Entrevista a Mike Leigh

Entrevista a Mike Leigh, director de la película “La tragedia de Peterloo”, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el jueves 25 de abril de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Mike Leigh, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Haizea G. Viana de Diamond Films España, y al equipo de prensa del BCN Film Fest, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La tragedia de Peterloo, de Mike Leigh

EL PUEBLO EN PIE.  

“No existe tiranía peor que la ejercida a la sombra de las leyes y con apariencias de justicia”.

Montesquieu (1689-1755)

La primera imagen de la película define de forma contundente y ejemplar la deriva de aquellos tiempos convulsos del primer tercio del siglo XIX en Inglaterra, cuando en mitad de un campo de la batalla final de Waterloo, que derrotó a la Francia de Napoleón Bonaparte, que estuvo en guerra en Europa durante 20 años, vemos a un jovencísimo soldado completamente perdido y desorientado, abrumado por todo lo que está viviendo, rodeado de un sinfín de cadáveres y destrucción. Esta imagen dantesca nos llevará a la secuencia que cerrará la película, otra batalla cruel y sinsentido, pero en otras circunstancias completamente diferentes. “La batalla de Peterloo”, que muchos cronistas de la época definieron como “La masacre de Peterloo”, donde las autoridades británicas arremetieron con contundencia y violencia una protesta pacífica de más de 60000 trabajadores que reivindicaban mejores sociales y económicas. El saldo de la violencia es definitorio ya que hubieron 15 muertos y más de 600 heridos, familias enteras, mujeres, hijos, y transeúntes de cada rincón de Manchester se congregaron en St. Peter’s Field para protestar contra la tiranía de un gobierno despiadado y dictatorial.

El nuevo trabajo de Mike Leigh (Welwyn Hatfield, Inglaterra, 1943) aborda aquellos acontecimientos que significaron un antes y después en las políticas inglesas y desembocaron en una serie de mejoras sociales para los trabajadores, y lo hace desde todos los ángulos posibles, tanto de las condiciones de vida de los obreros, que se hacinaban en las fábricas de algodón con interminables jornadas de durísimo trabajo, las casuchas miserables que compartían familias numerosas, y todo el ambiente de tantos barrios donde se acumulaba la miseria, la suciedad y desprendían un aroma turbio y amargo, filmando de manera sincera e íntima aquellas reuniones de los trabajadores y sus líderes para encontrar formas de protesta y organizarse, pero también, observa al gobierno, a los terratenientes y nobleza, sus estrategias y deshumanización, así como ese rey bufonesco y glotón (que recuerda al Rey Herodes de Jesucristo Superstar), peor no realiza una película plana y manierista, sino todo lo contrario, nos explica con detenimiento y actitud crítica las diferentes distensiones y conflictos que subyacen tanto en el mundo de los pobres como los de arriba, las maneras que tanto unos y otros, desde posiciones radicales y más amables, discuten, se pelean y se enemistan en la forma de afrontar su lucha unos, y otros, en su forma de contenerla y proteger sus intereses y privilegios.

La mirada de Leigh es la de un observador astuto y paciente que ha crecido junto a esa clase miserable y esa otra, más pudiente, y los conflictos que han derivado en esa Inglaterra nacida después de la Guerra,  indagando de manera crítica y en ocasiones, esperanzadora, sumergiéndose en los problemas de los citados, a través de la familia como centro de todo eje social, desde aquella primera película Bleak moments (1972) y los más de 20 títulos restantes que abarcan su filmografía, explorando también esa clase media británica surgida después de la Segunda Guerra Mundial, sus miedos e inseguridades dentro del neoliberalismo. Un cine serio y honesto, nada complaciente, que estudia de forma íntima y brutal todas las miserias que flotan en la superficie de una sociedad ensimismada en el individualismo y la competitividad, y alejada del humanismo y la empatía social, ensalzados en una carrera vertiginosa y terrible para ver quién llega primero sin saber porqué motivo, donde brillan de forma ejemplar la elección de sus intérpretes, que desprenden naturalidad y compromiso, y la magnífica dirección de Leigh sabiendo sacar sus miradas, detalles y gestos más profundos.

