizado en la distopía profundizando en las convenciones sociales) que plantea una sociedad jerárquica y aleatoria, donde los de abajo, meros despojos que viven de la basura que tiran los de arriba, asumiendo las condiciones inhumanas de los de arriba, de aquellos que viven en la abundancia, donde la comida se convierte en una alegoría de la sociedad, como el mayor de los tesoros y reflejo de las diferencias sociales. Gaztelu-Urrutia construye una primera parte más estática, donde abundan diálogos y algún que otro falshback en una película muy lineal, y una segunda mitad, más física donde el tiempo avanza más rápidamente, en el que nos propone un juego de múltiples capas narrativas donde a medida que avanza el metraje, nos va abriendo una capa más y descubriendo los terribles secretos que anidan en el hoyo, una especie de cárcel, donde voluntariamente o no, acceden personas de toda condición social, económica y cultural, independientemente del sexo, raza o religión.

Situada a medio camino del thriller oscuro y terrorífico y el retrato social, nos concentraremos en Goreng, un tipo extraño muy diferente a lo que se encuentra en el hoyo, con un libro como compañía, que querrá romper las normas del lugar, aceptando sus reglas pero de manera personal, yendo más allá, intentando encontrar la forma de cambiar una estructura sombría por una más humana, convirtiéndose en ese antihéroe peculiar y raro que pululan por las películas distópicas en las que alguien un día despierta y comienza a caminar diferente al resto y hacerse preguntas y sobre todo, a ejecutar unas ideas revolucionarias y contrarias a todos los demás. La luz tenebrosa y aciaga de Jon D. Domínguez, se convierte en el mejor cómplice para sumergirnos en este retrato alegórico que realiza una crítica demoledora a una sociedad perdida, a la deriva, llena de soledades amargadas e inútiles, donde el amor ha desaparecido, donde reina el odio, la mentira, la venganza y la muerte como únicas formas de subsistencia. La penetrante y extraordinaria música de Aranzazu Calleja da ese toque esencial e íntimo que tanto necesita este tipo de películas.

La película bebe de ese cine psicológico y distópico producido en su mayoría en la serie B estadounidense donde sucesos anclados en la ciencia-ficción servían para retratar la sociedad capitalista y la condición humana a través de sus miedos y paranoias. Un potente cast en el que sobresale la capacidad tanto física como gestual de un Iván Massagué en estado de gracia, en su mejor personaje hasta la fecha, convertido en ese extraño tipo que quizás tiene la forma de cambiar la estructura horrible y mortal de tan siniestro lugar, bien acompañado por Zorion Egilor, que consigue con esa mirada penetrante y esa voz cavernosa enriquecer a un tipo que oculta más que habla. Emilo Buale compone a un ser desesperado, a alguien que emprende un camino salvaje y muy peligroso para alcanzar un sueño que parece imposible. Antonia San Juan es otro personaje desesperado, alguien que ya nada tiene que perder, y sobrevive sin más. Y finalmente, Alexandra Masangkay convertida en esa mujer misteriosa y muda que busca incesante a un hijo que parece no existir.

El Hoyo es un thriller oscuro y extraordinario sobre lo más profundo de la condición humana, que mantiene un pulso narrativo intenso y espectacular durante todo su metraje, sumergiéndonos en una marabunta de emociones, tensiones y conflictos de primer órdago, con ese ambiente agobiante y terrorífico por el que maneja toda la cinta, sin descanso, sin parpadeo posible, sujetándose con firmeza la butaca, dejándonos llevar por este impresionante descenso a los infiernos del alma humana, erigiéndose en una excelente muestra de cine potente y magnífico sobre aquellos miedos profundos que nos atenazan diariamente en una sociedad cada vez más vacía, ajena a las necesidades humanas, donde el amor se compra y donde todo tiene precio, incluso las vidas de las gentes, donde unos y otros viven o podríamos decir que sobreviven soportando unas leyes económicas, sociales y culturales que no les satisfacen y además, los convierten en meros autómatas de sus propias existencias, reduciendo sus vidas a una explotación diaria donde lo material se ha convertido en la felicidad absoluta, donde lo emocional ha perdido su sentido y se ha transformado en meras excusas para regocijarse en la opulencia, la ostentación, el lujo y las posesiones como único bienestar humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una íntima convicción, de Antoine Raimbault

LA OBSESIÓN POR LA VERDAD.

“Conocemos la verdad no solo por la razón, sino por el corazón”.

Blaise Pascal

“La justicia es un error milenario que quiere que atribuyamos a una administración el nombre de una virtud”

Tolosano Alain Furbury

En la película El juez, el magistrado interpretado por Fabrice Luchini, arrancaba el juicio con la siguiente aseveración: “Nos encontramos aquí no para conocer la verdad de los hechos, sino para aplicar la ley a través de las siguientes pruebas presentadas”. Semejante afirmación constituye en el fondo una tarea harto complicado para aquellos profesionales de la “justicia”, hombres y mujeres que se visten con toga y dirimen entre aquellos que defienden y acusan al acusado o acusado, trabajando para encontrar aquellas posiciones que lo declaren inocente o culpable de los hechos por el que es juzgado o juzgada. La llamada “justicia” siempre se mueve entre conjeturas, hipótesis y en sus verdades que convenzan al juez o jueza de turno o al jurado popular, en la que la maestría de unos y otros decantará la balanza para un lado u el otro.

El director francés Antoine Raimbault que tiene experiencia como montador y coguionista con Karim Dridi, con él que firma el guión de la película, conoció al letrado Eric Dupond-Moretti y se interesó por el caso de Jacques Viguier, amén de estudiar los juicios a través de su creciente interés en los tribunales de su país. Raimbault ha hecho una película basado en hechos reales, ciñéndose a los hechos acaecidos sobre el famoso caso, en el que un hombre es acusado del asesinato de su mujer desaparecida, absuelto una primera vez, el relato cinematográfico se centra en el segundo juicio que se celebró nuevamente después del recurso presentado. Pero, el cineasta francés opta por un punto de vista ficticio inventándose el personaje de Nora, el único rol de ficción de la película. Nora, cocinera de profesión y madre de un hijo, y amiga íntima de la hija del acusado emprende su propia cruzada personal trabajando en la contra-investigación contratando a un abogado defensor Dupond y proveyéndole de datos y hechos que ayuden en la defensa de Viguier, como las interminables escuchas de los implicados en el caso, haciendo hincapié en el amante de la mujer.

Raimbault debuta en la gran pantalla a lo grande, con un thriller judicial de primera categoría, una de esas historias inteligentes, magníficas y llenas de complejidad, recovecos argumentales y personajes llenos de intuición, humanos y difíciles, siguiendo a Nora, una mujer en busca de la verdad, en busca de un imposible, abducida por una obsesión que la lleva a desafiar sus propias creencias y su propia vida, poniendo en peligro todo aquello que forma parte de su vida. En frente, el letrado Dupond, un hombre justo y honorable, con una amplísima experiencia en los tribunales, batallando a brazo partido por devolver su vida a sus defendidos, como clamará el acusado Jacques Viguier, después de más de diez años con el caso. La cinta no se dirige a un solo camino, se mueve en muchas y variadas direcciones, donde en su primera mitad se mueve entre la pausa y la racionalidad, para más tarde, el reposo y la pausa del inicio dejan paso al ritmo trepidante y fragmentado del exquisito montaje obra de Jean-Baptiste Beaudoin.

