Apuntes para una ficción consentida, de Ana Serret Ituarte

UNA ACTRIZ SUIZA EN MADRID.   

“Me llamo Violeta Miraballes Llanera. Soy actriz y comparto esta casa con una actriz suiza, Lea Grand. Pero, qué hace un actriz suiza en Madrid. Me dijo que se había enamorado de nuestra lengua y que el acento no era ni lengua, ni texto ni teatro. Además, iba a fulminarlo en cualquier caso. Estaba en ello”. 

Hay comienzos y comienzos en el cine. Por eso, viendo la apertura de la película de bellísimo y revelador título Apuntes para una ficción consentida, nos quedamos hipnotizados desde ese primer cuadro en el que observamos un balcón. De repente, una mujer abre la ventana y se posa delante de nosotros, mirándonos sin pestañear. Un personaje que se presenta y actúa como narrador no de su propia vida, sino que nos cuenta la existencia y cotidianidad de Lea Grand, una actriz suiza en Madrid, y sus pormenores de intentar ser actriz en una profesión extremadamente difícil, y más aún cuando no saben ubicarte. El relato se decanta por lo sencillo e íntimo, explicándonos de frente y a hurtadillas una historia particular y muy personal sobre una mujer extranjera en todos los sitios, incluso de sí misma, que no encuentra su lugar, o quizás, está llamando en los lugares equivocados.

La directora Ana Serret Ituarte (Madrid, 1970) se fogueó como asistente y directora de segunda unidad junto a directores como Mario Camus, Fernando Colomo, Gerardo Vera y Mariano Barroso. Ha dirigido un par de documentales La fiesta de otros (2015) y El señor Liberto y los pequeños placeres (2017), y desde hace once años colabora en el imperdible proyecto Cinema en Curs. Lea tiene mucho de Delphine, la mujer que no encontraba a nadie para viajar y lo hace sola en la magnífica El rayo verde (1986), de Éric Rohmer, y no lo digo porque vivan experiencias parecidas, sino por la actitud ante los problemas, ya que ambas resisten ante la adversidad, y lo hacen desde la serenidad y la reflexión, sin hacer aspavientos ni lamiéndose las heridas, sino continuando firmes a pesar de los pesares, firmes en su camino aunque la mochila lleven dudas, miedos y demás. El relato sigue a Lea, que va de aquí para allá con su inseparable bicicleta para conseguir su lugar como actriz, incluso viaja a su país natal, Suiza, para un proyecto. Lea vivirá sus experiencias a modo de capítulos, los apuntes del mencionado título, encontrándose con personajes como su ex, que la sigue dirigiendo en teatro, una joven actriz y compañera de piso, la narradora que hemos citado, un pianista que apenas habla, y un enfermero especialista en murciélagos. 

La cinematografía exquisita y cercana, con ese cielo mortecino que acompaña toda la película, que le otorga un aroma romántico y de verdad a la historia, con una Lea metida en una vida en el que continuamente su reflejo la lleva a cuestionarse y lanzarse en libertad. Una luz bien ejecutada que transmite el desasosiego y alegría que siente la protagonista que firma Almudena Sánchez, que tiene en su haber a cineastas como Pablo Llorca, Chus Gutiérrez y documentales tan interesantes como a media voz y Viaje a alguna parte, entre otros. La banda sonora de la película es otro de los elementos rompedores y nada convencionales, porque se usan composiciones clásicas que firman Brahms, Beethoven, Chopin y Bach, interpretados por el músico Javier Porro, que le dan esa dicotomía en la que transita la suiza-madrileña. El montaje lo firma una grande como Marta Velasco, sobran presentaciones, con una larga trayectoria muy reconocida que le ha llevado a trabajar con grandes cineastas, en una elaborada y cuidada edición que nos lleva despacio y sin prisas por este deambular de la citada Lea, en su aventura cotidiana que tiene mucho de antiheroína que no se detiene, y cuando lo hace es para coger impulso y volver a lanzarse y vuelta a empezar, en sus 81 minutos de metraje que pasan volando, donde hay tiempo para charlar, reencuentros y demás sorpresas. 

Una película de estas características, tan íntima y tranquila, debía tener una gran actriz como Isabelle Stoffel, habitual del cine de Jonás Trueba, con el que la película tiene cierta fraternidad, componiendo un personaje de verdad, con algún toque de su propia realidad, metido en una trama de cómo ser actriz y no morir en el intento. Le acompañan Violeta Rodríguez como joven y aspirante a actriz, la estimulante presencia de Álex Brendemühl como el ex, y los intérpretes suizos Manfred Liecht y Mona Petri, Francesca Piñon como vecina, y la aparición en un par de secuencias del director Sigrid Monleón. Resulta muy agradable el estreno de una película como Apuntes para una ficción consentida, de Ana Serret Ituarte que debuta en la ficción con toques de realidad, o mejor dicho, ese cine que vive de lo cotidiano, de la verdad de sus entornos, personajes y demás accidentes vitales, porque el cine puede ser muchas cosas, y también, una excelente herramienta para mirarnos, para que nos miren, y sobre todo, aprender de los demás y de nosotros mismos, lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos, o quizás, lo que pretendemos ser, entre sueños y realidades, entre lo que somos y lo que imaginamos, entre nuestros deseos y las malditas realidades que se interponen en nuestro camino. Todos esos palos toca la película, con su aroma de fábula de tantos actores y actrices que, por azares o destinos o cómo vds. deseen, aterrizan en un país tan ajeno que acaban de ser de allí aunque los demás crean lo contrario y eso provoque una eterna extranjería allá donde vaya y haga lo haga y sienta lo que sienta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Laura García Alonso

Entrevista a Laura García Alonso, directora de la película «Corredora», en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona, el martes 26 de mayo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura García Alonso, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Alba Saéz

Entrevista a Alba Saéz, intérprete de la película «Corredora», de Laura García Alonso, en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona, el martes 26 de mayo de 2026.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alba Saéz, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Corredora, de Laura García Alonso

CRIS FRENTE AL ESPEJO. 

“No debemos olvidar que lo que el espejo nos ofrece no es otra cosa que la imagen más fiel y al mismo tiempo más extraña de nuestra propia realidad”. 

Ana María Matute

Encontramos muchas películas que nos hablan de deportistas enfrascados en los vaivenes de su actividad, inmersos en duras peleas,  propias y ajenas, donde se dirime si acabarán ganadores o perdedores. Una película como Corredora, de Laura García Alonso (Madrid, 1990), su primer largometraje en solitario, debutó con la película colectiva Los inocentes (2013), surgida de la Escac, donde se formó.  Un guion que se aleja de lo esperado para profundizar en la salud mental en el deporte, coescrito por Pol Corteans, del que conocemos sus series junto al director Pau Freixas, Sé quien eres, Bienvenidos a la familia, Todos mienten y Los sin nombre, y la propia directora, se centra en Cris, una joven y atleta extraordinaria de alta competición que entrena en un centro de alto rendimiento y todo parece llevar el camino correcto. Un día, un día como cualquier otro, la joven sufre un brote psicótico que la hace alejarse de las pistas, encontrar refugio junto a su hermana mayor, Natàlia e iniciar un camino lleno de obstáculos que le harán parar y pensar en su vida. 

Una trama transparente e íntima que se posa en la mirada, el cuerpo, el gesto y los silencios de la protagonista, donde seguimos como si fuese una competición contra ella misma y contra el mundo, en que la agitación y la tensión constante en la que existe esta joven, que lucha contra una fuerza muy superior, sus capacidades y sus límites, o dicho otra cosa, su mente contra su cuerpo, en una batalla sin cuartel en el que se implican su entorno. Una hermana mayor-amiga que la ayuda, la abraza y la mira, que no resultará nada sencillo, y un padre, acogedor y preocupado que también le dará su apoyo y se mostrará duro con las intenciones de la joven de volver a competir cuanto antes. Estamos ante una home movie casi, de pocos escenarios, muy cotidianos y extremadamente domésticos, con esa atmósfera férrea y asfixiante que recuerda a algunos cineastas de la reconocida Escuela de Loza como Polanski, Zulawski, Skolimowski y Kieslowski, entre otros, que construyeron duros dramas sobre las capacidades e incapacidades mentales y todo lo que eso conlleva, a partir de retratos sinceros, agobiantes y nada complacientes, protagonizados por individuos atrapados en telas de araña construidas por sí mismos enfrentados a unos entornos hostiles y violentos. 

Una cinematografía brutal y ejemplar sacude cada encuadre de la película, con la omnipresente Cris, que firma Gina Ferrer, responsable de películas significativas en los últimos años como Panteres, Tros, La maniobra de la tortuga, 20000 especies de abejas y Sorda, entre otras. La cámara se pega a la protagonista siendo una extensión más, como una extremidad que la acoge, la zarandea y la engulle, todo a través de esa luz mortecina que impone esa imagen velada que construye cada elemento y cada emoción de los diferentes personajes. La música de Susana Hernández “Ylia”, responsable de la música de Segundo premio, de Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez, es una composición que huye de la condescendencia y la puntualización para crear un espacio centrado en los altibajos emocionales que sufre Cris. El montaje de Marta Velasco, una grande con más de medio centenar de títulos entre los que destaca los films de Fernando, David y Jonás Trueba, amén de otros igual de interesantes. Una duración de 96 minutos de metraje que pasan de una volada, sumergiéndonos en la gestión emocional de una mujer que a pesar de todo, sigue queriendo, quizás demasiado rápido o en contra de sus límites.

La apuesta de la película con Alba Sáez encarnando a la vulnerable Cris ha sido un gran acierto, porque la actriz demuestra una capacidad asombrosa para enfundarse en la piel de Cris, y extraer de ella todos los matices y detalles de un personaje metido en un cuento de terror doméstico y demasiado cercano que pone los pelos de punta. Le acompañan las buenas interpretaciones de Marina Salas como la hermana y Àlex Brendemühl como padre, amén de los “otros” corredores reales que arropan y dan esa verdad que resulta vital para el desarrollo de la película. No dejen de ver una película como Corredora, de Laura García Alonso, porque nos habla de salud mental, de todos los ritmos y exigencias que nos imponemos para llegar más lejos o antes que los demás. Estamos seguros que la película da un gran toque de atención a los tiempos febriles y las actividades asfixiantes que hacemos constantemente y no sólo eso, que las hemos naturalizado como algo que debemos de hacer. Cuidado con los Mr. Hyde en los que nos estamos convirtiendo, porque nos puede ocurrir como Grey, que finjamos ser una cosa y en un cuadro/espejo por ahí perdido se muestra nuestro reflejo, tan lleno de heridas que somos incapaces de verlas y de vernos a nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jaime Rosales

Entrevista a Jaime Rosales, director de la película «Morlaix», en los Cines Verdi en Barcelona, el jueves 13 de marzo de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jaime Rosales, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan maravillosa, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Morlaix, de Jaime Rosales

EL AMOR Y EL VACÍO. 

“Un día voy a escribir todo lo que siento. Y vas a leerlo y a preguntarte si se trata de ti. Y probablemente si. Y posiblemente ya no”. 

Mario Benedetti 

La coherencia y la búsqueda son dos elementos que encontramos en el cine de Jaime Rosales (Barcelona, 1970). Un cine que desafía y cuestiona su propio cine, revelándose en cada película como un nuevo comienzo, un nuevo camino y sobre todo, encontrar una nueva forma de mirar cada historia. Una filmografía compuesta por ocho títulos, con una primera mitad donde la ejecución se regía en espacios de experimentación y de incesante búsqueda de miradas trabajando con texturas y formatos y cuadros diferentes en cada una de las películas. Su deslumbrante debut con Las horas del día (2003), le siguieron la incómoda La soledad (2007), que lo aupó a un reconocimiento fuera de los circuitos independientes. Con Tiro en la cabeza (2008), levanta prejuicios y sensibilidades acercándose al terreno de ETA. Con Sueño y silencio (2012), cierra una etapa donde lo exterior en forma de accidente sobrecoge a sus personajes. Con Hermosa juventud (2014) abre una segunda etapa donde la intención es llegar a un público más amplio, sin renunciar a las cuestiones que provoca cada nuevo trabajo, adentrándose en una mirada sobre una juventud perdida, precaria y vacía. En Petra (2018), y Girasoles silvestre (2022), los jóvenes eran objeto de estudio desde perspectivas profundas e interesantes. 

Con Morlaix sigue indagando en la juventud y nos lleva a un pequeño pueblo costero y norteño de la Bretaña francesa. Allí, en un lugar donde nunca pasa nada, encontramos a Gwen, una joven en su último año de instituto y acaba de perder a su madre, y mantiene una relación sentimental poco satisfactoria, y donde llegará el parisino Jean-Luc, un tipo carismático, diferente y extraño. Rosales usa este encuentro para hablarnos del amor y los vacíos existenciales cuando eres joven, cuando todavía hay tanto por vivir y por hacer, o quizás no. A partir de un sobresaliente guion firmado a cuatro manos por Fany Burdino y Samuel Doux, que tienen en sus carreras nombres tan reconocidos como los de Joachim Lafosse, Cédric Khan, Laurent Cantet y Louis. Julien Petit, entre otros, la directora Delphine Gleize autora de filmes como los de Carnages y La permission de minuit, entre otras, y el propio director, donde logran una película sensible, transparente, muy dialogada y llena de matices y grises, donde los jóvenes hablan sobre la vida, el amor, el vacío y demás cuestiones esenciales y vitales donde vna exponiendo diferentes posiciones y conflictos. 

A través de un cuadro en 35mm para el blanco y negro y el 16mm para el color, por el que deambula tanto en los dos formatos y texturas, de forma bellísima y nada artificial, en un gran trabajo de Javier Ruiz Gómez, del que conocemos sus trabajos para Max Lemcke, en El cuadro, de Andrés Sanz y para el francés Jean-Christophe Meurisse, etc… y debutante con Rosales, en un extraordinario ejercicio de plasticidad y cercanía que convierte al espectador en un personaje más, convirtiéndose en testigo privilegiado. La excelente música de Leonor Rosales March ayuda a acompañar esos vacíos, miradas y gestos que informan igual que las palabras las vicisitudes y extrañezas que acompañan a los protagonistas. El magnífico montaje de Mariona Solé Altamira, que tiene trabajos con Gerard Oms, Unicornios, de Àlex Lora, y los documentales  El techo amarillo, de Coixet y Pepi Fandango, de Lucija Stojevic, entre otros, consigue una composición que nos acerca de forma reposada a la historia y sus personajes en sus intensos 124 minutos de metraje que para nada resulta pesado y reiterativo, sino lleno de reovecos y laberintos, en los que el artefacto del cine pasa a ser un reflejo de sus vidas y viceversa, porque sus historias se convierten en ficción y realidad a la vez, en otro profundo y sincero juego de metacine que nos deslumbra. 

Los repartos de las películas del director barcelonés nunca resultan baladí y son muy estudiados ejerciendo una personalidad sólida a sus historias, y en Morlaix sigue la misma senda que tan buenos resultados interpretativos le ha dado. La magnífica debutante Aminthe Audiard encarna a la mencionada Gwen, que no está muy lejos de las heroínas de Rohmer, con un estado de ánimo nada claro e insatisfactorio que no cesa de preguntarse por la vida, el amor y la muerte, en un incesante juego de miradas, gestos y silencios que sobrecogen. El otro lado del espejo lo compone Jean-Luc, el forastero, que hace un increíble Samuel Kircher, al que vimos en El último verano, de Catherine Breillat, donde captura toda esa indecisión vital y esa forma de amar tan pasional que no tiene término medio. Los adultos los hacen Mélanie Thierry, con casi 40 títulos entre los que destacan películas con Tavernier, Techiné, Guilliam, León de Aranoa, Arcand, Spike Lee y muchos más, en un personaje muy importante del que no desvelaremos nada más. Àlex Brendemühl, el único actor que está presente en muchas de las películas de Rosales tiene otro rol, igual de interesante. 

Las referencias de la película que inteligentemente no esconde sino que las realza por el bien de la historia que quiere transmitir. Empezamos por las muchas cercanías que comparte con La reconquista (2016), de Jonás Trueba, tanto en su forma de mirar la adolescencia, sus vacíos e inquietudes, y el amor que tienen y cómo lo experimentan, y después en la adultez, en el cuestionamiento de las decisiones tomadas y todas esas proyecciones al futuro que sólo quedaron en meros pensamientos y posibilidades teóricas. Los “cuentos” del citado Rohmer están presentes en la trama, y no sólo por el idioma francés, sino y sobre todo, por cómo los personajes hablan de la vida y el amor, cuestionando sus decisiones y tomando conciencia de la importancia de cada decisión no sólo ahora en la juventud sino en su significado futuro. La sombra de Bresson también está presente en la trascendencia de lo que sucede y cómo se cuenta, usando la tranquilidad y la reflexión, en una película muy hablada, pero para nada aburrida, sino todo lo contrario, donde cada palabra contradice la anterior y así sucesivamente, en un certero caleidoscópico de opiniones, reflexiones y demás. Nos hemos vuelto a emocionar con el cine de Rosales y sus Gwen y Jean-Luc, tan bellos, tan perdidos, tan enamorados y sobre todo, tan ellos y tan solos, recordándonos la fragilidad y la vulnerabilidad de nuestras existencias y sentimientos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Boré Buika y Nansi Nsue

Entrevista a Boré Buika y Nansi Nsue, intérpretes de la película «Hate Songs», de Alejo Levis, en el marco del D’A Film Festival en la Sala Raval del Teatre CCCB en Barcelona, el lunes 8 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Boré Buika y Nansi Nsue, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Maria Oliva de Sideral Cinema, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Alejo Levis y Àlex Brendemühl

Entrevista a Alejo Levis y Àlex Brendemühl, director y actor de la película «Hate Songs», en el marco del D’A Film Festival en la Sala Raval del Teatre CCCB en Barcelona, el lunes 8 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alejo Levis y Àlex Brendemühl, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Maria Oliva de Sideral Cinema, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hate Songs, de Alejo Levis

PONERSE EN EL LUGAR DEL OTRO. 

“He decidido apostar por el amor. El odio es una carga demasiada pesada”. 

Martin Luther King

El magnífico trabajo de Ibon Cormenzana (Bilbao, 1972), a través de su productora Arcadia Motion Pictures, con la que ha producido más de 40 películas a cineastas de la talla de Pablo Berger, Rodrigo Sorogoyen, Claudia Llosa, Julio Medem y Enrique Urbizu, entre otros, a lo largo de dos décadas. Con Mundo Cero, el bilbaíno emprende una nueva aventura, con el ánimo de producir cine social, comprometido y humanista con la finalidad de impulsar un cambio social y recaudar fondos para apoyar el trabajo de las ONGs. La primera película que nace es Hate Songs, que se detiene en el genocidio de Ruanda que, entre abril y julio de 1994, el gobierno hegemónico hutu trató de exterminar a los tutsis, con una cifra de asesinados cercana al millón de tutsis, según las organizaciones internacionales. La película no lo hace desde la grandilocuencia y el discurso condescendiente, sino que se adentra en la emisora de radio, la RTML, la Radio Televisión Libre de las Mil Colinas, en la que promulgaron el discurso del odio e incitaron a la población hutu a salir a las calles a exterminar tutsis, dando todo tipo de detalles de sus víctimas.  

Un único espacio, el estudio donde se ubicó la emisora, e inspirados por Musekeweya (Nuevo amanecer) que, desde 2003, utiliza la ficción radiofónica para ayudar a la reconciliación y al perdón entre los ruandeses. El director barcelonés Alejo Levis, del que conocíamos sus trabajos como montador y cinematógrafo para Eugenio Mira o el mencionado Cormenzana en Culpa (2022), y sus dos largos con Todo parecía perfecto (2014), producida por Arcadia, donde se adentraba en un extraño amor onírico, y No quiero perderte nunca (2017), que daba vueltas a las relaciones paterno-filiales desde el fantástico. Con Hate Songs continúa instalado en los relatos sencillos, con pocos personajes, intensos y situados en una localización. Porque todo eso es la película, a partir de un guion que firman Denise Duncan, vinculada al mundo teatral, Albert Val, del que hemos visto recientemente su trabajo en El maestro que prometió el mar, y el propio director, nos sitúan en la mencionada emisora en la que se esta llevando a cabo el ensayo de una ficción sobre el genocidio de Ruanda. Estamos en abril pero en el 2019, con Simon, un técnico y director belga, y Nansi Nsue y Ncuti, dos intérpretes ruandeses. El ensayo y el recuerdo de aquella infausta radio que alentó el odio y el asesinato, pronto destaparán muchos fantasmas, los de aquellos que perecieron en aquel tiempo de horror, y las tensiones entre los tres participantes, en el que parece que hay mucho que reparar todavía, y donde el perdón y la reconciliación están presentes, pero todavía requeiren de mucho trabajo. 

Tomando de inspiración la excelente Doce hombres sin piedad (1957), de Sidney Lumet, y otras experiencias del gran director estadounidense, el relato lleno de tensión, con una atmósfera que se va cargando generando un aire irrespirable, con tres personajes que escenifican los tres elementos en conflicto: occidente, hutus y tutsis. Tres personajes que irán subidos en esta montaña rusa de emociones, sentimientos y tensiones, que irán cambiando el rol y su posición en ese trabajo que no va a resultar tan sencillo como parecía. La parte técnica ayuda a establecer los códigos de este entramado thriller psicológico que te agarra y no te suelta, con la participación de la debutante Lali Rubio en la cinematografía que, firma junto al director, un excelente trabajo de luz, apoyada en los rostros y los primerísimos planos, y los encuadres con el cristal de por medio, una gran idea que resalta las tremendas diferencias y sus respectivos roles cambiantes entre unos y otros. Otro debutante es el músico Asier Renteria, que impone una melodía que no se limita a acompañar, sino a sumergirse en las emociones complejas de los personajes, y el montaje, también de Levis, que en sus excelentes 82 minutos de metraje, nos lleva por un relato lleno de furia, de rencor, y también, de amor, memoria y reconciliación.

Con un trío de intérpretes maravillosos como Àlex Brendemühl, qué decir de uno de los actores más extraordinarios de nuestro cine, y de cualquier cine, siendo el técnico y el director belga, componiendo esa mirada hipócrita y cínica de occidente, con esa mirada condescendiente y oportunista del blanco. A su lado, Nansi Nsue, la actriz ecuatoguineana, que hemos visto en películas recién estrenadas como El salto, de Benito Zambrano, y de Clara Roquet, entre otros, hace de Stephanie, la actriz tutsi que recordará a los suyos, en un viaje al alma, a su memoria, y sobre todo, a la redención y al perdón que tanto ansía, aunque duela y mucho. Frente a ella, Boré Buika, mallorquín de ascendencia ecuatoguineana, que hemos visto en series de éxito como La mesías y Mar de plástico, entre otras, es el actor hutu, que también tendrá su viaje particular hacia el dolor, la reconciliación y la memoria. Tres intérpretes que no sólo transmiten verdad y emoción en sus diferentes personajes, sino que lo hacen mirándonos de frente, sin artificios ni estridencias ni nada que se le parezca, en unas composiciones difíciles, que demandan actitud, serenidad y aplomo, para no sólo viajar por la memoria, y las diferentes cargas y duelos personales, sino por la memoria de todo un país que hace casi 30 años se sumió en las más terrible de las oscuridades. 

Damos la bienvenida a la propuesta de la productora de Mundo Cero y su primera película Hate Songs, porque hace aquello que ha hecho grande el cine, en su espacio de conocer, recordar, y por ende, a no olvidar, a volver al terror de Ruanda, pero no desde la revancha sino desde la reconciliación, en un acto de memoria, tan necesario, aunque cueste tanto recordar, porque recordar significa volver al dolor, volver a aquello que nos hizo daño, y requiere valentía y coraje, porque recordar siempre es un acto difícil y muy doloroso, pero vital para seguir mirándonos los unos a los otros, perdonarse y sobre todo, perdonar a los otros, porque sino todo lo que se edifica en ese sentido nunca está del todo bien construido, porque está lleno de faltas, de pedazos inconclusos, de taras que no se han resuelto. Todo camino de perdón es complejo y oscuro, y por eso cuesta mucho empezar, pero es tremendamente necesario para uno mismo y para los demás, por la convivencia y el amor, tan faltos en este mundo donde impera el egoísmo, el silencio y dejar pasar el tiempo. Recuerden que nunca es tarde para pedir perdón, porque además de ser un acto muy generoso hacia el otro, es el acto más valiente que existe. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Creatura, de Elena Martín Gimeno

MILA, SU CUERPO Y EL SEXO. 

“Es una idiotez ignorar que el sexo está mezclado con ideas emocionales que han ido creciendo a su alrededor hasta hacerse parte de él, desde el amor cortesano hasta la pasión inmoral y todas esas cosas, que no son dolores de crecimiento. Son tan poderosas a los cuarenta como a los diecisiete. Más. Cuanto más maduro eres, mejor y más humildemente reconoces su importancia“.

Nadine Gordimer

Muchos de nosotros que conocíamos a Elena Martín Gimeno (Barcelona, 1992), por haber sido la protagonista de Les amigues de l’Àgata (2015), fascinados por su intensa mirada, fue más que agradable ver dos años después su ópera prima Júlia ist, la (des) ventura de una joven en su erasmus en Berlín, tan perdida y tan indecisa tanto en los estudios, en el amor y con su vida. Por eso nos alegramos de Creatura, su segunda película. Una cinta que aunque guarda algunos rasgos de la primera, en la relación dependiente con los hombres y la relación turbulenta con la familia, en este, su segundo trabajo, la directora catalana ha explorado un universo mucho más intenso y sobre todo, menos expuesto en el cine como la relación de la sexualidad y el cuerpo desde una mirada femenina. Una visión profunda y concisa sobre el deseo en sus diferentes etapas en la existencia de Mila, la protagonista que interpreta la propia Elena. 

A partir de un guion escrito junto a Clara Roquet, la cineasta barcelonesa construye una trama que a modo de capítulos, va mostrando las diferentes etapas desde esa primera experiencia a los 5 años, el despertar sexual a los 15 y finalmente, esa lucha entre el deseo y el sexo a los 30 años de edad. La película siempre se mueve desde la experiencia y la intimidad, convirtiéndose en un testigo que mira y no juzga, penetrando en ese interior donde todo se descubre a partir de una especie de cárcel donde el entorno familiar acaba imponiéndose siempre desde el miedo y el desconocimiento. Una historia tremendamente sensorial, muy de piel y carne, convocando un erotismo rodeado de malestar, dudas y oscuridad. Más que un drama íntimo, que lo es, estamos ante un cuento de terror, donde los monstruos y fantasmas se desarrollan en el interior de Mila, a partir de ese citado entorno que decapita cualquier posibilidad de libertad sexual. Creatura es una película compleja, pero muy sensible. Una cinta que se erige como un puñetazo sobre la mesa, tanto en lo que cuenta y en cómo lo hace, sin caer en espacios trillados y subrayados inútiles, sino todo lo contrario, porque en la película se respira una atmósfera inquietante, donde el deseo y el sexo y el cuerpo sufren, andan cabizbajos y con miedo. 

Un grandísimo trabajo de cinematografía de Alana Mejía González, que ya nos encantó en las recientes Mantícora, de Carlos Vermut y Secaderos, de Rocío Mesa, en la que consigue esa distancia necesaria para contar lo que sucede sin invadir y malmeter, mirando el relato, con su textura y tacto, con su dificultad y conflictos que no son pocos. El preciso, rítmico y formidable montaje de Ariadna Ribas, en una película que se va casi a las dos horas de metraje, y además, es incómoda y atrevida porque indaga temas tabúes como el sexo, y su forma de hacerlo tan de verdad e íntima, a través de tres tiempos de la vida de la protagonista, y lo hace a partir de tres miradas diferentes, tres actrices que van decreciendo, en un fascinante viaje al pasado y mucho más, ya que la película va reculando en su intenso viaje hasta llegar al origen del problema. Resultan fundamentales en una película donde lo sonoro es tan importante en lo que se cuenta, con la excelente música de Clara Aguilar, a la que conocemos por sus trabajos en Suro y en la serie Selftape, porque ayuda a esclarecer muchos de los aspectos que se tocan en la película, y no menos el trabajazo en el apartado de sonido con el trío Leo Dolgan (que también estaba en la citada Suro, Armugán, Panteres y Suc de síndria, entre otros), Laia Casanovas, con más de 80 trabajos a sus espaldas, y Oriol Donat, con medio centenar de películas, construyen un elaborado sonido que nos hace participar de una forma muy fuerte en la película. 

Una directora que también es actriz sabe muy bien qué tipo de intérpretes necesita para conformar un reparto que dará vida a unos individuos que deben enfrentarse a momentos nada fáciles. Tenemos a Oriol Pla, que nunca está mal este actor, por cómo mira, cómo siente y cómo se mueve en el cuadro, da vida a Marcel, el novio de Mila a los 30, que aunque se muestra comprensible siempre hay algo que le impide acercarse más, el mismo conflicto interno manifiesta Gerard, el padre de Mila, que interpreta Alex Brendemühl. Dos hombres en la vida de Mila, que están cerca y lejos a la vez. Diana, la mamá de la protagonista es Clara Segura, una actriz portentosa que actúa como esa madre rígida y sobreprotectora que no escucha los deseos de su hija. Carla Linares, que ya estuvo tanto en Les amigues de l’Àgata como en Júlia ist, y Marc Cartanyà son los padres de Mila cuando tiene 5 años. Un personaje como el de Mila, dividido en tres partes muy importantes de su vida, tres tiempos y tres edades que hacen la niña Mila Borràs a los 5 años, después nos encontramos con Clàudia Malagelada a los 15, una actriz que nos encantó en La maternal, desprende una mirada que quita el sentido, descubriendo un mundo atrayente y desconocido, que se topará con esos chicos que sólo quieren su placer, obviando el placer femenino, y con unos padres que van de libres y en realidad, mantienen las mismas estructuras de represión que sus antecesores. 

Finalmente, Elena Martín Gimeno, al igual que sucedió en Júlia ist, también se mete en la piel de su protagonista, en otro viaje amargo y difícil, componinedo una Mila magnífica, porque sabemos que tiene, de dónde viene y en qué momento interior y exterior se encuentra, en un viaje sin fondo y en soledad, que deberá afrontar para disfrutar de su deseo, de su sexo y su placer. Creatura  está más cerca del terror que de otra cosa, un terror del cuerpo, que lo emparenta con Cronenberg, sin olvidarnos del universo de Bergman que tanto exploró en el dolor y sufrimiento femenino, y más cerca con películas como Thelma, de Joachim Trier, y Crudo, de Julia Ducournau, y el citado Suc de síndria, de Irene Moray, en el que se exploraba el viaje oscuro de una mujer que sufre un abuso y su posterior búsqueda del placer.  Nos alegramos que existan películas como Creatura, por su personalísima propuesta, por atreverse a sumergirse en terrenos como la confrontación entre el deseo, tu cuerpo y el sexo, a mirar todas esas cosas que nos ocurren y que conforman nuestro carácter y quiénes somos. No dejen de verla, porque seguro que les incomoda, porque no estamos acostumbrados a qué nos hablen desde ese espacio de libertad, desde esa intimidad, y tratando los temas que hay que tratar, porque también existen. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA