Entrevista a Óscar Bernàcer y Joana M. Ortueta, director y coguionista de la película «Eixam», en una de las salas de los Cines Verdi Park en Barcelona, el martes 1 de septiembre de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Óscar Bernàcer y Joana M. Ortueta, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Asier Iturrate de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Todos los espacios íntimos son los que se relacionan con la sensualidad, con la vida, con un orden mucho más cósmico”
Laura Esquivel
Las anteriores películas de ficción de David Pablos (Tijuana, México, 1983), van sobre un viaje de dos hermanas en busca de su madre desaparecida en La vida después (2013), en Las elegidas (2015), se metía de lleno en el mundo sórdido de la prostitución y el tráfico de mujeres, y en El baile de los 41 (2020), rescatba un suceso real que sucedió a principios del siglo XX cuando la policía de forma ilegal entró en una vivienda y descubrió a una veintena de hombres vestidos de mujer. En su cuarto trabajo de ficción, amén del par de documentales que arrancaron su filmografía, se adentra en el mundo salvaje y peligroso de los camioneros del norte de México, y añade la mirada a la comunidad LGBTQ+, en una historia que va de Veneno, un joven vagabundo que se acuesta con camioneros ávidos de sexo y compañía. Veneno conoce a Muñeco, un rudo y solitario camionero, tan quebrado como el muchacho, con el que compartirá viaje e intimidades, y no a lomos de sendos caballos sino subidos en un camión que lleva mercancías de aquí para allá, initerumpidamente.
El director mexicano nos sitúa en un entorno muy hostil, de una cierta masculinidad dura y de apariencias, en un viaje continuo que no parece acabarse nunca. Una travesía sin fin y sin destino aparente, en el que las diferentes etapas nos hablan casi en tono documental de una forma de vivir y de idiosincrasia en que los camioneros viven y sufren una vida dura, llena de peligros y conflictos. Además, el relato incorpora el western y el noir, un thriller seco, de polvo y arena, de carreteras solitarias, y lugares malolientes y aislados donde encontrar un poco de cariño y calor. El tercer vértice de la película es la mirada a la comunidad homosexual en un entorno en el que parece ser lo contrario, aunque las apariencias engañan, y los duros camioneros y molidos por la vida tienen su parte oculta que solo conocen ellos y su camión. Pablos habla de soledad, de masculinidad normativa y su contrario, de la complejidad humana y todo lo que rodea a dos seres quebrados por la vida y en situación de fuga o de viaje muy lejano en el que nada ni nadie les espera. Una travesía a los confines de la psicología humana y a esos no lugares, que parecen islas con pocos habitantes y los que hay parecen seres tan rotos que están como olvidados, como que nadie los reclama y si alguna vez lo hicieron ahora ya no.
La cinematografía la firma Ximena Amann, con una filmografía que abarca más de 20 títulos, al lado de directores como Alejandro Zuno y Astrid Rondero, en sus segunda colaboración con Pablos después de la serie La cabeza de Joaquín Murrieta (2023). Una luz llena de encuadres y planos muy cercanos y asfixiantes que ayuda a traspasar a los protagonistas, y a dotar de fuerza y mirada cercana a esa intimidad privada y hacia adentro por la que navega la historia, capturando todo ese submundo y agreste por el que transita el relato. La música de Andrea Balency-Béarn, tercera película con Pablos, después de El baile de los 41 y la mencionada serie, con unas composiciones que se camuflan con el áspero y sucio territorio, amén de temas tan populares como “Los caminos de la vida” y “Ojitos mentirosos”, en unos espacios donde abundan esos bares de carretera en el que pasa y se ve de todo, con esos temas propios del western crepuscular muy propio de finales de los cincuenta y sesenta cuando los cineastas miraron de frente alejándose de la épica y del mito. El montaje lo firman el dúo Jonathan Pellicer, con más de 27 títulos en su carrera, y Paulina del Paso, que ha trabajado con Tatiana Huezo, entre otros. Una edición modélica y sin fisuras, sobria y concisa, en el que nada está por estar, en un metraje que se va a los 93 minutos.