La película se mueve entre aquello que sentimos, donde la verdad se convierte en algo secundario, donde las fuerzas del juicio van a la par, donde ya no se trabaja para conocer la verdad sino simplemente en salvar al acusado de un homicidio en primer grado, en que la historia de la heroína en pos de la verdad y la justicia deja paso a alguien que conoce las limitaciones propias del sistema judicial y también, de ella misma, de alguien que cambia de estrategia y trabaja en igualdad de fuerzas para conseguir sus objetivos. Raimbault nos habla del poder de la convicción sobre la razón, de ese proceso que vive Nora, una mujer como cualquiera de nosotros que emprende una búsqueda invisible y desconocida hacia algún objeto o hecho al que agarrarse para fortalecer la inocencia en la que cree, como sus enemigos, aquellos que acusan, que también se mueven en hipótesis y conjeturas para acusar, valiéndose del informe oficial policial que acusa sin pruebas constituyentes. Con una excelente y maravillosa pareja protagonista con la imponente interpretación de Marina Foïs bien acompañado del siempre convincente Olivier Gourmet.

El realizador francés cuestiona el sistema judicial desde dentro, desde lo más profundo de sus entrañas, mostrándonos toda la falta de veracidad y justicia que impera en los casos, donde ambas partes trabajan para acusar o defender sin pruebas reales, siguiendo unos el modelo oficial, en este caso dar fuerza y solidez al informe policial, aunque éste lleno de agujeros, y los otros, aquellos que defienden la inocencia, basándose en certezas inventadas o ficticios en las que apoyar su defensa y convencer al tribunal y al jurado de la inocencia de su defendido. Una íntima convicción nos devuelve el aroma de los grandes dramas judiciales que tan buenos títulos ha dado el cine estadounidense como el acusado humanista que se defendía de los nazis en Esta tierra es mía, o el recto juez que era manipulado en Testigo de cargo, o el audaz letrado defensor en Anatomía de un asesinato, o el inteligente abogado antirracista en Matar a un ruiseñor, o el decadente abogado que quemaba su última bala en pos de la inocencia en Veredicto final, o por afinidad argumental sobre el acusado el thriller judicial de El misterio Von Bülow. Títulos encomiables y magníficos a los que se le añade desde ya la película de Raimbault, por su identidad, por su poderosa trama, por unos personajes inolvidables y tenaces, humanos por su coraje y debilidades, y por un relato que nos convierte en testigos, defensores, acusadores y jueces del devenir de Jacques Viguier. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Instinto maternal, de Olivier Masset-Depasse

LA VECINA DE AL LADO.

Alice y Céline son vecinas y muy buenas amigas en la Bruselas de comienzos de los 60. Además, las dos mujeres son madres de dos niños de la misma edad, Théo y Maxime. Viven en casas contiguas muy parecidas, con sus respectivos maridos y rodeados de un ambiente de clase media bien posicionado. Hasta ese instante todo parece ir como la seda, con sus cotidianidades muy bien avenidas en la que todos forman una gran familia. Pero toda esa aparente felicidad aburrida destapará graves tensiones entre las dos amigas cuando Maxime, el hijo de Céline muere trágicamente con Alice como testigo. La armonía desaparecerá de este peculiar vecindario y la guerra interna y oculta empezará a instalarse en las vidas de las dos mujeres. Después de dos películas como Cages (2006) e Illégal (2010) en la que abordaba retratos femeninos cargados de fuerte contenido social en espacios cerrados, amén de dirigir para televisión Santuario (2015) en la que se enfrentaba al terrorismo de ETA desde la visión francesa, el director Olivier Masset-Depasse (Charleroi, Bélgica, 1971) sin perder un ápice de la atmósfera de sus anteriores trabajos y siguiendo en un marco estilizado, adapta de forma libre la novela Derrière la Haine, de la escritora belga Bárbara Abel, sumergiéndonos en un ambiente opresivo y doméstico, en el que aparentemente todo parece funcionar a las mil maravillas, eso sí, felizmente aburrido, pero como ocurre en el universo de Lynch, cuando nos adentramos en sus jardines o piscinas, en los lugares fuera de nuestra vista, nos encontramos con terribles y ocultas verdades, como ocurrirá en el relato que nos ocupa, la trágica muerte del hijo de los vecinos, desencadenará una atmósfera fangosa e irrespirable que batirá en una lucha encarnizada entre las dos mujeres y madres.