Son ejemplos de esta idea de retratar a los más desfavorecidos y sus relaciones conflictivas con las clases medias en obras magníficas como Indefenso (1993) donde indagaba en los invisibles de la sociedad, en aquellos que sobrevivían en condiciones miserables, en Secretos y mentiras (1996) se centraba en el reencuentro de  una madre con su hija biológica que dio al nacer, en Todo o nada (2002) se sumergía en uno de esos barrios feos y pobres de cualquier ciudad inglesa para retratar a una familia alejada de sí misma y a la deriva, en El secreto de Vera Drake (2004) se trasladaba a la posguerra británica para hablarnos de una madre que practicaba abortos de forma clandestina y la relación difícil con su familia, en Happy-Go-Lucky (2008) narraba a una mujer optimista que contagiaba hasta los más reticentes, en Another Year (2010) se centraba en un matrimonio sesentón de clase media y su egoísmo en pos de una amiga necesitada, en Mr. Turner (2014) ambientada en el primer tercio del siglo XIX, como La tragedia de Peterloo, seguía al famoso pintor de la luz, en su inconformismo, su soledad y su relación con un mundo lleno de prejuicios y canónico.

El cineasta británico compone un mosaico complejo y brillante, basado en un hecho histórico y mezclando personajes reales con otros inventados, sobre aquellas semanas previas a lo sucedido en aquella mañana del 16 de agosto de 1819 en Peterloo, asistimos a los preparativos de aquel fatídico día, un día que significaba una celebración para los más necesitados, un pueblo demasiado hambriento y apaleado que querían protestar ante tanta inflexibilidad y tiranía de las autoridades, más interesadas en mantener sus privilegios a toda costa, en pos de una población empobrecida y esclavizada. Leigh se ha convertido en un cineasta fiel que ha construido un gran equipo de colaboradores que le acompañan en sus trabajos, como la maestría de Suzie Davis, tercera película juntos, en su concepción del espacio, en el detalle del decorado y el objeto para afianzar aún más la proximidad y la perfección de la película, con ese vestuario obra de Jacqueline Durran (7 trabajos juntos) envejecido y natural, o la caracterización de los personajes obra de Christine Blundell (12 películas junto a Leigh) con esas caras sucias y duras por el trabajo y tantas desilusiones, la excelente partitura de Gary Yershon, otro de sus grandes colaboradores con 8 títulos juntos, que indaga en la idea de mostrar e ilustrar sin perder la dignidad de aquello que se cuenta.

La excelsa edición de Jon Gregory (tres décadas junto al director) en una película de 154 minutos, que nunca apaga su ritmo y mezcla con naturalidad lo duro con lo ilusorio de la reivindicación. Y por último, la luz de Dick Pope (10 películas juntos, un cine de Leigh imposible de admirar sin el trabajo de Pope) sombría y oscura de buena parte de la película, con ese barroquismo de los pudientes, con el color rojo de la casaca del joven soldado retornado, que presagia los malos vientos que arreciarán en el tramo final. La extraordinaria secuencia del final, filmada al detalle, de la intimidad a la épica del momento, sin banderas ni trompetas, sólo personas de todas las edades intentando demostrar a la tiranía su oposición, un caos de violencia que Leigh filma de forma brutal y contundente, en la que asistimos a la mayor barbarie que podemos contemplar, cuando el estado arremete contra los suyos, contra sí mismo, para seguir utilizando las leyes y la justicia contra el más débil, un terrorismo de estado en que la película no duda en mostrar su posición, eso sí, sin realizar un muestrario panfletario de los más débiles contra el poder, sino indagando en las causas, circunstancias y demás intereses tantos de unos y otros, eso sí, en las batallas entre David contra Goliat a lo largo de la historia, raramente existe una piedra milagrosa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Víctor Cabaco y Mikel Iglesias

Entrevista a Víctor Cabaco y Mikel Iglesias, director y actor de la película “Vitoria 3 de marzo”, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el martes 23 de abril de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Víctor Cabaco y Mikel Iglesias, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Marina Cisa y Sílvia Pujol de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Vitoria 3 de Marzo, de Víctor Cabaco

EL PUEBLO EN LUCHA.

“A corazón suenan, resuenan, resuenan
las tierras de España, en las herraduras.
Galopa, jinete del pueblo,
caballo cuatralbo,
caballo de espuma.

¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar! ”

(Fragmento de “Galope”, de Rafael Alberti)

Fue a las cinco y diez de la tarde, de un miércoles 3 de marzo de 1976, en la ciudad de Vitoria, cuando unos botes de humos sacaron a los miles de trabajadores que se habían alojado en asamblea en la Iglesia de San Francisco, en el barrio obrero de Zaramaga. En la calle, les recibieron a tiros agentes de la policía armada, utilizando pelotas de goma y fuego real. El saldo fue demoledor, cinco trabajadores asesinados y cientos de heridos. Los hechos nunca se investigaron y nadie fue enjuiciado. Hacía tres meses y medio que el dictador había muerto y el país todavía arrastraba las barbaridades de la dictadura franquista, con sus líderes todavía en el poder como Fraga como Ministro de gobernación o Martín Villa, Ministro de asuntos sindicales. Vitoria 3 de marzo hace un recorrido histórico y humano de aquellos hechos, aquellas personas que se levantaron contra la tiranía de la patronal que los ahogaba con salarios y condiciones laborales precarias.

Una película que arranca un 25 de febrero, cuando los huelguistas ya llevan casi dos meses de protestas y reivindicaciones. La puesta de largo de Víctor Cabaco (Santander, 1967) con experiencia como ayudante de gente como Kepa Sojo o Koldo Serra, y batallado en las series de televisión, es una crónica de aquellos trágicos sucesos de Vitoria del 3 de marzo, pero desde el lado humano de algunas de aquellas personas, ficcionadas para la ocasión, donde conoceremos a Mikel, un joven líder de la huelga y alma mater de los trabajadores rebelados, que conocerá a Begoña, una estudiante que verá en Mikel la voz de la conciencia, tan alejada a su realidad cotidiana, aquella fuerza soñadora y luchadora para hacer un mundo mejor. El padre de Begoña, José Luis, un periodista de una radio local, sigue el transcurso de la huelga e intenta darles la voz que otros medios generalistas y afines al régimen no les proporcionan, su mujer, Ana, hará lo impensable, como sonreír y algo más a Eduardo, un viejo amigo de la familia, que tiene un puesto de responsabilidad en la gobernación.

Cabaco echa mano a la canción “A galopar”, de Paco Ibáñez, que pone música y cante al poema de Alberti, y a un tema de Georges Moustaki, el de “17 ans”, que aparte de reivindicar un tiempo de lucha y arrastrado del mayo del 68, explica aquellos primeros sentimientos de ese amor adolescente puro y romántico, cuando todo está por hacer y todo es posible. El director santanderino aúna con brillantez y naturalidad los hechos ficticios y la intimidad de los trabajadores, con las relaciones que se van construyendo entre unos y otros, explorando sin manierismo los conflictos internos entre ellos y los conflictos entre las altas esferas, esos empresarios cansados de tanta huelga y las presiones de Madrid para que el gobernador ataje con contundencia tanta algarabía obrera. Además, la película se cuenta a través de una familia, la familia de Begoña, con sus formas de ver su adolescencia, su primer amor, su recién nacida conciencia de clase, y las relaciones difíciles de sus padres que luchan entre el compromiso obrero y el miedo por el trabajo y por su hija. La película arranca esos días antes, con esos colores apagados que irán haciéndose más sombríos a medida que van avanzando los hechos y la explosión final.