Destaca la presencia de Diego Luna como coproductor, en una película protagonizada por un dúo rompedor y magnífico como el debutante Víctor Prieto dando vida al joven buscavidas Veneno, todo un acierto la estupenda interpretación del actor primerizo. Le acompaña Osvaldo Sánchez, que parece sacado directamente de una película de Peckinpah, que interpreta al rudo y quebrado Muñeco, un actor con más de 100 producciones teatrales y 25 películas a sus espaldas. Y luego toda una retahíla de intérpretes, magníficos y cercanos que transmiten toda esa furia, dureza, rabia y pérdida por una tierra seca, dura y salvaje. La película En el camino me ha descubierto un cineasta extraordinario como David Pablos, que no conocía hasta la fecha, porque su film es un viaje por ese maldito norte mexicano donde dos pobres y perdidas almas encuentran un consuelo y un cariño que no esperaban, en una atmósfera de película de terror donde las amenazas son de carne y hueso, porque estamos ante un ambiente en que la vida pende de un hilo, y cada paso se mide y mucho, porque a parte de carretera, algunos tequilas, un poco de guiso, y algunas rayas de cocaína, y unos pocos polvos con alguna mujerzuela, la vida vale bien poco o quizás, vale algo pero todavía no saben el qué. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Cuando nos damos cuenta de que realmente estamos solos es cuando necesitamos más a otros”.
Resultaría muy difícil comprender el cine de algunos autores, si les cambiáramos la ciudad donde se desarrollan sus tramas por otras totalmente diferentes. Es el caso de algunos grandes como Scorsese y Woody Allen con New York, Fellini con Roma, Truffaut con París y Almodóvar con Madrid. Lo mismo sucede con Kleber Mendonça Filho (Recife, Pernambuco, Brasil, 1968), y su Recife querido, donde suceden la mayoría de sus 8 películas. Un Recife, eso sí, anclado en la contemporaneidad de sus relatos. Por eso, su última película El agente secreto, tiene algunos elementos diferentes y muy estimulantes, ya que su Recife actual se marcha hacia atrás hasta la misma ciudad pero de finales de los setenta, en plena dictadura, y más concretamente en el año 1977. Un relato que tiene uno de los prólogos más potentes y deslumbrantes que recuerda el que suscribe. El protagonista es Marcelo, un profesor de tecnología que, por circunstancias personales y profesionales, debe huir, en su peculiar escarabajo amarillo, a la ciudad de Recibe, donde se reencontrará con su hijo y sus suegros.
El guion del propio Mendonça Filho no es nada convencional, aunque a simple vista pudiera parecer lo contrario, en que el cine juego un papel fundamental como arte social y escapista muy incrustado en lo que se cuenta. Hay una mezcla de policíaco muy negro, que bebe mucho de aquellas películas estadounidenses de los treinta y cuarenta, y las atmósferas endiabladas del gran Melville, con esos tipos solitarios en continua huida de no sé sabe de quién ni hacía dónde. También tenemos los rasgos y huellos del western más físico y violento de los setenta con los Peckinpah y Penn en primera fila, la negrura del poder político que también hacían los Lumet, Coppola y Boorman, sin olvidarnos del costumbrismo social y humano de los Glauber Rocha y demás. En fin, una poderosa fusión de géneros, tramas, subtramas y texturas que bebe del propio Recife setentero y sobre todo, del cine de la misma década que también retrató los avatares, confusiones y violencia de aquellos oscuros años. El director Bacurau cuenta su historia en pocos días, durante el eterno carnaval, tiempo de máscaras, fantasmas y fingimientos, en que la fiesta, el miedo, la amenaza, la violencia seca y áspera, y demás fuegos internos que no cesan, se van sucediendo dentro de una cotidianidad extraña y ajena, que puede golpear en cualquier momento y de forma tan sorpresiva como fuerte.
El grandísimo trabajo y esfuerzo técnico de la película para trasladarnos y revivir los tiempos del Recife del 77 tienen que ver con la magnífica labor de la cinematógrafo Evgenia Alexandrova, de la que conocemos por sus films con la cineasta francesa Noemia Merlant, con la cámara Alexa 35 acompañados de los objetos Panavision anamórficos para crear ese grosor setentero que da un relieve esencial al cuadro. La música es otro elemento crucial para la película porque tiene al dúo Mateus Alves y Tomaz Alves de Souza, cuatro películas con el director de Doña Clara, que tienen en su haber directores brasileños como Gabriel Mascaro, Marcelo Gomes y Anna Muylaert, donde consiguen una película nada épica y muy íntima que acerca el drama personal del protagonista, y los otros, que viven arropados en el refugio de Doña Sebastiana en tiempos de militares que van a degüello con todo aquel diferente y sospechoso. Amén de las canciones populares brasileiras que amenizan el carnaval y otras juergas, pero usadas en otros contextos evidenciando la dualidad entre vida y dictadura por el que pivota la película. El montaje lo firman otro dúo como Matheus Farias y Eduardo Serrano, tres películas con el director que, no tenían una empresa nada fácil, en una cinta que se va a los 158 minutos en un conciso y puro trabajo de edición donde las miradas y los gestos priman sobre lo demás, capturando toda la sensación de miedo y terror que planea por los diferentes personajes.
El plantel de los intérpretes forma un conjunto muy heterogéneo en consonancia con la mezcla que reside en la historia. Un grupo de actores y actrices que brillan con mucha intensidad durante toda la trama, con un estelar Wagner Moura, un actor que ya tuvo su esplendor en su Brasil natal en películas como Cidade baixa, de Sergio Machado, Tropa de élite, y más tarde su lanzamiento internacional con series como Narcos. Su Marcelo es su cum laude, tiene mucha verdad, tensión y naturalidad. El gran trabajo de Tânia Maria como Doña Sebastiana, un pilar fundamental en el devenir de la historia. Otros intérpretes son el desaparecido Udo Kier, en su segunda película con el director, Maria Fernanda Candido, Gabriel Leone, Carlos Francisco, Alice Carvalho, Roberio Diogenes, Hermilia Guedes e Ior de Araujo, entre otros. Después tenemos una retahíla de actores que dan vida a todos los demás personajes que tiene una presencia breve pero muy intensa, por sus físicos, sus formas de mirar y moverse, que componen uno de los grandes aciertos del cineasta recifense aportante una transparencia y fuerza con esos rostros vividos que otorgan una fuerza a cada secuencia.
El viaje al pasado que el realizador de Retratos de fantasma ha hecho con O agente secreto adquiere todo su sentido en relación a los últimos años vividos bajo el mandato del ultrafascista Bolsonaro, rememorando las tensiones, violencias y miedo que se vivió en las casi dos décadas de dictadura. El cine como reflejo del pasado-presente y no futuro para hablar de lo que muchos olvidaron, o quizás, para hacer del presente un ejercicio de memoria lúcida y oportuna para que los no quieren paz y libertad, sean meros reflejos de aquellos otros del pasado. Resulta muy evidente que, las dos últimas películas brasileñas que más fuerte han sonado a nivel internacional sean la que nos ocupa y Aún estoy aquí, de Walter Salles, estrenada el año pasado, porque las dos cintas nos invitan a viajar al pasado, a ese pasado oscuro de la dictadura, los años 1971 y 1977, respectivamente, años de plomo, de desapariciones, de violencia seca y abrupta. Años salvajes en que Brasil se convirtió en una zona muy oscura para todos aquellos que tuvieron el valor de enfrentarse al poder militar y fueron desaparecidos, perseguidos y huidos como les ocurre a Rubens Paiva y Marcelo, dos más de los tantos compatriotas. Si les gusta el cine de verdad, el que habla de lo que somos y lo que fuimos, vayan a ver El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho, porque seguro que les hará reflexionar sobre todo eso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Muchas personas pasan por nuestra vida pero sólo muy pocas llegan a ocupar un gran lugar en nuestro corazón”.
Adam Smith
Después de tres largometrajes podemos ver patrones comunes que se entrelazan con sabiduría en el cine de Daniel Guzmán (Madrid, 1973). El más significativo, que aplaudo con gran interés, es su acercamiento a lo social, un tema que cuesta mucho en el cine español. El director madrileño muestra la invisibilidad, es decir, se centra en personajes vulnerables e indefensos ante un sistema atroz y salvaje que lo acapara todo sin importar las necesidades de las personas. Otro elemento, es su atención a los afectos y los lazos que se entretejen entre las personas, y sobre todo, las de distintas edades, con una mirada cercana a la vejez y sus problemas. Otro elemento muy destacable es las oportunidades que brinda a intérpretes naturales que fusiona con acierto con otros profesionales y consagrados. Finalmente, lo social no queda en la condescendencia ni en ese cine panfletaria y reivindicativo sin más, porque en sus películas cuenta conflictos reales y muy palpables, de los que aparecen en los informativos diariamente, y lo hace desde la cercanía y lo humano, y las relaciones afectivas que se forman.