El cineasta belga impone un thriller psicológico con esos paisajes propios de las películas estadounidenses de Douglas Sirk, donde los habitantes bien pensantes y conservadores manejan unas vidas vacías y alineadas, que solo son caparazones para ocultar sus verdaderos deseos que chocan con la realidad acomodada y de clase media. La película se instala en el interior de las hogares, entre meriendas con niños, cumpleaños sorpresas, cenas entre matrimonios tomando cocktails muy elaborados y conversaciones para regalarse los oídos y cosas por el estilo, como esos ambientes que tan bien describían tanto Hitchcock, Chabrol o Truffaut en sus películas, lugares de vidas programadas, espacios en el que todo está decorado y ambientado hasta el más mínimo detalle, aunque solo sea un mero escaparate para ocultar aquello que esconden bajo la alfombra, como sucederá en la trama cuando muere Maxime.

La muerte del niño de los vecinos desencadenará de forma profunda las tensiones invisibles entre las dos amigas, y propiciará que la película se adentré en las mentes desquiciadas tanto de una como de otra amiga, que nos llevarán por ese cruce de vidas y espejos deformantes sobre el deseo, la culpa y el odio, en el que los puntos de vista irán cambiando para desviar nuestra atención o no según convenga para la película, eso sí, el relato huye despavorido de las tendencias actuales del thriller, donde abundan ese cine ramplón y tramposo, lleno de giros inverosímiles, argumentos enrevesados y resoluciones poco sólidas. Los referentes de Masset-Depasse son los ya mencionados, los clásicos por trabajo e ideas que no solo han creado escuela para los cineastas que han llegado más tarde, sino que en mayor o menor medida siempre están presentes porque han creado imágenes sin tiempo que embellecen con el tiempo.

El buen hacer de la pareja de actrices con Veerle Baetens que da vida a Alice, la madre de Théo que sospecha de las intenciones y los actos que va perpetrando una desquiciada Anne Coesens que interpreta a Céline, esa madre rota y vacía que hará lo imposible para sustituir a su hijo fallecido, cueste quién cueste. El relato emana tensión y sensibilidad, manejando con astucia y veracidad los cambios de tono en el que pasa de la angustia a la cotidianidad en un suspiro sin apabullar al espectador, y sobre todo, dejando que el respetable digiera con aplomo y pausa todo lo que va aconteciendo, en este ejercicio de estilo que apabulla por su estilizada y colorista forma, su excelente manejo del terror doméstico, sin sustos ni aspavientos, creando con sutileza y sobriedad todos los componentes para crear esa tensión psicológica que aterra con pocos detalles, tanto en el fondo, el decorado o los magníficos movimientos de cámara que sitúa el rostro y las miradas de las mujeres en el centro de la acción y ejecutando esa amenaza in crescendo que las va oprimiendo cada día sin descanso, en que el excelentísimo trabajo interpretativo es fundamental en este tipo de películas para conseguir la verosimilitud y la intimidad necesaria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dolorosa Gioia, de Gonzalo López

UNA HISTORIA DE PASIÓN.

“Fuerte como la muerte es el amor”.

San Agustín

Carlo es un músico joven, un compositor con un extraordinario talento, su piano se ha convertido en una parte más de su alma y su cuerpo. Cada día lo toca incansablemente, sin descanso, con la idea fija de extraer una composición única y muy personal, una música que sacie sus ambiciones musicales. Aunque, esta vida solitaria y abnegada a su arte, se verá truncada con la aparición de María, una bella mujer de la que se enamora y se casan. La vida marital parece llenar a los dos, pero al poco, la vida de Carlo vuelve a sus rutinas musicales, aunque a María parece no importarle, lentamente se siente desplazada y encuentra cobijo en los brazos de un apuesto joven llamado Fabrizio, a espaldas de Carlo. La segunda película de Gonzalo López (Barcelona, 1977) se instala en un marco muy profundo, explorando las pasiones más internas del ser humano, esas obsesiones que alimentan nuestra alma y la convierten en un esclavo sin vida. Después de haber sido ayudante de producción en el mediometraje Génesis (1998) de Nacho Cerdà, y haber debutado en el largometraje con Embrión (2008) remake de la película japonesa The Embryo Hunts in secret (1966) de Koji Wakamatsu, en una interesante mezcla de sexo, deseo y violencia.

Muchas de estas obsesiones vuelven en su segundo trabajo, que coge como guía la vida de Carlo Gesualdo, gran músico del Renacimiento que se vio envuelta en un asunto my trágico, pero adecuándola a nuestros días. Y no sólo acaban ahí los cambios, quizás el más sorprendente es la ausencia de diálogos, en una película estructurada a través de los personajes, la música que escuchamos y sus espacios, en el que la vivienda que comparten Carlo y María se acaba convirtiendo en el centro de la trama, testigo de su historia de amor, distanciamiento, los encuentros de María con su amante, y la resolución final. López junto a su cinematógrafa Gemma Rogés, imprimen a la película una forma muy estilizada y casi desnuda, en la que podemos encontrar pocos elementos en lo físico, que ayuda a incrementar la soledad de los personajes y sus oscuras relaciones, y esa especie de descenso a los infiernos que sufre Carlo, aumentado con sus terribles pesadillas y visiones macabras. Una película desestructurada, con continuos saltos en el tiempo, ya que empieza con el final y va contándonos todos los detalles y elementos que nos van adentrando en su trama convencional, si, pero bien contada y resuelta.

Quizás su excesiva frialdad en los encuadres y espacios podría dejar indiferente a algún espectador, pero si se dejan llevar podrán degustar una película sencilla pero con ingredientes muy interesantes y sugestivos, como ese rojo sombrío, color que no podía faltar en un relato de estas características. López echa mano a sus referentes del Giallo italiano sin esconderse, mirándose a su espejo sin dudar de su herencia, llevando con inteligencia y sobriedad su relato caleidoscópico en el que hay amor, pasión, celos, inseguridad, sexo, envidias, soledad, mentiras, obsesiones, música, y sobre todo, miedo y muerte. Dolorosa Gioia se desenvuelve bien en el thriller psicológico, el terror más puro, y también, porque no decirlo, en la fantasía romántica y  el drama más doméstico, manejándose con soltura y fusionando con audacia los diferentes géneros que recorren la película.

Destaca un reparto desconocido pero que interpreta con naturalidad y sobriedad, a partir de detalles y gestos mínimos pero significativos, en la que las miradas acaban siendo importantísimas para una historia que prescinde de los diálogos, entre los que encontramos a Amiran Winter como el atormentado Carlo, ese músico solitario, introvertido y de pasión enfermiza, bien acompañado por Paula Célières como María, la esposa que se siente sola y desplazada por esas lucha interna de Carlo entre su pasión (alma) y su esposa (cuerpo), y el vértice de este amor confuso, roto y solitario, Fabrizio al que da vida Cristian Monasterio, ofreciendo un tipo bien parecido, una pasión arrebatadora que engatusa a María, y la participación del siempre convincente Pep Tosar. El director barcelonés estructura su película a través de aquello que tanto mencionaba Fritz Lang en su cine, que se contaba a través de tres elementos que se encontraban en su universo cinematográfico: el amor, la venganza y la muerte. La película tiene todo esto y nos explica el enfrentamiento entre aquello que nos apasiona y aquello que amamos, que pudieran parecer compatibles y quizás, para algunas personas, no lo sean tanto. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


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