A pesar de que conocemos los hechos, la película logra sumergirnos en los hechos y las circunstancias que plantea, construyendo con acierto y brillantez todos los pormenores que llevaron a ese día, cociendo a fuego lento todo lo que estallará esa fatídica tarde del 3 de marzo. Un momento cumbre de la película, astutamente bien filmado, en la que echan mano de las imágenes reales que se conservan de los hechos, las imágenes ficticias construidas de la película, y finalmente, las grabaciones reales de la policía armada, los temidos “grises”, todo ello dentro del caos bélico y humano que se desarrolló aquella tarde, con carreras, gritos, tiros, sangre y muerte. Un reparto alejado de las caras conocidas que transmiten humanidad y complejidad a una serie de personajes que se mueven en la lucha por mejorar unas vidas difíciles y perseguidas, bien encabezado por Mikel Iglesias como Mikel, uno de los líderes obreros, a su lado, Amaia Aberasturi como Begoña, y los adultos como Ruth Díaz y Alberto Berzal como los padres de Begoña, y el malcarado José Manuel Seda como Eduardo, el esbirro del estado, y un buen puñado de intérpretes que saben transmitir esa humanidad y conciencia que requiere la película.

Relato tristemente emparentado con los terribles sucesos de 1972 en Derry, Irlanda del Norte, cuando el ejército británico asesinó a 14 personas que protestaban a favor por los derechos civiles, que el grupo irlandés “U2” reivindicó en la canción “Bloody Sunday”, llevados al cine en la película homónima de 2002, dirigida por Paul Greengrass. Cabaco y su equipo han construido una película humanista, política y honesta, que reivindica la memoria de todos aquellos trabajadores y en especial, a los fallecidos, como da buena cuenta los espectaculares títulos de créditos acompañados por las imágenes reales de los entierros mientras suena el “Campanades a morts”, de Lluís Llach. Un tiempo y una memoria que el cine mira con sinceridad y alma, un tiempo y una memoria que necesita recordase para que no vuelva a ocurrir, para acordarse de todos aquellos que lucharon por un mundo mejor, más justo y más humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Salvador Simó

Entrevista a Salvador Simó, director de la película “Buñuel en el laberinto de las tortugas”, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 24 de abril de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Salvador Simó, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Yolanda Ferrer de Wanda, y al equipo de prensa del BCN Film Fest,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Buñuel en el laberinto de las tortugas, de Salvador Simó

LA HUMANIDAD DEL CINEASTA.  

“Una película puede ser buena, mediocre o pésima, pero nunca debe ser realizada contra la conciencia, los pensamientos y la ideología del autor”

Luís Buñuel (1900-1983)

El dibujante e ilustrador de cómics Fermín Solís imaginó en el 2009 con su novela gráfica Buñuel en el laberinto de las tortugas, las circunstancias en las que despertó la conciencia social de Buñuel durante el rodaje de Las Hurdes. Tierra sin pan (1933). No sabremos con exactitud si así fueron los pormenores que vivió el cineasta para dejar de ser el artista surrealista autor de obras como Un perro andaluz (1929) o La edad de oro (1930) en aquel París bohemio de principios de los treinta. Su compromiso con la provocación, contra lo establecido y su forma de criticar el poder mediante lo cómico y lo surrealista, lo llevaron al ostracismo artístico, en el que nadie apostaba por sus guiones. Pero, vete aquí, que su amigo Ramón Acín (1888-1936) escultor y anarquista que le prometió una película sobre Las Hurdes, si ganaba la lotería. El destino quiso que el 22 de diciembre de 1932, Acín ganase 30000 duros o lo que es lo mismo, 150000 pesetas. Al año siguiente, cargado del material preciso, Buñuel, Acín, y dos colaboradores franceses, viajaron hasta Extremadura para ver, filmar y contar todo lo que allí sucedía.

El productor Manuel Cristóbal, responsable de obras en el campo de la animación con tanto lustre como El bosque animado (2001) o Arrugas (2011) encargó al director Salvador Simó (con una amplia experiencia en el terreno de la animación) el proyecto de llevar al cine la novela gráfica sobre Buñuel y el rodaje de Las Hurdes. Un guión escrito por Eligio Montero (con experiencia en series televisivas) y el propio Simó, arranca en el París de los treinta, explicándonos, muy acertadamente, la forma de ser de Buñuel, ya que en una larga mesa un puñado de artistas hablan del arte, de su forma, necesidad e importancia, en uno de los extremos, Buñuel, vestido de monja, escucha atentamente. La película nos habla del proceso de conciencia del artista surrealista al cineasta humanista, contándonos un relato sobre un joven de 32 años, alguien que buscaba su mirada como director, y también, como persona, y lo hace desde el más absoluto de los respetos hacia el genio cinematográfico, pero también, desde la libertad más absoluta, imaginando ese proceso que quizás no se produjo así, pero quizás, si.

Una narración ágil y sobria, con una animación sencilla y honesta, casi podríamos decir artesanal, rescatando aquellos semanas en Las Hurdes, una zona anclada en el Medievo donde las durísimas condiciones de vida eran infernales. El gran acierto de la película es no recrear mediante la animación las imágenes que todos tenemos en la memoria de la famosa película, sino utilizar las imágenes reales de la película, combinadas con las imágenes animadas creando un vínculo casi inmediato con la veracidad de lo que nos cuentan. La película se centra en la amistad sincera e íntima de Luis Buñuel y Ramón Acín, aragoneses los dos, amigos de siempre, y como que la generosidad de Acín hizo posible una película en la que no creía nadie, en la que la película rinde homenaje a la figura de Ramón Acín, asesinado por los franquistas. Y cómo no podría ser de otra manera, el relato explora con detalle y sobriedad, las relaciones del cineasta con su conciencia social y aquello que está viendo y filmando, las formas y  representación de la realidad, y la capacidad de mostrar aquello invisible y terrible, sin caer en el sentimentalismo y la excesiva crudeza.

Y claro está, la representación de los sueños que atormentaban para bien o mal a Buñuel, desde esos elefantes con largas patas que caminan por la calle, la relación oscura y distante con su padre, y todas las excentricidades del artista irreverente e incomprendido que a veces se sentía en aquellos primeros pasos como cineasta. Simó y su equipo han construido una película bella e intensa, con esa apariencia de ligereza y naturalista que recorren todas sus imágenes, ahondando en el humanismo de Buñuel pero sin caer en la condescendencia y demás, siendo honestos y sinceros con aquello que cuentan, dotarlo de veracidad y brillantez, sumergiéndonos en esas semanas de amistad, cine, conflictos y mucha comedia, entre las relaciones entre ellos y las ideas extravagantes de Buñuel, capturando aquellos días de los años treinta cuando cuatro jóvenes se fueron a conocer y filmar una realidad horrible que padecían tantas gentes abandonadas de todo y todos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La sociedad literaria y el pastel de piel de patata, de Mike Newell

LA ESCRITORA Y LOS HABITANTES DE GUERNSEY.

En la estupenda película Los otros, de Alejandro Amenábar, no situaban en la isla de Jersey, una de esas islas ocupadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Otra de esas islas, la de Guernesy, es la que focalizan en la película La sociedad literaria y el pastel de piel de patata, que también tuvo la mala fortuna de tener como invitados a los alemanes durante la contienda. La nueva película del veterano Mike Newell (St Albans, Reino Unido, 1942) nos habla arranca en 1946, en plena posguerra británica donde conoceremos a Juliet Ashton, una escritora joven de talento que, mientras promociona su nueva novela y mantiene una relación con Mark, un oficial estadounidense, comienza a cartearse con un desconocido que le pide algún que otro libro, ocupaciones que le mantienen distraída mientras le llega la inspiración para su próximo libro, que parece costarle. Cuando Juliet se entera de la sociedad literaria que el desconocido y demás habitantes de la Isla de Guernsey mantienen todos los viernes al atardecer, no lo duda un instante, y acude con premura a conocerlos. Allí, se encontrará no sólo un grupo de entusiastas y peculiares criaturas que aman la literatura, sino que también, conocerá un caso oscuro ocurrido durante la ocupación cinco años atrás que llevó a la desaparición de Elizabeth, una de las integrantes jóvenes del grupo. Dos tiempos diferentes, dos realidades que cambiarán muchas cosas en el interior de la joven escritora.

Newell de dilatada carrera con títulos tan memorables como Bailar con un extraño, Un abril encantado, Donnie Brasco o algún Harry Potter, amén de su mayor éxito que lo obtuvo con la comedia Cuatro bodas y un funeral, convertida en todo un fenómeno internacional, muchas de sus películas están basadas en novelas de autores tan reputados como Charles Dickens o Gabriel García Márquez, adapta otra novela de título kilométrico escrita por una estadounidense, Mary Anne Shaffer y su sobrina, Annie Barrows. Un relato protagonizado por una escritora idealista e inconformista que parece encaminar su vida con la escritura y su amor con el apuesto estadounidense, aunque su crisis como escritora, la llevará hacía lo rural, dejando el asfixiante Londres que tantos recuerdos dolorosos le trae. En la isla de Guernsey encontrará una aventura, su particular catarsis emocional y conocerá otra realidad que la llevará a cuestionarse su vida y sobre todo, su futuro.

El cineasta británico nos cuenta la película a través de la mirada de Juliet, su descubrimiento personal y nos muestra la isla y sus habitantes con esa mirada inquieta, desconocedora y sobre todo, una mirada que quiere saber qué ocurrió en el pasado, un pasado que todos quieren mantener oculto. Se encontrará con Dawsey Adams, el desconocido con el que se escribía que es un granjero algo tímido y retraído, con Eben, el anciano simpático del correo postal, Isola, la solitaria de vida espiritual y amable, y Amelia, la recta que más le duele el pasado y más quiere enterrar. Todos integrantes de la sociedad literario, todos ellos, que de alguna manera u otra, tienen que ver con Elizabeth, todos ellos que prefieren olvidar el dolor y refugiarse en los libros. La película está enmarcada en un tono muy british, fotografía excelente, capturando con sobriedad y naturalidad las diferentes texturas y colores que se manifiestan en la pequeña isla, un relato lleno de intriga, jugando con los tiempos de pasado y presente, una ambientación de primera, en el que cada detalle está resuelto con imaginación y preciosismo, y unos personajes llenos de enigmas, naturales, correctos y sobre todo, amables y algo oscuros. Quizás, algunos espectadores pensarán que todos estos elementos provocan que la película sea plomiza y condescendiente, pero ni mucho menos, estos lugares comunes son interesantes.

El relato nos sumerge en una intriga bien urdida, con esos toques de humor tan british, en el que hay tiempo para descansar del dolor de ese pasado traumático, y también, para hablarnos de temas sobre la condición humana como la mentira, superar el pasado, la dificultad de sentirse bien emocionalmente, o sobre todo, de sentirse perdido cuando presumiblemente tenemos todo aquello que deseábamos tener, o temas tan emocionantes como la literatura puede ser todo en la vida de alguien que su realidad es tan terrorífica como puede ser una ocupación nazi, con el miedo y la escasez, los libros como ese refugio para soñar e ilusionarse por un mundo mejor, y la compañía con otros en semejantes condiciones, compartir la lectura, las reflexiones y los pensamientos que han provocado tantos autores. Una película radiante y cercana, íntima en sus emociones, sin necesidad de recurrir a sentimentalismos de culebrón, sino encontrando ese punto certero donde se puede hablar de todo, con tacto y sobriedad, desde política, sociedad (los cambios de vivir en una isla pequeña o en la gran ciudad) o la fraternidad de sus habitantes y el grupo que forman.

Un reparto lleno de grandes aciertos en esa mezcla interesante entre intérpretes jóvenes y veteranos, vemos a los Tom Courtnay y Penélope Wilton, bregados en mil batallas, o los interesantes Jessica Brown Findlay, Catherina Parkinson, Glen Powell o Michiel Huisman como el granjero enamorado de una fantástica e inolvidable Lily James como esa escritora inquieta y talentosa, que deslumbra con su naturalidad y elegancia y viene a ese grupo selecto de actrices jóvenes que deslumbran con sólo mirar como Saoirse Ronan, Margot Robbie o Elle Faning. Una película humanista y bella, tanto en su forma como en el fondo, que cuenta un trozo de la historia que muchos desconocerán de la Segunda Guerra mundial en una de esas islas que pocos se han parado a conocer, también, nos cuenta una bellísima historia sobre el conocimiento, ya este en los libros o en el pasado, y la fraternidad en estos tiempos modernos de individualismo y solitarios, y porque no decirlo, cuenta una bellísima historia de amor de aquellos que saben que el tiempo sólo es bello y parece mejor, cuando se está con aquellos a los que se ama.