Entrevista a Marina Gatell y Pablo Derqui

Entrevista a Marina Gatell y Pablo Derqui, intérpretes de la película “Dos”, de Mar Targarona, en el Cine Phenomena en Barcelona, el miércoles 14 de julio de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marina Gatell y Pablo Derqui, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Dos, de Mar Targarona

CARNE CON CARNE.

“Es imposible ir por la vida sin confiar en nadie; es como estar preso en la peor de las celdas: uno mismo”.

Graham Greene

Series como The Twilight Zone y La hora de Alfred Hitchcock, plagaron de relatos inquietantes y muy oscuros las noches de la televisión estadounidense de los cincuenta y sesenta. La premisa era clara: historias sobre lo natural, sumergidas en lo más profundo del alma, y muy cotidianas, con una duración de alrededor de una hora. Dos, bebe mucho de ese punto de partida y atmósfera. Mar Targarona (Barcelona, 1953), se ha prodigado más en la producción, con una larguísima trayectoria con títulos muy exitosos como El orfanato, Los ojos de Julia y El cuerpo, entre otros, thrillers sofisticados, a la manera anglosajona, convencionales y muy efectivos. Como directora ha ido haciendo un par de series, y películas de varios estilos y géneros, como su debut, la comedia negra en Muere, mi vida (1996), el thriller elegante de Secuestro (2016), y el drama histórico de El fotógrafo de Mauthausen (2018), y ahora, Dos, que tiene el marco del thriller psicológico, pero visto desde otro ángulo, ya que parte de una premisa sorprendente que engancha de manera súbita. Dos desconocidos se despiertan y descubren que están enganchados de manera salvaje por el abdomen, cosidos carne con carne. Los dos extraños están en una habitación desconocida, no saben nada del uno del otro, y deben confiar el uno en el otro para intentar salir de tamaño entuerto.

Estamos ante una película que recoge el aroma de esas películas con persona atrapada que tienen que resolver un enigma, con respuestas en el interior de los personajes, como ocurría en Buried, de Rodrigo Cortés, en que la historia se basa en todas las operaciones por las que tienen que pasar los protagonistas para deshacerse del nudo, tanto físico como emocional, y de esa manera poder salir con vida del brete en el que se encuentran. Targarona tiene a dos intérpretes como Pablo Derqui y Marina Gatell, que brillan de manera extraordinaria en un relato muy basado en sus interpretaciones, transmitir ese agobio, tensión, miedo, desesperación, paciencia, calma por el que pasan sus atribulados personajes, una montaña rusa de emociones que transmiten con oficio y naturalidad a los espectadores. La duración de 70 minutos también ayuda a crear ese marco y atmósfera inquietante y oscura que tanto demanda el relato, con un guión de hierro y bien conducido, que firman una legendaria como Cuca Canals, guionista de Bigas Luna desde Jamón, Jamón, junto a Christian Molina, que ha dirigido las interesantes Rojo sangre y Diario de una ninfómana, entre otras, y Miquel Hostenech, guionista de las terroríficas Asmodexia y Bajo aguas tranquilas.

La parte técnica de la película es otro de los apartados que sorprende de manera grata y magnífica. Arrancando con el estupendo trabajo de cinematografía de Rafa Lluch, que ha trabajado con gente como Ventura Pons y Eduard Cortés, y el poderoso montaje de José Luis Romeu, que ya había trabajado en El fotógrafo de Mauthausen, y en grandes obras como Los cronocrímenes, de Nacho Vigalondo, y el grandioso trabajo de sonido de Ferran Mengod, esencial para meternos de lleno en todo aquello que debemos escuchar para hacer creíble todo lo que vemos. Targarona ha dejado de lado los títulos con clara vocación comercial, de facturas impecables, pero de desarrollos efectistas, para meterse de lleno en una historia íntima, directa, y rodada en una sola localización, erigiéndose como uno de esos títulos que se hacen de culto al instante, porque su modestia y naturalidad juegan a su favor todo el metraje, construyendo una película grande con lo mínimo, donde destaca su sutil y exquisito estudio de la condición humana de nuestros tiempos, donde mirar y confiar en el otro son la base, muy alejado de ese mundo atroz, individualista y superficial en el que nos movemos diariamente.

La directora barcelonesa nos obliga a mirar al otro, a confiar, a ser dos, a ayudarse ante la adversidad por obligación no por elección, y eso lo cambia todo, porque ahí nos descubrimos, conocemos nuestros verdaderos límites, miedos e inseguridades, nos conocemos realmente, porque como decía Pessoa: “Bienvenidos sean los problemas porque así sabré de qué piel estás hecho”. Dos que no estaría muy lejos de esos thrillers de la carne que tanto le gustan a David Cronenberg, donde lo orgánico y lo psicológico se cruzan dando resultados muy oscuros. La película de Targarona es una de esas películas sorpresa que cada año aparecen por las pantallas, llegan sin hacer ruido, con una historia sencilla, que cautiva al instante, con unos personajes como tú  como yo, personas con las que nos cruzamos cada día mientras caminamos, y que acostumbramos a no darles importancia, porque en realidad, lo que son en realidad, su verdadera personalidad, lo que tienen en su interior es un elemento completamente desconocido, imposible de descifrar para los transeúntes con los que se cruzan, pero he aquí la cuestión, en situaciones extremas, adversas e inesperadas sale todo, sale quienes somos de verdad, y que tememos y donde queremos llegar, aunque a veces la existencia se ponga dura y tengamos que destapar todo lo que ocultamos a los demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La mujer del espía, de Kiyoshi Kurosawa

LA VALENTÍA DE LOS BUENOS.

“El valor, la buena conducta y la perseverancia conquistan todas las cosas y obstáculos que quieran destruirlas y se interpongan en su camino”.

Ralph Waldo Emerson

El universo cinematográfico de Kiyoshi Kurosawa (Kobe, prefectura de Hyôgo, Japón, 1955), compuesto por más de treinta títulos, tanto en largometrajes y series para tv, y abarca casi cuatro décadas, giran en torno a relatos sobre individuos enfrascados en actividades excéntricas y la descomposición de lo social cuando se traspasan los límites de lo irracional, siempre en historias de terror, fantástico y thriller, que suelen lanzar un profundo y crítico análisis de una sociedad abocada al individualismo y al éxito personal por encima de todo. En La mujer del espía, el cineasta japonés nos traslada a principios de los cuarenta, en la localidad de Kobe, su ciudad natal, donde conocemos a Yusaku Fukuhara y su mujer Satoko,. Yusaku es un hombre de negocios, y más concretamente un hombre de cine, de aquel cine todavía mudo, el mismo tiempo que filmaba Mizoguchi, al que se referencia en la película.

Todo parece ir como siempre, dentro de esos años que irán virando hacia el terror y la locura de un país abocado a una guerra fratricida, inútil e imperialista, como va indicando la posición de Yasuharu Tsumori, amigo de la infancia de Satoiko, convertido en un policía despiadado a la caza del espía y el traidor. Un viaje a Manchuria de Yusaku y sus ayudantes, para filmar unas tomas para su próxima producción, desencadenará el conflicto, ya que serán testigos de los experimentos aberrantes con personas al estilo nazi que se harán con más saña durante la Segunda Guerra Mundial. Kurosawa que firma el guión con Ryusuke Hamaguchi (coguionista y director de esa delicia que es Happy Hour) y Tadashi Nohara, también coguionista de la anterior citada, nos sumerge de forma natural y sencilla en la atmósfera de preguerra de ese Japón, donde todos parecen enemigos de la patria, donde el matrimonio hará lo indecible para sacar esa información valiosa al extranjero y que todo el mundo sepa las verdaderas intenciones ocultas del emperador Hirohito.

El director nipón maneja con soltura e inteligencia desde su exquisita ambientación, desde unos interiores amplios con detalles y objetos que agrandan el misterio que encierra la película, y esos exteriores donde todo sucede enclavado en ese aroma de miedo y locura que va desatándose en el país, donde la elegante y sensible cinematografía de Tatsunosuke Sasaki, el magnífico juego de ficción y realidad que tendrá una importancia capital en el desarrollo de la trama, y qué decir de la ambigüedad de los personajes, bien dibujados y con esa lectura entre líneas, y los estupendos diálogos que aún más nos van succionando hacia el devenir inevitable de unos hechos donde todo pende de un hilo muy fino. Tiene la película ese aroma que tenían los grandes títulos de Hitchcock de los cuarenta, como Rebeca, Sospecha y Encadenados, con ese aire denso de cotidianidad y misterio, donde la oscuridad de los personajes devenía unas oscuras y tremendas cintas de tensión sin parangón, el mismo equivalente serían las películas de Fritz Lang como El hombre atrapado y Los verdugos también mueren, cine sobre la Segunda Guerra Mundial, pero no desde la épica o los casos más sonados, sino desde el otro lado, desde la tranquilidad del hogar, entre amigos y con enigmas detrás de puertas y encerrados en sótanos.

La impecable factura técnica de la película no sería lo que es sin la aportación clave de los intérpretes, como las excelentes composiciones de los actores, entre los que destaca ese dúo enfrentado que vemos juntos en una ocasión contada como son Issey Takahashi en el papel de Yusaku, el valiente enfrentado a su país y todo lo que haga falta para desenterrar las atrocidades que ocultan, y su enemigo, Masahiro Higashide como Yahusaru, ese guardián aniquilador de cualquier atisbo de libertad o humanidad, y finalmente, Yû Aoi dando vida a Satoko, alma mater de la historia, que vemos como actriz y como mujer, jugando sus cartas, algunas marcadas y otras no, evidenciando su posición frente al terror, una mujer valiente y enamorada que, junto a su esposo, hará lo indecible para seguir luchando contra los malvados, poniéndose constantemente en peligro ella, y su marido, y sobre todo, dejando sus interés personales de lado, en un gesto humano y maravilloso. tan necesario en el mundo tan individualizado en el que vivimos que ya nadie hace nada por nadie a no ser que se lucra por ello.

Kurosawa ha construido una película magnífica, en el que sabe sumergirnos con inteligencia a ese tiempo convulso, con un tempo reposado donde va contándonos todos los detalles y los diferentes puntos de vista, no de forma fácil, sino con sus continuos vaivenes argumentales, muy propios de este cine donde el drama personal se mezcla con el policiaco, en el que las cosas mundanas de la gente se fusionan con los avatares de la historias. Un thriller psicológico lleno de espacios ocultos y recovecos imposibles, con esa huella característica del cine clásico, tan elegante, sobrio y contenido como lo eran las película de Öphuls, donde detrás de cada pliegue y puerta se escondía algo importantísimo para los personajes, y no menos para los espectadores, donde la ambigüedad y el misterio caminan junto a las pesquisas y descubrimientos de los individuos, donde nada ni nada decía la verdad, o si la decían era mentira, donde el cine alcanzaba ese aura de misterio por resolver, donde cada mirada y cada gesto estaba calculado, donde nada era por azar, y sobre todo, donde el plano, la música y todo aquello que veíamos producía en nosotros una idea de todo lo que era y hasta donde podía llegar esa forma tan interesante y singular de contarnos las historias. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

La casa del caracol, de Macarena Astorga

LOS LOBOS QUE NOS ACECHAN.

“Tengo miedo de escribir, es tan peligroso. Quien lo ha intentado, lo sabe. Peligro de revolver en lo oculto y el mundo no va a la deriva, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que colocarme en el vacío”.

Clarice Lispector

La película se sitúa en la España de principios de los setenta, más concretamente en el verano del 73, en uno de esos pueblos perdidos en la serranía de Málaga, de nombre Quintanar, en uno de esos lugares en los que aparentemente nunca pasa nada, o tal vez sí, porque en Quintanar, se cierne una leyenda macabra, un mito alimentado por las supersticiones de sus habitantes, una leyenda en torno a un ser que las noches de San Juan asesina niños. A ese lugar llega Antonio Prieto, un tipo de la ciudad, alguien que escribe, o al menos, escribió con éxito. Ahora está en mitad de una crisis literaria, y ha buscado una casa aislada para perderse en sus obsesiones, miedos, entre soledad, paz y mucho mezcal. La directora Macarena Astorga (Madrid, 1970), tiene una larga y variada trayectoria en el documental con trabajos sobre la memoria y las cineastas españolas, en la enseñanza como profesora de imagen y sonido, y en la ficción, con cortometrajes tan exitosos como Tránsito (2013).

Para su debut en el largometraje de ficción, Astorga ha elegido una historia basada en la novela homónima de Sandra García Nieto, que se encarga de firmar el guion, en un cuento de los de toda la vida, con alguien llegando a un pueblo que esconde un secreto, un enigma que iremos conociendo a medida que el protagonista lo va descifrando. La película se mueve entre el thriller psicológico, tanto los habitantes de la zona como el escritor tienen muchas cosas que ocultar y sobre todo, que callar, el drama rural a lo Lorca, Ramón J. Sender, y el “Pascual Duarte”, de Cela, con esa rabia, salvajismo y carpetovetónico, sin olvidar, lo más arraigado de los pueblos y las zonas rurales, todo ese misterio y leyenda que se cierne en sus espacios, como si las cosas imposibles de explicar o entender, siempre tuviesen un origen ancestral, más misterioso y fuera de este mundo. Juntando toda esa mezcla de texturas, acompañando una atmósfera asfixiante y unos personajes misteriosos, la trama avanza con aplomo y llena de tensión, manejando con soltura los diferentes ambientes del lugar, como esa taberna donde se corta con una navaja todo lo que allí se cuece, o ese bosque lleno ruidos extraños que separa el pueblo de la casa donde mora el escritor, y la casa, con esos caracoles que nos van dejando pistas por la historia del pasado que desvelarán los acontecimientos.

Un exquisito y sobrio ejercicio de luz que firma el cinematógrafo Valentín Álvarez, del que hemos visto trabajos tan fabulosos como los de Vidrios partidos, de Erice, y El Rey, que firmaban él mismo, y Alberto San Juan. El trabajado montaje de Beatriz Colomar, que ayuda a envolvernos en esa trama de deformes, al estilo del Jorobado de Notre Dame, encerrados en cobertizos, lobos y bestias que acechan el pueblo, y personas oscuras como la ciega que ve todo lo que quiere, o esos lugareños que odian a los forasteros preguntones. La sombra de El inquilino (1976), de Polanski, y El resplandor (1980), de Kubrick, sobrevuelan por La casa del caracol, que no rehúye de sus referentes, al contrario, los abraza y consigue mezclarlos sabiamente con esas películas tan setenteras del cine español como las de Saura, Borau y Gutiérrez Aragón que sabían explicar nuestra idiosincrasia más profunda, con la fantasía y la fábula más imaginativa.

Quizás la parte más inverosímil del relato es la inclusión del metalenguaje, elemento que resulta demasiado ajeno a todo aquello que se cuenta y sobre todo, le resta fuerza a ese ambiente negro y maldiciente que se respira en toda la película. Aunque, el grandísimo trabajo del plantel interpretativo con un superlativo Javier Rey, que no solo da naturalidad, oscuridad y complejidad a su escritor triste y solitario, sino que consigue una credibilidad absoluta, mostrando un personaje débil, cobarde y sobre todo, lleno de traumas sin resolver. A su lado, brilla intensamente una Paz Vega, que sabe ser de ese pueblo, mostrar dulzura y también, esconder alguna que otra cosa, las dos niñas que se mueven con soltura y naturalidad, que interpretan con gracia Luna Fulgencio y Ava Salazar, y luego la retahíla de lugareños que desde sus rostros marcados y sus cuerpos de vida y misterio, entre los que destacan Norma Martínez como Justa, esa criada callada y madre de las dos niñas, Carlos Alcántara como el cura, un personaje de esos que calan fondo, la pareja que forman Elvira Mínguez, que siempre está extraordinaria desde que nos dejase sin palabras en Días contados (1994), de Uribe, y Vicente Vergara, que regentan el bar del pueblo, y custodian al Esteban, el deforme que tienen encerrado, no solo una metáfora del pueblo, sino de todas esas creencias que más tienen que ver con el miedo a vivir que con la realidad que se vive en el lugar.

Finalmente, las presencias estimulantes de esos intérpretes mal llamados secundarios, que en realidad, en ocasiones, acaban aportando mucho y salvan muchas de esas tramas menos evidentes, dotando a esos momentos en apariencia intrascendentes, mucha vida y mucho armatoste para el resultado final que se persigue. Gentes como las grandes aportaciones de María Alfonso Rosso como la ciega, uno de esos seres que hablan poco y dicen mucho, y se erigen como uno de los personajes más tenebrosos de la película, y Pedro Casablanc como sargento de la Guardia Civil, uno de esos tipos que con unas pocas secuencias dejan huella en cualquier trabajo que se precie. La directora madrileña ha debutado con un buen relato, bien ejecutado, con algún elemento innecesario, pero en su conjunto una obra primeriza que sabe sacar el jugo a su inquietante atmósfera, una trama sencilla pero llena de tensión y oscuridad, y sobre todo, un grandísimo trabajo interpretativo que luce con gran intensidad, sumergiéndonos en mitos, leyendas y alguna que otro golpe de realidad, de esos que duelen. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Shorta, el peso de la ley, de Anders Olholm y Frederik Louis Hviid

EL BARRIO NUNCA OLVIDA.

“La primera igualdad es la equidad”

Víctor Hugo

Hace un par de años se estrenó Los miserables, de Ladj Ly, también distribuida por Caramel Films, en la que se reflejaba y cuestionaba la acción policial en los barrios periféricos de París, unos lugares llenos de desigualdad, con cientos de chavales desfavorecidos y sin futuro. En Shorta, el peso de la ley, nos trasladamos a una de esas urbes de Dinamarca, pero las consecuencias siguen siendo muy similares, ya que los agentes de la ley se enfrentan a chicos con las mismas circunstancias que aquellos franceses. Anders Olholm (Copenhague, Dinamarca, 1983), saltó a la fama con el díptico Antboy, película de niño superhéroe, se asocia en la escritura y en la dirección con Frederik Louis Hviid (Copenhague, Dinamarca, 1988), que había dirigido algunos episodios de la tercera temporada de la exitosa serie La ruta del dinero, para construir una película que ya desde su título “Shorta” (que significa policía en árabe), se adentra en las complejas cuestiones de la autoridad frente a los más desfavorecidos, en las tensiones con las que tienen que convivir policías cargados de horas de trabajo y mal retribuidos, enfrentados a chavales árabes en su mayoría, enclaustrados en lugares difíciles, vacíos y sin un futuro al cual agarrarse.

Los directores daneses huyen del discurso fácil de buenos y malos, para sumergirnos en mucho más, en un relato lleno de tensión y adrenalina, donde hay muy poco descanso, acotado a una sola jornada, y sobre todo, a la parte nocturna, en la que dos polis se adentran en un barrio periférico ya en ebullición, porque a su precaria vida, se añade el fallecimiento de un joven en manos de la policía. Ante ese panorama convulso, la pareja de agentes detiene a Amos, un joven conocido, y la rabia ya existente, se desata con consecuencias irreparables. La excelente cinematografía de Jacob Moller, que se pega a los personajes, siguiéndoles de manera vertiginosa por sus calles, sus edificios ratoneras y esos lugares vacíos en los que todos miran agazapados, expectantes a saltar a sus presas. Y el fabuloso montaje que firma Anders Albjerg Kristiansen, donde a los planos secuencia de seguimiento, se añade una narrativa fragmentada, vertiginosa y abrumadora, que nos mantiene en constante tensión, yendo de la mano a lo que están viviendo los atribulados protagonistas.

La película tiene esa fuerza de cuestionar métodos policiales, pero también, refleja ese sentimiento de vacío de los chavales y la violencia como respuesta a una situación que va mucho más allá de polis y chavales, en la que los gobernantes tienen mucho que decir y sobre todo, mucho que hacer, no convirtiendo esos barrios de inmigrantes en guetos insufribles, un caldo de cultivo violento y trágico. El relato habla de personas, de cómo reaccionamos ante situaciones límite, de la fragilidad de nuestros posicionamientos morales, y del miedo que nos atenaza cuando nuestras vidas corren un peligro muy serio, huyendo completamente de la condescendencia y el sentimentalismo, construyendo secuencias de una fuerza extraordinaria, donde todos los personajes tienen su momento y sus ideas y prejuicios férreos se van desmontando a medida que las circunstancias los sobrepasan. Un buen trío protagonista encabezados por los actores Jacob Hauberg Lohmann como el duro Mike Andersen, el poli temido por los suyos y los adolescentes árabes, sin escrúpulos y pasándose la ley por el forro, aunque probará la horma de su zapato, junto a él, Simon Sears como Jens Hoyer, el poli más correcto y serio, que también verá como su código se viene abajo, y finalmente, el joven debutante Tarek Zayat que da vida a Amos, ese joven detenido que se convertirá en la única llave posible para salir del endiablado laberinto en que se ha convertido el suburbio de Svalegarden.

Shorta, el peso de la ley bebe de los grandes títulos estadounidenses de los setenta, los de Lumet, Boorman, Petrie, Pakula, etc…, películas que no solo nos hacían pasar un rato entretenidos, sino que se han convertido en títulos de culto para explorar métodos policiales y el sinsentido de las leyes y los procedimientos legales que convertían a agentes y chavales en ratas de experimento, en una sociedad que imponía las leyes, olvidándose de las verdaderas necesidades de sus ciudadanos. Olholm y Haviid componen una película dura, sin concesiones y llena de cuestionamientos morales, donde todos son víctimas y derrotados de una sistema de mierda que consigue su macabro propósito, que se maten los unos a los otros, mientras los gobernantes siguen haciendo del país un business para hacer dinero y que los siempre sigan ganando, y los de abajo, polis incluidos, vayan desviando las noticias más importantes y sigan peleándose y en ocasiones matándose. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jean-Paul Salomé

Entrevista a Jean-Paul Salomé, director de la película “Mamá María”, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Majestic en Barcelona, el sábado 17 de abril de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean-Paul Salomé, por su tiempo, generosidad y cariño, a la inmensa labor de la intérprete Belén Simarró, a Yolanda Ferrer de Wanda Visión, y a Marién Piniés y Sílvia Maristany de prensa del Festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Mamá María, de Jean-Paul Salomé

LA REINA DE LA CIUDAD.

“Ser bueno, en el fondo, es sólo una cuestión de temperamento”

Iris Murdoch

Hasta ahora el universo cinematográfico de Jean-Paul Salomé (París, Francia, 1960), se dividía en comedias negras o divertidas, dramas actuales, bélicos como hizo en Espías en la sombra (2008), sobre un grupo de cinco mujeres de la resistencia francesa, alguna que otra película de encargo como Belphegor, el fantasma del Louvre (2001). Con su octavo trabajo, Mamá María (La daronne, en el original), cambia de registro y fusiona los géneros, porque la película arranca como un thriller judicial mezclado con algo de drama intimista, para a mitad de metraje, dar un volantazo y añadir la comedia disparatada, eso sí, llena de inteligencia, humor negro y crítica social. La trama es sencilla, tenemos a Patience Portefeux, una mujer madura que se gana la vida como intérprete francoárabe para la policía que anda detrás de unos narcos magrebíes, pero hete aquí las casualidades, como toda buena comedia que se precie, uno de los árabes implicados resulta que es el hijo de Kadidja, la señora que cuida de Patience en la residencia. En ese instante, la vida de Patience da un giro radical, y después de encontrar la droga perdida, se pone a venderla, convirtiéndose en la nueva reina de la ciudad.

Basada en la novela La madrina, de Hannelore Cayre, segunda vez que Salomé adapta un libro como hiciera en Arsène Lupin (2009), que escribe el guion con el propio director, el relato tiene ritmo, es ágil, habla de esa otra Francia, la multicultural, la que se pierde por las esquinas de los barrios, la que atesta los pisos sociales y aquella que se gana la vida como puede y con lo que puede. En ese universo peculiar, alejado de las noticias, esa parte más real de las ciudades, la que vive en la precariedad y en la invisibilidad porque es fea, en ese universo de narcos, camellos y gentes de la droga, se mueve como una camaleona Patience, que se transmuta en su nueva personalidad, una madame árabe, elegante, misteriosa y audaz, que se pone a reventar el negocio de la droga. Una música magnífica y arrolladora que firma un experto en la material como Bruno Colais, bien planteada y enmarcada con la excelente cinematografía de un especialista como Julien Hirsch (que tiene en su filmografía autores tan relevantes como Godard o Techiné), y un montaje brillante y arrollador obra de Valérie Deseine, que sabe imprimir velocidad y pausa a una historia de estas características.

Estamos frente a una de esas películas-tipo de la cinematografía francesa que tan bien saben hacer. Me refiero a ese cine que mezcla con grandísimo acierto sabiduría y ligereza para hablarnos de temas sociales importantes, bajo el prisma de una película para todos los públicos, manteniendo ese equilibrio perfecto entre el entretenimiento y la crítica, bien marcado por esa profundidad emocional de los personajes, y los temas íntimos y universales que casan y se ejecutan como el mecanismo de un reloj suizo. Si al personalidad de estas películas es ejemplar, qué decir de sus repartos, unos intérpretes tan bien elegidos, entre los consagrados y los que acaban de llegar. En Mamá María, tenemos a Isabelle Huppert, que da vida a la protagonista Patience, sobran las presentaciones y los elogios, convertida hace ya en una de las mejores y más inteligentes actrices de las últimas cuatro décadas, no sólo en la industria francesa, sino en la europea, convertida ya en una institución de la actuación, a la altura de otras grandes del continente como la Loren o la Deneuve, consigue con mucha sutileza y sobriedad, características de sus interpretaciones, que nos creamos esa mujer solitaria, que es toda una madre comprometida con sus hijas, y también, con las demás, echando un cable a quién lo merece, y moviéndose como pez en el agua, entre árabes traficantes, chinos gánsteres y demás personajes del mundo del hampa.

A su lado, un reparto que brilla sin aspavientos ni estridencias, otorgando la naturalidad y el palomo preciso para creernos unos personajes sencillos y cotidianos, como un elegante y siempre elegante Hippolyte Girardot como jefe de policía y algo más de Patience, Farida Ouchani como Kadidja, la otra madre, a la que Patience comprenderá y ayudará todo lo que está en su mano, que es mucha. Y finalmente, Liliane Rovère como la mamá de Patience, caprichosa, enferma y difícil. Y luego, toda una serie de intérpretes en pequeños roles que ayudan a la verosimilitud que siempre tiene la película y como no, a hacernos una idea de esa Francia más invisible, pero real. Salomé ha construido una película estupenda, llena de elementos interesantes, que se mueve y salta entre los géneros de forma inteligente, y sobre todo, nos hace olvidar que la vida a veces, no es que sea completamente incomprensible, sino que hay que vivirla y sobre todo, a atreverse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Lluís Quílez

Entrevista a Lluís Quílez, director de la película “Bajocero”, en la ECIB – Escola de Cinema de Barcelona, el miércoles 3 de febrero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lluís Quílez, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Bajocero, de Lluís Quílez

ASALTO AL FURGÓN DE PRESOS.

“Hay que ser buenos no para los demás, sino para estar en paz con nosotros mismos”.

Achile Tournier

El cineasta Lluís Quílez (Barcelona, 1978), ya había demostrado su grandísimo talento en el mundo de las películas cortas, con títulos tan reconocidos como Avatar (2005), Graffiti (2015) o 72%  (2017), relatos de fuerte carga psicológica, en la que sus personajes implicados deben afrontar sus propios miedos, en un mundo totalmente inhóspito y muy oscuro, con acciones que revelarán consecuencias muy inesperadas. Su opera prima, Bajocero, como no podía ser de otra manera, se ancla en los mismos parámetros que seguían sus anteriores trabajos, y nos envuelve en una atmósfera muy inquietante y llena de tensión y violencia, en una película, escrita por Fernando Navarro (especialista en el asunto trabajando con nombres como Paco Plaza, Balagueró o Kike Maíllo), y el propio director, en la que nos someten a una noche muy negra y gélida, una atmósfera de mil demonios y con un tipo solo (como ocurría en el citado Graffiti, uno de sus trabajos más celebrados), en mitad de una de esas carreteras nacionales perdidas a lo largo y ancho del país, rodeada por un bosque muy siniestro.

Una noche en la que un furgón policial traslada a un grupo de presos, y a mitad de camino, en mitad de la nada, alguien los detiene, y a partir de ese instante, los sucesos, cada vez más angustiosos se sucederán. El relato está compuesto a partir de tres escenarios bien distintos. En el primero, vemos todo lo que sucede en el interior del furgón, cargado de tensión y conflictos, y también, vemos lo de fuera, donde alguien amenaza la integridad de los de dentro. En el segundo tramo, pasamos a otra situación donde la supervivencia se convierte en el único sentido de los personajes del interior del furgón. Y el tramo que cierra la película, habrá un enfrentamiento a tumba abierta para discernir las causas de los implicados en la trama. Quílez se vuelve a reencontrar con el cinematógrafo Isaac Vila, que ya había trabajo anteriormente en un par de cortos suyos, pieza clave en una película donde la noche acapara casi todo el metraje, bien iluminada, con esas sombras más propias del cine de terror, y esa amenaza, casi un espectro, que deambula entre los demonios de la noche, esperando su momento.

El buen hacer de la edición que firma Antonio Frutos (colaborador del cine de Calparsoro), fundamental para generar todos esos instantes de tensión, conflictos y violencia que se van desatando en la película, donde existen pocos momentos donde la calma se imponga, casi en todo el metraje los personajes son continuamente azotados por las circunstancias y alguno revelará la cuestión que atraviesan, tanto la del interior del furgón como en el exterior con esa sombra justiciera. Elementos a los que se añade la música de Zacarías M. de la Riva, que ayuda a envolvernos en esa aura de carga endemoniada de thriller psicológico que nos atrapa desde su primer conflicto. El director barcelonés se arropa con un reparto de primerísima altura encabezado por un atribulado y héroe a su pesar Javier Gutiérrez, que vuelve a demostrar que vale para un roto y un descosido, componiendo uno de esos personajes más grandes que la vida, uno de esos tipos que durante la noche verá demasiadas cosas y deberá comprender que su trabajo como policía está por debajo de ciertas, pero importantes tesituras morales. El resto del elenco lo componen Karra Elejalde, sobrio y elegante como es su costumbre, en un personaje vital para la trama, y un ramillete de intérpretes como Luis Callejo, Andrés Gertrúdrix, Isak Férriz, Miquel Gelabert, Édgar Vittorino, Patrik Criado y Florin Opritescu (que repite con el director después de su rol en 72%).

Bajocero guarda más de un elemento parental con aquel cine policíaco estadounidense que en los setenta sirvió para retratar una sociedad corrupta y violenta, con grandes directores como Peckinpah, Carpenter, Pakula, Coppola, Pollack, Siegel o los “Blaxploitation”, entre otros, o los thrillers rurales de la misma época, tan salvajes y oscuros como Perros de paja, de Peckinpah, Defensa, de Boorman y Malas tierras, de Malick, o los patrios como Furtivos, de Borau, o El aire de un crimen, de Isasmendi, o los más recientes, Todo por la pasta, de Urbizu, y La noche de los girasoles, de Sánchez-Cabezudo, todos ellos trabajos que no solo cargan la pantalla de miseria moral y violencia salvaje, sino que se muestran como un real y triste reflejo de una sociedad, donde la corrupción ha devenido el pan de cada día, y todo huele a podrido, y las personas se ven indefensas ante tanta impunidad. Bajocero nos atrapa con su ritmo febril, su pulsión desgarradora, y su frenética huida a ninguna parte, con alguna que otra licencia narrativa perdonable, llena de personajes perdidos y vacíos que esperan su resquicio de luz para escapar de todo y sobre todo, de ellos mismos, en una aventura autodestructiva hacia el abismo en la que todos y cada uno de ellos tendrá su momento, aunque lo más seguro, deba de enfrentarse a sus propios miedos e inseguridades. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Cosmética del enemigo, de Kike Maíllo

MIRARSE EN EL ESPEJO.

“La perfección no se alcanza cuando no hay nada más que añadir, sino cuando no hay nada más que quitar”

Antoine de Saint-Exupéry

El universo cinematográfico de Kike Maíllo (Barcelona, 1975), está repleto de criaturas azotadas por el pasado, hombres que arrastran las consecuencias de unos actos que los martirizan, y que convierten su presente en una huida constante hacia no se sabe dónde, atrapados en un laberíntico limbo de difícil salida. Tanto en Eva (2011), como en Toro (2016), el thriller psicológico inundaba relatos perturbadores y muy inquietantes, donde no había escapatoria posible, solo un camino que enfrentaba a sus atribulados protagonistas a su destino, a enfrentarse a lo que habían sido y a lo que querían ser. Con Cosmética del enemigo, los mundos de Maíllo dan un paso más allá, ya que su nuevo trabajo abre nuevos retos. El primero, trabajar en una idea ajena, como la adaptación de la exitosa novela de Amélie Nothomb, trabajo para el que rescata a dos de sus colaboradores como Cristina Clemente y Fernando Navarro, que estuvieron en los equipos de guionistas de sus anteriores películas, respectivamente. Segundo, rueda en inglés en un proyecto de envergadura con la marca europea, rodado en tres países diferentes como Alemania, Francia y España.

Aunque, quizás el reto más peliagudo para Maíllo sea plantear una película centrada en solo dos personajes, y una sola localización, la sala de espera vip de un aeropuerto como el Charles de Gaulle, en París, a partir de una trama que todo se mueve bajo las apariencias e identidades que muestran y ocultan a la vez sus protagonistas. El director barcelonés vuelve a reunirse de un equipo que pasa con creces el nivel alto, como la tensa y sombría música de Alex Baranowski (que ha trabajado con autores de la talla de Danny Boyle o Wes Anderson, entre otros), la íntima e inquietante luz de la cinematógrafa Rita Noriega (que ya había trabajado con el director en el corto La octava dimensión, y tiene en su haber películas tan recientes como Orígenes secretos o El inconveniente), la interesante y contundente edición de Martí Roca (que ha firmado interesantes thrillers como los Verónica u Hogar, que estuvo como coguionista en Eva), y la labor de sonido de un viejo conocido como Oriol Tarragó, y sin olvidarnos, la compañía en la producción de Toni Carrizosa, elemento crucial en la carrera de Maíllo.

Siguiendo la estela de películas como La huella, de Mankiewicz o Sospechosos habituales, de Bryan Singer, y ese aire hitchcockiano en que el misterio se apodera de todo lo que vemos y lo que no, el relato se desarrolla en un solo espacio y con una conversación entre Jeremiasz Angust, un exitoso arquitecto polaco que después de una conferencia en París, regresa a su casa, pero, circunstancias o no, accede a acompañar a una joven perdida que recibe el extraño nombre de Texel Textor. Finalmente, los dos deben esperar sus vuelos en la sala de espera y ella, molesta a Jeremiasz hasta el punto que le cuenta su vida, desde su infancia triste y desagradable, hasta un encuentro que le cambió la vida en París cuando era adolescente. La película va dando saltos en el tiempo, a través de flashbacks que nos van mostrando los elementos, objetos y los hechos del relato de Texel. La película nos abre muchos caminos y posibles destinos, con esos encuadres cercanos en los que podemos observar detenidamente las diferentes reacciones de Jeremiasz, en un cruel y muy perturbador tour de forcé entre la joven desconocida que quiere contar su historia, y el arquitecto que no quiere escucharla.

Maíllo consigue con pocos elementos y dos almas oscuras un potente y oscuro thriller, que nos va envolviendo en un aura de misterio y terror, donde nada es lo que parece, en que las identidades de sus personajes se disfrazan de un enigma en el cual los espectadores deben descifrarlo, en una especie de juego perverso y muy sombrío en el que todo puede ser o no, en que el relato de Texel guarda importantes secretos y revelaciones. El espacio amplio y de grandes ventanales del aeropuerto se muestra como ese lugar blanco y limpio en el que todo parece encajar y nada malo puede ocurrir, aunque la maqueta del aeropuerto del centro de la sala, en que curiosamente, Jeremiasz fue uno de sus arquitectos, va contándonos a través de sus figuritas y acciones todo lo que va ocurriendo, como si la maqueta conociese el fondo de la cuestión y nos fuese revelando aquello que ocultan los protagonistas. Incluso, las otras localizaciones de la película, como la vecindad triste de las caravanas donde Texel pasó su infancia, o el siniestro y fantástico cementerio de Montmartre, quizás el camposanto más famoso del mundo, donde también se desarrolla una parte fundamental de la historia, donde conoceremos a la enigmática mujer, pieza clave en esta traba de idas y venidas, de pasados ocultos, y de presentes reveladores.

El tándem intenso, sólido e incómodo que debe conversar y sobre todo, mirarse en el espejo, lo forman dos intérpretes que componen unos maravillosos y perversos personajes. Por un lado, tenemos a Tomasz Kot, que muchos todavía recordamos como el desdichado personaje enamorado de Cold War, de Pawel Pawlikowski, en la piel del enigmático y perfeccionista Jeremiasz Angust, con ese semblante de éxito pero que a medida que avanza la película, emergerán sus secretos más ocultos. Delante de él, una soberbia Athena Strates como la extraña Texel Textor (vista con directores de la talla de Bill Condon o Kai Wessel), alguien surgida de la nada o no, un ser que viene a rendir cuentas o no, uno de esos personajes imposibles de olvidar en una cinta de estas características, porque incomoda, perturba y sobre todo, molesta con sus relatos y sus miradas oscuras. También, nos encontramos dos personajes menores, pero igual de importantes, como la presencia siempre fabulosa de una gran actriz como Marta Nieto (que sigue dejando grandes composiciones como la que nos maravilló en Madre, de Sorogoyen), en la piel de la mujer del cementerio, un ser frágil, bello y complejo, crucial en esta trama de miradas, silencios y pasados escondidos, y Dominique Pinon, uno de esos personajes de la conciencia para el personaje del arquitecto. Maíllo ha construido una película sencilla y compleja a la vez, con una trama a modo de puzle que a veces encaja, y otras, no, que algunos instantes te faltan o te sobran piezas, pero solo en un instante, más allá del espacio y el tiempo, todas las piezas del enigmático rompecabezas encajan y ya nada ni nunca volverá a ser igual. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA