Pinocho, de Matteo Garrone

EL MUÑECO DE MADERA QUE QUERÍA SER UN NIÑO.

(…) Y aunque Pinocho era un muchacho de natural muy alegre, se puso también triste; porque cuando la miseria es grande y verdadera, hasta los mismos niños la comprenden y la sienten.

(Fragmento extraído de Pinocchio, de Carlo Collodi)

Millones de niños en todo el mundo, y aquellos que fuimos niños alguna vez, conocemos la historia de Pinocho (1881-2), de Carlo Collodi, a través de la película de Disney de 1940. Un relato que iluminaba y embellecía las partes más oscuras del cuento. Ninguno de nosotros, conocía la historia real, y como suele ocurrir, tiene poco que ver con la adaptación estadounidense animada. El cineasta Matteo Garrone (Roma, Italia, 1968), que saltó a la fama con la magnífica Gomorra (2008), basada en el libro de Roberto Saviano, donde explicaba con crudo realismo y cotidianidad, la existencia de los verdugos y víctimas de la mafia napolitana. Antes, el director italiano había realizado películas interesantes sobre los habitantes de la periferia romana como inmigrantes, en Terra di mezzo (1996) y Ospiti (1998), y la tragicómica Verano romano (2000), luego se instaló en el cuento de hadas oscuro y claustrofóbico en El taxidermista (2002) y Primer amor (2003), con El cuento de los cuentos (2015), adaptaba los cuentos de cortos de Giambattista Basile, autor del siglo XVII. Con Dogman (2018), volvía al realismo social, en una fábula moderna sobre la valentía.

En Pinocho, Garrone, mostrándose fiel al original, y en una historia de acción real, con un guión que coescribe con Misino Cecherini, nos sumerge en un universo onírico, barroco, sensible, muy oscuro y terrorífico, donde vuelve a un realismo cruel y durísimo, la Toscana rural de finales del XIX, como atestigua la secuencia que abre la película, con un Geppetto hambriento y sin trabajo, que intenta por todos los medios convencer al tabernero de la rehabilitación de su inmobiliario. La narración muestra dos mundos. En uno, Pinocho, el muñeco de madera, a pesar de su aspecto, es tratado como uno más. En el otro, fabulesco, donde los animales adoptan aspectos y actitudes humanas, el muñeco descubre el mundo real, en el que su ímpetu, liberación, egoísmo y mentiras, se convertirán en su mayor enemigo, y las consecuencias de sus actos serán terriblemente castigados, como el crecimiento de su nariz cuando miente, que acaba siendo una secuencia muy divertida y jocosa. Pinocho conocerá en su periplo, personajes de toda índole, algunos querrán engañarlo, otros lo engañarán, unos querrán juzgarlo, y otros, lo ayudarán y le reprenderán como la Hada, incluso algunos querrán enterrarlo.

Las aventuras y peripecias de toda clase que vivirá el muñeco de madera son realmente fascinantes e hipnóticas, llevándonos de un lugar a otro, caminando por esos campos y caminos, revelándonos aspectos de la personalidad del muñeco que debe cambiar, y mostrándonos muchos mundos dentro de este. Pinocho se muestra individualista, alguien que desea jugar y reírse y no ir a la escuela, alguien que no obedece, que se escaquea de sus deberes y obligaciones y opta por la mentira, como forma para hacer las cosas a su antojo y huir de la escuela, como los consejos que desoye del grillo,  y luego, se verá inmerso en las terribles consecuencias que le llevan sus acciones individualistas y egoístas. El espectacular y brillantísimo diseño de producción de la película, obra de Mark Coulier, en el diseño de los personajes y la caracterización, y los efectos visuales, obra del estudio One of Us, encabezado por Rachael Penfold, la excelente partitura de un músico reconocido como Dario Marianelli, el montaje de Marco Spoletini (habitual de Garrone) y la luz del cinematógrafo Nicolai Brüel, responsable también de Dogman.

La película hace gala de una gran sabiduría cinematográfica, aunando espectacularidad con artesanía, donde hay espacio para el realismo social y el cuento de hadas, mezclándonos aspectos de unos y otros, como el zorro y el gato de la obra, ahora convertidos en malhechores sin escrúpulos, el circo de marionetas, una especie de carromato propio de las películas de Fellini, donde los títeres son una hermandad que nos recuerda a los Freaks, de Browning, el castillo decadente de la Hada, como ese lugar oscuro y mágico a la vez, donde todas las cosas cambian según el comportamiento de Pinocho, la idea de la responsabilidad y el trabajo del muñeco para ayudar a su padre, o el carromato del señor que recoge niños con la ilusión de jugar, que oculta a un señor con fines terroríficos, que recuerda al aroma que se respiraba en Hansel y Gretel, de los Grimm, o el famoso interior de la ballena, convertido en una especie de mito de “La caverna”, de Platón, y la idea que ronda a toda la película, donde Pinocho, nos recuerda al monstruo de Frankenstein, de Mary Shelley, un ser de otro mundo, que debe relacionarse en una sociedad donde existe la maldad, la violencia y la mentira, en pos a una humanidad e inocencia, que irremediablemente, chocan contra esos infaustos valores.

El relato se cuenta con pausa y elegancia, no hay argucias argumentales ni elementos que no casen con el contenido, todo se mueve en pos a lo que se cuenta y se intenta que se cuente de la mejor forma, extrayendo un relato de aventuras cotidianas, donde siempre encontramos el reflejo en la sociedad, donde cada acto tiene nefastas consecuencias para Pinocho, un muñeco de madera que desencaja en un mundo demasiado mercantilizado, miserable y lleno de gentuza que se aprovecha constantemente de la buena fe del prójimo, donde hay muchos instantes de puro terror, donde la fantasía se vuelve siniestra y los personajes se envuelven en la falsa moral para agredir a Pinocho. Garrone ha construido una película fascinante y llena de verdades, que funciona como un espejo donde emergen las realidades sociales más miserables, tanto física como anímicamente, en la que Pinocho se convierto en el centro de las enseñanzas que debe y necesita aprender cuanto antes, escuchando a aquellos que quieren ayudarlo, y sobre todo, compartiendo con los demás, convirtiéndose en aquello con lo que sueña, dejar de ser un muñeco de madera para convertirse en un niño de carne y hueso, no como los demás, sino mejor que los demás, conociendo el amor, siendo capaz de ser él mismo, sin olvidarse de los demás, sobre todo, de Geppetto (un sobrio y comedido Roberto Benigni), convertido en su “padre”, y lo más importante, que no hay necesidad de mentir, y si de ser valiente con la verdad y lo que somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a David Ilundain

Entrevista a David Ilundain, director de la película “Uno para todos”, en un banco de Diagonal en Barcelona, el jueves 17 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Ilundain, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Uno para todos, de David Ilundain

CONSTRUIR PERSONAS.

“Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz, la gente educa para la competencia y es el principio de cualquier guerra. Cuando eduquemos para cooperar y ser solidarios unos con otros, ese día estaremos educando para la paz”

María Montessori

El director David Ilundain (Pamplona, 1975), ya había demostrado sus excelentes dotes como cineasta en B (2015), esa “B”, que hacía ilusión a Bárcenas, el ex tesorero del PP. Basada en la obra teatral homónima de Jordi Casanovas, era una película austera y sencilla, que nos encerraba en una sala de juzgados, donde a modo de interrogatorio el citado Bárcenas respondía al juez Ruz, en un grandísimo thriller político que destapa las desvergüenzas y miserias del PP. Cinco años más tarde, se estrena Uno para todos, su segundo trabajo tras las cámaras. Una película que sigue la senda de la austeridad y sencillez, la sala de juzgados deja paso a otro recinto cerrado, el aula de un instituto en uno de esos pueblos de la llamada España vaciada. A ese lugar, llega Aleix, un profesor interino, en mitad de la noche, como uno de esos vaqueros que llegaban a pueblos aparentemente vacíos y sin nada que temer. A la mañana siguiente, empieza con su clase, un grupo de 18 chavales entre 11 y 12 años, y se topará con el primer conflicto, uno de ellos, se encuentra enfermo de cáncer, al que visitará con frecuencia.

Basado en un hecho real que originó la película, que se construyó con un guión sobrio y cercano que firman Coral Cruz (que la conocemos por ser la guionista de Villaronga o Fernando Franco, entre otros), y Valentina Viso (que está detrás de las historias de Mar Coll, Elena Trapé o Nely Reguera), que nos cuenta un curso escolar, y no solo se centra en la educación y sus métodos, sino que nos habla de otros temas que también se dan en la educación, como el acoso entre compañeros, la gestión de conflictos humanos, la implicación personal más allá de las aulas, la convivencia entre unos y otros, la integración de los que más lo necesitan, encontrar el equilibrio entre educar y ayudar a niños con dificultades, conflictos con los que se encontraba Daniel Lefebvre, el director de la escuela de la maravillosa Hoy empieza todo (1999), de Bertrand Tavernier. Ilundain crea ese ambiente escolar a partir de pocos elementos, pero muy reconocidos, filmando en un instituto real, con esa cámara cercan y movible, que sabe captar la pulsión emocional que se vive en el interior de la aula, con esa luz naturalista e íntima creada por Bet Rourich (responsable de Jean-François y el sentido de la vida o Los chicos del puerto).

El ágil y estupendo montaje, que firman Elena Ruiz (que podemos encontrar nombres como los de Medem, Mar Coll, coixet o Bayona, en su filmografía), y Ana Charte (en films de género como Vulcania y El año de la plaga) que nos conduce con decisión por el interior del instituto, dosificando bien la información y tratando los conflictos con tacto, y la sutileza y sensibilidad música de Zeltia Montes (que la hemos podido escuchar en las recientes Adiós y El silencio del pantano). Ilundain vuelve a sumergirnos en un tour de force, protagonizado por el profe y sus alumnos, magnífico y lleno de situaciones fuertes y llenas de tensión, donde tanto uno como ellos, deberán dialogar, enfrentarse y llegar a acuerdos, a través del respeto, la cooperación y sobre todo, el apoyo mutuo y al fraternidad. Estamos frente a personajes de carne y hueso, muy cercanos, personas como nosotros, con sus miedos e inseguridades, con esas zonas oscuras a las que todavía no se han enfrentado, encauzando con criterio e inteligencia la dicotomía que sufre Aleix, el profe que debe lidiar con las emociones y conflictos pre adolescentes de la clase, con todo aquello que ocultan, con las suyas propias, las heridas emocionales que sufre con su pasado, la interinidad de su trabajo, de aquí para ella, una especie de náufrago, que va y viene, con sus dificultades para adaptarse al mundo rural, a hacer amigos, a tener un lugar donde quedarse.

La capacidad y el buen hacer de un actor como David Verdaguer, en la piel del profe Aleix, una especie de Shane (1953), de George Stevens, el tipo desconocido que llega al pueblo y percibe todo el aliento de mentiras y problemas que existen. Verdaguer consigue crear esa atmósfera de tú a tú con sus alumnos, tratándolos como personas y escuchando todo aquello que se cuece en esa clase, que nos es moco de pavo, gestionando todos esos conflictos emocionales que existen, e intentando construir personas y construirse a él mismo, como reza la frase que acompaña al cartel de la película: “Un profesor te puede cambiar la vida. Un alumno, también”. Bien acompañado por sus alumnos, todos ellos debutantes, que interpretan con naturalidad y cercanía, creando ese viaje íntimo y personal que se crea entre profe y alumnos en este curso escolar, que no solo aprenderán conocimientos, sino que crecerán como personas mirando de frente a los problemas sociales y personales que existen en la clase.

Bien acompañado por una Ana Labordeta como directora del instituto, Calara Segura como la madre del alumno enfermo, y la aparición de Miguel ángel Tirado (el popular “Marianico el corto”), en un personaje con entrañas, y Patricia López Arnaiz, la profe de refuerzo que visita al alumno enfermo de cáncer, con la que tratará y se genera una amistad cercana, con sus más y sus menos, claro está, en las que se confrontarán como un espejo deformador donde veremos la realidad que también oculta Aleix, que debe lidiar con conflictos a los que no está preparado, y que van más allá de impartir sus clases. Tiene la película de Ilundain ese aroma que tenía Veinticuatro ojos (1954), de Keisuke Kinoshita, en la que también, una maestra de la ciudad, llegaba a una escuela rural y su modernidad en sus métodos de enseñanza, la llevaban a entrar en conflicto con la comunidad rural. El director navarro ha creado una película pedagógica en todos los sentidos, una hermosísima lección de humanismo, donde tanto profes como alumnos, no solo pasarán un curso que no olvidarán, sino que saldrán transformados, y esa es la función más humanista que la enseñanza puede hacer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un diván en Túnez, de Manele Labidi

LA CONSULTA DE SELMA.

“Burocracia es el arte de convertir lo fácil en difícil por medio de lo inútil”

Carlos Castillo Peraza

Si hay algún elemento inconfundible que define el universo berlanguiano, ese no es otro que, el enfrentamiento desigual entre el corriente ciudadano y la burocracia, o más bien, deberíamos decir, el sometimiento del honrado y humilde ciudadano ante una burocracia partidista, compleja, jerárquica y triste, propia de un país quebrado política y socialmente hablando, que se cae en pedazos, un país sumido en el caos, y sobre todo, un país que oprime legalmente a sus ciudadanos, obligándolos, en la mayoría de casos, al exilio o a los designios de un estado dictatorial. Muchas de esas pautas sigue Un diván en Túnez, opera prima de Manele Labidi, franco-tunecina de 1982, a partir de experiencias personales, construye el personaje de Selma, tunecina de nacimiento y exiliada a Francia, como ella, junto a sus padres a los cinco años, y ahora, adulta, vuelve a su tierra con la intención de empezar de nuevo, y abre una consulta de psicoanálisis en la buhardilla donde reside, junto a su tío y su familia, en uno de los suburbios más populares de la capital tunecina.

Selma aterriza en Túnez sumido en el caos y en el desconcierto, saliendo de tres décadas de dictadura, mientras recoge sus pedazos. Un país que ha emprendido un viaje de incertidumbre y reconstrucción, en una especie de camino introspectivo en el que todavía la población anda buscándose y no para de hablar, tras años en silencio impuesto, en un país que todavía recoge las miserias de los años del plomo, y a la vez, comienza a entender que la libertad recién estrenada, no será nada fácil y rápida. Selma empieza a tener clientes, parece que la gente tiene ganas de expresar aquello que le preocupa, aquello que ha callado tantos años, aquello que no entiende de sí mismo, y sobre todo, entender ese futuro incierto todavía oscuro de su más ferviente cotidianidad. Pero he aquí la cuestión, el estado tradicionalista, no ve con buenos ojos la iniciativa, que se sale completamente de las tradiciones del país, y se descuelga, exigiéndole un permiso especial para continuar con su consulta, una serie de trámites sin fin, extraordinariamente arduos de conseguir,  que sacarán de quicio a Selma y la llevarán a replantearse su vida en Túnez.

Labidi nos habla de la situación política, económica, social y cultural en un Túnez después de la revolución de primavera del 2011, donde la gente ha despertado y empieza a buscar y buscarse, y que mejor contexto que el psicoanálisis, y lo hace vistiendo de comedia, eso sí, una comedia disparatada y febril, donde aparte de Selma, tenemos a los personajes más variopintos que dan el reflejo emocional de un país a la deriva, pero lleno de vitalidad y fuerza, arrancando con su peculiar familia, un tío, un alcohólico amargado y derrotado, de buen corazón que, insta a su hija para que estudie, su mujer, la guardiana de la casa y llena de energía, la hija, una rebelde sin causa que hace lo imposible para salir de Túnez y emigrar a Francia, también, tenemos a un vecino, imam religioso, deprimido por el abandono de su esposa, un policía, que vale para todo, desde un control de alcoholemia, sin aparato, hasta cualquier incidente, al que le atrae Selma, una funcionaria peculiar, que debido a la crisis, vende cualquier producto de contrabando a las mujeres, y la retahíla de pacientes, desde el obsesionado que se cree espiado por los servicios secretos, el panadero, en busca de su identidad, la peluquera cincuentona que está muy perdida, o la señora que busca recetas y medicinas…

Personajes todos ellos definidos y complejos, con sus pequeñas o grandes alegrías y tristezas, que huyen de la caricatura y de de la superficialidad, dotando al relato de interés y profundidad, llevados por las ansias de libertad del país, pero arrastrados por un país religioso y tradicional, que nos recuerdan a los que pululaban por las comedias italianas como La ladrona, su padre y el taxista, de Blasetti o Matrimonio a la italiana, de De Sica, o las comedias negras de Berlanga-Azcona, con sus Plácidos, José Luis o Canivells, todos ellos pobres diablos metidos, a su pesar, en un país de pandereta y burrocracia.  Personajes bien retratados e iluminados por esa luz mediterránea obra del cinematógrafo Laurent Brunet (que ha trabajado con nombres tan importantes como Amos Gitai, Martin Provost, Christophe Honoré y Karin Albou, entre otros), y la energía necesaria con el exquisito montaje de Yorgos Lamprinos (con películas como Custodia compartida, de Xavier Legrand, en su haber), dotan a la narración de esa dicotomía que reina toda la historia, entre la tradición y modernidad en la que se mueven los personajes, en una especie de limbo, tanto personal como emocional, y del país en el que se encuentran, todas esas personas que van y vienen por un país sumido en múltiples cambios que todavía arrastra un pasado atroz y difícil de olvidar.

Destaca el maravilloso reparto lleno de rostros tunecinos conocidos como los de Majd Mastoura como el policía (ganador del Oso de Plata por la película Hedi, de Mohamed Ben Attia), o los de Hichem Yacoubi como el panadero (intérprete que hemos visto en películas tan importantes como Un profeta, de Jacques Audiard), entre muchos otros, que destilan naturalidad, comicidad y complejidad, juntos a la grandísima presencia de Golshifteh Farahani, convertida en la actriz iraní más internacional, dando vida a una mujer que vuelve a su pasado y se reencontrará con demasiadas huellas que creía olvidadas. Selma es una mujer inquieta, solitaria, taciturna e independiente. Una especie de rara avis en ese Túnez, generalmente hablando, que no está casada, no tiene hijos y siempre tiene el cigarrillo en la comisura de los labios. Una alma libre, decidida y transparente, pero también, llena de miedos, inseguridades y vacía, cuando tropieza con ese estado que pretende imponerse a cualquier avance liberador, un estado incapaz de ver los cambios sociales, y agarrado a ese pasado turbio y oscuro, donde los sueños de Selma se obstaculizan continuamente, demandando inútiles documentos que no sirven de nada, solo para controlar y deshacer los sueños de una población ávida de luz y libertad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El glorioso caos de la vida, de Shannon Murphy

MILLA ESTÁ LOCAMENTE ENAMORADA.

¿Por qué contentarnos con vivir a rastras cuando sentimos el anhelo de volar?

Hellen Keller

Milla tiene 15 años y está enferma de cáncer. Pero, un día, mientras Milla espera el tren con dirección al colegio femenino, se tropieza con Moses, un pandillero que vende drogas, y se enamora perdidamente de él. Los padres de Milla, Henry, psiquiatra adicto a las pastillas, igual que su esposa, Anna, diagnosticada como enferma mental, no ven con buenos ojos la relación, aunque poco a poco, Moses acaba introduciéndose en el seno familiar. A simple vista, El glorioso caos de la vida, Babyteeth (“Dientes de leche”, en su título original) tiene el tono y el marco de ese cine independiente estadounidense capaz de hablar de cualquier tema que se proponga, por muy duro que éste sea, como hacia Van Sant en Restless (2011) donde también se retrataba la historia de amor de una enferma terminal y un chico que le encanta asistir a funerales. La directora australiana Shannon Murphy, debutante en el largometraje, después de despuntar con cortometrajes, se basa en una obra de Rita Kalnejais, autora del guión, y dota a su relato de un tono diferente a la película de Van Sant, sumergiéndonos en una comedia gamberra e irreverente, pero que conmueve y explica cosas, en la que nos introducimos en una familia completamente disfuncional, de la que conocemos sus pequeñas y grandes miserias cotidianas.

La llegada de Moses, que aparentemente parece el más inadaptado, se convertirá en una especie de testigo, como lo era el joven de Teorema, de Pasolini, de esa familia extraña, compleja y nada común. La película tiene la sabiduría y la sensibilidad para hablarnos de enfermedad y amor en la misma frase, de sacudirnos con un tema serio como el cáncer y su cotidianidad, y a la vez, transformarse en una comedia ácida y crítica, sacarnos una risa cuando todo indicaba que debíamos encogernos el corazón. Kalnejais ya alcanzó un notable éxito cuando la obra se representó en las tablas, con ese aire mordaz y negrísimo en la forma de tratar el drama de la enfermedad, bien adaptado en el cine, con esos rótulos que nos van avanzando el contenido de los diferentes y breves capítulos, así como sus gratificantes momentos musicales llenos de vida, amor y subidón, o las rupturas de la cuarta pared, ingeniosas y estupendas, que nos interpelan constantemente, así como la excelente y dinámica luz de la película, obra de un experimentado cinematógrafo como Andrew Commis, con esa cámara en mano que sabe capturar la alocada e inquieta cotidianidad de los Finley en su entorno y sus relaciones.

Una obra rompedora, acogedora y llena de luz, unas veces cómica y otras, amarga, protagonizada por Milla, una niña que despierta a la vida y de paso, ha de enfrentarse a la muerte, en esa especial y complicada dicotomía se mueve la historia, mezclando esos dos conceptos de forma admirable y conmovedora, como esa maravillosa cena cuando Moses acude por primera vez a la casa de los Finley, o ese arranque cuando nos presentan a los padres en terapia y se disponen a follar, y son interrumpidos por una llamada, o ese otro cuando Milla y Moses se conocen en la estación, y así casi toda la película, conjugando de forma extraordinaria esos momentos tan cotidianos con las diferentes realidades en la que están inmersos cada personaje, sin olvidarnos de los dos personajes más secundarios como Gidon, ese músico filósofo que enseña violín a Milla, o Toby, la vecina embarazada tan rara y tan parecida a los Finley, que podría ser una hermana o cuñada muy cercana.

Y qué decir del fantástico espacio donde está rodada la película, esa calle llena de casas con garaje, jardín y piscina en uno de los barrios residenciales de Sidney, un personaje más, como el interior de la casa de los Finley, con sus grandes cristaleras, su espacioso y frío comedor, o esa piscina que solo usa el invitado. Un reparto brillante y lleno de naturalidad en que fusionan la juventud de Eliza Scanlen como Milla (que hace poco vimos como una de las Mujercitas, de Greta Gerwig), maravillosa, tierna y sensible, un amor especial, en su rol como la desdichada y vitalista Milla. A su lado, otro joven como Toby Wallace interpretando a Moses, el golfillo que acaba siendo un Finley más, tanto para bien como para mal, y esos padres, con intérpretes experimentados como Essie Davis como la madre perdida, amorosa y como un cencerro, y ese padre, que hace Ben Mendelsohn, un psiquiatra que también necesitaría terapia y cuanto antes mejor. Emily Barclay como la vecina Toby, con su enorme panza de buena esperanza y sus excentricidades, y Gidon, que interpreta Eugene Gilfedder, el eterno enamorado de Anna Finley y amigo familiar metido en este caos.

El glorioso caos de la vida es una película que rompe con todo los tópicos sobre la enfermedad y las situaciones dolorosas que la rodean, teniendo la capacidad para colocarnos en una posición completamente distinta a esos dramas lacrimógenos de otras obras, capturándonos a través de la vida, el amor y la locura, y todas esas sensaciones que da la vida cuando empiezas a saborearla, a vivirla de verdad, aunque dure poco. Un fábula de aquí y ahora, sobre la vida o sobre todas esas cosas que sientes cuando vives, de la vida, de ese despertar en la adolescencia al amor, al sexo, a los cambios corporales y emocionales, a sentirse diferente y contrario a las normas e ideas paternas, introduciendo la enfermedad y el dolor a esos cambios que experimentamos, sumergiéndonos en la vida, tanto interior como exterior de Milla, una enamorada del chico menos indicado, pero que es el amor sino, un cúmulo de sensaciones indescriptibles, una forma de sentirse otro, de querer a alguien y no saber por qué, de saber que la vida quizás son ese tipo de sensaciones que no podemos explicar, porque en realidad no tenemos ni pajolera idea. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Beast, de Lee Jeong-ho

UN ASESINO ANDA SUELTO.

“Tu enemigo, el demonio, está al acecho cual león feroz”

El mismo año, el año 2003, dos películas surcoreanas, Memories of murder, de Bong Joon-Jo y Old Boy, de Park Chan-wook, encumbraron de manera extraordinaria el cine surcoreano, y sobre todo, el thriller, en su vertiente más oscura, tenebrosa y ejemplar. Se trata de dos cintas situadas en los bajos fondos, en las caras más amargas y duras de la ciudad, de acción y tensión trepidantes y adrenalínicas, nunca hay tregua, las situaciones suceden de forma vertiginosa y en paralelo, en las que convergen varias tramas a modo de rompecabezas profundos difíciles de resolver, con esa atmósfera de película de terror, de personajes ambiguos, rotos y perdidos, dentro de una nebulosa fatalista, como en las películas de Fritz Lang, tipos de orden que las circunstancias los han llevado a cruzar sus propios límites y arrojarse sin remedio a un abismo sin retorno. El cineasta Lee Jeong-ho (Corea del Sur, 1975) debuta en el largometraje guiándose por los grandes del género, aportando una visión personal y segura de aquello que está haciendo, firme en su planteamiento, sin dejar que nada se interponga en su propósito de llevar a buen puerto una trama compleja y llena de personajes ocultos y oscuros.

En The Beast, inspirada libremente en la película francesa Asuntos pendientes (2003), de Olivier Marchal, enfrenta a dos policías Han-Su y Min-Tae, que postulan para el puesto de jefe, dos mentes en disputa, dos enemigos declarados, dos almas que nada tienen que ver, dos formas muy diferentes de afrontar los homicidios que se cometen en la urbe, se verán inmersos en una durísima batalla cuando tienen que capturar al asesino despiadado de una chica encontrada desmembrada. El cineasta surcoreano se centra en la mirada de Han-Su, un policía expeditivo, de fuerte carácter, y que no se detendrá ante nada, que tiene estrechas relaciones con sus confidentes, situación que le pondrá en una difícil tesitura moral respecto a su trabajo como policía. En cambio, en el otro lado de la balanza, encontramos a Min-Tae, la otra cara de la moneda, más pausado y tranquilo, con otras formas de investigar y sobre todo, sabiendo donde está su posición, mucho más clara que la de su colega.

El relato está lleno de detalles y matices, que nos van mostrando pequeños resquicios de luz entre tanta oscuridad, sombras y ambigüedad, con personajes que se mueven por intereses personales, deseos interiores y objetivos variables, donde nada ni nadie parece dirigirse a un solo fin, sino que por el camino, tortuoso y lleno de peligros, nos tropezaremos con distintas sendas y deseos, personajes ocultos, que guardan celosamente demasiadas cosas, que solo muestran lo que les conviene y son muy precavidos ante quién se exponen y porque lo hacen. The Beast tiene ese aroma de las películas clásicas de Hollywood, donde los personajes, incluso los más nobles, guardaban ambigüedades en su interior, y en ocasiones, protagonizaban acciones que cruzan esas líneas de la moralidad, respeto y honestidad, personajes humanos, personajes sinceros, aunque también personajes que se equivocaban y exponían a los que más querían, una idea de personaje profundo y lleno de tristezas y soledades, un tipo de rol que el cine más comercial ha perdido en la actualidad, basándose en personajes de una sola pieza y carentes de interés al espectador menos complaciente.

La película de Lee Jeong-ho tiene esa fortaleza para sumergirnos en un magnífico descenso a los infiernos, donde la película irá adentrándose en lugares más siniestros y violentos, llevados de una intensidad asfixiante y brutal, como si de una película de terror se tratase, en una especie de duelo nocturno, muy propio del western mítico de los Vidor, Hawks, Peckinpah o Sturges. Esos duelos entre dos formas de ser, de moverse y sobre todo, de disparar, de litigar quién era el más rápido o el menos honesto. Los 130 minutos de la película pasan volando, sujetos a una velocidad de vértigo, donde los personajes no cesan de moverse de un lugar a otro, donde las acciones se van sucediendo de forma nerviosa y angustiante, convirtiendo el relato en una espiral de mentiras, traiciones, violencia y asesinatos. Una cinta apoyada en una extraordinaria e inquietante atmósfera, donde nos movemos por espacios lúgubres, tristes y desoladores, entre habitaciones y apartamentos laberínticos y llenos de basura, tanto física como moral, espacios que se convierten en otros personajes, que explican lo mismo o más que los diálogos, unos diálogos llenos de desesperanza, lucha interna, donde sale a borbotones esa oscuridad del alma que arrastran los diferentes personajes, sobre todo, el personaje de Han, el alma mater de la historia, un ser movido por la negritud de un camino que hace tiempo dejó de ser correcto, y ahora, quiere enmendarlo como sea, aunque quizás ya sea demasiado tarde, y solo pueda dilatar un destino que lleva mucho tiempo ya escrito, y las tablas de salvación se quemaron sin que él se percatase de lo que ocurría, enfrascado en sus disputas internas y exteriores. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Silvia Alonso

Entrevista a Silvia Alonso, actriz de la película “La lista de los deseos”, de Álvaro Díaz Lorenzo, en el marco del BCN Film Fest, en los Cines Verdi Park en Barcelona, el viernes 26 de junio de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Silvia Alonso, por su tiempo, generosidad y cariño, y a José Luis Bas de DYP Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Álvaro Díaz Lorenzo

Entrevista a Álvaro Díaz Lorenzo, director de la película “La lista de los deseos”, en el marco del BCN Film Fest, en los Cines Verdi Park en Barcelona, el viernes 26 de junio de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Álvaro Díaz Lorenzo, por su tiempo, generosidad y cariño, y a José Luis Bas de DYP Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

La lista de los deseos, de Álvaro Díaz Lorenzo

TODAS LAS COSAS QUE SIEMPRE QUISISTE HACER Y NUNCA TE HAS ATREVIDO.

“ (…) disfruta y saborea cada momento con tus amigas, porque la vida es  eso;  Disfrutar  de  las  cosas  buenas  con  la  gente  que  quieres.  Lo  demás,  es mierda.”

En Francia tienen una comedia dramática y comercial muy interesante, que toca temas profundos desde un prisma cómico, divertido y vital, con títulos de gran éxito comercial como pueden ser Salir del armario (donde se tocaba la homosexualidad), Intocable (que tocaba el tema de la discapacidad y la inmigración), Amor sobre ruedas (sobre los prejuicios de lo diferente a través de la discapacidad), entre muchas otras. Un tipo de película que en España cuesta mucho ver, donde la comedia de ese estilo suele llevarse por otros derroteros más superficiales y verbeneros. La lista de los deseos es ese tipo de película deudora de esa comedia dramática francesa, capaz de tratar un tema tan serio como la enfermedad, en este caso, el cáncer de mama, desde una posición más cómica y divertida, en una cinta sobre la vida, las ganas de vivir el momento, de hacer lo que tenga en gana, olvidando los prejuicios y las responsabilidades, esas ilusiones que dejamos en un cajón olvidadas, porque creemos que la vida es muy larga.

El director Álvaro Díaz Lorenzo (Madrid, 1977) arrancó con Café solo o con ellas (2007) comedia generacional sobre asuntos sentimentales, le siguió La despedida (2014) que tendría algún que otro paralelismo con La lista de los deseos, ya que seguía a tres amigos viajando por Europa con la urna de las cenizas de un amigo. Con Señor dame paciencia (2016) y Los Japón (2018), se introducía en esa comedia comercial, deudora de las series televisivas de éxito, donde prima una comedia de puro cachondeo y diversión, sin más. En La lista de los deseos deja de lado esa comedia-producto para adentrarse en otro terreno, más agradecido para el espectador, en el que se atreve a tocar un tema tan serio y espinoso como la enfermedad desde una mirada alegre y vitalista, donde la comedia loca y gamberra tienen mucho que ver, tocando la tragicomedia con astucia e inteligencia, donde la comedia americana “screwball”, tendría ese espejo donde constantemente se mira el relato que cuenta, con esas dosis equilibradas de drama y comedia, mezclándolos con acierto y sensibilidad, sin caer en el sentimentalismo recurrente.

La película, planteada como una road movie,  cuenta la aventura o no de Carmen, cincuentona de buen ver, que lleva un cuarto de siglo enferma de cáncer de mama, que conoce a Eva, en las sesiones de quimio, treintañera y veterinaria, que deciden tomar las riendas de su vida y llevar a la práctica esos deseos no realizados, antes de saber los resultados de sus tratamientos. Les acompaña Mar, amiga de Eva, recién separada, un torbellino y alocada alma capaz de todo, desde lo más inverosímil a lo más complejo, una especie de Susan Vance, el personaje que interpretaba Katherine Hepburn en la maravillosa La fiera de mi niña (1938), de Hawks. Las tres mujeres, como si estuviesen en su último viaje juntas, con esa idea de no cortarse de nada ni con nadie, a bordo de un auto caravana, , deciden viajar saliendo desde Sevilla hasta Marruecos, en un viaje lleno de aventuras y desventuras, pasando por diferentes mundos y universos, viviendo situaciones muy cómicas y locas, y haciendo todo lo posible para llevar a cabo esos deseos soñados, algunos fáciles y otros, inverosímiles, siendo obedientes en llevar a  cabo la lista de tres deseos de cada una.

Díaz Lorenzo pone toda la carne en el asador confiando en el trío protagonista, las increíbles y estupendas Victoria Abril, la hermana mayor de todas, la voz de la experiencia, de vueltas de todo, y serena a pesar de la enfermedad, María León (que repite con Díaz Lorenzo) la otra enferma, llena de pasión por sus animales e independiente, que desea volver a su padre que la abandonó de niña, y finalmente, Silvia Alonso (que también repite con el director) ese huracán capaz de todo y nada tranquilo, que será ese puente agitador que lleva a las otras dos por lugares nunca transitados y haciendo locuras a doquier. Y como comedia con hechuras, el resto del reparto tiene que lidiar con contundencia y energía con las tres protagonistas, tenemos a Boré Buika (que ya estuvo en Los Japón), como ese profe de surf que conocerá a Eva, Salva Reina, ese gaditano aspirante a chef que se tropezará, y nunca mejor dicho, con el tsunami de Mar. Y por último, un actor del calado de Paco Tous dando vida al padre de Eva, y conociendo la verdad de su separación.

Eva, Carmen y Mar se convertirán en confidentes, en una piña, como unas amigas inseparables o una familia bien avenida, tan distintas pero compartiendo ese viaje único, un viaje que les ayudará a mirar la vida de otro forma, quizás desde una posición diferente, como si la mirasen por primera vez, sacándole todo el juego y convirtiéndose en unas almas libres, felices y sobre todo, capaces de todo, experimentando de forma física y muy emocional el viaje de sus vidas, o al menos, ese viaje que siempre han soñado y nunca se han atrevido a hacer, viviendo y compartiendo experiencias inimaginables y llenas de vida, tristeza, con alegrías y amarguras, con momentos divertidos y otros, no tanto, sintiendo que todo aquello que querían hacer estaba demasiado cerca y solo les impedía llevarlo a cabo, aquello que nunca se han atrevido, esos miedos e inseguridades, o quizás, esa idea de que la vida siempre hay tiempo para todo y un día lo tendremos, pero en ocasiones, ese tiempo se vuelve finito y las cosas son ahora o nunca, porque mañana puede que sea tarde o no llegue. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El viaje de Marta, de Neus Ballús

EL (DES) ENCUENTRO CON EL OTRO.

“Nada es más difícil que aprender a mirar a alguien, a ser mirado de cerca por otro.”

 Antonio Muñoz Molina

Corría el año 2013 cuando apareció La plaga, del tándem Neus Ballús (Mollet del Vallés, 1980) y Pau Subirós (Barcelona, 1979). Ballús en la dirección y comontaje, y compartiendo producción y guión con Pau. La plaga nos hablaba de un país en crisis, a partir de un retrato naturalista y sensible, a medio camino entre la ficción y el documento, para hablarnos de la difícil cotidianidad de unos supervivientes en los márgenes. Seis años después nos llega el segundo trabajo del tándem Ballús-Subirós, pero esta vez han dejado la periferia del Vallés para viajar hasta Senegal, situándonos en uno de esos resorts en los días previos a la Navidad. En semejante espacio, lugar idílico para el turista occidental, donde transita alejado de la realidad social del país para enfrascarse en su aventura más superficial, en aburridas rutas de safari, en paseos para conocer el entorno más amable, realizar juegos acuáticos en el hotel y conocer el folclore más exótico y simpático.

En ese entorno occidental en África, conoceremos a una peculiar familiar a través del punto de vista de Marta, una chica de 17 años, asqueada por el viaje y compartir con su padre, al que hacía tiempo que no veía, uno de esos blancos que hacen negocio con el turismo, algo simpático, y más preocupado de sus business que de sus hijos y sus problemas, y también anda Bruno, el hermano pequeño de Marta, convertido en un aliado imbuido por la tecnología. Y así andan las cosas, los días en el resort van cayendo uno tras otro mientras el agobio y la desazón de Marta van en aumento, cada vez más ausente y distante, y más tiempo alejado de los suyos, hasta que cruza la frontera, sumergiéndose en el “Staff Only” (al que hace referencia el subtítulo de la cinta) donde conocerá a Khouma, un joven mayor que ella que se dedica a realizar esos vídeos para sacarles un cuántos euros de más a los turistas, y a Aissatou, una limpiadora de habitaciones. Marta profundizará con sus “nuevos” amigos y descubrirá una cara diferente de Senegal, que la llevará a alejarse de su familia, y dejarse llevar con sus amigos, experimentando esa realidad que el turista nunca ve, esa que está afuera, lejos del ideal falso del resort.

De la mano de Marta, o mejor podríamos decir, que a través de su mirada, iremos conociendo el otro rostro menos amable y más real, los verdaderos intereses de los autóctonos, una realidad muy diferente a la suya, una realidad que chocará con los valores y costumbres occidentales de Marta. Situación que la llevará a replantearse las cosas, sus sentimientos y a acercarse más a su padre, a sus ideas y a reconciliarse con él. Ballús vuelve a mostrarnos diferentes realidades que se nos escapan, que viven invisibles dentro de un mismo entorno, mostrando las múltiples cotidianidades tan desiguales e injustas que conviven en el mismo espacio, pero no lo hace desde la condescendencia o el sentimentalismo, sino todo lo contrario, que recuerda en ciertas formas y narrativas al cine de Ulrich Seidl y su aproximación al turismo occidental en África en su Paraíso­: Amor (2012) explorando de forma sincera, profunda y honesta todas sus realidades, todos sus personajes, todos sus intereses, los choques culturales e idiomáticos, y al diversidad de intereses de unos y otros, consiguiendo un retrato certero y conciso de todo ese universo complejo y multicultural que se mueve en estos espacios hoteleros.

La joven protagonista no solo crecerá a un nivel físico, sino también emocional, valorando todo lo que tiene y sobre todo, conociendo todas esas realidades que se mueven en su vida y en su mirada, porque lo que nos explica de forma clara y apabullante Ballús es que para ver a los demás y conocerlos en sus realidades y complejidades, primero deberíamos conocernos a nosotros mismos, entendiéndonos profundamente, y viviendo con nuestras emociones volubles, nuestras vidas vulnerables y toda esa extrañeza que nos atrapa en situaciones en las que nos cuesta reconocernos en los demás y sobre todo, a nosotros mismos. La luz cálida e íntima de Diego Dussuel, que repite con Ballús, crea ese ambiente amable, pero también oscuro que se va desarrollando a lo largo del metraje entre los personajes y sus derivas emocionales, con el preciso montaje que deja que las situaciones se vayan desarrollando en una especie de laberinto, tanto físico como emocional por donde se van desplazando los personajes, con esa interesante mezcla entre las diferentes texturas de cine y video, que acaba creando un espejo deformante donde libertad y prisión emocionales se miran, se reconocen, pero también se alejan y discuten. Sin olvidarnos la cercanía del sonido obra de Amanda Villavieja que captura de forma extraordinaria la diversidad sonora y los contrastes que conviven en la cinta.

El fantástico reparto que ha logrado reunir Ballús emana espontaneidad, veracidad y cercanía, con un natural y estupendo Sergi López, único actor profesional de la película, que se mueve en su salsa, dando vida a ese padre que también deberá aprender a acercarse a su hija y sobre todo, a conocerla y a hablarle de otra forma, como una mujer, la magnífica debutante Elena Andrada dando vida a esa Marta en pleno apogeo de descubrimiento y hastiada de su padre, que deberá reencontrarse con los suyos y con ella, y los formidables intérpretes africanos con Ian Samsó que interpreta a Khouma, un buscavidas que encuentra en los turistas una forma de subsistir en un entorno difícil, y Madeleine Codou Ndong que hace una Aissatou que mostrará a Marta esa realidad que se escapa del turismo modelo. Ballús-Subirós vuelven a demostrar que con poco se puede hablar de mucho, desde la sinceridad y la honestidad, sin olvidar que en las situaciones más difíciles también hay espacio para lo humano, a través de la sensibilidad y el encuentro con el otro donde nos reflejamos a través de lo que somos y lo que sentimos. El viaje de marta es una película valiente y necesaria, llena de vericuetos narrativos y emocionales, repleta de situaciones complejas y difíciles, que no se olvida del sentido del humor en una película que explica tantas realidades e intereses diversos, en un entorno de múltiples rostros y entornos, explicándonos con arrebatadora naturalidad y sencillez el choque con el otro, las relaciones con el diferente, que quizás no lo es tanto, confrontando esos espejos físicos y sobre todo, emocionales que tanto nos ayudan a seguir creciendo y conociéndonos más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA