Border, de Ali Abbasi

LA HUMANIDAD DEL MONSTRUO.

Había una vez una mujer llamada Tina que trabajaba como agente de aduanas y poseía un gran olfato que le permitía oler la culpa de los demás. Un día, se encuentra con Vore, un tipo de aspecto monstruoso como ella, que oculta algo, pero Tina, no logra adivinar. Además, Tina se siente fuertemente atraído por el misterioso personaje. La segunda película de Ali Abbasi (Teherán, Irán, 1981) vuelve a estar enmarcada por los mismos derroteros que su opera prima Shelley (2016) en la que alrededor de un bosque, una pareja que no podía tener hijos, contrata un vientre de alquiler que tendrá consecuencias terribles. Con la apariencia de fábula, en un espacio natural, apartado de todo, vuelve a contarnos el relato de una pareja triste, una pareja sin sexo. Él, un apasionado de las competiciones caninas, vago y aburrido. Ella, Tina, con su quehacer diario en el trabajo, sus largos paseos en el bosque y las visitas al geriátrico donde está su padre. Todo cambiará con la aparición de Vore, con una apariencia física parecida a la de Tina, alguien que repele a Tina, pero a la vez seduce y engancha, y la hará descubrir secretos ocultos de su pasado, una nueva ilusión, su verdadera identidad, y también, el otro lado del espejo, una malévola actividad que realiza Vore y que intentará arrastrar a Tina con él.

Abbasi disfraza su relato de película fantástica, en la que casan de maravilla la parte social con lo terrorífico, para hablarnos de la soledad, la tristeza, el ser diferente, las capacidades naturales, sentirse de otro mundo, la maternidad, la falta de amor, el lado oscuro de la condición humana, y demás temas que nacieron de la novela homónima del escritor sueco John Ajvide Lindqvist, coautor del guión junto al director e Isabella Eklöff. Autor entre otras, de la novela Déjame entrar, que fue adaptada al cine por el director Tomas Alfredson, en la que a través del vampirismo, nos contaban una historia sobre acoso escolar, soledad en la infancia y el deseo de escapar. Muchos de estos temas vuelven a tocarse en Border, título que alude a esa frontera en la que se encuentra Tina en relación a Vore, un ser extraño, repelente y singular, que le cambiará toda su existencia, para bien y para mal, sin medias tintas, que descubrirá placeres como el sexo y la felicidad, y también, tormentos, como la monstruosidad de los seres humanos o no, y las consecuencias de unos actos deleznables.

Abbasi realiza una película de género, sin ser de ningún género en concreto, porque la mezcla es brutal, hay secuencias de cine social que dejan paso a otras más de terror, de puro fantástico, e incluso esa parte thriller de investigación, donde los personajes de un medio u otro, se mezclan, se confunden e interactúan, en cierta manera, estamos ante un cuento fantástico donde humanos y monstruos conviven, se relacionan y viven de manera natural, aunque sin ocultar sus grandes diferencias y secretos, en que la naturaleza se convierte en paradigma de la libertad y la felicidad, pero también, de lo más terrible, donde se ocultan grandes maldades, en que la línea que separa el bien del mal es tan fina que es imposible reconocer, donde seres de diferentes mundos y condición, se mezclan de tal manera que es imposible definirlos, y saber de qué materia están hechos, de qué color es su alma, y cuáles son sus ilusiones y anhelos.

Eva Melander como Tina y Eero Milonoff como Vore son los dos magníficos intérpretes que dan vida a estos seres fantásticos, estos trols, bajo un espectacular maquillaje, en una composición que opta más por las miradas y los gestos que por las palabras, donde los hechos prevalecen al verbo, donde sus acciones describirán sus interiores y aquello que sienten, en una película que recuerda a esas fábulas donde monstruos y humanos convivían y se mezclaban, con una apariencia física que aterra, pero que también atrae, como le sucede al personaje de Tina con Vore, esa frontera, ese muro emocional que deberá franquear o no, en el que se sentirá especial y rota por dentro, en el que descubrirá lo mejor y lo mejor de la condición humana, el alma que se esconde y oculta agazapada en su interior, en un viaje emocional hacia lo más bello y lo más oscuro del alma, en el que la magia y la realidad que Abbasi envuelve toda su película, consiguiendo momentos realmente poéticos y sobrecogedores, como las secuencias sexuales entre los dos trols, que esconden toda la belleza y lo grotesco en un mismo acto, o el tempo narrativo que hace gala la cinta, en la que de forma pausada y detallista nos mueven de un lugar a otro, de una mirada a otra, de un carácter a otro, de un espacio a otro, de forma natural y poética, dejando que el espectador se sumerja en un mundo diferente, salvaje, humanista, y lleno de sensaciones bellas, oscuras y contradictorias, donde la vida y nuestros sentidos palpitan y estallan, a veces de felicidad, y otras de terror.

Galveston, de Mélanie Laurent

VIDAS AL LÍMITE.

Roy Cady es uno de estos tipos con mala suerte. Roy ha crecido en una de esas familias desestructuradas, con problemas desde la cuna, con pocas expectativas, o ninguna, de labrarse una vida normal y legal. Sus años de juventud desperdiciados como pandillero y hurtos de poca monta, han llevado sus huesos a las cloacas de la sociedad, a hacer el trabajo sucio de esos tipos sin escrúpulos que son valorados en la comunidad y regentan negocios legales al servicio de los ciudadanos, en este caso, una lavandería, metáfora irónica de lo que esconde realmente detrás de esa fachada, negocios de blanqueo de dinero ganado ilícitamente a través de drogas, armas y putas. En uno de esos encargos, Roy es traicionado por su jefe, y decide huir desesperadamente junto a Rachel “Rocky” Arceneaux, una de esas chicas solitarias que acaban de putitas en busca de sus sueños. Además, Roy ha sido diagnóstica con un cáncer terminal, así que su huida aún es más incierta. En este panorama desolador y deprimente se instala la nueva película como directora de la actriz Mélanie Laurent (París, 1983) que algunos recordarán como la rubia vengadora de Malditos bastardos (2009) de Quentin Tarantino. Su carrera como directora, que con esta película llega a la cifra de 5 títulos, se ha movido entre las historias de mujeres en entornos familiares, donde ha explorado las relaciones humanas, ahora, bajo un espacio diferente, el del sur de Estados Unidos, en esa América invisible, desplazada, donde habitan seres desfavorecidos, individuos sin suerte, con vidas ajadas, vidas difíciles, y sobre todo, vidas sin futuro, esa América que el cine comercial de Hollywood obvia y olvida, o la edulcora de manera emotiva y simplista.

Laurent ha elegido la pequeña ciudad de Galveston, en Texas, esas ciudades limítrofes tan cerca de la frontera con México, tan cerca de una nueva vida, de un empezar de nuevo. Roy es un tipo duro, acostumbrado a la mala vida, a los tragos en bares sucios y malolientes, y en relaciones esporádicas y deprimentes, si alguna vez tuvo una pareja digamos normal, hace mucho tiempo que lo ha olvidado o simplemente, ya no le importa. Roy es como uno de esos vaqueros que vagaban sin rumbo, esperando un golpe de suerte, o algo que los detuviera en algún lugar para vivir en paz. A su lado, como compañera accidental de este viaje al abismo, se encuentra Rachel, que se hace llamar Rocky, de pasado oscuro y violento, dejó su familia, o algo que le parecía, para escapar de un infierno acabó en otro peor, y ahora con el encuentro con Roy parece que su vida, dentro del peligro que corren, se ha encaminado a algo de tranquilidad, algo que no había tenido jamás en su vida.

La cineasta francesa se mueve en los mecanismos del thriller, en esas películas film moir que tanto les gustaban a Fritz Lang y Jean Renoir en su etapa estadounidense, o a los Fuller o Peckinpah, relatos oscuros, violentos y ásperos, donde el fatalismo persigue inexorablemente a sus personajes, seres que la vida parece ayudarles, pero siempre, pro un error fatal del destino, acaban envueltos en huidas desesperadas y callejones sin salida. Con ese aroma tan sureño, de sudor agobiante, de moteles de carreteras secundarias, de tipos que van y vienen, de putitas jovencísimas que andan perdidas a la caza de algo o alguien, y gentes profundamente anclados a un lugar que parece que nunca se va a mover, una atmósfera que describe con amargura y encanto Nic Pizzolatto, guionista y autor de la novela, y creador de True Detective, una de las series más innovadoras y fascinantes de los últimos años. El cinematógrafo Arnaud Potier, colaborador habitual de Laurent, firma un trabajo magnífico donde captura con naturalidad la oscuridad y suciedad de esos lugares rasgados por la miseria, y aquellos donde el sol ilumina un poco las vidas de estos errantes sin vida y sin camino.

La estupenda labor de la pareja protagonista bien encabezado por Ben Foster, muy alejado de sus papeles en los blockbusters, y la siempre y maravillosa presencia de Elle Fanning, convertida en una de las actrices más potentes y fascinantes de su generación. También, encontramos la labor de Beau Bridges, elegante y malvado, y la contribución de María Valverde, que ya había trabajado en la anterior película de Laurent. Laurent ha construido una película con brío y fuerza, dura pero honesta, donde hay oscuridad, pero también esperanza, asemejándose en tiempo por la sobriedad de Jeff Nichols, y por trama en la cinta En un lugar sin ley, de David Lowery, donde unos Casey Afleck y Rooney Mara, emprendían una huida imposible y peligrosa. Roy y Rocky dentro de su huida desesperada y peligrosa, y su constante dificultad para avanzar, acaban sintiéndose parte el uno del otro, como si toda su existencia hubieran esperada un momento así, encontrarse con alguien que simplemente este ahí, que los escuche, que no haga preguntas incómodas, y sobre todo, les dé un poco de calor, algo que les haga confiar en ellos, y les ayude a confiar en sí mismos.

 

The Guilty, de Gustav Möller

SERVICIO DE EMERGENCIAS, DÍGAME.

Los amantes del cine recordarán a Will Kane, el sheriff del pequeño pueblo de Hadleyville, en Solo ante el peligro, de Fred Zinnemann. Un western magnífico que narraba con firmeza la espera de Gary Cooper ante la inminente llegada en tren del criminal fugado de la cárcel que el mismo envió a prisión. Asistíamos con temor a 80 minutos agobiantes donde Kane esperaba sin remedio el fatal desencuentro, sin que nadie del lugar le ayudase. Algo parecido le sucede a otro representante de la ley, el agente Asger Holm en The Guilty, en el que recibe una llamada al servicio de emergencias y deberá lidiar un caso de secuestro, donde hay implicados una mujer que se hace llamar Iben, y su secuestrador, su ex, Michael. El director Gustav Möller (Gotemburgo, Suecia, 1988) que debuta con esta película, enmarca su película en las cuatro paredes del servicio de emergencias, donde a través del teléfono y las conversaciones veremos todo lo que sucede en off, escuchando atentamente todo lo que acontece al otro lado del aparato. La premisa es sencilla y muy efectiva, por un lado, tenemos a Asger Holm, el agente sancionado por un caso de homicidio imprudente, y degradado por sus superiores, y metido a atender llamadas en una sala fría durante la noche.

Avanzada la noche, recibimos la llamada aterrorizada de Iben, una mujer joven que explica su caso, su secuestro y su terror. Entonces, a partir de ese instante, las llamadas irán a velocidad de crucero de un lado a otro, a comisarias, a patrullas, al hogar familiar de los implicados, que han dejado solos a sus dos hijos menores, y a Rashid, un confidente y colaborador de Asger. La película no tiene un minuto de descanso, va de un lugar a otro sin salir de esa habitación a media luz, donde las voces y los sonidos ambientales se van cruzando entre unos y otros, siguiendo una estudiada tensión psicológica que va in crescendo, guiándonos por caminos trillados y nada claros, donde Asger deberá descifrar las claves que se hallan en el suceso, sin más ayuda que su instinto, su inteligencia y su capacidad para dirimir situaciones de peligro. Möller se ha rodeado de un equipo muy joven y profesional, para contarnos en tiempo real (como ocurría en el western de Zinnemann) la peripecia de Asger, contándonos la película a través de planos detalle del rostro y el cuerpo del policía, mezclándolo con planos más abiertos, siempre sin salir al exterior y casi sin diálogos con los otros compañeros de Asger, centrándose solo en las diferentes conversaciones del teléfono, en que el peligro inminente siempre está al acecho.

Möller construye una cinta de fuerte carga psicológica, con ese estilo depurado e inquietante de Hitchcock, en el que todos los personajes tienen algo que esconder, donde nada es lo que parece, y sobre todo, hay que estar muy atentos a todo lo que escuchamos a través del teléfono, siguiendo la montaña rusa de emociones que sienten los personajes, donde Asger pasa por casi todos los estados emocionales existentes durante los 80 minutos que dura la película, sometido a una presión brutal, y ejecutando sus propias órdenes, dejándose llevar por su instinto policial, e intentando sacar adelante semejante entuerto. La película tiene ese aroma que ya impregnaban otros títulos donde el teléfono se convertía en el foco de atención como Buried, de Rodrigo Cortés, donde un enterrado vivo tenía un móvil como único medio para salir de semejante situación, en Locke, de Steven Knight, un tipo con vida aparentemente feliz era manipulado en su coche a través del móvil. Cintas de gran tensión dramática, que manejan las emociones de los espectadores, llevándolos por ese laberinto emocional en el que todo ocurre fuera de ese espacio, pero tiene su raíz en ese ataúd, en ese coche, o en esa habitación de emergencias.

Quizás, otro de los elementos indispensables para los cimientos de la película sea la  soberbia interpretación de Jakob Cedergren (que ya cosechó muchas menciones con su trabajo en Submarino, de Thomas Vinterberg) creando un agente de policía solitario, de mal carácter y aislado, que construye una grandísima composición de sobriedad y detalles con su voz y sobre todo, en su rostro, que en la película se convierte en ese espejo de emociones en el que se reflejan todas las situaciones con las que tiene que lidiar a lo largo y ancho de esta trama peliaguda, oscura y terrorífica. Möller ha cimentado una película de grandes hechuras, sencilla y contenida en su forma, y muy creativa en su fondo, donde ese off acaba contaminando toda la habitación, y donde acabamos viendo aterrorizados todas esas acciones y personajes que solo escuchamos, que ocurren en off, manteniendo con gran habilidad y soltura esa tensión áspera y brutal que tiene toda la película, condensando con eficacia la transmisión de información de todo lo que va ocurriendo y sobre todo, cómo se nos irá desvelando toda esa información que permanece oculta.

El desentierro, de Nacho Ruipérez

LAS HERIDAS ABIERTAS.

“Conocer la verdad no cambia nada”

La película se abre con un plano aéreo que recoge la resolución del conflicto, un conflicto que nos llevará primero tres días antes de ese último plano, y luego, nos llevará aún más allá, porque la película pivota entre dos frentes abiertos, el año 1996 y el 2017, en la asistimos a constantes idas y venidas entre los dos tiempos, porque todo lo que sucede en el presente, se verá condicionado a aquellos años, a veinte años atrás. La trama arranca con la llegada de Jordi para asistir al funeral de su tío Félix, político muerto en extrañas circunstancias, donde se reencontrará con Diego, su primo hermano e hijo del político fallecido. Jordi sigue traumatizado por la desaparición de su padre Pau veinte años atrás, y con la ayuda de Diego empieza a investigar posibles cabos sueltos. La aparición en escena de Germán Torres, antiguo socio político de Félix, hace aún más si cabe que la madeja del pasado oscuro que envuelve a esos personajes, se relacione con la desaparición de Pau. La puesta de largo de Nacho Ruipérez (Valencia, 1983) rastrea aquellos años 90 de esplendor discotequero con la famosa “Ruta del bacalao”, la corrupción que campaba sin límites por las tierras levantinas, y los cientos de puticlubs que afloraban en las carreteras nacionales, tiempos que ahora se miran desde la distancia, desde las pesquisas de Jordi y Diego, rastreando los lugares abandonados o en estado ruinoso de aquellos años de falsa magia y chanchullos políticos. Los arrozales y las tierras valencianas se convierten en el escenario perfecto para buscar a los ausentes, para abrir cajas cerradas a cal y canto, y volver a aquellos lugares y aquellos personajes que pululaban por aquel ambiente de dinero negro, putas maltratadas y mentiras.

El director valenciano maneja con astucia y credibilidad los dos tiempos en los que se sustenta la cinta, construyendo una atmósfera sobria y clásica para hablarnos de los años 90, en la que hay dos líneas argumentales, la corrupción política de Félix y su socio, por un lado, y la historia de amor de Pau y Tirana, la prostituta en las redes de la trata. Dos tramas que se verán mezcladas y tendrán tintes dramáticos para algunos de los personajes implicados. En la actualidad, Ruipérez cimenta la trama en un thriller setentero, a lo Pakula o Boorman, áspero y sangriento, donde la cámara se mueve con la misma energía que los acontecimientos, y el descenso a los infiernos a los que van los dos primos irremediablemente, porque hay cajas que es mejor no intentar abrir, y dejarlas cerradas para siempre. El amor y el deseo de saber la verdad conduce la película hasta ese camino sin retorno, hasta lo más oscuro de la condición humana, porque saber es el único camino para Jordi y su primo Pau, que deberán enfrentarse a los suyos y a sus miedos e inseguridades para digerir esa verdad que los cambiará para siempre.

Los lugares vacíos que antaño fueron concurridos y llenos de neones, los inmensos arrozales que ahora parecen desiertos de almas perdidas, esas fábricas abandonadas que fueron prosperas en su tiempo, o seres que vagan sin rumbo, que acarrean pesadas mochilas de mala conciencia o incluso algún que otro cadáver a sus espaldas doloridas y maltrechas, es la inquietante y tenebrosa atmósfera que Ruipérez construye con aplomo y sinceridad, dejando que el espectador vaya descubriendo la luz ante tanta oscuridad, y lo hace a través de un ritmo pausado y honesto, donde no caben las sorpresas sacadas de la manga o personajes de la nada, como suelen ocurrir en muchos thrillers actuales, donde manejan tramas superficiales, donde hay buenos y malos, Ruipérez prescinde de todo eso, y crea uno de los debuts más estimulantes de los últimos años en cine de género, manejando con inteligencia a sus personajes, sus diferentes tramas y esa luz sombría y cegadora que abruma a sus protagonistas, obra del gran Javier Salmones, contribuyendo a ese ritmo infernal y reposado que imprime la maestría de la veterana Teresa Font.

El cineasta valenciano se ha nutrido de un reparto que mezcla juventud con nombres consagrados, dotando a la película de complejidad y ambientes oscuros y llenos de matices y detalles, donde abundan los personajes que mienten, llenos de rabia, donde el miedo y la inseguridad forman parte inquietante que casa con naturalidad con ese paisaje de pasados sombríos,  como los dos primos, Michel Noher y Jan Cornet, que atrapan naturalidad y sinceridad, bien acompañados por Nesrin Cavadzade como Tirana, y Jelena Jovanova como su hija, y el siempre conciso Leonardo Sbaraglia como el desaparecido Pau, y los Jordi Rebellón como Félix, un tirano Francesc Garrido como Germán Torres y Ana Torrent, la esposa seria y oscura de Félix. El desentierro es una thriller con hechuras que pone el foco en la corrupción y esos amores fou que suelen acabar olvidados en espacios oscuros y abandonados, donde las almas inquietas y rotas acaban por encontrar aquello que nunca buscaron, pero en el fondo no podían encontrar otro destino que no fuese fácil y feliz.

Animales sin collar, de Jota Linares

DEUDAS CON EL PASADO.

El espectacular arranque de la película en la que nos sitúan en el interior de un automóvil en plena noche, en el que dos individuos jóvenes, uno, el que conduce, es un manojo de nervios, balbucea y está al borde del colapso, el otro, en cambio, anda moribundo y con un pie en el otro mundo. El coche circula a toda velocidad, todo ocurre muy rápido, sin tiempo de respirar, los planos son cortos y agitados. De repente, pasamos a general y el coche se detiene y deja al moribundo en la entrada de urgencias de un hospital, y sale a toda pastilla. Corte a un parking de discotecas, estamos unos años atrás, el que conducía se encuentra con una mujer, los dos se miran y saben que, a partir de ese momento, sus vidas quedarán ligadas muy a su pesar. De la noche del inicio pasaremos a la luz cálida, en ocasiones abrasadora y asfixiante de esa Andalucía rural, alejada de ruido, tráfico y prisas. La puesta de largo de Jota Linares (Cádiz, 1982) está inspirada libremente en Casa de muñecas, de Henrik Ibsen, la heroína Nora metida en un berenjenal íntimo, social y político de finales del XIX pasa a la Andalucía actual en otro embrollo de la misma naturaleza que mezcla el pasado y el presente, la política y lo íntimo, en el que se respira una atmósfera oscura y agobiante que contrasta con los espacios llenos de luz de la película, y la paz que, presumiblemente tienen esos ambientes.

La película lleva el sello de la productora Beatriz Bodegas, artífice de Tarde para la ira, de hace un par de años, también debut como director del actor Raúl Arévalo, un intenso y brutal thriller urbano en él que también se jugaban cartas con el pasado. Ahora, de la mano de Jota Linares, que ya había llamado la atención con sus cortometrajes como 3,2 (Lo que hacen las novias), Ratas o Rubita, planteando historias oscuras y perversas dentro de la cotidianidad, vuelve a esas premisas para hablarnos de varias cuestiones. Por un lado, tenemos el pasado, en el que Nora, el personaje femenino que hace una extraordinaria Natalia de Molina, será la encargada de llevar el peso de la trama, en el que Linares descansará toda la parte emocional soterrada, aquella que no se ve, pero bulle en su interior como una olla a presión a punto de estallar, en el que sentiremos toda su angustia, dolor y rabia en los acontecimientos que irán surgiendo.

Luego,  tenemos la política, con el personaje de Abel, que interpreta un sobrio y elegante Daniel Grao, uno de esos políticos jóvenes que viene a hacer borrón y cuenta nueva ayudando a los desfavorecidos y los olvidados con un partido que se llama “Pueblo Unido” (si hacen sus cábalas encontrarán su símil en la realidad) un marido tranquilo y sereno que tiene en ese lunes el día más importante de su carrera política, el discurso de investidura como presidente de la Junta de Andalucía. El tercer vértice de la trama encontramos a Víctor, estupendamente interpretado por Ignacio Mateos, en el que sentimos su desesperación y miseria,  un alto cargo manchado de corrupción con padre en la cárcel y madre senil, que remueve el pasado para no perder sus privilegios, chantajeando a Nora y provocando el cisma de la película, uno de esos tipos que ha utilizado la política como moneda de cambio, como espacio para acaudalarse y ahora, se ve perdido y herido como un lobo dando sus zarpazos a diestro y siniestro.

Encontraremos a dos personajes más, a Virginia, con el temple de una fantástica Natalia Mateo, en uno de esas almas a la deriva que pertenece al pasado de todos y de ninguno, que llega a servir de ayuda a una desesperada Nora, y también, conoceremos a Félix, al que da vida un convincente Borja Luna, interpretando un fotógrafo, también del pasado, que será testigo de todo la revolución emocional que está a punto de estallar. El cineasta gaditano nos encaja su película en sólo 3 días, que irá puntualizando como si fuesen capítulos, con esa penterante luz de Junior Díaz , también debutante, que baña la intimidad con suavidad, pero con esa negrura que sólo las almas sin consuelo conocen. Linares dota a su trama de un ritmo pausado, a fuego lento, sin prisas ni aspavientos emocionales ni sentimentales, en un magnífico thriller intenso,  íntimo y social donde todo escuece y nada es lo que parece, en un brutal ejercicio de sobriedad y estilo, donde todo se cuenta desde las entrañas, donde crecen y brotan lo más sucio y miserable de la condición humana, donde los males nos hacen polvo a nosotros y aquellos que queremos, en esos espacios del alma en los que nadie miente, donde la verdad es dolorosa y no deja luz para aliviarla.

La película toca muchos palos, desde el thriller seco y áspero, como el que hacían Fleischer, Fuller, Ray o Boorman, a ese cine rural violento y sangrante de Pascual Duarte o Furtivos, el western, con esos paisajes desérticos, donde antes pasaban carreteras y se podía oler la vida, al estilo de Hellman o Peckinpah, de esos tipos tirados y perdidos con su coche a cuestas como único hogar o final, la política, como juego de bandos y aniquilación del adversario, el pasado como arma arrojadiza del que no puedes despegarte y del que deseas enterrar por siempre jamás, y la mirada femenina, esa mujer que hace lo (im) posible para manejar los problemas y tiene que acarrear un montón de penurias y conflictos internos para que la armonía y esa paz, sólo de apariencia, siga siendo el motor de la vida de su marido, aunque a veces, todo es demasiado hostil y doloroso para seguir manteniéndose fuerte y valiente, porque hay momentos que también uno tiene que mirar por sí mismo y dejar que otros agarren las riendas de su vida y se enfrenten a sus propios conflictos.

Corporate, de Nicolas Silhol

LAS MISERIAS DEL SISTEMA.

“Esta película es una obra de ficción, pero está basada en métodos administrativos reales”

Entre los años 2008 y 2009, la empresa de telecomunicaciones francesa France Télécom se convirtió en el ojo del huracán, porque 35 de sus empleados se quitaron la vida. La empresa salió en su defensa aludiendo que acabaría con el mal que le acechaba. Aunque, detrás de todos estos casos de suicidio se ocultaban métodos deshumanizados de la empresa para aniquilar psicológicamente a sus empleados y que ellos mismos optaran por la baja voluntaria. A partir de este caso real, el director francés Nicolas Silhol se ha inspirado para dirigir su puesta de largo adentrándose de forma seria y rigurosa en esta parte oscura de los trabajos sucios que emplean grandes empresas contra sus empleados, a través de un personaje, Emilie, la directora de RRHH contratada para llevar a cabo tal misión, todo parece indicar que la operación marcha bien, hasta que uno de los empleados se lanza al vacío. A partir de ese instante, el ambiente se turbará en las oficinas, y ya nada volverá a ser igual, y la aparición de una inspectora de trabajo que comenzará una investigación para averiguar las causas ocultas del suceso. Silhol nos somete a una trama que casi ocurre en su totalidad en las habitaciones de la empresa, entre pasillos y salones blancos, todo de diseño, pero que esconden las miserias más terribles, donde se suceden las reuniones, los (des) encuentros y la desconfianza que se instala en Esen, el nombre ficticio de la empresa en cuestión.

La película nos habla de la responsabilidad de nuestros actos, y de la naturaleza de nuestro trabajo, de la toma de decisiones personales, y cómo nos afectan a nosotros mismos, de los límites a los que estamos dispuestos a sobrepasar con tal de cumplir con nuestro trabajo, y las consecuencias de obedecer órdenes de los jefes que consideramos injustas y que atentan contra la dignidad de los empleados. Silhol presenta una película de corte negro, donde la investigación de las autoridades lentamente irá sacando lo peor de cada uno, y de su verdadera identidad, primero a un nivel personal, y luego a un nivel colectivo. Todo se nos cuenta a través de una frialdad que espanta, desde un punto de vista ético, donde no hay amigos, donde las cosas funcionan porque es lo mejor para la empresa, en el que el trabajo sucio se hace sin más, como si fuésemos robots, donde no hay espacio para las emociones, en el que vamos eliminando compañeros de trabajo como si fuesen piezas de ajedrez, sin asumir las terribles consecuencias para ellos.

Un sistema podrido, deshumanizado y salvaje, donde el trabajo se ha convertido en una mera excusa para acumular beneficios sin fin, donde tu trabajo y sobre todo, tu dignidad como ser humano, quedan fuera de la empresa, y dejas de ser quién eres para convertirte en un esbirro de la empresa, cumpliendo a rajatabla sus órdenes, y siempre dispuesto a asumir y sin protestar, cualquier deseo de los jefes. Corporate viene a incorporarse a este tipo de películas donde la deshumanización del trabajo convierte a sus empleados en auténticos depredadores que no tendrán ningún problema en eliminar a su adversario de  la mesa de al lado, como explicaban en Glengarry Glen Ross o en Smoking Room, en las que la aparente tranquilidad y compañerismo sólo eran una fachada de la cena de navidad, el resto del tiempo era una jungla laboral, donde se intentaba ser más que el otro, utilizando todos los métodos habidos y por haber. Silhol ha construido una película humanista, de nuestros comportamientos siniestros en el trabajo, y cómo afecta a nuestro entorno, tanto profesional como personal, en el que la investigación del suicidio, se mezcla de manera natural e inteligente en la trama y los acontecimientos del relato, siguiendo la actitud de Emilie, una mujer con carácter que deberá mirar su trabajo y sus emociones con más detalle, y asumiendo su responsabilidad en los actos horribles que ha cometido en nombre de la empresa.

Céline Sallette interpreta a Emilie, dotándola de esa frialdad que suavemente se va despojando de toda ese caparazón de indiferencia, bien acompañada por Lambert Wilson dando vida a ese jefe sin escrúpulos que todo lo hace porque la empresa lo necesita, donde sus decisiones son dolorosas pero necesarias, puro cinismo, y Violaine Fumeau, que compone a la inspectora de trabajo con esa función de ogro del relato, que deja bien claro las deficiencias del sistema para finalizar con los abusos de las empresas, y que se muestra como una mujer decidida y dispuesta a encontrar la verdad. Silhol ha hecho una película valiente, rigurosa y seria, en la que nos habla del ambiente laboral o lo que queda de él, como si estuviésemos delante de un thriller de investigación llena de oscuridad y terror,  para abrirnos los ojos de los métodos brutales y horribles de tantas empresas que campan a sus anchas, o podríamos decir de un sistema laboral que deshumaniza a sus empleados y los convierte en meros entes sin emociones y sin vida que pueden ser despedidos cuando sea necesario.

Entrevista a Xavier Legrand

Entrevista a Xavier Legrand, director de la película “Custodia compartida”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 18 de abril de 2018 en los Cines Boliche en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Xavier Legrand, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo de los Cines Boliche, y a Lorea Elso de Golem Distribución, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.