Entrevista a Aleixo Paz

Entrevista a Aleixo Paz, protagonsita de la película “El niño de fuego”, de Ignacio Acconcia, en Nanouk Films en Barcelona, el viernes 22 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Aleixo Paz, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver,  por su amabilidad, paciencia y cariño.

Entrevista a Ignacio Acconcia

Entrevista a Ignacio Acconcia, director de la película “El niño de fuego”, en Nanouk Films en Barcelona, el viernes 22 de enero de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ignacio Acconcia, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver,  por su amabilidad, paciencia y cariño.

El niño de fuego, de Ignacio Acconcia

VIVIR DESPUÉS DEL FUEGO.

“La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar donde nació, ni la fecha en que vino al mundo. La identidad de una persona consiste, simplemente, en ser, y el ser no puede ser negado”.

José Saramago

Cuando solo tenía 8 años, Aleixo Paz se quemó el 90% de su cuerpo en un fatídico accidente. Ahora, en plena adolescencia, sus días pasan en casa componiendo música rap, consumido por la rabia y los dolores físicos, debidos a las secuelas del fatal accidente que le han llevado a someterse a más de 40 operaciones. En la pequeña localidad de Salt (Girona), Aleixo vive con su madre, busca trabajo, visita continuamente el hospital, ve a sus hermanos y amigos, e intenta que la rabia y el dolor que siente, le dejen vivir un poco. El director Ignacio Acconcia, después de graduarse en la ESCAC, y pasar por el Máster de Documental de Creación de la UPF, donde tuvo como docente al gran cineasta, Viktor Kossakovski, con el que participó en la película conjunto Demostración (2013), hace su debut en el largometraje documental con El niño de fuego, el A.K.A. de Alexio Paz cuando se sube a rapear.

Acconcia nos sumerge en el relato de un adolescente que cumplirá 18 años durante la filmación de la película, que abarcó cinco años, en el que conoceremos el trágico pasado de Alexio, y su realidad más cotidiana. La película es de una sinceridad e intimidad abrumadoras, olvidándose del físico cicatrizado de Alexio, y centrándose en su alma, un interior roto, lleno de magulladuras y cicatrices, de las que hacen más daño, de alguien que vive arrastrando un dolor y rabia inmensos. Aunque la película muy sabiamente se aleja del producto convencional de superación y sentimentalismo, para centrarse en un viaje muy profundo y sensible, donde el joven va depurando toda esa rabia en la música rap, de la mano de su mentor musical Isaac Real “Chaka”, y también, la ayuda emocional por parte de Jan Millastre, Presidente de “Kreamics”, la Asociación de Quemados creada en Cataluña, una especie de hermano mayor que conoce muy bien lo que es vivir después del fuego.

El director afincado en Barcelona, demuestra un pulso narrativo envidiable y lleno de sabiduría, porque maneja muy bien el ritmo y la delicadeza de su relato, anteponiendo la humanidad de todo lo que cuenta, con esos planos de seguimiento filmando los desplazamientos y encuentros de Alexio. El niño de fuego se destapa como una magnífica lección de humanismo, centrada en esa difícil transición entre la infancia a la edad adulta, entre dejar la adolescencia y aceptar que las cosas funcionan de forma diferente, que ya es un estado complicado para cualquier persona, y más, cuando hemos sufrido un accidente que nos ha desfigurado el rostro y el cuerpo, y debemos trabajar en ese proceso de aceptación, encontrando y encontrándonos esa “ilusión” o “estimulo” para seguir cada día, de la que habla Jan, en la impresionante conversación que mantiene con Alexio. Acconcia se destapa como un director soberbio y humanista, sin guiar su relato y mucho menos su narración, que emana sencillez y cercanía, dejando al espectador espacio libre para que mire su película sin acritud y desprejuiciado, mostrando a un joven que debe seguir peleando por la vida, aunque emocionalmente siga lleno de rabia y dolor.