Su tercera película, La deuda, está más cerca de su ópera prima A cambio de nada (2015), que de su segunda obra que fue Canallas (2022), también anclada en lo social, pero añadiendo la comedia costumbrista y negra, y dosis de thriller que bebía mucho del cine berlanguiano y el italiano de los sesenta. En La deuda tenemos a Lucas, que interpreta el propio Guzmán, que vive y sufre junto a Antonia, una anciana de 90 años, a la que cuida y ayuda. La cosa se pone fea porque un pequeño robo que se complica lleva a Lucas a la cárcel, y además, un fondo buitre quiere comprar la casa de Antonia y se necesita una gran cantidad de dinero para saldar la deuda. Con esas, Lucas se irá sumergiendo en una espiral donde aparecen gangsteres, policías, y un par de mujeres que irán complicando la situación y mucho. Como toda buena película social, el policíaco entra en escena, y le da ese toque de negrura que tan bien le van a esas tramas donde la desesperación, los callejones sin salida y la fusión de personajes de diversidad índole acaban siendo protagonistas de relatos cruzados en los que la vida los va sumiendo en sus diferentes intereses personales, económicos y demás. Guzmán nos habla de personas necesitadas de cariño, de atención y de un poco de suerte.
El director madrileño ha vuelto a contar con algunos de los técnicos que ayudaron a que A cambio de nada viera la luz como el editor Nacho Ruiz Capillas, con más de 130 títulos en su filmografía, dotando de aplomo y energía una trama que combina con inteligencia elementos y tramas dispares que acaban casando con naturalidad en sus 110 minutos de metraje, en un montaje en el que también está Pablo Marchetto Marinoni, habitual del director Norberto López Amado. Su otro cómplice es el sonidista Sergio Burmann, otro grande con más de la centena de films, que consigue que el sonido brille y nos sumerja en la historia. La música de Richard Skelton, debutante con Guzmán, ayuda a cruzar una trama que respira profundamente y que necesita ese equilibrio entre acción y emoción, tan presente en el cine del director. La cinematografía la firma Ibon Antuñano Totorika, que ya estuvo en la mencionada Canallas, con una nueva luz, diferente y más oscura que la citada, donde las diferentes y abundantes localizaciones tienen ese tono apagado y complejo donde cada espacio tiene mucho que ver con el estado de ánimo de los diferentes personajes en liza.
Una de las fortalezas del cine de Guzmán son sus bien escogidos repartos, no obstante, la carrera como actor del director certifica su tino con la parte interpretativa que brilla por su naturalidad e intimidad. Si en A cambio de nada nos descubrió el talento arrollador de Miguel Herrán, Antonia Guzmán, su propia abuela, y María Miguel, entre otros, en La deuda, descubrimos la actriz natural Rosario García siendo una Antonia adorable y con mucho sentido del humor negro muy a lo Berlanga. También encontramos a Susana Abaitua como una enfermera muy particular, Itziar Ituño en uno de esos papeles duros e intensos que ayudan a lucirse a cualquier intérprete, Luis Tosar, que ha salido en las tres del cineasta, tiene una breve presencia, al igual que otros como Mona Martínez, Francesc Garrido y Fernando Valdivielso, entre otros. Mención aparte tiene el propio director que se reserva el protagonismo en la piel de Lucas, un superviviente, un tipo con mala suerte, alguien que es buena persona y también, alguien desesperado. No dejen de ver una película como La deuda, de Daniel Guzmán, eso sí, si les interesan las historias de verdad, aquellas que podrían ser nuestras vidas o de esas personas que nos cruzamos diariamente mientras vamos a nuestros quehaceres. Es una película con alma, honesta y sólida que habla de ese cine que tan bien hacen en Inglaterra los Leigh, Loach, Frears y demás, donde lo importante no es contar un relato, sino el relato que habla de lo que somos, de cómo vivimos y cómo hacemos cuando nos aprietan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Hugo Silva, actor de la película «La buena suerte», de Gracia Querejeta, en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el lunes 28 de abril de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Hugo Silva, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“¿Qué le sucede al hombre que ha huido frente a su miedo? No le ocurre nada, sólo que no aprenderá nunca”.
Carlos Castaneda
Después de debutar con la estimable Una estación de paso (1996), Gracia Querejeta (Madrid, 1962), adaptó la novela “Todas las almas”, de Javier Marías en una película que se llamó El último viaje de Robert Rylands (1996), en inglés y con un reparto internacional en un relato admirable sobre el compromiso del amor y la solidaridad. Han tenido que pasar 7 largos entre los que destacan Cuando vuelvas a mi lado (1999), Siete mesas de billar francés (2007) e Invisibles (2020), algunas series, tantos cortometrajes y demás trabajos, para que la hija del célebre Elías Querejeta adaptará una novela, en este caso la de Rosa Montero bajo el título La buena suerte. Estamos ante un interesante cruce de historia intimista y thriller cotidiano donde un padre abrumado por los delitos de su único hijo, intenta dejarlo todo y huir a un pueblo cualquiera en el que refugiarse de tanto dolor y desesperación.
Si bien la película se encuadra en una cinta que obedece a cierto academicismo, donde todo está muy bien encuadrado y contado, aunque se aparta un poco de esa convencionalidad para irnos descubriendo una historia que aparentemente parece una cosa pero esconde otras que sorprenderán y mucho. Seguimos la existencia de Pablo, un arquitecto de éxito en Madrid que huye dejándolo atrás y acabando en un pequeño pueblo perdido en algún lugar de la provincia de La Rioja. En ese recóndito lugar, conocerá a Raluca, mitad rumana-española que trabaja en el macro súper de la zona, a Felipe, una especie de viejo marino que pasa sus días entre escepticismo y lo sarcástico, y el Urraca, el mota broncas del lugar que acosa a Raluca. En ese microcosmos, Pablo hará lo imposible para olvidarse de quién era, o quizás, empezar de nuevo o simplemente, dejarse llevar mientras se oculta de otros acontecimientos que lo mantendrán alerta. Con un guion de María Ruiz (actriz que conocemos por su faceta como actriz en El camino de los ingleses y Un buen día lo tiene cualquiera, y posteriormente, como traductora y adaptadora de textos en musicales que dirige Antonio Banderas) y la propia directora obedece al cine intimista, de personajes y naturalista que tanto gusta a Querejeta.
La directora madrileña se ha acompañado de dos de sus cómplices como son Juan Carlos Gómez, con casi el centenar de títulos en la cinematografía, en su cuarto trabajo juntos, con una luz cercana, nada impostada que recoge todo el momento emocional que tiene el protagonista, perdido en mitad de un cruce y ante un abismo que se acerca inexorablemente. Leire Alonso en el montaje, más de 35 largometrajes, también el cuarto largometraje con la directora, en un trabajo conciso y sobrio donde apenas hay sobresaltos, todo contado con una sencillez y clarividencia que recuerda aquel cine clásico y algún que otro western de personajes cayendo de no sé sabe donde en unos 90 minutos que no dejan indiferente. La música de Vanessa Garde que debuta en el universo Querejeta, después de una larga trayectoria de más de 30 películas con nombres tan interesantes como Raúl Arévalo, Daniel Sánchez-Arévalo, Álvaro Fernández Armero e Imanol Uribe, entre otros, consigue seducirnos con unas melodías honestas que saben captar todo el desbarajuste sentimental que sufre Pablo, sin hacer esa música que simplemente acompaña sin más.
Un reparto que brilla con honestidad y capta con sinceridad todas las capas de unos personajes muy perdidos o simplemente dejando que la vida vaya pasando, esperando algo, alguien o vete tú a saber. Tenemos a unos estupendos Hugo Silva como Pablo y Megan Montaner como Raluca, que repiten después de la estimable Dioses y perros (2014), aquí haciendo un dúo que sin saberlo, parecen estar bajo la misma barca de náufragos. Miguel Rellán es Felipe, un actor que lleva casi medio siglo de oficio con más de 150 títulos añadiendo todos esos toques de realidad y sobriedad al protagonista y por ende, a la película. Y luego, nos encontramos una retahíla de personajes que con su breve presencia dan a la historia una profundidad tan necesaria como humana, que encontramos en otras obras de la cineasta como Ismael Martínez en Urraca, una especie de antagonista y una amenaza constante, otra más. Eva Ugarte es la socia de Pablo, que ya habíamos visto por la factoría Tornasol. Chani Martín como un Guardia Civil con mucho sentido irónico, y no podemos olvidar a la pareja de polis que hacen Francisca Horcajo y Josean Bengoetxea, unos roper bien/mal avenidos de la ley.
