Lucas, de Álex Montoya

TODOS NECESITAMOS UN POCO DE CARIÑO.

“Es mucho más difícil juzgarse uno mismo que juzgar a los demás. Si logras juzgarte correctamente serás un verdadero sabio”.

Antoine de Saint-Exupéry

Durante el momento más crítico de la pandemia, la plataforma Filmin estrenó Asamblea (2019), la opera prima de Álex Montoya (Valencia, 1973), de formación arquitectura, pero de vocación cineasta, oficio con el que lleva batallándose desde 1999, en los que ha dirigido la friolera de 14 cortometrajes, con los que ha cosechado más de 170 reconocimientos por todo el mundo. Asamblea era una película sencilla y directa, llena de tensión y sobria, sobre el transcurso de la última reunión de propietarios antes del verano, filmada en una sola localización, con el tono de tragicomedia, entre los que destacan unos finísimos diálogos y el extraordinario reparto que estaban en un gran nivel con nombres como los de Francesc Garrido, Cristina Plazas, Nacho Fresneda, Marta Belenguer, entre otros. Ahora, cuando la pandemia empieza a darnos tregua, y después de su exitoso paso por el Festival de Málaga, Montoya estrena su segundo largo, Lucas, que nace de un cortometraje que rodó en el 2012, recuperando así la existencia trágica de un chaval que, después de una accidente donde ha muerto su padre y él ha salido cojo, se ve viviendo con una madre en su vida que pasa bastante de su hijo, que tiene que soportar burlas y la condescendencia de sus compañeros de instituto.

La existencia de Lucas cambia cuando conoce a Álvaro, un fotógrafo al que le gustan las niñas, que le propone unas fotos para hacerse un perfil falso en los chats. Lucas desesperado por tanta carencia, ya sea emocional como material, acepta la propuesta. El director valenciano ha construido una filmografía desde una mirada hacia la periferia de su tierra, donde abundan seres que pululan entre la falta, ya sea emocional o de otra índole, personas que buscan desesperadamente que los atiendan un poco, en ese sentido, el cine de Montoya se acerca mucho al cine de Fassbinder, colocando en el centro de todo a esas personas con muy poco que andan a la deriva en busca de algo de consuelo y amor, perdidos en un mundo demasiado en el “yo”, y nada en el “nosotros”. Lucas nos pone el foco en un adolescente perdido, metido en un duelo duro por el que se culpabiliza, y sin encontrar la comprensión de una madre que no quiere que la llame así. Álvaro es esa persona a la que nunca debería conocer Lucas, pero la persona menos recomendable a priori, se convierte en ese ser que lo escuchará, lo atenderá y sobre todo, lo protegerá, aunque sea con fines personales.

Montoya plantea una película sobre los prejuicios que mueven el mundo, y por los que nos guiamos la mayoría, juzgando a la ligera sin antes conocer, y conocer de forma profunda y de verdad, planteamientos similares manejaba la película El bola (2000), de Achero Mañas. Ahora, la cosa no va de malos tratos, sino de pedofilia, donde encontramos pinceladas de películas como Harold y Maude (1971), de Hal Ashby, y La flaqueza del bolchevique (2003), de Manuel Martín Cuenca, muy bien mezclado con los ambientes que proponían tanto Rosetta (1999), de los Dardenne, o Sweet Sixteen (2002), de Ken Loach, donde niños debían coger las riendas de su familia ante la imposibilidad de tener una vida “normal”. El director levantino vuelve a contar con cómplices que han ido en su viaje todos estos años, como los de Sergio Barrejón, coguionista que ya estuvo en Lucas, cuando fue un cortometraje, Jon D. Domínguez en la cinematografía y producción, Siddhartha Barnhoorn, en la música, y en la interpretación los fieles Jorge Cabrera, Irene Anula y Jordi Aguilar.

Lucas consigue conmovernos, hacernos reflexionar y sobre todo, nos posiciona en el lugar del otro, para que lo miremos de verdad, sin titubeos ni prejuicios, para que conozcamos al otro, de frente, mirándolo a la cara, encontrándonos con su humanidad. Un guion donde encontramos dos partes bien diferenciadas. La primera, totalmente urbana, donde se refleja el agobio y la tensión que sufre Lucas en ese entorno asfixiante, y aparece Álvaro, casi como una especie de ángel de la guarda, que lo sacará de ese momento, y lo llevará fuera, donde arrancará la segunda parte, completamente desarrollada en los márgenes de la ciudad, en una casa frente a los arrozales y alejada de todos. Montoya ha construido una película transparente, de esas que calan muy hondo, que nos plantea como pensamos y como juzgamos, y nos coloca en el corazón de un relato que tiene mucho de nosotros y de los otros, bajo el rostro de dos personas que deben de esconderse de los demás, porque su “verdad”, aquello que ocultan, es demasiado doloroso para los demás, y deben alejarse para volver a sentirse personas, echando sus demonios interiores e intentando seguir adelante con mucha menos carga culpabilizadora.

Si su parte técnica destaca por su arrojo, transparencia, intimidad, y fisicidad, por la gran capacidad de sacar lo máximo con lo mínimo, donde lo urbano se convierte en un laberinto donde Lucas es obligado a estar. Aunque es en el apartado artístico donde la película arroja sus mejores y más brillantes momentos es en su magnífico trabajo interpretativo de todo su elenco, arrancando con Jorge Motos que da vida al desdichado Lucas, Jorge Cabrera, fogueada en mil personajes, tiene aquí su gran oportunidad con Álvaro, que maneja a las mil solturas y lo convierte en un tipo atormentado que debe huir para ser él mismo. Jordi Aguilar, que ya estuvo en Asamblea, vuelve al universo Montoya con Manu, el novio de Irene, que hace Irene Anula, la madre del chico, por decir algo. Lucas es ante todo una historia muy bien contada, la cámara se coloca donde toca, y sobre todo, sus intérpretes dan vida, y transmiten con claridad y logran componer unos personajes humanos, complejos y llenos de oscuridades, que andan a la espera de encontrarse con un poco de cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El silencio del pantano, de Marc Vigil

LAS MISERIAS DEL PODER.

“Valencia nunca ha sido una ciudad marítima. Es una urbe fluvial construida sobre un descomunal pantano. Y que el pantano ya no se vea no quiere decir que haya desaparecido. La única diferencia es que está más abajo. Sigue dando su fango para hacer ladrillos con los que construir edificios junto al mar, parques temáticos, complejos culturales y, al final, la ruina y el sonrojo. Es un cenagal que abona la codicia, el orgullo o el odio, para que florezcan la envidia, el rencor, la violencia y la muerte”.

La serie Crematorio (2011) de los hermanos Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo, partía de la novela homónima de Rafael Chirbes, para trazar un relato intenso y magnífico sobre las oscuras relaciones entre la política y la corrupción en un lugar ficticio de la Comunidad Valenciana, en el que quedaba demsotraba que el thriller era el mejor vehículo para desarrollar tramas sobre tantas miserias y violencias, erigiéndose en la primera obra de ficción en fijar su mirada en ese lugar endémico de corrupción. Unos años atrás, Enrique Urbizu con La caja 507, ya se había centrado en las relaciones fangosas entre política, terrenos y corrupción.

En el 2018, curiosamente se estrenaron dos cintas que abarcaban de manera directa y extraordinaria las conexiones entre política y corrupción en tierras valencianas a través de El desentierro, de Nacho Ruipérez y El reino, de Rodrigo Sorogoyen, dos muestras muy interesantes de la amalgama de poder, mentiras y corrupción de cierto partido político, de sobra conocido por todos,  en la zona valenciana. Partiendo de estas premisas, y basándose en la novela homónima de Juanjo Braulio, y un guión escrito por Carlos de Pando y Sara Antuña (ambos con amplia trayectoria en series) convertidos  en los elementos que se hace servir para su puesta de largo Marc Vigil (Avilés, 1975) creador consumado que lleva 15 años dirigiendo series como Siete vidas, Aída, Águila Roja o El ministerio del tiempo, entre otras. El director asturiano nos presenta a Q, un escritor de éxito que está enfrascado en la escritura de su tercera novela de crímenes y las conexiones que se irán produciendo con la trama corrupta.

El guión plantea que la trama ficticia de la novela se confunda y mezcle con la real, en la que el personaje de la novela secuestra a un político, ahora convertido en respetado profesor pero con pasado turbio de consejero de la Generalitat en el que, entre otras cosas, lavaba dinero negro venido del narcotráfico. Secuestro inesperado que alterará a todos los personajes en cuestión, una circunstancia que hace saltar las alarmas al gobierno de ahora, compañeros de partido que necesitan que todo ese pasado oscuro siga enterrado para que no los incrimine, pero para salvaguardarse las espaldas, moverán a La Puri, una gitana jefa del clan de la droga a través de un bar del Cabanyal, y está, a su vez, pondrá en acción a Falconetti (nombre que muchos recordarán como el siniestro villano de la mítica serie Hombre rico, hombre pobre) un gitano duro y violento que no se anda con hostias.

Vigil maneja muy bien un guión lleno de secretos, grandes giros de guión y una trama interesante, que va creciendo con sigilo y laberíntica, con esos personajes de toda índole que, a todos les une esa desmesurada ambición que los llevará a cometer los actos más viles y canallas. Por un lado, gentes con traje que dirigen el poder, empresarios y políticos, y por el otro, gentuza de la peor calaña que maneja los hilos de la droga en los barrios más deprimidos. Frente a ellos Q, ese enigmático escritor que parece llevar muy lejos su oficio e involucrarse demasiado en sus tramas. Quizás es esa parte la menos atractiva de la película, la trama del escritor, que sin ella, la película funcionará igual de bien, bien apoyada en la búsqueda incesante y maligna del tal Falconetti por dar con el empresario desaparecido, que no tiene fin, que cada vez va a más, sin camino de retorno, utilizando esa violencia seca, durísima y brutal para conseguir sus objetivos siniestros. Vigil comparte este viaje de su primer largometraje con algunos de sus colaboradores más fieles en el medio televisivo, desde los guionistas, hasta la luz de Isaac Vila, la edición de Josu Martínez, el sonido de Sergio Bürmann, y la incorporación a este equipo de la música de Zeltia Montes, que después de su grandioso trabajo en Adiós, de Paco Cabezas, sigue en el thriller asfixiante, muy negro y humano.

El silencio del pantano es un intenso y trágico descenso a los infiernos, jugando muy bien sus bazas, no da más de lo que pretende, y se centra en contarnos un relato lleno de poderes, miserias y terror en que la corrupción se ha convertido desgraciadamente en el mal endémico con el que se identifica el país. La película consigue una atmósfera y una ambientación digna de los grandes títulos del género como aquellos que se produjeron en EE.UU. durante la gloriosa década de los setenta, donde se daba buena cuenta de la sociedad y la política a través de los putrefactos tejemanejes del poder. La película de Vigil entra de lleno en los grandes títulos del cine español de los últimos años en el terreno noir, por su trama y aliento, bruto y violento, agrupando un excelente reparto encabezado por un digno Pedro Alonso como el escritor oscuro, el convincente José Ángel Egido como político corrupto, la inmensa Carmina Barrios como La Puri, los jóvenes Zaida Romero (vista en Carmen y Lola) y Àlex Monner, como patas de la gitana matriarca, y por último, un  extraordinario Nacho Fresneda dando vida a ese Falconetti, con esa cicatriz que el cruza la cara que ya lo define como lo que es, alguien violento y sin escrúpulos, brazo ejecutor de esta maraña de poderes en la sombra, siendo el gran acierto del reparto, un actor de raza y sangre capaz de hacerse con cualquier personaje. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Amar, de Esteban Crespo

MI CORAZÓN ES TUYO.

La película se inicia con una luz cegadora que nos deja entrever a un chico y una chica, con sus cabezas pegadas, mientras escuchamos, entre susurros, todo aquello que se dicen: palabras llenas de amor, de un amor fuerte, intenso, pasional, loco, todo el amor que cabe en la primera vez, en ese primer sentimiento arrebatador, en el que ya no somos nosotros, somos otro, somos ese que tenemos delante, ese que nos ha robado el alma. A continuación, la pareja practica sexo anal, introduciéndole ella un pene de plástico a él, filmado de manera naturalista, huyendo de lo explícito, pero sumergiéndonos en esa maraña de excitación, piel y sexo. Esteban Crespo (Madrid, 1971) debuta en el largo, después de una larga trayectoria en televisión realizando documentales, amén de un filmografía en el cortometraje que culminó con Aquel no era yo (2012) una pieza sobre niños soldado en África que le valió números galardones, encumbrándolo con una nominación a los Oscar. Crespo nos habla de Laura y Carlos, una pareja de jóvenes que se ama, un amor desaforado, muy intenso, en el que se demuestran su amor constantemente, viven el uno para el otro, quizás demasiado, ese amor que se vive sin medida, sin pensar en el mañana, es el aquí y el ahora, no hay nada más.

Un amor que choca con la actitud paternal (que Crespo retrata aturdida y llena de mentiras, y falsedades, unos, los de ella, y otros, los de él, regidos por las formas) ella, 17 años, todavía en el instituto, de padres separados, vive con su madre y su nueva pareja, ya no están tan unidas como lo estaban en el pueblo, ahora parecen dos desconocidas y se sienten muy alejadas. Él, de familia tradicional, ha empezado derecho, aunque quiere hacer Bellas Artes, pero anda perdido, sin muy bien qué hacer. Crespo coge a sus dos criaturas en una época de tránsito, en ese tiempo en el que dejan la infancia, el tiempo acomodadizo, y entran en otro, desconocido y lleno de incertidumbre, en el que deberán hacerse adultos, tomar sus propias decisiones y caminar por si solos, esa transición, llena de posibilidades, pero también de oscuridad, un tiempo en el que la adolescencia se vive al límite, donde la eternidad dura un suspiro, donde ir al insti, salir con los amigos, beber, fumar, o los primeros contactos sexuales definen el tiempo que vivimos, ese tiempo nuestro, donde todavía brilla el sol, donde todavía no nos hemos convertido en adultos, en las que las vidas rutinarias y vacías han llenado nuestra existencias.

Crespo nos sitúa en Valencia, en sus barrios, en sus polígonos de fiesta, en espacios urbanos cerrados, angostos, casi sin aire, como el amor intenso y brutal que viven sus protagonistas, filmándolos desde la intimidad, con la cámara encima de ellos, casi sin dejarles respirar, siguiéndolos a todas partes, descubriéndonos cada aliento que emanan, cada poro de sus pieles, cada susurro, cada gota de sudor, envolviéndonos en ese maremágnum de pasiones, de locura, con esas emociones y sentimientos desbocados, sin control, a velocidad de crucero, a tumba abierta, un viaje al vértigo del amor, cuando todavía somos inocentes, cuando todavía los intereses económicos y la sociedad no nos ha contaminado del todo, cuando todavía creemos en el amor romántico, sincero y pasional. Quizás ese amor vivido sin mesura, en el que nada ni nadie existe, los lleva a separarse, a distanciarse, a agobiarse de lo que sienten, a no entender que el amor que viven los está llevando demasiado lejos a no saben adónde, a un lugar en el que todavía nos están preparados, porque todavía les falta tiempo para vivir, tiempo para saber quiénes son, sobre todo, tiempo para amar.

Crespo disecciona su película en dos mitades, en la primera, asistimos al amor, al enamoramiento, lleno de pasión, en el que el sexo, que se vive a escondidas (sutil y concisos los planos a través del ascensor que sube y baja, metáfora de las propias pulsiones emocionales que vive la pareja) está retratado de forma natural, abriendo cada pliegue de la piel, de la sensualidad de los cuerpos en movimiento, filmado desde la sobriedad, en el que el amor y el sexo forman uno, mezclándose en una simbiosis perfecta. En la segunda mitad, Crespo nos remite al desamor, esa intensidad al límite los separa, viven sus no vidas separados, echándose de menos, intentando probar otras pieles, otros sexos, pero quizás lo que sienten es muy fuerte, muy profundo, y es en ese tiempo en el que deberán conocerse más a sí mismos y descubrir sus verdaderos sentimientos. María Pedraza (de vocación bailarina e instagramer) y Pol Monen (en pequeños papeles hasta la fecha), debutan en el protagonismo cinematográfico componiendo la maravillosa pareja protagonista (amén de las grandes aportaciones de la brillante Greta Fernández, y los adultos, con Natalia Tena y demás) una pareja llena de naturalidad, alegría, vitalidad y pasión ayuda a componer un retrato sincero y honesto sobre el (des)amor adolescente, y esa sensación indescriptible de la primera vez, de experimentar sentimientos honestos, pero también frágiles, que nos invaden y nos convierten en otros, en alguien que jamás habríamos imaginado que pudiese existir.