Un relato donde también hay humor y sentimientos, de los que tocan fuerte, de los que animan a seguir peleando por la vida, generando esa ilusión que a veces nos da esquinazo, llenando los días de objetivos que nos ayuden a levantarnos y pelearnos con nuestros sueños o pesadillas. Alexio con su extrema sencillez, humildad, y su parquedad en palabras, demuestra que hasta las cosas más difíciles y aquellas que cuestan tanto, siempre se pueden reconducir a la música, en este caso el rap, para expulsar toda la rabia y el dolor acumulados, demostrando una vez más que el arte es la mejor terapia para ahuyentar los fantasmas y hacer frente a los miedos e inseguridades. La experiencia de ver una película como El niño de fuego es extraordinaria y vitalista, nos acompañará durante mucho tiempo, y sobre todo, nos hará mirarnos a nuestro interior y a no dramatizar con nuestros problemas, ya que quizás no son tan importantes como creíamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Entrevista a Ventura Durall

Entrevista a Ventura Durall, director de la película “La nova escola”, en las oficinas de Nanouk Films en Barcelona, el lunes 28 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ventura Durall, por su tiempo, generosidad y cariño.

Entrevista a Anna Alarcón

Entrevista a Anna Alarcón, actriz de la película “L’ofrena”, de Ventura Durall en los Cines Verdi en Barcelona, el martes 15 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Anna Alarcón, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Ventura Durall

Entrevista a Ventura Durall, director de la película “L’ofrena”, en los Cines Verdi en Barcelona, el martes 15 de septiembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ventura Durall, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

L’ofrena, de Ventura Durall

LAS HERIDAS QUE ARRASTRAMOS.

“El pasado nunca se muere Ni siquiera es pasado”

William Faulkner

La película se abre a través de un prólogo que nos muestra el día que Rita y Jan se conocieron, cuando Jan apareció portando el último deseo del padre de Rita. De ese tiempo indeterminado, pasaremos a la actualidad, en un presente en que Rita y Jan viven y siguen enamorados, con una sola excepción, Jan está obsesionado con Violeta, una mujer casada, psiquiatra de profesión, y madre de dos hijos. Hay algo fuerte y obsesivo que lo ata, pero todavía no sabemos que es, pero Rita, en un acto de generosidad absoluta propiciará el encuentro que tanto desea Jan. El director Ventura Durall (Barcelona, 1974), arrancó su carrera en la ficción, con la interesantísima Las dos vidas de Andrés Rabadán (2008), protagonizada por un inconmensurable Alex Brendemühl, dando vida al famoso “Asesino de la ballesta”, que también, tuvo su mirada documental con El perdón, un año después. En un sugestivo díptico que huía del sensacionalismo y la noticia, para adentrarse en la psicología profunda y humana del protagonista. Vinieron otros documentales como Los años salvajes  (2013) y Bugarach (2014), este último codirigido, también alguna que otra tv movie, cortos y un puñado de películas produciendo a jóvenes talentos.

Ahora, vuelve a la ficción con L’ofrena, con un thriller psicológico asfixiante y lleno de elementos ocultos, que se mueve en esos terrenos pantanosos del alma, como el amor, el deseo, la obsesión, la culpa y el perdón, y lo hace desdoblando en dos tiempos el relato, en el profundo y sobrio guión que firman la debutante Sandra Beltrán, Guillem Sala (colaborador de Durall), Clara Roquet (que ya había hecho lo mismo con Marqués-Marcet y Jaime Rosales) y el propio director. Por un lado, tenemos la actualidad, en este denso y brutal descenso a los infiernos personales y muy íntimos, que protagonizan una especie de trío de almas perdidas, seres rotos que deambulan por la existencia como si no fuese con ellos, amarrados e hipnotizados por un pasado que les tambalea el alma y la vida. Y por otro, el pasado, cuando Violeta y Jan eran jóvenes y se conocieron un verano en un camping de la costa y la historia que vivieron. El relato va hacia delante y hacia atrás, conociendo todos los pormenores y situaciones emocionales en los que están implicados los personajes.

El director barcelonés cuida cada detalle, sumergiéndonos sin prisas en esta trama sobre estas vidas rotas, vidas que no acaban de vivir, que se mueven entre sombras y fantasmas, porque arrastran demasiadas rupturas emocionales, demasiados recuerdos dolorosos y demasiados golpes. Durall vuelve a contar con el excelente trabajo de luz del cinematógrafo Alex García (con el que ya había trabajado en la tv movie El cas dels catalans), con ese tono tenue y oscuro que baña toda la actualidad, muy contrastada por la luz del pasado, brillante y natural, creando esa perfecta simbiosis entre vida y muerte, entre ilusión y perdida, entre aquello que soñábamos y en lo que nos hemos convertido. El inmenso y calculado trabajo de montaje de Marc Roca (responsable de Yo la busco o La nova escola, de Durall, de próximo estreno), nos lleva sin pestañear de un tiempo a otro, de un mundo a otro, de un estado emocional a otro, con un magnífica labor en la dosificación de la información, para llegar a ese tramo final intenso y arrebatador.

En el tono y la narración de L’ofrena encontramos la malicia y la sequedad del Chabrol, cuando nos situaba en esas pequeñas y asfixiantes comunidades, donde todo se movía entre seres y situaciones de doble sentido, percibimos el aroma, la atmósfera y la angustia tan significativa de los miembros de la Escuela de Lodz: los Polanski, Kieslowski, Skolimowski, Zanussi, Zulawski, creadores que imponían espacios cerrados, relaciones turbulentas y llenas de odio, rabia y amor, para ahondar en las oscuras relaciones humanas y la profundidad psicológica de los personajes, las heridas emocionales tan propias del universo de Haneke, o el cine de Almodóvar, donde el pasado revienta la cotidianidad emocional, sin olvidarnos de nombres como los del primer Bigas Luna, Jordi Cadena o Jesús Garay, en sus historias íntimas y perturbadoras, protagonizadas por seres en penumbra emocional y abatidos por los designios del corazón.

El magnífico trabajo interpretativo es otro de los elementos fundamentales en los que se sustenta la película, donde se mira y se calla mucho, y se habla más bien poco, empezando por Alex Brendemühl, que sigue película a película, demostrando su extraordinaria valía, siendo un actor con más peso, elegancia y sensibilidad, bien acompañado por una Verónica Echegui, que juega bien su gran sensualidad, naturalidad y agitación, con Pablo Molinero, bien y dispuesto a mostrar la desnudez emocional cuando es requerido, Josh Climent, que habíamos visto en un pequeño rol en La inocencia, de Lucía Alemany, convertido en el chico seductor y rebelde que tanto enamora a las chicas en verano, y las dos grandes revelaciones de la película, que comparten el mismo personajes en dos tiempos diferentes, la joven debutante Claudia Riera, llena de energía y fuerza, absorbe la pantalla y nos enamora con sus miradas y gestos, y Anna Alarcón, que ya había demostrado en las tablas su buen hacer para los personas emocionalmente fuertes y complejos, es la Violeta adulta, la pieza clave en esta historia, actriz dotada de una mirada penetrante y un cuerpo frágil y poderoso a la vez, se convierte en la madeja que mueve toda la función, brillando cuando habla y cuando calla, y sobre todo, cuando mira, porque corta el aire, siendo una actriz que nos guía con su mirada, a través de su inquietud, su ruptura emocional y todas las heridas que arrastra.

Durall ha construido una película ejemplar, a partir de grandes y miserias cotidianas que nos rodean, que anidan en lo más profundo del alma, sumergida en emociones y relaciones oscuras y difíciles, que en algunos momentos rayan el terror, el drama personal e íntimo, ese que rasga el alma, el que no deja indiferente. Una obra bien vestida y magníficamente ejecutada, con esa tensión psicológica abrumadora e inquietante, donde la puesta en escena es firme, rigurosa y muy elaborada, como demuestra la magnífica ejecución de la comida en el patio, donde la cámara, en ningún instante, agrupa a los cuatro comensales, filmándolos en solitario, con planos cerrados y cercanos, para mostrar todo el abismo que les separa, y sobre todo, reafirmar todos los secretos que cada uno oculta. L’ofrena muestra a ese tipo de personas que existen y se mueven entre una especie de limbo, que no es pasado ni presente, un espacio donde se encuentran rotos a pedazos, incapaces de huir de sí mismos, y sobre todo, incapaces de encontrar esas ventanas o puertas que los conduzcan a lugares menos dolorosos y culpables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ivet Castelo y Marta Lallana

Entrevista a Ivet Castelo y Marta Lallana, directoras de la película “Ojos negros”, en la terraza del Gran Torino en Barcelona, el miércoles 17 de julio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ivet Castelo y Marta Lallana, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Ojos negros, de Ivet Castelo y Marta Lallana

EL PRIMER VERANO.

“Siempre hay un momento en la infancia cuando la puerta se abre y deja entrar al futuro.”

Graham Greene

Angélica vivía ajena del mundo de los adultos jugando junto a su primo Luis en La prima Angélica, de Saura. Estrella se sentía desplazada porque su padre le ocultaba el pasado en El sur, de Erice. Y finalmente, Goyita encontraba consuelo en un maduro profesor enfrentada a los prejuicios sociales en El nido, de Armiñán. Tres niñas que empezaban a ser adolescentes, que crecían rodeadas de miradas críticas, de sentimientos contradictorios, de emociones confusas y de actos huidizos, que encontraban afuera, en la escapada, el espacio que tanto ansiaban, ajenas a ese mundo de los adultos tan extraño, tan triste, tan mezquino, tan lleno de recuerdos dolorosos y tan vacío. Ese mundo raro y lleno de confusiones que experimentamos cuando estamos en una especie de tierra de nadie, en un espacio indefinible, en ese período de transición entre el niño o niña que fuimos con ese adolescente que todavía no somos, una transición crucial en nuestras vidas, cuando empezamos a ver las cosas de distinta manera, por primera vez sentimos diferente y queremos hacer otro tipo de cosas, dejamos los juegos infantiles para empezar a mirarnos más a nosotros mismos y a los demás, a jugar a ser adultos, a pesar diferente y sobre todo, todavía estamos en ese tiempo que nos entendemos tantos cambios ya sean físicos como emocionales, y los adultos nos tratan como niños, como lo que ya no somos, y todavía seguimos sin entenderlos, sin saber cómo funciona su mundo, porque el nuestro todavía arrastra esa inocencia, ese momento donde todo todavía es posible, donde la vida empieza a mostrarse frente a nosotros, nuestras miradas, cuerpos y emociones.

Marta Lallana (Zaragoza, 1995) e Ivet Castelo (Vic, 1995) se graduaron en Comunciación Audiovisual por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y debutan con Ojos negros en el largometraje con apenas experiencia en el mundo del cine, siguiendo esa estela maravillosa que arrancó con la película de Les amigues de l’Àgata, a la que siguió Julia Ist, y se apuntó Yo la busco, proyectos surgidos en la universidad que han abierto las puertas al cine a un grandísimo talento femenino, ya que todas las películas están dirigidas por mujeres. A este magnífica terna se añaden Lallana y Castelo, en un guión escrito a cuatro manos por las propias directoras más Iván Alarcón y Sandra García, que también firman como colaboradores de dirección, para contarnos un relato/retrato centrado en Paula, una niña de 14 años de padres divorciados que es enviada por su madre Celia al pueblo materno “Ojos negros” (pueblo familiar de Lallana) en verano, un lugar que Paula solo estuvo de niña. Allí se encontrará a su tía Elba, que nunca ha salido del pueblo y arrastra un resentimiento y hostilidad a la madre de Paula y a su entorno en general, y a su abuela que esta delicada de salud.

La casa familiar se convierte en una especie de prisión emocional para Paula, debido principalmente a tantos recuerdos amontonados que todavía duelen, a tantos objetos familiares que han envejecido como los gestos de cariño de esa tía carcomida y vacía y con esa abuela que ya apenas recuerda lo que fue y lo que fueron. Paula encuentra esa libertad afuera con la aparición de Alicia, una niña de su misma edad, con la descubrirá un universo nuevo, algo muy diferente a esa realidad sombría y oscura de su existencia, como define excepcionalmente el plano inicial de la película cuando vemos el rostro de Paula compungido mientras escuchamos la discusión de sus padres in crescendo dirimiendo lo que es mejor para la niña. Alicia se convierte en esa amiga de juegos, ya no tan infantiles, en que las dos niñas juegan a ser mayores o al menos pretenderlo, corriendo por los campos, tirando piedras a la nada, hablando de sus vidas en la ciudad, bañándose en el río, jugando al amor y sintiéndose lo que todavía no son pero les encantaría ser para entenderse más y así comprender ese mundo adulto tan ajeno y extraño para ellas.

Lallana y Castelo demuestran una madurez cinematográfica fuera de lo común, sumergiéndonos con gran sutileza narrativa y composición formal que ya querrían muchos, a través de planos fijos en el interior de la casa, como ese momento de toque de campanas y vemos el rostro algo triste de Paula, como si el tiempo en el pueblo, su tiempo fuese único, se dilatase o simplemente no avanzase. O esos planos en movimiento en el exterior, donde nos muestran el contraste instalado en las vidas tanto de Paula como de Alicia, un tiempo detenido, donde el verano parece que nunca va a terminar, donde todo es posible, donde la amistad puede ir más allá, donde desconocemos que nos ocurre por dentro, donde no somos capaces de descifrar qué significado tiene aquello o más allá que sentimos, situaciones que retratan ese tiempo sin tiempo que vamos descubriendo y experimentando, donde la rasgada y penetrante música de Raül Refree, que se convierte en la mejor compañía para contarnos todos esos cambios con sutileza y cercanía, que vuelve a participar en una película después de Entre dos aguas. El fantástico buen hacer del reparto con la debutante Julia Lallana a la cabeza, hermana de una de las directoras, impresionante su registro interpretativo, que plasma con sinceridad todo ese mundo cambiante y confuso de su alrededor, bien secundada por la también debutante Alba Alcaine como Alicia, la compañera accidental, y la formidable presencia de Anna Sabaté, la única actriz profesional del elenco, vista en La vida sense la Sara Amat, clavando ese resentimiento que arrastra su personaje, con esa mirada que recuerda a la Lola Gaos de Tristana.

Las directoras noveles encuentran en el silencio y las imágenes la mejor forma de sumergirnos en el retrato de Paula su familia y amigos a través de encuadres que nos introducen en la memoria familiar y esos fantasmas que todavía pululan por las habitaciones de sus casas como esos encuadres nocturnos llenos de imposibles sombras que nos recuerdan a Tren de sombras, de Guerín, y todo ese universo familiar, que contrasta con el mundo de la infancia que tanto ha retratado Carlos Saura en su cine, como la construcción familiar a través del paso del tiempo que vimos en El jardín de las delicias, o los cambios familiares y la indefensión ante ellos que experimentaba la niña  Ana en Cría cuervos o la vuelta al pueblo y a los recuerdos familiares y a los ausentes que había en Elisa, vida mía. Tiempo, memoria, familia, infancia, vida, pueblo, verano son los elementos con los que juega la película de Lallana y Castelo, retrato que podría emparentarse con los firmados por Meritxell Colell en Con el viento, Eva Vila en Penélope y Diana Toucedo en Trinta Lumes, donde la vuelta a casa adquiere connotaciones emocionales muy profundas, donde el misterio se revela a cada mirada, gesto o paso, donde la vida y la existencia se confunden creando espacios mágicos, huidizos y atmósferas más acogedoras y más reconocibles. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/216849045″>OJOS NEGROS (Trailer) – V.O.</a> from <a href=”https://vimeo.com/user66475147″>Ojos Negros</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Sara Gutiérrez Galve

Entrevista a Sara Gutiérrez Galve, directora de la película “Yo la busco”, en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el martes 1 de mayo de 2018 en el hall del Teatre CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sara Gutiérrez Galve, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Tarip Porter de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.