La nueva película de Gracia Querejeta sigue la estela de su cine, aunque ahora parta de la base del genio de Rosa Montero, porque tiene muchos elementos que la directora madrileña ha ido construyendo en una larga filmografía que arrancó casi tres década con personajes de clase media/alta que se ven sumergidos en conflictos que los traspasan de tal manera que entran en barrena, es decir, en una deriva laberíntica que los enfrenta con sí mismos, con sus propios ideales, prejuicios y demás. En La buena suerte encontramos muchas de estas cosas, con la añadidura del thriller como hizo en Ola de crímenes (2018), eso sí, bajo otro tono, donde hay había humor negro, aquí hay un tono más amargo y más duro, donde un padre se ve violentado por las terribles fechorías de su primogénito, donde un padre tiene miedo a su propio hijo. Un tema que está tratado con inteligencia y sin caer en lo burdo ni en lo mundano. La película se ve con pausa, sin grandes peripecias de guion ni de forma, porque Gracia Querejeta no va por ahí, sino por contar una historia interesante con solvencia, respetando al espectador y sobre todo, siguiendo las formas de cómo se ha hecho cine durante tanto tiempo, atrapando al espectador con lo más mínimo y llevándolo sin sobresaltos, pero con solidez y sin atajos tramposos, que tanto hay en el cine de nuestro tiempo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Álvaro Longoria, director de la película «The Sleeper. El Caravaggio perdido», en la terraza del Hotel Catalonia Gràcia en Barcelona, el martes 20 mayo de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Álvaro Longoria, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Sandra Ejarque y Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Asier Urbieta y andoni de Carlos, director y guionista de la película «Faisaien Irla (La isla de los faisanes)», en el marco del D’A Film Festival en el Teatre CCCB en Barcelona, el lunes 31 de marzo de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Asier Urbieta y Andoni de Carlos, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Asier Iturrate de Revolutionary Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“En la naturaleza no existen fronteras. No están más que en nuestra mente. Toda tierra es de todos, y toda cultura no es más que ideas que nos separan”.
Anthony de Mello
El impresionante plano secuencia cenital que abre Faisaien Irla (La isla de los faisanes, en castellano), de Asier Urbieta (Errenteria, Guipúzcoa, 1979), que sigue el curso del río Bidasoa, en el que vemos los límites de la frontera hasta llegar a la citada Isla de los Faisanes, el condominio más pequeño del mundo que se reparten la soberanía España y Francia cada seis meses. Después de semejante obertura, la película se instala en la peculiar idiosincrasia del lugar y más concretamente, en la pareja que forman Leida y Sambou, de padres africanos, y el suceso que les situará en mitad de una frontera cuando ella salva a un inmigrante de las aguas del río, mientras él se queda paralizada mirando la escena. Ante ese hecho y las reacciones tan diferentes de cada uno, y aún más, cuando Leida decide emprender una investigación para conocer la suerte del otro. A medias del cine social, el thriller de investigación y sobre todo, la de una forma de transitar por los dos países de los autóctonos en total libertad, y la de los inmigrantes, siempre huidos y ocultados.
La puesta de largo de Urbieta, después de los cortometrajes Pim, Pam, Pum (2008), y False Flag (2016), y la miniserie Alsasu (2020), es un cinta con hechuras y sólida, que retrata un lugar poco conocido y sobre todo, los sucesos que allí ocurren, y lo hace desde el prisma de un cine social de “verdad”, es decir, que no recurre a las estridencias argumentales ni a la algarabía formal, sino que construye con brillantez y sobriedad un relato humano, que toca temas morales y además, lo hace desde la honestidad y la seriedad, adoptando una mirada observadora donde encontramos complejidad y confusión por parte de los diferentes personajes que optan por vías antagónicas. Un guion que firman el propio director junto a Andoni de Carlos, que ya trabajó con Urbieta en anteriores trabajos, amén de Handia (2017), de los Moriarti, consigue esas dosis de cine policíaco desde la cotidianidad protagonizada por individuos que pasaban por allí y tienen la necesidad de saber más, de hacer algo ante tremebundo drama y no mirar a otro lado. En ese sentido, la película sabe explorar las diferentes visiones que residen en la zona, y no cae en la condescendencia ni en la típica historia facilona y bien intencionada, aquí hay miedo y humanidad en cada gesto y cada mirada.
Un gran trabajo técnico ayuda a transmitir toda la absorbente atmósfera que respira la historia empezando por la extraordinaria cinematografía de Pau Castejón, del que hemos visto buenos trabajos como Todo parecía perfecto, de Alejo Levis, Hogar, de los hermanos Pastor, la serie Apagón, y la reciente Desmontando un elefante, de Aitor Echevarría, en un ejercicio que traspasa la pantalla transmitiéndonos toda la inquietud y temor que viven los inmigrantes y la desesperanza que hay entre los vascos. La música de Rüdiger y Elena Setién construyen esa desazón entre tanta zona oscura y sombría que recorre toda la película, así como el magnífico trabajo de montaje de Maialen Sarasua, una grande con películas con Samu Fuentes, Estibaliz Urresola, y con los mencionados Moriarti ha hecho sus últimos trabajos, la serie Cristóbal Balenciaga y la reciente Marco, con un gran dominio del tempo cinematográfico con sus 98 minutos de metraje en una narración in crescendo que nos va llevando con gran intensidad y terror, por ese paisaje físico y emocional que atraviesan los personajes, tan cercanos como llenos de miedo por lo que están experimentando. Destacar el trabajo como ayudante de dirección de Telmo Esnal, director de las comedias Aupa, Etxebeste! y su secuela, de la película colectiva Kalebegiak y la fantástica Dantza.
En una película de estas características es capital la parte interpretativa donde brilla la pareja protagonista que forman Jone Laspiur de la que volvemos a ver un gran trabajo como ya hiciese en Akelarre, Ane, Negu hurbilak, en una composición que traspasa la pantalla dotando a su Leida de gran humanidad y complejidad y sus ganas de cambiar el mundo aunque sea más despacio de lo que imaginaba. Le acompaña Sambou Diaby, con poca experiencia que aquí hace un personaje brutal, que no actúa en el momento citado y debe hacer entender a su pareja su postura, en la que transmite toda esa confusión que tiene a partir de ese instante. Ibrahima Kone hace de Nassim, el africano huido que salva Leida de morir ahogado. Tenemos a dos grandes como Itziar Ortuño, que hace un personaje de una asociación que ayuda a los inmigrantes, y Josean Bengoetxea, haciendo de padre de Leida, siempre tan bien los dos. Y otros intérpretes como Aia Kruse, Ximun Fuchs, Jon Olivares y Rodonny Perriere, entre otros, que consiguen dar profundidad a la historia mostrando todas las realidades, culturas y relaciones que se van estableciendo en la frontera humana y en las otras, más emociones y prejuiciosas.
Celebramos que Arcadia Motion Pictures siga apostando por cineastas como Asier Urbieta y produzcan su ópera prima, porque estamos ante un narrador muy interesante que sabe manejar el paisaje fronterizo generando esas otras fronteras y límites que nos vamos construyendo los seres humanos, tejiendo esos espacios de seguridad y de peligro. Nos alegramos que se estrene una historia social, hablando de inmigración desde una mirada poco transitada por el cine como es la del río Bidasoa, y lo haga con el aroma de las películas de Fritz Lang, que también maneja las fronteras físicas y emocionales y la complejidad que se producían en esos lugares inventados y legalizados. El célebre personaje que hacía Orson Welles en la inolvidable Touch of Evil (1958), el tal Quinlan, un policía amargado y cansado que soltaba aquella sentencia tan real como triste: “Las fronteras son los lugares donde van a parar el estiércol de los países”. Una frase que podría casar muy bien con Faisaien Irla, porque aunque parezca que la frontera no existe para unos, para otros, los más necesitados y derrotados si que sigue y muy vigente, quizás no se puede hacer nada ante tanta injusticia, aunque quizás sí, aunque para ello tengamos que armarnos de valor y muchísima paciencia como le sucede a Leida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Todas las novelas son historias en las que nos contamos lo que somos, lo que nos gustaría ser y lo que no sabemos que somos”.
Michel Schneider
La película se abre como un western fronterizo y crepuscular con el protagonista Jérémie llegando en coche a su pueblo. La cámara opta por un punto de vista subjetivo en esos primeros minutos, nosotros somos el personaje, y seguramente, estamos experimentando unos espacios del pasado que ahora, vemos como extraños, la vida y agitación de antaño han pasado a mejor vida y estamos ante un lugar casi deshabitado y desolado. Es otoño, un tiempo intermedio, Jérémie regresa a lo que fue su casa para ir al entierro de Jean-Pierre, su antiguo jefe en la boulangerie del pueblo. Allí se reencontrará con viejos fantasmas que irá desenterrando como Martine, la viuda, Vincent, el hijo, con él que fue amigo antaño pero que ahora es todo diferente. También, con el cura extraño y callado, y Walter, alguien con quién no tuvo mucha relación. El joven que parece en mitad de la nada, se quedará unos días, todavía no sabe cuántos, y comenzará a deambular por el bosque a la caza de setas y entablar ciertas compañías.
Al director Alain Guiraudie (Villefranche-de-Rouergue, Francia, 1964), lo conocemos por su inolvidable El desconocido del lago (2013), un interesante cruce de amores homosexuales y thriller asfixiante alrededor de un lago en un pequeño pueblo apartado. En Misericordia, su séptimo largometraje, sigue la línea de un cine que mezcla géneros, texturas y formatos, cogiendo un poco de cada cosa y creando un conjunto que juega al desconcierto y la confusión a partir de unos personajes nada convencionales de los que conocemos muy poco y donde el pasado se sugiere de una forma intrigante. Un cine con una trama inquietante que le acerca a Chabrol, tanto en sus atmósferas como tempos y lugares, en que el deseo, ya sea correspondido como ocultado es el motor de sus protagonistas, donde vemos mucho el cine de Buñuel, porque la historia dentro de una cotidianidad aplastante y una sucesión de lugares comunes y repetitivos, se va creando una red de relaciones cada vez más turbias, raras y muy oscuras. El director francés nos sumerge en una trama que se va componiendo a través de los personajes, de todo lo que vemos de ellos y lo que no, en un juego complejo de espejos-reflejos donde lo noir es una excusa para que podamos conocer el ambiente que se respira o no.
El formato 2;35 ayuda a crear ese halo de misterio que cruzado con lo doméstico va tejiendo una atmósfera “real” pero con sombras alrededor. Una cinematografía que firma Claire Mathon, en su tercera película juntos, que tiene en su haber cineastas como Maïwenn, Céline Sciamma y Pablo Larraín, entre otros, donde el frío y gris otoño genera ese aire cercano y alejado a la vez, donde lo rural con el bosque omnipresente va creando ese lazo invisible entre los diferentes personajes con Jérémie como hilo conductor. El gran trabajo de sonido formado por Vasco Pedroso, Jordi Ribas, Jeanne Delplancq y Branko Nesko, donde cada detalle resulta importante para el devenir de todo lo que se cuenta. La música de Marc Verdaguer aporta el halo de incertidumbre y agobio que sobrevuela toda la trama. El montaje de Jean-Christophe Hym, también con 3 títulos con Guiraudie, en una filmografía con titanes como Raoul Ruiz y Hou Hsiado-Hsien, realiza un ejercicio metódico y calculado del tempo cinematográfico de la película con sus desapasionados y concisos 103 minutos de metraje en que pivotan apenas cinco personajes a los que se añadirán otros que irán creando ese retrato de unos personajes que callan mucho, hablan poco y miran aún más.
Los repartos de las películas del cineasta galo están muy bien escogidos porque sus películas están cruzadas por muchos aspectos y elementos y son sus intérpretes los que las hacen más profundas y diferentes. Tenemos a un impresionante Félix Kysyl en la piel de Jérémie, uno de esos personajes tan cercanos como alejados, nada empáticos, que es el narrador de la historia o quizás, es un invitado que nos muestra ese lugar atemporal entre el pasado y el presente, en una especie de limbo que conocemos, y a la vez, nos resulta totalmente desconocido. Le acompañan Catherine Frot como Martine, una actriz curtida en más de 50 títulos hace de una mujer que le coge cariño a Jérémie y le ayuda a pasar el duelo, Vincent, el hijo malcarado de Martine y del fallecido lo interpreta Jean-Baptiste Durand, uno de esos personajes con actitudes violentas que tiene mucho rencor a Jérémie de un pasado en el que fueron amigos y algo ocurrió que ahora ya no pueden volver a serlo. Jacques Develay, un actor sobrio y estupendo hace del cura, un personaje vital en la historia y lo es porque tendrá una parte esencial en su transcurso, de esas presencias que difícilmente se olvidan en una película de este tipo. Tenemos a David Ayala dando vida a Walter, otro “amigo” del pasado con el que el protagonista mantiene algo o quizás, no. Y finalmente, otras presencias que no desvelaremos para no anticipar interesantes sorpresas.
No deberíamos dejar de ver Misericordia, de Alain Guiraudie, con un título al que el director nos remite al cine de Bergman, un término en desuso pero muy necesario en estos tiempos actuales donde se juzga muy a la ligera y se nos olvida la empatía. Destacar la presencia de Andergraun Films de Albert Serra y Montse Triola como coproductores de la cinta, a los que añade la contribución de los mencionados Jordi Ribas y Marc Verdaguer, en uno de los títulos del año y no lo digo porque de vez en cuando hay que expresarse en términos lapidarios, ni mucho menos, lo digo porque es una película de las que hacían Lang, Huston y demás, donde se profundiza en valores como la moral, la ética y lo que significa la bondad y la maldad en nuestro tiempo, y donde se cuestionan las estructuras y convenciones sociales en lo referente a todo aquello de la conducta, el deseo y demás acciones y sentimientos. Una película que tiene el amor fou buñueliano como motor de su trama, amores ocultos, invisibles y nunca expresados, también aquellos otros consumados y ocultados a los demás, en las diferentes vidas vividas y no vividas en una película que juega a preguntarse y no hacer juicios de sus personajes y muchos menos de lo que hacen, ese matería, tan difícil se la deja a los espectadores, pero tengan cuidado, que alguno de ellos podría ser usted. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA